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domingo, 24 de noviembre de 2019

Mujeres samurai


Honorable guerrera acaba de mandar a un enemigo a la cola para reencarnarse por octogésimo cuarta vez. Estas delicadas
señoras que te preparaban cha con precisión milimétrica te rebanaban el pescuezo con la misma habilidad y elegancia

Descriptiva imagen de una on'na bugeisha: con su
nene a la espalda, como buena madre, y sujetando
la naginata con la que acaba de despachar a dos
enemigos, como buena guerrera
Cuando se hace referencia a una "mujer samurai", de inmediato surge en el magín la delicada figura de una belicosa señora o señorita armada de punta en blanco pero, a la par, etérea como una flor de almendro impulsada por la brisa que desciende desde la nívea cumbre del Fujiyama hasta los frondosos bosques donde corren aguas prístinas y... no, un momento. Las "mujeres samurai" son un invento moderno y, por supuesto, occidental. O sea, que nunca han existido mujeres samurai sino, en todo caso, mujeres pertenecientes a familias de samurai- hijas, hermanas, madres, suegras...- ya que un samurai es, como saben hasta los cuñados, "el que sirve" a un señor más poderoso. En resumen, el perteneciente a la casta de guerreros que mangoneó en el Japón desde el siglo XII hasta los albores del último cuarto del siglo XIX, cuando la modernización del estado acabó con estos desaforados guerreros. Pero las mujeres que integraban esta casta no eran denominadas de ninguna forma independientemente de que, para diferenciarlas del resto de féminas niponas, las llamen "mujeres samurai" o, con más propiedad, on'na bugeisha, término compuesto de tres palabras: on'na (mujer), budō (marcial o arte marcial) y geisha (artista). Así pues, y dando por sentado que las acepciones del japonés pueden provocar serios trastornos en la sesera de un occidental, una on'na bugeisha sería una mujer artista o diestra en artes marciales. En cualquier caso, como decimos, es una forma de referirnos a ellas para distinguirlas del resto, nada más. Y si alguno de mis amables lectores logra dar con una etimología más precisa, nos lo diga para dormir mejor esta noche.

Esta es el aspecto con que se suele representar a
estas agresivas hembras y que no casa con la
realidad. Lleva bajo la armadura un hakama, unos
amplios pantalones con apariencia de falda, y el
rostro descubierto. El pelo, cortado a la altura de
los hombros, se lo sujeta con una cinta blanca.
Era la forma de dar a entender que se trataba de
una mujer y no un hombre
Bien, más o menos aclarado el origen del término, veamos qué eran y cómo se desarrollaba la vida de estas probas ciudadanas de ojos delicadamente rasgados. Debo reconocer que, si no me acojonara tanto montarme en un avión, me encantaría ir a Japón a cenar en una casa de geisha. Solo ver como te sirven el sake o te preparan el puñetero té debe ser una experiencia mística. Son tan delicadas, tan educadas, tan modositas... En fin, ajo y agua. A lo que vamos.

Como es más que evidente, establecer comparaciones entre la idiosincrasia oriental y la nuestra es una quimera. Sus baremos éticos y morales, así como sus conceptos sobre el valor de la vida y tal no tienen nada que ver con los occidentales. No son mejores ni peores sino, simplemente, distintos. Por este motivo debemos tener en cuenta que mucho de lo que leeremos a continuación nos podrá resultar un poco rarito, tanto como a ellos la forma de actuar de un español o un tedesco. Por otro lado, su diferentes rangos sociales difieren de los nuestros ya que en Japón no había una nobleza titulada, sino samurai con más o menos poder/rango/tierras que otros. Con todo, y por establecer un símil que nos permita situarnos, diremos que un samurai normal podría ser el equivalente a un hijodalgo español o un ritter alemán, o sea, miembros de la baja nobleza cuyo oficio eran las armas y, cuando no había necesidad de matar a nadie, vivían del producto de las tierras que los nobles de más rango les concedían como pago a sus servicios. Como es evidente, las mujeres pertenecientes a esa clase social tenían que actuar conforme a su estatus, y ahí es dónde verdaderamente están las diferencias que hacían a las on'na bugeisha unas mujeres totalmente distintas a las occidentales con un rango similar salvo en un único aspecto.

Efigie funeraria de Matsu Hime, hija de Takeda
Shingen, en el templo de Shinsho-in. Esta criatura
acabó tan hartita de malos rollos que hizo dos higas
al clan y se largó al convento, de donde no salio jamás
Una infanzona (usaremos esta denominación para referirnos a las mujeres de la baja nobleza europea y no complicarnos la vida con distintos nombres) estaba destinada a ser usada con dos fines: uno, como una herramienta para establecer alianzas entre familias o, caso de ser heredera de un patrimonio, con el fin de aumentar el poder de ambos clanes al unirse en su primogénito las posesiones de ambos. Y dos, parir retoños para perpetuar el linaje. Su misión terminaba ahí. Una vez casada y una vez parida, su vida se limitaba a ver pasar el tiempo apaciblemente y, caso de enviudar, largarse a un convento a ponerse a bien con Dios antes de palmarla, si bien colijo que más de una lo hacía para perder de vista una familia que era en realidad un mundo de hombres. Que sí, que hubo mujeres influyentes, que hubo otras que pudieron destacar en alguna faceta artística o intelectual, pero esas fueron la excepción, no la regla. En todo caso, hasta aquí llegan las similitudes con sus colegas niponas, que como las occidentales eran usadas por sus padres o hermanos para llevar a cabo sus intricadas alianzas con otro clanes y que, conforme a su manera de ser, iban más allá de buscar resultados a corto plazo. Esta gente no piensa con la mirada puesta en el mes que viene, ni siquiera a unos años vista, sino mucho más allá. Pero no vamos a hacer un estudio psicológico de la mentalidad oriental, entre otras cosas porque no me creo capaz de ello. Nos quedamos simplemente con el concepto de mujer destinada a ser moneda de cambio y paridora, nada más.

Fotograma de la mítica cinta "Ran" (1985) de Kurosawa. La escena muestra
como las mujeres y concubinas de Hidetora Ichimonji se interponen entre los
arcabuceros enemigos y su señor para protegerlo. Aquí no primaba lo de
"las mujeres y los niños primero", sino la lealtad al daimyō
Porque la vida de una de estas mujeres no tenía por lo general nada de apacible, y menos en un Japón en el que durante siglos lo normal era vivir en un constante estado de guerra civil entre los daimyō deseosos de sacarse las tiras de pellejo mutuamente, cuando no en sus enfrentamientos contra el shōgun de turno para, como anhelaba el inefable visir Iznogud, ser el califa en lugar del califa o, en muchos casos, las pugnas entre un daimyō y uno o más ikki, ligas formadas por conjuntos de personas cuya lealtad no era hacia el daimyō, sino hacia un determinada población, grupo religioso o estamento social y cuyos "cambios de impresiones" solían ser extremadamente violentos. Y lo peor de todo era que las alianzas entre nobles tenían menos consistencia que la honradez de un político, y los que hoy se abrazaban jurándose lealtad eterna al cabo de un mes se estaban degollando a dentelladas y, como es lógico, sus familias estaban siempre por medio porque no sería raro que, para afianzar esa hipotética lealtad eterna se entregaran en matrimonio hijas o hermanas que se veían en un terrible brete: ¿a quién debo fidelidad, a mi clan o al de mi marido? No es un tema baladí, y se dieron casos en que la lealtad derivó hacia un lado u otro de las formas más dramáticas. 


La archialevosa, megamalvada y ultravenenosa Kaede de "Ran" dejando
claro a Jiro Ichimonji que los pantalones los lleva ella. Su matrimonio no
tenía otro fin que vengar a su familia, aniquilada por el viejo Hidetora.
Aunque se trata de una ficción, refleja admirablemente el concepto de
fidelidad a su clan de estas mujeres
Más aún: en muchos casos estas alianzas matrimoniales lo que pretendían era obtener rehenes para que la siempre cuestionable fidelidad de su nuevo aliado no se rompiera como el tallo de la mies en sazón ante el huracán.  En otros, la mujer era destinada a actuar como una espía infiltrada gracias al matrimonio en la familia del marido porque, en realidad, el juramento de fidelidad era más falso que Judas y lo que querían era aprovechar el momento para atacar, y para ello nada mejor que tener una informante que compartía hasta el catre con el pseudo-aliado. De hecho, hay registradas curiosas advertencias respecto a las precauciones que debían tener los hombres en estos casos ante la cantidad de mujeres que, a la hora de la verdad, habían optado por mantenerse leales a su clan y no al marido: "Aunque te haya dado siete hijos, nunca confíes en una mujer", o "Incluso cuando un esposo y una esposa están solos juntos (o sea, dándose un restregón y tal), nunca debe olvidar su puñal" o, quizás el más contundente aviso: "Considera a la bonita hija de otro hombre como tu enemiga, y jamás visites su casa". Así estaba el patio. Chungo, ¿no? Y si las advertencias hacia la propia eran de semejante calibre, ¿cómo no serían las que prevenían contra los cuñados? 

Imagen de un asedio en la que se pueden ver a varias mujeres colaborando
con la guarnición. En el centro hay varias distribuyendo  "aloz tles delicias"
al personal
Por otro lado, la mujer perteneciente a un clan samurai no era la paridora pasiva al estilo europeo. Antes al contrario, debía ser celosa guardiana de las posesiones familiares y de la prole en ausencia del marido, y recaían sobre ella todas las responsabilidades propias del cabeza de familia. No solo debía administrar y cuidar la hacienda propia, sino defenderla con uñas y dientes llegado el caso. Para ello, desde niñas se las adiestraba en artes marciales como a un crío de su mismo rango, con la salvedad de que a las nenas se les insistía ante todo en el manejo de la naginata, un arma enastada más propia de samurai pobretones pero que en manos de alguien diestro era absolutamente devastadora, aunque del tema armamentístico hablaremos detalladamente más abajo. O sea, que su deber era, llegado el caso, ponerse al frente de las tropas y criados al servicio de la casa y defender el castillo cuya custodia había sido confiada a su marido y que, al estar él ausente, recaía sobre ella y era la responsable absoluta. Es decir, que si el castillo caía la culpa sería solo de ella, y su deshonra solo podía ser lavada ya sabemos cómo.

Grupo de on'na bugeisha adiestrándose en el manejo de la naginata
Y por si sus obligaciones para con su clan y su honorabilidad no fueran pocas, incluso se dieron casos de mujeres vengadoras de algún pariente muerto, con razón o sin ella, por otro samurai. Durante el Periodo Edo (1603-1868), bajo el bakufu (shogunato) Tokugawa, que fue la época más pacífica del Japón, de 100 actos de venganza debidamente registrados por ofensas de cualquier tipo, 14 fueron llevados a cabo por mujeres. El más llamativo fue, por su tardanza en ser consumado, el de la mujer de un yamabushi (un sacerdote ascético), que tuvo la santa paciencia de esperar nada menos que 53 años hasta dar con la ocasión propicia para apiolar al asesino de su marido. Por lo visto, la venganza fue tan sonada que hasta su daimyō  la recompensó por su más que probada lealtad y su elevado sentido del honor. 


Otra venganza con tintes legendarios fue la que llevaron a cabo en 1649 Miyagino y Shinobu, hijas de un tal Yomosaku, muerto por error por un samurai llamado Shiga Daishichi, que estaba al servicio del daimyō local. Tras ser debidamente adiestradas por el prometido de Miyagino se presentaron ante el daimyō para pedirle permiso para poder llevar a cabo su venganza. El daimyō no pudo oponerse ya que la petición era justa, así que ordenó que Daishichi se presentara para enfrentarse a las dos hermanas. Miyagino estaba armada con una naginata, mientras que su hermana portaba una kusari gama, una espeie de hoz con una larga cadena y un contrapeso de hierro al final de la misma. Shinobu trabó la espada de Daishichi, momento que aprovechó Miyagino para mandar a paseo la cabeza del asesino de un certero tajo. Como vemos, estas criaturas tenían más peligro que un alacrán ahíto de esnifar polvo de setas chungas. A la izquierda podemos ver a las dos hermanas entrenando para darle boleta al alevoso Daishichi y que aprenda a no equivocarse matando probos ciudadanos.


Miyagino y Shinobu vengándose a base de bien en presencia del daimyō

Matsushita Yukitsuna, un samurai vasallo de Imagawa
Yoshimoto, elabora una relación de las cabezas que
ha obtenido como trofeos. En cada una de ellas se ve
la etiqueta con el nombre del dueño de la cabeza
Pero no acababan ahí los deberes de las on'na bugeisha. Las mujeres de los samurai que componían la guarnición de un castillo no se quedaban cruzadas de brazos mientras que sus maromos se daban estopa. Antes al contrario, se veían comprometidas en la defensa del recinto auxiliando a los heridos, reponiendo en las murallas municiones de todo tipo e incluso cuando se introdujeron en el Japón las armas de fuego las ponían a fundir balas. Hasta tenían que preparar adecuadamente las cabezas de los enemigos muertos que, tras el asedio, serían expuestas como trofeos para después ser presentadas al daimyō, por lo que lavaban, peinaban y, en resumen, ponían guapas las jetas de los difuntos. Durante el asedio al castillo de Ogaki, en 1600, Oan, la hija de un samurai llamado Yamada Kiyoreki, dejó escrito como "...nuestros soldados nos traían a la torre las cabezas que habían tomado, y nos hacían etiquetarlas como referencia", e incluso pedían que les tiznaran los dientes con pólvora porque así tendrían más valor ya que significaría que habrían palmado en acción disparando contra el enemigo y no escondidos en un hoyo. Y por si eso no fuera bastante, afirmaba que "...no teníamos miedo de las cabezas, y solíamos dormir en medio del desagradable olor a sangre que salía de ellas."  Y del mismo modo que se veían obligadas a ejercer de esteticistas de cabezas cortadas o fundidoras de munición, también estaban obligadas a otros tipos de trabajos manuales, como el caso del castillo de Hachigata, cuyas murallas quedaron hechas una birria tras un tifón en 1587 debido a que muchas de estas fortificaciones denominadas pomposamente como castillos no eran en realidad más que un conjunto de empalizadas rodeando una torre. El daimyō Hojo Ujikuni, ordenó que las mujeres de todos los samurai de la guarnición independientemente de su rango, así como sus criadas, debían ante todo reconstruir las defensas de la fortaleza antes que sus propias casas, por lo que se veían cortando árboles, desbastando troncos y cavando zanjas mientras que todas las familias dormían al raso porque hasta que no terminasen de reparar la empalizada no podían hacer lo propio con sus hogares.


Cabezas de los defensores del castillo de Fukane, tomado en
1497 por Hojo Sun. Entre ellas se distinguen algunas que
pertenecían claramente a mujeres
Por otro lado, las mujeres de los daimyō o samurai más relevantes no dudaban en armarse y acompañarlos a la muralla a defender la fortaleza e incluso tomar parte en el combate. Un ejemplo sería la mujer de Okumara Sukie-mon, cuyo castillo de Suemori fue cercado en 1584 por Sasa Narimasa. Esta proba nipona no lo dudó ni un momento y, armada con su naginata, se paseaba por el adarve abroncando a los centinelas que pillaba adormilados. Y lo peor era que, caso de que los enemigos lograran entrar en el castillo, el destino que esperaba a la familia del samurai era por lo general cualquier cosa menos agradable. Las que por falta de ánimo o de tiempo no se quitaban la vida eran entregadas a las tropas para ser ultrajadas sin descanso, y prueba de que muchas morían en combate es que hay ilustraciones que muestran expuestas cabezas entre las que se distinguen varias que, por sus rasgos, son mujeres. La participación de mujeres en los combates ha quedado corroborada en algunos hallazgos arqueológicos donde han aparecido montículos de cabezas en los que, tras las pruebas forenses oportunas, se ha podido comprobar que incluían testas femeninas como el caso de los de la batalla de Senbon Matsubaru, librada en 1580. En dichos montículos aparecieron 105 cabezas, 35 de las cuales eran de mujeres. Hablamos pues de un tercio, que no es moco de pavo.


En muchos casos, antes de quitarse la vida mataban a sus propios hijos para que no cayeran en manos del enemigo para, a continuación, rebanarse el pescuezo, tirarse desde las torres o arrojarse a los pozos para morir ahogadas. A la derecha tenemos un ejemplo. Se trata de Yodo-Hono, la madre de Toyotomi Hideyori, cometiendo seppuku cuando el castillo de Osaka que defendía su amado nene cayó en manos de Tokugawa Ieyasu en 1615. Como vemos, se acaba de rebanar el lado izquierdo del cuello con su kaiken. En otros casos era el mismo samurai el que arramblaba con el clan, como el señor del castillo de Yuzawa, Onodera Magoshichiro que, en 1595, "... en primer lugar mató a su mujer e hijos, sus vasallos apuñalaron a sus esposas e hijos como sacrificio, prendieron fuego al castillo y nuevamente lucharon con fiereza contra el enemigo. Finalmente se quitaron sus cascos y cometieron seppuku". En fin, algo muy desagradable. En Europa pudieron haberse dado casos semejantes, pero salvo cuando se tomaban fortalezas por asalto y se entraba a saco ya sabemos que lo habitual era respetar las vidas del personal. Pero en este caso, no eran los enemigos los que aliñaban a las mujeres y críos, sino sus padres y maridos, en plan numantino, vaya. 


Nakano Takeko (1847-1868), a la que ni un solo
cuñado se atrevió a dejarle la bodega vacía de sake
Bueno, con esta breve semblanza creo que pueden vuecedes hacerse una idea del plan de vida de estas criaturas, cuyas perspectivas de llevar una existencia apacible eran un poco escasas, sobre todo las que se veían involucradas en algún ikki contra los que los daimyō no tenían piedad ya que constituían un poder popular que era justamente lo opuesto a la jerarquía tradicional establecida. La última acción militar donde intervinieron estas aguerridas féminas fue durante la Restauración Meiji, iniciada en 1868 y que acabó con el bakufu Tokugawa y, con ello, el poder y la influencia de los samurai en el Japón. Curiosamente, las on'na bugeisha lucharon en esta ocasión en favor del shōgun, o sea, el orden tradicional, concretamente en el han (feudo de un daimyō ) de Aizu. En fin, de las hazañas de estas valerosas ciudadanas ya hablaremos largo y tendido, desde Tomoe Gozen, paradigma de las on'na bugeisha, a Nakano Takeko, que no dudó en enfrentarse con su naginata a las tropas imperiales armadas con fusiles modernos. Sirva pues lo comentado hasta ahora como introducción para ponernos al tanto de quiénes eran y cómo vivían las mujeres pertenecientes a la casta de los samurai.


En lo referente a su preparación en las artes marciales y sus intervenciones en batalla, las fuentes originales de la época se prestan a cierta confusión. Por un lado, las representaciones que hay de ellas suelen adolecer de anacronismos en lo tocante al tipo de armadura que visten y, para realzar su feminidad, se las representa por sistema desprovista de casco. Cabe suponer que su indumentaria real sería la de cualquier samurai de su época, y que protegerían sus delicadas testas y sus impolutas jetas de piel de crisantemo con cascos y máscaras, que no era plan de que nada más llegar a la batallita una flecha le atravesase el cráneo o una katana se lo partiera en dos como un melón maduro. Con todo, en la casa del tesoro del santuario Oyamazumi, en la isla de Omishima, se conserva una armadura que, como vemos en la foto, tiene una morfología que se adapta al contorno de un cuerpo femenino. Esta pieza se atribuye a la famosa Ōhōri Tsuruhime, una belicosa on'na bugeisha hija de Ōhōri Yasumochi, sacerdote principal del citado templo y que defendió la isla contra las tropas del daimyō de la provincia de SuōOuchi Yoshitaka, al mando de Obara Nakatsukasa nojo en el año 1541.


La legendaria Tomoe Gozen dando estopa a un samurai con su
naginata. Esta arma podía ser usada para combatir tanto a pie
como a caballo
Respecto al armamento, eran entrenadas desde niñas en todas las armas propias de un samurai si bien se insistía especialmente en el tiro con arco y el manejo de la naginata. Esta era un arma enastada cuya moharra, elaborada con el mismo método que una katana, nos recuerda a las gujas o glaives usadas en Europa y que estaba ideada para cortar y no como arma de empuje. Su evidente contundencia y la longitud de su asta equilibraría la diferencia entre la envergadura y la fuerza física de un hombre que se enfrentaba a una mujer de menor estatura y potencia muscular. Pero, al parecer, el entrenamiento con la naginata no solo estaba concebido para defenderse de posibles enemigos, sino como un mero divertimento o una forma de ejercicio físico que realizaban con réplicas de madera y que incluso hoy día lo siguen practicando las mujeres japonesas. Y aunque, como comentábamos anteriormente, era un arma asociada por lo general con samurais del rango más bajo, su eficacia las hacía ideales para las mujeres si bien las hojas de las naginatas femeninas eran más ligeras y de menor longitud. No obstante, había una variante con la hoja más ancha y pesada, la shobuzukuri naginata, que iba provista de una pesada contera de hierro en el extremo del asta para equilibrarla. 


Pareja de kaiken chulísimos de la muerte. Uno de los sitios más habituales
para ocultarlos era en pequeños bolsillos en las mangas de los kimono
Y como arma de último recurso jamás se separaban de su kaiken, de los que ya hablamos en su momento. El kaiken era un pequeño cuchillo que, por lo general, entregaban a las niñas al alcanzar la pubertad para su defensa personal o, llegado el caso, darse matarile antes de verse deshonradas. Como ya se explicó, las mujeres no cometían seppuku con el tanto, sino con el kaiken que siempre llevaban oculto en alguna parte de su indumentaria. Y en vez de abrirse la barriga, cosa nada femenina y extremadamente desagradable, se cortaban la carótida y se desangraban en un periquete sin necesidad de sufrir tanto. Para ello, sus progenitores les enseñaban cómo y de qué forma debían practicar el corte para que fuese certero y, por lo tanto, casi fulminante. Una carótida limpiamente cortada deja el cerebro sin sangre casi de inmediato, por lo que la pérdida de conocimiento sobreviene en dos o tres segundos, y la muerte por shock hipovolémico en menos de un minuto.


Hoja de una naginata. Obsérvese en la espiga las marcas del fabricante,
grabadas de la misma forma que en las espadas
Bueno, ya está. Con esto creo que podrán empezar a conocer como las gastaban las bravas on'na bugeisha que tanta guerra dieron. Como hemos visto, su estatus no era precisamente un chollo en una época en que, en realidad, no es que estuvieran en un nivel de igualdad con el hombre, sino que eran usadas para sus intereses mientras que, por otro lado, debían anteponer la honra personal y familiar a su propia vida y la de sus hijos, a los que en muchas ocasiones debieron matar con sus propias manos para impedir que fueran deshonrados, apresados o, simplemente, usados como rehenes contra su familia. En otra ocasión ya hablaremos de algunas de ellas que se distinguieron por tener más cataplines que ovarios.

Hale, he dicho


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miércoles, 31 de julio de 2019

Seppuku. La ceremonia


Honolable samulai pensando si la trae más cuenta salir echando leches o romper a llorar intensamente a ver si cuela y
lo dejan irse a casa con las tripas dentro de la cavidad abdominal

Bien, dilectos lectores, tras el avenate de creatividad que, al final, me ha costado dos docenas de cigalas para dejar a la musa contentita, y una vez ordenada mi pequeña biblioteca que falta le hacía, retomaremos la actividad normal con la última entrada dedicada al seppuku. Como ya recordarán, en artículos anteriores dimos cumplida cuenta de sus orígenes, los rituales e incluso las diversas formas de rajarse la barriga. Estos probos ciudadano orientales, que tienen incluso debidamente configurados los grados de inclinación a la hora de hacer una reverencia, ya sea al mikado, al jefe de personal de la empresa o incluso a los compadres cuando se cruzan por la calle, no iban a largarse de este mundo sin una compleja ceremonia llena de simbología. Total, uno solo puede suicidarse una vez, y ya que se da el paso o se hace en condiciones o no se hace.

Un discreto y apacible suicidio doméstico en el que, como vemos, el
sujeto usa su propio tanto para matarse sin ayuda de un kaishaku y con
su katana junto al tatami. En los suicidios consecuencia de una condena
el entorno sería totalmente distinto
El ceremonial del seppuku fue evolucionando a lo largo del tiempo, pasando a ser desde una mera forma de quitarse de en medio donde a uno buenamente le pillaba a complejos rituales que, en realidad, más que un suicidio como tal eran ejecuciones. Me explico. Una cosa es matarte porque te da la gana, porque no quieres caer prisionero del enemigo o porque no soportas más a tus cuñados, y otra matarte porque te ordenan que te mates, que es en lo que se convirtió el seppuku a partir del período Tokugawa. Por buscarle un símil occidental, sería como esos tribunales de honor de los ejércitos en los que al acusado se le daba la opción de volarse la tapa de los sesos para no verse sometido a la humillación de un proceso público y la posterior condena. Más aún, recordemos que los romanos ya actuaban de una forma similar cuando caían en desgracia ante sus emperadores, optando por la autolisis para evitar juicios, condenas y posterior confiscación de bienes que dejaban a la familia más tiesa que la mojama. Así pues, como hemos dicho, a partir del período citado, que comenzó en el siglo XVII, la mayoría de los suicidios eran en realidad condenas a muerte que, por consideración al rango del sujeto, se le permitía quitarse la vida por su propia mano. Obviamente, si el sujeto se negaba lo iban a liquidar igual, pero con el añadido de la deshonra para él y toda su ralea por los siglos de los siglos, amén.

Bueno, para los que no se acuerden ya de los personajes que intervenían en el suicidio o los que no hayan leído el artículo, pueden refrescar la memoria dando una somera puñaladita aquí. Lean tranquilamente, no hay prisa...

¿Ya? Bien, comencemos pues con el ceremonial...


Seppuku en una dependencia de la casa. En este caso sí vemos la
presencia del kaishaku y no hay ningún arma al alcance del suicida salvo
el cuchillo depositado en el sambo
Una vez que el kenshi comunicaba al condenado que ya podía ir haciendo testamento y despidiéndose de sus cuñados, comenzaba un proceso cuya duración podía ser de apenas unas horas o días, generalmente en base a la gravedad del delito y del rango del reo. No era habitual que se ordenara llevar a cabo el seppuku de forma inmediata para, de ese modo, dar tiempo para prepararse, despedirse de la familia y tal. Además, había que preparar el lugar donde tendría lugar la ceremonia que, aunque lo más frecuente era llevarla a cabo en un espacio abierto, como un patio o un jardín de la casa donde estaba en custodia el condenado, también podía efectuarse en una dependencia si bien este caso solía reservarse a personar de elevado rango. Curiosamente, y teniendo en cuenta que eso de que un fulano se raje la barriga en tu casa tiene connotaciones un poco chungas, pues no era raro que se construyera la dependencia en cuestión para luego derribarla, que eso de decir a las visitas "ahí se destripó mi cuñado Takamoto" no quedaba elegante e incluso era de mal gusto y daba mal rollo


Ilustración extraída de la obra de J.M. Silver "Dibujos de Usos y Costumbres
Japoneses", publicado en Londres en 1867. En la misma vemos el recinto
al aire libre rodeado de una cortina en cuyo interior aparecen todos los que
intervienen en la ceremonia
Cuando el suicidio se cometía en un espacio abierto se disponía una superficie en función de su rango. A título orientativo, para un personaje de rango elevado podía llegar a los 36 shaku cuadrados (12 m²) que se cubrían con paja o arena para no dejar restos de sangre en el pavimento o el suelo de pequeños guijarros primorosamente dibujados con un rastrillo. Conste que esta superficie fue reduciéndose a lo largo del tiempo para quedarse a principios del siglo XIX en la mitad, o sea, 18 shaku cuadrados. Sobre la paja o la arena se colocaban dos tatami formando una T. Si la ceremonia se realizaba en una dependencia interior se cubrían los tatami con cinco capas de tejido de algodón o bien una de fieltro color escarlata con la misma finalidad: no poderlo todo perdido de hematíes y restos de vísceras. El kenshi debía revisar cuidadosamente que todos estos detalles se cumplieran de forma rigurosa y, además, que se preparase un féretro para el suicida- una vez suicidado, naturalmente-, una caja de madera para su cabeza en caso de que esta fuera enviada a su familia y un cubo con agua para limpiarla de sangre. 

Otro suicidio al aire libre. Obsérvese que tras el biombo aparecen el sambo
con el cuchillo, el cubo para lavar la cabeza y demás accesorios 
Para los suicidios al aire libre se fabricaba un recinto cuadrangular formado por cortinas blancas sustentadas mediante cuatro postes, uno en cada esquina, de los que pendían unas banderas con forma de serpentina llamadas mujoki (estandartes de la crueldad), las cuales acompañarían el cuerpo del condenado a la tumba. Este recinto tenía dos accesos, uno mirando al norte o shugyo-mon (puerta ascética) y otro al sur o nehan-mon (puerta del nirvana). El condenado entraría por la shugyo-mon, colocándose en dirección a la nehan-mon, la cual estaba fabricada con troncos de bambú imitando la entrada a un templo. Recordemos que antiguamente el seppuku se solía cometer en templos budistas. Los accesorios como el ataúd, la caja para la cabeza y demás chismes se colocaban tras un biombo fuera de la vista del suicida porque, por norma, en todo momento se procuraba que nada perturbase el ánimo del que iba a morir. Se consideraba que no había necesidad ninguna de poner las cosas aún más difíciles al condenado o de provocarle sufrimientos innecesarios, y no solo por una cuestión de buen gusto, sino para evitar que le diera un avenate e intentara eludir su inmolación, cosa que sucedía veces y que rompía la armonía y el buen rollito de los presentes.

Samurai vistiendo un kamishimo
Una vez que llegaba el día señalado, el reo se bañaba ayudado por sus familiares, se peinaba y, en resumen, se ponía guapo para la ceremonia. Desde ese momento, los encargados de vigilar al reo no le quitaban la vista de encima y solo iban armados con wakizashi que, en vez de llevar colocados en la faja de la manera tradicional, eran anudados a la cintura para impedir que el suicida decidiera mandar a hacer gárgaras la orden del shōgun y saliese de allí matando a todo bicho viviente. Un samurai diestro podía hacer bastante daño con una espada corta, pero si encima podía echar mano a una katana o un tachi, ni te cuento. En todo caso, una vez bañado y peinado se vestía con un kimono que cubría con un kamishimo, una especie de sobretodo provisto de unas amplias hombreras, sin mangas y con la parte inferior abierta por los lados para facilitar el movimiento, sobre todo a la hora de sentarse o arrodillarse. Recordemos que estos probos orientales no usaban sillas en su vida cotidiana, y que toda su indumentaria estaba concebida para hacer los movimientos más fáciles. En resumen, que una vez vestido adecuadamente era acompañado al lugar donde tendría lugar la cena de despedida.

O-zen y tachi-oshiki
La cena estaba cargada de simbología y se llevaba a cabo con el protocolo propio de un banquete fúnebre. Mientras que a sus acompañantes les servían en las o-zen, las típicas mesitas individuales donde comían estos nipones, al condenado le plantaban delante una tachi-oshiki, una bandeja provista de cuatro patas. Al condenado se le servía la cena en platos negros, siendo el principal el mikire, que constaba de tres rodajas de verduras escabechadas. Mikire, que en japonés se traduce como "tres rodajas" también significaba "cortar carne", en evidente referencia a lo que venía después de la dichosa cena. El chuku, la pequeña taza para el sake, se colocaba en el lado izquierdo, al revés de lo habitual, y se vertía hasta el borde en dos veces para que no pudiera haber una tercera que eran las habituales a la hora de servir el vino de arroz. Para rematar la cosa, hasta los palillos eran de madera de anís, que solo se usaban en las cenas funerarias.  Como ven, todo muy poético y descriptivo al mismo tiempo.

Kaishaku preparado para actuar en el momento oportuno. Era habitual que
se descubrieran el hombro derecho para que nada pudiera estorbarles
en el momento supremo y no efectuase la decapitación adecuadamente
Una vez que el banquete terminaba, el kaishaku hacía acto de presencia para informar al condenado que era el que habían designado como asistente, o sea, el que le cortaría la cabeza, y le decía que si necesitaba cualquier cosa o deseaba darle algún tipo de instrucción salvo que le dejara salir corriendo, no dudara en hacérselo saber. Qué gente más educada, carajo... Por lo general, este tipo de instrucciones solían hacer referencia al momento en que debrería descargar el golpe definitivo ya que, en función del carácter, el valor o la entereza del reo podía decirle que esperase a que se hundiera el cuchillo, o que no lo decapitase hasta completar un primer corte, o se que fuera a tomarse un café mientras se masacraba la barriga catorce veces seguidas. En otros casos le rogaba que actuase en el instante en que cogiese el cuchillo. Cualquiera pensará que vaya birria de suicidio si ni siquiera hacía el intento de clavárselo, pero según la mentalidad de estos hijos del sol naciente el hecho de coger el arma ya suponía la voluntad de usarla, por lo que bastaba para que se le considerase un suicida como Buda manda. No obstante, si el kaishaku veía que el sufrimiento del suicida era excesivo tenía potestad para incumplir sus instrucciones y acabar con él porque, como ya hemos dicho, el sufrimiento gratuito no se consideraba adecuado. En el caso de que el condenado fuera un niño- sí, aunque parezca increíble se daban casos de críos condenados por las faltas de los padres- el kaishaku simplemente esperaba a que tocara el cuchillo y lo decapitaba de inmediato.

El suicida se dispone a coger el cuchillo. Tras él, el
kaishaku está listo para asestar el tajo definitivo
Bien, ya tenemos a nuestro suicida cenado y ha impartido al kaishaku sus últimos deseos. Ha llegado el momento decisivo, para lo cual se volverá a cambiar de ropa. Para su actuación postrera se vestirá enteramente de blanco como un símbolo de pureza y de su firme decisión de acabar con su vida. Una vez vestido saldrá fuertemente escoltado hacia el lugar donde tendrá lugar el ritual si bien su escolta se limitará a vigilar que no haga nada que pueda inducir a pensar que intente escapar o algo por el estilo. El suicida entrará en la dependencia privada o, en el caso del recinto al aire libre, por la shugyo-mon, como ya hemos comentado, mientras que el kaishaku lo hará por la puerta opuesta y se colocará detrás suyo, a un metro o poco más y calculando cuidadosamente la distancia para que el golpe sea certero. Se pondrá de rodillas hasta que llegue la hora con la espada a su derecha para mantenerla alejada del reo. Cuando llegue el momento, la extraerá de la vaina y levantará la rodilla derecha, permaneciendo la izquierda en el suelo y esperará el instante supremo. Finalmente se levantará y descargará el golpe.

La higiene ante todo, no se le vaya a infectar la herida al suicida y la
palme de una septicemia
Una vez desenvainada la espada, el kaishaku la colocaba con la curvatura hacia abajo para que un asistente vertiera agua, primero en una cara de la hoja y luego en la otra. Esto, aparte de la evidente connotación relacionada con la purificación, tenía al parecer dos finalidades. Una, porque se pensaba que el agua actuaba como una especie de lubricante que facilitaba a la hoja pasar a través del cuello, una parte del cuerpo especialmente musculosa y con una osamenta importante en la parte trasera. 

Chiburi. Ese brusco movimiento haría salir despedida la sangre que
impregnaría la hoja. A continuación se envainaba a espada
Y otra, porque la sangre se diluía en el agua, impidiendo que perjudicase al acero, cuando se hacía el chiburi (escurrir la sangre), un movimiento característico que habrán visto en las pelis de samurai. Consistía en un movimiento lateral, como si se diera un tajo al vacío, tras lo cual se giraba la espada colocando el filo hacia abajo, se golpeaba suavemente la empuñadura para eliminar todo resto de sangre y, finalmente, se envainaba. Lo cierto es que con esto del chiburi hay al parecer controversia como para hacer una enciclopedia en la que se debate sobre la traducción real, su utilidad práctica, etc. que, en todo caso, no vamos a tratar a fondo. Por lo tanto, nos limitaremos a mencionar que, como era habitual en la esgrima de esta gente, el chiburi era un movimiento previo al envainado del arma.

Escribiendo el yuigon
Pero antes de esto, el reo se inclinaba ante el kenshi, tenía unas palabras de agradecimiento hacia los guardianes y el asistente y se arrodillaba en el futon, un pequeño cojín blanco de unos 30 cm. de lado colocado sobre el tatami. A continuación recibiría la matsugo-nomizu, una taza de agua "del último momento" porque en semejante trance tendría la boca seca como un felpudo. A veces, en vez de agua se servía sake que, al igual que el agua, se servía en una taza sin esmaltar. El sake se servía también al revés, o sea, se sujetaba con la mano izquierda y se vertía con la derecha. Se vertían dos tragos, y luego otros dos que sumaban cuatro ya que cuatro, en japonés, se pronuncia shi, que es también la pronunciación de la palabra muerte. De verdad, el refinamiento y el retorcimiento de esta gente es la descojonación, ¿que no? Finalmente, escribía un yuigon, un breve poema o dedicatoria en plan poético o místico sobre lo banal de la existencia, lo guay que era palmarla por su señor o lo mal que le caía su cuñado.

Un ayudante coloca el sambo con el cuchillo ante el suicida
Bueno, tras toda esta parafernalia llegaba la hora de rajarse porque sino el personal se quedaba dormido de aburrimiento y, además, estas ceremonias se celebraban de noche por lo general. Para no quedar a oscuras, a cada lado del tatami se encendían dos lámparas colocadas sobre postes de bambú que, a su vez, se recubrían con una tela blanca. Igual era para darle un ambiente más cálido y confortable al entorno, quién sabe... El cuchillo era un tanto desprovisto de empuñadura, también para evitar que se arrepintiese y lo usase para escapar. No era frecuente que se permitiera usar el arma propia, privilegio que solo se concedía a personajes de rango muy elevado. El cuchillo para cometer suppuku debía tener una longitud de 0'95 shaku, unos 29 cm. en total contando la espiga de la hoja, y se presentaba envuelto en un trozo de sugihara, papel de seda, atado con un cordel por tres sitio y dejando a la vista solo 1'5 cm. de la punta. Si el crimen por el que el suicida había sido condenado era especialmente grave debía asomar el doble de esa longitud. Obviamente, era una mera cuestión de protocolo, como todo lo visto, porque al final se tendría que meter la hoja entera en las tripas.

El cuchillo se presentaba en un sambo, una pequeña bandeja de ofrendas con el filo hacia el condenado y la punta hacia su izquierda. Según la tradición, el suicida debía despojarse de la ropa dejando el tronco desnudo (ilustración de la derecha) si bien se fue dejando de lado esa costumbre para, simplemente, abrirse el kimono descubriendo solo el abdomen. En ese momento tomaba el  cuchillo y, a partir de ahí, no podía dudar ni un instante si no quería caer en la vergüenza absoluta. Sin la más mínima dilación debía colocar la punta y empujarla hacia el cuerpo como ya se explicó en la entrada dedicada a los tipos de corte. El kaishaku, que había permanecido durante el tiempo de los preparativos sin perder de vista al condenado por si hacía algo raro, levantaba la espada y esperaba a actuar siguiendo sus instrucciones o bien si el suicida decía la palabra "Kaishaku!", indicando que debía golpear sin más demora porque aquello dolía una cosa mala. Ya vimos como un ayudante diestro debía dejar un trozo de piel de la garganta sin cortar para que la cabeza oscilase hacia adelante a modo de postrera inclinación ante el kenshi y su ayudante, que en todo momento habían presenciado el suicidio sentados en sendos taburetes. 

El suicida ha caído hacia adelante, como mandan los cánones. El
kaishaku ya le ha separado la cabeza del cuerpo para proceder a
prepararla y dejarla debidamente aseada
Una vez cortada la cabeza, el kaishaku la separaba por completo del cuerpo y la colocaba sobre un pañuelo blanco doblado en forma triangular formando entre diez y veinte capas para empapar la sangre. Sujetando la cabeza por el pelo con la mano derecha y con la izquierda colocaba debajo del pañuelo, la presentaba al kenshi poniendo buen cuidado de que la punta del triangulo que formaba el puñetero pañuelo quedase mirando hacia el inspector. Si el suicida era calvo y no había por donde agarrarla usaba un kozuka, un pequeño cuchillito que solía acompañar a la katana, introduciéndoselo por el ojo izquierdo para mantener la cabeza en su posición. Una vez que el kenshi corroboraba que, en efecto, la cabeza ya no formaba parte de la anatomía del suicida, se colocaba junto al cuerpo en el ataúd junto con el trozo de papel que, llegado el caso, el kaishaku hubiese usado para limpiar su espada. 

Kozuka

Presentando una cabeza en conserva como muestra de que se ha consumado
el suicidio y el honor había quedado a buen recaudo
En caso de que el suicida fuese un personaje de categoría se enviaba la cabeza a la familia, para lo cual se lavaba, se peinaba y se perfumaba. Se le cerraban los ojos y, caso de que no se pudiera, se cosían los párpados con crin de caballo. Este ritual para preparar la cabeza recibía el nombre de kubi shozoku. Finalmente, se envolvía en una tela blanca y se colocaba en una caja cilíndrica. Por último, se enviaba el cuerpo al templo elegido por el condenado para que se celebrasen las exequias pertinentes.

El suicida ya ha terminado su poema de despedida. Tiene ante sí el sambo
y el cuchillo, así que solo queda darse matarile y adiós muy buenas
Bueno, criaturas, así era grosso modo el ceremonial del seppuku. Y conste que, por no alargarme, he omitido algunos detalles como las diferentes posiciones de la espada del kaishaku mientras esperaba el momento de golpear, que variaban según el rango del reo, o las diversas circunstancias permitidas para descargar el golpe definitivo, que contemplaba hasta diecinueve opciones diferentes que iban desde golpear en el momento en que el reo alargaba la mano para coger el cuchillo o cuando tiraba del sambo hacia él, hasta esperar a que completara los cortes y extraía el cuchillo de su cuerpo. Todo iba en consonancia con la entereza y la testiculina del condenado. Más aún, incluso se tenía en cuenta el tipo de calzado que debía usar el kaishaku según el tipo de suelo del recinto donde tendría lugar el suicidio Francamente, llega a ser mareante la meticulosidad que alcanzaban solo para que un fulano se rajase la barriga. Sin embargo, y como suele pasar incluso con las tradiciones más arraigadas, el seppuku empezó a degenerar en el sentido de que tanto los rituales previos como el mismo acto del suicidio perdieron poco a poco su ancestral rigor. Por citar algunos ejemplos, se llegó a cambiar el cuchillo por un simple abanico que le era presentado al reo en el sambo. En el momento en que éste cogía el abanico no le daba ni tiempo a echarse aire porque el kaishaku lo decapitaba. Esta modalidad de seppuku "light" era conocida como sensu-bara, "kara-kiri del abanico", o sea, una birria de suicidio. Otra variante birriosa era el mizu-bara, el "hara-kiri del agua" mediante el cual se colocaban ante el condenado dos tazas sin esmaltar, una sobre otra, en las que el reo vertía agua. Cuando la taza superior rebosaba y caía el agua sobre la inferior, era decapitado.

Bueno, s'acabó lo que se daba. Una última sugerencia: impriman estos artículos y se los obsequian a sus cuñados, que igual se entusiasman y ponen en práctica todo lo que hemos explicado.

Hale, he dicho

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