Mostrando entradas con la etiqueta Malvados. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Malvados. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de enero de 2022

BUCANEROS

 

Probos canallas carne de horca según un grabado obra de Howard Pyle aparecido en 1887 en la Harper's Magazine bajo el título "El saqueo de Panamá", "gloriosa gesta" perpetrada por estos indeseables que hicieron del latrocinio pseudo-legal su modo de vida

Por lo general, cuando salen a relucir temas sobre piratas que no estén relacionados con políticos y demás entes parasitarios, los términos bucanero, filibustero y corsario también salpican el debate como si fueran todos sinónimos. Bueno, pues no. Estos ciudadanos lo que tenían en común era básicamente que llevaban a cabo sus fechorías en el mar o en ciudades costeras, pero ahí acaban las coincidencias. Un pirata no es lo mismo que un bucanero, y un corsario no es lo mismo que un filibustero. Los únicos que podrían abarcar todas las categorías son los trepas que nos chupan la sangre desde el congreso, los parlamentos de las taifas, diputaciones, ayuntamientos y demás patios de Monipodio, pero el artículo de hoy no va de ladrones de guante blanco, sino de mangantes marítimos. Así pues, acomódense, sírvanse una copita de algún destilado de su elección y tomen buena nota de quiénes eran los bucaneros para, cuando echen por la caja tonta alguna peli de esas de los años 50 donde el capitán pirata es un guaperas que se lleva de calle a todas las chicas que secuestra, puedan planchar a sus cuñados con sus extensos conocimientos sobre ladrones navales con 3ª fase de hepatopatía alcohólica, vulgo cirrosis irreversible y, por ende, mortal.

Captura y posterior ejecución del pirata Eustaquio el Monje frente
a las costas de la isla de Sandwich a manos del almirante Hugh
de Burgh en 1217. Como vemos, la piratería no era nada nuevo

Si tomamos el término pirata como genérico para todo aquel que ejerce su vil latrocinio en el mar, entonces podemos decir que la piratería es más antigua que los balcones de palo. Desde hace siglos, estos chorizos náuticos han hecho de las suyas aprovechando que las naves cargadas de mercaderías estaban más indefensas que un ciudadano honrado en el congreso de los diputados. Eran presa fácil ante una tripulación nutrida por despojos humanos ávidos de riquezas sin tener que doblar el lomo para ganarlas como si de un ministro cualquiera se tratase, y aprovechaban la impunidad que otorga la inmensidad del mar para robar a su sabor, arrojar al agua a los atribulados mercaderes y los marinos de la nave expoliada y en el juzgado nos veremos dentro de un trillón de años. Los ladrones de secano siempre lo han tenido más difícil por razones obvias, y muchos acababan ejecutados a los dos minutos de haber caído en las garras de la autoridad. Hasta el gran César fue capturado por unos malvados acuáticos cuando tuvo que salir de naja de Roma por sus desavenencia con Lucio Cornelio Sila, teniendo que pagar un suntuoso rescate para ser liberado. En resumen, el atraco naval ha sido, y aún es como vemos que ocurre en aguas del cuerno de África, un modo de obtener jugosas ganancias con relativa facilidad.

Galeón español. Estas naves fueron las que durante mucho tiempo
nos dieron la supremacía marítima en todo el mundo
Sin embargo, hasta el descubrimiento del Nuevo Mundo la piratería tenía un campo de acción más limitado tanto en cuanto las zonas para ejercerla eran más reducidas. Pero la expansión de España y, posteriormente, de Inglaterra, Francia y Holanda (Dios maldiga a ese trío de bellacos) hacia la tierra donde manaba leche, miel y, sobre todo, oro y plata, permitió la proliferación de piratas hasta el extremo de dar lugar a una auténtica edad de oro del atraco acuático entre la segunda mitad del siglo XVII y principios del XIX, cuando el acoso de las armadas de las potencias de la época y la expulsión de sus otrora reductos cuasi inexpugnables les acabó presionando hasta que, finalmente, la carrera de pirata tenía menos salidas laborales que la de un biólogo con un doctorado en los hábitos de apareamiento del gorgojo. Sin embargo, esa época dorada que hemos mencionado no surgió por las buenas, sino como consecuencia de una serie de factores que iban más allá del mero afán de latrocinio de unos cuantos ladrones alcoholizados. El hecho palmario es que podrían haber sido enviados al fondo del mar en un periquete si el trío de bellacos antes mentado no los hubieran usado como instrumento para expoliar y minar el poder del creciente imperio español, y la infestación en las aguas del Caribe por parte de piratas de todo tipo fue apoyada descaradamente por las monarquías inglesa y francesa más la república de la Provincias Unidas de los Países Bajos, vulgo Holanda, para facilitar la implantación de colonias que les facilitasen tomar su parte del inmenso pastel que suponía el continente americano para las depauperadas arcas europeas, llenas de aire a causa de las interminables guerras que mantenían todos contra todos con tal de ser el que llevase la voz cantante.

Las islas del Caribe, donde durante décadas se coció el liderazgo
naval de España, Francia e Inglaterra

A medida que la expansión española por Tierra Firme, como los conquistadores llamaban al continente, fue aumentando, las islas caribeñas fueron dejadas de lado poco a poco. Al cabo, lo que importaba eran las minas de oro y plata para alimentar las menguadas arcas hispanas que, sobre todo tras la Guerra de los Treinta Años, estaban llenas de aire. Los continuos conflictos bélicos con Francia e Inglaterra, las revueltas en Flandes y el esfuerzo por mantener las posesiones de la corona de los Habsburgo en Italia contra el expansionismo gabacho costaban verdaderos ríos de oro. Por ello, aunque el descubrimiento colombino e inmediata ocupación se llevó a cabo en las Antillas, este cúmulo de islas no reportaban beneficios a la corona y su dominio implicaba un enorme gasto que, en aquel momento, España no podía arrostrar. De hecho, Cuba y Puerto Rico fueron a efectos prácticos las únicas que se conservaron en todo momento bajo control español y, en lo posible, bien guarnicionadas. Sin embargo, otras de menor tamaño o importancia como Jamaica, La Española, Bahamas y todo el archipiélago de las Antillas Menores habían sido abandonadas aunque su posesión nominal seguía siendo española... de momento. La realidad es que esas islas eran improductivas, solo valían para algunos tipos de cultivos, especialmente caña de azúcar y tabaco, y donde estaba de verdad la enjundia era en Tierra Firme con las inagotables minas de oro y plata de Méjico, Perú, etc.

Un boucannier con su mosquete y sus chuchos de caza

El fragante aroma de los metales preciosos llegó a Europa en menos tiempo que un cuñado pela un gamba, y no tardaron en acudir aspirantes a probos colonos huyendo de las guerras y la miseria del Viejo Continente. De ahí que durante el primer cuarto del siglo XVII comenzara un flujo, lento pero constante, de gente en busca de un lugar donde asentarse, y nada mejor para ello que estas islas desechadas por España donde no había otra ley que la que ellos quisieran imponerse, libres de servir como carne de cañón en los ejércitos de sus respectivos países y de verse libres de impuestos para alimentar el inmenso agujero negro que eran los erarios de sus monarcas, siempre endeudados para pagarse sus inacabables guerras. Naturalmente, tampoco faltaban los aventureros de todos los pelajes, fugitivos, y demás canallería europea con las cabezas pregonadas que veían más atrayente vivir en una isla mohosa que en una mazmorra para, finalmente, acabar siendo protagonista de cualquiera de los brutales sistemas de ejecución de la época o, en el mejor de los casos, simplemente colgados en cualquier encrucijada como aviso a los mangantes de la comarca.

Dos bucaneros despiezando unos cerdos salvajes cuya
carne ahumarán en el boucan que aparece en la imagen

Así pues, la población de estas islas se componía de desertores, marineros hartos de sentir el chasquido del rebenque en sus lomos, esclavos fugados y criminales de todo tipo. Uséase, un vecindario de lo más recomendable. Inicialmente se limitaban a ganarse la vida de forma pacífica plantando tabaco que luego introducían de contrabando en Cuba o Tierra Firme o, más frecuentemente, cazando los animalitos de la isla cuya carne ahumaban para venderla a las tripulaciones que pasasen por allí, obviamente gabachos, ingleses o cualquier otro que no fuera español ya que los hispanos, celosos propietarios de las islas, llevaban a cabo alguna que otra incursión para dejarles claro que el título de propiedad era nuestro, y que su presencia no solo era indeseable, sino también tóxica. Pero si los expulsaban, pues se mudaban a otra isla o volvían cuando pasaba el peligro ya que, como hemos dicho, España carecía de medios para mantener un control eficaz sobre tanta isla. De estos cazadores nómadas surgieron los bucaneros, palabro procedente de la lengua arawak usada por los nativos del Caribe, América Central y la parte septentrional de Sudamérica. Tras filetear a sus presas ahumaban su carne colocándola sobre una especie de caseta a modo de ahumadero llamada boucan, que los gabachos afrancesaron como boucannier por ser ellos los primeros en generar esta forma de vida cuando se asentaron en La Española, emblemática isla que, a pesar de ser la primera posesión castellana en el Nuevo Mundo, fue abandonada salvo algunos asentamientos en la costa sur junto a otras, como ya se ha explicado. La Española fue rebautizada por los gabachos como Santo Domingo y actualmente cohabitan en ella la República Dominicana y Haití.

Plantación de tabaco en una colonia francesa. El acoso español
obligó a muchos de estos colonos a abandonar los cultivos o la
caza para dedicarse al pillaje a tiempo completo

La existencia de los boucanniers era bastante básica. Cuando avistaba algún barco de bandera que no fuese española, montaban sus chiringuitos playeros de carne ahumada en las playas, donde los tripulantes llegaban para reponer víveres y hacer aguada. Su economía se ceñía ante todo al trueque ya que en una isla mohosa no hay donde gastar dinero, así que a cambio de su carne aceptaban armas y municiones con las que, además de cazar, intentaban de alguna forma defenderse de las incursiones españolas, otro tipo de alimentos como queso o salazones y, especialmente, ron, destilado sin el cual un probo canalla carne de horca se siente un poco bastante desamparado. Como vemos, la vida de los bucaneros no era especialmente apacible. Las poblaciones de estas pseudo-colonias estaban formadas casi exclusivamente por hombres, y no precisamente de lo más selecto de las sociedades de sus respectivos países. Ya podemos suponer que la necesidad de hembra con la que desfogar los humores viriles debía ponerlos especialmente irritables, y las reyertas y broncas serían bastante habituales. Si a eso sumamos el acoso a que los sometían las tropas españolas cada vez que les hacían una visita, es evidente que su existencia en sus lugares de origen debía ser asquerosísima para preferir la vida asquerosa que tenían que arrostrar.

Vista de la isla de Tortuga en la que podemos ver la posición del
fuerte de Rocher. Artillado con 40 bocas de fuego, convertían el
puerto en un lugar inaccesible para cualquier nave enemiga
No obstante a finales de la década de 1620 empezaron a hartarse de vegetar en La Española / Santo Domingo, roídos de miseria y viendo como su magras ganancias se iban al garete cada vez que un galeón español pasaba por allí, desembarcaban un contingente de infantes de marina y los obligaban a abandonar sus bohíos y escasos enseres para ocultarse en la selva hasta que se largaban con viento fresco tras meterle fuego a todo. Defender la isla de las visitas non gratas era misión imposible porque había demasiadas calas donde podían desembarcar sin problemas, y carecían del número de hombres suficientes para mantenerlas bajo vigilancia y, más aún, para su defensa. Era el momento de liar el petate y buscar un asentamiento más seguro. Este no estaba lejos, a apenas 7 km. al norte de La Española. Era la isla de Tortuga, un pedrusco abrupto y alargado que emergía del mar con una superficie de apenas 180 km² pero que ofrecía una ventaja superlativa a la hora de resguardarse: su costa norte era totalmente inaccesible ante un intento de desembarco, y solo había un puerto en el lado sur donde recalar. A partir de 1640, este puerto estaba defendido por el fuerte de Rocher construido por Jean le Vasseur, un ingeniero militar enviado por el gobernador de San Cristóbal. Por lo tanto, la orografía de la isla la convertía en una fortaleza natural donde los bucaneros podían dormir sus comas etílicos apaciblemente sabiendo que con sus escasas fuerzas podrían repeler las incursiones españolas, que por otro lado eran cada vez más escasas debido a la necesidad de tropas y dinero para sus guerras en la añeja y caduca Europa, donde no sabían vivir sin matarse unos a otros sin solución de continuidad.

Isla de La Española. La presencia hispana se limitaba a algunos
asentamiento en la costa sur. El resto pasó a manos de los bucaneros
hasta que lograron apoderarse de todo el territorio

Los bucaneros no tardaron mucho tiempo en darse cuenta de un detalle que podía cambiarles la vida de cazadores y contrabandistas al ver que gran parte del tráfico mercante español circulaba precisamente por las aguas situadas entre Cuba y Florida, un canal denominado el Paso de los Vientos. Por allí circulaban los barcos procedentes de San Agustín, Veracruz, Portobelo y Cartagena camino de La Habana, punto de partida hacia la Casa de Contratación de Sevilla, que por aquella época tenía el monopolio del tráfico con las posesiones de Ultramar y por donde pasaba hasta la última onza de oro y plata provenientes del Nuevo Mundo. Esos barcos, cargados hasta las trancas de lingotes de metales preciosos, de especias, maderas tropicales y mil y un artículos que eran importados por los mercaderes de la metrópoli, se convertirían en la nueva fuente de ingresos de estos probos canallas carne de horca. Obviamente, esa imagen de los bucaneros tripulando un poderoso galeón erizado de cañones es el enésimo camelo propalado por el cine. Los bucaneros, al menos en sus comienzos, no disponían de naves de porte para perpetrar sus latrocinios, así que optaron por medios a su alcance que, aunque aparentemente escasos, acabaron resultando más eficaces de lo que podamos imaginar.

Pinaza inglesa

Básicamente, la táctica usada por los bucaneros consistía en aprovechar la sorpresa, actuando con nocturnidad y alevosía contra los galeones mercantes que se les pusieran a tiro. Por lo general, formaban pequeños grupos embarcados en canoas o, a lo sumo, en pinazas provistas de artillería ligera en forma de cañones de pivote y poco más. Las pinazas eran embarcaciones muy marineras, capaces de alcanzar elevadas velocidades que les permitieran escapar de posibles perseguidores y sumamente maniobrables. Sus bodegas tenían capacidad para dar cabida a lo más suculento de los botines que trincaban de sus presas, y sus buenas cualidades en el mar les facilitaban salir echando leches hacia puerto seguro antes de que algún buque de guerra de la armada española pudiera ponerlos en aprietos. No obstante, lo más habitual era recurrir a pequeñas flotas de canoas a remo que, fácilmente, se aproximaban a los mercantes y, de forma inopinada, abordarlos, reducir a los tripulantes y saquear a fondo. Luego cargaban los bienes robados y se iban por donde habían venido o, si les interesaba, se apoderaban del galeón entero, lanzando sus víctimas al mar y artillándolo adecuadamente para usarlo en sus rapiñas navales. Lógicamente, a medida que los bucaneros iban capturando barcos también pudieron mejorar el potencial de sus flotas con naves de más tonelaje y mejor armadas para enfrentarse incluso a barcos de guerra.

A partir de ese momento se estableció una peculiar simbiosis entre los bucaneros y los gobernadores enviados por Francia y Holanda a sus pequeñas colonias en La Española / Santo Domingo y San Cristóbal (Saint Kitts según los gabachos) en el caso de los primeros, y la isla de San Martín en el de los segundos, ambas situadas en el extremo septentrional de las Antillas Menores. En el mapa inferior podemos ver la posición de estas islas, así como el reducto bucanero de Tortuga y Jamaica, que se convirtió en el primer asentamiento inglés en el Spanish Main, nombre que daban estos isleños a las posesiones caribeñas españolas.

Esas cuatro islas birriosas tuvieron en jaque a las posesiones españolas debido a la falta de medios para defenderlas adecuadamente. Solo cuando se pudieron trasladar hombres y armas al Nuevo Mundo se pudo poner coto a la tropelías de los bucaneros


Robert Venables (c.1613-1687)

Oliver Cromwell, el abyecto puritano que hizo rodar la cabeza de Carlos I y que ejerció una dictadura de manual bajo el ambiguo título de Lord Protector entre 1653 y 1658, apenas se hizo con el poder ya puso los ojos en las posesiones españolas de Ultramar. En 1655 envió una flota al mando del general Robert Venables para hacerse un hueco en el Caribe con vistas a que ese asentamiento fuese la cabeza de puente que serviría de trampolín a posteriores invasiones. El objetivo inicial fue La Española, de donde fueron rechazados. A continuación se dirigieron a Jamaica, una isla prácticamente abandonada, sin defensas adecuadas y cuya mínima población no podía hacer frente a los invasores, que se apoderaron de ella sin problemas. Una vez consumada la conquista de Jamaica, Venables volvió a Inglaterra dejando al mando de la isla a su inmediato subordinado, Robert Fortescue, que apenas tuvo tiempo de disfrutar del cargo porque palmó a los tres meses. Le sucedió Edward D'Oyley, que tras ostentar inicialmente el mando militar fue nombrado por Cromwell gobernador de la colonia, cargo que fue refrendado por Carlos II tras la restauración de la monarquía en 1660.

Un convoy de la Flota de Indias. Como salta a la vista, nadie se
atrevería a enfrentarse a ellos

Obviamente, D'Oyley tampoco se puede decir que estuviera en una posición privilegiada, rodeado de enemigos y asentado en una isla cuya ocupación no era nada rentable salvo por el hecho de estar en una posición de igualdad con los sempiternos enemigos de España: Francia y Holanda, formando así el trío de malvados envidiosos ávidos de apoderarse de los territorios que con tanto esfuerzo ganamos. Pero lo que estaba claro es que ellos tampoco disponían de tropas para atreverse a presentar batalla en Tierra Firme y a lo más que podían aspirar era a hostigar las naves que trasladaban mercancías a hacia España, porque las escuadras que transportaban los tesoros que generaban las minas continentales, o sea, la Flota de Indias, partía formando un convoy de naves mercantes fuertemente protegidas por galeones que las hacía prácticamente invulnerables, y solo algún barco despistado por una tempestad podía ser capturado por los buques enemigos que merodeaban por el Caribe. Sin embargo, sí podían capturar barcos civiles o atacar poblaciones costeras mal defendidas, esquilmarlos como a borregos y retornar a sus puertos en cualquiera de sus islas, donde se sabían a salvo de la armada española. ¿Y quiénes podían ser los más indicados para perpetrar estas fechorías? Exacto, los bucaneros.

Henry Morgan (1635-1688), uno de los bucaneros más famosos.
A pesar de su innoble oficio llegó a ser lugarteniente del
gobernador de Jamaica

Aunque Inglaterra, Francia y Holanda tampoco estaban precisamente en buenas relaciones y llevaban ya tropocientas guerras entre ellos, los unía un enemigo común, España, y la mejor forma de contar con la colaboración de estos probos canallas carne de horca era darles un leve barniz de legalidad a sus rapiñas concediéndoles patentes de corso que los convertían de facto en colaboradores de los gobiernos de sus respectivos países. La patente de corso o, como también se les llamaba, cartas de represalia, permitía a estos bellacos a hacer de las suyas y, a cambio de un porcentaje de lo obtenido en sus botines, les ofrecían protección en sus puertos. Obviamente, un bucanero gabacho no podría atacar una nave de los british, ni un british podía robar en un barco holandés, pero todos podían asaltar a mansalva los barcos que iban por sistema repletos de mercaderías valiosas, los españoles. De ese modo surgieron dos grupos principales de bucaneros. Por un lado, los gabachos asentados en Tortuga y en la zona occidental de La Española y, por otro, los british de Jamaica, concretamente en Port Royal, donde eran bienvenidos por los mercaderes y traficantes isleños cuando volvían de perpetrar alguna de sus fechorías.

No obstante, y a pesar de gozar de los privilegios que les daban las patentes de corso, los bucaneros nunca aceptaron la autoridad de nadie que no fuera ellos mismos. Los frères de la côte gabachos o brethren of the coast (hermanos de la costa en ambos idiomas) tenían sus propias reglas y, de hecho, solo aceptaban de buen grado la autoridad de los capitanes en cuyos barcos se enrolaban. Durante dos décadas, el Caribe se vio infestado por estos mangantes navales que no pararon de abordar barcos y saquear poblaciones, siempre amparados por las patentes de corso que les darían refugio para gozar de lo ganado y preparar nuevas incursiones. Pero no les duró mucho el chollo porque la existencia de los bucaneros estaba supeditada a la política de los países que los protegían, y si hay algo cambiante en este mundo son las filias y las fobias de los gobernantes, que giran como veletas cuando el viento favorable cambia de dirección. 

Saqueo de Veracruz a manos de bucaneros gabachos en 1683
Los bucaneros ingleses se vieron en el paro tras la firma en 1670 del Tratado de Madrid por el que España reconocía la posesión inglesa de las islas de Jamaica y las Caimán, acordando que ningún navío de ambas potencias se adentraría en aguas ajenas salvo en caso de necesidad y, por supuesto, se daban por terminadas las agresiones en uno u otro sentido. Los más renombrados capitanes bucaneros ingleses como Henry Morgan, John Coxton o Edmond Cooke se la tuvieron que enfundar porque Port Royal le cerró las puertas, así que solo les quedaban dos opciones: ponerse al servicio de los gabachos o hacer un máster de piratería, oficio que empezaría a ganar popularidad entre esta gentuza que no sabían ganarse la vida honradamente y, en este caso, no se veían limitados a robar solo a España, sino a todo bicho viviente. Los gabachos, gracias a las malas relaciones entre Francia y España, pudieron alargar su vida operativa un par de décadas más en las que los gobernadores de Santo Domingo no dudaron en seguir usándolos para saquear a mansalva los principales puertos caribeños como Maracaibo, Veracruz o Campeche. Pero, al igual que sus colegas ingleses, vieron la llegada de su ocaso en 1697 tras la firma del Tratado de Ryswick, que permitió que las potencias europeas pudieran descansar un poco de tanta matanza. Obviamente, los bucaneros gabachos vieron también cómo se les terminaba el momio, así que tuvieron que cambiar sus privilegios de corsarios por la ajetreada vida de piratas. Resumiendo: los bucaneros ya eran historia.

Bueno, sirva este articulillo para desmontar mitos y leyendas sobre estos fulanos que, como hemos visto, tuvieron en realidad una existencia bastante más breve de lo que se suele imaginar, apenas 70 años de los cuales solo 50 fueron de verdadera expansión para, finalmente, desaparecer en el momento en que las mismas potencias que los ayudaron a crecer les retiraron su apoyo. Como ya sabemos, su siguiente paso fue la piratería, pero eso ya es otra historia, y en ese caso el enemigo no era solo España, sino todas las potencias coloniales de la época ya que sus barcos podían ser abordados en cualquier parte del mundo, y ningún mercante estaba a salvo de ser víctima de estos perros del mar, como los llamaban los españoles.

En fin, ya sabemos quiénes eran los bucaneros, cómo surgieron y cómo fue su ocaso. En otro artículo ya entraremos en más detalles sobre las andanzas de estos personajes. Debo decir que me ha costado la propia vida dar término a esta historia porque hace unos días me provoqué un desgarrón muscular en el bíceps izquierdo que me ha puesto el brazo como el de Chuarcheneguer en sus mejores tiempos de "Acabator" y aún duele de cojones, así que igual me demoro un poco para continuar esta entrada hasta que termine de recomponerse la parte afectada, que luce un hematoma como nunca en mi vida he visto, juro a Cristo.

Bueno, ya'tá.

Hale, he dicho

Pinaza francesa. Estos pequeños pero ágiles y veloces barcos eran ideales para abordar mercantes desarmados. De hecho, la mayoría de las fechorías perpetradas por esta gentuza fueron llevadas a cabo con naves de este tipo, de la misma forma que los piratas somalíes actuales se apoderan de un mercante de varias decenas de miles de toneladas con una lancha provista de un motor fuera borda y media docena de melaninos armados con AK-47

domingo, 15 de noviembre de 2020

CARCANO 1891/38, EL ARMA QUE MATÓ A KENNEDY

 

¿Quién no conoce esta icónica imagen? Fue tomada junto a otra más por Marina Oswald en el patio de su casa en la calle Neely, en Dallas, con una cámara réflex Imperial a petición del controvertido Lee Harvey Oswald, que según la mentalidad yankee fue el más despiadado asesino del mundo superado solo por Caín y el más villano del planeta solo por debajo de Judas Iscariote. En la foto aparece empuñando el fusil Carcano con que escabecharía al amado y odiado JFK el 22 de noviembre de 1963 desde el sexto piso del almacén de libros escolares de Dallas donde curraba el asesino. En la cadera derecha se atisba el revólver Smith&Wesson modelo Victory en calibre .38 Special con el que liquidó al probo agente Tippit apenas 45 minutos después de perpetrar el atentado más famoso del siglo XX. No creo que haya habido un crimen que haya hecho correr más tinta y haya dado lugar a más documentales y películas, para no hablar de las mil y una teorías sobre supuestas conspiraciones que empezaron a tenerse en consideración cuando el fiscal de distrito de Nueva Orleans Jim Garrison, que fue llevado a la pantalla grande por Kevin Costner en la peli de Oliver Stone "JFK", procesó a Clay Laverne Shaw, un renombrado empresario y al parecer miembro de la CIA que, según sus indagaciones, podría estar implicado en un tremebundo complot y cuyo proceso acabó en agua de borrajas. Se han hecho tropocientas simulaciones de la secuencia de los tres disparos, cienes y cienes de pruebas balísticas, se ha calculado la posición de Júpiter en el momento del crimen por si podía haber ejercido alguna influencia chunga en Oswald e incluso se ha estudiado cuántos gorriones había en el momento del atentado sobre la plaza Dealey por si alguna cagadita volátil pudo afectar la trayectoria de la famosa "bala mágica" y, tras atravesar el cuello de Kennedy, producir tres heridas al gobernador de Tejas. Pero, a pesar de ello, al día de hoy la verdad oficial la sigue ostentando el tocho con las conclusiones de la archifamosa comisión presidida por el entonces presidente del Tribunal Supremo Earl Warren, así que nos ceñiremos a dichas conclusiones y que cada cual piense lo que le de la real gana. Pero antes de llegar al crimen habrá que empezar por el origen del arma asesina, digo yo... ¿o no?

Salvatore Carcano (1827-1903)
Lo último que podía imaginar Salvatore Carcano cuando correteaba por las calles de su Bobbiate natal era que su apellido quedaría eternamente unido a uno de los magnicidios más famosos de todos los tiempos. Carcano, que con apenas diez años se había quedado sin padre y tuvo que dejar de ir a la escuela para ponerse a currar, pasó una farragosa juventud a raíz de los conflictos que acabaron derivando en la unificación de Italia. Con 21 años se alistó en la Artillería Lombarda y, aunque carente de estudios, nuestro hombre debía tener un talento natural para la cosa mecánica porque solo unos meses más tarde, en enero de 1849, se unió al ejército del Piamonte como técnico en reparaciones de artillería. Ciertamente, era uno de esos hombres con una inteligencia innata que les permite desmontar un carro de combate con una llave del 10-11 y volverlo a montar sin mirar siquiera las instrucciones, porque en sus ratos libres se dedicó a inventar los chismes más variopintos, desde trampas para ratones a extintores de incendios automáticos o sistemas de iluminación por gas o electricidad, lo que le valió tras concluir su periplo militar tres años más tarde para entrar en la Regia Manifattura d'Armi di Torino (Real Fábrica de Armas de Turín), donde no tardó en alcanzar el grado de maestro de primera clase. Pronto demostró que su inventiva iba mucho más allá de diseñar ratoneras, porque desarrolló maquinaria para fabricar cañones de fusil, bayonetas e incluso sistemas de retrocarga para armas ligeras.

.577/.450 Martini-Henry comparado con un .303 British.
El de la izquierda, con un proyectil de 480 grains y carga de
pólvora negra, da una energía de 2.630 julios. El de la 
derecha, con un proyectil de 150 grains y carga de cordita,
3.463 julios. Conclusión: el gordo acojona más
pero mata menos que el canijo
Recordemos que a partir del tercer cuarto del siglo XIX tuvo lugar una verdadera explosión de creatividad que permitió dejar atrás las vetustas armas de avancarga por las de retrocarga, que mataban más y mejor, así como la reducción de sus calibres gracias a la invención de la pólvora sin humo. Si alguien no capta qué tiene que ver eso de los calibres pequeños con el tipo de pólvora, se resuelve con una facilísima ecuación: pólvora negra de combustión lenta +  proyectil pesado = energía cinética suficiente para matar. Pólvora sin humo de combustión rápida + proyectil ligero = energía cinética suficiente para matar. Si la energía cinética se obtiene de la masa por la velocidad al cuadrado dividido por dos, o sea, Ec = 0,5 x (m x v²), pues tenemos que si el propelente imprime al proyectil poca velocidad, este tendrá que ser pesado para obtener una energía cinética adecuada. Si por el contrario el propelente arde tan rápido como para impulsar el proyectil a gran velocidad, pues no hace falta que sea pesado porque la velocidad compensa su falta de masa. ¿Qué tenía de interesante eso de usar calibres más pequeños? Principalmente, que el soldado podría portar una dotación de cartuchos tres o cuatro veces mayor y, no menos importante, los cañones no se ensuciarían tanto ni precisarían de una limpieza constante del ánima para mantenerlos en buen estado, aparte de obtener una precisión y un alcance mayores. Pero bueno, no quiero enrollarme con esto más que lo justo para que los que desconozcan estos detalles se pongan al día, así que volvamos a la  vida y milagros del probo italiano.

Salvatore Carcano en su vejez
La carrera de Carcano fue tranquila pero en constante ascenso, siendo promocionado cada vez a puestos de mayor responsabilidad. En 1854, el conde de Cavour, uno de los principales artífices de la unificación, le encargó la fabricación de 50.000 cañones estriados para fusil a fin de que el reino de Cerdeña (Italia aún no existía) pudiera participar en la Guerra de Crimea en igualdad de condiciones que sus aliados: Francia (Dios maldiga al enano corso), Inglaterra (también a Nelson, naturalmente) y Turquía (y a los malditos agarenos también, qué carajo). Pero era evidente que el camino a seguir no estaba en reciclar armas obsoletas, y menos cuando los enemigos naturales de Italia eran los prusianos y, sobre todo, los austriacos. Al cabo, algunos territorios del país que iba surgiendo de la unificación formaron parte del Sacro Imperio y, posteriormente, el nordeste de la nueva nación- el Véneto- estaba bajo el dominio del imperio Austro-Húngaro. Y el problema era que los prusianos ya habían adoptado el nuevo sistema de aguja con su flamante Dreyse, y la eficacia de las nuevas armas quedó demostrada cuando los belicosos prusianos les dieron las del tigre a sus primos austriacos en la batalla de Sadowa, librada el 3 de julio de 1866 en el contexto de la guerra de las Siete Semanas, un breve pero intenso debate que sirvió para dejar clara la hegemonía prusiana de cara a la reunificación de Alemania. 

Fusil de aguja mod. 1860-67 obtenido de la unión del fusil de avancarga
modelo 1860 y el cerrojo patentado por Carcano en 1867
En dicha batalla se llevaron la palma con un porcentaje de bajas de cuatro a uno a favor de los tedescos, despejando por completo las dudas acerca de la eficacia del sistema de aguja cargándose a 40.000 austriacos de una tacada. Por otro lado, los gabachos también habían adoptado el Chassepot aquel mismo año, así que no  les quedaba más remedio que mandar a paseo a su vetusto armamento si no querían ser barridos del mapa en la primera batallita decente que se organizase. 
Apenas un mes más tarde de la sonada escabechina de Sadowa se formó la comisión de turno, como no podía ser menos, para ir buscando el relevo a su desfasado arsenal, si bien la idea era optar por una solución de circunstancias ya que las arcas del nuevo país contenían más aire que oro. O sea, en vez de diseñar y fabricar un arma nueva, reciclar las que ya tenían, concretamente el fusil de avancarga modelo 1860. Obviamente, la culata, guarniciones y el cañón podían ser aprovechados, así que solo habría que idear un sistema para adaptarles un mecanismo de retrocarga de aguja, todo ello sin que el costo de la modificación superase las diez liras. 

Aspecto del cerrojo cerrado y abierto. En la foto inferior se aprecia la
fina aguja que percutía el pistón del cartucho. La aleta situada en la
parte trasera era el sistema de seguro, bastante eficiente por cierto.
En el guardamontes, delante del gatillo, vemos el pulsador que
permitía extraer la cabeza del cerrojo. La parte trasera se sacaba
presionando el gatillo
El cerrojo elegido fue el Doersch-Baumgarten alemán que montaba el fusil 1861, pero el método seguido para unirlo al fusil italiano resultó bastante deficiente, sobre todo debido a las fugas de gases que se producían por un mal ajuste al arma receptora del nuevo cerrojo, así como por las grandes cantidades de residuos del pólvora que se acumulaban en los mecanismos. 
Y aquí intervino de nuevo el ingenio de Carcano, que llevó a cabo una serie de modificaciones en el cerrojo que eliminaron los problemas iniciales y permitiendo la puesta en servicio del que sería el Fucile di Fanteria modello 1860/67, del que se fabricarían inicialmente 18.000 unidades. El arma en cuestión disparaba un cartucho que contenía una bala de nada menos que 17 mm. con un peso de 555 grains impulsada por una carga de 69,5 grains de pólvora negra con la que obtenía una Vo de 316 m/seg. que, a su vez, proporcionaba una energía de 1.797 julios. Como vemos, estos calibres con aspecto de abatir a la primera a un elefante picado de tábanos no eran tan contundentes como su aspecto podría sugerir. Por lo demás, este nuevo cerrojo, patentado aquel mismo año, se conoció ya con el nombre de su creador, y sirvió de base para el futuro fusil 1891. Por lo demás, el invento no solo le proporcionó una gratificación bastante generosa, sino también el ascenso a inspector jefe de 1ª clase de su amada fábrica de Turín, donde desarrolló toda su carrera.

El Remington pontificio. En los detalles podemos ver el cartuchos que
disparaba, así como el punzonado con el emblema del Vaticano
Sin embargo, y como ya sabemos, la vida operativa del sistema de aguja fue bastante breve. Los cartuchos de papel eran muy sensibles a la humedad, las agujas se rompían una cosa mala y la obturación de los cerrojos no era todo lo estanca que debía. Por otro lado, las vainas de latón eran las que claramente tomaban ventaja al permitir fabricar una munición que podía lloverle, ensuciarse con barro, vísceras o sudor sin que se viese afectada. Bastaba limpiarla o secarla antes de introducirla en el arma para que funcionasen, así que no pasó mucho tiempo para que los Dreyse, Chassepot, Carcano y demás inventos revolucionarios de anteayer cayeran en la obsolescencia. En el caso de los italianos, lo tuvieron claro en 1870, apenas tres años después de la entrada en servicio del nuevo fusil, cuando el V Cuerpo de Ejército al mando del general Raffaele Cadorna entró en Roma y se enfrentaron con las tropas pontificias, armadas con el Remington Rolling Block de calibre 12,7
x45R Pontificio (la coletilla era de una obviedad palmaria), el mismo modelo que tan brillantes servicios prestó en el ejército español y que dejó un poco preocupado a los italianos porque el armamento papal le daba veinte vueltas a sus Carcanos de aguja.

En la foto superior vemos el Vetterli-Bartoldo, y en la inferior el
Vetterli-Vitali, un arma mucho más conocida por todos
Nueva comisión al canto que, finalmente, se decidió por el fusil suizo Vetterli modelo 1870, un arma de cerrojo monotiro de calibre 10,35
x47R.  Con todo, nada más adoptar el arma ya se planteó modificarla para obtener de ella un fusil de repetición como Dios manda, así que el capitán de ingenieros Giovanni Bertoldo y el capitán de artillería Giuseppe Vitali empezaron a buscar una solución aceptable al problema. Tras diseñar ocho versiones diferentes, el resultado final fue el modelo 1870/82, una carabina provista de un cargador tubular para nueve cartuchos diseñado por Bartoldo  que solo fue adoptada por la Regia Marina. Vitali, por el contrario, optó por un cargador de petaca para cuatro cartuchos que fue adoptado por el ejército y que fue denominado como Vetterli-Vitali 1870/87.

Paul Vieille (1854-1939). El primer cartucho que usó su nueva
pólvora fue el 8x50R para el fusil Lebel modelo 1886
Pero en esta ocasión Italia también llegó un poco tarde, porque en 1884 el gabacho
Paul Marie Eugène Vieille inventó la pólvora de base nitrocelulósica que permitió olvidarse de los calibres elefantiásicos para dar paso a municiones mucho más ligeras pero, como hemos visto, mucho más letales. Pero en esta ocasión, antes de diseñar una nueva arma decidieron buscar en primer lugar qué calibre sería el más adecuado. Tedescos y austriacos se habían decantado por el 8 mm., así que prefirieron uno inferior que permitiría a las tropas aumentar la dotación de cartuchos. Las opciones iniciales eran de 6 y 6,5 mm. La decisión final la tendría la Comisión de Armas Ligeras dirigida por el general de artillería Gustavo Parravicino y convocada en la Escuela de Tiradores de Parma. En la fábrica de Brescia se prepararon dos cañones de ambos calibres cuya munición, inicialmente con reborde, usaba balistita como propelente, pero los resultados no pudieron ser peores debido a la erosión que producía en los cañones, así como su inestabilidad ante los cambios bruscos de temperatura. Así pues, se desechó y se cambió por solenita, un propelente tubular hueco similar a la cordita usada por los british. Finalmente, en abril de 1889 se acabaron decidiendo por el calibre 6,5 con una bala de plomo con camisa de una aleación de cupro-níquel al 15%. Para no alargarnos más en este aspecto, comentar solo que tuvieron infinidad de problemas debido a que no daban con un paso de estrías adecuado, lo que producía un desgaste excesivo en el último tramo del ánima, así como desprendimiento de la camisa. Una vez solucionado, más o menos, toda esta serie de problemas, era la hora de buscar el fusil.

El Arsenal de Turín actualmente
El 31 de diciembre de 1891 se realizó una convocatoria para seleccionar la nueva arma. De todas las fábricas estatales solo se presentaron las de Turín, Terni y Torre Annunziata. Turín presentó un millar de unidades designadas por la comisión como Tipo nº 1; Terni y Torre Annunziata, otro millar entre ambas que fueron designadas como Tipo nº 2, siendo todo el material enviado a seis regimientos para someterlos a pruebas, durante las cuales se decidió sustituir la vaina con pestaña por una sin reborde sugerida por Luigi Scotti, de la Fábrica de Municiones de Bolonia, lo que obligó a modificar los cerrojos para la nueva vaina. Tras efectuar las pruebas oportunas con el nuevo cartucho, cuya denominación final fue de 6,5
x52 mm., el 5 de marzo de 1892 la comisión aprobó definitivamente el modelo presentado por la fábrica de Turín, o sea, el diseñado por Carcano, que fue oficialmente aceptado en el Acta Ministerial Nº 59 de fecha 29 de marzo. Por fin, tras un larguísimo embarazo, había nacido el germen del arma que acabaría con la vida del trigésimo quinto presidente de los Estados Juntitos. En cuanto a nuestro hombre, recibió una jugosa gratificación por sus méritos y en 1896 se retiró con el rango de jefe técnico principal de 1ª clase. Palmó en Turín en 1903.

No obstante, aún hubo que hacer un pequeño cambio porque Carcano había diseñado un sistema de carga basado en el de Mauser, que salía excesivamente caro de fabricar. Por ello, se prefirió adoptar el sistema de Mannlicher, al que se le pagó la suntuosa cifra de 300.000 liras como royalty, el equivalente aproximado a 1.300.000 dólares de nuestros días. El sistema Mannlicher era en realidad más cómodo y eficiente que el de Mauser. El primero funcionaba mediante clips se seis cartuchos que solo había que introducir en el cargador, mientras que el de Mauser era a base de peines de cinco cartuchos que había que colocar en una ranura del cajón de mecanismos, empujar la munición hacia el cargador, retirar clip del peine y, finalmente, acerrojar el arma. Veamos con detalle el sistema Mannlicher para comprobar que, en efecto, era más eficiente aparte de permitir un cartucho más. Antes de nada, una observación: 
los clips se fabricaron tanto de latón como de acero estampado y no se podían recargar a mano porque se doblaba la chapa. En teoría eran desechables, pero los que se podían recoger eran enviados a las fábricas de municiones para reutilizarlos en munición de fogueo o de entrenamiento. Para distinguirlos de los nuevos se les troquelaba una cruz. Aclarado esto, prosigamos. 

Figura A: Vemos el clip introducido en el cargador. Queda sujeto por el retén (flecha blanca) cuya uña se introduce en cualquiera de las muescas que vemos en la parte trasera (foto del detalle superior), por lo que no tenían derecho ni revés. Este retén se usaba solo cuando se quería extraer un clip sin gastar, ya que si se agotaba la munición caían por una ventana de expulsión situada bajo el cargador (foto de la derecha). Al introducirlo se comprime la teja elevadora (flecha roja), y a continuación se acerroja el arma, introduciéndose el primer cartucho en la recámara.

Figura B: Ya hemos gastado tres cartuchos. La teja elevadora va ascendiendo, empujando la munición por la acción del resorte marcado con la flecha verde.

Figura C: Los seis cartuchos se han disparado. Al introducir el último en la recámara, el clip sale por la ventana de expulsión y cae solo. Una vez disparado ese último cartucho se abre el cerrojo, se introduce un clip lleno, se acerroja y el arma queda lista de nuevo para abrir fuego. Como creo que es evidente, es un sistema más rápido que el de Mauser.

Fusil Carcano modelo 1891, el padre de la saga
Bien, esta fue la génesis del Carcano que, por cierto, es frecuente verlo nombrado erróneamente como Mannlicher-Carcano por el sistema de carga, o incluso como Carcano-Parravicino por el general que, como vimos antes, presidió la comisión para elegir el cartucho, pero que no tuvo nada que ver con el diseño del fusil. Su nombre es Carcano a secas, con el añadido del año y del tipo de arma, fusil o carabina, pero nada más. A lo largo del tiempo fueron surgiendo diversas variantes para artillería y caballería y una versión para truppi speciali, abreviado como TS que, en realidad, no se refería a unidades de élite, sino a las que por su cometido no precisaban del fusil largo normal, sino de uno más corto. Igualmente, se fabricaron en calibre 7,35
x51 y hasta en 8x57 mm. Mauser, pero hoy no toca hablar de la historia de los Carcano, sino del que se usó para escabechar a Kennedy. Así pues, el que nos ocupa y que veremos a continuación fue el Fucile Corto modello 1891/38, variante que ha dado pie a muchas confusiones por parte de los cuñados ahítos de documentales pero que no se aclaran porque afirman que el arma homicida fue el muy parecido Moschetto TS modello 38

¿En qué se diferencian? Veámoslo. En la foto de la derecha tenemos tres modelos, cada uno de ellos con su identificación. El de abajo es el que usó Oswald y que se conserva en los Archivos Nacionales yankees. El de arriba es el Moschetto 38 TS, que es el que se suele prestar a más confusión, y el del centro es el modelo 91/24, una variante creada para aprovechar los cañones con el estriado desgastado por el final del ánima, por lo que se recortaban y se convertían en mosquetones. Bien, no hace falta ser un Sherlock Holmes para captar las diferencias, pero por si alguno no las ve las he señalado: las alzas y los engarces de las bayonetas son distintos, por lo que no hay lugar a dudas. Además, el cañón de los erróneos tienen una longitud de 455 mm. en el TS y de 452 mm. en el 91/24, mientras que el del 91/38 es de 536 mm. Finalmente, observemos las bayonetas. La A era para el 91/24, la B para el TS, y la C para el 91/38, un curioso modelo de daga-bayoneta plegable que podía llevarse siempre engarzada en el cañón. Así pues, y para que ningún cansino nos suelte el rollo de turno, la respuesta es más que evidente: el arma que usó Oswald fue un Fucile Corto modello 1891/38 y punto.

Este fusil surgió a raíz de la necesidad de armas largas surgida en Italia cuanto entró en guerra en 1940. Sus mecanismos son exactamente iguales a los del viejo modelo 91, y por señalar solo las diferencias y así acabamos antes, aparte de tener un cañón más corto la palanca del cerrojo se dobló en codo como las carabinas fabricadas anteriormente, y lo más peculiar era su alza fija a 300 metros (foto de la izquierda). Aunque parezca un atraso, en realidad tenía bastante lógica. Esas miras de fusil graduadas hasta dos kilómetros carecían de sentido en una guerra moderna, donde se combatía a distancias mucho más cortas. Considerando la trayectoria tensa del 6,5
x52, si apuntamos a un objetivo situado a solo 50 metros la bala impactará como mucho unos 5 cm. por encima del punto señalado, y si lo hacemos contra un objetivo a 400 metros impactará a menos de 15 cm. por debajo. Es decir, que en cualquier caso el fulano que recibe el balazo queda listo de papeles, y en este fusil en concreto no hablamos de un arma superguay para aliñar enemigos a kilómetro y medio, sino para producir bajas a distancias por lo general de no más de 100 o 150 metros.

Pinchar para verlo a tamaño real
Bien, así fue como se gestó el arma asesina. El modelo 91/38 en cuestión se fabricó durante los años 1940 y 1941 en las fábricas de Terni (514.800 unidades) y Gardone Val Trompia (66.000 unidades), y únicamente a lo largo de 1940 en la Beretta (40.000 unidades) y en Brescia (40.000 
unidades), por lo que se alcanzaron un total de 660.800 ejemplares que, tras la guerra, tuvieron los destinos más dispares, entre ellos ir a parar a las empresas dedicadas a la adquisición de surplus militares. En este caso, una partida de Carcanos de al menos dos modelos fueron a parar a la Crescent Firearms Co. de Nueva York, que a su vez vendió un lote a la firma Klein's Sporting Goods Co., de Chicago. Fue un anuncio de esta última publicado en el número de febrero de 1963 de la revista "American Rifleman" el que marcaría el comienzo de la gestación del atentado. Como se puede ver, ofrecían una "carabina italiana de 6,5" sin especificar el modelo por el módico precio de 12,88 dólares con la opción de servirlo con un visor de 4x18 por solo 7,07 dólares, lo que subiría el precio total a 19,95 dólares. Además, ofrecían 108 cartuchos con sus correspondientes clips por solo 7,50 dólares y poder así pegar unos tiritos con los colegas. A todo ello habría que añadir 1,50 dólares por gastos de envío.

Pero, si se fijan, el arma que aparece en el anuncio no era el Fucile Corto Modello 1891/38 (foto B), sino el Moschetto Modello 1891/24 (foto A) que hemos mencionado antes. ¿Por qué lo cambiaron? No se sabe. Posiblemente se agotaría el que aparece en el anuncio y empezaron a servir el otro. Total, ambos eran una "carabina italiana", y por menos de 13 dólares tampoco se quejarían muchos. Si vemos el Garand M1 que aparece encima, cuesta 89,95 pavos, así que el Carcano lo ofrecían a un precio irrisorio. De hecho, era un arma que había cosechado muy mala fama cuando, en realidad, sus estándares de producción eran más que aceptables para ser un arma militar. Parece ser que el origen de la leyenda de arma poco fiable e imprecisa se debió a lotes de munición con cargas y proyectiles diferentes, lo que impedía hacerse con un control adecuado del arma. Sea como fuere, lo cierto es que no gozaba de prestigio. Sin embargo, fue la elegida por Oswald. ¿Por qué, si un poco más arriba aparece un magnífico Springfield 1903 del 30-06, un calibre mucho más potente, por 36,38 dólares?

Las razones pudieron ser muchas, desde algo tan simple como que Oswald estuviera tieso en aquel momento o, tal vez, porque el Carcano se ajustaba más a sus planes. Era un arma pequeña, de solo 102 cm. de largo, lo que permitía ocultarla o llevarla encima sin llamar la atención. De hecho, cuando transportó el arma el día del atentado la envolvió en papel diciendo que eran barras de cortina. Su calibre era suficiente para dejar seco a cualquiera y su visor, aunque bastante cutrecillo, de esos de marca blanca bajo la firma "Optics Ordnance Inc." de Hollywood y fabricado en Japón, tenía unas características que lo hacían perfecto para disparar sobre un blanco móvil a menos de 100 metros. Sus cuatro aumentos permitían una rápida toma de miras tras cada disparo, y sus 18 mm. de foco le daban un campo de visión muy amplio, lo que facilitaba la adquisición de un objetivo en movimiento. De hecho, los visores más adecuados para montería, aparte de los pijos que prefieren lucir un Zeiss de 3.000 pavos con un foco de 40 mm., son los de 22 mm. ya que son los más idóneos para enfilar a un bicho que galopa entre la maleza abarcando un amplio campo visual, que en los visores se reduce a medida que aumenta el diámetro del foco. 
Así pues, el 13 de marzo de 1963, la Klein's recibió el cupón de la revista (foto de la derecha) con un pedido a nombre de un tal A. Hidell-uno de los muchos alias que usó Oswald-, de 28 años de edad, y como dirección de envío el apartado de correos 2915 de Dallas. Junto al cupón iba un comprobante del giro postal efectuado el día anterior por un importe de 21,45, o sea, el precio del arma con visor más los gastos de envío. El día 20, la Klein's envió por correo el Carcano 91/38 con número de serie C2766 que permitiría al malvado entre los malvados perpetrar la más vil fechoría desde que Adán mordió la manzana.

El archicanalla espera que el vehículo presidencial tome la curva
de la calle Elm para enfilar la calle Houston, momento en que
abrirá fuego. Son las 12:30 horas
No vamos a redundar en el atentado en sí porque creo que, salvo las tribus amazónicas, todo el mundo se sabe de memoria cómo se llevó a cabo. Solo señalar que la Comisión Warren, así como otros muchos investigadores independientes, realizaron mil y una pruebas para corroborar si Oswald habría sido capaz de efectuar tres disparos en un tiempo que se calcula entre 4,8 y 7,1 segundos (tomando como válido un tiempo de 3 segundos para repetir cada uno y considerando que para el primero ya tenía el arma cargada) y que, encima, uno de ellos fuese casi perfecto ya que acertó en la base posterior del cuello, por lo que es obvio que apuntaba a la cabeza, mientras que otro fue un disparo profesional. Acertar en la cabeza a un blanco en movimiento- según la medición de la velocidad de la película Zapruder, el coche iba a 18 km/h en el momento fatal-, situado a unos 80 metros de distancia y desde una cota superior no era cosa de novatos (la diferencia de altura cambia el punto de impacto, lo que el tirador debe tener en cuenta para corregir la puntería). No se sabe qué fue del tercer disparo que falló, ni en qué orden salió del arma si bien el gobernador Connally afirmó haber oído un disparo sin que ocurriese nada, y fue el segundo el que lo hirió. En todo caso, lo cierto es que los testimonios de los testigos fueron absolutamente dispares, cada cual escuchó uno, dos, tres y hasta seis disparos, y ni siquiera se pusieron de acuerdo en el orden de los mismos respecto a las heridas.

Así debió ser lo que Oswald vio por su visor japonés de 7 dólares cuando
acertó a Kennedy en el cuello y, de paso, producir tres heridas a Connally
Otra de las muchas controversias surgidas tras el atentado para alimentar las teorías conspiranoicas fue precisamente la supuesta incapacidad de Oswald para realizar dos disparos muy buenos con un solo fallo, una hazaña propia de un francotirador. Se ha repetido la escena por los mejores tiradores yankees tanto del ejército como de la Asociación Americana del Rifle y, en realidad, es imposible probar algo tan relativo. Durante su periplo militar, Oswald fue debidamente adiestrado en tiro por instructores cualificados, y sus puntuaciones, sin ser excepcionales, estaban en el límite inferior de la que se exigía a los francotiradores. Esto, traducido a un paisano, significaría que era un tirador excelente. Por otro lado, se sabe que tras abandonar el ejército siguió practicando el tiro con armas de calibre .22, y cuando un tirador conoce el comportamiento de su arma suele ser infalible a una distancia tan escasa. El testimonio del mayor Anderson, uno de los expertos citados por la Comisión Warren, creo que no deja lugar a dudas cuando afirmó qu
e "...en comparación con otros Marines que recibieron el mismo tipo de entrenamiento, Oswald fue un buen tirador, algo mejor o igual que el promedio. En comparación con un civil que no había recibido este entrenamiento intensivo, sería considerado un tirador de bueno a excelente". Dicho testimonio se vio corroborado por otro experto, el sargento Zahm, que aseguró que "con el equipo que tenía y con su habilidad lo considero un tiro muy fácil (el del cuello)". En resumen, no era ni remotamente el pésimo tirador que pelis como la de Oliver Stone pretendieron hacernos ver.

Tres minutos después del atentado, Oswald abandonó el arma y se largó del depósito de libros. Hacia las 13:00 horas, el ayudante del sheriff Luke Mooney reparó en una pila de cajas de cartón delante de la ventana de donde habían partido los disparos, aunque en aquel momento aún se desconocía la posición del tirador. Unos 10 minutos después encontró tres vainas, lo que se comunicó al capitán Fritz, jefe del departamento de homicidios de la policía de Dallas. Fritz ordenó que nadie tocase nada hasta que se presentaran los técnicos del laboratorio de criminalística para la recogida de pruebas y tal. El fusil apareció a las 13:22 entre dos filas de cajas cerca de la escalera del sexto piso (foto de la izquierda). El teniente Day, experto en dactiloscopia, comprobó que en el arma no había huellas, entre otras cosas por la textura áspera de la madera, así que lo que habría sido la prueba rotunda se acababa de esfumar. 

Cartucho que se recuperó del arma homicida
A continuación, el capitán Fritz procedió a abrir el cerrojo, siendo expulsado un cartucho sin disparar. Nuevo dilema: si los clips venían de fábrica con seis cartuchos, ¿dónde estaban los dos que faltaban? Uno pudo ser, aunque no quedó claro, el que se empleó para atentar el anterior 10 de abril contra el mayor general Edwin Walker cuando estaba en su casa a las 21:00 horas del aquel día. Se recuperó una bala que pasó muy cerca de su cabeza cuando estaba en su despacho, pero la bala en sí no aportaba nada hasta que, meses más tarde, se relacionó con el arma de Oswald. No obstante, el proyectil no pudo ser identificado de forma irrefutable, y la Comisión Warren basó la supuesta intervención de Oswald en testimonios de su mujer, cogidos con alfileres, y notas de su marido supuestamente a modo de despedida por si lo detenían dando detalles sobre el estado de las finanzas domésticas, pero que en realidad podían interpretarse de muchas formas. O sea, que le colgaron el marrón.

Instante en que Ruby dispara contra Oswald. Curiosamente, el único que
parece sorprendido es el agente Leavelle. El resto, o aún no se han dado
cuenta de nada o parece como si esperasen que algo así iba a ocurrir
En fin, así se perpetró el magnicidio. Como podrán imaginar, hemos tenido que hacer un esfuerzo notable para sintetizar los cientos de páginas del informe de la Comisión Warren para entresacar lo más relevante y, obviamente, omitiremos los pormenores del asesinato de Tippit ya que este se realizó con otra arma. Todos sabemos cómo acabó Oswald, tiroteado cuando iba a ser trasladado desde la cárcel de Dallas. Al salir de la misma iba escoltado por los agentes Leavelle a su derecha, Graves a su izquierda y Montgomery detrás, mientras que el capitán Fritz se había adelantado al vehículo que los conduciría a la cárcel del condado. En aquel momento y aprovechando la avalancha de periodistas que aguardaban la salida de Oswald, surgió de entre la multitud el misterioso Jack Ruby, que le pegó un único pero definitivo tiro con un revolver calibre .38 Special que lo liquidó al cabo de hora y media, falleciendo a las 13:07. El crimen dio mucho que hablar tanto en cuanto había nada menos que 70 policías presentes y nadie lo vio entrar ni nadie fue capaz de impedir el asesinato
 si bien, como es lógico, ¿quién reacciona con la rapidez de un rayo ante una acción semejante? Oswald, herido mortalmente en el abdomen, fue trasladado al hospital Parckland donde dos días antes habían conducido el cadáver de Kennedy, que con el boquete que tenía en la cabeza aún pretendieron reanimarlo, y al gobernador  Connally.

En fin, el que quiera profundizar en este tema puede consultar el informe de la Comisión Warren, que se puede leer de cabo a rabo en la red y llegar a las conclusiones que prefiera. ¿Mató Oswald a Kennedy? La única persona que lo sabía, el mismo Oswald, se llevó el secreto a la fosa y, a pesar de las desclasificaciones de documentos y tal cuando pasen 75 años de los hechos me temo que, si verdaderamente hubo una conspiración, los testimonios que impliquen a la CIA, a la NSA, la mafia o al lechero se los habrán comido los ratones. Aún no se sabe ni se sabrá donde nació Colón, ni tampoco dónde fue a parar el cadáver de Jimmy Hoffa, así que no creo que lo de Kennedy se sepa jamás si es que verdaderamente hay algo que saber. En lo que a mí respecta, solo hay algo que no me cuadra: los fotogramas 312 al 315 de la película Zapruder. 

Fotograma 312: Kennedy se lleva las manos al cuello mientras que Connally da muestras de haber sido alcanzado.

Fotograma 313: La nube rosa. En teoría, el impacto abre un tremendo orificio de salida, esparciendo fragmentos de cerebro y hueso, pero la cabeza de Kennedy no sale despedida hacia adelante sino hacia atrás. He visto ese fotograma cienes de veces y no tengo dudas. La energía del disparo lo lanzó contra el asiento.

Fotograma 314: La parte trasera de la cabeza aparece aparentemente intacta. Mientras tanto, el cuerpo del presidente resbala hacia su izquierda.

Fotograma 315: Aún sigue saliendo restos de la cavidad craneana por la herida sin que en la nuca de Kennedy se vea nada raro. Su cuerpo sigue resbalando sobre el de su mujer.

Por lo tanto, la frente debería presentar un boquete del tamaño de una manzana, pero si vemos las fotos de la autopsia lo que aparece es esto otro: la frente aparece intacta salvo un desgarro en la parte superior de la sien derecha. Sin embargo, la parte trasera está completamente destrozada. De hecho, para hacer las fotos que muestran el supuesto orificio de salida tuvieron que coger el colgajo de cráneo y cuero cabelludo y sujetarlo con la mano, porque todo el parietal derecho estaba hecho literalmente puré. ¿Cómo es posible? ¿Otra..."bala mágica" que producía efectos contrarios a lo habitual? En fin, tras casi 60 años, cientos de libros sobre el tema y miles de informes y páginas cada cual da una opinión, por lo que saber la verdad se me antoja imposible. Así pues, como decíamos al principio, mientras no aparezca una prueba definitiva que no aparecerá nunca, el asesino de Kennedy fue Lee Harvey Oswald.

Hale, he dicho


Fotograma de la película Zapruder en la que se ve al agente del Servicio Secreto Clinton Hill
encaramarse en la trasera del coche presidencial mientras que el conductor William Greer, que inicialmente confundió los disparos con el petardeo de una moto, acelera. Jacqueline Kennedy, que parece querer ayudar al agente, en realidad estaba recogiendo los trozos de sesos y cráneo de su marido, pero al ver a Hill hizo intento de ayudarlo a subir. Y digo yo: ¿cómo había restos de la cabeza de Kennedy precisamente por donde había recibido el disparo, cuando lo lógico es que hubiesen salpicado a Connally y a su mujer, que iban justo delante? Misterio misterioso...