jueves, 15 de enero de 2015

Tópicos vikingos 1ª parte



Estos ciudadanos tan rubios han sido quizás uno de los pueblos sobre los que más tópicos se han creado a lo largo de la historia. Su fama de feroces y desalmados saqueadores, aumentada en tiempos modernos a la hora de presentarlos como una especie de horda desarrapada, cubiertos de pieles, con sus rubicundas jetas pobladas por unas frondosas barbas y dedicados en exclusiva al latrocinio y la violación, han dado pie a dar por sentado que los vikingos eran meras tribus sin organización social alguna, vestidos con harapos y que estaban borrachos a todas horas.

Cartel publicitario de la serie "Vikingos"
Hace poco se emitió una miniserie televisiva que, por una vez y esperemos que sirva de precedente, han optado por guiarse por la realidad en vez de por los tópicos típicos de energúmenos con cascos provistos de cuernos y con un vigor sexual y unos hígados envidiables, que no paran de emborracharse y violar hasta a sus suegras a todas horas. En honor a la verdad, la serie en cuestión estaba bastante bien ambientada y que dejaba ver que, en efecto, su sistema social era muy diferente a lo que hasta ahora se solía presentar. Así pues, esta entrada estará dedicada a desmontar los tópicos más habituales, recordando a vuecedes que, en su día, ya se publicó otra acerca del extendido camelo de los cascos cornudos y que pueden leer aquí. Del mismo modo, también se estudiaron en su momento los escudos vikingos, así como sus famosas espadas. Merece la pena echarles un vistazo porque ayudarán a complementar toda esta historia. Veamos pues...

Ruinas del monasterio de Lindisfarne, fundado por
San Aidan en 635
"¡Qué vienen los vikingos!", gritaban aterrados los habitantes de las poblaciones costeras de Inglaterra, Francia o la Península Ibérica allá por los siglos VIII al XI. Pero no, nadie advertía nada acerca de los vikingos, ni narraba a sus nietos como el pueblo había sido saqueado por los vikingos. De hecho, nadie los llamaba vikingos. La primera vez que aparecen en escena estos belicosos sujetos fue, según la Crónica Anglo-sajona, en el año 789, cuando tres barcos se presentaron en algún punto de la costa nordeste de la isla de los anglos seguramente en plan avanzadilla porque, apenas cuatro años después, en junio de 793, una nueva incursión, esta más nutrida, se presentó de visita en el monasterio de Lindisfarne. Este beaterio, emplazado en una isla frente a la costa de Northumerland, fue saqueado tan a conciencia y con tan mala leche que los atribulados habitantes de la zona dejaron muy claro que "nunca antes se había padecido semejante horror en Bretaña como el que sufrimos nosotros a manos de esa raza de paganos". Y es que de esa forma eran denominados por lo general: paganos. Y es que ciertamente lo eran ya que el cristianismo aún no había llegado a las tierras del norte de Europa.

Guardias varangios o varegos
Así pues, mientras los anglo-sajones los llamaban paganos, daneses u hombres del norte, los francos los denominaban nordmanni - hombres del norte o normandos - y los pueblos germanos ascomanni, palabro que vendría a significar hombres de fresno en referencia a la madera con que fabricaban sus elegantes y veloces naves. Los moros andalusíes, siempre tan dados a mezclarlo todo con la religión, les daban el nombre de brujos paganos. Los bizantinos - sí, llegaron allí pero mediante migraciones terrestres a través de Rusia, Ucrania, etc. - les decían rhos (rojo en griego) por su apariencia rubicunda, o varangoi, adjetivo que señalaba a los que juraban lealtad a otro señor como era el caso de los guardias varangios al servicio del basileus y procedentes de dicha migración de vikingos por tierra, no por mar. En definitiva, el término vikingo solo lo usaban los propios vikingos, y su etimología no está clara si bien muchos estudiosos se inclinan porque procede del término vik, que vendría a significar bahía o ensenada, siendo vikingo un pirata o salteador que se oculta en dichas ensenadas o fiordos para cometer sus fechorías.

Vikingo convencional, sin
cuernos ni chorradas
Esos vikingos cubiertos de pieles que les daban una apariencia de osos no eran diferentes a los habitantes de los pueblos donde el frío invernal obligaba a abrigarse para no quedarse tieso como una estaca. Pero cuestiones peleteras aparte, los vikingos se vestían como cualquier otro pueblo europeo de origen germánico. Cubrían su cuerpo con una túnica corta que les llegaba hasta las rodillas y en las piernas se ponían unos pantalones. Si hacía frío, añadían unos borceguíes de piel sujetos con tiras también de piel. Las mujeres vestían túnicas sin mangas o con mangas cortas recubiertas por una especie de dalmática que cubría la parte delantera y trasera del cuerpo. Mientras que las solteras llevaban el pelo suelto, las casadas se lo cubrían con una toca, costumbre esta extendida por toda Europa hasta hace relativamente poco tiempo. Al parecer, los adornos o joyas que usaban denotaban la riqueza de sus maridos, pudiendo estar fabricadas con hierro, cobre, plata u oro en función del poder adquisitivo de sus respectivos maromos. Además, eran una sociedad matriarcal en la que la mujer tenía más derechos que en otras partes del mundo occidental, pudiendo incluso divorciarse si le daba la gana para lo cual solo tenía que enviar un mensaje con dos testigos a su maridito informándole que se fuera a hacer puñetas por haberle puesto los cuernos con la bella Ingrid, el pendón más conocido de la comarca. Ah, y ya tenían fama de mujeres hermosas, como en la España de los años 60 en que las suecas encandilaban al personal. Al-Tartusi, un cronista árabe del siglo X, señalaba que resultaban muy atractivas a la vista. 

Hirdman armado con el
armamento habitual: espada
y franciska. A eso habría que
añadir la lanza
En cuanto a su armamento, aparte de los consabidos pellejos de oso que según los tópicos no se quitaban ni para ducharse, era exactamente el mismo que en los demás países europeos. En la entrada sobre los cascos vikingos habrán visto vuecedes las variantes propias de ellos, pero al cabo eran los yelmos cónicos usados en todas partes. Como armamento defensivo, además del escudo usaban lorigas y perpuntes como podía usarlos un franco, un sajón o un leonés. De hecho, tenían una organización militar bastante aceptable, muy alejada de esa visión de horda dirigida a duras penas por un líder o caudillo que tenía que matar todos los días a varios de sus hombres para mantener la autoridad. La realidad era diferente: los reyes o los jarl - estos eran un equivalente a los condes occidentales y, del mismo modo, de donde proviene la palabra que los designa en inglés, earl - tenían un pequeño ejército profesional denominado hird. El hird lo formaban hirdmen o thingmen, criados a sueldo que constituían una especie de guardia personal o séquito permanente. Ojo, en este caso el término criado no debe tomarse como sirviente, sino bajo la acepción de antaño: persona que se cría en tu casa y con la que tienes ciertos lazos de parentesco que favorecen la fidelidad a su caudillo al cual juran lealtad. 

Huscarle con su arma caracte-
rística: el hacha danesa
Para hacernos una idea de su organización, en 885 el rey Harald ordenó que cada conde o jarl debía mantener un hird de 60 hombres. Aparte de dicho séquito, debía tener bajo su mando a cuatro hersir, unos jefes de milicias locales con 20 hombres a su mando. De ese modo, mantenían un eficaz sistema de milicia profesional que podía en cualquier momento hacer frente a una amenaza repentina, cosa que no hacían los anglo-sajones, francos y demás pueblos del sur de Europa y, precisamente por eso, las incursiones vikingas les pillaban sin medios para hacerles frente con rapidez. Así, lo fulgurante de sus acciones les permitían saquear a destajo y largarse antes de que los atribulados pobladores recién esquilmados pudieran juntar gente para afrentarles. Los monarcas, tanto en cuanto eran los mandamases supremos, mantenían un séquito más numeroso por razones obvias: Olaf II tenía a inicios del siglo XI un hird nutrido por 12o hirdmen, a los que se sumaban 30 huscarles y 30 gestrs (arqueros), a los que también se solían añadir piratas y mercenarios cuando eran precisos más hombres a la hora de llevar a cabo sus enojosas visitas a tierras ajenas. En caso de ser ellos los invadidos, los campesinos y los propietarios de las tierras tenían la obligación de sumarse a la defensa y de colaborar en la construcción de fortificaciones. Si la necesidad de hombres era perentoria, se podía incluso recurrir a los esclavos. 

Bueno, como ya es la hora de llenar el buche y eso no lo perdono, vale por hoy. Ya seguiremos.

Hale, he dicho...


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