sábado, 3 de febrero de 2018

Granadas de fusil. Las granadas Hale




Hace cosa de tres meses dedicamos un par de entradas a los lanzadores de granadas empleados en la Gran Guerra. Para el que no lo recuerde, nos referimos a las bocachas que, adaptadas a los fusiles reglamentarios, permitían lanzar estos malévolos artefactos a mucha más distancia que la que se alcanzaba arrojándolas a mano aunque el sufrido combatiente tuviese unos brazos como los del mismísimo Arnold Negronegger. Sin embargo, y como ya anticipamos en su momento, los lanzadores de granadas fueron la solución a un problema surgido anteriormente a raíz de la entrada en servicio de las verdaderas granadas de fusil, es decir, chismes diseñados ex-profeso para eso, y no un apaño que permitía lanzar granadas de mano convencionales, lo que suponía una mayor disponibilidad de estas armas y, al mismo tiempo, menos complicaciones a nivel logístico.

British lanzando granadas Hale con su Enfield
apoyado en un rudimentario soporte. Estas
granadas permitían chinchar al enemigo durante
horas y horas aunque, eso sí, la respuesta no se
hacía esperar
La granada de fusil tal como la conocemos fue una creación de un súbdito del gracioso de su majestad (Dios maldiga a Nelson), Frederick Marten Hale, un ingenioso ciudadano que a comienzos del pasado siglo ejercía como director de la Cotton Powder Company, una empresa radicada desde 1847 Faversham, condado de Kent, y en cuyos comienzos fue la primera factoría del mundo dedicada a la producción de algodón pólvora. Posteriormente fue ampliando su gama de productos elaborando explosivos tanto para la industria minera como para el ejército, en este caso suministrándoles cordita a partir de 1897. Marten Hale, que era un sujeto de mente inquieta, mostró un enorme interés por el uso de las granadas de mano durante la guerra Ruso-Japonesa (1904-1905), conflicto este bastante desconocido por lo general pero que marcó un antes y un después en el despliegue táctico de los ejércitos modernos, así como en el empleo de nuevas armas, especialmente las ametralladoras. Por lo visto, al poco tiempo de acabar dicha guerra, en la que participaron mogollón de observadores occidentales sin que al parecer en los estados mayores se molestaran mucho en tomar buena nota de la información que recibieron por parte de sus enviados, Marten Hale trabó conocimiento de primera mano con un oficial japonés que lo puso al corriente de lo que se había cocido allí, así como de los buenos resultados obtenidos con las granadas de mano.

Granadas nº 1 Mk.I, nº 1 Mk.II y nº1 Mk.III
La que vemos a la derecha es una pieza
seccionada para mostrar el interior
En 1906 diseñó y patentó una granada de mango provista de una espoleta de impacto  que estaba formada por un cuerpo de latón que contenía los mecanismos y la carga explosiva y por un disco de hierro pre-fragmentado en el exterior tal como vemos en la foto de la derecha. En la misma podemos observar las distintas versiones que se fabricaron de esta peculiar granada, cuyo elemento más llamativo eran las cintas de tela que actuaban como estabilizadores para que cayeran verticales y asegurar así la activación del mecanismo y la explosión. Su peso era de 2 libras (907 gramos) y estaba cargada con ácido pícrico. Su manejo era excesivamente complicado para un campo de batalla donde las fracciones de segundo suponían una vida entera. Para lanzarla había que girar el tapón superior y colocarlo en la posición de fuego. A continuación se tiraba de una lengüeta de cuero que permitiría posteriormente extraer el pasador de seguridad. Luego, sujetando la granada con la mano izquierda, juntar las cintas de tela con la mano derecha. Una vez juntadas las cintas, cambiar la granada de mano. Finalmente, tirar de la lengüeta, extraer y pasador y arrojarla. Como vemos, un poco complicado si uno se veía venir por la trinchera a una caterva de tedescos con los ojos inyectados en sangre y blandiendo sus mazas de trinchera ávidos de vísceras de enemigos. Por cierto que, por meras cuestiones de seguridad, las granadas se empacaban en cajas de 6 unidades con los multiplicadores aparte, y no eran introducidos hasta que llegaba la hora de usarlas por ser extremadamente sensibles. Por cada 6 granadas se servían 10 multiplicadores.

Fuera de la trinchera era el lugar más seguro
para lanzar una de estas granadas. Lo malo es que
si salías de la trinchera te aliñaban sin más
Además, estas granadas no tuvieron especial aceptación desde el primer momento debido a la posibilidad de que un lanzamiento defectuoso o un golpe contra  la contraescarpa de una trinchera al balancear el brazo hacia atrás pudiera hacerla detonar. Teniendo en cuenta que la granada estaba armada desde el mismo instante en que se extraía el pasador de seguridad, la baja por defunción del que la manejaba estaba asegurada. Su mango de 22 pulgadas (55,9 cm.) la hacían poco manejable en el angosto pasillo de las trincheras, por lo que se modificó acortándolo a 8,5 pulgadas (21,6 cm.), pero aún así las tropas se negaban a usar ese chisme. Por otro lado, el Real Laboratorio del Arsenal de Woolwich se comprometió a fabricar un modelo de granada más adecuado y, de paso, así se ahorraban los gastos de derechos de patentes y demás zarandajas. Pero esta granada, que como vemos no tenía nada que ver con las de fusil, fue el germen de la que nuestro hombre patentó dos años más tarde, cuando en un arrebato místico-belicoso o algo por el estilo se le ocurrió pensar qué pasaría si disparaba un fusil con la baqueta dentro del cañón. A mi esa explicación, que la dio tal como la narramos aquí, se me antoja a mero subterfugio para ocultar la verdadera procedencia del invento, pero como no hay constancia de que fuera ningún plagio ni nada similar daremos por bueno que el señor Marten Hale creó la primera granada de fusil del mundo mundial.

La granada, denominada como Nº2 en un verdadero alarde de ingenio de mercadotecnia, en la práctica era similar a su predecesora si bien con dos modificaciones notables: una, la sustitución de los mecanismos y del detonador; y dos, el cambio del mango de madera por una varilla de acero de 10 pulgadas (25,4 cm.) de largo y 7 mm. de diámetro. Como vemos en la figura A, el cuerpo de la granada estaba fabricado con latón, y en su parte inferior tenía roscada la rabera que se introducía en el ánima del cañón previamente impregnada de abundante aceite. Su peso era de una libra (453 gramos) y contenía una carga de tonite, un explosivo compuesto a partes iguales por algodón pólvora y nitrato de bario. Como podemos imaginar, bastaba con cambiarle la rabera metálica por la de madera para volver a tener una granada de mano a pesar de que, como hemos comentado, esa tipología no levantó mucho entusiasmo que digamos. En cuanto al funcionamiento no podía ser más simple. En la figura B podemos ver el interior de la granada con sus mínimos mecanismos, que en sí no consistían más que en un pasador de seguridad, el percutor y el multiplicador. Una vez introducida la rabera en el ánima del cañón se extraía el pasador, se cargaba el fusil con un cartucho de proyección y se disparaba. La granada quedaba armada nada más retirar el pasador, por lo que las posibilidades de que detonase antes de tiempo eran escalofriantemente elevadas. Si no pasaba nada raro, una vez que golpeaba contra el suelo el percutor vencía la resistencia del muelle que lo mantenía lejos del multiplicador y explotaba según vemos en la figura C. El multiplicador llevaba en su base un pistón que, al detonar, transmitía el fogonazo a través de tres orificios que comunicaban con la carga interior a base de fulminato de mercurio. Una vez puesta en el mercado, inicialmente solo logró pedidos de Méjico, que por aquel entonces andaba metido en uno de sus virulentos cambios de impresiones entre los naturales del país.

Foto de Marten Hale el día de las pruebas y que apareció
en The Illustrated London News
En julio de 1908, la Cotton Powder Co. presentó el invento al Ministerio de la Guerra para testarla. Sin embargo, el Jefe de Diseño del Arsenal de Woolwich se llevó las manos a la cabeza ante la pavorosa perspectiva de disparar un arma con el cañón taponado por un objeto extraño, protestando con grande vehemencia y afirmando que "era una locura y una monstruosa audacia" poner en práctica semejante invento. Pero el ciudadano Marten Hale no se cortó un pelo ante el ataque de ira reglamentista del fulano de Woolwich, así que mandó imprimir folletos en cantidad y convocó a la prensa para una demostración en el campo de pruebas de la empresa para dar a conocer al mundo las excelencias del producto. Justo es reconocer que el Jefe de Diseño no andaba muy errado ya que, en efecto, los gases producidos por el cartucho de proyección producían unos picos de presión bestiales ya que los gases retornaban hacia atrás al impactar contra la rabera que, en el modelo de la prueba, se efectuó con un fusil Mauser modelo 95 mejicano, que era de momento la única arma que empleaba la granada. A causa de la presión se producían hernias en el interior del cañón que no eran visibles desde el exterior, lo que podía producir un estallido del mismo o, en el mejor de los casos, una pérdida de precisión abrumadora cuando se usase con munición normal. De ahí que, cuando el personal de las trincheras se dio cuenta del problema, optaran por destinar determinados fusiles solo para lanzar granadas ya que el ánima quedaba arruinada y prácticamente inservible para disparar balas.

Otra imagen de The Illustrated London News en la que aparece Hale a la
derecha empuñando el fusil acompañado de los observadores y periodistas
que asistieron a la demostración
Por otro lado, el citado exceso de presión se traducía en un retroceso brutal que, como posteriormente se vería con la guerra ya empezada, hacía en la práctica inviable disparar este tipo de granadas como no fuese apoyando la culata del fusil contra el suelo o colocando el arma en un soporte adecuado. En todo caso, a pesar de sus esfuerzos para difundir su invento, la cosa es que el ejército británico no se tomó en serio lo de las granadas de fusil, por lo que la Cotton Powder se tuvo que conformar con seguir con su línea comercial de siempre que, poco más tarde, se vio aumentada con bombas para la floreciente arma aérea. Sin embargo, los belicosos tedescos sí habían tomado muy buena nota de la utilidad de este tipo de armas. Eso de lanzar una granada a 150 metros y colarla inopinadamente dentro de una trinchera enemiga les producía sueños húmedos, y más aún el hecho de que con ese tipo de armas una sección de infantería se convertía en una pequeña batería móvil de morteros sumamente eficaz y, sobre todo, extremadamente letal.

Gewerhgranate modelo 1914
Así pues, mientras que los british se dormían en los laureles, los tedescos se ponían manos a la obra con excelentes resultados, de forma que cuando estalló la guerra disponían de dos granadas de fusil, la Gewerhgranate 1913 y la 1914, esta última provista de un sofisticado sistema de armado por inercia que no se activaba hasta que la granada había abandonado el fusil. Ya hemos comentado más de una vez la lamentable escasez de granadas de mano y, por supuesto, de fusil, que padecían los aliados al comienzo de la contienda, y en este caso les cogió literalmente en pelota picada porque no tenían absolutamente nada con qué responder a sus previsores enemigos. Así pues, se tuvieron que meter la honrilla por salva sea la parte y recurrir a Marten Hale para que les suministrase cantidades masivas de granadas con las que suministrar a las tropas del frente, que en los albores del conflicto tenían que recurrir, como ya narramos en su momento, a granadas de auto-construcción a base de latas rellenas de pólvora y porquerías variadas para mitigar la escasez de armas de este tipo. 

Dos tedescos pasan apaciblemente la tarde lanzando
granadas modelo 1914 al enemigo. Provistos de su
soporte para el fusil lo convertían en un mortero de
trinchera en miniatura
Así pues, nada más empezar los tiros el ejército británico envió un pedido a la Cotton Powder para quedarse con todas las existencias disponibles del modelo Nº 2 que apenas seis años antes habían despreciado y vilipendiado, lo que supongo debió producir espasmos de placer vengativo en Marten Hale. De hecho, a pesar de sus más que evidentes defectos en lo tocante a seguridad esta granada estuvo en servicio hasta bien avanzado 1915 porque, entre otras cosas, la Cotton Powder no daba literalmente abasto. Las cifras requeridas eran simplemente abrumadoras. Sirva como ejemplo que, en agosto de 1915, el mariscal French solicitó con extrema urgencia un suministro de 112.000 unidades semanales, pero en octubre apenas habían podido alcanzar las 19.000 a pesar de que se recurrió a sub-contratas con otras empresas como la Ruborite & Ammonal un mes antes. Con todo, un año antes de empezar la guerra Marten Hale había desarrollado un nuevo modelo, el Nº 3, provisto de un sofisticado mecanismo de armado que mejoraba de forma notable la seguridad si bien, como veremos a continuación, su preciso diseño no lo hacía precisamente en el más idóneo para una producción en masa. 

A la derecha podemos ver el aspecto de este modelo, así como sus partes más importantes. Aparte de la rabera metálica, que como en el caso de sus hermanas podía ser sustituida por una de madera para convertirla en una granada de mano, estaba enteramente fabricada de latón salvo la envuelta de hierro pre-fragmentado que envolvía el cuerpo de la granada. Se servía con la rabera de 7 mm. para los fusiles británicos de calibre .303 British o bien de 8 mm. para los Lebel gabachos (Dios maldiga al enano corso). El muelle de retenida que vemos en la parte inferior del cuerpo se encajaba en la abrazadera del extremo de los Enfield, donde iba el punto de mira. Pero si usaban raberas de 8 mm. no se colocaba el citado muelle o clip ya que encajaban de forma muy ajustada en el cañón. Con un peso total de 1 libra y 4  onzas (596 gramos), el explosivo usado podía ser amatol o TNT. Como medidas de seguridad contaba con dos tetones bloqueados por la anilla veleta, una delicada y curiosa pieza formada por un aro en cuyo interior había una sucesión de finas láminas de latón que funcionaban como un molinillo. Cuando la granada salía disparada, la fuerza del aire la hacía girar hacia atrás hasta que se liberaban los tetones, desbloqueando el percutor. En resumen, la granada no se armaba hasta que no había volado unos 10 metros, distancia más que suficiente para que, caso de explotar a destiempo, no alcanzar al soldado que la había lanzado ya que este estaría en la trinchera.

La secuencia de disparo sería como sigue: en la figura A vemos la granada lista para su uso. En rojo vemos el multiplicador, y en amarillo el pistón detonante del mismo. Una vez introducida la rabera en el cañón del fusil se retiraba el pasador de seguridad, se cargaba con un cartucho de protección y se disparaba. En la figura B vemos como la granada acaba de armarse tras salir despedidos los dos tetones de bloqueo al descender la anilla veleta. A partir de ese momento, cualquier cosa con la que choque la hará explotar. Finalmente, en la figura C vemos el instante en que el percutor avanza debido a la inercia del golpe, impactando contra el pistón detonante que inicia el multiplicador. Sin embargo, este sofisticado mecanismo era muy complejo de fabricar ya que bastaba con que el grado de inclinación de las pequeñas láminas de la veleta no fuera el correcto para que esta funcionase mal o, simplemente, no girase. Además, en caso de unas condiciones meteorológicas adversas como un exceso de viento o lluvia podían producir fallos, así como un ambiente polvoriento que pudiese acumular suciedad en esa pieza. En febrero de 1915 se llevaron a cabo una serie de modificaciones para aminorar este riesgo, intentando sobre todo mejorar la aerodinámica del proyectil para facilitar el flujo de aire por la veleta. Estas modificaciones dieron lugar al modelo Mk. II. En total hubo ocho versiones de esta granada que, en realidad, solo suponían pequeños cambios en el diseño o en el tipo de explosivo empleado.

Las granadas se suministraban en cajas de 20 unidades acompañadas de sus correspondientes multiplicadores más 22 cartuchos de proyección. Para preservarlas de la humedad, iban dentro de un envase de hojalata que a su vez era introducido en una caja de madera convencional. En la foto de la derecha podemos ver el aspecto de esta granada montada en un fusil a punto de ser disparada. Se aprecia el clip que la sujeta a la abrazadera del arma. En el detalle de la derecha vemos una curiosa versión desprovista de rabera para ser usada como granada de mano que, en vez del típico mango, consistía en una cuerda para lanzarla volteándola con fuerza. La parte deshilachada era para que actuase como estabilizador y ayudarla a caer de punta. En el detalle de la derecha vemos todas las piezas de que se componía este modelo a falta del multiplicador, que iba dentro del tubo de latón que vemos debajo del cuerpo pre-fragmentado de hierro. Por cierto que, a pesar del enorme consumo que el ejército británico hizo de estas armas, nunca fue oficialmente adoptada como reglamentaria, limitándose a adquirirlas de forma "particular" al fabricante.

Lote de granadas Hale halladas por probos ciudadanos detectoristas, todas
sin estallar. Esto indica que, en efecto, los problemas de armado a causa
de las anillas veletas eran bastante frecuentes
Pero a pesar del amplio uso que se hizo de la Hale, el tema de la seguridad seguía siendo una asignatura pendiente. Otra de las precauciones que había que tener presente antes de introducir el multiplicador era comprobar que el percutor estaba bloqueado ya que se habían dado casos en que los tetones, o no estaban bien colocados o, simplemente, habían olvidado ponerlos. Por ello, antes de nada había que meter un lápiz en el tubo para comprobar que el percutor estaba en su sitio, correctamente bloqueado, y que el espacio libre era el requerido para el multiplicador. De no hacer esta comprobación se tenían todas las papeletas para que la granada, armada desde el instante en que se insertaba el multiplicador, estallase en plena jeta al lanzador antes de salir del cañón , matando tanto a él como a todo el que estuviese cerca.

Así pues, y a la vista de que estas granadas ni tenían un funcionamiento adecuado y, además, eran excesivamente complicadas de fabricar, el ejército encargó a Hale un diseño más racional, que fuese más fácil de producir en masa y, naturalmente, más barato. El resultado fue el modelo Nº 20, puesta en servicio en junio de 1917. En sí, esta granada era básicamente igual que la Nº 3, solo que sin la dichosa anilla veleta que tantos quebraderos de cabeza daba al personal. En su lugar se colocó un simple casquillo de latón que permanecía asegurado mediante un pasador. En la figura A vemos la sección del mismo en color amarillo. Como se puede apreciar, los mecanismos internos son idénticos a los de la Nº3. En la figura B vemos el momento del disparo, en el que debido a la inercia el casquillo retrocede bruscamente, mientras que los tetones de bloqueo son expulsados de sus alojamientos quedando armada la granada. La figura C presenta el momento del impacto, que es igual que en la Nº3.

Aspecto del modelo Nº 20 con
el pasador aún puesto. Una vez
retirado, el casquillo quedaba
libre para armar la granada
Este sistema se mostró mucho más fiable, de modo que cogieron las existencias de la Nº3 y les eliminaron la anilla veleta para sustituirlas por el casquillo. Curiosamente, era un poco más pesada que su antecesora, concretamente en 4 onzas más, por lo que la masa total del arma era de 680 gramos. Solo hubo un problema con este modelo en lo tocante al explosivo ya que, por problemas con el suministro del amatol y el trinitrotolueno prensado que se usaba en el Nº3, no quedó más remedio que recurrir al amonal, un compuesto a base de nitrato de amonio y polvo de aluminio que atacaba al latón con que estaba fabricado el cuerpo de la granada. Esto se podía traducir en problemas en los mecanismos con los consiguientes fallos. El amonal es además un compuesto muy higroscópico, por lo que era habitual en un ambiente extremadamente húmedo como el frente occidental que se dilatase al absorber dicha humedad, lo que se traducía por lo general en deformaciones en el tubo que contenía el percutor y el multiplicador, este último excesivamente sensible en todos los modelos que hemos visto pero que en este, por el problema mencionado con los explosivos de la carga, se mostró con más virulencia. De ahí que se diesen casos de detonaciones fortuitas que causaron más de un disgusto de los gordos. Por ese motivo se creó sobre la marcha un nuevo modelo aún más simplificado en lo tocante a su funcionamiento y con un multiplicador menos sensible para evitar accidentes fatales.

Hablamos del modelo 24, la cual podemos ver en la foto de la derecha. Sus mecanismos y sistema de armado eran básicamente los mismos que en los modelos anteriores, pero a este se le añadió una envuelta interior de papel encerado como la que vemos en el detalle para preservar el latón del cuerpo de la granada de los efectos del amonal. Por otro lado, para simplificar la producción se eliminó el típico cuerpo pre-fragmentado por el que vemos en la foto, limitado a escisiones en sentido transversal. En mayo de 1918 se fabricó una versión aún más simple, la Mk. II, cuyo cuerpo era liso, sin pre-fragmentación de ningún tipo. Este fue el penúltimo modelo de esta extensa familia de granadas que, a pesar de sus dudosos inicios, al cabo del tiempo se convirtió en la piedra angular del arsenal de granadas de fusil de ejército británico ya que se mantuvieron operativas hasta el final de la contienda. El último miembro de la saga fue el modelo Nº 35, muy similar a la Mk. II pero con el cuerpo fabricado de bronce en vez de hierro, quizás para favorecer la fragmentación que, lógicamente, sería más defectuosa en un material más consistente.

A la derecha podemos ver su aspecto, que en poco se diferenciaba de su predecesora. Como salta a la vista, el cuerpo es ligeramente más corto que el de sus hermanas, y el casquillo de bloqueo lleva el pasador de seguridad en las ranuras de deslizamiento en vez de en la parte inferior. Este modelo entró en servicio en mayo de 1918, por lo que su vida operativa apenas duró seis meses. 

En fin, con esto concluimos. Como hemos podido ver, el tema de las granadas de fusil es bastante extenso y no menos apasionante. En sucesivas entradas ya iremos dando cuenta del modelaje de otros países, además del resto del arsenal británico de este tipo de armas. No obstante, conviene aclarar que la más relevantes de todas fueron las diseñadas por el prolífico Marten Hale. Como cierre, a la derecha dejo una imagen de uno de los folletos que en su día fueron publicados para difundir sus diabólicos chismes en lo que fue todo un alarde de ingenio ya que, según era habitual en aquella época, este tipo de productos nunca se aireaban al público en general, sino que todo se cocía en los despachos de los ministerios. Por cierto que en el dibujo se puede apreciar perfectamente la disposición de las aspas del anillo veleta, que en las imágenes anteriores no hemos podido ver con claridad, así como la posición descentrada del pasador de seguridad.

Bueno, hasta aquí hemos llegado por hoy.


5 comentarios:

dani dijo...

Magnífico artículo, como de costumbre. Hace poco leí "Tempestades de acero" y en ese libro se hacía referencia a las características granadas de fusil británicas.
En la mili ni nos hablaros de estas armas.

dani dijo...

Se me olvidaba comentar que ni las vimos (en la mili) pero en uno de los modelos de mochila de combate que nos dejaban para maniobras venía explicado como había que colocarlas en la mochila............

Amo del castillo dijo...

Es lógico, Sr. Dani. En primer lugar porque, aunque se siguen fabricando, este tipo de armas ofrecía su máximo rendimiento en la guerra de trincheras, que se extinguió a partir de la Gran Guerra. No confundamos la existencia de las trincheras como mera protección circunstancial con el desarrollo de todo un conflicto basado en posiciones fortificadas estáticas. Actualmente son más adecuados los lanzagranadas como los M-79 que tanta difusión tuvieron en Vietnam o los que hoy día se acoplan en los fusiles de asalto, como el M-203.

No obstante, en el caso que cita lo veo lógico. No solo en España, sino en muchísimos países modernos, se limitaba mucho el uso de determinado material en la época en que aún existía el servicio militar obligatorio ya que suponía un enorme gasto para que el personal se largase a casa al cabo de pocos meses con "la blanca" en el bolsillo. Recordemos además que los quintos, al menos la inmensa mayoría, pasaba olímpicamente del tema, hacían las prácticas de tiro sin el más mínimo interés y como un simple trámite sin pensar que, en un momento dado, saber manejar su fusil podría ser vital. Pero así eran las cosas y, repito, veo lógico ahorrar en material que sería simplemente desaprovechado. Imagine el gasto solo para que 500 o 1.000 guripas disparasen un par de granadas, y eso sin contar los posibles accidentes que, está de más decirlo, serían aprovechados por los de siempre para poner a caldo al ejército.

Un saludo

Julio M dijo...

Buenas noches Amo del Castillo.
La entrada nada mas que decir, es muy entretenida como siempre y alegra una tarde nevada aqui por el norte, donde solo falta que aparezca el Yeti de lo que nieva.
En cuanto a los de siempre, servidor se puede considerar de ideologia "progre" pero como dicen por ahi soy raro.
Aunque defiendo mi cultura diferenciada, de la castellana ( soy gallego y gallegohablante ) no concibo una escision de España ( mejor unidos que separados ) la union hace la fuerza y tal.
Las FFAA son un mal necesario, no hace falta entrar en detalles. Ojala les suban el presupuesto al tan esperado 2% del PIB.
Entrando mas en el tema del post, este tipo de granadas ofender ofende y a lo lejos pero se puede ver las desventajas frente a las granadas de 40 mm de los lanzadores actuales.
Para la granada de fusil necesitas tener un fusil especialmente dedicado a ellas, soldado especialmente entrenado, retroceso parecida a coz de mulo, etc cuando los lanzagranadas de 40 mm funcionan a baja presion dando un alcance mas que efectivo y si nos vamos a un Milkor tipo revolver, al enemigo se lo ofende mas que mencionarle los muertos uno por uno.
Un saludo.

Amo del castillo dijo...

Cierto es, Sr. Julio. De hecho, y tal como se comentó en la entrada que se dedicó a las bocachas lanzagranadas, estas se mostraron no solo más eficientes y más fáciles de usar, sino nada lesivas para las armas que las usaban. Con todo, me da la impresión de que hoy día todo lo que no pueda ser rechazado a tiros se recurre al apoyo aéreo o artillero y santas pascuas. El personal no está por complicarse mucho la vida en guerras que le dan una higa en la otra punta del planeta.

Un saludo