sábado, 5 de diciembre de 2015

Cometas de guerra


Cometa bélica de última generación, muy útil para llevarla a playas
especialmente concurridas de gente. El fabricante garantiza el poder
abrirse un hueco para la toalla y la sombrilla en escasos minutos.
Como es de todos sabido, las cometas son más antiguas que el hilo negro. Según la leyenda, el invento se debe a un agricultor chino que, hace ya unos 2.500 años, ató con una cuerda su sombrero para no perderlo durante una ventolera de aquí te espero. Sea o no cierta la leyenda, lo que sí se sabe es que en una época tan remota como el 200 a.C. ya se le dio un uso militar. Un ingenioso chino por nombre Han Xin utilizó uno de estos etéreos y livianos chismes para medir la distancia que separaba su ejército de las murallas de una ciudad que mantenía asediada, con lo que tuvo una idea muy cercana a la longitud del túnel que mandó cavar para, de forma sorpresiva, aparecer tras los enemigos y convertirlos en rollitos de primavera.


Pronto le cogieron el tranquillo estos probos ciudadanos al tema de las cometas porque, al parecer, llegaron a fabricar ejemplares tan grandes como para sustentar el peso de un hombre y, de ese modo, disponer de observadores para controlar desde las alturas los movimientos de las tropas enemigas, lo que indudablemente no dejaba de ser una gran ventaja a la hora de combatir en las inmensas estepas que hay por aquella parte del mundo. El no va más llegó en tiempos de la dinastía Ming, y lo tenemos a la izquierda. Se trata de un cuervo de fuego, una hábil combinación de cometa y cohetes que, al parecer, era más dañina que un político con los bolsillos vacíos. El cuervo era, como digo, una cometa fabricada con bambú y seda a la que se unían cuatro cohetes, lo que le permitía volar unos 300 metros. El interior del cuervo iba relleno de algún tipo de mixtura incendiaria que se inflamaba con la ayuda de los cohetes, con lo que podemos decir que era un verdadero misil capaz de destruir naves, máquinas o tropas enemigas.

La batalla de Liegnitz según el incomparable lápiz de
Angus Mc Bride (q.p.d.)
Por lo general, se atribuye a Marco Polo la introducción de las cometas en Europa, creencia esta que me suena a camelo porque los musulmanes ya las usaban por conocerlas de chinos y mongoles desde bastante tiempo antes del retorno del veneciano de la corte de Kublai Khan y, de hecho, incluso hay actualmente estudiosos que ponen en tela de juicio el famoso e interminable viaje. En todo caso, un químico sirio por nombre Hassan al-Rammah, que falleció en 1295, ya estaba sumamente versado en el uso y mejora de la pólvora inventada por los chinos, creando multitud de recetas de la misma así como métodos para obtener salitre de la mejor calidad, conocimientos estos que, obviamente, habrían llegado a oídos de los cruzados y, por ende, a Europa. Hacia 1280 escribió una obra titulada "Libro del combate a caballo con ingenios de guerra" en el que, aparte de explicar como fabricar cohetes- o flechas chinas, como él las llamaba- incluye el uso de cometas con fines puramente militares para llevar sobre los enemigos armas incendiarias. En cuanto a Europa, en 1241 ya se tuvo constancia del uso de las cometas con fines bélicos. 

Cometa de dragón según el Rust und Feuerwerksbuch (c. 1500)
Concretamente en la batalla de Liegnizt, celebrada el 9 de abril de ese año en el contexto de las invasiones mogolas por el este de Europa. Los mongoles al mando de Batu Khan derrotaron a una coalición de polacos, alemanes, teutones, templarios y hospitalarios al mando del duque Enrique de Silesia, el cual palmó en la batalla por cierto. Los mongoles usaron cometas en los que, según Paul D. Buell en su obra "The A to Z of the Mongol World Empire", fue el primer bombardeo aéreo de la historia, ya que lanzaron una de la que colgaba un hombre que fue arrojando bombas incendiarias. Otros autores como Johanes Dlugosz en su "Historia de Polonia" no mencionan nada de mongoles colgantes, sino de simples cometas- seguramente del tipo dragón- que produjeron enormes cantidades de humo de colores que confundieron a las tropas del duque y, además, gases tóxicos. Por cierto que esta última versión me parece mucho más veraz.

Este invento de las cometas, así como su uso militar, debió difundirse por Europa con cierta rapidez. La primera representación gráfica de uno de estos chismes la tenemos en la obra de Walter de Milemete, que en 1326 escribió un tratado de poliorcética al entonces príncipe Eduardo III de Inglaterra bajo el título DE NOBILITATIBVS, SAPIENTIIS ET PRVDENTIS REGVM. En la ilustración de marras, que podemos ver a la derecha, tenemos a tres hombres que sujetan la cuerda de una cometa de la que pende una bola con una mecha, lo que podríamos interpretar como una granada incendiaria que, en el momento adecuado, sería descolgada de la cometa y caería dentro de la ciudad sitiada, produciendo un incendio en la misma. Cabe suponer que la cometa sería de buen tamaño ya que requería tres hombres para sujetarla, e incluso la ayuda del torno que se ve ante ellos.

Y debía ser una idea viable ya que aparece en varias de las copias que se conservan del BELLIFORTIS, dos de las cuales podemos ver en la ilustración inferior.


Como vemos, se trata en ambos casos de cometas de dragón, las cuales se prestaban bastante bien a estos usos bélicos por tener el cuerpo hueco y poder así albergar en su interior mixturas incendiarias, gases tóxicos o cualquier otra porquería para fastidiar a los enemigos. Al parecer, se construían en tres partes: la cabeza, de cuero, que era donde posiblemente se introducía la sustancia a emplear. Esta cabeza estaría unida a una parte central de lona y, finalmente tenemos la cola, que se fabricaba con seda de colores. El motivo de que aparezcan siempre en manos de un jinete obedece a que, de esa forma, era más fácil tanto que levantaran el vuelo como seguirlas hasta el objetivo. Bastaría poner la cometa contra el viento y empezar a galopar y luego, con el chisme en el aire, darle cuerda hasta situarla encima del objetivo. La iniciación de la sustancia incendiaria se podría llevar a cabo con una simple mecha, o bien recurrir a cualquiera de las mixturas incendiarias que, según vimos en la entrada dedicada a esas sustancias, ardían por reacción sin necesidad de que nadie les prendiera fuego.

Cometa incendiaria según el Kriegsbuch
de von Eyb (c.1500)
No deja además de resultar digno de mención que estas cometas incendiarias perduraran en tratados militares escritos en fechas bastante tardías, ya en pleno Renacimiento. Esto indicaría que, aunque la artillería ya estaba en un avanzado estado evolutivo, la opción de las cometas seguía manteniéndose vigente. No obstante, es obvio que el empleo de cometas estaba muy condicionado por las condiciones atmosféricas y meteorológicas. Debía hacer viento y que éste tuviera la intensidad y dirección adecuados, no podría estar lloviendo y solo podrían usarse de día. Sin embargo, una bombarda o un mortero podía funcionar en cualquier momento y circunstancias y, además, su poder destructivo y su precisión iban mucho más allá que los de una cometa a merced del viento. En todo caso, no deja de ser admirable que estas ligerísimas estructuras estuvieran operativas en medio mundo durante muchos siglos, lo que es una muestra de que, con ingenio, hasta con un cacho tela y dos palos se puede hacer bien la pascua al enemigo.

Y como tengo un gripazo XXXL, me piro a echarme a morir un rato, que me duelen hasta las uñas, carajo.

Hale, he dicho