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miércoles, 9 de octubre de 2019

Martini-Henry. Bayonetas y accesorios


Cuadro de infantería preparada para rechazar una carga de caballería. Esta obsoleta formación acabó resultando de
bastante utilidad para hacer frente a ejércitos que los superaban con creces para impedir ser rodeados. Una muralla
de bayonetas era lo más parecido a un cuadro de picas del Renacimiento y eso, unido a una disciplina adecuada,
hacía muy difícil romper las formaciones británicas para los abnegados enemigos de la civilización occidental

Bueno, con esto llegamos al término de esta pequeña monografía sobre el mítico fusil. Pero antes de comenzar, una aclaración para que no haya confusiones al respecto. Se fabricaron bastantes modelos de bayonetas para esta familia de armas, pero en algunos casos podemos liarnos porque algunas de ellas aparecen como bayonetas de Martini-Henry cuando en realidad eran para el Martini-Enfield o el Martini-Metford. Ya comentamos en su momento que, básicamente, eran armas similares con la diferencia del calibre y algún detallito más, como las miras. Sea como fuere, en puridad hablamos de armas distintas que, tal como avanzamos, serán tratadas como tales por lo que sus accesorios serán así mismo estudiados por separado. Por lo tanto, en este artículo hablaremos solo de las bayonetas reglamentarias para el Martini-Henry calibre .450. Y aclarado esto, vamos al grano granulado.


Aspecto de la bayoneta con su funda y el tahalí
Cuando nació la criatura, había un solo modelo de bayoneta de uso general en circulación, la Pattern 1853 Socket Bayonet, conocida vulgarmente como "common socket bayonet". Esto, traducido a una lengua hermosa y descriptiva como el español se traduciría como bayoneta de cubo modelo 1853, conocida como bayoneta de cubo común, o sea, que valía para cualquier fusil aunque en realidad fue diseñada para armar el Enfield 1853 y era también usada por el Snider-Enfield ya que ambas armas eran del mismo calibre, .577. Las enormes existencias de este modelo hacían inviable dedicar tiempo y dinero a fabricar una bayoneta ex-profeso para el Martini-Henry, así que no se calentaron mucho la cabeza y se limitaron a adaptar el modelo existente al diámetro del cañón, de menor diámetro en el caso del nuevo fusil por la diferencia de calibre. La adaptación consistía en algo tan simple como soldar en el interior del cubo un casquillo para reducir su diámetro y santas pascuas. La denominación oficial que recibió la bayoneta reciclada fue modelo 1853/72, siendo la segunda cifra el año en que se autorizó su fabricación, concretamente en diciembre de ese año. La conversión fue llevada a cabo por la Royal Small Arms Factory (RSAF) de Enfield exclusivamente, modificando un total de 224.278 unidades entre 1872 y 1879.


Esta bayoneta era similar a las que por aquel entonces funcionaban en todas partes donde disponían de fusiles en los que colocarlas. Se trataba de un arma de 52 cm. de longitud con una hoja de sección triangular de 43 cm. con un leve vaceo en cada una de sus caras. Como vemos, su longitud era suficiente para metérsela a un enemigo por la barriga y sacársela por la espalda. Lo más característico de esta bayoneta era que su hoja, ideada en principio para armar un fusil de avancarga, estaba curvada hacia fuera para dejar más espacio a la mano que debía manejar la baqueta a la hora de cargar sin desollársela o darse un puntazo con su aguzada hoja. En la foto de la derecha podemos apreciar esa peculiaridad. La vaina, como vemos en el párrafo anterior, era de cuero con el brocal y la contera de latón, y se fijaba al tahalí de cuero mediante un botón con forma de almendra.


En las fotos vemos el proceso de anclaje completo. Como podemos observar,
la hoja de la bayoneta quedaba situada en el costado derecho del fusil
El sistema de fijación al cañón era el convencional en estas armas, pero por si alguno lo desconoce pues lo explicamos. Veamos el gráfico de la izquierda. La figura A muestra el cubo ya colocado en el cañón. Lo hemos girado hacia la derecha hasta hacer tope con el punto de mira marcado de azul. En la figura B hemos empujado el cubo hasta el fondo, de forma que el punto de mira ha pasado por debajo de la anilla de presión. Finalmente, en la figura C giramos dicha anilla hacia la derecha para fijar la bayoneta. ¿Que cómo es posible que la anilla no se mueva, si carece de un resorte que la inmovilice? Porque se fijaba a presión. El tornillo que une los dos extremos de la anilla- cuyo interior era de forma aovada- se apretaba de forma que al girarlo presionaba el cubo. Cuando se obtenía el punto de apriete adecuado se dejaba en esa posición y no se tocaba más salvo que por el uso o el desgaste se aflojase. Este sistema perduró en todas las bayonetas de cubo planetarias hasta que, por ejemplo, la del Mosin-Nagant ruso o el modelo de pica del Enfield Nº 4, fueron provistas de sistemas de retención mediante un resorte, pero estas son la excepción, no la regla.


Bayoneta modelo 1876 con su vaina
A medida que las existencias del modelo 1853 empezaron a disminuir se empezó a plantear poner en producción un nuevo modelo diseñado para el Martini-Henry, dando lugar al modelo 1876 o Long Common Bayonet (Bayoneta común larga), que salvo en el sistema de engarce de cubo era un arma totalmente distinta a su predecesora. La hoja del modelo anterior tenía la cara que miraba al cañón más ancha, costumbre habitual de la época para ofrecer una superficie más lisa y reducir el riesgo de que el soldado se desollase los dedos al recargar el arma. En este caso, al tratarse de un arma de retrocarga esa precaución carecía de sentido, por lo que las hojas, aunque seguían siendo de sección triangular, tenían sus tres lados iguales.


Pero además de cambiar la sección de la hoja, esta se alargó hasta los 55 cm. y la longitud total del arma a los 63,5 cm. Esto convirtió al Martini-Henry en una pica de alrededor de 1,85 metros, lo que era una mejora notable de cara a enfrentarse con hombres que iban armados con lanzas. Por este motivo, este modelo fue apodado "the lunger", término que si cualquiera busca en el diccionario le aparecerá con cuestiones relacionadas con el pulmón pero, en este caso, hace referencia a un golpe de esgrima, concretamente "la estocada". En lo referente a la vaina, aunque su apariencia era similar a la del modelo 1853, en su interior llevaba un fleje para darle rigidez a la pieza y, al mismo tiempo, presionar contra la hoja de la bayoneta para impedir que se saliera. Dicho fleje estaba sujeto con tres remaches de latón, como vemos en el ejemplar superior de la foto. Posteriormente, en julio de 1877 se eliminó el remache central, quedando solo dos tal como vemos en el ejemplar inferior. Al parecer, se hizo un tercer modelo con un solo remache ideado para que la vaina se flexionase un poco si el soldado apuntaba rodilla en tierra, pero se construyeron muy pocas unidades.  El modelo 1876 se empezó a fabricar en junio de ese año, siendo producidas un total de 560.959 unidades: 532.759 por la RSAF de Enfield y 28.200 por la Birmingham Small Arms Co. (BSA).


Batalla de Abu Klea, librada el 17 de enero de 1885 contra las tropas del
malvado mahdi, una especie de mesías moro, Muhammad Ahmad. En esta
ocasión los british pudieron comprobar que sus bayonetas eran un churro
aunque, eso sí, ganaron la batalla
Como avanzamos en la entrada anterior, la potencia de fuego de los british obligó a sus enemigos peor armados, especialmente en las campañas de Egipto y Sudán, a llegar a toda costa al cuerpo a cuerpo, donde se podían aprovechar su superioridad en efectivos. Sin embargo, la nueva bayoneta empezó a dar problemas que, debidamente adobados por la prensa de la época, dieron lugar a tal escándalo que la cosa acabó debatiéndose incluso en el parlamento. Al parecer, el método de templado no era idóneo y, lo que es peor, aunque se detectó en la fábrica de origen el personal miró para otro lado. Como era habitual en la fabricación de armas blancas en toda Europa, cada pieza era sometida a una prueba de resistencia que, en este caso, consistía en meter la punta por una plantilla de madera curvada, donde se presionaba para corroborar que la flexibilidad y el temple eran correctos. Si la pieza tenía un temple excesivo saltaría como el cristal, y de lo contrario se doblaría pero sin recuperar su forma original. Bien, pues muchas de estas últimas se enderezaron y se enviaron a las tropas coloniales de África, concretamente al Sudán, donde las tropas se quedaron con un palmo de narices al ver que sus magnificentes "lunger" se doblaban cuando las clavaban en los cuerpos de sus enemigos, quedando inutilizadas. 


Bayoneta de yatagán modelo 1860
Pero movidas de armas defectuosas aparte, los mandamases se habían planteado cambiar las vetustas bayonetas de cubo por una espada-bayoneta. De hecho, el ejército ya disponía del modelo 1860, una magnífica arma con hoja de yatagán, tan de moda por aquella época, que hasta el momento solo se había distribuido entre suboficiales y unidades de fusileros de primera línea para armar los Snider-Enfield. En este caso también hubo que modificar el diámetro interno del ojo de la bayoneta para adaptarlas al cañón del Martini-Henry y, como contrapartida, adaptar también los Martini-Henry a este tipo de bayoneta. 


En las fotos de la derecha podemos ver las distintas modificaciones que hubo que llevar a cabo. Al carecer de ranura o banda de engarce se adoptó una solución muy funcional y económica que evitó tener que fabricar una pieza y soldarla al cañón. Se limitaron simplemente a modificar la anilla delantera del fusil, a la que solo hizo falta añadirle una pequeña banda de engarce que podemos ver en la foto inferior izquierda. En cuanto a la bayoneta, pues lo que ya se ha dicho: soldar un casquillo en el interior del ojo para adaptarlo al diámetro del cañón. Podemos verlo en el detalle de la derecha, donde la flecha señala la soldadura y nos permite apreciar el grosor del casquillo. En el centro tenemos un fusil con la anilla ya instalada, y arriba una vista superior del arma con la bayoneta calada. Francamente, nunca he entendido la obsesión por las bayonetas de cubo en vez de los cuchillos/espadas/sables bayoneta, porque estos últimos matan más y mejor. Una herida de una bayoneta de cubo puede interesar un órgano importante o producir una muerte cuasi instantánea si se tiene la suerte de alcanzar una arteria o el corazón, lo que no creo que fuese habitual. Así pues, si tenemos a un probo enemigo muy cabreado porque le han agujerado el pellejo, aunque le hayan perforado el estómago o el hígado aún tendrá tiempo sobrado para abrirle la cabeza como un melón a su adversario o arrancarle las venas del pescuezo a mordiscos si hace falta antes de que empiecen a fallarle las fuerzas. Por el contrario, una cuchillada tiene más probabilidades de cortar órganos y vasos sanguíneos importantes que, aunque no produzcan una muerte fulminante, sí una hemorragia que degenere en un shock hipovolémico en cuestión de pocos segundos. O sea, que eso que sale en las pelis del fulano que pinchan, cae redondo y palma con una sonrisa, contentito de haber dado la vida por la patria, como que nones. Una herida en el vientre puede tardar horas en producir la muerte, y si se logra evacuar al herido ser perfectamente viable su curación. Bien, dicho esto prosigo.


Esta bayoneta era un arma de generosas dimensiones: su hoja medía 58 cm., y el total alcanzaba los 71,6 de longitud, con un peso de 794 gramos. Además, en caso de llegar a un cuerpo a cuerpo tan cerrado que el fusil se convirtiera más en un estorbo que otra cosa, siempre se podía usar como una espada corta capaz de producir heridas fastuosas, sobre todo por su hoja curvada hacia abajo que haría el mismo efecto que un tajo de machete. En cuanto a la vaina, era de una sola pieza de cuero negro cosida por el reverso, y estaba provista de brocal y contera de acero. El tahalí también difería del usado en las bayonetas de cubo, siendo en este caso una pieza de cuero blanco con el ojal abierto para introducir el botón con más facilidad, quedando luego asegurado con una correa. El visto bueno para comenzar la versión reformada tuvo lugar en enero de 1873 si bien la conversión no dio comienzo hasta 1875. Alucino en colores con la parsimonia que se lo tomaban todo estos herejes, que sabiendo que esas armas eran necesarias se dejaban ir dos años solo para soldar un puñetero casquillo al ojo de la bayoneta. Igual ponían uno entre taza y taza de té, digo yo... En todo caso, la firma encargada de llevarla a cabo las reformas fue la RSAF del Enfield, que entre 1872 y 1889 modificó 103.585 unidades que fueron enviadas a las unidades coloniales.


Espada-bayoneta modelo 1887 Mark I
Pero el yatagán no era más que un apaño de circunstancias porque desde hacia algún tiempo llevaban estudiando un modelo de espada-bayoneta que, en teoría, iba a destinarse al Martini-Enfield que también estaba ya en proyecto, la espada-bayoneta modelo 1886. Sin embargo, lo de las bayonetas de cubo doblándose como si fueran de atrezzo de peli de serie B obligó a adelantarse un poco y dejar de lado el proyecto inicial para el futuro sustituto del Martini-Henry que, en principio, se preveía dotarlo de un cañón de calibre .402, por lo que las unidades ya fabricadas fueron almacenadas para dar preferencia a una versión adaptada al cañón de .450. Esta bayoneta, que fue denominada como modelo 1887 Mark I y de la que se hicieron varios prototipos, también se calaba en el lado derecho del arma. Su hoja de 47 cm. tenía recazo y un vaceo en la primera mitad, y un vaciado a dos mesas y doble filo en la segunda. La longitud total del arma era de 60  cm., y la vaina con unos materiales y acabados similares a los del modelo 1860.


Pero lo más peculiar estaba en la cruceta, donde se habían instalado un labio que actuase como guía (flecha roja) para facilitar el calado en el cañón y un punto de mira que anulaba al del fusil. El objeto de este peculiar accesorio era compensar la tendencia a inclinar el arma hacia la derecha en el momento de apuntar debido al peso de la bayoneta. No obstante, esta pijadita se suprimió junto al muelle plano del botón de retenida, que fue sustituido por un muelle helicoidal interno (como el que usan las bayonetas modernas). Las unidades que ya estaban fabricadas fueron enviadas a Birmingham para eliminarles el punto de mira y cambiarles el sistema de retención, dando lugar a las variantes Mark II y Mark III que se fabricaron entre 1888 y 1889. 


Cuando el Martini-Henry dio paso al Martini-Enfield y al Martini-Metford, estas armas fueron enviadas como era habitual a las zonas del imperio donde menos movimiento había. Al parecer, muchas de estas bayonetas acabaron en Australia, donde los aborígenes daban poca guerra y los canguros ninguna. La producción inicial del modelo destinado a pruebas del Martini-Enfield alcanzó las 21.113 unidades que fueron reconvertidas para el Martini-Henry, a las que hay que añadir otras 36.400, ambas producidas por la RSAF. Las variantes Mark II y III fabricadas por esta misma firma y la Wilkinson fue de 52.739 unidades producidas entre 1888 y 1889. A la derecha podemos ver la empuñadura ya desprovista del punto de mira y con el resorte de retención helicoidal. Hay que ver la de vueltas y revueltas que le daban a todo esta gente, carajo. Y entra una cosa y otra pasaban los meses y los años como si nada.


Bueno, estas fueron las bayonetas que armaron los Martini-Henry. Para la carabina de artillería se fabricó el modelo 1879, un arma basada en el sable-espada modelo 1859 de la marina al que solo se le cambió la guarnición y se le serraron 23,5 cm. del lomo con 41 dientes, como ya explicamos en la primera entrada de esta serie. Esta bayoneta, que como ya se comentó era apenas 15 cm. más corta que la carabina de artillería, estaba destinada como herramienta, bayoneta o arma de mano. En la foto podemos verla mostrando en la empuñadura el resorte plano para el botón de retención, el vaceo que recorre la mitad de la hoja y, debajo, la vaina con el tahalí, ambas piezas similares en todo a la de los modelos anteriores de espada-bayoneta. 


Vista superior de la bayoneta calada en su carabina. Imagino que semejante
chisme debía desequilibrar el arma una enormidad a la hora de apuntar
Sus dimensiones eran más que generosas: la hoja medía 64,5 cm. de largo y 17,5 de ancho, y el total del arma era de 79,2 cm. Posteriormente se hizo una versión un poco más corta con un total de 75,5 de longitud total y de 61,5 la hoja. La anchura de la misma permaneció invariable. La producción de esta bayoneta se aprobó en julio de 1879, que en realidad era más que una fabricación la autorización para modificar 1.340 sables-bayoneta modelo 1859. Posteriormente se fabricaron un total de 65.143 unidades entre ambas versiones, la corta y la larga manufacturadas por la RSAF de Enfield excepto 2.000 unidades subcontratadas a la Wilkinson. Esta gente se debió hacer de oro con tantos centenares de miles de armas que fabricaron en apenas 25 años.

Bueno, criaturas, con esto terminamos. Estas fueron las distintas bayonetas que usaron los Martini-Henry a lo largo de su vida operativa. Pero por si algún cuñado se resiste, añado de regalo un par de accesorios que seguramente desconocen. Helos aquí:


La herramienta multiusos para el fusil o Implement Action en la execrable lengua anglosajona. Este curioso chisme se suministraba a razón de cinco unidades en cada embalaje con 20 fusiles o carabinas, llegándose a producir un total de 15.790 unidades entre 1874 y 1882. Sus utilidades son: 

1: Destornillador para tornillos pequeños.

2: Codo de la herramienta que permitía usarla como martillo para golpear el punzón para extraer pasadores.

3: Destornillador mediano.

4: Destornillador para el tapón trasero del bloque de cierre.

5: Botador/punzón

6: Solapa que, usándola en combinación con una de las herramientas, actuaba como un pequeño alicate para presionar e introducir el pasador partido que sujetaba el bloque de cierre.

7: Aguja retráctil de limpieza para eliminar mugre de los recovecos, el orificio del percutor o de los pasadores.

Las herramientas quedaban en poder de los suboficiales si bien imagino que todo el que podía trincaba una para él solo.


Y por otro lado, ese curioso chisme que permitía a los instructores de tiro comprobar si los reclutas apuntaban adecuadamente. Denominado oficialmente como Auxiliary Sight Aiming (Mira auxiliar de puntería), se colocaba tal como vemos en las fotos, atornilladas en el alza y delante del punto de mira. El alza no creo que precise explicación, y el punto consistía en el disco que vemos en el centro del tornillo entre dos contratuercas que lo inmovilizaban. Una vez que el instructor calibraba la mira auxiliar, cada recluta iba pasando por la prueba. Cuando decía que ya estaba apuntando, el instructor comprobaba si lo hacía correctamente o le daba las instrucciones adecuada para que lo hiciera bien. Sino se aclaraba, le daba seis collejas y lo mandaba a pelar patatas para todo el regimiento. Este práctico accesorio se introdujo en marzo de 1878, y ciertamente debió ahorrar cantidades ingentes de munición por parte de la tropa que no tenía ni puñetera idea de como apuntar correctamente. 

En fin, esto es todo. Espero que les haya resultado interesante, que chinchen a sus cuñados y esas cosas que se dicen. Y como es la hora de reponer energías, me piro, vampiro.

Hale, he dicho


ENTRADAS RELACIONADAS:



Bayonetas yatagán


Esto que ven era una de las principales causas por la que se insistía en efectuar un fuego pausado. Generalmente se suele
considerar que era para evitar un gasto excesivo de munición y apuntar cuidadosamente para no desperdiciar ni un cartucho,
lo cual es cierto, pero pocos saben que había una tercera razón: el humo de la pólvora. Varias descargas seguidas sin que
hiciera aire que disipara la espesa nube de humo hacía invisible al enemigo. Las tropas debían dejar de disparar para
esperar a que se aclarase la humareda acre de la pólvora negra, momento en que los enemigos aprovechaban para
aproximarse e intentar llegar al cuerpo a cuerpo. Más de una vez, los british vieron salir de entre el humo a las hordas de
zulúes, sudaneses, etc. a escasa distancia y sin dar tiempo más que a intentar rechazarlos a bayonetazos. Hale, ya saben
una cosa más. 

lunes, 7 de octubre de 2019

Martini-Henry. Municiones


Distribuyendo municiones a la tropa. En realidad, esta escena peliculera es más que cuestionable ya que, según se ha
confirmado en diversos estudios al respecto, las disciplina de fuego de las tropas británicas hacía que rara vez se llegara a
consumir la dotación de 60-70 cartuchos habitual. O sea, que salvo contadas excepciones no necesitarían reponer munición en combate y, de hecho, muchas batallas se solventaron con un gasto de apenas 6 o 7 cartuchos por hombre

Proseguimos...

MUNICIONES

Independientemente del tipo de munición y sus componentes usados durante las pruebas de evaluación de la nueva arma, el cartucho que acabó alimentando las recámaras de los Martini-Henry fue el Boxer Mark III, introducido en octubre de 1873. Este cartucho no era más que una versión mejorada del modelo anterior producido entre 1872 y 1873, el Mark I, al que se le añadieron una serie de refuerzos para darles más resistencia. Lo más peculiar es que, según vimos en la entrada anterior, la simplicidad de los mecanismos de este fusil era tal que solo precisaba de quince piezas piezas sin contar el cajón de mecanismos y el guardamonte, precisamente el mismo número de componentes necesarios para fabricar uno de esos puñeteros cartuchos que parecían que los habían pisoteado sañudamente antes de darlos por buenos. 

De izda. a dcha. cartucho .577 y .450 del Snider-
Enfield y el Martini-Henry respectivamente
Pero antes de proseguir, una aclaración para los que no acaben de entender el abstruso y lioso sistema de denominación de calibres de estos cansinos isleños que basan su existencia en hacerlo todo de forma distinta al resto de los mortales. Aunque el cartucho del Martini-Henry es habitualmente designado por su forma "abreviada" como .450, en realidad, su nombre completo era .577/.450. ¿Qué significa tanto galimatías numérico? Era habitual fabricar un cartucho nuevo partiendo de otro ya existente. En el caso que nos ocupa, el cartucho del Martini-Henry procedía de su predecesor, el Snider-Enfield de calibre .577 que fue desechado para la nueva arma por ser excesivamente potente. Así pues, se limitaron a usar la misma vaina, pero crimpada para alojar una bala de calibre .450. Así pues, el galimatías no significa más que era una vaina de calibre .577 abotellada para usar una bala de .450. Si por curiosidad se molestan en buscar calibres de armas de esa época, tanto militares como deportivas, verán la abundancia de denominaciones con dos cifras. Bien, aclarado esto, proseguimos.

El cuerpo de la vaina del cartucho Mark III se obtenía enrollando una lámina de latón de 0,1 mm. (0,07 mm. en el Mark I) a la que previamente se le pegaba en el interior una hoja de fino papel tisú (fig. A). Para reforzar la base, al Mark III se le añadió un cilindro interno que ya tenía el Mark I pero no uno intermedio, el Mark II, y que podemos ver en la figura B. Por último la figura C nos muestra la hoja de papel  de forma trapezoidal que envolvía la bala y que actuaba como sellante de la vaina y como calepino. Aunque inicialmente el papel era blanco, a partir de 1880 se cambió el de las carabinas por rojo para facilitar su identificación.

Pero dar forma al cuerpo de la vaina solo era el principio de un proceso largo como una visita de la familia política un domingo por la tarde. En el gráfico de la izquierda tenemos todos los componentes debidamente alineados para comprender mejor el proceso de fabricación de estos cartuchos. Los "cimientos" serían el culote de hierro, pieza principal del conjunto sobre la que se iba montando el resto. Como vemos, era un simple disco con un orificio y un rebaje para permitir alojar el reborde del pistón que vemos debajo. El pistón era un recipiente de latón que contenía una cápsula de cobre con la substancia fulminante y el yunque que la hacía detonar cuando la golpeaba el percutor. Unos orificios en la parte superior permitían que el fuego de la detonación llegase a la carga de pólvora. Sobre el culote de hierro se soldaba una copa de latón que, en el modelo Mark III que presentamos, se reforzó con otra más. El Mark I carecía de esta copa de refuerzo. Dentro de colocaba el contenedor del pistón, una pieza de cobre que, en realidad, era por así decirlo lo que hoy día es la base interior de la vaina. Luego se colocaba el cuerpo de la vaina donde vemos un pequeño orificio ovalado para poder comprobar que el cartucho contenía el cilindro interior de refuerzo que ocupaba el tercio inferior de la vaina. A continuación se vertía la carga de pólvora y se colocaba sobre ella un pequeño taco de cera (según otras fuentes de madera recubierta de cera) con la superficie superior cóncava. Finalmente se cerraba todo el contenido con dos discos de cartulina barnizada y la bala previamente envuelta en papel.  Una vez dispuestos todos los componentes se crimpaba la vaina hasta ajustarla al calibre de la bala. Como vemos en el gráfico, tenía dos ranuras de engarce que servían también como bandas de engrase para impedir el emplomado de los cañones. Por cierto que, según el mogollón de imágenes que se pueden ver de estos cartuchos, el crimpado producía cuatro pliegues en el gollete de la vaina.

El resultado era el churro que vemos a la derecha: un cartucho de 82 mm. de largo (76 mm. el de carabina) más feo que el sobaco de una mona, pero al menos funcionaba, aunque no siempre de forma adecuada tal como veremos más adelante. El ejemplar de la derecha, según vemos por el color del papel, pertenece a una carabina. En el círculo hemos señalado el orificio de comprobación del refuerzo interior que, en este caso, es romboidal. 

Bien, por completar datos sobre este cartucho, podemos añadir que la pólvora inicial Curtis & Harvey se sustituyó por la Rifled Fine Grain 2 (RFG2 en su forma abreviada) fabricada en los Royal Gunpowder Mills de Waltham Abbey, en Essex. Esta pólvora era también de grano grueso como su antecesora, por lo que se mantuvo la carga original de 85 grains con una tolerancia de ± 2 grains, así como la bala de 480 grains endurecida con estaño en proporción de 12 a 1. En lo referente al cartucho de carabina, fue introducido en septiembre de 1877. Las únicas diferencias respecto al de fusil eran el peso de la bala y la carga. La bala se recortó 3 mm. hasta dejarla en un peso de 410 grains y una sola banda de engarce/engrase, y la carga se redujo a 70 grains. Para compensar el hueco vacío que quedaba en la vaina se rellenaba con un poco de borra de lana. Al parecer, esta solución producía fallos en la munición, así que para reducir el volumen interior de la vaina se recurrió a forrarlo con un papel más grueso, de forma que los 70 grains de pólvora la llenasen hasta el nivel adecuado. 

La munición se suministraba en paquetes de diez cartuchos colocados en dos filas de cinco alternando su posición y separados unos de otros con papel cebolla. No era una munición precisamente ligera. Cada paquete pesaba 1 libra y 2 onzas, o sea, 510 gramos aproximadamente. Para facilitar la distribución se creó un código de colores y formas por el que la munición de fusil estaba marcada con un rectángulo macizo cuyo color cambiaba en base al modelo, y para la carabina se adoptó un rectángulo hueco tal como vemos en el detalle de la foto de la izquierda. No obstante, ambos cartuchos eran perfectamente compatibles con la salvedad de que, como indicamos en su momento, la munición de fusil tenía un retroceso muy molesto cuando se disparaba en una carabina. Está de más decir que eso no preocupaba mucho al personal cuando se veían delante de unas cuantas decenas de millares de sudaneses o zulúes extremadamente violentos y deseosos de mandarlos de vuelta a su brumosa isla convertidos en comida para peces. Por lo demás, como vemos en la foto, los paquetes estaban hechos de papel grueso envueltos con un cordel encerado. En la etiqueta vemos que son cartuchos de bala (los había también de perdigones y de fogueo), especificando el tipo de vaina, rolled case (vaina enrollada en este caso), el modelo de cartucho y el año de fabricación. Por cierto, los dos paquetes que vemos marcados como Mark II con el rectángulo en rojo son de un modelo anterior al que nos ocupa que no llevaba el cilindro interior de refuerzo y la bala tenía una sola ranura de engarce.

Como ya comentamos en la entrada anterior, uno de los problemas más recurrentes de esta munición cuando se empleaba en climas cálidos y ambientes polvorientos, o sea, precisamente donde las victorianas tropas de Victoria se batían el cobre, eran las interrupciones debidas a que, como consecuencia del calor, las finas paredes de las vainas enrolladas se pegaban a las recámaras, por lo que el extractor arrancaba de cuajo el culote de hierro con o sin la copa de latón, dejando el arma inutilizada hasta que se pudiera sacar el resto de la vaina del interior del ánima. Las protestas del personal arrecieron de tal forma que en 1885 se decidió suprimir este sistema para sustituirlo por vainas sólidas (solid case las llaman estos herejes), o sea, como las que usamos actualmente obtenidas de una sola pieza mediante la extrusión de un bloque macizo de latón. A la derecha podemos verla en primer lugar y, como salta a la vista, la diferencia en lo tocante a su aspecto es abismal respecto a los zurullos fabricados anteriormente. Con todo, sus prestaciones, carga, etc. eran las mismas. En el centro vemos un cartucho de postas, un buckshot cartridge al decir de estos isleños, introducidos en noviembre de 1885 para usarlos contra enemigos a corta distancia, ocultos entre la maleza o de noche. Contenían 11 postas de 7 mm. de calibre introducidas en un cilindro de papel encerado cuyo extremo vemos asomar por la boca de la vaina. La carga de pólvora era de 54 grains de RGF2 separada de las postas con un tampón de lana y un taco de cartulina. Al parecer, ante la escasez de este tipo de munición los mismos soldados se preocuparon de hacer más mortífera la bala reglamentaria cortando las puntas (el típico corte en forma de cruz que todos los cuñados conocen), por lo que sus efectos eran similares a los de una bala expansiva. Por último, a la derecha vemos un cartucho de fogueo que contenía 72 grains de pólvora que se cubrían con un taco de cartulina, tras lo cual se crimpaba la boca de la vaina.

En cuanto a los embalajes, la caja reglamentaria era el modelo para servicios generales Mark XI. Estas cajas eran tan chulas y prácticas que cualquier ciudadano con buenos sentimientos no dudaría en adoptar una como mascota o, ya puestos, para que guarden en ella sus huesos pútridos a la hora de mandarlos al osario. Porque no eran de un solo uso, sino que estaban concebidas para reutilizarlas una y otra vez y prueba de ello era cómo y con qué estaban fabricadas. De entrada, eran de madera de caoba ensamblada a cola de milano, o sea, algo a años luz de los "muebles" del Ikea ese. 

Una vez terminada, a la caja se le aplicaba una capa de goma-laca. Estaba reforzada con 28 tornillos de bronce para impedir la oxidación, así como dos flejes de cobre para darles aún más solidez y la tapa, como vemos en la foto, era corrediza. Cada una de estas cajas tenía capacidad para 600 cartuchos. En fin, ya sabemos que si una virtud tienen los british es que, cuando se empañan en dar un acabado regio a alguna cosa, lo consiguen (¿Recuerdan las fabulosas cestas de Fortnum & Mason para almorzar como un lord en primera línea?). A la izquierda tenemos un gráfico con las medidas en pulgadas, por si alguno se quiere fabricar una. Pero observemos un detalle, y es que la tapa no es rectangular, sino trapezoidal. Eso obligaba a abrirla siempre en el mismo sentido, tal como marcha la flecha roja. La azul marca el orificio donde estaba el tornillo que mantenía bloqueada la tapa si bien en caso de emergencia se podían abrir golpeando el canto de la tapa por su parte más estrecha, reventando la madera o haciendo saltar el tornillo. El hueco que vemos justo encima del orificio de cierre es un simple rebaje para meter los dedos y descorrer la tapa, que era precintada con un fino alambre.

Pero la cosa no acaba ahí. Para preservar la munición de la humedad, en el interior había una segunda caja de hojalata con una tapa soldada con plomo como si de una lata de atún se tratase. En la secuencia de fotos de la derecha podemos ver el proceso se apertura una vez descorrida la tapa de madera. En la foto A vemos una caja a la que acaban de quitar la tapa, mostrando el contenedor metálico y su asa de apertura. En la foto B un british con un poco de prisa porque la cosa está que arde tira del asa. Al parecer, había quejas respecto a la supuesta dificultad que a veces se presentaba al abrirlas, pero supongo que serían defectos puntuales por una soldadura defectuosa. En la foto C la tapa está casi abierta, dejando ver los paquetes de munición. Por último, en la foto D la caja de metal está abierta y se procede a sacar el contenido. Para facilitar esta operación se añadió más tarde una cinta envolviendo los dos primeros paquetes, bastando tirar de ella para sacarlos.

Los tenientes Chard y Bromhead, héroes de Rorke's Drift que pudieron
comprobar de primera mano la eficacia del .450 Martini-Henry. De hecho,
lo comprobaron tan bien que vivieron para contarlo. Ambos lucen en la
pechera la Cruz Victoria ganada junto a nueve de sus hombres por
la gloriosa jornada en la que los zulúes se avinieron a beber cerveza tibia
Para terminar con el tema de la munición, añadir algunos comentarios sobre sus efectos. El .450 era devastador. Los mismos british se sorprendieron de las tremendas heridas que producían y que, como ya anticipamos en su momento, no tenían nada que envidiar a las minié. Los relatos que han llegado de los que pudieron ver al Martini-Henry en acción no dejan lugar a dudas. El 2º teniente R. Wolrige, de la Guardia de Granaderos, decía que "...uno podía ver claramente a los hombres que, cuando les acertaban, levantaban los brazos y caían. El ruido sordo que produce una bala contra el cuerpo de un hombre es un sonido muy curioso." El teniente John Merriott Chard, de los Ingenieros Reales y oficial al mando en Rorke's Drift dejó escrito: "La cabeza de un hombre estaba abierta, exactamente como si se la hubieran cortado con un hacha. Otro había sido alcanzado justo entre los ojos, la bala se llevó toda la parte posterior de la cabeza dejando su rostro perfecto, como si fuera una máscara solo desfigurada por el pequeño agujero hecho por la bala que lo atravesó." Y los testimonios sobre la eficacia de este calibre no solo procedían de los british, sino también de sus enemigos. 


Foto de los años 30 del pasado siglo perteneciente a un viejo
 guerrero zulú mostrando como trofeo un Martini-Henry
ganado en la batalla de Isandlwana. Es probable que lo
conserve con tanto cariño porque con ese chisme se
cargaron a sus seis cuñados, hermanos de sus seis mujeres
Un veterano zulú que había participado en la batalla de Khambula, librada en marzo de 1879, aún recordaba 50 años después como "...algunos de nuestros hombres se vieron con los brazos arrancados. La batalla fue tan feroz que tuvimos que limpiar la sangre y el cerebro de los muertos y heridos de nuestras cabezas, rostros, brazos, piernas y escudos después de la lucha." Como vemos, recibir un balazo de un Martini-Henry no era ninguna tontería y, de hecho, esto obligaba a los enemigos a buscar como fuera el cuerpo a cuerpo, donde decidía la destreza con la bayoneta y no la potencia de fuego de la que ellos carecían. Pero de eso hablamos en la próxima entrada porque esta también se ha alargado más de la cuenta y la campana de la hora de la merienda sonó hace ya largo rato.

Hale, he dicho


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Estas descargas cerradas que ponían en el aire hasta 70 u 80 proyectiles eran de las pocas cosas que ponían de los nervios
a los que se las tenían que ver con los british en los confines del imperio. Entre las 300 y las 400 yardas eran de efectos
absolutamente contundentes

sábado, 5 de octubre de 2019

Martini-Henry. Funcionamiento y mecanismos


Fotograma de la película "Las cuatro plumas", dirigida en 2002 por Shekhar Kapur. La escena muestra un cuadro de
infantería, formación obsoleta que no se empleaba desde tiempos de las guerras napoleónicas pero que lord Chelmsford recuperó de los viejos manuales para impedir verse rodeados por fuerzas numéricamente muy superiores, en su caso aprendido a costa de su sonada derrota en Isandlwana el 22 de enero de 1879 a manos de los zulúes, que se
negaban obstinadamente a incluir el pastel de riñones y la mermelada de naranjas amargas en sus menús tribales

Bien, criaturillas, prosigamos...

Tal como avanzamos en el artículo anterior, este lo dedicaremos a las pijaditas y cosillas que más suelen gustar al personal para darle un berrinche al cuñado que se sabe de memoria la miniserie aquella de Shaka Zulú, y mira que la pusieron en la caja tonta hace años pero que, no obstante, se puede conseguir en la red. Así pues, y como el introito ya lo hicimos en la entrada anterior, vamos sin más al grano que el camino es largo y para luego es tarde.

FUNCIONAMIENTO Y MECANISMOS

Los triángulos de color indican la posición de cada pasador, numerados y
coloreados con esa finalidad
El cierre presentado en su día por herr von Martini era más básico que los de un botijo a pedales. En realidad, su simplicidad no debería haber dado lugar a tantos problemas como arrastró a lo largo del tiempo, así que quizás no sea un dislate pensar que en gran parte se debieron a defectos de producción. Algo con tan pocos componentes no podía fallar tanto y, como ya comentamos, hubo muchas quejas por roturas de piezas, y cuando eso pasa es que la pieza no suele estar bien fabricada. En el gráfico de la derecha podemos verlas. Sin contar el cajón de mecanismos y el guardamontes, el fusil funcionaba con apenas cuatro pasadores, dos tornillos, un muelle plano, uno helicoidal y siete piezas. Para desmontarlo solo hacía falta una pequeña herramienta que se suministraba con el arma y que en realidad podría ser prescindible si uno llevaba encima un solo destornillador que se ajustase más o menos a los escasos tornillos que llevaba si bien para extraer el bloque de cierre, lo habitual para una limpieza cotidiana, bastaba con sacar el pasador nº 1 ayudándose con la punta de la bayoneta, de una hebilla o cualquier cosa punzante, nada más. Para extraer el pasador nº 2 que retenía la palanca y el fiador, ademas de ser el indicador de arma cargada, sí había que liberarlo previamente de un tornillo prisionero colocado en la cara opuesta del cajón de mecanismos pero, en todo caso, como vemos, era un conjunto simple como el cerebro de un bonobo con carencias intelectuales o el de un político, que vienen a ser la misma cosa. Veamos su funcionamiento...

En el gráfico de la derecha tenemos los mecanismos en posición de reposo, esperando a que carguemos el arma. Estamos ante lo que los british denominan falling-block action, que traducido a un idioma decente sería una acción de bloque descendente ya que, como veremos en breve, el bloque de cierre oscilaba hacia abajo para abrir la recámara y permitir la introducción de un cartucho. En el gráfico vemos las piezas que intervienen de forma más relevante en el proceso: en azul el cierre, que además contiene el percutor, en amarillo el fiador y en rojo el extractor. Si alguien se pregunta dónde está el martillo que golpea el percutor, no lo hay. Es un mecanismo de aguja lanzada, o sea, el percutor queda retenido hacia atrás mediante una pieza, el fiador en este caso, que cuando oscila hacia adelante lo libera y, por la acción del muelle que envuelve el percutor, este avanza y golpea en pistón del cartucho, produciéndose el disparo. Veamos el siguiente paso.

Al bajar la palanca, esta obliga a descender al bloque de cierre tal como vemos en el gráfico. Al bascular, la parte superior del fiador, que está alojada dentro de una ranura del percutor, lo hará retroceder, comprimiendo el muelle helicoidal mientras que el gatillo, forzado por su muelle plano (color púrpura), lo mantiene en esa posición. Al mismo tiempo, el cierre hace bascular hacia atrás al extractor. Si hubiese dentro una vaina servida sería expulsada de la recámara con bastante energía. En cualquier vídeo donde se vea a algún probo tirador manejando este chisme podrá ver como las vainas salen despedidas sin problema. Bien, ya tenemos el cierre abierto, por lo que solo queda introducir un cartucho en la recámara. La forma de rampa del lomo del cierre facilita la operación, sobre todo cuando uno anda un poco nerviosillo al verse rodeado de enemigos de la civilización occidental deseosos de sacarte el corazón por la boca.

En este momento es además cuando se acciona el pasador que retiene la palanca y el fiador, que además actúa como indicador de arma cargada. En la figura A vemos dicha pieza en su posición mas retrasada. Cuando se introduzca el cartucho en la recámara y ascienda el bloque de cierre acerrojando el arma quedará en esa posición hasta que no se dispare. Eso permite saber que, si uno tiene memoria de pez y no recuerda si lo cargó o su arma se ha estropeado en plena batalla y ha tenido que echar mano a la del cuñado que ha dejado que se desangre sin llamar al sanitario, está cargada sin necesidad de perder tiempo en abrirla, o bien no hacer el imbécil con ella durante las prácticas de tiro y volarle los sesos al sargento. Cuando apretamos el gatillo el indicador se pone en posición vertical, tal como vemos en la figura B. Esto indica que el fusil ha sido disparado, tenga o no una vaina en la recámara. Aprovechando estas fotos vemos que si sacamos ese pasador y el tornillo/pasador de la derecha podemos extraer el guardamontes con el gatillo y su muelle del cajón de mecanismos. Bien prosigamos...

Llega el momento de efectuar el disparo y mandar a un enemigo del progreso y la cultura occidental con sus ídolos paganos. Apretamos el gatillo, que oscilará sobre su pasador liberando el fiador. Este, forzado por el muelle que retiene al percutor, oscilará igualmente hacia adelante, liberándolo. El muelle lo hará salir despedido hacia adelante, percutirá en el pistón  y, si no pasa nada raro, una bala gordísima saldrá por la boca del cañón a una velocidad endiablada. A partir de ahí se repite el proceso que, como vemos, se limita en sí a dos movimientos: carga y recarga, porque una vez que se efectúa el último disparo no es estrictamente necesario abrir el cierre y extraer la vaina servida. 

Las flechas blancas señalan las uñas del extractor con la
recámara abierta. En la parte superior vemos un percutor
con la ranura donde se alojaba el fiador. Podemos apreciar
la forma acanalada del cierre para facilitar tanto la
introducción del cartucho como la extracción de la vaina
Esta simplicidad mecánica permitía una elevada cadencia de tiro, hasta 12 disparos por minuto si bien los manuales de tiro insistían siempre en que era vital mantener una férrea disciplina de fuego porque dejar al soldado disparar a discreción era la mejor forma de quedarse sin munición en un periquete. De hecho, y esto ya se comentó en su momento, los prusianos les dieron para el pelo a los gabachos en su guerrita particular entre 1870  1871 precisamente porque estos últimos solían entusiasmarse más de la cuenta con sus estupendos Chassepot y se quedaban sin municiones mientras los disciplinados prusianos disparaban más despacio, pero asegurando el tiro. Más aún, los british pudieron comprobar en las paganas carnes de sus enemigos que el fuego por filas, volley fire como lo llaman ellos, era lo que de verdad hacía aplastarse contra el suelo a las hordas atacantes porque lo que caía sobre ellos era una lluvia constante de proyectiles que, con los fusileros tomándose su tiempo para apuntar, hacían que cada descarga se saldase con varias bajas entre muertos y heridos.

Para los que lo desconozcan, el fuego por filas (foto de la izquierda) se llevaba a cabo formando dos o más filas de fusileros, bien a nivel de sección, compañía o incluso batallón. Era una táctica generalizada en toda Europa desde los tiempos en que las mangas de arcabuceros españoles repartían muerte y destrucción + IVA entre los enemigos de su Católica Majestad para mantener fuego de la forma más constante posible compensando así la lentitud de la recarga, pero con la llegada de las armas monotiro la potencia de fuego se elevó de forma abrumadora. A modo de ejemplo, si distribuimos una compañía en tres filas de 35 hombres cada una, tenemos una andanada constante de 35 disparos. Si el oficial al mando hace lo que debe, la cadencia será pausada, de unos cinco o seis por minuto y hombre, así que cojo la calculadora de papel y lápiz y obtenemos que la compañía ha realizado 630 disparos en un minuto, o sea, similar a la cadencia de tiro de una ametralladora de la Gran Guerra. 

Primer plano del pasador/indicador de arma cargada.
La muesca era donde encajaba el tornillo prisionero para
impedir que se saliera de su sitio. La flecha roja marca
la parte cuadrangular donde encajaba el fiador
Y si en vez de una compañía tenemos un batallón entero dedicado a tan deleitosa actividad, cogemos de nuevo la calculadora y tenemos que el malvado enemigo se ha dado de boca con 2.520 disparos procedentes de sus cuatro compañías (el número de compañías por batallón era y es de lo más variable, pero tomemos esas cuatro de media). En resumen, 2.520 disparos (dos MG-42 disparando fuego sostenido) era una barrera de fuego cuasi infranqueable salvo que el número de enemigos fuese tan desproporcionado que se pudieran permitir asumir un número de bajas a lo bestia. De hecho, muchas de las movidas de los british en África y Oriente Próximo se saldaban con una desproporción de bajas tremenda, causando miles de muertos y heridos que palmarían casi con total seguridad porque el .450 no perdonaba. Aunque era una bala maciza, su enorme peso le proporcionaba la energía cinética necesaria para provocar unos destrozos que no tenían nada que envidiar a las balas minié.

Por otro lado, recordemos que hubo quejas respecto al recalentamiento del arma, especialmente en las zonas cálidas como Sudán, Egipto, etc. El recalentamiento en sí no afectaba a los mecanismos, aunque sí, y bastante, el ambiente tan polvoriento. Pero era letal para el funcionamiento del extractor debido a que las vainas laminadas usadas en principio se pegaban a las paredes de la recámara, de forma que cuando se accionaba la palanca el extractor arrancaba el culote de hierro dejando el resto dentro (a veces también se partía el extractor). Una interrupción de este tipo en combate debía ser enormemente irritante ya que era bastante complicado sacar una fina lámina de latón pegada como una lapa a la recámara, y para eso no valía la baqueta, y la hoja de la bayoneta era demasiado ancha para eso. Habría que tener a mano una navaja pequeña, la herramienta del arma o algo similar para forzar la vaina atascada. Sino, pues echar mano al fusil de algún colega occiso y santas pascuas. En todo caso, era un problema que solo se pudo solucionar cambiando de vaina, pero de eso hablaremos con más detalle en la parte dedicada a la munición. En la foto de la izquierda hemos marcado con dos flechas los sitios por donde se solía degollar la vaina: o bien el culote de hierro, o bien por la copa de latón que había sobre el mismo. El resto se quedaba dentro. Qué molesto, ¿no?

Y en cuanto a las miras, independientemente de que cambiaran pequeños detalles como la profundidad y/o la anchura de las muescas de las alzas, en todos los casos se trataba de miras tangenciales mondas y lirondas, con las destinadas a los fusiles graduadas a más distancia y las carabinas a menos, como es lógico. Las carabinas estaban graduadas hasta las 1.200 yardas (1.097 metros), y las de los fusiles a 1.500 yardas (1.371 metros). A la derecha tenemos el alza de un fusil que, como casi todas las de su época, se desplegaba para las distancias más largas. Como puede que haya muchos que desconozcan de qué va esto, lo explico: en el detalle vemos la base del alza con cuatro escalones que permitían graduar el alza desde las 100 a las 400 yardas deslizando el tablón que luego hacía de alza al desplegarla. A partir de las 500 yardas, se apuntaba con la pieza que levantamos y que está graduada hasta 1.200 yardas. Para aprovechar al máximo, la flecha roja señala la pieza de cierre que valdría para las 1.500. 

Algunos se dirán que para qué leches servía eso, si a esa distancia es imposible apuntar a nada con una miras de este tipo. Cierto, de hecho la distancia óptima de tiro de este fusil estaba entre las 300 y las 400 yardas. Pero cuando se mandaba graduar el alza a más distancia no era para apuntar a un hombre, sino a una masa. Originariamente se usaban ante todo contra las cargas de caballería, de forma que abrían fuego cuando estaban a la distancia máxima para ir aclarando las filas enemigas e iban corrigiendo el tiro a medida que se acercaban. Cuando la caballería estaba a menos de 100 yardas ya solo quedaba apretar las filas y disponerse a contener la acometida con la bayoneta. Sí, chulísimo de la muerte, pero debía acojonar una cosa mala. En la foto de la izquierda tenemos el alza de una carabina de caballería que, en este caso, está graduada desde 100 a 300 yardas con la misma plegada y hasta las 1.200 abierta. Por cierto que los zulúes y demás ciudadanos ajenos a los avances tecnológicos de Occidente que lograban apoderarse de armas británicas se veían en el duro trance de que no tenían puñetera idea de para qué servía el alza, así que se liaban a tiros sin que afectase mucho a sus enemigos. Obviamente, tampoco es que tardasen demasiado en aprender de qué iba la cosa, que serían zulúes pero de tontos no tenían un pelo. Por lo demás, no se extrañen vuecedes si ven alguna foto que diga "alza de Martini-Henry" y aparezca calibrada a 1.900 yardas porque, en realidad, no son de Martini-Henry, sino de Martini-Enfield, con cañones de calibre .303 con un alcance superior al de las pesadas balas del arma original.

Bueno, hijos míos, con esto concluimos por hoy. Pensaba que cabría todo en una sola entrada, pero veo que no. Además, tengo una cefalea tan magnificente que estoy por decirle que me firme un autógrafo de recuerdo, así que lo dejamos de momento. En la próxima hablamos de las bayonetas y la munición, que también es un tema que da mucho de sí.

Me piro a meterme un chute de metamizol que me va a salir por las orejas, juro a Cristo.


Fotograma de "Zulu dawn", dirigida en 1979 por Douglas Hickox. En esta película tenemos la precuela de la exitosa
"Zulu" de 1964, donde a los british les dieron las del tigre en Isandlwana, gracias entre otras cosas a que Chelmsford
subestimó tanto la capacidad como la potencia del ejército enemigo. Porque los zulúes no eran una masa de negros
vociferantes, sino que tenían conceptos tácticos bastante avanzados y eficaces. De hecho, sin la potencia de fuego de
las armas británicas no los habrían podido derrotar ni atiborrándose de budin de calabacines. Por cierto que en esta
imagen vemos a las tropas preparadas para iniciar fuego por filas con carabinas de artillería