domingo, 15 de mayo de 2011

Armamento medieval: El mangual

El origen del mangual, como el de tantas otras armas medievales, lo encontraremos en aperos agrícolas. En este caso, del mayal usado para separar el trigo de la espiga. Como muchos sabrán los mayales eran dos palos unidos por un eslabón con el que los campesinos desgranaban la mies en las eras. De hecho, hasta la aparición de la maquinaria agrícola, se ha estado usando. Obviamente, era un objeto más que contundente para ser empleado como arma de circunstancias en caso de ser llamados a filas, y es de suponer que la habilidad de los que los usaban hizo ver que, con las modificaciones adecuadas, podía ser un arma ciertamente efectiva.
Inicialmente, los mayales fueron simplemente dotados de una cabeza de hierro o bronce para su uso por la infantería. Pero este tipo de arma requería habilidad para su manejo, y no era muy práctico en un combate cerrado donde apenas había espacio para voltearlo y acertar al contrario. Así pues, el pacífico mayal campesino derivó en los siglos XV y XVI a un arma mucho más contundente.
Su diseño siempre fue básicamente el mismo: un mango de madera o metal en cuyo extremo se fijaba una cadena de una longitud nunca mayor de 1/3 de la del mango para evitar golpearse uno mismo la mano si el contrario paraba el golpe con su arma, y al final de la cadena una, dos o incluso tres bolas, bien lisas, estriadas o con púas.
No era un arma adecuada para la infantería. Su manejo requería mucha pericia, así como voltearlo constantemente para mantener al enemigo alejado. Era más cómodo combatir con una espada o una maza, armas con una facilidad de respuesta mucho más rápida sin necesidad de blandirlas constantemente, con el cansancio que, como es lógico, produciría.  Además, como desventaja añadía podríamos decir que no servía para parar golpes dirigidos contra uno. Si el enemigo lanzaba un tajo de espada o cualquier otra arma contra el usuario del mangual, si éste no tenía un escudo con qué desviarlo o una agilidad portentosa, podía verse en dificultades.
Pero de la misma forma que el mangual no era adecuado para combatir a pie, sí era un arma demoledora en manos de un jinete que, lanzado al galope, lo volteaba de abajo hacia arriba y acertaba de lleno en un peón. Un golpe así podía literalmente arrancar la mandíbula de cuajo. Y si uno era alcanzado en la espalda o el pecho, las lesiones internas que produciría podrían ser mortales fácilmente. Pero si el jinete se detenía y perdía su empuje, poco podía hacer rodeado de peones armados con alabardas o bisarmas dispuestos a descabalgarlo y aniquilarlo en cuanto cayera al suelo.
Como es obvio, para manejar un arma semejante montado a caballo debía ser necesario tener un entrenamiento constante, y alcanzar una gran pericia para atinar en un blanco que, lógicamente, no se estaba quieto, o impedir que le trabasen la cadena y desarmarlo. De hecho, siempre he pensado que era un arma más bien de efectos psicológicos que otra cosa, ya que un jinete armado con una maza o un martillo podía hacer muchísimo daño de forma más fácil que recurriendo al mangual. Pero supongo que la visión de un caballero armado de punta en blanco, subido en un enorme caballo coraza y volteando una o varias bolas cubiertas de afiladas púas debía hacer estremecer el ánimo de más de un peón. En todo caso, no se puede negar que, en caso de ser alcanzado por ella, el golpe debía ser demoledor.
Otro uso para el que sí podía ser un arma eficaz era, durante los asedios, para repeler los asaltantes que intentasen invadir el adarve de una muralla. En una situación semejante, el combatiente solo tenía que esperar ver asomar la cabeza de un enemigo entre las almenas para descargarle el golpe. Con todo y como ya se ha dicho, para ese cometido había armas tanto o más efectivas y manejables.


En la ilustración de la derecha se puede ver el aspecto de esta arma que, erróneamente, algunos llaman "rompecabezas". Obviamente, te podían romper la cabeza si te daban de lleno con la bola, al igual que si te daban una pedrada. Supongo que el nombre proviene, como suele suceder, de la ignorancia generalizada que hay sobre estos temas, y más cuando provienen de notas de prensa o películas.
Su longitud solía rondar entre 40 y 50 cm. Cuando el mango era de madera, se fijaba una argolla en el extremo unida a un cubo de enmangue cilíndrico, o bien a dos pletinas. De dicha argolla salía la cadena que iba unida a la bola que, en este caso, va estriada. El mango va reforzado con barretas de enmangue para evitar que un arma de filo lo dañe.
Como curiosidad, comentar que en los terribles combates cuerpo a cuerpo durante la Primera Guerra Mundial, las tropas de asalto inglesas fabricaron de forma artesanal unos manguales de la siguiente forma: con los mangos de las granadas alemanas o el de una pala de trinchera, elaboraban la empuñadura. En vez de cadena usaban una trozo de correaje de lona de los usados por el ejército británico. La bola era una pelota de críquet y los pinchos, balas sacadas de los cartuchos reglamentarios de calibre .303 British embutidas en la pelota. Como se ve, un arma obsoleta hacía siglos recobró vigencia inesperada ante la brutalidad del conflicto.

Fabricación


Es de suponer que la bola saldría mediante fundición. Forjarla era complicado y, aun sin acerar, su masa compacta era suficiente para hacer verdadero daño.

Su proceso de fabricación era similar al de las mazas de cabeza esférica: una bola de hierro con perforaciones donde eran embutidas y soldadas las púas , así como la argolla donde se fijaba la cadena. En el croquis de la izquierda, como se ve, la bola lleva unas perforaciones donde van a ser embutidas las púas. Éstas son con forma de pirámide cuadrangular y llevan en su base un casquillo para aumentar la solidez del conjunto. La pieza será además soldada a la bola.
Una vez completada, bastaba unir la cadena al cubo de enmangue y añadirle el mango, que podía ser de madera o de hierro. He visto algunos manguales con los eslabones de la cadena en forma de 8, supongo que para impedir que la aguzada pica de un martillo o una bisarma entrase por un eslabón y verse con el arma trabada.
En el caso de los mayales agrícolas reconvertidos en armas, bastaría clavar en el tramo corto varias hileras de clavos de herradura o unas pletinas con púas embutidas y remachadas a las mismas. En ambos casos, como se ve, se trata de un arma barata y de fácil elaboración, independientemente de los elaborados modelos que figuraban en las armerías regias o de la alta nobleza.
           

Armamento medieval: Las armas enastadas II



El término archa proviene del francés arch, o sea, arquero. Parece ser que iban equipados con este arma para, llegado el caso de llegar al cuerpo a cuerpo, tener un arma enastada para defenderse tanto de ataques de la infantería enemiga como de cargas de caballería.
Según vemos en la ilustración de la izquierda, se trata de un  arma muy básica: una enorme hoja con forma de cuchillo con enmangue para enastarla con un palo de alrededor de 1,50-1,80 metros de longitud. Aun que podía herir de punta, su verdadera efectividad era lanzando tajos de filo.
Carlos I estableció una guardia personal de archeros, costumbre que mantuvieron sus sucesores de la Casa de Austria.
Parece ser que también recibían el nombre de cuchillos de brecha, por ser un arma indicada por su contundencia a la defensa de murallas durante los asedios o las brechas en las mismas abiertas por minas, etc.
Un aspecto a tener en cuenta respecto a este tipo de armas era su simplicidad de construcción, lo que las convertía en muy económicas sin por ello dejar de tener una efectividad más que probada en los campos de batalla. Tampoco requería un adiestramiento concienzudo para lograr manejarla con soltura, como ocurría con la espada o la daga. En manos de infantes alineados en formaciones cerradas, podían rechazar las impetuosas cargas de caballos coraza lanzados contra ellos.


LA GUJA O BUJA


Eran una variante del archa. Su término procede también del francés vougue y, como la anterior, estaba destinada a herir de corte. Sus hojas medían alrededor de 40-50 cm, y no iban provistas de cubo en enmangue, sino de pletinas como vimos en las alabardas.
Las gujas se diferenciaban de las archas básicamente en que la moharra iba dotada de pinchos o, como se ve en la lámina de la izquierda, de una media luna destinada posiblemente a desjarretar las monturas del enemigo.

LA PARTESANA


Derivada originariamente de una lanza de caza, la partesana se transformó en un arma militar a principios del siglo XV. Como las demás armas de infantería, constaba de un asta de unos dos metros de longitud sobre la que se montaba una moharra con forma de hoja de espada de entre 30 y 60 cm. de largo. Eran armas ideadas para herir exclusivamente de punta por la morfología su moharra, como la hoja de una espada ancha y corta. Pero al estar afiladas, cortaban a medida que la hoja entraba en el cuerpo del enemigo, lo que las hacía especialmente efectivas. Las aletas laterales que la caracterizaban servían originariamente, cuando era una simple lanza de caza, para impedir que la hoja penetrase demasiado en el cuerpo del animal, dando ocasión de perderla en el forcejeo con la red herida. La imagen de la derecha muestra claramente su aspecto. Iba provista por lo general con un cubo en emangue en vez de pletinas. Se fabricaron ejemplares verdaderamente lujosos para paradas y guardias de palacio, con hojas delicadamente grabadas y borlas adornando las astas.
De la partesana derivaron posteriormente la corcesca y la roncona.

LA RONCONA


Se trataba de una variante de la partesana, destinada exclusivamente a herir de punta. Como se ve en la lámina de la izquierda, disponían de una aguzadísima y larga moharra en cuya base se fijaban dos ganchos muy afilados destinados a descabalgar jinetes o a cortarles las riendas de sus cabalgaduras.
Ya enastadas medían unos 2 metros.

LA CORCESCA

Se diferenciaba de la roncona en que los ganchos iban con las puntas mirando hacia arriba. Por lo general, al igual que las partesanas, las corcescas eran muy utilizadas como armas de parada, siendo sus hojas decoradas con finos grabados, y sus astas con borlones.
A la derecha vemos como era su aspecto: se trata de una especie de tridente con el que, además de herir de punta, era factible trabar la hoja o el asta del arma del enemigo y partirsela. Sus tres hojas, bien afiladas, podían producir graves heridas de corte si hacían presa en un brazo o el cuello del adversario. Su dimensiones eran similares a las de la roncona.

LA LANZA DE RISTRE



Eran las lanzas usadas en los torneos y justas. Se trata de lanzas muy pesadas, provistas de una arandela que protegía la mano del combatiente. Estas arandelas, en forma de cono, solían ir adornadas con grabados más o menos elaborados. En la ilustración inferior se puede ver como eran. Obsérvese el rebaje que lleva en el asta para poder asirla mejor con la mano.

Estas lanzas podían ir armadas con dos tipos de punta: las jostradas, usadas para no causar heridas y que, como se ve en la lámina inferior ( D y E ), constaban de tres o cuatro dientes que no podían atravesar una armadura, o las puntas de todo trance, o sea, moharras de guerra para duelos a muerte. Estas solían tener forma de pirámide triangular o cuadrangular ( A y B ) o bien moharras de doble filo ( C ).
Como se ve, eran moharras pequeñas y muy aguzadas montadas sobre un cubo de enmangue de grandes proporciones respecto a la punta. Eso les daba un gran poder de penetración que, aunque difícilmente podrían atravesar un peto de calidad, sí era más fácil que se colase por alguna rendija entre distintas piezas de la armadura o, con suerte, entrar por el visor, matando en el acto al adversario.
Una variante de las lanzas de ristre eran las bordonas, fabricadas con madera de pino, mucho menos resistente que el fresno, y huecas, a fin de que se rompieran con facilidad en las justas. En este tipo de lanzas eran las que se armaban con puntas jostradas. En este tipo de torneos no se buscaba la muerte del contrario, sino puntuar rompiendo la lanza contra él, haciéndole perder el estribo o descabalgándolo (ya hablaremos largo y tendido de los pasos de armas, las justas y los torneos).

LA LANZA MANESCA


También llamadas medias picas. Lanzas usadas para combatir tanto a caballo como a pié, de entre dos y tres metros de larga. El asta se fabricaba con madera de fresno, y se las dotaba de afiladas moharras. En algunos casos, se dotaba a las moharras de crucetas para impedir que el asta se hundiera en el cuerpo del enemigo, dificultando su extracción.
Igualmente, se las podía dotar con un regatón que, en caso de romperse la moharra, podía servir como punta para herir.
Este tipo de lanza era la más apropiada para combatir a caballo en orden cerrado, ya que por la longitud y el peso de las mismas eran mucho más manejables y podían herir tanto a otros jinetes como a peones que se acercasen con la intención de descabalgarlo armados de alabardas, bisarmas, etc.

LA PICA

La pica surgió en los campos de batalla o, mejor dicho, resurgió, allá por el siglo XVI, cuando se tomaron como ejemplo el orden de combate y algunas armas de la antigüedad, en este caso de la falange macedónica. Esta unidad táctica basaba su poder en atacar al enemigo formando una masa cuyo frente erizado de moharras era capaz de detener a cualquier enemigo. Hablamos de la sarissa, una lanza de entre 4 y 6 metros de longitud que permitía a las cinco primeras filas enfrentar sus armas contra el adversario. Así pues, la pica, una copia exacta de la sarissa macedonia, era usada por los cuadros de infantería de la época para detener cargas de caballería, ofender a la infantería enemiga y dar protección a las mangas de arcabuceros cuando estos podían verse desbordados por los anteriores. En ese caso, los arcabuceros, las banderas, los pajes, tambores y demás se situaban en el centro del cuadro, rodeados por piqueros que convertían la unidad en un erizo prácticamente inamovible.
Era un arma muy simple: un asta de unos 5 metros de largo armada con una moharra de hoja lanceolada muy afilada. Como dato curioso, decir que los soldados que se alistaban en los Tercios solían hacerlo como piqueros ya que, teniendo que costearse el arma de su bolsillo ( les daban un anticipo de la soldada para ello), no podían optar a comprar un arcabuz, muchísimo más caro, o la media armadura usada por los espaderos, aún más cara que un arcabuz. Su equipo era un morrión o una borgoñota para la cabeza, la pica, una espada y un peto, un coleto o una brigantina para proteger el cuerpo.
El uso de la pica se mantuvo vigente durante los siglos XVI y XVII, hasta que la proliferación de las armas de fuego y la aparición de la bayoneta cambiaron el orden táctico en los campos de batalla.
Acabo esta entrada con este fotograma de la película "Alatriste" donde, de forma bastante bien recreada, podemos hacernos una idea de lo que veía un jinete cuando estaba a punto de llegar al contacto con un cuadro de infantería de la época. En esa película fueron usados un número mínimo de figurantes, como suele pasar en el cine hispano. La realidad es que eran cientos de ellos, pero la imagen es ya de por si muy sugerente para imaginarnos como sería de verdad, ¿no?




sábado, 14 de mayo de 2011

Armamento medieval: Las armas enastadas I: La alabarda y la bisarma

Aparte de la lanza, cuyo origen es tan remoto que ya la vemos en las pinturas rupestres de todo el mundo, fueron las mejoras del armamento defensivo de los guerreros lo que obligó a fabricar armas cada vez más contundentes que pudiesen vulnerar las a su vez más sofisticadas armaduras que iban surgiendo en los campos de batalla. Para herir a un hombre enteramente cubierto de hierro ya no bastaba una simple lanza, y la sufrida infantería tenía que hacer frente en clara desventaja a diestros guerreros montados en enormes caballos de guerra. Mal armados y peor protegidos, los componentes de las milicias concejiles y demás tropas no profesionales formaban el grueso de las listas de bajas en los combates de la época, y solo aquellos con los medios económicos adecuados podían hacerse con el equipo necesario para salir vivos y enteros del trance.
Hay que tener en cuenta que a dichas milicias nadie les costeaba las armas, reservando tanto los concejos como los nobles de las grandes casas aristocráticas los medios económicos para contratar hombres de armas o caballeros a fin de disponer de tropas profesionales más capacitadas. Así pues, la infantería era presa fácil de las arrolladoras cargas de caballería que diezmaban a los milicianos sin piedad, lo que hizo necesario crear armas, muchas de ellas derivadas de útiles agrícolas, para contrarrestar en lo posible el implacable empuje de los guerreros que, montados sobre sus caballos coraza, fueron los dueños de los campos de batalla durante siglos.
Comenzaremos esta serie de entradas sobre las armas enastadas con las dos más populares entre la infantería bajo-medieval: La alabarda y la bisarma. Vamos a ello:

LA ALABARDA

Parece ser que la alabarda tuvo su origen en los países escandinavos, siendo popularizada en Europa por las cotizadas tropas mercenarias suizas. Su presencia se generalizó en el occidente europeo a partir aproximadamente del siglo XIV.  Se trata de un arma enastada para infantería cuya pesada y robusta hoja estaba diseñada para varios fines. En la ilustración de la izquierda podemos ver la apariencia del tipo más primitivo. Como se ve, se trata de una enorme hoja engarzada en un asta con dos argollas. Básicamente, era un arma para herir de filo. Gracias a su peso y a la longitud del asta, podía hendir con relativa facilidad una armadura de placas y, por supuesto, una cota de malla.

En la ilustración de la derecha se ve un modelo posterior, más desarrollado. Se compone de una punta, un hacha y un pico. Cada parte tenía su cometido: la punta para usar el arma como pica, el hacha para descargar golpes de filo, y el pico para enganchar jinetes y desmontarlos, o bien para hacer palanca en las juntas de las armaduras de estos una vez derribados y herirlo hundiendo la pica por el hueco. Como se ve, la cabeza de armas va unida al asta mediante una larguísima pletina de engarce que, además, de darle a la unión más resistencia, servía para proteger el asta de golpes de filo, como ya vimos en la entrada dedicada a los martillos de guerra. Los cuadros de infantería armados con estas alabardas ya daban bastante que pensar a los jinetes que, desde hacía mucho tiempo, eran casi invulnerables. Un simple peón podía engancharlo, tirar de él hacia el suelo y una vez allí, como una tortuga panza arriba, casi indefenso, ser rematado con la pica. Esta se introducía por los sitios más vulnerables: uniones de piezas si el jinete iba enteramente cubierto con una armadura de placas, o las ingles, que estaban totalmente desprotegidas. Otro punto muy vulnerable eran las rendijas del visor, lo que hizo que, con el tiempo, las picas de las alabardas se estilizasen y aguzasen más, como veremos más adelante.
Con el paso del tiempo, las formas de estas armas se fueron volviendo más estilizadas y elegantes. Finalmente, cuando su uso como arma de guerra quedó obsoleto, siguió siendo el arma emblemática de muchas guardias reales. Hoy día la Guardia Real española mantiene su cuerpo de alabarderos para la guardia de la persona del rey en paradas militares y demás actos oficiales, y en el Vaticano todos conocemos a los Guardias Suizos que, curiosamente, siguen entrenando en el manejo de la alabarda para la defensa del pontífice.


A la izquierda podemos apreciar como estaban fabricadas. Toda la hoja estaba forjada en una sola pieza, lo que le daba una elevada resistencia, y se instalaba en un asta de entre 1,80 y 2 metros de largo, generalmente de madera de fresno o castaño de sección redonda u ochavada, proporcionando éste último un mejor agarre. Como se ve en la lámina, no llevaba cubo de enmangue, sino dos largas pletinas a cada lado sujetas al asta mediante remaches pasantes, sistema mucho más fiable y robusto que el tradicional cubo usado en las lanzas. Dichas pletinas iban soldadas a la cabeza de armas. Teniendo en cuenta el uso que se le daba a estas armas, se buscaba sobre todo una solidez a toda prueba. El peso de estas cabezas oscilaba por los 2 Kg. sin contar con el asta.
La morfología de estas armas fue variando con el tiempo, adoptando sus cabezas de armas formas cada vez más curvilíneas y elegantes, así como calados y grabados en sus hojas. A continuación varios modelos de diferentes épocas para ver mejor su evolución.

En la ilustración de la derecha vemos una alabarda de mediados del siglo XV. La cabeza de armas ya ha tomado su forma habitual, si bien con el gancho y la pica elaborados de forma un tanto burda. La moharra aún es ancha y corta en relación a los tipos  posteriores debido a que aún no se ha producido la enorme expansión de armaduras de placas posterior.
En la lámina inferior es de finales del siglo XVI. La pica se ha alargado aún más, y el filo del hacha tiene forma de media luna invertida. Es de suponer que esta modificación iba encaminada a desjarretar las monturas del enemigo. Para partir las hojas de las espadas o trabar las moharras del adversario va provista en sus cantos de tres muescas.

En cualquier caso, los diseños son innumerables ya que, como hemos repetido varias veces, partiendo de un patrón predeterminado, las variaciones eran infinitas, siguiendo el gusto del armero o del que encargaba el arma. Basta mirar en la red para ver que haría falta un blog monográfico solo para abarcar los diferentes tipos de alabardas fabricadas en el período que nos ocupa.


LA BISARMA

El origen de esta arma parece ser francés, de allá por el siglo XI, derivada de una herramienta agrícola para la poda de árboles con forma de cuchilla curvada. El término bisarma procede de ese idioma: guisarme. Al igual que la alabarda, la hoja iba montada sobre un asta de entre 1,80 y 2 metros aproximadamente. Su morfología más primitiva la podemos ver en la lámina de la derecha. Así mismo y al igual que en el caso de la alabarda, era un arma compuesta con varios usos: el gancho, ideado para enganchar y derribar jinetes, los dos pinchos situados junto al arranque de las pletinas de engarce, para trabar golpes de espadas o hachas dirigidos a sus usuarios, la larga y aguzada pica, para herir de punta, y el filo para herir golpeando. El pincho situado tras la hoja podía valer tanto para trabar las armas enemigas como para usarlo como pico para herir al adversario.
Éste arma no sufrió evolución alguna durante su vida operativa, que se extendió desde principios del siglo XV al XVI. Con mínimas variaciones, su aspecto permaneció inalterable salvo en los piezas destinadas a uso ornamental, en cuyo caso sus hojas eran labradas y las astas adornadas con borlas.
Las bisarmas eran muy efectivas. Si el aguzado gancho hacía presa en un jinete enemigo, éste lo tenía muy complicado para no ser descabalgado. Si eso sucedía, como comentábamos al comienzo, el peso de la armadura lo volvía torpe como un galápago. En ese momento era presa fácil del infante, que no dudaba ni un instante en hundirle la pica por el visor del yelmo o por alguna abertura de la armadura. Y si no lo descabalgaba, un puntazo dirigido por debajo del peto o entre éste y las hombreras podía producir una herida que dejase al jinete fuera de combate o muerto.
Sus cabezas de armas medían entre los 80 cms. y 1 metro sin contar las pletinas de enmangue, y su peso oscilaba entre los 2 y los 3 Kg. sin contar el asta. Su fabricación era similar a la alabarda, la cabeza de armas se forjaba en una sola pieza, a la que se soldaban a cada lado las dos pletinas de enmangue.
Cuando las formaciones de infantería variaron su organización táctica a raíz de la creación de las coronelías o tercios ideados por Gonzalo Fernández de Córdoba, formando cuadros integrados por piqueros, arcabuceros y espaderos, fue cuando las alabardas y las bisarmas vieron el final de sus vidas operativas. Pero durante el tiempo que permanecieron en los campos de batalla, prestaron un muy buen servicio a la infantería, que durante décadas había tenido que soportar las arrolladoras cargas de caballos coraza valiéndose únicamente de sus lanzas y de apretar filas contra el enemigo, cosa que, casi siempre, era imposible. Para milicianos mal entrenados y más dados a labores rurales que a plantar cara al enemigo, verse enfrentados a una masa de hombres de armas a caballo no debió ser nada fácil, y menos aún echarle los redaños necesarios para aguantar impasibles el brutal choque con la caballería de la época. Las alabardas y las bisarmas contribuyeron a igualar un poco la balanza. He dicho.




miércoles, 11 de mayo de 2011

Partes del castillo: Las puertas


Contrariamente a lo que se suele ver en los castillos de España, donde abunda mucho la puerta en recodo de herencia árabe, las puertas de los castillos lusitanos suelen ser bastante más simples, especialmente en los del período románico. Algunas, sin siquiera la protección de una mala torre, son meras aberturas en la muralla. Obviamente, como todo, tiene su explicación. Hablamos de edificios donde no solía dejarse nada al azar, y menos aún en lo concerniente a su seguridad. Bueno, al grano...
Básicamente, podemos ver tres tipos de puertas:
1: Puertas simples que, como se ha dicho, no están provistas de elementos defensivos de flanqueo, como torres. A lo más, un simple matacán sobre ellas.
2: Puertas flanqueadas por una o dos torres. Son las más habituales.
3: Puertas dotadas de barbacana, como la de la foto de cabecera, perteneciente al castillo de Terena.
Podríamos añadir alguna que otra en recodo o defendida por albarranas, de traza almohade, que se pueden ver algunas en la zona del sur, en fortificaciones que mantuvieron su impronta andalusí, pero no se puede decir que sean representativas de la arquitectura militar portuguesa. Estudiémoslas una a una:

La foto de la izquierda nos muestra el primer tipo mencionado. Pertenece al castillo de Linhares y, como se ve, carece de ningún tipo de elemento defensivo. Para protegerla solo disponía del parapeto almenado, hoy desaparecido, que corría por la muralla. ¿Cómo pues, dejaban un punto tan vital del recinto casi indefenso? Pues sencillamente porque esa puerta no estaba abierta al campo, sino al interior de la villa. O sea, que los que atacasen en castillo, previamente tenían que sobrepasar la cerca urbana, cuya puerta (ya hablaremos de las cercas urbanas en su momento) sí estaba mucho mejor defendida. Los constructores de este tipo de castillos consideraban pues que el gasto que suponía edificar dos torres para defender una puerta interior carecía de sentido. Con todo, estas fortificaciones siempre solían tener una segunda puerta o, más bien, un postigo que sí daba al campo. Pero generalmente estaban ubicadas en sitios tan escarpados e inaccesibles para un posible atacante que no era preciso fortificarlas y, además, en muchos casos hacerlo delataba su presencia, cuando era mejor que el enemigo no supiese de su existencia por razones obvias, ya que era la única vía de escape oculta en caso de un cerco prolongado.

En la foto de la derecha, perteneciente al castillo de Elvas, vemos un ejemplar acorde al segundo tipo. La puerta está en este caso defendida por dos torres, la de la izquierda es la del homenaje, aprovechada como torre de flanqueo, y por un matacán corrido sobre ella. Esas puertas son las habituales en fortificaciones aisladas o, como en algunos casos, defendiendo una población que, cuando se edificó el castillo, carecían de cerca. Así pues, sí eran susceptibles de ser atacadas directamente por el enemigo, por lo que sí había que protegerlas de forma eficaz. La otra puerta con que contaba este castillo daba a la empinada ladera sobre la que se asienta, en dirección este. Por su ubicación, quedaba totalmente fuera del ángulo de visión de cualquier ejército que avanzase desde esa dirección. En todo caso, el castillo quedó totalmente rodeado por las fortificaciones de traza italiana llevadas a cabo a partir del siglo XVII, adaptadas al uso de la artillería.
El tercer caso ya lo vemos arriba, en la foto de cabecera. La puerta da acceso a un pequeño patio interior defendido tanto por la muralla como por la torre del homenaje. Como se aprecia en la imagen, la puerta forma un recodo, pero no se trata de la típica puerta en recodo árabe, abiertas en la base de una torre. Obviamente, la barbacana proporcionaba una defensa muy superior a las anteriores, ya que el enemigo tenía que someter una pequeña fortificación antes de emprender la conquista del recinto principal y, por su ubicación, no siempre dejaban espacio para maniobrar grandes masas de tropas, lo que suponía una dificultad añadida, o la posibilidad de adosar algún ingenio para derribarla.
Nos restan por detallar las puertas de estructura andalusí que podemos ver en algunos castillos portugueses:

A la izquierda vemos un croquis de puerta en recodo. Como se ha dicho, lo habitual era abrirlas en la base de una torre que, aparte de darle defensa, dificultaba la maniobra de tropas una vez pasada la primera puerta, ya que a continuación se topaban con otra. Estas torres solían estar provistas de buheras en su cámara superior, a fin de hostigar desde ellas al enemigo, vertiendo sobre ellos brea o vinagre hirviendo. Estas puertas contaban además con una dificultad añadida, y es que la tropa atacante podía ser hostigada de flanco por los defensores, ya que debían dejar a un lado la muralla del castillo. En España son mucho más habituales este tipo de puertas que, además, tras ellas solían ubicar patios interiores, rampas, pasillo cubiertos y, en fin, todo tipo de dificultades para el agresor.

A la derecha tenemos la típica puerta de traza almohade. Un ejemplo magnífico de ella lo tenemos en la cerca urbana de Lagos, en el Algarbe, si bien en ese caso las torres no están unidas por el muro que mira hacia el frente. Como se ve, la puerta esta precedida de dos albarranas cuyas pasarelas de obra son a su vez dos puertas por las que se puede entrar en el pequeño patio que queda en el interior. Actúa como una especie de barbacana, pero sin ser una fortificación aneja al recinto principal, como es el caso de estas. Las albarranas permiten además hostigar al enemigo por la zaga en caso de poder entrar en el patio.

Para terminar, comentar un detalle. ¿Cómo se cerraban las puertas? Porque el cine, como suele ser habitual, ha difundido una imagen totalmente errónea. En las películas solemos ver como colocan un grueso tablón sobre unos soportes. Bien, eso es falso. Las puertas se cerraban con un alamud, que era una gruesa tranca de madera o incluso de hierro que quedaba empotrada en la muralla y se corría hacia el lado opuesto, quedando embutido su extremo en un hueco abierto también en la muralla. Como refuerzo, o bien para puertas menores, se añadían unas trancas removibles que también quedaban encajadas en el muro. Cuando visitéis un castillo, observad los lados de las puertas. Posiblemente veáis unos rebajes labrados en la piedra como los de la foto de la izquierda. La tranca se alojaba en un hueco en el lado opuesto, y se deslizaba por las ranuras abiertas que se ven señaladas por flechas en la foto. Y, obviamente, carecían de llaves. Eso de entregar las llaves al ejército vencedor era una figura simbólica. Curiosamente, siempre solían ser dos, desconozco el por qué.
Las puertas estaban fabricadas con gruesos tablones de roble o cualquier otra madera dura, y reforzadas con flejes de hierro o bronce. Giraban sobre goznes empotrados en las ranguas y se cerraban como se ha dicho. Añadir que, en caso de asedios que se presumían largos, se solían tapiar las puertas y postigos por el interior, a fin de reforzarlos y, como no, de impedir que una traición (recordemos la porta da traiçao que llaman los portugueses a las poternas de los castillos)  por parte de alguien del interior permitiese al enemigo colarse y hacerse con la fortaleza en un rápido golpe de mano. De ahí viene la expresión "cerrar a cal y canto", en referencia a los materiales usados para tapiarlas: cantería sacada de los paramentos interiores de la muralla, y el mortero de cal y arena usado en la época y heredado del opus caementicum romano. 
Bueno, básicamente ya está todo dicho sobre las puertas de los castillos, válido también para las cercas urbanas. El que quiera saber algo más, que pregunte. He dicho.


martes, 10 de mayo de 2011

Puente fortificado de Ucanha


Distrito de Viseu
Coordenadas: 41º 02' 54" N // 7º 44' 48" O

Sí, ya lo sé... El puñetero todoterreno me fastidió la foto. Pero como no encontré al dueño, pues ahí queda, inmortalizado para la posteridad. Bueno, a lo que vamos. Los puentes fortificados no son habituales en Portugal. Su misión era obvia: defender el paso en los escasos puentes de la época, así como, a modo de símbolo, marcar el comienzo de un dominio cuyo señor tiene derecho a cobrar un pontazgo a los que lo cruzaban.
En el caso que nos ocupa, parece ser que el puente es de origen romano, y que la torre fue añadida posteriormente. En 1163, don Alfonso Henríques donó a Teresa Alfonso la heredad de Algeriz, en la que estaba incluida la población de Ucanha, llamada en aquel tiempo Vila da Ponte. Esta mujer era la viuda de Egas Moniz, que fue ayo de don Alfonso, por lo que el monarca quiso favorecer a la que fue la mujer de su mentor. Y no era para menos ya que, cuando el aún conde de Portucale, envió a su ayo a jurar fidelidad a la corona leonesa en su nombre, luego se desdijo de dicho voto y declaró la guerra a León, dando pié, como ya hemos contado, al reino de Portugal. Así que el pobre don Egas quedó a la altura del betún, hasta el extremo de presentarse con toda su familia  ante el rey Alfonso VII descalzo y con un dogal al cuello como signo de humillación por haber faltado su pupilo a la palabra dada.
Esta doña Teresa, como era habitual en las ricashembras de la época, fundó el monasterio de Santa María de Salzedas, pensando, como está mandado, que eso le habriría las puertas del Paraíso cuando le llegara la hora. Y para sostén de la comunidad les cedió los derechos de pontazgo de Ucanha. Durante décadas, los habitantes de la zona solicitaron multitud de veces la exención de dicho impuesto, cosa que don Dinis concedió en 1324. Pero los frailes se salieron con la suya, amenazarían al monarca con mil infiernos y el rey se retractó. No fue hasta 1504 cuando, al convertirse Ucanha en villa de realengo y dejar de depender del monasterio de Salzedas, cuando el dichoso pontazgo pasó a la historia para mayor pena de los frailes, que veían así perder unas jugosas rentas, y mayor alegría de los habitantes de la comarca, que llevaban desde el siglo XII soltando dinero para poder cruzarlo. Y contada su historia, pasemos a estudiarlo un poco.


El puente, que cruza sobre el río Varosa, tiene una longitud de 80 metros, y su altura máxima sobre el cauce es de 12 metros. Está formado por cuatro arcos ojivales de distintos tamaños. Por el lado de la corriente muestra, como se ve en la foto, dos contrafuertes. Todo él está labrado con buena sillería de granito. En el centro del mismo hay una lápida que, lo reconozco, no he sido capaz de descrifrar. Dice así: " AS PONTES D... // FORNOSE TABOAS // UCANHA E SANCROU // L(?)OS PREPAROU". Si alguien lo entiende, me lo diga (maldita epigrafía). Junto al mismo hay un viejo molino harinero, de esos que quedan tan molones en las fotos.


En cuanto a la torre, se trata de un sólido edificio, también de sillería de granito, de planta cuadrángular, con 10 metros de lado y 20 de altura. Se accede a ella por una puerta situada a 5 metros sobre el nivel del suelo mediante una escalera de hierro situada en el flanco sur de la misma. Bajo ella transcurre un túnel cuyo pasó está defendido por dos matacanes, uno mirando al puente y el otro en el flanco opuesto. También dispone de matacanes en sus otros dos lados, uno de ellos defendiendo la puerta de acceso a la misma. Todos ellos cuentan con parapetos y una aspillera. En su interior cuenta con tres plantas, separadas por entresuelos de madera. Hay una lápida en la entrada al túnel que dice: "ESTA OBRA MANDUO FAZER DOM FERNANDO ABADE DE SALZEDAS, ERA DOMINI 1465". Creo que no precisa de traducción, ¿no?. En el centro de la lápida aparece un báculo abacial como símbolo de su rango.  En todo caso, este don Fernando, hijo bastardo de un hermano del condestable Nuno Alvares Pereira (para que luego digan que los bastardos no tenían futuro en la vida),  no fue el que hizo ni el puente ni la torre, como es obvio. La inscripción debe referirse a que mandó llevar a cabo algún tipo de reforma o reconstrucción, sin que quede constancia de en qué consistieron las mismas. Las cámaras de la torre sirvieron, según parece, como almacenes a pesar del aspecto puramente militar del edificio, ya que era habitual pagar los pontazgos, además de con dinero, en especie. No sería descabellado pensar que también debieron albergar una mínima guarnición pagada por los frailes para el mantenimiento del orden y el cobro del portazgo.


En esta última imagen se puede ver el interior de una de las plantas. En honor a la verdad, esa ventana geminada con poyetes, propia de torres señoriales, me hacen dudar de su uso como almacén, salvo cuando desapareció el pontazgo y, con ello, la necesidad de mantener en ella una mínima guardia. Pero, como digo, tanto por la ventana (hay otra igual en la pared opuesta) como por lo elaborado de su cantería, me hacen suponer que, en algún momento, la torre fue vivienda de alguien de cierta relevancia vinculado con el monasterio. En cualquier caso, no he podido corroborarlo, así que cada cual piense lo que prefiera.
Por lo demás, Ucanha es un pueblecito de esos de postal, con apenas unos 450 habitantes, sumido en el valle por donde transcurre el río Varosa. Junto a la torre hay un pequeño bar donde puede uno degustar un café (el café en Portugal es cojonudo), mientras se contempla el edificio y espera uno a ver si el pamplinas que ha aparcado junto al mismo se larga de una puñetera vez para sacar una foto decente. He dicho.

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Armamento medieval: La maza

El origen de la maza es muy remoto. Durante siglos, la maza fue un simple garrote endurecido a fuego y poco más. Ya en el siglo XI, se empezó a perfeccionar, dotandola de cabezas de bronce o plomadas para aumentar su contundencia. Ante caballeros protegidos por cotas de malla y yelmos contra los que una pica de infantería poco podía hacer, nada mejor para producir daños internos que un golpe propinado con un arma contundente. Pero los golpes dirigidos a la cabeza solían resbalar en las angulosas y pulidas superficies de los yelmos cónicos, por lo que hubo que dotar los nudos de pinchos o aristas para no ver desviado el golpe. Además, las aristas o púas de una maza producían heridas abiertas, mucho más temibles para el combatiente de la época debido al peligro de contraer una infección que, proseguida de una septicemia, acababa con la vida de cualquiera en pocos días.
La maza adquirió durante los siglos que nos ocupan una enorme difusión. Al igual que el martillo de guerra o el hacha, se convirtió en un arma ideal para el cuerpo a cuerpo tanto a caballo como a pie. Por su similitud con los cetros, hubo monarcas que crearon para su guardia personal cuerpos de maceros, siendo el vesánico rey don Pedro I de Castilla el primero que tuvo a su servicio una unidad dotada de este arma. Incluso hoy día es un privilegio otorgado en tiempos remotos el que haya corporaciones municipales que puedan hacer uso de maceros en actos oficiales, y hasta en los eventos más solemnes celebrados en las Cortes podemos ver tras el presidente del congreso dos señores que, vestidos con dalmáticas con las armas de España, portan sendas mazas como símbolo del poder regio.

Las mazas, como todas las armas que ya hemos visto, fueron también perfeccionándose a lo largo del tiempo, especialmente por el constante desarrollo del armamento defensivo que hacía cada vez más invulnerables a los combatientes. Igualmente y en función del rango de cada cual, usaban armas más o menos lujosas.
En la lámina de la izquierda podemos ver una maza del siglo XI. Es un mango con una cabeza cilíndrica de bronce o hierro con pinchos. Para impedir su pérdida se le ha dotado de un fiador para la muñeca. Como se puede ver, se trata de un arma bien simple: un asta de madera y una cabeza metálica. No había que ser especialmente diestro para manejarla, y cualquier hombre medianamente dotado de fuerza física podía propinar golpes demoledores con ella, cuando no mortales. Si golpeaban en la espalda podían partir la espina dorsal. En la cara podía machacarla sin problemas. Si era en el tronco, podía partir varias costillas que a su vez podían interesar un pulmón, o bien causar severas hemorragias internas o rotura de órganos. En fin, que podía hacerle a uno la pascua.
        
La lámina de la derecha corresponde a una maza de finales del siglo XIV. Su cabeza es redonda y va armada con púas en todo su contorno. Este tipo de maza no tuvo demasiada aceptación debido a que, como consecuencia de los golpes, solían desprenderse los pinchos, por lo que se volvió a la maza barrada, mucho menos problemática y fácil de fabricar. Además, basta ver su apariencia para deducir que este tipo de maza no era precisamente barato. Y si a un elevado precio unimos una durabilidad limitada, es lógico pensar que sus usuarios se decantasen por armas más resistentes. Y no ya por el precio, sino porque verse con el arma estropeada en pleno combate podía costarle a uno la vida.

En la lámina izquierda tenemos un ejemplo de maza barrada, en éste caso fabricada enteramente de hierro. Sus hojas son, como se ven, de forma prismática aunque sin adornos de ningún tipo. Se fabricaron mazas de este tipo con las hojas llenas de aristas, y bastante aguzadas por cierto. La cabeza de armas va rematada por una pequeña púa.
Este tipo de maza fue la que, indudablemente proliferó más. En los museos hay una diversidad inmensa de ellas, desde modelos básicos, sin adornos de ningún tipo, hasta piezas con primorosos cincelados que, no por ello, dejaban de ser efectivas. A los interesados en este tipo de maza les recomendaría visitasen la página web de la Colección Wallace, donde muestran unas cuantas verdaderamente soberbias.
Por lo demás, y a pesar de su apariencia, no eran armas muy pesadas. Su peso oscilaba entre los 1.100 y los 1.500 gramos, y su longitud alrededor del medio metro. Como en todas las armas de esta época, hay que recordar que muchas solían hacerse por encargo, adaptadas al gusto personal y a la fuerza física del que la iba a manejar.
También se elaboraron mazas esféricas totalmente lisas, con mango tanto de hierro como de madera. No tuvieron tampoco la difusión de las dotadas con cabeza barrada, que a lo largo del tiempo que permanecieron en uso fueron,  indudablemente, las que más aceptación tuvieron a todos los niveles.

En la lámina derecha podemos ver un ejemplo. El arma está toda ella forjada en una sola pieza de hierro. La empuñadura va estriada para mejorar el agarre, y lleva en su extremo inferior un orificio para un fiador para colgarlo de la silla de montar como para asegurarla en la muñeca.
Pero, como ya se ha dicho, estas mazas tenían el inconveniente de que, por la superficie redondeada de su cabeza, resbalaba sobre los yelmos o demás piezas metálicas que protegían el cuerpo, y no producían heridas abiertas, que eran complicadas de curar por ser desgarros y no cortes limpios. 
Durante toda la Edad Media, e incluso durante los siglos XVI y XVII, la maza fue el arma preferida de muchos combatientes para el cuerpo a cuerpo, y más si eran combates muy cerrados, donde apenas había espacio para manejar armas de más tamaño. Su manejo no precisaba gran destreza ni ser especialmente fuerte. Con una de ellas en la mano, un simple peón podía herir gravemente o matar a un hombre de armas y, quizás lo más importante, eran baratas y fáciles de fabricar por cualquier herrero si nos atenemos a los modelos más básicos.
Añadir como curiosidad que estaba totalmente prohibido solventar reyertas o peleas en las ciudades con armas de este tipo. La gente podía apuñalarse con dagas o espadas, pero no se permitía usar una maza por una malquerencia. Creo que es prueba de que sus efectos tenían peor arreglo que una puñalada.

        

Para las justas y torneos se fabricaron unas mazas diferentes, tal como se aprecia en la ilustración de la izquierda. Como se ve, tiene una empuñadura similar a la de una espada, pero en vez de gavilanes lleva un pequeño varaescudo para detener los golpes que pudieran ir hacia la mano. La empuñadura es de madera forrada de cuero, rematada por un pomo elaborado a base de tiras de cuero formando una bola, como esos llaveros que suelen vender en las guarnicionerías o en las tiendas de efectos navales. Su forma es como la de una cabeza barrada, pero mucho más larga. Estaban fabricadas de madera, a fin de ser contundentes, pero que no pudieran hacer daños irreparables. Iban provistas de un fiador para evitar su pérdida que se fijaba mediante una argolla al peto en vez de a la muñeca.






Fabricación

En función del mango, tenemos que podían estar fabricados de madera, hierro o bronce. Según su nudo o cabeza de armas, tendremos los siguientes tipos:

  • Cabeza esférica lisa
  • Cabeza esférica punzante
  • Cabeza barrada
  • Cabeza de enmangue cilíndrica punzante
  • Cabeza de enmangue barrada
Las barradas que, como hemos dicho, fueron las más habituales, se elaboraban de la siguiente forma:

Si observamos la foto de la izquierda, veremos una cabeza de enmangue barrada con mango de madera, o sea, el tipo habitual en la infantería. Su cabeza de armas no es más que un cubo de enmangue, un cilindro de hierro en el que va embutido el cuerpo principal de la maza, que se fabricaba partiendo de una lámina sobre la que se abrían unas ranuras en las que se iban encastrando las hojas. Estas, según vemos en el croquis de la derecha de la foto, eran forjadas con dos o más casquillos que se introducían en la lámina y se remachaban en ella, quedando ambas piezas sólidamente unidas. Lo habitual eran entre seis u ocho hojas. Una vez remachados, la pletina sería enrollada y soldada al cubo de enmangue, quedando así unido todo el conjunto. Como remate de la cabeza se le solía añadir un casquillo que actuaba como tapón para afianzar aún más la cabeza al cubo de enmangue, quedando soldado o remachado al mismo.
En las mazas que eran enteramente metálicas y con el mango macizo, las hojas debían necesariamente ir soldadas, lo que haría el proceso más caro. Un sistema similar al anterior debían seguir para unir los pinchos a las esferas metálicas de las mazas de cabeza redonda: una púa con forma de pirámide triangular o cuadrangular provista de un casquillo que sería embutido en la esfera y soldado. Obviamente, la sujeción del pincho no alcanzaría la solidez del sistema usado para las mazas barradas, motivo por el que se soltaban como consecuencia de golpear sobre superficies metálicas.


En cuanto a las cilíndricas de enmangue más primitivas, el método era el mismo que con las cabeza barradas. Como se ve en el croquis de la derecha, se trata de una lámina en la que se embutían las púas, que eran remachadas. Luego se enrollaba en forma de cubo y se les ponía el mango. Al tener estas mazas el mismo problema de debilidad que las esféricas, parece ser que se optó por fabricarlas de bronce por lo que, al ser todo una sola pieza salida de una molde de fundición, su solidez era mucho mayor.
Como dato curioso, añadir dos comentarios al respecto a modo de colofón. Uno es que las mazas eran las armas usadas por los clérigos. Sí, que nadie se sorprenda. Muchos obispos, abades o incluso papas iban a la guerra al frente de sus tropas. Recordemos sin ir más lejos al belicoso Julio II, o al papa Borja, que fue, antes que pontífice, gonfaloniero del ejército vaticano. Bien pues, como decía, era usada por los clérigos, al menos allá por los albores del milenio, debido a que con ella "no derramaban sangre cristiana". Mandaban a sus enemigos al otro barrio pero, eso sí, sin derramar sangre.
Y por otro lado, el uso de la maza resurgió en la Primera Guerra Mundial, fabricada de forma artesanal por las tropas de asalto. En éste caso, usaban mangos de granadas erizados de clavos, e incluso modelos más elaborados, posiblemente a nivel de unidad, con cabezas ferradas con púas. En las escuadras de strümtruppen del ejército imperial alemán, cuando salían de noche a dar golpes de mano en las trincheras enemigas, siempre solía ir un soldado portando en la mano derecha una maza y una pistola P-08 con cargador de caracol en la izquierda.
Bueno, con esto creo que queda el tema de las mazas más que claro. El que quiera saber algo más, que pregunte. He dicho.