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jueves, 8 de junio de 2023

SEITENGEWEHR 98/05, EL CUCHILLO DE CARNICERO

 

Fotograma de la penosa e incomprensiblemente galardonada "Sin novedad en el frente" (2021), que nos muestra a unos probos tedescos aguardando un contrataque enemigo en una trinchera que han invertido tras ocuparla (observen que las alambradas están tras ellos, y que han echado mano de los sacos terreros del parapeto para protegerse). En los extremos de sus Mauser podemos ver las bayonetas modelo 98/05, los "cuchillos de carnicero"

Guripa tedesco posando en la típica foto de estudio para enviarla
a casa, fotos que, en muchos casos, eran las últimas imágenes con
vida de hijos, hermanos, novietes, etc. Su mano derecha sostiene
su fusil Gewehr 98 armado con la 98/05

Sin lugar a dudas, los tedescos siempre han tenido una habilidad inusual para darle un aspecto diferente y especial a todo lo referente a la cosa castrense, desde los uniformes a la quicallería, pasando por el armamento o incluso sus rítmicas y marciales canciones de marcha. Sus pertrechos y armas han pasado a la historia como piezas icónicas, reconocibles incluso por cualquier cuñado pacifista y son actualmente piezas codiciadas por parte de los coleccionistas de todo el mundo.

Así pues, y ya que en su día hablamos de Èpée-Baïonnette Modèle 1886, uséase,  la Rosalie gabacha (Dios maldiga al enano corso), qué menos que dedicar un articulillo a la emblemática bayoneta modelo 98/05, apodada por los aliados como cuchillo de carnicero por su peculiar hoja, más ancha por la punta y con más apariencia de machete cañero que de estilizado espeto para primates. Hablaremos pues de la Seitengewehr 98/05 y las diversas variantes que fueron surgiendo a lo largo del conflicto del que, el próximo mes de agosto, se cumplen ya nada menos que 109 años (carajo, parece que fue ayer cuando inicié la serie de artículos dedicados al centenario de la Gran Guerra...). Esta bayoneta, que ya estaba operativa antes del inicio del conflicto, se mantuvo vigente a lo largo del mismo y, como todas las armas blancas en general y esta en particular, debió ejercer una fuerte presión psicológica a los enemigos ya que la perspectiva de sentir como les hurgaban en los intestinos con ese chisme debía ser terriblemente inquietante, las cosas como son.

La predecesora de la 98/05 fue el modelo 1898, un arma de aspecto un tanto peculiar debido a su hoja con la punta de pluma. ¿Qué no saben qué es una punta de pluma? Pues la punta de una pluma de pájaro, leches... Observen la fotillo inferior y lo entenderán de inmediato, que una imagen vale más de 18 discursos.


¿Lo ven ya, no? Lo que es el lomo de la hoja se transforma en el último tercio en una nervadura de forma semicircular de donde emerge un contrafilo. Sus dimensiones estaban en la misma línea de la mayoría de sus coetáneas, con una hoja de 521 mm. de longitud y un total de 624 mm., uséase, un chisme que podía pasar de lado a lado incluso a enemigos con sobrepeso. Debajo vemos la vaina, fabricada con cuero negro cosido longitudinalmente por el centro del reverso y provista de una contera rematada con una bola y un brocal con una larga lengüeta de fijación al tahalí, ambas piezas fabricadas de acero y fijadas a la vaina mediante grapas. Por cierto que estas vainas, que quedaban muy elegantes en los cuarteles, se mostraron bastante debiluchas en los campos de batalla por razones obvias, aparte de precisar un constante engrasado para preservarlas de la humedad y el fango trincheril. Con esta pseudo-espada, los tedescos pretendían tener la contrarréplica de la Rosalie gabacha, y el recuerdo de la Guerra Franco-Prusiana había convertido a Francia en el enemigo a batir en las siguientes guerras. De hecho, las hojas de ambas armas tenían exactamente la misma longitud.

Sin embargo, lo más característico del modelo 1898 era su empuñadura, que a cualquier cuñado profano en la materia puede resultarle algo irrelevante. Se fabricó inicialmente un modelo provisto de cachas enterizas que podemos ver en la parte superior de la foto. Eran unas cachas envolventes que cubrían la parte inferior de la empuñadura y, para asegurar su agarre, estaban provistas de nueve estrías inclinadas en cada cara. Se sujetaban mediante tornillos pasantes. Cuando se modificó este tipo de cachas en 1902, a este modelo se le añadió la coletilla "aA" (alte Art, tipo antiguo) para dar paso al "nA" (neue Art, tipo nuevo) que vemos en la parte inferior. La diferencia radicaba solo en que, en este caso, la empuñadura envolvente de una sola pieza fue sustituida por dos cachas, lo que facilitaba y abarataba la producción. Por lo demás, puede que muchos se hayan preguntado para qué leches era el orificio que vemos en todas las bayonetas tedescas al final de la empuñadura, junto a las guarniciones. Bueno, pues para algo tan simple como drenar la humedad que pudiera introducirse entre las cachas y la espiga, así como para aceitar la unión entre ambas piezas. La madera es muy higroscópica, acumula mucha humedad, y si unas cachas húmedas estaban en contacto con una pieza de acero no tardaría mucho en oxidarse. Hale, ya saben una chorradita más.

Pero lo más significativo, y que puede que muchos también se hayan preguntado, es la ausencia de la anilla de engarce, pieza empleada de forma cuasi universal en todos los ejércitos de la galaxia. A la derecha hemos puesto algunos ejemplos de fusiles cuyas bayonetas tenían la dichosa anilla. De arriba abajo tenemos: un Lee-Enfield, un Lebel, un Springfield y un Mauser español. En el primero, vemos bajo el guardamanos un pequeño raíl de engarce, y bajo el cañón un tetón donde se acoplaba la anilla. En el Lebel se pueden observan directamente bajo el cañón un raíl de engarce y, bajo el punto de mira, otro raíl más pequeño para el retén de la bayoneta. Finalmente, tanto en el Springfield como en el Mauser español vemos el sistema más extendido: un pequeño raíl en la abrazadera del extremo del guardamanos y sanseacabó. Para mantener bien asegurada la bayoneta en estas armas era obligado que tuvieran una anilla que ofreciera un segundo punto de apoyo en el cañón, uséase, la fórmula más frecuente. 

Sin embargo, los hermanos Mauser consideraban que la anilla rodeando el cañón podía mermar la precisión del arma, y que lo más acertado era mantener la empuñadura de la bayoneta de forma que no tuviera contacto directo con el cañón tanto en cuanto este accesorio suponía un peso añadido en el extremo del arma. Por lo tanto, diseñaron un sistema que permitía prescindir de la anilla, lo que se convirtió en una característica de todas las bayonetas destinadas a los Mauser hasta que estas armas pasaron a la historia.

Para solventar este supuesto problema, y digo supuesto porque nadie más se preocupó de eso pero ya sabemos que los tedescos son más perfeccionistas que un relojero suizo, pues diseñaron un largo raíl de engarce que no estaba fijado al cañón, sino a la abrazadera del guardamanos. Su longitud permitía ofrecer un sólido agarre, que se complementaba con el apoyo, que no envuelta, en el extremo del cañón, para lo cual se eliminó la anilla y se dejaron solo unas orejeras o, lo que es lo mismo, un pequeño semicírculo que solo tenía una cuarta parte de la longitud de la anilla. En la foto superior podemos verlo perfectamente. La imagen de arriba muestra el cañón y el raíl de engarce de una K98, y en la inferior la misma arma con su bayoneta. Como vemos, el contacto con el cañón se reduce a la mínima superficie que se apoya en el mismo. 

Y para finalizar este introito, un detalle más que heredará nuestra protagonista de hoy. Vean la fotillo de abajo...


El modelo 1898 también se fabricó con el lomo serrado (denominado como S o mS, mit Säge, con sierra) si bien, como vemos en la foto, el perfil de la hoja no era el mismo. En vez de su característica punta de pluma adoptó una sección uniforme de filos paralelos provista de una acanaladura que abarcaba algo más de la mitad de la hoja, que era también la longitud del lomo serrado provisto de una hilera de 28 dientes dobles. Como ya vimos en su día, muchos ejércitos habían adoptado este tipo de hoja para dotar a unidades de zapadores, artilleros y, ya en el último cuarto del siglo XIX, de ametralladores para su uso como arma-herramienta. De hecho, en el ejército prusiano, a partir de 1871 se dictó que un 6% de las bayonetas fabricadas debían estar provistas de lomo serrado. Y, además de las tropas especializadas, eran usadas por los suboficiales y demás rangos que no podían llevar espada como una forma de diferenciarse de los soldados rasos y las clases de tropa. 

Por lo demás, y aunque este modelo se mantuvo operativo durante la Gran Guerra como vemos en la foto de la derecha, su sustitución era cosa cantada debido a la fragilidad de su hoja. Hacerla tan larga como la Rosalie implicaba hacer una hoja estrecha para no aumentarla de peso, a pesar de lo cual no era precisamente liviana: el tipo antiguo tenía una masa de 420 gramos, el tipo nuevo y la de lomo serrado, 470 gramos, y el tipo nuevo con lomo serrado se iba a los 515 gramos. Los que nunca hayan manejado un fusil con la bayoneta calada pensarán que esto es una nimiedad, pero no imaginan lo que dificulta la toma de miras cuando se trata de apuntar a blancos relativamente lejanos. Y, por otro lado, su misma forma la hacían especialmente frágil, muy susceptible de partirse en cualquier movida o, por su punta de pluma, encallarse en las costillas del enemigo si no lograba clavarla en el abdomen, donde no hay osamentas que puedan trabar la hoja.

Pero el modelo 98 no solo se rompía al hincarla en las panzas enemigas, sino que también era demasiado debilucha para su uso como herramienta en las unidades de zapadores, artilleros, etc.,  sobre todo por su mínima contundencia para emplearla como desbrozadora, de modo que se diseñó un nuevo modelo destinado para estas unidades en concreto, el modelo 98/02 que vemos a la izquierda. Era un chisme enorme, con una hoja de 42'5 cm. de largo y 3'2 de ancho que, aunque como herramienta era bastante eficaz, como arma era muy pesada y nada manejable, por lo que fue desechada de inmediato.

Bien, estos fueron los preliminares hasta la aparición del modelo 98/05 oS (ohne Säge, sin sierra), esta última cifra en referencia al año de entrada en servicio, 1905, no a que fuese la quinta versión del mismo modelo. Concretamente, fue el 9 de noviembre de ese año cuando se declaró reglamentaria, inicialmente para dotar a la naciente arma aérea, tropas de telecomunicaciones, de ametralladoras y del Verkehrstruppen, unidades independientes de ametralladoras y tropas especiales, así como de artillería.


Tahalí de la 98/05
Ahí tenemos la criatura. Como podemos ver, se trata de un arma de aspecto imponente, con un hoja de 37 cm. de largo recorrida por una ancha acanaladura y un total de 50 cm. Su peso era de 535 gramos. Su empuñadura es similar al modelo 1898 inicial y, del mismo modo, también hubo un "aA" y un "nA"(alte Art y neue Art, tipos antiguo y nuevo respectivamente) con cachas enterizas y en dos piezas. Pero observen un detalle. Hemos trazado una línea roja que marca la horizontal en la empuñadura, y otra con el ángulo hacia abajo de la hoja, eliminando así que esta pudiera en un momento dado influir en la trayectoria del proyectil. Los profanos en la materia no se hacen una idea de la cantidad de factores que pueden influir en la precisión de un arma, incluyendo que el raíl de engarce esté separado o fijado al cañón, como comentamos antes, ya que esto afecta a los armónicos de vibración del mismo o, una vez que la bala abandona el ánima, a los obstáculos que pueda encontrarse el viento balístico que precede al proyectil. En el detalle superior hemos puesto una imagen con el aspecto superior del apoyo de la bayoneta al cañón que, como dijimos, era similar al de la anilla de engarce cortada. Debajo vemos los dos tipos de vaina que se fabricaron y, al igual que en el modelo 1898, inicialmente fue de cuero y posteriormente de acero. Esta última se introdujo en 1915, y el tornillo que ven sobre la lengüeta sujetaba un pequeño fleje interior para impedir que la bayoneta se saliera de la vaina ya que, como era habitual, los tahalíes no disponían de ningún sistema propio de retención para sujetar el arma.

Dejando de lado de momento la versión de lomo serrado, esta fue la bayoneta que se estuvo fabricando hasta 1915, cuando ya hacía bastante tiempo que se habían percatado de un problema bastante chorra, pero problema al fin y al cabo. El 16 de enero de 1908 entró en servicio la versión corta del Gewehr 98, la Karabiner 98, un arma de menos longitud destinada inicialmente a tropas auxiliares que raramente tendrían que entrar en combate cuerpo a cuerpo. Pero la adopción de la carabina por parte de unidades de primera línea, como ametralladores, tropas de asalto, etc. hizo que dicho problema se manifestase de forma notoria. Observen la fotillo inferior:


En la parte superior tenemos un Gewehr 98 con la bayoneta calada. Como podemos ver, la empuñadura de la misma abarca toda la longitud del cañón, desde la abrazadera hasta la boca de fuego. Abajo tenemos la carabina, notablemente más corta y cuyo cañón sobresale apenas sobre la longitud del raíl de engarce, quedando el resto de la empuñadura en el aire. Esto provocó que el rebufo de los disparos acabara achicharrando literalmente las cachas (véase el detalle de la derecha), hasta el extremo de que debían ser sustituidas cuando estaban tan chamuscadas que se caían a cachos.

La solución podemos verla en la foto de la derecha. Arriba tenemos el lomo de una empuñadura normal, y abajo la misma pero con un protector de rebufo añadido, que no era otra cosa que una chapa de acero que se extendía desde la ranura de engarce hasta la guarnición. Este protector recibía el nombre de Schutzbleche (literalmente, chapa protectora). De ese modo, el chorro de gas ardiendo que salía del cañón con cada disparo no alcanzaba las cachas. Y para más seguridad, ya que las bayonetas armadas en las carabinas no contaban con el apoyo en el cañón y tenían cierta tendencia de oscilar un poco hacia los lados (doy fe), pues también se acabó eliminando mediante fresado las mínimas orejetas que, en este caso, no servían absolutamente para nada tanto en cuanto no se apoyaban en ninguna parte. Este protector se instaló en las dos variantes de la 98/05, con lomo plano y serrado. Y a  todo esto, puede que alguno se pregunte por la cruceta de esta arma, curvada hacia arriba cuando lo habitual era colocarla al revés para atrapar la hoja de la bayoneta enemiga y partirla girando de golpe el fusil. Este tipo de guarnición solo servía para, a lo sumo, desviar el bayonetazo enemigo, pero este podría recuperarse y descargar otra cuchillada. En realidad, no he podido dar con una explicación lógica para este accesorio. Quizás la intención era atrapar la hoja, pero entre la guarnición y la empuñadura, de forma que no se sometiese a la hoja propia al esfuerzo de partir la del enemigo...

Por cierto que, como ya comentamos anteriormente, el uso de bayonetas con el lomo de sierra era potestad de los suboficiales de infantería como una forma de diferenciarse de la tropa y clases, pero en abril de 1915 el Ministerio de Guerra de Baviera emitió una orden por la cual toda la oficialidad de los regimientos, incluyendo a sus comandante, debían sustituir sus elegantes sables por la 98/05 salvo los destinados al arma aérea y los oficiales de aerostatos, que recibieron el modelo con el lomo serrado que, en teoría, les resultaría de más utilidad. Sin embargo, esta orden sentó fatal entre los distinguidos y arrogantes oficiales, a los que quitarles los 
sables que eran el principal símbolo de su estatus era como arrancarles el páncreas a dentelladas. De hecho, la inmensa mayoría se pasó la orden por el fondillo de los pantalones, si bien se tiene constancia, como vemos en la foto, de que los que acataron la norma optaron por añadir en las cachas algún detallito molón que diferenciase sus bayonetas de las usadas por la tropa. Ahí tenemos a dos oficiales, uno agarrado a su sable como si se lo hubieran pegado con Loctite, y el que aparece de espaldas con la bayoneta de cuyo tahalí cuelga el troddel (la borla con combinaciones de colores que permitían diferenciar batallones, compañías, etc.). Obsérvese como en la cacha se puede ver lo que parece una hoja de roble o algo por el estilo. En fin todo fuera por marcar la diferencia de rango, cosa que los tedescos tienen tan incrustada en el magín como los políticos el robar a calzón quitado.

Bueno, y por fin llegamos a la controvertida bayoneta con el lomo de sierra ("mS" = mit Säger, con sierra), la cual podemos ver en la fotillo inferior:


Básicamente, la dichosa sierra era lo único que la diferenciaba de su hermana y, como en los modelos anteriores, se fabricó en un porcentaje del 6% para suministrarla a tropas especiales que necesitaban una herramienta para preparar los emplazamientos de sus armas. Entre ellas se diferenciaban en que, dependiendo del fabricante, tuvieran una doble hilera de 21,  24 o 29 dientes, siendo esta última la más habitual. Además, en plena guerra la infantería convencional le encontró una útil aplicación como sierra para cortar los postes de las alambradas y caballos de Frisia que se encontraban cuando llevaban a cabo una ofensiva o algún golpe de mano nocturno hasta que los postes de madera fueron sustituidos por estacas de hierro. Pero la puñetera sierra trajo cola.

La propaganda aliada, mucho más sutil y taimada que la tedesca (me recuerda al interminable victimismo y lloriqueo de los separatistas hispanos), propaló a diestro y siniestro que su diseño no obedecía a otra cosa que no fuera provocar heridas terribles y un sufrimiento inhumano en los desdichados que se vieran con esa cosa clavada en la barriga. Observen las dos imágenes de la derecha, una de un periódico british (Dios maldiga a Nelson) y otro gabacho (al enano corso ya lo maldije antes, ¿no?) "Bárbara bayoneta alemana", dice el isleño, mientra un guripa con el distintivo de sanitario empuña una de ellas, como dando a entender que ha tenido que ver mogollón de heridas dantescas producidas por el lomo serrado. A la derecha, un artículo de la prensa gabacha titulado "Arma de villanos", y muestra una foto de la sierra. Pero lo que ninguno de ellos pareció querer recordar es que sus tropas habían tenido y tenían armas blancas de este tipo, destinadas también a zapadores, artilleros, ametralladores, telegrafistas, etc. La hipocresía y el cinismo son la segunda arma de destrucción masiva en la guerras tras la mentira.

A tanto llegó la cosa que los aliados hicieron correr el rumor de que filetearían a cualquier tedesco que pillaran con una de estas bayonetas encima, pero no hay constancia de que llegara la sangre al río. Cabe suponer que, como toda propaganda, pretendía hacer más ruido que otra cosa y que estaba destinada ante todo a estimular la opinión pública en la retaguardia. Al cabo, la tropas del frente sabían de sobra que si recibían un bayonetazo en la barriga no importaba mucho que el lomo del arma estuviera serrado o no. 


La cosa es que, ya fuera para callar la boca a la propaganda, ya fuera porque temían que de las amenazas pasaran a los hechos, la cosa es que el 2 de julio de 1917, el Ministerio de Guerra bávaro sugirió al Estado Mayor suprimir las dichosas sierras mediante fresado, dejando solo las que servían en las unidades de zapadores, tropas de segundo escalón o para guardias de campos de concentración. A la infantería y la artillería se les distribuiría la sierra de cadena que vemos a la izquierda, un chisme mucho más eficiente, funcional y, muy importante, contra el que la maldita propaganda no podía decir nada porque se podían comprar similares en cualquier ferretería del planeta. Así pues, el 17 de octubre siguiente, el Estado Mayor bávaro acabó autorizando la eliminación de las sierras, lo que se llevó a cabo en las maestranzas militares y los talleres privados donde se fabricaban estas armas. Su aspecto, una vez eliminados los dientes, es el que vemos en la foto superior: un lomo con un mínimo escalón que empezaba en el recazo y terminaba en el contrafilo. Debajo podemos ver una 08/95 con la sierra para poder comparar. Los prusianos no tardaron mucho en seguirles la corriente, y el 3 de diciembre siguiente se emitió la orden para eliminar las sierras en los ejércitos de Prusia, Sajonia y Wurtemberg. Finalmente, a comienzos de 1918 las sierras habían desaparecido de primera línea, siendo estas bayonetas denominadas como 
Seitengewehr S. abg., es decir, mit Sägerücken abgeschliffen o, lo que es lo mismo, con sierra dorsal fresada. 

Tras el Armisticio, una de las tropocientas condiciones impuestas por los aliados a los tedescos- el único caso de un país que pierde una guerra estando ocupando territorio enemigo- obligaba a modificar la morfología de la 98/05 porque, por lo que se ve, aún les resultaba un tanto inquietante a aquellas alturas. Por lo tanto, tuvieron que acortar la longitud de las hojas y eliminar sus característico perfil para dejarla con los bordes paralelos, las cachas de madera se sustituyeron por otras nuevas de asta (real o artificial) y los pomos por unos de pico de águila, bastante tradicionales en Alemania y usados en diversos modelos.

Bueno, con todo lo dicho ya tienen para un ratito de lectura y no irse a sobar a la piltra sin saber una cosa más.

Hale, he dicho


Tedescos ávidos de vísceas gabachas trotando por la tierra de nadie. ¿Saben que, según se supo por encuestas realizadas al personal, una de las heridas que causaban más pavor eran las de arma blanca aunque fueran por lo general las que menos mortandad causaban? Y es que si hay gente que se desmaya viendo la aguja de una jeringuilla, ¿qué no sentirían ante una hoja de acero de 37 cm. de largo?

jueves, 25 de agosto de 2022

TROPAS OBSOLETAS DE LA GRAN GUERRA. LA CABALLERÍA ALEMANA

 

Ulano alemán, distinguible de otras unidades por su característico tschapka y su casaca con dos hileras de botones. Hasta la unificación del ejército alemán, eran las únicas unidades de caballería que usaban lanza

En los albores del siglo XX y al igual que en todos los estados mayores de Occidente, en Alemania aún se tenía claro que la caballería era un arma de vital importancia en cualquier ejército decente. En sus juegos de guerra librados en las salas de banderas, la caballería era más polivalente que una navaja suiza: podía irrumpir de forma inesperada al inicio de la batalla y sembrar el desconcierto en las filas enemigas, podían realizar fulgurantes maniobras envolventes para atacar de flanco a la infantería o cortar sus líneas de abastecimiento, podía- y ese era quizás su principal cometido- llevar a cabo labores de exploración cuyo resultado sería determinante a la hora de decidir el despliegue táctico de las tropas propias y, por supuesto, podían y debían perseguir al enemigo en fuga para exterminarlos bonitamente y para que los supervivientes contaran a sus cuñados el mal rato que habían pasado, y que lo más sensato era largarse con viento fresco. Está de más decir que todas esas teorías se fueron al garete en agosto de 1914, cuando las nuevas armas dejaron claro que la época de las cargas gloriosas y de la gallarda caballería acababa de entrar en un ocaso que, sin prisa pero sin pausa, daría término al arma más temida y decisiva en los campos de batalla durante siglos.

Tras la Unificación de Alemania en 1871, una veintena de estados residuo del antiguo Sacro Imperio acordaron formar una nueva y poderosa nación bajo la égida del reino más importante de todos, Prusia, que además era el que traía consigo la tradición militar de mayor peso. Con el nuevo país surgió un nuevo ejército que, por razones obvias, había que reorganizar de cabo a rabo bajo un solo mando y con el mismo reglamento y armamento para todos. A la derecha podemos ver la gran extensión del nuevo imperio, que se vio aumentado por la anexión de Alsacia y Lorena tras la aplastante derrota que infligieron a los gabachos (Dios maldiga al enano corso) en la breve Guerra Franco-Prusiana, en la que a los tedescos les bastaron diez meses para poner las peras a cuarto al en teoría mejor ejército de Europa. Tras la Gran Guerra perdieron parte de Silesia y parte de Prusia, y tras la 2ª Guerra Mundial vieron como las dos terceras partes de Prusia Oriental fueron a parar a manos de los polacos.

De izquierda a derecha, los cuatro tipos de jinetes del ejército
alemán: Coracero, ulano, dragón y húsar. Todos conservaron sus
uniformes, distintivos y demás zarandajas, pero tanto el armamento
como su despliegue en el campo de batalla sería idéntico para todos
El nuevo Ejército Imperial traía tras de sí una larga y gloriosa tradición en lo concerniente a la caballería. Desde tiempos de los reitres en el siglo XVII, en todas las guerras que estos belicosos homínidos mantuvieron por toda la Europa dejaron bien claro que sus habilidades ecuestres no tenían nada que envidiar a las del resto del continente incluyendo la formidable caballería del enano corso (Dios lo maldiga una vez más) durante el nefasto período en que semejante mini-psicópata ostentó el poder, llevando consigo la muerte y la destrucción a todas partes. Y, como las demás naciones de la época, disponía de regimientos de caballería de línea formados por coraceros y ulanos, así como de caballería ligera con dragones y húsares. Los primeros estaban destinados ante todo a llevar a cabo cargas en orden cerrado armados con espadas y lanzas respectivamente contra cuadros de infantería, mientras que a los segundos se les confió la misión de acudir velozmente a prestar ayuda a unidades comprometidas, echando pie a tierra y combatiendo con armas de fuego, y a los húsares la exploración, labores como mensajeros y persecución del enemigo. Sus armas eran el sable y la tercerola. Por lo demás, siendo la caballería el arma aristocrática por excelencia, su oficialidad procedía principalmente de la nobleza tedesca, a la que eso de luchar a pie se le antojaba una vulgaridad y tal. 

Sin embargo, en 1890 los mandamases dieron un giro radical al concepto táctico de la caballería. A partir de aquel momento, todos los regimientos serían válidos para cumplir cualquier misión, ya fuese propia de caballería de línea o de caballería ligera, y todos estarían dotados del mismo armamento. Así pues, mientras que los demás ejércitos seguían manteniendo el uso táctico tradicional de cada unidad y sus respectivas panoplias, los tedescos optaron por unificar toda la caballería. La idea, que en sí era totalmente revolucionaria, permitía no depender de la presencia de tal o cual regimiento para una misión concreta, sino que cualquiera de ellos podría desempeñar cualquier acción sin problema. Y para ello, nada mejor que dotar a sus regimientos de una panoplia más extensa posible, con la lanza como arma principal y la espada y la carabina como secundarias. ¿Qué por qué la lanza, un arma casi olvidada por aquella época que solo seguían usando los regimientos de ulanos? Ahora lo veremos.

Tres Jäger a principios de la guerra. En la espalda portan sus carabinas
Mauser 1898AZ, y como prenda de cabeza usan sus característicos
tschako. Sus uniformes, como era tradicional, eran de color verde
en vez del gris de campaña del resto del ejército
En todo caso, la cuestión es que el nuevo concepto pergeñado por las eminencias grises del Ejército Imperial, la caballería "... debe buscar resolver sus misiones de manera ofensiva, y solo cuando la lanza esté fuera de lugar se recurrirá a la carabina." A esa agresiva doctrina habría que añadir que "ningún escuadrón debe esperar a ser atacado, sino que siempre debe atacar al enemigo primero". No obstante, el entrenamiento de los jinetes para combatir a pie y al uso de armas de fuego iba poco más allá de lo testimonial, centrándose ante todo en el manejo de la lanza y de la espada. Como complemento en el caso de precisar de tropas de apoyo a pie se agregó a cada división de caballería un batallón de Jäger (cazadores), tropas de uso mixto que ya eran usadas desde mucho tiempo atrás por todos los ejércitos de Europa y cuyo uso táctico consistía en emplear sus pencos para trasladarse rápidamente donde fuera necesario y, una vez allí, descabalgar y combatir como si de infantería se tratase. O sea, que se podría decir que en realidad eran infantería a caballo que usaban a estos animalitos para tener más flexibilidad y rapidez de movimiento.

Atípica imagen de un grupo de húsares con lanzas durante la
Kaisermanöver celebrada en 1913, en la que los tedescos, en vista
de que la cosa se estaba poniendo calentita, quisieron mostrar a los 
observadores militares foráneos que estaban preparados para la fiesta
Bien, la cuestión es que, como hemos dicho, la lanza se convirtió en el arma principal de la caballería. Esto convertía a todos los regimientos en unidades de ulanos independientemente de que conservaran sus uniformes y demás atributos, pero el uso de la lanza fue impuesto por Prusia conforme a su nueva doctrina de crear una caballería todo-uso, la Einheitskavallerie (literalmente, unidad de caballería), considerando la lanza como un arma mucho más eficiente de cara al tipo de combate planteado en los manuales y que, al menos en teoría, daría una clara ventaja contra tropas a caballo armadas con espadas o sables, así como de infantería con fusiles y bayonetas. Para ello se introdujo un nuevo modelo que mandó al trastero de las maestranzas militares todos los modelos que estaban en servicio hasta el momento, dando lugar a la Stahlrohrlanze 1890 (lanza de tubo de acero 1890), una soberbia pieza obtenida de un tubo sin soldaduras de una sola pieza como la que posteriormente adoptó el ejército español, precisamente basado en este modelo. En la foto inferior podemos ver el resultado de las modificaciones efectuadas en 1893, que fue la que se convirtió en el arma definitiva:



En la parte superior tenemos una vista general de la lanza, que tenía una longitud total de 320 cm., de los que 12'6 correspondían a la moharra con forma de pirámide cuadrangular, lo que la hacía especialmente sólida. Su peso era de 2'12 kg., y en la parte central del asta se aprecia un encordado de cáñamo para facilitar el agarre, así como un disco que actuaba como tope para la mano. Sin embargo, este tipo de punta estaba más bien concebida para penetrar en corazas de jinetes y, al carecer de filos, no resultaba tan eficaz como pueda parecer contra una infantería cuya ropa y correajes podían desviarla. Con todo, es evidente que un lanzazo de lleno en el cuerpo a toda velocidad convertía al enemigo en un pinchito moruno. Más abajo podemos ver la punta y los cáncamos para fijar el gallardete- seis inicialmente y luego reducidos a cuatro- que se fijaba mediante unos ojales y una corregüela consistente en un simple cordón anudado en los extremos, como podemos observar en el detalle de la izquierda. Por último, en la parte inferior tenemos un primer plano de la punta. Los gallardetes, aunque tradicionalmente se usaban en combate, a aquellas alturas habían quedado relegados a las paradas y entrenamientos. A la hora de batirse el cobre eran desmontados. Por otro lado, los cáncamos resultaron ser en todo momento un inconveniente ya que actuaban como un arpón al penetrar en el cuerpo de los enemigos, dificultando en muchos casos la extracción del arma que, a plena carrera, podía significar perderla o verse con el hombro dislocado. Por lo demás, la lanza estaba provista de un regatón que durante las marchas reposaba en uno de los dos porta-regatones fijados en cada estribo (foto A), mientras el brazo reposaba en el portalanza (foto B). Debajo vemos las distintas banderolas de diversas unidades que, como los uniformes e insignias, siguieron conservando durante todo el conflicto.

La lanza no era en sí un arma más letal que una espada. Al cabo, producía una herida punzante similar con la diferencia de que, en el caso de la lanza, no se producía la temible curvatura de la hoja de la espada que, al penetrar en el cuerpo de la víctima, producía unos destrozos tremebundos en el interior del cuerpo. Por lo tanto, en puridad, una estocada era de facto incluso más mortífera que un lanzazo. Sin embargo, la lanza tenía dos ventajas: era un arma más sólida y con un alcance mayor. Su desventaja principal salía a relucir cuando los jinetes se veían envueltos en una mêlée, bien con infantería, bien con otros jinetes, pero en ese momento siempre se podía mandar la lanza a hacer puñetas y meter mano a la espada.

Las nuevas Einheitskavallerie de los tedescos se olvidaron de los sables y adoptaron únicamente espadas si bien se emplearon dos modelos. A los coraceros se les asignó la Pallasch modelo 1883 (foto A), un arma con una hoja de 82 cm. provista de dos acanaladuras que se extendían hasta la punta de la misma. La longitud total era de 110 cm. Su empuñadura de bronce (foto superior izqda.) estaba provista de tres generosos gavilanes para proteger la mano del jinete, y para facilitar su agarre estaba fabricada de cuero encordado con un torzal de alambre. Disponía de una lazada de cuero para asegurar el dedo índice, y un guardapolvo de ante en la parte inferior de la empuñadura. La vaina, fabricada enteramente de acero pavonado, tenía una única abrazadera con una argolla.



Al resto de unidades- dragones, húsares y ulanos- las equiparon con la formidable Kavalleriedegen 1889 (espada de caballería, foto B), un arma de aspecto masivo con una hoja de 82 cm., una longitud total de 95 cm. y un peso de 900 gramos, pero provista de una peculiar hoja con la punta en forma de pluma, especialmente concebida para estoquear sañudamente al personal. La empuñadura (foto de la izquierda), estaba fabricada de baquelita y se fijaba mediante dos tornillos pasantes. La espiga iba remachada en la monterilla. Las guarniciones eran de acero, formando una cazoleta con el águila prusiana decorando el conjunto. Tenía un apoyo para el pulgar y en la empuñadura un rebaje para afianzar el dedo índice, y en las guarniciones se colocaba el fiador formado por una cinta de lona beige con seis listas marrones rematada por una borla blanca. Su misma morfología, con esa acusada curvatura, indica que estaba diseñada para enfilarla hacia los enemigos sin tener que forzar la muñeca. Por lo demás, en la base de la empuñadura vemos el guardapolvo. La vaina era igual a la del otro modelo. 

Cuando no se llevaba colgando del prendedor del uniforme, la espada era asegurada en un tahalí en la montura. En la foto de la derecha podemos ver su aspecto. Tras ella se ve perfectamente la bolsa de herrajes habitual en los pertrechos de la caballería, conteniendo herraduras de repuesto y los clavos para las mismas.

Sin embargo, y a pesar de que su uso como arma secundaria hacía a la espada en teoría un arma recomendable, lo cierto es que su uso fue tan residual que a partir de julio de 1915 empezaron a ser retiradas del servicio. La cuestión es que las espadas, aunque inmejorables a la hora de llevar a cabo una carga en masa, no eran especialmente útiles cuando se formaba una mêlée, donde era más fácil descargar tajos cuando los enemigos estaban literalmente encima. Una estocada era más difícil de propinar por falta de espacio, mientras que un sablazo de arriba abajo sobre la cabeza del infante pegajoso era definitivo. De hecho, parece ser que muchas unidades optaron por afilar sus espadas sin más historias. Por otro lado, muchos jinetes procuraban agenciarse una pistola que, aunque no formaba parte de su armamento reglamentario, a la hora de verse comprometidos en un combate cerrado era un arma mucho más adecuada y resolutiva: un balazo en plena jeta y a otra cosa, mariposa. 

Ulano empuñando su espada modelo 1889. Tras su muslo vemos
la carabina enfundada y protegida por una cubierta que impedía
tanto la entrada de agua o suciedad como que se cayera por algún
motivo. La soga que la rodea es la cuerda de amarre propia de
las unidades de caballería para que los pencos no se largaran con
viento fresco en cuando les quitaban el cabezal y el bocado
En cuanto al arma de fuego auxiliar, inicialmente se adoptó la carabina Mauser modelo 1888 en calibre 8x57 mm. (abajo, foto superior), un arma derivada del fusil que fue la primera arma de repetición alemana. Con una capacidad de 5 cartuchos, fue introducida en noviembre de 1891 como carabina para unidades de caballería tras la fusión de todas las unidades de dicha arma. El sistema de carga era mediante clips que, una vez agotados, caían por la parte inferior del cargador de forma similar al Carcano 1891, y su diseño estaba claramente indicado para ser usado por jinetes. Su longitud era de 94'5 cm., y el cañón quedaba totalmente oculto por un guardamanos que se prolongaba hasta la boca del mismo. La palanca del cerrojo carecía de la típica bola, y tenía una forma aplanada para evitar enganchones a la hora de manejar el arma a caballo. Era transportada en una funda de cuero en el lado derecho de la silla, si bien este accesorio fue desapareciendo hasta que lo habitual era ver al personal con la carabina terciada a la espalda, para lo cual disponían de una correa que permitía ajustarla al cuerpo y no fuese golpeando los lomos. El jinete llevaba seis cartucheras con capacidad para cuatro clips, lo que suponía una dotación de 120 cartuchos.


Dos jinetes del Landwehr patrullando en algún lugar de la
retaguardia. Ambos muestran sendas carabinas modelo 88
La sustitución del modelo 1888 por el mucho más eficiente Geherh 1898 supuso la introducción de la carabina 1898 AZ (arriba, foto inferior), acrónimo de algo tan absolutamente impronunciable como Aufpflanz und Zusammensetzvorrichtung, que traducido sin que a uno se le colapse la lengua viene a querer decir "con raíl para bayoneta y gancho de apilar". En este caso, apilar quiere decir formar pabellones. La bayoneta de dotación era el modelo 1884/98 que vemos debajo del arma. Esta carabina, de donde luego surgió la archifamosísima a nivel galáctico KAR 98 K, tenía una longitud de 109 cm., un peso de 3'5 kg. y se alimentaba mediante peines de 5 cartuchos del mismo calibre que el modelo anterior. No obstante, la carabina 88 no desapareció del mapa. A lo largo de todo el conflicto, muchas unidades de segundo escalón, del Landwehr, el Landsturm y la Ersatz la siguieron manteniendo en dotación, que las más modernas eran para los que estaban en el frente, como está mandado. Por cierto, para aquellos a los que esos palabros les suenen a chino o, mejor dicho, a alemán, el Landwehr era la milicia nacional nutrida por reservistas, el Landsturm lo formaban unidades de segundo escalón, o sea, algo así como el batallón de los torpes hispanos, y la Ersatz se nutría de hombres en edad militar pero que por cuestiones de tipo familiar, económico o lesiones que no eran totalmente incapacitantes quedaban como reserva.

Un Zug del 1er. Rgto. de Dragones de la Guardia en el campo
de maniobras
Bien, esta era la caballería con que contaba Alemania en 1914. Cuando empezó la fiesta, el Ejército Imperial disponía de 146 regimientos de los que 110 estaban operativos, 33 de reserva, 2 pertenecían al Landwehr y uno de Ersatz. De los 110 regimientos en activo, 66 se distribuyeron para formar 33 brigadas de caballería que, a su vez, formaron 11 divisiones bajo la denominación de Höerer Kavallerie-Kommandeur (Comando Superior de Caballería) que, obviamente, carecían de unidades de apoyo convencionales, por lo que se les agregaron a cada una un batallón de Jäger como fuerza de apoyo de infantería con una compañía de ametralladoras, una Artillerie Abteilung (Sección de Artillería) formada por tres baterías de seis cañones de campaña de 7,7 cm. cada una más las unidades habituales de apoyo de cualquier unidad moderna: transmisiones, ingenieros, transportes, etc. En cuanto a los efectivos por regimiento, eran de 36 oficiales, 688 suboficiales, clases y tropa, 709 caballos y otros 60 para tirar de toda la impedimenta, que iba desde un carro médico a los destinados al forraje para darle a los pencos gasofa en forma de paja y grano. Cada regimiento estaba formado por cuatro escuadrones en activo más uno que permanecía acantonado en Alemania para cuestiones administrativas y de instrucción. Cada escuadrón estaba formado por cuatro Züge (pelotones), siendo pues la unidad básica el Zug formado por entre 22 y 24 hombres al mando de un teniente. El escuadrón lo mandaba un rittmeister ( capitán de caballería. Literalmente, experto en caballos).

Escuadrón de dragones aprendiendo a partirse la crisma con estilo.
El dominio de la hípica era tan importante como el de las armas, y
los jinetes practicaban continuamente para saltar obstáculos, zanjas
o desenvolverse subiendo o bajando terraplenes
En cuanto al personal, como ya comentamos más arriba, la oficialidad se nutría ante todo de hombres pertenecientes a la aristocracia. De hecho, la caballería y la marina de guerra acaparaban la mayor parte de los jóvenes de la nobleza deseosos de palmarla como auténticos y verdaderos héroes germanos. Recordemos que, por ejemplo, el archifamoso freiherr Von Richthofen era rittmeister de un regimiento de ulanos, y siempre lució su uniforme con dos hileras de botones aunque trocase su corcel de carne y hueso por un Pegaso de madera y tela. El resto- suboficiales, clases y tropa- procedían de los quintos que, por razones obvias, eran seleccionados entre los hombres criados en ambientes rurales porque los capitalinos no sabían ni por qué lado del caballo había que auparse, con lo que se ahorraban tiempo de adiestramiento. La edad para ingresar a filas era a partir de los 20 años y la duración del servicio de tres, o sea, uno más que en cualquier otra arma o cuerpo. El motivo era evidente: el período de adiestramiento de un jinete era superior al de un infante o un artillero, por lo que su aprovechamiento debía extenderse para que fuese rentable. Tras licenciarse quedaba agregado durante otros cuatro años en la reserva, y finalmente eran incluidos en el Landwehr que le correspondiese hasta los 45 años.

Un jinete alemán hacia 1917. Como vemos, ya no lleva espada,
y la funda de la carabina ha sido eliminada
Cuando empezó la fiesta, la caballería tenía asignado un protagonismo de primera clase en el Plan Schlieffen. Basándose en su potencia y movilidad, su misión consistía en flanquear por el ala izquierda al ejército gabacho penetrando por Bélgica con la intervención de cuatro Höerer Kavallerie-Kommandeur. Lo malo es que cuando el sesudo Alfred, graf Von Schlieffen trazó su minucioso plan para barrer del mapa a los odiados y odiosos gabachos aún no se concebía que la guerra tradicional estaba a punto de pasar a la historia. De hecho, Schlieffen palmó año y medio ante de empezar la guerra, así que solo podía transmitir cambios en su plan invocando su belicoso espíritu con una ouija de esas que aún estaban por inventar. Las acciones de guerra de la caballería como tal fueron menguando a medida que avanzaba el tiempo, y al decir avanzar el tiempo hablamos de meses. Poco a poco, tal como ocurrió con la caballería gabacha, los gallardos jinetes fueron apeados de sus pencos, les plantaron en el cráneo un casco que no tenía nada que ver con sus elegantes tocados de coraceros, ulanos y húsares, y los metieron en zanjas fangosas a pegar tiros. El resto, cada vez menos, fueron destinados a misiones de exploración, mensajería, vigilancia en la retaguardia, conducción de prisioneros y, en resumen, nada que ver con eso de pinchar enemigos con sus magníficas lanzas.

Un regimiento de coraceros parte hacia el frente en agosto
de 1914 jaleados por la multitud, que los animaba a convertir
a los gabachos en brochetas. No habría muchas más despedidas
similares, y los caballos acabarían en muchos casos en las
cocinas de los regimientos para suplir la falta de carne
En fin, los jinetes tedescos sufrieron el mismo destino de sus colegas de otros ejércitos. No obstante, se resistieron heroicamente a pasar a la historia por mucha artillería y muchas ametralladoras que se desplegaran en los campos de batalla, y en la siguiente matanza mundial aún tuvieron ocasión de probar su valor en no pocas ocasiones. Pero la caballería ya estaba condenada a la extinción. Para curar a un caballo hace falta un veterinario, mientras que para reparar un camión solo hace falta un manitas si la avería no es muy chunga. Un caballo necesita forraje, grano y cuidados, y un vehículo se conforma con gasofa y echarle aceite de vez en cuando. En fin, que los animales ya iban sobrando, y tardaron en desaparecer de los ejércitos el tiempo que tardó la tecnología en buscarles un sustituto.

Hale, he dicho

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domingo, 14 de noviembre de 2021

CURIOSIDADES: LOS BOY SCOUTS VAN A LA GUERRA

 

Grupo de boy scouts mensajeros a comienzos del conflicto

Seguramente, a más de uno se le habrá puesto jeta de extrañeza ante el título del artículo de hoy. La imagen que todos tenemos de estos probos exploradores es las de nenes bondadosos, amantes de la naturaleza y de espíritus magnánimos que ayudan a las abuelitas candorosas a cruzar la calle o a llevarles la compra a casa. Bueno, en realidad, este movimiento creado por Baden-Powell en 1907 tenía otras finalidades, destinadas ante todo a inculcar en los chavales una serie de valores y desarrollar en ellos el sentido de la disciplina, la jerarquía y el deber hacia la patria y el rey. El escultismo, palabro que no es más que una corrupción fonética del inglés scouting (literalmente, exploración) era, por decirlo de una forma que se entienda claramente, una forma de vida que, entre otras cosas, abarcaba fomentar la camaradería, el espíritu de servicio, la destreza en diversas disciplinas, la vida en plena naturaleza y, naturalmente, lo de ayudar al prójimo empezando por los más débiles incluyendo a las abuelitas candorosas. En fin, en la red hay cantidades industriales de información sobre este movimiento, por lo que no vamos a contar cómo y por qué se crearon y, por otro lado, creo que básicamente todos sabemos lo que son los boy scouts

Cartel de alistamiento bajo el lema "¿Estás en esto?". En el mismo,
aparte de obreros, soldados y enfermeras vemos a un scout arrimando
munición a las tropas para que el fulano del sombrero se anime

Pero lo que probablemente muchos desconozcan es el importante, cuando no vital protagonismo que tuvieron durante la Gran Guerra, así cómo las tensiones que levantaron en determinados sectores de la sociedad por su actuación durante el conflicto. Como iremos viendo, hubo gente que vio con malos ojos el empleo de estos chavales en la ayuda al esfuerzo de guerra debido a que, paradójicamente, a pesar del cirio que se había organizado había ciudadanos que veían con malos ojos el belicismo imperante. Sí, los anglosajones son así de espesitos. Se zambullen de cabeza en una guerra apocalíptica de cuyo resultado dependía su misma existencia como nación y, a pesar de todo, aún había memos que consideraban que eso de las guerras era una cosa muy fea, y que solo debían tomar parte en ella el personal imprescindible para ganarla. Obviamente, unos isleños que lo más que padecieron fueron los imprecisos bombardeos por parte de los dirigibles y los Gotha tedescos habrían pensado de otra forma si hubiesen visto a los huns (hunos, el mote que daban a los tedescos) arrasando sus ciudades y a escasos kilómetros de la capital pero, claro, el Canal de la Mancha era una barrera complicada de cruzar en aquellos tiempos, y Alemania ya tenía bastante con mantenerse en las posiciones que conservaron durante la práctica totalidad de la guerra.

Las colas ante las oficinas de reclutamiento en los primeros días
de guerra daban cuatro vueltas a la manzana. Si hubiesen sabido
el infierno que les esperaba, seguramente se habrían quedado en
el pub trasegando cerveza con whisky apaciblemente
Como es de todos sabido, el estallido de la guerra fue recibido con grandes muestras de júbilo en todas partes. Aunque hoy nos pueda parecer algo grotesco, el personal se echó a las calles a celebrar el comienzo de la matanza más grande que registraría la historia hasta aquel momento, y todos los hombres acudieron en masa a alistarse en las oficinas de reclutamiento. Hasta los maduritos se teñían el pelo y los chavales mentían como bellacos, unos para quitarse años y los otros para aparentar los que aún no tenían. Entre los boy scouts, que a pesar de los pocos años que llevaban funcionando tenían ya miles de afiliados, la mayor parte de los líderes de sus tropas eran jóvenes en edad militar, así que esos fueron los primeros en ser enviados a Francia para palmar como auténticos y verdaderos héroes, susurrando "God save de king" mientras esbozaban una sonrisa orgullosa y las tripas se le terminaban desparramar a su alrededor. Pero el verdadero problema con el que se enfrentaban los british (Dios maldiga a Nelson) además de verse metidos en una guerra era que, además de los scoutsmasters (jefes de exploradores, los líderes de cada tropa) y sus asistentes, decenas de miles de jóvenes y no tan jóvenes abandonaron sus puestos de trabajo para zambullirse en la vorágine apocalíptica de fango, metralla y putrefacción del Frente Occidental. O sea, que muchos currantes, desde carteros a oficinistas pasando por obreros, agricultores, ganaderos, etc. dejaban las cartas sin repartir, las oficinas vacías, las cosechas sin recoger y las vacas sin ordeñar. Esta serie de circunstancias, que seguramente ni se nos han pasado por la cabeza, no eran un problema, sino un problemón, y gordo. El trasvase de hombres al ejército podía literalmente paralizar segmentos de la producción de importancia vital, empezando por lo tocante a las cuestiones alimenticias.

El brigadier general Cruickshank pasando revista a unos scouts
en 1915. Obsérvese que los chavales de la izquierda son críos
de no más de 11 o 12 años
Sin embargo, los isleños contaban con un ejército de entusiastas chavales deseosos de, según les habían inculcado, servir a la patria y al rey mientras les llegaba la edad para cumplir su más ansiado anhelo: vestir el uniforme militar y largarse a pegar tiros y matar a muchos huns para ganar medallas a porrillo y que, a la vuelta, su amada Eleanor cayera rendida en sus brazos llenos de cicatrices causadas por la metralla. Y no hablamos de un ejército birrioso, sino de alrededor de 50.000 mozalbetes de edades comprendidas entre los 11 y los 16 ó 17 años que podían sustituir sin problemas a muchos de los que partieron al frente. ¿Que a quién se le ocurrió recurrir a los boy scouts para estos menesteres? Bueno, no se sabe a quién se le encendió la bombilla, pero lo cierto es que la mayor parte de los mandamases de la organización eran antiguos militares que, desde el primer momento, vieron que aquella masa de fervorosos mocitos tenían un potencial de primera clase para las mil y una tareas que, de la noche a la mañana, se habían quedado con los puestos vacantes y que había que reponer sí o sí, porque la escasez de hombres podía, como hemos dicho, paralizar sectores de importancia vital en una época en que quedarse paralizado tenía más peligro que un cuñado con la despensa llena de aire.

Scout encendiendo una farola en Londres
De hecho, lo tuvieron tan claro que a los pocos días de empezar la guerra, la War Office convocó a Baden-Powell para preguntarle si podían contar con su organización para contribuir al esfuerzo de guerra que, aunque en aquel momento se daba por hecho que sería cuestión de semanas, había que disponer de personal para trabajos que requerían atención cotidiana. Baden-Powell, que había sido un prestigioso militar y había arrostrado varias guerras, sabía sobradamente que sus muchachos vendrían de perlas para lo que le pedían y, además, sabía también que habría literalmente bofetadas para ser elegido para lo que fuera, así que ofreció un millar de scouts por condado para que se pusieran a las órdenes de los jefes de policía sin policías a los que dar órdenes para desempeñar lo que, de momento, era más imperativo: vigilar la posible infiltración de espías procedentes de Alemania, actuar como mensajeros entre los puestos de vigilancia y las estaciones de policía y, ya puestos, hasta dar parte hasta de los pájaros que se posaban en los cables telegráficos. Muchos de ellos estaban cualificados como señaleros, por lo que podrían vigilar las costas, mientras que otros podían controlar el contenido de camiones de transporte o, simplemente, cuidar enfermos o familias cuyos hijos habían marchado al frente, ayudar en dispensarios y hospitales, en los comedores de beneficencia, como guías en los tránsitos de tropas y mil chorradas más que, aunque parecían chorradas, cuando se vieron sin nadie disponible para llevarlas a cabo se dieron cuenta de que no eran precisamente chorradas. A modo de ejemplo, la chorrada de encender las farolas de gas, cuyo personal se había largado a Francia a tener una muerte heroica. Nadie se para a pensar que semejante chorrada deja de ser una chorrada cuando se da cuenta de que va caminando por una calle oscura como boca de lobo y no hay nadie que encienda las puñeteras farolas.

Patrulla de scouts vigilando unos túneles de
ferrocarril
Con todo, el problema que más acuciaba en aquel momento no era la escasez de mano de obra en determinados sectores. La guerra acababa de empezar y esa merma de personal aún tardaría unas semanas en hacerse notar. Lo que de verdad quitaba el sueño a los gerifaltes del ejército era la vigilancia de instalaciones o zonas de importancia estratégica que, en tiempos de paz, no precisaban de ningún tipo de vigilancia, pero que en aquel momento podían ser destruidas sin problemas. Bastaba con que un submarino tedesco emergiera en plena noche en cualquier costa solitaria y desembarcara a varios saboteadores para bloquear en un periquete a medio país volando centrales telefónicas, tramos de vías férreas o nudos ferroviarios importantes, puentes, túneles, instalaciones de electricidad, de telégrafos y, en resumen, lo que nadie se preocupaba de vigilar porque nadie tenía motivos para destruirlo, salvo el enemigo. Por lo tanto, los boy scouts eran el material humano perfecto para desempeñar estas tareas. Eran chavales habituados a vivir al aire libre, conocían las zonas donde serían destinados como la palma de la mano, se sabían de memoria todos los vericuetos y atajos, y mientras unos vigilaban las costas otros harían lo propio en las carreteras, las instalaciones ferroviarias, etc. A la más mínima sospecha, uno de ellos se encaramaba en una bicicleta y salía echando leches a dar parte al puesto de policía o de la guardia territorial más próximo. Y a todas estas cualidades, añadir que muchos de ellos se habían afiliado a los Sea Scouts, una rama de la organización dirigida a los amantes de la cosa acuática y que, por ende, les había permitido aprender a funcionar como señaleros con banderas o luces, sabían morse y sabían distinguir cualquier tipo de nave que avistasen en la costa. Está de más decir que en cuanto se hizo la convocatoria para reclutar voluntarios, la afluencia fue no masiva, fue literalmente una avalancha. Tardaron apenas 24 horas en cubrir todos los efectivos que necesitaban y ponerlos en funcionamiento.

Abro un paréntesis para comentar, y no se me caen los anillos por ello, que a pesar de mi proverbial abominación hacia los anglosajones, no puedo dejar de reconocer y admirar que su espíritu de unidad en los momentos de peligro les han sacado las castañas del fuego en cantidad de ocasiones, y llegado el caso han arrimado el hombro desde los críos de teta a los tatarabuelos. Cierro el paréntesis y prosigo.

Dos Territoriales junto a tres sea scouts de vigilancia
costera. El chaval de arriba lleva sus banderas de
señales para informar de cualquier incidencia
La cosa es que una de las brillantes ideas que había tenido Baden-Powell desde que fundó la organización fue estimular el ansia de superación de los chavales instituyendo una serie de distintivos que los distinguían como especialistas o cualificados en las habilidades más dispares, aunque todas relacionada con el escultismo: leer mapas, morse, señales, rastreo, nudos, etc., habilidades estas que, como veremos, les resultaron de gran utilidad en el desempeño de sus actividades en la ayuda al esfuerzo de guerra como, posteriormente, en los frentes de batalla cuando les llegaba la hora de ingresar en el ejército o la marina. De hecho, el gobierno británico no tardó ni dos minutos en declarar a los boy scouts como una organización de interés público ajena al ejército si bien, como ya comentamos anteriormente, su estructura y su jerarquía paramilitar fue desde el primer momento motivo de suspicacias por parte de los tontainas de turno. Más aún, el hecho de ser destinados a vigilancia costera o de instalaciones de interés estratégico ya les confería de facto una condición militar aunque, desde el principio hasta el final de la guerra, la misma organización con Baden-Powell a la cabeza se negaron a reconocer otra cosa que no fuera su estatus como civiles que ayudaban al esfuerzo de guerra y punto. En todo caso, cualquier organismo o incluso personas particulares podían solicitar la ayuda de los scouts ante la falta de hombres que habían sido enviados al continente.

Scouts adscritos como mensajeros a una estación
de policía. Obsérvese que llevan sus cornetas para
dar la alarma en caso de bombardeo
Con todo, lo cierto es que tanto sus primeros destinos como su organización eran innegablemente paramilitares. Para una mejor distribución de los servicios se formaron tropas al mando de un scoutmaster que, a su vez, se dividían en dos patrullas de ocho o más scouts, cada una con un líder al frente. Los scoutsmasters eran ya mozalbetes a punto de cumplir los 19 años mínimos que se exigían para unirse a las fuerzas armadas, mientras que los líderes eran adolescentes más aventajados y, obviamente, con la capacidad y las dotes de mando necesarias para que ninguno de sus colegas le desobedeciera si bien, eso debemos tenerlo claro, el espíritu de servicio y de acatamiento a las jerarquías establecidas los tenían todos tan inculcado que raro es que hubiese algún tipo de enfrentamiento. Y, por otro lado, sus destinos iniciales eran, como se ha dicho, la vigilancia de instalaciones estratégicas, así como de ordenanzas y mensajeros entre los distintos organismos civiles o militares. Algunos incluso habían obtenido su cualificación como impresores, así que los mandaron a paso ligero a las imprentas estatales o locales para sustituir a los currantes enviados al frente. Gracias a ellos se pudieron seguir publicando bandos, boletines, notificaciones y demás papeleo burocrático. La eficiencia y el entusiasmo de estos chavales en todo lo que les encargaban llegó hasta el extremo de que solo en la War Office, que no era precisamente una dependencia municipal, tenían a 150 de ellos, aparte de los que fueron enviados como mensajeros a Scotland Yard, la Oficina de la India, la Oficina Central de Reclutamiento y demás organismos que manejaban información confidencial y que, sin embargo, no tuvieron reparos a la hora de ponerla en manos de estos diligentes mozuelos.

Dos sea scouts disparando un cohete de aviso a los guardacostas
tras avistar un barco en peligro de hundimiento
Otra de las obsesiones que persiguieron a los mandamases fue la posibilidad de que los sempiternos saboteadores, que nunca aparecían pero que eran una amenaza latente que quitaba el sueño a más de uno, envenenaran el agua potable vertiendo cualquier porquería en los embalses y depósitos que suministraban a las poblaciones. Esta paranoia fue puesta en tela de juicio por algunos gerifaltes porque, obviamente, para envenenar un embalse o un lago hasta el extremo de convertir sus aguas en algo verdaderamente tóxico hacía falta algo más que un tonel de lejía, por lo que afirmaron que los scouts destinados a esta misión- ojo, hablamos de turnos de guardia de 24 horas- serían más útiles en otros cometidos. Sin embargo, el pánico a verse tragando agua con más amebas de la cuenta prevaleció, y durante meses se distribuyeron por todo el país patrullas destinadas a vigilar cualquier fuente de agua potable que suministrase a una población.

Scouts recogiendo lino, material de una importancia vital para
la industria textil de la época. Según los propietarios, su rendimiento
superaba al de los jornaleros convencionales
Las primeras controversias surgieron cuando llegó la hora de recoger las cosechas. No olvidemos que la guerra estalló en agosto, o sea, con todos los campos a punto para pasar las segadoras. Obviamente, los scouts se ofrecieron para echar una mano a los agricultores que precisasen de mano de obra, pero la picaresca, que no solo existe en España, hizo que más de uno se frotara las manos pensando que gracias a los probos nenes bondadosos dispondrían de mano de obra gratuita. Por otro lado, los hombres con algún defecto menor que habían sido rechazados para servir en el ejército pero eran perfectamente válidos para trabajar, vieron su sustento amenazado ante la avalancha de chavales dispuestos a pasar la guadaña desde Escocia a Gales de forma gratuita. De hecho, eran tan asquerosamente serviciales que muchos de ellos iban a las granjas en sus propias bicicletas para no ocupar sitio en unos ferrocarriles que, por lo general, iban atestados de tropas. En resumen, las autoridades, a la vista de que aquello amenazaba con ser una vil explotación por la cara, emitieron un bando en el que exigía a los peticionarios que justificasen que, en efecto, no disponían de nadie para la recogida de sus cosechas. Y, por supuesto, no les saldría totalmente gratis: a cambio del trabajo debían facilitar sustento y un techo a los scouts y, de forma voluntaria, un pequeño estipendio que nunca se quedaron para ellos, sino que lo entregaban a la organización para que dieran a ese dinero el mejor uso posible, ayudando a familias necesitadas o a las tropas. De verdad, provoca nauseas esta gente tan solidaria, carajo. Le hacen sentirse a uno un Mr. Scrooge miserable y cicatero.

Banda de gaiteros y tambores del 5º de Brockley. Al frente marcha la mascota de la tropa, un bull-dog llamado John. Con estas bandas desfilando marcialmente por las calles, los scouts lograban animar a muchos chavales a unirse a la organización. No hay que ser especialmente observador para darse cuenta de que, aunque ellos lo negaron en todo momento, su aspecto y comportamiento era paramilitar


Dos mensajeros de los Territoriales
Otro de los cometidos que rápidamente aceptaron fue ayudar a las organizaciones femeninas vinculadas a la Cruz Roja. Para estos menesteres se recurrió a los más mayores ya que los destinaron como conductores de los camiones que iban de un lado a otro recogiendo pedidos de suministros sanitarios para el frente. Luego, en los barracones, ayudaban a las mujeres a la elaboración de paquetes de curas individuales, preparación de vendas, apósitos, férulas y, en fin, la enorme cantidad de cachivaches que requerían los miles de heridos diarios que eran evacuados a los hospitales de sangre y, posteriormente a la isla. Otros fueron enviados como colaboradores de los Territoriales, lo que luego sería la Home Guard dedicada a ejercer un verdadero control militar en el país. Sin embargo, y para evitar las suspicacias antes mencionadas, no eran destinados a misiones que pudieran ser consideradas de tipo castrense, sino para servicios mecánicos: cocineros, limpieza de barracones, mensajeros, telegrafistas o incluso jardineros de sus acuartelamientos. Y mientras tanto, grupos de scouts organizaban desfiles y convocatorias para animar a la chavalería a apuntarse en la organización, que eso de quedarse en casa en vez de servir a la patria y al rey estaba feo. Además, se crearon nuevas especialidades que, no solo serían de utilidad en el país, sino también cuando les fuese llegando la hora de ser enviados al frente. Así pues, recibieron instrucción como camilleros, bomberos, mecánica y demás conocimientos que, obviamente, podrían sacar las castañas del fuego al personal.

Tropa de scouts haciendo prácticas como camilleros. En segundo
término a la izquierda vemos a su scoutmaster, uno de los muchos
que estaban a punto de cumplir la edad mínima para ir a la guerra
Sin embargo, los tocapelotas de turno seguían chinchando para cuestionar la desinteresada labor de los scouts. Igual que unos los consideraban como una organización paramilitar, otros salieron por peteneras afirmando que eran todo lo contrario, o sea, unos pacifistas que rayaban en la objeción de conciencia, y que se habían convertido en refugio de cobardes que aprovechaban su condición de scoutsmasters para escaquearse del frente cuando, en realidad, era algo completamente falso. De hecho, todos los que cumplían la edad militar se presentaban de inmediato en las oficinas de alistamiento. Pero los boquiflojos de turno aducían que muchos de los mandos eran muchachos y hombres entre los 17 y los 30 años. Obviamente, esa difamación fue inmediatamente derrumbada por la prensa que, sabedora de la labor que estaban llevando a cabo, señaló que, en efecto, había scoutsmasters en edad militar, pero eran hombres que habían sido declarados como no aptos para el servicio. Hay que tener en cuenta un detalle: hasta 1916, las fuerzas armadas británicas eran un ejército profesional nutrido por voluntarios, por lo que los requerimientos físicos se regían por unos baremos más exigente que los de dos años más tarde, cuando se estableció el servicio obligatorio ante el abrumador índice de bajas y en el que el nivel físico del personal ya no se miraba con lupa, sino con gafas sin cristales. En todo caso, lo cierto era que, chinchantes y boquiflojos difamadores aparte, en el primer año de guerra la organización contaba con unos efectivos de 200.000 chavales entre scouts y wolf cubs (lobatos). Estos últimos eran los críos entre 7 y 10 años que aún no tenían la edad mínima para ser scout. Bien, pues de esos 200.000, alrededor de la mitad ya habían prestado algún tipo de servicio a su país.

Grupo del Cuerpo de Defensa aprendiendo a fabricar
pasarelas
No obstante, la obsesión de que los tedescos intentaran un desembarco seguía atornillada en el magín de muchos altos mandos. El mismo Baden-Powell estaba convencido de que, llegado el caso, las playas de la costa oriental de la isla serían el objetivo del enemigo ya que era una zona despoblada donde un ataque podía llevarse a cabo con más facilidad que en el sur, donde por lógica era más fácil. Vamos, algo así como el desembarco de Normandía, pero al revés. Más aún, ante una hipotética amenaza, el mismo Baden-Powell insistió en que se debía reforzar al máximo la vigilancia de esas costas con sea scouts colaborando con los efectivos de los Territoriales. Sin dejar de pensar en esa posibilidad, Baden-Powell no dudó en plantear la creación de un Cuerpo de Defensa Scout basándose en el hecho de que, en caso de una invasión, un chaval de 16 años con un mínimo de entrenamiento como fusilero y habiendo aprendido el manejo de su arma era de más utilidad de una docena de hombres adultos sin entrenar, por lo que animó a todos los scouts con edades comprendidas entre los 15 y 17 años para presentarse voluntarios y estar dispuestos a detener esa hipotética invasión llegado el caso. Está de más decir que los pacifistas empezaron a graznar, protestando por el creciente militarismo de la organización, pero estaba claro que vivían en un universo paralelo y no se acababan de enterar de que la amenaza era real y posible. Por otro lado, algunos scouts que estaban a punto de cumplir la edad para servir en el ejército vieron la oportunidad de quedarse en casita alistándose en el Cuerpo de Defensa, por lo que finalmente se tomaron dos medidas para acabar con posibles triquiñuelas. Por un lado, los candidatos debían presentar una autorización paterna, y los que estaban a punto de cumplir la edad militar eran rechazados. Si querían pegar tiros, a tomar por saco a Flandes y punto. El argumento que finalmente acalló a duras penas las protestas fue que servir en el Cuerpo de Defensa era un adiestramiento preliminar al puramente militar, por lo que los chavales que formasen parte del mismo contarían con una preparación básica que les sería muy útil llegado el momento, y a la que habría que añadir las especializaciones adquiridas como scouts a lo largo de su trayectoria en la organización.

Patrulla de los sea scouts pasando revista por el comandante
de puesto, obviamente un militar de la armada
Pero, ojo, que nadie piense que el Cuerpo de Defensa era una panda de críos con bordones y una navajita en el bolsillo. Hablamos de una organización totalmente militar cuya unidad básica eran secciones de ocho miembros; cuatro secciones formaban una compañía, y cuatro compañías un batallón al mando de un comisionado. Esto suponía una fuerza de 512 ojos y dedos que podían apuntar y apretar el gatillo, o sea, que bien atrincherados podían ejercer cierta presión sobre unos tedescos empapados y helados por las frías aguas del Mar del Norte. La oficialidad la componían antiguos militares con sobrada experiencia bélica que no estaban por la labor de perderse la última fiesta antes de que la vejez los postrase delante de la chimenea. El entrenamiento, aunque básico, era más que suficiente para enfrentarse a una invasión: tiro al blanco, aprender a calcular distancias, exploración en terreno hostil, hacer prisioneros, primeros auxilios y cocina de campaña. Para lo primero, los comisionados se encargaron de hacer acopio de armas largas de pequeño calibre con los que adiestrar a los chavales. Si llegaba la hora de la verdad, todos recibirían su Enfield y su dotación de cartuchos de guerra, lógicamente. También se recurrió a guardabosques y cazadores para servir como instructores de tiro y a antiguos deportistas para ponerlos físicamente en forma. En fin, ya vemos que la capacidad de estos isleños para que todos arrimasen el hombro era incuestionable.

Lady Webster alternando con unos scouts en un festejo patriótico
en Battle Abbey. Estas escenas, en una sociedad clasista hasta la
médula como la británica, abrían a veces un foso insalvable entre
las personas de distintas clases sociales
Curiosamente, los que más enfrentamientos tuvieron con los scouts y los que los hicieron más veces blanco de sus burlas eran los chavales de las clases bajas. Por lo general, los boy scouts procedían de forma mayoritaria de la clase media, y entre sus miembros había incluso jovencitos de la aristocracia. Esto no se debía a que la organización tuviera unas normas clasistas que discriminasen a nadie por su posición social ya que solo ese detalle contravendría uno de los más arraigados valores del escultismo, sino a algo más material: el uniforme y el equipo, incluyendo el famoso sombrero de cuatro bollos que hizo mundialmente famoso Baden-Powell cuando sirvió en las Guerras Bóers, se lo tenían que pagar de su bolsillo, y las familias más desfavorecidas no podían arrostrar el gasto que suponía tanto la indumentaria como las aportaciones que de vez en cuando había que realizar para cualquier actividad especial. Esto provocó que en más de una ocasión, cuando celebraban desfiles o tomaban parte en eventos para animar al personal a unirse a ellos, aprovecharan para hacerles burlas y arrojarles objetos de forma que, cansados de tanta mofa, acabasen a tortas entre unos y otros. Esta lacra la tuvieron que soportar durante toda la guerra porque, como es de todos sabido, el rencor y la envidia son unos sentimientos bastante chungos, y ninguno de los chavales que acosaron a los scouts debieron pararse a pensar que las vendas que curaron a sus hermanos en el frente, o los envíos de cartas y paquetería, aparte de mil servicios más, se habían podido hacer gracias a ellos.

Haciendo prácticas de lucha contra-incendios. En segundo
término, controlando el adiestramiento, el scoutmaster de turno
Como dijimos más arriba, en 1916 hubo que implantar por primera vez en la historia de los british el servicio militar obligatorio. El Frente Occidental era un pozo sin fondo que no paraba de cobrarse vidas y los jóvenes se mostraban cada vez más remisos a alistarse, por lo que hubo que dictar una ley que obligara al personal a ponerse el uniforme quisieran o no. En enero de ese año se presentó un proyecto de ley por el que los hombres solteros o viudos sin hijos entre 18 y 41 años debían presentarse, bien para ser reclutados, bien para presentar las alegaciones pertinentes para ser excluidos, y en mayo hubo que incluir los hombres casados comprendidos en esas edades. En los últimos meses de guerra las cosas habían llegado a un extremo tal que hubo que aumentar el ratio de edad hasta los 50, y si no había bastantes hombres se alargaba hasta los 56. Vamos, que si la guerra dura un año más tienen que sacar a los abuelos de sus mecedoras y mandarlos a palmarla a Francia en vez de hacerlo en sus piltras, como Dios manda. Pero esta ley no supuso ningún quebranto a los scouts que, deseosos de unirse al ejército, fueron a alistarse de inmediato. Y ciertamente el entrenamiento adquirido en el Cuerpo de Defensa les fue extremadamente útil, hasta el extremo de que alrededor de diez mil antiguos scouts alistados bajo el nuevo sistema, en pocos meses habían sido ascendidos a suboficiales e incluso enviados a las academias para obtener el rango de 2º teniente. La opinión generalizada sobre ellos fue en todos los casos muy favorable, las cosas como son.

Baden-Powell durante su periplo en Sudáfrica, luciendo ya
el cuatro bollos típico de los scouts. A la derecha, el Stetson
original de donde surgió este popular sombrero
Abro otro paréntesis para comentar una curiosidad curiosa para devastar cuñados que presumen de haber sido boy scouts cuando estaban en el cole, y lo más que hicieron fue participar en una colecta para comprar una papelera para la sede de su tropa local. El sombrero, que también se asocia con la Real Policía Montada del Canadá, era en realidad un modelo elaborado por la archifamosa firma Stetson, fabricante yankee conocido en el mundo entero por los sombreros que aparecen en las pelis del Oeste. Al parecer, Baden-Powell lo tomó de los bóers, concretamente un modelo llamado "Boss of the Plains" (Jefe de las Llanuras), un sombrero de ala ancha y recta y copa alta fabricado con fieltro, lo que lo hacía más ligero que la piel al uso hasta hacía pocas décadas. Este sombrero salía de fábrica con el ala recta y la copa redondeada, tal como los vemos en las pelis donde aparecen amish y similares, y luego cada cual le daba la forma que quería. Baden-Powell optó por los cuatro bollos que lo hicieron famoso. Cierro paréntesis y prosigo.

La Scout Hut construida en Étaples financiada por los scouts
Con la guerra ya mediada, los scouts seguían aportando incansablemente sus servicios a la comunidad. A finales de 1915, Baden-Powell había establecido contacto con la YMCA, que se estaba encargando de la construcción de las recreation huts (cabañas de recreo) para las tropas. Estas eran unos barracones destinados al solaz y entretenimiento del personal cuando le tocaba descanso en retaguardia. Disponían de comedores, sala de lectura y como lugar de reunión para charlar, echar una partida de lo que fuera, tomar unas copas y, en resumen, olvidarse del apocalipsis que habían estado viviendo hasta ayer mismo durante su estancia semanal en primera línea. Los scouts se pusieron en movimiento para realizar una cuestación que permitió que a finales de año se pudiera construir en Étaples-sur-Mer la primera cabaña financiada por los scouts. Étaples era el centro de tránsito del ejército británico en la costa norte de Francia, donde atracaban y desembarcaban hombres, bastimentos, armamento, etc. del el ejército british.

Recolectando periódicos y revistas para las tropas del frente
Para obtener los fondos para la construcción de estos barracones recurrían a diversos medios ya que su reglamento les impedía pedir dinero a cambio de nada, por lo que optaban por pedir materiales de desecho que luego vendían para su reciclado, concretamente botellas y papel o cartón. Como esta mandado, a los listos de turno se les ocurrió hacerles la competencia, yendo casa por casa pidiendo botellas, frascos y papeles viejos en forma de periódicos y revistas atrasados, etc. haciéndose pasar por scouts. Al percatarse de la suplantación, las autoridades anunciaron que solo los scouts vestidos de scouts y provistos de una autorización oficial que mostrarían a los ciudadanos eran los únicos que podían recibir los donativos. Con el dinero obtenido no solo se pudieron construir más cabañas de recreo, sino material sanitario para la Cruz Roja e incluso una ambulancia.

Aprendiendo a transportar heridos con unas parihuelas de
circunstancias. Esto formaba parte de un entrenamiento
militar puro y duro, obviamente
Aunque en 1916 lo de la posible invasión había sido ya totalmente desechado, el Cuerpo de Defensa permaneció en activo porque se consideró que, aunque no existiera ya un peligro real, la preparación que recibían los jóvenes era muy adecuada para convertirlos en futuros soldados. Además, la rebaja de edad de admisión a los 14 años había permitido aumentar sus efectivos hasta los 6.000 chavales que, siempre con un entusiasmo inagotable, absorbían como esponjas todo lo que les enseñaban. A las antiguas especialidades establecidas cuando se creó el Cuerpo se añadieron las de señalización, construcción de puentes, transporte de materiales y bastimentos, transporte de heridos e incluso trabajo de mantenimiento en los parques de artillería. Los críos de menos edad que aún no podían participar en el Cuerpo de Defensa seguían con sus tareas más pacíficas, como la ayuda a la recolección de cosechas. 

Cosechando nabos
Ante los buenos resultados de campañas anteriores, en vez de alojarse en las granjas se organizaron campamentos divididos por sectores en los que, además de alojarse, recibían clases por parte de profesores que acudían de forma voluntaria para que los nenes no se retrasaran en sus estudios. Como el sustento ya no corría por cuenta de los propietarios, estos tenían que pagarles 14 chelines en concepto de dietas, más un jornal de 11 peniques por seis horas de trabajo que, como no podía ser menos, los scouts donaban a la organización. No obstante, los comisionados de distrito podían alcanzar acuerdos con los agricultores y ganaderos en lo tocante al transporte, mantenimiento y salario de los voluntarios de la forma que resultase más ventajosa para ambas partes. Por cierto que una de las recolecciones más peculiares que llevaron a cabo fue la de huesos de ciruela. Se había descubierto que el carbón obtenido de la combustión de las semillas de estas frutas tenía unas propiedades más absorbentes para su uso en los filtros de las máscaras antigás, por lo que pusieron a mogollón de chavales a recoger ciruelas en cantidades industriales.

Ambulancia donada por los Boy Scouts
Ya en 1917, una de las actividades más peligrosas a las que se tuvieron que enfrentar los scouts fueron sus misiones como guías del vecindario durante los bombardeos aéreos. Mientras que unos se dedicaban a hacer sonar trompetas en plan apocalipsis inminente cuando se daba aviso de la proximidad de dirigibles o bombarderos, otros se encargaban de impedir que el pánico hiciera que la gente saliera desperdigada como conejos sin saber hacia donde ir cuando empezaban a caer bombas, encargándose los scouts de señalarles la posición del refugio más cercano. Obviamente, estos chavales se jugaban el pellejo porque las bombas empezaban a caer y ellos debían permanecer en la calle mientras hubiera algún despistado corriendo no sabía dónde, pero la cosa es que le echaban valor y aguantaban estoicamente hasta ver las zonas asignadas despejadas de civiles para meterse en un refugio. Y a cambio de todos los riesgos y trabajos que llevaban a cabo solo esperaban ser premiados con alguna de las distinciones que se otorgaban a los más abnegados scouts para lucirlas en la pechera.

Un scout recibe una distinción. Los que vemos a la izquierda
sujetan los Certificados al Mérito con que han sido distinguidos 
La más codiciada era la Insignia de Servicios de Guerra, que se otorgaba tras veintiocho días, luego alargados hasta los cincuenta, de servicios no remunerados. O sea, los que iban a cosechar no podían optar a la medallita porque cobraban un estipendio, independientemente de que luego lo donasen si querían. Se entregaron un total de 80.000 de estas insignias, que no es moco de pavo considerando que hablamos de adolescentes dando el callo como hombres. Luego estaban el Certificado al Mérito, la Medalla al Mérito y el Lobo de Plata, esta última solo concedida cuando se habían ganado previamente doce insignias de competencia, dos años de servicio y haber llevado a cabo algún acto heroico, como salvar una vida o repetidos actos de valor. El premio supremo era la Cross for Gallantry in Saving Life, la Cruz al Valor por Salvar Vidas, de la que había tres grados, de mayor a menor: la cruz de bronce con cinta roja para los que habían actuado con un heroísmo especial; la cruz de plata con cinta azul para los actos de valor con un riesgo considerable y, finalmente la cruz dorada con cinta azul con rayas rojas para actos excepcionales durante una emergencia pero sin riesgo.

Escena totalmente cuartelera que ponía de los nervios a los pacifistas:
un grupo de scouts pelando patatas en la cocina de campaña de
una unidad de artillería
En fin, así fue la intensa y valiosa contribución de los boy scouts al esfuerzo de guerra, que por cierto no se saldó de forma gratuita para ellos porque tuvieron que sufrir heridos y algún que otro muerto en el desempeño de sus funciones sin que por ello mermara su espíritu de sacrificio. Las autoridades, tanto civiles como militares, solo tenían boca para elogiar su comportamiento y su entrega pero, sin embargo, durante todo el conflicto tuvieron que enfrentarse con los sectores pacifistas del país que veían con malos ojos cómo una organización aparentemente dedicada a salir de excursión los fines de semana se habían convertido en una fuerza paramilitar. Aunque las comparaciones son odiosas, lo cierto es que, salvo en la cuestión puramente ideológica, la guerra los había convertido en muchos aspectos en unos precursores de las Hitlerjugend: su organización era militar, su jerarquía era militar, sus premios y distinciones eran militares, sus mandos eran o habían sido militares y, para colmo, el Cuerpo de Defensa se había convertido en un pequeño ejército cuyos miembros tenían entrenamiento militar, estaban preparados para usar armas y, lo más inquietante para ellos, tenían muy claro que primero y ante todo debían obedecer sin rechistar las órdenes que recibían. Esto producía ataques de ansiedad en sectores de la sociedad en los que los conceptos de derechos civiles y tal se podían ver vulnerados, llegado el caso, por esa fuerza paramilitar a las órdenes de un gobierno que quisiera meter en cintura a la población.

Señalero de los sea scouts. Por mucho que
graznasen los pacifistas, lo cierto es que la
actuación de estos chavales salvaron a mucha
gente, y eso es lo único que cuenta
Sin embargo, lo cierto es que los scouts no solo no dieron jamás un motivo de queja, y su entusiasmo y su dedicación fueron una de las claves que permitieron, entre otras cosas, que la nación no se colapsara en los peores momentos. Los sea scouts llevaron a cabo infinidad de avistamientos de naves en peligro, así como de buques enemigos merodeando por las costas e incluso labores de salvamento en mercantes torpedeados por los submarinos tedescos. Y en cuanto al comportamiento de los antiguos scouts que habían pasado a servir en el ejército, la mayoría de ellos recibieron menciones y medallas ya que, como hemos comentado, el adiestramiento recibido en los años o meses previos a su ingreso en filas les permitió ir por delante de sus compañeros, que no sabían por qué lado del fusil salía la bala cuando los reclutaron. En todo caso, los que en todo momento tuvieron claro el enorme potencial de los boy scouts- las autoridades civiles y militares- pasaron de las paranoias del personal y supieron sacar provecho a unos muchachos cuya mayor ilusión fue servir a su país, primero pedaleando como mensajeros o yendo puerta por puerta recolectando botellas, y luego en las trincheras batiéndose el cobre. Los antiguos scouts cayeron como moscas. El penúltimo de ellos fue el cabo Joseph Weatherly, del 9º de Húsares de Northumberland, muerto el 24 de octubre, apenas dieciocho días antes de la firma del armisticio. El último, paradójicamente, palmó dos días después del mismo a consecuencia de las heridas recibidas anteriormente. Fue el cabo Frederick Stanley Spurin, de 22 años de edad, perteneciente al 4º Batallón del King's Royal Rifle. Durante su permanencia en los boy scouts había estado afiliado en la 110ª Tropa de North London. Pero no se fue solo de este mundo. Junto a él, otros 691 hombres del ejército aliado entregaron la cuchara ese mismo día en los distintos hospitales donde habían ido a parar tras ser heridos.

Bueno, ya ven como estos probos exploradores de fin de semana se zambulleron sin dudarlo en una guerra tremebunda, y dieron lo mejor de sí para ayudar a su país y su pueblo. Por desgracia, me temo que gran parte de las juventudes de estos tiempos, no es que no estén por la labor de arrostrar ese tipo de privaciones, es que no serían capaces ni de entender cómo chavales de tan temprana edad estuvieran dispuestos a todo tipo de sacrificios por su patria, término y concepto que quienes ya sabemos se han encargado de borrar del vocabulario del personal.

Hale, he dicho

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