domingo, 17 de enero de 2016

Heridas de guerra: ensañamiento y remate I


Escena de una batalla de Hans Holbein el Joven que muestra de forma bastante realista la furia desplegada
por los combatientes

Uno de los referentes más conocidos es la Biblia
Maciejowski, que nos enseña con toda su crudeza los
efectos de las armas de la época
Que en las guerras medievales no se andaban con tonterías es algo de todos sabido, así como el amplio despliegue de ferocidad inusitada que tenía lugar cuando dos grupos más o menos numerosos de ciudadanos con diferentes opiniones se reunían para debatir sobre ellas. Colijo que en esos intensos debates tenía lugar una explosiva mezcla de testiculina mezclada a partes iguales con miedo, ira y odio, lo que daba lugar a un pertinaz deseo de convertir al enemigo en una pulpa sanguinolenta. A lo largo de las entradas dedicadas a las heridas de guerra hemos ido estudiando los efectos producidos por determinadas armas gracias a las osamentas que han llegado a nuestros días y que nos han mostrado la tremebunda eficacia con que nuestros ancestros se escabechaban gallardamente en el campo del honor. Desafortunadamente, dichas osamentas siempre han procedido de hallazgos de fosas comunes foráneas ya que aquí, en la España que durante siglos ha sido testigo de todo tipo de matanzas, nadie parece haberse molestado en buscar los restos de los que combatieron tan sañudamente. Así pues, no nos que quedado más remedio que recurrir a los difuntos de Towton, Visby, Upsala, Dornach o algún que otro probo ciudadano suelto que ha aparecido despistado en alguna tumba sin nombre. No obstante, eso no nos supone ningún inconveniente ya que un hachazo tenía los mismos efectos en Zamora que en las afueras de Varsovia y, salvo cuando se trata de armas muy concretas, las osamentas halladas valen para todo. Son osamentas polivalentes, como es obvio.

Conocido cráneo procedente de la
fosa común de Towton que tuvo
que ser reconstruido por completo.
Al perder el soporte de la carne por
la putrefacción quedó hecho pedazos
a causa de sus diez heridas.
Sin embargo, el motivo de esta entrada no estará encaminado en concreto a los efectos producidos por el armamento medieval, sino más bien a la forma en que se usaba en determinadas circunstancias. Porque si algo he podido constatar a lo largo de las muchas horas dedicadas al estudio de estos escabrosos pero interesantes temas es que era cosa habitual no dar por muerto a nadie hasta que estaba 100% muerto. O sea, que las osamentas que se han ido rescatando mostraban por norma un elevado número de heridas más o menos graves, lo que es un testimonio palmario de que si alguien era abatido no se levantaba más. Dicho de otro modo: si uno era herido y no aguantaba en pie sin dejar de combatir, los enemigos se abalanzarían contra él y lo despedazarían casi literalmente. ¿Qué motivaba este ensañamiento? Como es evidente, la mezcla explosiva que mencionamos más arriba, que inducía a desfogar toda la furia, el odio y el miedo acumulados contra todo aquel que quedase a merced de sus adversarios. En resumen: no había piedad, y si alguien era herido y salía vivo del brete era porque había podido aguantar el dolor estoicamente y no le habían abandonado las fuerzas.

Si nos paramos a dejar de lado los
tópicos habituales, vemos que
muchas tropas combatían sin
ningún tipo de protección corporal
como, por ejemplo, los lansquenetes
Por otro lado, me llama la atención el elevado número de heridas producidas en la cabeza que, en teoría al menos, siempre ha sido la parte del cuerpo más protegida aún en los peones más misérrimos. Sin embargo, es habitual ver en esa zona una acumulación tremenda de lesiones, lo que nos indica que los enemigos tenían clarísimo que era allí donde había que golpear para finiquitar al caído. Desconocemos como es lógico las muertes causadas por heridas producidas en las zonas blandas del cuerpo que, obviamente, serían muchísimas, pero no deja de ser llamativo que, por ejemplo, los restos hallados en Towton mostrasen un 33% de heridas en los huesos del tronco y las extremidades mientras que el 96% de los mismos mostraban heridas en el cráneo, o que las cabezas halladas en Gornach tuvieran una media de cuatro heridas, sobrepasando la decena en algunos casos. Por todo ello debemos de dejar de lado la creencia sistemática de que todos los combatientes acudían a la llamada de las armas equipados con buenos yelmos ya que, de hecho, incluso podemos comprobar en multitud de representaciones gráficas de la época que esto no era así. Un ejemplo lo tenemos a la derecha, donde vemos a un lansquenete portando solo su armamento ofensivo. Sin embargo, su cuerpo está completamente expuesto a las armas del enemigo. Bastaría un puntazo en un muslo para perforar la femoral y aliñar al tedesco en menos de dos minutos.

Detalle del folio 219 de la Crónica de Lucerna que muestra
la batalla de Murten (1480). Como vemos, los cadáveres han
sido bastante maltratados
Y dentro de este elevado porcentaje de heridas en la cabeza podemos además observar otro detalle, y es que hay multitud de casos en que aparecen más de una que serían mortales de necesidad y, además, de efectos fulminantes. O sea, que no se conformaban con asestar un golpe definitivo sino que añadían alguno más de propina, por si acaso. En definitiva, no se buscaba dejar fuera de combate al enemigo sino más bien machacarlo literalmente. Además, veremos como hay determinadas heridas que se repiten a la hora de ver sus efectos, lo que sería un indicio de algún tipo de pauta o norma a la hora de rematar a los caídos para que sigan caídos para siempre jamás. En fin, vale ya de tanto introito y vayamos al grano.

Ahí tenemos el primer ejemplo. Se trata de un probo ciudadano de entre 40 y 60 añitos de nada que presenta una enorme brecha en la zona inferior del parietal izquierdo, producida posiblemente por el pico trasero de una alabarda. En rojo vemos algunas de las 11 heridas restantes que se observaron en el mismo, unas en scalp y otra en forma de hendiduras producidas ambas por espadas. Las heridas en scalp, para los que las desconozcan, son heridas en las que el arma saca literalmente una loncha de cuero cabelludo y a veces, como en este caso, una lasca de hueso. Todo esto podemos traducirlo de la siguiente forma: el sujeto recibió una herida en alguna parte del cuerpo que le hizo caer. Posiblemente, las de la cabeza también pero, una vez caído o desfallecido, alguien lo remató con el golpe final que lo dejó en el sitio. En todo caso, lo significativo es que recibió la friolera de DOCE heridas en la cabeza- cuatro de ellas infligidas por detrás-, y puede que alguna más en el cuerpo. Eso es ensañamiento alevoso, carajo.

Este otro ejemplo presenta tres heridas, todas mortales, en un sujeto de edad similar al anterior. Sin embargo, el que causó la primera de ellas no debió darse por satisfecho y le propinó otras dos igual de contundentes. Por sus dimensiones cabe suponer que usó una alabarda que, empuñada con ambas manos, era como golpear como un hacha. Dos de las heridas están en el lado derecho de la cabeza, y la otra en el opuesto. Como vemos, son asaz expeditivas y dos de ellas sobraban ya que cualquiera de ellas no solo es mortal de necesidad, sino absolutamente fulminante.

Otro ejemplo más, en este caso de un difunto de unos 40 años. que, además del boquete que salta a la vista, recibió otras cinco heridas más, tres de las cuales están marcadas en rojo en la foto de la izquierda. Pero este difunto, tras caer al suelo en posición de decúbito supino, o sea, boca arriba, recibió otra más que, según apreciamos en la imagen de la derecha, marcada en rojo, le cercenó media cabeza. Cabe preguntarse para qué le asestaron este golpe bestial si cuando cayó debía tener media sesera fuera de la cabeza.

Y otros cuatro más para que no se diga. El cráneo A perteneció a un hombre muy joven, de entre 15 y 20 años. La línea de puntos muestra el ángulo del tremendo corte que le infligió una alabarda enemiga. Previamente había recibido dos más, una de ellas el arco superciliar derecho. En B1 tenemos una vista trasera de la cabeza de un hombre también joven, de entre 20 y 30 años, que recibió cinco heridas, dos de ellas fatales. La que vemos en este caso correspondería a un tajo de espada o alabarda cuando el sujeto estaba tumbado o con la cabeza inclinada hacia abajo, mientras que la que vemos en B2 procede a todas luces de la pica de una alabarda, clavada en el cogote cuando el fulano estaba tumbado y, casi con seguridad, muerto. La herida que vemos en C es una más de las cinco que recibió. Una podemos verla un poco más atrás, mientras que la otra fue un bestial tajo que le cercenó literalmente la jeta desde la órbita derecha hasta el cuello. La que vemos en la parte superior podría haber sido causada por el pico trasero de una alabarda clavado hasta la hoja. De ahí que el orificio tenga forma romboidal con largas aberturas en ambos extremos. Sin embargo, y a pesar de ser mortal y fulminante, cuando cayó al suelo aún le cortaron la cabeza por la mitad. Este tipo de heridas aparece con bastante profusión en los restos de la batalla de Dornach (1499). De hecho, es similar a la que vemos en D1 marcada con una línea, y debió ser la que aliñó definitivamente a ese sujeto de edad mediana que recibió un total de once heridas en la cabeza, parte de las cuales podemos ver además del puntazo propinado por el pico de un martillo de guerra. En D2 tenemos el mismo cráneo visto desde arriba con las señales de cortes marcadas en rojo

Por otro lado, llama la atención la cantidad de heridas recibidas por detrás, lo que indicaría dos opciones: una, que el sujeto estaba tumbado boca abajo, agonizante o muerto. Y dos, que fue atacado por la espalda en plena vorágine, donde se recibían golpes desde cualquier sitio. Un ejemplo sería la que vemos a la izquierda, en forma de corte limpio producido por una espada. Ese tajo debió alcanzar seguramente las cervicales- vemos que el ángulo de corte es hacia abajo-, y con ello una muerte instantánea. Esa herida fue la definitiva de las cuatro que recibió en total en la cabeza.

Fragmento de una miniatura del segundo volumen del
Chronicon Helvetiæ en la que vemos a un alabardero
caído a punto de ser rematado con un tajo de espada en
la cabeza.
Estos ejemplos nos han mostrado lo comentado en el introito inicial, y es que nadie se libraba de ser masacrado aunque cayera con la cabeza literalmente reventada a golpes. Naturalmente, a estas heridas habría que añadir las producidas en el tronco, de las que no ha quedado rastro pero que también se producirían con profusión, más las amputaciones de miembros que acabarían con la vida del personal en escasos minutos debido a las hemorragias producidas. Queda patente pues que había un especial ensañamiento hacia los heridos, que quedaban a merced de sus enemigos sin posibilidad de recibir un mínimo de misericordia hacia ellos. Es de todos sabido que no hay mejor enemigo que el enemigo muerto y, al parecer, estos ciudadanos lo tenían tan claro que no dejaban lugar a dudas en ese aspecto. 

Bueno, mañana seguiremos, que es hora del yantar y eso es sagrado.

Hale, he dicho

POST SCRIPTVM: como las osamentas mostradas estaban bastante averiadas las he completado con la parte que les falta para que el lector pueda hacerse una idea clara de lo que está viendo.

Continuación de la entrada pinchando aquí






2 comentarios:

Alex Delgado dijo...

Interesantísimo...felicidades.

Amo del castillo dijo...

Celebro que haya sido de su interés, Sr. Alex. Si le resultan amenos estos temas, le recomendaría que pinche en la etiqueta de "heridas de guerra", donde encontrará un jugoso compendio de todo tipo de destrozos causados por el armamento medieval y moderno.

Un saludo y gracias por su comentario