Mostrando entradas con la etiqueta Fortificaciones Nuevo Mundo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fortificaciones Nuevo Mundo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de julio de 2020

FORTIFICACIONES AMERINDIAS. Las Grandes Llanuras


Recreación del poblado de Parkin, típica ciudad fortificada de las Grandes Planicies. Ocupaba una superficie de unas 7 Ha.
en la confluencia de los ríos San Francisco y Tyronza. Fue descrita por Hernando de Soto, y permaneció ocupada
durante unos 500 años. Obsérvese el gran número de torres que flanquean la empalizada de unos 4 metros de altura 

Bueno, como no sabía por qué sitio empezar lo he echado a suertes y ha tocado las Grandes Llanuras, llamadas así porque eran unas llanuras muy grandes. Pero además de ser una enorme extensión de territorio, estaba poblado por 29 tribus cuya distribución vemos en el mapa de la derecha. Ojo, algunas de ellas se dividían a su vez en otras tribus como, por ejemplo, los sioux, los lakotas, los pies negros o los wichita, por lo que aquello era un maremagno de ciudadanos-indígenas que se dedicaban principalmente en la siembra del maíz, legumbres, tabaco y la caza del búfalo. Los primeros europeos en trabar conocimiento con ellos fueron los españoles, concretamente de la expedición al mando de Francisco Vázquez de Coronado en 1540. Fue de los españoles de quienes tomaron conocimiento del caballo, bicho que hasta aquel momento desconocían y que, a pesar del empeño por parte de los conquistadores para que los ciudadanos-nativos se mantuvieran alejados de sus pencos, al final acabaron haciéndose poco a poco con algunos y ciertamente supieron sacarles jugo. Con los gabachos y los british (Dios maldiga al enano corso y a Nelson mogollón de veces) tardaron un poco más en trabar conocimiento, que tuvo lugar durante la primera mitad del siglo XVIII.

Los primeros turistas en visitar el Gran Cañón del Colorado al mando de
García López de Cárdenas, lugarteniente de Vázquez de Coronado
Por lo demás, los ciudadanos-nativos de esta zona del continente no tardaron en aprender de qué iba la cosa comercial, y rápidamente tomaron buena nota del desmedido interés del ojo blanco por las pieles, así que añadieron el trueque a sus actividades cotidianas para intercambiar pieles de búfalo y castor por herramientas y, sobre todo, armas e incluso caballos cuando vieron lo cómodo que era cazar o viajar a lomos de un penco y no gastando suelas de mocasines. Obviamente, la posesión de armas de fuego les dio una gran ventaja sobre sus enemigos si bien, aunque en las pelis nos ponen a los indios como tiradores infalibles, la realidad es que la escasez de pólvora y balas, así como su nulo entrenamiento, hacía que a la hora de la verdad prefirieran sus arcos que, aunque pequeños y con un alcance efectivo más bien corto, dominaban a la perfección. No obstante, siempre venía bien pegar unos cuantos tiros si veían a los vecinos aproximarse con aviesas intenciones porque, aunque no eran precisamente unos Záitsev, sí podían acertar en la caja del pecho a cualquiera a distancias razonables y dejarlo seco.

Poblado arikara, al norte de las Grandes Llanuras. Esta tribu se dedicaba
ante todo a la agricultura y la caza. Como podemos imaginar a la vista
de sus viviendas, eran una tribu sedentaria
Bien, este era, grosso modo, el modus vivendi de estas tribus. Por lo general, tanto las situadas al norte del Missouri como las del sur solían fortificar las poblaciones de cierta categoría, teniendo la opción de otras más pequeñas que solían usar de forma circunstancial como, por ejemplo, en sus movimientos en busca de caza. Con todo, había tribus como los omaha que solo fortificaban sus poblados cuando tenían noticia de algún peligro, y sus defensas eran de poca entidad y provisionales porque las abandonaban en cuanto los enemigos daban media vuelta. De hecho, grandes fortificaciones pre-colombinas fueron abandonadas incluso antes de la llegada de los europeos si veían que no tenían nada que temer, lo que no era óbice para, llegado el caso, recuperarlas y ponerlas nuevamente operativas o bien construir otras nuevas.

Poblado fortificado pawnee hacia 1820
Como ya anticipamos en el artículo anterior, su sistema de castramentación era básico pero de manual: buscar posiciones elevadas fácilmente defendibles y realizar obras exteriores como fosos y/o barreras de arbustos. Los fosos eran generalmente secos pero si coincidía con que el lugar elegido disponía de un curso fluvial cercano lo inundaban como si estuvieran en la Alemania medieval. Así mismo, sus empalizadas disponían de torres de flanqueo y taludes, así como de aspilleras. Sin embargo, los accesos eran muy rudimentarios ya que solían carecer de puertas. Recordemos que esta gente no tenía puñetera idea de qué era un serrucho y cómo usarlo, y menos aún de carpintería de armar por lo que una puerta a base de troncos sujeta por "bisagras" fabricadas con cuerdas no debía ser muy eficaz. Pero no por ello sus fortificaciones eran fáciles de invadir porque, en primer lugar, los enemigos tendrían que cruzar el foso por una pasarela que, obviamente, era retirada en cuanto empezaba la fiesta pero, si lograban alcanzar la puerta, se encontraban con una empalizada desdoblada sumamente angosta, con una anchura máxima como para que pudiera entrar un jinete a caballo y, en algunos casos, solo un hombre. 

A la derecha podemos verlo mejor. En el detalle tenemos una perspectiva de una empalizada con este tipo de puerta que apreciamos con más detalle en el gráfico inferior. Como podemos ver, el muro de troncos se desdobla formando un pasillo más o menos largo que, por su estrechez, impedía el paso de más de un hombre. Intentar entrar por ahí era simplemente suicida y más si tenemos en cuenta que, aunque no había una puerta propiamente dicha, los defensores ponían obstáculos de cualquier tipo, como una espesa barrera de matorral, estacas o incluso troncos. No olvidemos que estas fortificaciones estaban concebidas para defenderse de enemigos con su mismo nivel de conocimientos sobre poliorcética, o sea, mínimos. Con todo, hay que reconocerles la ingeniosa solución para no verse arrollados por una fuerza superior y que, de hecho, resultó satisfactoria incluso contra enemigos europeos mucho más preparados en establecer un asedio o un asalto en toda regla.

Choza de tierra pawnee
En octubre de 1759, el coronel Diego Ortiz de Parrilla, capitán general de Sinaloa y Sonora, tuvo ocasión de conocer estos peculiares accesos en su expedición a lo largo del río Rojo cuando atacó la aldea de Taovaya, donde se habían atrincherado grupos de diversas tribus, teniéndose que retirar tras cuatro horas de intentonas para tomarla por asalto. Según dejó escrito, "el camino de entrada (...) zigzagueaba intrincadamente". Además, en la empalizada le hacían frente mogollón de indios armados con mosquetes, así que optó por lo más sensato: largarse. Más prolijo fue fray José de Calahorra cuando describió la fortificación, especificando que los troncos de la empalizada estaban un poco separados para poder disparar a través de ellos, y que todo el perímetro estaba rodeado por una cerca de tierra de "más de una vara y un tercio" (aprox. 130 cm.) de altura, y al este y el oeste de la misma una profunda trinchera para impedir que se pudieran acercar jinetes. En el interior había cuatro chozas en cuyo interior habían excavado para que sirvieran de trinchera o refugio a los no combatientes. Estas chozas, como ya anticipamos en el artículo anterior, consistían en una estructura de madera y ramas que recubrían con tierra. De ese modo, disponían de una vivienda cálida en invierno e incombustible ante un ataque enemigo. En caso de peligro excavaban el suelo un metro o más, quedando sus ocupantes fuera de peligro ante los disparos que se cruzasen en el combate.

Pequeño poblado de lakotas con sus tipis y tal. En caso de alarma, ya vemos
que eran capaces de convertir su pequeño espacio en un reducto bastante
decente, cuando no incluso persuasivo
El mismo Álvar Núñez Cabeza de Vaca, que pasó una larga temporada como invitado forzoso de los ciudadanos-nativos, relató cómo eran capaces de fortificar un campamento ante una alarma repentina, rodeando las chozas con barreras de matorral y un pequeño foso. Este no estaba destinado a impedir el paso a los combatientes a pie, para lo que no valía, sino para que sus pencos se partieran las patas si las metían dentro sin darse cuenta. Si se encontraban en campo abierto, colocaban la barrera de matorral delante del foso, que en este caso era más profundo para convertirlo en una trinchera desde la que disparaban a sus atacantes. Un sistema más sofisticado para las tribus que usaban tipis como vivienda consistía en levantar un terraplén de alrededor de 120 cm. de altura con el que rodeaban el poblado. A continuación clavaban los palos de los tipis en el parapeto formando un entramado sobre el que colocaban las pieles con que estaban fabricados los mismos, abriendo con sus cuchillos hendiduras que hacían las veces de aspilleras. De ese modo obtenían una pantalla que impedía a los enemigos saber dónde estaban situados los defensores, que cambiaban de posición constantemente. Dentro del recinto cavaban una trinchera para las mujeres y los críos. En fin, como vemos no carecían de recursos, y cuando llegaba la hora de la batalla eran capaces de fabricar defensas que, aunque muy rudimentarias, eran sumamente eficaces contra enemigos armados como ellos.

Llegada de Lewis y Clark a un poblado de las Planicies durante su
expedición en busca de la costa del Pacífico entre 1804 y 1806.
Obsérvense las chozas de tierra y el amplio foso que defendía el poblado
En cuanto a la zona norte de las Grandes Planicies, los primeros que contactaron con los ciudadanos-nativos fueron los gabachos que bajaron desde Canadá. Las tribus que habitaban ese territorio llevaban desde mucho antes de la llegada de Colón fortificando hasta el cuarto de baño porque tenían entre ellos unas malquerencias bastante chungas, y no les quedaba otra que fortificarse a fondo si no querían verse bonitamente masacrados o esclavizados. Al parecer, el detonante de esta enemistad se debía principalmente a la aparición de tribus procedentes del sur en busca de tierra fértil que, como podemos imaginar, los naturales del lugar no estaban por la labor de cederlas a nadie. Hacia el siglo XIV buscaban lugares fácilmente defendibles para levantar sus poblados, generalmente en sitios elevados y/o apoyados por un curso fluvial que, además de permitirles moverse de un lado a otro con sus canoas, actuaban como un foso natural. Las empalizadas eran flanqueadas por torres que podían avanzar entre 6 y 9 metros de las mismas, por lo que su función era básicamente similar al de una albarrana europea; es decir, permitían atacar por la zaga a posibles agresores. A veces, para impedir que estos las quemaran- obviamente no tenían claro qué era un ariete- las edificaban sobre montículos de tierra compactada con piedras, y los fosos que precedían a las empalizadas tenían hasta 1,80 metros de profundidad  y entre 3 y 3,5 metros de ancho.

Yacimiento de Crow Creek en el que aún se puede observar el trazado de la
empalizada, así como el foso y las torres. Como se ve en el plano de la
derecha, estaba rodeada por tres lados por un profundo precipicio, quedando
libre solo el lado norte. El punto rojo marca el lugar donde apareció la fosa
común con los restos de la población masacrada 
Como ya se ha comentado, en tiempos de paz solían relajar un poco la vigilancia, y si un poblado crecía de tamaño no se preocupaban por proteger las chozas que construían fuera del perímetro. Sin embargo, si los tambores de guerra sonaban de nuevo les faltaba tiempo para levantar una nueva empalizada que envolviera las nuevas construcciones. Un caso así ocurrió en un lugar llamado Crow Creek, en el actual estado de Dakota del Sur. Crow Creek, ubicado junto al Missouri, era una ciudad fortificada construida hacia 1325 que, tras un tiempo prolongado de paz, fue reforzada  con una nueva empalizada provista de doce torres y un nuevo foso de 3,5 metros de ancho y 1,80 de profundo. De ese modo, el poblado contaba con dos cinturones defensivos. Sin embargo, esto no impidió que fuese tomado y su población masacrada. En las excavaciones realizadas en el lugar se ha hallado una fosa común con los restos de 486 ciudadanos-nativos de todas las edades y ambos sexos convertidos en comida para gatos. En fin, no se andaban con tonterías y, como vemos, la mala leche no solo la desfogaban contra los colonos europeos, sino también entre ellos.

Interior de una cabaña de tierra mandan como las que vería el ciudadano
Pierre en su periplo hacia el sur. Básicamente era el tipo de vivienda más
habitual en las tribus sedentarias de las Planicies
El primer europeo que apareció por allí fue, como hemos avanzado, un gabacho, concretamente Pierre Gautier de Varennes, señor de la Vérendrye, un quebequés que en 1738 inició una larguísima excursión en busca de una ruta hacia el Pacífico con la ayuda de guías de la tribu assiniboine, un grupo tribal de los sioux que habitaba en el norte de la Grandes Planicies. El ciudadano Pierre entabló contacto con los mandan, que vivían en un gran poblado que describió minuciosamente. Decía que en contaba con 130 chozas, y que la empalizada estaba apoyada en travesaños embutidos en postes de 4,5 metros. Cada cortina tenía cuatro torres de flanqueo, y rodeaba el conjunto un foso  de más de 4,5 metros de profundidad y entre 4 y 5,5 metros de ancho. Con la tecnología de los ciudadanos-nativos y según afirmaba el ciudadano Pierre, una fortificación semejante era prácticamente inexpugnable ya que la altura a superar contando el foso y la empalizada era de unos 9 o 10 metros. En el interior, además de las cabañas, habían excavado silos que servían tanto como almacenes como para que las mujeres y los críos pudieran refugiarse en caso de ataque. 

Otro tipo de fortificación de las Grandes Planicies la describió Jean Baptiste Trudeau, un comerciante que arribó a un poblado arikara en 1795. Como vemos en el gráfico, era un parapeto formado por una sólida empalizada consistente en gruesos postes bifurcados dispuestos a una distancia de entre 4,5 y 6 metros unos de otros. En la bifurcación se colocaban travesaños "tan gruesos como un muslo, y a continuación colocaban postes de sauce o álamo tan gruesos como la pierna de uno, descansando sobre el travesaño muy juntos". Estos postes tenían una altura aproximada de 1,5 metros, y tras formar la empalizada se apilaban fajinas de ramas y arbustos contra la misma que, finalmente, eran recubiertas por una capa de tierra de medio metro. De este modo, los defensores podían disparar a pecho cubierto, mientras que los atacantes lo tenían complicado para aproximarse, y más aún para intentar trepar por el talud. 

Bueno, con esto vale de momento. Resumiendo un poco lo dicho, las fortificaciones de las Grandes Planicies por lo general estaban concebidas para albergar poblaciones de gran tamaño si bien se tiene constancia de aldeas fortificadas que, al parecer, solo eran usadas cuando había peligro. Da la impresión de que a esta gente no le hacía mucha gracia eso de vivir encerrados, pero las circunstancias les obligaban a ello debido a las constantes agresiones entre tribus. Primero por simples cuestiones territoriales, y tras la llegada de los europeos aliándose a ellos para tener el favor del poderoso ojo blanco y, más importante aún, comerciar con ellos y obtener armas y caballos para poder chinchar aún más a sus enemigos de siempre. Debemos insistir en desterrar el concepto del ciudadano-nativo pacífico y bondadoso que solo sacó a relucir su crueldad por culpa del ojo blanco invasor. Siempre fueron así, y buena prueba es la foto de la izquierda, que muestra la fosa común de Crow Creek y es testimonio del ensañamiento con que acababan con todo bicho viviente.

En fin, ya'tá.

Hale, he dicho

domingo, 12 de julio de 2020

FORTIFICACIONES DE LOS INDIOS AMERICANOS


Poblado fortificado en la zona de la cultura del Sudeste. Como vemos, una densa empalizada precedida de un foso
envuelve la aldea. Los salientes de la empalizada actúan como torres de flanqueo, y el vecindario se aloja en
confortables chozas, no en los sempiternos tipis

Como es de todos sabido, el cine es el gran propagador de mentiras infundadas, bulos y estereotipos, solo superados holgadamente por los políticos que, además de mentir como bellacos, son precisamente los que crean los bulos y fomentan los estereotipos. Y uno de los camelos más extendidos es la imagen del nativo de las tribus de Norteamérica, presentados de forma sistemática como grupos de probos indígenas amerindios, antes salvajes a secas, que viven en tipis, llevan una vida nómada y se alimentan exclusivamente de carne de búfalo. 

Asentamiento de la ciudad fortificada de Cahokia, en la confluencia de los
ríos Mississippi y Missouri. En su momento de mayor esplendor llegó a
tener entre 30 y 50.000 habitantes
Por lo tanto, puede que a más de uno se le quede la jeta a cuadros cuando se entere que, en realidad, esa modalidad de indios- nos referiremos a estos sujetos como indios para que el ofendidito de turno no se ponga a echar espumarajos- era absolutamente minoritaria, y que la mayor parte de las tribus vivían en poblados por lo general fortificados. Y no por temor a las agresiones de los genocidas españoles, de los perversos ladrones anglosajones (Dios maldiga a Nelson), de los empolvados alevosos gabachos (Dios maldiga al enano corso), los herejes raspamonedas de los holandeses (Dios maldiga a Orange) o incluso los vodkarizados rusos que jamás se perdonarán haber vendido Alaska a los yankees por cuatro rublos, sino por las constantes disputas tribales que venían manteniendo desde mucho antes de que el vilipendiado Colón llegara al Nuevo Mundo en sus naves cargadas de hordas de malvados castellanos. La realidad es que la miríada de tribus- eran muchísimas más aparte de los consabidos apaches, comanches y sioux de las pelis- se llevaban fatal entre ellos, y se hacían la guerra de forma sañuda a más no poder. De hecho, en diversos yacimientos precolombinos se ha podido constatar  que el bando victorioso tenía la fea costumbre de masacrar al bando perdedor de las formas más crueles, más allá del típico afeitado capilar con pellejo incluido. Han aparecido restos de cientos de individuos que mostraban claramente amputaciones de miembros, vaciado de cuencas oculares, aplastamientos de cabezas, fracturas óseas a porrillo y demás perrerías (espero que algún ofendidito amante de los chuchos no se tome a mal usar el término "perrerías" en este caso), y sin respetar sexo ni edad ya que el brutal ensañamiento se practicaba entre los guerreros vencidos, sus parientas, sus retoños y, por supuesto, sus cuñados. En resumen, eran una gente especialmente proclive a la violencia sin necesidad de que los europeos llegasen para cabrearlos porque esta gente vivía ya cabreada desde tiempos de Noé.

Ciudadanos-indígenas manteniendo un intenso debate entre ellos. Sus
constantes guerras tribales solo sirvieron para facilitar a los europeos
adentrarse cada vez más en sus tierras
No obstante, cada zona de ese inmenso territorio tenía unas costumbres en concreto, y no solo en su forma de vida, sino de relacionarse con sus vecinos aunque la norma era odiarse una cosa mala u odiarse razonablemente, pero la cosa es que se tenían bastante asco. Por la misma razón, un territorio enorme daba a sus pobladores diversas opciones a la hora de fabricar sus poblados, y no era lo mismo vivir en una zona boscosa donde había cantidades ingentes de madera, o montañosa, donde había zonas elevadas fácilmente defendibles, que en una pradera de cientos de kilómetros cuadrados lisa como la palma de una mano, lo que obligaba a buscar métodos acordes al entorno que les rodeaba. Por lo tanto, y ya que las cuestiones bélicas del Nuevo Mundo se han tocado poco en el blog y, por otro lado, es un tema que creo interesará bastante al personal por lo desconocido del mismo, colijo que lo más adecuado es que esta entrada sea una introducción para, en sucesivos artículos, tratar con más detalle los pormenores de cada zona en concreto. Los que me leen desde allende el mar, especialmente desde los Estados Juntitos (aunque no lo crean este país está en segundo lugar en número de visitantes del blog tras España), es posible que ya conozcan esta temática, pero mis paisanos creo que ni en los documentales de Canal Historia han tenido noticia de algo semejante, así que mejor exprimirlo a tope porque merece la pena. 

En el mapa de la derecha podemos ver las zonas que abarcaban cada distinta cultura en lo que hoy son los Estados Juntitos y Canadá. Los españoles accedimos desde el sur hacia las zonas Suroeste, California, la Gran Cuenca, la Meseta, las Grandes Llanuras y la Costa Noroeste. Los herejes anglosajones, los gabachos y los holandeses se plantaron en las zonas Sudeste y Nordeste y, finalmente, los rusos se dieron unos paseos larguísimos por las zonas Ártica y Subártica. Bien, pues salvo en las zonas de California, la Gran Cuenca y la Meseta, donde lo más habitual era la construcción de defensas a pequeña escala consistentes en parapetos de tierra, pequeños fosos y barreras de maleza, en las demás pudieron encontrar fortificaciones en toda regla, especialmente en la zona oriental del continente. Y no hablamos de cuatro palos rodeando un puñado de tipis, sino de estructuras bastante sofisticadas si tenemos en cuenta que, cuando los europeos llegaron a América del Norte, sus probos ciudadanos-nativos estaban literalmente en la Edad de Piedra.

Estas clavas, de entre 40 y 60 cm. de largo, eran
las armas preferidas de los indios en el cuerpo a
cuerpo. Te daban en el esternón y te paraban el
marcapasos de momento
Más aún, en Sudamérica los españoles conocieron desde su llegada grandes ciudades con estructuras complejas, zonas densamente pobladas por una sociedad bien estructurada y jerarquías claramente definidas. Por otro lado, y como sabemos, dominaban perfectamente el trabajo en piedra, construyendo con ellas desde asombrosas pirámides a murallas, palacios, etc. Sin embargo, sus vecinos del norte estaban un poco más atrasados en todos los aspectos. Sus armas, por ejemplo, se limitaban a lanzas y cuchillos de sílex, arcos cuyas flechas armaban con pequeñas puntas del mismo material o, en algunos casos, de cobre y, sobre todo, de clavas fabricadas con maderas especialmente duras. Sus cajas de herramientas eran aún más básicas: para fabricar palas y/o azadas empleaban los omóplatos de los búfalos o lajas de piedra, material este que también usaban para fabricar hachas. Pero estas hachas no cortaban ni un rábano, porque ni siquiera les valían para talar árboles. En fin, que no les vendría mal una mañana entera en un Leroy Merlin de esos y salir la tribu entera con tropocientos carritos cargados de ferralla.

Vivienda comunal iroquesa
Sin embargo, sus técnicas de castramentación eran inusualmente sofisticadas para una gente que estaban aún a siglos de distancia de sus visitantes que, ciertamente, no tuvieron nada fácil irse apoderando, sin prisa pero sin pausa, de sus territorios. Así, en vez de los tipis en mitad de la inmensa pradera donde estarían literalmente vendidos ante cualquier ataque, ya fuese de una tribu enemiga o de europeos, construían poblados formados por chozas, a veces multifamiliares, que rodeaban con sistemas de empalizadas bastante sofisticados para sus escasos medios. Para talar los gruesos troncos de las mismas tenían que quemar los árboles por la base e ir eliminando las partes carbonizadas con sus hachas de piedra para acelerar el proceso hasta que, finalmente, el árbol caía. Solo para obtener un árbol debían invertir más de medio día, así que para acumular los cientos de troncos que precisaban para una empalizada llevaban a cabo una labor que se me antoja titánica, y ello sin contar el desbroce y el transporte hasta el lugar del asentamiento.

Recreación del poblado de la tribu mandan en Huff, datado hacia mediados
del siglo XV Como vemos, está rodeado de un profundo barranco menos
la parte frontal, defendida por un foso
Del mismo modo, sabían elegir muy bien dónde posicionar sus ciudades más importantes, eligiendo por norma zonas elevadas que, para dificultar la escalada a posibles enemigos, incluso recurrían a mojar el terreno para hacerlo más resbaladizo. Naturalmente, sus empalizadas disponían de torres de flanqueo, pasarelas interiores a modo de adarves, aspilleras, fosos con elevadas contraescarpas para impedir que los enemigos prendieran fuego a su muralla lignaria e incluso sistemas de canalización de agua para, a modo de los buzones matafuegos europeos, apagar conatos de incendio. Como vemos, tecnológicamente no estaban muy allá que digamos, pero sabían sacarle provecho a lo que tenían y, según los testimonios de los mismos europeos que se enfrentaron a ellos, tomar una de esas poblaciones no era tarea fácil, y menos cuando gracias al comercio empezaron a obtener armas de fuego.

Poblado zuni en Nuevo Méjico a finales del siglo XIX. Aunque ya no
había guerras, conservaban la costumbre de acceder mediante escalas
a las plantas superiores. Algo así, pero sin puertas ni ventanas bajas,
vieron los españoles en el siglo XVI. Todo el pueblo era un castillo
En otras zonas del continente incluso hacían que las casas, fabricadas con madera y barro, fueran al mismo tiempo vivienda y muralla. El interior de estas poblaciones era un dédalo por el que cualquiera que no las conociera se perdería en dos segundos y, para dificultar un posible asalto, las casas no tenían puertas ni ventanas en las plantas bajas. Para acceder al interior había que trepar por una escala de mano y hacerlo desde la azotea. O sea, un sistema similar al de las atalayas europeas. Otros, aprovechando la espesura de los bosques, construían sus chozas de forma que se confundían con el entorno, haciéndolo de forma tan realista que ni sus mismos enemigos indios, que siempre nos los ponen como poco menos que videntes que no se les escapa una, no eran capaces de descubrir. Si era necesario huir, disponían de refugios de guerra igualmente camuflados desde donde hostigaban a los invasores sin que estos pudieran echarles el guante, porque cuando se percataban de la agresión ya habían puesto tierra por medio y estaban en sus refugios esperando otra ocasión para hacerles la puñeta. 

Tipis sioux rodeados por una barrera de arbustos y maleza como defensa
Por último, lo más básico era el poblado de tipis que sale en las pelis, pero con una serie de añadidos que no salen en las dichosas pelis. Para resistir a posibles atacantes los rodeaban individualmente con pequeños parapetos de tierra y/o piedras que fabricaban en un periquete. A eso podían añadir barreras de arbustos especialmente desagradables si uno se acercaba, como zarzas o brezo. Cualquiera pensará que no sería muy complicado acabar con los defensores de un tipi, pero el puñetero tipi impedía ver dónde estaban situados sus defensores. Eran, por así decirlo, una pantalla que obligaba a disparar a ciegas, y podían estar dos días acribillando a flechazos una de estas tiendas de piel de búfalo sin acertar una sola vez. Pero, para ponerlo aún más difícil, incluso cavaban el interior formando una especie de trinchera interna, asomándose por el borde inferior solo el tiempo preciso para apuntar y disparar su arco o su mosquete. 

Porque eso de mogollón de indios a caballo formando una especie de carrusel dando alaridos es otra gilipollez cinematográfica. Los atacantes de un poblado planificaban una estrategia tanto de acercamiento como de ataque, sabían cómo agotar las municiones de los sitiados a base de un hostigamiento constante y, por supuesto, no solían llevar a cabo asaltos a pecho descubierto así como así porque sabían que podían liquidarlos a todos. Por lo tanto, más de una y más de dos veces tenían que largarse con el rabo entre las patas porque el asedio había sido imposible de culminar con éxito, y lo peor era que, a veces, los sitiados salían en busca de ellos para tomarse cumplida venganza y llevarse de recuerdo sus cabezas, sus cabelleras o cualquier cacho de su anatomía para adornar la choza del Gran Espíritu. 

Interior de una vivienda comunal iroquesa. A los cuñados los dejaban
fuera, a ver si palmaban de una pulmonía
En fin, con esto imagino que ya se les habrán resquebrajado seriamente sus conceptos sobre estos ciudadanos-indígenas, que no tienen nada que ver con los apaches gritones de las pelis del Oeste. De hecho, incluso había tribus que pasaban de los caballos del mismo modo que otros no eran cazadores, sino recolectores, labradores o pescadores, o si cazaban eran animales de cualquier tipo, que parece que esta gente si no les daban solomillo de búfalo pasaban de comer. Estos individuos, como todo ser humano, mataba al bicho que fuera si sentía las tripas rugiendo llenas de aire, y los conejitos, las ardillitas, los pajaritos y los salmones eran platos suculentos. Así mismo, igual que sembraban calabazas o habichuelas- frijoles, como los llaman por aquellos lares- tenían a su disposición una amplia variedad de bayas, frutos secos y demás productos de la despensa natural que recolectaban para su sustento. 

Otra recreación de un poblado fortificado, en este caso en las Grandes
Llanuras. Todo el perímetro está rodeado por una empalizada con
torres de flanqueo y un foso
Bueno, pues si sus conceptos se han resquebrajado, en sucesivas entradas espero que queden totalmente demolidos cuando vean detalladamente que sus fortificaciones y sistemas defensivos no eran moco de pavo, y que los mismos hombres que tuvieron que combatirlos dejaron testimonio de lo endiabladamente difícil que era apoderarse de ellos, incluso a veces disponiendo de artillería. Y, del mismo modo, que nadie crea que su saña con los inofensivos colonos era su respuesta a una invasión del ojo blanco, sino que ya eran así desde mucho antes de que en Europa se tuviera la más mínima sospecha de que existían. Los europeos no hemos sido precisamente una raza pacífica, pero en el continente se dio una agresividad terrorífica que tuvo como respuesta otra aún peor porque, eso sí, cuando sale a relucir el instinto vengativo y el odio, entonces los europeos son los peores enemigos que se pueden tener porque no paramos hasta lograr el exterminio del adversario, sea quien sea, y de eso sabemos de sobra a lo largo de las guerras que hemos tenido en Europa desde poco después de que Caín apiolase a su bondadoso hermano.

En fin, vale por hoy, que jase una cosa mala de caló, cohone, y ehtoy atosinao der tó.

Hale, he dicho

Poblado mandan, en las Grandes Llanuras. Sus chozas estaban recubiertas de tierra para impedir que posibles atacantes
las incendiaran. Al fondo se puede ver la empalizada que protegía el poblado