Mostrando entradas con la etiqueta Obispos guerreros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Obispos guerreros. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de agosto de 2019

Obispos guerreros: Guglielmino degli Ubertini, obispo de Arezzo


Escudo de armas del obispo Ubertini. Las cosas como
son, la heráldica eclesiástica es chulísima de la muerte.
A titulo de curiosidad, el rango del personaje va en
función del color y número de borlas
Cuando afirmo contundentemente que el tiempo es el enemigo inexorable del hombre y que pasa volando (carajo), no es una frase hecha, es un hecho palmario. Acojonado me he quedado cuando he contemplado asombrado que casi tres años han pasado desde la última vez que de obispos guerreros se ha hablado, ado, ado... Es que no me lo puedo creer, juro a Cristo, que aún me veo rebuscando sobre la vida y obras del obispo de Durham cuando hago lo mismo sobre este otro personaje, y han transcurrido casi tres años, leches. Pero bueno, no sé de qué me extraño cuando la segunda parte de las navajas tardó seis años en publicarse... En fin, mejor no redundar en esto, porque me deprime una burrada. TEMPVS FVGIT, IN ICTV OCVLI y esas cosas que se dicen, amén. 

Bueno, tras esta breve pataleta a modo de introducción, vamos a lo que nos ocupa. Hoy le toca a un italiano al que el sino lo situó en un lugar y una época extremadamente turbulenta, la Italia del siglo XIII, cuando güelfos y gibelinos andaban a la gresca más por hacerse la puñeta entre ellos que por mostrar lealtad a una de las dos facciones. De hecho, toda la vida de este probo obispo belicoso transcurrió envuelta en las constantes luchas que había entre las ciudades italianas, adscritas a uno u otro bando, los poderosos señores feudales y, naturalmente el pontificado, que además era parte del problema. Porque, como consecuencia de la genética latina que hemos heredado los españoles, en muchos casos los apoyos a una u otra causa se decidían casi siempre en base a de parte de quién se ponía la ciudad o señor enemigo para, de inmediato, apuntarse en el bando contrario. En todo caso, sobre este interminable conflicto dinástico hay información sobrada en la red, así que el que quiera zambullirse en uno de los más endiablados entresijos políticos de la baja Edad Media, que antes se provea de analgésicos para aliviarse la rotunda cefalea que posiblemente le produzca intentar seguir el devenir del conflicto. 

Castillo de Montecchio Vesponi. Su aspecto actual data de 1281, cuando
el obispo Ubertini era el señor de Arezzo 
Bien, nuestro obispo procedía de una de las tropocientas familias involucradas en mayor o menor grado en estas constantes luchas de poder. Los Ubertini tenían su origen en Arezzo, una ciudad de la Toscana que por norma estuvo de parte de los gibelinos porque Florencia lo era de los güelfos, si bien la lealtad de esta última no fue siempre tan sólida y cambió de bando alguna que otra vez en función de sus intereses. Se cree que el tronco familiar fue un tal Uberto o Ubertino, originario de Casentino y que empezó a tejer alianzas con otras familias hasta alcanzar cierto estatus a partir de mediados del siglo XI, cuando empiezan a ser considerados como boni homines, una especie de hidalguía o baja nobleza. Como vasallos del obispado de Arezzo, en 1049 obtienen parte del señorío de Montecchio Vesponi y en 1081 logran el permiso para fundar el señorío de Ragginopoli.

Blasón de los Pazzi de Valdarno, una de las familias
más leales al obispo Ubertini
A base de santa paciencia, untar dinero y forjar complejas alianzas con otras familias, en el siglo XIII los Ubertini ya habían conseguido convertirse en el clan más poderoso de Arezzo y su zona de influencia, poseyendo varios castillos y poblaciones. No obstante, al parecer no supieron crear un núcleo familiar dirigido por una cabeza visible con poder absoluto sobre el resto como hicieron otros, V.gr. los Scala, los Sforza, Orsinis, etc., sino que basaron su existencia como una amalgama de ramas de la misma familia que, eso sí, anteponían sus intereses comunes por encima de cualquier cosa. Sin embargo, esa ausencia de un líder patriarcal no ayudó a preservar la influencia y el poder de los Ubertini ya que, precisamente por no formar un núcleo monolítico, era más fácil minar su poder poco a poco.


Escudo de la ciudad de Florencia
En todo caso, lo cierto es que los Ubertini alcanzaron su máximo esplendor a mediados del siglo XIII, cuando Gughielmino logra el obispado de Arezzo en 1248. De este modo, suma las posesiones familiares a las del obispado, consistentes en poblaciones y castillos por toda la zona. Cabe suponer que su vocación religiosa estaba íntimamente ligada a su ambición, y que nuestro hombre era el típico producto del clero de la época, propenso a empuñar tanto el báculo como la maza. Dio buena prueba de ello cuando, a causa de las intrigas de Florencia para favorecer la causa de los güelfos en Arezzo, no dudó en someter por la fuerza de las armas cualquier tipo de oposición, pero al mismo tiempo sabiendo contemporizar si convenía a los intereses de su familia. En cualquier caso, también es cierto que no se limitó a dedicarse por entero a aumentar o, cuanto menos, mantener el poder de su clan, sino que también invirtió tiempo y dinero en cuestiones propias de su cargo.

Fachada del palacio episcopal
Su primera obra de importancia fue la construcción del palacio episcopal, donde se pudo trasladar ya en 1256. En 1278 promovió las obras de la nueva catedral, y debió meter prisa y gastar mucho oro en esta empresa porque apenas diez años más tarde ya se había terminado una parte cercana al ábside de la nave central donde se oficiaba misa. En resumen, no dejó en ningún momento de favorecer todo tipo de iniciativas que mejorasen su ciudad tanto a nivel civil como religioso, incluyendo su apoyo a la construcción del Hospital de Santa María del Ponte, instando mediante una carta pastoral a la población a hacer donaciones para dar término a las obras que llevaban ya muchos años en marcha, desde que en diciembre de 1213 Giambiando Visdonini y su mujer Cecilia donaran un terreno para su construcción.

La catedral de Arezzo. Para el comienzo del proyecto
contó con la inestimable ayuda del papa Gregorio X
Su faceta, digamos, más espiritual la dedicó a favorecer a los franciscanos, orden de reciente creación por aquella época y cuyo fundador había obtenido del conde Orlando de Chiusi autorización en 1218 para usar el monte de La Verna (o Alverna) como retiro y, en 1218, para construir una pequeña capilla. Según la tradición, el 14 de septiembre de 1224 el santo que charlaba con todo tipo de animalitos incluyendo cuñados recibió los estigmas en ese lugar, que se convirtió en un centro de peregrinaje como está mandado. Por ello, el obispo Ubertini concedió en 1250 permiso a la orden para fundar un beaterio decente en la Verna y poder vivir de forma permanente en la montaña. 

La Verna
No obstante, y aún a costa de pecar de mal pensado, es de todos sabido que el peregrinaje era y es una suculenta fuente de ingresos en todas las épocas, y a cualquier diócesis le venía de perlas eso de tener en su jurisdicción un lugar santo donde fluían constantemente romeros de todos los pelajes, desde pobres de solemnidad que no eran rentables a poderosos señores meapilas que se dejaban buenos dineros para que los pusieran por delante en la cola para entrar los primeros en el cielo cuando llegase el momento. Buena prueba de ello es que hubo gente del clero que negaron el milagro de los estigmas y que pusieron al santo de cuentista, obviamente para restar importancia a La Verna y acabar con el interés por peregrinar hasta allí. El obispo se cabreó, como no podía ser menos, así que se dirigió al papa Alejandro IV rogándole que interviniera en el asunto, cosa que hizo de muy buen grado. De hecho, fue el pontífice que canonizó a Clara, la hermana de Francisco, en 1255. 

Francisco de Asís recibiendo los estigmas ante la pequeña
capilla de La Verna
Se conserva una carta de este papa a Gualterio da Vezzano, obispo de Génova y que "casualmente" era una ciudad partidaria de los güelfos,  en la que le prohibía terminantemente proseguir con sus ataques al santo. Ubertini, para no ser menos, puso La Verna bajo su protección y decretó 40 días de indulgencia a los que dieran limosnas a los franciscanos, así como a todo aquel que exhortase al clero y al vecindario de sus poblaciones de origen a mostrarse favorables con la orden. A tanto llegó su interés por mantener La Verna como una meca en la Toscana que hasta emitió un edicto de lo más ecologista por el que se prohibía bajo pena de excomunión que los romeros, especialmente las mujeres, se dedicasen a cortar plantas y flores salvo que obtuvieran permiso para ello (por el que habría que pagar, supongo), así como bailes, cantos y regodeos a los que la gente son tan aficionados en cuando se juntan más de media docena con la excusa de ir a adorar al santo que sea. Este edicto estuvo vigente hasta el siglo XIX nada menos.

Batalla de Pieve al Toppo. En el centro, con el bridón cubierto por un
caparazón bandado de oro y azur, vemos a Bonconte de Montefeltro
repartiendo mazazos a base de bien
Bueno, como vemos, el Ubertini este era un obispo como Dios manda, o sea, dedicaba al menos parte de su tiempo a cuestiones propias de su cargo. No obstante, como ya hemos anticipado, eso no suponía ni remotamente dejar de lado los temas seculares que implicaban su poder como señor feudal y la supremacía de su familia en Arezzo, siempre supeditados a los malos rollos con los güelfos florentinos e incluso con los aretianos que se habían exiliado porque los gibelinos les caían fatal. En 1288, el bando gibelino se había hecho con el control absoluto de la ciudad y su zona de influencia, y el poder del obispo, su familia y sus aliados eran un quebradero de cabeza para los florentinos, que veían que la amenaza podía extenderse peligrosamente hacia sus dominios. Así pues, forjaron una alianza con Siena y se adentraron en territorio enemigo para cercar Arezzo y apoderarse de la ciudad. Sin embargo, al poco tiempo tuvieron que levantar el asedio ante la imposibilidad de llevarlo a término por falta de medios, así que cada ejército se largó camino de vuelta. Pero lo hicieron tan bien que, en vez de retirarse juntos, lo hicieron por separado, los florentinos por su camino y los sieneses por el suyo. Los aretinos vieron un oportunidad de oro para quitarles las ganas de volver. Un ejército al mando de Bonconte de Montefeltro y Guglielmo dei Pazzi salió en busca de los sieneses, alcanzándolos en Pieve al Toppo el día 26 de junio, derrotándolos de forma absolutamente rotunda.

Bibbiena en la Edad Media
Sin embargo, los florentinos no se dieron por vencidos. Al año siguiente volvieron a formar una alianza, esta vez con un contingente más nutrido al mando del vizconde Amauri II de Narbona y Guillaume de Dufort que se internó de nuevo en territorio gibelino, pero esta vez pasando de asediar Arezzo. Ahora el objetivo era devastar y apoderarse del valle de Casentino con las fortalezas que contenía. En esta ocasión, Ubertini prefirió dar a entender que no quería complicarse la vida y ofreció a los florentinos la ciudad de Bibbiena y varios castillos pertenecientes a la diócesis a cambio de una renta anual de 3.000 florines de oro que debía avalar la banca Cerchi. Pero, al parecer, en realidad su intención era "filtrar" el posible pacto para que los ciudadanos de Arezzo salieran en defensa de Bibbiena, evitándose así entregarla o costear su defensa. Cuando se supo de este doble juego, los aretinos se agarraron tal cabreo que casi linchan al obispo hasta que, finalmente, Guglielmo dei Pazzi, logró serenar los ánimos. Pero la cosa estaba ya clara: o detenían a los güelfos o dejarían el Casentino hecho unos zorros, así que se organizó un ejército para hacerles frente.

El castillo de Poppi
Al mando de la caballería estaría de nuevo Bonconte de Montefeltro, mientras que el obispo dirigiría la infantería y una pequeña reserva quedaba al mando de Guido Novelle, cuyo castillo de Poppi estaba en el punto de mira de los güelfos. El encuentro tuvo lugar en el llano de Campaldino el 11 de junio de 1289, y no daré más detalles para no hacerme un "spoiler" de esos a mí mismo ya que en la próxima entrada daremos pelos y señales de esta batalla que, aunque poco conocida por lo general, fue la que inspiró a Dante Alighieri para componer su Divina Comedia ya que tomó parte en la misma combatiendo en la caballería florentina. 

Muro de paveses de la infantería florentina en Campaldino
El obispo, que como hemos visto buscó ante todo preservar sus intereses personales en este caso, al menos no dudó en plantarse la mitra encima del yelmo y salir a combatir cuando debía tener al menos unos 70 años. No se sabe con exactitud la fecha de su nacimiento, que se calcula debió ser hacia 1219 si bien algunas fuentes la atrasan incluso cinco años más, por lo que estamos ante un venerable anciano que, ya tuviera 70 o 75 tacos, no tuvo inconveniente para ir a la batalla y tomar parte en la misma. Pero esta vez la Fortuna se puso de parte de los güelfos porque, a pesar de que inicialmente la cosa parecía favorable a los aretinos, a lo largo del encuentro fueron desbordados por las tropas enemigas. Ubertini, al frente de sus 8.000 hombres entre peones, ballesteros y paveseros, se zambulló en la vorágine de la batalla maza en mano dando estopa a base de bien. Recordemos que los clérigos usaban por lo general armas contundentes para no derramar sangre aunque te convirtieran los sesos en comida para gatos o te reventaran el hígado de un mazazo.

Rodeados de enemigos, los aretinos ya solo luchaban por sus vidas. Los lugartenientes del obispo le instaron a que se largase de allí porque las cosas pintaban muy negras, y que lo más sensato era irse al castillo de Bibbiena, a solo unos 7 km. al sudeste de Campaldino. Pero el Ubertini le echó valor, las cosas como son.

-¿Puede salvarse la infantería?- preguntó refiriéndose a los hombres que estaban a su mando. 

-Imposible, monseñor- le respondieron.

-En ese caso compartiremos la muerte- replicó Ubertini-, ya que soy yo el que los ha llevado al peligro y me niego a abandonarlos ahora.

Y volvió a la batalla sin más. Un peón enemigo lo descabalgó y lo acabaron en el suelo. Cuando terminó la batalla su cadáver fue reconocido y trasladado junto al de su sobrino Guglielmo dei Pazzi, que también murió en combate, a la iglesia del monasterio de Certomondo, a pocos metros de donde tuvo lugar el encuentro. Allí fueron enterrados ambos de forma digna aunque sin dejar el lugar marcado con alguna lápida. Su yelmo y su escudo fueron llevados como trofeo de guerra a Florencia, donde este último fue colgado cabeza abajo en el Baptisterio. Cabe suponer que su final fue el típico de los hombres que caían en estas batallas, con los enemigos ensañándose hasta dejarlo hecho una birria. Una muestra la tenemos en la foto de su cráneo, donde se aprecia que fue despojado de su yelmo y golpeado en la cara y la sien izquierda, dejándosela bastante averiada. Junto al cráneo tenemos una reconstrucción forense basada en el mismo. Como podemos apreciar, era un hombre de rasgos enérgicos con jeta más de condotiero que de cura aunque, en su caso, fue un poco de todo. Por cierto que debía comer a bases de purés a la vista de lo escaso de su dentadura.

Momento en que el pequeño féretro con los restos del obispo Ubertini
es depositado en su cripta. SIC TRANSIT GLORIÆ MVNDI. El muerto al
hoyo y el vivo al bollo, qué carajo...
Bueno, así acabó nuestro obispo guerrero. Sus restos reposaron en Certomondo hasta que fueron hallados en 2008 y, tras las pruebas de ADN y demás zarandajas que permitieran corroborar que, en efecto, eran los de Guglielmino degli Ubertini, el 11 de junio se trasladaron a la catedral de Arezzo. Tras un fastuoso funeral celebrado por el cardenal Gualterio Basseti, el obispo fue enterrado junto al papa Gregorio X, muerto en esa ciudad en enero de 1276 y que antes de palmar hizo una suculenta donación que permitió iniciar las obras de la catedral donde, 719 años después de encontrar la muerte en Campaldino, descansan los dos hombres que la hicieron posible.

En fin, ya'tá. Para la próxima, la batalla en cuestión, que fue tan cafre que inspiró a Dante sus más elevados versos infernales.

Hale, he dicho

ENTRADA RELACIONADA:


Capilla de los santos Silvestre y Lucía en la catedral de Arezzo. Sobre el altar está la momia del papa Gregorio X,
y tapado por la corona que vemos en el suelo hay un ojo de buey por donde se puede ver la tumba del obispo. En
los paveses de los guardias aparece el caballo rampante negro del escudo de armas de las ciudad

jueves, 3 de noviembre de 2016

Obispos guerreros: Antony Bek, el poderoso obispo de Durham


Recreación de Antony Bek durante la batalla de Falkirk,
librada el 22 de julio de 1298. En esta batalla es donde
fue definitivamente derrotado el caudillo escocés
William Wallace
Tal como hemos ido viendo a lo largo de las entradas dedicadas a estos belicosos clérigos, no solo tenían en común una inquietante afición a acudir con sus mesnadas a las llamadas a las armas de sus respectivos monarcas, sino también a tomarse mucho más interés por las cuestiones del siglo que por las almas de sus pecadoras ovejas. Un preclaro ejemplo de este tipo de religioso nobiliario es, sin lugar a dudas, Antony Bek, que por su condición de obispo de la riquísima diócesis de Durham se convirtió en un verdadero príncipe en todos los sentidos del término. Quizás el que mejor supo definir el estatus del obispo fue su canciller, que dejó dicho que "hay dos reyes en Inglaterra, a saber: el señor rey de Inglaterra, que porta una corona en su cabeza como símbolo de su rango, y el señor obispo de Durham, que usa una mitra en lugar de una corona como muestra de su soberanía sobre la diócesis de Durham". De hecho, Durham era la capital del condado homónimo cuyos titulares tenían una serie de privilegios como ningún otro noble del reino, teniendo potestad para mantener un parlamento propio, reclutar tropas, regirse por sus leyes las cuales eran aplicadas por los jueces y alguaciles nombrados por los obispos, autoridad para conceder ferias y mercados a las poblaciones del condado, derecho para recaudar sus propios impuestos y tributos derivados por las tasas aduaneras, portazgos y pontazgos y hasta para acuñar moneda. En todo caso, lo que quizás defina mejor el elevado rango de los obispos de Durham era su título: príncipes-obispos, lo que nos dará una clara idea del estatus que disfrutaban los titulares de la poderosa diócesis que, además, tenían el título de condes palatinos. Otro ejemplo del verdadero poder de la sede de Durham lo tenemos en un suceso acaecido durante el mandato del predecesor de Bek, Robert de Insula, cuando el arzobispo metropolitano de York pretendió llevar a cabo una inspección en el cabildo catedralicio por ser Durham una sede sufragánea de la de York, o sea, que estaba bajo la autoridad de la misma. Los miembros del cabildo simplemente le negaron la entrada al templo alegando una hipotética falta de jurisdicción del arzobispo para inmiscuirse en sus asuntos, así que cuando este se presentó en la catedral se la encontró cerrada a cal y canto, lo que dio lugar a un interminable proceso que duró décadas y que, técnicamente hablando, jamás pudo darse por finiquitado. En fin, así se las gastaban los obispos de Durham.

Catedral de St. David, en Pembrokeshire, Gales
Curiosamente, nuestro hombre no pertenecía a ninguna familia especialmente importante. Su progenitor, Walter Bek, era un terrateniente perteneciente a la baja nobleza con posesiones en Ereseby, en el condado de Lincolnshire. Antony era el tercer retoño precedido por John, el primogénito, I barón de Bek de Ereseby, y de Thomas, destinado como él al clero, como era habitual entre los segundones de las familias de postín. Tras ser enviados a estudiar a Oxford tuvieron ante sí prometedoras carreras ya que Thomas alcanzó el rango de canciller de la universidad para, posteriormente, ser incluso guardasellos de Eduardo I, monarca con el que tanto él como su hermano estuvieron muy vinculados durante toda su vida, arcediano de Dorset y obispo de Saint David. Pero si la carrera eclesiástica de Thomas fue provechosa, la de Antony (sí, sin H intercalada) fue fastuosa.

Eduardo I
Antony Bek nació hacia 1245, terminando sus estudios en Oxford en 1270. Cabe suponer que la imparable progresión de ambos hermanos se debía a su madre Eva, sobrina de Walter Grey, el poderoso e influyente obispo de York que, durante muchos años y hasta su muerte, estuvo íntimamente relacionado con la casa real inglesa, llegando a ser el favorito de Juan Sin Tierra. Es pues muy probable que en aquella época ya tuviera algún tipo de relación con el entonces príncipe heredero ya que fue precisamente cuando acabó sus estudios cuando se unió a la hueste con que Eduardo, conocido como Longshanks (el cruel y desalmado rey de la peli "Bravehearth"), partió del puerto de Dover junto a una hueste de 225 caballeros y unos 800 peones y hombres de armas para acudir a la Cruzada, empresa esta que costaba tal pastizal que los gabachos tuvieron que aportar 17.500 libras más el establecimiento de una serie de impuestos para costear la onerosa campaña. El fallecimiento de su padre, Enrique III, en noviembre de 1272 le obligó a volver a Londres para ser coronado, mientras que nuestro hombre fue a parar a Durham, donde fue nombrado arcediano.

Vista panorámica de Durham. Dominando la ciudad se puede ver la catedral
Cabe suponer que su relación con el príncipe Eduardo le valió para ganarse su confianza ya que en 1275 fue nombrado condestable de la Torre de Londres, y apenas dos años más tarde ya desempeñaba delicadas misiones diplomáticas como, por ejemplo, las negociaciones para concertar el matrimonio de su hija Eleonor con el infante don Alfonso de Aragón, boda esta que por cierto no llegó a celebrarse ya que el infante palmó mientras se gestionaba el casorio. Es pues más que evidente que Antony Bek supo escalar posiciones a una velocidad de vértigo, y que no debía ser un simple trepa medieval porque en aquellos tiempos pasarse de vueltas le costaba a uno la cabeza. 


Blasón de Antony Bek: en campo
de gules, una cruz ancorada de
armiño
Así, sus servicios a la corona le valieron verse nombrado obispo de la rica diócesis de Durham en 1283, cuando tendría alrededor de 40 años. La consagración llegó el 9 de enero del año siguiente, y si como simple allegado al monarca ya se había convertido en un personaje influyente, siendo príncipe-obispo tenía la capacidad para ser, no un mero comparsa o, a lo sumo, un colaborador de la corona, sino protagonista del devenir del reino desde aquel momento. El que describió más acertadamente en lo que se había convertido fue el cronista Robert de Graystanes, un benedictino de la diócesis de Durham, cuando afirmó que  "este Antony era de altiva disposición, insuperable en esplendor, indumentaria y poder militar, y más preocupado por los negocios del reino que por los asuntos de su propio obispado". O sea, la conducta propia de un señor terrenal antes que la del pastor y guía espiritual de su rebaño de pecadores contumaces y de cuñados irredentos.


Una muestra más del poder del obispo de Durham es
este penique acuñado en su diócesis hacia 1284
con la efigie de Eduardo I
Bek se convertía así en uno de los hombres más poderosos del reino, con el añadido de que por su doble condición de señor secular y obispo podía hacer y deshacer a su antojo, actuando como uno u otro en función de sus intereses. Por ejemplo, en 1293 tuvo lugar otro encontronazo entre la diócesis de Durham y el arzobispado de York, en esta ocasión regido por John Le Romeyn el cual se cabreó horrores porque Bek ordenó detener a dos curas sin pedirle permiso. Bek alegó que lo había hecho como conde palatino, por lo que no tenía que rendir cuentas al arzobispo, sino al rey que, en este caso, le daban dos higas el asunto de los curas. Ante semejante brete y para no ver menoscabada su autoridad, Le Romeyn hizo lo único que podía hacer para presionar al altivo obispo: excomulgarlo. Pero no sabía el primado de York con quién se jugaba los cuartos ya que la disputa llegó hasta el parlamento, que acusó a Le Romeyn de meterse en camisa de once varas y de inmiscuirse en temas que no le concernían, por lo que finalmente tuvo que ceder y, encima, pagar una suntuaria multa de 4.000 marcos de plata. Y es que Bek, además de ser dueño y señor de sus dominios, era bienquisto por un rey con el que las bromas podían salir carísimas. 


El castillo de Auckland
Su modo de vida estaba acorde a su poder. Inicialmente vivía en el castillo de Durham, pero debía resultarse incómodo porque enseguida decidió mudarse a un pabellón de caza mandado construir en 1183 por Hugh Pudsey, uno de sus predecesores. Bek mandó reformar y ampliar la propiedad, dando lugar a lo que desde entonces se conoce como el castillo o palacio de Auckland, una fastuosa finca rodeada por 3,2 km² de bosques repletos de caza donde, desde entonces, los obispos de Durham organizaron suntuarios saraos para demostrar a propios y extraños que estaban forrados. Para sus desplazamientos y movidas como representante o portavoz del rey se hacía acompañar por un séquito de 140 caballeros, lo que muy pocos nobles de alto rango de Inglaterra se podían costear y, naturalmente, en caso de guerra podía levantar en armas una mesnada de postín como veremos a continuación.


Batalla de Stirling
En 1292 culminó la misión que Eduardo I le había encomendado para intervenir en el arbitraje que acabó dando la corona de Escocia a John Balliol que, entronizado como rey títere, convertía de facto todo el territorio escocés en un estado vasallo de Inglaterra. Pero esto solo supuso el inicio de constantes altercados entre los naturales del país con los delegados del rey Eduardo. Este estado de cosas fue empeorando hasta que la rebelión liderada por William Wallace convirtió Escocia en un hervidero que culminó con la batalla del puente de Stirling, librada en septiembre de 1297, en la que las tropas al mando del célebre caudillo apiolaron bonitamente al ejército enviado por el rey Eduardo al mando del conde de Surrey. Apenas un año más tarde tuvo que ser el mismo monarca en persona el que acudiera a Escocia a ponerle las peras a cuarto al belicoso Wallace y a explicarle que no le había gustado nada la escabechina que llevó a cabo con sus tropas en Stirling. Y en esta ocasión el buen obispo, como señor secular que era, acudió a la llamada de las armas conforme a su rango y su saneada economía.


El estandarte de St. Cuthbert
Su Ilustrísima el príncipe obispo de Durham se personó con una mesnada formada por dos condes con sus correspondientes tropas y veinticuatro bannerets precedido por el estandarte de St. Cuthbert, santo muy venerado que estaba sepultado en la catedral de Durham. Un banneret era un caballero de alto rango y, sobre todo, con los medios de fortuna suficientes para levantar una pequeña tropa y mantenerla durante el tiempo que durase la campaña. Estos hombres servían bajo la bandera o banner de este caballero, y de ahí el nombre de banneret, algo similar a los "señores de caldera y pendón" castellanos. Y, como no podía ser menos, el monarca lo puso al mando de una de las cuatro brigadas en que dividió su ejército. A cargo de la primera, que además formaba la vanguardia, estaba Henry de Lacy, conde de Lincoln; la segunda bajo el mando de Bek, la tercera estaba liderada por el mismo rey, y la cuarta por John de Warenne, conde de Surrey, el cual no perdió la confianza regia tras ser vapuleado por Wallace en Stirling. 


Vista aérea del castillo de Dirleton
Su primera acción de guerra tuvo lugar durante el avance en busca de los enemigos. Eduardo ordenó a Bek que se apoderase de los castillos de Dirleton, Tantallon y Dalhouise ya que estas fortalezas, ocupadas por tropas escocesas, controlaban el camino hacia Edimburgo y el estuario del Forth, donde esperaban poder desembarcar los avituallamientos para el ejército que, a aquellas alturas, empezaba a plantearse seriamente devorar las suelas de las botas. Bek partió acompañado de sir John Fitzmarmaduke hacia su primer objetivo, el castillo de Dirleton. Parece ser que nuestro hombre no era tan buen militar como político ya que, ante la escasez de provisiones de su mesnada y la carencia de máquinas de asedio, no tenía nada claro poder culminar con éxito la misión encomendada por su soberano, de modo que se agobió un poco y no supo qué hacer. Así pues, envió a sir John a pedir instrucciones al rey Eduardo, el cual le respondió con una misiva de esas que te quitan todas las tonterías de golpe. En primer lugar le conminó a olvidarse de cualquier tipo de sentimiento piadoso, el cual estaba totalmente fuera de lugar en una guerra. A eso añadió que no se andase con medias tintas y que barriera del mapa a los escoceses por todos los medios habidos y por haber, y que no tuviera ningún tipo de contemplaciones con los enemigos. Como guinda final le advirtió: "Guardaos de presentaros ante mí hasta que los tres castillos hayan ardido". Bek podría no tener el espíritu combativo de un Walter von Geroldseck, pero de tonto no tenía un pelo y lo captó enseguida, así que tomó al pié de la letras las advertencias de Eduardo y tomó Dirleton en solo dos días. Los otros dos castillos fueron evacuados por sus respectivas guarniciones antes siquiera de que las tropas de Bek fueran avistadas, por lo que cabe suponer que el obispo se despachó a gusto para no quedar mal ante el cruel Eduardo.

No obstante, a pesar del rapapolvo que recibió por su escasa combatividad, Bek no acababa de darse cuenta de que la guerra no tenía nada que ver con la paciente labor de un político, donde las prisas siempre son malas consejeras. De ahí que, ya en plena batalla de Falkirk, aún tuviera que recibir otra bronca, esta vez por parte de sir Ralph Basset el cual le conminó a atacar sin contemplaciones cuando el obispo ordenó ralentizar el avance de su brigada para esperar al contingente del rey que iba más retrasado. La de Bek contaba solo con 400 jinetes, por lo que no quería poner en peligro sus tropas por culpa de la fogosidad de sus caballeros, cuya sangre ardía por masacrar sin piedad a los enemigos. 

-¡No es vuestro oficio, obispo, instruirnos en este momento en el arte de la guerra¡- le espetó Basset, que no se caracterizaba precisamente por su sentido de la disciplina-. ¡Idos a celebrar misa si queréis, porque hoy lo que toca es luchar!- añadió el fiero noble. 


Caballeros estampándose contra un schiltron
Ni en una película de Jóligu, ¿que no? Caro les costó tanto ardor guerrero porque los escoceses, formados en densos schiltrons de piqueros, resistieron la carga y vieron como muchos de los fogosos caballeros se ensartaban ellos solos contra sus picas. El schiltron, para los que lo desconozcan, era una formación circular dispuesta para resistir las cargas de caballos coraza, lo que no tiene nada que ver con las hileras de postes puntiagudos sostenidos por gritones con faldas y las jetas pintadas de azul que salen en la peli esa de "Braveheart", que tiene más errores y anacronismos que la traducción en español del manual de una cafetera comprada en un chino. No obstante, la impetuosidad de los caballeros ingleses les costó perder 111 bridones, los cuales quedaron empalados al llegar al contacto. Bueno, la cosa es que, afortunadamente para el buen obispo, los escoceses fueron literalmente convertidos en acericos por los arqueros del rey Eduardo, así que abandonaron el campo del honor internándose en el bosque de Callendar, donde fueron perseguidos y acuchillados por los caballeros y hombres de armas ingleses. 


Sello de Bek tras su nombramiento
como Patriarca Latino de Jerusalén
Tras su experiencia bélica las cosas se torcieron un poco al obispo debido a sus disputas con Richard de Hoton, prior de Durham, y con el cabildo catedralicio. Entre 1300 y 1304 anduvieron a la gresca por cuestiones derivadas de la independencia del cabildo respecto al obispado, llegando incluso a sitiar a los monjes encerrados en el priorato hasta que estos se "rindieron" por hambre ya que solo disponían de 3 panes y 16 arenques como sustento, así que acostumbrados como estarían a pitanzas más enjundiosas no tardaron mucho en sentirse terriblemente hambrientos. Todo esto dio lugar a tener que intervenir incluso el mismo Eduardo y el papa Bonifacio VIII. Pero las aguas volvieron a su cauce a raíz del fallecimiento del rey, del papa y la posterior entronización de su sucesor Clemente V, con el que al parecer acordó apoyar la causa contra el Temple (véase la entrada que dedicamos a Guillaume de Nogaret para ponerse en antecedentes). Así, en las postrimerías de su vida, Antony Bek fue nombrado por Clemente Patriarca Latino de Jerusalén, rango este que ningún otro clérigo inglés ha ostentado jamás, y el nuevo monarca, Eduardo II, le concedió el gobierno de la isla de Man. Nunca un obispo inglés había llegado a detentar tales cotas de poder.


Capilla de los Nueve Altares de la
catedral de Durham
Sus días acabaron en Eltham, el 3 de marzo de 1311, cuando debería tener unos 66 años, lo que no está nada mal para aquellos tiempos. Su cadáver fue trasladado a su catedral de Durham, donde fue enterrado el 3 de mayo siguiente en la Capilla de los Nueve Altares, siendo así el único obispo inhumado dentro de los muros de la catedral tras el de St. Cuthbert de Lindisfarne, patrón de Nortuhmbria y uno de los santos más venerados de la Inglaterra medieval. Al parecer, hubo incluso un intento de elevarlo a los altares, pero sin éxito a pesar de que, contrariamente a lo habitual en el clero de la época, observó siempre su voto de castidad. En todo caso, bastante se llevó en vida, digo yo.

Bueno, esta es la historia de nuestro obispo guerrero de hoy. Solo añadir que sus méritos fueron incuestionables ya que, siendo como era miembro de una familia de la baja nobleza, fue capaz de alcanzar los más elevados honores y la confianza de su rey, lo cual también dice mucho de él aunque se pirrase por darse pisto y vivir a todo tren que, al cabo, era lo que le correspondía por su rango.

En fin, hora de merendar, y eso sí que es sacrosanto.

Hale, he dicho

viernes, 18 de marzo de 2016

Obispos guerreros: Arnaud Amalric, abad de Cîteaux


El asedio de Béziers magistralmente reflejado por el portentoso lápiz de José Daniel Cabrera Peña. Arnaud Amalric
aparece a la derecha, montando su caballo de batalla y cubierto con los atributos de su rango bajo los que viste una loriga.

Aparte del armamento empleado, los horrores
de la guerra son siempre iguales
Es innegable que la sola mención del nombre de este sujeto ya produce cierto repullo entre las almas más sensibles. Y no es para menos ya que la persona de Arnaud Amalric, o Amaury en francés, estará para siempre unida de forma inexorable a una de las más terribles matanzas habidas en Europa contra cristianos dentro del contexto de la Cruzaba Albigense. No obstante, y como suelo hacer cuando tratamos determinadas formas de conducta que nos resultan aberrantes bajo nuestros principios y valores, antes de proseguir debemos detenernos un momento en analizar los motivos que impulsaron a este hombre a involucrarse en cuerpo y alma en un conflicto que, durante décadas, asoló la rica Occitania durante la primera mitad del siglo XIII.

Hoy día, en que la tolerancia religiosa es uno de los principales valores occidentales, nos resulta surrealista que fuesen precisamente los clérigos los que con más denuedo se entregaron a las mayores tropelías en nombre de la pureza de la fe católica y, lo que nos parece aún más trágico, no dudar en enviar a la peor de las muertes a todo aquel que se opusiera a los designios del pontificado. Sin embargo, debemos despojarnos de nuestros valores y prejuicios modernos para poder entender la conducta de estos hombres que, aunque nos parezca lo contrario, actuaron de buena fe conforme a sus convicciones más profundas. O sea, no engañaron a nadie, y se enfrentaron con todas sus energías a lo que creían era una abominable herejía que había que exterminar en bien de la Iglesia a la que servían y para mayor gloria de Dios.

El mariscal sir Arthur Harris. Su defensa a
ultranza de los bombardeos de alfombra
produjeron muchísimas más muertes de
inocentes que las resultantes de cualquier
matanza medieval. Sin embargo, la historia aún
lo trata con benevolencia y justifica sus actos
Los que consigan despojarse de sus elevados principios morales de hombres del siglo XXI posiblemente puedan darse cuenta de que individuos como el abad no buscaban con su conducta el poder o la fama personal, sino servir a sus ideas que, en aquella época, eran perfectamente justas y válidas de la misma forma que también era justo el derecho de conquista y hoy no lo es. En todo caso, lo cierto es que no actuaban como los grandes genocidas del siglo XX, que solo buscaban su gloria personal y ejercer abyectas tiranías, sino que, en muchos casos, llevaban a cabo una labor oscura y reservada en bien de su congregación. Y si alguien persiste en ver a estos hombres como antecesores de Hitler o Stalin, pero me temo que se equivocan de medio a medio pero en fin, que cada cual piense lo que prefiera. En mi caso he preferido plasmar este introito para poder ver la historia bajo los ojos de los que la vivieron y no bajo los nuestros. Y dicho esto, vamos al grano...

Prácticamente no se sabe nada de los orígenes de nuestro hombre. Aunque en alguna que otra reseña en la red mencionan que era natural de Narbona, no hay nada que lo demuestre, así como su fecha de nacimiento o sus datos familiares. El hecho de que su nombre aparezca en occitano no demuestra nada tanto en cuanto desempeñó cargos de relevancia en esa región, primero como abad de Poblet entre los años 1196 y 1198, y luego en la abadía de Grandselve, al NO de Tolosa entre 1198 y 1202. Lógicamente, en las crónicas de ambas aparecería su nombre en lengua occitana. No obstante, algunos autores sugieren que bien podría ser natural de la Occitania por su conocimiento de la situación política y religiosa de su época pero, en todo caso, eso es lo de menos. La cuestión es que Arnaud Amalric no era ni remotamente el típico meapilas timorato ni tampoco el segundón de una poderosa casa nobiliaria metido a obispo para que tuviera un medio de vida asegurado tal como hemos visto en algunas de las entradas anteriormente dedicadas a los obispos guerreros.

Raimond de Saint-Gilles, VI conde de
Tolosa. Su actitud ambigua hacia la
herejía lo convirtió en uno de los más
enconados enemigos de Roma
Antes al contrario, Arnaud era lo que se consideraba en aquella época un hombre dotado de una fe inamovible, una fidelidad absoluta hacia el papado así como un fervor que iba más allá del miedo a la muerte o a las penalidades. Era en definitiva lo que actualmente se conoce como un fanático religioso, unos sujetos especialmente peligrosos ya que no se detienen ante nada en defensa de sus creencias. Y buena prueba de que su intención era formar parte en una orden dedicada a la predicación y la defensa de la fe es que se unió al císter, que contó entre sus filas con hombres tan preclaros como Bernardo de Claraval, que entre otras actividades se encargó de la redacción de la regla del Temple, o Domingo de Guzmán. Así pues, cabe suponer que Arnaud Amalric era un tipo decidido y, a la par, un desaforado enemigo de los que se consideraban en aquellos turbulentos tiempos como los peores herejes del mundo mundial: los cátaros, a los que había que destruir como fuese a fin de detener la peligrosa infección que, según Roma, iba in crescendo desde sus reductos de la Occitania, donde gozaban de las simpatías e incluso de numerosos adeptos entre el pueblo y la nobleza.

No vamos a entrar en detalles acerca de los orígenes y la evolución del catarismo en esta entrada ya que es un tema muy extenso y, además, sobrevivió al mismo Arnaud, así que solo se mencionarán los hechos en que tanto el uno como los otros estuvieron relacionados. 

La otrora archipoderosa abadía de Cïteaux
Bien, la cuestión es que la carrera religiosa de nuestro hombre debió ser bastante provechosa y, aún más importante, llamó la atención de los mandameses de la orden ya que lo sacaron de su abadía de Grandselve para ponerlo al frente de la de Cîteaux (del Císter en francés), lo que le convertía de facto en el jefe espiritual y material de su orden. Es indudable que su gestión al frente de sus diversos destinos tuvo que ser notable ya que, en 1204, el papa Inocencio III lo nombró legado pontificio junto a Ralph de Fontaine y Pierre de Castelnau, los cuales ya ostentaban dicho cargo desde hacía un año. Castelnau, un antiguo archidiácono de la diócesis de Maguelonne, y Arnaud formaron un incansable equipo dedicado a recorrer constantemente el Languedoc predicando, celebrando debates y procurando a toda costa dar a entender a los nobles y los burgueses que solo eran simpatizantes de los cátaros que debían alejarse de sus falsas creencias, y que su obligación era colaborar con ellos para eliminar la nefanda herejía. Pero no se dieron cuenta de que el tema del catarismo iba más allá de ser una mera cuestión religiosa, mezclándose con enjundiosos problemas políticos ya que se convirtió en una eficaz herramienta para que las ciudades y los señoríos dependientes del condado de Tolosa conservaran sus prebendas y libertades. Esto dio lugar a que Castelnau fuera escabechado en 1208, posiblemente por orden de Raimundo de Saint-Gilles, conde de Tolosa y que, aunque no era cátaro, su debilidad de carácter y su falta de resolución para poder tener contentitos a todos le arruinó la existencia.

Arnaud Amalric recibe de manos del papa
Inocencio III sus Sermones, una de sus
obras teológicas, para su difusión
Inocencio se cabreó horrores, y casi le da un soponcio al saber que uno de sus legados, personajes intocables de hecho, había sido vilmente asesinado. Eso supuso la predicación de la cruzada contra los herejes, otorgando la indulgencia a todo aquel que se uniera a la misma al menos durante 40 días, que era el tiempo de servicio habitual en aquella época. Y para demostrar su enojo puso al frente de la misma al que, hasta el momento, se había mostrado como el más sólido defensor de la ortodoxia y, aún más importante, su más fiel servidor: Arnaud Amalric. No sabían los herejes la que se les venía encima. Sin embargo, el papa no disponía de tropas propias así que envió a su fiel Arnaud a hablar con el rey de Francia y con los nobles franceses para convencerlos de que participar en la cruzada no solo era buen servicio a Dios y a la Iglesia, sino incluso a ellos mismos para impedir la propagación de la herejía en sus tierras. Para reforzar más sus argumentos, Arnaud no olvidó soltar la amenaza espiritual de turno, que siempre solían ser muy eficaces. Tras soltarles su discurso añadía que "quién no decida convertirse en cruzado nunca más beba vino, no vuelva a comer sobre mantel de noche o de día, nunca vuelva a vestirse de cáñamo o lino y sea enterrado a su muerte como un perro". Hoy día, una advertencia semejante nos daría una soberana higa, pero en aquellos tiempos era capaz de acojonar al mismo rey ya que eso de no comer sobre mantel o verse obligado a vestir con estameña era una humillación insoportable, y ser enterrado en tierra sin consagrar la mejor forma de irse al infierno de cabeza. Lo de beber vino creo, no obstante, que era la peor de todas las amenazas posibles ya que el bebercio siempre ha sido muy apreciado por el personal. Está de más decir que toda la nobleza francesa se hizo eco de la llamada a las armas, y el rey Felipe Augusto no dudó en rechazar el mando de la operación militar en favor del abad tanto en cuanto consideró que aquella guerra era de tipo religioso si bien siempre he pensado que lo que pretendía en realidad era que otros llevaran a cabo el trabajo sucio.

Amalric recibe el encargo de organizar la Cruzada.
A la derecha aparece entrevistándose con el rey
de Francia Felipe Augusto
De sus actos durante la cruzada,  el asedio de Béziers fue el que se llevó la palma como ya anticipamos. Para ilustrarse adecuadamente, sírvanse pinchar aquí, donde en su momento se habló con todo detalle acerca de aquellos luctuosos hechos. Béziers, defendida por Raimond Roger de Trencavel, vino de perlas a Amalric para dejar bien claro que todo aquel que no se aviniese a someterse a la autoridad pontificia sería literalmente exterminado. Sin embargo, la espeluznante matanza llevada a cabo dentro de sus muros no supuso cambios verdaderamente significativos en el desarrollo de la cruzada tanto en cuanto los cátaros siguieron practicando su fe y los nobles y burgueses provenzales siguieron prestándoles su apoyo. Todo ello conllevó un aumento progresivo de la brutalidad por parte de los cruzados, y más cuando se puso frente a ellos el desmedido Simón de Montfort.

La matanza de Béziers que, según algunos autores,
fue propiciada por los ribaldos aragoneses a sueldo
de la Cruzada sin que mediara orden alguna por
parte del abad.
Conviene abrir un paréntesis acerca de la autenticidad de la famosa frase pronunciada por Arnaud cuando se le preguntó cómo podrían distinguir a los herejes de los buenos cristianos, a lo que replicó la tristemente célebre sentencia: "Tuez-les tous! Dieu reconnaîtra les siens!", "¡Matadlos a todos! ¡Dios reconocerá a los suyos!". Según algunos autores, esta brutal orden es producto de la leyenda alegando que sólo una fuente la menciona, concretamente el cronista cisterciense Cesáreo de Heisterbach (c. 1181- c. 1240) que, como vemos, fue contemporáneo a estos ominosos hechos por lo que no habría que cuestionar sus palabras. De hecho, este monje menciona la frase en latín como CÆDITE EOS. NOVIT ENIM DOMINVS QVI SUNT EIVS, la cual forma parte de una cita de una epístola de Pablo a Timoteo, lo que la hace propia de un clérigo bien formado como era Arnaud, y no propalada por parte de gente inculta.  Además, conviene señalar un curioso detalle, y es el empleo del término CÆDERE en vez de NECARE, y es que el primero significa masacrar o exterminar, mientras el segundo es matar a secas. Eso corroboraría el hecho de que el abad deseaba llevar a cabo un escarmiento  definitivo entre los vecinos de Béziers ya que, aunque no fueran herejes, habían tolerado e incluso defendido a ultranza a estos a pesar de las anatemas de la Iglesia. 

Estatua de Simón de Montfort en la fachada de la
torre del reloj de la catedral de Leicester
A pesar de la aplastante derrota sufrida por Trencavel, éste siguió en sus trece desafiando a los cruzados y su comandante, el cual se la tenía jurada y no paraba de urdir mil y una formas de acabar con su poder. De hecho, llegó a ofrecer a los nobles que participaron en la cruzada la posesión de sus tierras, a lo que se negaron alegando que ellos combatían en nombre de Dios, y que les daba una higa enorme adueñarse de un territorio donde la herejía seguía campando a sus anchas a pesar de que el abad no se cortaba un pelo a la hora de poner freno a los cátaros. Al final, el que sí aceptó fue Simón de Montfort, si bien inicialmente hizo como que rechazaba la oferta. Pero la perspectiva de ver notablemente aumentados sus dominios y, por otro lado, el convertirse en un figurón de la cruzada, acabaron por convencerle de que lo mejor era convertirse en vizconde de Béziers y de Carcassonne. Pero que nadie piense que Montfort era el típico noble cerril ávido de dinero y tierras. Antes al contrario, era un hombre inteligente, astuto y sagaz que, además, estaba poseído de una fe inamovible y, quizás lo más relevante, era francés, por lo que le importaban un rábano los escrúpulos de conciencia de los nobles occitanos a la hora de adueñarse del patrimonio de uno de sus pares.

Castillo de Minerve
En 1210, el belicoso abad tomó parte en el asedio de Minerve, otro conocido reducto cátaro, logrando la rendición de la plaza si se avenían a someterse a la Iglesia. A los herejes, faltaría más, se les dio a elegir: o abjuración o a la hoguera. Curiosamente, el abad no pretendía con esto lograr conversiones sino más bien lo contrario: sabía que los cátaros solían preferir la muerte a renegar de su fe, de modo que así podría acabar con ellos para disminuir el censo de "infectados", que era como los llamaban. De hecho, un tal Robert de Mauvoisin, un oficial de las tropas de Montfort, sugirió al abad si no sería posible que hubiese herejes que abjurasen falsamente con tal de escapar de la pira, a lo que Amalric respondió que estaba seguro de que muy pocos se convertirían, por lo que no debía preocuparse. De esa forma, el abad liberaba su conciencia de la masacre ya que sabía que las conversiones serían mínimas, y que si los cátaros acababan incinerados era responsabilidad de ellos ya que él les había ofrecido generosamente renegar de su herejía. Los más de 140 cátaros quemados allí mismo le dieron la razón.

Blasón de Arnaud Amalric como
arzobispo de Narbona
El 12 de marzo de 1212 es designado para sustituir a Berenguer, obispo de Narbona, siendo nombrado el 6 de mayo siguiente. De ese modo, Arnaud Amalric vio compensados sus denodados esfuerzos recibiendo sobre su testa el dulce peso de la mitra de la sede narbonense, así como el título de duque con el que tomó parte con su mesnada en la batalla de Las Navas de Tolosa en el mes de julio de aquel mismo año. De ese modo, aunque conservaba su cargo de legado pontificio y la autoridad espiritual de la cruzada, el mando militar pasaba a manos del siempre ávido Montfort. Pero, con el paso del tiempo, el rey de Francia pasó a convertirse en una amenaza para el Languedoc ya que, aprovechando las circunstancias, poco a podo se fue haciendo el amo del cotarro para anexionar aquel ubérrimo y extenso territorio a la corona francesa a costa del timorato y siempre indeciso Saint-Gilles, conde de Tolosa, cuya capital fue ocupada por nuestro hombre acompañado por Montfort y Luis, príncipe delfín, en 1215.

La abadía de Frontfroide, construida en el siglo XI
Los últimos años del abad no fueron precisamente apacibles. Montfort, su anterior aliado, acabó convirtiéndose en su más acérrimo enemigo al pretender éste arrebatarle el título de duque de Narbona alegando que, por norma, dicho título era para los condes de Tolosa, rango que había logrado alcanzar en su afanoso empeño por apoderarse de todas las posesiones de Saint-Gilles y los Trencavel. Está de más decir que Arnaud no se amilanaba lo más mínimo a pesar de la reconocida ferocidad de Montfort, y no dudó en amenazarlo con el entredicho si seguía fastidiándolo a todas horas. Paradójicamente, al final de sus días, Arnaud Amalric acabó poniéndose de parte del hijo del extinto Saint-Gilles, Raimond VII, cuando se dio cuenta de que el apoyo francés a la cruzada no había sido más que una hábil maniobra que solo buscaba apoderarse de toda la Occitania. De hecho, incluso intercedió para que la Iglesia reconociera a Raimond para que le fueran devueltas sus tierras, heredadas por el hijo de Montfort a la muerte del fiero Simón durante el asedio de Tolosa. 


Cruzados aliñando herejes. En el centro de la imagen aparece
Simón de Montfort, reconocible por su blasón en el que
luce un león rampante plata en campo de gules
Sin embargo, las energías del belicoso abad estaban ya bajo mínimos, y el 29 de septiembre de 1225 se largó de este mundo en la abadía de Frontfroide tras legar a esta su biblioteca, sus armas y su caballo de batalla. Sus restos fueron sepultados en la abadía de Cîteaux. Por desgracia, durante la Revolución francesa los enterramientos de dicha abadía fueron vilmente expoliados debido a que era desde hacía siglos sepulcro de la casa de Borgoña, por lo que los denodados defensores de la libertad, la igualdad y la fraternidad arramblaron con todo, expoliaron las tumbas y desparramaron los huesos de sus inquilinos. O sea, que vete a saber donde leches habrán ido a parar los restos de nuestro hombre. En todo caso, su nombre ha perdurado a través del tiempo para que sea asociado de forma indeleble al fanatismo y la barbarie en nombre de Dios.

Hale, he dicho


Vista de Béziers con el río Orb en primer término. El nombre de la ciudad estará siempre unido al del abad de Cîteaux