domingo, 7 de agosto de 2016

Asesinatos. Enrique III de Francia


Enrique III con veintitantos años. Curiosamente,
su aspecto es el de un hombre mayor debido a las
grandes entradas y las abundantes canas en la barba
Sí, otro gabacho coronado enviado al hoyo antes de tiempo a pesar de que, como ya he dicho más de una vez, matar monarcas es una cosa poco recomendable, y más en una época en que las figuras del estado y el rey se fundían en una sola, lo que suponía dejar huérfano al estado si el rey palmaba de forma repentina. Los anti-monárquicos dirán que habría que haberlos cesado a todos, pero es evidente que no se paran a pensar dos cosas, a saber: una, que aquellos tiempos no son estos. Y dos, que un regicidio no solo suponía mandar a un sujeto anticipadamente a la fosa, sino que conllevaba unas graves perspectivas de cara a la estabilidad de la nación si el regio deceso se debía a un complot en vez de a un atracón de capones en escabeche. Ya saben a lo que me refiero... luchas intestinas por el poder, bandos enfrentados y, lo que era peor, riesgo de ser invadidos por los reinos vecinos, deseosos de aprovechar un momento de debilidad para hacerles la puñeta.

En el caso de Enrique III, afortunadamente para sus súbditos, no supuso un gran descalabro para la cosa pública, la verdad, y eso que Francia llevaba ya más años de la cuenta sumida en una guerra de religión cuyos eventos más sonados fueron la matanza de la noche de San Bartolomé y el asesinato del líder de los protestantes, el controvertido almirante Gaspar de Coligny, crimen este del que ya se habló detenidamente en su momento. Del mismo modo, también nos detuvimos a estudiar el escabechamiento de uno de los más enconados enemigos de Coligny, el desmedido duque de Guisa el cual, poseído de un celo religioso que iba más allá del reclinatorio y el confesionario, lideró con especial denuedo la Liga Católica para acabar con la preocupante expansión de los hugonotes en Francia. Eso le supuso verse convertido en enemigo de Enrique III, cuya ambigüedad religiosa y su permisividad con la nueva religión era considerada como impropia de un monarca francés, titulados como cristianísimas majestades por el mismo papa de Roma por su defensa secular de la fe católica y tal.

El duque D'Épernon, el más influyente
personaje de la corte de Enrique III.
Años más tarde también tuvo que vivir
en primera persona el asesinato de su
sucesor, Enrique IV
Enrique III era un sujeto un tanto peculiar, hasta el extremo de que hoy día los historiadores no acaban de ponerse de acuerdo en lo referente a su personalidad, excesivamente proclive a despreocuparse del gobierno en favor de los placeres mundanos. Mientras unos lo tachaban de ser un homosexual frívolo y afeminado que solo se preocupaba de dar satisfacción a sus vicios y depravaciones, otros afirmaban que tales afirmaciones eran solo bulos propalados por los católicos, y que en realidad era muy machote él, y que tenía mogollón de amantes. Amantes mujeres, se entiende. Sea como fuere, lo que sí se sabe con certeza es que este monarca era muy aficionado a maquillarse la jeta con polvos y afeites, puso de moda colgarse un pendiente de la oreja y, sobre todo, se pirraba por los encajes y las golas almidonadas. De hecho, convirtió a sus mignons (favoritos) en una corte de amiguetes muy peculiares por ser extremadamente afeminados y aficionados en grado sumo a travestirse incluso en público sin cortase un pelo. Obviamente, esto fue motivo sobrado para que los hugonotes, muy puritanos ellos, tacharan a estos nefandos acompañantes del rey como sodomitas redomados y, por ende, el rey que no solo los toleraba, sino que incluso los favorecía de forma descarada. Y como ya podemos imaginar, los católicos tampoco estaban precisamente muy conformes con la sempiterna presencia de estos sujetos junto al rey.

Enrique III con sus algunos de sus mignons
¿Que quiénes eran los mignons? Pues los gentilhombres de cámara del rey, un grupo de veinticinco nobles muy cercanos a la persona del soberano creado por Carlos VII y para los que era el más excelso de los honores arrimarle el orinal, limpiarle el culete o, en el paroxismo supremo de las mercedes, dormir a los pies del catre regio. Enrique III se tomó con bastante interés esto de los mignons, aumentando su número hasta los cuarenta y cinco o, como les llamaban en el reino vecino, les quarante-cinq. Si al carácter frívolo y casquivano y el aspecto escasamente viril de estos gentilhombres le sumamos que el término mignon significa lindo, bonito o encantador, ya vemos que las sospechas sobre la condición sexual del rey estaban plenamente justificadas. Su principal dedicación consistía en copiar a su señor en todo: forma de vestir, de adornarse, de caminar o de hablar. No se separan de él en todo el día, y se pasaban las horas haciéndole la pelota, riéndole las gracias o sumidos en acalorados debates acerca de si el pendiente orejero debía ser una perla o un boniato. En fin, que no tenían muchas preocupaciones que digamos.

Maugiron y Caylus, los feroces duelistas. Según podemos observar,
el primero ocultaba a medias su ojo averiado con el sombrerito que porta
sobre su empolvada testuz. Maugiron tenía 18 años cuando murió, y su rival
veinticuatro.
Obviamente, las apetencias sexuales de Enrique III eran en sí mismas irrelevantes, pero fueron motivo sobrado para tener como enemigos tanto a católicos como protestantes, a quienes eso de las desviaciones contranatura les preocupaban mucho al parecer. Uno de los más sonados escándalos tuvo lugar en abril de 1578, cuando dos de sus mignons se batieron en duelo por los favores del monarca. Fueron concretamente Luis de Maugiron, apodado El Bello Tuerto, y Jacques de Levis, conde de Caylus. Ambos se acuchillaron con tanto denuedo que dejaron el pellejo en el envite: Maugiron palmó allí mismo, mientras que Caylus entregó la cuchara un mes más tarde. Y aparte de reyertas por cuestiones amatorias, sus garbeos acompañado por sus mignons de cour y sus chuchos falderos levantaron ampollas en ambos bandos, así que podemos decir que su comportamiento, muy alejado del concepto que se tenía como propio de un rey, solo sirvió para ganarse enemigos a manta, y más cuando se supo que estuvo detrás del asesinato de Guisa. Con todo, estos gentilhombres ejercieron una gran influencia sobre el rey, especialmente Anne de Joyeuse, que alcanzó innúmeras prebendas tales como el Almirantazgo o la gobernanza de los ducados de Alençon o Normandía, y Jean-Louis de Nogaret, descendiente del siniestro guardasellos de Felipe IV y artífice de la caída del Temple. Este sujeto fue nombrado duque D'Epernon por el rey Enrique, y su influencia y su poder alcanzaron tal magnitud que recibió el mote de "Medio Rey". ¿Que por qué me detengo en dar tanto detalle de los mignons? Pues porque su relación con el monarca fue quizás una de las excusas más empleadas por la Liga para vituperar al monarca y hacerle ganar enemigos a troche y moche.

Enrique, duque de Guisa, líder principal de la Liga
Católica.  La marca en su mejilla izquierda
era una cicatriz producida por un pistoletazo
propinado por un reitre en la batalla de Dormans
Bien, la cuestión es que, independientemente de sus frivolidades y sus caprichitos, Enrique III estaba en un verdadero brete. Por un lado, la Liga Católica y el clero lo acosaban sin descanso. Los curas lo ponían a caldo en los sermones, y lo señalaban como un amigo de los herejes y un sodomita irredento. Por otro, Enrique de Borbón, su cuñado y futuro Enrique IV de Francia, era para él un enemigo imbatible gracias a su ejército nutrido por hugonotes deseosos de vengarse de la cruel matanza de San Bartolomé. Así pues, optó por aliarse con el navarro y unir sus tropas a las de su cuñado con el fin de poner bajo asedio París, corazón de la Liga y a quienes se propuso derrotar porque tenía claro que ni el clero ni los católicos estaban por perdonarle el asesinato de Guisa, y menos aún que se mostrase condescendiente con los protestantes que habían sido la causa de tantos conflictos. Eso fue la gota que colmó el vaso de los católicos, que se vieron traicionados por su rey y que, para más inri, se había entregado por entero a los malvados herejes. 

El dominio de Saint-Cloud tras ser adquirido por el duque de
Orleans, hermano de Luis XIV
A finales de julio de 1589, un cuantioso ejército de 42.000 hombres entre hugonotes y vasallos del rey avistó París. Enrique se alojó en Saint-Cloud, en la mansión de Jérôme de Gondi, conde de Retz, barón de Codun y un personaje muy allegado a la reina madre María de Médicis. Desde las ventanas del palacio de Saint-Cloud se avistaba París a poco más de tres kilómetros de distancia, y según las crónicas de la época todos sus acompañantes notaban en su rostro la sensación de que, por fin, iba a poder librarse de sus enemigos. Con jeta de satisfacción al saberse protegido por el navarro y el cuantioso ejército que les acompañaba, explicaba a sus allegados que París era el corazón de la Liga Católica, y que muy a su pesar iba a convertir en ruinas tan hermosa e importante ciudad. En definitiva, iba con las ideas de un miura picado de tábanos y dispuesto a tomarse cumplida venganza de todas las acusaciones, panfletos e injurias que habían lanzado contra él. Sin embargo, los hados no parecían estar por la labor de permitirle acabar su reinado en paz.

Supuesto retrato de Clément
El jueves 1 de agosto, uno de sus mignons le anunció la llegada de un fraile dominico mientras que el monarca se dedicaba a la gratificante tarea matinal de dar de vientre en un excusado. Conviene aclarar que, ya en aquella época, los reyes de Francia no tenían el más mínimo inconveniente en recibir al personal sentados en su trono, entiéndase poltrona con un orificio en el asiento bajo el cual se colocaba un orinal. Eran las ocho de la mañana cuando Roger de Saint-Lary, primer gentilhombre de cámara, hizo saber a Enrique III que un tal Jaques Clément y el procurador general de París solicitaban ser recibidos con la máxima urgencia. Este fraile era miembro de la Liga, y anteriormente había sido por lo visto militar. A su fanatismo religioso había que sumar su carácter pendenciero y bravo, propio de un soldado de oficio. De ahí que sus compañeros de la Liga lo llamasen "Capitán Clément" cuando se le calentaba la boca y se ponía hecho una fiera, despotricando contra los herejes y deseando mil muertes al rey, al que deseaba en peor de los infiernos, a Enrique de Navarra y, en fin, a todo aquel que no fuera un católico como Dios manda. De hecho, incluso aseguraba a todo el que quisiera escucharlo que había tenido una visión en la que un ángel le había ordenado acabar "con el tirano de Francia", por lo que a cambio recibiría el martirio y, naturalmente, la gloria eterna. ¿Por qué será que todos los chalados que les da por matar gente oyen voces o alegan que Dios o un emisario suyo se lo había ordenado?

El alevoso dominico hinca su puñal en la barriga regia
En fin, Enrique accedió a recibir al fraile aduciendo que, si se negaba, éste volvería a París echando pestes de su persona, y asegurando que no se había dignado recibirlo por ser un religioso católico. Así pues, Saint-Lary franqueó el paso a Clément, el cual se acercó al monarca haciéndole una profunda reverencia mientras le tendía unos supuestos despachos del conde de Brienne. Así mismo, le informó que debía hablarle sobre una serie de asuntos de extrema importancia, pero que debía hacerlo en privado. Enrique, que obviamente no sospechaba nada, ordenó a los presentes que salieran del aposento mientras se levantaba del trono cubierto solo por una bata. En el momento en que ambos se quedaron solos, el rey abrió los despachos y se puso a leerlos, momento que aprovechó el fraile para sacar de una manga del hábito un cuchillo y hundírselo en el vientre, justo debajo del ombligo, lugar donde el arma quedó trabada.

Enrique, perplejo, lo extrajo no sin dificultad de su barriga totalmente abrumado por el dolor. Con todo, aún tuvo energías para endilgarle al dominico un puntazo con su propia arma en la ceja izquierda mientras gritaba:

-¡Ah, malvado monje ! ¡Me has matado!- aullaba bastante cabreado, aunque con toda la razón del mundo- ¡Matadlo! ¡Matadlo!- ordenó a su gente cuando estos abrieron la puerta del aposento y se quedaron de piedra la ver la escena.

Los mignons que esperaban en la antecámara entraron como una tromba en el aposento espadas y puñales en mano. Clément, muy en su papel de mártir por la fe, se puso contra una pared con los brazos en cruz en un burdo remedo de Cristo. Obviamente, los quarante-cinq no privaron al dominico de sus aspiraciones a alcanzar la palma del martirio y lo acuchillaron a su sabor. Así vemos como estos polémicos personajes no dudaron en abalanzarse como fieras sobre el enemigo de su rey y señor al que tanto veneraban, y que a pesar de su fama de afeminados no vacilaron en dar sañuda muerte al alevoso dominico.

Los mignons entran en la alcoba del rey. Mientras que unos
acuden en su ayuda, otros acuchillan a mansalva al fraile
Tras el breve pero nefasto altercado, la herida parecía en principio que no era en modo alguno mortal. Con todo, enviaron a un emisario a informar del suceso al navarro, que se encontraba en la Pré-aux-Clercs. Dicho emisario le habló al oído para dar cuenta al Borbón de lo ocurrido ya que no era nada conveniente que se extendiera la grave noticia. Nada más tener conocimiento de la misma partió con una escolta de 120 hombres hacia Saint-Cloud. Cuando el navarro entró en el aposento donde se encontraba el rey, éste se dirigió a los presentes ordenándoles que juraran allí mismo que acatarían al rey de Navarra (ojo, rey nominal ya que Navarra pertenecía a España hacía años) como rey de Francia en caso de que él muriera. Conviene aclarar que el hermano menor de Enrique III, Francisco, duque de Anjou, había otorgado testamento declarando al Borbón heredero suyo en caso de que muriera sin hijos, como así sucedió ya que ni siquiera llegó a reinar mientras que, por otro lado, el rey francés tampoco había tenido descendencia. O sea, que aquel nefasto suceso supuso el fin de los Valois y el advenimiento de la Casa de Borbón.

Grabado de Franz Hogenberg que muestra de forma un tanto
teatral la entrega de la corona de Francia a Enrique de
Navarra tras el atentado.
Así pues, todos juraron acatar la voluntad regia mientras que varios correos salían a toda leche a comunicar lo ocurrido a las ciudades, nobles y embajadores que debían tener conocimiento del hecho, así como que el alevoso dominico no había logrado su objetivo ya que, con muy buen sentido, el mismo Enrique estaba convencido de que los de la Liga ya estarían proclamando a los cuatro vientos su muerte. Tras dejar al monarca en su piltra rodeado de matasanos, el navarro se marchó a su acuartelamiento en la pequeña población de Meudon, situada a unos 4 kilómetros al sureste de Saint-Cloud, y separada de París solo por el Sena.  Pero a lo largo de la tarde, la herida empeoró, seguramente como consecuencia de una peritonitis provocada por una perforación intestinal. Para hacernos una idea de lo fulminante de sus efectos, la peritonitis era vulgarmente conocida en España como "cólico miserere" debido a que, si se declaraba, ya podía uno encomendarse a la misericordia de Dios, porque de palmarla no lo libraba nadie. En este caso en concreto, parece ser que el monarca sufrió una evisceración, la cual fue subsanada volviéndole a introducir los intestinos por la herida que a continuación fue suturada. Pero la punta del cuchillo debió perforar en alguna parte del paquete intestinal, produciendo a las pocas horas su mortífero efecto.

Los guardias escoceses rinden pleitesía al nuevo rey
Ya en plena noche se presentó en Meudon un correo de parte del señor d'Orthoman en el que se exhortaba al navarro a partir de inmediato hacia Saint-Cloud si quería volver a ver vivo a Enrique, cuyo estado había empeorado a una velocidad inquietante y, además, se debatía entre terribles dolores producidos precisamente por la peritonitis. Pero cuando llegó a destino ya era tarde, porque Enrique III había fallecido entre las dos y las tres de la mañana de aquel viernes, 2 de agosto de 1589 cuando aún le faltaba algo más de mes y medio para cumplir los 38 años. Cuando el nuevo monarca entró en el palacio de Saint-Cloud, los primeros en rendirle pleitesía fueron los guardias escoceses, una unidad mercenaria de élite creada en 1418 por Carlos VII bajo el título de Garde Écossaise con la misión de velar por la seguridad de los reyes de Francia. Al ver al ya Enrique IV se postraron diciéndole: "Señor, vos sois ahora nuestro rey y nuestro dueño". Con todo, los gabachos aún persistieron en su irritante costumbre de aliñar monarcas ya que el navarro también fue derrocado de forma expeditiva, como ya se vio en su día.

El cuerpo de Clément es descuartizado conforme a las normas
a pesar de que estaba más muerto que Carracuca
En cuanto al fanático Capitán Clément, a pesar de haber sido "martirizado" in situ sin más demora por los encantadores acompañantes del difunto rey, no por ello se libró de que su envoltura carnal pasara por el trámite judicial destinado a los regicidas. Su cuerpo fue desmembrado por cuatro caballos de la misma forma que 20 años más tarde lo fue el de François de Ravaillac, el asesino de Enrique IV si bien este no tuvo la suerte de haber muerto antes de pasar por semejante trance. Tras el pseudo-suplicio su cuerpo fue quemado y sus cenizas vertidas en el Sena para privar a los miembros de la Liga Católica de una osamenta de la que extraer reliquias ya que la Iglesia consideró a Clément como un santo, hasta el extremo de que el papa Sixto V llegó a plantearse canonizar al desaforado fraile. 

En fin, así acabó el último de los Valois, cuyos tres últimos retoños, Carlos, Enrique y Francisco no pudieron dejar su semilla en el mundo. Pero, como ya proclamaba hace unos pocos días, nada es eterno salvo las malditas hipotecas, amén.

Hale, he dicho


Traslado del cadáver del rey Enrique III desde Saint-Cloud. El grabado muestra la etapa entre el palacio de los Gondi y
Poissy camino de Saint-Denis, donde eran enterrados los reyes de Francia. El féretro es escoltado por el nuevo monarca y tres de sus más allegados gentilhombres entre los que se encuentran el duque D'Épernon.