miércoles, 23 de enero de 2013

Asesinatos 6. Lope Díaz de Haro



Blasón de la
Casa de Haro
Si algo ha sido característico en la nobleza hispana ha sido sus ansias de poder y su afán de dominio. Basta leer la antigua fórmula del Fuero de Sobarbe para hacerse una idea del elevado concepto que la aristocracia tenía de sí misma cuando proclamaban esta frase ante el monarca en ciernes:

Nos, que cada uno de nosotros somos igual que vos y todos juntos más que vos, te fazemos rey si cumples nuestros fueros y los fazes cumplir, si no, no

Y uno de los más preclaros ejemplos de esta levantisca y altiva nobleza fue Lope Díaz de Haro III, VIII señor de Vizcaya,  miembro de la linajuda y poderosa Casa de Haro, los cuales habían estado desde tiempos de la reina doña Urraca muy vinculados con la corona. Diego López de Haro, padre del protagonista de la entrada de hoy, había sido alférez real al servicio de Fernando III, participando en el cerco de Sevilla. Pero los Haro tenían un grave problema, y es que eran un linaje de hombres ambiciosos, desmedidos y con más ínfulas que un infante de León. De hecho, al mismo tiempo que sirvieron a la corona también se rebelaron contra ella cada dos por tres. Y en el caso de don Lope, acabaron tan hartos de él que optaron por darle el finiquito por la vía rápida. Veamos como fue la cosa...



Don Sancho IV de Castilla

Durante los conflictos sucesorios entre Alfonso X y su hijo Sancho, futuro Sancho IV, Lope Díaz se puso de parte del infante, lo que le supuso obtener la privanza del mismo. De hecho, el clan de los Haro había incluso emparentado con la corona mediante el matrimonio del hermano de Lope Díaz, Diego López de Haro, con Violante, hermana del monarca. Por otro lado, una hija suya, María Díaz, se había casado con el infante don Juan, hermano de Sancho IV. Así pues, en 1287 era nombrado Mayordomo Mayor y Alférez del reino, obteniendo además la tenencia de los castillos de realengo y el título de conde de Haro. Para entendernos: por encima de él ya solo estaba el mismo rey. Esto no sentó nada bien entre los miembros de la curia regia, que veían que el poder de Lope Díaz podía incluso poner en aprietos a la misma corona, y más tratándose de un hombre dominado por la ambición más absoluta.





Anverso y reverso del sello de Lope Díaz de Haro.
En el mismo se lee: Sigillum Lupi Didaci de Faro
No tardó mucho el rey don Sancho en empezar a hartarse de su privado el cual, además de hacerse el dueño del cotarro, había propiciado con su nombramiento el ver a la corona constantemente acuciada por las quejas de los demás nobles encabezados por Álvar Núñez de Lara. La gota que colmó el vaso se debió al fallo de un pleito entre dos judíos, uno de los cuales era protegido de Lope Díaz y el otro del rey Sancho. En dicho pleito, en el que actuaba como juez real Martín González, obispo de Astorga, éste falló en contra del judío colaborador del vizcaíno. Y se agarró tal cabreo que tiempo le faltó para encararse con el obispo, "...e con grand saña que ovo con él denostolo de denuestos malos é feos, é fue muy airado contra él diciéndole que se maravillaba porque le non sacaba el alma a espoladas". Como vemos, Lope Díaz no estaba dotado de un carácter especialmente templado. Pero no supo medir el alcance de sus palabras, y eso de querer matar a golpes de espuela a un obispo que, encima, era un íntimo allegado al rey, estaba muy, pero que muy feo. Así pues, don Sancho, al tener noticia del suceso, decidió ver la forma de dar término con la privanza de Lope Díaz. 

Y más méritos fue acumulando nuestro hombre, ya que se dedicó a conspirar a troche y moche para aumentar aún más su enorme poder, y eso que el rey intentó en todo momento aplacar las iras de la nobleza que se veía cada vez más abrumada por las intrigas del privado. El detonante final fue debido a la alianza entre Castilla y Francia, a la cual nuestro hombre era contrario, estando a favor de establecer vínculos con la corona aragonesa. Para concretar todos los detalles concernientes a la nueva alianza, el rey convocó en Alfaro a todos sus consejeros, entre los que se encontraban, naturalmente, Lope Díaz. Éste se presentó acompañado de su primo, Diego López de Campos, y de su yerno y compinche de conspiraciones, el infante don Juan. En la tarde del 8 de junio de 1288, apenas año y medio después de alcanzar el cénit de su gloria, estaba a punto de dar comienzo su rápido y traumático ocaso. Lope Díaz, con su habitual arrogancia, se levantó de su sitial en pleno debate y abandonó la reunión diciendo:

- Fincad vos aquí en acuerdo, ca luego me verné para vos e decirme edes lo que ovieredes acordado.

Aquel desplante y aquella chulería colmó la paciencia del monarca, que quedó humillado ante toda la curia. Bramando de cólera, tras abandonar el vizcaíno la sala dijo:

- Nunca yo tal tiempo tuve commo agora para vengarme destos que tanto mal me han fecho é en tanto mal me andan.

Así pues, en cuando Lope Díaz retornó, tiempo le faltó al rey para provocarlo, reclamándole las tenencias de los castillos de realengo que le habían sido entregados, a lo que añadió que de allí no saldrían ni él ni sus acompañantes hasta que satisficiese su demanda. Y la provocación surtió efecto en el colérico y arrogante conde, el cual, dominado por la ira, exclamó delante de todos:

-¿Presos? ¿Cómo? ¡A la mierda! ¡A mí, los míos!



Dª María de Molina defendiendo a su cuñado,
el infante don Juan de Castilla
Y tal como berreaba echó mano a su daga y se abalanzó contra el rey dispuesto a segarle la vida. Pero los demás presentes no desaprovecharon la ocasión de dar término a la privanza del despótico noble, y uno de ellos, desenvainando su espada, le lanzó un tajo a la mano armada del conde, la cual cayó límpiamente amputada empuñando aún la daga. Un macero de la guardia real lo acabó propinándole un mazazo en el cráneo que lo dejó fulminado. El infante don Juan, que también había metido mano a la espada, no acabó como el conde porque la mujer del rey, María de Molina, se interpuso para que no tuviera lugar un fratricidio, y el primo del vizcaíno fue muerto por el mismo rey el cual, antes de acuchillarlo, se encaró con él reprochándole que se dedicó a llevar a cabo algaras dentro del mismo reino:

-¿Qué vos merescé por que me acorredes la mi tierra, seyendo mi vasallo?- le preguntó. Y al no obtener respuesta por parte de Diego López de Campos lo mató allí mismo.

Un año, seis meses y ocho días duró la privanza de Lope Díaz de Haro, tras lo cual las aguas volvieron a su cauce, los nobles de la curia se aplacaron y el monarca se percató de que el que debía ejercer el poder era él mismo, y no un privado con ardientes deseos de ser un rey en la sombra. Sin embargo, la muerte de Lope Díaz no aplacó a los Haro. Su hijo Diego López tardó menos que canta un gallo en hacer la guerra al rey Sancho, pero eso ya es otra historia.

Hale, he dicho... 

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