miércoles, 28 de diciembre de 2016

Pro Patrimonium: el castillo de Las Aguzaderas reciclado


De verdad, esto es para mear y no echar gota. Quizás recuerden vuecedes la reciente y a la par monstruosa "restauración" sufrida por el cercano castillo de Matrera que, encima, ha sido premiada y todo por los corporativistas de turno para darle mérito a sus aberrantes "puestas en valor" o, más bien, para intentar acallar o quitar la razón a las protestas ciudadanas ante tamaños desafueros. Las viles perpetraciones que se toleran en España bajo la ambigua excusa de las manidas “fusiones de estilos y épocas en el espacio y en el tiempo” solo sirven para dar patente de corso a los “expertos” de turno que, en estos casos, son los artífices de la escuadra y el cartabón deseosos de dejar su impronta para la posteridad en forma de forúnculo con el incuestionable añadido del acero corten, esa gilipollez de material tan de moda que igual lo usan como muro de contención en una cuneta que para “decorar” una rotonda con una chapa troquelada con la forma de un dromedario artrítico o, como veremos a continuación, para perpetrar la enésima villanía con toda la impunidad del mundo y el aplauso de los políticos que, no solo lo permiten, sino que lo jalean y lo pagan. Eso sí, con el dinero de todos, que el suyo está mejor en tierras lejanas por lo que pueda pasar.

Estos inopes mentales, a los que los tropocientos escándalos producidos por su grotesca e interesada interpretación de la Carta de Cracovia les da una soberana higa, siguen destruyendo nuestro valioso patrimonio histórico sin desmayo e inasequibles al desaliento dando por sentado que están dando la campanada. Y vaya si la dan estos hijos de… en fin, me callo que se me calienta la boca. Bueno, al grano.

Ayer tarde tuve que desplazarme a Montellano por una cuestión de trabajo y, cual no fue mi sorpresa que, cuando me iba acercando al castillo de Las Aguzaderas, diviso una grúa dentro del recinto. Sabiendo como las gastan por estos lares, automáticamente se me encogió el ombligo, el ritmo cardíaco se me aceleró de forma ostensible e incluso me acometieron severos sofocos como preludio a uno de mis arrebatos de ira. A medida que me iba acercando, el panorama era cada vez más desolador. Me salí de la carretera por el carril embarrado y lleno de baches que conduce al castillo, el cual parece que no se molestan en reparar de momento para quitar las ganas al personal de ser testigos de lo que allí se cuece, y lo que vi me produjo un repentino sabor a sangre en la boca que igual era un conato de puñetero infarto. Helo ahí:


Acojona, ¿eh? ¡¡UN CENTRO DE INTERPRETACIÓN!! ¡¡Se han cargado el castillo para poner dentro un centro de interpretación de “La Campiña”, cuyas obras costarán casi NOVECIENTOS MIL EURACOS!! Y encima, tócate el níspero, con fondos europeos según reza el cartelito. Pero ¿qué carajo tiene que interpretar “La Campiña”, sangre de Cristo? ¿La apacible existencia del olivo autóctono? ¿La feroces luchas entre los lagartos endémicos de El Coronil durante la época de apareamiento para beneficiarse a la lagarta? ¿La influencia del mostachón de Utrera en la economía de subsistencia familiar durante las Guerras Carlistas? ¿Que el gallo de Morón debió presentar en su día una demanda por "mobbing" y por hacerle el personal un "scratch", como se dice ahora? En fin, esto no tiene nombre. Esta perpetración solo se le ocurriría a un cuñado psicópata o algo peor. 

Visto de cerca, el panorama era algo simplemente aterrador. Y sí, la cámara funcionaba perfectamente a pesar de que es de un móvil de tiempos de Noé. Lo que se ve es la trágica realidad: enfoscado al canto y parapeto a hacer gárgaras para plantar uno a base del acero corten de los cojones. En fin, como se ve en la foto, la parte que da a la carretera aún no ha sido profanada, pero la torre del homenaje y la posterior sí, de modo que, sintiendo que en cualquier momento me iba a estallar una vena del cerebro, me bajé del coche y rodeé el recinto hasta la parte que no se ve desde la carretera, y esto es lo que hay: 



Este es el aspecto de la fachada este, donde un letrero corrobora que, en efecto, el triste destino del castillo es verse relegado a la indigna condición de centro de interpretación provisto de su camarita de seguridad y todo que, por cierto, no han logrado "fundir en el espacio y el tiempo" emulando a un centinela medieval. Hasta la puerta es del acero corten ese, con unas ranuras acristaladas como si fueran las de una de esas bodegas de diseño donde se preocupan más de la etiqueta y de la botella que del contenido de la misma. Por desgracia estaba cerrado a cal y canto porque el personal ya se había largado, así que no pude averiguar lo que se perpetraba dentro si bien, a la vista de lo visto, fue lo mejor para no quedarme frito de una apoplejía fulminante. En fin, un castillo más a añadir a la ya inquietantemente larga y extensa lista de monumentos aniquilados para siempre jamás por obra y gracia de la estulticia de los de siempre.

Hale, he dicho