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lunes, 21 de septiembre de 2020

CÁMARAS DE TIRO

 

Cámaras de tiro del cubete artillero del Alcázar de Arriba, en Carmona (Sevilla). Este proto-baluarte, construido en tiempos
de los Reyes Católicos, barría de flanco las murallas norte y oeste. La foto nos muestra las cámaras de tiro que circunvalan el recinto con forma de herradura


En su día vimos con detalle el desarrollo de las aspilleras, las troneras y los buzones, diferentes tipos de aberturas para poder disparar a través de ellas contra los enemigos sin que este tuviera muchas posibilidades, por no decir ninguna, de replicar al defensor que lo estaba escabechando bonitamente a flechazos, virotazos, arcabuzazos o incluso cañonazos. Sin embargo, las aspilleras más primitivas adolecían de un problema: el grosor de los muros, a veces de dos metros o más, limitaba mucho el ángulo de tiro aún cuando el abocinamiento y el derrame fuese generoso. De hecho, lo que solemos encontrar es lo que vemos en la foto de la derecha, unas ínfimas rendijas que, situadas a gran altura en lo alto de la muralla, dan lugar a un ángulo muerto de varios metros a partir de la misma. Es decir, que todo aquel que lograra situarse a menos de seis o siete metros de la muralla, 
 o a veces incluso más, se volvía invisible, y solo si había cerca una torre de flanqueo se le podía seguir hostigando si bien el defensor corría el riesgo de que un ballestero enemigo lo dejase seco en el momento en que se asomaba por una almena. Estos probos homicidas tenían la fea costumbre de acechar los movimientos de los defensores bien protegidos tras gruesos manteletes de forma que, en el momento en que tenían ocasión, soltaban un virotazo al imprudente y se relamían satisfechos cuando los oían pegar un berrido, señal inequívoca de que habían hecho blanco.

Bien, aunque las aspilleras son un invento bastante antiguo ideado por el prolífico Arquímedes durante el cerco a Siracusa entre los años 214 y 212 a.C., lo cierto es que no llegaron a Europa hasta el siglo XII, como está mandado de la mano de los cruzados que tuvieron ocasión de verlas. De hecho, en la muralla construida por Teodosio en Constantinopla disponían de amplias cámaras de tiro destinadas a albergar escorpiones y cheirobalistras para hostigar a los visitantes non gratos. Como ya podemos suponer, los árabes también hacían uso de este dispositivo defensivo como el que vemos en la foto A, correspondiente al castillo de Haruniye, construido en 785 por el califa abasí Harun al-Raschid (c.763-809) en la actual provincia de Osmaniye, en Turquía. Este castillo, que se yergue en la cima de un empinado risco, contiene once cámaras similares distribuidas a lo largo de las murallas norte o noroeste. La de la foto B pertenece al castillo de Kantara, al norte de Chipre, y aunque las que se conservan datan de principios del siglo XIII, están basadas en las construidas por los bizantinos hacia los siglos X-XI.

¿Y qué hacían mientras tanto en los castillos europeos? Pues cabe suponer que disparar a través de las almenas protegiendo el cuerpo tras un merlón, que para eso se inventaron. La aparición de las aspilleras obviamente disminuyó las probabilidades de que un enemigo lograra acertar a un defensor al mismo nivel que las de que un político se vuelva honrado. No obstante, ya vimos al comienzo que sus mínimas dimensiones sumadas al generoso espesor de un muro limitaba enormemente el ángulo de tiro, sobre todo hacia abajo, tal como vemos en el gráfico de la derecha. A pesar del acentuado derrame que muestra la aspillera la posibilidad de apuntar hacia abajo es bastante escasa, y más si tenemos en cuenta que un arco requiere un espacio libre por delante para que al soltar la cuerda no golpee el muro y dañe las palas, lo que obliga al arquero a situarse a cierta distancia del mismo disminuyendo aún más el ángulo de tiro. Y si el muro es el doble de grueso, pues ya podemos dar por hecho que dicho ángulo se reducirá aún más. ¿Cómo solucionarlo? Pues metiendo al arquero en el muro.

En este gráfico vemos la sección de una cámara de tiro, que en sí no es más que un nicho con las dimensiones necesarias para que uno de estos probos homicidas ejerza sus habilidades cómodamente. Como podemos apreciar, al avanzar hacia la parte interior de la aspillera el arquero puede apuntar mucho más abajo, para lo cual incluso se ha añadido un pequeño derrame que permitiría enfilar a un enemigo que corretease a escasa distancia de la muralla, logrando en algunos casos ángulos de tiro de apenas 5º. Por otro lado, las amplias dimensiones de la cámara permiten a nuestro hombre mover su arma en cualquier ángulo sin estorbos ya que tiene una altura superior a la suya. Y ya que hay espacio de sobra, pues el ingeniero que diseñó el castillo llegó a la conclusión de que era una chorrada desaprovechar el espacio disponible labrando una aspillera birriosa, así que hizo una abertura vertical que abarcaba toda la altura de la cámara de forma que los defensores podían apuntar incluso a enemigos que merodeasen a bastante distancia de su posición. Otra cosa es que les acertasen, pero poder, podían disparar hacia donde les diera la gana.

Puede que alguno se pregunte que para eso no hacía falta fabricar una cámara de tiro. Bastaría hacer la aspillera hasta el nivel del suelo y ya está. El arquero seguiría disparando desde fuera del muro, pero con el derrame de esta nueva aspillera extra-larga no vería mermado su ángulo de tiro. Cierto, pero eso tenía unos problemillas, y no despreciables. Veamos el gráfico de la derecha, donde hemos construido una aspillera 4XL para no tener que fabricar la cámara de tiro. El derrame, que hemos marcado de rojo, tiene dos graves inconvenientes, a saber: uno, debilita la parte superior del muro de la planta situada debajo. Un bolaño que acierte en ese lugar abriría un boquete e inutilizaría la aspillera y, lo que es peor, podía producir un serio desperfecto en el arranque de la bóveda, cuando no un derrumbe de la misma; y dos, observen las flechitas rojas, cuya alevosa trayectoria es una trampa mortal si llegan a entrar por la aspillera. Si golpean en el derrame lo más seguro es que salgan desviadas hacia arriba, acertando al arquero. ¿Qué las aspilleras era muy estrechas y que colar por ahí una flecha era muy difícil? Sí, eso dije. Pero las aspilleras normales. Estas, al estar el tirador mucho más alejado de la abertura tenían que ser más anchas, más o menos como la palma de una mano, para no dejar el ángulo de tiro horizontal limitado poco menos que a 0º. 

¿Qué algo parecido podría pasar en una cámara de tiro? Podría, aunque con menos probabilidades porque, como vimos antes, el derrame está limitado a unos pocos centímetros en la parte inferior de la aspillera. No obstante, siempre podía construirse un pequeño parapeto de escasa altura como el de este gráfico. Como vemos, dicho parapeto no influye para nada en la puntería hacia una cota inferior, y detendría sin problemas cualquier proyectil dirigido hacia la aspillera, ya fuera un virote, una flecha o una bala de arcabuz. Y aprovechamos este dibujito, que ya he hecho bastantes por hoy, para reseñar que las cámaras de tiro para ballesteros eran más bajas que las destinadas a arqueros por razones obvias: una ballesta no requiere altura, sino anchura. ¿Qué por qué se limitaban a los ballesteros y no daban opción a poder usarlas tanto arqueros como ballesteros? Bueno, ya sabemos que el arco fue un arma con una difusión muy limitada en Europa, siempre tras la supremacía de la ballesta. En los reinos cristianos de la Península no se usó otra cosa que la ballesta, un arma que en campo abierto estaba en inferioridad respecto al arco pero que tras un parapeto era devastadora tanto por su potencia como por su precisión. Una ballesta podía estar cargada durante horas mientras que el ballestero acechaba a su próxima víctima, y en cuanto alguien asomase la cabeza sería hombre muerto. Un arco requería primero tensar la cuerda, tiempo suficiente para que el que asomó la cabeza la volviera a esconder. En fin, de las ventajas e inconvenientes de ambas armas ya se ha hablado varias veces y no vamos a redundar en ello. En todo caso, ya sabemos por qué motivo se crearon las cámaras de tiro. Veamos a continuación algunas tipologías...

A la izquierda tenemos dos ejemplos. La foto A muestra una aspillera de palo de Carcassonne (Francia), que presenta en su parte inferior un pequeño ensanchamiento para el derrame. Obsérvese que algunos sillares muestran unas protuberancias que pueden hacer pensar que se trata de piezas mal labradas. No es así. En realidad era un sutil método de aumentar el grosor del muro ahorrando material y peso que ya usaban los romanos. Dichas protuberancias, repartidas de forma un tanto aleatoria alrededor de la aspillera, reforzaban la zona del muro más delgada contra los impactos de bolaños lanzados por manganas o fundíbulos. La foto B muestra una aspillera de cruz y palo del castillo de Warkworth (Northumberland, Inglaterra) con un notable ensanchamiento en el derrame que aumenta sensiblemente el ángulo de tiro hacia abajo, que es de donde verdad provenía el peligro. Si observan a través de la ranura verán como un pequeño murete protegía al arquero o ballestero que disparaba a través de la aspillera, en este caso más susceptible de que se colase un proyectil enemigo precisamente a causa de la abertura inferior que le proporcionaba un ángulo de tiro mayor.

Veamos la parte interna de las cámaras de tiro donde se abre este tipo de aspilleras. La de la foto A pertenece al castillo de Caernarfon, en Gales. Muestra un amplio nicho que permitiría a un arquero adosarse a un lado u otro a la hora de apuntar de manera que tendría unos 90º de ángulo de tiro horizontal. En la zona inferior se observa a pesar de la luz que entra del exterior el ensanchamiento del derrame. La foto B pertenece a la cerca urbana de Aigues Mortes, en la Occitania, y curiosamente están casi a ras del suelo por lo que cabe pensar que en sus tiempos estaba precedida de un foso. Esta cámara de tiro presenta dos curiosos detalles: uno, los poyetes destinados a los guardias porque no creo que usasen ese sitio como cortejador, que era el nombre que recibían los tabucos ventaneros provistos de esos bancos de piedra. Pero lo más interesante quizás sean los salientes que vemos a la mitad de la cámara, que podrían seguramente ser usados para instalar una plataforma de madera para acoger a dos tiradores aprovechando la gran altura del nicho, que debía rondar los 2,5-3 metros de altura. De ese modo y ya que por ancho que fuese nunca podría ser usado por dos hombres uno al lado del otro, nada más acertado que ponerlos uno sobre otro. Más adelante veremos ejemplos similares.

Cuando empezaron a propagarse las armas de fuego, estas convivieron durante muchos años con las ballestas, por lo que se fabricaron aspilleras aptas para el uso de ambas armas. La más difundida era la de cruz u orbe. Algunos afirman que la cruz era un simple aditamento decorativo que a mi entender se me antoja un trabajo inútil, cuando no perjudicial ya que daba más sitio al enemigo por donde colar un proyectil. Lo lógico es que se usara la cruz para la ballesta y el orbe para el trueno de mano o el arcabuz y, de hecho, muchas aspilleras de cruz- se conservan bastantes tal cual- habrían sido modificadas con la adición del orbe al aparecer las armas de fuego. En la foto A mostramos una cámara de tiro con aspillera de cruz del castillo de Corfe, en Dorset. Como vemos, es mucho más baja que las destinadas a albergar un arquero, tal como se señaló anteriormente. El ballestero que la servía podía disparar tanto de pie como rodilla en tierra. La de la foto B es del castillo de Santa María da Feira, en el distrito de Aveiro (Portugal). Aquí vemos dos troneras de cruz y orbe que defendían el acceso al recinto con una posición muy peculiar, una sobra otra. Solo cabe pensar que estos no se complicaron la existencia: uno tiraba con un arcabuz tumbado en el suelo y otro de pie con arcabuz o ballesta.

Algo parecido, pero más sofisticado, debió pensar el constructor del castillo de Raglan, en el sureste de Gales, que vemos en la foto A. Las mortajas que se aparecen a los lados de la cámara podrían servir para instalar una plataforma destinada a un tirador situado en la parte superior si bien la estrechez del nicho hace pensar que sería un arcabucero. En la parte inferior y viendo el diámetro de la tronera, así como la losa que protege del rebufo del disparo, imagino que emplazarían una pequeña pieza de artillería como una cerbatana o un ribadoquín. La foto B, del castillo de la Latte, en Bretaña, muestra otro tipo de cámara de tiro bastante amplia, en este caso para tres armas: dos arcabuces en los lados y en el centro cualquier cosa que disparase, ya fuese un arco, una ballesta o un arcabuz gracias a su larga aspillera de orbe y palo o de cerradura invertida, como prefieran.

Ya en el siglo XV y con las armas de fuego totalmente implantadas, se crearon o modificaron las cámaras de tiro para hacerlas más adecuadas al uso de este tipo de armas. La foto de la izquierda, perteneciente al castillo de Coetfrec, construido en 1462 en Ploubèzre, Bretaña, nos muestra una cámara de tiro provista de un pequeño nicho en un lateral a modo de repuesto para disponer de cierta cantidad de pólvora y municiones, virotes de ballesta o incluso una bota de alpiste para las gélidas noches de guardia. La cámara, provista de una tronera de orbe y palo fabricada con piedra, estaba situada en un nivel superior. Obsérvense los mechinales que hay justo debajo de la cámara donde se empotrarían las vigas para sustentar una escalera o quizás unas ménsulas para soportar la tablazón de un entresuelo. En todo caso, y dejando de lado el hueco lateral que la hace más peculiar, este tipo de cámara de tiro se convirtió en el más difundido por toda Europa para las armas de fuego: un nicho con bóveda de medio punto o escarzana y una tronera de orbe y palo o cruz y orbe.

Y del mismo modo que los truenos de mano y posteriormente los arcabuces se fueron haciendo los amos del cotarro, la artillería ligera también se fue extendiendo en las fortificaciones neurobalísticas con cerbatanas, ribadoquines e incluso falconetes que, cargados con pelotas de hierro podían responder al fuego de las bombardas de los enemigos y, cambiando la munición por pedernales o ferralla, perpetrar verdaderas escabechinas entre los asaltantes que se aproximasen a la muralla, bien batiéndolos de frente con fuego cruzado o, más efectivo aún, de flanco cuando intentasen lanzar escalas o adosar a la muralla una máquina de aproche. Para ello se construyeron o modificaron cámaras de tiro como las que vemos en la ilustración superior, ambas del castillo de Mula, en Murcia, construido a principios del siglo XVI por el marqués de los Vélez con medios defensivos propio de la época. En este caso vemos que ambas cámaras disponen de mortajas y entalladuras diseñadas para emplazar bocas de fuego de pequeño calibre de forma que pudiesen contener su retroceso sin salir disparadas del nicho a causa del mismo. Ojo, no confundamos estas cámaras con las casamatas artilleras ya que estas tenían el abocinamiento y el derrame por la parte exterior, y estaban destinadas a piezas de mayor calibre.

Está de más decir que una cámara de tiro podía situarse en cualquier punto que se considerase adecuado, desde el antemuro o las torres de flanqueo a los recintos y dependencias interiores, incluyendo la torre del homenaje que, al cabo, era la fortificación más potente de un castillo y el último reducto defensivo en caso de que los enemigos lograran asaltarlo de forma exitosa. Y para ello, aparte de las aspilleras o troneras convencionales, se habilitaban como cámaras de tiro los tabucos ventaneros donde, en tiempo de paz, las damas pasaban las horas dándole a la aguja o contándose los devaneos de doña Fulana con el gentil trovador Mengano, o los caballeros urdían sañudas venganzas contra el vecino o planeaban la próxima cabalgada a tierras moriscas para recordarles que no pararían hasta echarlos a patadas al mar. El que vemos a la izquierda se encuentra en el castillo de Caldicot, Gales, y bajo el alféizar de la ventana podemos ver una aspillera de cruz. Este tabuco proceda seguramente de las obras que llevó a cabo Thomas de Woodstock en 1381, cuando en la convulsa Inglaterra de la época rodaban cabezas de villanos, nobles y monarcas como quien juega a los bolos.

Alguno se dirá que usar como elemento defensivo un tabuco con una ventana no parece muy sensato, pero las ventanas, como se explicó en su día, estaban muy bien protegidas precisamente para impedir que un bolaño o una pella entrase por la misma con las consecuencias que podemos imaginar. A la derecha vemos uno de los tabucos de la Torre das Águias, una casa fuerte que se yergue cerca de Brotas, en el distrito de Évora, Portugal, y que fue construida en 1520 por Nuno Manuel. En sus dos plantas señoriales dispone de varios de estos tabucos para dar la bienvenida a los cuñados que se aventuraban a pasar por ese aislado paraje. La foto izquierda muestra uno de ellos en el que, como vemos, se abre un vano de generoso tamaño. Bajo el alféizar tenemos una tronera de cruz y orbe, y si nos fijamos en los muros laterales, a media altura se pueden ver los huecos para un alamud. En la foto de la derecha hemos recreado el tabuco en situación de defensa. Una buena reja trabada podía detener un bolaño, pero no un virote o una bala, por lo que la gruesa ventana que se colocaba tras la reja para impedir el paso del frío o la humedad se atrancaba con el alamud, cerrando por completo la dependencia. Cuando visiten un castillo con tabucos ventaneros verán que en los poyetes y en la parte superior de las jambas aún perduran las gorroneras donde se alojaban los goznes de estas ventanas. Así pues, con todo bien cerrado, a los defensores les bastaba situarse en estos tabucos para hostigar a los enemigos como en una cámara de tiro convencional.

Bueno, criaturas, con esto creo que no se me queda nada atrás. Espero que les haya resultado ilustrativo y puedan ilustrar a propios y extraños con este dispositivo de defensa que, por lo general, suele pasar desapercibido.

Hale, he dicho

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Curiosa cámara de tiro "biplaza" del castillo de Santa María da Feira. La verdad, no sé si la idearon para dos hombres o para 
aumentar el campo de tiro de uno solo. En todo caso, lo cierto es que está prácticamente al ras del suelo, y que su escasa altura obligaría a los defensores a disparar rodilla en tierra o tumbados. Obsérvese el ennegrecimiento de la parte delantera de la cámara a causa del humo producido por los disparos

jueves, 17 de septiembre de 2020

BARBACANAS Y ANTEPUERTAS


Fotograma de la cinta "Juana de Arco" (1999), de Luc Besson, que muestra la llegada de la alucinada doncella a Orleans.
Ante el río se ve el puente de las Tourelles, defendido por una potente barbacana que los british (Dios maldiga a Nelson)
reforzaron con un fortín de madera precedido de un foso

Repasando las entradas sobre temas castrales, me he percatado de que solo se mencionó en su día a las barbacanas como un palabro usado de forma errónea como sinónimo de antemuro. Para los que no lo leyeran, cito textualmente a Alberto de Aquisgrán cuando en su Historia de Jerusalén comenta que sus murallas tenían un “…ANTEMVRALE QVOD VULGO BARBICANAS VOCAMVS”, un "antemuro que llamamos vulgarmente barbacana". Bien, la cuestión es que un antemuro, también denominado como barrera o con el galicismo falsabraga, era un segundo perímetro defensivo que rodeaba todo o parte de una fortificación o cerca urbana. Y la cosa es que en la Península se tomó dicho término como válido a pesar de que, en realidad, en la castramentación hispana es un elemento defensivo prácticamente inexistente. Según Covarrubias en su Tesoro de la Lengua Castellana o Española, una barbacana es "la muralla baxa, cerca del foso que está deláte del muro". En una segunda acepción añade que es un término latino, "ANTEMVRALE POMERIVM, dicho assi porque defiende y adorna la fortaleza en lo exterior como alla dentro de los palacios". 

Por lo tanto, cuando vemos imágenes como esta que muestra el acceso al castillo de Ponferrada y nos dicen que es la barbacana, pues nadie protesta vehementemente y acepta que, en efecto, se trata de dicho sistema defensivo. Sin embargo, en realidad lo que estamos viendo es una puerta flanqueada por dos torres, norma incuestionable en todos los manuales de "Defienda su castillo Vd. mismo". O sea, eso no es una barbacana, sino un antemuro, y las dos torres y el macatán son simples aditamentos para mejorar su defensa, pero no es una barbacana que, por lo general, es como se denominan a las pequeñas fortificaciones- y algunas no tan pequeñas- avanzadas o exentas del recinto principal y unidas a este mediante caminos cubiertos o pasadizos. Por norma, se construían para mejorar la defensa en puntos especialmente sensibles como puertas, puentes, desenfiladas y, en definitiva, cualquier sitio que el enemigo pudiera aprovechar en caso de asedio.

La etimología del palabro, de ignota procedencia, no aclara demasiado las cosas porque según la fuente tiene su origen en la abominable lengua de los anglosajones, mientras que otras la consideran germánica y otras de procedencia árabe. En este caso aceptan bäb al-báqqara (puerta de las vacas), lo que no me cuadra ya que designa el acceso a los vacares, los recintos que algunos castillos destinaban para guardar el ganado de la población bajo cuyo abrigo vivían en caso de ser atacados por una razzia de malvados agarenos adoradores del falso profeta Mahoma o, en caso contrario, de bondadosos cristianos deseosos de hacerles ver que sus impías creencias eran una abominación. Otros optan por el término persa bâlâ-khanech, de donde proviene balcón en el sentido a una dependencia situada en la parte alta de una vivienda para su defensa. Los partidarios de la etimología anglosajona consideran que proviene de "barge kenning", que a su vez tiene su origen en la palabra alemana "bërgen" (cubrir, proteger) y "kenning" (vista, ver en el sentido de vigilar). Como vemos, hay para todos los gustos si bien en lo que a mí respecta me inclino por su origen árabe-persa por una sencilla razón: los hititas ya usaban este tipo de fortificación siglos antes de los tiempos de Cristo, así que no iban a ponerle un nombre derivado de unos ciudadanos de cuya existencia no tenían ni idea. Sea como fuere, lo que sí parece cierto es que el término en inglés barbicane, en francés barbacane, en italiano barbacani, en alemán barbakane o en portugués barbacão tienen su origen en el español barbacana, donde curiosamente le damos un uso inexacto.


Uno de los ejemplos más tempranos lo tenemos en la ciudad de Sam'al, al sudeste de la península de Anatolia. Fundada por los hititas allá por el 1700 a.C. con el nombre de Yadiya y posteriormente ocupada por los arameos, la población estaba protegida por una doble muralla circular y en cuyo centro se erguía un castillo. La muralla, defendida por cien torres, tenía tres accesos orientados hacia levante y poniente flanqueadas por sendas parejas de torres y otro, el más importante, hacia el sur, que es el que vemos en la reconstrucción de la derecha. Como podemos observar, esta entrada estaba fortificada con una barbacana que avanzaba hacia el exterior y se dividía en dos partes bien diferenciadas a distintos niveles. Este principio defensivo se seguía usando siglos después en las fortificaciones pirobalísticas, basado en que las obras exteriores debían ser de menor altura a medida que avanzaban hacia el glacis para que, caso de ser invadidas por los enemigos, pudieran ser batidas desde una posición más ventajosa por la zaga. En este caso, los atacantes debían vulnerar dos puertas con un patio interior entre ellas y, si alguno lograba traspasar esta barrera, aún le quedaría otra más para poder acceder al interior de la ciudad. En resumen, que no era nada fácil.


Otro ejemplo, más tardío ya que data del siglo VIII a.C., lo tenemos en la ciudad de Karatepe, donde el rey Azitawatas mandó erigir una fortaleza no lejos de la anterior. El recinto tenía dos accesos, uno al norte y otro al sur fortificados con sendas barbacanas de aspecto similar. La que vemos en la reconstrucción de la izquierda corresponde a la del lado norte y, como se puede apreciar, era básicamente una puerta en recodo protegida por torres de flanqueo desde donde podrían hostigar de frente y por los flancos a los atacantes. La barbacana sur era aún más peligrosa ya que de la torre más avanzaba salía una cortina que corría paralela a la muralla, formando un largo pasillo para moler a collejas a los invasores y darles la puntilla si llegaban medio vivos al recodo. 


Como vemos, cuando apareció en Europa allá por los siglos XII-XIII la barbacana estaba ya más que inventada, extendiéndose por Francia, Italia, Inglaterra y Centro Europa, seguramente de la mano de los cruzados y las órdenes militares que retornaban al terruño hartos de las solaneras, simunes y alacranes de Tierra Santa. A la derecha podemos ver un ejemplo de barbacana destinada a defender el acceso de una cerca urbana, en este caso la de Caen en Francia, edificada por Felipe Augusto tras arrebatarle la ciudad a Juan Sin Tierra en 1202. Como podemos ver, se trata de una pequeña fortificación cuadrangular provista de cuatro torres de flanqueo a la que se accedía con toda seguridad por un puente levadizo que actualmente es una simple pasarela. El acceso a la ciudad se llevaba a cabo por otra pasarela, formando así una puerta con patio interior en recodo. En la foto principal se puede apreciar dicha puerta que, por lo que podemos ver, también disponía de diversos elementos defensivos. Así pues, este edificio es lo que en puridad se podría considerar como una barbacana reglamentaria que, además, está construida a un nivel inferior conforme al principio de defensa escalonada que, según comentamos anteriormente, se conservó en las fortificaciones pirobalísticas.


Veamos otro ejemplo, este en East Sussex, en la brumosa Albión. Se encuentra en el castillo de Lewes, y fue construida en el siglo XIV sobre el foso que circunvalaba la mota castral original mandada construir por William de Warenne a finales del siglo XI. En este caso se trata de un edificio a modo de torre-puerta defendido por dos grandes escaraguaitas en los flancos y un matacán sobre la puerta. Si observamos la foto de la derecha podemos ver la distribución interior del recinto, con una primera puerta al fondo, seguramente precedida por un puente levadizo, un pasillo, un patio interior y una segunda puerta tras la cual se iniciaba una curva que llevaba al castillo, no sin antes tener que cruzar por una tercera puerta instalada en el muro que vemos tras la barbacana. Como podemos imaginar, franquear una de estas defensas era bastante complicado ya que no había posibilidad de adosar máquinas de batir o torres de asalto. 


Y además de defender murallas y castillos, tenían un papel primordial en la defensa de puentes, como ya se ha dicho. Quizás la más famosa sea la que defendía el Puente de las Tourelles (Puente de las Torrecillas), que daba acceso a la ciudad de Orleans sobre el río Loira, que corre al sur de la misma. Este puente, de 21 arcos nada menos, fue construido entre 1120 y 1140, para ser finalmente demolido en 1760 por su pésimo estado. En 1417 fue fortificado con una potente barbacana en la ribera izquierda más un pequeño fortín en la isla de San Antonio, a unos 100 metros de la orilla derecha donde se encontraba la cerca urbana. A la derecha tenemos un grabado que nos muestra una reconstrucción de la barbacana según Viollet-le-Duc y que presenta un primer recinto rodeado por un foso inundado al que se accedía por un puente levadizo. Haciendo un recodo se enfilaba un segundo puente que daba paso al segundo recinto que, conforme a los cánones de la época, tendría dos o más rastrillos, buhederas y puertas bien gordas para detener al más pintado. Les Tourelles fue el principal reducto de John Talbot durante el cerco a Orleans hasta que cayó en manos de los gabachos (Dios maldiga al enano corso) al mando de Jean de Dunois y el asesoramiento espiritual de Juana de Arco.


Ojo, no solo en Occidente proliferaron este tipo de fortificaciones. En Oriente también se construyeron algunas verdaderamente impresionantes, siendo las de Alepo las que sin duda de llevan a palma. El edificio más significativo es sin duda la potente torre que cierra el paso en la larga y empinada rampa que cruzaba el foso y conduce a la aún más impresionante puerta de acceso (llevo la torta de tiempo preparando un artículo sobre Alepo, que conste), construida por el último sultán mameluco  al-Malik al-Axraf Qānṣawh al-Ḡawrī. Este probo agareno edificó además las dos torres o barbacanas exentas situadas al norte  y al sur de la ciudadela, y a las que se accedía mediante pasadizos secretos desde el interior de la muralla, por lo que era imposible entrar a ellas desde fuera como no fuese trepando por el muro o volando. Dichas barbacanas podían actuar como albarranas en caso de asedio, y por su tamaño y capacidad defensiva quitarían las ganas de avanzar a cualquier tropa invasora que, además, tendría que encaramarse por el empinado talud que lleva a la muralla. En la foto inferior podemos ver ambas fortificaciones que, con la que tienen liada en Siria, me temo que cuando acaben de matarse entre ellos van a quedar bastante perjudicadas. 





Bien, grosso modo lo que acabamos de ver son barbacanas en toda regla que no tienen nada que ver con puertas de antemuros ni nada por el estilo. Como hemos visto, se trata de edificios exentos con capacidad por sí mismos de resistir ataques en toda regla por parte de los enemigos. Pero la llegada y posterior propagación de la artillería empezó a relegar a la obsolescencia a las barbacanas junto a los castillos medievales que defendían, por lo que hubo que modificarlas para mantenerlas en servicio. Esta evolución de la barbacana dio lugar a unos proto-baluartes como los que vemos en la imagen, correspondiente al castillo de Salses construido entre 1497 y 1503 por orden de Fernando el Católico cuando el Rosellón aún pertenecía a la corona de Aragón. Como vemos, se trata de una fortaleza de transición embutida en un extenso foso, con torres y murallas con parapetos a barbeta y cañoneras para artillería. 




Según podemos apreciar en la foto superior, la barbacana, situada en el lado sur, se dividía en dos partes, una inicial más pequeña dotada de un puente levadizo y otra de mayor altura a continuación provista de dos bocas de fuego. El acceso al castillo se realizaba mediante el puente de rigor. Pero además tenemos dos obras exteriores dignas de mención: al este, otra barbacana que vendría a ser una caponera o barrefosos tempranos que en Francia recibieron el nombre de boulevard, y al noroeste otra similar con un través cerrando el paso al foso. Así pues, ya vemos cómo estas fortificaciones medievales fueron evolucionando hasta convertirse en baluartes, revellines y caponeras, obras exteriores exentas que cumplían exactamente la misma misión que las barbacanas: defender accesos y zonas comprometidas, por lo que estas no se acabaron extinguiendo como otros tipos de defensas, sino que evolucionaron con el tiempo y permanecieron operativas hasta la desaparición de los fuertes pirobalísticos en el siglo XIX.


Y visto esto, ¿qué es entonces lo que en los reinos peninsulares se consideraba una barbacana además de los antemuros? Pues las antepuertas. La antepuerta era básicamente un muro de menor altura que la muralla y cuya puerta estaba por norma situada en un trayecto desenfilado respecto al acceso al recinto principal, ya fuese cerca urbana o castillo. A la izquierda podemos ver la que defendía el acceso del castillo de Sigüenza, en Guadalajara, construida por el cardenal Pedro González de Mendoza a finales del siglo XV. El muro, de menos espesor que la muralla principal, solo dispone de una ladronera almenada para defender la puerta. Tras la misma se observa una antigua, tapiada en tiempos anteriores, y a la izquierda, entre dos torres y superada por una buhedera, vemos la puerta principal. La misión de las antepuertas era en sí la misma que la de las barbacanas, pero adosadas al castillo y con muchos menos elementos defensivos.


Alguno me dirá que se ha pateado mogollón de castillos y no ha visto ni una antepuerta y, ciertamente, es así. Pero no porque no hayan existido, sino porque fueron demolidas o simplemente se cayeron de viejas hace la torta de años. Sin embargo, eran una defensa bastante frecuente porque, además, eran bastante baratas y fáciles de construir. Gracias al "Livro das Fortalezas" de Duarte de Armas podemos ver que la mayoría de los castillos portugueses contaban con este elemento defensivo. El plano de la derecha corresponde al castillo de Castro Marim, en el Algarve, y nos muestra las dos antepuertas que defendían los dos accesos del castillo. Como vemos, ambas tienen sus puertas desenfiladas, formando un símil a las puertas en recodo andalusíes.


Con todo, sí se conservan algunas. Por ejemplo, en el castillo de Medellín, Badajoz, cuya entrada estaba defendida por una antepuerta con una ladronera y una pequeña torre de flanqueo. La puerta principal está junto a la torre del homenaje, por lo que los asaltantes que lograran vulnerar la antepuerta debían cruzar el patio interior de la misma hostigados desde la muralla y la torre, y sin espacio para maniobrar con un ariete por muy birrioso que fuera. Coligo que este tipo de defensas con posibilidad de hostigamiento de flanco  desde la muralla antes de llegar a las mismas tenían su inspiración en las torres-puerta en recodo andalusíes más que en las barbacanas. De hecho, su distribución es igual con la diferencia de que, en este caso, sustituían la torre por un muro, lo que abarataba costes.


Y por añadir una más, veamos la antepuerta del castillo de Terena, en Portugal. En este caso se trata de una modificación realizada hacia 1514 por Francisco de Arruda ya que la anterior tenía la puerta alineada con la del castillo y, además, orientada hacia la calle mayor de la población. Por lo tanto, se optó por abrir un vano desenfilado y orientado hacia el lado opuesto de la calle, no fueran a meterle un alunizaje en forma de ariete a lo bestia. Al carecer del grosor necesario para que la recorriera un adarve, cabe suponer que al menos dispondría de una pasarela de madera con una escala para acceder a ella y, caso de verse superados por los enemigos, bajar de inmediato y encerrarse en el castillo. 

En fin, podríamos mostrar bastantes más ejemplos de las antepuertas que ha habido o que aún perduran en la Península, pero con las que hemos visto ya sabemos cómo eran y para qué servían, así como sus notables diferencias respecto a las barbacanas europeas, algunas de las cuales eran por sí solas un castillo en toda regla. Como ejemplo nos vamos a la ilustración de cierre, que muestra la barbacana de la cerca urbana Cracovia antes de su demolición en el siglo XIX. Construida a finales del siglo XV, estaba circunvalada por un matacán, y para su defensa contaba con 130 buzones. Como se puede ver, la precedía un puente levadizo para cruzar el extenso foso que llegaba hasta la muralla hoy desaparecida que, a su vez, también tenía otro puente ante su puerta de acceso. Afortunadamente, la barbacana al menos sí se conserva en perfecto estado.

Bueno, criaturas, con esto aumentamos la colección de artículos dedicados a elementos defensivos castilleros. Y ojo, cuando algún cuñado señale un antemuro afirmando que es la barbacana, a saco con él.

Hale, he dicho

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viernes, 1 de marzo de 2019

PATINES, PASARELAS Y RAMPAS


Castillo de Montalegre (Portugal) Su acceso elevado
tenía ante sí una terraza a la que se accedía mediante
una escalera, posiblemente de madera. Quizás la terraza
estuviera ideada para depositar la escalera si era necesario
removerla de su sitio en caso de peligro. Para ello,
bastaría elevarla con unas sogas desde la azotea de la torre
En nuestras andanzas castilleras habremos visto multitud de veces que la puerta de acceso de la torre del homenaje se encuentra a varios metros de altura respecto al suelo. Como seguramente todos habrán imaginado, esta peculiar disposición estaba encaminada no solo a dificultar la profanación del sacrosanto hogar a los cuñados más indeseables, sino también a los enemigos que intentaran hacerse con el control de la torre. Pero, ¿de dónde surgió la idea? 

Como ya tuvimos ocasión de ver en su momento, las motas castrales dieron paso allá por el siglo XII a la aparición de la torre del homenaje en la Península, el keep en la brumosa isla de los anglosajones (Dios maldiga a Nelson) y el donjon en la tierra de los francos (Dios maldiga al enano corso). Estas torres, que en su origen apenas disponían para su defensa de una empalizada, se veían seriamente amenazadas en caso de que los asaltantes lograran traspasar su débil y única línea defensiva, por lo que a alguien se lo ocurrió que si la puerta se situaba a una altura adecuada, los enemigos lo tendrían muy difícil para invadir la torre. Sí, podrían adosar una escala al muro pero, ¿quién se sube a intentar derribar un portón de roble de 15 cm. de grosor asegurado con uno o dos alamudes mientras que desde la azotea o la ladronera que defendía la puerta le tiraban pedruscos enormes? Era virtualmente imposible, por lo que solo restaba sentarse a esperar a que los ocupantes de la torre se quedaran sin agua ni víveres, siendo por lo general más habitual que fuesen los sitiadores los que tuviesen que abandonar el cerco al quedarse sin vituallas o por la llegada del invierno.

Reconstrucción virtual de la Torre de los Herberos
(c. siglo XIII) en Dos Hermanas (Sevilla) Estas
atalayas solían tener casi siempre accesos elevados
como defensa para los torreros
Pero, como es lógico, el mismo problema que tenían los atacantes para entrar lo tenían los habitantes del castillo ya que, al carecer de alas que les permitieran volar como gorriones, no podían salvar la altura a la que se encontraba la puerta. Para ello se idearon una serie de obras o accesorios que, sin restar eficacia a los accesos elevados, permitieran al personal entrar y salir del edificio o incluso eliminarlos llegado el caso de peligro. Hablamos de los patines, pasarelas retráctiles, puentes levadizos y rampas que, salvo que se construyeran de fábrica, no han llegado a nuestros días o bien han sido sustituidos por aborrecibles engendros de acero inoxidable o del maldito acero corten tan de moda entre los "expertos" que "ponen en valor" nuestras añejas fortalezas. Así pues, dedicaremos esta entrada a dar cuenta de estas estructuras que pasan prácticamente desapercibidas cuando, en realidad, eran de una importancia vital hasta el extremo de que de ellas podía depender la supervivencia de los que defendían una torre. A continuación veremos algunos ejemplos que nos permitirán comprender mejor en qué consistían.


En la foto de la derecha tenemos lo que podríamos llamar el arquetipo del origen de los patines. Se trata de la poderosa torre del homenaje del castillo de Melgaço, el el distrito de Viana do Castelo (Portugal) construido en el siglo XIII. Estamos ante la típica torre exenta aislada en el interior del recinto, heredera directa de las torres que formaban parte de las motas castrales. Eran, como salta a la vista, edificios de gran altura en cuyos paramentos prácticamente no se abría ni un solo vano salvo alguna aspillera. La puerta se encuentra aproximadamente a unos cinco metros de altura sobre el nivel del suelo, y originariamente solo se podía acceder a ella mediante una escala removible. O sea, una escalera de mano monda y lironda que, en caso de necesidad, una vez que la guarnición se encerraba en la torre era retirada al interior, dejando a los enemigos con un palmo de narices. Obviamente, la zapa era prácticamente imposible por dos motivos: uno, porque la torre está basada en un afloramiento granítico. Y dos, porque el matacán que la circunvala impedía la aproximación. Este matacán está actualmente cegado porque antaño la torre fue usada como campanario y torre de reloj, que fueron suprimidos en buena hora cuando se restauró en 1962.

En esta foto, precisamente de las obras de restauración, se puede ver la torre sin la escalera metálica que actualmente permite el acceso a su interior. Sin embargo, lo mejor es que la rudimentaria escalera usada por los operarios nos permite ver con toda claridad cómo sería la forma de acceder al recinto en su forma primigenia. Cabe suponer que más de uno debió partirse la crisma subiendo o bajando por ella, pero mejor eso que verse con enemigos ávidos de vísceras entrando por la angosta puerta de la torre. Es posible, y esto es una conjetura mía, que incluso la escala podría quedar suspendida a gran altura pegada al muro colgando de una soga que se manejaba desde la azotea, lo que ahorraba el indudable trabajo de tener que estar metiendo y sacando la escalera. Con todo, cabe suponer que esto solo se haría en caso de peligro ya que no tenía mucho sentido remover la escala si no había necesidad o la perspectiva de un ataque inminente.

Este tipo de torres románicas, muy frecuentes en la mitad norte peninsular, se basaban por norma en un patrón similar. Por citar otro ejemplo mostramos la torre del castillo de Linhares, en el distrito portugués de Guarda. Como en el caso anterior, se trata de una potente torre que, en esta ocasión no es exenta sino que está integrada en el muro diafragma que parte en dos la fortaleza. Aunque el origen de la fortaleza medieval data de tiempos de Alfonso III de León, que la arrebató a la morisma, su aspecto actual se debe a Don Dinis. Como en el ejemplo anterior, la entrada está a varios metros sobre el nivel del suelo, y en este caso defendida por una ladronera que impediría la aproximación a la puerta.


La foto de la izquierda, datada en 1958, nos permite ver, como en el ejemplo anterior, el aspecto de la torre sin el adefesio de acero inoxidable que le adosaron. Además, también tiene su escala apoyada en el muro, lo que nos viene de perlas para no tener que esforzar mucho la imaginación. Si alguien se pregunta si no podría ser posible que en su época usaran una escalera como la metálica, pero fabricada de madera, diría que en este caso lo dudo por la ausencia de mechinales en el paramento de la torre. Sí, podría construirse apoyada solo en el suelo, pero dudo mucho que una gente que cuando hacían algo lo planteaban a largo plazo se molestaran en fabricar una escalera cuya vida operativa sería bastante corta. Bastarían dos o tres inviernos para que los encastres dieran tanto de sí con los cambios de temperatura y humedad que no tardaría mucho en venirse abajo, por lo que sería imprescindible contar con el apoyo de la estructura en mechinales para darle solidez y durabilidad al conjunto.

Y para concluir con este tipo de accesos más primitivos tenemos la torre del castillo de Vilar Maior, también en el distrito de Guarda. En esta ocasión podemos observar una torre adosada a la muralla y convertida además en un elemento flanqueante de la misma. El acceso a la puerta, como podemos ver, se lleva a cabo por el adarve, pero como medida de seguridad la puerta está a alrededor de 140 cm. por encima del nivel del terrado. Bastaba una pequeña escala para entrar y salir, pero esa mínima altura complicaba mucho las cosas a un enemigo que, aunque dueño del adarve, no podía emplear ni un pequeño ariete para embestir la puerta ya que carecía de espacio para ello y, como es lógico, sus servidores se verían hostigados tanto desde la azotea como desde la aspillera que se abre en la segunda planta. Así pues, como hemos visto, en principio el problema de la seguridad de la torre lo solventaban con una simple escala que, aunque incómoda e insegura de manejar, suponía una notable ventaja contra los enemigos.

Lógicamente, cabe suponer que este sistema tan elemental estaba limitado a fortificaciones puramente militares habitadas solo por la guarnición y el alcaide, lo que no quita que en un momento dado pudiera acompañarle su familia en alguna dependencia del patio de armas o en la misma torre. En todo caso, su simplicidad castrense hace pensar lo primero. Sin embargo, otras fortalezas eran el hogar de casas nobles o incluso de monarcas que, como podemos imaginar, disponían de medios para preservar la seguridad sin riesgo de partirse el cuello de una costalada. El ejemplo que mejor nos viene para este caso sería el emblemático castillo de Guimarães, reconstruido por Enrique de Borgoña en el siglo XII y que le dio parte de su aspecto actual, convirtiéndolo en su propia residencia y la de su mujer Teresa, la bastarda de Alfonso VI de Castilla y León que propició la secesión del Condado Portucalense para formar el nuevo reino. No obstante, la torre fue obra de don Dinis, por lo que debemos datarla hacia la segunda mitad del siglo XIII. Este castillo, considerado como una de las siete maravillas de Portugal, es un típico ejemplar de fortaleza románica cuya potente torre del homenaje, exenta y situada en el centro del recinto, tiene su acceso a la altura del adarve, pero para llegar al interior hay que cruzar una pasarela. La torre, que como vemos en la foto carece de elementos defensivos salvo las aspilleras que se abren en sus muros, se unía al adarve mediante una pasarela que, por lo que podemos deducir en base a lo que se conserva, podría ser retráctil, o sea, se retiraba hacia el interior de la torre en caso de peligro ayudándose quizás con una soga desde la azotea.

La foto de la derecha nos permite ver el durmiente que sustentaba la pasarela. Como salta a la vista, carece de ranguas para colocar una pasarela basculante a modo de puente levadizo, así que solo cabe pensar en dos posibilidades: una, que la pasarela fuese, como hemos dicho, retraída hacia el interior. Y otra, que fuese elevada tirando de una soga a través del orificio que se abre sobre el dintel, quedando adosada al muro y sirviendo como una segunda puerta. Los pequeños mechinales que se ven a ambos lados de las jambas no creo que sean de la época original de la torre, sino abiertos siglos más tarde para colocar una pasarela fija con pasamanos como la que existe actualmente para impedir que los turistas se caigan en un despiste, lo que sería bastante enojoso y tal. En cualquier caso, ya vemos como esta torre podía quedar totalmente aislada del resto del edificio. Su planta baja tenía capacidad para almacenar provisiones para mucho tiempo antes de que sus defensores se vieran obligados a rendirse por anorexia obligatoria.

Los accesos mediante pasarelas no fueron raros. Otro ejemplo lo tenemos en el castillo de Chaves. Debido a que a lo largo de su historia ha sufrido infinidad de reformas, nos limitaremos a poner nuestra atención en el voladizo que hemos señalado con la flecha ya que la entrada inferior, que da a un entresuelo bajo el cual se encuentra un aljibe, se abrió posteriormente. El voladizo en cuestión era lo que permitía el acceso al interior de la torre, al cual se llegaba también por el adarve, pero en este caso sin que la torre estuviera exenta, sino adosada a la camisa que la protegía y cuyo acceso vemos en el muro que aparece en primer término. Este voladizo estaba cortado, quedando vacío un espacio de más de dos metros que solo podía salvarse mediante una pasarela tendida desde el lado del balcón que quedaba unido a la torre. Las ladroneras que coronan el edificio datan de finales del siglo XIV aproximadamente, así que no debe confundirnos a la hora de identificarlos como construidos inicialmente para defender la torre, edificada hacia mediados del mismo siglo.

Pero si nos fijamos en esa vieja foto cuando la pasarela actual no existía, vemos señaladas por las flechas dos gruesas argollas que, en este caso, sí podían haber sustentado el eje de una pasarela levadiza que sería fácilmente basculada tirando con un torno instalado junto a la ladronera que hay sobre la puerta o incluso desde la azotea. Otra opción sería tirar desde el mismo balcón ayudados por alguna garrucha colocada en el muro. En fin, las opciones podrían ser muchas, pero ya vemos que con estas pasarelas podía aislarse el edificio sin verse limitados a la incomodidad de las escaleras de mano. Por cierto, el voladizo que vemos en este caso no es un matacán ni una ladronera. Las ménsulas solo sirven de sostén al balcón en sí.

Quizás nos ayude a comprenderlo mejor este grabado de Viollet-le-Duc, que presenta un tipo de torre aislada usada como atalaya o para controlar los pasos de montaña en zonas abruptas con una orografía que era necesario controlar para impedir que ejércitos enteros se adentraran en el territorio como si tal cosa. Como podemos ver, se trata de una torre protegida por una camisa cuyo acceso, situado a una determinada altura del suelo, solo es posible mediante un puente levadizo que iba desde la ménsula que lo sustentaba al durmiente colocado en el adarve. Para abatirlo o tenderlo se valía de una cadena tendida desde el torno situado en la ladronera, por lo que en caso de que el enemigo lograra traspasar la primera línea defensiva siempre se encontraría con la imposibilidad de llegar a la puerta de la torre. La ladronera y las aspilleras que cubrían los dos flancos que no daban al abismo permitirían a los defensores hostigarlos hasta aburrirlos y hacer que se largaran enhorabuena de allí.

Pero no siempre se recurría a pasarelas para alcanzar vanos abiertos por encima del nivel del suelo. En este otro grabado podemos ver como una puerta situada a menos de dos metros de altura podía convertirse en inaccesible como el caso del castillo de Vilar Maior que vimos al principio. Se trata de la poterna de la torre de Saint-Nazaire, una barbacana situada al sur de la cerca urbana de Carcassonne. Esta poterna, a la que actualmente se accede por una rampa de fábrica, en origen contaba con una rampa retráctil similar a la que aparece en el grabado. Solo había que tirar de ella hacia dentro, bajar el rastrillo, cerrar la puerta y allí no entraban ni los ratones. No se podía usar un ariete ni tampoco intentar meterle fuego porque los defensores situados en el cadalso superior se encargarían de mantener a raya tanto a los posibles servidores de un ariete como a los que intentaran arrimar algo ardiente. Así pues, cuando vean este tipo de puertas situadas a escasa altura no significa que el nivel del suelo haya bajado, sino que en su día disponían de estas pequeñas rampas retráctiles para facilitar el paso.

En cuanto a los patines, se trataba de obras de fábrica, generalmente adosadas al muro de la torre o, en algunos casos, exentos para dificultar aún más el acceso. Un ejemplo lo podemos ver en el castillo de Olvera (Cádiz). Este edificio, construido tras su conquista a los malditos agarenos en 1327, tiene su entrada al nivel de la primera planta, con una inferior que se usaría como almacén aunque actualmente se puede acceder a ella mediante un vano a ras del suelo. Para la extracción de agua se valían de un amplio bajante abierto en el grosor del muro por el que se podía descolgar un balde hasta el aljibe que se abre al pie de la torre. Este patín podría incluso haber tenido pequeños merlones para mejorar su defensa, aunque eso es una conjetura mía. Sea como fuere, lo cierto es que su angosta escalera y el mínimo rellano que quedaba libre en su parte superior no permitía otra cosa que ser machacado desde la azotea porque apenas cabrían dos personas más bien canijas. Este tipo de patín de fábrica adosado es bastante habitual en muchas fortificaciones que lo añadieron en fechas posteriores a la edificación de la torre.

Un tipo de patín más sofisticado lo podemos ver en la torre de los Velasco, en Espinosa de los Monteros (Burgos). En este caso, el patín no da acceso directo a la puerta situada en el primer piso, sino a una pequeña torre o borje cuadrangular provisto de su propia puerta y merlatura aspillerada para facilitar su defensa además de dos buzones. Este edificio, mandado edificar por Pedro Fernández de Velasco en la primera mitad del siglo XV, se vio añadido con el patín y el borje hacia finales del mismo siglo y es además un ejemplo muy ilustrativo sobre lo que eran las torres señoriales de la época: pequeños castillos palaciegos fortificados que, aunque con las comodidades de una casa solariega y sin las carencias de un castillo puramente militar, no por ello dejaban de lado los elementos defensivos que permitiesen a sus ocupantes resistir las agresiones de vecinos con mala leche, villanos levantados en armas contra su señor o, ya puestos, incluso a los mismos reyes que la nobleza no paraba de fastidiar con sus interminables exigencias, su insufrible arrogancia y sus insaciable voracidad por poseer más tierras y más poder. 


Bien, estos serían grosso modo los sistemas de acceso más habituales en las puertas elevadas al uso en la Edad Media. Lógicamente, como en tantas otras cosas, la variedad o el estilo no estaban marcados por una norma fija, sino por el capricho del constructor si bien, como vemos, más o menos se solían ceñir a un patrón común. La creatividad de los constructores medievales rayaba a veces en lo diabólico, así que podemos encontrarnos las cosas más variopintas. Por último, conviene tener en cuenta que, como tantos otros elementos defensivos de la Edad Media, estos no desaparecieron cuando estas añejas fortificaciones cayeron en la obsolescencia. Tal como ocurrió con los matacanes y las ladroneras, los accesos elevados siguieron en uso durante mucho tiempo más. En la foto vemos una de las poternas que se abren en la escarpa del foso principal del fuerte de Graça, en Elvas (Portugal), a las que se accede mediante unas escaleras exentas conectadas con la puerta mediante una pequeña pasarela levadiza. Estas poternas, de las que se cuentan dos por cortina, una en cada extremo, estaban ideadas para permitir a los defensores de las obras exteriores evacuar el foso en caso de verse rebasados. Una ver subida la pasarela y cerrada la gruesa cancela que hay tras la misma, la defensa quedaba en manos de los fusileros situados en la escarpa y la contraescarpa, más los cañones que batían de flanco las cortinas desde las cañoneras que vemos sobre la pasarela.


Torre de las Palomas (Málaga)
De hecho, incluso se conservó el primitivo sistema de escalas, particularmente en las torres de defensa costeras que se edificaron en el siglo XVII para prevenir los ataques de los piratas berberiscos que infestaban el Mediterráneo en aquella época. Estas torres estaban generalmente basadas en un patrón similar: una planta principal donde se abría el acceso, y la planta baja usada casi siempre como aljibe que se alimentaba de las aguas pluviales que llegaban al mismo mediante conductos abiertos en la azotea. Por lo general, en estas se emplazaban una o dos bocas de fuego para intentar persuadir a los piratas que aquel sitio no era adecuado para llevar a cabo sus rapiñas pero, no obstante, en caso de verse asediados sus escasos defensores disponían de agua y provisiones para resistir, así como de leña para hacer una fogata con la que avisar a las torres cercanas y a la población de que había moros en la costa, y nunca mejor dicho. En muchas de ellas se construyeron ladroneras para defender el acceso, que como vemos estaba a una altura más que respetable. Debido a ello, es más probable que usaran escalas de cuerda en vez de madera. En la azotea, sobre la puerta, se pueden observar los restos de las dos ménsulas que sujetaban la ladronera que defendía el acceso a la torre. 


Para concluir, veamos el peculiar patín exento que permitía el acceso al fuerte de San Sebastián, en Castro Marim (Portugal). Este fuerte, construido durante la Guerra de Restauración a mediados del siglo XVIII, tenía su único acceso por el terraplén del recinto, al que se llegaba por esa angosta escalera que ponía a prueba el equilibro del personal. Una vez arriba solo se podía cruzar mediante la pasarela levadiza que había en la puerta que, curiosamente, era la espadaña de la antigua ermita situada donde se erigió el fuerte y que se desmontó para este uso. En el siglo XIX se abrió una puerta de paso al piso inferior cuando se usó como acuartelamiento para el Batallón de Cazadores nº 4, que permaneció en el fuerte entre 1819 y 1829.

Bueno, hijos míos, no creo que olvide nada importante, así que vale por hoy.

Hale, he dicho

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Vista lateral del patín exento del fuerte de San Sebastián. Da un poco de repeluco imaginarse subiendo por ahí a toda prisa.
El tramo inicial que falta se derribó para dejar espacio para dependencias militares cuando se abrió la puerta a nivel del
suelo, haciendo inservible el patín