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domingo, 1 de noviembre de 2020

ORIGEN Y FUNCIONAMIENTO DE LOS PRIMEROS LANZALLAMAS, 2ª parte

 

Tres Kleiftruppen provistos de lanzallamas Kleif modelo 1917 posando para la posteridad. Estos pequeños grupos, nutridos por hombres especialmente agresivos y tan belicosos como las Sturmtruppen, perpetraban escabechinas suntuarias cuando lograban infiltrarse en las posiciones
enemigas, dejando tras de sí un siniestro rastro de momias calcinadas

Bueno, prosigamos...

En el artículo anterior pudimos ver los entresijos y el funcionamiento de estos chismes tan abrasivos, así que hoy toca ver los distintos modelos que entraron en acción. 

El padre de todos los lanzallamas podemos verlo en la ilustración de la derecha, que corresponde a la hoja de patente 134.348 fechada el 25 de abril de 1901. Ese trasto con apariencia de lavadora prehistórica fue el invento que Fiedler presentó como "un método para producir grandes masas de llamas", y estaba compuesto por un gran depósito que, además del combustible, incluía otro en su interior para el propelente. Como se puede ver, disponía de un manómetro para controlar la presión del mismo, una manguera flexible para facilitar su manejo, una lanza rígida y, al final, una bocacha donde se colocaba una mezcla incendiaria que se encendía a mano mediante un frictor para inflamar el combustible que salía por la boquilla. Este principio tan básico fue el que adoptaron la práctica totalidad de los lanzallamas que fueron surgiendo en el mundo a lo largo del tiempo. 

En principio, los lanzallamas no estaban concebidos como armas portátiles, sino estáticas. De hecho, antes de que la guerra de trincheras se convirtiera en una siniestra realidad, el uso que se les pretendía dar era como barrefosos en las fortificaciones en uso a finales del siglo XIX y principios de XX. De hecho, se habían realizado proyectos para la instalación de aparatos en los fosos para expeler chorros de cualquier líquido inflamable impulsado con aire comprimido, pero eran excesivamente complejos y caros de fabricar e instalar, así que fueron enviados a los enormes baúles de los recuerdos que siempre hay en todos los estados mayores del planeta. Sin embargo, el nuevo concepto creado por Fiedler y, posteriormente, mejorado con las aportaciones de Reddemann, el bombero reciclado en pirómano, permitió fabricar tanto lanzallamas pesados para uso estático, o sea, defender posiciones, como portátiles, mucho más versátiles ya que permitirían acompañar a las tropas durante sus avances y acojonar a los enemigos con sus pavorosas llamaradas. El primer lanzallamas pesado fue el Groβe Flammenwerfer (literalmente lanzallamas grande), más conocido por su acrónimo Grof, modelo 1912. 

Como vemos en la ilustración superior, obtenida de una foto procedente de un Grof capturado por los british (Dios maldiga a Nelson) en 1915, constaba de un depósito para el combustible (véanse los distintos tipos en el artículo anterior) con una capacidad de 75 litros. Este depósito medía 102 cm. de alto por 51 cm. de diámetro, y estaba acompañado por dos bombonas de propelente que le proporcionaban un alcance de entre 35 y 40 metros, si bien el tema de la longitud de la llamarada siempre era teórico ya que influía tanto el tipo de combustible que se usase, así como la dirección del viento. Recordemos que los tedescos disponían de tres tipos de mezclas más o menos densas que usaban según la temperatura ambiente y que, en determinadas ocasiones, también sufrían una dispersión mayor cuando había viento lateral, en cuyo caso era necesario una mezcla más densa para evitar que el combustible se pareciera más a una rociada de espray matamoscas que un chorro decente. En cuanto a la autonomía, era de 45 segundos en llamarada continua. 

El Grof tenía a su servicio una dotación de cinco hombres o Groftrupp: el Rhorführer, operador de la larga lanza de 175 cm. de largo que se roscaba en un casquillo de bronce del extremo de la goma (podía tener varios metros de largo); dos asistentes, uno para sujetarla que se colocaba tras él cuando entraban en acción y otro, como vemos en la foto, para arrimarle una antorcha cada vez que había que abrir fuego. Estas antorchas no eran ningún alarde tecnológico, sino un simple tubo metálico con un tocho de trapos empapados en queroseno o gasofa en el extremo. A los asistentes se sumaban dos Grofleute, los hombres destinados a mover el lanzallamas o acarrearlo cuando había que avanzar o retroceder y, además, los encargados de manejar los mandos que vemos en la foto superior derecha. A y A' son las llaves de paso para regular el flujo de combustible ya que podía añadirse un segundo lanzallamas en tándem para aumentar su autonomía, para lo cual disponía del casquillo B donde se roscaba el tubo correspondiente. C son los tanques de propelente, nitrógeno en este caso; E es una válvula de seguridad por si se producía un atasco o similar, que no explotase el chisme entero, D es la rosca donde se colocaba el manómetro (que no aparece en la foto), y F es el codo de bronce donde se conectaba la manguera. 

En 1916 el Grof fue sustituido por una versión más ligera y versátil, el Leichtgrof (literalmente lanzallamas grande ligero) que vemos en la foto de la derecha, un modelo que estaba provisto de una sola bombona de propelente pero que, no obstante, pudo mantener el mismo alcance y autonomía que su hermano mayor. Su menor peso lo hacían más manejable e incluso susceptible de ser usado en determinadas acciones además de las meramente estáticas propias de estos lanzallamas pesados ya que podía ser transportado por dos hombres. Pero su verdadero potencial estaba en su uso múltiple uniendo dos o tres Leichtgrof para formar uno solo, con lo que lógicamente se aumentaba de forma notable la autonomía. Varios de estos chismes podían formar literalmente una barrera de fuego absolutamente infranqueable. Los enemigos se atrevían con las balas de las ametralladoras y la metralla de la artillería pero, ¿quién atraviesa una muralla ardiente? 

En la foto de la izquierda podemos ver el engendro ígneo, en este caso formado por tres Leichtgrof que, si lo observamos, están unidos por los codos de bronce donde se conectaban las mangueras. Estas eran a su vez roscadas a una boquilla con tres casquillos donde se acoplaba la manguera principal. El resultado no podía ser más estimulante ya que un grupo de dos lanzallamas veía su autonomía aumentada hasta los 70 segundos, mientras que tres, como los de la foto, alcanzaban nada menos que 120 segundos, o sea, dos minutos de interminable apocalipsis. Ojo, puede que a más de uno le puedan parecer autonomías muy breves, pero en las filmaciones de la época en las que se muestran ensayos y entrenamientos se puede comprobar que una simple llamarada de dos segundos se podía hacer interminable, y más si tenemos en cuenta que, cuando esta cesaba, todo objeto que hubiese alcanzado y que fuese combustible permanecería ardiendo incluyendo a los desgraciados que pillaba por medio. Recordemos que bastaba un segundo para quemar el oxígeno del interior de una casamata, y que el monóxido de carbono que producía la llama podía asfixiar a un hombre al instante. Aquí no servían de nada las máscaras antigás porque no se trataba de cerrar el paso a una substancia tóxica, sino de que no quedaba aire para respirar.

Pero, a pesar de su abrumadora eficacia, el verdadero potencial de estas armas no estaba en los modelos estáticos, sino en los portátiles, que como ya se comentó en su momento podían convertir una posición enemiga en un horno crematorio a 1.200º de temperatura, capaces de incinerar todo lo que pillaba a su paso y, como efecto secundario, desestabilizar estructuras no combustibles como el ladrillo o el cemento, que no ardían pero sí quedaban muy tocadas en lo tocante a su solidez a causa de la temperatura. Recordemos igualmente el "efecto buscador" de las llamas que, en una angosta trinchera, se metía por todas partes, no sirviendo de nada resguardarse de ellas como se hacía con las balas o la metralla. La elocuente imagen de la derecha, obtenida de un fotograma coloreado de una filmación original de la época, deja claro que nadie haría otra cosa que salir corriendo para escapar de las llamas, cuyo devastador poder se veía complementado con el fuego de las LMG-08/15 y las bombas de mano de las unidades de asalto que se nutrían con lanzallamas.

El primer modelo operativo de lanzallamas portátil fue el Kleine Flammenwerfer (lanzallamas pequeño) modelo 1912 que, como su hermano mayor, también fue abreviado con las iniciales de ambos palabros: Kleif. Esta arma estaba formada por un cilindro de acero construido en tres partes, una central y los dos extremos soldados unos a otros obteniendo un recipiente de 60 cm. de alto por 25 cm. de diámetro. En el interior estaba el depósito de propelente y el combustible, como pudimos ver en el gráfico que presentamos en el artículo anterior para detallar el funcionamiento de estos chismes. Su peso cargado era de 32,2 kg., y contenía 16 litros de combustible que le daban una autonomía de 15 segundos y un alcance de 20 metros. Como vemos en la foto se sujetaba en la espalda mediante un arnés formado por una estructura de acero forrada de cuero por su parte externa para reducir roces. Para no estorbar en caso de emergencia, carecía de cinturón, y solo se sujetaba mediante las trinchas. En la foto superior vemos a un probo incinerador en prácticas con su flamante Kleif y con la jeta protegida por una máscara para evitar ponerse más moreno de la cuenta.

El Kleif 1912 lo servía un Flammenwerfertrupp formado por dos hombres: el Kleifträger, que era el que lo llevaba encima y manejaba la lanza, y el Hilfsmann, un asistente cuyo cometido era accionar la llave de paso A del gráfico de la derecha cada vez que se lo ordenara su compañero. Contrariamente a su hermano mayor, en vez de una manguera estaba equipado con una lanza unida directamente al depósito mediante un codo con capacidad para girar hacia arriba y hacia abajo. Durante el transporte, la lanza, que era telescópica y por ello permitía orientar la bocacha en cualquier dirección, se anclaba en el clip B. La pieza C es una tapa metálica destinada a proteger el tapón de llenado de propelente y el manómetro. Esta tapa se ajustaba roscándola al depósito. La pieza D era una válvula de seguridad y, finalmente, las piezas E y E' eran los anclajes para el arnés. En la parte inferior del depósito vemos unas protuberancias estampadas en la misma chapa que actuaban como patas, tres en total. Por lo demás, podemos ver que se le podían instalar dos casquillos para sujetar la bocacha, uno con un ángulo de 45º y otro recto. El primero estaba concebido para lanzar llamaradas sobre los parapetos de las trincheras propias, o bien para calcinar enemigos resguardados en casamatas cuyas troneras estaban a cierta altura. Se intercambiaban sin problema ayudándose con una llave. Por último, señalar que el llenado de combustible se efectuaba por el lado opuesto, donde tenía un tapón acodado. Y referente al color, eran pintados, como vemos, de un tono marrón rojizo si bien no había una norma absoluta en este sentido, y podían verse también en negro o en el típico gris de campaña alemán. 

Un Kleifträger con jeta de satisfacción puramente
germánica. Aunque el 1912 no era ninguna maravilla,
nada más empezar el conflicto ya dieron sustos de
categoría a los enemigos
Con todo, y a pesar de su incuestionable valor como arma ofensiva, el modelo 1912 tenía dos problemas que le hacían perder eficacia: ante todo, la lanza unida directamente al depósito limitaba enormemente su capacidad de movimiento. El Kleifträger tenía que girar el cuerpo para poder hacer un barrido horizontal y tener que estar continuamente vigilando si la longitud de la lanza era la correcta. Por otro lado, era muy sensible al trato propio de un arma de combate. Un cuerpo a tierra en mala postura o un golpe mientras se avanzaba por una trinchera podía doblar la lanza, bloquearla o incluso obstruirla, pero como por aquella época aún no había empezado la fiesta y las tropas debían ante todo habituarse al uso de aquellas nuevas armas, aún pasaron dos años antes de que quedara claro que el modelo 1912 no aguantaría mucho en aquella guerra de trincheras donde, ante todo, se necesitaba material sólido, capaz de soportar las peores condiciones imaginables hasta el momento. Era pues hora de hacer el relevo y dar paso al modelo 1914.

No hacía falta crear un nuevo modelo, sino simplemente modificar el principal inconveniente del 1912: la lanza unida al depósito. Como vemos en el gráfico, un pequeño tramo rígido quedaba unido al mismo y, al igual que su antecesor, podía girar hacia arriba y quedar anclado en el clip en posición vertical para hacer más cómodos los desplazamientos. Pero a partir de ahí comenzaban los cambios, consistentes en una llave de paso de ¼ de vuelta seguida por una manguera de goma de presión y una nueva lanza de 150 cm. de largo igualmente provista de una llave de paso. Nueva arma implicaba también nueva distribución de personal, y el Flammentrupp de solo dos hombres se cambió por un Kleiftrupp de cuatro: un operador para la lanza, que era el que dirigía el fuego y abría y cerraba a voluntad la llave de paso de la misma; un asistente que, por lo general, se encargaba de que la manguera no entorpeciese los movimientos de su compañero; un hombre que en este caso se encargaba de transportar el arma y manipular la llave del propelente y la llave de paso del combustible, y todos ellos al mando de un Truppführer que, por lo general, era un suboficial.



Las mismas unidades de lanzallamas se encargaban
del mantenimiento de sus armas en el frente
La foto superior nos ofrece una magnífica visión del modelo 1916 con todos sus componentes a la vista, así como sus proporciones. La manguera permitía al operador manejar la lanza en cualquier dirección sin estorbos de ningún tipo, y eso no era precisamente un tema baladí cuando se zambullían en una trinchera enemiga y había que barrerla de cabo a rabo sin desperdiciar ni uno de los 15 segundos de autonomía ya que el modelo 1914 tenía las mismas prestaciones que su antecesor. No obstante, pronto se comprobó que aún quedaban detalles por pulir, y en esta ocasión se trataba del tubo del propelente. Al estar dentro del depósito, si por cualquier motivo sufría un mínimo atoramiento o cualquier avería menor había que cortar literalmente en dos la carcasa ya que no estaba prevista ninguna abertura por la que acceder al interior de la misma. Solo había dos tapones para el llenado del propelente y el combustible y una boquilla para el manómetro, por lo que habría que llamar a un experto en construir barcos dentro de una botella para intentar solucionar cualquier avería por mínima que fuese, quedando además el arma fuera de servicio mientras se llevaba a cabo la reparación. Pero como los tedescos no estaban por la labor de dejar caer en la obsolescencia un arma que les estaba dando unos resultados más que aceptables, pues diseñaron otro modelo para eliminar posibles fuentes de problemas.

En esta ocasión se optó por un diseño totalmente nuevo llevado a cabo por el 3er. Batallón de Zapadores de la Guardia, el modelo 1915. Como podemos ver en el gráfico, la bombona de propelente se situó fuera del depósito, lo que suponía poder aumentar el volumen de combustible en tres litros, hasta un total de 19 y, más importante aún, en caso de avería podía sustituirse por otra mientras que se reparaba la anterior sin inutilizar el lanzallamas. Por otro lado, colocar el depósito de propelente en el exterior suponía también un aumento en la autonomía, que se alargó hasta los 25 segundos, y en el alcance al disponer de más carga propelente, llegando a los 25 metros. Según podemos apreciar, sobre la bombona del propelente se encontraba el manómetro y la llave de paso del mismo. La conexión con el depósito se efectuaba mediante un tubo flexible, y la salida del combustible la vemos en la parte superior, con un tubo rígido inicial seguido de una manguera y una llave de paso. A continuación se conectaría la lanza, también con su llave de paso para el operador.

Pioniere armados con el primer modelo 1915


Sin embargo, el tubo de salida superior parece que no fue enteramente satisfactorio, más que nada por obligar al portador del lanzallamas a llevarlo sobre el hombro, como podemos ver en la foto superior. Así pues, se modificó en un segundo modelo que, como vemos en el gráfico, se sustituyó el tubo inicial, que además no ofrecía la solidez necesaria en esa posición, por otro que descendía por la costado derecho del depósito, sujeto al mismo mediante una abrazadera y con la llave de paso y su casquillo al final del mismo. Este sistema permitía al portador, igual que en el caso del modelo 1914, llevar la manga debajo del brazo y verse con menos estorbos cuando llegase la acción. Por cierto que, como salta a la vista, en este modelo se sustituyeron las tres patas de estampación por otras rectas soldadas al depósito, y se colocó una tapa roscada sobre el manómetro, una pieza bastante delicada de la que no podían prescindir porque era la que indicaba la cantidad de propelente que quedaba en la bombona. Finalmente, se añadió un asa en la parte superior del depósito para facilitar su manejo a la hora de colocárselo en la espalda o para transportarlo cuando estaban en retaguardia.

Y a todo lo señalado, se planteó aumentar su autonomía mediante el mismo sistema seguido con sus hermanos mayores haciendo uso de dos lanzallamas. Según vemos en la foto, bastaba unir una la lanza de 150 cm. de largo dos mangueras, una de 150 cm. y otra de 3 metros mediante un casquillo en Y, con lo que se aumentaba el volumen de combustible hasta los 38 litros y, por ende, al doble de tiempo funcionando. Como podemos imaginar, esta combinación resultó devastadora cuando los aguerridos Pioniere se colaban en las trincheras de gabachos y british y las dejaban convertidas en una porquería humeante. Lógicamente, en este caso el Kleiftruppe se vio aumentado de personal, añadiendo tres hombres a los cuatro habituales. 

En 1916 se recuperó la antigua conformación del modelo 1914 con su misma capacidad y dimensiones, pero con la cuestión del tubo del propelente solventada. Se limitaron a algo tan básico como colocar dicho tubo en el exterior, pero manteniendo la bombona dentro de la carcasa principal. Para modificar el alcance y la autonomía se usaron boquillas con el orificio de salida de distintos diámetros. Con una de 5 mm. obtenía 15 segundos de duración y un alcance de 23 metros. Con la de 7,5 mm. se acortaba la autonomía hasta los 12 segundos ya que el flujo era mayor pero, a cambio, el alcance de alargaba hasta los 32 metros ya que era menos sensible al aire. En la foto de la derecha podemos observar con gran lujo de detalles el aspecto de este modelo. En primer lugar, podemos ver el arnés, similar al del viejo modelo 1912, formado por una estructura de acero forrada de cuero. Junto al depósito aparece el tubo flexible que comunica la llave de paso del propelente con dicho depósito, y a la derecha, señalado por una flecha roja, el tapón de llenado del combustible. Sobre el arma vemos el manómetro y la llave de paso cuya tapa protectora ya no iba roscada, sino provista de una bisagra. Las patas estampadas fueron sustituidas por otras soldadas, más fáciles de fabricar, y en cuanto a la manguera y la lanza no hubo cambios salvo en la cruceta señalada con la flecha amarilla, destinada a sujetar la lanza cuando se cambiaba la boquilla. Unas manos sucias y grasientas no podrían agarrar bien el tubo cuando se aflojaba o apretaba el casquillo con una llave, así que esa cruceta solucionaba el problema. Finalmente, conviene reparar en la horquilla que sujetaba el encendedor en la bocacha que estudiamos en la entrada anterior.

Conocida foto que muestra una Kleiftruppe avanzando por unas
trincheras haciendo limpieza con un modelo 1916
Por último, se sustituyó el codo de salida giratorio del modelo 1914 por uno más corto y fijo, donde era roscado el casquillo de la manguera. Y al igual que en modelo 1915, se tuvo en cuenta la opción de unir dos lanzallamas para abrasar más y mejor a los enemigos. En este caso se colocaba 
 en la lanza una boquilla con un orificio de salida de 10 mm., obteniendo un alcance de entre 30 y 35 metros y una autonomía de 22 segundos con sus 36 litros de combustible. Aprovecho para hacer mención al armamento individual de los componentes de las Kleiftruppen, que con una cosa y con otra aún no se ha dicho nada al respecto. Por norma, todos iban armados con la carabina Mauser mod. 98A, una versión acortada del Gewher 98 destinada a caballería, artillería y unidades de apoyo pero que fue adoptada por los Pioniere y las Strumtruppen por su ligereza. Solo el portador del lanzallamas estaba armado con una pistola P-08 por razones obvias. No obstante, en muchas fotos aparecen todos con arma corta, que ya sabemos que en muchas ocasiones cada cual hacía de su capa un sayo. Y aparte de las armas de fuego, cada hombre portaba dos granadas de mano sujetas al cinturón, además de sus armas de trinchera extra-oficiales que ya conocemos.

El modelo 1916 aún tuvo que sufrir una modificación más cuando se comprobó que el tubo flexible que llevaba el propelente al depósito era susceptible de romperse o quedar arrancado si se enganchaba en cualquiera de los tropocientos sitios donde engancharse en un campo de batalla, por lo que al año siguiente se eliminó dicho tubo y se sustituyó por otro, rígido en esta ocasión, que iba pegado al depósito por el costado derecho tal como señala la flecha en la foto de la derecha. Por lo demás, el modelo 1917 no sufrió más modificaciones relevantes ya que sus prestaciones eran las mismas que las de su antecesor, incluyendo la opción de intercambiar boquillas de distinto diámetro y la posibilidad de usar parejas de lanzallamas como en los modelos 1915 y 1916. Así pues, podemos decir que, básicamente, se limitaron a cambiar de sitio y de material el tubo del propelente para evitar roturas y averías. Hay que tener además un detalle en cuenta: la entrada en servicio de un nuevo modelo no significaba la retirada de los anteriores, que siguieron funcionando junto a sus sucesores si bien, en el caso de los modelos 1912, 1914 y 1916 podían ser reciclados ya que la carcasa siempre fue la misma. Lo único que habría que modificar llegado el caso era el tubo del propelente y el codo de salida del combustible, reformas que un operario cualificado solventaba en un periquete. Aunque no hay dato al respecto, cabe suponer que a medida que los modelos más viejos se iban estropeando no se reparaban, sino que eran reciclados en uno posterior. Seguramente por ese motivo vemos que el modelo 1917 retomó las patas esferoidales estampadas que no llevaba su predecesor. Simplemente sería la consecuencia de echar mano de las carcasas de los modelos 1912 y 1914 que iban quedando fuera de servicio.

Por otro lado, hubo un cambio en su denominación oficial. Ya no se denominó Kleine Flammenwerfer, sino Mittlere Flammenwerfer (lanzallamas mediano). ¿Por qué ese cambio, si era del mismo tamaño que los anteriores? Pues porque aquel mismo año apareció un nuevo modelo totalmente distinto, más pequeño pero que rompía por completo la pauta de diseño marcada por Fiedler desde primera hora.

Pareja de Kleif  1917 en acción. Tras el Rohrführer vemos al primer asistente. A continuación el primer lanzallanas con una manguera de 1,5 metros. Detrás el segundo asistente y, por último, casi fuera de encuadre, el segundo lanzallamas con la manguera de 3 metros. La disposición de los hombres con los modelos 1915 y 1916 por parejas sería exactamente igual


Se trataba del Wechselapparat (literalmente aparato de cambio o sustitución) modelo 1917, abreviado como Wex. El Wex fue diseñado y fabricado por el Regimiento de Reserva de Zapadores de la Guardia, y no se parecía en nada a todo lo visto hasta su distribución en mayo de aquel año. Era un chisme tan innovador que parecía sacado del armero de Darth Vader y, además, venía a solventar todos los problemillas que sus antecesores habían venido arrastrando desde el primer modelo. Como vemos en la foto, el Wex estaba compuesto por un rosco de 46 cm. de diámetro que era el contenedor de combustible, y en el interior la bombona para el propelente. La capacidad del depósito era inferior a la de sus antecesores, disminuyendo hasta los 11 litros, pero eso no supondría ningún impedimento, al menos en teoría, porque el proyecto inicial contemplaba que cada Kleiftrupp estaría equipada con tres depósitos que se irían cambiando- de ahí su nombre- a medida que se fuera agotando cada uno de ellos. 

Para realizar la sustitución cuando antes, la manguera estaba provista de un cierre rápido con dos palancas que crimpaban el casquillo de engarce que podemos ver claramente en la foto de la izquierda. Cuando el combustible se agotaba, el portador del lanzallamas cerraba la llave de paso (flecha roja) y abría las dos palancas (flechas negras) que liberaban el manguito del arma. A continuación era relevado por un compañero que hacía la operación inversa: conectaba el manguito con la manguera, cerraba las palancas y abría la llave de paso. Sin embargo, parece ser que esto no pasó de la teoría y los ensayos iniciales ya que en combate no era viable, por lo que el Wex se tuvo que conformar con su escasa autonomía. Con una boquilla de 5 mm. lograba un alcance de 25 metros durante 20 segundos, mientras que con la de 7,5 mm. alcanzaba los 30 metros, pero reduciendo su autonomía a apenas 9 segundos que había que aprender a aprovechar al máximo.

En las foto de la derecha vemos sus partes más reseñables. En la foto A podemos apreciar la bombona de propelente, que estaba fijada al depósito por la parte superior con una simple tuerca. Por la parte inferior sale el tubo que lo comunicaba con el depósito de combustible. Lo que aparece como palometa de fijación era para, junto a dos presillas situadas en la parte superior, unir el arma al arnés. En la foto B podemos ver la parte trasera, donde se aprecia en primer plano el manguito de salida y la llave de paso, así como el manómetro y el tapón de llenado del depósito. El tapón de la bombona queda oculto por el arnés, lo que obligaba a desmontarlo cada vez que había que reponer propelente, motivo por el que se diseñó dicho arnés de forma que solo hubiera que aflojar la palometa para separarlo del lanzallamas.

En esta otra foto vemos con detalle la cara interior del arnés que, como era habitual, estaba fabricado con un armazón metálico recubierto de cuero. Los círculos rojos señalan las pestañas donde se enganchaba el Wex, y el amarillo la pletina donde se ajustaba la palometa. Volviendo al lanzallamas, el circulo azul nos señala el tapón de llenado, que aquí se ve con más detalle, así como la fijación de la bombona al rosco (círculo verde) y en magenta un asa para desmontarlo con más comodidad. El peso total del arma cargada con combustible y propelente era de solo 25 kilos, motivo por el que sus antecesores fueron recalificados como medianos, siendo de ese modo el Wex el único Kleif operativo durante el último año del conflicto.

Y como regalito extra, también incluía una nueva bocacha válida para cualquier modelo y que llevaba la horquilla incorporada en una cubierta giratoria como podemos ver en el gráfico de la derecha. Con este sistema se prescindía de la antigua horquilla sujeta con la cadenita que, si se rompía, lo más probable era perderla antes que canta un gallo. Además, había que hacer coincidir los rebajes previstos en el encendedor con los orificios de la bocacha, y eso, cuando te llueven tiros de todas partes se hace muy molesto. El nuevo sistema obviaba todo eso. Bastaba subir la cubierta, meter el encendedor, bajarla y, sin más dilación, se podía seguir incinerando ciudadanos enemigos. Pero la aportación más importante del Wex fue que planteó la posibilidad de prescindir del sempiterno auxiliar, así como de requerir dos hombres para su manejo. Su reducido tamaño y su peso aceptable permitían que solo fuera preciso un hombre para manejarlo, ahorrando de ese modo personal y medios que podían ser usados en otros menesteres. 

Los british y sus primos yankees se quedaron perplejos cuando vieron esta virguería germánica, totalmente distinta a los modelos vistos hasta entonces. Tanto les impresionó que los isleños, que llevan en la sangre el pirateo contumaz, no dudaron en copiarlo para usarlo en la guerra siguiente si bien le implantaron mejoras como un encendedor automático de cordita. El chisme, denominado oficialmente como Lanzallamas Portátil Nº 2 y apodado como "lifebuoy" (salvavidas) por la forma del depósito y "sombrero" (así, en español) por su semejanza a los enormes sombreros charros usados en Méjico, dio guerra a base de bien, paradojas del destino, precisamente contra sus propios creadores. Con todo, donde le sacaron bastante jugo a este aparato fue en la jungla birmana, donde los honolables guelelos del mikado se camuflaban como nadie y solo las repentinas subidas de temperatura producidas por los lanzallamas los persuadían para que abandonaran sus refugios a toda velocidad.

Y para terminar, la pregunta que muchos estarán preparando para ponerla en los comentarios: ¿explotaban los lanzallamas cuando eran alcanzados por una bala? No. Ni el nitrógeno ni el dióxido de carbono usados como propelente son combustibles, por lo que si se perforaba el depósito simplemente se producía una fuga. Otra cosa es que le hicieran un agujero cuando estaba lleno y, como pasa con los aerosoles modernos, la repentina fuga de gas reviente el envase, pero no producía esa bola de fuego que sale en las pelis porque no ardía. Y si lo que alcanzaban era el combustible, pues menos aún salvo que usaran una bala trazadora cuyo fósforo  lo incendiara, pero no necesariamente tenía que explotar, sino que ardería a medida que saldría por el agujero. En realidad, este dilema no es nuevo, y algunos british aseguraban que ocurría, pero los tedescos, empezando por el general Otto von Below y acabando por la oficialidad de las unidades de Pioniere aseguraban que era un camelo, y que en caso de ser alcanzados la misma presión haría salir el combustible o el propelente sin más historias. Hubo incluso testimonios por parte de los yankees que coincidían con dicha afirmación, habiendo visto lanzallamas alcanzados por la metralla sin que hubieran explotado ni nada semejante. La foto superior muestra un Wex capturado por los yankees en marzo de 1918 que presenta un enorme desgarro en el depósito, alcanzado por una bomba de mano. Como salta a la vista, no explotó. El que llevaba el lanzallamas tampoco explotó, pero lo dejaron listo de papeles al pobre.

Bueno, criaturas, basta de momento, que en esta ocasión me he enrollado en demasía si bien ha merecido la pena. Dudo que haya un solo cuñado que, desde hoy, se atreva a mencionarles la palabra lanzallamas.

Hale, he dicho

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Obviamente, los Pioniere no eran invulnerables a pesar del terror que infundían en los enemigos. Su presencia era recibida con lluvias de balas y bombas de mano que, como en el caso de la foto, lograban detener su avance para alivio del personal, al que eso de palmarla achicharrado les resultaba tan horripilante como el gas

miércoles, 28 de octubre de 2020

ORIGEN Y FUNCIONAMIENTO DE LOS PRIMEROS LANZALLAMAS, 1ª parte

 

Aparte de que achicharraban una cosa mala, es indudable que el efecto psicológico que ejercían estas armas en los enemigos era aplastante. A la ya de por sí horripilante perspectiva de morir carbonizado se sumaba la visión previa de terroríficas lenguas de fuego y densas humaredas cuyo hedor era capaz de atufar a gran distancia, Ver venir sobre sí el apocalipsis a pequeña escala de la foto debía
poner al personal los testículos del tamaño de perdigones

Estoy absolutamente desolado. Seis años y medio, señores. Nada más y nada menos que seis años y medio han transcurrido desde que se publicó una entrada sobre los lanzallamas, y aquí me veo, seis años y medio más viejo babeando perplejo y recontando una y otra vez las fechas porque pensaba que la publiqué el año pasado. No repetiré lo de que el tiempo vuela, que si es el enemigo inexorable, que si carajo, etc., porque estoy tan hundido ahora mismo que mejor vamos al grano antes de que empiece a llorar y me cargue el puñetero teclado con la cascada lacrimógena. Así pues, lo dicho: al grano.

Bien, en aquella ocasión se narró de forma genérica cómo y de qué forma se implantaron los lanzallamas en el ejército imperial alemán si bien se omitieron los entresijos más enjundiosos ya que, como suelo hacer, primero toco un tema de forma global para, unos trienios más tarde y cuando el 98% de los que me leen ni saben que se habló de esa cuestión, retomarlo en profundidad. Que sí, que ya lo sabemos, que no son maneras, pero es lo que hay, criaturas. Bueno, creo que lo mejor es que los que no hayan leído o no recuerden el artículo anterior se sirvan echarle un vistazo antes de proseguir ya que, de lo contrario, tendré que repetir mogollón de cosas. Pinchen aquí. Sí, aquí mismo.

¿Ya? Vale. Comencemos. El uso del fuego como arma tanto ofensiva como defensiva ya fue recuperado por los tedescos en las postrimerías del siglo XIX. El invento, denominado como Brandröhre (tubo incendiario) modelo 95 era un curioso dispositivo ideado para neutralizar casamatas, fortines o cualquier tipo de fortificación que, por aquel entonces, celaban las fronteras de todos los países europeos. Como vemos en la foto de la derecha, consistía en un tubo de alrededor de 40 cm. de largo colocado en una pértiga en cuyo interior contenía una mixtura incendiaria activada por un frictor. Cuando se tiraba del cordón del mismo, por el extremo del tubo salía una potente llamarada de entre dos y tres metros que, además, emitía una densa humareda más nociva que fumarse un Ideales en ayunas. Los Brandröhren eran manejados por escuadras o Brandröhrentrupp de seis Pioniere (zapadores de combate) formadas por un suboficial, dos portadores de pértigas y tres hombres provistos cada uno con un Brandröhre.

Su manejo podemos verlo en la foto de la izquierda, donde dos probos ciudadanos recreacionistas simulan atacar una fortificación a través de una tronera fusilera. Mientras que un Pionier sujeta la pértiga a la que previamente se ha fijado el tubo, su compañero tira del cordón que activa el frictor. De inmediato, el interior de la casamata se convertirá en un pequeño infierno terrenal cuyos ocupantes resultarán muertos o gravemente heridos por las quemaduras, así como asfixiados por el humo pringoso que soltaba ese chisme y, como añadido, haría explotar las municiones depositadas en el reducto e incendiaría cualquier cosa combustible que hubiera en su interior. La pértiga permitía orientar el tubo con el ángulo adecuado que, a la vista del uso que se le daba, oscilaría entre los 45 y los 90 grados. De este modo, una escuadra podía finiquitar en un periquete un nido de ametralladoras emplazado en un búnker y sus ocupantes, en el mejor de los casos, podrían salir del brete si se habían percatado de lo que se les venía encima y salían de aquella ratonera echando leches. De lo contrario tendrían un final francamente desagradable. El Brandröhre no era lo que se dice un prodigio de la ingeniería militar, pero ciertamente era bastante efectivo a pesar de su limitado uso que, como vemos, obligaba a los Pioniere a pegarse literalmente a las paredes de las fortificaciones enemigas para hacer buen uso de ellos. Con todo, el ejército alemán los mantuvo en activo durante toda la guerra, así que debían tener una eficacia bastante razonable.

Bernhard Reddemann (1870-1938), cofautor junto
a Fiedler del lanzallamas moderno. En la manga izquierda
se puede ver la calavera que distinguía a las unidades
de lanzallamas
Este sería pues el renacimiento de las armas incendiarias en la era moderna, y Richard Fiedler su fautor al patentar, como ya se comentó en el artículo anterior, el primer artefacto capaz de lanzar un chorro de fuego a varios metros de distancia y con una autonomía que, aunque limitada a escasos segundos, iba mucho más allá y tenía más posibilidades tácticas que el
Brandröhre. Aquí conviene abrir un paréntesis ya que en la red aparece un tal Gábor Szakáts, natural de Makó (Hungría), como inventor del lanzallamas, y que al término del conflicto incluso fue incluido por los gabachos (Dios maldiga al enano corso) en una supuesta lista de criminales de guerra por haber creado al monstruo. Bien, coligo que esa información, que aparece muy detallada en un artículo de la controvertida Wikipedia en magiar y que aparece traducido en alguno que otro incluyendo la versión en español, tiene menos base que un palillo de dientes puesto de pie. Las fuentes que he consultado para elaborar estos artículos- Wictor, Koch y McNab- ni lo mencionan y, para remate, nos encontramos con que el húngaro en cuestión nació en marzo de 1892, por lo que se me antoja complicado que inventase nada con apenas nueve años, que era la edad que tendría cuando Fiedler patentó su primer modelo. En realidad, colijo que el artículo de la dichosa Wikipedia debe haberlo elaborado algún cuñado porque afirma, y cito textualmente, "al final de la Segunda Guerra Mundial (en otras páginas dicen que en la Primera), inventó el proyectil de fusión, conocido en alemán como Schmelzgeschoss, que era capaz de penetrar placas de acero de cualquier espesor, destinado a destruir tanques". Se me antoja complicado que diseñase nada por esas fechas salvo que lo hiciera a través de un medium ya que nuestro hombre había palmado en 1937 con apenas 45 años. Otro sitios web, también en magiar, afirman que el estreno del hipotético lanzallamas tuvo lugar durante la Gran Guerra contra la Línea Maginot (¡!), que aún estaba por construir, y muestran el invento en una foto donde aparece un CV-35 lanzallamas italiano. Increíble, ¿no? En fin, no vamos a redundar en este tema. Cerramos pues el paréntesis una vez aclarado que no se puede uno creer todo lo que aparece en la red, principal comedero de los cuñados que van de sapientísimos.

Prosigamos. En 1905, Fiedler llevó a cabo una demostración de su invento ante el Preussisches Ingenieur-Komitee (Comité de Ingenieros de Prusia), teniendo una acogida favorable si bien, como está mandado, se le sugirieron determinadas modificaciones porque si un comité formado por militares se da por satisfecho a la primera sin protestar, ni es comité ni es nada. Una vez aceptaron el invento, en 1908 se formó una Pionier Versuchs Kompanie (Compañía Experimental de Zapadores) para ir puliendo su uso táctico. Finalmente, en 1909 reemplazó oficialmente al Brandröhre si bien, como hemos comentado antes, estos permanecieron en activo hasta que acabó la guerra. El invento de Fiedler, junto a las aportaciones realizadas por el capitán Reddemann, dieron lugar al flammenwerfer (lanzallamas) que inició las dos familias de armas que ya conocemos: los ligeros, o Kleif, y los pesados o Grof. El funcionamiento era básicamente el mismo para ambos tipos, y dentro de cada tipo para los distintos modelos que se fabricaron. Para verlo mostraremos el primer modelo reglamentario, el Kleif 1912. Como vemos, es más simple que los problemas existenciales de una ameba. En rojo vemos el depósito de propelente, por lo general nitrógeno o dióxido de carbono, y en verde el combustible del que hablaremos más adelante ya que había  cuatro tipos distintos. Bastaba abrir la llave de paso que vemos a la izquierda para que el propelente empujara hacia el abajo el combustible y lo obligase a entrar por la tubería conectada con la lanza. En los lanzallamas pequeños se ajustaba a una presión de 15'5 atmósferas, y en los grandes a 23'7. A partir de ese momento solo había que accionar la llave de paso situada en la lanza y prender la mezcla combustible.

El tema de la ignición dio bastantes quebraderos de cabeza porque eso de darle a un pulsador y que saliera una chispa como si fuera un encendedor de cocina aún estaba por inventar. Inicialmente se limitaban a poner una mecha encendida ante la boquilla de la lanza o, como vemos en la foto de la derecha, una antorcha de una longitud adecuada para que el encargado de prender el combustible no acabase como un torrezno. Como es evidente, ese sistema era asaz incómodo ya que el operador de la lanza dependía en todo momento del fulano de la antorcha cada vez que quería iniciar una rociada, así que se tuvieron que estrujar la sesera para dar con un sistema más eficiente y, ya puestos, más cómodo y seguro. 

Veamos el gráfico de la izquierda. Este sistema, del que se fabricaron tres versiones aunque su funcionamiento era similar y valían tanto para el
Kleif como el Grof, consistía en un encendedor que se introducía en una bocacha previamente colocada en la boquilla de la lanza. Dicha bocacha podemos verla en la parte superior, y la horquilla que aparece sujeta con una cadenilla era precisamente para bloquear el encendedor y que no saliera disparado con el movimiento o la presión del chorro de combustible. Este encendedor consistía en dos tubos concéntricos. En la parte central contenía un bloque de gelatina combustible y un pistón detonante. Delante llevaba un portapercutor y una aguja percutora que detonaría el pistón llegado el momento. La parte externa del tubo iba rellena con una substancia incendiaria que sería la que inflamaría el combustible. 
Así pues, se colocaba un encendedor en la bocacha y se bloqueaba con la horquilla, quedando listo para su uso tal como vemos en la figura A. Cuando había que efectuar una rociada, el combustible impulsado por la boquilla empujaba con gran fuerza el pistón y el bloque de gelatina. En la figura B vemos como el percutor penetra en la gelatina y detona el pistón fulminante situado bajo ella. En la figura C vemos como el chorro de combustible empuja hacia fuera al pistón ya detonado y la gelatina inflamada, al portapercutor y al casquillo de seguridad que cierra el encendedor. Finalmente, en la figura D sale la llama producida por la gelatina e inflama la mezcla incendiaria alojada en el tubo externo que, a su vez, iniciará el combustible. Esta mixtura ardía durante unos dos minutos, por lo que había que renovar el encendedor en caso de que el combustible del lanzallamas no se hubiese agotado en ese tiempo. De ser así, se sacaba la horquilla y, por la acción de un muelle alojado en la bocacha, el encendedor usado salía despedido y se colocaba uno nuevo, repitiendo el proceso hasta que se agotase el combustible.  

Con todo, los tedescos, siempre previsores, fabricaron incluso un encendedor de emergencia por si se estropeaba la bocacha o se agotaban los encendedores normales. Se trataba del Ersatz Brandröhre (tubo incendiario de sustitución) que vemos en el gráfico de la derecha. Era un simple tubo de cartón de 30 cm. de largo por 72 mm. de diámetro que contenía una mezcla incendiaria. El frictor rojo, recubierto con sulfuro de fósforo, actuaba como una simple cerilla. Se quitaba la tapa del encendedor y se prendía el misto de clorato de potasio (azul) que, a su vez, prendía la pólvora compactada (gris oscuro) que iniciaba la mezcla incendiaria. El encendedor podía arrojarse al suelo y iniciar sobre él la rociada para inflamar el combustible del lanzallamas.

En lo tocante a los combustibles, aunque se suele generalizar afirmando que consistían en una mezcla de petróleo y aceite, en realidad contenía más substancias porque los lanzallamas, a pesar de su aparente simpleza, tenían más complicaciones de lo que parece para ser eficaces. Ante todo había que tener en cuenta que el combustible debía tener la densidad adecuada. Si era demasiado ligera, la más mínima brisa desviaría el chorro que, además, se difuminaría demasiado como para ser efectivo y tendría menos alcance si bien su facilidad para arder era mayor. Si era demasiado densa tendría más alcance pero su nivel de combustibilidad sería inferior, por lo que había que buscar un equilibrio ideal para que el chorro tuviera una precisión razonable, un alcance que no precisara que los Pioniere tuvieran que meterse literalmente en la boca del lobo para hacer su trabajo y se inflamara con facilidad. Por otro lado, era necesario darle a la mezcla un mínimo de viscosidad para que se adhiriese a sus objetivos, ya fuesen hombres, máquinas o fortificaciones. 

Los lanzallamas también resultaban muy eficaces contra los carros
de combate. En una época en que los visores carecían de cristales
blindados, era fácil que el combustible ardiendo penetrase por las
mirillas y rendijas de los vehículos, obligando a sus tripulantes a
abandonarlos por temor a que un incendio en el interior acabase
detonando las municiones o, simplemente, los achicharrase a todos
Una mezcla poco pegajosa era más fácil de apagar, e incluso un hombre alcanzado por la llamarada podría, si tenía suficiente presencia de ánimo, salir del atolladero rodando sobre sí mismo por el suelo. Pero si el grado de viscosidad era el idóneo, ni rodando lograría mitigar sus efectos porque el movimiento del sujeto no haría que el combustible se desprendiera de su ropa o su piel. Más aún, las mezclas viscosas se aprovechaban mucho más porque incluso las salpicaduras podían adherirse a la ropa y empezar a quemar a la víctima de inmediato. Hay que tener en cuenta una cosa que, por lo general, es poco conocida: el fuego desprendido por un lanzallamas alcanzaba los 1.200 grados,  cuatro veces por encima de la temperatura de fusión del plomo, y no solo calcinaba en escasos segundos al desdichado que alcanzase, sino que lo asfixiaba a causa del humo. Más aún, en caso de atacar una casamata e introducir una llamarada en su interior, su elevada temperatura quemaba de forma casi instantánea el oxígeno del interior, y el que no era achicharrado palmaba asfixiado en un periquete. Los mejor parados eran los que solo habían respirado el humo y les había dejado los pulmones más negros que un minero tras 80 años picando carbón, o sea, listo de papeles. 

Grupo de asalto avanzando a través de las
trincheras enemigas. Al fondo se ve al
lanzador despejando el terreno rociando
fuego a mansalva
Por otro lado, pronto se dieron cuenta de que los lanzallamas ofrecían la oportunidad de limpiar trincheras, reductos y nidos de ametralladoras con mucha más facilidad que con los medios convencionales, uséase, aproximación y lanzamiento de bombas de mano que requerían una evidente destreza y que, como sabemos, podían ser devueltas si los enemigos andaban bien de reflejos. Pero el fuego ni podía devolverse ni permitía esquivarlo agazapándose detrás de unos sacos terreros. Una llamarada en el interior de una trinchera se abría paso por todas partes. El fuego se colaba por todos sus recovecos, entraba por las puertas de los refugios e inundaba los nichos abiertos en los parapetos, es decir, no era posible esconderse como cuando los atacantes usaban armas convencionales o bombas de mano. Por otro lado, la llamarada incendiaba entibados, hacía arder la arpillera de los sacos terreros, detonaba las municiones almacenadas en los repuestos, dañaba las alambradas e incluso resentía de forma notable estructuras de fábrica por las altas temperaturas alcanzadas. Un nido de ametralladoras convencional protegido por un parapeto de sacos terreros y una techumbre de troncos con más sacos encima era consumida en menos que canta un gallo con sus ocupantes dentro, destruyendo la ametralladora y las municiones. En resumen, los lanzallamas iban mucho más allá de calcinar a varios desgraciados que se ponían en su camino porque no había nada que pudiera proteger al personal el fuego. 

Los aliados probaron diversos sistemas para ello, desde embadurnarse en arcilla húmeda que cuando se secaba los inmovilizaba y había que romper a martillazos, a escudos fabricados con fina ramas de sauce recubiertos con arcilla cocida. Incluso idearon una especie de sombrilla fabricada con asbestos, pero era para nada. El fuego envolvía al sujeto y si la sombrilla detenía la llamarada frontal esta se revolvía y lo atrapaba por todas partes. Además, las máscaras antigás no evitaban la sofocación producida por el calor, impidiendo respirar al que la llevaba puesta, y al que se la quitaba también. Por todo lo que hemos detallado, la opción por la que solía decantarse el personal cuando se veían bajo el ataque de un grupo de lanzallamas era largarse a toda velocidad. La única opción que tenían era, ante la aparición de espesas humaredas que delataban su presencia, abrir fuego contra los Pioniere que avanzaban hacia sus líneas, lo que no era especialmente efectivo por dos razones: primero, porque prácticamente disparaban a ciegas ya que los enemigos permanecían ocultos tras el humo. Y dos, porque los Pioniere avanzaban lógicamente protegiéndose en cráteres y demás obstáculos hasta llegar a la distancia adecuada para empezar la barbacoa. Había ocasiones en que, para no delatar su presencia hasta no estar literalmente encima de las posiciones enemigas, las rociaban con el combustible, pero sin encenderlo. Una vez bien empapadito todo de porquería incendiaria hacían lo mismo que los japoneses contra los rusos, arrojar bombas de mano incendiarias como la que vemos en el gráfico, una Brandhandgranate o Flammenkugel (bola de fuego). Este chisme estaba provisto de un frictor que se activaba al tirar de la anilla de alambre, iniciando un retardo de 4 o 7 segundos.

Impresionante muralla de humo durante un ataque con lanzallamas.
Si el viento era favorable, podía incluso provocar unos efectos similares
a los de un ataque con gas, aparte del pánico que producía verse sumido
en una invisibilidad total y la posibilidad de ser calcinado en cualquier momento
En cuanto a los combustibles, usaban tres fórmulas distintas: la
 primera consistía principalmente en ácido piroleñoso, un destilado obtenido de la madera, mezclado con acetona, alcohol metílico, hidrocarburos de etileno, fenol y piridina. La segunda mezcla contenía entre un 42 y un 45 por ciento de aceite de acetona y entre un 55 y un 58 por ciento de alquitrán. La tercera estaba compuesta por un 30% de sulfuro de carbono, un 45% de aceite de acetona y un 25% de alquitrán. Estas mixturas se empleaban a su vez formando cuatro tipos distintos con diferentes propiedades que usaban según les convenía, a saber:

Tipo Azul: Era el más empleado en combate. De una consistencia relativamente espesa, producía una enorme llamarada que aumentaba sus efectos psicológicos sobre los enemigos. Sin embargo, su alta densidad podía aumentar si las temperaturas eran demasiado bajas, llegando incluso a obstruir la boquilla del lanzallamas. 

Tipo Amarillo: Menos denso que el anterior, era el que reemplazaba al tipo Azul cuando el frío aumentaba. Este combustible ardía con más rapidez produciendo poco humo y una llama con una temperatura muy alta.  Su menor fluidez obligaba a revisar a fondo la posible existencia de fugas para prevenirlas, ya que podían provocar quemaduras en los que manejaban el lanzallamas o incluso producirse explosiones. Así mismo, no convenía usarlo en sitios cerrados porque el humo podía afectar a toda la escuadra.

Tipo Verde: Estaba compuesto por una parte del tipo Azul y tres partes del tipo Amarillo. Se lograba una espesa humareda, pero conservando la alta temperatura del Amarillo. Venía muy bien para acojonar seriamente a los enemigos.

Tipo Rojo: Era el tipo más corriente y fluido, usado para entrenamiento exclusivamente. Producía mucho humo pero poca temperatura. Cuando se usaba, el lanzallamas debía ser limpiado a fondo debido a los residuos que producía.

Bueno, con esto terminamos por ahora. En la próxima entrada veremos los distintos modelos fabricados por estos probos homicidas, así como sus características, uso táctico y demás chorradita curiosas.

Hale, he dicho


Dos Pioniere en acción avanzando hacia las líneas enemigas. La densa humareda provocada por el combustible resulta absolutamente impenetrable, lo que permite a ambos zapadores actuar sin ser vistos por el enemigo. Obsérvese la enorme potencia el chorro de combustible que sale por la boquilla