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sábado, 2 de mayo de 2020

ARMATURA, el entrenamiento militar romano


Sesión diaria de entrenamiento. Una masa de hombres inactivos tardan menos de un mes en convertirse en una masa de
vagos entregados a la molicie, los vicios y la indisciplina. El ejercicio constante impide pensar, y pensar es la mejor
manera de convertir a todo un ejército en una panda de inútiles  porque no piensan en cuestiones metafísicas, sino en
lo bien que estarían en casa, lo hartos que están de darse caminatas interminables, lo cabrito que es el tribuno, lo
despiadado que es el centurión, la de tiempo que hace que no se da un restregón con una hembra frondosa, etc.

Por norma, cuando sale a relucir el tema de las legiones de Roma, si hay algo en lo que todo el mundo está de acuerdo es en que su férrea disciplina fue la que permitió que mantuvieran la supremacía militar durante siglos. Hasta un cuñado con severas carencias intelectuales sabe que un ejército descomunal pero indisciplinado será vencido sin problemas por otro inferior en número pero cuyo entrenamiento y disciplina sean de primera clase. El mismo Cicerón ya lo aseguraba cuando decía que el entrenamiento "...produce el espíritu preparado para enfrentar heridas en la batalla. Presente a un soldado de igual coraje, pero sin entrenamiento, parecerá una mera mujer". Y no hablamos de la gilipollez esa de las pelis en las que el energúmeno del sargento yankee de turno se desgañita con lo de "...cuando camine por el valle de las sombras no temeré mal alguno porque soy el mayor hijo puta del valle", que no es más que una bravata de tropas que para reducir a un francotirador con un Kalashnikov mohoso solicitan un ataque aéreo, por lo que acabar con el moro les cuesta una millonada en vez de ir en su busca y sacarle la piel a tiras, sino de auténtica y verdadera disciplina. Disciplina como la que permitió a los falangitas macedonios darle las del tigre al inmenso ejército de Darío, de esa en la que el oficial al mando dice "de aquí no se mueve nadie" y, en efecto, nadie cede ni un palmo de terreno aunque no quede uno vivo. Por algo así, un racista contumaz como el ciudadano Adolf- del que precisamente anteayer se cumplió el septuagésimo quinto aniversario de su benéfico deceso por autolisis- respetaba a los divisionarios españoles en Rusia, o cuando Felipe de Hohenlohe-Neuenstein llegó en Empel al convencimiento de que Dios era español.

FVSTVARIVM SVPPLICIVM, pena capital impuesta por quedarse dormido
durante una guardia. Al poner en peligro la vida de sus compañeros, eran
estos los que aplicaban el castigo apaleando al condenado hasta la muerte
Por lo general, los profanos en estos temas y los pacifistas de salón, esos que van de guays y creen fervorosamente en la hermandad entre civilizaciones hasta que los "civilizados" se presentan en su casa armados hasta los dientes, le violan a la parienta y a sus hijas ante sus narices, degüellan a sus hijos y, finalmente, le vuelan la tapa de los sesos tras sodomizarlo con el mango de la escoba, dan por sentado que eso de la instrucción en orden cerrado marcando el paso es una ridícula pantomima cuartelera, que cantar canciones guerreras durante las marchas es una chorrada o que ponerte a caminar 20 km. con todo el equipo a cuestas es una refinada forma de sadismo. Pues va a ser que nones. Eso no se hace para perder el tiempo ni para putear al personal, sino para que aprendan lo que es la disciplina, porque un ejército sin disciplina no es más que una masa de borregos humanos que saldrán echando leches en cuanto un solo lobo-enemigo haga acto de presencia. En la Gran Guerra, los famosos motines entre las tropas gabachas ante la sangría interminable tuvieron lugar porque le tenían más miedo a los tedescos que a sus jefes, pero los tedescos, como les tenían más miedo a sus jefes que a los gabachos ni piaron, y se pasaron sus cuatro años de guerra cayendo como moscas pero sin rechistar, como debe ser, qué carajo.

HASTATVS y TRIARIVS de la República, las tropas romanas
antes de ser profesionalizadas. Eran equiparables
a las milicias concejiles de la Edad Media,o sea,
ciudadanos llamados a filas en caso de guerra
Bien, con esta arenga ya creo que es evidente que la disciplina y el entrenamiento son la clave para que un ejército funcione como una máquina bien engrasada, y los probos imperialistas latinos lo tuvieron muy claro desde el momento en que su cada vez más extenso territorio les obligó a tener un ejército permanente y olvidarse de llamar a la guerra a los ciudadanos de higos a brevas. El naciente imperio necesitaba soldados profesionales dedicados a tiempo completo a la milicia, y pasar del panadero, el alfarero, el herrero, el bodeguero, etc. que sacaba las armas del baúl y se marchaba a la guerra renegando por tener que dejar su negocio en manos del incompetente de su cuñado. Así pues, cuando se formaron legiones de miles de hombres que debían obedecer ciegamente cualquier orden, cuando debían tenerle más miedo a su centurión que a una caterva de germanos echando espumarajos por la boca, solo había una forma de conseguirlo: imponiendo una disciplina más rígida que un espinazo artrítico y una preparación militar capaz de convertirlos en auténticas máquinas nasía pa matá. Y dicho esto, comencemos.


Tribunos militares llevando a cabo la DILECTIVS, la selección de
ciudadanos para nutrir las cuatro legiones consulares que se formaban
para la guerra antes de la reforma de Gaio Mario
Como casi todo el mundo sabe, el que introdujo el ejército profesional en Roma fue Gaio Mario durante su etapa consular en plena guerra contra el númida Yugurta. Para los ciudadanos romanos, que ni sabían dónde leches estaba Numidia, eso de tener que dejar a la familia y el negocio para cruzar el mar en busca de aquellos sujetos tan belicosos no era un panorama nada atractivo, y si había algo que Mario tenía claro era que con campesinos, granjeros o zapateros reciclados en BELLATORES de circunstancias aquello no terminaría nunca. La solución fue ofrecer la ciudadanía romana a todo aquel que por su origen o su condición social no la ostentaba, acompañando la oferta con un STIPENDIVM más los pluses habituales cuando algún mandamás permitía saquear una ciudad o hacía entrega de suculentas sumas de dinero a las tropas como premio a su dedicación. A todo ello, sumarle alojamiento, tres comidas al día, indumentaria y, con suerte y echándole valor, ascender y poder licenciarse con una prima que le permitiría montar algún negocio o una parcela de tierra donde establecer una explotación agrícola o ganadera. En resumen, algo impensable para cualquiera que no fuese romano, por lo que las colas para alistarse daban siete vueltas a la manzana en las oficinas de reclutamiento nada más saberse la noticia.


Un CONTVBERNIVM durante una marcha. Al
frente marcha el DECANVS
En fin, no vamos a entrar a fondo en las reformas llevadas a cabo por Mario porque no vienen al caso, pero lo que sí era más que evidente es que aquella masa de reclutas que en su vida habían manejado un arma debían recibir un adiestramiento adecuado para no ser aniquilados en el primer envite. Así, se les instruyó en el manejo de la espada, la lanza y el escudo. Se les enseñó a nadar a los que no sabían ya que si había que cruzar un río lo tenían chungo porque aún no se habían inventado los flotadores de patito, y se les quemaron las lorzas en cuestión de pocas semanas a base de marchas agotadoras cargados con toda su impedimenta personal. Lo de las famosas mulas de Mario fue simplemente consecuencia de la constatación de que los trenes de pertrechos no solo retrasaban enormemente el avance del ejército, sino que eran un aliciente para enemigos ávidos de botín, así que la mejor forma de quitarles las ganas era obligando a cada cual a llevar su equipo, reservando una mula o un asno por CONTVBERNIVM- la unidad básica del ejército, formada por ocho combatientes, uno de los cuales era el DECANVS (líder del grupo), y dos servidores- para lo más pesado: el CONTVBERNIVM en sí, una pesada tienda de campaña de cuero con capacidad para el personal, las PILA MVRARIA- las estacas con que se formaban las empalizadas de los campamentos- las herramientas y las raciones extra si se preveía que el viaje iba para largo.


Uno de los gratificantes paseos campestres gozando de la gentil compañía
del centurión, que maneja su VITIS con singular pericia y te quita el cansancio
antes que una bebida isotónica
Los reclutas que se iban sumando al ejército debían llevar a cabo un draconiano proceso de instrucción de cuatro meses en los que no se paraba en todo el día, literalmente. Se empezaba con lo básico: aprender a marchar marcando el paso, obedecer las órdenes todos a una y, por supuesto, fortalecerse y quemar las escasas mantecas que sobrasen. Recordemos que en el ejército no se aceptaban ni gordos ni tipos en plan Chuarchenegger. Solo querían ciudadanos fibrosos, con las carnes justas y de una estatura que varió con el tiempo pero que nunca fue inferior a 1,70 metros, o sea, hombres esbeltos y espigados y, además, que supiesen leer y escribir. De toda la amplia gama de ejercicios e instrucciones a cumplir a rajatabla, las marchas eran quizás lo peor. Inicialmente se obligaba a efectuar una de 20 millas (29,6 km.) en cinco horas a MODICO GRADV (paso regular), que para cualquiera de nosotros sería un paso más bien ligerito porque equivale a unos 6 km/h de media, cuando lo habitual en cualquier persona que no va de paseo, sino dirigiéndose a alguna parte es de 4 km/h. Posteriormente, estas marchas podían alargarse hasta los 35 km. Además, según Vegecio, no eran unas marchas por caminos en buen estado, sino por cualquier tipo de terreno, aumentando a tramos la velocidad a marchas forzadas, subir por acusadas pendientes o descenderlas, y todo ello cargados con la impedimenta, las armas, coraza y casco, que en total podían sumar unos 25-30 kilos. En estas alegres excursiones eran acompañados por la caballería para que se habituaran a manejar sus pencos por terrenos difíciles, cuando no tenían incluso que apearse y marchar a pie. Para que no les faltase el estímulo y en ningún momento se rompiese la formación, los centuriones y los OPTIONE jaleaban al personal dándoles algunos palos en el lomo. Con todo, siempre había algunos que quedaban rezagados porque ya no podían más, y de esos se hacía cargo personal destinado para que no se quedaran tirados en mitad del campo. Estas marchas debían realizarse tres veces al mes como mínimo. Una delicia, ¿qué no? Ojo, y se tiene constancia de marchas en las que se llegaron a cubrir hasta 50 km. en una sola etapa, e incluso algo más.


Y para completar la excursión, si el legado decidía que era más oportuno pernoctar fuera de su acantonamiento pues había que elegir un lugar donde detenerse a pasar la noche. Pero no valía desplomarse y quedarse dormido donde cayese, sino que había que montar un campamento en toda regla. Así pues, se descargaban las acémilas, se montaban las tiendas de campaña mientras otros cavaban la FOSSA, una zanja que si no estaban en territorio hostil tenía un metro de profundidad arrojando la tierra hacia dentro para formar un talud, y otros completaban una empalizada con las PILA MVRARIA que, por lo general, tocaban a dos por hombre, o sea, 12.000 unidades en una legión de finales de la República en adelante. Y, por supuesto, se establecían turnos de vigilancia aunque no hubiese un enemigo en 500 km. a la redonda. Cabe suponer que cuando los que no tenían el primer turno de guardia se metían en la tienda, no es que se quedasen dormidos de inmediato, es que entrarían en coma. Esta peculiar faceta del entrenamiento romano siempre me ha resultado especialmente aterradora, porque patearse 30 km. cargado como un mulo a paso vivo y que luego te pongan a cavar un foso o a plantar estacas y, encima, que te despierten en plena noche para tu turno de guardia, solo lo hacían estos probos imperialistas y Superman. En fin, por la mañana, al toque de trompeta, el personal desmontaba las tiendas. Al segundo toque cargaban la impedimenta en las mulas, deshacían la empalizada y cegaban el foso, y al tercer toque se armaban y preparaban para la marcha. Según Flavio Josefo, antes de dar el tercer toque se preguntaba por tres veces si estaban listos para iniciar la marcha, a lo que todos a una respondían "¡Estamos preparados!". Y vuelta a empezar. 


Maniobras entre dos unidades en presencia del emperador Adriano, que
contempla el desarrollo del simulacro desde la tribuna. Como
vemos, están arrojando sus PILA e iniciando el CONCVRSVM
Otra faceta de la instrucción consistía en adoptar la formación que se ordenara en el campo de maniobras, bien dadas a viva voz o con toques de trompeta. Así, se aprendía a desdoblar filas, a desplegarse o reducir el frente, a formar en cuña, en cuadro, en círculo o a formar el TESTVDO y, posteriormente, el FVLCVM, una formación similar pero en la que solo se cubrían las cabezas. Del mismo modo se aprendía a efectuar el CONCVRSVM (la carrera previa al lanzamiento de los PILA) sin romper la formación y, una vez arrojadas las jabalinas, desenvainar los GLADII e iniciar el IMPETVS para llegar al contacto con el enemigo. Para habituarse al manejo de la espada, recordemos que ya se explicó en el artículo dedicado a los GLADII como durante dos veces al día se pasaban horas aporreando un poste de metro ochenta (6 pies romanos) con una espada de madera que, al igual que el PILVM  y el SCVTVM de instrucción, pesaba el doble de la espada real. A partir del siglo III se añadieron los PLVMBATÆ, unos dardos lastrados con plomo que cada legionario llevaba en la cara interna del escudo. Portaba cinco unidades que, al tener más alcance que una jabalina, se arrojaban antes del IMPETVS y, ciertamente, causaban bastantes bajas entre los enemigos.

Pero a los legionarios no solo se les adiestraba en el manejo de las armas propias de su unidad, sino que también recibían una instrucción básica en el manejo del arco, la honda e incluso montar a caballo si bien lo habitual era que los hombres destinados a la caballería o como arqueros fueran aquellos que, bien reclutados como auxiliares, bien porque tenían experiencia anterior en la vida civil, o bien porque mostraban destreza natural para ello, se les destinase como EQVITES o SAGITTARII. Antes de las reformas de Mario, la caballería se nutría de los miembros de familias adineradas con medios para poseer y mantener un caballo- los EQVITES- pero a los nuevos reclutas profesionales se les proporcionaba montura, silla y arreos. Los novatos eran aceptados como PROBATVS (aprendices), y tras un período de prueba se les consideraba como DISCENS EQVITVM (reclutas de caballería) No obstante, su entrenamiento no era precisamente apacible. Inicialmente se les hacía pasar horas aprendiendo a montar de un salto por ambos lados- recordemos que aún no existían los estribos-, lo cual puede parece fácil cuando se le cogía el tranquillo, pero mientras tanto las costaladas eran antológicas porque era habitual tomar más impulso de la cuenta y salir despedido por el lado opuesto. Obviamente, estas prácticas se llevaban a cabo sin el penco reglamentario sino, como vemos en la ilustración, con la silla colocada en un pseudo-caballo.


Recreación según Connolly del campamento y el campo de maniobras de la
LEGIO VII CLAVDIA, acantonada en Viminacium, en la actual Serbia.
La flecha señala la situación de la tribuna
Una vez que dejaban de caerse nueve veces de cada diez y lograban montar y desmontar con propiedad era cuando empezaba lo más complicado: hacer lo mismo, pero armado, con el escudo en una mano y la espada o la lanza en la otra. Para desmontar, al carecer de estribos, debían levantar una pierna, pasarla por encima del cuello del caballo y deslizarse hasta el suelo. Arriano insistía en que era imprescindible que un jinete fuese capaz de montar y desmontar con toda su impedimenta con el caballo a medio galope, lo que resultaría vital en batalla ya que, por razones obvias, estos animalitos se mostraban generalmente remisos a quedarse quietos mientras el EQVES intentaba auparse en la silla que, por cierto, tenía el inconveniente de que podía enganchar la camisa de malla en alguno de sus cuernos, motivo por el que verán que las tropas de caballería la usaban más corta que sus colegas de infantería, no pasando apenas de la cintura. 


Forma de lancear enemigos. Sin estribos era más seguro
para el jinete asestar en lanzazo enarbolando el arma o
descargando el golpe desde abajo. 
Una vez que los reclutas habían alcanzado un nivel de destreza adecuado, debían hacer una demostración de sus habilidades ante la tribuna en la que el legado, tribunos y demás gerifaltes contemplaban la exhibición. La tribuna estaba situada en un extenso campo cercado anejo al CASTRVM como los actuales patios de armas cuarteleros, donde las tropas llevaban a cabo sus ejercicios cotidianos. Aparte de las evoluciones propias de la HIPPIKA GYMNASIA, de la que ya hablaremos otro día porque eso era para las tropas veteranas, el EQVES debía pasar al galope ante una diana colocada ante la tribuna armado con cuatro jabalinas. Antes de llegar a su altura debía lanzar una primera, otra al pasar ante ella, otra cuando la había sobrepasado, y algunos hombres especialmente diestros aún eran capaces de lanzar la cuarta arrojándola por encima de su hombro izquierdo. Obviamente, también eran entrenados en el manejo de la SPATHA a caballo cuando había que rebanar gaznates enemigos, entrenamiento que complementaban realizando maniobras entre grupos simulando combates a caballo.


Arquero a caballo hacia el siglo VI. Su técnica fue copiada,
como casi todo en el ejército romano, de ejércitos extranjeros,
en este caso los partos y los sármatas
Y a sus destreza con las armas debían mejorar en la monta aprendiendo a saltar obstáculos, saltar sobre zanjas y subir o bajar acusadas pendientes sin caerse y sin que el animal se desequilibrase. En resumen, un entrenamiento bastante complejo, largo y peligroso porque más de uno se desnucaría de una caída. A partir del siglo I d.C., los entrenamientos eran dirigidos por el EXERCITATOR EQVITVM, seleccionado entre los centuriones más veteranos y cualificados. Este era a su vez asistido por el MAGISTER CAMPI. No obstante, el que marcó la pauta para establecer un método mucho más completo fue el mismo emperador Adriano, que como soldado veterano que era sabía sobradamente el papel que debía llevar a cabo la caballería. Por ello, insistió en que los jinetes debían entrenar no solo entre ellos, sino también en combinación con la infantería para saber cómo apoyarse mutuamente, e incluso debía aprender a tirar con arco a caballo para contrarrestar a sus enemigos partos y sármatas, especialmente diestros en esta disciplina. Según Vegecio, el método implantado por Adriano seguía vigente en el siglo V, y las prácticas ante la tribuna eran obligatorias tres veces al mes. 

Crueles, corruptos e implacables, se
bastaban para meter en cintura al
personal más rebelde
Bien, este era, grosso modo, la ARMATVRA o, al menos, gran parte del proceso de adiestramiento de las tropas que en modo alguno se daba por concluido tras los cuatro meses iniciales. O sea, que si lo que pretendían era darse a la molicie y vivir apaciblemente en una guarnición durante los 12 años del enganche a la espera de trincar la prima por la licencia estaban listos. El entrenamiento no cesaba jamás, las marchas se seguían realizando todos los meses hiciera frío, calor, lloviese o nevase, las horas de entrenamiento con el poste ídem, así como correr, saltar, nadar o lo que se terciara porque el ejército no permitía que el personal se tornara perezoso y se pasaran el día jugando a los dados, escapándose del campamento para irse de putas o agarrando cogorzas de campeonato a base de vinagre. Los centuriones velaban constantemente por el orden y la limpieza de las dependencias de la tropa y los animales, por el mantenimiento del equipo en perfecto estado de revista, y ya hemos explicado varias veces que los castigos ante los rebeldes o los vagos eran temibles, desde las famosas palizas del desmedido "CEDO ALTERAM", (¡Dame otro!) el famoso centurión que partía el VITIS en los lomos del personal, a tandas de latigazos con el FLAGELLVM o, peor aún, con el FLAGRVM, con el que se podía incluso matar a un hombre.

No obstante, la realidad es que se sabe muy poco de quienes eran los que dirigían estas sesiones de "fitness" tan estimulantes. Como ya comentamos en su momento, el ejército llegó a recurrir a los DOCTORES de las escuelas de gladiadores para que instruyesen a las tropas en el manejo de las armas. La primera y más temprana mención a la ARMATVRA procede de Tito Livio en el 169 a.C., pero no como parte del adiestramiento militar sino como un tipo de ejercicio propio de gladiadores que se realizaba en los anfiteatros. Posteriormente también era denominado como ARMATVRA PEDESTRIS o PYRRHICHA MILITARIS, lo que podría indicar que su origen podría estar en la pyrrhiche, el entrenamiento al son de flautas que practicaban los espartanos. No se concreta en qué consistía ya que el término en sí, ARMATVRA, que podría traducirse como ejercicio con armas, es un tanto ambiguo, pero en lo que a mí respecta deduzco que originariamente podría tratarse de algún tipo de espectáculo en el que los gladiadores mostraban al respetable su destreza con las armas.  Vegecio lo menciona como "el ejercicio de la ARMATVRA", que "...hoy solo se exhibe en los circos los días de fiesta", pero aseguraba que los que lo dominasen podrían vencer sin problemas a cualquier enemigo. Así pues, se sabe que era un tipo de entrenamiento que fue adoptado por el ejército como un método reglamentario, al parecer a partir del siglo I d.C.

El entrenamiento con armas simuladas de más peso que las reales no solo
desarrollaba la musculatura, sino que hacía que a la hora de la
verdad el escudo y la espada parecieran una pluma
En su EPITOME REI MILITARIS, Vegecio insistía afanosamente en la conveniencia de que el ejército retomase esa práctica ya que, cuando hizo su compilación de temas militares en el siglo V, el ejército romano empezaba a ser una sombra de lo que había sido, con los LIMITANEI que debían custodiar las fronteras del imperio dedicados más tiempo a atender sus negocios y sus tierras que a la cosa militar, y tomándose solo un rato por las tardes a hacer el ganso en el CAMPVS de su CASTRVM para cubrir el expediente. Solo las unidades de élite seguían manteniendo un nivel de entrenamiento aceptable, pero estas fueron disminuyendo de forma progresiva. Debido a la evidente molicie que reinaba entre las tropas, Vegecio recordaba cómo "... la disciplina de este ejercicio [ la ARMATVRA ] fue observada tan estrictamente por nuestros mayores que a los maestros de armas se les recompensaba con doble ración, y a los soldados que habían aprovechado poco en aquel entrenamiento, se les obligaba a tomar en lugar de trigo cebada, y no se les volvía a dar su ración de trigo antes de haber demostrado con pruebas en presencia del prefecto de la legión, de los tribunos y de otros oficiales, que cumplían todo lo que requería el arte militar”. No olvidemos que para un legionario no había mayor ofensa que privarles del pan, que consideraban el alimento más digno y propio de guerreros, y que lo preferían antes que la carne o cualquier otra delicia gastronómica.


SAGITTARII haciendo sus prácticas que, a la vista de la expresión de los
asistentes, deben estar resultando un verdadero churro
Los hombres que dirigían la ARMATVRA acabaron tomando el nombre del ejercicio en sí, si bien no sabemos quiénes eran los designados para ello. Podrían tratarse, al menos en sus comienzos, de centuriones veteranos que se las sabían todas y, además, tenían autoridad sobrada para imponerla y hacer que un tullido saltase a la comba si hacía falta, pero también es posible que, a medida que pasó el tiempo, fueran también legionarios veteranos que alcanzaban un rango denominado CAMPIDOCTOR, lo que de por sí ya les daba potestad para imponer su autoridad. El término CAMPIDOCTOR surgió hacia finales del siglo II d.C. y tiene una etimología más que obvia: hace referencia al CAMPVS donde se desarrollaban las maniobras, y a DOCTOR, maestro, por lo que un CAMPIDOCTOR era un maestro de campo. Ciertamente, debían gozar de un estatus muy elevado dentro de su legión aunque no se sepa cuántos de ellos había en cada unidad si bien hay constancia de que, por ejemplo, en el siglo III d.C. la LEGIO II ADIVTRIX contaba con los suficientes CAMPIDOCTORES como para formar una SCHOLA, aunque desconocemos si cada centuria tenía el suyo o bien cada cohorte. Lo que sí sabemos es que no se alcanzaba el rango de CAMPIDOCTOR en dos días. Tenemos por ejemplo a un tal Staberio Felix, perteneciente a la LEGIO VII GEMINA, que tardó 12 años en alcanzar el grado de DISCENS ARMATURÆ, o sea, instructor en prácticas. Recordemos que 12 años era el tiempo de duración del primer enganche, y en ese tiempo podía uno hasta aprender a hacer punto de cruz con el PILVM. Pues nuestro hombre solo llegó a aspirante, así que podemos dar por sentado que un CAMPIDOCTOR era un maestro consumado en el manejo de cualquier tipo de arma que se usase en el ejército. 

Arrojando las PLUMBATÆ. Una lluvia de cientos de esos dardos podía
diezmar las primeras filas del ejército enemigo de una tacada gracias a
su gran poder de penetración. Además, sus puntas barbadas imposibilitaban
su extracción tanto de los escudos como del cuerpo
Otras unidades también tenían sus maestros de armas específicos, como el EXERCITATOR EQVITVM de la caballería o el DOCTOR SAGITTARVM de los arqueros. Al parecer, también se creó el rango de ARMIDOCTOR, un instructor de alto rango que, en este caso, podría ser exclusivo de los pretorianos, y que tras cumplir los 16 años del enganche en la guardia podían pedir el traslado como CAMPIDOCTOR a una legión donde se reengancharían por 12 años más. Hubo probos instructores de estos que dedicaron literalmente su vida al ejército, como Lucio Pellartio Celer que, tras su periplo como pretoriano y pasar a ser un EVOCATVS (licenciado), se le ofreció reengancharse como CAMPIDOCTOR en la LEGIO XV APOLLINARIS, de la que se licenció finalmente tras la friolera de 43 años de servicio. Por cierto que la ARMATVRA debía ser un ejercicio tan completo que incluso se tiene constancia de emperadores que la practicaban, como el mismo Adriano, Constancio II o Juliano el Apóstata.

Tropas formando el FVLCVM. Tras ellos se colocaban los arqueros para
ir aclarando las filas enemigas que, cuando llegasen dentro del alcance
de los PILA, recibirían una lluvia de jabalinas
Bien, dilectos lectores, en esto consistía la ARMATVRA, un eficaz método para convertir a las tropas en verdaderos atletas con una resistencia física que ya quisieran muchos de los que actualmente van de deportistas por la vida. Eran ágiles, fuertes, incansables, soportaban todo lo soportable e incluso lo insoportable bajo cualquier condición meteorológica, la falta de sueño, de alimento, saltaban, corrían y caminaban horas y horas y, a todo ello, sumarle una destreza mortífera en el manejo de las armas. El dominio y la constante práctica de la ARMATVRA fue lo que les permitió dominar a naciones enteras durante siglos, y su decadencia fue precisamente lo que supuso en principio del fin del mayor imperio que había conocido el mundo hasta aquella época. El mantenimiento de las tropas que debían guardar sus dominios era muy caro y nutrido cada vez más por tropas mercenarias, mientras que su rendimiento era cada vez peor hasta el extremo de que, a partir del emperador Constancio III a mediados del siglo V, hasta evitaban enfrentarse con ningún ejército en batalla campal porque el nivel del ejército era una birria, y cualquier horda de energúmenos podría arrollarlos en un periquete porque, por perder, habían perdido hasta las dos principales cualidades de las legiones: el espíritu de cuerpo y la VIRTVS.

En fin, criaturas, imagino que con esta extensa perorata no habrá un solo cuñado capaz de rebatirles nada sobre el eficaz método de adiestramiento de las legiones romanas. No duden en humillarlos sin misericordia en cuanto puedan con esto de la ARMATVRA, que no creo que el calvo del Canal Historia lo haya sacado a relucir alguna vez.

Que el bicho coronario os sea leve y se mantenga alejado de vuecedes ahora que empieza el desconfinamiento, amén de los amenes.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS: 

PLUMBATÆ, LAS ESPINAS DE MARTE


GLADIVS, ADIESTRAMIENTO Y USO EN COMBATE



6.000 ciudadanos correosos, atléticos, diestros en el manejo de las armas y, encima, con un elevado sentido del deber y
seguidores de una disciplina férrea eran muy muy difíciles de derrotar

sábado, 22 de diciembre de 2018

Disciplina, delitos y castigos en el ejército romano 2ª parte


El ANIMADVERSIO FVSTIVM, las penas de azotes, eran las más frecuentes en casos de indisciplina. Se administraban
en presencia de toda la unidad para humillación y escarmiento del que la recibía y ejemplo para sus compañeros

Bien, prosigamos con el tema disciplinario de estos probos y belicosos ciudadanos.

Golfos y chorizos ha habido siempre. Ahí vemos al alevoso Catilina en
una estampa que parece sacada del actual congreso de los diputados. Al
menos, en aquella época el que la hacía la pagaba, y bien pagada.
En la entrada anterior pudimos ver como para el militar romano la disciplina no consistía en sí misma en un código escrito, sino en una serie de usos y costumbres que debía aprender y observar rigurosamente para no perder su honorabilidad. Sin embargo, pretender que absolutamente todos los miembros de una sociedad fuesen honorables era un quimera hace 2.500 años y hoy día, como demuestran a diario los políticos, los cuñados, los traficantes de drogas, etc. En una legión nutrida por varios miles de hombres siempre había alguno que se saltaba esas normas en forma de faltas o delitos que debían ser castigados por tres motivos: uno, como escarmiento para que lo volviera a hacer; dos, como aviso al resto de lo que le ocurría al que se saltara las normas, y tres, porque con  su mala acción había puesto en peligro la vida y/o la libertad de sus camaradas. De hecho, en las legiones no había verdugos designados ejecutar la sentencia, sino que esta la hacían efectiva sus propios compañeros precisamente como un acto de venganza por haber traicionado la FIDELITAS que les debía. Por otro lado, hemos mencionado los términos "delito" y "falta" para diferenciar lo grave de lo leve, si bien ambas son denominaciones modernas conforme a nuestros códigos penales. En aquellos tiempos no existían esas distinciones semánticas, y podía ser un delito desde desertar a robarle el tabaco y el mechero a un colega si bien, como es lógico, cada uno de esos delitos conllevaba un determinado castigo que, aunque como ya comentamos en la entrada anterior, no fueron debidamente enumerados por Mauricio en su STRATEGIKON a finales del siglo VI d.C. 

Pandataria, resort vacacional para personas non gratas a los césares
En el ejército romano no se contemplaba la privación de libertad como castigo. Ese tipo de penas, como ya comentamos alguna vez, son un invento moderno, y solo determinados personajes eran puestos a buen recaudo porque no interesaba matarlos debido a su popularidad o a que su muerte no interesaba al estado, recurriendo entonces al destierro o al confinamiento en lugares aislados donde no pudieran seguir haciendo la puñeta al personal. ¿Recuerdan la isla de Pandataria? Por lo tanto, los castigos que recibían los infractores de las normas eran, en función de la gravedad del delito, la muerte, administrada de formas diversas según la tradición o el capricho del que la ordenaba; castigos físicos con un surtido bastante extenso para delitos tanto mayores como menores; humillaciones, también de varios tipos para que el reo sintiese sobre sí el olímpico desprecio de sus compañeros e incluso la sociedad y, finalmente, castigos de tipo pecuniario. Faltarían por mencionar los simples bofetones, collejas o estacazos que administraban los centuriones por chorraditas de la misma forma que hasta hace no muchos años aún se le daban dos hostias al guripa que se había puesto chulo con el cabo de cuartel, llegaba tarde a pasar lista o se hacía el enfermo para escaquearse de una tercera imaginaria, las más asquerosas de todas.

Pero, ¿qué delitos se contemplaban contra la DISCIPLINA MILITAR tan preciada por los romanos? Veámoslos de más a menos grave...

La pérdida de las águilas y demás enseñas eran más que un delito. Eran un
pecado, una ofensa a los dioses, una traición al senado y al pueblo de Roma.
Ni un cuñado se atrevería a dejarse arrebatar la insignia sin antes dejarse matar
Los más abominables eran los que atentaban contra la seguridad del conjunto, ya fuese toda la legión, una cohorte o una simple centuria. Por ello, la deserción (DECEDERE) era quizás la peor de todas porque, en sí, comprendía toda una serie de delitos a cual más horripilante. Un desertor traicionaba a sus compañeros, a sus mandos y al pueblo de Roma, y si encima se pasaba al enemigo en plena batalla ni te cuento porque entonces se les consideraba como enemigos de Roma. También se consideraba deserción largarse del campo de batalla, o sea, huir y, por supuesto, facilitar información al enemigo que pudiera comprometer la seguridad del ejército dando cuenta de los puntos flacos de un fuerte o campamento, cómo se desarrollaban las guardias, etc. La deserción podía ser individual o bien en grupo, es decir, cuando una unidad completa ponía tierra de por medio y, para colmo, permitía que las insignias cayeran en manos del enemigo que era el más monstruoso delito concebible. Una unidad que perdía sus estandartes, desde el águila a la SIGNA de una centuria, quedaba marcada por la ignominia para siempre salvo que posteriormente llevasen a cabo una acción tan absolutamente heroica que les permitiese ser rehabilitados. Ojo, el simple hecho de que una unidad flaqueara en batalla o no se hubiese comportado conforme a lo que el legado de la legión consideraba digno de ellos ya podía suponer un castigo colectivo.

El robo o la pérdida de una bestia de carga era un delito contra
el bien común, o sea, contra toda la legión
Otro delito considerado de extrema gravedad es, como sigue ocurriendo en los ejércitos modernos, perder las armas. Mientras que el nivel de uniformidad era menos tenido en cuenta, y más en caso de alarma, lo que no se toleraba era la pérdida de armas, tanto ofensivas como defensivas, durante la batalla. En estos casos, dependiendo de las circunstancias en que se habían perdido y conforme a los testimonios de los compañeros, podía suponer la diferencia entre una condena a muerte o a un castigo físico. Curiosamente, estaba igual de penado perder o robar una acémila, ya fuese burro o mula tanto en cuanto varios hombres saldrían perjudicados por ello ya que lo que transportaba el animal tendrían que llevarlo sobre sus sufridos lomos. Como vemos, el tema del bien común siempre prevalecía hasta en esos detalles. 

Los siguientes en la escala de abominabilidad eran: fomentar motines, conspirar contra los mandos, dar falso testimonio o aportar pruebas falsas durante una investigación, la insubordinación o llegar a maltratar de obra o palabra a los mandos, escaparse del campamento para irse de jarana y volver saltando por los parapetos o los muros, el robo, tanto de bienes como de objetos, la sodomía o cualquier relación de tipo homosexual, recaer por tres veces en delitos menores y, el más grave de todos en esta escala, quedarse dormido durante una guardia tanto en cuanto dejaba vendidos a sus compañeros. Todos los enumerados hasta ahora eran merecedores de la pena de muerte, la cual solo podía ser ordenada por el comandante de una legión o un ejército. La investigación de los hechos era encomendada a uno de los tribunos militares que podía recurrir a la ayuda del  QVÆSTIONARIVS, un interrogador que podía ejercer de torturador para apretarle las clavijas a los sospechosos. Con los resultados de la investigación, el tribuno informaba a otro que sería el encargado de dar cuenta de todo al comandante supremo. Con la unidad a la que pertenecía el culpable formada, el tribuno tocaba con una vara al reo y, como ya se ha dicho, recibía el castigo de manos de sus propios compañeros a los que había puesto en peligro con su delito. Aunque cada cohorte tenía su propio QVÆSTIONARIVS, en las legiones no había verdugos.

Como ya hemos comentado muchas veces, los centuriones podían hacerle
literalmente la vida imposible a sus subordinados. Más de uno y más de dos
acabaron linchados por su propia centuria, hartos de sus abusos
Conviene hacer una puntualización respecto al delito de deserción ya que se consideraban una serie de atenuantes en base a determinadas circunstancias. Con el paso de tiempo se pudo comprobar que se producían deserciones por simple miedo a ser castigados por delitos menores. El pánico que inspiraban los centuriones y a recibir una buena somanta de palos hacía que más de uno prefiriera largarse, por lo que en este caso la deserción no estaba considerada en sí como un acto de traición. Así pues, si el fugitivo decidía volver mottu proprio a su unidad antes de que las patrullas que le buscaban le echaran el guante, el castigo recibido sería mucho más indulgente. En caso de ser varios hombres los que habían decidido desertar, si regresaban lo primero que se hacía era destinarlos a cada uno a diferentes unidades, donde al carecer de amigos con los que tramar otra huida y al sentirse vigilado por sus nuevos compañeros se lo pensarían dos veces antes de volver a las andadas. 

El OPTIO, ayudante del centurión y su sucesor cuando
éste ascendiera o palmara en combate, también sabía
imponer la disciplina llegado el caso
Y, como ya avanzamos en la entrada anterior, a la hora de reprimir un delito se podían considerar algunos atenuantes como el buen historial del legionario, su antigüedad, siendo más indulgentes con los novatos, haber cometido la falta bajo los efectos del vino (en España, sin embargo, cometer una fechoría bajo los efectos del alcohol o las drogas es un agravante, lo cual me parece cojonudo porque nadie te obliga a beber o a drogarte). Al parecer, Marco Antonio hizo establecer una especie de fichero con los nombres y detalles de los delitos perpetrados por los individuos más problemáticos de las legiones a sus órdenes, de forma que se convertían en los primeros sospechosos en casos de robos, trapicheos, murmuraciones y de otros delitos que, tras pasar por el QVÆSTIONARIVS, solían acabar siendo los culpables. Ya sabemos que los que no tienen arreglo, no hay forma de corregirlos. Así mismo, la deserción contemplaba algunas atenuantes cuya aplicación también quedaban al arbitrio del tribuno que investigaba el tema. Podían ser el no reincorporarse después de un permiso por caer enfermo, por algún asunto familiar de gravedad exceptuando fallecimientos de cuñados o por tener que perseguir a un esclavo de la familia que había tomado las de Villadiego. Todo ello, lógicamente, aportando los testimonios necesarios para demostrar que lo dicho era verdad. En casos así y en base a la graduación y el historial del legionario pues igual la cosa quedaba en nada o, a lo sumo, en una multa o algo por el estilo.


En todo momento, el legionario debía mantener su armamento
en perfecto estado de conservación ya que de ello dependía,
además de su propia vida, la de sus compañeros
Por último, restan solo las típicas chorraditas militares que los centuriones y los OPTIONIS reprimían a estacazos: no mantener la formación, ser el típico negado que metía la pata a todas horas, no trabajar con el ímpetu y la dedicación adecuados y, en fin, todas las cosas que en todos los ejércitos de todas las épocas han sido motivo para que a uno le den dos leches o te metan una imaginaria o una guardia extra. Una observación: los centuriones no tenían potestad para juzgar y condenar delitos. Su férrea disciplina se basaba en hacer de ogros corruptos para tener al personal a raya, pero en caso de delitos como los arriba mencionados los que intervenían eran los tribunos, y el que condenaba o perdonaba era el legado o, en su defecto, el TRIBVNVS LATICLAVIVS o el PRÆFECTVS CASTRORVM, que era el tercero en orden de jerarquía. Finalmente, solo restaría hacer referencia a los abusos contra la población civil, ya fuesen ciudadanos romanos o meros provincianos y que, como comentamos en la entrada anterior, eran por desgracia víctimas de la brutalidad o la codicia de los legionarios. Obviamente, este comportamiento estaba penado, pero era muy difícil de controlar por los mandos de un ejército. ¿Quién demostraba que el legionario Penis Magnus había violado a la parienta y a las tres hijas de un aldeano de la Galia o de Egipto? ¿Quién testificaba ante todo un legado que el OPTIO Ávidus Pecuniam no había arramblado con los ahorros de un humilde labriego?  En fin, era complicado controlar al personal que merodeaba en busca de suministros para su legión, y más si al mismo legado le daban diez higas que Penis Magnus se calzase a 200 galas o que Ávidus Pecuniam robase a calzón quitado mientras no lo hicieran en las arcas del ejercito.

Los abusos contra los civiles eran el punto flaco de
la proverbial disciplina. Al considerarse a sí mismos
como pertenecientes a un estamento superior, los
legionarios se pasaban tres pueblos con los paisanos
Bien, estos eran, grosso modo, los delitos perseguidos en el ejército romano. Como hemos visto, prácticamente los mismos que se siguen castigando en los ejércitos actuales, si bien los castigos ya no son lo mismo. Antes eran un poco más... estrictos. Veamos cómo metían en cintura al personal. La potestad para imponer el COERCITIO o castigo fue variando a lo largo del tiempo. Así, mientras que en la República las penas de muerte o IVS GLADII solían imponerla los tribunos con el visto bueno del cónsul o el legado que estuvieran al mando de la legión, con la llegada del Principado era el Senado el que podía condenar a muerte si bien, de facto, era el emperador el que daba el beneplácito. En caso de ser penas que no supusieran la muerte del reo, la responsabilidad de imponerla era del legado pero, insistimos una vez más, no había un código que dictase qué pena correspondía a un determinado delito, por lo que el alcance, la duración o la mera aplicación de las mismas era por lo general arbitraria, habiendo comandantes que castigaban con extrema severidad delitos que otros pasaban con más benevolencia, o se enseñaban con la tropa mientras que con los centuriones o sus ayudantes eran menos estrictos o, simplemente, se dejaban guiar por la simpatía que les inspirase el acusado.

DECIMATIO reglamentaria, en la que no solo tardabas un ratito en palmarla,
sino que ese ratito debía ser extremadamente desagradable
De todos los COERCITIONIS, el que quizás sea más conocido y más terrible de todos era el DECIMATIO, aplicado en contadas ocasiones ante casos de deserción en masa ante el enemigo o motines especialmente graves. Este castigo podía ser aplicado desde a unidades pequeñas como una o varias cohortes a una legión o a un ejército entero llegado el caso, y consistía en dividir al personal en grupos de 10 hombres, y entre ellos echaban a suertes quién pagaría el pato. En el caso de ser una cohorte, pues 48 de sus miembros acababan ejecutados por sus propios compañeros, bien a estacazos o a pedradas. En el muy improbable caso de que, una vez terminado el castigo, alguno quedara vivo, se le prohibía volver a Roma para siempre jamás, quedando su nombre marcado por la ignominia de forma perpetua. Pero ojo, que los que no habían sido señalados por el destino para ser ejecutados también recibían su castigo, que por lo general consistía en verse sometidos al FRVMENTVM MVTATVM (cambio de raciones, literalmente) y a pernoctar EXTRA VALLVM, o sea, que les retiraban la carne de sus raciones cotidianas y se les daba cebada en vez de trigo para elaborar el pan. Obviamente, con esta medida se pretendía humillar a los culpables ya que se les asimilaba a las bestias de tiro y los caballos, que era lo que consumían. Pernoctar EXTRA VALLVM significaba tener que trasladar sus CONTVBERNII fuera del campamento, lo que podía significar la muerte si estaban en territorio hostil. La duración de estas penas accesorias quedaba al arbitrio del legado, y podían pasar meses o incluso años antes de que se considerase que la unidad castigada ya había purgado su falta. Además, de les obligaba a repetir el SACRAMENTVM, o sea, el juramento de fidelidad ya que consideraban que al perpetrar el delito lo habían roto.

Permitir que el enemigo lograra introducirse en el campamento era también
un delito por el que una legión entera podía verse diezmada
El primer caso conocido de DECIMATIO lo llevó a cabo el cónsul Apio Claudio Sabino en 471 a.C. durante las guerras con los volscos. Sabino era un aristócrata de carácter desmedido y soberbio al que sus tropas se negaron a seguirle tras haber visto su propio campamento casi desbordado por los enemigos. Tras acceder a batirse en retirada, el ejército se disponía a prepararse para la marcha cuando, de forma repentina, un nuevo ataque de los volscos sembró el caos en la retaguardia de las tropas romanas. Según Livio, "la confusión así producida se extendió a las filas de vanguardia y produjo tal pánico en todo el ejército que fue imposible que se escuchasen las órdenes o que se formase una línea de batalla. Nadie pensaba en nada más que huir. Se abrieron paso sobre montones de cuerpos y armas con tan apresurado salvajismo que el enemigo cesó en la persecución antes de que los romanos dejasen de huir. Por fin, después de que el cónsul hubiese tratado en vano de seguir y reunir a sus hombres, las tropas dispersas se reunieron de nuevo y asentaron su campamento en un territorio no alterado por la guerra".

La revuelta de Espartaco fue un verdadero desafío al orgullo de Roma. Los
enemigos no eran naciones vecinas, sino meros esclavos que les estaban
poniendo las peras a cuarto. Craso tuvo que imponer la disciplina más
rigurosa para estimular a sus tropas incluyendo la DECIMATIO
Está de más decir que Sabino se agarró un cabreo de los que hacen época. Tras restablecerse el orden, "convocó a hombres a una asamblea, y tras lanzar invectivas, con perfecta justicia, contra un ejército que había faltado a la disciplina militar y abandonado sus estandartes, les preguntó por separado dónde estaban sus estandartes, dónde estaban sus armas. Ordenó que azotasen y decapitasen a los soldados que habían arrojado sus armas, a los portaestandartes que habían perdido sus insignias, y además de éstos a los centuriones y duplicarios que habían desertado de sus filas. De cada diez hombres, se eligió uno por sorteo para recibir suplicio". De este CASTIGATIO también dio cuenta Polibio, si bien de forma menos prolija, cuando afirmaba que "si es un grupo grande, se apedrea una décima parte del grupo, se les hace acampar fuera de la empalizada y se les da de comer cebada". No se volvió a conocer un DECIMATIO hasta cuatro siglos justos más tarde a manos de Craso durante la revuelta de Espartaco, pero no fue la última. Marco Antonio, Octavio Augusto, Galva y Lucio Apronio también llegaron a poner en práctica este cruel y expeditivo castigo porque, al cabo, podían suponer cientos de ejecuciones en caso de tratarse de una legión. En todo caso, como vemos, no fue habitual, y tanto el FRVMENTVM MVTATVM como el EXTRA VALLVM eran penas accesorias que, por otro lado, sí era habitual aplicarlas por delitos menores. 

FVSTVARIVM SUPPLICIVM
Lo habitual en casos de deserciones, pérdida de armas o dormirse en una guardia eran castigados de forma habitual con la decapitación de reos a nivel individual o mediante el FVSTVARIVM, una soberana paliza aplicada con bastones o FVSTIS. Polibio lo describe como "el que no transmite una orden o hace mal su guardia es tocado por una vara por el tribuno y enseguida las tropas lo apalean y apedrean hasta la muerte. Si se salva no tiene derecho de volver a su patria. Se garantiza de esta forma que se hagan bien las cosas en el turno de noche". Como vemos, lo habitual era aplicarla hasta la muerte del reo si bien en caso de sobrevivir quedaba, como se ha dicho, desterrado de por vida, deshonrado y, naturalmente expulsado del ejército. En sus primeros tiempos, el FVSTVARIVM se aplicaba como en los ejércitos de los siglos XVIII y XIX la carrera de baquetas, en las que el reo debía pasar por una doble fila formada por sus propios compañeros mientras lo breaban con las baquetas de sus mosquetes. Este caso era similar, pero con bastones. El primero en golpear era el tribuno, que se situaba en el extremo de la fila por donde el atribulado legionario empezaría a recibir más palos que una estera. Otro instrumento para practicar esta pena era la VIRGA, una fina vara de olmo o abedul que, si llegaba el caso, se elegía entre las más nudosas y con púas para que hicieran más daño, en cuyo caso eran denominadas como SCORPIO. Según el visigodo Isidoro, la VIRGA era la vara que nacía de las ramas de un árbol. Su nombre provenía de VIRTVS porque poseía en sí una enorme fuerza para resistir los embates del viento y tal. Pero que nadie se engañe, porque una paliza a base de VIRGÆ podía ser tan mortífera como la que se propinaba con el FVSTIS

Probo ciudadano recreacionista-cónsul escoltado por sus lictores.
Obsérvense como están formados por un haz de VIRGÆ donde
está unida el hacha
A título de curiosidad, las FASCIES que portaban los LICTORES no eran sino haces de VIRGÆ unidos por una cinta que, con la hoja del hacha, simbolizaban el poder de los magistrados para castigar a los delincuentes. A ser un instrumento honorable, en la República y los primeros tiempos del Principado los tribunos que por cualquier causa eran condenados a muerte eran decapitados con el LICTOR y no con el GLADIVS, y por supuesto nada de ser molido a palos, que las clases son las clases.

El que quizás fuera el castigo físico más habitual era el ANIMADVERSIO FUSTIVM o FLAGELLO, los azotes, una costumbre al parecer heredada de los etruscos y que se llevaba a cabo delante de toda la unidad del reo para escarmiento del personal. El FLAGELLO podía administrarse de muchas formas y con diversos instrumentos, desde palizas hasta la muerte a simples tandas de latigazos que le dejaban a uno inconsciente y con el lomo en carne viva unas cuantas de semanas pero, eso sí, sin que hubiese una infección de por medio. Decenas de heridas abiertas en la espalda podían acabar degenerando en una septicemia galopante que finiquitase al legionario castigado en un periquete. El látigo más básico y menos dañiño era la SCVTICA, un simple mango de madera del que pendían varias finas correas elaboradas con piel de buey. Debía doler de cojones, pero sus heridas eran de ínfima gravedad si las comparamos con las resultantes de un FVSTVARIVM. Pero había instrumentos infinitamente peores que la SCVTICA que podían matar a un hombre en menos que canta un gallo.

Jarabe de FLAGELLUM para redimir las culpas
El siguiente en capacidad destructiva era el FLAGELLVM, un látigo similar a la  SCVTICA pero con las tiras de cuero anudadas, lo que producía cortes y heridas abiertas bastante peligrosas, pero el FLAGELLVM era en realidad el diminutivo del que quizás fuese el instrumento más terrorífico y dañino de todos los que se han usado para flagelar al personal, el FLAGRVM. Los había de varios tipos, a cual más demoledor y que, en cualquiera de los casos, podían dejar inconsciente a un hombre fuerte con pocos golpes y hasta matarlo llegado el caso. De hecho, los estudiosos de la Síndone afirman, y no van precisamente descaminados a la vista de las marcas que se observan en el cuerpo que envolvió, que fue este el tipo de látigo que se usó para brear a Jesucristo antes de su ejecución, y no deja de ser asombroso que un hombre sometido a semejante castigo fuese luego capaz de caminar cosa de kilómetro y medio desde la fortaleza Antonia al Gólgota, y encima cargado con un travesaño que debía pesar lo suyo.

A la derecha vemos el FLAGRVM más básico que se despachaba. Como vemos, constaba de tres tiras de piel de vacuno en las que se alternaban una, dos, tres o más bolas de plomo cuyos efectos al golpear la espalda y los costados del reo ya podemos imaginarlos. Una variante la vemos en el detalle superior, en la que las bolas se han sustituido por una pareja del mismo material unidas por un travesaño, quedando unidas a la tira de cuero al término de la misma. Su forma es idéntica a la de una palanqueta de artillería naval de las usadas en los siglos XVIII y XIX, pero en miniatura. Las tiras se unían a un pequeño mango de madera con un fino cordel o un cordón de cuero. Los alaridos que debían soltar los que eran golpeados con ese chisme se oirían en Birmania lo menos. Pero esta era la versión "light", como se dice ahora los pijos cursis y los fabricantes de bebidas y alimentos que engordan una burrada para que el personal crea que esos engordan menos. Los había mucho peores. 

A la izquierda podemos ver el FLAGRVM TAXILLATA, que según otros fue el que sufrió Jesucristo. Como vemos, también consta de tres correas pero que, en vez de esferas de plomo, contienen TAXILLVS o dados, o sea, pequeñas piezas cúbicas que, lógicamente, debían causar un destrozo mucho mayor en las carnes de las víctimas de sus trallazos. Hay diversas teorías acerca de la traducción correcta de este tipo de látigo ya que según el cronista recibe un nombre diferente, habiendo quien los denomina como FLAGRVM TESSELATVM (por TESSELA, como las diminutas piedrecitas que conforman un mosaico) o FLAGRVM TALARIA (diminutivo de TALVS) en referencia a que, en vez de pequeños dados, usaban astrágalos, o sea, pequeños huesecillos que, en este caso, eran de animales. Estos pequeños huesos se anudaban o se perforaban y pasaban a través de las tiras de cuero, produciendo heridas aún más profundas y desgarradoras en la carne. La energía cinética que podía producir uno de estos chismes sería capaz incluso partirle las costillas del reo. En fin, algo muy desagradable que, además, provocaría unas hemorragias bestiales. Pero esta era la versión "medium". Aún quedaba la "heavy", que debía ser la descojonación.

Lo que vemos a la derecha son dos reconstrucciones basadas en sendos ejemplares que se conservan en el Museo Vaticano. En ambos casos se prescinde de tiras de cuero, que son sustituidas por finas cadenas retorcidas de bronce. En la figura A tenemos un FLAGRVM formado por cuatro ramales que, a su vez están rematados por parejas de pequeños pendientes con forma de pera, todo elaborado de bronce. La figura B presenta un ejemplar que consta de una cadena principal que se divide en tres ramales rematados también con piezas esferoidales de bronce. No hace falta ser Doctor en Verduguez con dos másteres en latigazos y palizas para hacerse uno a la idea de lo que debía ser recibir un solo golpe con uno de esos artefactos. Cabe suponer que no eran usados con otra finalidad que matar al reo, porque para dejarlo inconsciente y con la espalda llena de cicatrices de por vida bastaban y sobraban los modelos anteriores. Cada uno de estos FLAGRI podía literalmente dejar las costillas al aire con menos de una docena de golpes, y reventar la caja torácica o clavar las costillas rotas en los pulmones del reo con pocos golpes más. Nunca dejaré de sorprenderme como un pueblo que legó su cultura al mundo entero y por cuyos valores nos regimos en muchos aspectos aún en nuestros días podían llegar a usar este tipo de instrumentos tan bestiales para matar al personal.

Bien, estos eran los castigos físicos, que como vemos eran surtidos y sumamente persuasivos porque ver incluso a un cuñado con la espalda literalmente desollada a golpe de látigo debía ser un tanto inquietante. Ya solo nos restan los, por así decirlo, castigos de tipo administrativo que, por lo general, se basaban en cuestiones económicas y en la humillación del legionario.

Letrina cuartelera. Solo tener que cambiar o limpiar las esponjas que usaban
a modo de papel higiénico debía ser muy estimulante
El más grave de todos era la IGNOMINIOSA MISSIO, que era el equivalente a la actual licencia deshonrosa. Era aplicable tanto a legionarios rasos como a oficiales, y a nivel individual o colectivo. La IGNOMINIOSA MISSIO suponía, además de la deshonra de ser expulsado del ejército, perder todos los derechos acumulados en lo referente a la PRÆMIA EMERITORVM, la prima o pensión en forma de tierras o dinero que recibían los militares cuando se jubilaban. Un castigo de menos relevancia era el GRADVS DEIECTO, o degradación, por el que cualquier oficial podía verse relegado a un rango inferior o incluso a legionario raso. Ya podemos imaginarnos lo bien que lo pasaría un centurión de esos que se ensañaban con el personal viéndose de la noche a la mañana como los que ayer puteaba al día siguiente era igual a ellos. Un castigo similar era el MILITÆ MVTATIO, por el que se podía ser trasladado a una unidad menos prestigiosa o, en el caso de ser legionario, a una unidad de auxiliares y un EQVES  una COHORS EQVITATA. Otra opción podía ser, por ejemplo, que un manípulo de HASTATI fuera degradado para servir como VELITES. Escipión castigó a las legiones derrotadas en Cannas enviándolas a Sicilia, donde permanecieron varios años y fueron obligadas a vivir en los CONTUBERNII sin que se les permitiera construir barracones hasta que, una vez trasladados de nuevo a África, fueron redimidos por su bravura en combate Estos castigos no eran permanentes, pudiendo ser rehabilitado si el afectado optaba por hacer heroicidades a mansalva para lavar su maltrecho honor. De no ser así, pues se quedaba como estaba e iría ascendiendo si podía, aunque como ya sabemos el historial era tenido en cuenta tanto para lo bueno como para lo malo.

Legionario sin cinturón con la túnica suelta que más
bien parece un saco de patatas
Para castigar faltas leves se recurría a MVNERVM INDICTIO, o sea, trabajos extraordinarios que, por norma, debían ser especialmente asquerosillos y desagradables, como limpiar las letrinas del campamento o los establos. Un castigo accesorio a este, pero que también podía aplicarse de forma individual era el PECVNIARIA  MULTO, o sea, una simple multa que se detraía de la paga. Finalmente quedaba el CASTIGATIO, o sea, el bofetón o  bastonazo propinado por el centurión con el VITIS a los malsines o a los díscolos, así como los castigos que se imponían simplemente para humillar al personal y para los que no había otra norma que la creatividad del mando que lo imponía. Ya vimos en la entrada dedicada a la túnica militar que uno de ellos consistía en obligar al legionario castigado a pasearse por el campamento desprovisto de cinturón, por lo que su aspecto con la túnica suelta era feminoide y provocaba las burlas del personal. El mismo Augusto ordenó a uno de sus hombres a permanecer todo el día delante de su CONTVBERNIUM  con la túnica suelta sosteniendo un terrón de tierra en la mano, y hay constancia incluso de haber obligado al personal causante del enojo de sus mandos a vestirse de mujeres ante la rechifla de sus compañeros. 

En fin, así se las gastaban los probos romanos. Como hemos visto, tonterías las justas porque te jugabas una paliza de órdago por cualquier chorrada. Obviamente, no podemos dejar de reconocer que fue esa disciplina férrea la que les permitió enseñorearse el mundo.

Bueo, ya'ta, que es viernes y tampoco creo que haya olvidado nada relevante.

Hale, he dicho

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