martes, 24 de enero de 2012

Los padrastros




En más de una ocasión y en más de dos se ha usado en diversas entradas este término, pero sin profundizar demasiado en el mismo. Mea culpa. A veces, empleo cierta terminología sin darme cuenta de que es posible que aquellos que me leen la desconozcan, lo que les obligaría a la irritante tarea de consultar diccionarios que, en muchas ocasiones, las omiten por ser denominaciones, digamos, técnicas. Bueno, para que a nadie le suene a chino, esta entrada estará dedicada a los padrastros que, aunque suenen un poco, raros tuvieron gran importancia en su época.

Muchos se preguntarán qué tiene que ver el segundo marido de mamá con la castellología, así que la explicación nos la da Covarrubias en su "Tesoro de la Lengua Castellana" aclarándonos que se trata "...del estorbo o impedimento que tiene una fuerza, o villa, o ciudad de, donde sobreviniendo enemigos, puedan ser ofendidos por ellos. Dícese así porque les está siempre delante de los ojos, como amenazándoles, aludiendo al recelo que tiene el antenado de que su padrastro, si puede, le hará daño". O sea, prominencias del terreno que quedan a una cota y una distancia desde la cual se puede ofender a una fortificación por quedar esta dentro del campo de tiro de sus ingenios.  

Como es de todos sabido, una de las cosas que se tenían muy en cuenta a la hora de elegir el lugar más adecuado para edificar un castillo era su prominencia sobre el terreno circundante, dando así una obvia ventaja a sus defensores en lo tocante a visibilidad del entorno como para hostigar al enemigo. Pero había veces en que esto no era posible por causas diversas, a saber: porque la población ya estaba allí desde tiempos anteriores y no era posible cambiarla de sitio, porque el castillo de turno debía ser construido a una cota más baja obligado por la necesidad de disponer del agua de un río cercano o, simplemente, porque las cotas superiores circundantes no daban espacio para la edificación del mismo, pero eran sobradas para emplazar en ellas fundíbulos y manganas desde los cuales machacarlos literalmente a golpe de bolaño. En definitiva, podemos encontrar mil razones por las que, en un momento dado, un castillo podría verse bajo la amenazadora presencia de un padrastro que, llegado el caso, podía ser clave para aniquilarlo.

En muchas ocasiones no se ponían medios para prevenir la ocupación de estos padrastros por parte del enemigo. En otras, ante la inminencia de un peligro, se establecía en ellos una pequeña guarnición protegida por una simple empalizada y, en otras, se optó por fortificarlos, de forma que no pudieran ser ocupados y aprovechados por el enemigo. Veamos algunos casos...

En la imagen inferior tenemos el castillo de las Aguzaderas (El Coronil, Sevilla). Como se ve en la foto de la izquierda, se encuentra enclavado en una vaguada, rodeado de suaves lomas que, aunque no lo llegan a superar en altura, si facilitaría enormemente su ataque si se emplazaran ingenios en las mismas. A la derecha tenemos una vista cenital en la que, sombreadas en amarillo, vemos las zonas prominentes que lo rodean, o sea, los padrastros. En un círculo negro está el castillo. Como se ve, quedaría dentro del campo de tiro de las máquinas, ya que hablamos de unas distancias de apenas entre 100 y 200 metros.


  




A la derecha tenemos otro ejemplo, en este caso el padrastro situado al norte de Elvas (Portugal), que dio origen a la construcción del fuerte de Nossa Senhora de Graça o de Lippe, del que se habló en su momento. La distancia desde la cima del cerro al centro de la ciudad, situada al sur del mismo, es de unos 1.600 metros, obviamente fuera del alcance de los ingenios neurobalísticos. Sin embargo, la evolución de la artillería permitió que el interior de la plaza quedara bajo el alcance las bocas de fuego de la época sin que nadie se preocupara de fortificar un padrastro tan peligroso, circunstancia que aprovechó don Luis de Haro durante la Guerra de Restauración para bombardear sin piedad la población. La zona sombreada en amarillo muestra el cono de fuego que se podía realizar desde el padrastro, quedando toda la ciudad enteramente dentro del radio de acción de la artillería.



A la izquierda tenemos otro ejemplo más, en este caso el del fuerte de Santa Luzia (Portugal), que quedaba dentro del campo de tiro de la artillería emplazada en el cerro situado al oeste del mismo que, como se ve en el sombreado amarillo, cubriría sin problemas los aproximadamente 750 metros que hay desde el padrastro hasta el punto más alejado del fuerte. Para impedirlo se construyó el fortín de S. Pedro, que aparecen en el vértice del cono amarillo. Dicho fortín, además, está situado a menos de 1.000 metros al sur de Elvas, por lo que también contituía un peligroso padrastro para la ciudad.

En lo tocante a padrastros fortificados de la Edad Media se conservan muy pocos. La mayoría de estas fortificaciones, construidas en plan circunstancial, quedaron arruinadas hace ya mucho tiempo y han desaparecido. Sin embargo, algunos casos han llegado a nosotros y muestran con claridad meridiana la incuestionable ventaja de fortificar estas peligrosas prominencias que amenazaban las fortalezas de antaño. Uno de ellos es el de Alarcón (Cuenca), cuya población y castillo, situados en un cerro rodeado por el Júcar, estaban a su vez circunvalados por varias alturas desde las que se podía hostigar sin problemas tanto la ciudad como su castillo.  En la foto de cabecera tenemos una imagen panorámica del padrastro en cuestión, así como de las dos torres que lo defendían.



En la foto de la derecha lo veremos más claramente. Sombreada en amarillo tenemos la ciudad, dentro de su cerca urbana y con el castillo en su extremo este. Como se ve, está rodeada por el Júcar, que corre por una profunda garganta, excepto por la zona de levante, para lo cual ya está protegida por la Torre del Campo y un primer cinturón de murallas. Sin embargo, al norte de la villa vemos una elevación que queda a la misma cota, estando sombreada en azul la cima de la misma. La distancia que la separa de la ciudad es de unos 450 metros, prácticamente fuera del alcance del los trabucos más potentes de la época. Eso hacía innecesario su fortificación hasta que, en el siglo XIV, las primera bombardas convirtieron esa distancia en algo, no ya asumible, sino perfectamente superable. Así pues, para impedir que cualquier enemigo se apoderase de ese padrastro y arrasase desde el mismo la ciudad, se llevaron a cabo una serie de obras exteriores para fortificarlo e impedir al enemigo hacerse con él. A la izquierda, dentro de un círculo, está la torre del Cañavate, unida al conjunto por una coracha (marcada en rojo) que, además, cerraba el paso hacia el padrastro a una fuerza invasora. A la derecha, dentro de otro círculo, tenemos la torre del Alarconcillo, unida igualmente a la cerca urbana por una coracha (en rojo) y que actuaba además como atalaya. Por otro lado, las corachas impedían la infiltración del enemigo en el padrastro y apoderarse de ambas torres ya que estas, con poca guarnición a su servicio, podrían ser fácilmente eliminables.



Así pues, estas torres, cuyo detalle podemos ver en la foto de la derecha, junto a sus corachas, cerraban el paso e impedían el asentamiento de cualquier fuerza enemiga en el amenazador padrastro que, caso de caer en manos del adversario, podía usarlo para emplazar en el mismo su artillería y reducir a escombros las murallas con pocos disparos. La necesidad de controlar estas elevaciones situadas a cotas iguales o superiores a las de las fortificaciones se extendió, como hemos visto, mucho más allá de la Edad Media. Los padrastros siempre fueron una amenaza latente cuyo control no podía escapar de las manos de los defensores ya que, en caso contario, esa amenaza podía convertirse en una verdadera catástrofe. Recordemos que, ya en tiempos tan avanzados como el el siglo XVIII, no solo se seguían fortificando como que hemos visto al referirnos a Elvas, sino que incluso se llevaban a cabo monumentales obras exteriores en plazas fuertes y plazas de guerra para, a modo de tentáculos, asegurar su dominio y, por ende, impedir su uso por parte del enemigo.

Bueno, creo que con lo explicado queda claro el tema, y si alguno no se aclara, pues que pregunte.

Hale, he dicho...




2 comentarios:

Rudolf Viera dijo...

Bueno le comento en que aquí en la habana teníamos un padrastro XL en la loma de la cabaña durante la toma de la Habana por los ingleses en 1762 nos hizo mucho daño pues los británicos lograron hacerse con la cota que en ese entonces no estaba fortificada y nos instalaron los cañones a unos 200 o 300 métricos de nada del ´´Castillo de los tres Reyes magos del Morro ´´ en la entrada de la bahía y a cañonazo limpio nos hicieron un hueco en las defensas y aunque el gobernador del morro Luis Vicente de Velasco se batió como un león (hasta el punto que los ingleses le rindieron honores y le construyeron un monumento en Westminster así como nos dieron 24 horas de cese al fuego pare que lo enterraran ) pues no se pudo hacer nada. Y como el idiota de Juan de Prado había ordenado a la flota quedarse en puerto pues se perdió la ciudad y todos los barcos que fueron lindamente capturados. Usted probablemente no haya estado por aquí pero desde la cabaña un niño con un tirapiedras puede poner la habana de rodillas , bueno al menos la parte vieja de la ciudad y toda la bahía. Razón está por la que cuando se recupero la ciudad se construyo la fortaleza de San Carlos de la cabaña por ahí tengo algunas fotos no muy buenas pero se ve bien la vista desde la fortaleza al morro y la ciudad.

Amo del castillo dijo...

No, ciertamente no he ido nunca por allí y me temo que no iré jamás ya que mi animadversión hacia los aeroplanos me lo ponen extremadamente complicado. En cuanto a su comentario, trae a colación el hecho de lo curioso que es ver la cantidad de fortificaciones o ciudades que han estado literalmente vendidas a causa de padrastros cercanos, y han tenido que venir a machacarlos para convencerse de que era necesario fortificar esos lugares para impedir que los enemigos tomaran por costumbre ocuparlos para bombardearlos sin piedad.

Un saludo