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martes, 15 de julio de 2025

EL GRUPO WAGNER

 

El extinto Yevgueni Víktorovich Prigozhin, propietario del Grupo Wagner, antes de que su profunda amistad con el camarada Vladimiro se fuese al carajo

Mercenario, del latín MERCENARIVS, asalariado. El palabro proviene a su vez de MERCES, salario, paga o recompensa. Por ello, y según mi paisano Isidoro, MERCENNARII SVNT QVI SERVIVNT ACCEPTA MERCEDE, uséase, los asalariados son los que sirven aceptando una paga. Originariamente, el término mercenario no tenía las connotaciones militares que adquirió bastante pronto. Un mercenario era simplemente eso, un fulano a sueldo para desempeñar cualquier trabajo, si bien algunos afirman que eran contratados más concretamente para vigilar mercancías, tanto en almacenes como en las caravanas. Es bastante razonable pensar que estos sujetos, que obviamente debían ir armados para quitarse de encima a los amantes de lo ajeno, acabaran derivando en su contexto puramente militar. Aclarado el origen del palabro, procedamos con un breve

INTROITO

Reclutamiento de honderos
Las tropas a sueldo son más antiguas que la tos. Desde hace siglos, los reinos o territorios que no disponían de suficiente personal para enfrentarse con el vecino optaban por contratar probos homicidas para defenderse. Obviamente, el agresor también tenía la opción de hacer lo mismo para aumentar sus efectivos y asegurarse así la victoria. En otros casos, se recurría a los mercenarios especializados, es decir, hombres especialmente diestros en algún desempeño del que carecían las tropas propias. Ya vemos como ejércitos muy bien entrenados, como el romano o el cartaginés, no dudaban en contratar honderos baleares para brear a golpe de glande a los enemigos, o jinetes númidas famosos por su destreza para combatir a caballo. La lista sería interminable pero, lo más significativo en estos casos, es que los mercenarios solo tenían fidelidad a su paga. De hecho, primates de la misma nacionalidad podían combatir en bandos enfrentados, deseando quizás más de uno toparse con sus cuñados para apiolarlos sin tener que dar explicaciones a la parienta. 
Un preclaro ejemplo lo tenemos en Rodrigo Díaz, nuestro glorioso héroe nacional que, desterrado por el memo de Alfonso VI, no dudó en ponerse al servicio del emir de Zaragoza con su mesnada y dar mogollón de estopa tanto a moros como cristianos. En resumen, el oficio de las armas se convirtió en algo bastante lucrativo para los que pasaban de destripar terrones o estrujar a diario ubres vacunas para ganarse el sustento. 

Lansquenetes tomándose un descanso, que saquear
cansa una burrada
Por razones obvias, retrasarse en el cumplimiento de los pagos pactados era lo peor que se podía hacer. A estos fulanos les daban cien higas bélicas las ideologías, los motivos por los que luchaban o si el que los contrataba prefería las gambas a los langostinos siempre y cuando su salario fuese abonado sin demora. Está de más decir que unas tropas compuestas por combatientes de élite podían ponerse muy desagradables llegado el caso, y no dudaban en enfrentarse a los que hasta cinco minutos antes habían sido sus compañeros para rebanarles el pescuezo o saquearles cualquier ciudad para cobrarse por su cuenta y, de paso, desfogar sus humores viriles con las ciudadanas. Tenemos mogollón de ejemplos a lo largo de la historia, desde la Guerra Sin Tregua (241-237 a.C.), desencadenada por los 20.000 mercenarios de Giscón al servicio de Cartago tras la Primera Guerra Púnica, al Saco de Roma, perpetrado en 1527 por lansquenetes alemanes a sueldo del emperador Carlos con la pequeña ayuda de las tropas españolas, que tampoco cobraban y estaba un poco irritados.

Mercenarios suizos en acción. Estos homicidas estaban
especialmente cotizados por su disciplina y su fiabilidad
en el campo de batalla
La época dorada de los mercenarios tuvo lugar durante el Renacimiento, cuando los condottieri italianos, los mercenarios suizos y todos los frikis de la guerra de Europa se enrolaban a las órdenes de cualquiera que levantase en armas un grupo de homicidas para tomar parte en las interminables guerras que asolaron el continente entre los siglos XV y XVII. Curiosamente, en aquellos tiempos, el oficio de mercenario no tenía las connotaciones chungas actuales. De hecho, mogollón de suizos se dedicaban a eso porque en su país, escaso de recursos naturales y de oficios como la agricultura o la ganadería, optaban por convertirse en soldados a sueldo. Esto ha durado hasta nuestros días ya que, al cabo, la Guardia Suiza del Vaticano no son sino los tataranietos de los mismos suizos que velaban por la seguridad del pontificado en una época en la que los papas se ocupaban más del siglo que de Dios. Su declive comenzó cuando los países europeos empezaron a tener estructuras estatales más organizadas y ejércitos permanentes, lo que hizo que el papel del soldado a sueldo menguase notoriamente, viéndose reducido a pequeños grupos reclutados a nivel colonial o tropas, digamos, más exóticas como los mamelucos al servicio del enano corso o los gurkas que combatían con los british (Dios maldiga a Nelson).

Mercenarios portugueses en Angola en 1975
No fue hasta mediados del siglo XX cuando los mercenarios resurgieron de sus cenizas. Los procesos de descolonización llevados a cabo en África dio lugar a que muchos estados de nuevo cuño, sin infraestructura ni conocimientos para formar rápidamente un ejército cualificado, obligó a recuperar este viejo oficio contratando ex-militares, ex-policías y ex-psicópatas entre sus antiguos amos. Si a esto añadimos que, además, los conflictos civiles que estallaban cada dos por tres en estas nuevas naciones, más sus guerras entre ellos por cuestiones territoriales, tribales o de odios milenarios, pues África se convirtió en un semillero de mercenarios que, prácticamente sin nadie con la suficiente autoridad para controlarlos, empezaran a hacer crecer el concepto de mercenario = homicida sociópata a sueldo. Algunos que ya peinen canas o no tengan nada que peinar puede que recuerden las andanzas de estos fulanos en el Congo Belga, Biafra, Angola o Rodesia, donde perpetraron bastantes canalladas y tal. Se pasaron tres pueblos, lo que obligó a la comunidad internacional a tomar cartas en el asunto, si bien tampoco es que se lo tomaran con mucha premura. En 1977 se firmaron los Protocolos de Ginebra, los cuales no entraron en vigor hasta 2001, tras lo cual quedaba prohibido entrenar, contratar o emplear mercenarios... al menos oficialmente, pero quien inventa la ley inventa la trampa y, como suele pasar, una cosa son los tratados que se firman de cara a la galería y otra lo que los gobiernos hacen bajo cuerda.

LOS MERCENARIOS ACTUALES

Mobutu Sese Seko, mandamás del antiguo Congo Belga hasta
su derrocamiento en 1997. Éste fulano y otros como él eran
los principales contratistas de mercenarios
Bien, ya hemos visto cómo fue el devenir de los homicidas profesionales hasta que, de cara a la galería, fueron abolidos para callar a los grupos pro-derechos humanos, los del Kumbaya y, en general, a la opinión pública que veía la de cosas feas que se habían perpetrado en África, aunque sin tener en cuenta que estos fulanos habían sido contratados, pagados y mandados por líderes africanos. Pero como los que salían en los telediarios y la prensa eran primates blancos con jetas de vikingos cabreados, pues nadie parecía caer en la cuenta que los que estaban detrás eran primates negros que aparecían en los telediarios y la prensa muy sonrientes, rodeados de compadres que los jaleaban y vistiendo trajes hechos a medida en Londres y con los dedos llenos de anillos de oro gordísimos. 

Por otro lado, las potencias occidentales no estaban por la labor de perder su influencia de la noche a la mañana, y menos aún que determinados países optaran por cambiar de aliados y no poder seguir aprovechando sus recursos naturales que, obviamente, el pueblo no aprovechaba o, mejor dicho, no podían aprovechar porque sus líderes, sátrapas modernos, se los gastaban en mantenerse en el poder. Pero como el sátrapa ya no podía contratar mercenarios y los países occidentales no podían enviarlos, se inventaron las empresas militares privadas, unos entes que, desde su creación, han estado siempre flotando en un limbo legal, una zona gris que los organismos internacionales no han sabido o no han querido aclarar. De hecho, en muchos casos estas empresas se ven sometidas a las reglas del país dónde operan, y pueden ser legales en unos y en otros no. Y, por otro lado, la disminución de efectivos policiales y militares en la mayoría de países desarrollados obligó a que muchas funciones que antaño eran desempeñadas por personal dependiente directamente del estado fueran sustituidos por... "mercenarios".

Mercenario del siglo XXI. Nada en su indumentaria,
su actitud y su armamento lo diferencian de un policía
Seguramente, nadie ha caído en la cuenta de que un simple segurata es un MERCENARIVS. De hecho, cumple al pie de la letra la definición que daba mi paisano Isidoro ya que cobran un estipendio por hacer un servicio, en este caso vigilar un organismo oficial, un banco, un centro comercial o una discoteca. Las empresas de seguridad privada son simple y llanamente mercenarios que van armados y tienen potestad para hacer uso de la fuerza llegado el caso. Si un atracador se presenta en un banco con la intención de hacer un reintegro masivo aunque no tenga cuenta abierta en el mismo y el segurata le mete dos balazos en la jeta, acaba de actuar como un mercenario en toda regla, pero nadie cae en ese sutil detalle. Basta ese ejemplo para ver cómo el concepto de mercenario ha sido sutilmente disfrazado, de forma que ya no se muestran como feroces homicidas, psicópatas inadaptados o soldados de fortuna, sino como abnegados servidores del bienestar y la seguridad públicos.

Uno de los cometidos más habituales de las empresas militares
privadas es la protección de funcionarios civiles en lugares en
los que cualquier fulano con el cerebro lavado se te arrima
y te convierte en comida para gatos cuando detona su chaleco
cargado con 10 kilos de C4
Y en lo tocante a las empresas militares privadas, pues nos encontramos con algo similar, pero de mucha más envergadura. Si un país occidental necesita intervenir en cualquier parte del mundo sin que nadie pueda acusarlos de injerencia, aunque todos sepan quién está en el ajo y nadie tenga pruebas pero tampoco dudas, pues recurre a este tipo de empresas que, como dijimos, se mantienen en una zona gris que, hasta ahora, nadie ha sido capaz de aclarar. Y no crean que hay unas cuantas, no... son miles las que hay repartidas por el planeta, y dedicadas no solo a enviar fulanos con jeta de perros de presa a matar civiles acojonados, sino a otras cuestiones que, en apariencia, se salen del cometido típico del mercenario: labores de inteligencia, infiltración, seguimiento de malos malosos, hackers, espionaje, protección de personalidades, de buques, etc., etc., etc. Hablamos de legiones de empresas con miles de empleados en algunos casos, y que actúan dónde nadie puede saber o, al menos, demostrar que trabajan a las órdenes de tal o cual gobierno. Si se habla de empresas privadas de este tipo, la primera que se nos viene a la mente es la famosa Blackwater Security Consulting (luego cambiaron de nombre), que tras esa fachada que suena a firma dedicada a diseñar la seguridad de un evento en plan final de copa del mundo de balompié, ya sabemos lo que hay. Los fulanos de Blackwater han estado en el ajo de todos los conflictos en los que han intervenido los yankees en los últimos 25 años, y ha trabajado codo con codo con el ejército estadounidense haciendo lo que los estadounidenses no podían o no querían hacer porque solían ser cosas feas que su opinión pública rechazaría. En todo caso, a los de Blackwater les resultaba más fácil infiltrar a un fulano con jeta moruna, trincar a un cabecilla local de la insurgencia afgana o iraquí, apretarle las clavijas y localizar al jefe supremo, tras lo cual pasaban la información al ejército para que le mandaran un dron a que lo vaporizase mientras oraba a Alláh y lo mandase a gozar eternamente de sus 72 huríes.

La inseguridad de las aguas cercanas al Cuerno de África
a causa de los piratas somalíes ha permitido crear otro
nicho de mercado para los mercenarios modernos. Ahora
saben que al asaltar un mercante no los rechazarán con
chorros de agua, sino a tiro limpio
Bueno, así son, de forma muy resumida, los mercenarios modernos. Como vemos, no tienen nada que ver con los honderos baleares ni los lansquenetes alemanes. Son currantes de empresas legalmente establecidas, que pagan sus impuestos y tal, que cobran su salario mensual más los extras derivados de determinados servicios de los que nadie tiene noticia y que, casi en su totalidad, son ex-militares que prefieren la adrenalina y un jugoso estipendio antes que verse languidecer en una oficina o vendiendo pólizas de seguros. En cuanto a la empresas, está de más decir que, aunque ofrecen sus servicios a cualquiera que los contrate, suelen tener estrechos vínculos con los servicios de inteligencia de sus países de origen, con los que suelen colaborar e intercambiar información. Y, por último, tenemos empresas como el dichoso Grupo Wagner, que podríamos decir que, más que una empresa privada, es una extensión de facto del ambicioso camarada Vladimiro, que hace unos años empezó a oír voces que le decían que era una reencarnación de Pedro el Grande y se empeñó en ser el nuevo zar rojo, una especie de padrecito Iósif, pero capitalista.

EL GRUPO WAGNER

Desde su formación, esta empresa ha estado y está envuelta en un halo de misterio. Pero no de misterio peliculero, sino porque los servicios de inteligencia occidentales no han sido capaces de conocer a fondo quién la creó y cómo comenzó su andadura. Estas empresas suelen estar conectadas con otras que, a su vez, dependen de grandes grupos radicados en paraísos fiscales, de forma que es prácticamente imposible saber poco más que lo que ellos permitan conocer. Así pues, mejor vayamos por partes para no liarnos.

Prigozhin haciéndole la pelota al camarada Vladimiro en uno de
sus lujosos restaurantes. Su entrañable amistad acabaría de muy
mala manera, como es de todos sabido
Por lo general, se considera como fundador del Grupo Wagner a Yevgueni Víktorovich Prigozhin, apodado como "el cocinero de Putin" o "el chef de Putin". Pero ojo, eso es un simple mote creado por Alexéi Anatólievich Navalni, un activista anti-Putin que, como todos los enemigos del camarada Vladimiro, fue eliminado para que no diera más la murga, en este caso envenenado con vete a saber qué porquería. El mote hace pensar que Prigozhin fue un simple cacerolas que cayó en gracia al Vladimiro y se hizo de pasta gracias a eso, pero la realidad es que hablamos de un oligarca multimillonario con mogollón de empresas de catering y restaurantes de lujo frecuentados por la alta sociedad rusa incluyendo a Vladimiro, gracias a lo cual trabó una cordial relación con él... de momento. Entre 2013 y 2014- tampoco se sabe con certeza la fecha- Prigozhin creó, o quizás se sumó como accionista, el Grupo Wagner. Esto tampoco se sabe a ciencia cierta, pero es más que probable que este fulano, a través de sus numerosos contactos políticos, se viera inducido a invertir en una empresa militar privada como una forma de ampliar sus inversiones. Las ambiciones de Vladimiro y sus ansias por aumentar su influencia de África hacían apetecible el asunto, y más si tenemos en cuenta que ni la UE ni los yankees se tomarían bien la intervención de Rusia en un continente dónde habían apoyado a dictadores como Gadafi, Al-Ásad o Sadam Huseín, contra los cuales Occidente, encabezado por Estados Unidos, había gastado muchísimos esfuerzos, dinero y sangre para mandarlos al carajo. Por lo tanto, nada mejor que enviar a una empresa privada que, para despejar posibles sospechas, en aquel momento incluso era ilegal en Rusia. De hecho, según las leyes de aquella época, la participación de un ruso en conflictos armados de otros países podía castigarse con hasta siete años de cárcel, y la financiación, reclutamiento y entrenamiento de mercenarios, con hasta quince años en una de las tenebrosas prisiones rusas cuyo máximo exponente es el Delfín Negro, lo más parecido a un infierno bajo cero.

Dos homicidas profesionales del Grupo Moran en un
petrolero
Así pues, se relaciona al Grupo Wagner con otros dos, el Cuerpo Eslavo, creado por Vadim Gusev y Evgeniy Sydorov en 2013, y el Grupo de Seguridad Moran, formado por Boris Chikin a finales de los 90. Éste último, radicado en Belice porque en Rusia, como decimos, era ilegal, se dedicaba a la protección del transporte marítimo, ganando millones a paletadas trabajando para navieras como Sovcomflot, FEMCO, Murmansk Shipping y United Marine. En cuanto al Cuerpo Eslavo, su principal misión era la seguridad de las instalaciones petrolíferas de Deir ez-Zawr, al este de Siria, donde al parecer no tuvieron mucho éxito a causa del constante hostigamiento de grupos insurgentes deseosos de acabar con el poder de Al-Ásad, firme aliado de Rusia. Y ahora me dirán: ¿Y qué leches tienen que ver estos con el Wagner? Pues, al parecer, digamos que las tres empresas tenían los mismos accionistas incluyendo a Prigozhin, dedicándose cada una a un determinado nicho de mercado sin que, aparentemente, estuvieran relacionadas. ¿Qué cómo se sabe, si de estos fulanos no se sabe casi nada? Bueno, digamos que se relacionan nombres y entonces las cosas cuadran un poco.

Dmitry Valeriévich Uktin
1970-2023
Dmitry Valeriévich Uktin, alias Wagner. Sí, ese fulano de la foto es "el eslabón perdido" a quien, como ven, debe su nombre esta controvertida empresa. Ahí lo pueden ver. Acojona, ¿qué no? Observen que en los hombros lleva tatuados los parches de cuello de las SS, y en el lado derecho del pecho el águila del uniforme alemán. Digamos que podía ir con el uniforme de las SS hasta cuando se duchaba. Bien, es más que evidente que Uktin era bastante aficionado al nazismo y, al igual que el ciudadano Adolf, un apasionado de Wagner, de quien tomó su nombre de guerra. Este sujeto no era un simple chalado, que conste. De hecho, antes de meterse a mercenario había tenido una carrera militar bastante notable. Había servido en el GRU (Главное разведывательное управление, Glavnoye Razvedyvatelnoye Upravleniye), el servicio de inteligencia militar ruso, y se largó de ejército en 2013 siendo teniente coronel del 700º Destacamento de Intervención de la 2ª Brigada Spetsnaz, precisamente dependiente del GRU. Está de más decir que Uktin no era el típico licenciado que, con solo 43 años, se dedicaría a pasar el resto de su vida contando batallitas en el bar poniéndose hasta las cejas de vodka, por lo que se unió inicialmente al Grupo Moran para hacer cruceros armado hasta los dientes y dar estopa a los malvados somalíes. Aquel mismo año se pasó al Cuerpo Eslavo que, tras su fiasco en Siria, acabó bastante maltrecho, pero Uktin tenía muy buenas relaciones con sus antiguos colegas del GRU, y en aquel momento el camarada Vladimiro consideraba que había sonado la hora de poner en marcha su plan imperial invadiendo Crimea y el Donbás como primer paso para aumentar los ya de por sí inmensos territorios de la Santa Madre Rusia.

Columna de VCI's rusos durante la ocupación ilegal de
Crimea. Algún día, Rusia deberá pagar cara esta felonía
En 2014, el camarada Vladimiro ordena poner en marcha la invasión de Crimea, y aquí comienza el verdadero protagonismo del Grupo Wagner que, no lo olvidemos, en teoría era ilegal en Rusia. Pero al Vladimiro le daban varias higas soviéticas los legalismos porque, cuando se invade por las buenas un país sin provocación ni motivo previos, hay que hacer cosas feas que el ejército regular no puede llevar a cabo, y menos en una época en la que, gracias a las redes sociales, lo que ocurre en el polo norte se sabe en el polo sur en dos minutos o menos. Por esta serie de motivos, el Wagner actuó a la sombra del GRU en operaciones muy concretas que, naturalmente, no debían trascender bajo ningún concepto. Así, fueron los encargados de ocupar a base de audaces golpes de mano instalaciones militares ucranianas cuyos defensores estaban en la inopia, operaciones de reconocimiento, sabotaje y escolta de los principales líderes pro-rusos de Crimea y el Donbás y, como es habitual en estos casos, eliminación de personas non gratas cuya permanencia en el planeta no es nada deseable. Toda esta serie de operaciones podrían atribuirse a separatistas ucranianos que actuaban por su cuenta, y no a una empresa financiada por el Kremlin. En aquel momento, el Grupo Wagner contaba- en teoría- con unos 2.500 efectivos que, a pesar de su escaso número, rindieron un servicio altamente satisfactorio.

Esto es lo último que al camarada Vladimiro se le habría
pasado por la cabeza el 23 de febrero de 2022
En febrero de 2022, el camarada Vladimiro considera que ha llegado el momento de dar un paso más y ordena invadir Ucrania a pesar de que el día antes juraba por sus muelas que esa idea jamás se le había pasado por la cabeza. Obviamente, el Grupo Wagner estaba invitado a la fiesta, y en esta ocasión con sus efectivos ampliados a 5.000 hombres, un 75% de los cuales eran de nacionalidad rusa. Y como seguían siendo oficialmente ilegales, pues era el momento de legalizarlos porque el desempeño de estos mercenarios sería en esta ocasión mucho más... vistoso, y no podrían colarse como simples operaciones llevadas cabo por separatistas en un país que, no solo no tenía separatistas, sino que odiaba a muerte a los rusos. Así pues, en junio de aquel mismo año se modificó la ley para especificar que la prohibición de crear grupos de mercenarios se aplicaría solo a los grupos armados que operasen contra los intereses rusos. Como es evidente, era una ley ad hoc para que el Wagner tuviera carta blanca para actuar en Ucrania como una fuerza de élite mercenaria en un momento en el que- en teoría- poderoso ejército ruso se mostró al mundo como una birria de ejército, con tropas mal entrenadas y peor equipadas que no cumplieron el vaticinio putinesco de tomar Kiev en 72 horas. No vamos a redundar en esto, pero ya sabemos que el ejército ucraniano no solo detuvo al "poderoso" ejército ruso, sino que lo rechazó y les llevan causadas ya más de un millón de bajas, una cifra simplemente astronómica en una guerra moderna, aparte de la ingente cantidad de material de todo tipo.

Prigozhin con dos de sus amados homicidas. Este tipo de líderes
suelen tener una gran capacidad para establecer fuertes
vínculos con su gente
El reconocimiento del Grupo Wagner como una empresa legal supuso una serie de cambios notable. Los entrenamientos los llevaban a cabo en instalaciones del ejército ruso, sus heridos o enfermos eran atendidos en hospitales rusos, y sus estipendios eran superiores a los miembros del ejército regular, cuyas familias incluso esperan hasta el infinito y más allá para recibir las indemnizaciones por la muerte en combate de algún pariente. El ejército da largas para no soltar la pasta, y si el pariente fue reducido a pavesas en un T-72 por culpa de un dron ucraniano y se le considera desaparecido o, más bien, desintegrado, pues la familia no cobra porque nadie puede demostrar que Ivan Ivanóvich está más muerto de Carracuca. Sin embargo, el Wagner paga generosamente a su personal. Los novatos cobran 80.000 rublos (unos 850 €) mensuales durante su período de entrenamiento en el campo de Molkino, una base dependiente del GRU al sudeste de la ciudad de Krasnodar. Si son enviados a Siria o Ucrania, la cifra sube a 120.000 del ala (unos 1.300 €), y si palman en combate la familia recibe puntualmente tres millones de rublos (unos 32.300 €). En un país dónde el sueldo medio es de unos 600 € no está nada mal.

Wagneriano manejando un dron. Esos chismes han
cambiado la guerra para siempre
Pero, ojo, que nadie crea que cualquier pelagatos entraba en el Wagner. Para eso ya está el ejército regular, dónde ya sabemos que no hay precisamente cola en las oficinas de reclutamiento y que decenas de miles de rusos se han largado antes de ser llamados a filas. De entrada, mientras que el camarada Vladimiro se ha visto ya forzado a indultar criminales con tal de que se alisten, el Grupo Wagner no admite a nadie que tenga un historial delictivo, al menos en cuestiones de cierta importancia. Los aspirantes son sometidos a un exhaustivo reconocimiento médico, y las exigentes pruebas físicas hacen que hasta un 20% de ellos sean rechazados, en cuyo caso se limitan a darle un billete de tren o autobús, una palmada en el lomo y los mandan a hacer gárgaras. Una vez dentro del grupo, se ejerce una disciplina férrea en la que no se duda en aplicar severos castigos y, lo que más duele, multas económicas. El personal es adiestrado en operaciones de asalto, conocimientos de artillería, de carros de combate, artillería antiaérea, manejo de drones, conocimientos sanitarios, etc. En resumen, una fuerza autosuficiente.

Miembros del Grupo Wagner durante su marcha hacia
Moscú
Sin embargo, y a pesar de su eficiencia, ya sabemos cómo acabó la cosa. La resistencia ucraniana y, aún más grave, la corrupción endémica del ejército ruso, hicieron ver a Prigozhin que la fiesta se prolongaría mucho más allá de la madrugada, y que las cosas no eran como le había prometido el camarada Vladimiro. Para más inri, el Wagner no era un grupúsculo que podía ser aplastado por el ejército ruso como si tal cosa, y el conato de golpe de estado iniciado por Prigozhin en junio de 2023 dejaron claro que era el momento de agradecerle los servicios prestados y prescindir de ellos. Los rusos no se cortan un pelo cuando necesitan librarse de indeseables, y en este caso ocurrió lo que tenía que ocurrir. Aparentemente perdonado por el Vladimiro por su pecadillo y aceptando exiliarse a Bielorrusia, el 23 de agosto de 2023, mientras viajaba hacia San Petersburgo, el Embraer Legacy en el que viajaba junto a Uktin y cinco personas más, aparte de tres tripulantes, se desplomó no se sabe cómo y no quedó títere con cabeza. Los miembros del Grupo Wagner aparecieron en las noticias llorando a moco tendido como si hubieran perdido a un padre, pero el camarada Vladimiro lo tenía claro: tres días más tarde, cuando el cuerpo de Prigozhin aún no había recibido sepultura, obligó a los miembros del Grupo Wagner a jurar fidelidad al estado, uséase, a él. A partir de ese momento, el Grupo Wagner era de su propiedad. Por cierto, ¿los han oído mencionar en las noticias desde entonces? Me da la impresión de que los han jubilado anticipadamente o los han enviado a hacer de señuelos de drones. Otras fuentes afirman que fueron transferidos a la Rosgvárdia, la Guardia Nacional rusa, donde igual los han enviado a vigilar las fronteras con Mongolia o China.

Exequias de Prigozhin. A la derecha de su foto aparece
la de Uktin
En fin, así ha sido la existencia del controvertido Grupo Wagner, que por cierto ha dejado pendientes de solventar mogollón de denuncias internacionales por violaciones de derechos humanos y por ser considerada organización terrorista. En lo que a mí respecta, infiero que Prigozhin vio que la guerra de Ucrania acabaría siendo la tumba del camarada Vladimiro, que la población rusa estaba un poco bastante harta de ver interminables listas de bajas, que la moral del ejército estaba por los suelos, y que quizás era un buen momento para hacer limpieza en el Kremlin y proclamarse mandamás de todas las Rusias. Por otro lado, el Grupo Wagner se estaba convirtiendo en una fuerza peligrosa, un avispón metido en el panal propio que, en cualquier momento, podía acabar con la colmena, así que, como es habitual en estos casos, lo más aconsejable es acabar con la amenaza y santas pascuas.

Bueno, con esto creo que ya pueden hablar del tema con propiedad ante sus odiosos cuñados en las interminables tardes estivales, de modo que acabamos aquí.

Hale, he dicho

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM

Típica foto de mercenarios feroces encaramados en un carro de combate. La ferocidad no les sirvió de mucho cuando fue el mismo estado ruso el que se les puso enfrente

jueves, 11 de mayo de 2023

¿ERA EL MORRIÓN UN YELMO EFICAZ?

 


Hace varios eones que no dedicamos un articulillo a los yelmos, esos accesorios tan prácticos que impedían que al personal les reventasen los cráneos y desparramasen sus masas encefálicas por el suelo, costumbre muy antihigiénica porque, si se volvían a colocar los sesos en su sitio, además de caerse al suelo de nuevo, estaban llenos de porquería y caca de caballo. Así pues, hoy hablaremos del los morriones, una tipología archiconocida e íntimamente relacionada con las tropas españolas aunque se empleó también en Europa Occidental. En su día, cuando el blog apenas había iniciado su andadura, ya hablamos de ellos pero sin entrar en algo crucial: ¿era unos yelmos verdaderamente eficaces? ¿Proporcionaban una protección adecuada? Hoy procederemos a analizar el tema. Así podrán cachondearse de sus cuñados, que tomaron buena nota de las chorradas del calvito aquel de los documentales del Canal "Historia"...

Cualquiera que vea esta foto la asociará de inmediato con los
Tercios españoles

Sin lugar a dudas, el morrión es el tipo de yelmo que se identifica por sistema con las huestes españolas durante el Renacimiento, protegiendo tanto las nobles testas de los infantes de los Tercios como las de los conquistadores que nos dieron un imperio como jamás viose. Hoy día sigue siendo el yelmo de ordenanza de los guardias suizos del papa, pero esos los usan porque quedan muy chulos junto a sus uniformes de época. El morrión apareció a finales del siglo XV, si bien su expansión tuvo lugar a lo largo del siglo siguiente para, finalmente, caer en la obsolescencia en el siglo XVII. Según Covarrubias, en su "Tesoro de la Lengua Castellana", un morrión era "un capacete o celada que, por cargar y hacer peso en la cabeza se le dio este nombre de moria, μωρια, que es apesamiento en la cabeza". Desconozco si la traducción del griego de Covarrubias es correcta, pero daremos por sentado que un personaje tan docto conocía perfectamente esa lengua.

Capacete
Leguina, en su "Glosario de Voces de Armería", tiene otra opinión, ya que sugiere que el palabro proviene del español "morro" por su aspecto redondeado. Por último, tenemos la etimología que nos da la RAE, en este caso de morro como sinónimo de la parte superior de la cabeza. S
ea cual fuere el origen del palabro, lo cierto es que fue una evolución del capacete, un yelmo con la misma apariencia de un sombrero de la época, uséase, una copa de forma cónica y una estrecha ala. La copa, por lo general, estaba rematada por una uña orientada hacia la parte trasera, y los destinados a los mandos estaban provistos de un portaplumas para poder ser identificados en la vorágine de la batalla. De su sistema de fabricación y demás detalles ya hablamos en su día, pero el que lo haya olvidado o no lo haya leído, pues un pinchazo aquí mismo y verán la luz.


Pero el morrión, aunque gozaba de las preferencias del personal, no era el único modelo en servicio. Aparte de los yelmos como almetes, celadas y los distintos tipos de borgoñotas cerradas propios de los arneses de placas, los antiguos capacetes y las borgoñotas abiertas también gozaban de las preferencias de muchos hombres, especialmente las segundas ya que proporcionaban una buena protección. Observemos el ejemplar de la derecha, una de las tipologías más habituales. Este yelmo disponía de una amplia visera que cumplía tres cometidos, a saber: proteger los ojos del sol, lo que venía muy bien cuando el enemigo lo tenía a la espalda; proteger de la lluvia, que no era tema baladí para un fulano que está en plena batalla verse cegado por un chaparrón en plena jeta; y, lo más importante: protegía ojos y frente de tajos de espada o de golpes propinados con armas contundentes, sobre todo las mazas. Reparemos además en tres detalles: las flechas señalan los bordes de la visera y las yugulares, engrosados mediante plegado para hacerlos más resistentes, y el círculo negro indica la existencia de pequeños orificios para no dejar al combatiente cuasi sordo (ojo, no todas llevaban estos agujeros). Resta solo añadir el crestón, pieza habitual en la práctica totalidad de los yelmos de época para reforzar la calva. Resumiendo, la borgoñota protegía la cabeza, los laterales de la misma junto al cuello y la nuca, dejando solo descubierta la cara.

Para solventar esta carencia, a la borgoñota se le podía añadir una gorguera como la que vemos en la foto. Como vemos, no era más que una especie de máscara con una pequeña gola que protegía la parte delantera del cuello. Se fijaba al conjunto con una simple correa abrochada en la nuca que, como en los almetes, podía protegerse con un pequeño varaescudo. Había modelos más sofisticados que incluían aldabillas para asegurarlas con más solidez. Al cabo, un mazazo en la gorguera podía arrancarla de cuajo para, a continuación, estampar el arma en el careto del fulano que, tras el lance, quedaba bastante perjudicado. Con todo, estas borgoñotas con gorguera eran más propias de jinetes, que posiblemente se las desabrochaban si por algún motivo tenían que echar pie a tierra. Al combatir como un infante tenía que tener el mayor campo visual posible ya que los golpes llovían por todas partes, y había que andarse con siete ojos o, a ser posible con otros siete más, por si acaso. En cuanto al crestón antes citado, se conservan modelos provistos de dos más, ambos más pequeños y colocados a los lados del principal. En la foto inferior pueden ver un par de ejemplares provistos de estos accesorios, que también pueden verse en algunos morriones:


Bien, en teoría, la borgoñota ofrecía una protección francamente eficaz para un combatiente a pie. A la derecha tenemos a un probo ciudadano recreacionista con su borgoñota y jeta de héroe inmortal y desafiante. Pero, como ya hemos comentado, el aspirante a héroe tiene las orejas tapadas, por lo que le resultará complicado oír las órdenes de sus jefes, y las pequeñas alas de las yugulares que desviaría un tajo de espada le limitan los movimientos de la cabeza. Finalmente, su jeta está totalmente desprotegida ante la principal enemiga de los infantes de la época: la pica. Cuando dos cuadros de infantería llegaban al contacto, se iniciaba un terrorífico maremagno de puntazos y cuchilladas que, como es lógico, iban dirigidos a la parte más vulnerable del enemigo: cara y cuello. De apuñalar sañudamente las ingles y desjarretar tendones ya se encargaban los más ágiles de cada unidad, que se deslizaban por debajo del bosque de picas en busca de los enemigos que, en aquel momento, estaban más entretenidos esquivando las cuchilladas del adversario que de protegerse las partes nobles. Y al par de inconvenientes ya presentados tenemos que añadir uno más: las borgoñotas eran caras. Su construcción requería fabricar varias piezas que debían encajar perfectamente unas con otra: el casco propiamente dicho, obtenido por lo general de una sola pieza, el crestón, la visera, que junto al crestón eran soldadas por caldeo o remachadas al casco, y las yugulares con sus correspondientes juegos de bisagras. Esto se traducía en un yelmo que obviamente no todos los infantes podían permitirse, y aún queda una última pega: un infante con una borgoñota lo tenía chungo para apuntar con un arcabuz porque la yugular le impedía apoyar la cara en la culata del arma. Como vemos, no todo eran ventajas.

Bien, habiendo usado la borgoñota para establecer comparaciones, pasemos al morrión, un chisme con una morfología bastante peculiar que, las cosas como son, lo hace bastante inusual. Tenemos un diseño con una forma por lo general ojival para desviar los golpes de las armas enemigas. Sobre el mismo solía llevar un crestón de refuerzo (o incluso tres, como explicamos antes), si bien este accesorio no siempre se usaba porque la misma forma de la calva ya resultaba lo bastante eficaz y así no se le aumentaba de peso. Finalmente, tenemos la parte más peculiar que lo hizo fácilmente distinguible: el ala o, usando la terminología de la época, la faldilla de montera. Aunque no lo parezca, cumple las mismas funciones que las yugulares de las borgoñotas ya que la parte más baja protegía el cuello. Su gran anchura lo mantenía a salvo de un tajo de espada o un mazazo. Su visera, igualmente ancha, actuaba de la misma forma que su competidora, y dejaba solo al aire la nuca. Y su forma curvilínea mejoraba el ángulo de visión hacia arriba sin por ello perder eficacia. Con un morrión, un infante apenas tendría que levantar la cabeza para ver a un jinete. Con una borgoñota lo tenía más difícil porque la visera quedaba situada justo encima de los ojos, y el cubrenucas le limitaba el movimiento en vertical a la cabeza.

Alguno pensará que, comparado con una borgoñota, ésta proporcionaba un nivel de protección muy superior, pero si lo analizamos despacio veremos que no había tanta diferencia, y que, por otro lado, el morrión incluso la superaba, y encima por un precio más asequible al tener menos piezas y, por ende, requerir menos mano de obra. Veamos el ejemplar de la derecha. Aunque lo habitual era sujetarlo con un simple barbuquejo de cuero abrochado bajo el mentón, las yugulares podían sustituirse fácilmente uniendo unas placas de acero a modo de cola de langosta, protegiendo así los lados de la cara de los golpes enemigos pero, al contrario que con las yugulares, sin limitar el movimiento de la cabeza ni la capacidad auditiva, de vital importancia para la infantería que debía estar atenta constantemente a las órdenes de sus mandos. Por otro lado, su morfología y la amplia faldilla desviaba fácilmente los tajos propinados de arriba abajo (véanse las flechas rojas), tanto de un combatiente a pie como del más peligroso para un infante: un jinete. Un reitre que, espada en mano, intentase finiquitar a un piquero, lo tenía bastante complicado: ni siquiera veía la cabeza y la cara de su enemigo, ambas protegidas por el casco y la faldilla. Si quería asestar un tajo en el cuello, la misma lo impedía, y si apuntaba al hombro, una gola detendría el filo de su espada. Y si optaba por una estocada, el coselete que protegía el tronco del infante no dejaría que la punta lo traspase de lado a lado. 

Resumiendo, nos encontramos con que, al igual que la borgoñota, la única zona vulnerable es la cara, y esta siempre y cuando sea atacada por otro infante, porque ya vemos que un jinete lo tenía complicado. ¿Y la nuca? Se olvida vuecé de la nuca... No, no me olvido. Pero piensen que en un cuadro de picas, ¿de dónde provienen los tajos, cuchilladas y disparos? Del frente, nunca por detrás. Por lo tanto, un infante con su morrión mantiene la cabeza a salvo de cualquier ataque. Ojo, cuando decimos "a salvo" no hablamos de un 100% de protección, porque eso no existe ni aún hoy día. Al decir "a salvo" nos referimos a un nivel de protección bastante elevado, y más si vemos el morrión en conjunto, sin reparar en que su peculiar diseño daba mucho más de sí de lo que se suele pensar. Observen los probos recreacionistas de la izquierda. Salvo brazos y piernas, la única forma de ofenderlos sería asestándoles una cuchillada en plena jeta con una espada o una pica. Nadie era totalmente invulnerable, ni siquiera los caballeros armados con arneses que costaban un pastizal e incluso estaban fabricados a prueba, capaces de resistir un disparo de arcabuz. Pero nadie lo libraría de ver como un simple peón lo escabechaba metiéndole un puntazo en un ojo a través del visor, por lo que su onerosa armadura no lo habría librado de pasar del Más Acá al Más Allá tras haber sido desmontado o su montura muerta en batalla.

Ilustración de Ángel
García Pinto
Pero, como ya adelantamos al inicio del articulillo, el morrión permitía a los ballesteros y arcabuceros combatir con la cabeza protegida sin verse limitados por las yugulares de una borgoñota, para no hablar de otros tipos de yelmos cerrados.  Usando solo un barbuquejo convencional, podría apoyar la culata del arma en la mejilla como hoy día hace cualquier combatiente con su fusil de asalto y su casco puesto. Este detalle también favoreció la popularidad del morrión, quedando la borgoñota limitada a los mandos de los tercios y, en un momento dado, a los rodeleros que se infiltraban entre las filas de piqueros enemigos para acuchillarlos bonitamente. 

Concluyendo: el morrión proporcionaba una muy buena protección en cabeza, cuello y, en el caso de enfrentarse con jinetes, la cara. Y no por llevarla cubierta, sino porque esta quedaba fuera del ángulo de visión de un fulano que iba aupado en un penco de buena alzada. Además, no limitaba la capacidad auditiva del soldado y no restaba capacidad de movimiento, teniendo libertad para girar la cabeza en cualquier dirección. Como complemento, disponían de la gola para defender el cuello y los hombros, y en los casos de morriones de postín forjados para personajes de fuste, pues los fabricaban a prueba por si algún malvado arcabucero pretendía volarles la sesera. La gola, que pueden ver en la foto del párrafo siguiente, era un pequeño peto que cubría las partes superiores del pecho y la espalda. En algunos casos estaban formadas por una sola pieza, y en otros por launas superpuestas. Era el sustituto de los antiguos almófares de malla, y proporcionaban una espléndida protección, especialmente en el cuello, contra las armas de filo. Se podía usar como complemento del coselete o, si el presupuesto no daba para más, pues para al menos proteger el cuello, los hombros y el músculo cardíaco. 

Gola
A modo de colofón, y aparte del somero análisis realizado para que puedan apabullar a sus cuñados, hay un argumento definitivo: si los ejércitos de la nación que dominó el mundo se pasearon por los cinco continentes con ese trasto en la cabeza es porque su rendimiento era óptimo. De lo contrario, es seguro que habrían adoptado cualquier otro modelo. Pero, sin embargo, el morrión permaneció en servicio unos 150 años, y fue eliminado cuando la masificación de las armas de fuego en los campos de batalla hicieron inservibles las protecciones metálicas que durante siglos habían salvado los pellejos de los probos homicidas de la época. Se generalizó el uso de los chambergos (con o sin secretos), y hasta los coseletes fueron arrumbados porque ya no podían detener una bala de mosquete. Las nuevas armas cambiaron para siempre los campos de batalla, pero mientras estuvieron activos, la silueta de los morriones españoles hacía temblar a los enemigos del Imperio, que sabían que sus portadores eran especialmente diestros a la hora de sembrar muerte y destrucción + IVA.

En fin, ya'tá

Hale he dicho

Observen lo morriones de esos piqueros, y pregúntense cómo leches un jinete podía herirlos en la cabeza a golpes de espada

lunes, 9 de enero de 2023

JUSTA A PIE. REGLAS Y EVOLUCIÓN

 

Dos probos homicidas se disponen a darse estopa ante la concurrencia, formada en este caso por personajes de elevado rango. Por ello podemos inferir que se trata de un duelo judicial, y no un mero espectáculo de masas para lucir fuerza y destreza. Observen la barrera que, a modo de "ring" medieval, limita el espacio disponible para machacarse bonitamente


La cosa se pone calentita, y uno de los jueces tiene que intervenir
para separar a los justadores. Va armado de punta en blanco por si
alguno de ellos se revuelve furioso y le asesta un golpe o para
evitar que un molinete con uno de los picos de cuervo que manejan
le alcance por error y lo deje en el sitio

Como todo ejercicio marcial, la justa a pie precisaba de unas reglas o normas para impedir o, al menos, limitar el fogoso ímpetu de los contendientes. En este caso quizás con más motivos que la justa a caballo en la que, salvo cuando se formaba la mêlée, los lances se solventaban en una embestida sin dar lugar al contacto físico. Los dos jinetes se acometían, procuraban estampar sus lanzas en la zona más ventajosa del adversario y ahí acababa todo. O se ganaba, o se perdía o se empataba, pero no podían volver grupas y empezar a darse trastazos salvo que se contemplara esa posibilidad. Pero la justa a pie, debido precisamente a su origen en los juicios de Dios, daban lugar a un combate cuerpo a cuerpo entre dos hombres que previamente se habían retado. Dicho reto podía deberse a un mero afán por demostrar al universo que se era más diestro que el adversario si este era un afamado BELLATOR o, en muchas ocasiones, para solventar malquerencias o viejas rencillas aprovechando el torneo. Sea como fuere, es evidente que en ambos casos había que atar corto a los dos combatientes para que no terminaran matándose entre ellos. Al cabo, si un apacible jugador de parchís puede acabar estampando el tablero en el cráneo de su contrincante porque le ha comido ficha tres veces seguidas, imaginen lo que podría ocurrir si estos fulanos se calentaban más de la cuenta cuando sentían que los golpes del adversario le estaban haciendo quedar en ridículo ante la concurrencia.

Miniatura del "Libro de los Torneos" de René de Anjou que muestra
al duque de Borbón examinando una lista de escudos que le presenta
el heraldo del duque de Bretaña para que elija dos caballeros y dos
escuderos que deberán actuar como jueces en la próxima justa.
Obsérvense los moretones que lucen las jetas del personal, consecuencia
de diversos encuentros

Por otro lado, estos linajudos homicidas eran hombres curtidos que se sabían mil triquiñuelas para hacer la pascua a los enemigos, ya fuese en una batalla campal o en una palestra. Hombres curtidos que, como los púgiles veteranos le meten el pulgar en el ojo al contrincante sin que el arbitro se de cuenta, pues golpeaban donde más daño podían hacer sin importarles naturalmente que el otro quedase lisiado o saliera maltrecho del lance. Lo importante era ganar y punto. Y, por cierto, mejor nos olvidamos de la versión heroica de estos simulacros de la guerra en los que primaba la caballerosidad y los buenos modales; eso queda muy guay en las novelas de Walter Scott y en las edulcoradas filmaciones yankees de los años 50, pero la realidad era distinta. Ya veíamos en la foto de cierre del articulillo anterior como uno de los combatientes no dudaba en estampar un pie en la rodilla del contrario, de modo que ya pueden imaginar la de fullerías que se perpetraban. Como es más que evidente, o estos combates se regían por una serie de normas o cada lid acabaría de mala manera en el momento en que los justadores se cabreasen y sacaran a relucir su amplio surtido de marrullerías. En resumen, había que cumplir unas reglas si no se quería acabar expulsado del torneo por alevoso y mal caballero, con el desdoro que ello suponía ya que se quedaba señalado en todo el planeta como un bellaco, una mala persona más ruin que un cuñado y, lo peor de todo, más traidor que un político.

Bien, ante todo debemos considerar que no había un decálogo uniforme para este tipo de justa, o sea, no había una serie de normas de obligado cumplimiento que fuesen inamovibles a lo largo del tiempo y el país. Antes al contrario, salvo algunas reglas, digamos, fijas, lo cierto es que en cada torneo los organizadores dictaban las que consideraban más oportunas. Sea como fuere, bien es verdad que la norma era generalmente procurar evitar que la fogosidad de los justadores no convirtieran el espectáculo en una riña tabernaria, y que la integridad física de los mismos estuviera razonablemente protegida. 

Así pues, en primer lugar se llevaba a cabo el desafío, por el que los justadores elegían a los campeones con los que deseaban medirse. Esto viene a ser algo básicamente igual a los actuales pugilatos en los que el aspirante al título reta al campeón para arrebatarle la corona si bien en este caso no se luchaba por una bolsa de varios millones de dólares, sino por ganar fama al vencer al, hasta aquel momento, invicto paladín. Dicho desafío tenía lugar en los días previos al torneo. Los lista de los participantes se exponían en el lugar donde tendría lugar el evento, y cada cual retaría al que le diese la gana. El heraldo de cada caballero tocaba con una espuela un escudo que, según el color, informaba de qué tipo de combate deseaba llevar a cabo, así como el tipo de armas. Para las justas a caballo se colocaban dos escudos, uno de color dorado y otro de plata. En caso de tocar el primero, las armas serían de guerra; en caso de tocar el segundo, armas de cortesía. Para las justas a pie se procedía de forma similar, pero con escudos negros y marrones (ilustración de la derecha). Los primeros indicaban combate con una barrera interpuesta entre los justadores (ahora explicaremos lo de la barrera), y los segundos significaban una lid armados con una lanza y protegidos por la tarja. Tras romper las lanzas contra el adversario se continuaría con mandobles y, si los organizadores así lo disponían, con dagas como última fase del combate. Esta primera fase con lanza y tarja hace suponer que, probablemente, el encuentro a pie tenía lugar tras un lance inicial a caballo, y es posible que fuese el heredero directo del combate judicial de toda la vida. En todo caso, esta forma de justa perduró hasta principios del siglo XVI, conviviendo hasta esa época con el combate a pie mondo y lirondo.

Combate con picas con la barrera por medio. Obsérvese que los
justadores no llevan armadas las piernas. Una vez que lograsen
romper sus armas contra el adversario se pasaría a luchar con
espadas
En lo tocante a las normas, las que se podían considerar como generales en cualquier torneo eran las siguientes. Ante todo, estaba prohibido golpear por debajo del cinturón. Como ya se comentó en el articulillo anterior, aún empleando armas de cortesía, un impacto con armas como la alabarda, el mayal, la bisarma o el alcón podían reventarle la pierna a cualquiera, e incluso estando protegida por la armadura podrían sufrirse lesiones muy graves que, como poco, garantizaban una cojera de por vida. El arreglo de fracturas no era algo tan simple como en nuestros días, y un fémur o una tibia astillados, para no hablar de una rótula convertida en comida para peces, dejaban al lesionado con secuelas vitalicias. Con todo, y a pesar de que el armamento era previamente revisado por los jueces, parece ser que no era raro que los justadores intentasen colar un arma cortante y punzante, dándole dos higas la cosa caballeresca con tal de chinchar al adversario. Obviamente, si esto se descubría el infractor era eliminado de inmediato del torneo, pero si ya había hecho buen uso de su arma podía ser tarde.

Del mismo modo, estaba prohibido golpear en otro sitio que no fuera el yelmo, por lo que habitualmente no se permitía usar penachos o cimeras ya que estos podían dificultar a los jueces la apreciación del golpe, de los que había que alcanzar cinco en el yelmo del adversario para obtener la victoria. Tampoco se podían usar las dos manos para manejar una espada de una mano, golpear con el plano de la hoja o reemplazar el arma si esta se rompía salvo si era al golpear al adversario. Solo en ese caso se le permitía sustituirla por otra. Y, por supuesto, los guanteletes que permitieran bloquear el arma propia, como ya vimos en el artículo anterior. Tampoco se podían usar ingenios para bloquear el arma del contrario ni, en resumen, nada que diera ventaja a un justador sobre otro.


En cuanto a la aparición de la barrera, elemento que ya se ha mencionado varias veces, parece que ya se usaba a lo largo de la segunda mitad del siglo XV, si bien su generalización no tuvo lugar hasta mediados del siglo siguiente. La barrera era básicamente similar a la usada por los justadores a caballo, si bien en este caso no tenía como misión impedir que los jinetes se empotrasen literalmente uno contra otro en un choque frontal, sino para mantener a los combatientes a una distancia que impidiera, aparte de las marrullerías ya comentadas, que en un calentón de la sangre se enzarzaran en un combate cuerpo a cuerpo cerrado y acabaran masacrándose bonitamente. La barrera, además, impedía o hacía más difícil golpear por debajo del cinturón debido a su altura, de alrededor de 90 cm. como vemos en la lámina superior, y permitía por ello a los justadores desprenderse de las protecciones de las piernas para gozar de mayor movilidad y conservando en todo caso las escarcelas. En este caso, se muestra un combate con espada de una mano. A ambos lados, junto a los postes, dos jueces vigilan el lance junto a sendas cestas con espadas de repuesto, quizás para sustituir las que se pudieran romper durante el combate.

El uso de la barrera también conllevaba una serie de normas añadidas, como la prohibición de golpearla, acercarse demasiado a la misma para acortar peligrosamente la distancia, tocarla con el cuerpo o apoyarse en ella. Antes de la existencia de este accesorio, parece ser que en algunos torneos se recurría a jueces provistos de una cuerda con nudos equidistantes a dos pies de distancia para, en cualquier momento, comprobar si los justadores se estaban aproximando peligrosamente uno a otro, momento en que el juez les ordenaría separarse. Si uno de los contendientes hacía oídos sordos al requerimiento, pues era eliminado sin más historias. Finalmente, tampoco se permitía esquivar los golpes con fintas o retrocediendo. En la justa a pie solo se podía detener el golpe propinado por el contrario ya fuese con el escudo o con el arma, es decir, o se atacaba o se defendía, pero de virguerías para demostrar su agilidad y reflejos, nada de nada. Los caballeros de pro debían resistir los embates del enemigo sí o sí con toda su energía. Al cabo, tener agilidad no demostraba ser diestro con las armas o lo suficientemente fuerte como para manejarlas con soltura. Un canijo birrioso se podía escurrir como una anguila ante los ataques de un enemigo más cualificado, por lo que dedicarse a esquivar sus golpes hasta agotarlo no se consideraba como algo propio de un caballero que, en teoría, iba a la guerra a luchar, no a hacer el figura.

Y en lo referente a los recintos destinados a la justa a pie, por lo general consistían en un área cuadrangular formada por una barrera de madera o de postes unidos con sogas. Dicho recinto tenía partes movibles para permitir el acceso de los justadores. Esta tipología se mantuvo mientras existieron los torneos. No obstante, cada vez se impuso más el uso de barreras dobles como la que vemos en la ilustración de la derecha. Esta distribución tenía varios cometidos. Ante todo, impedir que la plebe, enfervorecida por la lid, intentase de algún modo interferir en la pelea. Con este pasillo central se mantenían a una distancia prudencial sin que pudieran hacer otra cosa que berrear animando a su combatiente preferido por el que habían apostado a su cuñado y a su suegra. Y, por otro lado, permitía a los asistentes de los jueces distribuirse por todo el contorno del recinto manteniéndose a una distancia prudencial de los justadores, que cegados por la furia podían asestar un mal golpe a cualquiera que se moviese cerca de ellos. Con todo, y para cortar de inmediato cualquier conato de apasionamiento bélico, vemos a varios hombres de armas provistos de largos bastones dentro del recinto, dispuestos a intervenir en caso de necesidad e interponerse entre los justadores. En cuando a los jueces, lo habitual era situarlos en una posición elevada, en un palco o tribuna, desde donde podían gozar de un campo visual más amplio.

En fin, criaturas, así eran las justas a pie. A finales del siglo XVI, la guerra había cambiado lo suficiente como para hacer que los torneos pasasen a ser meras demostraciones de destreza ecuestre y poco más, y la introducción en los campos de batalla de nuevas armas condenó a la obsolescencia el armamento medieval. La aparición de la esgrima y las espadas roperas hicieron que combatir a pie se convirtiera en algo totalmente distinto, donde las armaduras, los escudos y los montantes ya carecían de sentido. Como es habitual, todo tiene su principio y su fin.

Hale, he dicho

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