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sábado, 27 de agosto de 2016

Fortificaciones pirobalísticas. Las obras exteriores


Vista aérea de las impresionantes obras exteriores del fuerte de Bourtange, en Holanda. Por cierto que, para un amante
de este tipo de edificios, lograr adquirir una casita de esas que se ven dentro del fuerte debe suponer un orgasmo mortífero

Plaza fuerte de Theresienstadt (Chequia) rodeada por sus obras exteriores.
Situada a orillas del río Ohre y a apenas 2,5 km. de la confluencia de este con
el Elba, disponía para su defensa de la Kleine Festung (la pequeña fortaleza)
y dos pequeños bastiones, quedando patente la complejidad del conjunto.
Y sí, en el Kleine Festung es donde estuvo el tristemente célebre campo
de exterminio, y es donde fue encerrado Gavrilo Princip.
Bien, tras el receso producido por el pequeño examen fortificado, prosigamos con las fortificaciones pirobalísticas. No obstante, creo oportuno antes de seguir estudiando los diversos tipos de obras exteriores que defendían estas fortalezas explicar qué sentido tenían las mismas. O sea, para qué se invertían sumas ingentes en fortificar decenas o incluso centenares de metros alrededor de una plaza fuerte que, de por sí, tenía la suficiente potencia de fuego y las tropas necesarias para hacer frente a cualquier ataque. Seguramente, muchos se habrán hecho esa pregunta, y más cuando hayan observado los planos y vistas cenitales que se han ido presentando en las diversas entradas que se han publicado sobre ese tema. En ellas se pueden ver, como ya comentaba en la entrada anterior, intrincados laberintos geométricos cuya misión no era que el enemigo se perdiese en semejante dédalo, sino intentar controlar al máximo posible el terreno circundante para prevenir la aproximación de la artillería y las tropas de los sitiadores. Porque, ante todo, debemos considerar un aspecto que, aunque es de una evidencia palmaria, no siempre lo solemos tener en cuenta. No es otro que la orografía del terreno, imposible de adaptar en la mayoría de los casos al ideal de la defensa ya que no siempre el lugar donde había que edificar el fuerte de turno era llano como el electroencefalograma de un político o bien no disfrutaba de una posición dominante en kilómetros a la redonda.

Coracha del castillo de Buitrago sobre el río Lozoya. Este
tipo de obra exterior no solo permitía abastecerse de agua,
sino también controlar el paso de los ríos
Si nos remontamos a la entrada dedicada a los padrastros, vemos que ya en la Edad Media había que tener en cuenta el entorno de un castillo a la hora de construirlo. Pequeñas elevaciones o incluso cerros en toda regla a unas distancias peligrosamente cercanas- en aquellos tiempos no más de 200 o 300 metros-, podían poner en serio peligro la integridad del recinto ya que bastaría emplazar en esa altura un fundíbulo para ir demoliendo poco a poco las murallas a golpe de bolaño. Ese problema no desapareció con la aparición de las fortalezas de traza italiana, sino que incluso se vio aumentado ya que un cañón tenía más alcance que un fundíbulo, así que había que poner especial cuidado en la elección del lugar ya que la distancia de seguridad, por denominarlo de alguna forma, se ampliaba bastante. Del mismo modo, muchas veces se hacía necesario controlar el paso a los distintos accesos de una fortaleza, o bien los cursos de agua cercanos como se explicó en la entrada dedicada a las corachas. Y, por otro lado, también existían depresiones en el terreno que, al quedar fuera del ángulo de tiro de la artillería del fuerte, permitirían al enemigo emplazar sus morteros para bombardear la plaza a su sabor, o bien acuartelar en ellas tropas de cara a un asalto sin que los defensores se enterasen de ello por quedar fuera de su vista. Por poner un ejemplo que nos permita verlo con más claridad, veamos a foto inferior, la cual nos muestra una panorámica del impresionante complejo fortificado de Alarcón, en Cuenca.



La flecha blanca señala la Torre del Campo, distante apenas 300 metros de la ciudad. La roja marca la Torre de Alarconcillo, que corona el cerro de la pequeña península formada por un meandro del río Júcar. Al fondo, en amarillo, tenemos la Torre de Cañavate. Como se puede ver, son obras exteriores destinadas a diversos cometidos que veremos mejor en la foto cenital inferior.


Los círculos tienen el mismo color que las flechas de la imagen anterior, de modo que podemos situarnos perfectamente en esta foto en la que además se aprecia que Alarcón es prácticamente una isla con un único acceso controlado por la Torre del Campo, la cual no solo cerraba el paso a posibles agresores sino que, además, impedía la aproximación o el emplazamiento de máquinas o artillería en la meseta que se extiende en dirección NE. Por otro lado tenemos la Torre de Cañavate, que cerraba el paso a la pequeña península situada al norte de la población y, por si esta caía en manos enemigas, aún quedaba la Torre de Alarconcillo para impedir que dicha península fuese empleada como padrastro por los enemigos.

Como vemos, esto de las obras exteriores data de bastante tiempo atrás, pero fue con la aparición de las fortalezas de traza italiana cuando ganaron en complejidad ya que evolucionaron en una época en que el enemigo no empleaba fundíbulos, manganas o bombardas, sino una eficaz artillería de sitio en forma de cañones, morteros y, posteriormente, obuses, con un alcance efectivo de varios kilómetros y una precisión acorde al mismo. Era pues necesario disponer de fortificaciones capaces de repeler o, al menos, alejar al máximo posible las bocas de fuego de los sitiadores para impedir sus demoledores efectos sobre la población. Un ejemplo de la necesidad de fortificar todo aquel terreno susceptible de ser empleado de forma ventajosa por el enemigo lo tenemos en Elvas, en el famoso fuerte de Graça (foto superior) del que tanto hemos hablado ya. Dicho fuerte se construyó simplemente porque el cerro donde se yergue, situado al norte de la ciudad, fue empleado por las tropas de don Luis de Haro en 1658 para bombardearlos bonitamente, así que aprendieron la lección y fortificaron tan peligroso padrastro para que nunca más se pudiera aprovechar. Como vemos, desde la cima del monte da Graça al centro de Elvas hay poco más de 1.600 metros, distancia que un cañón o un mortero de aquella época cubría de sobra.

Pero tan peligroso era un accidente geográfico situado a una cota igual o superior a la de la fortaleza como si era inferior. En una tipología en la que precisamente para ofrecer el menor blanco posible se eliminaron las altivas murallas de antaño, el ángulo visual sobre la campaña se veía también muy mermado. De ahí que fuese necesario fortificar esos sectores para impedir que fuesen aprovechados por el enemigo de la forma que se comentó más arriba. Veamos un ejemplo para comprenderlo mejor. A la derecha tenemos una foto cenital del fuerte de Santa Luzia, en Elvas. Está situado a un altura de 315 metros sobre el nivel del mar. A su espalda, a una cota más elevada, está la plaza fuerte de Elvas, y ante él, el fortín de São Mamede a una cota 15 metros por debajo. Si observamos la imagen vemos que el terreno va descendiendo en dirección SE de forma que a solo medio kilómetro ya pierde otros 30 metros más.

Vista del fortín de São Mamede en dirección sureste
La cuestión es que precisamente en esa dirección se encuentra a poco más de 7 kilómetros el río Guadiana, 150 metros por debajo del fuerte de Santa Luzia, y formando en ese sector una depresión notable que vemos en la foto de la izquierda sombreada de rojo. Esa amplia vega queda totalmente fuera del ángulo visual del fuerte, lo que hizo necesario construir el fortín que se anticipase a la llegada de una fuerza invasora. Dicho fortín estaba unido al fuerte principal mediante un camino cubierto para que la guarnición pudiera replegarse en caso de necesidad, pudiendo sumarse a la de Santa Luzia. Así mismo, si era ocupado podía ser bombardeado por la zaga desde su posición dominante.

Porque, eso sí, todas las obras exteriores estaban totalmente indefensas por la espalda para permitir que, en caso de caer en manos del enemigo, esos carecieran de defensa posible salvo que andasen listos y se preocupasen de acarrear a toda velocidad fajinas y demás pertrechos para fabricar un parapeto de circunstancias. Veámoslo en el gráfico inferior:


En A tenemos el recinto principal situado en la cota más elevada. Separado por un foso tenemos B, una primera línea de obras exteriores que, como mostramos, está bajo el ángulo de tiro de las bocas de fuego emplazadas en A. Al tener la gola totalmente desprovista de defensas, los enemigos que ocupen esa obra están muertos si no se largan de allí a toda velocidad. Y lo mismo ocurre en C, que queda bajo el fuego de los cañones y la fusilería de la guarnición de B. De ese modo, las obras exteriores permitían una muy efectiva defensa en profundidad que solo podía expugnarse con santa paciencia, abriendo trincheras de aproximación y dedicando días y días a bombardearlas hasta que, finalmente, se intentaba un asalto si la guarnición había sido barrida del terreno, sus cañones desmontados a tiros o bien se lograba abrir una brecha.

En fin, básicamente este era el motivo de las obras exteriores. Como vemos, no era una cuestión baladí ya que de su buen diseño podía depender el mantener o perder una plaza fuerte, así que ahora puede que muchos se expliquen el motivo de estas extensas, complejas y onerosas obras. 

En fin, ya tá.

Hale, he dicho

domingo, 21 de agosto de 2016

Fortificaciones pirobalísticas. Tenazas


He aprovechado estos días en que tengo el cerebro gasificado por la puta caló para echar un vistazo a algunas entradas antiguas. Varias de ellas, con más de cinco años de antigüedad, la verdad es que han envejecido peor que un cuñado repudiado por todo el clan y privado de gorronear a mansalva, especialmente en lo tocante a los gráficos e ilustraciones. Sirva de excusa el hecho de que fueron elaboradas en los albores del blog y, para más inri, con el Paint, programa este que no da para muchas virguerías, la verdad. Por otro lado, los textos, aunque correctos, pecan de cierta brevedad y son un tanto escuetos, así que no estaría de más llevar a cabo una re-edición de estas entradas que, al fin y al cabo, son la esencia del blog. Recordemos que la temática primigenia de Castra in Lusitania son las fortificaciones tanto medievales como pirobalísticas, así que colijo debo mantener en buen estado las entradas dedicadas a esos temas. Es más, la intención es mejorar de forma sensible estas entradas antiguas a fin de que su contenido esté al nivel de calidad deseable.

Vista aérea de Valença do Minho (Portugal). Cada una de esas obras tiene
un nombre y una función específicos
Por otro lado, en un intercambio epistolar con uno de los probos castilleros con los que suelo cambiar impresiones sobre estos asuntos pétreos, me di cuenta de que la morfología y los distintos tipos de construcciones de estas fortificaciones suelen ser bastante desconocidas por lo general tanto en su denominación como en las funciones que desempeñaban. Estos fuertes, que vistos desde el aire o en un plano parecen un laberíntico  galimatías geométrico, constaban de diversas obras exteriores- algunas tan complejas que cuesta trabajo "descifrarlas"- que, casi siempre, no sabemos diferenciar o ni siquiera sabemos por qué están ahí. Así pues y sin enrollarme más, vamos a comenzar con una más concienzuda actualización de este tipo de fortificaciones a fin de que podemos formar un glosario lo más completo posible sobre las mismas. Sí, ya sé que a la mayoría de los que me leen les molan más otras temáticas como las entradas dedicadas a curiosidades, al armamento o a como se despedazaban nuestros ancestros, pero, repito, el origen del blog son las fortificaciones, y con ellas fue como me di a conocer. 

Así pues, al grano. Comenzaremos por la actualización de una de las obras exteriores más ensalzada en los manuales de fortificación de la época tanto por su sencillez como por su efectividad: la tenaza.

Grabado que muestra la población de Verrua, en el Piamonte. Sombreado en
rojo podemos ver la falsabraga que defendía el lado suroeste de la muralla
El origen de este tipo de obra se debió al parecer a la necesidad de sustituir o, en caso de fortificaciones ex novo, prescindir de la falsabraga. Las falsabragas tenían como finalidad en este caso aumentar la potencia de fuego de la fusilería ya que los ocupantes de la misma se sumarían a los del recinto principal situado a sus espaldas. Al parecer, fueron  los ingenieros holandeses los más proclives al empleo de este tipo de obra que pronto demostró su inutilidad ya que las falsabragas no eran sino la versión modernizada de los añejos antemuros medievales, y perdieron la razón de su existencia debido precisamente a la proliferación de la artillería de sitio. Porque mientras que en una fortaleza medieval el antemuro era una eficaz protección para impedir o dificultar tanto los asaltos mediante el lanzamiento de escalas como la posibilidad de adosar máquinas de batir- arietes o trépanos- o de aproximación- bastidas, tolenos, etc.-, en las fortificaciones pirobalísticas se podían convertir en un medio que facilitase al enemigo entrar por una brecha o, simplemente, perder su utilidad debido al derrumbe de la cortina  o el baluarte que defendía. El gráfico inferior nos permitirá comprenderlo mejor.


A la izquierda tenemos una fortificación B precedida por una falsabraga A. Como vemos, la cortina está siendo bonitamente cañoneada con la finalidad de abrir una brecha en la misma. Los escombros que caigan sobre la falsabraga obligará a sus ocupantes a desalojar la zona porque una cosa es morir heroicamente de un balazo en el cráneo, y otra palmarla con la cabeza aplastada como un higo bajo pezuña burrera a causa de un cascote. En una situación real, los disparos contra la cortina del recinto principal se alternarían con los efectuados contra la falsabraga a fin de abrir en la misma otra brecha que permita la escalada, por lo que ese sector quedaría totalmente desguarnecido. Una vez abierta la brecha, tal como vemos en la figura de la derecha, los mismos escombros servirían para facilitar el asalto. Así pues, como queda patente, las falsabragas podían convertirse en una trampa fatal para los defensores, por lo que eliminarlas era imprescindible de cara a presentar ante los enemigos unas obras exteriores lo más eficaces posibles.

Pero había algún que otro elemento defensivo que también precisaba de una revisión a fondo porque su utilidad era más que cuestionable. Observemos en el gráfico inferior la figura A, donde aparece el espaldón de un baluarte con una casamata baja. La artillería enemiga está cañoneando la parte superior para abrir una brecha, por lo que los escombros caerán ante la tronera, cegándola y neutralizando así su capacidad defensiva. Debido a ese evidente punto flaco, las casamatas se eliminaron en favor de las plazas bajas, de las que ya se habló en su momento y que vemos representadas en la figura B. Se daba por sentado que al estar separadas del espaldón podrían seguir activas aún en el caso de que el baluarte fuese bombardeado. Pero, obviamente, pretender que los servidores de las bocas de fuego emplazadas en una plaza baja permanecieran impasibles mientras que les llovían los cascotes y su reducido espacio disponible se llenaba de los mismos era absurdo, por lo que su utilidad también era más que cuestionable.


Así pues y a la vista de toda esta serie de inconvenientes, era preciso crear un nuevo tipo de obra que permitiese defender las cortinas de una fortificación y, al mismo tiempo, que sus defensores pudieran actuar sin más trabas que el fuego enemigo, que ya era bastante. Al mismo tiempo, esa nueva obra debería defender la gola de las obras que las precediesen- revellines, hornabeques o bonetes, todos ellos en sus distintas versiones-, pero también cubrir la retirada de las guarniciones de los mismos en caso de ser desalojados por los enemigos y, además, batir a estos por la zaga si se llegaban a apoderar de esas defensas. La solución a todo ello era algo tan asombrosamente simple y, a la par, tan eficiente como la tenaza.

La impresionante ciudadela de Lille. Sombreadas en rojo se
aprecian las cinco tenazas que defendían las cortinas de la
muralla principal
Según qué tratadista, este tipo de obra exterior tuvo un padre diferente. Lucuze afirma que el creador de la tenaza fue un ingeniero boloñés, concretamente el capitán Francesco de Marchi (1504-1576), mientras que el coronel Noizet Saint-Paul, en su obra "Elementos de fortificación" asegura, como no, que fue su ilustre paisano el marqués de Vauban. El general prusiano Heinrich von Zastrow también se inclinaba por la autoría de Vauban, e incluso añade que las primeras tenazas fueron construidas en la ciudad francesa de Lille. Pero en esto, como en tantas otras cosas, los gabachos pecan de un chovinismo feroz y nos quiere colar la paternidad del invento al marqués el cual, sin negarle su incuestionable genio militar, no inventó tanto como muchos creen sino que, más bien, supo hacer un uso muy inteligente de las obras escritas por tratadistas españoles, italianos y franceses anteriores a él. 

Francesco de Marchi
En todo caso, parece ser que, ciertamente, el invento fue producto del ingenio del tal Marchi si bien Lucuze comete un fallo en la datación del mismo ya que afirma que salió a la luz en 1599, cuando nuestro hombre llevaba ya 23 años de nada criando malvas. Pero, sea como fuere, lo cierto es que en la obra del abate Ercole Corazzi (editada en Bolonia el 2 de enero de 1720) "L'architettura militare di Francesco Marchi" se menciona como creación del boloñés una "cortina en ángulo entrante" así que, quizás, la idea de Marchi fuera un nuevo tipo de cortina, y fue Vauban el que tuvo la feliz ocurrencia de adaptar ese diseño como obra exterior posiblemente al ilustrarse en su obra "Della architettura militare". Bien, esto es lo que tenemos acerca del origen de esta obra pero, ¿en qué consistía? Lo veremos mejor en el gráfico inferior.

La tenaza, tenallón o tenazón consistía en un talud colocado en el hueco entre los flancos de dos baluartes, quedando de ese modo situado ante la cortina que unía los mismos. Estaba conformada por un terraplén invertido situado dentro del foso ante dicha cortina, con una altura igual a la del camino cubierto, el revellín o cualquier otra obra situada ante ella. Para defensa de su guarnición estaba provista de parapeto y banqueta para la infantería, de modo que pudieran disparar a pecho cubierto. En la figura A tenemos una tenaza simple, cuyo parapeto, como salta a la vista, forma una pequeña cortina entrante tal como sugería Marchi. Su ángulo seguían el mismo trazado que el de las caras de los baluartes que la flanquean. En la figura B aparece una tenaza doble la cual ofrecía un frente fortificado aún más eficiente ya que presentaba una cortina, dos caras y dos flancos, como si de un pequeño hornabeque se tratase. En ambos casos, estas obras estaban separadas no menos de 7 varas (5,9 metros) del recinto principal, por lo que no le afectaban los derrumbes producidos por la artillería tal como se explicó más arriba.


Con la vista en perspectiva de la izquierda podremos hacernos una idea más clara de la efectividad de la tenaza. Delante de la misma hemos colocado un revellín, el cual tiene la misma altura. Desde la tenaza se impedirá que los enemigos que avancen por el foso puedan acceder a dicho revellín ya que los contendrán con fuego de fusilería y, caso de que logren apodarse del mismo, estarían a merced de la guarnición de la tenaza. Recordemos que, por norma, todas las obras exteriores de las fortificaciones pirobalísticas estaban construidas de forma que las golas carecían de defensas para, caso de ser ocupadas, impedir al enemigo hacerse fuerte en ellas. Por otro lado, la tenaza permitiría a la guarnición del revellín replegarse con seguridad sin quedar a merced del enemigo, sumándose al contra-ataque de esa fortificación junto a los ocupantes de la tenaza. Por último, caso de ser imposible mantener el sector, solo restaría largarse echando leches por una poterna o por las generalmente laberínticas obras exteriores de que disponía cualquier fortaleza medianamente importante.


Puede que alguno se pregunte qué necesidad había de tanta obra exterior cuando desde el recinto principal podía repeler impunemente a la infantería enemiga. La respuesta la tienen en el gráfico de la derecha. Como se puede ver, A es el recinto principal cuyo terraplén está a varios metros por encima del nivel del suelo. La artillería emplazada en el mismo carece de ángulo de tiro para distancias cortas, de forma que los fusileros enemigos pueden aproximarse impunemente en el momento en que las bocas de fuego no puedan disparar más hacia abajo. Además, el grosor del parapeto no permitía abrir fuego a corta distancia ni a la guarnición a causa del espesor del parapeto, de tres o cuatro metros o incluso más. Sin embargo, desde la tenaza B, situada a una cota inferior, sí había ángulo de tiro para disparar a todo lo que se moviera por el foso C, o bien por el camino cubierto, revellín u hornabeque D. Y aprovechando que en este gráfico se puede apreciar mejor, comentar que, además de todas las ventajas señaladas acerca de este tipo de obras, su altura permitía que pequeños grupos de defensores salieran de la fortaleza por una poterna y, protegidos por la tenaza mientras se agrupaban, iniciar un ataque por sorpresa contra los atacantes que pudiera haber en el foso o intentando apoderarse de cualquier obra exterior. 

Bien, ya hemos visto como fue el origen de este tipo de fortificación, así como las cualidades que la caracterizaban y que la hicieron, según todos los tratadistas de la época, imprescindible en cualquier fortaleza. Sin embargo, la evolución de la tenaza no se quedó en las dos tipologías que hemos estudiado hasta ahora, la simple y la doble, sino que fueron surgiendo otras para fortificar determinadas zonas sensibles más allá de la mera defensa de una cortina. En este caso sí fue Vauban el que empleó las tenazas para combinarlas con otro tipo de obras para mejorar la defensa de los recintos principales sin necesidad de emplear muchos y costosos elementos. En el gráfico superior tenemos una tenaza flanqueada por dos contraguardias A y B (no confundirlas con los revellines), presentando así un amplio frente ante la fortaleza. Desde estas obras se podía controlar el camino cubierto o cualquier otro tipo de construcciones y, al mismo tiempo, estarían fuera del ángulo visual de los atacantes ya que se encontraban dentro del foso. Solo con bombas de mortero o un ataque en masa de infantería podría desalojarse a los defensores, los cuales verían aumentado su número en caso de repliegue de las guarniciones de las obras precedentes. Los espacios libres entre las tenazas y las contraguardias permitían una retirada rápida y, al mismo tiempo, dificultaba a los enemigos el acceso al la escarpa del foso.

En fin, esto es lo que da de sí este tipo de obra. No obstante, la tenaza evolucionó según qué circunstancias para fortificar determinados sectores especialmente sensibles como, por ejemplo, elevaciones en las que los enemigos podrían emplazar su artillería, o en zonas por las que convenía cerrar el paso ante un hipotético asalto. Pero eso lo veremos en otra entrada porque ya me he enrollado más de la cuenta y no tengo ganas de darle más a la tecla.

Hale, he dicho

viernes, 20 de mayo de 2011

Partes del castillo: Las defensas exteriores


Por defensas exteriores debemos entender aquellas que están construidas a extramuros del recinto principal con el fin, como ya puede suponerse, de poner más complicado a un posible invasor hacerse con el control de la fortaleza. Por lo general, este tipo de defensas se construían en castillos susceptibles de ver adosadas en sus muros máquinas de asedio y, en general, aquellos que, salvo que estuviesen en lo alto de un empinado risco, eran relativamente más fáciles de expugnar. Hablamos de los fosos, las falsabragas, las corachas y las barbacanas. En este grupo podrían también añadirse las torres albarranas, pero prefiero estudiarlas en una entrada dedicada exclusivamente a los diferentes tipos de torres. Sí, naturalmente que hay más de uno, ¿qué pensaban? Bueno, al grano. Comencemos con los fosos.

El foso es uno de los elementos defensivos más antiguos que se conocen. Desde los más remotos tiempos fueron usados para dificultar la aproximación de enemigos a las murallas, e incluso las legiones romanas cavaban uno rodeando el campamento cuando se detenían a pernoctar en campo abierto. Así mismo, eran una buena defensa contra el minado en el caso de que el castillo no estuviera edificado sobre una base pétrea. Para poner las cosas aún más difíciles a posibles agresores, podían sembrarse con abrojos de hierro, estacas o cualquier otra cosa que disuadiera a los enemigos para no meterse dentro.

Básicamente, había dos tipos de fosos, secos e inundables, siendo los primeros los más frecuentes, ya que para los segundos era imprescindible la cercanía de un río del que obtener agua abriendo un canal o alquezar. El cometido principal del foso era impedir la aproximación de máquinas de asedio a las murallas, así como dificultar al máximo el lanzamiento de escalas por parte de posibles asaltantes. Así mismo, dificultaban el minado de torres o murallas, ya que para alcanzar sus cimientos habría que hacer la mina mucho más profunda. En el plano en sección de la derecha se puede ver un foso convencional con la denominación de sus partes. La escarpa es la parte que queda bajo la muralla y la contraescarpa la del lado de la campaña. Pero aunque la existencia de fosos fuera una dificultad añadida a la hora de intentar asaltarlo, no por ello el enemigo se echaba para atrás. Éstos podían rellenarlos con fajinas hasta el borde del mismo, nivelar el terreno con tierra y zarzos, que eran unas tarimas de madera ideadas para tal fin, y adosar a la muralla cualquier ingenio. Para ello, los operarios debían trabajar cubriéndose con manteletes que los protegiesen contra las flechas, piedras y demás objetos que les lanzaban desde la muralla. La mayoría de los castillos que visiten y que tuvieron foso en su día estarán cegados, bien por el paso del tiempo, bien porque una vez perdida su utilidad militar eran más un engorro que otra cosa. 

En cuanto a las falsabragas, también denominadas antemuros y barreras, muchos castillos disponían de una muralla exterior, generalmente de menor altura que la principal. Algunos incluso disponían de dos e incluso tres antemuros, formando así complejos defensivos prácticamente inexpugnables. Al espacio que quedaba entre el antemuro y la muralla, o entre dos antemuros, se le llamaba liza. Éste tipo de fortificación también puede verse en muchas cercas urbanas. La foto de la derecha muestra la falsabraga (a la izquierda de la imagen) y la liza del castillo de Santiago do Cácem. Como se puede apreciar, es un muro de una altura muy inferior a la muralla principal, entre otras cosas para no disminuir el ángulo de tiro de los defensores de la misma. Se puede decir que actuaba como un "foso elevado" o un "foso a nivel del suelo", ya que su finalidad era la misma: impedir la aproximación de máquinas y complicar el minado de las murallas y/o torres del recinto principal. A veces, la falta de espesor del antemuro impedía circular sobre el mismo, ya que sólo dejaba sitio para el parapeto. A fin de que la guarnición pudiera desplazarse por la muralla, se habilitaban pasarelas de madera a modo de adarve. Un claro indicio de este tipo de construcción es la existencia de mechinales que alojaban la viguería necesaria para ello. Lógicamente, ninguna de ellas ha llegado a nosotros.

En cuanto a las corachas, estas consistían en lienzos de muralla  edificados a extramuros con diversos fines, tales como controlar un camino cercano al castillo, cerrar el paso por una zona susceptible de ser un coladero de enemigos al estar situado en un punto muerto de nula visibilidad desde la fortaleza, o descender hasta ríos o fuentes a fin de asegurar la provisión de agua a la guarnición en caso de que los aljibes se viesen agotados o insuficientes en caso de una sequía o un cerco prolongado. Así mismo, dos corachas podían también servir como un recinto anejo al castillo que podía ser usado para refugio del vecindario en caso de ataque, así como para guardar en ellos ganados, pertrechos, etc., mientras duraba el asedio.

En el croquis de la derecha se verá más claro. En él, vemos un hipotético castillo que defiende un meandro de un río. De sus murallas salen dos corachas provistas de torres de flanqueo que, aparte de proveer de agua al castillo, cierran el espacio comprendido entre ambas, haciendo en este caso el río de foso natural. Ese es el espacio que podría ser usado como albacara para refugio de vecinos, ganados, etc. También se designaba con el nombre de coracha a pasadizos subterráneos que, desde el castillo, iban en busca de aprovisionamiento de agua, bien a un río cercano, a un pozo, manantial, etc. Estos pasadizos no deben ser confundidos con los túneles que algunas fortalezas contaban para tener una vía de escape en caso de cerco, ya que su cometido era exclusivamente asegurarse la disponibilidad de agua en cualquier circunstancia. En la foto de arriba vemos los restos de la coracha de la cerca urbana de Mértola que, en este caso, estaba construida para aprovisionar de agua a la población en caso de asedio. Obsérvese la puerta que hay junto al río, que era la salida del túnel que bajaba desde la muralla a la orilla. Añadir que, además, era habitual que las corachas tuvieran sus torres de defensa o, al menos, una torre al final de su trayecto para defender el flanco de la misma.

Y para acabar, hablemos de las barbacanas. Eran pequeñas fortificaciones exteriores destinadas a proteger puertas o puntos débiles del recinto. Podía contar con torres y solían ir unidas al antemuro, aunque también pueden verse en otro tipo de fortificaciones tales como puentes fortificados. Es bastante común que se use el término barbacana para designar a los antemuros o falsabragas. Es un error. Ya se ha explicado en qué consiste cada uno de estos elementos defensivos y, como se ve, no tienen nada que ver. La falsabraga era una barrera que rodeaba todo o casi todo el recinto, mientras la barbacana era una fortificación que defendía un punto concreto del mismo, y que contaba con elementos defensivos como si de un pequeño castillo se tratase. En algunos casos podemos ver barbacanas que eran un verdadero alarde de ingenio por parte de sus constructores, ya que eran accesos laberínticos con sucesivas puertas, rampas, rampas falsas que no tenían salida, etc. La foto superior corresponde a los restos de la barbacana del castillo de Portel. Esa puerta daba a un pequeño patio interior que, rodeando la torre que queda a la derecha de la imagen, daba paso al recinto principal. Esa barbacana tenía para su defensa una pequeña torre cuyo arranque se ve junto a la puerta, a la izquierda de la foto.

Bueno, a esto se resumen las defensas exteriores. Hablamos de las defensas de obra, naturalmente, porque luego están las móviles o de circunstancias, como estacadas, caballos de frisia, gaviones, salchichones, gatas, manteletes, y alguna más que ahora no me acuerdo, pero que ya me acordaré.

Hale, he dicho