martes, 13 de noviembre de 2012

Heridas de guerra V: heridas por armas contundentes





En su momento ya de publicaron algunas entradas sobre este tema, concretamente las producidas por flechas, armas de filo y armas de fuego. Pero me he dado cuenta de que, aunque mencionadas de pasada en las entradas referentes a mazas, martillos, etc., aún no se ha hablado de las producidas por armas contundentes. Así pues, vamos a ello...

Como ya se explicó en las entradas de las cotas de malla y los perpuntes, la aparición de las armas contundentes fue como consecuencia de las primeras, y los segundos como añadido a las lórigas precisamente para amortiguar en parte el efecto de estas armas. Un arma de filo normal, por lo general,  no podía vulnerar las cotas de malla, pero una maza o un martillo, aunque tampoco las atravesaba, podía transmitir la energía de su impacto al cuerpo, produciendo lesiones internas de diversos tipos. De ahí el portar bajo la cota de malla el perpunte que, como se recordará, era una prenda acolchada destinada a aminorar en lo posible el efecto de este tipo de armas. En peones y demás milicianos mal provistos de armamento defensivo, ya se pueden imaginar sus efectos. 

En los diversos hallazgos realizados en fosas comunes donde fueron enterrados los caídos en combate han aparecido abundantes testimonios de la devastadora contundencia de mazas, martillos, manguales y demás. Pero aún a pesar de que se suele creer que los guerreros de aquella época golpeaban poco menos que a ciegas sumidos en la vorágine del combate, nada más alejado de la realidad. Cada golpe que se daba se intentaba que fuese el definitivo, porque igual no había oportunidad de repetirlo, así que procuraban descargarlo en zonas muy concretas del cuerpo del enemigo, de forma que lo dejase fuera de combate o, mejor aún, muerto. 


Obviamente, el lugar preferente para ello era el rostro o la cabeza, si bien esa zona era casi invulnerable para un caballero provisto de un yelmo cerrado. En ese caso, sólo un martillo provisto de un aguzado pico podía perforarlo y producir una herida similar la que vemos en la foto de la derecha. Aunque la que aparece en la imagen estuvo posiblemente producida por un cuadrillo de ballesta, la de un pico sería prácticamente idéntica. Dicho pico, en forma de prisma cuadrangular, perforaría la chapa del yelmo, el almófar y la cofia, penetrando en el cráneo lo suficiente como para alcanzar el cerebro y acabar con la vida del enemigo. 


Pero si por suerte el pico no llegaba a perforar el cráneo, la herida producida se limitaba a un cráter como el que aparece en la foto de la derecha. Una herida de ese tipo podría dejar inconsciente al que la recibía como consecuencia de una conmoción cerebral que, salvo alguna complicación posterior, no era mortal. Por lo demás, habría producido un pequeño desgarro en el cuero cabelludo que se solucionaría con algunos puntos y evitar a toda costa la infección, que era el gran peligro de las heridas abiertas en aquella época.



Si el adversario era un peón sin yelmo, acabar con él era mucho más fácil como se puede suponer. Bastaba un golpe de revés para reventarle literalmente el cráneo. En el caso de muchos caballeros, estos se levantaban el visor para combatir a pie a fin de tener más visión de lo que les rodeaba, pero eso podía ser su perdición si recibían un golpe en plena cara. Las imágenes que podemos ver son bastante explícitas: la de la izquierda muestra todo el lateral destrozado,  con rotura del esfenoides, el arco cigomático, el arco superciliar, el hueso temporal y, seguramente, el maxilar inferior, aunque este no aparece. En ambos casos, además, el globo ocular quedaría fuera de la órbita. Como ya se pueden imaginar, el que recibió el golpe no tuvo tiempo ni de darse cuenta de que estaba muerto. La foto de la derecha es aún más dramática, mostando una enorme abertura en la bóveda craneana que produciría una pérdida masiva de masa cerebral. O sea, que tampoco se enteró de nada,  afortunadamente para él.



Además, no siempre se recibían los golpes de frente. Siempre había algún enemigo alevoso y taimado que aprovechaba la ocasión para atacar por la espalda. No era precisamente un acto heroico ni elegante, pero sí bastante efectivo tal como podemos ver en la foto de la derecha. El golpe ha roto parte de la zona inferior del temporal, y de la superior del occipital. Así mismo, se vería afectado el cerebelo. Obsérvese el notable grosor de esa zona del cráneo, de lo que podemos deducir la tremenda potencia que podían desarrollar este tipo de armas a cuyo peso había que añadir la fuerza física del que la manejaba, que solía ser más que aceptable. Como ya se puede suponer, ninguna de las heridas mostradas hasta ahora tenían la más mínima posibilidad de dejar con vida al que las recibía aunque no muriera en el acto. En esta zona corporal faltarían por mencionar las producidas en el cuello que, si se producían en la nuca podrían fracturar las cervicales y matar en el acto al que la recibía, o en la parte delantera, que podría producir, aparte del desgarro, una rotura de la tráquea o incluso de la arteria carótida. En ambos casos, mortales de necesidad.


Aunque la cabeza era por razones obvias el lugar predilecto para herir al enemigo, otras zonas del cuerpo eran también susceptibles de recibir golpes con este tipo de armas y producir severas lesiones que, aunque no fueran mortales, dejaban fuera de combate al adversario y, posiblemente, tullido de por vida. Dichas zonas eran los hombros, espalda, codos y rodillas. Las articulaciones, que incluso hoy día tienen una cura bastante complicada, en aquellos tiempos suponían quedar con el brazo o la pierna totalmente inutilizados. Del mismo modo, una fractura mal soldada le podía dejar a uno una pierna varios centímetros más corta que la otra, como le ocurrió al dueño del fémur de la foto que aparece a la izquierda. En este caso, al no volver a colocar el hueso en su sitio, la soldadura se produjo acortando en 5 cm. la longitud del mismo. Obviamente, este hombre quedó cojo de por vida. Y si el golpe era en la espalda y producía una rotura de la espina dorsal, ya sabemos cual era el resultado, que en una época en que las sillas de ruedas no estaban inventadas suponían pasar el resto de la vida postrado en cama si es que uno tenía a alguien que lo cuidase. Si no, mejor diñarla en el campo de batalla.


Otra posibilidad era producir una dislocación de una articulación. Esto, aunque dejaba temporalmente fuera del combate al herido, tenía solución en aquella época. Las técnicas para recolocar la articulación en su sitio eran conocidas desde bastante antiguo y, aunque extremadamente dolorosas, no eran mortales siempre y cuando el que la recibía lograba salir del campo de batalla como fuera sin ser rematado. La ilustración de la derecha muestra como un físico va a colocar en su sitio un hombro dislocado. Asistido por dos ayudantes que sujetan un palo acolchado colocado bajo la axila del paciente, el físico se dispone a dar un fuerte tirón del brazo para devolverlo a su sitio. El berrido que soltaría a continuación el herido sería de antología pero, al menos, al cabo de un tiempo el brazo volvería a recuperar su movilidad.




Aparte de las fracturas óseas, hay que añadir los desgarros producidos por las aristas de mazas y martillos, o las incisas por las púas de armas del estilo al goedendag, hisopos, manguales, etc. Como es lógico, no quedan testimonios de este tipo de heridas porque de nuestra envoltura carnal suelen quedar solo los huesos, pero podemos hacernos una clara idea mirando la foto de la izquierda. Ese podría ser perfectamente el aspecto que presentaría un hombre que acabase de recibir un mazazo o un golpe de mangual en la cara: aparte de la fractura de mandíbula, un brutal desgarro en la piel y la masa muscular. Este tipo de desgarros, producidos por aristas vivas pero sin el aguzado filo de una espada, tenían mala compostura en aquella época, teniendo que recurrir a costurones realizados de cualquier forma que dejarían cicatrices que más bien parecerían deformidades. Por otro lado, prevenir la infección en una herida abierta de ese tipo era poco menos que imposible. Una herida producida por un arma llena de suciedad, de restos de moho y millones de microbios con muy mala leche eran el caldo de cultivo ideal para desencadenar una septicemia que acababa con la vida del herido, si es que no moría de momento, al cabo de menos de una semana. E imaginemos por otro lado el abrumador dolor que produciría algo así caso de salir vivo del combate, más el que produciría la cura sin ningún tipo de anestésico: mandíbula rota, dientes y muelas perdidos con las encías destrozadas, más el cosido de la herida. Y sin Ibuprofeno, ni Nolotil, ni leches. Inimaginable, ¿no?

Finalmente, quedarían por mencionar las roturas de órganos internos como consecuencia del golpe. Estas no tenían solución de ninguna manera. Se tardarían minutos, horas o un día en morir, pero se moría seguro. Estas heridas no sangraban, no dejaban más rastro que un hematoma, pero por dentro el destrozo era mortal de necesidad. Igualmente, dicha herida podía producir una hemorragia interna masiva que aliñase al que la recibía en pocos minutos, o bien podía producir una fractura en las costillas que, al clavarse en los pulmones, causarían un neumotórax con el consiguiendo hemotórax, o sea, acumulación de sangre entre el pulmón y la pared torácica. Estas heridas tenían una sintomatología de lo más desagradable, ya que la repentina falta de oxígeno producía una acusada disnea, sensación de ahogo y hematemesis (vómito de sangre), aparte de un intensísimo dolor en el costado. En fin, algo bastante inquietante. Obviamente, el afectado por el neumotórax no se libraba ni por milagro de acabar en el hoyo en breve. 

Bueno, como hemos visto, las heridas por armas contundentes abarcan quizás el más amplio abanico de posibilidades y variedades. Podían matar en el acto, dejarlo a uno aliñado para el Más Allá en cuestión de pocos días a lo sumo o tullido de por vida, y solo en caso de heridas leves, como contusiones, luxaciones o pequeños desgarros podía uno salir vivo del brete. De ahí quizás la enorme proliferación de estas armas, capaces de acabar con la vida tanto de un peón mal armado como de un caballero cubierto enteramente de hierro.  Cualquiera podía manejarlas sin tener un entrenamiento exhaustivo, y cualquiera con una fuerza física un poco por encima de lo normal podía causar los destrozos más tremendos en un cuerpo humano. De todos los testimonios que nos han llegado del pasado, las heridas producidas por las armas contundentes son, sin duda, las más pavorosas de todas.

Bueno, creo que no olvido nada relevante.

Hale, he dicho...