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sábado, 28 de noviembre de 2020

6 CURIOSIDADES CURIOSAS SOBRE EL BARÓN ROJO

 

Foto coloreada por este menda de la época gloriosa
de Von Richthofen, cuando era la joya de la corona
de la propaganda alemana

Indudablemente, el Barón Rojo es con toda seguridad el personaje más conocido de todos los que intervinieron en la Gran Guerra, así como el más famoso as de todos los tiempos. No deja de ser curioso cómo un piloto con 80 derribos, una cifra notable en cualquier época, sea conocido hasta por los críos de teta mientras que sus colegas de la siguiente guerra sean ignotos incluso para ciudadanos aficionados a estos temas. De hecho, 108 aviadores alemanes superaron dicha cifra, empezando por el mayor Erich Hartmann, con 352 victorias y máximo as mundial de todos los tiempos, y acabando con el también mayor Heinrich, príncipe Sayn-Wittgenstein, con 83 victorias. Sí, sí, ya lo sé... en la Gran Guerra la aviación estaba aún en pañales y no intervinieron las escandalosas cantidades de aparatos que en la Segunda, pero no deja de resultar significativo que la figura de Von Richthofen se haya convertido en un icono planetario mientras que otros pilotos con más logros sean desconocidos para casi todo el mundo. Más aún, aunque la fama de piloto infalible la tuvo nuestro hombre, otros eran considerados técnicamente como más eficientes, empezando por su hermano menor Lothar a pesar de que solo alcanzó la mitad de victorias que Manfred si bien ocupó el doceavo puesto en la lista de ases tedescos. Por cierto, en Alemania no se llamaba "as" a los que derribaban mogollón de aviones, sino "Kanone", o sea, cañón.

Manfred y Lothar von Richthofen en una postal
de la época. Según se aprecia en las fotos, nuestro
hombre no era precisamente alto

¿Que por qué Richthofen se llevó la fama? Bueno, tuvo más suerte, era un joven y apuesto oficial cuya imagen fue muy aprovechada por la propaganda y, ciertamente, tenía un valor temerario, rayano al suicidio, y una agresividad en combate que lo convertían en un acosador implacable que no concebía otra opción que acabar con su enemigo a cualquier precio. En fin, solo sobre su personalidad se han escrito mogollón de libros, y podríamos decir que fue tocado con el gen de los héroes, esos ciudadanos que son encumbrados en la cúspide de la gloria aunque en realidad su vida no haya sido ese camino de éxitos y honores que solo se ven en las fotos de la propaganda. Por ejemplo, el joven que suele aparecer sonriente, con jeta de triunfador garantizado y que derrocha seguridad en sí mismo, vivió sus últimos tiempos sumido en la más negra depresión tras sufrir la herida en la cabeza que casi lo deja inútil para el servicio y le hizo ver muy de cerca la desagradable cara de la Muerte, y dejaba de lado la esplendorosa vida que llevaban los miembros de su unidad en el Château Bethune, el lujoso palacete que servía de cuartel general a la Jagdgeschwader 1, prefiriendo encerrarse en su alcoba reconcomido por los más lúgubres presagios. Solo cuando se montaba en su avión lograba ahuyentar sus fantasmas interiores y recuperar su carácter habitual, pero no deja de ser significativa la diferencia entre el mito y la realidad sobre este hombre.

Bien, tras este breve introito vamos al grano ante de que mis enemigas se levanten de nuevo en armas, que llevan unos días un tanto revueltas. Y aunque más de uno crea que lo sabe todo sobre nuestro héroe, posiblemente ignore muchas de las curiosidades curiosas que narraremos hoy.

En el centro vemos a un Manfred que apenas está entrando en la
adolescencia con su uniforme de cadete. A la derecha aparece su
hermano Lothar, dos años más joven, y en el trineo está el más
pequeño, Karl, nacido en 1903

1. Manfred Albrecht, freiherr von Richthofen. Ese era su nombre completo. Freiherr significa literalmente "señor libre", y se equipara al título de barón que usan otras naciones. No obstante, en puridad, freiherr no es en realidad un título nobiliario, sino una especie de estatus o rango familiar, como por ejemplo el de los inzanfones o hijosdalgo españoles. O sea, eran miembros de la baja nobleza y de ahí que todos los componentes de la familia hiciesen uso del, llamémosle, título. Me explico: solo una persona puede ostentar un condado, marquesado, etc.: el heredero de la familia, y solo cuando su predecesor pasa a mejor vida. Solo puede haber un conde, un duque o un marqués. Pero un rango familiar era extensivo a todos los miembros del clan, y de ahí que su padre, Albrecht Philip, y sus otros dos hermanos varones, Lothar Siegfried y Karl Bolko, también fuesen freiherren; del mismo modo, su madre Kunigunde y su hermana mayor nacida en 1890 Elisabeth Therese, recibían el tratamiento de freifrauen (en singular freifrau, señora libre).

Blasón de los Richthofen

Los Richthofen descendían de un tal Johann Praetorius (1611-1664), natural de Bohemia, que alcanzó el rango de caballero en 1661 de manos del emperador Leopoldo I. Este probo bohemio germanizó su apellido, transformándolo de su forma latina Praetorius- casa del pretor o tribunal donde ejerce su oficio el pretor- a Richthofen, que viene a significar lo mismo que en latín (richter = juez, hof = corte, o sea, corte de justicia o tribunal). Fue Federico II de Prusia el que concedió a los Richthofen el título de barón si bien, como hacían muchos nobles, preferían seguir haciendo uso del freiherr, quizás porque así todos los miembros del clan podían hacer gala de su rango mientras que de otra forma solo sería posible cuando papá palmara, y aún así, solo el mayor que, en este caso, sí era Manfred. Por cierto, Wolfram Von Richthofen, el mandamás de la Legión Cóndor, era primo carnal suyo por ser hijo de Karl Friederich, hermano de Albrecht Philip. Esta familia eran ricos terratenientes que, como en el caso del padre de nuestro hombre, combinaba la cosa agraria con la milicia ya que sirvió en el ejército prusiano, concretamente en el Leib-Kürassier Regiment nº 1, acantonado en Breslau (actual Wroclaw, Polonia).

2. El Barón Rojo. Este apodo, por el que es universalmente conocido, fue creado por los aliados. Como ya se comentó en su día, los pilotos adoptaron la costumbre de pintar sus aparatos de colores vistosos, por un lado para poder identificarse entre ellos cuando se enzarzaban en aquellos combates aéreos que más bien parecían enfrentamientos entre enjambres de avispas cabreadas. Y por otro, por mera cuestión de vanidad, en plan caballero medieval que pinta en su escudo algo que acojone al enemigo y que haga que su fama trascienda. En el caso de nuestro hombre, fue hacia finales de 1916 cuando mandó pintar de rojo su Albatros D.III nº 789/17 (foto de la derecha). Aunque él mismo afirmaba que lo hizo sin tener un motivo claro, lo más probable es que optara por ese color para ser especialmente visible tanto a amigos como enemigos. El mismo Richthofen tuvo noticia del nacimiento del apodo tras su 18ª victoria, que tuvo lugar a las 12:15 horas del 24 de enero de 1917, al oeste de Vimy. Se enfrentó contra un Farman F.E. 2b del 25º Escuadrón pilotado por el capitán Oscar Greig y con el 2º teniente John MacLean como ametrallador/observador.

El 2º teniente John Eric MacLean (1896-1961)

Tras un largo rato dándose estopa mutuamente, Richthofen obligó a aterrizar a sus enemigos, que fueron hechos prisioneros justo después de meter fuego al aparato para que no pudiera ser aprovechado por los tedescos. Nuestro hombre, que tuvo que aterrizar de mala manera porque le habían hecho polvo el plano inferior de una de las alas de su Alabatros, al saber que los british (Dios maldiga a Nelson) estaban ilesos quiso conocerlos ya que eran los únicos enemigos que hasta el momento habían sobrevivido a un combate contra él. Ya saben que en esa época los pilotos se tomaban sus movidas poco menos que como un torneo entre caballeros donde, ante todo, primaba la cortesía y tal. Muy interesado, les preguntó si habían visto antes su avión rojo revoloteando por el frente, a lo que MacLean respondió que sí, que lo conocía de sobra, y que entre ellos lo llamaban "le petit rouge", el pequeño rojo en francés.

Está de más decir que, aparte de que su ego aumentase un 500%, eso de ser un fiero enemigo conocido en todo el frente era una formidable arma de propaganda, por lo que el Oberste Heeresleitung (OHL, el Mando Supremo del Ejército) le sugirió- léase le ordenó- que narrara sus batallitas en un libro que fue publicado a finales de aquel mismo año por la editorial Ullstein bajo el título "Der rote Kampfflieger", el Piloto de Combate Rojo, que fue un verdadero pelotazo. Un "best seller", como dirían actualmente. El libro, de apenas 185 páginas, formaba parte de una colección de bolsillo llamada Ullstein Kriegsbücher (Libros de Guerra Ullstein) en la que afamados militares tedescos contaban sus experiencias para fomentar los valores patrios y tal. Ojo, como ya podrán imaginar contaban experiencias gloriosas. De los pilotos que palmaban achicharrados por el aceite inflamado antes de estamparse contra el suelo, de los infantes berreando con las tripas fuera tirados en mitad del fango y de los marinos perdidos para siempre en el abismo no se decía ni pío, que la gente se ponía muy sensible con esas cosas. A la derecha podemos ver la portada de un ejemplar de la primera edición firmado por el mismo Richthofen.

Richthofen en el Frente Oriental, rodeado de escombros, o sea,
el peor sitio del mundo para que un fiero ulano pudiera desfogarse
3. El jinete aéreo. Como muchos ya sabrán, Richthofen procedía del arma de caballería. Como era habitual en las familias aristocráticas, su educación fue encomendada a tutores privados, pasando solo un año en la escuela pública de Schweidnitz antes de ser enviado con apenas once años a la Academia de Cadetes de Whalstatt para, posteriormente, ingresar en la academia de Groβ-Lichterfelde, donde se graduó en 1912 como Fähnrich (abanderado, equivalente a alférez en el arma de caballería) y enviado al Ulanen-Regiment nº 1. Como ya saben, los retoños de las familias de postín servían por lo general en la caballería o en la armada porque eso de la infantería era cosa de pobretones y, además, había que ir de un sitio a otro andando, y eso cansa mucho.  

Cuando empezó la fiesta, el joven Manfred, que apenas tenía 22 años, fue enviado a la zona de la frontera ruso-polaca ocupada por Alemania, donde al parecer se aburría como un galápago por la escasa actividad del sector. Meses más tarde fue destinado al Frente Occidental, donde la cosa estaba mucho más animada pero, ¡oh desilusión!, la guerra de trincheras era muy asquerosilla, le quitaron el caballo y lo pusieron a currar en destinos donde no había acción,  y eso no casaba para nada con el fogoso carácter del joven teniente así que pidió ser trasladado al Fliegertruppe, el germen del arma aérea alemana. Hay que tener en cuenta una cosa: durante todo el conflicto no hubo un ejército del aire propiamente dicho. Los pilotos procedían de cualquier arma o cuerpo e incluso, como recordaremos, los dirigibles dependían de la Kriegsmarine o del ejército. De ahí que, como en el caso de Richthofen, sus componentes conservaran el rango y el uniforme de su arma original. Por esa razón, nuestro probo homicida suele aparecer en las fotos con la casaca de doble botonadura propia de la caballería (foto de la derecha) y su rango no era el de hauptmann (capitán de infantería), sino rittmeister (literalmente, maestro de monta, capitán de caballería
)

4. El primer derribo. En mayo de 1915 el fogoso Richthofen pudo hacerle dos higas al ejército de tierra y largarse a la escuela de observadores de Colonia. Recordemos que las primeras misiones de la aviación no consistían en derribar colegas enemigos o arrojar bombas, sino sacar fotos y localizar objetivos adecuados para la artillería propia. Unas semanas más tarde, cuando acabó su cursillo de capacitación, fue destinado al Fledflieger Abteilung 69 que, para ocultar su verdadero cometido, era llamado Brieftauben-Abteilung Ostende (Sección de Palomas Mensajeras de Ostende), que sería enviado al Frente Oriental. Pero los rusos no daban guerra en el aire, así que a Manfred lo montaron en un biplaza Albatros B.II (foto de la izquierda) para que se hartase de sacar fotos a mansalva y enviar informes, lo que también le aburría soberanamente. De hecho, el aparato ni siquiera estaba armado, por lo que ya podemos deducir que volar en aquel sector era un gratificante paseo.

Albatros D.I. Aunque pueda parecer lo contrario, el artillero podía
causar un serio disgusto al que lo persiguiera. Su ametralladora
podía barrer casi toda la zona trasera del avión, y si alcanzaba de lleno
el motor del aparato enemigo adiós muy buenas.
De vuelta en el Frente Occidental, tuvo su primera escaramuza yendo como observador/ametrallador en un Albatros C.I con el que, según él y su piloto, logró derribar a un Farman gabacho (Dios maldiga al enano corso). Pero a pesar de que lo vieron caer y quedarse con el morro metido en el cráter de una explosión, no hubo testigos que confirmaran la victoria, así que se quedó con las ganas. El
 26 de abril de 1916, tripulando un Albatros C.III de su nuevo destino, el Jasta 8 al mando de Wilhelm Boelcke, hermano de Oswald, volvió a reclamar una nueva victoria, en este caso sobre un Nieuport Scout sin que, una vez más, lograra testigos para poder apuntarse el derribo. La ofensiva del Somme en el verano de 1916 fue el punto de inflexión, cuando Boelcke fue reclamado para formar el Jasta 2 y, mira por dónde, se acordó del belicoso prusiano y le preguntó si se quería unir a la nueva unidad. Richthofen no lo dudó ni un nanosegundo. No obstante, el día glorioso no llegaría hasta el mes de septiembre. El día 26, la 3ª Brigada del Royal Flying Corps organizó una operación de bombardeo sobre la estación de Marcoing, en Cambrai. El grupo de ataque lo formaban cuatro B.E. 2d del 12º Escuadrón escoltados por seis F.E. 2b del 11º Escuadrón. Los bombarderos iban en esta ocasión sin observadores para aumentar la carga de bombas. Casualmente, ese día era el estreno del Jasta 2, y la mayoría de sus pilotos eran novatos que aún no se habían enfrentado a un aparato enemigo de igual a igual. Como no podía ser menos, en cuanto los tedescos avistaron a los british se abalanzaron sobre ellos como lobos sedientos de vísceras británicas. 

Richthofen pilotaba
 el Albatros D.II 491/16 (foto de la izquierda), un potente aparato armado con dos ametralladoras LMG 08/15. A las 11:00 horas se topó con un F.E. 2b de la escolta. Previamente, Boelcke ya había mandado a paseo al líder del grupo tripulado por el capitán Gray y el teniente Helder. Al belicoso Manfred le debieron palpitar peligrosamente las arterias del pescuezo, porque se lanzó contra su enemigo y abrió fuego a apenas diez metros de su cola, queriendo asegurar como fuera el derribo. Repentinamente, al avión británico se le paró el motor y empezó a descender suavemente sin que el prusiano dejara de seguirlo y no dejando de disparar hasta que alcanzó al ametrallador situado en la proa. A partir de ahí, el F.E. 2b empezó a caer describiendo curvas cerradas. El remate lo llevó a cabo otro avión alemán que apareció a unos 1.200 metros y abrió fuego contra el inglés, que acabó estrellándose cerca de Villers Plouich. Obviamente, la victoria era para el aguerrido Manfred, que no dudó en aterrizar en el prado donde había caído su enemigo para hacerse con un trofeo. 

Lionel Morris (1897-1916) y Thomas Rees (1895-1916)
El ametrallador, el capitán Thomas Rees, del Real Rgto. de Fusileros Galeses nº 14, había palmado como un auténtico y verdadero héroe, siendo enterrado con honores por sus caballerosos enemigos. Por cierto que, cosas del hideputa destino, ese mismo día un rayo dejó frito a su hermano. Ya es mala suerte, ¿que no? En cuanto al piloto, el 2º teniente Lionel Morris, del Real Regimiento de West Surrey nº 3, lo encontraron malherido, pero entregó la cuchara antes de que una ambulancia pudiera trasladarlo al hospital de sangre cercano. Fue enterrado en el cementerio de la Puerta de París, en las afueras de Cambrai. Ambos tenían 21 y 19 años respectivamente, y su matador 24. Manda cojones, ¿que no? ¿Se imaginan hoy día a un chaval de apenas 19 años con las dos estrellas de teniente pilotando un avión, y  otro con las tres de capitán y solo dos años más como ametrallador? Por cierto que Richthofen tuvo que esperar unos días a que, como era costumbre, Boelcke recabara testimonios que corroborasen la victoria para entregarle la Ehrenbecher, la Copa de Honor que se concedía a los que obtenían su primera victoria.

4. Los amoríos de Richthofen. Un héroe sin damisela es como unas judías pintas sin chorizo, así que se han atribuido amoríos como Dios manda a nuestro probo homicida, como no podía ser menos. No obstante, lo cierto es que, al menos oficialmente, no se le conoció ningún idilio, ni siquiera el típico noviazgo pactado propio de las familias de fuste. No deja de ser extraño que, en una época en que la gente matrimoniaba a edades tempranas y que en la aristocracia era obligado por aquello de mantener el linaje, Manfred pasara del tema o, al menos, no se le conociera ninguna novia o prometida independientemente de que se diera sus revolcones con las complacientes gabachas si se terciaba. En todo caso, el hipotético romance más difundido es el que supuestamente mantuvo con Käte Otersdorf, la enfermera que lo cuidó durante su convalecencia cuando fue herido en la cabeza el 6 de julio de 1917. Sin embargo, no parece ser que, al menos en público, se les notara absolutamente nada que diese a entender que había un idilio por medio, cosa que, como sabemos, no se puede ocultar y menos cuando se es joven y se puede palmar en cualquier momento. Como vemos en la foto, Fräulein Otersdorf no era precisamente una mujer arrebatadora. Su rostro de rasgos vulgares, su rictus serio y su mirada llena de cansancio, así como su pose, forzada y como deseando que acabe, no parece dar el tipo para una futura freifrau. Richthofen, por el contrario, aparece razonablemente jovial a pesar de la herida, firmemente apoyado en su bastón y con su sempiterno aire de seguridad en sí mismo. Esta foto, tomada para la voraz propaganda, muestra solo una enfermera harta de ver palmar gente joven y un joven habituado a posar, pero no hay nada que indique que pueda haber algo más salvo que ambos lo disimularan muy bien. Al cabo, la diferencia de estatus social también era en aquella época algo que se tenía muy en cuenta, y para trincar a un aristócrata había que ostentar apellidos. Sea como fuere, lo cierto es que tras la larga estancia hospitalaria de Richthofen la persona de Käte Otersdorf desaparece y no se supo más de ella.

Siempre seria la Otersdorf. Lánguida, triste...
No se me antoja la candidata ideal, pa qué mentí...
Por otro lado, Richthofen era un ídolo del mujerío tedesco. La enorme difusión que se hizo de su persona y su aspecto indudablemente atractivo causó furor, y las postales en las que aparecía con su elegante uniforme de ulano adornado por las más preciadas condecoraciones debían derretir a las damiselas germanas que, al parecer, lo enterraban literalmente en cartas que, por desgracia, no han llegado a nuestros días, pero que serían sumamente interesantes de leer para conocer a fondo la impresión que causaba nuestro hombre en sus paisanas. Sin embargo, solo prestaba especial atención a las de una mujer cuyo nombre no ha llegado a nosotros pero que, según su madre, la freifrau Kunigunde, era la única receptora de la pasión de su amado Manfred. Según le confesó al periodista estadounidense Floyd Gibbons tras la guerra, "Manfred amaba a esta chica. Tenía para ella el amor de un hombre honorable por la mujer que quería que fuera la madre de sus hijos. Yo sé que ella lo amaba". Pero la Kunigunde no dijo quién era la amada, así que nos quedaremos con la intriga. 
En mi opinión, puede que Richthofen tuviera ese apasionado romance con alguien que su madre ocultó. Puede que ni siquiera tuviera conocimiento del mismo hasta después de la muerte del héroe, cuando le enviasen sus pertenencias a casa y descubriese en su correspondencia que, en efecto, su retoño andaba encandilado por alguna damisela. 

Richthofen en unas carreras de caballos en Grunewald donde, como vemos,
acudió sin compañía femenina. Era 
público y notorio que se trataba de
un sujeto cortés y educado con 
las señoritas, pero en modo alguno
un mujeriego y bastante 
reticente a aparecer en público como no fuese solo
Por otro lado, también es lógico que prefiriera mantener en secreto su nombre porque darlo a conocer no solucionaba nada y, además, ya sabemos que en aquellos tiempo se respetaba la intimidad de las personas, no como hoy día, que te levantas estreñido y a la media hora lo sabe medio planeta. Puede que fuera una chica de su misma alcurnia, razón de más para callar ya que podría chafarle algún pretendiente posguerra. Y puede que Richthofen no hubiese dicho nada porque, como sabemos, su profunda depresión y el estado de ánimo tan penoso que arrastró tras la herida en la cabeza lo tenían convencido de que no conocería el fin de la guerra, por lo que preferiría no ir más allá del mero carteo para no causar mayores pesadumbres si, en efecto, acababa de mala manera. En fin, un misterio misterioso más para añadir a la lista de misterios sin resolver. Por cierto, su hermano Lothar, que se estrelló en un accidente aéreo en 1922 pocas semanas antes de cumplir los 28 años, sí tuvo tiempo de casarse en junio de 1919 con Doris Katharina,
gräfin (condesa) Von Keyserlingk, e incluso de hacerle dos críos, Carmen Viola y Wolf Manfred. No perdió el tiempo, vaya...

El Fokker Dr1 425/17. Estaba pintado enteramente de rojo excepto el
timón de cola, que iba de blanco. Así mismo, la cruz de hierro fue
sustituida por una cruz balcánica tanto en el fuselaje como en la cola
5. Su última victoria. El 20 de abril de 1918, Richthofen logró su octogésimo derribo pilotando el Fokker Dr1 425/17. Bueno, en realidad fueron dos en uno ya que el septuagésimo nono tuvo lugar apenas tres minutos antes. El encuentro debió tener lugar casi de noche, porque el primer derribo del héroe fue constatado a las 18:40, que en esa época del año y conforme al horario solar que aún se usaba por aquellos tiempos sería casi la anochecida. La escabechina la protagonizó el 3er. Escuadrón, equipado con aparatos Sopwith Camel y cuyo comandante, el mayor Richard Raymond-Baker, había sido promocionado aquel mismo mes tanto al rango como al mando de la unidad con solo 24 años. Hacia las 18:00 horas avistaron al este de Villers-Bretonneux media docena de Fokkers Dr1 pintados de vivos colores y, entre ellos, uno rojo. Chunga perspectiva, ¿no?

El mayor Raymond-Baker, la penúltima
víctima de Von Richthofen
A las 18:40 ya estaban en plena refriega, y de momento se vio caer sobre el bosque de Hamel el Camel de 
Raymond-Baker envuelto en llamas. Era la septuagésimo nona víctima de Richthofen, que abrió fuego contra él a cierta distancia pero con mortífera precisión ya que le bastaron unos cuantos disparos para acabar su enemigo. En su ayuda había acudido el 2º teniente Kinney, que logró ponerse en la cola del Fokker de Richthofen y dispararle unos 150 cartuchos que no lograron acertar al "Kanone" tedesco. De inmediato, otro Fokker pintado de verde y blanco se puso a las seis de Kinney, que prudentemente optó por largarse echando leches para no acabar como su comandante, del que ni siquiera se pudo recuperar la momia calcinada en que se habría convertido. Raymond-Baker no tenía un historial precisamente brillante. A pesar de estar volando desde octubre de 1915, cuando fue derribado solo tenía en su haber media docena de victorias volando con un observador- o sea, el que de verdad había derribado los aviones enemigos era su colega-, si bien fue premiado con la Cruz Militar. El 17 de septiembre, apenas tres días antes de ser abatido, le fue concedido el mando del escuadrón, que como vemos le duró menos que a un político un maletín lleno de billetes morados. 

David Lewis (1898-1978)
Pero la fiesta aún no había terminado. Tres minutos después de que Raymond-Baker obtuviera la jubilación anticipada, Richthofen se abalanzó contra otro Camel del escuadrón, en este caso el pilotado por el 2º teniente David Greswolde Lewis, de solo 20 años, y al que se le apareció la Virgen y medio santoral porque tuvo una potra incuestionable. Intentando zafarse del tedesco, que como era habitual se pegaba a la cola de sus enemigos como una lapa, zigzagueaba mientras descendía para quitarse de encima al insaciable Manfred. Le bastaron 50 disparos para incendiar el depósito de reserva de 32 litros de gasolina, y las llamas empezaron a consumir el fuselaje del avión mientras que Lewis intentaba aterrizar antes de que el fuego alcanzara la alas y se fuera definitivamente a hacer gárgaras. En un alarde de suerte poco vista y con el aparato ardiendo pudo hacerlo aterrizar a apenas 40 metros de donde aún se quemaba el de su comandante. Al salir del avión en llamas vio como el Fokker de Richthofen se aproximaba volando a baja cota para comprobar ambos derribos. Al ver a Lewis parado como un pasmarote lo saludó balanceando las alas y se largó tranquilamente mientras que el perplejo Lewis comprobaba que, ciertamente, había vuelto a nacer porque vio que tenía agujeros de bala tanto en los pantalones como en la cazadora que no llegaron a rozarle siquiera. Al suertudo piloto lo apresó un grupo de tedescos, si bien su cautiverio fue breve: el 1 de diciembre de 1918 fue repatriado a su natural Rodesia con el dudoso honor de haber sido la última víctima del infalible "petit rouge" o, como también lo llamaban los british, "the Red Battle Flyer".

6. El Museo Richthofen. Quince años después de la muerte de nuestro hombre, la familia montó un pequeño museo en el domicilio de los Richthofen en Schweidnitz, ubicado en el número 10 de la calle Striegauer (foto de la izquierda), rebautizada tras la guerra con el nombre del héroe. En la puerta del palacete, un conserje vendía las entradas y ofrecía a los visitantes postales de Manfred y Lothar en su época gloriosa, así como un folleto escrito de su puño y letra por la freifrau Kunigunde en el que narraba con pelos y señales cómo fue el controvertido final de su hijo. La aristocrática señora mostraba a los visitantes los pasillos repletos de trofeos de caza de la familia, así como el dormitorio de Manfred, donde aparecían mogollón de objetos personales de su actividad como piloto en forma de matrículas cortadas de los fuselajes de los aviones que derribaba, las copas de plata que se mandaba hacer cada vez que lograba una victoria y demás chismes y recuerdos.  No debió ser agradable para la pobre mujer tener que recurrir a ganarse unos marcos mostrando los recuerdos y objetos personales de sus hijos muertos y tener que mercadear con ellos con gente que, en muchos casos habían sido sus enemigos durante la guerra. Colijo que las madres de los héroes sufren mucho más que las de los cobardes.

En fin, con estas seis curiosidades van listos por hoy. Sí, ya sé que tocaba la segunda parte de los fundíbulos, pero tengo atascados los dibujitos de turno, qué le vamos a hacer. En todo caso, les garantizo que lo que hemos narrado no aparece en ningún documental, así que a saco con sus miserables cuñados.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:


El clan Richthofen al completo. De izquierda a derecha tenemos a Manfred, su madre Kunigunde, Lothar, Karl Bolko e Ilse. Sentado aparece el patriarca, que por aquella época ya había pasado a la
reserva y palmaría en 1920 con 60 años.


miércoles, 23 de noviembre de 2016

Gloriosa efemérides


El anterior regidor de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, portando la espada Lobera durante la procesión que, desde 1255,
conmemora la rendición de Sevilla a Fernando III el 23 de noviembre de 1248 (Foto ABC)

Fernando III
Dilectos lectores, tal día como hoy, onomástica de San Clemente, hace ya 768 años nada menos, el alevoso valí Abu Hassan al-Saqqaf ibn Abu Alí aceptaba las duras condiciones impuestas por Fernando III para rendir Sevilla. Tras varios encuentros en la alquería de Torreblanca, a mitad de camino entre la ciudad y el poderoso castillo de Yabir en lo que hoy es Alcalá de Guardaíra, el valí tuvo finalmente que aceptar lo inexorable y entregar la ciudad libre et quita, toda entera y vacía. Con esta postrera conquista, el monarca castellano, que contaba en aquel momento con unos 48 años, culminaba una vida entera dedicada a recuperar las tierras que la morisma nos arrebató enhoramala, siendo el rey que más territorios arrancó de las manos de los musulmanes.

Atrás quedaban quince meses de cruento asedio, de furiosas espolonadas por parte de las guarniciones de Sevilla, de los castillos de al-Faray y Triana, del terrible calor, de las lluvias de otoño y primavera, de penurias y de privaciones tanto por parte de la hueste castellana como de los habitantes de la populosa urbe. En la hueste castellana sirvieron las milicias concejiles de multitud de ciudades, las mesnadas de los ricoshombres de Castilla, los caballeros de las órdenes de Santiago, del Hospital, del Temple, de Calatrava y de Alcántara; acudieron a la conquista, que obtuvo bula de Cruzada del papa Inocencio IV, caballeros y hombres de armas de Aragón, de Portugal, de Francia, de Alemania, de Italia y hasta de la brumosa Albión, y entre todos hicieron frente a una de las ciudades mejor fortificadas de Occidente, con más de siete kilómetros de muralla y antemuro defendidos por 166 torres y con el Tagarete y el caudaloso Guadalquivir como fosos naturales y guarnecida por miles de hombres.


Maqueta de Sevilla durante la Reconquista
La capitulación contemplaba que, en día de su firma, las tropas castellanas tomarían posesión del alcázar, pero nadie entraría en la ciudad hasta pasado un mes. Durante ese tiempo, sus habitantes podían vender sus enseres y todo lo que no quisieran llevar consigo hasta que, finalmente, el 22 de diciembre el valí y su séquito salieron por la bäb al-Qata'i, la Puerta de las Naves, para hacer entrega a don Fernando de las llaves de la ciudad. El monarca, que esperaba a al-Saqqaf junto a su hueste en el arenal que se extendía desde la torre del Oro hasta más allá del puente de barcas, recibió la entrega de la ciudad para, finalmente, entrar por la puerta de Goles para adueñarse de ella. Juro que si inventasen una máquina del tiempo y me ofrecieran darme un garbeo por el pasado, el primer momento histórico que elegiría sería ese.

El castillo de Triana y el puente de barcas
El cerco a Sevilla dio lugar a infinidad de leyendas, como era habitual en las acciones militares de envergadura. Hubo intervención mariana y manó agua de donde no había más que lagartos resecos y alacranes con muy mala leche. Se llevaron a cabo hazañas que perdurarán para siempre en la memoria de los hombres, como la derrota infligida a la flota enviada por el emir de Túnez en auxilio de la ciudad o la ruptura del puente de barcas a manos de dos galeras tripuladas por los bravos marineros cántabros y capitaneadas por Ramón de Bonifaz y Paio Gómez Chariño, y los más encumbrados caballeros de la época dieron estopa sin descanso a la morisma quedando sus nombres unidos para siempre al cerco de Sevilla: el maestre de Santiago Pelayo Pérez Correa, Garci Pérez de Vargas, Lorenzo Suárez Gallinato, los infantes don Alfonso, don Enrique y don Fadrique, hijos del monarca, su hermano Alfonso, señor de Molina, Rodrigo González Girón y un largo et cétera de ricoshombres y caballeros que acudieron a la llamada de las armas para acometer una empresa basada ante todo en la fe, porque si se fiaban solo en las probabilidades de éxito nadie habría seguido a don Fernando.


Al-Saqqaf entrega al rey Fernando las llaves de Sevilla. Las cosas como son, no hay un solo cuadro que represente
la rendición de la ciudad que valga un duro. Ya podría Ferrer-Dalmau pintar uno decente, leches

En fin, recuperar Sevilla fue una empresa digna de un monarca como Fernando III, al que ni su mala salud ni sus levantiscos nobles pudieron impedirle ser el rey castellano que más incordió y más guerra hizo a la morisma. Por cierto que los que quieran vivir ese apasionante periodo histórico lleno de alevosías, conjuras y batallas de las buenas, pueden hacerlo leyendo "Sevilla para Castilla", mi opera prima, la cual cuesta menos que un paquete de tabaco que mata más que una cobra con tos ferina. Así pues, no se priven del deleitoso placer de la lectura que, además, ilustrará a vuecedes acerca de los turbulentos tiempos que vivieron los que nos precedieron y, cómo no, les permitirá apabullar a sus respectivos cuñados cuando hagan una visita a la trimilenaria urbe.

Bueno, no quería dejar pasar la ocasión de festejar tan señalado día porque otros años se me ha pasado por alto por una cosa o por otra. Vaya pues por el santo monarca:


¡CASTILLA, CASTILLA, CASTILLA  POR EL REY DON FERNANDO!

y esas cosas que se dicen, amén y tal.

Hale, he dicho

jueves, 10 de octubre de 2013

La última carga



El 3er. Regimiento Saboya de Caballería en plena carga 

Las armas modernas acabaron con las guerras elegantes. La aparición y proliferación de la ametralladora hizo descender rápidamente a los gallardos jinetes de sus pencos para verse obligados a combatir como la infantería. Creo que cualquiera que me lea convendrá conmigo en que la caballería es absolutamente chulísima de la muerte, heroica, gentil y gallarda como ella sola, y que no es lo mismo palmarla a lomos de un brioso caballo de guerra que medio sepultado en el fango pútrido de las trincheras, mezclado con los restos a medio descomponer del cuñado que la diñó dos semanas antes.

Escudo fundacional del
regimiento en 1692
Pero los estrategas no estaban por la labor de mantener en vigor unos métodos de guerra razonablemente honorables, así que la antaño reina de los campos de batalla fue quedando obsoleta a una velocidad increíble. Con todo, y aunque muchos piensen que la caballería pasó a la historia en los albores de la Primera Guerra Mundial, en el siguiente conflicto aún dio que hablar y, de hecho, tuvieron lugar acciones memorables como la que detallo a continuación, realizada por el 3er. Regimiento Saboya de caballería en el frente ruso el día 24 de agosto de 1942. La épica batalla tuvo lugar cerca de un pueblo ucraniano llamado Isbucensky, del que nadie había oído hablar jamás de los jamases hasta ese glorioso día en que los jinetes italianos demostraron al mundo que las ametralladoras no eran enemigo para todo aquel que bajo su bragueta dispusiera de buenas dosis de testiculina.


El regimiento formado para revista
El Regimiento Saboya era una antigua unidad de caballería cuya fundación se remontaba al 23 de junio de 1692. Estaba formado por nueve compañías que, un siglo más tarde, se convirtieron en cuatro escuadrones para dar lugar a un tipo de unidad tácticamente más moderna y flexible. Desde su creación no se perdieron una sola guerra decente, participando incluso en la Guerra de Sucesión española. Así llegaron al año 1941, cuando el regimiento fue enviado a Croacia para, ese mismo año, ser encuadrados en la 3ª división al mando del general Messe y enviados al puñetero infierno, o sea, al frente ruso, con la misión de explorar y batir las grandes zonas vacías entre las líneas alemanas e italianas, para lo cual venían de perlas los caballos ya que el fango producido tras el deshielo no era un medio precisamente apto para los vehículos a motor. Así se tiraron cerca de un año hasta que llegó el día 23 de agosto, que es cuando se gesta la batalla. Veamos como ocurrió...

Guión del 2º escuadrón, que
fue el que llevó a cabo la
primera carga
En la noche de ese día, 2.500 hombres del 812 Rgto. de Infantería de Siberia se atrincheran a menos de un kilómetro del campamento italiano. Esta unidad pertenecía a la 304ª división, una de las unidades que tomaban parte en la ofensiva rusa del Don. Los rusos, provistos de artillería y armamento automático, se disponen a escabechar a los italianos ya que estos solo tienen dos opciones: una, avanzar contra ellos y morir en el intento ya que el regimiento consta solo de 700 efectivos y, la otra, apalancarse en el terreno y fenecer igualmente a manos de una fuerza que los triplica en número sobradamente. O sea, que los malvados bolcheviques se relamían de gusto pensando en que al día siguiente lo más tardar se podrían mear en las calaveras de los macaroni y ponerse mucha medallas por la segura victoria. Las aviesas intenciones de los rusos fueron descubiertas por una patrulla italiana durante la noche cuando, nada más avanzar, se vieron sorprendidos por un abundante fuego que los obligó a dar media vuelta un tanto vapuleados.

El coronel Bettoni en el centro de la imagen. A su
derecha, el teniente Genzardi
Pero no contaban con que al mando del regimiento estaba el coronel Alessandro Bettoni Cazzago, un aristócrata perteneciente a una linajuda familia de Brescia que estaba dispuesto a palmar y, de paso, conducir a una muerte heroica a toda su unidad antes de dar un solo paso atrás. Así pues, y sabiendo que pedir apoyo era completamente inútil porque estaban más solos que un rabino en el Vaticano, se caló su inseparable monóculo, hizo que su ordenanza le llevara unos guantes blancos nuevos y abroncó al abanderado del regimiento, el teniente Genzardi, porque aún no había sacado el estandarte del guardapolvo. Le dijo que cuando se presentaba batalla el estandarte debía estar bien a la vista para que el enemigo supiera quiénes eran los que en breve iban a acuchillarlos bonitamente. Con las primeras luces del día, el coronel Bettoni ordenó que la batería de a caballo al mando del teniente Giubilaro abriera fuego contra las líneas rusas para ablandarlos un poquito. Tras la preparación artillera, el 2º escuadrón al mando del capitán De Leone se dispuso para la acción. Se ordena toque de carga y se abalanzan sobre los enemigos al grito de "¡Savoia!". Mola una burrada, ¿que no?

Restos del 2º escuadrón reagrupándose. Los caballos vacíos
dan una idea clara de la crudeza del combate
El caballo del capitán De Leone, un animalito muy apreciado por su dueño y por nombre Ziguni, cayó fulminado por el fuego de las ametralladoras rusas. Obviamente, un escuadrón sin jefe se queda como un poco huérfano y tarda menos de un santiamén en dar media vuelta, así que el comandante Manusardi, que se percata del hecho, se aúpa en su penco y sale echando leches a hacerse con el mando del escuadrón antes de que opten por largarse. A pesar de que las bajas son abrumadoras - alrededor de un 50% - el 2º escuadrón logra llegar al contacto con los enemigos y los acuchillan a mansalva para vengarse de los compañeros caídos por el camino. Tras rebasar las líneas rusas, inician otra carga en sentido inverso, lo que deja perplejo al personal soviético que no esperaban otra escabechina tan pronto y, para colmo, por la retaguardia. 

Sable modelo 1871/29, arma reglamentaria de la
caballería italiana durante el conflicto
A la vista del desconcierto que reina en las líneas rusas, el 4º escuadrón al mando del capitán Silvano Abba avanza pie a tierra para explotar el éxito de las dos cargas y rematar la faena. Sin embargo, Abba cae muerto por una ráfaga de ametralladora y abandona este mundo en medio de una aureola de gloria y tal mientras su envoltura carnal queda en el suelo asqueroso acribillada a balazos. A la vista de que el 4º escuadrón no acaba de lograr aplastar a los rusos, Bettoni ordena al capitán Marchio que acuda con su unidad, el 3er. escuadrón, en apoyo del 4º. Se lleva a cabo una nueva carga, esta vez mucho más sangrienta que la primera porque los rusos flaquean y la circunstancia es aprovechada por los italianos para masacrarlos a su sabor. Con todo, varios oficiales caen durante esa acción ya que algunos, no queriendo perderse la escabechina, se unen a la unidad del capitán Marchio para probar el filo de sus sables y, de paso, mojarlos un poco en sangre, que al volver a casa hay que tener batallitas que contar. Ya sabemos que las féminas se ponen muy tiernas cuando los bravos soldados les narran lo cerca que estuvieron de la muerte y que en pleno infierno solo pensaban en ellas y no en salvar sus atribuladas vidas.

Uno de los escuadrones del regimiento carga
contra las líneas enemigas
La derrota rusa es definitiva. Los tres batallones en liza son literalmente barridos del campo de batalla, poniendo los que pudieron pies en polvorosa y salvando a duras penas sus miserables vidas de comunistas tiranizados por el padrecito Iósif. Y no solo han sufrido numerosas bajas- 150 muertos, 300 heridos y 600 prisioneros- sino que dejan en el campo un abundante botín de guerra consistente en numeroso armamento: cuatro cañones, mogollón de fusiles y armas ligeras, cincuenta ametralladoras y armas automáticas y diez morteros de varios calibres. El Regimiento Saboya sufre unas pérdidas mucho menores: tres oficiales muertos, treinta y seis entre suboficiales, clases y tropa, cuatro oficiales heridos, setenta entre suboficiales, clases y tropa y ciento setenta caballos al garete. 

Esta fue la última carga llevada a cabo por la caballería italiana y, que yo sepa, de la historia ya que la caballería a la antigua usanza solo fue usada precisamente por los italianos durante el conflicto. Al menos se saldó con una gloriosa victoria que fue el colofón tras siglos de batallar. 

Curiosidades

El coronel Bettoni
1. El coronel Bettoni era un aventajado jinete que había participado antes de la guerra en numerosas competiciones tanto a nivel nacional como internacional. Tras la guerra acudió a las Olimpiadas de Londres de 1948, ganó la Copa de Inglaterra, la prueba de obstáculos más prestigiosa del mundo, y antes del conflicto ya tenía un palmarés de 384 torneos y 253 copas, siendo hasta el día de hoy el jinete italiano más laureado. Murió en Roma de forma repentina el 28 de abril de 1951, cuando se disponía a disputar el concurso hípico de Piazza de Siena con un caballo de la cuadra de Piero Pirelli. De repente empezó a sentirse mal y le dijo a Pirelli que le dolían el estómago y la cabeza, por lo que se fue a su hotel a descansar. Sin embargo, al poco de llegar falleció. Tenía 59 años. Supongo que sería un maldito infarto, mala muerte para un héroe como Dios manda, ¿no?

Uniforme del Saboya

2. Bettoni era, además de coronel, conde. Debido a ello, era sumamente puntilloso con todo lo concerniente a las tradiciones y el buen gusto. Por ello, en su equipaje siempre llevaba una buena provisión de monóculos y guantes blancos de repuesto, por si acaso. Igualmente, el comedor de oficiales, aún en plena campaña, era todo un alarde de estilo: manteles absolutamente blancos, cubertería de plata, vajilla con la insignia del regimiento pintada y, faltaría más, soldados sirviendo la mesa con chaquetilla blanca sin una sola mácula aunque estuvieran bajo una preparación artillera en toda regla.





3. El capitán Abba murió en el preciso instante en que vio cargar al 3er. escuadrón. Por querer inmortalizar la escena sacó su cámara fotográfica y se detuvo un instante para sacar unas fotos, momento ese en que cayó fulminado por una ráfaga de ametralladora que le alcanzó en la cabeza. Al igual que su comandante, Abba era un consumado deportista que ganó una medalla de bronce en la prueba de pentatlón  durante las Olimpiadas de Berlín de 1936. Por su acción en Isbucensky recibió a título póstumo la Medalla de Oro al valor.


Un soldado del Saboya contempla a uno de los
caballos muertos en la acción de 
Isbucensky
4. Otro oficial recibió la Medalla de Oro, el mayor Alberto Litta, caído en el preciso instante en que se abalanzaba contra una ametralladora rusa. Su muerte acaeció cuando sableaba a los servidores de la máquina. Vamos, para hacer un cuadro...

5. El capitán Marchio, jefe del 3er. escuadrón, fue herido en ambos brazos durante la postrera carga que dio la victoria al Regimiento Saboya. Posteriormente sufrió la amputación del brazo derecho.

6. Tras la victoria, el coronel Bettoni, que era un furibundo monárquico, envió un telegrama al rey Víctor Manuel. El conde, fiel al laconismo militar, le escribió lo siguiente: "EL SABOYA HA CARGADO, EL SABOYA HA GANADO". 


El portaestandarte del regimiento en una parada
7. Tras el armisticio firmado entre Alemania y el mariscal Badoglio en 1943, Bettoni se negó en redondo a entregar las armas a los alemanes por lo que, al frente de su regimiento y con toda la impedimenta, se largó a Suiza, donde permanecieron asilados hasta el final de la guerra. 

8. En 1947, el gobierno italiano "jubiló" al coronel Bettoni ya que éste, fiel hasta el tuétano a la monarquía, se negó a prestar juramento de fidelidad a la república. Así pues, el buen conde les hizo dos higas y se dedicó a sus competiciones ecuestres, que sus cojones ya habían demostrado todo lo que tenían que demostrar.


9. Bettoni recibió por la acción de Isbucensky la Medalla de Plata al valor. Otros cincuenta y un miembros más del Regimiento Saboya fueron premiados con esa misma condecoración.


10. Actualmente, el Regimiento Saboya se encuentra integrado en la Brigada Paracaidista "Folgore". Como podrán suponer, sus caballos ya fueron jubilados y cuentan con armamento más moderno.


Bueno, ya está.


Hale, he dicho...


El Regimiento Saboya de caballería en una parada militar en 1770

lunes, 26 de noviembre de 2012

Héroes II. Paul Tibbets


Puede que muchos no tengan ni idea de quién fue el coronel Paul Warfield Tibbets, pero si les digo que fue el piloto que llevó al Enola Gay sobre Hiroshima, ya sabrán de quién hablo. Y a continuación, muchos se preguntarán: ¿ y qué tuvo este sujeto de héroe? Para mí, nada. No fue más héroe que cualquier piloto de combate y, a mi parecer, mucho menos que cualquier infante de marina que se dejaba el pellejo en Okinawa o en Normandía. Sin embargo, sus paisanos lo consideraron un héroe, y de los gordos, a pesar de que lo más cerca que vio a sus enemigos fue a varios miles de metros de altura. Veamos como y por qué, y qué acontecimientos tuvieron lugar para ello...


De forma muy resumida, diré que el general Groves (foto de la izquierda), director del Proyecto Manhattan, eligió a Tibbets para entrenar a una serie de tripulantes de B-29 a fin de, llegado el momento, lanzar las bombas. El proyecto era tan secretísimo que ni el mismo Tibbets sabía al 100% de qué iba la cosa, y las tripulaciones absolutamente nada. Tibbets fue elegido, además de por su pericia como piloto, por su férreo sentido de la disciplina y su enorme capacidad de trabajo, que le llevaba a tales niveles de perfeccionismo que su matrimonio empezó a hacer aguas para, años más tarde, acabar divorciándose. Pero Groves acertó con su elección, y fue capaz de preparar dos tripulaciones para inaugurar la Era Atómica. 


El hombre destinado a pilotar el avión con destino a Hiroshima era en realidad el capitán Robert Lewis (foto de la derecha), pero Tibbets, siempre obsesionado con la perfección, decidió a última hora ser él mismo el que pilotase el B-29 de Lewis, que actuó como copiloto muy a su pesar, ya que era un tipo bastante arrogante y autosuficiente. Además, le sentó como un tiro que Tibbets, horas antes de partir, bautizase su avión con el nombre de su madre, Enola Gay , la cual jamás podría imaginar que su persona pasaría a la posteridad con tan siniestras connotaciones. Al ser el aparato de Lewis, por mera cuestión de cortesía profesional debía, al menos, haberle pedido, si no su permiso, su opinión al respecto.




La Little Boy en el momento de ser cargada en la
bodega de bombas del Enola Gay
El único riesgo de la misión era en realidad que nadie, ni los mismos que fabricaron la bomba Little Boy, sabían si iba a funcionar, o si estallaría en pleno vuelo. La superioridad aérea en aquel momento era tan abrumadora por parte de los Estados Unidos que el avión partió sin escolta de cazas. Con él salieron dos B-29 más con equipos de filmación, científicos y demás personal para comprobar el éxito o el fracaso de la misión, más otros tres cuya misión era ir de avanzadilla para ver cual de los tres blancos elegidos era el más adecuado para el lanzamiento, ya que ese día una gran parte del Japón estaba cubierto de nubes. El bombardeo podría realizarse por radar, pero Tibbets estaba empeñado en hacerlo de la forma convencional para asegurar el tiro. O sea, que muchos más riesgos corría un piloto de un P-51 escoltando una escuadrilla de B-17 sobre Berlín, o las mismas tripulaciones de los B-17.


La bomba fue lanzada a las 08:15 horas del 6 de agosto de 1945, estallando 55 segundos más tarde a unos 500 metros de altura. Al volver a la base, Tibbets fue condecorado por el general Spaatz nada más bajarse del avión con la medalla de Servicios Distinguidos. Pero, en realidad, Tibbets fue solo una parte más del engranaje, ya que hubo otros protagonistas tanto o más importantes que él mismo en el Enola Gay y que son mucho menos conocidos:

El mayor Thomas Ferebee fue el que en realidad lanzó la bomba, apuntando a través de su visor Norden. Ferebee apretó el botón que nos hizo entrar en la Era Atómica, y el capitán de la Armada William Sterling Parsons el encargado de armar la bomba una vez iniciado el vuelo. Como es lógico, sin su intervención podría haber pasado cualquier cosa. El capitán Theodore Van Kirk, navegante, fue el que llevó al Enola Gay sobre la vertical de Hiroshima. Aparte de estos, el resto de la tripulación y varios científicos y militares embarcados como observadores para ver el espectáculo. Así pues, Tibbets no "lanzó" nada. Pilotó el avión hasta donde Van Kirk le indicó mientras Parsons armaba la bomba y, una vez llegados a la vertical del blanco, Ferebee fue el que dejó caer la Little Boy, desencadenando el primer apocalipsis artificial de la historia. 

Así pues, ¿fue Tibbets un auténtico y verdadero héroe? Bajo el baremo por el que se suele medir a los héroes, diría que ni él ni ninguno de los que formaron parte de la tripulación lo fueron. En puridad, salvo por el riesgo de llevar a bordo un arma nueva cuya fiabilidad era un enigma, su misión no fue diferente a la de cualquier otra misión de bombardeo o incluso con un riesgo muy inferior debido a que, a esas alturas de la guerra, la defensa antiaérea japonesa no solía abrir fuego contra un avión en apariencia despistado a fin de no malgastar munición, de la que andaban ya muy escasos. Sin embargo, Tibbets fue el rey de la fiesta a pesar de que otros muchos corrieron los mismos riesgos: su misma tripulación, las de los aviones de acompañamiento y el equipo de científicos y observadores. Vemos pues como el destino designa para pasar a la historia al personal por puro capricho. No voy a menospreciar el mérito de Tibbets en su implicación en el Proyecto Manhattah, pero a mi entender hubo miles de verdaderos héroes totalmente anónimos que no recibieron ni una palmada en la espalda.

Abajo tenemos la tripulación al completo del Enola Gay:





De pie, de izquierda a derecha:

Mayor Thomas Wilson Ferebee, bombardero.
Capitán Theodore Van Kirk, navegante. 
Coronel Paul Warfield Tibbets, piloto. 
Capitán Robert A. Lewis, copiloto. 

En cuclillas, de izquierda a derecha:

Sargento Técnico George R. Caron, artillero de cola. Jamás se quitaba su gorra de los Brooklyn Dodgers.
Sargento Joseph S. Stiborik, operador de radar.
Sargento técnico Wayne Duzenberry, ingeniero de vuelo.
Soldado de 1ª clase Richard Nelson, operador de radio.
Sargento Robert Shumard, ayudante del ingeniero de vuelo.

Curiosidades:

Los blancos elegidos para el primer ataque eran, por orden de prioridad, Hiroshima, Kokura y Nagasaki. Las nubes libraron a las dos segundas de vaporizarse ese día, pero a Nagasaki le llegó el turno tres días más tarde porque, una vez más, el cielo de Kokura estaba totalmente cubierto y en esa ocasión sí era el objetivo principal . En Kokura, supongo que desde ese día le harían un monumento a las borrascas. Las nubes la salvaron por dos veces de la aniquilación.

Los tres B-29 que actuaron como exploradores meteorológicos fueron el Straight Flush, pilotado por el mayor Claude Eatherly (Hiroshima), el Jabbit III, pilotado por el comandante John Wilson (Kokura), y el Full House, pilotado por el comandante Ralph Taylor (Nagasaki).

Claude Eartherly acabó bastante tocado del seso, con una grave esquizofrenia debido a su participación en el ataque, si bien su misión solo consistió en comunicar el estado del tiempo sobre el objetivo. De hecho, ni siquiera tuvo que esperar la llegada del Enola Gay, ya que la orden era que, una vez comunicado el estado del tiempo sobre el blanco, volver a la base enseguida. Padecía tal sentimiento de culpa que hasta enviaba parte de su sueldo a Hiroshima, y estuvo bastante comprometido con movimientos pacifistas y antinucleares.

Los aparatos que acompañaron al Enola Gay fueron el Great Artiste y el Number 91. En éste último iba el equipo fotográfico para inmortalizar el apocalipsis, y en el primero equipos de medición y demás chismes científicos.

Las tripulaciones fueron informadas de la realidad de su misión el 4 de agosto, si bien solo se les dijo que iban a lanzar una nueva arma de un inmenso poder destructor, capaz de arrasarlo todo en un radio de 5 Km. Cuando vieron la película rodada durante la primera prueba en Los Álamos, se quedaron todos acojonados.

Un científico de origen español formaba parte del equipo de investigadores que participó en el ataque: Luis Álvarez, hijo de un cirujano español de la clínica Mayo que desarrolló un sistema de control de aproximación a tierra que fue usado en todos los aeropuertos del mundo. Para que luego digan que los españoles no inventamos cosas chulas.

Tibbets llevaba consigo una pequeña caja metálica con 12 cápsulas de cianuro para, caso de ser derribados, dar a la tripulación la opción de suicidarse antes de caer en manos japonesas. El secreto atómico jamás debía ser desvelado. 

Los aviones exploradores despegaron de Tinian a las 01:37 horas del 6 de agosto. El Enola Gay encendió los motores a las 02:27, y despegó a las 02:45. El Great Artiste y el Number 91 lo hicieron a las 02:47 y las 02:49 respectivamente.

La referencia del blanco para Hiroshima era el puente Aioi, en forma de T. Un blanco perfecto para ajustarlo al visor Norden de Ferebee.

La bomba fue lanzada exactamente a las 08:15:17 horas. Tras caer 9.600 metros, detonó a las 08:16:43 sobre la clínica Shima, situada a 200 metros del blanco. Todos los ocupantes de la clínica fueron vaporizados por la temperatura de varios miles de grados alcanzada en el momento de la explosión.

A las 14:58, el Enola Gay aterrizó en Tinian, habiendo permanecido en vuelo 12 horas y 13 minutos. Gastó 23.000 litros de combustible. A 1,50 que está la gasofa sin plomo, serían 34.500 pavos. Una pasta, ¿no?

La famosa frase pronunciada por el artillero de cola de "Dios mío, ¿qué hemos hecho?", fue al parecer una leyenda. El que sí se manifestó fue Lewis, que al ver el resplandor (el único que vio de verdad la explosión fue el artillero de cola) dijo algo así como "¡Vaya pepinazo!"

Ni Ferebee ni Tibbets manifestaron jamás el más mínimo sentimiento de culpa. Es más, Tibbets no dejó de repetir hasta su muerte, a los 92 años, que volvería a llevar a cabo su mortífera misión sin dudarlo. 

Finalmente, comentar que casi nadie sabe el nombre del B-29 que lanzó la Fat Man sobre Nagasaki tres días más tarde, y sin embargo fue, en teoría, igual de héroe que Tibbets. El avión fue el Bock's Car, y su piloto el mayor Charles W. Sweeney, el mismo que pilotó el Great Artiste en el ataque a Hiroshima, por lo que fue el único miembro del equipo que participó en las dos misiones. Y cuando regresó a destino, en vez de ponerle la medalla de turno, se ganó una bronca monumental porque dedicó más tiempo del ordenado a esperar a uno de los aviones de acompañamiento, el Big Stink, lo que hizo que, prácticamente sin combustible, tuviera que realizar una aterrizaje que casi acaba en tragedia.

Hale, he dicho