martes, 7 de junio de 2016

Las ominosas muertes de algunos monarcas


¿Qué mejor muerte puede haber para un monarca que envuelto en la gloria del campo de batalla? Bueno, pues pocos
fueron los que alcanzaron ese envidiable final. La mayoría palmaron como cualquier hijo de vecino: meados, cagados
y acojonados ante el incierto porvenir que a uno le espera tras el túnel ese que dicen que tiene luz al final del mismo

Cualquier monarca de pro anhela palmarla en combate, al frente de sus tropas y acuchillando bonitamente a los enemigos. Sin embargo, el destino no siempre acepta los deseos de estos valerosos ciudadanos y, en vez de permitirles morirse de forma heroica para que su deceso figure en los libros de historia, pues se mueren como cualquier pelagatos. Ni mucho menos los grandes guerreros de la historia tuvieron una muerte apropiada, sangrando en el maldito fango gallardamente asaeteados o acuchillados por los enemigos como el leonino Ricardo I de Inglaterra, que la diñó durante el cerco al castillo de Chalus, o Pedro II de Aragón, escabechado en la batalla de Muret por las tropas del fiero Simon de Montfort, o incluso el monarca luso Sebastián I, caído en la batalla de Alcazarquivir junto al comandante enemigo, el sultán Abd al-Malik. Estos murieron de una forma gloriosa pero, sin embargo, otros, a pesar de pasarse en muchos casos toda la vida sorteando mil peligros y batallando sin descanso, se iban al Más Allá como un cuñado cualquiera, de esos que, con tal de incordiar hasta el último momento de sus ignominiosas vidas, palman un sábado a por la mañana para fastidiarnos el fin de semana enterito. Esto demuestra que la gloria en vida no siempre nos acompaña hasta nuestro último hálito de vida, y buena prueba de ellos son los ejemplos que mencionaremos a continuación.

ATILA

Atila sangrando una cosa mala según una miniatura de la
Crónica Sajona del Mundo (siglo XIV, Ms. Germ. 129, f. 53)
FLAGELLVM DEI, el Azote de Dios, el despiadado y cruel caudillo huno que fue el terror de Europa en las postrimerías del imperio romano, tuvo un deceso propio de señor maduro con estrés de caballo, dos paquetes de tabaco al día y sobrepeso. O sea, que a pesar de haber intervenido en mil batallas, no murió de las heridas recibidas en combate, ni mucho menos apiolado en el campo del honor por un poderoso rey guerrero. Antes al contrario, Atila estiró la pata en marzo de 453 de una forma bastante vulgar y no exenta de ciertas peculiaridades: falleció durante su noche de bodas con una princesa germana por nombre Ildico a causa de una hemorragia nasal. No se sabe a ciencia cierta que pudo provocar dicha hemorragia, pero a mi entender lo más probable es que se debiera a una subida bestial de la tensión arterial que le produjo, además de la hemorragia nasal, un derrame cerebral que lo aliñó en un periquete. El ágape nupcial, en el que debió devorar como un tigre hambriento y beber como 300 cosacos de alcohólicos anónimos reincidentes por nonagésimo octava vez, le debió producir un accidente vascular cerebral a lo bestia y sanseacabó. Otra posibilidad es la que nos legó Jordanes, un historiador del Imperio de Oriente que vivió en el siglo VI y que sugirió que la muerte la produjo la rotura de una arteria, ahogándose en su propia sangre. Como dato curioso extra, deben saber vuecedes que no se conoce el verdadero nombre de este personaje ya que Atila es un palabro derivado de ata, que significa padre en turco, seguido del diminutivo ila, lo que nos daría padrecito, el mismo tratamiento que los rusos daban a los zares como muestra de respeto y afecto.

ENRIQUE V DE INGLATERRA

El valeroso Harry, el vencedor en Harfleur y Agincourt que tantos quebraderos de cabeza produjo a la corona francesa durante los años que batalló para hacer valer sus derechos al trono francés, tampoco tuvo lo que se puede decir una muerte heroica. Sus logros militares acabaron imponiendo al monarca francés Carlos VI nombrarle regente del reino y heredero del mismo tras la firma del Tratado de Troyes en 1420, por lo que la historia de Europa habría sido muy diferente si Enrique hubiese llegado, sino a viejo, al menos a una edad madura o hubiese sobrevivido al rey francés, lo que no fue posible por apenas dos meses. Pero el destino no estaba por la labor de permitir que Francia e Inglaterra acabaran bajo el mismo cetro, y el belicoso inglés contrajo una disentería tremebunda durante el asedio de Meaux entre octubre de 1421 y mayo de 1422. A pesar de la devastadora enfermedad, que con las constantes diarreas que producía debilitaba al más pintado, en bravo Harry prosiguió su campaña de aquel año hasta que, llegado el mes de julio, estuvo totalmente extenuado. Sin tener ya ni fuerzas para montar a caballo a causa de la cagalera atroz, abandonó su expedición contra Cosne-sur-Loire y se marchó al castillo de Bois-de-Vicennes, cercano a París, donde debió sentir que la Sota de Bastos lo acechaba porque dejó instrucciones sobre la educación y cuidados que debía recibir su unigénito, nacido apenas seis meses antes. Cada vez más agotado, acabó muriendo repentinamente la noche del 31 de agosto cuando apenas contaba con 36 años de edad. Años esquivando a la muerte para acabar así por beber agua en mal estado. Chungo, ¿que no?

SANCHO IV DE CASTILLA


El indómito segundogénito de Alfonso X tampoco acabó sus días de la forma en que los vivió. Tras iniciar un conflicto civil con su padre por haber nombrado heredero de la corona al hijo de su primogénito, el infante de La Cerda muerto antes de tiempo, se pasó toda la vida de conflicto en conflicto con su hermano menor Juan, con la poderosa casa de Lara, que inicialmente apoyaban al heredero designado por el rey Alfonso y, sobre todo, con el fiero y levantisco Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya, al que tuvo que apiolar porque estaba hasta el gorro de él. Pero las rencillas por el poder no hicieron que don Sancho se olvidara de la principal misión de un monarca cristiano: echar a patadas al mar a los moros. En 1291 andaba planeando el cerco a Algeciras para poder hacerse con el control del Estrecho, pero la tuberculosis que, como a una damisela de ópera decimonónica le había empezado tiempo antes a triturarle los pulmones, empeoró.  Y debió ponerse fatal el hombre, porque enseguida comenzó a disponerlo todo para su tránsito y dejar el reino en orden. Así, nombró regente a su mujer, la reina doña María de Molina, para que velase por el heredero, el que sería el futuro Fernando IV. Del mismo modo, encomendó a Juan Núñez de Lara el Mozo, que ya había olvidado las rencillas de su familia con el soberano, que cuidara de que todas sus disposiciones se cumplieran puntualmente, a lo que el ricohombre aceptó. La verdad es que el Lara se lo debía a don Sancho que, al cabo, se había portado siempre bien con él. "Nunca desamparades al ynfante don Fernando, mi fijo, fasta que él haya barbas", le ordenó el rey. Durante cuatro años fue recorriendo penosamente diversas ciudades de sus dominios para ir dejándolo todo atado y bien atado hasta que, finalmente, viendo la sombra de la Parca demasiado cerca, ordenó ser llevado a Toledo, ciudad donde quería ser enterrado, para entregar la cuchara apaciblemente escupiendo cuajarones de sangre. Y allí fue llevado en andas porque ya ni se sostenía en el caballo, muriendo en la ciudad imperial en las primeras horas del 25 de abril de 1295. Tenía solo 36 años.

CARLOS I DE ESPAÑA


El augusto Carlos, el dueño del mayor imperio visto hasta la época, tampoco palmó como un héroe a pesar de haberse pasado la vida de la Ceca a la Meca, combatiendo a los gabachos, a sus levantiscos vasallos flamencos y a los malvados luteranos. Pero el invicto césar, además de tirarle a degüello a los herejes, tenía un vicio mortífero de muchos conocido: era un tragón impenitente. A tanto llegaba su pertinaz gula que hasta obtuvo del papa Julio III una dispensa para no tener que guardar el ayuno preceptivo antes de recibir la comunión. Los efectos de su hambre perpetua se veían empeorados desde muy joven debido al acusado prognatismo de su ralea, que llegaba al extremo de no poder masticar y tener que tragar el alimento prácticamente entero. Ello no solo le producía unas digestiones mortíferas, sino una halitosis capaz de tumbar a un elefante de guerra cabreado con solo echarle una bocanada de aliento a la trompa. A ello, con el paso del tiempo, se le sumaron sus constantes ataques de gota que le obligaban a viajar en una silla especialmente fabricada para tal fin ya que los dolores en las piernas le impedían cabalgar. 



Monasterio de Yuste. Para los que no lo conozcan, solo por contemplar los
paisajes del entorno ya merece la pena visitarlo. Ah, y en el cercano pueblo
de Garganta la Olla se come de vicio, informo.
Estos datos son más o menos conocidos por parte de los que me leen, pero lo que puede que no sepan es que, tras su retiro a Yuste, no solo no se privó de seguir tragando como un auténtico Pantagruel, sino que le montaba a los frailes unas broncas tremendas cuando no se le servía todo lo que pedía, especialmente en lo tocante al vino y la cerveza, bebidas que consumía en cantidades bestiales y que si no lo sumían en un delirium tremens era porque las acompañaba con unas cantidades de comida que ni las de las bodas de Camacho. Desde Valladolid se encargaban de remirtirle grandes cantidades de salmones, así como arenques y anchoas del Cantábrico. Su hermana Catalina, reina de Portugal, le enviaba cada dos semanas suculentas remesas de viandas de todo tipo. Desde Sevilla, puerta de las Indias, recibía especias que en aquella época se pagaban a precio de oro, y desde el monasterio de Guadalupe le mandaban un carnero a la semana y una ternera cada dos, más las ingentes cantidades de frutas con las que gustaba iniciar las comidas (en aquella época la fruta no era el postre, sino el aperitivo ya que su dulzor abría el apetito). Y a todo eso, añadir los constantes obsequios culinarios con que sus nobles le hacían la pelota bonitamente. O sea, que el augusto Carlos era capaz de comerse al padre prior con tomate si le dejaban. Sin embargo, aunque semejante dieta lo había convertido en una sombra atormentada prácticamente paralizada por la gota, su muerte se debió al paludismo que azotaba la comarca. 


Silla de viaje del emperador
A finales de agosto de 1558, el emperador se puso aún más chungo de lo habitual con unas fiebres tremendas, escalofríos y vómitos. El 8 del mes siguiente acudió a visitarlo un médico por nombre Cornelio Baersdrop que le recetó lo habitual en estos casos: purgas y sangrías, métodos muy eficaces para acabar de rematar a los moribundos. Pero el eximio monarca ya estaba listo de papeles, así que el día 21 se dispuso a pasar del Más Acá al Más Allá tras recibir la extrema unción de manos del arzobispo Carranza que, por cierto, luego fue procesado por hereje. Tomó una vela bendecida en una mano, un crucifijo en la otra y murmuró "Ya es tiempo", tras lo cual entregó la cuchara con gran ejemplaridad y tal. En fin, que el hombre más poderoso del mundo se murió a causa de la picadura de un puñetero mosquito, manda cojones.


ADOLFO FEDERICO DE SUECIA


El inefable Adolfo en actitud belicosa. Sin
embargo, a pesar de la armadura que viste
era incapaz de matar a una mosca.
Pero si alguien piensa que nuestro ilustre césar Carlos ha sido el mayor tragón de las monarquías europeas, se equivoca. Ese título quizás le corresponda con toda justicia a Adolfo Federico, rey de los suecos. Este hombre, al contrario de los anteriormente citados, no fue un fiero guerrero, no fue a batallar por ahí, ni nada de nada. Era un rey blandito, amante padre y fiel esposo que no quería meterse en líos y solo aspiraba a pasar por la vida dedicado a su afición favorita: fabricar primorosas cajitas de rapé. Sin embargo, comer, lo que se dice comer, comía como una lima. Es más, creo que ha pasado a la historia más que por sus hechos en vida por la cena fastuosa que lo mandó a la fosa. Vean, vean la composición del letal menú: langosta, caviar, sauerkraut (coles agrias a las que son especialmente aficionados los tedescos) y arenques ahumados, todo ello regado con abundante champán. Y por si fuera poco, se zampó la friolera de catorce raciones de un postre típico de Suecia por nombre semla, unos deleitosos bollitos elaborados con harina de trigo que se servían en un tazón de leche caliente. Por lo visto, comerse dos o tres ya era una pasada, así que liquidarse catorce era una bestialidad. Sea como fuere, esta fue la "última cena" del bondadoso Adolfo, que pasó a la inmortalidad gastronómica el 12 d febrero de 1771 con 60 añitos de nada.

EL REY WAMBA


Coronación del rey Wamba, único caso en la historia de
pasar de rey a monje en un ratillo de nada
Este monarca visigodo palmó de muerte natural, o sea que no tuvo un deceso especialmente dramático o producido por enfermedades chungas como los anteriormente vistos. Sin embargo, podríamos decir que antes de morirse lo "murieron". ¿Que qué significa eso? Bueno, digamos que lo destronaron de forma tan peculiar que lo mataron sin matarlo, así que lo incluiremos en nuestra lista de reyes de hoy. Por si alguno no lo sabe, si por algo se caracterizaron los reyes visigodos es porque eran habitualmente cesados de sus cargos de forma un tanto dramática por sus condes. O sea, que lo normal era finiquitarlos a cuchilladas para poner a otro que les favoreciese en sus aspiraciones nobiliarias. Wamba fue uno de los más enconados defensores de la independencia del poder real, sin tener que verse obligado a acceder constantemente a las demandas de sus insaciables nobles. Pero Wamba no podía ni imaginar la jugarreta que le estaban preparando dos de sus más furibundos enemigos: el conde Ervigio y Julián, arzobispo de Toledo. Hay que reconocer que el complot fue asaz peculiar.


Momento en que un barbero tonsura al comatoso Wamba en presencia de sus
nobles y, naturalmente, de los taimados y alevosos Ervigio y Julián
Wamba era al parecer muy aficionado a consumir infusiones de hierbas, así que sus enemigos se las ingeniaron para que alguien del servicio vertiera en una de ellas una fuerte dosis de esparteína, un alcaloide que dejaba al que lo consumía en estado comatoso, casi como muerto, pero la cosa no iba en realidad más allá de un siestazo bestial. En efecto, nada más tomarse su infusión, Wamba cayó redondo ante el pasmo de sus cortesanos que dieron por hecho que al rey le había dado un chungo y estaba a punto de estirar la pata. Así pues, llamaron al alevoso obispo Julián el cual, conforme al LIBER ORDINVM de la iglesia visigoda, le administró los últimos sacramentos en los que al aspirante a difunto se le tonsuraba, se le penitenciaba y se le trazaba una cruz de ceniza sobre el cuerpo. Pero cuando todos los presentes esperaban el inevitable final del rey, éste despertó de su profundo coma para verse convertido en un fraile, ya que había sido tonsurado y tal. O sea, que el sacramento final de los visigodos convertía en religioso al moribundo para facilitar su acceso al Cielo, pero en este caso el Cielo tendría que esperar. Lo que no esperaría sería el trono, que no podía ser ocupado por un fraile, por lo que se vio obligado a aceptar su nuevo estado a pesar de agarrarse un cabreo monumental. Sus nobles, aprovechando la coyuntura, se negaron a defenderle del complot, y Ervigio y Julián le conminaron a firmar allí mismo unos documentos en los que nombraba al conde como heredero y, al mismo tiempo, rogaba al arzobispo que fuera ungido como tal lo antes posible, saltándose así las leyes para la designación de los monarcas entre los godos. Así pues, a la vista de que se la habían jugado de forma magistral, al pobre Wamba no le quedó otra que largarse enhoramala a un monasterio en Pampliega, cerca de Burgos, donde se resignó a pasar sus últimos ocho años de vida jurando 93 veces al día que jamás volvería a probar ningún tipo de infusión.

Bueno, con esto vale por hoy, que he tenido una jornada especialmente tensa y mis instintos homicidas están un poco más elevados de lo habitual. Así pues, me piro a merendar, a ver si se me pasa.

Hale, he dicho