lunes, 24 de octubre de 2016

Asesinatos. Lord Robert Greville, la primera víctima de un francotirador


Arcabuz de mecha del siglo XVII. Aunque pueda sonar a chiste, una de estas armas fue la protagonista de esta historia

Arcabucero del siglo XVI. Aunque no solían
acertar a nada que estuviera a menos de 50
metros, los tiradores suizos hacían diana a
150 o incluso más
Por lo general, cuando se habla de francotiradores lo primero que se nos viene a la mente es un sujeto con jeta impasible buscando una víctima a través de su visor telescópico. Es, lógicamente, una imagen moderna, con apenas cien años a cuestas cuando en la Gran Guerra empezaron a proliferar estos certeros ciudadanos en ambos bandos. Otros que me lean, más versados en estos temas, dirán que los sharpshooters, que es como se conocían a los tiradores selectos en sus primeros tiempos, ya se dedicaban a escabechar enemigos con sus larguísimos kentuckys y pennsylvanias durante la guerra de independencia de los Estados Juntitos. Sin embargo, la realidad es que en la segunda mitad del siglo XV ya surgieron en Suiza grupos de tiradores que se organizaron en asociaciones o clubes para asombrar a propios y extraños con su puntería. No estamos hablando de un grupo de amiguetes mercenarios que se distraían entrenando los domingos, sino de hombres que, en pureza, dieron forma a lo que hoy es el tiro deportivo como arte marcial. De hecho, en Suiza el tiro es el deporte nacional desde entonces, y en cualquier pueblecito, por birrioso que sea, tienen su galería para que la ciudadanía se desfogue fogueando fogosamente con armas de fuego. Pero no redundaremos más en esta introducción ya que todo esto será motivo de una futura entrada dedicada a la historia de los francotiradores. Sírvanos solo a modo de introducción a la de hoy, en la que hablaremos de un sujeto que le cupo el dudoso honor de haber sido la primera víctima de un francotirador en el sentido actual. Y digo dudoso porque dudo que le resultase gratificante figurar en el primer puesto de la kilométrica lista de probos ciudadanos abatidos por estos personajes que siempre tienen cara de haber recibido una carta certificada de Hacienda.

Lord Brooke
Hablamos de lord Robert Greville (1608-1643), II barón de Brooke y señor del castillo de Warwick, un noble que se vio envuelto en los conflictos civiles que acabaron con la decapitación del rey Carlos I y el advenimiento de la dictadura- oficialmente protectorado- de Oliver Cromwell, concretamente en el contexto de la guerra civil que enfrentó entre 1642 y 1648 a realistas o cavaliers y parlamentarios o roundheads, los partidarios de establecer una monarquía parlamentaria. Estos recibían ese peculiar mote- cabezas redondas- por ser en gran parte fanáticos puritanos que se cortaban el pelo muy corto, dando a sus testas un aspecto redondeado opuesto al de los realistas, muy aficionados a dejarse el pelo largo y a peinarlo a base de rizos y tirabuzones. Nuestro hombre, que en sus años mozos anduvo por el Nuevo Mundo, debía ser un buen elemento porque con apenas 22 años formaba parte de una compañía de aventureros  bajo las órdenes de lord Saye enviada a colonizar Providence. Quizás nuestro hombre se hubiese quedado para siempre allende el océano si no hubiese sido por el requerimiento del rey Carlos I para que formase parte del contingente que estaba reuniendo para aplastar la rebelión de Escocia durante la primavera de 1639, a lo que lord Robert acudió de mala gana no pasando más allá de York, negándose a proseguir ya que estaba en contra de aquel conflicto que, en realidad, era una guerra de religión a pequeña escala debido al empeño de Carlos I por uniformizar todas las confesiones de sus dominios.

El castillo de Warwick
En el mes de abril de aquel mismo año fue encarcelado por negarse a prestar el juramento de fidelidad que el monarca exigió a todos los mandos del ejército, si bien fue puesto en libertad tras ser apartado del servicio. Un año más tarde le fueron confiscadas sus posesiones y fue nuevamente detenido y puesto en libertad, y en agosto se unió a un grupo de nobles que enviaron un escrito al rey solicitando que se aviniera a negociar la paz con Escocia sin necesidad de derramar sangre. Está de más decir que lord Robert y el rey Carlos quedaron bastante enemistados, y que nuestro hombre no dudó en unirse a los parlamentarios tras el estallido de la guerra civil. En julio de 1642, tras ser nombrado lord teniente de las milicias los condados de Stafford y Warwick, guarnicionó con ellas su castillo, tras lo cual reunió en el mismo a los voluntarios leales a la causa parlamentaria de Stratford-upon-Avon. El castillo de Warwick era una impresionante fortaleza que, aunque de origen normando, en aquellos tiempos había sido convertida en una residencia campestre cuando el rey Jacobo I lo donó a Fulke de Greville, padre adoptivo de nuestro hombre.

Catedral de Lichfield. Sus altas agujas serían
unos magníficos observatorios para un buen
tirador en busca de un pardillo despistado
En enero de 1643 fue nombrado por el conde de Essex, jefe supremo del ejército parlamentario, comandante en jefe de las milicias de los condados de Warwick, Stafford, Derby y Leicester. El día 25 del mes siguiente logró derrotar a las tropas realistas que guarnecían Stratford-upon-Avon bajo el mando del coronel Wagstaffe, ocupando la ciudad tras tomarla por asalto; no se permitió un descansillo tras tanta batalla porque, sin perder un día, partió hacia Lichfield en busca de su destino. La ciudad estaba bajo el control de las tropas realistas al mando del conde de Chesterfield, que había tenido que recurrir a fortificar la catedral ya que la población carecía de muralla. Así pues, mandó reforzar el muro que circunvalaba el templo y distribuyó a la guarnición en los tejados y las torres de su catedral, un majestuoso edificio gótico construido entre los años 1195 y 1340. Lord Robert estableció un cerco en el que no se privó de usar artillería para minar la resistencia de los defensores, que aguantaron como pudieron el férreo cerco. Pero el belicoso Greville no iba a ver el desenlace del mismo.

Aspecto actual de la mansión familiar de los Dyott
Entre la guarnición había un hombre miembro de la baja nobleza local, John Dyott. Este sujeto, nacido en 1606, era hermano de sir Richard Dyott, administrador real de Lichfield y miembro del consejo privado de Carlos I. Está de más decir que los Dyott, cuyos ancestros habían solido estar al servicio de la corona, eran más realistas que el rey, y estaban dispuestos a vender caros sus pellejos monárquicos por defender a su venerado soberano. Un hijo de sir Richard, con el mismo nombre que su progenitor, era capitán de los Voluntarios de Lichfield, mientras que John debió unirse a la guarnición por ser hermano de quien era ya que no podía ser apto para el servicio: era sordomudo. Dumb Dyott, el Tonto Dyott es como conocían a este hombre que, en una época en la que todo aquel que se saliera de lo normal era considerado un desecho humano, sería tomado por imbécil ya que el pobre tendría que hacerse entender por señas, mientras que él no se enteraría de casi nada porque aún no se habían inventado las lenguas de signos ni nada semejante. Es evidente que este sujeto carecía de cualquier medio de vida, y que dependía enteramente de la benevolencia de su familia ya que en el testamento de Anthony, hijo mayor de sir Richard, fechado el 21 de junio de 1662, encomendaba a su hermano, el capitán de Voluntarios que vimos antes, que se ocupase de la manutención y el cuidado de su tío John: "My will is, that my brother Richard maintaine and keepe my deafe and dumbe uncle John (...) with all things necessary, as my father and I have done", lo que viene a querer decir que "mi voluntad es que mi hermano Richard mantenga y cuide a mi sordo y tonto tío John (...) con todas las cosas necesarias, como mi padre y yo hemos hecho". Pero John Dyott sería sordomudo, pero de tonto no tenía un pelo. Además, tenía clarísimo que su familia debía su buena posición a los servicios prestados a la corona, por lo que se negó a asistir incólume a los acontecimientos que iban a tener lugar en su ciudad; antes al contrario, no dudó en unirse a la guarnición apostada en la catedral para, a pesar de sus limitaciones físicas, hacer lo posible para defender la causa de su rey. 

Lord Greville, que a aquellas alturas y a pesar de su juventud se había convertido en un líder  tan carismático que incluso era considerado como el sucesor de lord Essex, avistó Lichfield a principios de marzo, estableciendo el asedio el día 2 de marzo. Greville no tuvo el más mínimo cargo de conciencia por emplear artillería contra la catedral ya que, siendo como era un fanático puritano, odiaba todo lo que tuviese relación con la Iglesia. Así pues, sus cañones empezaron a bombardear la catedral, a la que ciertamente causaron graves daños sobre todo en sus tres torres que, como podemos suponer, eran unos apostaderos de primera clase para los tiradores que hostigaban a las tropas parlamentarias. John Dyott supo averiguar quién era el comandante enemigo y donde había establecido su cuartel general, así que, apostado en la torre central de la catedral, se dedicó a acechar para darle caza y, de paso, hostigar a tiros a los sitiadores con su arcabuz de mecha, del cual podemos ver en la foto superior el cañón que se conserva en la mansión de la familia Dyott.

Grabado del siglo XVII que muestra la fachada sur de la catedral de
Lichfield. En el mismo se aprecia el muro que sirvió de defensa durante
el asedio, así como la torre central donde se apostó John Dyott
El día 4 de marzo, onomástica de San Chad de Mercia, patrón de Lichfield, Greville salió de debajo del porche- otros dicen que se asomó a una ventana- desde donde contemplaba el bombardeo para inspeccionar los efectos del mismo en la catedral. En ese momento, Dyott, que estaba apostado en su torre, le soltó un balazo con tanto tino que le acertó en el ojo izquierdo, volándole la tapa de los sesos y aliñándolo ipso-facto como ya podemos imaginar. La noticia corrió como un reguero de pólvora en ambos bandos pero, obviamente, fue entre la guarnición donde más significado tomó la muerte de Greville. Era un personaje muy detestado por su odio acérrimo hacia el clero y la Iglesia, ya que no se privaba de proclamar que eran las guaridas del anticristo. Además, el hecho de que hubiese caído fulminado por un disparo procedente de la catedral precisamente el mismo día de la onomástica del patrón de la ciudad fue motivo sobrado para tomar el suceso como poco menos que un milagro y, está de más decirlo, como un manifiesto apoyo de los santos a la causa realista. 

Brooke House, casa edificada en 1810 en el 24 de Dam Street. La casa
se yergue en el mismo lugar donde estaba el edificio donde cayó muerto
lord Greville. Sobre la puerta se ve un placa que conmemora el suceso
Sin embargo, los roundheads no se amilanaron al ver a su carismático líder con la cabeza reventada de un tiro, y su segundo al mando, sir John Gell, prosiguió el asedio. No tuvo que esperar mucho para acabar con la resistencia de la guarnición ya que estos se rindieron al día siguiente, el domingo 5 de marzo. No se tomaron represalias contra el heroico sordomudo, que aún vivió muchos años más, pero el pobre no pudo contarle a nadie sus batallitas porque, además, su defecto le habría impedido aprender a leer y escribir. En todo caso, su hazaña pasó a la historia porque fue capaz de acertar en la cabeza a un hombre situado a una distancia prácticamente imposible para un arcabuz de mecha. Pero en este punto conviene hacer una aclaración, y es que se afirma que el disparo se efectuó a 300 yardas (275 metros), por lo que debe haber un error que nadie se ha molestado en corroborar ya que, según mostramos en la imagen inferior, dicha distancia es inferior. No obstante, actualmente no es precisamente fácil acertar en un ojo a un enemigo a esa distancia con un arma moderna, y menos aún si está situado a una cota muy inferior ya que el comportamiento del proyectil es distinto que cuando el objetivo se encuentra al mismo nivel. 


Como vemos, la foto cenital muestra la posición del número 24 de Dam Street donde fue abatido Robert Greville, así como la trayectoria que siguió el disparo desde la torre central de la catedral hasta el punto de impacto. La distancia, medida con el Google Earth, es de 176 metros (192 yardas), por lo que son exactamente cien metros menos de lo que se cree. No deja pues de ser curioso que en todas las fuentes que he consultado se den como ciertas las 300 yardas cuando dicho dato es fácilmente comprobable. 

Panorámica de la trayectoria del proyectil vista desde el suelo
Ojo, en realidad sería algo más ya que hemos medido la distancia en línea recta sin considerar que el tirador estaba a una cota mucho más elevada, por lo que habría que saber la altura de la torre para obtener la distancia real, que en este caso sería la hipotenusa resultante de dos catetos: la distancia en línea recta y la altura a la que estaba situado Dyott. Así pues, si consideramos que la aguja central tiene 77 metros en total y que los balcones están grosso modo a la mitad de dicha altura, o sea, unos 38 metros, la distancia entre Dyott y su víctima fue de unos 180 metros. En todo caso, incluso a 180 metros fue un disparo único, y más para un arcabuz de mecha, y Dumb John sería sordomudo, pero tenía la vista de un águila. De hecho, pienso que lo que llamaría la atención de Dyott debió ser la indumentaria de su enemigo que, a pesar de ser un convencido puritano- solían vestir de forma muy austera-, debía usar ropa bastante llamativa o algún vistoso distintivo para que un hombre situado tan lejos lo identificara. 

Placa de Brooke House, colocada por un anticuario
llamado Richard Greene
Con todo, al cabo de poco tiempo muchos se negaron a aceptar que un "tonto" hubiese sido capaz de semejante proeza, así que se dedicaron a propalar historias que decían que el disparo había sido por pura suerte ya que un imbécil no sería capaz de hacerlo a posta. Por supuesto, todos los vecinos de Lichfield juraron y juran que el que dejó en el sitio a lord Robert Greville fue su vecino Dumb John. No sabemos nada más acerca de su vida si bien no debió ser corta ya que, como vimos anteriormente, su sobrino lo mencionó en su testamento fechado en 1662, cuando John Dyott ya tenía 56 años. 

Plano de Lichfield hacia 1610. Se aprecia el muro que rodeaba la catedral,
en aquellos tiempos más elevado, y la casa donde cayó muerto Greville
En fin, así fue abatida la primera víctima de un francotirador. Y por si alguien cuestiona aún que el buen lord no cayó fulminado por un francotirador, considere que John Dyott le dio el finiquito conforme a los cánones del oficio: apostado en un lugar elevado, con un amplio campo de visión, acechó a su víctima hasta dar con el momento oportuno para actuar, y cuando lo hizo fue fulminante. Lo malo, a mi entender, es que para muchos el término francotirador y el "fusil acojonante provisto de mira telescópica de las buenas que mata que te cagas" están inexorablemente unidos cuando, en realidad, el visor es un mero accesorio, pero en modo alguno imprescindible para dejar en el sitio a un enemigo. En todo caso, ha sido una historia curiosa, ¿que no?

Hale, he dicho


Colegiata de Saint Mary, en Warwick, donde el espectro de lord Robert Greville lleva 373 años renegando de la hora en
que se le ocurrió asomarse a la puñetera calle sin pensar en que un sordomudo con una puntería escalofriante lo acechaba para cesarlo en el cargo y darle la baja absoluta del bando de los roundheads

12 comentarios:

JorgeL dijo...

¿¿¿Quién era mas tonto, el sordomudo a quien todos creian tonto o el ilustre general que "se dejó matar" por el "tonto"????
Sorprendente disparo para un arma tan primitiva, pero habla bien de su capacidad para el combate. Otra cosa es que no todos los arcabuceros tuvieran la vista de aguila del bueno de John Dyott.

Amo del castillo dijo...

Bueno, debemos reconocer que, en este caso, lord Brooke no pecó de imprudente porque un acertarle a semejante distancia con un arcabuz de mecha era algo cuasi milagroso. En cualquier caso, dudo muchísimo que alguien pueda repetir semejante disparo, por lo que hay que concederle cierta dosis de suerte al certero sordo.

Un saludo

alfonsodf dijo...

A esa distancia con un arma de mecha, y su desfase entre apretar el gatillo y disparar, probablemente de ánima lisa y proyectil esférico... Una de dos, o el tirador era de nivel Dios, o tuvo una suerte loca...

Amo del castillo dijo...

Yo diría que ambas cosas

alfonsodf dijo...

También cabe la posibilidad de que lo aliñaran desde más cerca, y le echaran la culpa al tonto del pueblo, algo así como el asesinato de JFK. Reconozco que no he disparado en mi vida más armas que las escopetas de aire de la feria, y con una puntería nefasta, pero no termino de creer que se pueda acertar a la cabeza de alguien desde 300 metros con un arcabuz de mecha.

Amo del castillo dijo...

A ver... poderse, se puede. Como ya sabrá, el record actual lo detenta Rob Furlong, un canadiense que dejó listo de papeles a un talibán a 2.430 metros con un McMillan de calibre 12,70 mm. A esa distancia, un hombre es como una mosca canija con un ataque de epilepsia paseándose por el retículo del visor ya que solo las palpitaciones del corazón y la respiración influyen enormemente a partir de los 9 aumentos. Además, para un disparo a esa distancia hay que tener en cuenta: la altitud, el grado de humedad ambiental, la intensidad lumínica, la temperatura, la dirección y la velocidad del viento, si se ha efectuado antes un disparo o no ya que el calentamiento del cañón influye en la trayectoria de la bala, la perfecta concentricidad de esta respecto a la vaina, la velocidad de rotación de la Tierra ya que la bala tarda unos 4 segundos en alcanzar el blanco y para entonces "ya no está allí", y hasta si uno ha meado antes de efectuar el disparo porque la retención de líquidos produce un aumento en la tensión arterial que se traduciría a su vez en una leve aceleración del ritmo cardíaco. Esos son, grosso modo, los factores que debió tener en cuenta Furlong antes de abatir al talibán al tercer intento de un tiro en el tórax. ¿Cree que el disparo le salió perfectamente calculado o que, más bien, tuvo una potra de antología? Yo diría que un porcentaje de ambas, ciertamente.

Pero si quiere buscar una comparación con un arma más acorde a la que empleó Dyott, podemos poner como ejemplo el fastuoso disparo con que Timothy Murphy dejó tieso al general británico Simon Fraser con un mosquete de chispa durante la guerra de independencia. Necesitó cuatro disparos, y la distancia fue de 300 yardas que, en esta ocasión, sí fueron corroboradas por el ayudante del general, que se molestó en medir la distancia al término de la batalla porque no se lo acababa de creer.

Así pues, a mi entender es perfectamente viable que, con sus dosis de suerte, Dyott matara a Greville. Por ese motivo esos disparos asombrosos pasan a la historia. Si le hubiese pegado a un tiro a 20 metros los libros dirían simplemente que un vecino de Lichfield le endilgó en plena jeta un arcabuzazo sin más.

Un saludo

Manymac B dijo...

No sé qué me ha gustado más si el artículo o los comentarios posteriores. Felicidades en cualquier caso por ambos Amo del castillo y aprovecho para darle ánimos para que siga ilustrándonos a todos en general y a este humilde lector en particular.

Amo del castillo dijo...

Quedovos muy agradecido, Sr.Manymac.

Un saludo y gracias por su comentario

Antonio dijo...

Curiosa historia. Pienso que que el tirador apuntó al cuerpo, y por algún azar acertó en la cabeza. En cualquier caso, buena puntería y objetivo cumplido. No lo cita, pero sería curioso saber de la vestimenta del escabechado, dado que por entonces los VIP lucían trajes de lo más llamativo, quizá con colores que atrajeron la atención del tirador. Una funesta costumbre que perduró hasta la Gran Guerra de 1914. Incluso a los soldados les afectó esa tontería de vestirlos de blancos ambulantes. Lo mismo con las insignias de grado o condecoraciones, que quedan bonitas en desfiles y tal, pero son la miel que atrae a francotiradores.

Curioso también que los inventores del lenguaje políticamente correcto se las gastaran así en el pasado. Hipocresía. Claro, tampoco tenían escrúpulos en enviar a América a irlandeses como cuasi esclavos.

Saludos cordiales y, como siempre, agradecido por sus relatos.

Amo del castillo dijo...

La cosa es que no trascendió qué indumentaria llevaba el occiso pero, como ya se comentó en la entrada, sabemos que los puritanos eran bastante austeros en cuestiones de adorno personal. Así pues, posiblemente lo que le distinguiría del resto de los mandamases de su ejército sería una ostentosa faja roja alrededor de la coraza o armadura de fajas espesas con que iría armado, así como algún tipo de adorno en forma de plumas en caso de llevar puesta la típica borgoñota al uso durante aquel conflicto. Sírvale de referencia esta imagen:

http://www.britishbattles.com/wp-content/uploads/2016/07/Lord-Byron.jpg

que casa bastante bien con la indumentaria habitual de los jefes en ambos bandos durante el conflicto. Por cierto que, si mal no recuerdo, fueron los SS los primeros en emplear de forma reglamentaria, no solo vestimenta de camuflaje, sino también distintivos de rango en tonos apagados y diferentes a los que se usaban en las hombreras para despistar a los irritantes tiradores rusos y los masacraran con menos insistencia, siendo esta inteligente medida objeto de especial cachondeo y recochineo por parte de los miembros de la Wehrmacht.

Un saludo

Antonio dijo...

Muchas gracias por su respuesta y por la imagen del tiroteado. No era precisamente una faja discretita que digamos, eso se ve a centenares de metros.

Lo del uniforme de camuflaje e insignias discretas era un tema que me tenía intrigado. Sólo conocía trajes de camuflaje en las SS, exceptuando el traje blanco cuando había nevadas de todo combatiente. Una medida inteligente, que ignoro como no se les ocurrió antes a los militares de todos los países y que sin duda costó muchas vidas. Recordará la bronca que se armó cuando alguien sugirió en la Gran Guerra, sustituir los pantalones rojos de la infantería francesa por otros más miméticos. No les quedó mas remedio tras unas bajas espantosas.

Lo de siempre, los adornos y colorines molan mucho en desfiles y recepciones, pero en combate son presagio de desastre.

Amo del castillo dijo...

Nada que agradecer, Sr. Antonio. En cuanto a lo de los pantalones rojos, quiero recordar que hubo incluso un general que bramaba de ira alegando que eran algo así como el símbolo o el espíritu de Francia. Obviamente, ese cantamañanas más trasnochado que Drácula no se tenía que pasear por primera línea siendo visible a cientos de metros.

Ah, por cierto, la imagen que le pasé no pertenece a lord Brooke, sino a un noble parlamentarista vestido a la moda militar de la época. No hay retratos en la red de nuestro hombre, solo el grabado que puse en la entrada y que es de un siglo más tarde.

Un saludo