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lunes, 9 de enero de 2023

JUSTA A PIE. REGLAS Y EVOLUCIÓN

 

Dos probos homicidas se disponen a darse estopa ante la concurrencia, formada en este caso por personajes de elevado rango. Por ello podemos inferir que se trata de un duelo judicial, y no un mero espectáculo de masas para lucir fuerza y destreza. Observen la barrera que, a modo de "ring" medieval, limita el espacio disponible para machacarse bonitamente


La cosa se pone calentita, y uno de los jueces tiene que intervenir
para separar a los justadores. Va armado de punta en blanco por si
alguno de ellos se revuelve furioso y le asesta un golpe o para
evitar que un molinete con uno de los picos de cuervo que manejan
le alcance por error y lo deje en el sitio

Como todo ejercicio marcial, la justa a pie precisaba de unas reglas o normas para impedir o, al menos, limitar el fogoso ímpetu de los contendientes. En este caso quizás con más motivos que la justa a caballo en la que, salvo cuando se formaba la mêlée, los lances se solventaban en una embestida sin dar lugar al contacto físico. Los dos jinetes se acometían, procuraban estampar sus lanzas en la zona más ventajosa del adversario y ahí acababa todo. O se ganaba, o se perdía o se empataba, pero no podían volver grupas y empezar a darse trastazos salvo que se contemplara esa posibilidad. Pero la justa a pie, debido precisamente a su origen en los juicios de Dios, daban lugar a un combate cuerpo a cuerpo entre dos hombres que previamente se habían retado. Dicho reto podía deberse a un mero afán por demostrar al universo que se era más diestro que el adversario si este era un afamado BELLATOR o, en muchas ocasiones, para solventar malquerencias o viejas rencillas aprovechando el torneo. Sea como fuere, es evidente que en ambos casos había que atar corto a los dos combatientes para que no terminaran matándose entre ellos. Al cabo, si un apacible jugador de parchís puede acabar estampando el tablero en el cráneo de su contrincante porque le ha comido ficha tres veces seguidas, imaginen lo que podría ocurrir si estos fulanos se calentaban más de la cuenta cuando sentían que los golpes del adversario le estaban haciendo quedar en ridículo ante la concurrencia.

Miniatura del "Libro de los Torneos" de René de Anjou que muestra
al duque de Borbón examinando una lista de escudos que le presenta
el heraldo del duque de Bretaña para que elija dos caballeros y dos
escuderos que deberán actuar como jueces en la próxima justa.
Obsérvense los moretones que lucen las jetas del personal, consecuencia
de diversos encuentros

Por otro lado, estos linajudos homicidas eran hombres curtidos que se sabían mil triquiñuelas para hacer la pascua a los enemigos, ya fuese en una batalla campal o en una palestra. Hombres curtidos que, como los púgiles veteranos le meten el pulgar en el ojo al contrincante sin que el arbitro se de cuenta, pues golpeaban donde más daño podían hacer sin importarles naturalmente que el otro quedase lisiado o saliera maltrecho del lance. Lo importante era ganar y punto. Y, por cierto, mejor nos olvidamos de la versión heroica de estos simulacros de la guerra en los que primaba la caballerosidad y los buenos modales; eso queda muy guay en las novelas de Walter Scott y en las edulcoradas filmaciones yankees de los años 50, pero la realidad era distinta. Ya veíamos en la foto de cierre del articulillo anterior como uno de los combatientes no dudaba en estampar un pie en la rodilla del contrario, de modo que ya pueden imaginar la de fullerías que se perpetraban. Como es más que evidente, o estos combates se regían por una serie de normas o cada lid acabaría de mala manera en el momento en que los justadores se cabreasen y sacaran a relucir su amplio surtido de marrullerías. En resumen, había que cumplir unas reglas si no se quería acabar expulsado del torneo por alevoso y mal caballero, con el desdoro que ello suponía ya que se quedaba señalado en todo el planeta como un bellaco, una mala persona más ruin que un cuñado y, lo peor de todo, más traidor que un político.

Bien, ante todo debemos considerar que no había un decálogo uniforme para este tipo de justa, o sea, no había una serie de normas de obligado cumplimiento que fuesen inamovibles a lo largo del tiempo y el país. Antes al contrario, salvo algunas reglas, digamos, fijas, lo cierto es que en cada torneo los organizadores dictaban las que consideraban más oportunas. Sea como fuere, bien es verdad que la norma era generalmente procurar evitar que la fogosidad de los justadores no convirtieran el espectáculo en una riña tabernaria, y que la integridad física de los mismos estuviera razonablemente protegida. 

Así pues, en primer lugar se llevaba a cabo el desafío, por el que los justadores elegían a los campeones con los que deseaban medirse. Esto viene a ser algo básicamente igual a los actuales pugilatos en los que el aspirante al título reta al campeón para arrebatarle la corona si bien en este caso no se luchaba por una bolsa de varios millones de dólares, sino por ganar fama al vencer al, hasta aquel momento, invicto paladín. Dicho desafío tenía lugar en los días previos al torneo. Los lista de los participantes se exponían en el lugar donde tendría lugar el evento, y cada cual retaría al que le diese la gana. El heraldo de cada caballero tocaba con una espuela un escudo que, según el color, informaba de qué tipo de combate deseaba llevar a cabo, así como el tipo de armas. Para las justas a caballo se colocaban dos escudos, uno de color dorado y otro de plata. En caso de tocar el primero, las armas serían de guerra; en caso de tocar el segundo, armas de cortesía. Para las justas a pie se procedía de forma similar, pero con escudos negros y marrones (ilustración de la derecha). Los primeros indicaban combate con una barrera interpuesta entre los justadores (ahora explicaremos lo de la barrera), y los segundos significaban una lid armados con una lanza y protegidos por la tarja. Tras romper las lanzas contra el adversario se continuaría con mandobles y, si los organizadores así lo disponían, con dagas como última fase del combate. Esta primera fase con lanza y tarja hace suponer que, probablemente, el encuentro a pie tenía lugar tras un lance inicial a caballo, y es posible que fuese el heredero directo del combate judicial de toda la vida. En todo caso, esta forma de justa perduró hasta principios del siglo XVI, conviviendo hasta esa época con el combate a pie mondo y lirondo.

Combate con picas con la barrera por medio. Obsérvese que los
justadores no llevan armadas las piernas. Una vez que lograsen
romper sus armas contra el adversario se pasaría a luchar con
espadas
En lo tocante a las normas, las que se podían considerar como generales en cualquier torneo eran las siguientes. Ante todo, estaba prohibido golpear por debajo del cinturón. Como ya se comentó en el articulillo anterior, aún empleando armas de cortesía, un impacto con armas como la alabarda, el mayal, la bisarma o el alcón podían reventarle la pierna a cualquiera, e incluso estando protegida por la armadura podrían sufrirse lesiones muy graves que, como poco, garantizaban una cojera de por vida. El arreglo de fracturas no era algo tan simple como en nuestros días, y un fémur o una tibia astillados, para no hablar de una rótula convertida en comida para peces, dejaban al lesionado con secuelas vitalicias. Con todo, y a pesar de que el armamento era previamente revisado por los jueces, parece ser que no era raro que los justadores intentasen colar un arma cortante y punzante, dándole dos higas la cosa caballeresca con tal de chinchar al adversario. Obviamente, si esto se descubría el infractor era eliminado de inmediato del torneo, pero si ya había hecho buen uso de su arma podía ser tarde.

Del mismo modo, estaba prohibido golpear en otro sitio que no fuera el yelmo, por lo que habitualmente no se permitía usar penachos o cimeras ya que estos podían dificultar a los jueces la apreciación del golpe, de los que había que alcanzar cinco en el yelmo del adversario para obtener la victoria. Tampoco se podían usar las dos manos para manejar una espada de una mano, golpear con el plano de la hoja o reemplazar el arma si esta se rompía salvo si era al golpear al adversario. Solo en ese caso se le permitía sustituirla por otra. Y, por supuesto, los guanteletes que permitieran bloquear el arma propia, como ya vimos en el artículo anterior. Tampoco se podían usar ingenios para bloquear el arma del contrario ni, en resumen, nada que diera ventaja a un justador sobre otro.


En cuanto a la aparición de la barrera, elemento que ya se ha mencionado varias veces, parece que ya se usaba a lo largo de la segunda mitad del siglo XV, si bien su generalización no tuvo lugar hasta mediados del siglo siguiente. La barrera era básicamente similar a la usada por los justadores a caballo, si bien en este caso no tenía como misión impedir que los jinetes se empotrasen literalmente uno contra otro en un choque frontal, sino para mantener a los combatientes a una distancia que impidiera, aparte de las marrullerías ya comentadas, que en un calentón de la sangre se enzarzaran en un combate cuerpo a cuerpo cerrado y acabaran masacrándose bonitamente. La barrera, además, impedía o hacía más difícil golpear por debajo del cinturón debido a su altura, de alrededor de 90 cm. como vemos en la lámina superior, y permitía por ello a los justadores desprenderse de las protecciones de las piernas para gozar de mayor movilidad y conservando en todo caso las escarcelas. En este caso, se muestra un combate con espada de una mano. A ambos lados, junto a los postes, dos jueces vigilan el lance junto a sendas cestas con espadas de repuesto, quizás para sustituir las que se pudieran romper durante el combate.

El uso de la barrera también conllevaba una serie de normas añadidas, como la prohibición de golpearla, acercarse demasiado a la misma para acortar peligrosamente la distancia, tocarla con el cuerpo o apoyarse en ella. Antes de la existencia de este accesorio, parece ser que en algunos torneos se recurría a jueces provistos de una cuerda con nudos equidistantes a dos pies de distancia para, en cualquier momento, comprobar si los justadores se estaban aproximando peligrosamente uno a otro, momento en que el juez les ordenaría separarse. Si uno de los contendientes hacía oídos sordos al requerimiento, pues era eliminado sin más historias. Finalmente, tampoco se permitía esquivar los golpes con fintas o retrocediendo. En la justa a pie solo se podía detener el golpe propinado por el contrario ya fuese con el escudo o con el arma, es decir, o se atacaba o se defendía, pero de virguerías para demostrar su agilidad y reflejos, nada de nada. Los caballeros de pro debían resistir los embates del enemigo sí o sí con toda su energía. Al cabo, tener agilidad no demostraba ser diestro con las armas o lo suficientemente fuerte como para manejarlas con soltura. Un canijo birrioso se podía escurrir como una anguila ante los ataques de un enemigo más cualificado, por lo que dedicarse a esquivar sus golpes hasta agotarlo no se consideraba como algo propio de un caballero que, en teoría, iba a la guerra a luchar, no a hacer el figura.

Y en lo referente a los recintos destinados a la justa a pie, por lo general consistían en un área cuadrangular formada por una barrera de madera o de postes unidos con sogas. Dicho recinto tenía partes movibles para permitir el acceso de los justadores. Esta tipología se mantuvo mientras existieron los torneos. No obstante, cada vez se impuso más el uso de barreras dobles como la que vemos en la ilustración de la derecha. Esta distribución tenía varios cometidos. Ante todo, impedir que la plebe, enfervorecida por la lid, intentase de algún modo interferir en la pelea. Con este pasillo central se mantenían a una distancia prudencial sin que pudieran hacer otra cosa que berrear animando a su combatiente preferido por el que habían apostado a su cuñado y a su suegra. Y, por otro lado, permitía a los asistentes de los jueces distribuirse por todo el contorno del recinto manteniéndose a una distancia prudencial de los justadores, que cegados por la furia podían asestar un mal golpe a cualquiera que se moviese cerca de ellos. Con todo, y para cortar de inmediato cualquier conato de apasionamiento bélico, vemos a varios hombres de armas provistos de largos bastones dentro del recinto, dispuestos a intervenir en caso de necesidad e interponerse entre los justadores. En cuando a los jueces, lo habitual era situarlos en una posición elevada, en un palco o tribuna, desde donde podían gozar de un campo visual más amplio.

En fin, criaturas, así eran las justas a pie. A finales del siglo XVI, la guerra había cambiado lo suficiente como para hacer que los torneos pasasen a ser meras demostraciones de destreza ecuestre y poco más, y la introducción en los campos de batalla de nuevas armas condenó a la obsolescencia el armamento medieval. La aparición de la esgrima y las espadas roperas hicieron que combatir a pie se convirtiera en algo totalmente distinto, donde las armaduras, los escudos y los montantes ya carecían de sentido. Como es habitual, todo tiene su principio y su fin.

Hale, he dicho

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jueves, 29 de diciembre de 2022

JUSTA A PIE. ORIGEN Y ARMAMENTO

 

Fotograma de la película "Destino de caballero" (2001), de la que solo se salvan sus escenas de lucha caballeresca. En este caso vemos al pseudo-Von Liechtenstein dándose estopa con otro caballero durante una justa a pie. Anacronismos y chorraditas menores aparte, la escena está aceptablemente representada. Obsérvese que ambos contrincantes carecen de protección en las piernas. Ya veremos el motivo

Por norma, los torneos y demás exhibiciones marciales se asocian con los combates a caballo en los que dos jinetes se embisten como cabrones en celo lanza en ristre. El brutal encuentro se saldaba por lo general con al menos una lanza convertida en astillas y uno de los contendientes en el suelo. Es justo reconocer que debía ser un espectáculo magnífico, y que semejante despliegue de fuerza y destreza resultaría cautivador en una época en la que la gente se aburría soberanamente, con las epidemias, el hambre y la muerte como distracciones cotidianas. 

Justa tradicional a caballo en la que se enfrentaban dos oponentes

Como ya sabemos, los torneos surgieron como una forma de entrenamiento para no oxidarse durante los períodos de paz, si bien fueron evolucionando como una mera exhibición de destreza y excusa para celebrar algo celebrable. Sea como fuere, desde sus inicios solo se concebía el combate entre jinetes, bien entre grupos, bien singulares, ya que estaban en cierto modo supeditados al uso táctico de los caballeros en el campo de batalla, uséase, luchar a caballo. Ojo, esto no quiere decir que los belicosos BELLATORES de la época solo supieran combatir a lomos de sus carísimos pencos ya que, por razones obvias, si estos palmaban atravesados por las lanzas enemigas, su jinete se tenía que buscar la vida ya que no podía adquirir otra montura en plena batalla. En todo caso, ya sabemos que el entrenamiento de estos probos homicidas contemplaba cualquier tipo de arma en cualquier terreno, que no era plan de bajarse del caballo y quedarse cruzado de brazos.

Miniatura del Códice Manesse (c. 1304) que nos muestra
una mêlée en plan cafre. No era raro que varios participantes
salieran maltrechos de estos lances

Pero, como decimos, la versión lúdica de la guerra solo consideraba adecuados los enfrentamientos a caballo, y los vencedores de los torneos eran los que rompían más lanzas o descabalgaban a su oponente. No fue hasta los albores del siglo XV cuando surgió la versión de combates a pie, pero la escasa documentación histórica al respecto no nos permite saber con exactitud cómo, cuándo y por qué se introdujo este tipo de justa en los torneos, dominados hasta aquel momento por los jinetes aupados en enormes bridones que los convertían en carros de combate cárnicos. Con todo, la opinión más generalizada es que surgieron a raíz de los duelos judiciales, una costumbre heredada de los pueblos germánicos por la que se dirimían las diferencias de opinión mediante combate singular. Es lo que en España se dio en llamar juicios de Dios. Se daba por sentado que el poseedor de la verdad jamás podría ser derrotado por un felón o un cuñado, sin detenerse a cuestionar el resultado de la lid por el hecho de que el vencedor medía dos metros, pesaba 140 kilos y era capaz de levantar en vilo un pollino o descabezar a un toro de un tajo de espada, mientras que su oponente, el hipotético defensor de su honra, no pasaba del metro sesenta y con su espada no podría decapitar ni un gato anoréxico. El vencedor en juicio de Dios era el que tenía la razón sí o sí y punto.

Carga de caballería pesada. Hay que reconocer que verse venir
encima esa masa debía resultar extremadamente inquietante.
Solo las tropas profesionales eran capaces de aguantar firmes
y esperar el momento del contacto sin salir pitando del campo de
batalla con el rabo entre las patas

Bien, se supone que de ahí surgieron las justas a pie pero, ¿por qué se sumaron a los festejos marciales de la época? La teoría más comúnmente aceptada es que se debió simplemente a los cambios en los usos de la guerra. En el siglo XV, la caballería había dejado de ser el arma decisiva que fue antaño, cuando una masa de jinetes era capaz de arrollar a una hueste de villanos reciclados en infantería de circunstancias que se meaban encima al verse venir sobre ellos una masa de carne y acero que, sin duda, los aplastaría como cucarachas. Las cosas cambiaron bastante con la progresiva introducción de hombres de armas profesionales en los ejércitos de la época que eran contratados como mercenarios. Los lansquenetes alemanes y los Reisläufer suizos no solo no salían echando leches ante una carga de caballos coraza, sino que los esperaban sin inmutarse enfilando hacia ellos sus armas enastadas. En semejante escenario, los otrora invencibles caballeros no tenían otra opción que echar pie a tierra y combatir a pie con las mismas armas que la infantería si querían volver al terruño razonablemente enteros. Más aún, en algunas batallas se optaba por apear a los caballeros para luchar a pie si se consideraba que ello reportaba una ventaja táctica.

Bien, estas serían, grosso modo, las circunstancias que dieron lugar a la introducción de las justas a pie en los torneos. Según los escasos testimonios gráficos que han llegado a nosotros, podríamos deducir que, inicialmente, la justa a pie era la continuación de la misma a caballo. También debemos tener en cuenta la posibilidad de que los justadores optasen por combatir a pie o a caballo antes del torneo, cuando se elegía a quiénes retar para lucir su destreza con las armas. Un ejemplo lo tenemos en uno de los precisos e ilustrativos dibujos de la obra "The Pageants of Richard Beauchamp", conde de Warwick, dándose estopa en un torneo celebrado en Verona con el famoso condottiero Pandolfo Malatesta, el Lobo de Rímini, cuando iba camino de Tierra Santa en 1408. En la ilustración vemos al conde armado con un ahlspiess, mientras que su oponente blande un alcón. En el suelo se pueden ver restos de lanzas usadas en un lance a caballo anterior, y en los lados aparecen los escuderos de ambos sujetando sus espadas por la punta, dando a entender con ello que no intervendrían en la lid para ayudar a sus señores. Finalmente, debemos reparar en el detalle de que los dos personajes visten arneses de guerra, no armaduras con piezas adaptadas a las justas a caballo que ya se empezaron a fabricar a finales del siglo XIII. Empecemos pues por dar cuenta del armamento defensivo empleado en este tipo de justa.

Parece ser que, al menos en sus comienzos, la justa a pie se llevaba a cabo con estos arneses, suponemos que por algo tan básico como la protección corporal de los contendientes que se batían el cobre con armas de guerra que, llegado el caso, podían hacer bastante daño. Aquí no entraban en juego lanzas bordonas con puntas jostradas, sino armamento de filo y punta. La miniatura de la izquierda es bastante elocuente al respecto. Un caballero se arma para un torneo, pero parece que se dispone a entrar en batalla. El escudero ya le ha puesto las piezas de las piernas, que sujeta al jaco con cordones de cuero. Esta prenda es la misma que se usa en combate: un jubón de cuero con malla en las zonas más susceptibles de ser vulneradas por las armas del enemigo: axilas y caras internas de los brazos. Sobre la mesa podemos ver el resto de su panoplia, que incluye un gran bacinete, y su armamento ofensivo compuesto por una alabarda y un ahlspiess. Esto nos deja claro que los trastazos que se propinaban justando a pie no eran ninguna tontería, y un puntazo bien colocado con una de estas armas podía dejarlo a uno listo de papeles.

La pieza más significativa de la panoplia del justador a pie era el yelmo, y por dos motivos: ante todo, porque los golpes que más puntuaban eran los que se dirigían a esa parte del cuerpo, por lo que obviamente sería donde se recibirían la mayoría de los trastazos. Y segundo, porque debía permitir un campo visual lo más amplio posible, obviamente dentro de las limitaciones que supone llevar la cabeza enlatada en uno de esos chismes. La tipología que alcanzó más difusión fue el bacinete en su versión más tardía, o sea, el sucesor del bacinete de pico de gorrión. Estos yelmos, que podemos ver a la derecha, ofrecían una muy buena protección en cuello y cabeza, de modo que un mazazo o un golpe con un martillo de guerra no lograra alcanzar la anatomía de su usuario. Además, su superficie redondeada y pulida era ideal para desviar golpes o puntazos. 

Para mejorar el campo visual, además de las OCVLARIA tradicionales vemos que todo el visor estaba provisto de numerosos orificios que permitían tanto la renovación de aire como la visibilidad. Su pequeño tamaño impediría penetrar las moharras de las armas enastadas, las puntas de las espadas o incluso de las dagas. Algunos modelos, como los que vemos a la izquierda, solo disponían de angostos orificios rectangulares para mejorar aún más su nivel del protección. Por otro lado, las gorgueras se fijaban al peto, como era habitual en los yelmos para justar a caballo, lo que aumentaba la solidez del conjunto yelmo-coraza. Y precisamente la gorguera hacía que el peso de estos chismes- bastante elevado por cierto- reposara sobre los hombros del combatiente, y no directamente sobre la cabeza. Esto producía, como es lógico, que los golpes fueran absorbidos por la armadura, y no por la cabeza, como ocurriría en el caso de un bacinete de pico de gorrión. Estos yelmos se mantuvieron operativos a lo largo del siglo XV y en los primeros años del XVI.

El heredero del bacinete fue el almete, surgido en la primera mitad del siglo XVI y ganando popularidad a partir de la segunda mitad de ese siglo. Los modelos iniciales tenían bastante semejanza con sus predecesores si bien el visor tenía formas angulosas y una disposición en fuelle como el que vemos a la izquierda. Ese diseño proporcionaba una resistencia estructural mucho mayor que los visores redondeados y, además, desviaban con más facilidad los golpes dirigidos a la cara. Los ejemplares más sofisticados, como el de la derecha, tenían el cuello articulado, lo que les proporcionaba una movilidad muy superior y que venía bastante bien para controlar los movimientos de un enemigo con el que se combatía cuerpo a cuerpo. Lógicamente, varias piezas significaba una solidez inferior a la de una gorguera de una sola pieza, pero las ventajas superaban los inconvenientes. Lo más reseñable de estos yelmos eran sus visores, que disponían de dos o tres capas de protección que se quitaban o añadían a voluntad. Estas bufas, como se ve en el ejemplar de la derecha, estaban ideadas para aumentar o disminuir el número de orificios del visor en función al arma que usaba el enemigo. La calva se coronaba con un crestón destinado a soportar o desviar tajos dirigidos a la cabeza. Finalmente, eran más ligeros que los bacinetes, detalle de importancia cuando había que llevar ese trasto encima un buen rato.

En lo tocante a las armaduras, también se diseñaron modelos destinados exclusivamente para la justa a pie. El más reseñable es la armadura de tonelete, una tipología que estuvo en uso entre el último cuarto del siglo XV y la primera mitad del XVI. Estaba dotada de un faldón acampanado que cubría las piernas hasta aproximadamente la altura de las rodillas. Esta pieza podía ser fabricada como accesorio para un arnés convencional que se ponía o se quitaba según conviniera o, en el caso de ciudadanos pudientes, formar un conjunto elaborado ex-profeso para este tipo de justa. La función de este peculiar faldón era ante todo proteger la parte trasera de las piernas que, como sabemos, estaban descubiertas ya que en circunstancias normales estarían sobre la silla de montar. Pero en la justa a pie un golpe podía acabar acertando en el sitio más inesperado, y un tajo con un mandoble en la parte trasera de un muslo podría fracturar el fémur sin problemas o producir un corte fastuoso aunque la hoja no estuviera afilada. Al cabo, la energía desarrollada por un arma de semejante tamaño no era moco de pavo. En la foto de la izquierda vemos un ejemplar bastante conocido, fabricado en Greenwich en 1520 para Enrique VIII. Ojo, solo el tonelete, el resto son partes de otros arneses. De hecho, vemos que en el talón de las grebas hay sendas aberturas para dar salida a las espuelas que se ceñían en los escarpes. Aparte de eso, como vemos, el tonelete esta formado por nueve launas superpuestas que permitía cierta flexibilidad. Está fabricado en dos mitades unidas a ambos costados, mediante correas en el derecho y bisagras en el izquierdo.

El culmen de los arneses para la justa a pie consistió en diseños que eran todo un alarde de "tetris metalúrgico", elaborando ejemplares que cubrían totalmente la anatomía del fulano que se enlataba en ellos. El más conocido es, sin duda, uno que perteneció a Enrique VIII y que no llegó a terminarse por completo ya que las normas para el torneo para el que estaba destinado, a celebrar en Francia, fueron cambiadas (más adelante hablamos de las reglas y tal), así que se quedó sin estrenar. Sea como fuere, podemos admirar la destreza de Martin van Royne, el maestro armero que fabricó esa maravilla y fue capaz de ensamblar las 235 piezas de que se compone el arnés que, conforme a los usos de la época, contiene determinadas partes que se forjaban imitando prendas de moda, como los escarpes con forma de zapato o la enorme bragueta. Aparte de esto, son dignas de mención las hileras de launas que cubren las corvas y las caras internas de los codos, la parte trasera de los muslos y las nalgas. No sé si moverse en ese trasto de más de 46'5 kilos era fácil y no producía rozaduras, pero solo el hecho de fabricarlo ya denota el talento del armero que lo hizo.

Sin embargo, la pieza más peculiar de este arnés, que también tuvo cierta difusión a partir de finales del primer cuarto del siglo XVI, es el guantelete de la mano derecha. Como se puede ver, las launas que cubren los dedos se alargan de forma que, al cerrar la mano, envolverían por completo el puño, pudiéndose cerrar encajando la última launa con un pivote que surgía de la parte interna de la muñeca. En la foto de la izquierda podemos ver dos ejemplares que nos permiten apreciar con todo detalle la morfología de estos curiosos guanteletes, cuyos pulgares están repujados imitando la forma de un dedo normal, con su uña y todo. Al parecer, estas piezas fueron causa de bastante controversia,  aunque no hay unanimidad al respecto precisamente por la falta de información sobre estos lances.

Uno de los motivos para declarar vencido a un combatiente era, como ya podemos imaginar, ser desarmado. Si su contrincante podía asestarle un golpe lo bastante potente a su arma como para arrancársela de la mano, la justa terminaba para él, así que a algún armero se le ocurrió diseñar esta virguería que, literalmente, impedía soltar el arma aunque se quisiera. Obviamente, el que usase uno de estos guanteletes jugaba con ventaja, por lo que no era raro que los jueces de la justa los prohibiesen. A la derecha vemos otros dos ejemplares que, en este caso, tienen repujados todos los dedos imitando una mano. El de la derecha, perteneciente a un arnés del vizconde de Turenne, está datado en 1527, siendo el más antiguo que se conoce, aunque no por ello debemos pensar que no se fabricaron anteriormente. El guantelete empuña una espada y nos permite ver el ajuste a la misma, e incluso se aprecia una lazada de cuero para asegurar la cruceta. Por otro lado, se supone que los golpes propinados con uno de estos chismes en la mano podrían alcanzar una potencia mayor que con una manopla convencional. Sea como fuere, lo cierto es que sería imposible desarmar a un fulano que llevase puesto uno de esos guanteletes, por lo que cabe imaginar que, caso de no prohibirse, ambos contendientes tendrían que usarlos para que uno no estuviese en desventaja respecto a otro.

Bien, esto es lo más relevante respecto al equipo habitual en las justas a pie. El armamento era el que empleaba la infantería, tanto armas enastadas como espadas de una mano y mano y media, mandobles, mazas, hachas, martillos o incluso dagas. De hecho, hasta hay constancia del uso de un arma propia de villanos como el mayal. La miniatura procede del "Freydal" (c. principio del siglo XVI), una historia inacabada en la que el personaje homónimo cuenta sus batallitas y que, en realidad, están tomadas de las protagonizadas por el emperador Maximiliano I en los torneos en los que tomó parte. Como vemos, los dos adversarios se están aporreando bonitamente con mayales como si de husitas cabreados se tratase. Cabe suponer que, en casos como este, se consideraba la opción de que un caballero descabalgado tuviese que echar mano al arma de un infante ya que, como es lógico, los mayales no formaban parte de la selecta panoplia de estos probos homicidas. Del mismo modo, adquirían gran destreza con bisarmas, alabardas, gujas, roconas y demás armamento enastado que figuraba en el extenso catálogo de objetos dañinos de la época.

También se hizo uso de lanzas y picas, estas últimas sobre todo a partir del segundo cuarto del siglo XVI, cuando se convirtieron en el arma principal de la infantería. Según las teorías que se han formado a raíz de los testimonios gráficos de la época, parece ser que el primer lance de la justa a pie con estas armas era la continuación de un enfrentamiento previo a caballo. Una vez completado, se echaba pie a tierra y se acometían con estas armas usando las tarjas para aumentar su protección. En el caso de usar lanzas, estas podían arrojarse contra el adversario. El paso siguiente, una vez rotas las picas y en el caso de que ambos combatientes permanecieran en pie, solía ser un lance final con mandobles. El uso de determinadas armas especialmente contundentes podría hacer recomendable vestir armaduras como la de tonelete, para evitar que en el fragor de la lucha se asestara algún golpe- intencionado o no- que pudiera hacer verdadero daño. Recordemos que las escarcelas convencionales solo protegían la parte delantera de los muslos, mientras que la trasera y las nalgas quedaban expuestas.

Por otro lado, no debemos olvidar que las justas no las protagonizaban timoratos ciudadanos que se asustaban con solo ver un cuchillo de cocina, sino hombres bragados con superávit de testosterona que tenían como oficio enviar el mayor número posible de almas a San Pedro. Por lo tanto, no era raro que su fogosidad y su mala leche aumentase a medida que avanzaba el combate, y en muchas ocasiones la justa degeneraba en un enfrentamiento similar al que tenía lugar en una guerra. De hecho, cuando los participantes seleccionaban los adversarios que deseaban retar, así cómo el tipo de combate en concreto, podían elegirse armas a todo trance, o sea, cortantes y punzantes, por lo que había que protegerse hasta las pestañas, por si acaso. Más aún, incluso en el caso de usar armas embotadas, una alabarda provista de una cabeza de dos o tres kilos de peso manejada por un ciudadano fornido que alcanzaba una pierna o, peor aún, una rodilla, tenía todas las papeletas para dejar cojo de por vida al adversario. De hecho, un puntazo con la pica de una de estas armas podía penetrar por una rendija del yelmo, escabechando a su habitante en un periquete o dejándolo bastante perjudicado.

Bueno, como hoy toca almuerzo con la autora de mis días, que se pirra por los festejos familieros que yo detesto profundamente, en vez de actualizar todo el discurso dividiremos este tema en dos partes. En la siguiente entrada se hablará de las reglas y demás cuestiones relacionadas con las normas de este tipo de justa, de modo que con esto terminamos por hoy.

Hale, he dicho

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Dos caballeros se dan estopa a martillazos, unas armas que, como sabemos, tenían una contundencia devastadora y eran capaces de penetrar en una armadura cuando se golpeaba con el pico. En esta ilustración podemos ver cómo se protegen con las mismas tarjas empleadas para justar a caballo. Por cierto, reparen en la coz que el fulano del penacho gordo le acaba de endilgar en el menisco al cuñado del plumero canijo. Malas artes, ¿qué no?


miércoles, 20 de abril de 2016

Lanzas en ristre




Hasta las suegras conocen esa expresión, ¿o no? De hecho, incluso hay quien la parafrasea con aviesas intenciones de dudosa moral aludiendo a su miembro viril, pero la cuestión es que, en realidad, esa pieza de la armadura es quizás la más desconocida en lo referente a su creación y, sobre todo, su verdadero uso. Apostaría diez raciones de gambas blancas de Güerba a que la inmensa mayoría de los que me leen dan por sentado que ese chisme servía para apoyar la lanza, y en ese caso podría verme devorando gambas durante 84 lustros por lo menos porque están en un error. Pero vayamos por partes que las prisas son malísimas, así que empecemos por donde hay que empezar las cosas, o sea, por el principio.

El término ristre tiene una etimología incierta. No obstante, Covarrubias ya lo definió con toda claridad en su Tesoro de la Lengua Castellana diciendo que "es un hierro que el hombre de armas ingiere en el peto, a la parte derecha donde encaxa el cabo de la manija de la lança para afirmar en él. Dixose así porque se detiene allí la lança, y se afirma." O sea, que el propósito de esta pieza no era sostener la lanza, que para eso tenía el jinete fuerzas de sobra, sino para impedir que saliera despedida hacia atrás en el momento del impacto. El brazo por sí solo no tenía la resistencia necesaria para retener la lanza cuando esta chocaba contra la armadura de un enemigo, así que hubo que inventar algo que no lo dejara desarmado y, de paso, que le evitase una luxación en el hombro o algo peor. Para corroborar este concepto nos podría bastar la definición de ristre en francés: arrêt de cuirasse, que podríamos traducir como tope de coraza o algo así, por lo que vemos que, en efecto, su misión era detener la lanza, no sujetarla ¿Que por qué no se usaba antes, y por qué en tiempos anteriores los caballeros no tenían ese problema? Pues no es difícil de dirimir...

Cualquiera que contemple esa miniatura afirmará posiblemente que los dos caballeros coronados de la miniatura de la derecha tienen sus lanzas enristradas o en ristre. Sin embargo, carecen de dicha pieza en sus lorigas, y se limitan a sujetar sus lanzas bajo la axila, o sea, las embrazan. Como vemos, son lanzas convencionales, de unos 3,5 metros de largo y formadas por una asta de fresno de no más de 3 o 4 cm. de diámetro y una moharra en forma de hoja de laurel. Decir que esos caballeros llevan la lanza en ristre es como si el jefe de una cuadrilla de arqueros ordenaba disparar dando la voz de "¡Fuego!", como aparecen en tantas películas. En definitiva, es un anacronismo como una catedral. Además, ellos no precisaban del ristre porque la armadura de sus enemigos, constituida por la loriga y el perpunte, podía ser perforada con el empuje y la fuerza de su brazo, de modo que la resistencia con que se encontraban en el instante del impacto era perfectamente soportable. Se pasaba de lado a lado al enemigo cual pinchito moruno y santas pascuas.

Sin embargo, con el paso del tiempo, como ya hemos visto en diversas entradas dedicadas a la evolución del armamento defensivo en la Edad Media, éste fue haciéndose cada vez más resistente, adoptando piezas en forma de placas con un grosor tal que las lanzas de siempre lo tenían cada vez más difícil para perforarlas. Debido a ello, dichas lanzas tuvieron que sufrir diversas modificaciones para poder vulnerar las cada vez más sofisticadas corazas al uso, por lo que las moharras en forma de hoja de laurel quedaron obsoletas y hubo que trocarlas por otras prismáticas, básicamente iguales que las de un cuadrillo de ballesta. A la derecha podemos ver tres ejemplares que, como salta a la vista, difieren mucho de las lanzas empleadas antes del siglo XV. Las tres tienen forma de prisma cuadrangular, y su poder de penetración es muy elevado, tanto como para penetrar en una armadura de placas sin problemas. Son extremadamente gruesas, con la punta enteramente maciza y provistas de un generoso cubo de enmangue para fijarlas al asta.

Pero para ello no solo fue preciso que las moharras evolucionaran de la forma que hemos visto, sino también las astas de las lanzas. Un asta convencional no podía resistir un impacto semejante, por lo que hubo que engrosarlas de forma notable y darles la forma que solemos asociar con las lanzas de torneo. No obstante, conviene aclarar que esa morfología se usaba tanto en los deportes marciales como en la guerra, variando solo la decoración del asta y, lo más importante, la moharra.

Puntas jostradas para torneo
Recordemos que, en estos casos, se usaban puntas jostradas que no podían perforar una coraza. En la ilustración del párrafo anterior tenemos dos ejemplos, una acanalada para aligerarla de peso, y otra de menos diámetro pero maciza y provista de una arandela que protegía la mano. Obviamente, al ganar grosor hubo que reducir una parte para poder empuñarla. Era lo que se denominaba como manija, y justo tras ella era donde se colocaba el tope de hierro o cuero que, ajustado al ristre, serviría para detener el retroceso de la lanza en el momento del impacto. Este tope recibía el nombre de gocete. En definitiva, que la lanza no se apoyaba delante de la manija, como se suele pensar, sino precisamente detrás de ella, y la energía del golpe la absorbía el cuerpo en vez del brazo, que tendría que soltar la lanza para no dislocarlo.

Así pues, cuando se generalizó el uso de armaduras de placas hacia finales del siglo XV, el ristre se hizo una pieza indispensable para poder acometer a los enemigos provistos de dichas armaduras, dando lugar a diversas tipologías que veremos a continuación. Con todo, puede que alguno me diga que ha visto mogollón de petos sin este accesorio, lo cual es totalmente cierto ya que los arneses usados por la infantería o los destinados a justar a pie no lo necesitaban para nada. Por otro lado, es muy habitual ver corazas que lo han perdido, bien para colocarlos en otras o vete a saber. Lo cierto es que, como vemos en esa pieza de la derecha, los agujeros en el costado derecho delatan que ahí hubo en su día un ristre. La cuestión es que no era complicado quitarlos ya que, por lo general, iban sujetos mediante tornillos. Y, la verdad, no deja de ser un tanto misterioso el hecho de que armaduras completas como la que vemos en la foto de la derecha hayan sido desprovistas de su ristre. En fin, si alguno se le da bien lo de la ouija esa, pues que invoque a un caballero renacentista y nos informe de lo que le cuente. Veamos ahora las diferentes tipologías de ristre que se crearon.

Ese peto pertenece a un arnés de guerra procedente de la armería del duque de Baviera, y está datado hacia 1510. Como vemos, es una pieza bastante simple en forma de gancho para asegurar mejor el cabo de la lanza. Dicha pieza está fijada con una bisagra a una pletina que está unida al peto mediante dos remaches o tornillos. El motivo de hacerlo giratorio no era otro que, una vez perdida la lanza en combate o al soltarla tras el primer choque, plegarlo para que no estorbara a la hora de manejar la espada, la maza o cualquier otro tipo de arma. Por lo general, ese tipo de ristre tan sencillo es más habitual en arneses de estilo alemán. Veamos otro.

Ese es similar al anterior, y podemos verlo plegado sobre el peto. Está fabricado en Brescia, en el taller de Pietro da Castello, y su datación es hacia 1470-80. Cuestiones decorativas aparte, este ejemplar sigue la misma pauta de diseño que el anterior: ristre en forma de gancho unido al peto mediante una bisagra. Otra de las razones que obligaban a plegarlo era la posibilidad de que se trabase en ellos el varaescudo que protegía la axila del combatiente, en cuyo caso esta quedaba expuesta a los golpes de los enemigos en un lugar en que la única defensa era el jaco de cuero forrado de malla que se vestía bajo la armadura.

Naturalmente, había tipologías más complejas, como el que vemos a la izquierda. Pertenece a un arnés del emperador Fernando de Alemania, el hermano de Carlos I. Se trata de una pieza de lo más sofisticada ya que, como se puede ver, es regulable en altura. Bastaba remover los tornillos para subirlo o bajarlo a fin de que estuviera a la altura más cómoda. Y para impedir que se abriera de forma accidental durante el combate, se puede ver el resorte que lo bloqueaba en la posición de plegado. Para liberarlo solo había que pulsarlo en la parte superior. Por lo demás, el dentado no tenía otra finalidad que ofrecer una superficie irregular al gocete de la lanza para impedir que resbalase hacia fuera.

Otra tipología podemos verla a la derecha. En este caso, no se trata de un ristre plegable, sino removible, destinado por lo general a los arneses de justa. Como vemos en la imagen del peto, en este se fijaban unas pontecillas, que son las cuatro piezas cuadrangulares colocadas en hilera. En dichas piezas, que estaban perforadas por el centro, era donde se encajaba el ristre, tras lo cual se fijaba al peto mediante un pasador tal como vemos en las fotos de los detalles. Dicho pasador posiblemente estaría unido mediante una cadenilla al peto para no perderlo. En estas imágenes se puede apreciar la solidez de este tipo de ristres si bien, para hacernos una idea de los descomunales encontronazos que se propinaban en aquellos agitados tiempos, basta leer un fragmento del Passo Honroso de Suero de Quiñones en el que éste, tras un encuentro, "se le quebraron las pontecillas del ristre", o sea, que el empuje de la lanza hacia atrás partió esas cuatro piezas, "y a la vuelta se le desencajó la mano, y un poco el hombro", lo que quiere decir que sufrió dos luxaciones. Sin el ristre se podría decir que le habría arrancado el brazo de cuajo si no suelta la lanza. 

Pero no solo se proveían de ristres las armaduras convencionales, sino también las brigantinas. A la izquierda podemos ver un ejemplo, en este caso de una pieza perteneciente a Jakob von Ems que está datada hacia 1510. Es de manufactura florentina, y por si alguno no lo sabe, este tipo de armaduras no solo se usaban en combate, sino también en torneos. De hecho, esta que vemos era casi con seguridad parte de un arnés de justa ya que el ristre es fijo, lo que como ya se ha explicado suponía un inconveniente a la hora de meter mano a la espada. Por lo demás, conviene observar que, en este caso, el ristre está unido a la brigantina en la placa central, de un tamaño muy superior a las pequeñas launas que conformaban este tipo de coraza. De no hacerlo así, el golpe podría doblarlas fácilmente.

Estos ristres de arneses de justa, como ya hemos dicho, carecían por norma de cualquier tipo de articulación ya que, caso de usar luego el mismo arnés para combatir a pie, esa pieza se removía sin más, por lo que no era preciso tener un sistema que permitiera plegarlo a toda prisa. Además, solían ser piezas voluminosas, muy robustas y pesadas ya que en los torneos nadie intentaba esquivar la lanza enemiga, sino que ambos contrincantes se abalanzaban uno contra el otro como machos cabríos, por lo que el encontronazo bestial estaba garantizado. Un buen ejemplo lo tenemos en el arnés de justa real de Felipe el Hermoso, datado hacia 1498 y que podemos ver a la derecha. Se trata de una enorme pieza en forma de media luna fijada al peto mediante cuatro pontecillas. Obsérvese su generosa anchura, así como la del gocete de hierro tras la manija que señala la flecha roja. Dicho gocete, para asegurarse aún más al ristre e impedir que la lanza resbalara en el momento decisivo, está provisto por su parte trasera de unos grampones que lo dejarían literalmente clavado al ristre en cuestión. 

Solo nos resta mencionar una tipología usada exclusivamente en Alemania ya que se trata de una justa que solo se practicaba allí, el Gestech, del que ya hablaremos detenidamente un día de estos. En este caso, el ristre consistía en una pieza atornillada en el costado, directamente bajo la axila, en la que no solo se apoyaba la lanza por la parte delantera, sino también por el cabo de la misma. El motivo de esta peculiar disposición radicaba en que, en este tipo de justa, solo se podía impactar contra la tarja del adversario, y en vez de enfilar la lanza paralela al suelo se buscaba darle un poco de elevación para acertar en el punto justo. En todo caso, casi podríamos decir que este era un ristre totalmente atípico y creado únicamente para una finalidad muy concreta. Ya solo nos resta añadir que los ristres desaparecieron en el momento en que la caballería abandonó sus añejas lanzas para cargar con pistolas y espadas. Solo perduraron unos años más en los arneses de justa hasta que también estos deportes marciales vieron su fin porque ya no tenía mucho sentido invertir el dineral que costaba un arnés más el peligro de descalabrar al caballo, que costaba otra fortuna, cuando era un tipo de ejercicio ya obsoleto para la guerra.

En fin, espero que esta entrada haya resultado reveladora a vuecedes ya que, como hemos visto, los ristres no tenían la utilidad que la mayoría piensa.

Hale, he dicho




jueves, 30 de julio de 2015

Yelmos de torneo




Aunque ya en su día se dedicó una entrada a los baúles de justa, no eran estos los únicos yelmos que se usaban en los belicosos juegos marciales en los que los gentiles y gallardos caballeros se dedicaban a deslomarse y a perder la honra, sus onerosos pencos de batalla y sus costosísimas panoplias. Eso sí, si salían vencedores se volvían a casa con un pastizal ya que, como sabemos, los ganadores se quedaban con las armas y el caballo de los perdedores o bien les cobraban un rescate por los mismos. En definitiva, volvían magullados y hechos polvo pero con la vida resuelta para una temporada.

Bacinete de justa del primer cuarto del siglo XV. Su
visor, aún móvil, ya marca la morfología de los
futuros yelmos de cabeza de rana diseñados de forma
específica para justar a caballo.
Hasta aproximadamente la primera mitad del siglo XV, los yelmos al uso en estos eventos seguían siendo los enormes yelmos de cimera y los grandes bacinetes que, obsoletos para la guerra por la aparición de las borgoñotas, barbotas y celadas, aún seguían formando parte de las panoplias de los caballeros de la época para estos menesteres. Y, por otro lado, las diversas formas de combatir en los torneos hizo necesaria la aparición de tipologías específicamente diseñadas para ello ya que un baúl de justa era absolutamente inútil a la hora de justar a pie o a caballo con espada o maza. Así pues, esta entrada estará dedicada precisamente a los diversos tipos de yelmos que se desarrollaron a lo largo de la segunda mitad del siglo XV y la práctica totalidad del XVI, cuando finalmente este entrenamiento marcial pasó a convertirse poco a poco en un deporte ecuestre en el que se dejó de lado la vertiente puramente bélica del mismo en favor de la mera destreza en la monta, y el manejo de la lanza relegado a los juegos de cañas o a combatir contra estafermos en vez de para ensartar enemigos. Bueno, al grano pues...

Como vemos en la foto, el yelmo de cimera protegía toda
la cabeza, pero el cuello quedaba a merced  de los

golpes del enemigo.
Lo que quizás hizo preciso la creación de diseños específicamente para torneos debió ser sin duda las reglas que se habían ido estableciendo para su desarrollo. Ya en tiempos de Alfonso X se concretaba que, por ejemplo, si un jinete rompía su lanza contra el yelmo del adversario ese golpe valía por dos lanzas rotas. ¿Resultado? Pues que la cabeza se convertía en un objetivo principal. Como ya podemos suponer, un impacto directo en esa parte del cuerpo, aún estando protegida por un yelmo de cimera, podía ser devastador. El encontronazo haría que el cuello sufriera una torsión hacia atrás que le dejaría al personal las cervicales como para estarse dos meses hasta las cejas de Valium, pero con el problema añadido de que el Valium aún estaba por inventar. El yelmo de cimera no estaba diseñado para soportar golpes directos de una lanza, sino tajos de espada, mazazos, etc., por lo que hubo que ver la forma de que el yelmo destinado a los torneos formase un sólido conjunto con la coraza de forma que el impacto fuese absorbido por el cuerpo y no por el cuello.

La solución fue el baúl de justa que ya vimos en su día, un enorme y pesado yelmo surgido durante la segunda mitad del siglo XV que fue el que podríamos denominar como primer yelmo especializado para torneos. Esta tipología con forma de cabeza de rana no reposaba sobre la cabeza de su portador, sino sobre los hombros. De esa forma, el peso del yelmo era más soportable y, lo más importante, el cuello quedaba a salvo de los tremendos golpes que recibiría en la cabeza.


Las fotos superiores nos permitirán conocer mejor estos yelmos. El A es un ejemplar anglo-flamenco fabricado hacia 1510. Su peso es de 4,4 kg. y, como podemos observar en su gorguera, esta está llena de orificios para fijar el yelmo al peto mediante tornillos. Ojo, no se usaban todos los orificios, sino que su elevado número era para buscar los que mejor coincidieran con los del peto. Para disponer de un poco de ventilación lleva una abertura en el lado izquierdo protegida por una sólida pestaña que impediría la entrada de cualquier objeto extraño. Porque, si nos fijamos, estos yelmos carecen de todo tipo de abertura por lo general aparte de la OCVLARIA a fin de impedir la entrada de las puntas de las lanzas adversarias así como de las peligrosas astillas que salían despedidas en cada encuentro. El B es un tipo similar pero con un sistema de fijación al peto distinto: las pletinas que lleva por delante y por detrás estaban ideadas para bloquear el yelmo mediante unas sólidas correas fijadas a la coraza. En la foto C vemos el yelmo de un arnés de justa perteneciente a Maximiliano de Austria fabricado en 1494 por Jörg y Lorenz Helmschmid. En la imagen podemos ver claramente como dicho yelmo está sólidamente unido al peto mediante tres tornillos de generoso tamaño.

Para lograr un bloqueo prácticamente absoluto de la cabeza dentro del yelmo se recurría a unas engorrosas cofias de armar como las que vemos en la imagen inferior.



Estas prendas, fabricadas con un resistente fustán y un grueso relleno de crin, iban provistas de lazadas y correas que permitían inmovilizar la cabeza dentro del yelmo. ¿Que para qué? Pues porque la inercia producida por el testarazo haría que el jinete se golpeara con su propio yelmo. O sea, éste no se movería apenas por ir anclado a la coraza, pero la cabeza sí podía moverse en cualquier dirección dentro del enorme baúl por lo que era preciso dejarla "aislada" en el interior del yelmo para impedir un cabezazo de antología. La imagen superior nos permitirá entenderlo fácilmente: a la izquierda vemos la cabeza del jinete cubierta por la cofia la cual, gracias a sus correas y lazos, es fijada al interior del baúl. A la derecha tenemos el baúl en cuestión en el que se aprecian las ranuras por donde salen las correas, así como los ollaos de bronce por donde saldrían los cordeles. De esa forma no había forma de mover la cabeza en ninguna dirección, impidiendo que se golpeara o que el cuello sufriera dolorosas torsiones.

Da tela de repeluco, ¿que no? Ni echándole
un colirio creo que se le aliviara el dolor,
pobre hombre...
Pero si alguien piensa que los que practicaban este deporte marcial exageraban en lo tocante a la protección personal, o que un accidente era cuasi imposible llevando semejante trasto en la cabeza, pues que se deleite con la imagen que vemos a la derecha. Se trata de un retrato que se exhibe en la colección de curiosidades del castillo de Ambras, en Innsbruck (Austria), el cual pertenece a un caballero húngaro llamado Gergely Paksy (llamado Gregor Baci o Baxi en alemán) el cual recibió la espeluznante herida que podemos ver en el cuadro. Sí, no es ningún camelo. Al tal Paksy le entró una lanza por el ojo derecho y le salió por el cogote durante un torneo y vivió para contarlo. En  el detalle se puede ver la réplica tridimensional que se hizo de su cráneo para corroborar que, en efecto, no alcanzó ningún punto vital y que el riesgo de una posible infección se vio aminorado por el plomo presente en la pintura de la lanza que, al parecer, actuó como un bactericida. De hecho, tras serle extraída el asta vivió varios años. Eso sí, el ojo se fue a hacer puñetas como es lógico. Por cierto, la sangre que mana del ojo sano se debería a la hemorragia en los senos frontales, y su apariencia saltona sería por la inflamación interna.

Como vemos en esa ilustración del Libro de los Torneos,
a pesar de tantas protecciones los contendientes
mostraban en sus nobiliarias jetas hematomas y heridas
producidos por los golpes.
También tenemos testimonios escritos de este tipo de heridas tan desagradables. Aparte del conocido accidente que sufrió rey Enrique II de Francia, en el relato del Passo Honroso de Suero de Quiñones tenemos una vívida descripción de como fue muerto un caballero aragonés por nombre Esberte de Claramonte: "... a la novena y triste carrera tornó Suero a encontrar al miserable caballero Claramonte, e diole por la visera del almete metiéndole todo el fierro de la lança por el ojo izquierdo fasta los sesos, e fízole saltar el ojo del casco...", o sea, que lo aliñó bonitamente si bien en este caso el tal Claramonte no tuvo tanta suerte como el húngaro que vimos más arriba. En definitiva, creo que queda claro que esto de los torneos no era ninguna tontería y más en este caso en que, como en tantas ocasiones, se usaban armas a todo trance, o sea, armas de guerra. Bueno, prosigamos...

Pero no solo se cruzaban lanzas en los torneos, sino que también se combatía con espadas y mazas de madera en las furibundas mêlées en las que dos equipos de contendientes se enzarzaban en un maremagno de porrazos y costaladas hasta que quedaba un vencedor. Para ello, como podemos suponer, los pesados y aparatosos baúles no servían para nada porque, entre otras cosas, solo permitían cierta visibilidad cuando el jinete se inclinaba hacia adelante según se explicó en su momento. De ahí que precisaran de un tipo de yelmo que permitiera un amplio campo visual pero, al mismo tiempo, que protegiera el rostro y el cuello de los brutales testarazos que se propinaban.



Espada y maza de cortesía fabricadas de madera. Su peso
las hacía bastante contundentes, que conste. Tanto como
para derribar a un jinete a golpes.
Estos descomunales yelmos eran de todo menos cómodos y ligeros. El de la izquierda es un ejemplar perteneciente al emperador Maximiliano fabricado hacia 1480 en Augsburg, y pesa la friolera de 9,6 kilos. El grueso vástago superior era para acoplar la cimera. Estos yelmos, como podemos ver, tenían una amplia zona abierta la cual era a su vez protegida por un enrejado extremadamente sólido. Proporcionaban pues un buen campo visual ya que en la mêlée podían lloverles los palos por cualquier sitio y, al mismo tiempo, les brindaban una buena protección en la cara. Además, según podemos ver, en este caso también iban fijados a la coraza si bien, gracias a su enorme tamaño, la cabeza podía moverse sin problemas en su interior. Y no, en este caso no era preciso inmovilizarla ya que los golpes que recibían eran dados con la fuerza del brazo, y no en forma de lanza en cuya punta iba concentrada la velocidad del corcel más el peso del mismo y el del jinete.

El conde de Warwick, a la izquierda, hiere en un hombro
al famoso condottiero Pandolfo Malatesta, el
Lobo de Rímini, durante una justa a pie con picos.
Pero no solo se justaba a caballo, sino también a pie, y para ello también era preciso un yelmo que se adaptase a este tipo de combate. En este caso no se luchaba con armas de madera, sino con alcones y picos por lo general. Este tipo de armas, provistos de largas y aguzadas picas, hacían necesario otro diseño ya que por los enrejados de los yelmos para justar a caballo podía fácilmente colarse una de esas picas y ensartarle a uno la cabeza como la aceituna de un martini. Por otro lado, este tipo de armas eran bastante pesadas, y sus golpes podían desarrollar una energía devastadora si el combatiente era un experto en su manejo. Un golpe en la cabeza tras un molinete podía causar una severa lesión si el adversario no la llevaba bien protegida, así que tuvieron que dar con un diseño adecuado para este tipo de lucha.




Y este fue el resultado: unos almetes grandes y pesados que, como los empleados para justar a caballo eran unidos a la coraza mediante tornillos para no poner en peligro al cuello con graves lesiones. Por otro lado, sus portadores necesitaban un buen campo de visión pero sin dejar resquicios excesivamente grandes por donde su adversario pudiera, bien de forma accidental o bien a posta por el calor del combate, meterle una pica que lo escabechara en un periquete. El de la izquierda perteneció a sir Gilles Capel, y se fabricó hacia el año 1510. Su peso no es en modo alguno despreciable: 6,1 kilos, lo que indica que, como todos los yelmos destinados a estos menesteres, estaban fabricados con una chapa mucho más gruesa de lo habitual para resistir tanto el trato que recibirían como para impedir que sus dueños causaran baja permanente por quedar tullidos, medio tontos de tanto trastazo o simplemente muertos de forma definitiva.

El almete fue el tipo de yelmo que acabó imponiéndose para todas las disciplinas ya que, como comentaba en la entrada dedicada a su fabricación, a lo largo del siglo XVI era habitual encargar arneses provistos de accesorios que los hacían válidos tanto para la guerra como para justas y torneos. A la derecha tenemos dos ejemplos: el primero de ellos es el almete de un arnés italiano de finales del siglo XVI para justar a caballo. Como vemos, está reforzado por una bufa que le cubre incluso hasta el hombro derecho, siendo esta pieza la que se llevaría el impacto de la lanza adversaria. Para airear el interior del yelmo bastaría subir el visor y, por otro lado, al estar los almetes enteramente forrados por dentro y quedar la cabeza ajustada a ellos, no precisaban de las engorrosas cofias que vimos más arriba. Y para justar a pie tenemos el ejemplar de la derecha el cual se fijaba al peto mediante tornillos como los grandes almetes que vimos en el párrafo anterior. Se trata de una pieza de origen alemán, concretamente de Augsburg y está datada entre los años 1495-1500. La babera quedaba bloqueada por la gorguera, pudiéndose alzar el visor para la renovación de aire o, simplemente, para justar con un mayor campo visual.

Solo nos restaría mencionar unos complementos que, aunque no son parte de los yelmos, estaban ideados para aumentar la protección de los mismos.


Arnés fabricado en Augsburg hacia 1590. Como
vemos, el almete, la tarja y el peto forma un sólido
conjunto unido mediante tornillos.
Se trata, como vemos en las fotos de arriba, de una serie de añadidos con que los arneses de guerra se podían convertir en arneses de justa. El A es una hombrera que lleva añadida una enorme bufa destinada a proteger la parte inferior del almete. Al ir unida al peto, cualquier golpe sería detenido sin que lograra alcanzar para nada el yelmo. En B vemos una pieza que actúa de hombrera, sobre-peto y bufa y va atornillada al peto por una media palometa. Estos añadidos impedirían mover el brazo izquierdo, lo cual sería irrelevante en este caso ya que la mano zurda solo se usaría para empuñar las riendas. Por otro lado, el grosor añadido por estos accesorios a la armadura les permitía prescindir de escudos o tarjas. Finalmente, en C vemos una tarja convencional que, en ocasiones, llevaban repujada una retícula como la que aparece en la foto de la derecha, ideada para "atrapar" la punta de la lanza, impidiendo así que se deslizara hacia arriba y acabara estampándose en el yelmo. Esta serie de piezas extra se encargaban junto al arnés de forma que con el mismo se podía, a base de intercambiar piezas, justar a pie, a caballo y, naturalmente, ir a la guerra. No obstante, como ya podemos suponer, esto entrañaba un notable gasto que se debía añadir al ya de por sí carísimo arnés si bien tenía como ventaja poder prescindir de diversos tipos de arneses según para que modalidad de justa.

Como colofón, añadir que es posible ver yelmos diferentes a los mostrados tanto en cuanto, como ya he repetido infinidad de veces, el diseño de estos arneses era algo muy personal y, aunque las modas imperantes marcaban de forma bastante nítida las tendencias de cada época, siempre podría surgir alguien que por mero capricho, para hacerse notar o simplemente porque los modelos al uso no le resultaban adecuados, optaba por un diseño distinto.

Bueno, se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho


Ilustración de libro de los torneos de René de Anjou en la que aparecen dos jinetes justando a caballo con armas de
cortesía. Aunque pueda parecer lo contrario, un trastazo con una de esas pesadas armas fabricadas con madera
muy dura podía hacer verdadero daño si no se iba adecuadamente protegido.