sábado, 1 de septiembre de 2018

Armaduras medievales modernas: la armadura ligera Bashford Dean


Hace varios meses, cuando se publicó un artículo dedicado a los proyectos fallidos de cascos para el ejército yankee, anticipé que ya se dedicaría una entrada a la armadura que vestía el probo doughboy que aparecía en la foto de cabecera, así que aprovechando que en la anterior estudiamos el mamotreto ideado por Guy Brewster, pues seguiremos con el tema armadurístico para no perder el hilo. Al grano pues.

Bashford Dean (1867-1928) en plena contienda
En las diversas entradas que hemos dedicado hasta ahora al tema de cascos y armaduras surgidos durante la Gran Guerra ya se ha mencionado alguna que otra vez la intervención del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York en los diversos diseños que el ejército yankee probó deprisa y corriendo para dotar a sus tropas de armamento defensivo adecuado. Como recordaremos, se creó el comité de turno porque los seres humanos no saben ni ir a mear si previamente no han formado un puñetero comité o comisión, en este caso el Armor Committee of the American Council of National Research (Comité de Armaduras del Consejo Nacional de Investigación), entre cuyos miembros más destacado estaba el Dr. Bashford Dean, conservador de la armería del museo y promocionado al grado de comandante porque eso de ver civiles en contubernios militares no suele ser del agrado de los mismos.  Dean se rodeó de un reducido pero selecto grupo de expertos para llevar a cabo tanto los diseños como la elaboración artesanal de los prototipos que debían ser presentados al dichoso comité para recibir el visto bueno antes de ser remitidos a los mandamases que debían dar su aprobación al proyecto.

Von Kienbusch (1884-1976) ya en la vejez contemplando una pieza de su
fastuosa colección. Llegó a poseer más de 1.100 piezas incluyendo 35
arneses completos y 135 espadas
Su mano derecha era Carl Otto von Kienbusch, que a pesar de su evidente origen tedesco había nacido en Nueva York en 1884 y, aunque su familia se dedicaba al negocio del tabaco, desde que Dean empezó a trabajar en el Metropolitano en 1912 ya formaba parte de su equipo debido a la pasión y el profundo conocimiento de este pseudo-yankee por el armamento medieval. Su confianza en él llegaba al extremo de representarle en las distintas subastas que se celebraban en el mundo para adquirir piezas interesantes con las que nutrir los fondos del museo. Al igual que Dean, cuando estalló la guerra lo militarizaron con el grado de teniente. El resto del selecto equipo lo completaban los armeros del museo encargados de dar forma a lo que maquinaban entre Dean y von Kienbusch: Daniel Tachaux y Raymond Bartel, un gabacho (Dios maldiga al enano corso) que Dean contrató en 1914 y se lo llevó allende el Atlántico, por lo que supongo le estaría eternamente agradecido por haberlo librado de la quema. Estos hombres fueron los que dieron forma a golpe de martillo a todos y cada uno de los prototipos diseñados por Dean, fabricando las piezas de forma totalmente artesanal como si estuvieran en una armería de Solingen en pleno siglo XVI.

Daniel Tachaux (1857-1928) dándole al martillo en su taller
Como ya sabemos, el desmedido interés de los estados mayores por desarrollar proyectos adecuados de defensas corporales se debía al elevadísimo número de bajas producidas a causa de todas las porquerías que volaban a una velocidad inquietante por los campos de batalla, desde balas de fusil y ametralladora a esquirlas y fragmentos de metrallas, bolas de metralleros e incluso las mismas piedras que, al salir impulsadas por la detonación del alto explosivo, eran tan mortíferas como cualquier proyectil convencional. Como dato curioso, el porcentaje más bajo de heridas eran las de bayoneta. En todo caso, según los estudios que se habían llevado a cabo, un 20% de las bajas se producían por heridas en la cabeza y el cuello, lo que se subsanó en parte con la introducción del casco, pero aún quedaban muchas partes del cuerpo expuestas a heridas que podían ser mortales y, de hecho, lo eran, bien de forma casi fulminante por hemorragias masivas al verse interesados vasos sanguíneos importantes o bien órganos y/o vísceras, o bien por procesos infecciosos posteriores, como septicemias, que lo dejaba a uno listo de papeles, o gangrena, con lo que ya podía despedirse del brazo, la pierna o todo junto. En base a estos estudios, un 35% de las heridas se producían en las piernas, un 25% en los brazos y un 20% en el tronco, así que tenían claro que si se protegían adecuadamente esas zonas el número de sonrientes doughboys que se quedasen abonando los campos de Flandes se vería notablemente reducido y podrían volver a sus casas a seguir devorando mazorcas de maíz, pasteles de manzana y versículos de la Biblia. 

Obviamente, para reducir las bajas por heridas de este tipo no se podía equipar a las tropas con las pesadas armaduras y cascos capaces de resistir disparos de fusil a corta distancia como la Brewster, sino algo más cómodo y ligero, que no estorbase a la hora de moverse por el campo de batalla y, sobre todo, que pudiera ser usado durante horas sin que causase agotamiento, roces o molestias de cualquier tipo al soldado. En resumen, una armadura capaz de detener proyectiles de arma larga a distancias medias, de pistola o revólver a corta distancia y de metralla que, en función de su procedencia, sería más o menos letal según la distancia ya que, obviamente, no era lo mismo toparse con un cacho hierro de 1 kg. procedente de un proyectil de artillería de 155 mm. que una esquirla de una granada de mano. La lámina de la derecha nos permitirá hacernos una idea de lo que significaba ser herido por una bala (figura de la izquierda) o por un casco de metralla (figura de la derecha). En el segundo caso, la pérdida de masa ósea y muscular ya suponían una curación muy compleja y una convalecencia muy larga teniendo suerte. En caso de llegar vivo al hospital y de no perder el miembro, la cojera de por vida estaba prácticamente garantizada. Como ya podemos suponer, disponer de protecciones para reducir el porcentaje de heridas de este tipo implicaba salvar de la mutilación o de la muerte a decenas de miles de hombres.

Así pues, el equipo encabezado por Dean se puso manos a la obra compaginando la elaboración de diseños en busca de un casco eficaz con el de armaduras ligeras que, aunque no convirtiesen al combatiente en invulnerable, al menos que le ahorrasen heridas que podían incluso acabar con su vida si no eran tratadas de inmediato, lo que no siempre era posible. Inicialmente desarrollaron un conjunto de peto y espaldar diseñados de forma que, una vez colocados, quedaban muy ajustados al cuerpo. Esto facilitaba enormemente los movimientos de su usuario ya que no se veía con planchas de hierro colgando cada vez que se arrojaba al suelo o corría como un gamo para escapar de la metralla. El conjunto se complementaba con protecciones para los brazos literalmente copiados de cualquier armadura de placas de los siglos XV o XVI salvo por un detalle: al no disponer de guanteletes por razones obvias, estaban provistos de unas protecciones para el dorso de la mano similares a las usadas por las armaduras japonesas. De ese modo quedaban los dedos libres para manejar el arma, cargarla, lanzar granadas e incluso rascarse la oreja si se terciaba. En la fotode la derecha podemos ver el aspecto del conjunto, que le da al probo doughboy que hace de modelo el aspecto de un extraño híbrido de hombre de armas medieval y soldado moderno. Veamos con detalle cada parte.


En la figura A vemos el reverso del peto. Estaba formado por cuatro placas unidas mediante dos correas remachadas salvo la inferior que, como se puede observar, disponía de dos pares de orificios con ollados por donde pasaba un cordón (véase foto de la derecha). La parte superior tenía un almohadillado de caucho esponjoso de 2,5 cm. de espesor para mantener la coraza separada del pecho. Su finalidad era, aparte de hacerla más confortable, impedir que en caso de que un proyectil enemigo hundiese la chapa sin llegar a atravesarla causara algún trauma como, por ejemplo, partir una costilla o el esternón. Su tamaño estaba calculado para que pudiera fabricarse de una sola talla, y solo en caso de que el soldado fuese un enano birrioso bastaría con eliminar la chapa inferior y santas pascuas. 

La figura B muestra el reverso del espaldar. Estaba construido de forma similar, como si de una cola de langosta se tratase pero, en este caso, la capacidad para articularse no se basaba en correas remachadas, sino en remaches cuya cabeza pasaba por una ranura practicada en la chapa superior tal como vemos en el gráfico de la derecha. De ese modo se lograba obtener la movilidad necesaria en la espalda para agacharse o para recoger del suelo una moneda de un duro. La fijación al cuerpo y al peto se efectuaba con las correas que vemos en la foto. Una inferior para asegurar el espaldar a la cintura y, además, unirlo al peto, pasándola entre las correas y la chapa del mismo de forma que quedaba oculta una vez abrochada. Para unir ambas piezas por los hombros tenía a cada lado otras dos correas con terminales metálicos con los típicos orificios con forma de ojo de cerradura, dos en cada uno para regularlos conforme a la constitución del sujeto. Para aclararnos, el mismo sistema que usaban los petos de los coraceros decimonónicos.

Por último, en la figura C vemos a un guripa con la coraza puesta. Obsérvese que no es simétrica, y que el lado derecho deja espacio de sobra para apoyar la culata del fusil. Zurdos, que se joroben. Además, las sisas eran lo bastante amplias como para permitir cualquier movimiento, incluso cruzarse de brazos, sin ningún problema. El conjunto estaba fabricado con chapa de acero al manganeso con un grosor de entre 0,9 y 1 mm., dando un peso total de alrededor de los 4 kg. Según las pruebas que se llevaron a cabo, podía resistir a unos 3,5 metros de distancia un disparo de arma corta con una Vo de 260 m/seg., lo que implicaba que también detendría esquirlas de metralla, balas perdidas e incluso disparos de arma larga siempre y cuando impactasen con un ángulo muy acusado.

Pero además de la coraza ya mencionada se desarrolló de forma paralela otro modelo con el peto y el espaldar fabricado de una sola pieza, posiblemente de cara a facilitar una producción masiva. Tanto el material como las cualidades balísticas eran similares, pero tenía ciertas mejoras que podemos observar en la foto de la derecha. En la figura A vemos el reverso del peto que, en este caso, estaba enteramente forrado de caucho esponjoso con grandes almohadillados en el pecho y a ambos lados de la parte inferior para mantenerlo separado del cuerpo, y no solo el pecho como el caso del modelo articulado. Para fijarlo al cuerpo disponía de un arnés para los hombros y la cintura. En la figura B tenemos el espaldar, también obtenido de una sola pieza mediante prensado y que, según vemos en la foto, se ajustaba perfectamente al cuerpo de su usuario. Aunque parezca algo superfluo eso de proteger la espalda, recordemos que una lluvia de cascotes sobre un hombre tumbado en el suelo podía causar graves fracturas en las costillas y, sobre todo, en la espina dorsal, dando lugar a lesiones medulares que lo condenarían a pasar el resto de su vida en una silla de ruedas. Veamos ahora las protecciones de los brazos...

Estaban formadas por cinco piezas: hombrera, brazo, codo, antebrazo y la chapa que, como comentamos al principio, protegía el dorso de la mano. Se sujetaban al brazo mediante correas provistas de broches, dos en cada una, para poder ajustarlas al contorno de cada cual. La única que carecía de ajuste era la que sujetaba la chapa de la mano. El acabado de estas piezas era francamente bueno, cuidando hasta el más mínimo detalle para hacerlas lo más confortables posible. El interior de la protección de la mano estaba enteramente forrado de cuero para impedir roces ya que era la única parte del brazo expuesta directamente al metal salvo que se usasen guantes. Los bordes del resto de las piezas estaban rebordeados con una chapa de acero, y el conjunto estaba pintado por ambas caras de verde oliva. Al igual que las corazas, habían sido concebidas concebidas para fabricarse en una sola talla. La regulación a la longitud del brazo se efectuaba con las correas de las hombreras, que permitían ajustarla a la longitud del usuario. En el detalle de la siguiente foto lo veremos mejor.

Como podemos apreciar, la hombrera metálica estaba unida a una pieza de cuero mediante un cordón que, aflojándolo o apretándolo ya permitía una regulación de ajuste al hombro en función a la anchura de espaldas de cada cual. La flecha roja marca la ranura por la que se pasaba la hombrera de la guerrera para fijar el conjunto por su parte superior. Esto no quiere decir que el peso del protector recayese por completo en el hombro ya que se repartía de forma uniforme por todo el brazo gracias a las correas que tenía cada pieza. Y marcados con flechas amarillas vemos dos de los tres orificios que tenían las dos correas que unían la hombrera al brazo, ajustándolo a la longitud de su usuario. El resto de piezas, al estar articuladas, se abrochaban aprovechando el juego que daban los pocos centímetros de margen que tenían las correas de unión entre piezas, permitiendo así, como se ha dicho, fabricar estas protecciones de una sola talla. La longitud de cada protector era de 75 cm., y su peso de 1,4 kg. 

El equipo de Bashford Dean del Museo Metropolitano en 1919. Podemos
ver a nuestro hombre sentado a la derecha. Detrás de él aparece Daniel
Tachaux, y sentado a la izquierda vemos a Stephen Grancsay (1897-1980),
que sucedería a Dean tras el retiro de este en 1927. Detrás suyo
está  Von Kienbusch
Estas protecciones se fabricaron por la New England Enameling Co. Inc. en un número de 200 unidades que fueron inmediatamente enviadas al frente para ser probadas, pero lo avanzado de la guerra no permitió testarlas a fondo y, mucho menos, darlas por buenas, por lo que no fueron aceptadas por el ejército. El fin del conflicto supuso la cancelación de todos los proyectos que estaban en marcha, lo que fue un error porque apenas 19 años más tarde comenzó una nueva fiesta que podría haberse iniciado con estos diseños en un grado de evolución y perfeccionamiento que, posiblemente, habrían evitado muchas bajas. De hecho, se ha calculado que si las armaduras de Bashford Dean hubieran llegado a entrar en servicio el número de víctimas podría haberse reducido en algunos sectores hasta en un tercio. Pero como las cosas de palacio van despacio, y más cuando hay comisiones y comités de por medio con mil intereses creados entre los que la seguridad del personal figuraba en los últimos lugares, pues los doughboys siguieron combatiendo a pelo hasta el mismísimo final de la contienda ya que el general Pershing, quizás por aquello de haber llegado el último, mantuvo las operaciones hasta el mismísimo día 11 de noviembre de 1918, cuando se firmó el armisticio. 

En fin, con esto concluimos de momento, porque aún quedan muchos inventos curiosos por estudiar. A modo de colofón, ahí dejo la carta que le escribió el ex-presidente Theodore Roosevelt agradeciéndole sus esfuerzos por equipar a las tropas yankees con un armamento defensivo adecuado. Ya vimos como sus fabulosos cascos, uno de los cuales por cierto fue prácticamente copiado por los suizos y lo hicieron reglamentario en su ejército, así como las armaduras que hemos visto hoy podrían haber resultado de gran importancia, pero al final ninguno de sus proyectos vio la luz. Solo le quedó el reconocimiento de los que tuvieron noticia de los mismos por su indudable brillantez. El escrito, fechado el 19 de abril de 1918, o sea, antes de acabar la guerra, dice así:

Mi querido mayor Dean: 

Primero permítame decir que deseo agradecerle y felicitarle por su trabajo en Washington. ¡Señor, cómo desearía ser la mitad de útil! Confirmaré la recepción de la carta del Dr. Saka como usted solicita.
Con mi profundo agradecimiento, muy sinceramente suyo


Bueno, ya'tá

Hale, he dicho

Entradas relacionadas:




Tres perspectivas de un doughboy con la armadura articulada, los protectores de brazos y el casco experimental nº 5.
Como podemos observar, el ajuste de la coraza permitía llevar la mochila de combate, la máscara antigás y el correaje
con las cartucheras sin ningún tipo de impedimento. El peso total contando el casco no llegaría los 8,5 kilos

6 comentarios:

Mr. Gatsby dijo...

Es, de lejos, la armadura más alucinante de las mostradas hasta ahora dentro del periodo de la IGM. Esto es a lo que me refería en mi último comentario, un estilo así, inspirado en el medievo tardío. Que lástima que apenas llegaran a probarla, habría sido muy interesante conocer el coste de fabricación y su desempeño en el frente, a ver si merecía la pena en comparación a la reducción de bajas que pudiera haber ofrecido. Ah, respecto a su pregunta sobre el soldado que le puse en mi post anterior, no es resina sino 3D, un modelo low-poly, es decir, listo para introducir en un videojuego. No obstante, en estos tiempos no es muy difícil convertir el modelo 3D a un formato apropiado y utilizar una impresora 3D para imprimirlo por piezas en un material parecido, para que después cualquier modelista se regocije montándolo y pintándolo. En fin, le felicito por este post.

Un saludo.

Amo del castillo dijo...

Ya le anticipé, ilustre ilustrador, que en breve vería una armadura que parecía sacada poco menos que de la armería Trapp. Con todo, colijo que la eficacia de este tipo de protección fabricado en acero, aunque fuese de muy buena calidad, tendría poco futuro en un campo de batalla donde la munición era de gran potencia y la artillería ni le cuento. En realidad, siempre he estado convencido de que el error radicaba en el concepto, no en la idea de fabricar defensas corporales que, como vemos, actualmente son de uso común en cualquier ejército. Pero no se puede pretender la invulnerabilidad porque es imposible, y eso era poco menos lo que buscaban en la Gran Guerra, un chisme capaz de detener casi cualquier cosa. Esta obsesión les llevó a rechazar multitud de diseños que habrían evitado muchas bajas, y en vez de aceptar una reducción de un determinado porcentaje se obstinaban en buscar algo que era imposible. Al final de la contienda, como ya sabemos, no se llegó a nada en concreto salvo la Sappenpanzer y la Ansaldo.

Respecto al soldado de marras, francamente alucino con las cosas que se logran hoy día con estos chismes. Como hizo Miguel Ángel cuando terminó su Moisés, solo les falta endilgarles un martillazo y conminarles a hablar.

En fin, ya irá viendo más armaduras porque los aliados, especialmente british y yankees, pusieron bastante empeño en este tema.

Un saludo

dani dijo...

Muy buen artículo, como de costumbre. Sobre su comentario a cerca de la IIGM. Creo que en esta los yankees ya si usaron primitivos chalecos antibala fabricados con telas "especiales".

Amo del castillo dijo...

En realidad los british ya lo hicieron durante la Gran Guerra. Sírvase echar un vistazo a esta entrada, donde ya se habló del tema:

http://amodelcastillo.blogspot.com/2017/11/los-primeros-chalecos-balisticos.html

Un saludo

G. Olsson dijo...

Sin dudas esta es una de las mejores armaduras de las que expuso hasta ahora ya que en apariencia tenia mucho potencial práctico. Gracias por compartir su sapiencia!

Amo del castillo dijo...

A mi modo de ver, Sr. Olsson, le daba cien vueltas a la Sappenpanzer o a la Ansaldo. El problema del modelo de Dean es que llegó muy tarde.

Un saludo y gracias por su comentario