martes, 13 de noviembre de 2012

El cortijo: ¿una fortaleza rural?






Cuando se menciona la palabra cortijo, rápidamente asociamos el término con el señorito latifundista andaluz, con enormes edificios solitarios en mitad de enormes extensiones de tierra y, por supuesto, con sufridos jornaleros bajo la disciplina férrea del manijero de turno. Y esa imagen es totalmente cierta, pero dentro de un contexto no demasiado antiguo que ha perdurado hasta nuestros días.

Sin embargo, si observamos el aspecto de muchos de ellos, cuyo origen radica en las alquerías árabes y estas, a su vez, de las villae romanas, se puede deducir que la morfología de estos cortijos iba encaminada a otros fines, además del meramente agrícola.  Vayamos pues por partes...

Ante todo, conviene tener claro que el concepto de este tipo de edificio rural es el de una pequeña colonia o poblado que nace debido a la distancia que los separan de los núcleos urbanos. La imposibilidad de traspalarse a diario desde estos al lugar de trabajo obliga a los jornaleros a vivir allí mismo, junto a los dueños de la explotación. Así mismo, viven bajo una autarquía que les permite ser prácticamente autosuficientes en casi todo: disponen de víveres, agua, animales de granja, leche, y siempre hay algún manitas que se haga cargo del mantenimiento del recinto: carpinteros, herreros, albañiles... y el talabartero de turno para tener siempre en buen estado los arreos para las bestias de labor. Y por la misma razón que viven aislados y, además, con mujeres y críos dependiendo de ellos, es necesario establecer una morfología que se preste lo mejor posible a la defensa en caso de un ataque.



Si estudiamos la distribución de una villae, tenemos una serie de elementos característicos que nos permiten identificarlas sin problema: son edificaciones rurales con fines agrícolas de planta cuadrangular y altos muros, con las distintas dependencias que la conforman distribuidas alrededor de un patio central, generalmente porticado, en cuyo centro tenemos un impluvium para la recogida del agua de lluvia. En dichas dependencias tenemos las del propietario, los criados y esclavos, así como cocinas, almacenes, etc. Pocas o ninguna ventana dan al exterior tanto en cuanto las dependencias reciben la luz desde el patio y, además, así se impide la entrada a posibles ladrones. 

Tras los romanos hacen su aparición los musulmanes, que toman en cierto modo las antiguas villae como patrón para sus alquerías, término que procede del árabe al-qarïa y que designa a un pequeño poblado o una casa de labor. Pero los musulmanes no disfrutaban en el Andalus de la Pax Romana instaurada en la Hispania, así que se ven en la necesidad de proveerlas de algún elemento defensivo ante la posibilidad de que hiciese acto de presencia una mesnada cristiana dispuesta a no dejarles ni la paja de los colchones. Así pues, edifican de forma anexa al conjunto de casas o la casa rural un torre con fines defensivos. 



Y a medida que la expansión tanto de Castilla como Aragón hacia el sur va arrinconando a los andalusíes, sus antiguas alquerías son objeto de repartimientos en los botines con que los monarcas cristianos pagan los servicios prestados a la nobleza y la Iglesia, sin cuya aportación en hombres y dineros, poco podrían haber reconquistado. Pero estas alquerías no se ven tampoco libres de las razzias emprendidas de la morisma, especialmente las situadas cerca de la frontera. Así pues, y siendo edificios totalmente aislados bastante alejados de los núcleos urbanos amurallados, no les queda otra que dotarlos para la defensa si no querían verse esquilmados de la misma forma que ellos esquilmaban a los andalusíes antes de apoderarse de la tierra. Esa sea quizás la razón del por qué en Andalucía occidental es donde más proliferaran este tipo de edificios, debido a que por su proximidad con el último reducto andalusí, el reino de Granada, lo que en aquellos tiempos era el alfoz de Sevilla (las actuales provincias de Sevilla, Huelva, Cádiz y sur de Badajoz aproximadamente), se viera constantemente sometido a las algaras procedentes sobre todo de la koura de Ronda.



Así pues, surge el cortijo tal como lo conocemos actualmente. Es un conjunto de edificios ubicados alrededor de un patio en el que generalmente se encuentra un pozo o un aljibe, y en una de cuyas esquinas se yergue una torre que puede ser usada tanto de silo como para la defensa. Alrededor del patio, al igual que en las villae romanas, tenemos todas las dependencias del cortijo: viviendas, almacenes, corrales, cuadras, cocina, etc. Y, al igual que en los castillos medievales, estos edificios son prácticamente autosuficientes. Disponen de agua en cantidad, de abundantes provisiones de todo tipo, está cerrado por un alto muro prácticamente sin ninguna ventana al exterior y, caso de haberla, protegida por una fuerte reja, tiene una única entrada por lo general en forma de portón que por las noches se cierra y se atranca, e incluso una pequeña guarnición formada por la servidumbre y los jornaleros, hombres estos habituados a verse en todo tipo de trances y que con una guadaña o una hoz en la mano podían ser temibles. 



Lógicamente, a raíz de la expulsión de los musulmanes el peligro quedó conjurado en parte. A partir de aquel momento, sólo las bandas de salteadores podían hacer daño a los habitantes del cortijo, si bien esto no quería decir que no fuesen igual de peligrosos. Es a partir del siglo XVIII aproximadamente cuando el cortijo adopta la forma suntuaria que conocemos mejor, con vistosas portadas monumentales y zona residencial para los dueños claramente diferenciada por lo lujoso de la misma aunque, eso sí, conservando en todo momento su distribución convencional.



Por desgracia, hoy día han desaparecido muchísimos cortijos. Los dueños se trasladaron a vivir a los pueblos o las capitales, dejando a los administradores la dirección de la propiedad, cuando no los alquilaban a terceros. Los jornaleros hicieron lo mismo, ya que podían desplazarse a su lugar de trabajo en un vehículo propio. Eso supuso el abandono progresivo del cortijo que, a lo sumo, se vieron relegados a la condición de meras casas de aperos y como cocheras para los tractores y la maquinaria agrícola. Otros fueron rescatados de la ruina y reconvertidos en viviendas rurales y otros, en fin, aún conservan todo su esplendor y permanecen totalmente operativos, incluyendo sus torres las cuales, generalmente, están catalogadas como B.I.C. por ser muchas de ellas antiguas atalayas alrededor de las cuales se edificaron los cortijos que vemos actualmente. 

En fin, esto de los cortijos es un tema que hace tiempo quería comentar porque, al fin y al cabo, tuvieron su connotación defensiva para poder subsistir en una época en que el concepto de las distancias no eran las de ahora, y vivir a apenas 5 ó 10 Km. del núcleo urbano más cercano era poco menos que vivir en la Luna, totalmente aislados y a merced de las constantes algaras con las que ambos bandos se hostigaban desde la primavera hasta el final del verano. En muchos oteros y elevaciones del terreno se pueden divisar aún las ruinas de estos edificios que, durante generaciones, fueron el hogar y el puesto de trabajo de mucha gente y que, debido a los cambios sociales a lo largo del tiempo, pasaron de ser sinónimo de seguridad y refugio para el pechero a símbolo de la opresión por parte de la aristocracia poseedora de los mismos. 

Bueno, supongo que habrá quedado claro el tema, ¿no?

Hale, he dicho...