domingo, 8 de mayo de 2011

Armamento medieval: El martillo de guerra

El martillo de armas, o martillo de guerra, fue un arma que alcanzó gran difusión durante los siglos XIV al XVI, en manos tanto de caballeros como de infantería para disponer de un arma eficaz y contundente en el cuerpo a cuerpo.
Las mejoras en el armamento defensivo de los combatientes, en forma de placas metálicas, hizo necesaria un arma capaz de perforarlas. Los yelmos eran cada vez más sofisticados y con mayores ángulos para repeler los tajos de espadas y hachas. Brazos y piernas se cubrían con brazales y brafoneras, y los rostros de los combatientes ya no siempre estaban al descubierto. Hacía falta pues un arma capaz de perforar esas defensas y, además, que tuviese la contundencia necesaria para acabar de un solo golpe con infantes mal armados.
Se trataba de un mango dotado por un lado de una cabeza maciza, como si de un martillo convencional se tratara, y en su lado opuesto de un pico curvo muy aguzado. Algunos ejemplares iban además provistos de una pequeña moharra en el extremo del mango, muy útil para introducirla entre las uniones de las piezas de las armaduras, las rendijas de los visores o, en definitiva, de cualquier punto vulnerable.
 Su difusión fue debida, como he dicho, por ser un arma con la que se podían hendir sin muchos problemas los yelmos y armaduras de placas de la época, si bien a veces se quedaban tan incrustados en los mismos que era complicada su extracción, y más en pleno combate. Contra hombres mediocremente armados era simplemente letal. Un golpe en el cuerpo podía producir severos traumas internos, rotura de costillas, del espinazo, o hemorragias internas mortales. Si el golpe era en la cabeza, basta ver la siguiente foto. Pertenece a un combatiente de la batalla de Towton (Inglaterra), en 1461.

Como se puede ver en la imagen, el tremendo golpe ha triturado literalmente la parte izquierda de la cabeza, partiendo la zona frontal del cráneo, el toro superciliar, el maxilar superior, el parietal,los senos frontales y el arco zigomático. Obviamente, el hombre que recibió semejante golpe debió tener una muerte instantánea. Debió ser un peón, o un hombre de armas que combatía con el rostro descubierto. Era normal, cuando estos luchaban a pié, remover el visor de sus bacinetes de pico de gorrión para tener mejor campo visual. Si hizo eso, obviamente le costó la vida, ya que de haber combatido con el yelmo cerrado, posiblemente habría salido vivo del lance.



En la ilustración de la derecha vemos un fragmento de la conocida obra de Ucello “La batalla de San Romano”, celebrada el 1 de junio de 1432. En ella vemos a un caballero que está enzarzado en un feroz cuerpo a cuerpo con otros combatientes. Enarbola un martillo de armas a punto de descargarlo sobre la cabeza de su contrincante al cual, como se ve claramente, le acaba de parar sin problemas un tajo de espada con su brazo armado. Esa fue la causa de la proliferación de este tipo de armas inciso-contundentes: lo perforaban casi todo. La espada,  no.


Fabricación

Un martillo convencional se componía de las siguientes piezas:

a)        El mango, generalmente de sección cuadrangular u octogonal, fabricado con una madera muy resistente, como el roble, o metal.
b)        La cabeza de armas, formada por tres piezas: el martillo y el pico, forjados en una sola pieza, las pletinas de enmangue que unían la cabeza al mango, y la moharra, unida a las pletinas mediante soldadura y/o remachado.

Era habitual añadir pletinas embutidas en una acanaladura en los dos segundos tercios de las caras del mango que quedaban libres para reforzarlo e impedir que sufriera daños por armas de corte. Así pues, el proceso completo sería como sigue:         
Una vez forjadas las piezas metálicas, se uniría la moharra A a la parte superior de la pletina de enmangue B. Luego se fijaría B a la cabeza de armas C mediante un remache pasante. Finalmente, todo el conjunto se uniría al mango mediante remaches pasantes a lo largo de toda la pletina de enmangue.
También se solía, a lo largo del siglo XVI, forjar todas las piezas en una sola. Lo que indudablemente le daba una resistencia mucho mayor, su bien dificultaba la reposición de alguna de ellas en caso de rotura.
Estas armas pesaban entre 1 y 1,5 kg. y medían entre 50 y 80 cm. e incluso más. Hay que tener en cuenta que nos movemos en un mundo donde cada arma estaba muy personalizada, bien por el gusto del armero, bien por el del dueño conforme a las modas o las necesidades de cada uno.
En lo referente su morfología, podemos establecer diferentes versiones en función de su acabado o diseño. Así, si nos atenemos al enmangue tendremos tres tipos:

  • Mango de madera cuadrado
  • Mango de madera octogonal
  • Mango metálico cilíndrico
a)    con varaescudo
b)    sin varaescudo

Si nos ceñimos a la cabeza de armas, tenemos que la parte contundente podía ser de diferente forma:

  • Cuadrangular lisa
  • Cuadrangular dentada
  • Romboidal lisa
  • Romboidal dentada
  • Cuadrangular con pico
  • De tres aristas
  • De cuatro aristas

En cuanto a la parte incisa, los diferentes tipos serían:

·         Pico curvado de doble filo
·         Pico curvado de un filo
·         Pico curvado prismático
·         Hacha

Finalmente, según los tipo de moharras superiores:

  • Moharra de doble filo
  • Pica prismática
  • Estoque retráctil
Se podría añadir un tipo más, que serían las cabezas de armas digamos, “de diseño”, con formas al gusto del propietario, como puños, manos empuñando  una daga, etc. Las diferentes morfologías de cada parte podían combinarse entre sí, dando lugar, como es lógico, a infinidad de piezas diferentes.
Curiosamente, con este arma es con la única que hay cierta confusión en cuanto a su terminología, y no solo aquí, sino en otros idiomas. En todas partes, una espada, una maza o un escudo reciben el mismo nombre, variantes locales aparte. Sin embargo, en español se denominan con el mismo nombre lo que en otros países son consideradas armas distintas. En Inglaterra, por ejemplo, llaman war hammer (martillo de guerra) al martillo de mango corto, en lo que coincidimos.  Pero la versión de mango largo es tratada como un arma diferente, la poleaxe o hacha enastada, que en España es llamada también martillo de guerra. Sin embargo, los ingleses también incluyen entre las poleaxe lo que los franceses llaman bec de corbin (pico de grajo) y nosotros, simplemente, pico.
Al no haber pues una denominación específica para cada tipo de martillo en función de su longitud o el tipo de cabeza de guerra, he optado por meterlos a todos en el mismo grupo si bien cada uno dentro de un subgrupo diferente ya que eran armas con características peculiares. No podemos denominar a un martillo de mango largo “hacha enastada” porque nunca se ha llamado así, por lo que tendremos tres subgrupos dentro de la misma arma: el martillo de armas, el martillo de mango largo y el pico.

 

 



Martillo de armas

El primer ejemplo que tomamos es lo que en España se denominaba como pico de halcón,  más ligero y pequeño que los habituales y dotado de un largo y aguzadísimo pico curvado de forma prismatica, ideal para perforar placas de armadura.
Como se ve, toda el arma, mango incluido, estaba fabricada de acero. La empuñadura tiene un pequeño varaescudo para proteger la mano, así como un estriado que, además de resultar decorativo, servía para favorecer el agarre. En éste caso, no lleva moharra, y la parte contundente es de cuatro aristas.
Parece ser que el origen de esta variante tuvo lugar en Francia en el siglo XIII, procedente de una simple herramienta de minería.






En la lámina de la derecha tenemos otra variante. En éste caso, el pico tiene forma de cuchilla con el filo hacia arriba, a fin a cortar con más facilidad la malla o el yelmo cuando penetrase. En el otro lado, un cabeza con tres aristas para aunar la contundencia con la posibilidad de provocar heridas abiertas en el adversario, o traumas óseos de gravedad al impactar contra la cabeza o la cara.
Al igual que el anterior, toda el arma está fabricada en acero, de una sola pieza. La empuñadura se ha fabricado con cachas de madera unidas mediante remaches.












El de la lámina izquierda es de factura similar al anterior, pero con una pequeña moharra en el extremo, muy adecuada para herir por los huecos vulnerables de las armaduras o el visor de un yelmo. Este martillo, más burdo que el de la lámina anterior, lleva un mango de madera con tiras de cuero en la empuñadura para evitar que resbale por la sangre. La cabeza va fijada al mango por dos pletinas remachadas.
        


 

 

 

 

 

 

Martillo de mango largo

Este tipo de armas proliferó muchísimo  para combatir a pié. El modelo de la lámina de la derecha cuenta con un hacha, un martillo de cabeza cuadrangular dentada en su lado opuesto y una aguzada moharra de sección prismática. Enastada sobre un mango de sección cuadrangular, la cabeza va fijada por dos  pletinas y como refuerzo lleva otras dos  embutidas en el mango para, como explicamos anteriormente, reforzarlo y protegerlo contra posibles cortes. El asta va rematada por una contera puntiaguda.
El martillo de mango largo no solo fue usado en combate, sino también en justas y torneos, desarrollándose para éste arma una compleja esgrima que la convertían en un instrumento temible en manos de un hombre de armas bien entrenado. Su longitud iba desde los 150 a los 200 cms. aproximadamente, sin que hubiera un baremo fijo al respecto, ya que cada usuario adaptaba este parámetro en función de su estatura, fuerza física, etc. A pesar de su apariencia, no eran armas excesivamente pesadas, y más si considerados que estaban destinadas a ser usadas con dos manos. El peso oscilaba entre los 2 y 3 Kg., dependiendo siempre del tipo de cabeza de armas y la longitud del mango.

 

Los picos

Según el Glosario de Voces de Armería  (Madrid, 1898) de Enrique Leguina, en la entrada correspondiente al martillo de armas  dice que “había unos, llamados picos, que se componían de una maza de hierro, de sección cuadrada, que terminaba en un pico y tenía a cada lado una punta fuerte y saliente. Medía el mango de tres a cuatro pies ( entre 84 y 112 cm. según la longitud del pie castellano de la época) y como remate llevaba una hoja, a modo de hierro de chuzo”. Así pues, el pico era un martillo de armas dotado de un mango largo, muy utilizado entre los siglos XIV y XVI para combatir a pie tanto por la infantería como por hombres de armas o caballeros desmontados.
El pico, al igual que el martillo de armas, reunía tres armas en una: maza, pica y un aguzado pico que le daba nombre y con el que, usando el arma a dos manos gracias a su larga asta,  se podía perforar un yelmo o un peto, o bien descabalgar a un jinete, como si de una bisarma o una alabarda se tratase, pero con la contrapartida de que el pico era más manejable y menos pesado que las anteriores. Algunos, tal como vemos en la lámina de la izquierda, iban dotados de un varaescudo en el mango a fin de proteger la mano o detener golpes que resbalasen hacia abajo por el mismo. Su cabeza de armas se compone de una cabeza de tres aristas, el pico, y una moharra prismática. El mango va dotado de contera.
Una variante que alcanzó bastante difusión en Europa fue el martillo de Lucerna, en referencia a la ciudad suiza donde fue creado. Era un pico como el que se muestra en la ilustración, pero con la parte contundente sustituida por un gancho bífido. La moharra solía ser una larguísima y delgada pica prismática, muy adecuada para introducirla por las rendijas de los visores de almetes y borgoñotas. Eran más ligeros que los martillos normales.
También se fabricaron martillos con una larga hoja de estoque retráctil, a manera de las actuales navajas automáticas. En éste caso no funcionaban por un resorte, sino por gravedad. Así, agitando con fuerza el arma, de su extremo salía una larga hoja que la convertían en una lanza. Obviamente, el mango era metálico para dar  cabida a dicha hoja. Una vez fuera, ésta quedaba bloqueada por un resorte. Cabe suponer que se crearon con el fin de sorprender al enemigo que, pensando que se enfrentaba contra un adversario armado con un martillo, de repente éste se convertía en una larga y aguzada lanza, viéndose sorprendido y dando con ello una ventaja a su contrincante.
En la ilustración inferior vemos a dos hombres de armas combatiendo con martillos de mango largo. La imagen corresponde a la obra de Filipo Vadi "Liber de Arte Gladiatoria Dimicandi" (c.1482-1487), un tratado de esgrima para armas de todo tipo e incluso de defensa personal, ilustrando incluso como defenderse estando desarmado. Curiosamente, las llaves y fintas que aparecen en las ilustraciones de la obra se asemejan mucho a las que actualmente se enseñan en las escuelas de defensa personal.


Bueno, creo que con todo lo dicho queda más que claro el tema de los martillos de guerra. El que quiera saber algo más, que pregunte. He dicho.

Post scriptum: Ahí pongo el enlace al blog de un seguidor y buen amigo de Méjico (o Mexico, que viene a ser la misma cosa) que, haciendo un alarde de destreza, se ha fabricado una de estas piezas chulísima de la muerte con dos cachos de hierro, lo que demuestra que, con ingenio y voluntad, se logran virguerías. Dixit est.