martes, 6 de marzo de 2012

Mitos y leyendas: Las terroríficas balas Dum-Dum



No creo que haya mucha gente que no haya escuchado alguna vez esa denominación y sus siniestras connotaciones y, si alguien pregunta, los "expertos" de turno inmediatamente te informan que eran unas demoledoras balas explosivas que inventaron los malvados alemanes. Bueno, pues ni eran explosivas ni las inventaron los alemanes. Es otro de los muchos mitos y leyendas que circulan desde tiempos inmemoriales y que, por norma, la mayoría dan por ciertos. Veamos de qué va la cosa...

Antes de nada, el nombre. Dum-Dum es una población hindú cercana a Calcuta fundada en 1783  en la que los ingleses tenían un arsenal e industria metalúrgica a finales el siglo XIX, en pleno apogeo de su imperio victoriano. En dicho arsenal estaba destinado el entonces capitán de la Artillería Real Neville Sneyd Bertie-Clay, el cual creó un cartucho con munición expansiva pensando, como hicieron los yankees cuando desarrollaron el .45 ACP, en dotar a las tropas de una bala capaz de hacer mucho más daño que una convencional debido al fanatismo de los rebeldes con los que se solían enfrentar, generalmente hasta las cejas de drogas de todo tipo y a los que un balazo normal ni los inmutaba. Así, en 1896, se creó el cartucho modelo Mk. II en calibre .303 British para el fusil Lee-Metford reglamentario en aquel momento, el cual podemos ver en la foto de la izquierda. Su estreno tuvo lugar en las expediciones llevadas a cabo en Chitral y Tirah durante los años 1897 y 1898.

Y, curiosamente, los alemanes no solo no la inventaron, sino que incluso denunciaron ante la Conferencia de la Haya ese tipo de munición por considerarla inhumana, a lo que los ingleses replicaron que sí, que vale, pero que los sikhs tenían muy mala leche y que eso era lo que había. En todo caso, su uso quedó proscrito en 1905 en los campos de batalla occidentales o, al menos, las de fabricación convencional, porque trucos para convertir una bala blindada reglamentaria en expansiva hay bastantes. Sin embargo, los ingleses siguieron haciendo uso de esa munición, según informaba ese panfleto alemán de la Primera Guerra Mundial en el que da cuenta del hallazgo de la misma en Longwy (Francia). En el mismo aparecen fotos de la munición normal, la expansiva, y un envoltorio para 8 cartuchos de munición.

Ante esto, el "experto" levantará las cejas, asombrado al ver que su hipótesis sobre la autoría de esta munición acaba de derrumbarse. Pero insistirá rotundo afirmando: "¡Sí, pero era explosiva!". Pues no, tampoco. De hecho, no se ha fabricado nunca munición explosiva para calibres de arma corta o larga. Otra cosa son las municiones para artillería antiaérea, o la que usan los cañones que arman los aviones de combate. Pero eso no viene al caso. La cuestión es que la Dum-Dum era expansiva, y es de donde procede la actual munición de caza mayor en sus infinitas variantes. ¿Y en qué consiste eso de la expansión? Pues es bastante fácil: si tomamos una bala normal, vemos que está enteramente recubierta por una capa de latón, cobre, cobre-níquel, o cualquier otro material que impida su deformación cuando impacta sobre un ser vivo. Producen heridas más o menos limpias, sin grandes destrozos salvo que toque hueso y se fragmente. Sin embargo, la munición expansiva está pensada para que al impactar se deforme en forma de hongo (véase foto superior), con lo que se consiguen dos cosas, a saber:

1: Que la energía cinética del proyectil sea cedida al blanco, con lo que el traumatismo provocado por el impacto aumente notablemente sus efectos.

2: Que al deformarse, los destrozos causados en el organismo sean infinitamente peores que con una bala normal, pudiendo incluso separar un brazo del tronco o dejarlo en tan mal estado que solo cabría la amputación del mismo.

En fin, algo bastante desagradable. En todo caso, las municiones de guerra actuales compensan ese efecto de expansión con unas velocidades que casi duplican las de la munición al uso hasta hace pocas décadas, dando lugar a lo que se conoce como "efecto hidráulico" que, por abreviar y no venir a cuento, diré solo que produce el mismo efecto que si metemos un corcho a presión en una probeta llena de líquido: revienta. La secuencia de fotos de abajo mostrará con más claridad de qué va la cosa:




Todo sea para matar más y mejor, especialidad extremadamente desarrollada entre los humanos desde que Caín hizo uso de algo tan simple como una mandíbula de asno para apiolar al iluso de su hermano.

Bueno, espero que haya resultado esclarecedor en tema, y que dejen de culpar a los malvados germanos de la creación un invento puramente inglés. Como cierre, ahí dejo un ilustrativo grabado de la época en el que se puede ver el efecto de una bala normal en un cráneo humano y, debajo del mismo, el de una Dum-Dum. Acojona, ¿eh?

Hale, he dicho...



lunes, 5 de marzo de 2012

Curiosidades: Los altos de la catedral de Sevilla, 2ª parte




Da morbillo tener al alcance de la mano esas gárgolas de aspecto terrorífico, ¿no? Siempre las vemos tan altas, tan inalcanzables, e incluso muchas veces ni siquiera distinguimos con claridad qué representan. Bueno, proseguimos con la visita...

En la foto inferior tenemos un detalle del rosetón que vimos ayer a lo lejos, en el crucero, y que representa la Resurrección de Cristo. Todas las vidrieras están protegidas por fuera con una malla metálica para prevenir roturas producidas por la abundosa volatería hispalense, especialmente las palomas, bichos dañinos donde los hubiere. Obsérvense las ménsulas vacías a ambos lados del rosetón, que quizás albergaron alguna vez imágenes o, quizás, jamás se llegaron a colocar. En todo caso, no deja de asombrar la filigrana pétrea que contiene la vidriera, y más aún el trabajo que debió suponer tallarla a semejante altura. Al parecer, la piedra se colocaba en basto y, posteriormente, se tallaba. Trabajar a semejante altura en los andamios de la época debía ser algo heróico, ciertamente.





También son muy abundantes los grafittis que, a lo largo del tiempo, han ido grabando los currantes que, en diversas épocas, tuvieron que llevar a cabo obras de mantenimiento, etc. Uno de ellos, como se ve en las fotos, data del siglo XVII, y los hay aún más antiguos. Añadir que en la bola de bronce que sustenta el giraldillo también hay varios de ellos. Tuve ocasión de verlos cuando se bajó el original por última vez para una restauración, tras la cual estuvo expuesto algún tiempo en las antiguas atarazanas. La copia que se usó mientras tanto se puede ver ante la Puerta del Príncipe, la cual permenece siempre cerrada y solo se abre para el rey de España.




En esa otra foto vemos las bóvedas del Sagrario de la catedral, templo anejo a la misma y usado como parroquia. Fijaos en las vasijas que se alinean entre las bóvedas, extraídas de las mismas durante la restauración que se estaba llevando a cabo en aquel momento. Esas vasijas procedían de las piezas defectuosas de los alfares de Triana, y se usaban como relleno para nivelar las azoteas. De esa forma se ahorraba peso sobre las bóvedas. Sin embargo, según me comentó el arqueólogo que ejercía de guía, se han efectuado pruebas de la resistencia estructural de dichas bóvedas y decía que podían soportar sin problema un relleno a base de hormigón. Los que las construyeron desconocían la enorme resistencia de las mismas, por lo que optaban por rellenar con algo más ligero. De hecho, superan al parecer en 5 puntos los niveles de resistencia de un entresuelo de un edificio moderno que, como todos sabemos, están fabricados con bovedillas de hormigón pretensado cubiertas a su vez de una gruesa capa de hormigón con una forja de hierro por dentro.




Esa otra imagen corresponde a la zona de las bóvedas de la nave central. Muestra una espadaña sobre la cual hay un reloj de sol. Cabe suponer que en su día tendría una campana con la que marcar las horas aunque imagino que la campana se podría tocar desde abajo, y que la hora la miraban en cualquier otro reloj. Lo que no sé es qué pinta ese que aparece en la espadaña. ¿Quizás para los currantes que en su día trabajaban en esa zona y saber la hora del bocata?




Esa es la bóveda de la Capilla Real, regio mausoleo en cuya cripta reposan los restos del vesánico rey don Pedro I, de su mujer María de Padilla y del infante don Fadrique entre otros. En la fastuosa capilla están los mausoleos del rey don Alfonso X y de su madre, Beatriz de Suabia y, ante el altar mayor, el sarcófago de plata que contiene los restos del conquistador de Sevilla: Fernando III.





Y, en realidad, algunas partes del edificio están inconclusas. Obsérvese la zona marcada con un óvalo. Ese machihembrado de sillería está destinado a dar sustento a un arco que nunca se construyó. Hay varios así en las partes de las puertas (tiene cinco en total).





Bueno, con esa foto de la copia del Giraldillo concluyo. No es fácil concertar una visita a los altos de la catedral. Sólo se puede hacer por grupos y previa solicitud, así que los visitantes de paso se tendrán que conformar con estas fotos pero bueno, menos da una piedra. En lo que a mi respecta solo me resta cumplir mi sueño dorado: subir al último cuerpo de la Giralda, unos 30 metros por encima del cuerpo de campanas que es hasta donde la visita normal permite ascender. Hay que tocar algunos hilos para ese privilegio, pero estoy en ello. En fin, todo se andará...

Hale, he dicho...



domingo, 4 de marzo de 2012

Curiosidades: Los altos de la catedral de Sevilla, 1ª parte



Fagamos un templo tal que los que lo vieren terminado nos tengan por locos. Esa fue la consigna del cabildo catedralicio cuando, una vez demolida la mezquita almohade, decidieron construir sobre su solar el que resultó ser el mayor templo gótico de la cristiandad. Hace cosa de 3 ó 4 años me ofrecieron realizar una visita a los altos del descomunal templo, cosa que acepté sin dudarlo porque, entre otras cosas, permite tener unas panorámicas de la ciudad que, por razones obvias, pocos pueden contemplar. Así pues, paso a compartirlas con vuecedes, dilectos lectores. Algunas son ciertamente sorprendentes...

La imagen inferior corresponde a los altos de las naves laterales. Para llegar hasta esa zona hay que subir por una angosta escalera de caracol dentro de un borje. En la solería de toba se han descubierto lo que al parecer son cientos de plantillas diseñadas por el magister petrum para el corte de las diferentes piezas de piedra de las que se compone el edificio. 




Ahí tenemos otra vista de la misma zona. Los círculo negros marcan unos orificios situados en la bóvedas desde los cuales se podían (y se puede) descolgar sogas para sujetar andamios, lámparas, etc. Las piedras que los cubren, en forma como de champiñón, son simplemente para impedir que entre el agua. La puerta del fondo, marcada con una flecha, da acceso a la balaustrada interior desde donde se puede contemplar el crucero de la catedral.






El cual podemos ver en la foto inferior. Veinticinco metros de nada te separan del suelo, sobre una estrechísima pasarela de unos 60 cm. de ancho (yo tuve que andar de lado, ya que de frente no cabía). La verdad, acojona un poco. A la derecha queda el altar mayor, también el mayor de la cristiandad, y a la izquierda el coro.





Esa es otra vista del crucero. Al fondo tenemos un rosetón que representa la Resurrrección de Cristo. A los lados se puede ver la balaustrada que permite circunvalar toda esa parte del edificio. La verdad es que no es un sitio apto para personas con vértigo, las cosas como son...





Ahí tenemos el borje que contiene la escalera que nos llevará a la zona más alta del edificio: las bóvedas de la nave central. Quiero recordar que están a una altura de unos 40 metros, que no es moco de pavo. Como se puede imaginar, tomando por referencia las tres personas que aparecen en la foto, el interior es muy angosto. Además, las paredes están ennegrecidas por el humo de los candiles que, durante siglos, se usaron para alumbrarse.




Y ahí tenemos dichas bóvedas. La parte más alta, al fondo de la imagen, corresponde al cimborrio y al altar mayor. Sobre el conjunto destaca, como no, la inconfundible silueta de la Giralda, que fue la única parte de la antigua mezquita que no se tocó por expreso deseo del entonces infante don Alfonso. Cuando la ciudad capituló tras largo y cruento asedio, los alfaquíes de la mezquita rogaron a Fernando III que les permitieran demolerla para que no fuese profanada por infieles, a lo que el infante replicó airado: Jurovos que por cada adobe que toquéis de la torre yo faré rodar una cabeza. Está de más decir que los alfaquíes no protestaron para nada ante la amenaza de don Alfonso.




Como colofón a esta primera entrada, ahí dejo una vista superior de los arbotantes y pináculos de las bóvedas laterales. Obsérvense las canalizaciones fabricadas con tejas vidriadas en verde sobre los arbotantes, destinadas a evacuar el agua de la lluvia. La piedra para su construcción se trajo desde El Puerto de Santa María, remontando el Guadalquivir. Esa piedra, conocida como "piedra ostionera" y formada por restos de moluscos y piedra que, con el paso de los siglos, formaron una masa compacta, no permite el grado de finura en la talla que podemos ver en otros edificios similares. La verdad es que nunca he entendido por qué se usó ese tipo de material que, además, debió costar mucho dinero transportar desde tan lejos cuando a unos 20 Km., en Gerena, había y hay aún una magnífica cantera de granito gris, mucho más adecuado. En fin, ellos sabrán por qué lo hicieron así.

Bueno, mañana más.

Hale, he dicho...

Continuación de la entrada pinchando aquí


sábado, 3 de marzo de 2012

Mitos y leyendas: el aceite vertido sobre los asaltantes a una fortaleza





Es de común creencia que, llegada la hora del asalto, los defensores de una fortaleza se dedicaban a arrojar sobre los atacantes el aceite contenido en enormes calderas. Pero, ¿alguna vez se han parado a pensar que eso es una chorrada monumental? Me temo que no. A ver, analicemos la escena...

Varios cientos de asaltantes lanzan varias escalas a lo largo de un lienzo de muralla. ¿Dónde ponemos la terrorífica caldera?¿A cuáles les va a tocar achicharrarse?  Por otro lado, para tal menester haría falta un complicado mecanismo para elevar la caldera hasta el adarve, y otro para suspenderla sobre el parapeto porque, ¿no han caído en la cuenta de que los parapetos sólo disponen de aspilleras? No tienen vertederos de ningún tipo, y si los tuvieran, el aceite caería pegado a la muralla, mientras que las escalas, al estar apoyadas sobre la misma, tienen cierto ángulo que las separa de ellas. Y una vez lanzado, aunque achicharren a varios atacantes, ¿qué han conseguido? Nada. Los demás siguen subiendo, intentando colarse en el adarve. Y si encima esa escena tiene lugar en Inglaterra, Francia o Centroeuropa, donde no sabían ni lo que era un olivo, la cosa se complica, ¿no? Y donde sí los había, como en España, Portugal o Italia, el aceite era bastante caro como para emplearlo en algo así. Sería más lógico tener almacenadas grandes cantidades de vinagre o brea.

Puede uno pasarse 87 tardes invernales buscando representaciones gráficas de la época sin encontrar una sola en la que se vea semejante práctica. Los defensores arrojan sobre los atacantes piedras, les disparan con arcos y ballestas, o incluso les tiran vasijas de brea ardiendo. Pero de calderas, nada de nada. Ojo, y estamos hablando de asaltos mediante escalas. Si éste se producía con torres de asalto o con grúas, pues razón de más. Los asaltos se rechazaban disparando de flanco desde las torres, o intentando derribar las escalas o matando a todo aquel que asomase la cabeza por las almenas. Un ballestero podía causar muchas más bajas durante un asalto que la caldera de aceite calentito, o la brea que, además, por su consistencia pegajosa se adhería a la ropa mientras ardía, causando terribles quemaduras. Veamos algunas representativas imágenes de la época...



Ahí tenemos una en la que tres defensores intentan rechazar un asalto. Uno de ellos dispara con su ballesta, mientras otro está a punto de lanzar un piedra sobre ellos. Los asaltantes de la escala se protegen con los escudos, mientras que los demás los hostigan con disparos de ballesta y uno de ellos carga un fundíbulo.





En esa otra, más o menos similar, dos defensores disparan sendas ballestas y otro, al igual que en la lámina anterior, lanza una piedra sobre los atacantes. En este caso, los asaltantes intentan acercarse a la fortaleza, situada junto a un río, mediante una embarcación en la que han instalado un fundíbulo. Es bastante habitual la presencia de algún soldado lanzando piedras. Obviamente, en un castillo era un material del que había ingentes reservas. Bastaba arrancarlas con palancas de hierro de los paramentos interiores, o de las dependencias ubicadas en los patios de armas. Con esas piedras se podía romper la tortuga de un ariete o cualquier otra máquina de aproche. Para incendiarlas no hacía falta ni la caldera ni el aceite hirviendo. Bastaba lanzar sobre la máquina varias vasijas de barro llenas de brea caliente y provistas de un mecha consistente en un simple trapo empapado en aceite de roca (petróleo), o mezclar la brea con azufre, que hacía más virulento el fuego.

Una más. En esa, los defensores intentan inutilizar la techumbre que protege a varios zapadores que intentan minar la muralla. Uno lanza una enorme piedra, otro arroja un gran hierro puntiagudo que puede atravesar dicha techumbre por su peso, y un tercero lanza teas ardiendo para prenderle fuego. Pero el caldero sigue sin aparecer por ninguna parte. Esas dos teas, empapadas en brea, son tanto o más eficaces que varios litros de aceite. Bastaría con que corriese una brisa para que cayera bastante alejado de su objetivo.

En fin, no voy a poner decenas de imágenes similares que muestran asaltos, porque todas vienen a mostrar lo mismo: ballesteros, arqueros y alguno que tira piedras. Pero calderas, no las hay. ¿De dónde proviene pues esta creencia? Pues, la verdad, no lo sé. Puede que en alguna crónica se mencione como algo excepcional pero, según lo hablado, no era en modo alguno una forma eficaz de rechazar un asalto. Harían falta decenas de calderas y miles de litros de aceite para que surtiera cierto efecto, y estos los sufriría solo la primera oleada de asaltantes salvo que se dispusiera de enormes cantidades de aceite, más un sistema que permitiese rellenar las calderas con la suficiente rapidez, cosa que, aparte de resultar imposible, no aparece mencionada en ninguna parte. Y, por otro lado, el aceite caliente (hay que considerar que se iría enfriando a medida que caía) solo produciría quemaduras sobre una piel desnuda. Un guerrero cubierto con camisa y calzas, perpunte, loriga, cota de armas, guantes y la cabeza además cubierta por un yelmo dudo mucho que sufriera sus efectos.

Lo que sí se tiene constancia que se usaba con regularidad era:

Vasijas llenas de brea: Al romperse, el contenido se esparcía inflamado por acción de la mecha. Al pegarse a cualquier superficie, sus efectos eran bastante persuasivos.

Arena caliente: Fácil de conseguir y de calentar, al verterla sobre el personal se colaba por todas partes. La arena conserva mucho la temperatura. No dejaría fuera de combate a un guerrero, pero al menos lo tendría un buen rato dando alaridos mientras intentaba quitársela de encima.

Vinagre hirviendo: Barato y abundante, se calienta con rapidez.

Fuego griego: El arma incendiaria más temible de la época (ya le dedicaré una entrada). Era el napalm del medioevo, pero su fórmula no estaba al alcance de cualquiera. Sus efectos eran devastadores ya que, aparte de no poder apagarse, al contener cal viva y azufre entre otras cosas, las quemaduras que producía eran terribles.


Abrojos: Un foso sembrado con esas puntiagudas estrellas de hierro lo convertían casi en intransitable. El calzado de la época, provisto de suelas de cuero de pocos milímetros de espesor o, en el caso de usar abarcas, ni siquiera eso, eran en ambos casos fácilmente perforables. Ocultos entre la maleza que crecía a los pies de las murallas, era complicado eliminarlos y más si desde lo alto te tiraban porquerías de todo tipo.


Como conclusión, a la izquierda vemos una ilustración suiza del siglo XV que representa un asalto. En la misma se puede contemplar todo un surtido de objetos lanzados desde la muralla: abrojos, piedras y teas ardiendo. Tras el parapeto situado en primer término, los defensores esperan a que los ocupantes de las escalas lleguen arriba para rechazarlos con picas, bisarmas y alabardas. Y, como ya se ha dicho, tampoco aparece por ninguna parte el caldero en cuestión.

En definitiva, el cine, como siempre, tomó como artículo de fe lo de las terroríficas calderas de aceite, gracias a lo cual la mayoría de personal lo cree a pie juntillas.

Hale, he dicho










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miércoles, 29 de febrero de 2012

Cabalgada lusitana

Bueno, como cierre del paréntesis abierto con la entrada anterior, antes de retornar a la temática habitual no quiero dejar de mostrar de algunas cosillas que me llamaron la atención en esta cabalgada. Más que nada por aquello de "no te acostarás sin saber una cosa más". Helas ahí:





No, no es una composición ni una foto trucada. Coincidiendo con una visita a una iglesia de Faro, contemplo asombrado a lo que ha llegado la tecnología aplicada a la religión: un karaoke eclesiástico. Sí, dilectos contertulios, la pantalla muestra a los fieles reunidos la "letra" de lo que se va dificiendo en la misa. Así nadie mete la pata, nadie desafina a la hora de entonar salmos y hasta te ponen de fondo de pantalla unos paisajes molones para elevar la espiritualidad. Para que luego digan que la Iglesia está anticuada...




La luna estaba ese día en cuarto creciente, así que la pelambrera manual del organista debe ser debida a cuestiones genéticas y no por una licantropía galopante. O igual era que el pelo de la cabeza se le había mudado a las manos, porque el hombre estaba ya un tanto calvo, así que vete a saber...





Esta tampoco procede de un avenate creativo con el Photoshop. Es el aspecto que ofrece el claustro del antiguo monasterio que actualmente es el museo municipal de Faro, invadido por una manada de elefantes de colores. No sé qué leches pintaban allí, pero unos letreros informaban a los visitantes que cada elefante costaba la friolera de 6.000 del ala cada uno. Las cosas como son: los elefantes pegaban allí lo mismo que a un santo dos pistolas, así que supongo que el autor de los paquidermos polícromos debe ser algún colega de alguien del ayuntamiento, o vete a saber. El vil mercantilismo y tal, ya saben...





Esta imagen no corresponde a la famosa Capela dos Ossos de Évora, sino a otra capilla ósea situada en una iglesia de Faro, concretamente la situada en el Largo do Carmo. Y, que yo sepa, aún hay otra más alicatada con osamentas en Alcantarinha (Silves). La verdad, no entenderé nunca esa necrofilia osamental porque esos sitios, más que al recogimiento y a la oración, lo impulsan a uno a salir echando leches de allí. Manda cojones enterarte que, en un momento dado, el bisabuelo João o la tatarabuela Miguelina están en la cuarta fila empezando por abajo, ¿no? 





Ese sitio pasa un tanto desapercibido, pero es sumamente interesante. Se trata del cementerio judío de Faro, recuperado tras una serie de donaciones realizadas por Isaac Bitton el cual, aparte de ser muy rico, era de esa atribulada raza. Lo vigila un guarda que, por una aportación voluntaria, te puede tener más de una hora contándote con pelos y señales las constumbres, usos y toda la historia de los judíos de la ciudad. Avdertencia: si os invita a ver el DVD, decidle que tenéis prisa u os tiene allí otra hora larga. En todo caso, merece la pena la visita porque te enteras de mogollón de cosas curiosas, entre ellas que antes de salir hay que purificarse lavándose las manos de la siguiente forma: por tres veces hay que verter agua de una mano a otra, echándola sobre el dorso de las mismas.





Y una de esas cosas curiosas se ve en esa foto. Como se ve, es un simple túmulo de tierra. Según explicó el locuaz guarda, la tradición hebrea dicta que, si el cuerpo es enterrado sin féretro, la lápida se pone inmediatamente, pero si es en un ataúd, hay que dejar pasar un año, hasta que se considera que la madera se ha podrido y el cuerpo ya esté en contacto con la tierra. Por cierto que también me enteré de por qué los judíos ponen sobre las lápidas piedras: sustituyen a las flores. Ignoro si es por ahorrar pasta, la verdad. Por cierto, observad la fecha de la lápida de la derecha: el año del fallecimiento del ocupante es 5665, o sea 1904.

En fin, con esto concluyo. Ahí dejo una imagen de una de las incomparables playas del Algarve en plena puesta de sol. Los hoteles en Portugal, con esto de la crisis, están a unos precios asombrosamente baratos, así que recomiendo al personal que aprovechen algún fin de semana para darse un garbeo por allí. Francamente, merece la pena y más si te sale el viaje por cuatro duros, que no están las cosas para muchos dispendios.

Hale, he dicho...




martes, 28 de febrero de 2012

Arquitectura funeraria y demás cuestiones tanatorias





Bueno, heme aquí de vuelta tras un breve pero intenso periplo por tierras lusitanas. Y, por variar, esta entrada no irá ni de castillos, ni de armas ni nada similar. Va, como el título indica, de la arquitectura funeraria del país vecino y sus peculiaridades. Sí, ya se que es un tema un tanto lúgubre, pero no por ello menos interesante tanto en cuanto el culto a la muerte no deja de ser algo con gran arraigo entre los humanos. ¿O es que no van millones de turistas a ver las pirámides de Egipto, que no son sino tumbas? En este caso son plebeyas, pero muestran también la obsesión que, en mayor o menor grado, el personal tiene con, por decirlo de alguna forma, retener parte de sus seres queridos en este mundo, aunque solo sean osamentas y, sobre todo, dejar claro al personal que la familia tiene posibles y que sus muertos son de categoría. Bueno, al grano...

Siempre me ha llamado poderosamente la atención ese empeño en gastarse un dineral en fabricar suntuosos mausoleos para dar alojamiento a las maltrechas envolturas carnales de nuestros ancestros. Son una especie de apartamentos para difuntos que, en la práctica, no aprovechan más que al marmolista que los construye. Lo que hay dentro no son más que despojos de lo que una vez fueron nuestros seres queridos. Nada más. Quizás sea por la impenitente vanidad humana, quizás por el deseo abstracto y, a la par, absurdo, de que los difuntos estén confortables, el caso es que hay gente que se gasta lo que no tienen en la elaboración de dichos panteones.

Nuestros vecinos guardan celosamente sus muertos. En sus panteones familiares y nichos hasta cubren los féretros para preservarlos de la vista del personal. Sí, no hacen como en España, donde lo habitual es tapar el nicho con una lápida. Ellos no. Los dejan a la vista, pero pudorosamente tapados con las cosas más variopintas: cobertores de ganchillo, de telas más o menos lujosas... Y siempre, impepinablemente, una foto de los huéspedes. Fotos amarillentas, añejas, que casi siempre no corresponden ni remotamente a la edad aproximada del inquilino cuando pasó al Más Allá. Veamos algunos ejemplos. Ojo, las imágenes que muestro están obviamente muy retocadas. Digamos que he querido buscar un poco la esencia de las mismas: lo tenebroso y triste mezclado con la ostentación o, en algunos casos, con la simpleza. En fin, es como yo lo veo y santas pascuas...




Muchos de ellos son mausoleos tan añejos que no queda nadie que los cuide. Sin embargo, los ayuntamientos no los eliminan. Algunos datan del siglo XVIII y están bastante deteriorados, pero deben ser intocables. Fijaos en los faroles. Son muy habituales. ¿Qué o a quién alumbrarán? Posiblemente los retratos que desaparecieron vete a saber cuando. Los huecos vacíos en las lápidas son bastante elocuentes.






Y las sempiternas fotos, mostrando a todos el rostro del que abona la tierra, perpetuo recordatorio del como era. Ciertamente, pronto se borran de la memoria las imágenes, hasta las de los seres más queridos. ¿Será un mecanismo de defensa del cerebro para ahuyentar los pesares?




Ángeles que invocan al Cielo por el difunto, alojado en una "vivienda" que igual es mucho más suntuosa que la que disfrutaron en vida. Y digo yo que mejor gozar del lujo antes de palmarla, ¿no?





Sin embargo, otros se tienen que conformar con mucho menos...





Unos tienen aún quien mantenga aseado y presentable el alojamiento funerario familiar...






Otros se conforman con una simple cinta anudada en un barrote mohoso...




Y otros posiblemente jamás imaginaron que acabarían formando parte del alicatado de un muro, como si de un Porcelanosa Óseo se tratara.

En fin, estos días de asueto me ha dado ocasión para, además de solazarme con las virguerías gastronómicas del país en compañía de mi querida Pilarita, bichear en sus necrópolis. Nunca se me había ocurrido antes visitarlas y, la verdad, han sido motivo de reflexión y tal. Y no sobre lo fugaz y banal de la vida, que eso ya lo sabemos todos, sino del pertinaz empeño que tenemos los humanos por que hasta tras la muerte siga habiendo categorías, digamos, "sociales". No tenemos arreglo, qué carajo...

Bueno, sic transit gloriae mundi y esas cosas que se dicen.

Hale, he dicho...





viernes, 24 de febrero de 2012

Curiosidades sobre los duelos a pistola




Aunque los duelos a pistola comenzaron a difundirse en el siglo XVIII, fue a lo largo del siglo XIX cuando se generalizaron con profusión. Las armas de fuego, contrariamente a las armas blancas, requerían menos entrenamiento y destreza para salir con la honra y la vida a salvo de semejante brete. Debía ser bastante enojoso verse desafiado por un sujeto conocido por su habilidad con la espada ya que las opciones eran dos: o no responder al desafío y quedar marcado de por vida como un cobarde, o aceptarlo sabiendo que uno tenía todas las papeletas para acabar con una cuarta de acero en la barriga.

En cualquier caso, los caballeros decimonónicos tenían aún un elevado concepto de la honra, y eso de batirse en duelo por una mala palabra o un comentario desafortunado era cosa corriente. No voy a entrar en los detalles concernientes al desafío, o los diferentes tipos de duelos que podían concertarse entre padrinos en función de la gravedad de la ofensa, sino más bien en algunos detallitos curiosos destinados a salir indemnes del reto porque, las cosas como son, el honor era altamente valorado, pero la vida lo era aún más. De hecho, solo en casos de ofensas verdaderamente graves se llegaba a los duelos a muerte, pero la mayoría se quedaban en poco más que disparar al aire, con lo que todos, duelistas y padrinos, se volvían a su casa la mar de contentos por haber obtenido satisfacción. Veámoslos...

Ante todo, no se permitía portar bajo la ropa carteras, petacas o cualquier objeto que pudiera suponer un freno a la bala. Por ello, a veces, los caballeros se batían en mangas de camisa. Por otro lado, para ofrecer menos blanco al adversario, la postura que adoptaban era de perfil, con el brazo derecho doblado para que el codo protegiera el costado. También podía uno cubrirse el pecho con el antebrazo izquierdo, colocando el puño cerrado ante el corazón. En el grabado de la izquierda podemos ver como ambos tiradores apuntan con el brazo doblado, como se comentó antes. Además, la mano que empuña el arma cubría la cabeza y hasta se subían los cuellos de las levitas que, elaboradas con grueso paño, podían servir de protección. Como se ve, ponían bastante esmero en no ofrecer partes vitales al contrario, que un tiro en una pierna en aquella época ya era chungo, pero en el estómago o el tórax tenía bastantes probabilidades de ser mortal.

Pero lo más significativo eran las armas de duelo, verdaderas virguerías de la armería de la época que hoy día hacen las delicias de cualquier coleccionista que pueda pagar lo que se pide por un estuche completo, con todos sus accesorios como el de la foto, muy difíciles de encontrar. Dichas armas solían tener el ánima lisa, sin estriar, ya que no se consideraba caballeresco usar armas rayadas. En realidad, lo que no se consideraba adecuado era la terrible precisión de estas últimas, por lo que se optaba por las antiguas armas de cañón liso, mucho más imprecisas. Eran una magnífica opción para satisfacer la honra con pocas probabilidades de resultar herido o muerto. Por otro lado, era habitual usar cargas reducidas para que, en caso de acertar al contrario, produjesen una herida leve. De hecho, en muchos casos incluso se pactaba disparar al aire sin más, con lo que se consideraba haber recibido satisfacción.

Está de más decir que estos duelos eran ilegales, perseguidos y condenados por las leyes desde hacía mucho tiempo y de ahí celebrarlos en lugares aislados, lejos de miradas indiscretas. Los participantes en los mismos, ya fueran los duelistas o los padrinos, se guardaban muy mucho de que la cosa trascendiera, y una tácita ley del silencio obligaba a todos a no decir una palabra a las autoridades, aunque hubiera heridos o muertos de por medio. Como es evidente, a los muertos en duelo la iglesia los consideraba suicidas, por lo que les era negada la sepultura en sagrado. Eso sí, siempre y cuando se supiera, al menos "oficialmente". Ya nos entendemos, ¿no? 

Hale, he dicho

Los padrinos preparando el duelo. Por lo general solía asistir un médico para una cura de urgencia en caso de haber heridos
y permitir que llegaran vivos a casa. No obstante, si la bala se incrustaba en el cráneo la presencia del médico era
irrelevante, así como si perforaba el músculo cardíaco sin el cual el motor se gripa de forma inmediata