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jueves, 11 de enero de 2018

Las drogas y la milicia. La inTelezi y la dagga





Retrato supuestamente original de Shaka
pintado por el capitán Shorey
Al hilo de la entrada que dedicamos a la introducción del hashis entre el ejercito del enano corso al que Dios maldiga por siempre jamás, en esta entrada veremos como, mucho antes de que los occidentales se dedicaran a ponerse ciegos consumiendo substancias derivadas del opio, ya había ciudadanos de otras culturas que, en vez de recurrir al adormecimiento, preferían consumir otro tipo de porquerías que los ponían como rinocerontes en pleno brote psicótico. De hecho, estos sujetos recurrían a una mezcla de substancias psicoactivas y espiritualidad mediante la que los dioses, o incluso el phantasma del abuelo, les insuflaban la energía necesaria para derrotar bonitamente a los enemigos. Este era el caso de los zulúes, unos belicosos ciudadanos melaninos (antes de la corrección política negros a secas) que crearon un pujante reino y alcanzaron una notable supremacía tanto militar como social a raíz del ascenso al poder de Shaka hacia 1816. 


Impondo zankomo. La flecha señala la dirección de avance
Este sujeto, bastante fiero y expeditivo por cierto, fue capaz de llevar a cabo una serie de reformas en lo tocante a la organización militar de su tribu que podrían ser perfectamente equiparables a las de cualquier estratega occidental, de forma que logró organizar una compleja maquinaria bélica que puso las peras a cuarto a todos los occidentales que se personaron por aquellos lares con ganas de incordiar empezando por los bóeres y terminando con los british (Dios maldiga a Nelson), que lograron finalmente derrotarlos no sin antes ver su infinita arrogancia anglosajona bonitamente humillada cuando les dieron en buena hora las del tigre el Isandlwana el 22 de enero de 1879. Aparte de las modificaciones llevadas a cabo en el armamento ofensivo de este pueblo, la más famosa creación de Shaka fue la formación en forma de cabeza de búfalo, la impondo zankomo, literalmente "los cuernos de la bestia", formada por cuatro bloques: le principal o isifuba era la testuz, que era la que acometía al enemigo en primer lugar. A continuación entraban en acción los flancos o izimpondo, los cuernos, con los que primero rodeaban y luego aniquilaban al enemigo. Como fuerza de reserva quedaba el lomo o umuva, que permanecía en la retaguardia a la espera de que su intervención fuese necesaria.

Fornido zulú armado con una maza. Este sujeto,
bien motivado con farlopa en cantidad, podía ser
extremadamente eficiente en el campo de batalla
Los zulúes eran originariamente una serie de clanes que se agruparon hacia finales del siglo XVII en la costa este de la actual Sudáfrica, concretamente en la zona comprendida entre la ciudad de Pongola (uPhongolo en lengua zulú) y el río Umzimvubu. Según la tradición oral de este pueblo, hacia 1670 un tipo llamado Zulú, que significa algo así como "el celestial", se asentó en las orillas del Imfolozi Emhlope, el río Umfolozi Blanco, tomando sus descendientes y seguidores el nombre de amaZulu o "hijos de los cielos". Los distintos clanes se dedicaron a masacrarse entre ellos como cuñados por trincar la última gamba del plato para lograr alcanzar la supremacía hasta que, con la llegada al poder de Shaka, se acabaron las peleas. Shaka eliminó todo atisbo de disidencia en forma de asesinato político y aquí paz y después gloria. Naturalmente, en el momento en que todos los amaZulu estuvieron bajo el mando de un único monarca fue cuando empezaron a dar estopa a todo aquel que pretendiese chincharles, que para eso eran unos sujetos bastante fieros y tal. El primer contacto que tuvieron con hombres blancos (nadie se ofende si se llama blancos a los blancos) tuvo lugar en 1824 en una zona conocida como Natal, llamada así por haber sido descubierta por Vasco de Gama en la Navidad de 1497, por lo que la bautizó como TERRA NATALIS en honor a la efemérides. Los exploradores eran dos antiguos oficiales de la armada británica llamados James Saunders King y Francis George Farewell, que al parecer hicieron buenas migas con Shaka debido a la inmensa curiosidad que despertaron en él, sobre todo sus mosquetes Brown Bess con los que matar al prójimo era coser y cantar. Está de más decir que la codicia de los occidentales al ver los ricos recursos naturales del país fue el comienzo de todo.


Inyanga de visita médica
Dentro de su compleja organización social había dos personajes que son los que más nos interesan para este tema, el inyanga y el isangoma. El inyanga era lo que nosotros denominaríamos como médico. Pero un médico de verdad, no un hechicero de esos que curaban al personal meneando una maraca y poniendo los ojos en blanco. Los izinyanga (es el plural de inyanga) eran como nuestros naturistas que curaban a base de umuthi (medicinas) en forma de hierbas, semillas, raíces e incluso algunas partes animales con propiedades curativas como la grasa y, por supuesto, estupefacientes y psicoactivos. Al parecer, el nivel de curaciones que lograban los izinyanga era razonablemente alto porque, ciertamente, su dominio sobre la farmacopea natural era bastante elevado, y a eso había que unir el efecto psicosomático que ejercían gracias a la fe que los heridos o enfermos depositaban en ellos. En la foto de la derecha podemos ver un inyanga paseándose por el mundo con su "maletín" de médico en el que lleva un amplio surtido de yerbajos de todo tipo, mientras que del cuello cuelgan varios recipientes obtenidos de calabazas y cuernos en los que guarda pócimas, polvos y ungüentos ya preparados para su consumo. Con ellos, el inyanga podía curar, o al menos intentarlo, muchos tipos de males, desde alergias o inflamaciones a problemas gástricos como el estreñimiento y la diarrea. También se atrevían con las heridas de guerra cortantes, punzantes y fracturas siempre y cuando no se infectasen si bien, como ya sabemos, en Occidente tampoco podían decir que el tema de los antisépticos estuviera muy avanzado en aquellos tiempos. Otrosí, podían incluso hacer injertos de piel y tratar la epilepsia, si bien intuyo que estos últimos debían ser bastante complicados de solucionar. En todo caso, el hecho es que los izinyanga solo obtenían su cualificación como tales después de un aprendizaje de años y años, y por cierto que aún existen en aquella zona de Sudáfrica ofreciendo y vendiendo sus potingues como nosotros lo hacemos en una parafarmacia o en una herboristería. De su conocimiento sobre los efectos de determinadas hierbas era de donde obtenían las substancias psicoactivas que detallaremos más adelante y que eran administradas generosamente a los guerreros antes de entrar en combate.

Isangoma revestido con los atributos de su
rango. El más significativo era el bastón
rematado con una cola de ñu que sostiene
con su mano derecha
En cuanto al isangoma, era el adivino, brujo, chaman o como queramos llamarlo. Estos personajes no solo eran solicitados para solventar problemas de tipo, digamos, espiritual, sino también para diagnosticar determinadas enfermedades que el inyanga era incapaz de detectar, supongo que mentales en este caso, gracias al imimoya nayambibi, que eran unos poderes al parecer innatos y de tipo hereditario mediante los cuales el isangoma era capaz de llegar a sentir el mal o el dolor del paciente de forma telepática, para lo cual le bastaba sentarse ante el mismo y mirarlo fijamente, o bien sintiendo sus vibraciones que interpretaba de una forma u otra. Estos probos chamanes tenían además una gran influencia entre su clan porque eran los encargados de desahuciar a los malos espíritus que se alojaban sin permiso en el cuerpo de la ciudadanía e incluso de ordenar a los cuñados más gorrones largarse a hacer puñetas de la casa de los aquejados por su invasiva presencia. Su autoridad llegaba al extremo de poder incluso ordenar la muerte de algún miembro de la tribu del que se sospechase que estaba poseído por algún espíritu chungo, para lo cual se reunían los posibles posesos en su choza y, a base de sahumerios y bailes lograba detectar al afectado, al que señalaba golpeándolo con su cola de ñu distintivo de su rango. A continuación no se molestaban en exorcizarlo ni nada por el estilo, sino que se limitaban a meterle un palo de medio metro por el recto y darle así una muerte bastante desagradable. Por cierto, se sabe de buena tinta que ni un solo cuñado de un isangoma osó jamás darle un sablazo ni entrar en su despensa, y que antes de eso solían hacerle onerosos regalos para caerle bien. Curiosa mutación, ¿no?

Representación del ataque a la misión de Rorke's Drift
durante los días 22 y 23 de enero de 1879. En esta
ocasión los zulúes no pudieron arrollar a los british
al mando de los tenientes Chard y Bromhead
Bueno, con lo dicho ya podemos hacernos una idea de la situación en la tierra de los zulúes y de su predisposición a envalentonarse a base de comer, fumar o esnifar porquerías. Pero en la víspera de la batalla aún tenían ocasión de celebrar una serie de ritos dirigidos por el isangoma que, la verdad, se me antojan un tanto asquerosos. En el banquete que celebraban para fortalecerse espiritualmente y en el que tomaban parte miles de guerreros, el isangoma distribuía un potente emético o wokuphalaza para tener una vomitona fastuosa con el fin de limpiarse por dentro de malos rollos y cosas así. No quiero ni imaginar el penetrante aroma de miles de vómitos esparcidos por todas partes. Pero lo más importante era la inTelezi, la droga de la invencibilidad. Por curiosidad he buscado el significado del palabro y viene a querer decir "no te preocupes", lo que casa bastante bien con los efectos de este tipo de droga. Aunque en algunas fuentes afirman que se trataba del extracto de una determinada hierba, parece ser que en realidad la inTelezi era el nombre que le daban a cualquier substancia psicoactiva, ya fuera comida, inhalada o bebida que no solo les liberaba de los malos espíritus y esas cosas, sino que además les proporcionaba un valor y un arrojo que los convertía en verdaderos energúmenos. Además, el ardor guerrero que insuflaba esta droga les hacía despreciar los efectos de las armas enemigas y, en resumen, los ponía sumamente contentitos y dispuestos para la lucha. Era por lo que se ve una droga bastante versátil ya que también se consumía cuando palmaba algún pariente y había que purificarse tras meterlo en el hoyo.

Jefazos zulúes con sus adornos y armas para entrar en batalla
Pero la droga más potente de todas era la dagga, la cual consumían de forma previa y durante la batalla fumada, inhalada o bebida en un caldo que se distribuía a los combatientes. La dagga era la variedad del cannabis que se obtenía en aquella zona del continente africano si bien había sido importada siglos antes ya que no crecía de forma natural en aquellas latitudes. Al parecer, fue importada desde Egipto a través de Etiopía por los bantúes, donde ya había constancia de su uso en el siglo XIV, para un uso terapéutico. Fue bajando hacia el sur del continente con los hotentotes y los bosquimanos, que le daban el nombre de bangue. Según un misionero portugués llamado João dos Santos a principios del siglo XVII ya se cultivaba por la zona del Cabo de Buena Esperanza, y narraba como los naturales del país se comían las hojas cuyos efectos eran similares a los de una borrachera. Fueron los holandeses los que enseñaron a fumar la dagga a los nativos, que aprendieron tanto a fabricar pipas de barro, madera o hueso como a fumarlo a través de agua como en las narguilas que usan los otomanos. Los que no querían pasarse la mezclaban con tabaco, pero los zulúes preferían fumarla a pelo para ponerse como una moto. Porque lo más significativo de la dagga es que esta variedad de cannabis no tenía los efectos relajantes del hashis, sino todo lo contrario. El que la consumía se volvía un auténtico energúmeno, y en el momento en que notaban que sus efectos iban aminorando rápidamente consumían más en pleno combate, ya fuese bebida o inhalada. 

La dagga ponía al personal tan desaforado que los mismos británicos, que cuando llegaron allí pensaban que aquello sería un paseo militar, se quedaron perplejos cuando estos fieros ciudadanos se les echaron encima despreciando los devastadores efectos de la munición de los Martini-Henry, que producían unas heridas escalofriantes similares a las minié como podemos ver en la ilustración de la derecha, que muestra un surtido de maltrechas osamentas zulúes en las que se aprecian los efectos de dicha munición. Un pueblo que por naturaleza era bastante belicoso y con un elevado concepto de sí mismos solo necesitaba estimulantes de ese tipo para convertirse en diablos suicidas a los que les daba una higa caer como moscas ante las descargas cerradas con que la disciplinada infantería británica intentaba rechazarlos. El mismo comandante del ejército aniquilado en Isandlwana, lord Chelmsford, dejó constancia de la ferocidad desplegada por los zulúes en el campo de batalla, a los que solo cuando eran literalmente acribillados a tiros o cosidos a bayonetazos era posible detener. En todo caso, aparte de la robusta naturaleza de estos ciudadanos la habilidad de sus izinyanga salvó a más de uno de una muerte segura, teniendo como preclaro ejemplo uno de ellos al que un british mencionaba por haber recibido no menos de once disparos y salió vivo del brete. Debía ser incombustible, carajo...

Boophane disticha, también llamada planta rodadora o bulbo venenoso
Y si el empleo de la dagga no fuera bastante, los izinyanga disponían de un potente analgésico que además tenía efectos alucinógenos para calmar el dolor producido por las heridas. Al parecer, lo obtenían de los bulbos de la boophane dischita, una planta autóctona del sur de África más venenosa que una mamba negra con gripe y con la que las tribus de la zona incluso envenenaban flechas. Pero el componente que interesaba a los izinyanga era el eugenol, una substancia aceitosa con propiedades analgésicas, y  la bufanidrina, un alcaloide con propiedades alucinógenas y anestésicas similares a la codeína o la morfina. Este compuesto era de una toxicidad muy elevada, y los izinyanga debían ser extremadamente cautos en su administración porque las dosis precisas para mitigar el dolor o dejar al zulú listo de papeles se diferenciaban en un ápice. 

Zulúes cargando contra el enemigo
En fin, estas eran las drogas usadas por los zulúes para animar el cotarro. En aquellos tiempos los british solo usaban el ron, cuyo consumo en latitudes cálidas no debía ser precisamente agradable salvo para los hijos de la brumosa Albión, alcoholizados hasta las orejas. Por desgracia para estos belicosos y fieros guerreros, sus pócimas no fueron suficientes para derrotar de forma definitiva al ejército británico a pesar de que incluso disponían de armas de fuego desde antes de su llegada a Natal. Incluso tras la escabechina de Isandlwana lograron capturar un millar de fusiles Martini-Henry y alrededor de medio millón de cartuchos de calibre .450, pero eso no bastó cuando las ametralladoras Gatling y la artillería, además de la eficiente infantería británica, desplegó todo su poder letal, ante el que ni la inTelezi ni la dagga podían hacer otra cosa que empujarlos a la muerte como auténticos y verdaderos héroes.

En fin, con esto terminamos, que es hora de merendar. Ya seguiremos con estos temas de drogadicción militar.

Hale, he dicho

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Restos mortales de guerreros zulúes a los que sus pócimas ya no les servían de nada

jueves, 4 de enero de 2018

Las drogas y la milicia



Papaver somniferum
Posiblemente, todos hemos oído hablar más de una vez acerca de la adopción, de forma más o menos discreta, de determinadas substancias estimulantes en los ejércitos modernos para levantar los ánimos de la tropa. Las famosas anfetaminas que, al parecer, ya se empezaron a distribuir durante la Gran Guerra y que se extendieron a la 2ª Guerra Mundial, Corea, Vietnam, etc., permitían al personal soportar el cansancio, la falta de sueño y, por supuesto, les insuflaba bríos renovados para palmarla como auténticos y verdaderos héroes. Sin embargo, el empleo de substancias estupefacientes es en realidad más antiguo que la tos, y ya hay constancia del uso de opio entre sumerios y asirios desde hace nada menos que 6.000 años. La planta de la alegría la llamaban porque, al quemar en pebeteros la semilla de las amapolas (papaver somniferum) se agarraban unos colocones de antología y se ponían la mar de contentitos sumidos en un estado de placidez y desmadejamiento similar al que se siente cuando, por fin, la familia política da por terminada la visita y se largan enhorabuena.

Pervitin, una metanfetamina usada inicialmente por los
pilotos de la Luftwaffe que ponía al personal como una
moto. Como efectos secundarios solo tenía paros
cardíacos, alucinaciones e incluso voladura de tapa
cerebral llegados a fases psicóticas
El consumo reiterado de estas substancias tenía una serie de efectos secundarios bastante chungos, pero el peor de todos era la adición. El término adicción proviene del latín ADICTVS, en referencia a que era la condición social que adquiría un deudor al pasar a servir como esclavo a su acreedor hasta saldar la deuda. Así pues, de la misma forma que el moroso se veía esclavizado también el consumidor de drogas acababa siendo esclavo de las mismas. Pero, además de los derivados de determinados hierbajos como el cáñamo o la coca, tradicionalmente han sido el vino y las bebidas alcohólicas en general las más usadas para envalentonar al personal. Los griegos, especialmente proclives al consumo de vino hasta límites rayanos en el delirium tremens, solían ponerse a tono antes de entrar en batalla con unas copichuelas, costumbre que aún se practica en casi todos los ejércitos del mundo. Recordemos el "valor Domeq" a base de brandy de nuestra contienda civil, o el consumo de vodka en cantidades industriales entre las tropas rusas durante la 2ª Guerra Mundial.

Anuncio de la conocida firma jerezana
González-Byass en la que se afirma que el
fino "Tío Pepe"es el vino de los soldados
de España
De hecho, a pesar de que los cruzados importaron a Europa el hashis y que los andalusíes lo conocían sobradamente, la cosa es que en el Viejo Continente la substancia que siguió empleándose en los ejércitos como estimulante fue el alcohol en general y el vino en particular, entre otras cosas porque se lo consideraba como un eficaz reconstituyente y una importante fuente alimenticia. Así pues, mientras que las culturas orientales desde Oriente Próximo hasta la China o la India seguían con el opio y sus derivados, en la Europa las tropas se conformaban con un lingotazo. Es más, las raciones de vino, ron o aguardiente estaban institucionalizadas desde hacía bastante tiempo, y se distribuían entre las tropas de la misma forma que el rancho. Sin embargo, el cruel destino quiso que también los europeos fuesen partícipes de las nebulosas cerebrales que producen estas substancias, y su introducción entre las tropas no fue buscada, sino más bien hallada. De este tema irá esta entrada, de modo que, tras el introito de rigor, vamos al grano...


El enano en tiempos de la expedición a
Egipto, antes de quedarse calvito y de
convertirse en el Hitler del siglo XIX
En 1798, el entonces general Bonaparte, o sea, el enano corso al que Dios maldiga por siempre jamás, partió del puerto de Tolón al frente de un numeroso contingente con destino a Egipto con la finalidad de establecer una base de operaciones que permitiera a los gabachos disponer de puertos seguros tanto en el Mediterráneo como en el Mar Rojo. El objetivo no era otro que crear una especie de cabeza de puente de cara a atacar posteriormente las posesiones en la India de los british (Dios maldiga a Nelson), así como intentar menguar su cada vez más pujante imperio oriental. Para los que anden despistados, esta fue la expedición en la que 151 científicos y estudiosos de las materias más diversas acompañaron al enano para, de paso, ir aprendiendo cosas sobre el mundo más allá de los límites de su país. Recordemos que la famosa Piedra de Rosetta fue hallada por el capitán Bouchard precisamente durante esta movida, y fue la que permitió a Champollion descifrar la hasta la entonces arcana y misteriosa lengua jeroglífica. 


El enano enseñando a sus hordas como profanar y saquear
tumbas, su más apasionada afición
Cuando estos violadores de monjas y saqueadores de tumbas en ciernes llegaron a Alejandría el 1 de julio de aquel mismo año, los más de 36.000 hombres de la Armée d'Orient se encontraron con una desagradable sorpresa: los musulmanes tenían terminantemente prohibido el consumo de alcohol, por lo que, una vez terminadas sus ya escasas reservas de morapio, se quedaron sin su ración diaria de tres demiards, aproximadamente 0,7 litros de tintorro que tan felices los hacían al término de la dura jornada. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que los moros, muy ladinos ellos, tenían un eficaz sustituto que compensaba con creces la ausencia de cualquier bebida alcohólica: el hashis. Esta cosa se obtenía de la resina extraída de los pedúnculos y las hojas del cáñamo (cannabis sativa), la cual mezclaban con los alimentos y las bebidas o bien en forma de una pasta de color verde elaborada, además de con hashis, con mantequilla, hierbas aromáticas y cacahuetes. Otra forma de consumo era inhalando el humo producido por las semillas de la planta puestas a tostar, con lo que el colocón era de más entidad.

Pero además de poner al personal levitando, el hashis tenía una gran ventaja, y es que era muy barato y lo podían conseguir en todas partes porque, simplemente, era el sustituto del alcohol entre los musulmanes, y ciertamente lo consumían en grandes cantidades. Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que el enano pudo observar que los efectos de esta resina no eran precisamente adecuados para la milicia ya que, en vez de animarlos y darles coraje para la batalla, los sumía en un plácido estupor y se quedaban atontados mientras durasen los efectos de la porquería aquella. Y lo peor no era que toda la Armée se estuviera quedando atocinada, sino que se habían convertidos en unos adictos que jamás se saciaban, y en cuanto se les pasaban los efectos querían más. Chungo, ¿que no?

El general Kléber, que nunca llegó a
enterarse de que los peines se habían
inventado hacía la torta de años
Pero mientras que los profanadores de iglesias estaban colocándose todo el día, el enano decidió volver a Francia porque la campaña en Oriente ya no podía reportarle más que problemas y, ante todo, estaba su carrera fulgurante hacia el poder absoluto, así que a primeros de agosto de 1799 se largó de allí, dejando al mando al general Jean-Baptiste Kléber para que se arreglara como pudiera con los british en plan borde y sus tropas todo el día flipando en colores. A la vista del tenebroso panorama que estaban tomando las cosas, se decidió construir una destilería para devolver al personal sus hábitos de siempre, fabricando ron y brandy a base de dátiles ya que allí no se criaba otra cosa con la que producir destilados de ese tipo. El brebaje resultante era bastante decente, pero para entonces ya era tarde. La Armée se había convertido en un ejército de drogadictos de tomo y lomo, y además habían llegado a la conclusión de que los efectos del hashis eran mucho más gratificantes que la cogorza habitual y, encima, no producía resaca, así que siguieron echando "mierda" en la comida o se ponían ciegos inhalando sahumerios dentro de sus tiendas de campaña.

Kléber apiolado por el alevoso kurdo Suleyman
Kléber duró en el mando menos de un año porque el 14 de junio de 1800 un sirio de origen kurdo por nombre Suleiman al-Halebi le metió una puñalada en el músculo de bombear sangre que lo dejó seco allí mismo. Por cierto que los civilizados y progresistas gabachos que juzgaron en consejo de guerra al kurdo practicaron el medioevo con él, porque en vez de mandarlo fusilar o ahorcarlo lo empalaron, tardando el asesino unas cuatro horas en palmarla. Para que luego hablen de la égalité, la fraternité y la madre que los parió. Bueno, la cosa es que tras la repentina jubilación anticipada de Kléber tomó el mando el general Jacques-François Menou, que en 1798, tras la llegada de la Armée d'Orient a Alejandría se casó con una mora riquísima y se convirtió al Islam, adoptando el nombre de Abd Alláh-Jacques el muy cachondo. Es evidente que tuvo muy claro eso de "allá donde fueres haz lo que vieres". 

Bien, la cuestión es que Abd Alláh-Jacques decidió acabar de una vez con el vicio entre sus cada vez más mustias tropas que, al decir de su comandante en jefe, se estaban convirtiendo en "un grupo de escarabajos". En octubre de 1800 emitió un edicto por el cual se prohibía el consumo de hashis y, además, se castigaría a los propietarios de los establecimientos que lo vendiesen. El edicto estaba formado por tres artículos:

Artículo 1. Queda prohibida en todo Egipto la ingesta de bebidas que los musulmanes preparan a partir del cáñamo, así como la inhalación de semillas de cáñamo. Quienes adoptan el hábito de fumar y beber esta planta pierden la razón y sufren virulentos delirios durante los cuales tienden a cometer toda suerte de excesos.
Artículo 2. Queda prohibida en todo Egipto la preparación de bebidas con hachís. Las puertas de los cafés y restaurantes donde se sirve deberán ser tapiadas y sus propietarios presos por espacio de tres meses.
Artículo 3. Todas las pacas de hachís que lleguen a las fronteras deberán ser confiscadas y quemadas públicamente.
Menou, el general islamizado
Ahí donde la ven, el edicto de Menou fue la primera ley moderna que prohibía el consumo de drogas. Está de más decir que no sirvió de nada porque, además de lo enviciados que estaban a aquellas alturas, ya sabemos que basta con que nos prohíban algo para que nos entren más ganas de desobedecer. En todo caso, cuando los gabachos se largaron de vuelta a su verde Francia en agosto de 1801 con el rabo entre las patas y más derrotados que un vampiro en una tienda de crucifijos a manos de los british, se llevaron consigo tanto el vicio como el producto del mismo. Naturalmente, los académicos que acompañaban al ejército gabacho, muy interesados por las aplicaciones médicas del hashis, se llevaron consigo cantidades suficientes para distribuirlas por diversos laboratorios de Francia para su análisis y estudio. A una de las conclusiones, quizás muy importante, a la que llegaron es que el cannabis que se criaba en la India y en Oriente Próximo tenía unos efectos mucho más potentes que los que llegaron inicialmente a Europa, bien a manos de los cruzados, bien los que cultivasen los andalusíes, por lo que esa podría ser tal vez la causa de que no gozase de la difusión que luego tuvo el que llegó de manos de la Armée d'Orient. Al parecer era cosa del clima, creciendo las variedades de efectos más fuertes en zonas cálidas.

Charles Baudelaire. Además de darle al hashis
también era aficionado al "hada verde". Más
que inspiración este hombre tendría a todas
horas unas alucinaciones fastuosas. Ah, y hasta
padecía sífilis y todo...
El consumo de hashis se propaló en Francia como una epidemia vírica de las chungas. En pocos años se convirtió en la típica travesura de los intelectuales y la alta sociedad; a los primeros porque, según ellos, les estimulaba la cosa creativa en sus magines, y a los segundos porque se aburrían como galápagos y con esa porquería salían de sus monótonas y aplatanantes existencias. De hecho, en 1844 se creó el Club des Hashischins, nutrido por grandes personalidades del mundo de la cultura y el arte en general como Delacroix, Dumas, Balzac, Baudelaire y Gautier, que se reunían en el hotel Pimodan de París y lo consumían en la forma de pasta que mencionamos anteriormente.

Bueno, así fue como el hashis fue introducido en Europa y como el ejército francés fue el primero de Occidente en padecer la lacra de las drogas. Obviamente, no pasaron muchos años hasta que los más denodados defensores de su consumo, encabezados por Baudelaire, que hasta compuso en 1860 un poema dedicado a esa nociva resina, se percataron de que sus efectos en la sociedad no eran nada prometedores. Pero para entonces ya era demasiado tarde. En cuanto a su utilidad militar, fue totalmente opuesta a lo que luego se consideró como adecuado ya que el hashis no era un estimulante, sino todo lo contrario. En todo caso, ya saben a quién agradecer la importación de esa porquería para desesperación de tanta gente que ven como a causa de un simple porro sus hijos acaban enganchados a los más letales alcaloides: los gabachos. Dios los maldiga junto al enano por siempre jamás, amén de los amenes.


viernes, 16 de enero de 2015

Tópicos vikingos 2ª parte. Los berserkers


Esos ciudadanos de aspecto tan desaforado que parecen unos funcionarios a los que acaban de comunicar que les rebajan el sueldo un 5% más y que, de paso, que se olviden de las pagas extras hasta el próximo lustro, eran los que dieron pie al tópico mencionado en la entrada anterior referente a los vikingos cubiertos de pieles y bastante proclives a la violencia más extrema. 

Ya sabemos que cada camelo tiene un punto de verdad en su origen que, a base de pasar de boca en boca se va transfigurando al gusto de cada narrador hasta que, finalmente, el bulo no tiene nada que ver con la realidad si bien, como digo, se partió de un hecho cierto. Este es el caso de estos peludos aulladores conocidos en su época como berserkers o berserkrs, que gozaron de gran predicamento en la sociedad pre-cristiana vikinga, cuando todos creían a pie juntillas que los berserkers eran los hijos predilectos de Odín, el dios supremo de los vikingos.  

La primera noticia que se tiene de ellos, aunque cabe suponer que ya existían de antes, data de un a canción del siglo IX titulado "El poema del cuervo", y en el mismo se narra la existencia de unos hombres vestidos con pieles de oso y de lobo al servicio del rey Harald Fairhair que luchaban de una forma tan enloquecida que la denominaban bärsärkargang, lo que significa tirándose de los pelos. Esto ya denota de por sí que no eran precisamente unos sujetos dados a la morigeración o a la prudencia. De hecho, combatían con tal furia que en la saga Yslinga se les comparaba con perros o con lobos poseídos por la ferocidad más desmedida, avanzando sin reparar en defenderse de los golpes que les dirigían los enemigos y sin que nada pudiera detenerlos, llevados por tal paroxismo incontrolable que hasta mordían los bordes de sus escudos tal como vemos en la imagen superior, en la que vemos unas piezas de ajedrez de origen escandinavo datadas hacia el siglo XII y que fueron encontradas en Uig, en la isla de Lewis (Islas Hébridas). 

Batalla de Svöldr, librada entre septiembre de 999
y el año 1000
Esta forma tan radical de combatir hasta extremos inhumados les dio fama de poseer poderes ocultos concedidos por Odín si bien, cuando les sobrevenía el avenate y por ejemplo iban embarcados, tenían que dirigirse rápidamente a la costa para desembarcar y luchar como locos contra los árboles o las rocas ya que, de lo contrario, arremetían contra sus propios compañeros y organizaban un caos bestial en la nave. Es evidente que los berserkers eran colocados por norma en primera línea durante las batallas terrestres o en la proa de los barcos si el combate era en el mar. Pero el estado de locura asesina que los poseía podía volverse contra ellos ya que en sus momentos de furia desaforada perdían la noción de todo, incluyendo en qué lugar se encontraban. De ese modo podían ocurrir hechos tan surrealistas como los que tuvieron lugar hacia el año 1000 durante la batalla cerca a la isla de Svöldr, en la que los berserkers embarcados en la nave del rey Olaf de Noruega, olvidando que estaban en el mar, avanzaron con tal denuedo hacia el enemigo que se cayeron al agua y se ahogaron como auténticos memos enloquecidos. 

Sin embargo y a pesar de su capacidad para escabechar enemigos de forma inmisericorde, los berserkers no estaban bien vistos ni siquiera entre los suyos. Sus compañeros los detestaban por ser fuente de problemas o incluso por agredirles o matarlos cuando les sobrevenía el ataque de furia incontrolable. Por otro lado, su desmedida afición al pillaje y a violar mujeres llegaba a tales extremos que resultaba repulsiva hasta a los suyos. En realidad, eran considerados como unos sujetos brutales, peligrosos e incluso tarados mentales. De hecho, se podría decir que eran tolerados porque en batalla eran ciertamente de una efectividad fuera de toda duda, y su sola presencia dando aullidos y avanzando a pesar de las heridas recibidas sin mostrar miedo ni dolor acoquinaban a los enemigos más valerosos y le encogían el ombligo al más pintado.

En pleno avenate
Ahora bien, ¿a qué se debía este peculiar comportamiento en determinados hombres? Porque hay que dejar claro que los berserkers no eran una tropa a la que se adiestraba psicológicamente para alcanzar esos niveles de ansia homicida y de furia, sino que, por así decirlo, ya nacían con esos "dones". Las explicaciones y teorías son de lo más variopintas, como no podía ser menos. Algunos autores afirman que, en realidad, ese estado de paranoia lo alcanzaban mediante el consumo de determinadas drogas alucinógenas contenidas en hongos como la amanita muscaria, esa seta tan bonita que siempre ponen en las ilustraciones de cuentos de gnomos pero que, en realidad, es más peligrosa que un macaco histérico con una ametralladora en la mano. Otros suponen que simplemente bebían hasta alcanzar un estado de embriaguez tan bestial que los volvía locos perdidos. Otros, sin embargo, dan por sentado que los berserkers eran miembros de determinadas familias que padecían taras genéticas como paranoia o incluso epilepsia, de donde provendría, según dichos autores, la costumbre de morder el borde metálico del escudo. Del mismo modo, muchos de ellos se tenían por licántropos como era el caso de un tal Ulfr, conocido entre sus colegas y cuñados como Kveld Ulfr, el lobo del crepúsculo, el cual se ponía a aullar como loco en cuanto se hacía de noche y, faltaría más, se metamorfoseaba en lobo. Por otro lado, se tiene constancia de familias enteras que eran considerados berserkers; tenemos por ejemplo el caso de un hombre cuyos doce hijos eran también berserkers, así como otro caso que aparece en la saga Volsunga y que narra como un tal Sigmund y su hijo Sinfjotli vestían pieles de lobo y aullaban como ellos cuando atacaban. En cualquier caso, lo que si está claro es que los efectos de esnifar setas raras o de un ataque de furia producido por una paranoia acojonante, período conocido entre esta gente como berserkersgang, tenían un tiempo de duración determinado ya que su invencibilidad se mantenía mientras duraban dichos efectos pero, cuando remitían, podían ser apresados o muertos sin más.

Dos cuñados dándose estopa en un holmgang a causa
del pertinaz empeño de uno de ellos en beberse todo
el güisqui durante las visitas del sábado noche
El final de los berserkrs llegó con el cristianismo, que los relegó a la condición de demonios impíos y acabaron siendo considerados como fuera de la ley en 1015 por el rey Erik de Noruega. Pero lo que quizás fuese más determinante que la mera cuestión religiosa era el abuso que los berserkers hacían de una costumbre denominada como holmgång, la cual consistía en una serie de normas para dirimir cuestiones personales mediante la celebración de un duelo en el que el retador requería al retado a personarse para responder de la ofensa o disputa que fuera, teniendo este último que dar cuenta de lo que se le acusaba en persona o bien mediante un campeón en caso de no poder hacerlo por sí mismo debido a la edad, enfermedad o manifiesta inferioridad física debido a mutilaciones, defectos físicos, etc. Así pues, y como el vencedor se quedaba con los bienes, la mujer, las hijas y las esclavas núbiles del vencido, pues era una forma muy fácil para un enloquecido berserker de apoderarse de todo basando su requerimiento en cualquier chorrada o supuesta ofensa. Está de más decir que las clases sociales altas, las poseedoras de riquezas, eran el objetivo habitual de estos furibundos ciudadanos ya que en pleno ataque de furia eran, como se ha dicho, imposibles de derrotar ya que no sentían dolor o miedo. Cabe pues suponer que la presión de la nobleza sobre los monarcas debió tener bastante influencia en la eliminación de esta peculiar casta de guerreros.

Solo nos resta mencionar el origen del término berserker que, como está mandado, tiene diversas teorías. La más aceptada y que, además, es la más lógica, es la que indica que el palabro es una combinación de ber (oso) y serkr (capa), de donde se obtiene directamente el berserker que ya conocemos, teoría que además se ve corroborada por el hecho de que en las sagas se menciona que se cubrían con pieles de oso, o que combatían con la fuerza de un oso. Otra teoría afirma que berserker proviene de berr (desnudo) y otra acepción de serkr, que en este caso sería camisa. Pero se me antoja absurdo y contradictorio que se diga que un berserker era un señor que iba desnudo en camisa, ¿no? En fin, que cada cual se quede con la que prefiera. Y como curiosidad curiosa final, un dato bastante interesante: en inglés antiguo se denominaba a los osos con la palabra beorn, proveniente del sueco björn o, en noruego, bjǿrn, las cuales, como sabemos, son actualmente nombres propios en los países eslavos. Sin embargo, en aquellos remotos tiempos, tanto björn como bjǿrn tomaron el significado de hombre libre, noble y, finalmente el título de barón que en inglés se escribe como en español, pero sin acento.

En fin, ya seguiremos con más tópicos de vikingos típicos.

Hale, he dicho

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