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domingo, 30 de junio de 2019

Armamento de los sharpshooters. Sharps 1859


Un soldado de la compañía K del 1er. Rgto. posa con su Sharps
rodilla en tierra en actitud de cargar el arma. Obsérvese la
palanca-guardamonte bajada y el cartucho que está a punto de
introducir en la recámara
Hiram Berdan se puso la mar de contentito cuando logró puentear a su bestia negra, el general Ripley. Bueno, en honor a la verdad Ripley era la bestia negra del 99% del ejército yankee, así que imagino que más de uno celebró largamente que el carca del Jefe de la Artillería hubiese sido bonitamente chuleado por el creador de los primeros regimientos de sharpshooters y, para colmo, que el mismísimo presidente le hubiese dado una higa y pasase del tema. Con la distribución de estas armas, que desde que tuvo conocimiento de ellas a través de Truman Head habían sido su sueño húmedo, los Colt 1855 pasaron a la historia tras una vida operativa de apenas seis meses para gran alborozo de sus tiradores que, como ya se comentó en la entrada anterior, no estaban precisamente contentos con él. Lo cierto es que, a pesar de ser un arma monotiro, el simple hecho de tener un mecanismo de retrocarga no solo proporcionaba una superioridad táctica ante el enemigo, sino que su sistema de cierre deslizante lo convertían en un fusil sólido, muy fiable y con una precisión superior a la de otras armas en servicio en aquel momento. Tras la guerra, los Sharps se convirtieron en todo un símbolo al ser los principales protagonistas de las descomunales matanzas de búfalos que casi llevaron a la extinción a estos soberbios animales, y solo cuando las armas de repetición como los Spencer, los Henry o los Winchester empezaron a propalarse fue cuando comenzó el principio del fin de los Sharps que, en puridad, apenas se fabricaron durante tres décadas si bien muchos de sus propietarios los conservaron muchos años como armas deportivas o de caza. 

Christian Sharps (1810-1864)
A la derecha tenemos el padre de la saga, Christian Sharps, un ingenioso armero que había empezado en el oficio ingresando hacia 1830 como mero aprendiz en el arsenal de Harper Ferrys. En 1848 presentó su primera patente, una carabina de retrocarga mediante un sistema de bloque deslizante vertical. Por si no han caído en la cuenta, la inmensa mayoría de las piezas de artillería han usado y usan el mismo sistema, bien vertical, bien horizontal. La idea era ofrecer un arma para las unidades de caballería que, por razones obvias, tenían verdaderamente complicado cargar un arma de avancarga encima de sus gallardos pencos, y eso de limitarse a accionar un mecanismo, introducir un cartucho de papel y volver a accionar dicho mecanismo para tenerla lista era de lo más atractivo. El siguiente paso era un poco problemático: colocar un pistón dando botes en una silla de montar, pero Sharps ya había contado con ello instalando en su arma el sistema de empistonado Maynard, que seguramente más de uno ha usado cuando jugaba de crío con su pistola de juguete antes de que este tipo de divertimentos fuese incluido en la lista negra de la progresía amante de la libertad que nos dice a todas horas qué debemos comer, beber, a qué hora toca el débito conyugal y, por supuesto, dónde debemos ir de vacaciones y a qué deben jugar nuestros retoños. 

Les suena, ¿verdad? Una tira de papel con fulminantes que detonaban uno de cada docena. Bueno, pues esa cosa fue inventada en 1845 por Edward Maynard, un dentista que había intentado ser militar pero que tuvo que renunciar debido a su mala salud. El sistema de empistonado Maynard estaba incorporado de serie en la carabina de Sharps y consistía en una tira de papel sobre la que se depositaba una mezcla detonante formada por 100 partes de fulminato de mercurio y 60 partes de pólvora. Dicha mezcla se distribuía en forma de pequeñas porciones hasta un total de 50 por cinta y se cubrían con otra tira similar. El la foto izquierda vemos el receptáculo para la misma, al que se accedía abriendo una tapa que, dependiendo del arma, era de una determinada forma. Una vez colocada la cinta se sacaba el extremo por una ranura situada justo detrás de la chimenea de forma que, al amartillar el arma, una leva la empujaba de manera que un fulminante quedaba sobre la misma. Al disparar el martillo detonaba el mismo y cortaba el trozo de cinta usado. Obviamente, era un sistema espléndido para no perder tiempo en colocar el pistón a mano, y más tratándose de un jinete. Por lo demás, cincuenta fulminantes daban para muchos tiros, y reponer la cinta agotada era cuestión de segundos. 

En la foto de la izquierda podemos ver el aspecto de una carabina Sharps con la tapa del depósito para la cinta, así como un tubo para diez rollos de 50 fulminantes. Como se ve, los rollos se envasaban envueltos en papel encerado. Aunque en teoría las tiras estaban impermeabilizadas, la realidad es que acusaban bastante la humedad, y en el momento en que el arma entraba en acción en un ambiente mugriento, lo que es frecuente de batalla, tenían una enojosa tendencia a fallar por lo que había que amartillar el arma una y otra vez hasta que por fin detonase un fulminante. O sea, igual que las tiras de las pistolas de juguete. De hecho, este sistema ya había sido probado en Crimea por los british (Dios maldiga a Nelson) y, a pesar de la fe que habían puesto en el mismo acabaron convencidos de que era muy mejorable.

Carabina Sharps modelo 1855. La anilla era para colgarla de un gancho que
iba en la bandolera que usaban los jinetes. Obsérvese el cierre inclinado que
en modelos posteriores fue colocado en sentido vertical
Sharps era un tipo ingenioso y tal, pero parece ser que toda su vida estuvo más tieso que la mojama porque prácticamente durante toda su carrera tuvo que subcontratar a otras firmas para que le fabricasen el producto o bien trabajar para ellos como ingeniero cobrando un estipendio aparte en concepto de "derechos de autor", en concreto un dólar por arma vendida. En 1850 se trasladó a Mill Creek, en Pennsylvania, donde contrató a la firma A. S, Nippes para fabricar los modelos 1849 y 1850 ya que él carecía de medios económicos para montar toda una fábrica, pero las continuas dificultades de tipo financiero con Nippes le hizo abandonar Mill Creek apenas un año más tarde para mudarse una vez más en busca de mejores oportunidades, esta vez a Hartford, donde formó la Sharps Rifle Manufacturing Co. donde, una vez más, tuvo que recurrir a una subcontrata, esta vez con la Robbins & Lawrence, logrando vender a los british 6.000 unidades en calibre .577 para ser enviadas a Crimea, aparte de un pedido de 800 unidades más en calibre .54 para el ejército USA, pero la sociedad solo sufrió enormes pérdidas y se declaró en quiebra a pesar de lo jugoso de los contratos. Tras el fiasco, Sharps decidió montar su propia empresa con Richard Lawrence como ingeniero. De ahí salió el modelo 1859 protagonista de esta historia. 


Sharps modelo 1859. El superior es la versión con doble disparador y sin ranura de engarce para bayoneta suministrada a
los regimientos de Berdan. El inferior es la versión normal del ejército con engarce para bayoneta modelo 1855, gatillo
simple y, como se puede apreciar, bloqueo para la palanca-guardamonte


El Sharps modelo 59 era una robusta arma de calibre .52 con un peso de 3,9 kilos, una longitud total de 120 cm. y un cañón cilíndrico de 76,2 cm. Se fabricó una versión deportiva de dimensiones similares con cañón octogonal. El corazón del arma estaba en el sistema de cierre deslizante vertical que llevaba incluida la chimenea y el conducto de fuego hasta la recámara. La palanca de cierre actuaba como guardamonte, y para montarlo y desmontarlo bastaba presionar el pequeño tetón que hemos marcado con una flecha, girar el pasador 90º hacia la derecha y sacarlo. A continuación se extraía el cierre completo con la palanca incluida. Esto permitía además que, en caso de verse ante la posibilidad de ser apresado por los malvados rebeldes esclavistas, el atribulado yankee podía sacar el cierre en un periquete y tirarlo bien lejos, inutilizando el arma que sería capturada por el enemigo. Por lo demás, las unidades servidas a los regimientos de Berdan no estaban provistas de engarce para espada-bayoneta, por lo que solo podían usar el modelo de cubo que vimos en la entrada anterior.

El sistema de carga, con cartuchos de lino, estaba ingeniosamente diseñado para asegurar el disparo y, con ello, la fiabilidad del arma. En la foto A vemos un cartucho presentado ante la recámara (en este caso es un cartucho de papel moderno). Basta empujarlo hasta que la bala haga tope con el final de la misma. En la foto B podemos apreciar que una pequeña porción del cartucho queda fuera de la recámara, pero no por un fallo de fabricación, sino para que el filo del cierre corte el extremo del cartucho tal como vemos en las fotos C y D. De este modo la pólvora quedaba totalmente expuesta al fogonazo del pistón, que salía por el centro del bloque de cierre coincidiendo con el centro del ánima.

Aunque se suponía que la obturación era perfecta, lo cierto es que se producía una fuga de gases por la parte inferior del arma. El cierre llevaba en su interior una fina placa que, en teoría, era empujada hacia adelante por los mismos gases de la deflagración, sellando la recámara. Pero, como vemos en la foto, era eso, teoría, y cada vez que se efectuaba un disparo salía una cantidad de gases disparados hacia abajo. No obstante, este era un problema menor que no ofrecía más peligro que tiznar la manga del tirador. Como ventaja adicional, en caso de agotarse los cartuchos incluso se podía recargar por la boca si se disponía de munición Minié de calibre .52. El sistema sería el mismo que en cualquier arma de avancarga: con el cierre echado, como es lógico, se introducía la pólvora, la bala, se atacaba con la baqueta que traía el arma, se cebaba y listo.

Despiece del empistonador Lawrence extraído del gráfico de la patente
Pero además de esta serie de novedades, el modelo inicial tenía un nuevo sistema de empistonado patentado en abril de aquel año por Richards Lawrence, que había inventado un sistema que mejoraba de forma ostensible el de Maynard. Bueno, más que mejorar la realidad es que era un sistema totalmente distinto que, además, permitía anularlo a voluntad y empistonar el fusil a mano. La verdad es que el invento era una chulada y, como el Maynard, venía integrado en el arma. Veámoslo con más detenimiento...


Foto A: Aspecto del cajón de mecanismos del Sharp 1859. Dentro del óvalo rojo se encuentra el empistonador de Lawrence. Por cierto que se aprecian los cuños con los detalles de la patente, que no se diga. El sistema consistía en un depósito que contenía 25 pellets o discos fulminantes que, según explicaremos a continuación, eran colocados sobre la chimenea.

Foto B: Con el arma amartillada se aprecia la ranura por donde el tirador podía ver la cantidad de fulminantes que le quedaban. El muelle helicoidal que se ve dentro era el que los empujaba hacia arriba.

Foto C: La flecha señala el orificio del depósito. Este quedaba cerrado por una tapa corrediza que, a su vez, contenía el empujador. Cuando se amartillaba el arma el empujador retrocedía, y en el momento de apretar el gatillo avanzaba al mismo tiempo, colocando el fulminante justo en el momento previo a que el martillo golpease la chimenea. De quedar colocado antes se caería de inmediato como podemos suponer. Era pues necesario que la sincronización fuese perfecta.

Foto D: Vemos el cierre del dispositivo abierto, preparado para recibir una tanda de fulminantes. La flecha señala el interruptor que lo bloqueaba si se quería empistonar de forma convencional, quedando los fulminantes del depósito de reserva.

Foto E: Ahí vemos el tubo de cobre que contenía los 25 fulminantes. El pequeño taco de madera actuaba como un empujador para introducirlos en el depósito. Una vez dentro, se retiraba el tubo y se cerraba.

Foto F: Aspecto del tubo contenedor. La pequeña porción de algodón del final era para que el muelle no tocara los fulminantes, por si acaso, y para que ejerciera más presión sobre los mismos. 

No solo Berdan y sus competentes homicidas estaban muy satisfechos con el arma, sino que incluso el ejército en general hablaba maravillas del mismo así que, muy a pesar de Ripley, que como sabemos en 1863 lo cesaron por paliza, el gobierno adquirió más de 80.000 carabinas para caballería y alrededor de 10.000 fusiles. Incluso los malvados rebeldes esclavistas del sur no dudaron en copiarlo vilmente cuando cayeron en sus manos algunos ejemplares, encargando a la firma S. C. Robinson Arms Manufactory, de Richmond, la fabricación de 1.900 unidades que posteriormente se ampliaron a 3.000 más. La producción tuvo lugar entre los años 1862 y 1864. La copia, como vemos en la foto superior, era prácticamente idéntica al original salvo en que esta carecía de la caja para pistones en la culata y en los engarces para las bayonetas. Hay que considerar que un tirador bien entrenado podía alcanzar una cadencia de hasta diez disparos por minuto contra los tres que se lograban con un mosquete de avancarga normal, así que cualquier unidad dotada con estas armas triplicaba su potencia de fuego, que no es cosa baladí.

En cuanto a los sharpshooter de Berdan, la versión que se les sirvió estaba provista, como ya avanzamos en su momento, de disparador al pelo, mecanismo obviamente necesario o, al menos, que favorecía enormemente la precisión del disparo. El alza de serie era un modelo tangencial abatible graduada desde 100 a 900 yardas. En la foto podemos verla con detalle. Cuando estaba abatida solo disponía de la muesca situada en la bisagra graduada para la distancia mínima (flecha roja). Levantada y con la regleta en su posición más elevada, prácticamente en el límite superior de la ranura central, estaba la marca para 800 yardas(flecha amarilla). Por último, en la parte superior del alza una última muesca para las 900 yardas (flecha blanca). Pero lo más significativo del modelo servido a Berdan era el doble disparador cuyo funcionamiento intentaremos explicar para dejar al cuñado más odioso llorando amargamente de insana envidia. Para ello, en el gráfico inferior intentaremos detallar el funcionamiento del mecanismo de pelo de este fusil.


Pero, antes de nada, una pequeña aclaración para los que no tengan puñetera idea de qué va esto del pelo. Es simplemente un sistema por el que el proceso de disparo se divide en dos fases: una inicial que requiere una mayor presión en el gatillo y que permite que la segunda solo necesite una leve presión para desenganchar el fiador de la nuez. Hay infinidad de mecanismos de este tipo, con dos gatillos o solo con uno, en cuyo caso la primera fase se lleva a cabo presionando hacia adelante el disparador. Aparte de eso, suelen estar provistos de tornillos para regular la presión y el recorrido del gatillo, de forma que el disparo se produzca con el mínimo esfuerzo para no mermar la precisión del mismo. Ojo, esto no quiere decir que, en caso de emergencia, haya que apretar ambos gatillos para poder disparar, o empujar hacia adelante un único gatillo para luego apertar a la inversa. Si era preciso se presionaba sin más el segundo gatillo, caso de ser doble, o el único que hubiese. La diferencia radicaba simplemente en que en vez de tener que vencer una presión de, por ejemplo, 500 gramos, podía ser de 4 o 5 kilos, pero ante una emergencia mejor eso que perder medio segundo que podía ser vital. En todo caso, solo se recurría a este extremo cuando, por ejemplo, un enemigo aparecía de repente a corta distancia, y entonces la precisión era irrelevante porque se le acertaría con seguridad y lo principal era dejarlo en el sitio como fuera. Bien, aclarado este punto (espero) veamos el gráfico inferior.



Para no liarse mucho, mejor abrir esta imagen en una pestaña aparte. Tiene tamaño sobrado para verla con bastante claridad

Figura A. Veamos, aquí está la madre del cordero. Tenemos dos gatillos, el trasero es el que presionaremos en primer lugar, y el delantero a continuación. La flecha amarilla señala el muelle del gatillo trasero, el cual empuja hacia arriba la leva que hemos sombreado de azul. La flecha azul es el muelle del gatillo delantero que también empuja su correspondiente leva hacia arriba y que hemos sombreado de color verde. Sombreado en naranja vemos el saliente del fiador que presionará la leva para empujarlo hacia arriba y desengancharlo de la nuez. En estas piezas es donde se desarrolla todo el proceso.

Figura B. En primer lugar presionaremos el gatillo trasero. La leva asciende y hace que el apoyo que ejerce sobre la leva del segundo gatillo quede reducido al mínimo tal como podemos ver en el círculo blanco. El tornillo que hay entre los dos gatillos sirve precisamente para regular ese apoyo y dejarlo al gusto del tirador. Dejarlo excesivamente al límite puede producir un disparo fortuito por un simple golpe, y menos recorrido implica lógicamente tener que hacer menos presión sobre el segundo gatillo.

Figura C. Ya solo queda apuntar cuidadosamente y presionar poco a poco el gatillo delantero. Los sharpshooters solían regular la presión entre 1'5 y 2 libras (680-907 gramos). Para hacernos una idea, una pistola de calibre .22 LR para competir en Pistola Estándar puede tener el disparador a un mínimo de 1 kilo, y un arma para competir en Grueso Calibre en 1.350 gramos. Así pues, como vemos, la presión del pelo era similar o inferior a la de un arma de competición moderna. Una vez que presionemos el gatillo y se desenganchen ambas levas, la del gatillo trasero (flecha blanca) saltará hacia arriba impulsada por su muelle (flecha amarilla) y empujando a su vez al fiador (recordemos, sombreado en naranja), que girará sobre sí mismo (flecha verde).

Figura D. El fiador gira en el sentido horario (flecha verde) hasta que la uña del mismo se desengancha de la nuez (círculo blanco), en cuyo momento se libera el martillo unido a la misma y cae con fuerza impulsado por el muelle real (sombreado de rosa, lo siento, pero no me quedan más colores fáciles de distinguir). En ese momento se produce el disparo. Los muelles de los gatillos no se volverán a comprimir hasta que se vuelva a amartillar el arma y se reinicie todo el proceso. 


¿Ha quedado claro? ¿Sí? Pues me alegro, porque no sé explicarlo mejor. Si tuviera la pieza completa haría un vídeo donde se podría ver más claramente, pero como no tengo pieza pues o lo procuramos entender así o ajo y agua. En todo caso, la pletina donde están ambos gatillos con sus muelles y levas la podemos ver en la foto inferior. Como presenta la cara opuesta podremos ver quizás un poco mejor las dos levas. La flecha roja marca la muesca donde encaja la leva del gatillo delantero con el resalte marcado con la flecha amarilla. Si estas piezas las coge un armero y las pule a espejo, el disparo será aún más agradable, sin arrastres y con una limpieza absoluta. Y si después de estas explicaciones siguen sin enterarse recurran a un cuñado de esos que son invencibles, que haberlos haylos, y a ver si se lo detalla mejor a cambio de una botellita de malta de 24 años.





Bueno, temas mecánicos aparte, cada tirador llevaba como dotación habitual 60 cartuchos. No obstante, no era una norma fija ya que había al menos dos tipos de cartucheras y, además, cada cual podía añadir por su cuenta las cajas de munición extra que quisiera o pudiera. Si algo no debe faltar nunca en batalla son las municiones y el bocata de chorizo para reponer fuerzas. Como ya sabemos, la munición se servían en paquetes de 10 unidades con 12 pistones porque, como está mandado, siempre podía caerse alguno y no era plan de dejar al personal tirado por ahorrarse un pistón birrioso. En la parte inferior de la foto vemos una cartuchera modelo 1860 con capacidad para 20 cartuchos y provista de un bolsillo delantero para los pistones. 


Este era el modelo normalizado del ejército si bien se fabricó otro específico para los Sharps (foto de la derecha) cuyo interior estaba compartimentado en dos cajas de hojalata divididas a su vez en dos partes, una superior con cilindros para alojar diez cartuchos y una inferior con cabida para una caja. Al llevar dos particiones, cada cartuchera tenía capacidad para 40 cartuchos. Los cartuchos estaban fabricados con lino impregnado con nitrato potásico para favorecer su combustión instantánea y con la bala fijada al mismo con barniz a base de colodión. La carga estándar era de unos 65 grains de pólvora para el fusil y de 50 para la carabina (según las fuentes variaba entre los 60 y los 67 grains). La bala era una Minié de 450 grains que alcanzaba una velocidad supersónica, o sea, que si te acertaba en un brazo y tocaba hueso te lo podía separar del cuerpo como si tal cosa, y si te daba en la cabeza quedaba poca cabeza para meter en el hoyo junto al cuerpo. 

En fin, criaturas, con esto creo que dejamos sobradamente explicado todo lo referente a este fusil. Solo añadir que a partir de 1869 se modificaron muchas de estas armas procedentes de surplus del ejército para poder disparar cartuchería metálica con fines venatorios, disponiendo de un amplio surtido de calibres entre el .45 y el .50 destinados sobre todo a la caza de búfalos, osos, cuñados y demás animalitos apreciados por sus pieles y, en el tercer caso, sus cabezas solamente. Con todo, como ya se comentó más arriba, las armas de repetición acabaron con los rifles monotiro independientemente de que muchos de ellos siguieron en uso durante décadas, pero la rentabilidad de estas armas ya había tocado fondo por lo que la producción cesó en 1881. Su último y quizás más conocido exponente fue el modelo 1874, fabricado en gran cantidad de calibres. En la foto podemos ver una réplica moderna equipada con un dióptero que permitía unos niveles de precisión increíbles a grandes distancias.


Bueno, supongo que no he omitido nada que sea relevante, así que con esto concluimos, que bastante he escrito ya, qué carajo. Ah, y otro día ya hablaremos de los tiradores de la Confederación, que tampoco se quedaban cortos a la hora de aliñar probos yankees deseosos de liberar a los negros de la esclavitud para hacerlos dignos de comer, beber, sentarse o mear en lugares debidamente acondicionados solo para ellos durante más de un siglo. Qué guays, ¿no?



Hale, he dicho



ENTRADAS RELACIONADAS:








Berdan, primero por la derecha con grandes mostachos blancos, junto a varias personas más en la inauguración del
monumento a los sharpshooters de New Hampshire el 3 de julio de 1886. Dicho monumento se levantó en honor a los
miembros procedentes de dicho estado que sirvieron en la compañía K del 1er. Rgto. y las compañías F y G del
2º Rgto. El monumento, erigido al sur de Gettysburg, costó 700 dólares de la época

miércoles, 26 de junio de 2019

Armamento de los sharpshooters. Colt Revolving Rifle 1855


Sharpshooter de Berdan armado con un rifle
revólver Colt mod. 1855
Bueno, como complemento a la entrada anterior daremos cuenta de los modelos usados por estos probos homicidas ya que, al cabo, eran las herramientas para cumplir su cometido en el campo de batalla. Como recordaremos, Berdan se inclinó inicialmente por el Springfield 1855, un mosquete de percusión bastante eficiente, pero bastó que le echase la vista encima de Sharps 1859 de Truman Head para que cambiara de opinión en un periquete y, a continuación, volver a cambiar de parecer e inclinarse por el Colt revólver 1855. En cierto modo, y a pesar de su carácter voluble, hay que reconocerle a Berdan su interés por dotar a las tropas de la mejor arma disponible, y no solo por su solidez o su disponibilidad, sino por su precisión y que, por otro lado, en un ejército donde cada unidad solicitaba un arma diferente los quebraderos de cabeza del testarudo y conservador general Ripley debían ser de antología independientemente de que su obsesión por rechazar todo lo que fuera una novedad rayaba en lo patológico. Del Sprinfield no hablaremos tanto en cuanto las 750 unidades requeridas inicialmente por Berdan no se llegaron a distribuir, así que nos quedamos con las dos que usaron ambos regimientos desde enero de 1862 en que se entregaron los Colt hasta el final de la contienda.

El cadete George A. Custer con un Colt Root
hacia 1859. La foto nos permite apreciar el
reducido tamaño del arma
El rifle Colt era en realidad una versión en arma larga del revólver modelo 1855 diseñado por Elisha K. Root, superintendente, ingeniero y presidente de la firma tras la muerte de Colt en 1862. El diseño original consistía en una pequeña arma de bolsillo denominada oficialmente como Colt model 1855 Sidehammer Pocket Revolver, o sea, "Colt de Bolsillo con Martillo Lateral modelo 1855", también conocido como Colt Root por su creador. Se fabricó solo en calibres .28 y .31, propios de la típica arma de defensa personal que no abultaba mucho y destinada a disparar a bocajarro a cualquier indeseable cuñados incluidos. Sus calibres, un tanto birriosos, tenían no obstante potencia de sobra para dejar seco a cualquier a corta distancia, y más si se le metía un tiro en plena jeta. ¿Que cómo de un revólver tan poca cosa surgió un rifle de grueso calibre? Pues básicamente por dos motivos, a saber: uno, fue el primer revólver de Colt de armazón cerrado- posteriormente los fabricaron de armazón abierto, menos sólidos y más proclives a desajustarse con el uso- y, por otro, fue el primero que tenía la típica palanca de recarga situada bajo el cañón, lo que permitía acelerar este proceso ya muy lento de por sí. 

El martillo lateral obedecía a una mera cuestión de diseño: el eje que sujetaba el tambor al armazón sobresalía por detrás para permitir la extracción del primero y, por otro lado, era la pieza que permitía que este girase ya que la leva del martillo no actuaba sobre el tambor, como es habitual, sino sobre una pieza dentada colocada al principio del eje. En el detalle podemos ver el tambor de un rifle al que se le está sacando el eje. La flecha marca la rueda dentada sobre la que actúa la leva. En la foto inferior otra flecha señala el tornillo prisionero que bloqueaba el eje y que había que remover para poder sacarlo y desmontar el tambor. En sí, el Colt Root era un arma básica, sólida, fiable y, como todo lo que salía de los talleres de la Colt, bien acabada. Este diseño se aprovechó para fabricar una serie de carabinas de seis disparos orientadas tanto al mercado deportivo como militar en calibres .36- el calibre usado por las armas cortas de la armada- y .44- ídem del ejército- más una escopeta de calibre 10, esta con un tambor para cinco tiros por razones obvias. Y también destinado exclusivamente para el ejército se fabricó otra versión en calibre .56, acorde con el de las armas largas de uso militar y con un tambor para cinco disparos. Este fusil fue la primera arma de repetición reglamentaria del ejército americano.

Bien, ahí tenemos a la criatura. Se trata pues de un arma de calibre .56 con una longitud total de 140 cm., un cañón de 90 cm. y un peso de 4'8 kilos. Como se puede apreciar, es la típica arma concebida para uso militar provista de su baqueta, en este caso solo para limpiarla ya que la carga se efectuaba con la palanca tradicional, y una sólida cantonera de hierro. Estaba bien fabricada y tenía una precisión más a aceptable hasta aproximadamente los 500 metros. Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que las tropas empezaron a cabrearse y a protestar con bastante vehemencia. Pero antes de llegar a eso veamos algunos detallitos mecánicos que siempre vienen bien para mejor compresión del arma que tratamos...

En la foto de la izquierda vemos el armazón con el tambor. Las flechas nos indican qué es cada pieza y para qué sirve. La naranja señala el eje del tambor. Como se puede ver, la pieza está moleteada para facilitar su agarre y extracción. La dos flechas rojas son los tornillos prisioneros que bloquean el eje. En el revólver era solo uno, pero el rifle necesitaba dos. La flecha verde señala el pasador de retenida de la palanca de carga, y la azul la chaveta que sujetaba el guardamanos al armazón metálico. Como vemos, el tambor no es liso, sino que el espacio entre las recámaras está alveolado para aligerarlo de peso. El círculo que aparece sobre el guardamonte es simplemente donde se aloja el tornillo que sujeta el martillo. En el detalle podemos ver mejor el alza de librillo del arma. La fija era para 100 yardas, la de la izquierda para 300, y la grande para 500. 


Veamos ahora como se desmontaba el tambor.

Foto A: Se han extraído los dos tornillos prisioneros, quedando libre el eje del tambor.

Foto B: Antes de proceder a la extracción había que poner el martillo en posición de seguro para no bloquearlo ya que en estado de reposo estaría apoyado contra una chimenea. Una vez colocado en la posición de seguro se tiraba del eje.

Foto C: Ya lo hemos extraído. La flecha señala un rebaje que tiene el eje por dos lados. Eran para que se encajasen en el interior del tambor, haciendo que ambas piezas girasen al mismo tiempo cuando se amartillaba el arma y la leva empujaba el disco dentado del eje,

Foto D: El pequeño orificio señalado sobre el armazón era un escape para evitar una explosión del arma. ¿Cuándo podía suceder esto? Simplemente porque una bala se quedase dentro del cañón. En el fragor del combate era frecuente no darse cuenta de que, por una carga defectuosa, la bala no saliese del ánima, así que al disparar la siguiente recámara se creaba un pico de presión que podía reventar el tambor y producir severos daños en la anatomía del que manejaba el arma.

En cuanto a las bayonetas que podía usar, aunque como sabemos inicialmente Berdan no contemplaba el uso de este tipo de armas, al final tuvo que admitir su error porque los escamuceros precisaban de ellas. 


Foto A: Bayoneta de cubo modelo 1855. Fue la reglamentaria para las tropas de la Unión hasta 1865, con más de millón y medio de unidades fabricadas por la Springfield Armory y subcontratas a firmas particulares. Su hoja, de sección triangular, tenía una longitud de 46 cm. y la longitud total de 53'3 cm. La sujeción al cañón se hacía con el anillo de presión que vemos en el cubo.

Foto B: Espada bayoneta modelo 1855 con empuñadura de bronce y hoja de yatagán de 55 cm. de largo recorrida por una generosa acanaladura desde el recazo hasta la punta. La longitud total era de 67 cm. Para poder montar esta bayoneta hubo que añadir en los fusiles una ranura de engarce en el lado derecho del cañón (detalle inferior). 

Horace Cleveland (1814-1900)
Curiosamente, desde su aparición fue un arma que tuvo desde apasionados defensores y denodados detractores. En su obra editada en 1864 "Hints to Rifleman" (Consejos para fusileros), Horace William Cleveland, un afamado arquitecto paisajista al que, además, le gustaba lo de pegar tiros, cuenta que estando en posesión de uno de estos rifles efectuó con él más tres mil disparos sin que se notara ninguna merma en la precisión o el ajuste del arma, logrando agrupaciones de diez impactos  en apenas 9 pulgadas (23 cm.) a 200 yardas (183 metros) usando miras abiertas. Ciertamente hablamos de una precisión más que aceptable, pero hay que considerar por otro lado que cuando el ciudadano Cleveland pasaba el rato disparando contra una diana no le acechaban varios malvados esclavistas sureños deseando coserlo a cuchilladas con sus bayonetas, y tampoco se veía en la necesidad de recargar a toda prisa o de arratrarse por el fango, el polvo o las piedras. Y, por otro lado, tras elogiar debidamente el arma hace referencia a lo que fue su punto flaco que, curiosamente, el autor considera como un defecto pasajero sobradamente solventado por la firma.

Nos referimos a las descargadas accidentales de las recámaras laterales del tambor cuando la que estaba enfrentada al cañón disparaba. Este problema, que se ha citado ya en varias ocasiones, era habitual en todos los revólveres de avancarga debido a que los gases incandescentes de la deflagración de la pólvora se colaban entre las balas y la paredes de las recámaras laterales iniciando la carga y produciéndose el disparo simultáneo de una, dos o incluso todas al mismo tiempo, con los efectos que podemos imaginar. Si se disparaba un revólver convencional solo se notaba un retroceso bestial- generalmente tres disparos simultáneos- y, en caso de que se disparasen todas las recámaras, la bala de la que estaba justo debajo impactaría contra el empujador de la palanca de carga, fragmentándose y salpicando con fragmentos de plomo. Pero como la mano del tirador estaba detrás y por debajo, pues la cosa solo quedaba en el susto. Pero si se disparaba un rifle provisto de este sistema la cosa variaba. Pero eso lo explicaremos más adelante. De momento, bástenos saber que Cleveland afirmaba categóricamente que, aunque en la primera versión que salió al mercado era ciertamente un problema habitual, este había sido corregido de forma que "...tal accidente puede decirse que es una imposibilidad". A todo ello añadía que "...no hay un arma que sea tan segura al transportarla" porque, como era habitual en los revólveres, además de la posición habitual de seguro tenían unas ranuras entre las chimeneas, de forma que colocando el martillo en su posición más baja, como de disparo, quedaba bloqueado por dichas ranuras. Véanse las mismas en la foto de la derecha.

Hans Busk (1815-1882)
A la opinión favorable de Cleveland se unía la de Hans Busk, autor de "The Rifle and How to Use It", "El rifle y como usarlo", publicado en 1858. Busk era un súbdito del gracioso de su majestad que, aparte de licenciarse en derecho, fue el fundador de los "Voluntarios", una especie de milicia civil que fomentaba la formación de clubes de tiro para adiestrar adecuadamente al personal y que en caso de invasión pudieran sumarse a la defensa del suelo patrio. Busk recogía en su obra diversas opiniones de algunos militares que elogiaban las excelencias del Colt 1855. Por ejemplo, el coronel May, miembro de un comité científico del ejército americano para testar el arma, afirmaba que "...teniendo en cuenta no solo el rifle Sharps, sino todos los que han sido usados por la caballería en los últimos veinte años, considero el Colt muy superior a ellos en todos los aspectos". A todos los elogios que recopilaba Busk en su obra añadía de cosecha propia una idea bastante buena que, por cierto, nadie tomó en consideración, y que consistía en efectuar una pequeña modificación en el sistema de extracción del tambor para, una vez agotada la munición y en caso de no disponer de tiempo para recargarlo, se pudiera sustituir rápidamente por otro cargado. Sí, lo mismo que se ve en la escena del duelo final de la peli esa de "El jinete pálido". Y la cosa es que la idea en sí era cojonuda, porque si a cada soldado se le proporcionaban dos o tres tambores podrían desplegar una potencia de fuego nunca vista en aquella época. El Colt podía realizar cinco disparos en menos que canta un gallo, pero cuando llegaba el momento de recargar daba tiempo a que el gallo cantara siete romanzas de zarzuela antes de concluir todo el proceso a pesar de que los cartuchos de papel lo agilizaban bastante. Sea como fuera, la cosa es que no fue tenida en cuenta, como suele pasar con las buenas ideas.

Bien, aparte de las flores que le echaban al rifle, era evidente que el problema de las descargas simultáneas existía, y que la Colt era consciente de ello porque en el mismo manual de uso ya plasmaba una serie de consejos para evitarlo. El primero era procurar mantener la munición poco menos que impoluta para impedir que hubiera polvo en la bala en el momento de recargar. ¿Que qué importancia podía tener un poco de polvo? Mucha al parecer ya que esa capa micrométrica de mugre sería eliminada por los gases de la deflagración, introduciéndose en la recámara cargada como avanzamos antes. El segundo era usar munición sin golpes o deformaciones para que el encaje en la recámara fuese perfecto de forma que la sellara literalmente. De hecho, cuando se carga un revólver de avancarga se usa munición con alguna milésima de pulgada más de calibre para que, al ser introducida en la recámara, el borde de esta "recorte" una finísima anilla de plomo que garantiza que la bala entra con el calibre exacto y que selle la misma. Pero cualquiera que haya disparado con estas armas sabe que ni por esas, y que como no se selle con grasa o cera la recámara las probabilidades de que se produzca una descarga simultánea son bastante elevadas, y de eso doy muuuucha fe. Más aún, Colt tenía tan claro que ese accidente era factible que en el mismo manual del arma, editado en 1858, ya recomendaba a sus usuarios que no colocaran la mano izquierda por delante del tambor al apuntar, sino en el guardamonte, tal como vemos en ese grabado extraído del citado manual. Para facilitar el apoyo se diseñó un guardamonte provisto de dos espolones donde se ajustarían los dedos índice y pulgar que vemos en el detalle, pero esa forma de sujetar el arma, que puede que muchos hayan visto en los concursos modernos de tiro con arma larga, no es precisamente viable para un uso militar, y casi imposible estando tumbado. 

En resumidas cuentas, que empuñar el arma de la forma tradicional tal como vemos que hace el probo ciudadano recreacionista de la foto era tener todas las papeletas para, además de sentir un fuerte culatazo, contemplar estupefacto como dos o tres dedos de la mano izquierda se acababan de ir al carajo si bien muchos darían gracias al Altísimo por ello ya que era preferible volver a casa con un cacho de mano menos que no volver, o volver con la anatomía aún más averiada. Y a este más que evidente problema se sumaba otro como consecuencia de la munición defectuosa o de la evidente pérdida de ajuste que pudiera ir sufriendo el arma con el uso y el traqueteo cotidiano. No era otro que peligrosas esquirlas de plomo que a veces se producían al pasar la bala del tambor al cañón. En un arma en buen estado esto es prácticamente imposible, entre otras cosas porque, para evitarlo, el ánima se abocardaba unas milésimas que facilitaban el paso de la bala, pero cuando el bloqueo del tambor se producía con esas milésimas ya pasadas era cuando alguna esquirla podía producir algunas heridas que, aunque leves y de escasa peligrosidad, no dejaban lógicamente de ser una molestia más.

Palanca de carga en su posición más atrasada, con el empujador apoyado
en la bala de la recámara inferior. Un sistema un poco cutre para sujetar
un arma, pero mejor eso que perder la mano
Algunos tiradores optaban al parecer por usar como asa la palanca de carga previamente basculada, quedando así la mano fuera de peligro en caso de producirse una descarga simultánea. Hubo oficiales que incluso pensaron que lo más sensato era cargar una sola recámara, dejando el resto vacías para evitar riesgos. Como es evidente, esto era una gilipollez superlativa porque no tenía mucho sentido gastarse los 45 dólares que costaba el Colt para que diera el mismo rendimiento de un Springfield de 15 dólares. Pero el personal disparaba estos rifles con verdadero miedo por este preocupante "efecto secundario". El soldado Thomas Preston, del 2º Rgto. de Sharpshooters, señalaba en 1862 que "...a menudo he visto a los chicos sacarse esquirlas de plomo del cuello y la cara. No hace mucho, a un compañero de la compañía G se le dispararon tres recámaras a la vez, perdiendo los dedos índice y pulgar.(...) Pero todavía dicen (los oficiales) que es un arma segura. Si el Sharps es más mediocre, lo queremos". 

Una muestra de la mugre que puede llegar a acumularse en
una chimenea tras apenas 20 disparos
Y al ya mencionado riesgo para la salud que suponía disparar con el Colt hay que añadir que su mantenimiento era más complicado y, muy importante para un arma cuyo funcionamiento dependía de una pieza móvil, la limpieza debía ser rigurosa y constante. ¿Por qué? Cualquiera que haya disparado con armas de avancarga sabe que la pólvora negra deja enormes cantidades de residuos de una consistencia pegajosa que se acumulan en todas partes. De hecho, y eso se ha comentado varias veces, bastaban una docena de disparos para que ya costase trabajo introducir la bala por el cañón, de ahí la norma del ejército de suministrar balas un poco sub-calibradas para retrasar en lo posible ese efecto cuando aún se usaban armas de ánima lisa. Bien, pues esos residuos también afectaban, y de forma notable, a las piezas móviles hasta el extremo de que llegaban a bloquear el tambor o, como poco, llegar a tener que ayudarse con la mano izquierda para obligarlo a girar mientras se amartilla con el pulgar de la derecha. En resumidas cuentas, que el Colt podía ser estupendo para plantarse en un apacible prado, poner unas dianas y pasar la tarde pegando tiritos poniendo buen cuidado en sellar las recámaras con una buena mezcla de cera y sebo y pasando la baqueta cada cinco tiros. Pero en un campo de batalla donde el más mínimo problema o interrupción podía significar la diferencia entre la vida y la muerte es comprensible que el personal estuviera deseando perder de vista a los dichosos Colts por los que Berdan movió cielo y tierra, pasó por encima de Ripley, que al cabo era el que llevaba la voz cantante, y fue capaz de convencer al mismo Lincoln para que ordenara a Ripley la adquisición inmediata de las unidades solicitadas para sus regimientos.

En cuanto a la munición, el Colt disparaba un cartucho de papel nitrado convencional de la época. Como vemos en la foto, se suministraba en paquetes de cinco cartuchos "fabricados expresamente", o sea, no se trataba de munición reglamentaria del ejército ya que los Springfield eran de calibre .58. No obstante, y con la inveterada costumbre de los anglosajones de denominar un calibre cuyo diámetro real es diferente, el proyectil Minié de calibre .56 era en realidad de .583 pulgadas con un peso de 490 grains. De ese modo se pretendía obtener una mayor compresión de la bala al ser introducida en la recámara para aminorar los "efectos secundarios". Por lo demás, el cartucho contenía una carga de 45 grains de pólvora que, según las estimaciones más entusiastas de los apologistas de Colt, le permitía alcanzar objetivos a una distancia de 680 yardas sin pérdida de precisión, lo que más que optimismo era un camelo monumental. La longitud total del cartucho era de 1 ⅞ de pulgada, o sea, 47,6 mm., y no era preciso morder el papel para verter la pólvora en cada recámara. Bastaba con introducirlo entero, atacarlo con la palanca de carga y, a continuación cebar la chimenea con su pistón. Al ser el cartucho de papel nitrado bastaba la chispa del pistón para que ardiera de forma instantánea y con él la carga de pólvora.

Escaramuceros en plena acción. Para romper la línea enemiga no solo debían
aportar elevadas dosis de testiculina, sino el máximo posible de potencia de
fuego. Para eso el Colt era el arma ideal sino fuera por la munición que usaba
que, al cabo, era la verdadera responsable de los disparos simultáneos
Bien, grosso modo así era el primer fusil distribuido entre los sharpschooters de Hiram Berdan. El día que las tropas lo perdieron de vista se pusieron todos muy contentitos y tal porque cada vez que se disponían a dar de baja un enemigo no sabían si también tendrían que dar de baja uno, dos dedos o la mano entera, así que no les tomaron lo que se dice cariño. No obstante, los tiradores de Berdan no fueron sus únicos usuarios. En total se adquirieron entre 4.400 y 4.800 que acabaron siendo vendidos como surplus a un precio simbólico de 42 centavos, lo que para un arma que costaba en origen 45 dólares fue un despilfarro de antología. Y dicho todo esto, ¿acertó Berdan con la elección o, por el contrario, metió la pata hasta el fondo? En mi opinión, el Colt era un arma ideal para escaramuceros que precisaban desplegar una gran potencia de fuego durante sus acciones, e igualmente válido para tiradores de precisión que no necesitaban agotar la munición del tambor, sino ir recargando cada vez que disparaban dejando las cuatro recámaras como reserva por si había que repetir el disparo o se veían sorprendidos por un ataque enemigo. Para hacer de él un arma redonda solo necesitaba una cosa: un cartucho metálico, que ya existían. Si se hubiesen suministrado con ese tipo de munición habrían sido devastadores porque hablamos de un arma que, en circunstancias normales y con cartuchos de papel, desplegaba una potencia de fuego cinco veces superior a la de un mosquete monotiro. Por lo tanto, si hubiesen usado cartuchería metálica con una velocidad de recarga inferior al minuto esa potencia de fuego se multiplicaría de forma exponencial.

Pero la Colt no se preocupó de modificar el modelo, quizás porque veían más prometedor a nivel comercial las armas cortas. Berdan ya solo pensaba en el Sharps de retrocarga que, aunque seguía siendo un arma monotiro, su cadencia era de hasta 10 dpm y sin el inconveniente de un proceso de recarga largo como un purgatorio, como era el caso del Colt. Y, por último, el arma estaba ya tan desprestigiada entre las tropas que hicieran lo que hicieran con él seguramente nadie querría saber nada de ellos. 

En fin, ya'tá.

Hale, he dicho



Fotograma de la cinta "El tren de las 3:10 a Yuma" (2007) de James Mangold. La escena muestra uno de los malos
malosos con un Colt 1855 provisto de un visor de sharpshooter. Está entretenida, pegan mogollón de tiros y tal...

domingo, 23 de junio de 2019

Sharpshooters de Berdan


Ilustración publicada el 2 de agosto de 1862 en la revista Harper's Weekly basada en una fotografía de Truman Head, alias California Joe, uno de los primeros en unirse al coronel Berdan a pesar de tener 52 años cuando empezó la guerra civil. A finales de ese mismo año fue dado de baja a petición propia por su pérdida progresiva de visión.

Estoy absolutamente desolado. Este artículo es la continuación de uno en el que se estudió el origen de estos eficientes tiradores, el cual pensaba que había publicado hace unos meses. Pero cuál no ha sido mi sorpresa, desagradable sorpresa, cuando he visto que de "unos meses" nada, sino más bien bastantes meses. De hecho, veintisiete meses, que no es moco de pavo, qué carajo. Más de dos años, sangre de Cristo... En fin, estas cosas me superan porque corroboro que, como es de todos sabido, el tiempo no solo es el enemigo inexorable del hombre, es que además es un hideputa que corre más que el puñetero Correcaminos. En fin, ajo y agua...

Bueno, desolaciones aparte, en el artículo anterior, muy anterior, ya dimos cuenta de la aparición en los campos de batalla de ciudadanos especialmente diestros en el manejo de las armas que habían convertido el campo del honor en un sitio aún más desagradable de lo habitual. Los motivos eran varios, empezando por la certeza de que tener el enemigo a 200 metros ya no suponía estar a salvo de palmarla de un balazo, o que la oficialidad, generalmente menos susceptible de convertirse en víctimas, pasaron a encabezar la lista de objetivos a batir. O sea, que lucir una charretera o adoptar cualquier actitud que delatara su rango ante los sagaces ojos de los tiradores enemigos era suficiente para ser un firme candidato a causar baja definitiva en breve. Ya vimos como incluso el rey Carlos XII de Suecia fue abatido de un certero disparo que le dejó el cráneo lleno de aire, traspasado de parte a parte por la bala de un tirador. En resumen, que a medida que las armas de fuego ganaban precisión las distancias para mantenerse razonablemente a salvo aumentaban de forma proporcional. Un buen ejemplo lo tenemos en la ilustración de la derecha, en la que podemos ver un Morgan Rifleman, un Fusilero de Morgan, unos letales milicianos que pusieron las peras a cuarto a los british (Dios maldiga a Nelson) y que escabecharon a mogollón de flemáticos oficiales que, en vez de ponerse a resguardo, permanecían indiferentes ante el peligro y se limitaban a levantar una ceja cuando veían a alguno de sus hombres caer fulminados hasta que, finalmente, una bala les entraba justo por debajo de su empolvada peluca y lo dejaba seco allí mismo sin darle tiempo a volver a levantar la ceja.

Baja permanente absoluta, con toda probabilidad a manos de un sharpshooter.
Obsérvese el enorme boquete en la parte izquierda de la frente, firma
habitual de la munición minié que tantos estragos causó en ese conflicto
Bien, la existencia de tiradores de precisión en los campos de batalla estaba ya más que institucionalizada, por lo que a medida que fuese pasando el tiempo o, mejor dicho, las guerras, sus tácticas y equipación irían mejorando progresivamente hasta convertirlos en lo que son hoy, unos sujetos increíblemente peligrosos porque ya no hablamos de mantenerse a salvo estando a 500 metros o a un kilómetro de distancia de ellos, sino que hay que plantearse un mínimo de 2.500 metros para estar razonablemente tranquilo, y eso siempre y cuando no haya por la zona un ciudadano como el canadiense que aliñó a un malvado agareno a algo más de 3.500 metros, si bien no creo que semejante hazaña se vuelva a repetir en mucho tiempo. En fin, que a este paso lo más recomendable será meterse en un hoyo bien hondo y esperar a que se firme la paz. Y vamos al grano, que para luego es tarde.

Hiram Berdan (1824-1893)
El creador de las primeras unidades de tiradores selectos durante la Guerra de Secesión (1861-1865) fue Hiram Berdan, prolífico inventor que, además de estar forrado por aquel entonces gracias a sus patentes, era muy aficionado a las armas e incluso estaba considerado como uno de los mejores tiradores de los Estados Juntitos. En puridad, esto no significa que Berdan inventase nada nuevo ya que, como vimos en la entrada anterior sobre este tema, desde mucho antes ya existían unidades nutridas por diestros tiradores. Con todo, su iniciativa sirvió al menos para seguir potenciando el uso de francotiradores equipados con armas cada vez más especializadas y, por primera vez, provistas incluso de instrumentos ópticos para mejorar su rendimiento. Nuestro hombre fue nombrado coronel el 2 de agosto de 1861 apenas comenzó la fiesta porque, como sabemos, por aquellos tiempos y ante la escasez de oficiales de carrera era normal recurrir a hombres que gozaban de cierto nivel intelectual, lo que les presuponía aptos para mandar tropas. En teoría bastaba inculcarles algunos rudimentos de estrategia y táctica para ponerlos a frente de una unidad. Obviamente, un analfabeto podía ser mucho más valeroso que un ingeniero, pero los conceptos y prejuicios de la época daban por sentado que un gentleman no podía ser cobarde aunque se fuese por la pata abajo nada más escuchar explosiones a 20 km. de distancia.

Candidatos pasando la prueba. Aunque pueda parecer que acertar apalancado
en un banco de tiro es fácil puedo asegurar que de fácil nada de nada
Sin embargo, a pesar de que la experiencia militar de Berdan era la misma que la de un ministro de Defensa de nuestros días, o sea nula, tuvo la idea de formar una unidad nutrida exclusivamente de tiradores de élite, cosa relativamente fácil en un país donde la mayoría los hombres, por no decir todos, estaban habituados al manejo de armas desde que apenas podían sujetarlas con las manos y con muchos de ellos dedicados a la caza como medio de vida y eran capaces de dejar tuerta a una mosca a 100 metros. Para seleccionar al personal se instauró una prueba a modo de examen de ingreso en la que los candidatos, con el arma apoyada en un banco de tiro, debían efectuar una serie de 10 disparos contra un banco situado a 200 yardas (unos 183 metros), no estando permitido que los impactos estuvieran a más de 5 pulgadas (12'7 cm.) del centro de la diana, que era un círculo de 2 pulgadas de diámetro (5'5 cm.), o sea, algo bastante difícil hasta para los avezados tiradores que se presentaron. De hecho, dos tercios de ellos no lograron rebasar la prueba. 


Alza de un fusil Springfield 1861. Los problemas
empezaban cuando el blanco quedaba casi oculto
por el punto de mira
Puedo asegurar a vuecedes que no es nada fácil lograr una agrupación semejante a esa distancia, y no por falta de precisión del fusil, sino por una mera cuestión de puntería. Hablamos de que disparaban con miras tangenciales, y a esa distancia una variación ínfima suponía un desvío de varios centímetros. Más aún, solo la reverberación producida por el aumento de temperatura del cañón ya era suficiente para que la alineación de las miras fuese defectuosa, o el hecho de que estuviese dando el sol de plano o las variaciones de luz ambiental en un día nublado. En resumen, que además de ser buen tirador había que tener literalmente una vista de águila. Eso sí, Berdan demostró que los requerimientos que exigía podía cumplirlos él mismo con creces, ya que logró una agrupación fastuosa en un día que, para más mérito, hacía bastante viento colocando los disparos a una distancia máxima de apenas una pulgada (2'54 cm.) del blanco. Les juro por mis augustas barbas que eso es muy difícil de conseguir con un arma de esa época. 

Cartel de convocatoria para la formación del 1er. Rgto.
de Sharpshooters citando a los aspirantes en el campo
tras la residencia de S. Arnold entre las 8 de la
mañana y las 2 de la tarde del 26 de octubre de 1861
Con todo, conviene aclarar que el concepto de Berdan no se limitaba a formar una unidad de hombres cuya única misión era apostarse tras unos arbustos y esperar a que algún pardillo se les pusiera a tiro para dejarlos en el sitio. Su idea era dividir el regimiento que pretendía formar en escuadrones que serían distribuidos en el campo de batalla con dos cometidos principales: uno, actuar como escaramuceros hostigando al enemigo que avanzaba buscando el contacto para irles causando bajas, y por otro buscar y eliminar a las presas más codiciadas por los tiradores, o sea, oficiales y artilleros. Pero Berdan sobrevaloró la capacidad del personal porque, como se pudo comprobar más tarde, el hecho de ser un buen tirador no significaba estar adiestrado para desenvolverse en el campo de batalla, por lo que era obvio que, antes de nada, debían someterse a un período de instrucción convencional para saber como salir vivos de la fiesta, que una cosa era abatir un venado escondido tras una roca y otra permanecer absolutamente inmóvil mientras la caballería enemiga hurgaba a fondo en el terreno en busca de tiradores ocultos. De hecho, ni siquiera consideró la posibilidad de que sus hombres debían estar provistos de bayonetas dando por sentado que, al combatir por sistema distanciados del enemigo, nunca llegarían al cuerpo a cuerpo, ergo no las necesitarían. En todo esto se equivocó.

La petición de Berdan fue aprobada el 15 de junio de 1865, apenas dos meses después de estallar la guerra, así que cabe suponer que la idea debió parecerle bien a Simon Cameron, Secretario de Guerra y, por supuesto, a Lincoln, por lo que se empezaron a lanzar proclamas para atraer voluntarios que, ciertamente, no faltaron entre otras cosas por las atractivas ofertas que se hacían a los que se sumasen a estas nuevas unidades. En el cartel de la derecha tenemos otro llamamiento para formar una compañía de cien hombres en el estado de Maine en el que se buscan a los mejores tiradores de rifle. Se ofrece una prima de enganche de 22 dólares más otros 100 al término de la contienda, aparte de la paga regular. En la parte inferior se describe la prueba que deberían pasar los candidatos para ser admitidos. La fecha, como podemos ver en la esquina inferior izquierda, es del 16 de septiembre de 1861. Vamos, que no se durmieron en los laureles y rápidamente se empezaron a formar unidades de este tipo además de los dos regimientos creados por Berdan que, en poco tiempo, logró reunir a unos 2.000 hombres, lo que permitió incluso plantearse formar un tercer regimiento si bien este no llegó a cuajar.


El ya coronel Berdan prismáticos en mano. Tras él vemos a Truman Head
armado con un rifle Sharps 1859 con doble disparador. Viste la guerrera
verde y los pantalones de faena, que en este caso eran de color gris
En fin, los dos regimientos se formaron sin problemas con gente de todas partes si bien era habitual mantener unidos a los procedentes del mismo estado por aquello del compañerismo, el espíritu de cuerpo y tal. Así, el 1er. Rgto. estaba formado por efectivos procedentes de Nueva York, Michigan, New Hampshire, Vermont y Wisconsin, mientras que los del 2º procedían de Minnessota, Michigan, Pennsylvania y también de Vermont y New Hampshire.  Además, desde el primer momento tuvieron muy claro que eran una unidad de élite y se daban más pisto que un infante de León ante sus camaradas de la infantería de línea que, para ellos, eran algo así como plebeyos, si bien fue el mismo Berdan el que debió insuflarles tan elevado concepto de sí mismos diseñándoles un uniforme chulísimo de la muere de color verde basándose ante todo en que "...los hombres que componían su regimiento no consentirían vestir el uniforme común del ejército". Los motivos "secundarios", que eran por cierto los verdaderamente lógicos, consistían en que el azul reglamentario daba un cante tremendo, sobre todo cuando actuaban como escaramuceros y debían fundirse literalmente con el terreno.


Así pues, para que pasasen más desapercibidos se creó un uniforme de color verde con polainas de cuero y zapatos bajos. La típica botonadura de latón fue sustituida por una de goma endurecida negra para evitar reflejos si bien parece ser que finalmente se siguieron usando más los normales. Como prenda de cabeza usarían un quepis verde o un sombrero gris, y la prenda de abrigo consistía en un capote con esclavina impermeabilizado con caucho, también de color gris. El verde era menos visible en el entorno durante la primavera y el verano y el gris, más apagado, durante el otoño y el invierno. Además comprobaron que el gris era un color neutro que pasaba desapercibido con bastante facilidad, y convertía en invisible al tirador cuando efectuaba un disparo y una densa humareda del mismo color delataba su presencia, pero no su posición exacta porque el capote era precisamente del mismo color que el humo de la pólvora. En cuanto a las polainas, prenda que la infantería de línea no usó nunca, tenían como objeto proteger las piernas de picaduras de serpientes, arbustos espinosos y demás obstáculos que suelen surgir cuando uno pasa la mitad del tiempo arrastrándose por el suelo. Y a los oficiales se les dotó de un distintivo para el quepis que podemos ver en la ilustración de la derecha, consistente en una galleta de tela verde con una corona de laurel de hilo dorado dentro de la cual aparecen dos fusiles cruzados y las letras USSS, siglas de United States Sharp Shooters. En cualquier caso, lo cierto es que nunca hubo en realidad una uniformidad rigurosa, y eran habituales las variantes incluso de una compañía a otra en lo tocante a los pantalones, azules de diversos tonos, las prendas de cabeza o incluso el llevar o no las polainas.


El sargento James Staples, del 1er. Rgto.,
armado con un fusil Colt de 5 tiros provisto
de una generosa bayoneta. Este accesorio podía
significar la diferencia entre palmarla o salir
con vida de una escaramuza o un repentino
ataque de la caballería enemiga
Ya uniformados y tal, comenzaron a darles el entrenamiento adecuado para que aprendieran a moverse en el campo de batalla sin que los abrasaran a tiros a los dos minutos. La instrucción contemplaba maniobras tanto a nivel de batallón como de compañía, y pronto se pudo comprobar que la forma física del personal no era precisamente óptima, y más cuando había que realizar marchas largas o moverse con agilidad por el campo de maniobras. Así pues, se incentivaron deportes y actividades que devolvieran la buena forma a la tropa mediante juegos de pelota, carreras, pugilato y, con la llegada del invierno, incluso se organizaban batallas de bolas de nieve. Y como era evidente que eso de ir desprovistos de bayonetas era una chorrada, también se adiestraba a los hombres en la esgrima de fusil con el "Manual of Bayonet Exercise", Manual de Ejercicios con Bayoneta, traducido del gabacho por el mayor general George McCellan. Otro problema que surgió fue la imposibilidad de comunicarse con los hombres que avanzaban por el campo de maniobras haciendo sus prácticas de escaramuceo, inconveniente este que, como es lógico, se trasladaría al campo de batalla a la hora de dar órdenes. Y como los walkie-talkies aún estaban por inventar, recurrieron a lo más tradicional: el toque de corneta. La infantería de línea era adiestrada en obedecer las órdenes mediante toques de tambor, así que Berdan prefirió la corneta para no liarse con los toques de sus colegas y, además, para poder ser oídos desde más lejos. Por lo tanto, se asignaron a cada compañía dos "turutas" (término cuartelero usado en el ejército español desde siempre, para el que no lo sepa) que fueron adiestrados por el Jefe de Cornetas Calvin Morse, que no paró hasta convertir a los músicos en verdaderos virtuosos del soplido hasta el extremo de ser capaces, no ya de saber todos los toques de ordenanza, sino incluso de tocar marchas militares.


Pero en lo que más se insistía, como es lógico, era en las prácticas de tiro. La infantería regular se limitaba a cubrir el expediente hasta el extremo de que, por lo general, la instrucción se limitaba a aprovechar el cartucho usado cuando se entraba de guardia, que era disparado al término de la misma. Sin embargo, los regimientos de Berdan se tomaban este tema muy en serio. Ante todo se les adiestraba a montar y desmontar su arma para conocerla a fondo y saber solventar cualquier avería en los mecanismos. Las sesiones de entrenamiento se solían llevar a cabo apoyando el fusil en una base estable y apuntando el mismo con un oficial al lado. Una vez apuntada el arma, el soldado siguiente debía ser capaz de decir si había algún error o si la puntería era correcta bajo la supervisión del instructor, que iría corrigiendo los errores que viese en el modo de actuar de cada hombre. Al parecer se recurrió a un manual publicado por el Departamento de Guerra, "A System of Target Practice" ("Sistema de prácticas de tiro", en román paladino), traducido a su vez de un texto del ejército francés que, como vemos, era la referencia a seguir en la época.


Además de la puntería pura y dura se adiestraba a disparar en circunstancias diversas como con el blanco situado a una cota superior o inferior, los efectos del viento en el proyectil y cómo corregirlo, las variaciones debidas al sol o la temperatura del cañón que ya comentamos antes, cuidado y mantenimiento de las municiones y, quizás lo más importante, aprender a calcular las distancias, sin lo cual un tirador de élite no es capaz de acertarle a una casa a medio kilómetro. Para ello se seguían varios métodos. Uno consistía en distribuir en el campo de maniobras a varios hombres a intervalos de 50 pies (15 metros aprox.), uno de otro, de forma que fueran memorizando las dimensiones del objetivo basándose en la distancia. Otro sistema era colocar ante la tropa a un hombre o un objeto del tamaño de un hombre a una distancia desconocida, por ejemplo 100 yardas (90 metros). El instructor nombraba a un soldado y este debía avanzar diez pasos y decir a qué distancia calculaba que estaba el blanco, tras lo cual el instructor tomaba nota sin decir si era correcto o no. La misma operación se iba repitiendo con cada soldado hasta que, finalmente, anunciaba quién era el que se había aproximado más. De ese modo se creaba una especie de competencia entre ellos que venía bastante bien para aguzar el ingenio y aprender a tomar referencias que le facilitasen la tarea, y a medida que mejoraban en sus cálculos también se aumentaba la distancia al blanco hasta las 500 yardas o más. En resumen, que el tema del tiro se lo tomaban muy en serio y, para animar el cotarro, Berdan incluso organizaba a veces competiciones de tiro entre los hombres ofreciendo un premio de 5 dólares, un dinero muy simpático por aquel entonces.


Para el tema del cálculo de distancias se recurrió a rudimentarios medidores que, quieras que no, siempre eran más exactos que el cálculo a ojo independientemente de que había hombres capaces de medir las distancias con una precisión asombrosa, capacidad que no todos tenían. Para ello se proveían de un chisme denominado Stadium. Este calculador de distancias había sido inventado por los british en 1850 y era usado con bastante profusión entre sus tropas a pesar de su elevado precio, 10 chelines y 4 peniques de la época. El que vemos en la ilustración de la derecha estaba fabricado por la firma Holtzapffel & Co. de Londres, y consistía en una simple chapa de latón con una regleta que podía deslizarse en sentido vertical. Lo importante era el cordel de 25 pulgadas (63'5 cm.) que marcaba la distancia exacta desde el medidor al ojo tal como vemos en el grabado. Si se colocaba a más o menos distancia el cálculo sería incorrecto.


Su funcionamiento era bastante simple. Si observamos la figura A veremos que el Stadium constaba de dos escalas. La de la izquierda, graduada de 50 a 800 yardas, corresponde a objetivos humanos, o sea, infantería, dando al blanco una altura media de 6 pies (1'83 metros) considerando que va incluida la prenda de cabeza. A la derecha aparece la escala para caballería, graduada de 100 a 800 yardas y tomando como referencia una altura de 8 pies (2'44 metros). Bastaba colocar el objetivo dentro de la muesca central y desplazar la regleta hasta que este ocupara el espacio libre, lo que daría la distancia que, en este caso, hemos recreado en la figura B para 100 yardas. En la figura C tenemos un jinete a la misma distancia y así podemos ver la diferencia entre las escalas. Con todo, y como salta a la vista, a partir de las 500 yardas las diferencias eran tan ínfimas que pretender calcular con exactitud más allá de esa distancia era una quimera, y más si consideramos que cada ojo tiene una percepción distinta. En todo caso, estos medidores tuvieron cierta popularidad porque, de no tener buena capacidad para calcular distancias, la única opción era usar el pulgar, como ya se explicó en su momento.


Otro accesorio sobre el que por cierto hay alguna controversia son las gafas ortópticas. Y digo controversia porque hay fuentes que afirman que no hay datos suficientes como para asegurar que eran usadas por los sharpshooters, y que en realidad eran poco más que gafas de sol. Yo discrepo de esa teoría por una sencilla razón: si fuesen gafas de sol, que llevaban ya un siglo inventadas en aquella época, no llevarían cristales luminarios como el ámbar de la foto, sino azules o grises. Los cristales luminarios- en tonos ámbar, amarillo o naranja- son usados para condiciones de poca luz ambiental y se siguen usando entre los que practican el tiro. Pero lo verdaderamente significativo es que, como se ve, solo la parte central de los cristales es transparente, mientras que el resto está esmerilado. Esto, según se pensaba en la época, permitía enfocar mejor el campo visual que uno tenía delante y, de hecho, las que mostramos están expuestas en el Museo de la Infantería de los EE.UU en Fort Benning, Georgia, y se conoce a su dueño, un sharpshooter llamado J.C. Nobel. En fin, ahí dejo las gafas y que cada cual piense lo que prefiera. Lo cierto es que es un accesorio que no es raro de encontrar en las páginas de coleccionistas, y vienen a tener el mismo sentido que las modernas gafas de tiro que, en vez de cristales, llevan un diafragma que permite regular la entrada de luz en el ojo y, sobre todo, enfocar con más nitidez el blanco.


Una imagen bastante recurrente cuando se habla de sharpshooters es el ciudadano encaramado en un árbol apuntando su arma para aliñar a todo aquel pardillo que no cayese en la cuenta de que los árboles son unos apostaderos fabulosos. Pero como se suele dar por sentado que los humanos lo tienen complicado para encaramarse en uno, y más si es de tronco recto y corteza lisa, pues no se presta atención y cuando se oye el disparo hace dos horas que le ha entrado una Minié en el pecho. Y la cosa es que eso de usar los árboles no era habitual entre los confederados y la mayoría de los tiradores de la Unión, pero no para los hombres de Berdan ya que se designaban a dos hombres por compañía para asesinatos vegetarianos, o sea, para cargarse al enemigo desde la copa de un árbol. Los dos ciudadanos más ágiles eran equipados con un juego de picas como los que vemos en el detalle de la foto de la izquierda que, aunque son modernas, permitirá hacerse una idea de qué va la cosa a los que no las hayan visto nunca. Son unos chismes bastante básicos: un hierro que llega desde la rodilla hasta el pie con dos correas, una se cerraba en el tobillo y otra sobre la pantorrilla, apoyando el pie en un estribo de unos 14 cm. de ancho. Actualmente los usan sobre todo los podadores de árboles, y suben como macacos a lo alto de una palmera antes que canta un gallo. Una vez en el apostadero y cubierto por la fronda, bastaba esperar pacientemente a que el primer tontaina se pusiera a tiro para dejarlo seco.


Pero no solo disparaban desde árboles o apostados tras cualquier accidente del terreno, sino de la forma más convencional, o sea, desde las trincheras. Ya por aquel entonces empezaban a tener lugar duelos entre escuadras de tiradores con el agravante de que su posición era delatada de forma escandalosa cada vez que disparaban. Una densa humareda indicaba a los enemigos dónde se encontraba el cazador de hombres, por lo que había que estar muy seguro de que si se efectuaba un disparo era para cobrarse una víctima. Y los del bando contrario también tenían claro que si querían averiguar dónde leches estaba el tirador enemigo había que provocarlo con alguna treta que, aunque hoy día nos parezca un poco infantil, en aquella época colaba. Hablamos de trucos tan burdos como colocar el quepis o el sombrero en la punta de una bayoneta y asomarlo un poco por encima de un parapeto, como si fuese algún pardillo que no se daba cuenta de que estaba exponiendo peligrosamente su sesera. Si el tirador caía en la trampa y disparaba contra el señuelo, su "espejo" en el lado opuesto tardaría una fracción de segundo en abrir fuego contra la humareda, antes siquiera de que tuviera tiempo de cambiar de posición. Otros optaban por algo más sutil, fabricando una percha en la que, además del sombrero, ponían el capote para aumentar el engaño. Es evidente que en la Gran Guerra una treta semejante solo serviría para que el personal se descojonase ante un intento tan torpe de engañar a un tirador avezado, pero la "inocencia" de las tropas aún no se había perdido del todo.


No obstante, los sharpshooters idearon pronto un método para aminorar el riesgo que suponía disparar desde un parapeto y caer en una de estas trampas. Era algo tan simple como coger un palo de unos 120 cm. de altura y abrirle en un extremo una ranura donde colocaban un pequeño espejo o, en su defecto, un trozo de hojalata bien bruñida. Clavaban el palo en la contraescarpa de la trinchera, apoyaban el fusil en un saco terrero y se sentaban de espaldas al parapeto apoyando el pulgar contra el gatillo y observando el espejo al mismo tiempo que procuraban mantener alineadas las miras. En el momento en que algo se cruzase por delante del cañón del fusil, disparaban. En este caso daba igual que su presencia quedase delatada ya que no corrían peligro de recibir el tiro de réplica, de modo que solo tenían que cambiarse de sitio y volver a montar el puesto de observación. Hacia 1864 depuraron aún más la técnica ya que el sistema del palo y el espejo era muy limitado tanto en cuanto solo podían disparar si algo o alguien de ponía a tiro de forma casual. Así pues, lo que hicieron fue fijar el espejo a la culata del arma, de forma que podían buscar cualquier objetivo sin tener que esperar a ver si alguien se despistaba. La recreación que vemos en la lámina de la izquierda está basada en los testimonios de la época, y era algo tan simple como un pequeño espejo de entre 1'5 y 2 pulgadas cuadradas fijado a un alambre grueso que era introducido en un orificio practicado en la culata. Algo así como los rudimentarios telescopios de espejos usados en la Gran Guerra, pero aún más básico y simple. Y lo cierto es que funcionaba, y más de uno entregó la cuchara con un boquete en el cráneo gracias a este método tan chorra pero eficiente a la vez. Es más, ¿no recuerdan haber visto en alguna peli del Oeste como el pistolero exhibicionista acierta en la diana usando un espejo y apuntando de espaldas? Pues no es un invento de los guionistas, es que ese truco se usó en verdad.


Bien, ya solo nos resta tratar lo que quizás sea lo más significativo de estos probos asesinos: su arma reglamentaria, lo que dio pie a un auténtico culebrón entre Berdan y nuestro viejo conocido, el general Ripley. ¿Lo recuerdan? Es el fulano de la foto de la derecha, y ha salido ya a relucir en alguna ocasión con motivo de su pertinaz conservadurismo y su constante negativa a todo lo que fuese innovar el ejército hasta que lo mandaron al carajo por cansino en 1863, cuando lo destinaron a inspeccionar fortificaciones porque fue capaz hasta de sacar de quicio a alguien tan aparentemente apacible como Lincoln. Y en este caso no iba a ser menos con un personaje como Berdan que, además de ser famoso, rico e influyente, tenía un carácter más bien enérgico y, a la par, voluble, todo lo contrario de Ripley, que era más inamovible que el desmedido afán de latrocinio de un político y, si de él hubiera dependido, igual manda a las tropas a combatir con arcos y flechas, que era un arma sobradamente probada y, sobre todo barata.


El grabado muestra la evidente incomodidad a la hora de recargar un fusil
de avancarga tumbado en el suelo, procurando que no se derramara la
pólvora del cartucho y sin asomar demasiado la cabeza por si las moscas
La cosa es que cuando Berdan convocó a bombo y platillo al personal para formar sus regimientos, tenía prácticamente decido que el arma de dotación sería el Springfield 1855, un eficiente y robusto mosquete de avancarga de calibre .58 que disparaba las temibles balas Minié que tanto lisiado y tanto muerto dejaron a su paso. Los cartuchos de papel permitían alcanzar una cadencia de hasta tres disparos por minuto y, de hecho, incluso los había probado de forma satisfactoria, escribiendo a Ripley sus buenas impresiones y solicitándole el envío de 750 unidades para ir armando a sus hombres. Sin embargo, mientras se tramitaba el pedido de Berdan este se fijó en el Sharps 1859 con el que Truman Head se había presentado a pasar la prueba de ingreso y se quedó prendado con el arma. Y no era para menos porque, aparte de su precisión y su robustez, tenía dos cualidades que lo hacían el arma ideal para un tirador, a saber: en primer lugar, era de retrocarga, lo que permitía aumentar la cadencia de tiro hasta el triple del Springfield. Sus cartuchos, fabricados de lino, no había que romperlos y verter la pólvora y tal, sino que se introducían por la recámara como si de un cartucho metálico se tratara. Por otro lado, para un tirador tumbado en el suelo o encaramado en un árbol era muchísimo más cómodo recargar accionando una palanca e introduciendo un cartucho que no tener que ponerse a atacar carga y proyectil a golpe de baqueta.


Sharpshooter armado con un Colt 1855. Por la forma de
empuñarlo debía ser zurdo
Tiempo le faltó a Berdan para enviar una nueva carta a Ripley diciéndole que ya no quería los Springfield, que por cierto ya estaban contratados, y que quería un millar de Sharps 1859. Ripley, al que solo la perspectiva de tener que poner en hora el reloj de su despacho debía provocarle crisis de ansiedad, puso el grito en el cielo y se cabreó bastante. Primero, porque a ver qué leches hacía con los 750 Springfield que ya estaban en camino. Segundo, porque un nuevo modelo suponía complicar más la logística de su ya de por sí desbordado departamento, saturado por las exigencias de todo el ejército yankee. Un modelo nuevo suponía disponer de repuestos para el mismo, más burocracia, adquirir partidas de munición que no era compatible con otras armas, etc. Y, para colmo, mientras el Springfield costaba solo 15 dólares el Sharps salía por 42'50 dólares bayoneta incluida, el equivalente a la paga de tres meses de un soldado raso. Y por último, previamente se habían encargado 6.000 carabinas para la caballería, por lo que la capacidad de producción de la Sharps estaba ya a tope.


Un Sharps con doble disparador. El trasero libera a medias el segundo, al
que le bastará una pequeña presión para que se produzca del disparo. El
pequeño tornillo que se ve entre ambos era para regular el peso del "pelo"
al gusto del tirador. Una presión aceptable sería alrededor de los 500 gramos
para un arma de ese tipo
Mientras tanto, el personal empezaba a protestar porque se les había prometido armamento de primera clase cuando se alistaron, y llevaban ya semanas haciendo el gamba en el campamento, empezando a hartarse de tanta instrucción y tanta maniobra sin que llegasen las armas. Sumidos en esta vorágine burocrática estaban cuando Berdan, móbile qual piuma al vento, cambió de opinión o, más problamente, "lo cambiaron de opinión" y desechó el Sharps para inclinarse en esta ocasión por el Colt revólver 1855, cambio de opinión en el que al parecer estuvo implicado el coronel Randolph Marcy, jefe del Estado Mayor del Ejército de Potomac al que estaban agregados los regimientos de Berdan. Parece ser que Marcy era amigo de Samuel Colt, que debió aprovechar la coyuntura para colocar una buena partida de rifles que, por cierto, no estaban especialmente bien vistos a pesar de que sus cinco tiros lo convertían en una eficiente arma para hombres que debían disparar con rapidez. El Colt costaba incluso más caro que el Sharps, 45 dólares en este caso, pero Berdan recurrió a las más altas esferas para lograr que el mismísimo Lincoln autorizase el suministro de mil unidades el 27 de enero de 1862. Esto sentó como una patada en el hígado a Ripley, que había sido puenteado por la cara por Berdan que, en esta ocasión, se salió con la suya y al mes siguiente ya disponía de los rifles a pesar de la pataleta de Ripley.


Las armas de la discordia: de arriba abajo, Springfield 1855, Sharps 1859
y Colt 1855
No obstante, Berdan no se conformó con los Colt, que consideró al parecer una solución de circunstancias. A la vista de que su maniobra para pasar por encima de Ripley le había salido bien, imagino porque también estaban de él hasta el gorro, volvió a intentarlo dirigiéndose directamente a la Sharps para cursar un primer perdido de mil unidades para el 1er. Regimiento y otras mil para el 2º. Para abaratarlo un poco prescindió de cuchillos bayonetas en favor de una bayoneta de cubo, pero a cambio llevarían instalados disparadores al pelo, ideales para sus fervorosos exterminadores (ya contaré un día de estos como funcionan esos disparadores). El precio final se quedaba prácticamente igual: 43 dólares la unidad. Nuevamente, Berdan se salió con la suya, pero esta vez su audacia se volvió contra él porque las tropas que ya habían recibido los Colt se negaban a usarlos afirmando que les habían prometido los Sharps, que eran más guays, mataban mejor y eran menos cansados de recargar. A Berdan casi le da un chungo porque pensaba que todo era una especie de complot contra él cuando, en realidad, las tropas solo pretendían que cumpliese lo prometido. Finalmente, logró nada menos que la Sharps diese preferencia a su pedido en detrimento del cursado por la caballería, que sería demorado tres meses, y solo cuando mostró a su gente la carta de la empresa en la que le garantizaba el suministro de los rifles se aplacaron los ánimos. Con todo, el revuelo que se formó fue de tal envergadura que hasta salió en la prensa, y la misma oficialidad, sintiéndose engañada, casi organizó un motín a causa de los puñeteros rifles.


Caja de 10 cartuchos para el Sharps y 12
cápsulas fulminantes. Como
vemos, no eran de papel, sino de lino
Pero, como digo, el tema de las armas fue un culebrón. Cuando la Sharps entregó las 2.000 unidades al ejército, los inspectores que debían dar el visto bueno a los rifles estaban tan desbordados que no tenían posibilidad de acelerar el trámite, por lo que hubo que recurrir a inspectores de la firma Colt contratados por el gobierno para poder enviarlos cuanto antes a los dos regimientos. Por fin, tras tropocientos cabreos, pataletas, apoplejías y amagos de infarto, el 8 de mayo de 1862 la compañía F del 1er. Rgto., nutrida por voluntarios del estado de Vermont, recibió los dichosos Sharps. A partir de ese momento se agilizó notablemente el envío de armas, que quedó completado un mes más tarde. Con todo, aún tuvieron que pasar un susto más porque el primer envío de munición de 200.000 cartuchos se extravió no se supo como si bien apareció en poco tiempo. De infarto, vaya. Obviamente, el cambio se notó porque eso de poder recargar y recargar cómodamente era estupendo. Lo malo es que hubo que imponer cierta disciplina de fuego porque el personal se entusiasmaba a veces más de la cuenta y se quedaban sin municiones. Con todo, su cartucho de calibre .52 era demoledor ya que ponía en el aire un proyectil Miné de 475 grains a una velocidad inicial de 370 m/seg., o sea, era supersónico, lo que aumentaba de forma dramática su devastador poder. Esto, al decir de los confederados que tuvieron que padecer sus efectos, hizo que se lamentasen diciendo que "la bala te llegaba antes que el "aviso" (el sonido del disparo), mientras que con los mosquetes de avancarga llegaba el aviso antes que la bala." Está de más decir que el personal se puso muy contentito con sus Sharps, se cargaron a mogollón de malvados rebeldes esclavistas y dejaron muy claro que eran unos asesinos cualificados. 


Más o menos así acabaron muchos de los shrapshooters de Berdan, un final
que no se suele imaginar cuando uno se alista en plan guerrero invicto
El irascible y tornadizo Berdan no pudo disfrutar mucho tiempo del mando de sus regimientos. El 7 de agosto de 1863 tuvo que ser evacuado por el empeoramiento de una herida recibida durante la segunda batalla de Bull Run, librada entre el 28 y el 30 de agosto de 1862. Un fragmento de metralla le entró por el pecho, quedando alojado en la espalda. Finalmente fue licenciado con honores del ejército el 2 de enero de 1864 sin haber podido volver al servicio activo. En cuanto a sus regimientos, siguieron dando guerra durante el resto del conflicto. En agosto de 1864 fueron disueltas algunas compañías del 1er. Rgto., y el 31 de diciembre se fusionaron ambos para formar un batallón ya que muchos de sus efectivos habían sido licenciados. El 20 de febrero de 1865 el 2º Rgto. fue oficialmente disuelto, y las compañías que aún estaban en activo fueron agregadas a regimientos de infantería de línea en sus respectivos estados. El balance final de la contienda fue el siguiente: el 1er. Rgto. sufrió unas bajas en acción de un oficial y 143 hombres entre muertos y heridos, mientras que un oficial y 128 hombres palmaron a causa de enfermedades. El total fue de 282 bajas, es decir un 28% de los efectivos iniciales. El 2º Rgto. tuvo entre muertos y heridos en acción 8 oficiales y 110 hombres, y dos oficiales y 123 hombres muertos por enfermedades. El total de bajas en este caso ascendió a 250 hombres, un 25% de los efectivos. Un tributo no precisamente barato para dos unidades que, en teoría, según su creador lucharían a una saludable distancia del enemigo.


Que los abuelos de estos criminales cayesen como moscas precisamente
para que escenas como esa no se volviesen a repetir produce arcadas. Y aún se
siguen creyendo eso de ser los líderes del mundo libre. ¡Y UN CARAJO!
Ojo, esos mismos o sus hijos fueron a liberar Europa de Hitler porque era
muy malo y se portaba fatal con los judíos, manda cojones...
El 9 de abril acabó la guerra, los yankees se pusieron muy contentitos por haber derrotado a los malvados rebeldes esclavistas y los negros, que pensaron que con la derrota de sus antiguos amos llegaba la libertad, no podían imaginar el largo y penoso camino que aún les quedaba por delante para ser tratados en igualdad de condiciones respecto a los blancos. Nunca he comprendido que la abolición de la esclavitud por la que los estados rebeldes llevaron a cabo la secesión que costó cientos de miles de vidas y por la que Lincoln declaró una guerra larga y sangrienta, al cabo solo sirvió para que los negros siguieran puteados a base de bien hasta más de un siglo después. Aunque, ¿qué se puede esperar de los anglosajones?

Bueno, creo que no se me ha olvidado nada, así que s'acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

POST SCRIPTVM: De las armas de esos probos asesinos ya hablaremos con pelos y señales otro día.

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Escuadra de sharpshooters del 2º Rgto. armados con el rifle revólver Colt 1855