lunes, 18 de mayo de 2015

Obispos guerreros: Walter von Geroldseck

Recreación del obispo Walter von Geroldseck armado de punta en blanco con su mitra a modo de cimera


Blasón de la
Hohengeroldseck, o sea,
la Casa de Geroldseck
Este personaje, otro segundón de una poderosa casa nobiliaria, es un preclaro ejemplo de la típica dualidad medieval de señor espiritual y feudal. Mucho más desconocido tal vez que sus dos colegas mencionados en entradas anteriores, fue sin embargo el protagonista de una serie de hechos que marcaron de forma indeleble el devenir de la historia de una de las ciudades más importantes de Centroeuropa durante la Edad Media: Estrasburgo. De hecho, si nuestro personaje no hubiese sido nombrado obispo de esa ciudad hoy día su nombre sería a lo sumo uno más en las interminables listas de los árboles genealógicos de las grandes familias nobiliarias de Europa, y su existencia no llamaría la atención ni siquiera a los miembros de su linajuda ralea. Sin embargo, el destino le tenía reservado una breve pero intensa existencia, así que oído al parche, porque es una historia curiosa.




Castillo de los Geroldseck en Ortenau
Los Geroldseck eran una antigua y poderosa familia oriunda de Ortenau, un territorio situado en la margen derecha del Rin, en Baden Württenberg el cual, en la Edad Media, era un condado perteneciente al ducado de Suabia. Nuestro hombre, Walter, había nacido entre 1229 y 1231, siendo el segundo retoño de su generación. El primogénito, Hermann, quedó como cabeza visible del clan mientras que a él, como era habitual, lo destinaron al clero desde una edad muy temprana ya que fue nombrado canónigo de Estrasburgo con apenas 17 años, lo que no supuso ningún problema para, desde aquel momento, ir acumulando cargos y prebendas conforme a su abolengo gracias a las buenas relaciones de su familia con el obispo de Estrasburgo, con Roma y, especialmente, con el poderosísimo Konrad von Hochstaden, arzobispo-elector de Colonia y duque de Westfalia y Angria, el cual le había prometido el cargo de CELLARIVS (tesorero) de la diócesis. Más tarde, en 1252, alcanzó el rango de preboste por lo que con poco más de veinte años vemos a nuestro hombre convertido en un influyente personaje con un gran futuro por delante, detentado cargos de categoría y bajo la protección de los hombres más poderosos del imperio.

Escudo de armas de la diócesis de Estrasburgo.
El número y color de las borlas que penden del
capelo, seis de color verde a cada lado del escudo,
son potestad de obispos, abades mitrados y
prelaturas con poder territorial
Pero antes de continuar narrando su vida, conviene abrir un paréntesis para dar cuenta de cómo estaban las cosas en Estrasburgo en aquellos tiempos ya que, entre otras peculiaridades, esta ciudad alsaciana no pertenecía en aquella época a Francia, sino al Sacro Imperio. Estrasburgo era una población que disfrutaba de un estatus especial en aquellos tiempos. Ya en el año 982, el emperador Otón II le había concedido una serie de privilegios mediante los que se convertía en un feudo dependiente de la autoridad de su obispo. Con el paso del tiempo y enclavada como estaba en una posición geográfica que la convertían en un importantísimo nudo de comunicaciones entre las más destacadas urbes de Centroeuropa, Francia e Italia, Estrasburgo se había convertido en una especie de ciudad estado en la que el dinero corría a raudales. Y, como suele pasar incluso actualmente, en el momento en que el nivel de vida de una ciudad, comarca o región sube, los habitantes empiezan a tener cada vez más ambiciones y a ser más egoístas, haciendo todo lo posible para sacudirse de encima las obligaciones que atañen a todos los súbditos del reino, no pagar impuestos a la corona y regirse por sus propias normas. Y poco a poco se iban saliendo con la suya ya que obtuvieron del emperador Lotario III la potestad de juzgar a los vecinos en sus propios tribunales, quedando para el obispo el privilegio de nombrar los jueces y, en 1205, la exoneración del pago de impuestos. De hecho, desde 1201 Estrasburgo disfrutaba del estatus de "ciudad libre" bajo la autoridad de su príncipe-obispo si bien los ambiciosos burgueses llegaron incluso hasta el extremo de pretender eliminar también la autoridad episcopal por lo que, en 1224, el obispo Heinrich von Veringen obtuvo del emperador Federico II la potestad para volver a nombrar al jefe del concejo de la ciudad, así como la administración de los bienes comunales. Esta reversión de los privilegios que disfrutaba Estrasburgo empezó a deteriorar las relaciones entre los burgueses y sus señores feudales, iniciándose así una pugna por hacer valer cada cual sus derechos y prebendas que acabó de muy mala manera.

Visitar el casco antiguo de Estrasburgo es como meterse
en una máquina del tiempo. Debe ser una pasada aquello
Y aquí retomamos a nuestro protagonista que, en el año 126o optó a la candidatura por el obispado tras la muerte del anterior titular, Heinrich von Stahleck el cual por cierto fue otro obispo guerrero que dedicó su existencia a invadir territorios vecinos en vez de a repartir bendiciones entre sus levantiscos vasallos. El tema de las candidaturas no estaba complicado ya que Estrasburgo tenía el privilegio de la cooptación entre unas pocas familias entre las que estaban, naturalmente, los Geroldselck. Así pues, entre que Walter se había convertido en un tipo influyente más, por otro lado, los buenos dineros que aflojó su venerable progenitor a los electores para que le dieran el cargo a su retoño, nuestro hombre se vio nombrado obispo el 27 de marzo de 1260 con la única oposición de su primo Heinrich, también canónigo de la diócesis y perteneciente a la rama alsaciana de los Geroldseck. Sin embargo, la consagración no pudo celebrarse inmediatamente ya que, aunque pueda parecer increíble, muchos de los que disfrutaban de prebendas clericales en aquella época ni siquiera estaban ordenados sacerdotes, y ese era el caso de este sujeto el cual tuvo que esperar a ser ordenado por el obispo de Mainz y obtener el placet de Roma, tras lo cual pudo finalmente verse consagrado el 2 de febrero del siguiente año. Cantó su primera misa en la catedral tras una suntuosa procesión por toda la ciudad al frente de 1.500 caballeros y hombres de armas para dejar bien claro que no estaba por la labor de dejarse avasallar por unos burgueses por mucha pasta gansa que tuvieran.

Sepultura de Konrad von Hochstaden,
impulsor de la carrera eclesiástica
de von Geroldseck 
Las cosas no empezaron ni mucho menos con buen pie ya que el nuevo obispo pretendía, en línea con la política marcada por su antecesor, recuperar sus derechos feudales, cosa que levantó ampollas entre los ciudadanos nada más darse cuenta de las intenciones de su señor. Por cierto que otros señores feudales, a la vista de que la situación en sus dominios se asemejaba cada vez más a la de Estrasburgo y sus vasallos obtenían cada vez más poder en detrimento de los viejos privilegios de sus señores, se veían metidos en motines y conflictos armados en los que, como cabe suponer, recibían ayuda de los miembros de su casta nobiliaria. Uno de estos conflictos tuvo lugar entre el obispo de Metz y los señores de Lichtemberg, y queriendo Walter acudir en ayuda del primero se tuvo que quedar con las ganas ya que sus levantiscos vasallos se negaron en redondo a proporcionarle los bastimentos, armas, caballos y tropas necesarias para ello. De hecho, en una carta dirigida al abad de Neuburg el 4 de junio de 1261, cuando apenas llevaba un año en el cargo, se quejaba de esto, así como de que los ciudadanos incluso extorsionaban al clero dependiente de su diócesis quitándoles los dineros y las mercancías si pretendían sacar algo de la ciudad. Al frente del problemático vecindario estaban dos ciudadanos, Nicklaus Zorn y Reimbolt Liebenceller, que, aunque no pertenecían a las familias más influyentes de la ciudad, habían logrado a base de malas artes hacerse cada vez más notorios entre los descontentos con la actitud del nuevo obispo. 

Haldenburg hacia finales del siglo X, cuando era una mota castral
El encono entre Walter y sus vasallos era cada vez mayor. A cada faena que hacía un bando, el otro respondía como mejor podía o sabía. Por ejemplo, una de las medidas más impopulares que tomó el obispo fue aumentar por su cuenta y sin consultar al concejo de la ciudad el umgeld, una tasa sobre el vino y las harinas, así como el intento de volver a recaudar los impuestos él mismo. Finalmente, amenazó al personal con la excomunión poniendo como fecha límite la semana de Pentecostés para que reconocieran su autoridad y sus legítimos derechos. Por toda respuesta, el miércoles de Pentecostés los ciudadanos, liderados por sus principales prohombres, atacaron y arrasaron de cabo a rabo el castillo de Haldenburg, a lo que éste les respondió emitiendo un bando en el que excomulgaba a toda la población y ordenaba a sus curas a abandonarla, cosa que ya sabemos acojonaba bastante al personal en aquellos tiempos. Pero los burgueses, que eran previsores y las guardaban todas, buscaron por su cuenta a tres curas pertenecientes a otra diócesis para atender sus requerimientos espirituales. El obispo, con un berrinche de los buenos, se cabreó tanto que armó una mesnada por su cuenta y se dedicó a expropiar y saquear todas las propiedades que quedaban fuera de las murallas y, lo que era peor, bloquear todos los caminos de acceso a la ciudad, lo que estrangularía la principal fuente de ingresos de la misma: el comercio. Como represalia, los ciudadanos organizaron también un pequeño ejército con el que se dedicaron al pillaje y al saqueo de las poblaciones pertenecientes el obispo y a sus aliados. Aquello era ya una guerra abierta.

Aquel estado de cosas solo podía acabar como ya imaginamos, y solo con un enfrentamiento definitivo que decantase el poder hacia uno u otro lado podría acabarse con aquella constante pugna que no beneficiaba a nadie. Así pues, a finales del invierno de 1262 se formaron dos ejércitos dispuestos a todo. El obispo, que tenía a su lado a toda la nobleza de la región por razones obvias, se enfrentaría a las milicias formadas por los vecinos de Estrasburgo para jugárselo todo a un solo envite. El encuentro tuvo lugar el miércoles, 8 de marzo de ese año en un lugar cercano a Hausbergen, una pequeña población a pocos kilómetros al oeste de Estrasburgo. Las fuerzas del obispo no eran moco de pavo: trescientos caballeros y unos seis mil peones los cuales se pusieron en marcha hacia Mundolsheim, una colina que servía de vigía a las milicias bajo el mando de Liebenceller. Desde allí avisaron al resto de las tropas que esperan en Estrasburgo a las órdenes de Zorg, que rápidamente acudieron a unirse a los demás para presentar batalla. El obispo, que observaba como las tropas situadas en Mundolsheim se ponían en movimiento, pensó erróneamente que lo que pretendían es huir hacia Estrasburgo cuando, en realidad, lo que hacían era sumarse a las que salían de la ciudad. Ese error de apreciación fue fatal.

Beckelar y von Eckwersheim dándose leña a mansalva
mientras los dos ejércitos contemplan el resultado del
combate singular
Debido a las prisas por la supuesta persecución, cuando la hueste episcopal llegó a Hausbergen su infantería había quedado muy retrasada debido al entusiasmo por parte de la caballería para finiquitar el asunto con prontitud, que eso de enfrentarse con villanos y escabecharlos bonitamente siempre daba mucho gustirrinín. Antes del choque salió de entre las filas de las milicias burguesas un caballero por nombre Marx von Eckwersheim el cual, como era habitual en la época, retó a combate singular a cualquier campeón de la hueste de obispo. Salió a responder al desafío un tal Beckelar (no tiene nada que ver con el príncipe de la conocida marca de galletas) y, durante largo rato, se dieron estopa a base de bien, matándose sus respectivos y carísimos pencos de batalla hasta que, finalmente salió victorioso von Eckwersheim. En ese momento fue cuando la caballería de von Geroldseck se abalanzó contra las milicias ciudadanas. Sin embargo, no contó con que atacar sin apoyo de la infantería era suicida, cosa que se pudo demostrar cuando los peones enemigos empezaron a descabalgar jinetes sin que estos pudieran ser socorridos por nadie ya que los 300 ballesteros con que contaban los de Estrasburgo y que desplegaron en ambas alas de su ejército se dedicaron a mantener a raya a los 6.000 peones del obispo mientras sus compañeros aliñaban a los gentiles caballeros enemigos. Aquello se convirtió en una masacre en la que el mismo obispo, que hizo gala de un valor temerario, las pasó canutas para salir vivo del brete, perdiendo incluso dos caballos en la batalla.

Las milicias de Estrasburgo vuelven victoriosas a la ciudad.
La escabechina fue notable ya que quedaron sobre el terreno sesenta caballeros incluyendo a Hermann, el hermano mayor del obispo que, al parecer, cayó herido y fue rematado por un peón deseoso de desvalijarlo allí mismo. Otros setenta y tres (otros dicen que solo sesenta y seis) fueron capturados y puestos a buen recaudo en el claustro de la catedral a la espera de obtener por ellos el rescate correspondiente, y el obispo tuvo que salir de naja a refugiarse en la ciudad de Dachstein, la misma de donde había partido al frente de sus tropas para hacer frente a sus vasallos. La derrota fue definitiva, por lo que el obispo se vio obligado a retractarse, levantando la excomunión a los habitantes de la ciudad y a firmar la paz precisamente con los advenedizos que tanto despreciaba. Curiosamente, ningún miembro de las familias principales de Estrasburgo estuvo presente en el acto como muestra de respeto por su antiguo señor. El berrinche que se llevó Walter von Geroldseck por su derrota fue de tal envergadura que, según Koenigshoven, un cronista del siglo XV, "... su frustración y su ira se hicieron legendarias, lo que hizo que se le rompiera el corazón", pero no de forma literaria, sino real. Vamos, que le daría un infarto o algo similar que lo fulminó el 14 de febrero de 1263, siendo enterrado junto a su hermano Hermann en la capilla de San Juan, en  la ciudad de Dorlisheim la cual, por cierto, había sido anteriormente saqueada por las milicias de Estrasburgo durante los intercambios de agresiones que mantuvieron ambos bandos antes de la batalla final.

Como vemos, nuestro hombre era un sujeto muy acorde al carácter propio de su linaje que, a pesar de su condición de obispo, hizo prevalecer en todo momento sus prerrogativas como señor secular. Si bien es cierto que su actitud no fue desde el primer momento nada conciliadora, no lo es menos que sus vasallos llevaban décadas arañando cada vez más privilegios a sus señores feudales y que nunca dieron muestra de intentar ceder ni un ápice a fin de lograr un equilibro ventajoso para las dos partes. En fin, métase vuecé a obispo para acabar así.

Hale, he dicho

Grabado de finales del siglo XV que muestra a Estrasburgo. Esta ilustración es al parecer la
representación más antigua que se conoce de la población. El curioso título de Argentina debía obedecer a
la riqueza de que hacía gala la ciudad.