jueves, 16 de junio de 2011

Armamento medieval: El mandoble o montante


El origen del mandoble se remonta a la primera mitad del siglo XIV, cuando la proliferación de las armaduras de placas hizo necesario un tipo de espada que, siendo una evolución de la espada de mano y media, permitiera su uso con dos manos, obteniendo así mayor contundencia, sobre todo a la hora de herir de punta, ya que el golpe de filo era cada vez más ineficaz a la vista del aumento de la protección defensiva.
Inicialmente, el mandoble no era una espada con una hoja especialmente larga, sino una espada con una empuñadura lo suficientemente grande como para poder empuñarla con las dos manos. Así pues, se les dotó de una hoja de alrededor del metro de longitud y con una tendencia cada vez mayor a una forma triangular a fin de hacerlas más puntiagudas y favorecer así la estocada, para lo que se requería una hoja de cierta rigidez. Para compensarlas solían usar unos pomos grandes y pesados. Su peso total rondaba los dos kilos.
Estas espadas fueron evolucionando a través del tiempo hasta que, a finales del sigo XV, apareció el montante. En éste caso, eran armas dotadas de una hoja de gran longitud, en algunos casos incluso superior a 120 cm. En “El discípulo instruido” de Rodríguez del Canto leemos refiriéndose a uno de ellos:

                                  “Tenía la misma longitud que la altura de un
hombre de buena estatura, que son dos varas...”.

O sea, 168 cm según la longitud de la vara castellana de la época. Si descontamos la empuñadura, tendríamos una espada con una hoja de alrededor de 130 cm. El montante estuvo operativo durante todo el siglo XVI hasta que, con la proliferación de las armas de fuego en los campos de batalla, quedó relegada a la obsolescencia.
Parece ser que este uso fue inicialmente desarrollado por los lansquenetes alemanes, que crearon un arma para uso exclusivo de la infantería con el objeto de entrar entre las filas de piqueros de forma que, con su larga hoja y empuñada con las dos manos, no solo poder partir las astas de las picas, sino herir de filo y punta al enemigo y abrir paso a los espaderos armados con espada y rodela. Al ser sus hojas tan largas, fue preciso dotarlas de acanaladuras para aligerarlas de peso y hacerlas un poco más rígidas ya que, con una anchura de entre 4 y 7 cms., apenas superaban los 2,5 kilos de peso o 3 a lo sumo. Veamos algunos ejemplos:


Como se ve en la foto, algunas llevaban en el primer tercio de la hoja una cruceta o falsa-guarda en forma de media luna, más o menos grande, para proteger la mano. Ello era debido a la necesidad, en determinadas circunstancias, de empuñarla con una mano por la hoja debido a su poca manejabilidad. El ejemplar que aparece en la imagen data de 1530. Su longitud total es de 166 cm., correspondiendo 122 cm. a la hoja. Su peso es de 3 kg.

Aunque el diseño de las hojas solía ser el convencional para éste tipo de armas, tuvieron bastante proliferación las hojas flamígeras, teniendo era forma en los dos tercios inferiores de las mismas. Sus guarniciones solían ser bastante austeras, casi siempre con gavilanes rectos y con uno o dos puentes de guarda, que eran unas piezas semicirculares colocadas en el centro de los gavilanes y perpendicularmente a ellos. En el caso del ejemplar de la derecha, tiene un arriaz curvado y un forro de cuero cubre el tercio fuerte entre la guarnición y la falsaguarda para favorecer su empuñe en esa zona. Su longitud total es de 162 cm., de los que 34,5 corresponden a la empuñadura. Su peso es de 3,3 kg.

A pesar de tratarse de armas con un cometido muy específico en combate, no por ello fue desdeñada como arma de esgrima, creándose una depurada técnica para su manejo.
Para los que tengan curiosidad en ver el uso de estas descomunales espadas, sepan que en Youtube hay infinidad de vídeos colgados donde puede verse con claridad como se combatía con ellas. Eso sí, casi todo en inglés, como está mandado.


Bueno, con esto creo que, aunque de forma muy básica y resumida, queda claro el origen y el uso de los montantes. Añadir que una variante de estas armas eran los estoques pontificios, usados como espadas de ceremonia y como obsequio de los papas a personajes relevantes. Un ejemplo de estos se puede ver en el Museo Naval de Madrid, y que fue un regalo de Pío V a don Juan de Austria por su fervorosa defensa de la fe católica en los campos de batalla. Su longitud total es de 177 cm., y el ancho de la hoja es de 40 mm.

Termino esta entrada con un grabado en el que se ve un ataque a un cuadro de piqueros y en el que se vislumbra algún soldado esgrimiendo un montante entre el bosque de picas. La verdad es que el realismo de la escena da que pensar, y no debía ser precisamente agradable verse metido de lleno en esa vorágine de acero y muerte...