jueves, 30 de marzo de 2017

Métodos de decapitación. La doncella de Escocia


Doncella original que se conserva en el Museo Nacional
de Edimburgo
Bien, prosigamos con la relación de estos curiosos artefactos que tanto dieron que hablar y, sobre todo, cortar, en su época. Tal como anticipamos en la entrada anterior, esta la dedicaremos a la tercera máquina por razón de antigüedad, conocida como scottish maiden, uséase, la doncella de Escocia. Ante todo, hay que aclarar el origen del nombre ya que este siniestro chisme se parece a cualquier cosa menos a una grácil doncella. Se trata, como más de uno habrá imaginado posiblemente, de una corrupción fonética, concretamente del gaélico mod un o modrun, que viene a significar "lugar donde se administra justicia". En el inglés del siglo XVI, cuando se creó esta máquina, dicho término se corrompió como madin para, ya en el siglo XIX, pronunciarse maiden, doncella. Como ya anticipamos, la idea surgió de James Douglas, IV conde de Morton y regente de Escocia que, en 1563, tuvo ocasión de verla en Halifax durante un viaje de regreso procedente de Londres. No obstante, en un manuscrito titulado "Divinas Providencias", obra de un clérigo llamado Fraser y datada en tiempos de Carlos II, este cronista afirmaba que, en realidad, Morton tomó la idea al ver una mannaia durante un viaje a Italia durante su juventud. En todo caso, este manuscrito no es considerado como fiable y la mayoría de los historiadores aceptan la teoría de que la tomó de la Halifax Gibbet, precisamente a raíz de la desastrosa ejecución de sir John Gordon, escabechado en Aberdeen en 1562 como reo de rebelión y que fue puesto en manos de un verdugo tan incompetente con la espada que dejó al pobre hombre convertido en carne para albóndigas antes de darlo por finiquitado.

Vista anterior de la máquina
Aunque la tradición adjudica al mismo Morton el dudoso honor de ser el primero en probar las excelencias del invento, la realidad fue muy distinta ya que hubo otros muchos reos ejecutados antes que el regente, que fue decapitado en 1581, o sea, quince años después de la adopción de esta máquina. Según un documento extraído de los libros del tesorero de la ciudad de Klinburgh, el 3 de abril de 1566 tuvo lugar la inauguración de la doncella con la ejecución de Thomas Scott, undersheriff de Perth y uno de los conspiradores que tomó parte en el asesinato de David Rizzio, secretario privado de la reina María de Escocia, al que le dieron tantas puñaladas que casi no dejaron un sitio de su cuerpo libre de cuchilladas. En los datos que se aportan en el documento en cuestión se especifica que se pagaron 7 chelines a los frailes que acompañaron al reo y se hicieron cargo del cadáver, mientras que Andrew Gotterson, un herrero que curiosamente había fabricado la cuchilla de la primera máquina, cobró 5 chelines por actuar como verdugo. Así pues, el que haya tenido noticia de que fue Morton el que estrenó la doncella, pues ya sabe que no fue así. De hecho, el mes de enero siguiente a la ejecución de Scott fue liquidado un tal Robert Aitken, de modo que ya vemos que hubo varios que precedieron al regente a la hora de probar el artefacto.

Vista posterior de la máquina
La máquina fue descrita perfectamente por el ilustre naturalista Thomas Pennant, que tuvo ocasión de ver un ejemplar arrumbado en los sótanos del parlamento escocés durante un viaje a aquel país en 1772. Porque debemos tener en cuenta que la doncella no fue un caso único como la máquina de Halifax, que estaba instalada de forma permanente en su patíbulo, así que podemos dar por hecho que hubo más de una doncella, y que se repartieron por todo el reino. Así pues, debemos suponer que la que vio Pennant fue la que se usó en Edimburgo durante todo el tiempo que estuvo vigente este sistema de ejecución, si bien hay constancia del traslado de máquinas de una ciudad a otra. Cabe suponer que esto se debía simplemente a que era más barato y cómodo trasladarla desmontada que fabricar una nueva. Por cierto que en el arsenal de Aberdeen se conservaba una cuchilla similar a la que nos ocupa, lo que corroboraría este hecho. La máquina constaba de un bastidor formado por dos vigas verticales de unos 3 metros de altura y separados uno del otro apenas 30,5 cm., con las caras internas acanaladas para permitir el paso de la hoja que, en este caso, ocupaba toda la anchura del bastidor. En total medía 13 pulgadas de ancho por 10 de alto (33 x 25 cm.), y estaba lastrada por un lingote de plomo de 34 kilos para imprimirle mayor velocidad durante el descenso, lo que se traduciría en mayor energía cinética y, por ende, en más contundencia. Tal como podemos apreciar en el grabado superior, dicho bastidor se sustentaba mediante un larguero que le daba el aspecto de un caballete de pintor, ideado para poder montarla y desmontarla fácilmente ya que, como hemos dicho, solo era instalada cuando se iba a llevar a cabo una ejecución. La soga que sujetaba la cuchilla corría por el larguero trasero mediante una polea colocada en la parte superior, quedando enganchada en la palanca que se aprecia en la misma.

Su mecanismo era de lo más simple. En la figura A vemos la cuerda que sustenta la cuchilla. En su extremo se ha fijado una argolla que se enganchaba en un tetón que emergía a través de un orificio practicado en la palanca. Bastaba presionar sobre ella para hacerla pivotar tal como aparece en la figura B, liberando así la argolla. Obviamente, este sistema requería el concurso de un verdugo el cual no tenía que tener ninguna habilidad especial ni ser un virtuoso de la espada. Además, la doncella era un sistema muy rápido que no requería de apenas preparativos para consumar la ejecución. Bastaban un par de minutos a lo sumo desde que el reo llegaba al patíbulo para acabar con sus preocupaciones mundanas, siendo el proceso similar al seguido en la guillotina.

El cepo estaba en la parte posterior de la máquina
La cabeza la apoyaba sobre un travesaño situado a 4 pies de altura (122 cm.), que estaba forrado con una gruesa capa de cuero, que para eso se empezó usando con personajes ilustres que tenían el pescuezo sensible a los roces. Y, en este caso, la máquina sí disponía de un sistema de bloqueo para el cuello que hemos recreado en la ilustración de la izquierda basándonos en un grabado que aparece en un catálogo del Museo Nacional editado a finales del siglo XIX, cuando aún existía parte del mecanismo. Se trataba de una especie de cepo de hierro formado por una barra basculante que era bloqueada mediante un pasador en función del tamaño del sujeto. De esa forma no era posible salir a escape antes de que cayera la cuchilla como ocurrió varias veces en Halifax, que aprovechando el pasmo del personal algunos reos pudieron poner tierra de por medio y escapar así a la justicia. Así pues, una vez colocado el condenado en el travesaño y cerrado el cepo, bastaba presionar la palanca que liberaba la soga de la cuchilla para que esta cayera desde una altura de unos 180 cm., siendo detenida por el grueso forro de cuero que envolvía el travesaño. Bajo el mismo había un gancho donde se fijaba un cesto de mimbre para recoger la cabeza y que esta no acabara en el regazo de alguna de las asistentes al evento, como ya dimos cuenta en la entrada anterior. Porque la doncella, al igual que la máquina de Halifax, tenían el mismo defecto, y es que sus cuchillas cortaban más por aplastamiento que por lo aguzado de su filo y desplegando una energía brutal, lo que hacía posible que las cabezas del personal salieran disparadas a gran distancia.

Aunque no quedó constancia escrita, pero sí gráfica a la vista del grabado que mostramos a la derecha, la doncella requería que el reo fuera colocado en un banco, mesa o plataforma debido a la altura a la que se encontraba el travesaño donde debía apoyar el cuello. Mientras que en la máquina de Halifax éste se tumbaba directamente en el suelo, en este caso se requería de un elemento auxiliar que permitiera al condenado arrodillarse o tumbarse para apoyar el cuello. No obstante, no apareció nada similar junto a la doncella almacenada en el sótano del parlamento tal como narró Pennant. Por cierto que este artefacto fue rescatado por la Sociedad de Anticuarios de Escocia y restaurado a sus expensas ya que uno de los largueros verticales tuvo que ser sustituido por estar en muy mal estado. Gracias a estos probos y cívicos ciudadanos se puede contemplar dicho ejemplar en el Museo Nacional de Edimburgo y pasar largas horas deleitándose con su contemplación mientras uno imagina como cae la cuchilla sobre los gaznates de todos sus cuñados, lo que debe producir espasmos de placer o incluso arrebatos místicos de esos que provocan temblores y emisión masiva de babas espumosas.

James Douglas, IV conde de Morton
El primer ejemplar lo fabricaron en 1564 los hermanos Adam y Patrick Shang, cuyo oficio era en realidad de ebanistas y no malos por cierto, ya que incluso hicieron trabajos para la familia real, concretamente una cama para el hermano de la reina. La cuchilla, como ya comentamos anteriormente, la fabricó Andrew Gotterson. El precio total de la máquina fue de dos libras justas. Por la doncella pasaron los pescuezos más ilustres de Escocia ya que no solo cercenó el del regente caído en desgracia, sino también, entre otros muchos personajes, el de Thomas Ross, un clérigo que tuvo la mala ocurrencia de emitir una serie de libelos poniendo a caldo a James IV, que al parecer llevaba fatal las críticas contra su persona y mandó al cadalso al cura en 1618 por faltón. La ejecución de Morton fue bastante sonada por tratarse de un personaje de elevado rango, teniendo lugar  a las 4 de la tarde del 2 de junio de 1581. Tras ser decapitado, su cuerpo permaneció aún cuatro horas en el patíbulo hasta que, con el ocaso, fue retirado para proceder a su entierro, no sin antes plantar su ilustre cabeza en una pica en High Street, delante de la casa consistorial. También son dignos de mención el VIII conde de Argyll, ejecutado en 1661 por traición y, posteriormente, su hijo Archibald en junio de 1685. Este personaje, que además de ser conde debía tener la sangre de horchata, en un alarde de valor postrero dijo que jamás había besado a tan dulce doncella cuando le plantaron el gaznate en el tocón. Sí, se lo cargaron, pero, ¿y lo bien que quedó soltando esa frase para la historia? Seguro que de no ser por eso su nombre solo sería uno más en la larga lista de levantiscos nobles ejecutados por alevosos durante aquellos turbulentos años.

Ejecución del conde de Morton
Unas 150 personas fueron víctimas de la doncella hasta su abolición en 1710. El 50% fueron reos de asesinato, un 30% por conspiración o traición contra la corona, nueve fueron liquidados por haber cometido incesto, cuatro por adulterio, uno por violación, dos por robo, uno por falsificar moneda y uno por piratería. El último en pasar por la máquina fue un terrateniente llamado sir Godfrey McCulloch, el cual tenía una serie de conflictos con un vecino por nombre William Gordon. La malquerencia llegó al extremo de que un día de 1684, sir Godfrey le soltó un balazo a Gordon, hiriéndole en una pierna. La herida se infectó y el vecino palmó, así que sir Godfrey optó por poner tierra de por medio, largándose a Francia donde permaneció exiliado nada menos que 30 años. Pero en aquella época no existía eso de la prescripción de delitos así que, cuando volvió al terruño pensando que nadie recordaría su crimen, le echaron el guante y lo mandaron rápidamente a tener una breve pero intensa charla con la doncella. Hubo un curioso caso de un tal Lord Lovatt, reo de traición, que en 1708 solicitó ser ejecutado con esta máquina, la cual estaba ya arrumbada en los sótanos del parlamento de Edimburgo, en vez de con el hacha tradicional, lo cual le fue denegado y acabó con el cuello en el tajo de toda la vida. El único personaje de la nobleza que no fue ejecutado en este chisme fue el marqués de Montrose, mandado ahorcar en 1650 por orden de Carlos II para humillarlo.

Bien, así fue la vida operativa de la doncella escocesa que, junto a su "madre" de Halifax pasaron a la historia para ser resucitadas muchos años más tarde por los gabachos (Dios maldiga al enano corso). Ojo, la guillotina no solo estuvo operativa en Francia hasta la abolición de la pena de muerte en ese país en 1981, sino también en Alemania, Austria y algún que otro país centroeuropeo más, de modo que queda claro que estas máquinas tuvieron una gran difusión durante siglos. Es más, actualmente hay políticos en los Estados Unidos que abogan por la adopción de la guillotina a la vista de los problemas que tienen por parte de la industria farmacéutica para adquirir los ingredientes del cóctel de porquerías que le inyectan al personal para finiquitarlos. La que vemos a la izquierda es la que apareció en los sótanos del parlamento y que actualmente se puede contemplar, tal como comentamos antes, en el Museo Nacional de Antigüedades de Edimburgo. Si alguno se pasa por allí, pues que le haga unas fotillos molonas y las enseñe a sus cuñados más irritantes para que se acojonen.

Bueno, se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

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La guillotina Berger


martes, 28 de marzo de 2017

Métodos de decapitación. El patíbulo de Halifax


Grabado que muestra el patíbulo de Halifax
hacia 1650
Prosiguiendo con esta ilustrativa temática acerca de los métodos empleados por nuestros ancestros para enviar al Más Allá a los malvados que contravenían las leyes en el Más Acá, hoy hablaremos de otro artefacto concebido para descabezar al personal con limpieza y rapidez, quizás inspirado en la mannaia empleada en Alemania e Italia que vimos en la entrada anterior. Pero antes de nada debemos aclarar una cuestión importante respecto al nombre del chisme que nos ocupa para que no haya lugar a equívocos. Como vemos, la entrada la hemos titulado como "el patíbulo de Halifax" tomando una acepción distinta de su nombre original en inglés (Dios maldiga a Nelson), Halifax Gibbet. Gibbet significa horca en la odiosa lengua de los anglosajones, pero sería de necios denominar horca a una máquina que no ahorcaba ni a un gato sino que más bien le cortaba la cabeza. Por lo tanto, he preferido tomar una acepción diferente, en concreto patíbulo, ya que colijo que en nuestro insigne idioma define mejor el concepto con que se pretendía identificar al artefacto que, por cierto, durante toda su larga vida operativa estuvo siempre ubicado en un patíbulo de fábrica de forma permanente, y no de esos construidos de madera para la ocasión. Aclarado esto, procedamos.

Ahorcamiento en la Inglaterra del siglo XVI
Como es de todos sabido, y si no lo saben da lo mismo porque yo les informo, en la Inglaterra medieval la decapitación, ya fuese con hacha o con espada, estaba reservada a personajes de fuste. O sea, que al resto de súbditos los ahorcaban o, si el delito era especialmente grave, los ponían en manos de los virtuosos verdugos de la época para ser enrodados o sometidos a cualquier otro sistema especialmente doloroso y agónico. Sin embargo, en Halifax todos los delincuentes pasaban por esta curiosa máquina que, a la vista de su aspecto, podríamos considerar como el verdadero prototipo de la guillotina. Así pues, antes de dar cuenta del funcionamiento de este artefacto, no estaría demás relatar sus curiosos orígenes ya que fue un caso único en toda la Inglaterra (Dios maldiga a Nelson por enésima vez).

Grabado que muestra la Halifax Gibbet y una
reproducción de la cuchilla original
Halifax es una población situada en el condado de Yorkshire, al norte del país. Sus nulos recursos agrarios obligaron a la población desde muy antiguo a dedicarse a la industria, concretamente la manufactura de la lana y la confección de tejidos, de lo que se tiene constancia desde 1150 aproximadamente. Debido al enorme movimiento de mercaderías que se producía en una ciudad donde hasta los ratones le daban al telar, los pícaros y cacos de toda la comarca se daban cita en la población para robar las preciadas telas que luego vendían para sacarse un buen dinero. De hecho, lo tenían muy fácil ya que tanto en la población como en sus alrededores había centenares de bastidores en los que los industriosos vecinos de Halifax colgaban y ponían a secar las piezas de tela terminadas tras recibir el tinte. A tanto llegó el expolio que los vecinos, muy cabreados y hartos de tanto latrocinio, exigieron a las autoridades locales que los ladrones atrapados in fraganti, o bien a posteriori pero con el producto del robo encima, o incluso siendo simplemente identificados, debían ser condenados a muerte con el fin de, además de hacerles pagar por su crimen, quitarles las ganas a otros chorizos de merodear por allí. Esto dio lugar en 1286 a la Halifax Gibbet Law, que traduciríamos literalmente como Ley de la Horca de Halifax, siendo su primera víctima un tal John Dalton, ejecutado aquel mismo año.

Libro datado hacia 1761 que muestra el patíbulo "en su emplazamiento
real". Al fondo se ven las casas de Halifax
Pero en Halifax no había nadie dispuesto a ejercer como verdugo, oficio ruin y vil como ninguno y reservado a los individuos de más baja extracción social, como cuñados, políticos y compadres gorrones. En Halifax toda la población estaba formada por laboriosos burgueses a los que llenaba de espanto y asco tener que dar muerte a una persona humana aunque fuera un criminal, así que se vieron en un grave problema. No se sabe quién inventó la máquina decapitadora, pero una balada compuesta en 1600 por un tal Thomas Deloney daba detalles bastante precisos al respecto. En dicha historia narraba como un fraile que acababa de llegar a la ciudad ideó una forma de ejecutar a los reos sin que nadie tuviera que pringarse y, menos aún, sentirse como responsable directo de la muerte del condenado. No sería ninguna locura pensar que, en efecto, este fraile hubiese llegado de algún lugar de Europa Central donde pudo ver una mannaia en funcionamiento, surgiendo de su propio ingenio la forma de hacer que la máquina funcionase sin la acción directa de un verdugo que tenía que golpear con un mazo la cuchilla.

Raphael Holinshed
El funcionamiento de este artefacto ya fue detallado con gran precisión por Raphael Holinshed (1529-1580), un historiador que tuvo la gentileza de legarnos cantidad de crónicas sobre todos los reinos de la brumosa isla. En una de dichas crónicas daba cuenta del excepcional caso de Halifax, donde se decapitaba a los reos por cualquier delito que en el resto del país se castigaba con la horca, la hoguera, etc. Así mismo, daba cuenta de los motivos por los que un delincuente podía acabar en el patíbulo: si el valor de las mercancías robadas excedían de trece peniques y medio, adiós muy buenas. No obstante, en un alarde de garantismo judicial, cuatro alguaciles debían constatar que, en efecto, el importe de lo robado superaba dicha suma, tras lo cual el reo era irremisiblemente condenado a morir en día de mercado, que era cuando aquello se ponía de bote en bote y toda la comarca acudía a Halifax a sus negocios. En la ciudad había tres días de mercado, los martes, los jueves y los sábados. Así pues, si la condena tenía lugar precisamente en día de mercado no perdían el tiempo y lo apiolaban sin más demora. Caso contrario esperaban a uno de esos días para amputar la cabeza del ladrón.

El reo era conducido al patíbulo u horca situado en las afueras de la población. Esta construcción era una obra de sillería de cuatro pies de alto por trece de lado, o sea, unos 120 cm. de altura y 4 metros de lado. La descripción que Holinshed hizo de la máquina se corresponde con la réplica que se fabricó en 1974 y que se conserva actualmente en el patíbulo, también restaurado, de Halifax, si bien a la vista de diversas ilustraciones su diseño sufrió algunas reformas a lo largo del tiempo. El modelo que vio el cronista consistía en un bastidor formado por dos vigas de unos 4,5 metros de alto con sus caras internas acanaladas para que pudiera deslizarse un enorme bloque de madera de unos 130 cm. de largo cuya finalidad era lastrar la hoja de hacha colocada en su parte inferior y, de ese modo, imprimirle la energía suficiente para cortar el cuello del reo. Este bastidor se asentaba sobre una base y estaba apuntalado por unos largueros para dar estabilidad al conjunto. El reo se situaba tumbado boca abajo apoyando su cuello en un pequeño tocón desprovisto de cualquier sistema de sujeción que le impidiera moverse o incluso apartarse. En la foto superior vemos la réplica antes mencionada desprovista de sus mecanismos, los cuales hemos recreado en la ilustración de la derecha en base a las descripciones de su funcionamiento. Al parecer, el bloque de madera era alzado tirando de una larga cuerda mediante la polea que vemos bajo el travesaño superior. La cuerda está anudada a una argolla embutida en el bloque y retenida mediante un pasador que, al ser retirado, liberaba el citado bloque, que caía desde una altura de unos 2 metros aproximadamente. 


Grabado aparecido en The Picture Magazine en 1894. En este caso, el
encargado de hacer las veces de verdugo es un caballo. Cabe suponer que
los probos ciudadanos que están alineados en el patíbulo eran los
que tiraban de la soga que liberaba la cuchilla
Sin embargo, lo más peculiar radicaba en el hecho de que, ante la ausencia de verdugo, todos los hombres presentes colaboraban en el ajusticiamiento del reo. La fórmula era en plan "Fuenteovejuna, todos a una", ya que los presentes agarraban la soga que sujetaba el pasador y tiraban al unísono de la misma. De esa forma, todos y ninguno se habían pringado ya que incluso los que no tenían sitio para agarrarla alargaban el brazo hacia la soga de forma simbólica. Pero la cosa no quedaba ahí, ya que ese protocolo solo se llevaba a cabo con los ladrones de tejidos, dineros o cualquier objeto inanimado. Si por el contrario el ladrón había robado un caballo, una vaca o cualquier otra res, entonces era el animal el encargado de tirar de la soga. No obstante, suponemos que si lo que había robado era una gallina los vecinos le echarían una mano a la plumífera, ya que esta carecía de la fuerza necesaria para culminar la ejecución.


La cuchilla no era precisamente una pluma. Su peso es
 de tres kilos y medio
El golpe que imprimía la cuchilla al caer era tan bestial que las cabezas del personal salían disparadas a gran distancia, habiendo varias anécdotas un tanto truculentas al respecto, como una que relata como la cabeza de una condenada acabó en el regazo de una de las asistentes al evento, mordiendo la ropa de la susodicha sin que esta pudiera quitársela de encima con el evidente cabreo, cuando no espanto. Es de todos sabido que una cabeza cortada de un fulminante tajo conserva ciertos reflejos durante unos instantes, como ocurrió con la de Carlota Corday, de la que se dice que puso gesto de enfado cuando el verdugo la sacó del cesto y le dio una bofetada. Que acojone, ¿no? Por otro lado, la cuchilla no estaba especialmente afilada ya que bastaba la energía cinética que acumulaba al asestar el golpe para cercenar el cuello del reo, si bien no de una forma limpia como ocurría con la guillotina, sino más bien por aplastamiento. En la foto superior podemos ver la última cuchilla empleada, la cual estaba depositada en la mansión del Lord de Wakefield. Como se ve, no era precisamente un prodigio de la industria metalúrgica local, pero daba el avío. Los orificios son para los pasadores que la sujetaban al bloque de madera.


Por cierto que en el grabado del caballo-verdugo vemos una máquina diferente a la descrita por Holinshed ya que carece del enorme bloque de madera que actuaba como lastre. Podemos suponer que este artefacto no era eterno y que su permanente exposición a la intemperie obligaba de vez en cuando a repararla, así que no sería absurdo pensar que en algún momento se sustituyó el tocón por otro de menor tamaño que, llegado el caso, podría lastrarse con plomo. A la derecha vemos una recreación de esa versión que, además, está armada con una cuchilla cuyo filo es más curvado ya que, con el paso del tiempo, se pudo comprobar que los filos rectos efectuaban un corte mucho menos limpio. Quizás solo bastó el cambio de cuchilla para que no fuera necesario lastrarla tanto. Sea como fuere, esta que vemos se corresponde con las que aparecen en los grabados del siglo XVII, que aparte del hacha y la polea no contenían ningún otro cambio en su morfología. En todo caso, la presencia de la máquina tuvo su efecto disuasorio ya que a partir de 1600 se hizo bastante popular un estribillo llamado "Letanía de los Mendigos" que decía que "from hell, Hull and Halifax, Good Lord deliver us", que viene a querer decir que "del infierno, de Hull y de Halifax, Buen Señor líbranos". La referencia a Hull, otra población de Yorkshire, se debía a la existencia en la misma de una prisión especialmente dura de aquellos tiempos.


Foto coloreada del patíbulo después de su hallazgo.
Actualmente está reconstruido
Como colofón, comentar que esta máquina dejó de funcionar a mediados del siglo XVII con la ejecución en abril de 1650 de Abraham Wilkinson, acusado de robar 16 yardas de paño rojo (el tejido rojo era muy caro en aquella época por lo costoso del tinte) por un valor de 16 chelines (un chelín equivalían a 12 peniques, así que estaba listo) y un tal Anthony Mitchell, que robó dos potros. Se desconocen las causas por las que la máquina fue desmontada y arrumbada en cualquier sitio, si bien algunos autores sugieren que fue debido a que la ejecución el año anterior del rey Carlos I a manos de los parlamentaristas hizo que las decapitaciones empezaran a resultar asquerosillas. Otros afirman que fue por orden de Cromwell, que quiso con esta medida igualar a todos los reos de muerte con la horca, que por lo visto le resultaba como más democrática. 


Tras el desguace de la máquina solo permaneció en el lugar el patíbulo que le dio nombre, el cual fue quedando poco a poco sumergido en el terreno circundante por las basuras y el follaje hasta que en junio de 1839 fue descubierto a raíz de unas obras. Anteriormente todo el mundo pensaba que se trataba de un mero montículo natural cubierto de hierba donde, curiosamente, se siguieron instalando los patíbulos temporales de madera para efectuar los ahorcamientos a partir de la época en que fue abolida a máquina. Cuando los más viejos del lugar palmaron y el recuerdo del emplazamiento de la Halifax Gibbet era una nebulosa en la memoria del personal, sin darse cuenta aún seguían usando el mismo lugar que sus tatarabuelos para apiolar legalmente a los criminales. Por último, concretar que se desconoce el número exacto de víctimas de la máquina ya que hasta 1541 no se empezó a llevar un registro de las mismas. Pero si descontamos al que la estrenó en 1286 nos queda constancia de 52 reos, lo que nos da como resultado que, durante los 109 años en que se contabilizaron los ajusticiamientos, apenas se produjo una ejecución cada dos años, lo que era todo un logro en una época en que al personal lo liquidaban por robar un pito. Cabe suponer que, en efecto, la presencia de la máquina tuvo un notable efecto disuasorio.

En fin, esta fue la madre de la guillotina. Pero también tuvo una hermana menor, surgida por deseo de James Douglas, IV conde de Morton y regente de Escocia, cuando éste personaje pasó por Halifax allá por 1563. Nos referimos a la Scottish Maiden, la Doncella Escocesa, pero de esa hablaremos en la próxima entrada. 

Bueno, ya'tá.

Hale, he dicho


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La guillotina Berger



Los restos del patíbulo hacia los años 60, antes de su reconstrucción

sábado, 25 de marzo de 2017

Métodos de decapitación. La mannaia




Desde los tiempos más remotos se tiene la más absoluta certeza de que si se le amputa la cabeza a un ciudadano, éste se muere de forma irremisible. De ahí que semejante práctica gozase de gran popularidad y se extendiese por todas partes ya que era la forma más segura de impedir que cualquier criminal volviese a delinquir. De hecho, solo se conoce un caso de descabezado incombustible, el del jinete sin cabeza que sale en la peli esa de "Sleepy Hollow" que, por cierto, me encanta y la he visto qué se yo la de veces.

La decapitación con espada era un método habitual en
Centroeuropa. Era necesario que el ejecutor tuviera una
gran pericia en el manejo de su arma para no errar el
golpe
Así pues, como digo, la decapitación ha sido quizás el método de ejecución más extendido y antiguo, siendo los encargados de llevarla a cabo unos verdugos provistos de un hacha o una espada que, con más o menos destreza, segaban el cuello del reo, dándole matarile entre la vorágine de alaridos, insultos y regodeo sádico de la plebe que gustaba asistir a tan sangriento espectáculo. Sin embargo, estos verdugos no siempre tenían la destreza y el vigor necesarios para asestar el golpe y cercenar la cabeza del condenado al primer intento, convirtiéndose entonces la ejecución en una auténtica masacre ya que, en muchas ocasiones, eran necesarios dos o más tajos para aliñar al desdichado reo, el cual tardaba en palmarla el tiempo que el verdugo empleaba en golpear una y otra vez sin acertar de pleno. Estos verdugos, extraídos de lo más bajo de la escala social, carecían de la pericia de ejecutores modernos como Pierrepoint o Deiblier y, aparte de no tener el entrenamiento adecuado para ejercer su oficio con eficacia y diligencia, no sería raro que subieran al patíbulo con elevados grados de alcoholemia, lo que les impedía llevar a cabo la ejecución con la limpieza requerida. Un ejemplo bastante conocido lo tenemos en la decapitación del otrora poderoso valido de Enrique VIII, Thomas Cromwell, que tardó en largarse de este mundo el tiempo que dedicó el verdugo en descargar tres veces el hacha hasta que finalmente se aburrió y se murió de tanto esperar, pobre hombre.

Xilografía anónima datada hacia finales del siglo XV
que muestra una mannaia
De ahí seguramente la idea de fabricar un ingenio mediante el cual la ejecución se pudiera llevar a cabo de forma rápida y digna porque, no lo olvidemos, en muchos países la decapitación solía ser el método seguido para ejecutar a personas de cierto rango, y no estaba bien visto que todo un marqués o incluso una reina adúltera acabaran macheteados como un pollo en manos de un aprendiz de carnicero. Alguno dirá que para eso se inventó la guillotina, pero este artefacto ni lo inventaron los gabachos, ni mesié Guillotin hizo otra cosa que proponerlo como una forma de ejecutar a los reos con prontitud ya que ni siquiera se tomó la molestia en mejorar las máquinas que ya se empleaban desde hacía siglos en la brumosa Albión, Alemania o en Italia. De hecho, la máquina que actualmente conocemos como guillotina fue en realidad fabricada en 1792 por un constructor de clavicémbalos alemán llamado Tobias Schmidt, pero de eso ya hablaremos con más detenimiento en otra ocasión. La cuestión es que mucho antes de que a los gabachos les diera por descabezar a todo bicho viviente hacía unos cinco siglos nada menos que se usaban diversos artefactos para dicha finalidad.

El que posiblemente sea el más antiguo es el conocido como mannaia, que en la lengua italiana significa cuchilla, en referencia a esas tan grandes que usan los carniceros. Al parecer, en Alemania este artefacto era denominado como panke o diele, términos con los que aparece en diversos relatos sobre ejecuciones llevadas a cabo en Alemania en el siglo XIII. No obstante, no se sabe quién ni cuando la inventó y, por otro lado, las descripciones que han llegado a nuestros días nos presentan diversas variantes si bien se ceñían a unos baremos determinados. La primera noticia de su uso en un personaje de postín la tenemos en la ejecución del desdichado Conradino de Hohenstaufen que, con apenas 16 años, fue liquidado por el taimado, ambicioso y malvado Carlos de Anjou en Nápoles el 29 de octubre de 1268. En el grabado de la izquierda aparece el atribulado duque ante un chisme que se asimila a una de las descripciones que se han dado de la mannaia, que la presentan como dos postes verticales de escasa altura entre los que se desliza una cuchilla lastrada con plomo para aumentar su contundencia. Para dejarla caer no tenían más mecanismos que una simple soga que el verdugo se limitaba a soltar o cortar cuando el reo tenía el cuello apoyado en un tocón colocado bajo la máquina. 

En el grabado de la derecha tenemos un ejemplo similar, en este caso procedente de la colección de "Martirios de los Apóstoles" de Lucas Cranach, editada en Witemberg en 1539 y que, en este grabado, representa el martirio de San Mateo llevado a cabo nediante una "cuchilla descendente, a la manera de los romanos". En el grabado se puede apreciar perfectamente la morfología de la máquina, y vemos como un verdugo sujeta la soga que sostiene la pesada cuchilla de filo recto mientras que otro sujeta la cabeza del santo para que no la retire ya que, según podemos comprobar, estas máquinas carecían del típico cepo que inmovilizaba la cabeza del reo. En aquella época se creía que, en efecto, ese artefacto o alguno similar ya era empleado por los romanos. De hecho, las ejecuciones con esa máquina era un tema bastante recurrente en la escuela alemana del siglo XVI, y autores como el mismo Durero o Heinrich Aldegrever la representaron en sendos grabados sobre la ejecución del hijo de Tito Manlio.

Grabado al aguafuerte de Heinrich Aldegrever
representando a Tito Manlio ejecutando a
su propio hijo 
El hecho de que apareciera la mannaia en obras ambientadas en tiempos de los romanos no significa que fuera cierto que estos las empleasen. De hecho, no hay constancia de ello. Para justificar el gazapo colijo que lo más lógico es pensar que se trataba de un simple anacronismo muy habitual en la Edad Media y el Renacimiento, cuando se representaban a los personajes con la indumentaria y los edificios de su época de la misma forma que si hoy pintásemos a los hombres de los Tercios de Flandes con uniforme de camuflaje y armados con fusiles de asalto en vez de con arcabuces. No obstante, lo que sí parece quedar claro es que el empleo de esta máquina debía ser bastante habitual en la Alemania medieval y del Renacimiento ya que, por otro lado, se asemejan bastante en su aspecto general si bien nos son mostradas de una forma excesivamente elaborada y no como simples instrumentos de muerte que debían tener un acabado más tosco, y no similar al de un mueble estilo rococó. Queda además constancia de que su funcionamiento era parecido al de la posterior guillotina si bien carecían de cualquier tipo de mecanismo para elevar o soltar la cuchilla, así como para retener la cabeza del reo en su sitio, lo que se debía hacer por el tradicional pero no por ello menos eficaz medio de agarrarlo por los pelos sin más historias.

Retomando el tema de su uso por los romanos, lo cierto es que esta falsa idea trascendió más allá del Renacimiento gracias a hombres que, tenidos por autoridades en la materia, afirmaron que verdaderamente era así. Un ejemplo lo tenemos en el "Academy of Armoury", un tocho sobre cuestiones heráldicas publicado en 1678 por un tal Randle Holme (sí, sin S al final), un inglés perteneciente a una familia que durante generaciones se dedicó al estudio de la genealogía y que presentó un blasón con el chisme que vemos a la derecha, si bien sin especificar a qué linaje pertenecía. Lo describe así: "en campo de gules, un tocón montado entre dos soportes con un hacha entre ellos. A la izquierda, un mazo". Conviene aclarar para los que no lo sepan que, en heráldica, la posición del mobiliario no se da conforme al que mira el escudo, sino como si uno estuviera dentro del escudo, o sea, que si el mazo lo veamos colocado a la diestra, heráldicamente hablando está a la siniestra. Afirmaba además que "este era el método seguido por judíos (¡!) y romanos para decapitar a los criminales, aunque otros dicen que cortaban las cabezas con una espada de dos manos". Es más que evidente que el tal Holme se inventó esto de cabo a rabo, pero como era un afamado genealogista pues nadie puso en duda sus afirmaciones. O sea, más o menos como ocurre hoy día cuando un "experto" nos suelta alguna sentencia y todo el mundo la acepta como auténtica aunque tenga de verdadera lo que un político de honrado.

Sin embargo, la cosa es que el artefacto representado por Holme se ajustaba bastante a la mannaia, la versión italiana de estas primitivas guillotinas. Una de las representaciones más antiguas de este artefacto la tenemos a la derecha. Se trata de una xilografía anónima datada hacia 1522 que representa la decapitación de Juan el Bautista. En el grabado superior se ve al santo en posición orante con la máquina situada ante él. Detrás aparece el verdugo provisto de un enorme mazo. Si nos fijamos en la cuchilla, se asemeja en su forma a la de un hacha normal y corriente, y está encastrada en un travesaño que se desliza por dos acanaladuras. Aunque la ilustración es bastante esquemática, cuando no tosca, nos permite hacernos una idea de su funcionamiento, que no era otro que colocar el cuello del reo bajo la cuchilla y, a continuación, asestar un mazazo sobre el travesaño que la sustenta, decapitando de un solo golpe a la víctima sin necesidad de convertir la ejecución en uno de los baños de sangre tan habituales en aquella época.

Otra representación de una mannaia más elaborada podemos verla a la izquierda. Se trata de un grabado en cobre datado en 1553 obra de George Pens, un discípulo de Durero que no se quiso quedar sin plasmar por enésima vez la dichosa ejecución del hijo de Manlio. En este caso el autor no optó por el modelo alemán sino el empleado en Italia, quizás pensando que sería más fiel a la historia. De hecho, hasta presenta al verdugo con una suerte de indumentaria a la romana. Pero lo más importante en este caso es que el autor se ajustó bastante a la forma de usar la máquina, con el verdugo preparándose para descargar el mazazo que hundiría la cuchilla en el pescuezo del joven Manlio, que debió ser el pagano ejecutado más veces representado en el Renacimiento.

Con todo, nos hemos permitido efectuar dos recreaciones basadas en las descripciones y representaciones gráficas de la época para que podamos tener una idea más clara del aspecto real de la mannaia que se usó en Italia. La que vemos a la izquierda es el modelo convencional. Está formada por dos postes de entre 120 y 150 cm. de alto unidos por sendos travesaños, uno en la parte inferior y otro aproximadamente a la mitad, donde el reo apoyará el cuello. Los dos postes están acanalados por sus caras internas para que la cuchilla se deslice sin problemas. Llegado el momento de la ejecución, el reo se arrodillaba ante la mannaia y colocaba la cabeza en el travesaño. A continuación el verdugo deslizaba la cuchilla hasta apoyarla sobre el cuello y, finalmente, descargaba el golpe con un pesado mazo que imprimiese la suficiente energía como para cercenar el cuello limpiamente. El modelo de la derecha corresponde a una variante empleada en Bolonia y que, como podemos ver, está provista de un cepo denominado tagliatura, palabro que viene a significar "recorte", quizás en referencia al orificio practicado para inmovilizar la cabeza del reo. Es evidente que más de uno no estuvo por la labor de quedarse quietecito mientras el verdugo asestaba el golpe, así que inventaron la tagliatura o cepo que luego se hizo tan popular en la guillotina. Esta pieza sería móvil, y quedaría sujeta a la máquina mediante algún tipo de pasador, clavija o cuña. Por cierto que la mannaia estaba considerada en Italia como el método de ejecución más honorable.

"El ahorcamiento", obra de Annibale Carracci datada hacia finales
del siglo XVII. La flecha muestra la mannaia sobre un patíbulo
Pero no solo se reservaba la mannaia para descabezar a ciudadanos ilustres sino también como herramienta para cercenar las manos de los asesinos que iban a ser ahorcados. Según era costumbre, a los asesinos se les cortaba la mano con la que habían empuñado el arma homicida, tras lo cual eran ahorcados tal como vemos en el dibujo de la izquierda, donde vemos una mannaia destinada a tal fin. Según relatos de la época, el verdugo le cortaba al condenado la mano fácilmente con este artefacto tras lo cual le vendaba rápidamente el muñón sangrante o se lo metía dentro de un pollo recién sacrificado para impedir que, debido a la hemorragia, palmara desangrado antes de acabar colgado del pescuezo según la sentencia ordenada.

En fin, ya vemos que la guillotina estaba más que inventada cuando los gabachos la pusieron en funcionamiento, y menos mal que en aquella época aún no se había inventado eso del copyright, porque sino les habrían sacado una pasta gansa por cada cabeza cortada. En todo caso, aún en el siglo XVIII se seguían ejecutando criminales mediante esta máquina, de modo que se adelantaron a sus vecinos del norte por varios siglos. Pero que nadie piense que solo la mannaia antecedió al artefacto revolucionario. De hecho, los british también fabricaron un par de chismes mucho más semejantes a la guillotina que veremos en una próxima entrada, así que oído al parche.

Bueno, ya vale por hoy.



miércoles, 22 de marzo de 2017

Métodos de ejecución medievales: la rueda




Reo enrodado según una miniatura anónima del siglo XIV
Desde los tiempos más remotos, el ser humano ha desplegado toda su creatividad a la hora de idear métodos a cuales más horripilantes para castigar a los que sacaban de una forma u otra los pies del tiesto. Como ya hemos comentado alguna que otra vez, las penas de privación de libertad son un invento relativamente moderno. En la Edad Media los habitual era que los recluidos en una cárcel fuesen prisioneros de guerra, y no como castigo en sí, sino como una forma de custodia preventiva mientras se negociaba el rescate correspondiente. Pero aparte de estos, prácticamente hasta la llegada de la Era Moderna solo se encerraba a determinados personajes políticamente molestos, por lo general de un rango elevado, con la única finalidad de quitarlos de en medio sin convertirlos en mártires. No obstante, estos sujetos no se veían emparedados durante años o incluso de por vida como consecuencia de una sentencia judicial por un determinado delito, sino por cuestiones puramente arbitrarias y por el mandato de monarcas temerosos de verse cesados de sus cargos por obra y gracia de un adversario político ya fuera un noble o incluso un pariente, como le ocurrió al desdichado Don García, que recibió de su padre el rey Fernando I el reino de Galicia y que por ello se pasó toda la vida en un calabozo, primero por orden de su hermano Sancho y, tras el asesinato de este, por su otro hermano Alfonso.


Un reo en el cepo. Pasarse una semana en semejante postura
debía producir unas tortícolis simplemente fastuosas, pero
mejor eso que acabar descuartizado en vida
Así pues, los delincuentes comunes se veían sometidos a un amplio surtido de castigos físicos que iban desde los azotes o el cepo en los casos más leves, la amputación de orejas, narices o manos para los delitos de cierta entidad y, por último, a la pena de muerte aplicada de forma más o menos cruenta en función de la gravedad del delito cometido. En la Edad Media, los robos, el proxenetismo y las violaciones se solían saldar con multas y la correspondiente tanda de latigazos para dejar en los lomos de los infractores el recuerdo indeleble de su iniquidad, o bien con unos cuantos años dándole al remo en las galeras del rey cuando, debido al auge de las marinas de países como España o Francia, se relegó al olvido a los remeros profesionales de antaño, siendo estos sustituidos por una chusma de forzados. Otra posibilidad era, tras ser azotado, verse varios días sujeto a un brete donde, aparte de la incomodidad, el reo era expuesto al escarnio público y, lo que era peor, al sádico regodeo de la chavalería, esos súcubos sacados del abismo y camuflados bajo una capa de inocencia que no paraban de hacerle perrerías al desdichado de turno.

Este era uno de los métodos menos crueles. Un espadazo en
el pescuezo y adiós muy buenas
Pero los crímenes de más gravedad como los asesinatos en cualquiera de sus variantes legales, la traición, la sodomía, el bestialismo o la pederastia eran castigados con la muerte en sus formas más salvajemente refinadas. Porque, no lo olvidemos, en aquellos tiempos eso de la reinserción que tanto se lleva ahora no estaba siquiera contemplado, y los castigos tenían un doble cometido: en primer lugar, como pago al delito. Si alguien mataba con alevosía o llevaba a cabo una traición o cometía un magnicidio era automáticamente repudiado por la sociedad, la cual consideraba que ese sujeto no solo era ya irrecuperable, sino que ni siquiera merecía seguir viviendo por lo que debía ser eliminado, satisfaciendo además el ansia de venganza tanto de los parientes de la víctima como de una sociedad que dormirá más tranquila sabiendo que hay un hideputa menos suelto por el mundo. 


Ejecución de un hombre que traicionó a los suyos e
intentó facilitarles la entrada a la ciudad suiza de Bellizona,
sitiada por los gabachos en 1500. Como vemos, está siendo
eviscerado en un estado de plena consciencia. Chungo, ¿no?
Por otro lado estaba la evidente intención ejemplarizante o coercitiva: "mirad lo que le pasa al que se salta las leyes. Si no queréis acabar como este cretino, ya sabéis lo que no debéis hacer". Como es lógico, para una sociedad que convivía a diario con la Muerte en sus peores formas- guerras, hambre, plagas y enfermedades-, palmarla simplemente ahorcado podía significar un riesgo menor si el premio merecía la pena, así que no estaba de más llevar a límites inhumanos la aplicación de castigos por determinados delitos para que, ante lo espantoso de los mismos, fueran muy pocos los que prefirieran arriesgarse a acabar de semejante modo. De esta doctrina surgió la idea de que someter a un sufrimiento extremo a los reos de muerte era la mejor forma de convencer a los delincuentes en potencia de que, si llevaban a cabo cualquier tropelía, podían tener un final muy, pero que muy desagradable. En definitiva, no debemos ver estos brutales métodos de ejecución como una mera explosión de sadismo gratuito, sino como un ejercicio de persuasión. Debemos recordar, y siempre insisto mucho en ello, que es un error ver los actos de los que nos precedieron en el tiempo bajo nuestros esquemas de valores porque es la mejor forma de equivocarnos a la hora de opinar, que no juzgar, sobre su conducta. Hoy día, nuestro peor castigo es tener a un sujeto 40 años en la trena, y puede que dentro de dos o tres siglos nos vean de la misma forma que nosotros vemos a los que vivieron hace el mismo tiempo, así que lo más acertado a mi modo de ver es intentar comprender por qué actuaban de una u otra forma.


Bien, hecho este pequeño introito aclaratorio, procedamos. Uno de los métodos de ejecución más terroríficos ideados por el hombre era la rueda. Ser enrodado era garantía de una de las muertes más dolorosas y lentas que se podían concebir si bien debemos de diferenciar entre la rueda creada como instrumento de tortura y la destinada a ejecutar reos de muerte. La referencia más antigua del empleo de este chisme proviene del martirio de santa Eufemia, una cristiana natural del Calcedonia, al NO de la actual Turquía, a la que Prisco, el gobernador de la provincia, quiso obligar a rendir culto a los dioses paganos. En la imagen superior vemos la escena en la que el malvado Prisco intenta convencer a Eufemia que ser cristiana no era nada aconsejable, para lo cual un verdugo la hace girar sobre una hilera de cuchillas que le harán bastante daño, pero no la matarán. De hecho, la santa acabó su tortuosa existencia a manos de un oso en uno de los execrables espectáculos circenses de Diocleciano, al que los cristianos le caían especialmente mal. La otra referencia, más conocida quizás, es la del martirio de Catalina de Alejandría en el siglo IV de nuestra era (imagen inferior). Fue un caso similar al de la pobre Eufemia ya que esta criatura se enfrentó personalmente al mismísimo emperador Majencio y hasta logró convertir a multitud de sabios y soldados ante la impotencia del césar el cual, muy cabreado, ordenó construir unas ruedas armadas de cuchillas que girasen en sentidos opuestos para producir heridas y desgarros en ambas partes del cuerpo de la santa. Sin embargo, antes de que estas llegaran a causarle algún daño unos ángeles las hicieron pedazos, que para eso era una santa de primera clase. Por desgracia, eso no impidió que Majencio cortara por lo sano, nunca mejor dicho, ordenando que fuera decapitada haciendo incluso caso omiso de las súplicas de su mujer la emperatriz, que le imploraba que perdonase a Catalina. En todo caso y cuestiones legendarias y religiosas aparte, queda patente que, al menos en principio, la rueda se concibió como un instrumento de tortura que, por cierto, mantuvo su aplicación durante la Edad Media si bien de forma similar a las que hemos visto y no como método de ejecución, que era bien diferente.


El enrodamiento como método de ejecución se extendió por toda Europa Central, Francia, Inglaterra e incluso algunos países del norte como Suecia o Rusia a partir del siglo XV, perdurando hasta fechas tan tardías como mediados del siglo XIX en Prusia, concretamente en 1841. No obstante, hay testimonios que prueban que anteriormente ya se conocía este suplicio, como vemos en la foto de la derecha, correspondiente a un fresco de la iglesia de Saint Savin-sur-Gartempe datado hacia 1100 y que muestra el martirio de los santos Sabino y Cipriano. Por la contorsión de sus cuerpos podemos pensar que antes de ser colocados en las ruedas les molieron los huesos a golpes. Por cierto que no quiero desaprovechar la oportunidad de clamar una vez más contra la Leyenda Negra que atribuía a los españoles las mayores crueldades imaginables cuando, mira por donde, este bestial castigo jamás se empleó en España o sus dominios mientras que gozó de especial popularidad en la civilizada Suiza, la ejemplar Dinamarca, la culta Francia o la siempre envidiada Suecia, extendiéndose su uso hasta fechas tan tardías como finales del siglo XVIII. La rueda, por el extremo sufrimiento que producía en los reos, se reservaba para los delitos más inicuos: traición al estado, la ciudad o los superiores inmediatos, parricidios, magnicidios o para delincuentes que, aunque no tuvieran sobre sí delitos de sangre, el cúmulo de fechorías- robos, violaciones y desmanes de todo tipo- hicieran aconsejable aplicarles un castigo ejemplar. 


Al parecer, el origen de este suplicio es bastante antiguo ya que, por ejemplo, en los versículos 12 y 13 del capítulo 9 del Libro IV de los Macabeos (c. siglo I d.C.) dice "...cuando se cansaron de golpearle con los látigos sin conseguir nada, lo colocaron sobre la rueda. Tendiéndolo en ella, el noble joven fue descoyuntado". Por otro lado, según Gregorio de Tours en origen este castigo consistía en colocar una extremidad del reo sobre un bache del camino de forma que quedase una parte de la misma en el aire, tras lo cual se pasaba sobre ella un carro produciéndole una fractura a lo bestia que, en aquellos tiempos, si no te mataba por interesar los fragmentos del hueso alguna arteria o vena importante, al menos lo dejaba a uno tullido para siempre. De ahí que inicialmente, y tal como podemos constatar en las representaciones gráficas más antiguas, el castigo consistía en colocar al reo con los brazos y piernas extendidos sobre unos tacos de madera que hacían las veces de hondonadas en el camino, tras lo cual el verdugo descargaba sobre ellos una pesada rueda de carro rompiéndole las piernas por encima y por debajo de las rodillas, así como los brazos y los antebrazos. Como podemos dar por sentado, el dolor sería inimaginable ya que estas fracturas, en muchos casos, serían abiertas, haciendo que los huesos destrozados emergieran por las heridas. El procedimiento podemos verlo en la miniatura superior, datada hacia finales del siglo XV, que muestra a un reo tumbado e inmovilizado en el suelo con el verdugo a punto de descargar la rueda sobre su muslo derecho. Naturalmente, el verdugo se lo tomaba con tranquilidad para alargar el suplicio y, con ello, el sufrimiento del reo.


Rueda de la Fortuna del CARMINA BVRANA, una
complicación de pomas escrita hacia 1230
Pero, ¿por qué una rueda y no un simple mazo o cualquier otro objeto contundente? Para deducirlo debemos remontarnos a los albores de la Edad Media, cuando Anicio Manlio Boecio (c.480-524), un filósofo y político romano tomó la rueda como símbolo iconogáfico de la diosa pagana Fortuna para asimilarlo al fatalismo cristiano que implicaba la Providencia. De ese modo, la ROTA FORTVNÆ, la Rueda de la Fortuna, con su caprichoso giro se había convertido en un símil de la Providencia, que nos depararía cualquier cosa, buena o mala, a modo de implacable e inexorable destino. Esta alegoría empezó a popularizarse a partir del siglo XI en forma de cuatro personajes alrededor de una rueda como símbolo del paso del tiempo, los cuales representan las vicisitudes del poder temporal: a la izquierda una de las figuras asciende por la rueda bajo el lema de REGNABO (reinaré), la siguiente se encuentra en la parte superior con el lema REGNO (reino), a la derecha otra figura, descendente en este caso, nos comunica que REGNAVI (reiné), mientras que la última, colocada en la parte inferior, SVM SINE REGNO, o sea, dice que está sin reino. Así pues, la rueda representa lo transitorio del poder, las riquezas, los honores o la misma juventud y, por ende, la inestabilidad de los asuntos mundanos, así como la vacuidad de las cuestiones terrenales y lo pecaminoso de la condición humana. Por todo ello, la rueda pasa a convertirse, especialmente a partir del siglo XII, en la protagonista de las referencias al pecado en la iconografía de la época hasta bien entrado el Renacimiento.


Obsérvese como los dos reos enrodados tienen sus
extremidades envolviendo los radios y las llantas
de las ruedas que los sostienen
Por lo tanto, el hecho de golpear y castigar a un reo con una rueda, símbolo del pecado y las desdichas, podemos tomarlo como una especie de cruel ironía en la que se pretende dar a entender que la veleidosa Fortuna, o la Providencia si lo preferimos, ha sido la causante de que el criminal se vea sometido a semejante suplicio por sus pecados. Puede que a alguno le suene un poco rebuscada esta asimilación simbólica sobre algo tan ruin como era una ejecución, pero no olvidemos que en la Edad Media la simbología estaba íntimamente unida al imaginario popular como forma de aprendizaje. ¿Qué eran sino los canecillos y capiteles románicos sino meras advertencias a un pueblo analfabeto e inculto que solo tenía ocasión de aprender mediante los "cómics" de la época? En la mente humana, los símbolos se agarran a la memoria como garrapatas en pellejo perruno, y una vez asimilado el significado del símbolo jamás lo olvidaremos. ¿Quién no sabe que una calavera con dos tibias cruzadas significa peligro de muerte, o que un octógono pintado de rojo con una palabra inglesa que pone STOP quiere decir que debemos parar el coche aunque no sepamos que stop significa deténgase? En resumen, si la rueda era el pecado, qué mejor forma de acabar con el reo que con el símbolo de dicho pecado que, además, se asimilaba a lo caprichoso del destino. El mensaje era pues muy claro: has cometido un delito grave y, por lo tanto, has pecado contra Dios y los hombres, así que debes ser castigado con un instrumento que dejará bien claro a los que presencien tu suplicio que la Providencia es lo que te ha llevado a semejante situación.


Ejecución de tres reos en Lucerna, Mientras que al último
de ellos aún le está partiendo los miembros, los otros
dos ya están esperando a que los cuervos de la comarca
se den un festín a su costa
Bien, aclarado el motivo del por qué se usaba una rueda y no cualquier otro objeto lo suficientemente contundente como para partir huesos de un golpe, prosigamos con el procedimiento, que no se limitaba a romper los brazos y las piernas del reo. Una vez concluida la sesión de rotura ósea, se inmovilizaba al doliente personaje sobre la misma rueda empleada para el suplicio rodeando los radios de la misma con los miembros rotos que, al carecer de la rigidez que proporcionan los huesos, se convertían en una plastilina cárnica que se adaptaba a cualquier superficie. A continuación se colocaba la rueda en un poste por el orificio del eje y se erigía a la vista de todos, dejando al reo allí a que esperase pacientemente una muerte que, en función de su resistencia física, podía tardar horas o incluso días con la compañía de toda la volatería carroñera de la comarca que los molerían a picotazos sin que pudieran defenderse. El caso de resistencia más asombroso fue el narrado por Gaspar Herber von Lochem en una crónica escrita en 1581 en la que da cuenta de la aterradora historia de lo que hoy llamaríamos un asesino en serie. El fulano en cuestión era un tal Christman Genipperteinga, el cual liquidó nada menos que a 964 personas entre los años 1568 y su captura en 1581. Sus crímenes los perpetraba por lo general usando unas cuevas como apostadero cerca de los caminos, liquidando a todo aquel que pasase por el lugar. Tras ser denunciado hicieron falta 30 hombres para darle caza, encontrando en su tugurio un botín cuantiosísimo a base de armas, dinero, joyas, etc. A un personaje semejante había que darle un tratamiento especial, así que en este caso alargaron la agonía del reo durante nueve días administrándole bebidas tonificantes que, además, le evitarían morir por deshidratación, principal causa de la muerte cuando se sufren hemorragias de poca intensidad, antes incluso de que sobrevenga un shock hipovolémico. En fin, un cabronazo semejante no merecía menos.


Pero no hacía falta cargarse a casi mil probos ciudadanos para acabar enrodado. Los parricidios estaban muy mal vistos, y los que eran denunciados por liquidar a un familiar podían tener la certeza de que acabarían de muy mala manera. De hecho, las crónicas tanto escritas como gráficas de la época nos han legado multitud de testimonios que nos permiten tener conocimiento del como y el por qué de este peculiar sistema de ejecución. La serie de viñetas que vemos arriba, datadas en 1513 y que proceden de la Crónica de Lucerna, nos muestran el caso del lansquenete Hans Spiess, el cual estranguló a su mujer mientras dormía. De arriba abajo y de izquierda a derecha  vemos en primer lugar al alevoso Spiess apretando el pescuezo de la parienta. A continuación se ven a los vecinos que entran en la alcoba y contemplan el crimen, tras lo cual denuncian al marido. Conviene aclarar que en aquella época la justicia no actuaba de oficio, por lo que si nadie efectuaba una denuncia el crimen quedaría impune. No fue este el caso ya que, tras detener al sospechoso, se le sometió a tormento para obtener su confesión, en este caso mediante la garrucha que los anti-españoles siempre atribuyen de forma exclusiva a la Inquisición. Ante la negativa del tal Spiess, este fue llevado ante la tumba de su mujer y, tras exhumar el cadáver, éste se puso a echar espuma y a sangrar, lo que fue tomado como una afirmación de su culpa. Cabe suponer que tanta porquería era la consecuencia de la putrefacción, pero la cosa es que eso fue lo que terminó de asegurar la condena del lansquenete, cuya ejecución tuvo lugar en la ciudad de Willisau. La podemos ver en la última viñeta. 


Pero en muchas ocasiones la autoridad judicial consideraba el enrodamiento "poca cosa" ante la magnificencia de un crimen, sometiendo al reo a una serie de tormentos previos para darle a entender que su conducta había sido muy reprobable, y que estaban por la labor de hacérselas pasar putas durante las últimas horas de su existencia en este mundo. Un ejemplo lo podemos ver a la derecha, donde se muestra todo el proceso seguido en 1589 durante la ejecución de un tal Franz Seubold narrado por su mismo ejecutor, el verdugo de Nuremberg Franz Schmidt. Arriba a la izquierda se ve el móvil del crimen, en este caso matar a su padre mientras el hombre se dedicaba a cazar pájaros con redes. Abajo a la izquierda vemos un carro con el reo camino del patíbulo acompañado de los alguaciles y del verdugo, que para amenizarle el paseo se dedica a arrancarle trozos de carne con unas tenazas al rojo que su ayudante le va calentando en un infiernillo. A la derecha vemos el suplicio, con Schmidt partiendo las piernas del reo. Al parecer, en este caso el juez dictaminó que solo se le partieran las extremidades inferiores antes de proceder al golpe de gracia, que consistía en descargar la rueda sobre la caja torácica. Esto solía producir la muerte de forma inmediata, lo que evitaría al reo pasar varias horas encima de la rueda sintiendo como los grajos y los cuervos se ponían de grana y oro con su carne. 


Porque debemos saber que esta forma de suplicio no tenía una norma fija, quedando al arbitrio del juez si el verdugo debía romper las cuatro extremidades o solo dos, o bien si empezaba por las piernas, alargando con ello el suplicio, o bien debía descargar el primer golpe en la cabeza o el cuello, matando al reo y rompiéndole a continuación las extremidades a modo de escarmiento, pero con él ya muerto. De hecho, incluso las sentencias podían dictaminar el tiempo que debía transcurrir entre el suplicio y el golpe final, alargándolo o acortándolo en función de la gravedad del delito. Por citar un ejemplo, en Alemania, en 1718, un famoso ladrón llamado Jacob vio incluida en su sentencia que se debía esperar al menos media hora antes de finiquitarlo porque, ya en aquellos tiempos, era bastante habitual llevar a cabo el remate del condenado mediante la decapitación, procediendo luego a colocar su cuerpo sobre la rueda y la cabeza clavada en lo alto de todo tal como vemos en el grabado superior. En otros casos el juez podía ordenar que, antes de proceder al enrodado en sí, el verdugo le cortase la nariz, o lo castrase, o le aplicase hierros candentes o le arrancara la carne con tenazas.


Ejecución del ladrón y asesino Jasper Hanebuh en 1638 en
Hanover. Como se puede ver, en este caso el reo está sobre
la rueda mientra el verdugo lo golpea con la barra de hierro
Con el paso del tiempo, y posiblemente a causa del gran esfuerzo físico que debían efectuar los verdugos para manejar la pesada rueda, en algunos lugares como en Francia se cambió el procedimiento. A partir de ese momento, el reo sería inmovilizado sobre la rueda mientras que le verdugo rompería sus extremidades con una pesada barra de hierro si bien el resto del ritual no cambiaba para nada. No obstante, llegó un momento en que se consideró que se debía tener cierto grado de compasión con el reo sin eliminar por ello el efecto ejemplarizante. Esto dio lugar a lo que se denominaba RETENTVM, que consistía en estrangular al reo de forma discreta al poco de iniciar el suplicio. De ese modo, los asistentes podían corroborar que delinquir tenía unas consecuencias bastante desagradables mientras que el reo, tras soltar los primeros alaridos, era finiquitado, dando pie a pensar que igual ya no berreaba más por haber perdido el sentido a causa del dolor. El término RETENTVM proviene del latín aflojar o distender, en referencia a aliviar al reo de sus padecimientos. Esta costumbre fue tomando fuerza hasta el hecho de que en Bélgica, en 1776, se ordenó a los jueces de Bruselas que por sistema se efectuara el RETENTVM secretamente antes de comenzar el suplicio en base a que ese gesto caritativo no alentaba a los criminales ya que nadie se percataba de ello, mientras que a los ojos del pueblo la justicia seguía siendo implacable con los criminales.


Pero estas medidas de gracia no supusieron en modo alguno que se pretendiera abandonar este terrorífico suplicio ya que hasta hubo quien se molestó en inventar un artefacto destinado a sujetar a los reos durante todo el proceso. El chisme en cuestión podemos verlo a la izquierda, y era invento, como no, de un tedesco. Como se puede apreciar era un artefacto con forma de aspa en la que hay unos resaltes graduables para facilitar la rotura de los miembros, los cuales eran estirados con los pequeños tornos que se ven en cada extremo. Una vez inmovilizado el reo y de forma muy discreta, uno de los ayudantes del verdugo pasaba un cordel alrededor de su cuello e introducía los extremos por un orificio practicado en el suelo del patíbulo.


Ejecución de Matthias Klostermayr en Baviera el 6 de
septiembre de 1772. Este sujeto fue al parecer una especie
de Robin Hood a la alemana. El grabado muestra el instante
en que el verdugo descarga la rueda sobre su pecho si bien
al parecer ya había sido estrangulado previamente
De ese modo, una vez que el verdugo llevaba a cabo el cumplimiento de la sentencia conforme al dictamen del tribunal- número de golpes y tiempo que debía transcurrir entre unos y otros- a una señal del mismo su ayudante procedía a dar garrote al reo, tras lo cual, por si acaso, se le propinaban varios golpes más en el pecho y el abdomen. Una vez concluida la escabechina se procedía conforme a la costumbre ancestral de colocar los restos triturados del cadáver sobre la rueda para, finalmente, dejarla expuesta sobre un poste. En fin, así era grosso modo como se llevaba a cabo este tremendo suplicio hasta que, poco a poco, fue siendo abolido entre finales del siglo XVIII y principios del XIX salvo el longevo caso de Prusia. 

Por último, mencionar que las féminas también podían ser condenadas a este suplicio aunque por los testimonios gráficos de la época pueda pensarse que el enrodamiento solo se aplicaba a los hombres. Un ejemplo lo tenemos en un crimen cometido en Holanda en 1746 en el que una mujer mató a una joven sirvienta y a su amante para culparlos de un robo cometido por ella misma. Tras el crimen descuartizó el cadáver de la sirvienta y fue echando los trozos por diferentes canales. Tras descubrirse el pastel la criminala fue enrodada y, por último, su cabeza, su mano derecha y sus piernas fueron cortadas, siendo todo colocado en lo alto de la rueda para escarmiento del personal.

En fin, ya me he enrollado bastante, así que me piro.

Hale,  he dicho