domingo, 11 de diciembre de 2011

Armamento del mundo antiguo: la galea, el yelmo romano 1ª parte



Esta es la imagen que el cine se ha encargado de propalar sobre el aspecto que tenían los yelmos usados por el ejército romano. Los attrezzistas de Hollywood se han solido basar en los bajo-relieves de las columnas de Trajano y Antonino Pío, en los que aparece con profusión esa evolución latina del yelmo ático. Pero, cuestiones cinematográficas aparte, que ya sabemos que esta gente tampoco ha puesto mucho interés en mostrar las cosas tal como fueron, antes de entrar en el meollo de la cuestión conviene comentar algunas cosas sobre este elegante y plumífero yelmo.

Hay bastante controversia respecto al mismo, e incluso muchos autores cuestionan su misma existencia, tomando las representaciones escultóricas del mismo como licencias artísticas. Básicamente, alegan que nunca se ha encontrado un solo ejemplar de dicho yelmo, mientras que de los demás tipos usados por el ejército romano sí. Yo, personalmente, no coincido al 100% con esta teoría tanto en cuanto el hecho de que no haya sido hallado ningún ejemplar no implica que no haya existido ya que, en este caso, las representaciones gráficas del mismo son muy abundantes. Otra cosa es que su uso tuviera la profusión que aparenta en ambas columnas. Así pues, me uno a los que opinan que, aunque se trata de una licencia artística, podría ser el que usaban los legados y tribunos. Así pues, vamos a ceñirnos a las tipologías de las que sí podemos estar plenamente seguros por haber sido encontradas piezas que corroboran por completo su existencia. Al grano pues...


Ante todo, conviene concretar que el término galea designa de forma genérica a cualquier tipo de yelmo, fuera cual fuese su morfología u origen. En este primer caso que vamos a ver, Varrón los denominaba "conus" por su morfología, obviamente cónica. Son los que actualmente se conocen como tipo Montefortino, debido a que el primero que se encontró fue en una necrópolis celta ubicada en dicha población de la zona central de Italia, en la provincia de Fermo. El hallazgo tuvo lugar a finales del siglo XIX, y sacó a relucir un yelmo cuya apariencia podemos ver en la ilustración de la izquierda. Se trata de un yelmo fabricado con bronce en una sola pieza, rematado por un botón que podía tener diferentes formas: cónico, troncocónico, esférico o cilíndrico; va provisto de un pequeño cubrenuca bajo el cual lleva unas anillas de las que parten unas correas fijadas a las yugulares, las cuales se cierran sobre la cara mediante un barbuquejo. Dichas yugulares protegen parte de la cara y las orejas. Hay que dejar constancia de que en algunos de los ejemplares que se conservan no hay constancia de que estuvieran provistos de estas piezas, por lo que los lados de la cara quedarían desprotegidos. Su decoración, en este caso formada por un ribeteado en forma de trenzado, podía también completarse con relieves de forma circular en las yugulares. Estos yelmos, cuyos ejemplares más antiguos datan del siglo IV a.C., proliferaron bastante por toda Europa. Su origen es incierto y, aunque generalmente se atribuye su creación a los galos, hay bastante controversia al respecto. Algunos estudiosos afirman que en realidad es celta, mientras otros aseguran que era de procedencia etrusca o incluso italo-estrusca. En todo caso e interminables debates aparte, se puede decir que este fue el primer tipo que empezó a ganar popularidad entre las tropas romanas.



En algunos ejemplares de los que se hen encontrado aparecen portaplumas en los laterales, y con el botón superior hueco para llevar un penacho fabricado con crines de caballo las cuales, posiblemente, eran teñidas de colores. Ojo, este penacho no era de esos que vemos en la pelis como si fueran un cepillo, sino que caían hacia atrás como si fuera una melena tal como vemos en la foto de la izquierda. En el botón ha sido fijada una anilla por la que se pasan las crines, quedando anudadas con un cordel a dicha argolla. Del mismo modo, podían llevarse tres plumas rojas o negras de unos 45 cm. de largo. Para fijar plumas o penacho al botón, este se rellenaba de plomo, tras lo cual se practicaba un orificio en el que fijarlos. Se desconoce si en esa época la presencia del penacho o las plumas eran indicativo de rango, como sucedió más tarde.



Por otro lado, hay que tener en cuenta que, en aquella época, el legionario debía costearse de su propio bolsillo todo el equipo, por lo que la uniformidad en el mismo era algo aún bastante lejano. La calidad y el nivel de decoración de estos yelmos iba pues en consonancia con el poder adquisitivo de cada cual. Además, no todos usaban este modelo, ya que otros optaban por el tipo ático mencionado al principio, una morfología de origen helenístico cuyo aspecto podemos ver a la derecha. Si observamos la voluta que aparece repujada en el lateral, podemos imaginar que los yelmos áticos que aparecen en la columna de Trajano son de esa misma tipología, pero con la visera formando una pieza aparte. En cualquier caso, lo que sí parece estar claro es que el yelmo de Montefortino se impuso alrededor del siglo II a.C., siendo el mismo para toda la tropa incluyendo a los centuriones, decuriones y demás suboficiales. Solo en las zonas al sur de Roma, como la Apulia y Campania, perduró durante algún tiempo más el tipo ático.



Con las reformas llevadas a cabo por Gaio Mario a finales del siglo II a.C., se suprimieron las decoraciones y repujados en los conus al uso en la época, facilitando así la fabricación en masa de los mismos ya que, desde aquel momento, el estado se hacía cargo del costo del equipo. Como vemos en la ilustración de la izquierda, era una pieza bastante básica. El yelmo se componía del casquete, fabricado en una sola pieza de bronce batido, dos yugulares o carrilleras dotadas de bisagras, y las anillas fijadas en la parte inferior del cubrenuca. Su peso oscilaba alrededor de los 2 Kg. Caso de llevar plumas en los laterales, bastaba soldarle o remacharle dos canutos del mismo material para alojar las mismas. En su interior llevaba un relleno de fieltro, crin o lana para ajustarlo a la cabeza, así como para amortiguar los golpes. No creo que las yugulares también estuvieran provistas de dicho relleno, ya que no aparecen perforaciones que indiquen que pudieran llevar algo fijado en un interior. En cuanto al barbuquejo, era una tira de cuero que podía ir anudada, si bien en algunos casos han aparecido junto al yelmo la hebilla para cerrarlo.

Bueno, de momento esto es lo que hay. Ya proseguiremos.

Hale, he dicho...