martes, 30 de junio de 2015

Asesinatos: Lidice


Monumento a los niños asesinados de Lidice, obra de Marie Uchytilová

Muchas veces tenemos noticia de lugares insignificantes, remotos pueblecitos perdidos en lo más recóndito de la geografía de un territorio que, por desgracia, pasan de la más plácida ignorancia mundana a primera plana de formas bastante traumáticas por las causas más dispares y, en muchas ocasiones, podríamos decir que por simple mala suerte. Ese sería el caso de Lidice, un villorio con menos de medio millar de habitantes situado en Bohemia, en la actual República Checa, arrasado hasta el suelo el 10 de junio de 1942. Veamos como quedó sellado su fatal destino.

Kubiš y Gabčík durante su época de entrenamiento
en Inglaterra.
A eso de las 10:35 horas del 27 de mayo de 1942, el elegante Mercedes 320 del SS-Obergruppenführer Reinhard Heydrich, a la sazón Reichsprotektor de Bohemia y Moravia, avanzaba por la calle Kirchmayer camino del castillo de Praga, sede del Protectorado. Al llegar a la cerrada curva que unía la calle Kirchmayer con la avenida V Holešovičkách, el vehículo tuvo que disminuir la velocidad de forma notable. Allí lo esperaban desde hacía más de una hora y media los sargentos del ejército checo Jan Kubiš y Josef Gabčík para culminar la Operación Antropoide, un plan diseñado a lo largo de varios meses por oficiales checos en el exilio y agentes del SOE británico para dar matarile al siniestro Carnicero de Praga el cual, desde su nombramiento como Reichsprotektor en septiembre de 1941, había hecho todo lo posible para ganarse su apodo y, naturalmente, el odio visceral de toda la población. Heydrich se desplazaba sin escolta, seguro de que nadie sería capaz de atentar contra él, en un vehículo descubierto y sentado junto al conductor. O sea, que para chulo, él. Solo lo acompañaba su chófer personal, el SS-Oberscharführer Johannes Klein. En el momento clave, Gabčík se plantó delante del vehículo obligando a Klein a frenar en seco. El sargento checo apuntó con su arma, un subfusil Sten de 9 mm. Parabellum, para escabechar de forma inmisericorde al malvado nazi pero, !oh cruel destino¡, el maldito subfusil, una de las armas más feas de la historia, se encasquilló dejando a Gabčík con un palmo de narices y a Heydrich y su acompañante un pelín perplejos ante el inopinado ataque.


Estado en que quedó el vehículo de Heydrich tras el atentado. Obsérvese
el enorme boquete que produjo en la carrocería la bomba lanzada por
Kubiš. En el detalle podemos ver una de las que el checo abandonó en el
lugar de los hechos.
Pero no era el Reichsprotektor hombre de amilanarse así como así, de modo que se puso de pié en el coche y desenfundó su pistola para repeler la agresión mientras que Klein hacía lo propio. En aquel momento, Kubiš lanzó una granada fabricada a base de explosivo plástico y armada con una espoleta de percusión contra el vehículo, estallando junto a la parte trasera del mismo y reventando la rueda y el guardabarros. La metralla atravesó la chapa y el respaldo del asiento delantero, alcanzando la espalda de Heydrich e hiriéndole con varias esquirlas de metralla. Sin darse aún cuenta de que estaba herido, bajó del coche disparando para, a los pocos segundos, empezar a vacilar y acabar tumbado junto al radiador del Mercedes. Mientra tanto, Klein se enfrentaba con Gabčík, que había echado mano a su pistola, intercambiando varios disparos hasta que el chófer fue alcanzado en una pierna. Los dos ejecutores pudieron salir echando leches mientras que la gente que circulaba por la zona se acercaban al lugar del atentado y pedían auxilio. Rápidamente, Heydrich y Klein fueron trasladados al cercano hospital de Bulovka.


Esta es posiblemente la última foto del Reichsprotektor. Fue hecha la noche anterior al día del atentado durante un
concierto en el palacio Valdstejnk. A la derecha de Heydrich se encuentra su mujer Lina, y a continuación el
SS-Gruppenführer Karl Hermann Frank, su lugarteniente y sucesor en el cargo.



Funeral de Heydrich
A toda prisa, Heydrich es intervenido por el profesor Hollbaum el cual se encuentra con un panorama nada gratificante ya que una esquirla había perforado el pulmón izquierdo, produciendo un neumotórax que se lo colapsó. Así mismo, el diafragma también había sido perforado, una costilla había quedado astillada, la espina dorsal estaba tocada aunque con la médula intacta y, lo más grave, la metralla le había alcanzado el bazo, el cual tuvo que serle extirpado. Aparte de eso fue preciso retirar los restos de tapicería y del relleno de crin de la misma, lo que suponía un grave riesgo de infección. Mientras tanto, Himmler ordenó a su médico personal, el doctor Gebhardt, que partiera de inmediato hacia Praga para hacerse cargo del paciente, llegando a la ciudad el mismo día por la noche. Al cabo de una semana, cuando parecía que la cosa iba mejorando, Heydrich sufrió un colapso hacia mediodía que lo dejó en coma, entregando la cuchara a las 04:30 horas de la madrugada siguiente como consecuencia, según la opinión más extendida, de una septicemia a lo bestia producida por la infección que le provocaron los cuerpos extraños que le penetraron en las heridas. Era el 4 de junio de 1942, y con la muerte de Reichsprotektor se iniciaría una de las más crueles represalias de los tiempos modernos. 


Frank y Daluege. Ambos acabaron colgados de un poste en la cárcel de
Pankrác, en Praga, el 22 de mayo y el 24 de octubre de 1946
respectivamente
Hitler, presa de uno de sus habituales ataques de furia homicida ante la "tamaña osadía" de sus enemigos que le habían apiolado a uno de su favoritos como si tal cosa, ordenó que la venganza fuera sonada, a lo que se entregaron con gran denuedo tanto Frank como su inmediato colaborador, el SS-Obergruppenführer Kurt Daluege, enviado por Himmler como asesor policial. De hecho, tras la muerte de Heydrich comenzó una oleada de terror en la que se llevaron a cabo infinidad de detenciones para buscar a los posibles cómplices que hubieran podido ayudar a los asesinos los cuales, por cierto, habían sido muertos junto a los demás miembros del grupo enviado desde Inglaterra tras un duro asedio mantenido por tropas de las SS en la iglesia de los Santos Cirilo y Metodio, donde se habían atrincherado. Y entre toda la información recabada durante los días posteriores al atentado, salió a relucir el nombre de Lidice, que de esa forma se vio en el punto de mira de Hitler para dar un escarmiento de primera categoría.


Anna y Václav, prueba palmaria de que escribir cartas
chorras es tan peligroso o más que poner gilipolleces
en el Twitter ese.
Las circunstancias por las que Lidice se vio envuelto en semejante catástrofe no fueron más que un cúmulo de errores y malentendidos ya que, como es de todos sabido, la mentalidad cuadriculada de los tedescos no da para muchas florituras mentales y menos si el que las tenía que llevar a cabo era un miembro de la Gestapo. La cosa es que un checo colaboracionista por nombre Jaroslav Pála encontró entre el correo de su fábrica de baterías ubicada en Slaný una carta destinada a una de las operarias llamada Anna Maruščáková, la cual estaba de baja aquel día. Está de más decir que le faltó tiempo para abrir y leer la puñetera carta, escrita por un tal Václav Říha, cuyo texto le resultó sospechoso. Muy contentito por poder actuar de chivato como buen traidorzuelo que colabora con el enemigo, se presentó en la policía para dar parte del hallazgo, haciéndose cargo de la dichosa carta dos agentes checos que se quitaron el mochuelo de encima y la enviaron al cuartel de la Gestapo del distrito de Kladno, donde cayó en manos de un funcionario llamado Oskar Felk. Este sujeto entró en éxtasis místico pensando que la carta podría ser la clave para descubrir las maniobras de los alevosos paracaidistas que habían venido desde tan lejos a escabechar a su idolatrado Heydrich, así que tiempo le faltó para dar parte inmediatamente a su inmediato superior, el SS-Haupsturmführer Harold Wiesmann.


Los dos Pepiks
La carta era en realidad una chorrada monumental en la que Říha, que al parecer se bebía los vientos por Anna, quería darle la impresión de que formaba parte de la resistencia para hacerse el importante, estupidez que solemos cometer los hombres a ciertas edades en que las hormonas nos nublan el entendimiento. Sin embargo, lo que amoscó enormemente al inspector Flek fue que, tras detener a la chica el 4 de junio, esta le confesó que la carta se la había entregado un desconocido el cual le había pedido que llevara a la familia Horák, residentes en Lidice, los saludos de Pepik. Y mira por donde, resulta que en cuanto empezó a hurgar se encontró con que, en efecto, en el pueblo había vivido un tal Josef Horák y en Cábarna, una población cercana, Josef Stříbrný, o sea, dos "Pepiks" de los que hacía mucho no se sabía nada y que, en realidad, se habían largado a Inglaterra como muchos checos a unirse al ejército británico. De hecho, ambos eran tenientes de la RAF y formaban parte del 311 Escuadrón de Bombardeo. En todo caso, los "saludos de Pepik" acabaron de muy mala manera.


A la izquierda, el SS-Standartenführer Geschke.
A la derecha, el SS-Standartenführer Böhme.
Muy contentito por el grandioso hallazgo, Wiesmann pasó los datos de la investigación al jefe de la Gestapo en Praga, el SS-Standartenführer Hans Ulrich Geschke, el cual envió un destacamento de la policía a Lidice y a Cábarna en busca de posibles cómplices del atentado. Tras un registro minuciosamente germánico, se tuvieron que convencer de que allí ni había complices ni leches. Pero como si algo detestaba la Gestapo era hacer el ridículo, optaron por detener a las familias Horák y Stříbrný, así como a los infelices Anna y Václav los cuales fueron remitidos a Mauthausen y ejecutados en octubre de aquel mismo año. Y a todo eso añadieron en la investigación que el enamorado tontaina de Vávlav Říha se había encontrado con Pepik Horák, el cual le había encargado dar saludos a la familia. Obviamente, el Pepik este no podía saludar a nadie porque estaba en Inglaterra, pero eso a Geschke le daba una higa. Lo importante era apuntarse el éxito de la investigación. Y para no quedarse cortos, añadieron de cosecha propia que en Lidice habían descubierto un importante depósito de armas y municiones, una emisora clandestina y hasta grandes cantidades de alimentos racionados. Por soltar camelos que no quede. 


Lídice antes de la guerra. En primer término aparece el
granero que sirvió de cuartel general.
El día 9 de junio llegó la orden a la Gestapo del distrito de Kladno de ponerse en estado de alerta. A las 16:00 horas se presentó el mismísimo Geschke en persona acompañado por el jefe del SD de Praga, el SS-Standartenführer Horst Böhme, con las órdenes dictadas por el nuevo Reichsprotektor Frank: según el dictamen del führer, la población masculina de Lidice debía ser pasada por las armas, y el pueblo arrasado hasta el suelo ya que, según había quedado "demostrado", el grupo enviado por el SOE había recibido ayuda por parte de los habitantes de la población. Inmediatamente se formó un contingente de unos 300 hombres nutrido por tropas de la Wehrmacht, Schutzpolizei y la gendarmería checa, los cuales se presentaron en Lidice a las 21:00 horas- estaban solo a 16 km. de Praga- y establecieron el puesto de mando en un antiguo granero desde donde Geschke organizó la masacre si bien previamente prefirió ordenar que los gendarmes checos permanecieran fuera del pueblo ante el temor de que, como era previsible, se negaran a tomar parte en la matanza o incluso se enfrentaran a ellos por defender a sus compatriotas.


A la izquierda, el cura de Lidice Josef Štemberka, de
73 años. Fue dando auxilio espiritual a todas las
víctimas hasta que no quedó nadie, tras lo cual fue
fusilado junto al alcalde (foto dcha.), el cual tuvo que ir
comprobando los nombres de los que iban matando.
En aquel momento, Lidice tenía una población de 192 hombres, 196 mujeres y 96 críos menores de 16 años. Así pues, lo primero que hicieron fue convocar al alcalde, František Hejma, para que se personase con el padrón municipal para llevar a cabo el recuento de varones ejecutables. Una vez confeccionada la lista- los alemanes no hacen nada sin una jodida lista de por medio-, a eso de las dos de la mañana, empezaron a ir casa por casa para ir separando a los hombres del resto de los vecinos. Todos ellos fueron conducidos a la granja de los Horák mientras que las mujeres y los críos debían presentarse con los objetos de valor en la escuela. Los hombres eran nuevamente controlados por el probo funcionario Felk que descubrió "la conspiración" para corroborar que no se escapaba nadie y, mientras tanto, se llevaba a cabo un meticuloso expolio de las arcas municipales de donde se requisaron 716.934 coronas y 85 céntimos, de las que medio millón se destinaron a los gastos de desescombro y el resto fueron para la Gestapo en concepto de gastos incurridos en la represalia. Manda cojones, ¿no? Encima les cobraban su propia destrucción. Aparte del dinero, se quedaron con la gran mayoría de los objetos de valor ya que la lista que entregaron era tan birriosa que ni siquiera en un villorrio de tres al cuarto como Lidice había tan poco oro y plata.


Piquete de "schupos", los temidos miembros de la policía de seguridad
alemana. Además de la matanza de Lidice protagonizaron varias más
en Polonia y en guettos de judíos
Una vez realizadas todas las listas habidas y por haber, ocupación que les llevó toda la noche, a las cinco de la mañana metieron a las mujeres y los críos en varios camiones y se los llevaron a Kladno, mientras que a las 08:00 horas comenzaron los fusilamientos en el jardín de la granja de la familia Horák. Los piquetes estaban formados por diez hombres de la Schutzpolizei que iba ejecutando a grupos de cinco bajo la dirección de Böhme y Weismann. Al ver que la cosa iba demasiado lenta ordenaron aumentar los grupos hasta diez hombres, de forma que tocaban a una bala por reo. 


Por otro lado, los policías se dieron cuenta de que las balas estaban rebotando en el muro contra el que disparaban, así que sacaron de las casas los colchones de las camas y los colocaron contra el muro tal como se aprecia en la foto de la izquierda. A medida que iban cayendo, los siguientes grupos tenían que colocarse más adelante mientras el piquete tenía que retroceder. Al final de la matanza, una amplia franja del jardín había quedado cubierta de cadáveres. Hacia las 10:30 horas ya no quedaba ningún hombre vivo, y tras el recuento de víctimas se comprobó que solo eran 171, por lo que faltaban 21 para completar los 192 varones ejecutables de Lidice. Obviamente, eso puso de los nervios a los ejecutores que rápidamente se pusieron en movimiento para localizarlos. 


Informe de la matanza redactado por el
SS-Hauptsturmführer Wiesmann
Al final no escapó ni uno solo: ocho de ellos habían sido detenidos anteriormente y estaban en el cuartel de la Gestapo de Kladno. Tras comprobar sus identidades fueron fusilados inmediatamente. Otros once se habían ausentado del pueblo por cuestiones laborales, por lo que no supuso ningún problema irles echando el guante y liquidarlos a medida que volvían a su ya inexistente población. Solo restaban dos: un molinero y un obrero los cuales se había suicidado. El molinero se ahorcó y el obrero se cortó las venas en el sótano de su casa. Tras la masacre Lidice fue incendiado y arrasado, y los muertos sepultados en un lugar desconocido en los alrededores de la población. Las mujeres fueron enviadas al campo de Mecklenburgo, donde murieron 53 de las 196 que había en Lidice. Pero lo peor fue el destino de los críos, los cuales fueron purgados en el campo de Lodz por sus características raciales y entregados unos cuantos en adopción a familias alemanas. El resto fueron remitidos a Chelmo, donde fueron gaseados. Una vez acabado el siniestro trabajo, Frank pudo anunciar con aire satisfecho que "nadie recordará nunca que existió un pueblo llamado Lidice". Pagó con su vida la infamia, afortunadamente.


Lidice antes de proceder al desescombro y allanado.
La idea era que el terreno fuera convertido en una finca
para la viuda de Heydrich
Cuando el mundo supo la noticia, los niveles de espanto subieron varios puntos. A modo de homenaje, diversas poblaciones del planeta cambiaron sus topónimos por el de Lidice, e incluso muchas niñas fueron llamadas por ese nombre. Tras la guerra, los que ordenaron u organizaron la matanza no se fueron de rositas. Además de Frank fueron ejecutados Daluege, Wiesmann y Felk. Böhme se suicidó mientras que Jaroslav Pála fue condenado a cadena perpetua por chivato y por colaboracionista. Varios subalternos también fueron procesados y condenados a penas de prisión. El único que se escapó fue Geschke, que desapareció y nunca más se supo. Tras la guerra se abrió una suscripción a nivel mundial para reconstruir el pueblo, que actualmente existe por mucho que el cabronazo de Frank se empeñase en borrarlo de la faz de la tierra.

En fin, esa fue la historia.

Hale, he dicho 



A la izquierda vemos a tres schupos posando en plan victorioso ante las ruinas de la ciudad antes de meterles fuego.
A la derecha aparecen el camarógrafo Franz Treml y su ayudante, ambos de paisano con cascos, filmando los sucesos
de Lidice. Los alemanes tenían la impenitente costumbre de dejar testimonios gráficos de todas sus bestialidades, lo 

que permitió tras la guerra mandar al patíbulo a muchos de ellos.