sábado, 8 de octubre de 2016

Pistolas de duelo




Duelo entre Alexander Hamilton y Aaron Burr según un
grabado de principios del siglo XX
Como ya hemos hablado alguna que otra vez, los caballeros de pro tenían la sana costumbre de dirimir sus diferencias de opinión batiéndose en duelo de forma discreta y solucionando el tema sin tanta alharaca como vemos hoy día, donde la peña se pone a caldo a través del Feisbú y el Tuiter para luego demandarse ferozmente en los tribunales alegando que un malsín ha ultrajado su... ¿honra? Mucha honra dicen tener, pero luego no hay lo que tiene que haber para pedir satisfacción en privado por si se escapa una mano, que duele mucho eso. De hecho, hasta los políticos de antaño recurrían a los duelos para dar término a sus malquerencias. Claro que hablamos de una época en que los políticos tenían honor y bemoles, y no como ahora, que carecen de ambas cosas o, mejor dicho, las desconocen. Por citar un par de ejemplos, tenemos el famoso duelo entre Aaron Burr Jr. y Alexander Hamilton, vicepresidente y secretario del Tesoro respectivamente de los Estados Juntitos, los cuales celebraron un duelo en la mañana del 11 de julio de 1804 a fin de finiquitar añejas ofensas. Burr le endilgó a Hamilton un balazo en el hígado que lo envió al Más Allá al día siguiente, pero se marchó con la honra impoluta, qué carajo. 

Duelo entre Montpensier y Don Enrique de Borbón
Otro, éste en tierras hispanas, fue el que tuvo lugar en la Dehesa de Carabanchel el 12 de marzo de 1870 entre el duque de Montpensier y el infante Don Enrique de Borbón, duque de Sevilla. En este caso, el infante, que paradójicamente tenía ideas republicanas, injurió gravemente al de Montpensier en un panfleto por lo que el ofendido se agarró un cabreo mayúsculo y, a la vista de que se llevaban fatal, decidieron cortar por lo sano celebrando un duelo a todo trance, es decir, que de allí solo saldría uno razonablemente vivo y otro más tieso que una estaca o, en el mejor de los casos, a punto para el santóleo y la fosa. Tres tandas de disparos hicieron falta para acabar con la pendencia, que se resolvió cuando Montpensier le metió a su oponente una bala en el cráneo que lo aliñó allí mismo. Hoy día se habrían tirado catorce años metidos en pleitos y haciendo ricos a sus respectivos picapleitos para, al final, solucionar la malquerencia con cochino dinero. En fin, las cosas han cambiado tanto...

Juego de pistolas obra de Anderas Jacob Kuchenreuter datado
hacia 1800. Los Kuchenreuter eran una reputada familia
de armeros cuyo origen se remonta a 1640
Bien, la cosa es que, como ya podemos imaginar, para resolver estos duelos a tiros hacían falta pistolas, sin las cuales era muy complicado ya que matar de un balazo a un oponente escupiéndole la bala es físicamente imposible. De ahí que, a partir de mediados del siglo XVIII, los caballeros se proveyesen de magníficos juegos de pistolas que dedicaban exclusivamente a estos honorables menesteres, pasando de padres a hijos ya que, dependiendo del armero y el acabado de las armas, costaban un riñón y parte del otro o incluso los dos. Puede que vuecedes hayan visto alguna que otra vez uno de estos fastuosos juegos de pistolas que, presentados en un elegante estuche de maderas nobles forrado de terciopelo, contenían además de las armas todos los accesorios para su mantenimiento y carga. 


Arturo Fernández Iglesias,
considerado como el último
arcabucero de Madrid
En Alemania, Inglaterra, Francia y, por supuesto, en España, se elaboraban por encargo estas maravillas armeras, siendo especialmente cotizadas las armas fabricadas por los arcabuceros de Madrid, que tanta fama alcanzaron que los mejores armeros de la Europa acudían en peregrinación a la villa y corte para intentar averiguar donde estaba el arcano de la elaboración de sus aceros, mucho más resistentes que los que se fabricaban en otras partes. Está de más decir que se volvieron tal como llegaron, o sea, con las ganas de conocer el secreto, por lo que se contentaban con largarse con toneles de agua del río Manzanares pensando que las propiedades del líquido elemento eran las que daban el temple necesario. Sin embargo, la cosa era más simple: usaban callos de herradura. Sí, no es coña. Los famosos arcabuceros compraban las herraduras viejas que, tras meses de uso, habían adquirido un temple en frío fastuoso a base de tanto pisotear los suelos, empedrados o no, por donde circulaban las caballerías. De ellas obtenían unos cañones que eran la envidia de todos los armeros de Europa, y ciertamente jamás lograron saber que el misterioso temple provenía de algo tan simple como las herraduras desechadas en las herrerías.


Muchos hombres célebres se batieron en duelo, y no pocos
dejaron el pellejo en el intento. En el grabado podemos ver
la llegada a su casa del gran poeta y escritor Alexander
Sergéyevich Pushkin tras ser herido de muerte el 8 de febrero
de 1837 por el barón Georges D'Anthès, un gabacho al
servicio del zar. Como vemos, los intelectuales también
se daban estopa, y más en este caso ya que el tal D'Anthès le
ponía los cuernos a Pushkin que era una cosa mala.
Por otro lado, es habitual leer o escuchar del cuñado forofo de los documentales del Canal Historia que los duelos a pistola acabaron con los elitistas combates a espada ya que era más fácil disparar un arma que blandir un florete. Pues de eso nada. Cierto es que hacen falta años de práctica para ser un buen espadachín, pero no es menos cierto que también es necesario muuucho tiempo para ser un buen tirador, y de eso doy fe y lo juro por mis augustas barbas. A cualquiera que no haya tirado nunca se le da una pistola y se le dice que apunte a una tapia situada a 25 metros y no sería raro que fallase, entre otras cosas porque mucha gente teme de forma instintiva al sonido del disparo y cierran los ojos antes de apretar el gatillo. Pero, técnicas de tiro aparte, había además otro detalle que complicaba más las cosas, y era tener la sangre fría para apuntar sin que a uno le tiemble el pulso mientras que el oponente hace lo propio, y deberá contener tanto el miedo como las ganas de disparar hasta que llegue la señal para ello, generalmente una palmada, una cuenta hasta tres o dejando caer un pañuelo. De lo contrario, el infractor sería acusado de cobarde, felón y, si encima se cargaba al oponente, de vil asesino. Psicológicamente hablando, se sobrelleva mejor abalanzarse espada en mano contra un enemigo aunque no se sepa ni cortar un rábano con ella que aguantar estoicamente el momento de apretar el gatillo ya que, además, si el contrario anda mejor de reflejos puede dejarte seco sin haberte dado tiempo ni a disparar. En definitiva, hacían falta grandes dosis de testiculina para sobrellevar un duelo a pistola, y más si se había pactado disparar por turnos de forma que, tras echarlo a suertes, uno de los duelistas abría fuego mientras que el otro debía aguantar la descarga tieso como un garrote. Si fallaba, entonces podría devolver el disparo, pero no antes. Había que echarle huevos, ¿que no?


Tiradores durante las Olimpiadas de 1908
De ahí que muchos probos ciudadanos sumasen el tiro a la esgrima como deportes propios de un caballero, acudiendo a salones donde se practicaba y se aprendían los entresijos de las armas de fuego de manos de maestros duchos en el arte de disparar contra el prójimo de forma satisfactoria. Obviamente, ser retado por un experto tirador era una faena de las gordas, así que había que intentar alcanzar un nivel de destreza adecuado para no ser apiolado como un gazapo a manos de una raposa al primer tiro. De hecho, la primera modalidad de tiro olímpico derivó precisamente de los duelos disparando, no contra una diana, sino contra un señor situado frente a otro con una munición especial para que no hiciera pupa. Dicha munición tenía la bala de cera y carecía de pólvora, siendo impulsado el proyectil solo con la energía que le imprimía el fulminante. Los tiradores se cubrían con ropa especialmente resistente y la cara se la protegían con una máscara metálica que tenía una abertura para el ojo maestro. Dicha abertura estaba cubierta con un grueso cristal, por si acaso. 


En cuanto a las armas, por lo general se solían adquirir con cañón liso por aquello de que los cañones estriados eran impropios de caballeros. En realidad, el desprecio a ese tipo de cañones radicaba en que eran escalofriantemente precisos, así que tampoco había que poner las cosas más peligrosas de lo que ya eran de por sí. No obstante, parece ser que algunos listos solían encargar armas cuyas ánimas estaban rayadas menos los dos o tres últimos centímetros, de forma que aparentemente parecieran lisas. Obviamente, la ventaja también sería para el adversario en caso de usar ese juego de pistolas, pero no sabía que estaban trucadas por lo que el dueño de las armas, sabiendo como tiraban, tenía las de ganar si no perdía la sangre fría y, naturalmente, la suerte le acompañaba. Debemos tener en cuenta que en estos duelos los adversarios se colocaban a una distancia bastante cercana, entre 10 y 15 metros por lo general, así que tampoco había que ser un máquina para acertar aunque fuera de refilón. Recordemos que la mayoría de estos duelos se daban por cumplidos con solo efectuar una única descarga que, generalmente, se pactaba entre los padrinos que fuera al aire o sin apuntar a conciencia. Solo en caso de ofensas graves de verdad se pactaba que el duelo debía ser a primera sangre o, en el peor de los casos, a muerte. En cualquier caso, ante todo primaba la caballerosidad para que bajo ningún concepto hubiese ventajas manifiestas entre los contendientes. Por ejemplo, al duque de Montpensier se le permitió usar sus gafas ya que andaba fatal de la vista, y vaya si le vinieron bien las puñeteras gafas para dejar seco al Borbón. Otro caso lo tenemos en el grabado superior, perteneciente al duelo celebrado en 1822 entre Benjamin Constant y Forbin des Issarts en el que, como vemos, ambos duelistas aparecen sentados ya que el primero padecía reuma y no se mantenía firme tirando de pié.

¿Y de qué se componían esos sofisticados estuches en los que, además de la pareja de pistolas, encontramos mogollón de chismes que ni siquiera el cuñado más empollón es capaz de identificar? Pues oído al parche y a memorizar bien la foto inferior si queremos hundirlos en la miseria:





A: Mazo para iniciar la bala. Las balas eran esféricas y eran obligadas a tomar las estrías con la ayuda de un calepino, un trocito circular de algodón o lino por lo general que, previamente engrasado o empapado en saliva, ayudaba a mejorar la precisión del arma. Para introducir la bala se colocaba esta sobre el calepino que previamente se ponía en la boca del cañón y, de un golpe seco, se metía en el ánima.

B: Mango. En este caso, se trata del mango en el que se atornillaba el cazo C.

C: Cazo para la colada de plomo. Dicho cazo o cucharilla era para introducir el plomo fundido en la turquesa.

D: Turquesa. Por lo general, los estuches adjuntaban su propia turquesa, fabricada con el calibre exacto del arma. Por lo general eran de un solo seno, de modo que todos los proyectiles salían exactamente iguales y con el mismo peso. La muesca marcada dentro de un círculo es la cizalla para cortar el plomo que rebosaba por el bebedero tras la colada.

E: Bote para los pistones. Generalmente se fabricaban de madera, hueso o asta. En los estuches de pistolas de chispa servían para guardar las piedras de sílex o ágata.

F: Llave para desmontar las chimeneas.

G: Polvorera con dosificador. Al igual que ocurría con las turquesas, los estuches de duelo traían su propia polvorera provista de un dosificador con la medida exacta de pólvora para la carga. Generalmente eran casi siempre de cobre, liso o repujado y en forma de pera o cilíndricos.

H: Baquetas. Una de ellas lleva una feminela para colocarle un trapito de limpieza o engrase. Así mismo, al desatornillar la feminela se acoplaban las siguientes piezas:

3. Grata de acero, imprescindible para eliminar la costra que se formaba con la pólvora negra.
4. Sacatrapos, para extraer calepinos o trapos de limpieza atascados en el interior del cañón.
5. Sacabalas, para extraer balas en caso de no salir el disparo. Al ser estas de plomo puro se podía atornillar la pieza sin problemas.
6. Grata de cerda. La brocha del extremo era para limpiar el fondo de la recámara.
En cuando a la otra baqueta, es para cargar el arma. Como se ve en este caso, y por lo general, las pistolas de duelo no traían la clásica baqueta en su parte inferior.

J: Compartimento para balas fundidas u otro tipo de objetos. Era habitual que también hubiese uno en la esquina opuesta.

1. Posiblemente se trate de un escariador para eliminar la suciedad en el fogón de la chimenea. Los pistones de aquella época se fabricaban con fulminato de mercurio, y sus residuos cegaban los oídos de las pistolas.

2. Aguja o punzón para limpiar y eliminar restos de los pistones en el orificio de la chimenea.

7. Aceitera


Otros accesorios que se suelen ver son los que aparecen en la foto de la derecha. A es un sacabocados para confeccionar calepinos. El diámetro del mismo es el adecuado para el calibre de las armas del estuche. B es un aliviamuelles, una herramienta absolutamente imprescindible para montar y desmontar el muelle real salvo que uno tenga en los dedos la fuerza de un Terminator. C es un cazillo dosificador. Es habitual en los estuches cuya polvorera venga sin ese accesorio, o bien para obtener una carga más precisa. Los estuches que se conservan actualmente y que mantienen todos sus accesorios cuestan un pastizal, y por pastizal debemos entender incluso cientos de miles de euros en caso de armas procedentes de un armero famoso, o bien que el estado del conjunto sea absolutamente impecable. Y si hablamos de estuches de duelo que han pertenecido a algún personaje célebre, entonces hay que añadir un cero a la cifra.


La carga de las armas era efectuada por los padrinos
Bueno, con esto pueden vuecedes ponerse al tanto acerca de estas suntuarias armas por las que cualquier aficionado sería capaz de vender a su abuela como esclava a los traficantes más despiadados y viciosos del planeta. Si alguno encuentra una de estas maravillas olvidada en un cajón del viejo escritorio del tatarabuelo Venancio o en un baúl del desván, no lo duden: muerdan con saña bíblica las yugulares de cualquier miembro del clan que pretenda disputarles la presa porque la venta de un estuche de ese tipo puede solucionarles la vida.

En fin, vale por hoy.

Hale, he dicho


La tensión que se padecía en los duelos a pistola era muy superior a los de espada. El duelista a pistola debía esperar sin
inmutarse a que se cargasen las armas, se sortearan y, finalmente, apuntar y mantener el arma mientras uno de los
padrinos iniciaba la cuenta para dar la señal, y todo ello sin mostrar en ningún momento el más mínimo síntoma de
miedo o desfallecimiento. Y si encima ambos fallaban y había que repetir el proceso, ni te cuento.

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