miércoles, 6 de mayo de 2026

EL FUERTE DEL NORTE

 


SALVETE, NOBILES CIVES

No solo me tiene abandonado la musa bloguera, sino también la literaria. Hace tres trillones de eones que no escribo ni un renglón en ni una de las cuatro o cinco novelas que tengo iniciadas, y por mi vida que me resulta asaz irritante porque eso de narrar historias chulas se me antoja un pasatiempo bastante entretenido. Pero, para ello, es necesario el concurso de la puñetera musa, sin la cual no viene a la mente la trama para hacer el relato adecuadamente interesante. Bien, tras flagelarme un poco y por rellenar algo, ahí les dejo el primer capítulo de la última obra que comencé, un relato que, como es habitual en mí, se desarrolla en un ambiente castrense adobado con misterios misteriosos y situaciones que pongan a los protagonistas al borde de atiborrarse de antidepresivos. Espero que si esta entrada tiene bastantes visitas me sirva de estímulo para continuar (en realidad tengo ya escritos cinco capítulos), aunque sea a costa de invitar a la musa a una docena de cigalas hembras regadas con La Guita. 

Bueno, ahí lo dejo con el tenebroso Fuerte del Norte...


P.S. No se me escandalicen si hay errores, está pendiente de corregir


1

 

El ordenanza se cuadró y le tendió un sobre. Era el típico sobre militar, de papel malo y un desagradable color amarillento. En ese momento, el Comandante sintió un pellizco en el estómago. Miró al ordenanza como buscando una respuesta, pero éste seguía tieso como un palo con el sobre en la mano y la mirada perdida en el infinito. Ese día se había despertado dando por hecho de que iba a recibir una mala noticia, y solo ver el sobre bastó para estar seguro de que su mal augurio estaba a punto de hacerse realidad. Despacio, como si quisiera coger a una serpiente que amenaza con morder, alargó la mano y agarró el sobre poniendo cara de asco. Ciertamente, cualquiera que contemplase la escena pensaría que el Comandante actuaba de una forma extraña. ¿Qué oficial se mostraría alarmado por recibir un sobre más al cabo del día? Pero aquel sobre no era uno más. Era, estaba seguro, el sobre que daría al traste con su apacible existencia en la guarnición de la ciudad. Finalmente, emitió un sonoro suspiro y lo agarró, pensando que alargar más aquella absurda situación no tenía sentido. Miró el membrete y, en efecto, su pálpito acababa de hacerse realidad.

-Retírese- murmuró apretando la mandíbula.

No lo tuvo que repetir. El ordenanza dio un taconazo, realizó una media vuelta impecable y salió del cuarto de banderas marcando el paso con tanto brío que parecía que iba a hacer astillas el elegante parqué de espiga. Sus botas claveteadas no eran precisamente el calzado más idóneo para un suelo así, pero el reglamento no sabía nada de suelos elegantes. Un soldado del Rey tenía que hacer saber a todos cuándo pasaba, aunque fuese camino de las letrinas.

El Comandante miró a su alrededor. La presencia del ordenanza había pasado totalmente desapercibida, y sus compañeros de armas seguían jugando a las cartas, al billar o contándose embustes sobre sus interminables amoríos y conquistas. No le habría hecho ni pizca de gracia que, de inmediato, todos fueran a curiosear y tener que darles explicaciones acerca del contenido del sobre. Al cabo, la vida de guarnición era aplastantemente aburrida, y todos aprovechaban cualquier ocasión para salir de la monotonía.

Palpó el sobre como si de ese modo pudiera conocer el contenido pero, obviamente, el fino papel cuartelero no iba a dejar traslucir nada como no lo abriera. Antes de volver a mirarlo apuró de un trago su copa de brandy y, con un gesto, indicó al camarero que le sirviera otra. Estaba seguro de que le vendría bien.

Oficina de Personal, rezaba el membrete. La Oficina de Personal solo enviaba un sobre para informar de dos cosas: un ascenso o un traslado. Desechó de inmediato la primera opción porque sabía perfectamente que aún le quedaba una buena temporada para ascender, por lo que estaba claro que en breve iba a abandonar el acuartelamiento. Para tener la certeza no le quedaba más remedio que abrir el sobre. Suspiró mirando la copa de brandy, y decidió que mejor la reservaba para después de la lectura. Sin más, rasgó el sobre y sacó el oficio que, como ya daba por seguro, venía en forma de un triste papel fino y gris con varios renglones de pésima letra escrita con un plumín que dejaba rastros de tinta.

En efecto, el Coronel Jefe de la Oficina de Personal le informaba a través de su ayudante que debía presentarse al día siguiente para recibir órdenes acerca de su próximo destino, pero no decía cuál era. En realidad, nunca lo decían. Se limitaban a plasmar la misma frase hecha porque el susto, o la alegría quizás, los notificaban en persona. Cerró los ojos un instante para digerir la noticia, tras lo cual volvió a introducir el oficio en el sobre y lo dobló antes de meterlo entre el segundo y tercer botón de su impoluta guerrera verde oscuro. Miró la hora en el vetusto reloj que colgaba de la pared. Eran casi las once de la noche, un buen momento para poner tierra de por medio y largarse a su aposento a rumiar sus desdichas. Porque tenía claro que cuando le asaltaban aquellos presentimientos nunca, nunca en su vida, acababan en algo bueno. De hecho, hasta cuando era un adolescente ya sentía aquella sensación de zozobra que no sabía explicar, pero con el tiempo se fue dando cuenta de que, de forma inexorable, cada vez que le sobrevenía era el anticipo de algún suceso desagradable. Y, lógicamente, en aquella ocasión no iba a fallar, de modo que solo le quedaba pasar la noche lo menos mal posible hasta que se presentase en la oficina de personal a las ocho y media en punto.

Cuando se metió en la cama recurrió a su somnífero predilecto, una vieja edición de “La Guerra de las Galias” que llevaba en la familia casi tanto tiempo como el transcurrido desde el asesinado de su autor en la curia de Pompeyo. Era infalible, porque la refinada prosa del gran Julio César le sumía casi de inmediato en un embotamiento que era la antesala de un profundo sueño. No tardó ni diez minutos en quedarse dormido con el libro apoyado en la nariz, aspirando el olor a papel viejo que tanto le gustaba. No obstante, los autores clásicos no tenían capacidad para librarlo de pasar la noche muy inquieto, moviéndose continuamente y padeciendo sueños extraños. Al cabo, nueve de cada diez sobres que uno recibía eran para comunicar una mala noticia. ­  ­

 

Un teniente muy joven recibió al Comandante. Un cordón plateado colocado desde la hombrera izquierda hasta el segundo botón de la guerrera indicaba que pertenecía al personal que estaba directamente a las órdenes del Coronel Jefe de la Oficina de Personal. Vestía un uniforme tan planchado e impoluto que, cubriendo la magra anatomía del teniente, parecía un maniquí cuando este se cuadró e hizo retumbar un taconazo seco.

-El coronel le espera, señor comandante- informó con el laconismo castrense que inculcaban en la academia a los cadetes-. Sírvase acompañarme.

El teniente se giró y avanzó con paso decidido entre dos filas de escritorios donde varios chupatintas garabateaban oficio tras oficio. Solo se oía el rasgar de plumillas de mala calidad sobre papel barato. El ambiente en la amplia dependencia era gélido a pesar de la estufa de hierro que devoraba carbón continuamente, pero lo cierto es que el frío extremo que reinaba en el exterior era capaz de extender sus efectos a todo el recinto.

El teniente parecía un autómata movido por un mecanismo de cuerda. Todos sus movimientos estaban medidos al milímetro, incluyendo las tres veces que llamó a la puerta del despacho. Sin esperar respuesta, abrió la pesada hoja, se hizo a un lado y, dando un postrero taconazo acompañado de una enérgica inclinación de cabeza, cerró rápidamente, como para impedir que el recién llegado pudiera escapar. El Comandante desparramó la vista por el amplio despacho, una estancia con las paredes cubiertas de estanterías llenas de legajos de hule amarillo cubiertos de polvo. Al fondo, entre dos amplios ventanales, distinguió la mesa del despacho tras la que se atrincheraba el coronel.

Dio un leve tirón de los faldones de la guerrera y avanzó con decisión. Se detuvo a dos pasos de distancia dando un taconazo y se llevó la mano a la visera del quepis. Cuando iba a comenzar la presentación reglamentaria, el coronel le hizo un gesto con la mano. Estaba sumido en la lectura de un documento, y el Comandante se quedó sin saber qué hacer, si bajar la mano y esperar o quedarse en aquella postura a la espera de ser atendido. Optó por lo segundo.

Casi dos minutos se mantuvo en posición de saludo hasta que el coronel dio por concluida la lectura. Metió el documento en un viejo cartapacio de cuero verde que había conocido tiempos mejores e hizo otro gesto con la mano que igual era una excusa que una condescendiente invitación a que se relajase.

-No hace falta que se presente, comandante- dijo esbozando una leve sonrisa bajo su imponente mostacho primorosamente rizado y encerado-. Tome asiento. ¿Le apetece algo? ¿Té? ¿Café? ¿Algo más tonificante quizás?- prosiguió haciendo sonar una campanilla medio enterrada en papeles.

-Nada, señor coronel- rechazó porque, en realidad, tenía el estómago revuelto-. Acabo de tomar, gracias.

Un ordenanza asomó la cabeza por la puerta, pero el coronel le hizo un gesto para que se largase.

-Yo abuso del café- se acusó poniendo cara de pena-, lo reconozco. Es una maldita droga. El médico me ha dicho que me controle un poco, pero es el único placer que me permito. Me lo envía un cuñado mío, que lo importa de Turquía. ¿De verdad no le apetece?- insistió.

El Comandante negó con una sonrisa. Lo único que le faltaba era tomar un excitante para ponerse aún más nervioso de lo que estaba.

-Bueno, mejor- aceptó el coronel sonriendo también-, así me abstengo, que falta me hace.

Olvidando el café turco, pasó a remover una pila de legajos que había en el lado derecho de la mesa. Los fue repasando hasta dar con uno que puso sobre el cartapacio, le desanudó las cintas y se puso a rebuscar entre el fajo de papeles. El Comandante se revolvió inquieto en la silla, empezando a poner a caldo mentalmente al coronel por su desesperante parsimonia. Finalmente, el coronel entresacó un papel y lo leyó por encima.

-Lleva ya tiempo en la guarnición, ¿no es así?- preguntó mirándolo fijamente.

-Algo más de tres años, señor coronel- respondió sin saber aún de qué iba aquello-, desde mi ascenso.

-Una vida monótona para un militar- afirmó el coronel-. Yo mismo estoy harto de pasar día tras día en este antro lleno de papeles y polvo y, francamente, debo decirle que le envidio.

-No… no alcanzo a entender qué…- farfulló el Comandante, sintiendo cómo el estómago se le subía a la boca. Estaba seguro de que la tormenta estaba a punto de desencadenarse.

-Está claro, amigo mío- anunció el coronel tendiéndole el oficio que acababa de sacar del legajo-. Le trasladan. Podrá perder de vista este cuartel mohoso y dedicarse a algo más estimulante que pasar las mañanas en el patio de armas viendo las evoluciones de las tropas, y las tardes muriéndose de aburrimiento en el cuarto de banderas. Como digo, le envidio. Estar al mando del Fuerte del Norte le permitirá mostrar sus capacidades. Enhorabuena.

El Comandante sintió literalmente como si un mulo le hubiese dado una coz en la boca del estómago cuando oyó mencionar el Fuerte del Norte. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para terminar de coger el oficio que le tendía el coronel, ordenando a su brazo, que quedó momentáneamente suspendido en el aire, que siguiera avanzando hasta coger el papel. Intentando mostrar una indiferencia que ni remotamente sentía, hizo como si leyera el oficio aunque lo cierto es que no fue capaz de ir más allá del primer renglón.

-¿Puedo preguntar a qué debo este honor, señor coronel?- preguntó tras dejar el papel sobre la mesa.

El coronel lo miraba con un extraño brillo en los ojos que no pudo descifrar, aunque intuía cierto matiz burlón, como divirtiéndose por hacerle pasar el peor rato de su carrera militar.

-Bueno, no sé de quién habrá sido la idea- respondió sonriente-, pero imagino que alguien que lo considera como el más adecuado para desempeñar un cargo de tanta responsabilidad.

El Comandante asintió, como queriendo aparentar que se alegraba de gozar de tan buena reputación.

-¿Y el actual Comandante?- quiso saber, intentando averiguar el motivo de su traslado-. Quiero recordar que es un hombre muy cualificado.

-Ha sido ascendido a teniente coronel. Se pondrá al mando de un regimiento de infantería en cuanto vuelva a la capital una vez que usted lo releve.

-¡Ah, lo celebro por él!- afirmó maldiciendo la hora en que ascendieron a su predecesor en el cargo-. ¿Y cuándo debo incorporarme?

El coronel sacó un sobre del legajo y se lo tendió antes de responder.

-Pues sobre la marcha- informó clavando así el más profundo clavo en su ataúd-. En el sobre lleva toda la documentación necesaria: orden de traslado, nombramiento, salvoconducto, billetes de tren... En primera clase, naturalmente. En cuanto a su cometido y todo lo concerniente al desempeño de su nuevo destino, su predecesor le informará en su momento.

-¿Cuándo es “sobre la marcha”, señor coronel?- quiso saber sin atreverse a mirar el sobre, que pesaba lo suyo.

-Pasado mañana. A primera hora deberá tomar el tren que le llevará hasta la Comandancia del Norte, donde le esperarán para conducirlo al Fuerte. Dispone pues de todo el día de hoy y mañana para hacer los preparativos necesarios, aunque doy por sentado que, si de Vd. dependiera, partiría hoy mismo, ¿verdad?

El Comandante no supo cómo tomarse aquella última observación, pero acabó aceptando que el coronel tenía muy mala uva. Estaba ya totalmente convencido de que su traslado obedecía a motivos que aún no podía siquiera intuir, pero que no tenían nada que ver con sus cualidades como militar.

-Por supuesto, señor coronel- mintió de nuevo haciendo un nuevo intento fallido por disimular que estaba totalmente desolado-. Cualquier oficial aceptaría encantado semejante responsabilidad.

-Además, tiene Vd. la ventaja de permanecer soltero- prosiguió el coronel haciéndole un guiño-. Imagine lo que habrá pasado la esposa del actual Comandante, que se ha visto casi diez años lejos de su marido.

-¿Diez… años?- murmuró casi atragantado y sintiendo como la boca se le secaba aún más de lo que ya la tenía.

-Sí, claro- respondió el coronel como si pasar una década en el mismo destino fuese lo más normal del mundo-. Pero su predecesor los arrostró con la serenidad y la decisión propias de un caballero y un oficial del Rey. Su esposa creo que no lo sobrellevó tan bien, pero las mujeres… ya sabe, ¿no? La soledad les resulta insoportable a veces, sobre todo por las noches- concluyó esbozando su enésima sonrisa pícara.

-La verdad es que no estoy al tanto de cuestiones conyugales- comentó por decir algo, porque lo cierto es que estaba deseando salir del despacho y ahogar sus penas en brandy.

-¡Tiene Vd. un espléndido sentido del humor!- celebró el coronel riendo-. Pero sé de buena tinta que es Vd. un seductor de primera clase, ¿eh?

-¿Yo… un seductor?- murmuró estupefacto, intuyendo que la enjundia de su traslado estaba precisamente tras aquella insinuación.

-Sí, hombre, no sea modesto- afirmó poniendo la mano sobre el legajo-. Aquí hay bastantes historias sumamente jugosas en las que Vd. es el principal protagonista. Ya sabe que el Estado Mayor es muy celoso a la hora de velar por la reputación de los oficiales del Rey, y conviene estar al tanto de las andanzas de cada uno para preservar el buen nombre de la institución. Me entiende, ¿verdad?

El coronel acababa de decirle claramente cuáles eran los motivos de su traslado. Y no su fama de seductor o sus hipotéticos devaneos en la capital, sino uno en concreto que, a pesar de creer que lo había perpetrado con la máxima discreción, acabó sabiéndose no sabía cómo.

-Sí, señor coronel, le entiendo perfectamente- aceptó sintiéndose como un ladrón que reconoce ante el juez que su robo perfecto había sido descubierto-. Pero no crea todo lo que digan de  mí. Ya sabe que hay mucha maledicencia, muchas envidias…

-¡Por supuesto que no, Comandante!- exclamó haciéndose el escandalizado-. Nadie ha puesto en tela de juicio su honorabilidad. Solo comentaba sus buenas dotes como conquistador, cosa que, naturalmente, no tienen nada que ver con su carrera militar. Vd. es un hombre soltero, y por lo tanto libre de hacer lo que quiera con su vida.

Estaba claro que su breve pero intenso romance con la mujer del Jefe de la Consejería Militar del Rey se había descubierto, y eso que su amante era la primera interesada en que no se supiera. A pesar de que su decrépito marido, que le sacaba más de veinte años, no era precisamente el hombre más adecuado para satisfacerla, bajo ningún concepto estaba dispuesta a perder sus privilegios y la vida social que tanto la deleitaban, por no hablar de tener cuenta abierta en las mejores tiendas de modas de la capital y de sus envíos semestrales de los sombreros elegidos personalmente de los más selectos catálogos de París.

El Comandante, que en realidad no pretendía más que solazarse con aquella dama tan distinguida y fogosa, no pensó que alguien podría haberlos reconocido cuando se reunían en un discreto reservado en algún restaurante de las afueras, o que una criada se iría de la lengua bajo la presión del general que, aunque como marido ya no daba la talla, seguía siendo un hombre muy enérgico y, sobre todo, persuasivo con los que estaban bajo sus órdenes, ya fuesen militares o sirvientes de su casa.

-Bien, Comandante, no le entretengo más- concluyó el coronel tendiéndole otro sobre, éste sellado con lacre negro-. Debe disponerlo todo para la partida, despedirse de sus camaradas y preparar su equipaje. Me hará el favor de entregar este sobre al Comandante saliente con mis saludos. Esperamos mucho de Vd. Buen viaje y buena suerte.

El Comandante se levantó de un salto, deseando salir del despacho y pegarse un tiro si bien lo último no era más que la típica fantasía momentánea producto de la desesperación. Sujetando los dos sobres con la mano izquierda, hizo un impecable saludo antes de dar media vuelta y salir del despacho dando grandes zancadas. Lo último que vio del coronel fue una sonrisilla torva que le confirmó que el artífice de su repentino traslado era el marido de su amante. Aquello parecía sacado de una opereta barata, con escenas de celos, de maridos cornudos e impotentes y de esposas faltas de cariño pero, ¿de dónde estaban sacadas las operetas baratas sino de la vida misma?

Cuando salió a la calle sentía ganas de gritar a todo pulmón que el Jefe de la Consejería Militar del Rey era un viejo impotente, su mujer un pendón desorejado y él un imbécil por pensar que se iba a encamar con ella impunemente. Sin embargo, recapacitó de inmediato porque, sin duda, ser enviado como Comandante del Fuerte del Norte siempre era preferible a verse acusado de espía o algo similar con pruebas falsas y acabar delante de un pelotón de fusilamiento. No era ningún secreto que la Policía Militar era increíblemente eficaz, que nada ni nadie escapaba a su control y que carecían totalmente de escrúpulos si era necesario eliminar a cualquier elemento non grato, ya fuese un oficial que se atreviera a ponerse en evidencia a sí mismo o a la institución o un civil que metiese las narices donde no debía. Por lo tanto, se fue a paso vivo al cuartel y se encerró en su aposento a digerir lo indigerible.

Mentar el Fuerte del Norte era algo casi vetado entre la oficialidad. Sobre aquel reducto se contaban historias de todo tipo y, aunque nadie había podido nunca probar nada de forma fehaciente, estaba considerado como el destino más abominable de todos. Quizás su fama se debía más al ominoso silencio que guardaban los que habían servido en el Fuerte cuando, tras mil y una peticiones, lograban retornar a cualquier guarnición del país. Nadie lograba sacarles una palabra sobre su periplo en la frontera, lo que daba pie a la creación de las fábulas más variopintas. La realidad era más prosaica: todos los que volvían eran obligados a jurar por su honor que guardarían silencio y a firmar una declaración por la que se comprometían a no divulgar absolutamente nada relativo al Fuerte. Su distribución interior, su arsenal, su guarnición y demás detalles estaban considerados como secreto de estado, y un espía pagaría lo que le pidieran por cualquier dato por insignificante que fuese. De hecho, la misma guarnición del fuerte no estaba compuesta por conscriptos, sino por soldados profesionales. De ese modo, cuando eran relevados tenían que jurar y firmar la misma declaración que los oficiales. Nada de lo que ocurría en el Fuerte debía salir del Fuerte.

Pero, historias y camelos aparte, lo cierto es que ser enviado al Fuerte del Norte no era precisamente un premio. Aislado en mitad de la nada, a millas de distancia de la población más cercana, vigilaba desde hacía décadas el único paso que los separaba de su vecino del norte. Era la llave que cerraba a cal y canto la puerta de la nación ante un ejército invasor, y su posición estratégica ya había quedado sobradamente demostrada desde hacía siglos, cuando el viejo castillo medieval proyectaba su amenazadora sombra sobre el angosto valle por donde transcurría el paso. Las nuevas armas obligaron a reformar el castillo y convertirlo en un fuerte moderno, pero no por ello se bajó la guardia. Dando por sentado que el enemigo podía aprovechar las obras para intentar invadirles, durante los ocho años que duraron las mismas se envió una división a la frontera para impedir que nadie se atreviera a pasar de allí. Se cavaron zanjas llenas de abrojos, se distribuyeron caballos de Frisia y se construyeron fortines de tierra para emplazar la artillería debidamente protegida por cestones llenos de escombros. Solo cuando el nuevo fuerte estuvo plenamente armado y operativo se retiró la división.

En honor a la verdad, era justo reconocer que ser nombrado Comandante del Fuerte del Norte era todo un honor tanto en cuanto era la salvaguardia del reino, y precisamente por eso se seleccionaba, en teoría, a los oficiales más cualificados y cuya lealtad al Rey estuviera por encima de todo comentario. Pero, en su caso, saltaba a la vista que era una represalia, algo personal urdido por un general cornudo ávido de venganza por haberle coronado la testuz. El Comandante reconocía que era un oficial del montón, militar más por tradición familiar que por vocación, y tenía claro que había hombres mucho más adecuados para aquel destino. Con todo, también era cierto que la presencia del Fuerte era un argumento tan persuasivo que, desde hacía más de ochenta años, los vecinos del norte no habían llevado a cabo ninguna intentona, y que la amenaza del poderoso edificio bastaba para convencerlos de que por allí era imposible pasar. Por lo tanto, las virtudes castrenses de su Comandante pasaban a un segundo plano. Además, contaba con la experiencia de los oficiales veteranos que llevaban allí desde hacía tiempo para ponerse al día rápidamente.

 

El Comandante pasó toda la mañana encerrado en su aposento. Daba por sentado que su superior ya había recibido un oficio procedente de la Oficina de Personal informándole de su traslado, por lo que su ausencia en el patio de armas sería lo más natural. En teoría, tendría que ultimar sus preparativos antes de partir, redactar algunas cartas de despedida a algún pariente o amigos y hacer lo propio con una misiva dirigida a su superior. Era una mera cuestión de cortesía porque, obviamente, ya estaría al tanto de todo, quizás incluso antes que él mismo. Aquellas cartas de despedida eran una estupidez, pensó. Todos ponían siempre lo mismo: le quedo a su excelencia muy agradecido, para mí ha sido un honor servir a sus órdenes y, en resumen, todo un despliegue de alabanzas a un superior al que se solía detestar y a un destino que, por lo general, nadie daba por bueno.  Pero el ejército seguía fielmente sus tradiciones y usos, de modo que no le quedaba otra que elaborar la maldita carta. Por otro lado, desaparecer del patio de armas le libraba, al menos de momento, de tener que dar explicaciones a sus compañeros oficiales.

Compañeros, que no amigos, porque lo cierto es que el Comandante no tenía un solo amigo. Pero no por verse rechazado, sino porque, simplemente, no tenía necesidad de relacionarse con los demás. Era un hombre solitario que donde se encontraba más a gusto era haciéndose compañía a sí mismo. Para él, la vida social que tanto gustaba al resto de la oficialidad era un verdadero suplicio, y más cuando eran saraos a los que no se podía negar a asistir por estar relacionados con cuestiones castrenses, como el aniversario de la coronación del Rey, su cumpleaños o el baile de despedida o bienvenida de algún alto mando. Pero del resto de cenas y fiestas se escaqueaba como podía, alegando una indisposición, un servicio ineludible o, simplemente, no dándose por enterado. Lo que fuera antes que pasar la velada escuchando chismorreos que no le interesaban lo más mínimo, por no hablar de las miradas de las damiselas de cuyas muñecas colgaban sus carnets de baile y ocultando media cara con el abanico, como si alguien fuera capaz de leer sus labios.

Su nula necesidad de relacionarse fue también la causa de su pertinaz soltería. Ciertamente, no era el único célibe del cuartel, pero sus motivos eran otros. Sus camaradas solteros preferían no casarse hasta la llegada de la madurez para, de ese modo, tener vía libre para meterse en todos los huertos ajenos de la capital sin tener que soportar broncas en casa. Una vez pasados los ardores de la juventud, ya habría ocasión de emparentar con alguna señorita casadera de buena familia para sentar la cabeza y tener hijos, cosa obligada por la sociedad. Pero el Comandante no estaba por la labor de unirse a una persona de por vida, y menos aún de engendrar hijos. De hecho, consideraba el mundo un lugar lo bastante desagradable como para fabricar a uno o más seres que lo poblasen y obligarlos a pasar una vida en la que, por cada alegría, había que pasar noventa y nueve pesares. Y, además, para padrear era obligado hacerlo dentro del matrimonio, y la perspectiva de convivir con una mujer se le antojaba bastante irritante.

Su desinterés no obedecía a una misoginia contumaz sino, más bien, al hecho de que el trato con las mujeres le resultaba aburridísimo. Consideraba que sus conversaciones era banales, dedicadas por sistema a chismorreos o temas intrascendentes que no le interesaban en absoluto, y si tener que soportarlas durante una velada era algo insufrible, daba por sentado que hacerlo de por vida sería terrorífico. Por todo ello, sus lances amorosos se limitaban a la mera necesidad de aliviar sus humores, pero en modo alguno a un enamoramiento o el deseo de establecer una relación duradera. De hecho, sus amoríos con la generala duraron el tiempo que tardó en darse cuenta de que esta pretendía tenerlo en reserva por si su vetusto marido se moría en buena hora, por lo que ya tendría otro disponible para sustituirlo en cuanto concluyesen las obligaciones propias del luto, lo que no implicaba, naturalmente, privarse de los placeres carnales durante ese tiempo. Sintió un pequeño sobresalto cuando se le vino a la cabeza que, quizás, la generala había sido en realidad la que había revelado sus amoríos, y que, despechada, había buscado la forma de hacer llegar la sospecha a su marido. Al cabo, ella no tenía poder para castigar la humillación sufrida, pero su esposo sí. En todo caso, ya daba igual quién o cómo se había sabido aquello. La cuestión era que él se vería camino del Fuerte del Norte en menos de 48 horas, y que la generala ya tendría a otro aspirante a ocupar de forma permanente su tálamo. De hecho, su hermosura era muy celebrada en toda la ciudad, y habría una auténtica legión de candidatos a calentarle la cama y lo que hiciera falta.

Pero su carácter nada sociable no era óbice para que mantuviera un trato cordial con sus camaradas, y que si alguno le pedía algún favor, como sustituirle en una guardia o callar alguna travesura, se prestase de buen grado. Pero si lo hacía era por aquello del hoy por ti y mañana por mí porque, en realidad, no apreciaba a nadie como para hacerlo de forma totalmente altruista. Con todo, las veladas en el cuarto de banderas eran por lo general la repetición del mismo ritual: degustar una copa de brandy apalancado en una butaca junto a la ventana que daba al jardín del pabellón de oficiales. Así pasaba las horas leyendo la prensa o sumido en sus pensamientos, y era muy raro que se le viese en una mesa jugando a las cartas, a lo que solo accedía cuando alguno de los habituales estaba ausente por cuestiones de servicio. A lo que jamás se prestó fue a jugar una partida de billar porque, además de no saber ni cómo empuñar el taco, eso de moverse alrededor de una mesa para golpear unas bolas de marfil se le antojaba una solemne estupidez. Por todo ello, no le causaba el más mínimo pesar perder de vista a sus compañeros de armas, a los que no tenía el más mínimo afecto.

De hecho, con la única persona con la que mantenía una relación más cálida era con su ordenanza, un mocetón recomendado por un tío paterno y cuya familia llevaba más de cuatro generaciones al servicio de la suya. Era un tipo bastante básico en apariencia, el típico muchacho procedente del campo que cualquiera tomaría por un palurdo al que tomar el pelo en la cantina y sablearlo a destajo. Pero la realidad era muy distinta, porque su ordenanza era mucho más listo de lo que aparentaba. Más aún, era tan listo que se hacía pasar por un paleto de forma magistral, lo que le libraba de ser señalado cuando ocurría algún desastre cuartelero. Y además de listo, era lo bastante bragado como para meter en cintura a los chulos y pendencieros que siempre hay en todos los cuarteles, pero tenía el suficiente sentido común como para ponerles las peras a cuarto de forma discreta. Sabía que humillarlos delante de todos le supondría ganarse enemigos mortales, de modo que aprovechaba algún momento en que no había testigos para endilgarles dos sopapos y dejarles claro que a él no le hacían efecto sus bravuconadas. Cuando pasaban lista aquella noche, el ojo morado o la cara hinchada se achacaban a un tropezón o una mala caída y todo quedaba resuelto.

De repente se dio cuenta de que tendría que dejar atrás a su ordenanza. La norma que prohibía a los conscriptos pasar siquiera del umbral de la puerta del Fuerte le obligaba a prescindir de él muy a su pesar porque, al cabo, era un sujeto bastante eficiente y, ante todo, discreto. Ya le facilitaría una carta de recomendación dirigida a cualquier compañero de armas porque, de lo contrario, el año largo que aún le quedaba de servicio militar lo tendría que pasar dando zapatazos en el patio de armas, haciendo guardias o sirviendo de escolta cuando algún pez gordo se desplazaba de un sitio a otro.

Prefirió no almorzar en el comedor de oficiales, donde empezaría el interminable interrogatorio acerca de su nuevo destino. Así pues, optó por salir del cuartel por un acceso lateral y dirigirse a una cercana casa de comidas en la que, por su condición de cliente de la casa, se le permitía disponer de un modesto pero confortable reservado donde deleitarse con los sabrosos menús que elaboraba la mujer del dueño sin tener que soportar la interminable verborrea de sus camaradas. A veces se preguntaba cómo era posible que hombres que estaban todo el día de palique siempre tuvieran cosas que contarse. Cuando terminó el postre pidió la cuenta, añadió una moneda de plata de propina y se despidió del dueño y de su mujer, que hasta dejó deslizar alguna lágrima por sus rollizas mejillas de lo apenada que estaba por la noticia. Hasta le regaló una docena de sus afamadas rosquillas para el viaje. Un apretón de manos al dueño, un achuchón a la oronda cocinera, a la que apenas podía rodear con los brazos, y salió de allí con la desagradable sensación que suele invadirnos cuando tenemos la certeza de que no volveremos a ver nunca más a esas personas que, durante años, han formado parte de nuestras vidas.

Aquella tarde ya pudo comprobar que los rumores sobre el fuerte estaban justificados. Se le ocurrió echar un vistazo en la biblioteca del cuartel en busca de información sobre el mismo. Pensó que no sería mala idea conocer algo sobre su inmediato destino, y no presentarse allí sin tener ni idea de nada. Sin embargo, por mucho que rebuscó en las bien surtidas estanterías no pudo encontrar nada sobre el Fuerte del Norte. Había cantidad de manuales de todo tipo, catálogos de armas, textos sobre manejo de explosivos, todas las revistas militares que se editaban encuadernadas por años, pero absolutamente nada sobre el fuerte. Intrigado a más no poder, se dirigió al viejo suboficial encargado del mantenimiento de la biblioteca, pero la respuesta que le dio solo sirvió para corroborar lo que acababa de ver.

-Nada, señor Comandante- aseguró el suboficial meneando la cabeza-. Ni planos, ni información sobre los ingenieros que lo diseñaron, ni los inventarios… nada de nada.

-Pero, ¿cómo es posible?- insistió cada vez más intrigado por tanto misterio-. Esto no es una biblioteca pública donde cualquiera podría acceder a documentación militar.

-Es que no se fían ni de los oficiales, señor Comandante- replicó esbozando una sonrisilla irónica-. Al cabo, ¿quiénes son los que venden al enemigo los secretos militares?

Notó cierto tufillo a impertinencia en aquel comentario, pero no podía dejar de reconocer que el hombre tenía razón. Ya se disponía a salir de la biblioteca cuando el suboficial le hizo un gesto con la mano para que esperase. Se mordió el labio inferior y se frotó la frente, como hacen los críos cuando quieren recordar la lección mal estudiada.

-Espere un momento, señor Comandante…- murmuró mientras sacaba un enorme libraco de una estantería-. Déjeme consultar el inventario.

El suboficial se puso a pasar páginas lentamente. Sus ojillos de hurón brillaban tras unas antiparras de peltre que apoyaba en la punta de la nariz. Tras un par de minutos de búsqueda dio una palmada sobre el libro esbozando una sonrisa.

-¡Aquí está!- exclamó satisfecho- Como nadie pregunta por el dichoso fuerte ya ni me acordaba de esto. Sígame, haga el favor.

El hombre se dirigió a la otra punta de la amplia sala mientras hurgaba en una argolla de hierro atiborrada de llaves. Eligió una y abrió una estantería baja, cuyas puertas carecían de la rejilla habitual para mantener aireados los libros. Por el contrario, todas las de aquella zona estaban completamente cerradas. Sacó una enorme carpeta de planos de cuero negro y la depositó encima de una mesa. En el centro se veía un óvalo repujado en oro con una S y una corona real encima. Todo el mundo sabía lo que significaba: secreto militar. La curiosidad desbordaba al Comandante. ¿Qué clase de secretos ocultaba el fuerte?

-Ahí lo tiene- anunció el suboficial, muy satisfecho de sí mismo y sacando un grabado de la carpeta junto a una nota que leyó detenidamente-. Según dice aquí, solo existen tres ejemplares. El grabado se hizo para presentarlo al abuelo del Rey, que fue el que ordenó su construcción. Se hicieron solo tres copias: una para el Rey, otra que se envió al Estado Mayor y esta, que se guarda como reserva porque las planchas fueron destruidas de inmediato. Soberbio, ¿no cree?- concluyó mostrando el grabado con un amplio gesto de la mano, como un joyero que ofrece su alhaja más valiosa.

El Comandante asintió en silencio, absolutamente fascinado por lo que veía. El fuerte, un edificio masivo pero majestuoso, ocupaba toda la cima de una pequeña meseta bajo la que se veía discurrir el Paso del Norte. Al fondo, las abruptas montañas que hacían de frontera natural con el país vecino.

-No se añadió la descripción del recinto- comentó el Comandante como si pensara en voz alta-. Es lo habitual en este tipo de grabados.

-No, señor Comandante- respondió el suboficial-. En realidad, se podría decir que se elaboró como testimonio de la conclusión de las obras y para que el Rey diera el visto bueno, pero nada más. Si la fotografía se hubiese inventado en aquella época, el grabado no habría sido necesario.

-Pero, ¿no hay datos acerca de sus constructores? ¿No hay documentación acerca de los obreros o facturas de los materiales…?

-Ya ha rebuscado Vd. antes y no ha encontrado nada, señor comandante- respondió el suboficial guardando el grabado en la carpeta, que rápidamente devolvió a su estantería-. Esto es lo único que podrá encontrar sobre el fuerte. Los que puedan saber algo están muy por encima de nosotros, señor. Y, por cierto, le agradeceré que no diga a nadie que le he enseñado el grabado, no sea que a los suboficiales también nos incluyan entre los sospechosos de vender secretos militares al enemigo- concluyó con una sonrisilla mientras aseguraba la argolla del llavero al cinturón.

-Descuide, hombre, nadie sabrá nada- aseguró con voz misteriosa-. Y le agradezco que me haya enseñado el grabado. Al menos ya sé a dónde me dirijo.

-¡No me diga que lo envían al Fuerte del Norte- se asombró el suboficial, que pensaba que la curiosidad del Comandante era fruto de algún chismorreo del cuarto de banderas.

-Soy su nuevo comandante- respondió, no sabiendo si adoptar un tono de orgullo o de pena.

-Bueno, no sé si felicitarlo o darle mis condolencias- murmuró el suboficial meneando la cabeza.

-¿Qué quiere decir?- gruñó repentinamente enfadado. Aquel comentario lo puso rápidamente en guardia.

-Nada, nada, señor Comandante- farfulló el hombre, que veía que había metido la pata hasta el fondo-. No me haga caso. Ya sabe la de historias que se cuentan sobre el fuerte. Discúlpeme, ya soy demasiado viejo para digerir estas leyendas. Y sabrá perdonar mi descortesía- añadió excusándose para zanjar el tema-, pero tengo que preparar el estadillo de hoy. Siga buscando todo lo que quiera, y si necesita algo me tiene a su disposición.

El suboficial soltó su parrafada casi sin respirar, dio el taconazo y la brusca inclinación de cabeza reglamentarios y se zambulló en su escritorio, donde se puso a rellenar el estadillo donde se reflejaban todas las obras consultadas a lo largo del día. Nadie lo sabía, pero lo cierto era que dicho estadillo era entregado puntualmente a un miembro de la Policía Militar, que lo recogía de manos del suboficial cuando este cerraba la biblioteca dos minutos antes del toque de retreta. En cada renglón se anotaba la obra, manual o revista consultados, el nombre del solicitante e incluso la hora en que lo recibía y lo entregaba. De ese modo, cualquier oficial que mostrara un interés excesivo sobre temas que se salieran de su competencia era rápidamente puesto bajo vigilancia. Si un oficial de infantería pedía un manual sobre tal pieza de artillería y, encima, repetía la solicitud varias veces, ya era motivo para pensar mal. De hecho, el suboficial añadía unas cruces tras el nombre del interesado a modo de advertencia. Una, indicaba que había tomado notas. Dos, que había copiado croquis o planos. Si junto al nombre de un oficial aparecían varias veces una o dos cruces, en menos de dos días ya se sabía hasta la marca de colonia que usaba su abuelo, y rápidamente le surgiría un amante “recién llegada” a la ciudad a la que seduciría con una facilidad pasmosa. De la información recabada por la “amante” dependería el futuro del oficial que, en un 99% de los casos, solo era culpable de querer aumentar sus conocimientos militares. Pero lo que preocupaba a la Policía Militar era el 1% restante que podía pasar información al enemigo, y con esos no había piedad.

Con todo, el suboficial omitió la reseña acerca del grabado, así como el interés mostrado por el Comandante. Al cabo, era el nuevo mandamás del fuerte, por lo que su interés era perfectamente lógico y, por otro lado, no quería figurar en el estadillo por haberle facilitado el acceso a un documento considerado como secreto militar. Se maldijo a sí mismo pensando que, quizás, era la enésima vez que le lanzaban un señuelo para poner a prueba su lealtad, pero conocía al Comandante desde que llegó al cuartel y nunca le pareció sospechoso. No obstante, se juró a sí mismo no ser tan condescendiente con información sensible, que ya le quedaba poco para jubilarse y su mayor ilusión era verse disfrutando de su bien merecido retiro en su granja, y no como huésped del Castillo Central, la siniestra prisión militar de la que se sabía cuándo y cómo se entraba, pero no cuándo y cómo se salía.

-Me estoy volviendo un paranoico- murmuró mientras seguía apuñalando el papel del estadillo-. Estos mierdas de la Policía Militar han convertido esto en un manicomio.

En cuanto al Comandante, ya que aún tenía tiempo de sobra antes de retreta, se dedicó a ilustrarse sobre la Frontera Norte. Echó mano a un atlas y un par de libros de viajes donde pudo obtener información acerca los caminos, del clima, la flora, la fauna, las costumbres y, lo más sorprendente, de la escasísima población de la zona, donde apenas había dos o tres villorrios separados varias millas del fuerte y cuyos habitantes se ganaban la vida proveyendo a la guarnición de carne, hortalizas, cereales e incluso pescado en salazón que obtenían del caudaloso río Oriental que cruzaba el país camino del mar en sentido este-oeste. Como no podía ser menos, aquel río se consideraba la segunda línea de defensa del territorio en caso de que el fuerte fuese superado. Semejante obstáculo natural no se podía franquear fácilmente, y los zapadores mantenían minado desde hacía años el único puente que lo cruzaba para, en caso de necesidad, volarlo en un periquete y cerrar el paso a posibles invasores.

Una tosecilla lo devolvió a la realidad. Era el suboficial.

-Perdone, señor Comandante, pero tengo que cerrar ya- anunció señalando el reloj de la sala-. Faltan cinco minutos para retreta.

El Comandante se levantó asintiendo con la cabeza. Le dio las gracias al suboficial y salió de la biblioteca sintiendo la misma sensación que cuando abandonó la casa de comidas, y desde aquel momento tuvo al certeza de que no volvería a poner un pie allí nunca más.



Bueno, ya'tá, ahí queda eso.

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM

Hale, he dicho

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