miércoles, 5 de octubre de 2011

Las torres del litoral



A partir de la segunda mitad del siglo XVI, la presencia de piratas berberiscos suponía una constante amenaza que se cernía sobre las costas del litoral mediterráneo, y que se extendía hasta el Algarbe. Eran constantes los desembarcos de moros (de ahí viene lo de hay moros en la costa) que se dedicaban a saquear a diestro y siniestro, así como a capturar a los vecinos de las poblaciones que caían en sus garras a fin de pedir rescate por ellos. Y que nadie crea que era un barco el que llevaba a cabo la rapiña, sino que se juntaban varias decenas e incluso más de un centenar de ellos. Como se ve, no era ninguna tontería.


A ello había que añadir el temor a una hipotética invasión procedente del norte de África, que al parecer aún andaban con ganas de recuperar lo que habían perdido unos años antes. Aunque ya en tiempos del emperador Carlos se empezó a estudiar seriamente este tema, e incluso se construyó alguna que otra torre, no fue hasta el reinado de Felipe II cuando se iniciaron en estudios y proyectos para fortificar el extensísimo litoral español. Pero no fue cosa baladí semejante empresa, y llevó muchos años el poder decir que, casi en su totalidad, se había culminado. Vamos a estudiar de forma somera esta historia antes de pasar a la morfología de estos edificios...

De entrada, había que tener claro en base a qué concepto se construirían toda la red de torres necesarias. El Consejo de Guerra que asesoraba al monarca, a su vez siguiendo las directrices de afamados ingenieros militares, muchos de ellos italianos, planteaba dos opciones, a saber:

1: Torre fuertemente artilladas con fines claramente disuasorios, apoyadas por fortificaciones costeras o situadas en poblaciones del litoral y que ya existían de antes.
2: Torres de vigía, destinada simplemente a dar aviso de peligro mediante fuegos o ahumadas a las poblaciones cercanas.


Aunque parezca algo básico, no era nada fácil llegar a una conclusión definitiva. Por un lado, estaba el elevado coste que conllevaba tanta construcción. Por otro, las dificultades añadidas a la hora de cimentarlas en arenales de poca  consistencia. Y por otro, el eterno dilema antes mencionado, con infinidad de proyectos aportados al Consejo de Guerra, ideas contradictorias y un largo et cétera de inconvenientes que, unidos a la proverbial prudencia del segundo Felipe, hacía que la cosa se alargase de forma preocupante. Finalmente, se optó por una solución intermedia: construir torres ordinarias, cuya misión era simplemente avistar el peligro y poner sobre aviso a las torres y poblaciones cercanas, y torres buenas que, aparte de ser más grandes, debían disponer de artillería. En realidad, artillar una torre no tenía mucho sentido tanto en cuanto sus bocas de fuego, pocas (a veces solo una) y de reducido calibre, no podían ejercer una disuasión eficaz, y más contra una flota de varias decenas de naves corsarias. Si acaso, solo las situadas en calas muy proclives a desembarcos o estuarios de ríos podían hacer algo medianamente útil  disparando metralla o polladas contra los atacantes.

En cuanto al gasto, las que se construirían en tierras de realengo serían costeadas íntegramente por la corona, mientras que las ubicadas en territorios de las grandes casas nobiliarias serían pagadas entre estos y el vecindario, o bien a medias entre la corona y el noble de turno si la edificación de la torre suponía influía en tierras de realengo. Este es un dato muy importante a la hora de saber quién fue el constructor a la hora de visitar una de ellas, ya que las construidas por la corona se llevaron a cabo siguiendo unos patrones dictados por los ingenieros militares al servicio del rey, mientras que las otras se edificaron siguiendo las instrucciones del noble de turno y los alarifes a su servicio. Aparte estarían las atalayas construidas por los andalusíes antes de la toma de Granada, en cuyo litoral había unas quince que solo precisaban de reparaciones.


Esta campaña constructiva duró hasta tiempos de Felipe III y, una vez alejado para siempre el espectro de la piratería, fueron destinadas a torres de jábega (función que muchas ya hicieron mientras no ejercían las labores de vigilancia a las que originalmente estaban destinadas) y, finalmente, hacia mediados del siglo XIX, como puestos de carabineros para vigilar el contrabando o como faros, función esta que aún cumplen algunas. Sin embargo, muchas de ellas han desaparecido. La enorme erosión producida por la cercanía del mar ha dado buena cuenta de ellas. Sin embargo, otras muchas aún perduran en mejor o peor estado, así que bien merecen una visita. Sus ubicaciones suelen ser en los extensos arenales tan frecuentes en el litoral español, así como en la cima de peñas junto al mar, desde donde se tenía un campo de visión inmenso.

Bueno, esa es a grosso modo la historia de las torres de marina, que es como las denominaban en su época, así que vamos a ver algunas de las tipologías más frecuentes...


Ahí tenemos una de ellas. Se trata de una torre de planta troncocónica, basada sobre una zapata en talud que haría de rebotadero y que, además, le daría más solidez a la cimentación, hecha en muchos casos sobre arena. La entrada, por norma, está siempre a varios metros sobre el suelo y mirando hacia tierra. Para llegar a la puerta se usaban escalas de cuerda por lo general, que eran retiradas por los torreros una vez dentro. El interior es de un funcional que raya en lo espartano: una simple cámara sin una sola entrada de luz. Para llegar a la azotea, dispone de una escalera de caracol embutida en el muro que llega hasta una garita. En dicha azotea, un parapeto a barbeta permitiría artillar la torre con una sola pieza. Estas, generalmente, eran falconetes, armas que poca cosa podían contra un navío de cierto porte. Finalmente, observar unos desagües que impedirían la acumulación de agua de lluvia en la azotea. En algunas se instaló un pequeño matacán sobre la puerta, como se ve en la foto de cabecera.

En cuanto a la fábrica, a pesar de que en su momento hubo bastante polémica al respecto, se decidió que fueran de mampuesto calicantado, ya que no se consideró el tapial como lo suficientemente resistente. Se alegó que su estructura no soportaría el peso de las piezas de artillería, y que con simples picos se podía derribar en poco tiempo. El mampuesto se cubría con un enlucido de cal y arena para mejor conservación del edificio.


Esa otra es de una traza similar, pero en su interior cuenta con dos plantas. Estas están separadas por un entresuelo de madera. Su planta es también troncocónica, y su apariencia exterior es muy similar a la que hemos visto más arriba. En algunos casos, la base era hueca a fin de disponer de un aljibe en la torre. Cabe suponer que esto se llevaba a cabo cuando estaba ubicada en lugares donde no hubiese en las cercanías ninguna fuente de agua potable, o excesivamente alejadas de alguna población o lugar donde proveerse con regularidad. El acceso a la planta superior, así como a la azotea, se lleva a cabo mediante escalas de madera, que podían retirarse a medida que se iba subiendo para aislarse aún más en caso de ataque. La guarnición de este tipo de torre era de cuatro hombres y un artillero, caso de disponer de una boca de fuego para su defensa.


Finalmente, ahí tenemos otro tipo, en este caso de planta cuadrangular. Aunque la que muestro es un prisma regular, también se pueden ver con forma de pirámide truncada. La fábrica es similar a las anteriores, si bien esta tiene sillería esquinera, ya que por su forma se lo puede permitir. Cuenta con una sola cámara desde donde se sube a la azotea mediante una escala. El parapeto, en este caso, está almenado con dos cañoneras por flanco. Eso no quiere decir que la torre dispusiera de ocho bocas de fuego, sino que disponía de ocho troneras para emplazar su, probablemente, única pieza. Según los cánones establecidos por el Consejo de Guerra, las torres ordinarias debían tener una altura de 60 pies (16,80 metros), mientras que las buenas debían alcanzar los 70 (19,60 metros). Obviamente, las construidas por señores y concejos tenían la altura que estimaban oportuno, sin tener que ceñirse a los baremos dados por la corona. Así mismo, la morfología de estas torres variará en función de la zona, ya que, en su día, los proyectos que se llevaron a cabo no atañían a todo el litoral, sino que estaban divididos por zonas: Andalucía, que comprendía desde Ayamonte a Gibraltar, reinos de Granada, de Murcia, de Valencia, etc.  

Concluir esta entrada comentando un par de datos curiosos. Uno de ellos es que había cierta prevención a la hora de hacer fuegos de aviso, ya que ello servía también como referencia a las flotas de piratas que pululaban por los mares. Obviamente, el fuego delataba la posición de la torre a muchos kilómetros de distancia, así que en muchos casos se optaba simplemente por salir a dar aviso a las poblaciones cercanas, pero sin encender fuego.
Por otro lado, era tal el miedo que inspiraban estas razzias que muchas de las poblaciones costeras estaban literalmente despobladas. De hecho, había comarcas en las que no se veía un alma viviente hasta más de 20 ó 25 km. hacia el interior, ya que los piratas no solían adentrarse tanto en busca de qué rapiñar.

En definitiva, no se puede decir que el enorme gasto que supuso la construcción de estas torres fuera determinante a la hora de alejar la amenaza de las costas. Cumplieron su misión como pudieron, ya que una simple torre no daba mucho de sí aparte de dar la alarma. Fue el poderío de la Armada española la que verdaderamente puso término a la infección que asolaba nuestro litoral, acosando sin descanso a las naves berberiscas.

Bueno, supongo que con esto queda claro el tema, ¿no?

Hale, he dicho...


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