miércoles, 22 de junio de 2016

Los carros de guerra hititas




Recreación del ejército hitita
Cuando sale a relucir el tema de los carros de guerra del mundo antiguo, de forma inmediata surgen en los magines de los ciudadanos aficionados a la historia los estilizados y elegantes carros egipcios, a los que ya se dedicó una entrada en su momento. El motivo no puede ser más evidente: han llegado a nosotros multitud de representaciones artísticas en las que aparecen los faraones paseándose en estos vehículos arrollando enemigos y disparando sus arcos en plan plaga bíblica. Así mismo, la cinematografía ha hecho uso de estos chismes porque, las cosas como son, molan una burrada a la hora de ponerlos llevando a cabo sus vistosas evoluciones en los campos de batalla de mentirijillas de las pelis. Sin embargo, no solo fueron los egipcios los que hicieron uso de los carros de guerra, sino prácticamente todos los pueblos de aquella parte del mundo entre los que se encontraban uno que acabó convirtiéndose en una de las mayores potencias militares del Mundo Antiguo: los hititas.

Hattusa, la capital del imperio rodeada por un impresionante
cinturón amurallado.
Los hititas surgieron hacia finales de la Edad del Bronce, allá por el siglo XVII a.C., en la parte central de la península de Anatolia a raíz de la progresiva unión de las diversas tribus que habitaban la zona, dando lugar al denominado como reino de Hatti, de donde procede el actual término de hitita ya que esta gente se llamaban a sí mismos como los habitantes de la Tierra de Hatti, cuya capital estaba en Hattusa, fundada por el primer monarca hitita: Hattusili. Estos probos ciudadanos iniciaron un ambicioso proyecto de expansión para, entre otras cosas, hacer frente a sus belicosos vecinos del sur y del este: el reino de Mitani, los asirios, los babilonios y, sobre todo, los egipcios. El máximo esplendor del reino de Hatti llegó de la mano de Suppiluliuma cuando, hacia 1320 a.C., acabó con el reino de Mitani, su más próximo vecino. Esto le permitió ponerse al mismo nivel de las otras potencias militares y económicas de Oriente Próximo, y dejar claro a babilonios, asirios y egipcios que los hititas eran unos sujetos importantes y que ponerse borde con ellos no era buena política.

Escribas hititas en pleno papeleo o, mejor dicho, tablilleo ya que lo escribían
todo en tablillas de barro salvo los tratados y documentos importantes, para
lo cual empleaban láminas de oro, plata o bronce.
Curiosamente, por lo general se suele dar por sentado que los hititas eran gente extremadamente agresiva, muy belicosa y dada a invadir a diestro y siniestro o a arrasar todo lo que se les pusiera por delante. Pero esto, como tantas otras cosas, es una mera leyenda urbana. El reino de Hatti, contrariamente a esa imagen de fieras corrupias que no sé quién les ha otorgado, eran unos tipos bastante inteligentes que sabían que las guerras eran carísimas, y que la mejor forma de mantenerse en paz con el vecindario era llevar una política de pactos que favoreciera el comercio y el tránsito de personas y mercancías ya que, de lo contrario, la miseria se enseñorearía de la zona. Pero, lógicamente, para que a uno lo tuviesen en cuenta a la hora de pactar acuerdos era preciso, tal como pasa hoy día, estar respaldado por una potente fuerza militar. Si no se tiene un ejército que acojone al personal, un país tiene menos influencia que el obispo de Calahorra en La Meca, así que los hititas se preocuparon de crear uno lo suficientemente numeroso y entrenado como para que los faraones y los monarcas asirios y babilonios se lo pensaran dos veces antes de ponerse chulos.

Daga de Tutankamón. Un análisis reciente afirma que el metal procede de
un meteorito pero, ¿en qué se diferenciará el hierro estelar del terrícola?
Por otro lado, los hititas disponían de un secreto por el que muchos habrían invitado a sus cuñados un mes entero al apartamento en el delta del Nilo todo incluido con tal de obtenerlo: el hierro. Sí, dilectos lectores, por su alguno no lo sabe, los que averiguaron la forma de manufacturar el hierro en plan industrial fueron los hititas (¿no han leído la fantástica novela "Sinuhé el egipcio", de Mika Waltari? Ahí mencionan ese dato). Hacia el 2700 a.C. este material ya era conocido en toda Asia Menor, pero su obtención y posterior proceso de fabricación eran muy costosos, en cantidades muy escasas y encima dando como resultado un metal de paupérrima calidad. De hecho, los sumerios debían obtenerlo de los meteoritos que encontraban en sus dominios ya que lo llamaban "el metal del cielo". Sin embargo, hacia el 1400 a.C., mientras que los enemigos de los hititas debían conformarse con sus armas de bronce o a pagar a precio de oro un simple puñal de hierro, estos ya eran capaces de obtener y fabricar dicho metal a granel. Se cuenta que un faraón pidió a los hititas que le revelaran el secreto pero, como es lógico, estos no soltaron prenda. Se limitaron a enviarle en plan regalo de cortesía una daga que, según se dice, es la misma que apareció en el ajuar funerario de Tutankamón.

Pero además de disponer de las mejores armas, los hititas tuvieron muy claro que para potenciar al máximo su ejército debían contar con algo más que una infantería eficaz, así que organizaron unidades de carros destinadas a actuar como fuerza de choque cuando llegaba el momento de poner las peras a cuarto a sus enemigos, especialmente a los egipcios cuya infantería era la más eficiente del momento. Así pues, dedicaremos esta entrada a estudiar los vehículos de guerra con que las tropas de Hatti metieron en cintura a su vecindario, así como el empleo táctico que dieron a los mismos. Así pues, al grano...

Bajorrelieve que muestra el diseño más primitivo de los
carros hititas, tirados en este caso por un solo caballo.
No tardaron en añadir otro más por razones obvias ya
que un solo animal quedaría agotado en poco tiempo.
El carro de guerra fue introducido en la península de Anatolia por los hurritas hacia principios del siglo XVI a.C. Inicialmente era un vehículo muy similar al fabricado por los egipcios, formado por una estructura lígnea muy ligera forrada a su vez con piel de buey y tirado por dos caballos. Dicha estructura tenía cabida para dos tripulantes: el kartappu o conductor, y el šuš, un combatiente armado con un arco compuesto el cual iba protegido por una armadura de escamas de bronce y un yelmo para, de ese modo, poder asaetear al enemigo sin tener que estar constantemente preocupado por caer herido. El arco iba colocado en una funda al costado del carro, mientras que la aljaba la portaba a la espalda. Sin embargo, a diferencia con el carro egipcio, el eje del modelo hitita estaba situado en la parte central de la caja en vez de atrás del todo. Este detalle tenía su pro y su contra: la posición centrada respecto a la estructura del carro le daba más solidez y le permitía transportar una carga más pesada. Por contra, le restaba movilidad, sobre todo en los giros cerrados, y lo hacía más lento. ¿Qué por qué lo hicieron así en vez de imitar el modelo egipcio, mucho más liviano y ágil? Pues porque, al parecer, mientras que los egipcios usaban el carro como una plataforma móvil de tiro para hostigar a flechazos al enemigo, los hititas lo utilizaron como arma de choque en formaciones cerradas, por lo que la movilidad quedaba supeditada a la solidez del vehículo.

En la ilustración de la izquierda podemos apreciar la diferencia entre ambos diseños. En la parte superior vemos un carro egipcio, mientras que en la inferior tenemos el modelo hitita. El egipcio presenta un ancho eje en la parte trasera de la caja, lo que les permitía evolucionar a gran velocidad ante las tropas enemigas mientras que el combatiente de a bordo disparaba flechas contra ellos. De ese modo se convertían en un blanco muy difícil de acertar, actuando como auténticas moscas cojoneras de las que era imposible librarse. Sin embargo, el diseño hitita estaba ideado para poder soportar más carga ya que, al estar el eje en el centro de la caja, el peso de los tripulantes se repartía entre éste y el yugo que uncía los caballos, cansando menos a los animales. Esta posición del eje le impedía efectuar giros a gran velocidad so pena de volcar, pero era un mal menor ya que, como hemos dicho, la misión de los carros hititas no era hostigar al enemigo, sino aplastarlo literalmente. Para ello, los hititas organizaron escuadrones de 10 carros como unidad básica, y escuadrones de entre 30 y 50. Las grandes unidades estaban formadas por 100 carros que, como podemos suponer, debían ejercer un efecto enormemente disuasorio entre los enemigos que debían esperar estoicamente la embestida de una masa de 200, 400 carros o muchos más llegado el caso.

Tripulante de un carro de guerra hitita. Las
largas melenas que lucían hizo que, tras la
batalla de Qadesh, Ramsés II los llamara en
plan despectivo humty, mujeres guerreras.
No obstante, un empleo más agresivo de los carros de guerra no eran garantía de éxito si el enemigo también disponía de ellos, y los egipcios eran verdaderos maestros en su manejo. De hecho, la mayor lentitud de los carros hititas los convirtieron muchas veces en presa fácil frente a los rápidos y ágiles vehículos de sus enemigos, los cuales se lanzaban contra la masa de carros que avanzaba contra la infantería hostigándolos sin descanso con sus andanadas de flechas. Ello obligó a acorazar a sus caballos, cubriéndolos con caparazones de gruesos tejidos o incluso de escamas de bronce, lo que los hizo aún más lentos y, por ende, más vulnerables. Por lo tanto, la verdadera efectividad de los carros hititas se desarrollaba contra la infantería, que carecía de medios para detener una tromba de decenas o cientos de unidades lanzadas contra ellos. Pero cuando se tenían que enfrentar contra otras unidades de carros las cosas ya no eran lo mismo, y si eran atacados por los flancos mientras que cargaban contra la infantería enemiga podían verse muy mermados por la acción de los arqueros a caballo o sobre carros mucho más ágiles que los suyos y que podían asaetearlos bonitamente mientras que los hititas debían avanzar respondiendo como podían pero sin romper su formación de ataque, básica para poder aplastar a la infantería enemiga.

Bajorrelieve egipcio que muestra un carro hitita con sus tres
tripulantes, entre los que se puede ver perfectamente el
escudero. 
De ahí posiblemente que, según quedó abundante constancia gráfica por parte de los egipcios, en tiempos de la batalla de Qadesh (mayo de 1274 a.C.), los hititas habían añadido un tercer tripulante que permitiera aminorar el elevado número de bajas causadas por las flechas enemigas. Este nuevo tripulante tenía como misión hacer de escudero, sobre todo del conductor. Así pues, la distribución de los tripulantes era la siguiente: el conductor iba en el centro de una caja de alrededor de 125 cm. de ancho por 100 de profunda y alrededor de un metro de alta cuyo suelo estaba fabricado con tiras de cuero entrecruzadas. A su izquierda estaba el escudero, protegiendo al conductor de las flechas y jabalinas enemigas, y a su derecha el arquero el cual, en aquellos tiempos, había visto ampliada su panoplia de armas con una lanza destinada a acuchillar a los enemigos en el momento del contacto o como arma defensiva en caso de verse apeado del carro por haber volcado o por haber sido heridos o muertos los caballos. 

Recreación de los dos tipos de escudos usados por los carristas
hititas. Estos tipos de escudos eran los diseños más habituales
entre los ejércitos de Oriente Próximo de aquella época: una
estructura de mimbre recubierta con una piel de vacuno.
Para sujetarlos bastaba una simple manija de madera
quizás forrada de cuero o cuerda
Así pues, el despliegue táctico del ejército hitita por aquella época se basaba en una carga masiva de carros que, en teoría, desharía o pondría en fuga a la infantería enemiga, quedando la propia relegada al papel de meros rematadores del ejército adversario. Obviamente, esta estrategia era enteramente eficaz cuando el enemigo carecía de carros en una cantidad similar, lo que no era precisamente habitual ya que todos los pueblos de Asia Menor contaban con estos vehículos en mayor o menor grado. Un testimonio de ello nos lo da Hattusil III, sucesor de su hermano mayor Muwatalli II que, cuando estaba destinado como gobernador de la zona norte del imperio, afirmó que hubo jefes tribales que llegaron a oponerse a su autoridad enfrentándole con nada menos que 800 carros. Aunque obviamente la cifra está inflada para darse más importancia, lo que sí queda claro es que, en efecto, el empleo de los carros de guerra estaba generalizado en toda la zona.

Pero, al igual que en otras naciones, el carro no solo era empleado como una mera máquina de guerra. Antes al contrario, su uso era símbolo de un estatus superior, e incluso los mismos monarcas hititas se paseaban por el mundo aupados en uno de ellos para hacer ver al personal que eran reyes de postín. De hecho, parece ser que incluso eran empleados como elementos disuasorios patrullando las poblaciones que ocupaban a fin de sembrar el miedo entre la población, aminorando o incluso borrando de sus atribuladas mentes el deseo de rebelarse contra sus opresores. 

Momento en que un carro hitita llega al contacto con la infantería enemiga.
Debía ser muy inquietante verse venir encima uno de esos, supongo...
Por último, solo nos resta señalar que, contrariamente a lo que podamos imaginar, los carros de guerra no  eran empleados como medio de transporte durante los avances de los ejércitos hititas. O sea, que sus tripulantes no se desplazaban en ellos durante los días o semanas que durase el viaje hasta el lugar donde se iniciarían las operaciones militares. Parece ser que sus estructuras, aunque sólidas para participar en una batalla, podían padecer serios desperfectos a lo largo de un trayecto de kilómetros y kilómetros cargados con tres hombres en una época en que no existían caminos adecuados. Por el mismo motivo, los caballos de los tiros no eran obligados a acarrearlos a fin de no agotarlos y para que estuvieran frescos cuando llegase el momento decisivo. Así pues, mientras que los animales eran simplemente conducidos por sus guías desprovistos de carga y los tripulantes caminaban como el resto de las tropas, los carros de guerra eran tirados por asnos como los que empleaban para el transporte de todos los bastimentos y pertrechos habituales en cualquier ejército de cualquier época, incluyendo en este caso piezas de repuesto como ruedas, etc. 

Ramsés II kopesh en mano en plena refriega con un carro
hitita durante la batalla de Qadesh. No sé por qué, pero intuyo
que el megalomaníaco faraón no debió meterse en el fregado
hasta ese extremo.
En fin, con esto creo que ya podemos tener una idea bastante clara de como eran y como se usaron estos carros. Tal como hemos ido indicando, su empleo táctico se basaba principalmente en cargas masivas siempre y cuando el terreno lo permitiera. Pero su principal inconveniente radicó siempre en su clara desventaja en lo tocante a la movilidad, en lo que eran superados con crecer por los carros egipcios. De hecho, en caso de verse envueltos en una refriega contra estos podían verse diezmados a pesar de su mejor protección y su tripulación de tres hombres ya que la maniobrabilidad de los carros egipcios les permitían girar alrededor de ellos sin que, por el contrario, los hititas pudieran llevar a cabo maniobras evasivas so pena de volcar y ser a continuación escabechados in situ. Con todo, y a pesar de la sonada derrota sufrida en Qadesh (de la que muchos dicen que no fue para tanto y que, en realidad, el éxito egipcio fue una hábil maniobra propagandística del inefable Ramsés), los carros de guerra hitita fueron una eficaz arma de combate que, como quedó patente a la vista de su vasto imperio, les permitió pasar de ser un puñado de tribus una potencia militar de primer orden.

Bueno, ahí queda eso. Es hora de merendar.

Hale, he dicho