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sábado, 3 de octubre de 2020

EL DONJÓN, SÍMBOLO DEL PODER FEUDAL

 

El castillo de Coucy, del que emerge su poderoso donjón. Este castillo, paradigma de la castramentación feudal en Francia,
fue construido por Enguerrand de Boves, III señor de Coucy, entre 1223 y 1230. Su enorme donjón de planta circular y 55 metros de
altura fue uno de los edificios militares más sofisticados y complejos de Europa. Desgraciadamente, hoy día solo queda de
él un montón de escombros. Los tedescos lo volaron en mil pedazos en 1917

Si preguntamos a cualquier cuñado qué es un donjón, seguramente nos responderá que la torre del homenaje de un castillo. Si miramos en San Google del Dato Conciso, probablemente nos dirá lo mismo, y si hacemos lo propio en la tan controvertida Wikipedia también saldrá que es la torre del homenaje si bien cuando pinchamos en el idioma gangoso de los gabachos (Dios maldiga al enano corso), veremos un tanto perplejos que, en realidad, no hablan exactamente de lo mismo. El eximio Mora-Figueroa afirma que  es "la torre más conspicua de una fortificación, sea del homenaje o no", y que se trata de un galicismo introducido en el siglo XIX. Bien, esas respuestas son una verdad a medias ya que el concepto de torre del homenaje que tenían en la Península era totalmente distinto al de los vecinos del norte, así que antes de entrar a fondo en el tema quizás convenga explicar en qué radican sus diferencias.

Mota castral. Como vemos, la torre señorial dominaba la aldea que, a su vez, estaba
protegida por una empalizada. Este era sistema defensivo habitual hasta la llegada
de los normandos

Ante todo, debemos desechar las fortificaciones andalusíes. Los malditos agarenos adoradores del profeta Mahoma no usaban esta torre mayor en sus castillos, y los que vemos actualmente que sí la tienen son añadidos cristianos de cuando cayeron en sus manos ávidas de vísceras de infieles. Como ya se explicó en su día, estas torres tienen su origen en las antiguas fortificaciones de madera de la motas castrales en las que los señores feudales surgidos tras el colapso del imperio carolingio se resguardaban de sus vecinos, siempre deseosos de ampliar sus dominios a costa del personal. La torre era la residencia del señor, el tenente o el alcaide, así como el último reducto defensivo en caso de verse desbordados, pero ahí acaban las similitudes entre una torre del homenaje peninsular y un donjón. El motivo no podemos buscarlo solo en cuestiones puramente militares, ni de diseños más o menos avanzados, sino en la organización social y política de cada reino. Mientras que en la Baja Edad Media peninsular los monarcas y nobles tenían claramente definido quién era el enemigo a batir, independientemente de que algún noble sacara los pies del tiesto de vez en cuando, en Francia no había moros, pero se caían fatal entre ellos y los reyes recurrían a entregar tierras en feudo a cambio de la lealtad de la nobleza. Esta estructura social dio lugar a la mota castral que ya estudiamos en su día y que, como sabemos, se componían de una torre de madera ubicada sobre un empinado montículo, bien natural, bien artificial, rodeado de una empalizada que abarcaba además la población situada al pie de la ladera de dicho montículo. De ese modo, los plebeyos podían dormir razonablemente tranquilos sabiendo que si algún desaprensivo se personaba con la intención de hacer política... estooo, no, quiero decir de robar a mansalva, el DOMINVS del lugar les protegería con los criados y hombres de armas a su servicio.

Bien, así era la tierra de los francos tras el imperio carolingio hasta que a la lista de mangantes profesionales se sumaron los vikingos que, como sabemos, basaban su economía en el pillaje que perpetraban durante sus correrías en las costas de la brumosa Albión (Dios maldiga a Nelson), Francia (Dios maldiga al enano corso) e incluso la Península Ibérica. Y mientras que unos reinos se dedicaban a intentar expulsarlos, otros, como el de los francos, optaron por algo más fácil: darles un cacho de tierra para ponerlos contentitos y, de ese modo, hacer que combatieran por ellos contra sus paisanos para que estos no les robaran el cacho que les habían regalado. Así surgió el ducado de Normandía en 911, cuando Carlos el Simple cedió a Hrolf Ganger, una mosca cojonera rubia y de grandes dimensiones, un territorio en la Neustria tras la firma del tratado de St. Clair-sur-Epte por el que el vikingo juraba defender el reino de posibles agresores. Para reforzar su fidelidad se recurrió, como era habitual, a matrimoniar a este personaje con Giselle, una hija bastarda del monarca francés, para lo cual el nórdico se avino a renunciar tanto él como sus seguidores a su fe pagana y a bautizarse como Dios manda. De ese modo, Francia se aseguró la integridad de su territorio a cambio de ceder una pequeña parte al más peligroso de sus enemigos que, de un plumazo, se convirtió en el conde de Normandía- luego alcanzó la categoría de ducado-, la tierra de los hombres del norte y, por ende, en su más denodado defensor. El tal Carlos sería Simple, pero de tonto no tenía un pelo. En el mapa de la derecha vemos la evolución del ducado hasta mediados del siglo XI, cuando el belicoso Guillermo cruzó el charco para ponerle las peras a cuarto a los anglosajones y ascenderse a rey, que era más que duque y tenía una corona más guay.

Hipotético aspecto del palacio fortificado de Bayeux construido por
el duque Ricardo de Normandía
Este era el contexto histórico en que surgió el donjón que, en realidad, no era más que el sucesor pétreo de las debiluchas torres de madera de las motas castrales que con una simple andanada de faláricas ardían como teas. O sea, que las fortificaciones lignarias dieron paso a las de piedra en el momento en que se les iluminó la mente y llegaron a la conclusión de que era un material más resistente a su tormentaria, al fuego y, tanto o más dañino a medio plazo, los parásitos y el meteoro. El donjón, dongun, doignon o dangon, palabros que por norma se consideran una derivación del latín DOMINIVM o DOMINVM, pudo tener su origen en las primeras construcciones de piedra llevadas a cabo a mediados del siglo X por el duque Ricardo I en el castillo de Ruan, capital del ducado, y posteriormente en el palacio fortificado que mandó construir en Bayeux. Tras la conquista de Inglaterra por Guillermo I, este tipo de construcción también pasó a formar parte de la castramentación isleña que no fue hasta 1586 cuando adoptó el nombre de keep con que se les conoce en Inglaterra. ¿Que cómo se les llamaba antes? Pues donjón, naturalmente. Guillermo hablaba en francés con ramalazos de la lengua nativa de sus ancestros, la corte y las élite militares y políticas también hablaban el mismo idioma ya que, sino todos, la mayoría eran normandos, y solo usaban el sajón para dirigirse a sus nuevos vasallos, lengua esta que consideraban como de segunda categoría. De hecho, en la corte inglesa se estuvo usando el francés como idioma oficial durante siglos.

Donjón de Gisors, cuya muralla poligonal fue construida por Enrique I
en el tercer cuarto del siglo XII
Así pues, las viejas torres de madera fueron sustituidas poco a poco por enormes moles pétreas si bien esta transición supuso no pocos problemas ya que los montículos de las motas castrales no podían por lo general soportar tanto peso, y más cuando eran artificiales, lo que obligó en muchos casos a edificar el donjón sobre terreno firme y luego fabricar el talud rodeando el edificio hasta cubrirlo con varios metros de tierra que era compactada mezclándola con cascotes y derretidos de cal. En la base del montículo se cavaba el correspondiente foso el cual, para ver aseguradas la escarpa y la contraescarpa y evitar derrumbamientos se solía revestir con gruesos tablones o troncos. En otros casos, si los nuevos amos del cotarro decidían que la antigua mota castral que había dado cobijo a una población ya no era defendible, pues se construía una muralla, bien de piedra o de mampostería, y se edificaba un nuevo castillo generalmente adosado a la cerca urbana. En sí, como vemos, conservaba el mismo concepto defensivo de la mota castral, pero adaptado a nuevas técnicas de castramentación que los hacía mucho más resistentes de cara a un asedio.

Murallas de Caen, construidas junto a su castillo por Guillermo I hacia 1060
con vistas a convertir la ciudad en su capital. Inicialmente, la muralla carecía
de torres, que fueron añadidas a finales del siglo XII
En resumen, que los normandos, en cierto modo invitados por obligación en un territorio y en otros, como Inglaterra, Sicilia y el sur de Italia, implantados por la fuerza de las armas, veían que su supervivencia dependía de una buena red de fortificaciones que quitasen las ganas a sus vecinos de echarlos de sus tierras. Sirva de ejemplo el hecho de que en pocos años construyeron 26 castillos entre Caen y Falaise. Pero, además, las normas feudales que aceptaron eran otro problema potencial que debían tener muy en cuenta porque sus vasallos los seguían viendo en muchos casos como invasores, por lo que era muy frecuente que se pusieran de parte de un hipotético agresor si este pertenecía a la nobleza autóctona. Al cabo, preferían servir a un señor francés con pedigrí antes que a unos ex-vikingos que apenas dos generaciones antes se dedicaban a merodear por las costas y a robar, violar y matar a todo bicho viviente. Las leyes feudales, como se ha dicho, obligaban a los señores a defender a los vasallos y a los vasallos a pagar a cambio tributos a los señores y, además, a colaborar con la mesnada del mismo en la defensa de la tierra. Por ese motivo, los nobles normandos en particular sentían sobre ellos la amenaza de la traición, y tenían claro que en caso de asedio todos los defensores que no fueran miembros de su séquito personal- criados, caballeros y hombres de armas a sueldo- podían en cualquier momento rebanarles el pescuezo mientras dormían o, simplemente, abrir las puertas de par en par a los atacantes. Ante semejante perspectiva, el donjón se convertía no solo en el último reducto defensivo en caso de que los enemigos lograran rebasar las murallas del castillo, sino también ante la posibilidad de que sus volubles vasallos chaquetearan y se sumaran a las fuerzas de los sitiadores.

Castillo de La Roche-Guyon. Como vemos, para llegar
al donjón había que cruzar previamente dos murallas con
sus respectivos fosos. Los accesos al reducto donde se erguía
el donjón eran dos angostos postigos marcados de amarillo
fácilmente defendibles. 
En azul aparece el pasadizo
subterráneo de escape
Por esta serie de motivos, el donjón era, como hemos dicho, algo más que una simple torre del homenaje que servía de aposento y despacho al alcaide o el que detentara la autoridad en el castillo. El donjón, ante el temor de una rebelión o incluso de que el amigo de hoy fuera el enemigo de mañana, era un cofre cerrado con siete candados donde solo entraban el
DOMINVS, su familia y sus hombres de absoluta confianza. Más aún, si el castillo disponía de dependencias aceptables para ser usadas como aposentos, incluso permanecía cerrado en tiempos de paz para que nadie pudiera conocer sus entresijos, y si había que recibir invitados o celebrar algo se hacía en dependencias exteriores. Esa era ante todo la principal diferencia con las torres del homenaje convencionales. El donjón estaba diseñado para defenderse de posibles invasores a base de muros de grosores descomunales que alcanzaban incluso los 4 metros precedidos por uno o más cinturones de murallas, profundos fosos y/o camisas. Pero a todo ello había que añadir accesos situados a gran altura, imposibles de vulnerar ya que transcurrían por empinadas y estrechas escaleras que daban a pequeñas puertas defendidas por puentes levadizos o escaleras removibles y defendidos por ladroneras, buhederas o cadalsos. Por todo ello, estos poderosos reductos disponían de postigos en lugares ocultos por donde poder escapar al exterior, postigos estos mejor escondidos que la honra de las hijas del DOMINVS y cuyo emplazamiento solo conocían un reducidísimo grupo de personas.

Pasadizo excavado en la roca que conduce al donjón del castillo de La
Roche-Guyon. Este acceso daba a un escarpe cortado a cuchillo en el lado
sur del recinto, imposible de ver por los sitiadores
Ante semejante perspectiva, a los sitiadores solo les restaba la opción de rendirlos por hambre y/o sed, lo que era bastante difícil porque se preocupaban de tener en todo momento acopio de provisiones y, por supuesto, de una gran cisterna, ambos en las entrañas del donjón, donde nadie podría llegar con facilidad. Pero también se tenía en cuenta una posible traición por parte de los villanos reciclados en defensores. Estos probos campesinos, obligados por las leyes de la época a convertirse en soldados de circunstancias, podrían verse en la disyuntiva de traicionar a su señor, bien
mottu proprio, bien ante la amenaza de ver sus tierras y casas arrasadas. Pero el DOMINVS ya había tenido eso en cuenta cuando se construyó el donjón, convirtiéndolo en un laberinto interior que los villanos jamás habían pisado y de cuya distribución no tenían ni puñetera idea. En una misma planta podía haber varias dependencias, pero no se comunicaban entre sí, sino de forma diabólicamente enrevesada. Un ejemplo: para llegar a la sala contigua había que subir a la planta superior y bajar por una escalera que llegaba al sótano, desde el cual se tomaba otra escalera que finalmente llegaba a dicha sala, que era desde donde se subía a la azotea donde se encontraba el cadalso mientras que en la sala contigua solo se podía acceder a un pasillo con un salto de lobo y al final del mismo otra angosta escalera- siempre eran de caracol y recorriendo el grosor del muro- que daba a una poterna defendida por un rastrillo y una gruesa puerta tras la cual se podía salir al exterior por el lado más escarpado del terreno, fuera del campo visual de los sitiadores. 

La imponente torre del homenaje del castillo de La Mota.
A pesar de sus dimensiones, su interior carece de la
complejidad de un donjón
¿Qué se pretendía con esto? Pues simplemente poder hacerse fuertes en el interior del donjón contra parte de los defensores que hubiesen decidido pasarse al enemigo. Si desconocían su distribución y cruzar una puerta podía ser suicida porque eran tan pequeñas que solo cabía un hombre, poco podían hacer para reducir a los escasos defensores que quedaban, todos ellos profesionales de las armas y conocedores de los entresijos del reducto. Una puerta de roble con una hoja de 15 cm. de grosor reforzada con flejes de hierro y atrancada con un alamud era imposible de derribar como no fuera aporreándola con un pesado ariete, pero dentro del donjón ni había arietes ni tampoco era posible introducirlos debido a la estrechez de los accesos, por lo que se veían en una sala sin saber dónde estaba la salida mientras que el
DOMINVS y sus muchachos igual habían subido a la planta superior, desde donde los asaeteaban a su sabor a través de la buhera que se abría en el entresuelo. Como vemos, los donjones eran un prodigio de arquitectura militar concebido para poder defenderlo con cuatro gatos hasta las últimas consecuencias.

Bueno, así eran grosso modo estas impresionantes fortificaciones que se extendieron por Francia, Inglaterra y las zonas de Italia bajo dominio normando. En otro artículo detallaremos sus métodos constructivos así como su evolución a lo largo del tiempo ya que desde los primeros donjones románicos hasta los edificados en el siglo XIII hay diferencias notables. Con todo, y a pesar de su imponente presencia, el donjón también tenía sus puntos flacos y sus defectos de diseño, que no todo iban a ser ventajas, pero de eso hablaremos más despacio en su momento. En cualquier caso, lo que sí es cierto es que estas peculiares fortificaciones se convirtieron en todo un símbolo del poder de los señores feudales de la época, y su posesión fue motivo de violentos cambios de impresiones entre nobles o bien entre estos y los monarcas que veían en ellos un peligro para la estabilidad del reino.

Hora de yantar. Pírome.

Hale, he dicho

POST SCRIPTVM: Creo que por fin he dado con una forma de poner los textos en las fotos, por lo que agradeceré que si alguien ve algo raro o descuadres me avise. Si sale un churro es por culpa de Blogger, que conste.

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Donjón de Chambois, construido en tiempos del duque Ricardo II. Esta poderosa torre es un ejemplo perfecto del donjón románico que se
extendió por los dominios normandos

viernes, 11 de septiembre de 2020

¿Cómo se construía un castillo?


Nada mejor para ilustrarse acerca de los métodos constructivos empleados en la Edad Media que una visita al castillo de
Guédelon, en la Borgoña. Este peculiar proyecto, iniciado en 1997, se está llevando a cabo con los materiales, herramientas
y medios de le época, lo que lo convierte en un fiel reflejo del largo y penoso periplo que suponía levantar una de esas
moles pétreas que, sin embargo, vemos como se desmoronan poco a poco sin que a nadie parezca importarle mucho

Un amable lector me ha sugerido que no estaría de más un artículo sobre la construcción de fortificaciones y, ciertamente, tiene razón. Bien es verdad que se ha hablado con detalle de las diferentes técnicas constructivas, así como de sus diversas partes, todos los entresijos de los sistemas de defensa pasiva y, en cierto modo, podríamos decir que extrayendo determinadas partes de todos esos artículos podríamos deducir cómo y en base a qué baremos se construía un castillo, pero lo suyo es detallarlo englobándolo todo en un solo texto para hacerlo más comprensible, sobre todo para los que no se han leído las tropocientas entradas que se han dedicado a cuestiones castilleras en estos años. Así pues, y aprovechando que hace tiempo que no hablamos nada sobre las venerables piedras que enmohecen en nuestro vapuleado territorio, veamos cómo, cuándo y por qué se construía un castillo.

Un buen ejemplo de fortificación reciclada una y otra vez es el
alcázar de la Puerta de Sevilla, en Carmona. De origen
cartaginés, ha sido sucesivamente empleada y reformada por
romanos, visigodos, andalusíes y castellanos
Pero, en primer lugar, debemos hacer una concreción. En España tenemos, por decirlo de algún modo, dos tipos de castillos, a saber: unos, los construidos por romanos y cartagineses que, a lo largo del tiempo, han sido reutilizados por los que les sucedieron, o sea, visigodos, árabes y los descendientes de visigodos e hispano-romanos que solemos llamar cristianos. Y por otro, las construcciones ex-novo tanto árabes como cristianas cuya ubicación en el territorio era consecuencia del surgimiento de fronteras interiores que antes no existían. Así fueron apareciendo líneas fortificadas que, sobre todo por parte de los reinos cristianos, fueron avanzando hacia el sur gracias al empuje de los ejércitos que, poco a poco, fueron arrinconando a los otrora poderosos andalusíes hasta dejarlos confinados en el reino nazarí de Granada para, finalmente, echarlos en buena hora de nuestra piel de toro camino de sus puñeteros desiertos llenos de alacranes, serpientes venenosas y dromedarios. Por todo ello, nos centraremos en las construcciones ex-novo ya que las anteriores, de ignoto origen, eran mayoritariamente CASTRA donde las legiones destinadas en Hispania eran acantonadas durante décadas, o simples atalayas para controlar el territorio, pero no eran castillos tal como los conocemos.

LA ELECCIÓN DEL LUGAR

Una vez que se autorizaba la construcción de un castillo para controlar un determinado territorio, la orden militar o el noble al que se le encomendaba la tarea se tenían que dar sus buenos garbeos en busca del sitio más idóneo en función a la orografía del terreno. Por razones obvias, se prefería un lugar elevado a un llano para disponer del mayor campo visual posible, pero si lo más alto que había era una loma o poco más, pues se chinchaban porque eso les obligaría a construir un foso, un antemuro o ambas cosas. ¿Por qué? Porque si el castillo estaba en la cima de una montaña rocosa, el minado sería imposible. En un llano, salvo que por casualidad encontraran un afloramiento pétreo donde edificar, había que poner las cosas lo más difícil posible a los enemigos que, caso de atacarles, lo primero que harían sería abrir una mina o bien adosar máquinas de aproche como arietes o bastidas. El foso y el antemuro lo impedirían o, al menos, lo retrasarían tanto que podrían hacer que los sitiadores se tuvieran que largar con viento fresco si se quedaban sin vituallas o se les echaba el invierno encima.


A la derecha tenemos un ejemplo de castillo roquero totalmente inexpugnable que solo podía tomarse si la guarnición se rendía por falta de alimentos y/o agua. Se trata del castillo de Olvera, en la actual provincia de Cádiz y en su época en plena frontera del alfoz de Sevilla con la kora de Ronda, y además paso obligado para atacarse unos a otros sin piedad y darse estopa bonitamente. Como vemos, el castillo se yergue sobre un risco rocoso, ocupando toda la cima del mismo. Su acceso es por una intrincada y angosta escalera que hacía imposible subir a más de un par de hombres al mismo tiempo, y una vez arriba nada podían hacer para acceder al interior del recinto. Por su situación, era imposible minarlo, adosarle máquinas o lanzar escalas para intentar un asalto. Si se quería tomar solo había dos opciones: una, convencer al alcaide de que se largara en buena hora, lo que no solía ocurrir; y dos, sentarse a esperar a que el alcaide y su gente se comieran hasta las suelas de las botas o viesen el aljibe más seco que la sesera de un político. Si no se daba ninguna de esas opciones el castillo no caería.


Y ahí tenemos otro, esta vez en un llano. Se trata del castillo de Montalbán, en Toledo. Su defensa se apoya por el este en el profundo barranco por donde corre el arroyo del Torcón, mientas que el lado oeste tuvo que ser reforzado por un antemuro y dos potentes torres pentagonales en proa que actuaban como albarranas. Un castillo así era, por razones obvias, más difícil de defender. El antemuro podía ser vulnerado con relativa facilidad, pero hacía imposible la aproximación de máquinas a la muralla principal salvo que se abriera una brecha lo bastante amplia, lo que era casi imposible con los defensores batiendo a golpe de virote a los peones que se afanaban en demoler el antemuro. En todo caso, si los sitiadores disponía de un fundíbulo las cosas ya tomaban otro cariz porque uno de esos chismes podía, sin prisa pero sin pausa, abrir una brecha tanto en el antemuro como en la muralla sin tener que exponerse, resolviéndose todo en un asalto final.


Y por añadir un ejemplo más, veamos el castillo de Chinchilla de Montearagón, en Albacete. Este castillo fue erigido en un elevado cerro y, para complicar más las cosas a un posible atacante, le excavaron un profundo foso de unos 10 metros de profundidad. El cerro donde se asienta era relativamente accesible de cara a intentar un asalto ya que no es excesivamente empinado, pero el foso era una barrera infranqueable. Cavar una mina era inútil aunque la naturaleza de la piedra del lugar podría permitirlo, pero dicha mina jamás llegaría a la base de la muralla o una torre, sino que se vería encima con más de diez metros de roca que hacían de cimientos del edificio. Así pues, tendríamos otro caso de capitulación por hambre y/o sed o por vil alevosía del alcaide, pero sino, imposible.


Bien, con estos tres ejemplos podemos hacernos una idea de qué se tenía en cuenta a la hora de elegir el emplazamiento. Como es obvio, las posibilidades serían cuasi infinitas en base a la inmensa cantidad de suelos y zonas distintas pero, básicamente, lo explicado eran los baremos que prevalecían. No obstante, siempre había algunos factores más a tener en cuenta que podrían decantar por uno u otro lugar el emplazamiento del futuro castillo. Ante todo, la disponibilidad de agua. Y no ya por la posibilidad de construir una coracha de aguada que haría posible no quedarse nunca seco, sino para el desarrollo de la obra. El agua para los obreros siempre podría acarrearse en acémilas de la fuente o río más cercanos, pero la obra consumía mucha, sobre todo dependiendo del material a emplear. Había que rellenar paramentos, preparar mortero para los mismos si eran de mampuesto y mucho más si el material elegido era tapial. Otra cuestión muy importante era la proximidad de padrastros que facilitarían a posibles atacantes hostigarlos con máquinas de lanzamiento desde una altura igual o incluso superior. En ese caso, era cuasi obligado fortificarlos para impedir que fueran ocupados por una hueste enemiga, como el caso de la foto. Se trata de Alarcón (Cuenca), situada en una hoz del río Júcar que actuaba como foso natural, pero con toda la zona que se extendía al norte y el este del castillo y la población convertida en unos peligrosos padrastros que tuvieron que fortificar con las torres de Cañavate (círculo negro) y Alarconcillo (círculo blanco) por el lado norte y la torre del Campo (a la izquierda, fuera de encuadre) protegiendo el lado este. En fin, como vemos, elegir un sitio no era cosa baladí, y había que tener en cuenta muchos factores que, a la hora de la verdad, harían el castillo inexpugnable o una birria. 

LA ELECCIÓN DE OBREROS Y MATERIALES


Castillo de Hielo o Hierro, en Pruna (Sevilla). Fue construido con mampuesto
obtenido de la misma montaña de toba donde se yergue. En el círculo se ven
los cortes de donde se extrajo la piedra
El maestro de obras o alarife que se contrataba para la ejecución de la obra se encargaba de trazar la planta del edificio y elegir el material más adecuado que, por lo general, se basaba en dos premisas: el precio y la disponibilidad. Como se ha ido explicando en las entradas dedicadas a técnicas constructivas, la piedra bien escuadrada era el material más deseable por su solidez, pero también el más caro por precisar para su manipulación personal muy especializado que, obviamente, cobraba bien sus servicios. Pero por otro lado tenemos la disponibilidad del mismo, lo que no siempre sucedía. Ha habido castillos construidos con la piedra sobre la que se asentaba, mientras que en otros casos tuvieron la suerte de disponer de una cantera a una distancia razonable para transportarla a pie de obra. Pero de no haber material en las cercanías o no tener presupuesto para ello, había que optar por materiales más baratos como el mampuesto o, en último extremo, el tapial, mucho más barato pero también el más débil y el que requería de más mantenimiento. Este último solía ser el preferido por los alarifes andalusíes, mientras que los cristianos eran más dados a la piedra. En todo caso, para elaborar un mampuesto careado no había que recurrir a canteros ya que cualquier albañil se daba maña para ello.


Distintos tipos de operarios. Como vemos, no se
diferencian en nada de los actuales albañiles salvo
en la indumentaria y en que no pierden horas de
trabajo con los jodidos móviles
Pero en la construcción de un castillo no solo intervenían albañiles, sino un pequeño ejército de especialistas, cada cual experto en lo suyo. Así, a lo largo de la obra tenían que intervenir, además de los albañiles, los siguientes artesanos:

1. Canteros para elaborar la sillería de vanos, bóvedas, gorroneras, escalones y cualquier parte que necesitara una piedra bien labrada aunque el edificio fuera de mampuesto ya que, en ese caso, las esquinas de las torres se solían reforzar con sillares bien escuadrados. Del mismo modo, podían encargarles determinados elementos defensivos como ladroneras, buzones, aspilleras, troneras, etc.

2. Carpinteros para fabricar las cimbras sobre las que se apoyaban dinteles y bóvedas, además de la construcción de puertas, ventanas, alamudes, vigas, jácenas y, por supuesto, puntales, andamios y maquinaria necesaria para la obra como grúas o polipastos. Si el castillo era de tapial tendría además que fabricar los cofres y agujas para las tongadas de mortero.

3. Cordeleros para todo el cordaje necesario para andamios, grúas, etc.

4. Herreros para la forja de clavos, flejes, bisagras, goznes...

5. Tejeros para la fabricación y colocación de tejas, con las que además se construían las conducciones que recogían el agua de lluvia para los aljibes. Además, fabricaban los ladrillos para cerrar las bóvedas, toba para las solerías, etc.

6. Si el castillo se construía en un clima frío, en vez de un tejador se buscaba un pizarrero ya que el agua acumulada entre las tejas las reventaba cuando se congelaba.

7. Caleros, sin los cuales era imposible la elaboración del motero.

8. Muleros y boyeros para el acarreo de materiales en recuas de acémilas o carros. 


MAGISTER PETRVM trazando un arco sobre una capa de
yeso. Estos probos picapedreros guardaban sus secretos
con más celo que la honra de sus hijas
Grosso modo, estos serían los artesanos y operarios imprescindibles, todos ellos acompañados de sus respectivas cuadrillas de peones, oficiales y aprendices. Los salarios se acordaban con el alarife, y generalmente se pagaban semanalmente. En el caso de los canteros, trataba con el MAGISTER PETRVM que, a su vez, se encargaba de pagar a su gente. Los canteros trabajan aparte en sus logias en el sentido de que les encargaban tantos sillares para tal cosa, otros tantos para lo que fuere y se limitaban a labrarlos independientemente del ritmo de la obra. Cada sillar llevaba unas marcas que indicaban al albañil la posición en que debía colocarlo y, tras completar el encargo, se largaban a otro sitio en busca de trabajo aunque en la obra aún no hubiesen levantado medio metro de muralla. No debe extrañarnos esta forma de trabajar ya que los canteros terminaban sus encargos con precisión milimétrica y, a lo sumo, alguna pieza podría requerir un pequeño ajuste que cualquier albañil solventaba sin problema. No obstante, si el castillo se labraba íntegramente con piedra había que recurrir a varias cuadrillas que se pondrían sumamente contentitos ya que tendrían trabajo para diez, veinte o más años, dependiendo del tamaño de la fortificación. En aquella época el personal tenía tantos problemas como nosotros, pero el paro no era precisamente uno de ellos.

COMIENZA LA OBRA


Albercas ya casi cegadas del castillo de Cote (Sevilla). El agua más
próxima está a kilómetros de distancia
La disponibilidad de agua marcaba también qué sería lo primero en construirse. Si no había cerca un río o un manantial cabían dos opciones: una, cavar un pozo si el terreno lo permitía. Y dos, labrar el aljibe en primer lugar o, al menos, una alberca donde recoger el agua de lluvia. La espera para ver la alberca llena se invertía en ir haciendo acopio de materiales, carear el mampuesto, preparar la cal o traerla de los hornos más cercanos, talar la madera necesaria, que era mucha, y esperar a que se secara, etc. No olvidemos un detalle, y es que el tiempo en la Edad Media transcurría más despacio. Hoy día pasamos por una calle donde vemos que han comenzado a derribar un viejo edificio, pasamos al cabo de una semana y ya van por la tercera planta de un edificio nuevo. Volvemos a pasar al cabo de un mes y ya hay hasta tiestos de geranios en las terrazas. En la Edad Media eso era ciencia-ficción. Desde que se decidía iniciar la obra hasta que comenzaba podían pasar un año o dos solo dedicados a los preparativos para una obra que podía durar décadas. Un carro tirado por bueyes con un cargamento de madera invertía un par de días en recorrer los 3o km. que un camión recorre actualmente en apenas 20 minutos. En fin, no hay comparación posible, y es absurdo plantearse prisas en una época en que la gente veía crecer la hierba.


Castillo de Fafetar, en Espera (Cádiz). Lo abrupto del terreno obliga a
circular por los adarves si bien aprovecharon los huecos entre las peñas
para construir dependencias interiores
En cualquier caso, una vez solventada la cuestión acuática, antes de empezar era preciso nivelar el terreno en lo posible. Sí, muchos me dirán que en tal castillo no se puede apenas caminar porque los afloramientos rocosos hacen el interior intransitable pero, como podremos ver a medida que visitemos castillos por España o la Europa toda, jamás veremos dos que se parezcan. Bien por falta de medios, de dinero, o porque la roca sea dura como una ídem, pues esos incómodos pedruscos se dejaron tal cual los vemos ahora. Igual no era preciso eliminar esos afloramientos porque la guarnición del castillo sería mínima y con un poco de espacio libre les bastaba pero, sea como fuere, lo más habitual era allanar y nivelar el terreno donde se iba a edificar. En el caso de los castillos roqueros, se empezaba colocando hiladas de mampuesto o sillarejo en los bordes del risco para sustentar a la muralla que se construiría encima, no dejando espacio ni para apoyar un pie con el fin de impedir la aproximación de un enemigo salvo que fuese el Hombre Araña. Tras nivelar el suelo o, al menos, las zonas donde se iba a construir- léase muralla y torres-, el alarife marcaba el contorno exacto con cordeles y, a partir de ahí, los albañiles acometerían la construcción de los paramentos.


Torre del homenaje del castillo de Setefilla (Lora del Río, Sevilla), sede
del bayliato hospitalario de Septefilla. Obsérvese el migajón en el hueco
de la derecha, así como los mechinales para los andamios y los restos del
revoco que cubría el edificio para protegerlo de las inclemencias del tiempo
Como recordaremos, se construían dos paramentos paralelos que iban siendo rellenados con un migajón a base de tierra con cal, restos de cantería y/o de cerámica procedente de las piezas que se rompían o salían mal cocidas en los alfares. Básicamente, era un trabajo exactamente igual que el realizado por un albañil moderno cuando labra un muro o una citara, con la diferencia de que el moderno usa ladrillos y el medieval cantos que adaptaban a su lugar con mortero y ripios. El ritmo de la obra avanzaba en función del tiempo de fraguado del mortero, que en el caso del elaborado con cal era más lento que el de los cementos actuales. Por ejemplo, para rellanar los paramentos había que esperar a que el mortero estuviera bien seco ya que, de lo contrario, la presión del migajón podía reventarlo. Una vez que el alarife daba el visto bueno era cuando se vertía en su interior el material que se colmataba a base de pisones y agua.


Otra imagen del castillo de Guédelon con los currantes dedicados a sus
quehaceres. Como es evidente, una nevada que ya no dejaba ver el suelo
hasta la primavera o semanas de lluvia constante hacían impracticable
las obras, aparte de unas temperaturas que helarían a un oso con sobrepeso
Sin embargo, a diferencia de nuestros tiempos, la llegada del otoño o el invierno detenía la obra. El personal, que por lo general vivía allí mismo en chozas si la distancia a la población de donde provenían hacía inviable ir y venir a diario, no podía permanecer en el tajo con lluvias, nevadas y unas temperaturas gélidas. Por otro lado, había que dejar pasar una temporada para que los morteros fraguasen en condiciones antes de seguir añadiendo peso. Hablamos de muchas toneladas que debían mantenerse enhiestas sin que se produjeran grietas o fallas que, de forma inesperada, tuviera lugar un colapso o una muralla debilucha que se vendría abajo en cuanto le acercaran un ariete o un fundíbulo le acertase un par de veces con bolaños de diez o veinte quintales. Así pues, cuando la estación cambiaba y, además, las horas de luz disminuían de forma notable, el personal se largaba a su casa a pasar la invernada apaciblemente dedicándose a otras cuestiones hasta que con la llegada de la primavera se retomaban las obras. Y así año tras año mientras que las torres y murallas iban ascendiendo poco a poco, sin prisa pero con las pausas necesarias nada más. Ojo, había ocasiones en que las obras se detenían porque se acababan los dineros y no se retomaban hasta que se llenaba de nuevo la hucha. Aunque se tiene una imagen- errónea por supuesto- de que en la Edad Media el personal estaba esclavizado y obligado a trabajar por un mendrugo, eso es el enésimo bulo que por repetido se tiene por cierto. Los pagos eran al contado. Eso de 30, 60 y 90 no se había inventado. Si no había pasta, el tejero, el calero, el cordelero el carpintero y demás personal no arrimaban ni media arroba de material. Y si no había pasta los albañiles, canteros y acemileros se quedaban mirando al infinito como diciendo "vas listo, Calixto". O sea, que de esclavos nada. La gente trabajaba a cambio de su salario, y si no había salario no trabajaban ni los cuñados del futuro alcaide.

LOS TOQUES FINALES


Maqueta del castillo de Frías (Burgos), donde se ven las dependencias
interiores que no han llegado a nosotros
Antes de que el recinto estuviera totalmente terminado podía ser guarnecido. Bastaba con que la muralla y las torres tuvieran su parapeto almenado y una buena puerta impidiera el paso a los extraños. Pero, ¿qué faltaría por construir para dar la obra por concluida?

1. En base al número de efectivos de la guarnición sería necesario labrar quizás un aljibe de mayor tamaño, desechando la hipotética alberca que se fabricó para disponer de agua para la obra. El aljibe podía llevarse años si había que excavarlo en la roca, y más de una y más de dos veces me he quedado con la jeta a cuadros imaginando cómo leches pudieron sacar varias decenas de metros cúbicos de piedra a golpe de cincel  y maceta.


Otra maqueta que nos muestra el interior de un castillo, el de Sesimbra
(Portugal) en este caso. Actualmente nos encontraríamos el patio de armas
totalmente diáfano. Osérvense los paramentos enlucidos y encalados
2. Las dependencias para la guarnición. Por lo general se construían de madera, un material barato y de fácil mantenimiento. Por eso vemos los patios de armas vacíos en muchos casos ya que dichas dependencias desaparecieron hace siglos a causa de la carcoma, la humedad o un simple incendio fortuito. En otros castillos se construían de fábrica, y es fácil ver el arranque de los cimientos. ¿Que por qué no existen actualmente? Pues porque eran simples muros que se han ido cayendo solos a medida que el mortero que los sustentaba se ha ido desgranando por causa del meteoro, nada más. Si un edificio moderno requiere mantenimiento, los medievales también y, cuando dejaron de ser útiles allá por el siglo XVI, pasaron de ser gallardos castillos a edificios abandonados reciclados en rediles para el ganado y suministro de materiales de construcción gratuitos.

3. A estas dependencias debemos añadir la cocina, un horno, almacenes para las provisiones, graneros, corrales, etc. Los castillos eran por lo general autosuficientes tanto en cuanto estaban muy aislados y, por otro lado, un día había que cerrar la puerta y no se podía volver a abrir hasta que unos señores muy violentos que pretendían apoderarse de él se largaban aburridos de esperar a que les abrieran.


Bien, este sería el proceso de construcción de un castillo. Obviamente, se ha explicado de forma muy generalizada ya que cada uno tenía mogollón de pormenores pero, básicamente, la pauta habitual era la que hemos narrado. Con todo, muchos se dirán que los que han visto no cuadran con lo que se ha detallado aquí, pero deben tener en cuenta varios factores. El principal radica en los cambios sufridos a través del tiempo. Unos fueron simplemente abandonados y los siglos se han encargado de derribar torres y muralla, así como de cegar fosos y aljibes de los que, aparentemente, no queda ni rastro. Otros fueron reaprovechados para los fines más variopintos, desde graneros comunales a prisiones locales, por lo que en mayor o menor medida fueron adaptados para esos fines. Otros permanecieron en poder de sus dueños y, con el tiempo, los fueron modificando para que siguieran siendo habitables. Eso lo vemos en los castillos de la brumosa Albión (Dios maldiga a Nelson), en Italia, en Centroeuropa o en Francia (Dios maldiga al enano corso). Por el contrario, los castillos españoles fueron mayoritariamente recintos militares que cuando perdieron su utilidad solo suponían un gasto inútil. Los nobles hispanos prefirieron vivir en palacios edificados en las poblaciones, y no en mitad de un bosque en la gran puñeta. Con todo, el sistema seguido en su construcción inicial no difería del que se ha explicado hoy. Valga como ejemplo el que vemos a la derecha. Se trata del castillo de los Von Elz, típico castillo palaciego de Alemania que, aunque originario del siglo XII, lleva en uso desde esa época. Ya podemos imaginar los cambios que ha sufrido a lo largo de ocho siglos a manos de las 33 generaciones de tedescos que lo han ocupado.

En fin, criaturas, supongo que les habrá quedado claro cuál era el proceso que se seguía para edificar un castillo. Los que deseen profundizar en los detalles pueden pinchar en las etiquetas "PARTES DEL CASTILLO" y "TÉCNICAS CONSTRUCTIVAS", donde tienen lectura para varios días y adquirir conocimientos sobrados para inducir al suicidio a sus cuñados en la primera visita que hagan a cualquiera de nuestras augustas fortificaciones. 

Bueno, se acabó lo que se daba. Hora de merendar, amén.

Hale, he dicho

jueves, 20 de febrero de 2020

TORRE DEL HOMENAJE. LA TORRE GÓTICA


El impresionante castillo de La Mota, en Medina del Campo (Valladolid). Comenzado a construir por orden de Juan II de
Castilla a mediados del siglo XV, las obras se alargaron durante el reinado de Enrique IV para ser concluido en 1483 por
los Reyes Católicos. Su alta y poderosa torre del homenaje, coronada por una torre caballera de la que apenas quedan
restos, aún conserva las marcas de los impactos de los bolaños que la alcanzaron durante las movidas entre la corona y
la nobleza de la época. Tiene 40 metros de altura y su interior se divide en cinco plantas

A mediados del siglo XIII y bajo el reinado del santo monarca Fernando, tercero de su nombre, la Reconquista experimentó un empuje como nunca antes se había visto hasta el extremo de que, en las postrimerías de ese siglo, la presencia de malditos agarenos adoradores del falso profeta Mahoma quedó reducida al reino de Granada. Pero cuestiones geo-políticas aparte, a partir de mediado del siglo XIV la castramentación en los territorios también empezó a sufrir diversos cambios en base a una serie de factores, a saber:

1. Las fronteras con los territorios enemigos cada vez estaban más lejos, lo que hizo que se reformaran o se construyeran EX-NOVO las fortalezas destinadas a controlar los reinos peninsulares. Lógicamente, estos castillos adoptaron los usos arquitectónicos de la época, añadiendo a los mismos nuevos dispositivos defensivos surgidos por aquel entonces. Mientras tanto, las antiguas fortalezas que en su día habían formado la primera línea defensiva fueron abandonadas por carecer de utilidad militar y fueron desapareciendo con el paso del tiempo.

Torre del castillo de Villena (Alicante). Sobre el primer
cuerpo de tapial, el marqués de Villena, Juan Pacheco,
hizo construir otro más de mampostería. Dividida en 4
plantas, tiene una altura aproximada de 28 metros
2. Los nobles y las órdenes militares que ostentaban las tenencias, cuando no los mismos monarcas, tomaron estos castillos como lugar de residencia, lo que obligaba a construirlos con las comodidades y las dependencias necesarias, no solo para la guarnición, sino para la servidumbre y demás personal de tipo administrativo necesarios para el buen desarrollo de la cosa pública.

3. Mientras que el castillo de frontera seguía conservando su austeridad puramente militar, aunque con los añadidos adecuados para mejorar su capacidad defensiva, su tamaño y su morfología seguían siendo similares a los de antaño. Eran, por compararlos con un término actual, bases avanzadas donde solo vivían la guarnición y el alcaide. El tenente prefería mantenerse a una distancia razonablemente segura, o sea, lejos de la frontera, donde se estaba más tranquilo y era más improbable ver aparecer las jetas renegridas de moros cabreados con ansias homicidas.

4. Los reyes precisaban de poderosas fortificaciones para tener a raya a la levantisca y siempre ávida de poder nobleza hispánica, por lo que era imperioso disponer de buenos castillos guarnecidos con tropas y alcaides fieles a la corona porque los nobles, bien por su propia mano, bien alentando en la sombra rebeliones entre los pobladores de sus dominios, aprovechaban la más mínima oportunidad o signo de debilidad para chinchar a los monarcas a fin de mantener o aumentar sus privilegios.

y 5. El castillo se convierte en el símbolo del poder real, o sea, del estado, y para acojonar al personal nada mejor que plantarle en las cercanías una masa pétrea atestada de tropas dispuestas a someter por las malas o por las peores a los rebeldes, poner a los cabecillas de la asonada en manos de los corregidores regios y acabar la fiesta ahorcándolos si eran plebeyos, poniendo sus cabezas en el tajo si pertenecían al estamento noble o bien manteniéndolos a buen recaudo en cualquier mazmorra si convenía mantenerlos vivos.

Típica distribución de una torre gótica cuyo
acceso está defendido por una ladronera, hay
más entrada de luz natural gracias a las ventanas
y los entresuelos suelen estar formados por
bóvedas de crucería.
Bien, ese sería, grosso modo, el contexto en el que se desarrollaron estas torres. Para hacernos una idea de las principales diferencias con las torres románicas echemos un vistazo al plano de la izquierda, donde se han señalado las características más reseñables. En primer lugar debemos resaltar el engrosamiento de los muros, que pasaron de las típicas dos varas castellanas (167 cm. aprox.) que vemos en la mayoría de los castillos anteriores a la época que nos ocupa, a los 2, 3, y en algunos casos incluso más metros de espesor (los de la  torre de Chinchilla por ejemplo medían 4 varas, o sea, 3,34 metros). El motivo es más que evidente: a partir del siglo XIV la artillería demostró que su poder destructivo superaba con creces al de los fundíbulos, manganas y demás tormentaria. Por otro lado, su altura y su superficie también aumentaron de forma notable. Ante las dos plantas- baja y primera- de las torres románicas, nos encontramos con edificios de entre dos y cinco plantas que alcanzaban alturas de más de 30 metros, y en algunos casos, como la torre del castillo de Beja, en Portugal, los 47, siendo la torre del homenaje más alta de Europa. Obviamente, este aumento de altura implicaba convertirse en un objetivo más fácil para las rudimentarias bombardas y culebrinas de la época, pero en algunos casos se contrarrestó este inconveniente "enterrando" los castillos construidos EX-NOVO en fosos muy profundos. De ese modo se reducía la silueta del mismo, pero en caso de querer asaltarlo la altura a franquear era igual o superior a la de un castillo románico.


La pasarela de fábrica es posterior al castillo que, en origen
disponía de un puente levadizo
Un buen ejemplo lo podemos extraer del castillo de Chinchilla de Montearagón, que fue prisión del malévolo César Borgia y que vemos en la foto de la derecha. Este foso tenía "dos picas de profundidad y 27 pasos de ancho" (unos 11 metros de hondo por unos 37 de ancho), a los que habría que sumar la altura de la muralla a contar desde el borde del foso. Además, como se aprecia en la imagen, la base de la muralla se excavó en la roca viva dándole a la escarpa forma de talud o rebotadero, lo que obligaba a usar escalas aún más largas para alcanzar el parapeto si es que lograban colarse en el foso, que ya de por sí era una proeza ya que tendrían que usar las mismas escalas destinadas al asalto para bajar al mismo, y todo ello bajo el fuego intenso por parte de los defensores.


Otras característica de estas torres es el uso de ventanas, geminadas o con arcos de diversos tipos, que permitían la entrada de luz natural y una mejor aireación de las cámaras. Para impedir la entrada de bolaños o cualquier otro tipo de proyectil se protegían con sólidas rejas trabadas como ya se explicó en su momento. El engrosamiento de los muros permitió la construcción de tabucos ventaneros, los típicos "cortejadores" donde los habitantes de la torre podían dedicarse a chismorrear o a sus aficiones durante los ratos de ocio sin tener que estar supeditados a todas horas a la tenue luz de un candil o una vela. El que vemos en la foto corresponde al castillo de Feria (Badajoz), y en la misma podemos apreciar el enorme grosor del muro de la torre. Por cierto que para chafar al cuñado inquieto que no sabe por dónde atacarnos durante una de estas visitas castilleras, si nos preguntan si se usaba cristal para las ventanas la respuesta es que no. Por aquel entonces se recurría a finísimas láminas de alabastro o vitelas que dejaban pasar la luz si bien un tanto tamizada, pero menos da una piedra.


También se fueron dejando de lado las escaleras de tiro recto siendo más habituales las de caracol, bien aprovechando el grosor del muro o un borje adosado a la muralla. La que vemos en la foto, correspondiente al castillo de Estremoz (Portugal), muestra claramente su morfología. Estas escalera tenían la ventaja añadida de que dificultaban enormemente el paso a una fuerza atacante, que se vería obligada a subir uno tras otro debido a lo angosto del espacio disponible, lo que las hacía fácilmente defendible. De hecho, un hombre armado con una alabarda o una bisarma tendría bastantes dificultades para ascender por un sitio tan estrecho y de escasa altura, que casi no dejaría espacio para manejar el arma mientras subía los altos peldaños. Además, se veían con el inconveniente añadido de que en cada piso se cerraba una gruesa puerta de roble bien atrancada con su alamud que eran imposibles de derribar como no fuera con un pequeño ariete, y por una escalera así era impensable acarrear uno. Solo quedaba la opción de intentar prenderle fuego.


Su mayor superficie hizo posible que las cámaras de estas torres fueran mucho más amplias, y en algunos casos incluso se compartimentaban distribuyendo varias dependencias en cada planta. En la foto vemos una de las cámaras de la torre del castillo de Santa María da Feira, en Portugal, cuya alta bóveda ojival permitía incluso desdoblarla y construir un sobrado tal como sugieren los mechinales que vemos en el muro y donde se empotrarían las jácenas que sustentaban un entresuelo de madera. Esa planta superior podía usarse como almacén, alcobas o dependencias para el servicio. Al fondo vemos una chimenea mural, que aparecieron a lo largo del siglo XIII y que permitió prescindir de los braseros que llenaban las dependencias de humo hasta hacer el aire irrespirable debido, precisamente, a la ausencia de ventanas. Como vemos, estas torres podían ser perfectamente el alojamiento de un noble de alto rango o de una testa coronada y, además, a toda la familia en pleno menos a sus cuñados, que obviamente eran enviados a la pocilga del castillo.


Y precisamente porque las torres góticas se convirtieron en vivienda de gente de postín se generalizó la construcción de letrinas. Obviamente, ver a todo un conde o incluso a un rey galopando hacia las cuadras con la jeta desencajada por un repentino apretón estaba feo y atentaba contra su dignidad, así que lo más adecuado era, aprovechando sus gruesos muros, construirles una letrina para que pudieran dar de vientre mientras releían la correspondencia o atendían asuntos de estado con sus secretarios esperando fuera. Un buen ejemplo lo tenemos a la derecha. Se trata de la letrina del castillo de Peñafiel (Valladolid), situada en un descansillo entre dos plantas. En su época disponía de una puerta, así como de un asiento de madera con su orificio correspondiente. El contenido del intestino grueso o la vejiga del personal iba a parar a la liza, donde imagino que circularía poco personal, y si lo hacía sería mirando hacia arriba por si acaso. Ojo, no en todas las torres góticas veremos letrinas, en cuyo caso cabe suponer que seguían recurriendo a orinales y similares que los criados se encargarían de vaciar donde fuese más adecuado. Por otro lado, puede que encontremos alguna en un castillo románico como el de Loarre, pero en ese caso lo más probable es que sea producto de una reforma posterior en el tiempo. Recordemos que estos edificios eran sometidos a constantes reparaciones y obras para adaptarlos al uso más idóneo según la época. Por cierto, un detalle que posiblemente le haya asaltado a más de uno. Es raro ver las solerías originales, por lo general desaparecidas hace la torta de años debido al expolio. Cuando vean esos suelos terrizos se preguntarán con qué ensolaban los suelos, y la respuesta es bastante simple: por lo general, grandes losas de piedra de mayor o menor calidad y, con mucha más frecuencia, ladrillos de adobe o toba colocados a espina de pez o a soga y tizón.

Bien, con lo explicado ya podemos hacernos una idea de las condiciones de habitabilidad de las torres góticas que, como salta a la vista, eran en todos los sentidos muy superiores a las austeras torres románicas que vimos en el artículo anterior. Pero lo más importante eran las mejoras a nivel defensivo, que convertía estas torres en castillos dentro del castillo de forma que apoderarse de una por las bravas era muy difícil salvo que se dispusiera de artillería para bombardearla hasta reducirlas a escombros o bien logrando la rendición de sus defensores. Veamos los dispositivos de defensa más relevantes...


Ante todo, la ladronera. Por lo general, todos los accesos e incluso los costados de las torres tenían confiada la defensa en vertical a las ladroneras, que permitían cubrir los ángulos muertos en el instante en que el enemigo lograra aproximarse al muro de la torre. En cuando intentasen derribar la puerta, una buena rociada de cuadrillos de ballesta o una cálida ducha de brea puesta a hervir en la chimenea del salón solían ser lo suficientemente persuasivas como para hacer desistir a los enemigos más enconados. El que vemos en la imagen protegía la puerta del castillo de Fregenal de la Sierra, y su parapeto aspillerado permitía además hostigar a los asaltantes que se aproximasen al recinto antes siquiera de lograr acercarse al muro. Por lo demás, el ángulo de tiro de un agresor era en la práctica nulo para intentar colar un virote entre las ménsulas e introducirlo al interior.


Era habitual que los accesos ya no se abrieran a varios metros de altura, sino a nivel del suelo. Otra opción era abrir un acceso al nivel del suelo para la cámara de la planta baja y otro elevado para la zona, digamos, privada, al que se accedía por un vano situado al nivel del primer piso y al que se llegaba por lo general a través de una pasarela levadiza conectada con el adarve. Obviamente, una puerta a nivel del suelo disponía de medios para defenderla además de una ladronera. En casos así era habitual anteponer una camisa o un muro diafragma que incluso podría reforzarse con un pequeño foso franqueable mediante un puente levadizo. En ese caso, y para mantener a los enemigos a raya, se distribuían por el interior del muro varias cámaras de tiro desde donde se podía asaetear o  abrasar a tiros al que se acercase. En las fotos tenemos dos ejemplos. A la izquierda tenemos el foso que defendía el muro diafragma que separaba la torre del castillo de Peñafiel del patio de armas sudeste. Provisto de unas acentuadas escarpa y contraescarpa de piedra sería muy difícil intentar trepar por ellas. En su día el acceso se realizaba mediante un puente levadizo. No obstante, a la primera planta se accedía por otra puerta desde el adarve. A la derecha tenemos un caso similar, en este caso en la alcazaba de Alcalá de Guadaíra, concretamente a la zona palaciega construida por los Ponce de León en el siglo XV. Como vemos, una camisa con varias troneras precedida de un foso hoy día casi cegado complicaban bastante asaltar el recinto.


En la foto de la izquierda podemos ver un ejemplo de entrada baja y entrada a la primera planta, en este caso en el castillo de Chaves (Portugal). La planta baja tiene actualmente una corta escalera que, posiblemente, fuese labrada en algún momento posterior a la construcción de la torre, así como la apertura del vano de la puerta, siendo la original la que se abre en el primer piso y a la que se accede mediante una pasarela tendida entre dos balcones sustentados por ménsulas (flecha roja). En estos casos, como ya se comentó en la entrada sobre las torres románicas, la planta baja quedaría completamente aislada, sin ventanas ni aspilleras y usada como almacén. Por ello, antes de visitar cualquier castillo conviene ponerse al día en lo referente a sus distintas fases constructivas ya que puede inducirnos a error el ver una obra que creamos es original cuando, en realidad, igual procede de una restauración de hace 50 años y que se hizo para facilitar el acceso a los visitantes, como por ejemplo la puerta que abrieron para entrar directamente a la planta baja del castillo de Olvera, en Cádiz.


Y por fin llegamos a la estructura defensiva más característica de la torre gótica: la escaraguaita. La escaraguaita, como se explicó en su día, era un pequeño cubo macizo sustentado por ménsulas o lámparas aboceladas que permitían flanquear la torre donde se situaban. Por lo general, estas pequeñas torres podremos verlas en las esquinas, con lo que serían cuatro en total, o con una más en cada cara de la torre, sumando un total de ocho si bien hay casos excepcionales como el castillo de Coca que da cabida a una pareja por costado más las esquineras, por lo que dispone de nada menos que doce. En puridad, su capacidad de flanqueo no es todo lo eficaz que pueda parecer tanto en cuando apenas sobresalen de los paramentos de la torre pero, no obstante, los parapetos amatacanados como los que vemos en la foto, correspondiente al castillo de Torrelobatón, permitirían la defensa en vertical del recinto.


Al ser enteramente macizas, el acceso a su pequeño terrado se realizaba mediante una escalera situada en la misma azotea como la que vemos en la foto. Con capacidad para no más de dos o tres hombres, desde las escaraguaitas podía intentar flanquear a posibles atacantes si bien, en más de un caso, su presencia obedecía más a cuestiones estéticas que meramente prácticas debido al mínimo ángulo de tiro disponible hacia la vertical. Por otro lado, en algunos castillos como el de la foto se sustituyó la merlatura original por un parapeto a barbeta abocelado que permitía un uso más eficiente de las pequeñas piezas de artillería emplazadas en las azoteas- falconetes, ribadoquines, versos, etc.- que lo tenían muy complicado para tener que variarlas de posición cada vez que había que apuntar a través de una almena. De ahí que los defensores que manejaban ballestas o arcabuces se vieran muy expuestos a la hora de asomarse para disparar, siendo preferible que se desplazaran a las plantas inferiores donde se abrían aspilleras o troneras. En otros casos y para impedir esa exposición cuasi suicida, se abrían troneras en los parapetos, pero su operatividad se limitaba a objetivos situados a cierta distancia por carecer de ángulo de tiro para disparos cercanos.


Una variante la tenemos en el uso de borjes esquineros que, además de su capacidad de flanqueo, actuaban como contrafuertes. En el caso de la foto, correspondiente al castillo de Fuensaldaña, están combinados con escaguaitas en cada costado de la torre. El resultado práctico de esta combinación es básicamente igual que en el caso anterior si bien el borje tenía una pequeña ventaja: impedía al enemigo colocarse en la misma esquina, donde podía obtener con facilidad un ángulo muerto que lo situase fuera de tiro. Sea como fuere, lo que sí podemos tener claro es que si hay un elemento que caracteriza a las torres góticas son precisamente las escaraguaitas y los borjes coronando sus altivas y desafiantes siluetas. Conviene añadir que es típico en este tipo de estructura en las fortificaciones peninsulares sobrepasar escasamente la altura del parapeto de la torre, mientras que en Europa es más frecuente que sean más altas. 


Castillo de Salses. Como salta a la vista, ya no tiene nada que ver con sus
ancestro bajomedievales
En fin, básicamente así eran las torres góticas. Con la llegada del siglo XVI y la cada vez más sofisticada artillería estos castillos quedaron más obsoletos que los balcones de palo. Las murallas altas y las torres aún más altas se acababan de convertir en grave inconveniente, por lo que llegó la hora de ir jubilando los castillos neurobalísticos para dar paso a las fortificaciones pirobalísticas, diseñadas con perfiles muy bajos y rodeadas de fosos anchos y profundos para ofrecer un blanco mínimo a la artillería enemiga. Un buen ejemplo lo tenemos en el castillo de Salses (actualmente en Francia), mandado construir por Fernando el Católico en un tiempo récord, entre 1497 y 1503 por el ingeniero castellano Ramiro López. Las altas torres se convirtieron en baluartes, y las torres del homenaje simplemente pasaron a la historia antes de que los bolaños de varios quintales disparados por las bombardas las demolieran en pocos días. 

Bueno, creo que no se me ha olvidado nada importante, así que se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

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CHIMENEAS Y TABUCOS


LAS LETRINAS


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PARTES DEL CASTILLO: LA ESCARAGUAITA Y EL BORJE

TORRE DEL HOMENAJE. LA TORRE ROMÁNICA



La majestuosa torre del homenaje del castillo de Beja (Portugal). Con 47 metros de altura y tres plantas con lujosas
bóvedas de crucería, esta magnificente torre fabricada enteramente de mármol se construyó por orden de don Dinis en
1347. Para su defensa cuenta con una ladronera sobre la puerta de entrada y grandes ladroneras esquineras a la altura del
tercer cuerpo. Es de visita obligada si se anda por esa zona