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domingo, 18 de junio de 2023

LA ARTILLERÍA DE GALERAS

 

Galera aragonesa en pleno crucero. En la corulla vemos las bocas de fuego con que estaba armada la nave. En el centro destaca el cañón de crujía, el más potente de toda la panoplia artillera embarcada

Ataque naval a La Goleta en 1535, en el contexto de la Guerra de
Túnez. Obsérvese como la artillería de las galeras, concentrada en
la proa de las mismas, abre fuego contra las fortificaciones del puerto

Es habitual que, cuando se mencionen las galeras "modernas", uséase, las usadas desde finales del medioevo hasta finales del siglo XVIII, no se suela pensar en la artillería que estas naves llevaban a bordo. Este armamento lo asociamos más a los galeones y, posteriormente, a los poderosos navíos de línea con las bandas erizadas de cañones con los que ofender más y mejor a los enemigos y mandarlos al fondo de abismo con presteza y eficacia. Sin embargo, las galeras no solo estaban artilladas sino que, además, como tantas otras cosas que ignoramos en lo referente de nuestros logros, fueron los reinos peninsulares los que se arrogaron la primicia de fundar las bases de lo que luego sería la artillería naval. Es de todos sabido que en este país de acomplejados e ignaros profesionales no se presta atención a los éxitos patrios ni a nuestros grandes hombres, mientras que se enaltecen los foráneos y se ensalzan a los ajenos. Bueno, al grano...

Xilografía que muestra una galera primitiva armada con un único
cañón emplazado en la crujía de la nave

La primera noticia que se tiene del uso de artillería embarcada data nada menos que de mediados del siglo XIV, concretamente en 1359. El suceso tuvo lugar en el puerto de Barcelona, cuando una escuadra castellana intentó atacar las naves aragonesas ancladas en el mismo. Esto ocurrió en el contexto de la Guerra de los Dos Pedros, que entre 1356 y 1367 enfrentó a Pedro I de Castilla y a Pedro IV de Aragón. Las crónicas no especificaron qué tipo de armas habían embarcado los aragoneses, pero lo importante es que a los castellanos se les puso la jeta a cuadros cuando, en vez de llover virotes y pellas sobre ellos, llovieron bolaños. No obstante, debieron tomar buena nota del invento porque uno de los capitanes de la flota de Castilla, Ambrosio Bocanegra, hijo del entonces Almirante Mayor Egidio Bocanegra, un genovés emigrado a Castilla en 1341, derrotó años más tarde a la flota inglesa (Dios maldiga a Nelson) en la batalla de La Rochelle, librada el 22 de junio de 1372.

Batalla de La Rochelle,  librada en junio de 1372

Bocanegra, que había sido nombrado Almirante Mayor en 1370 por Enrique II de Castilla, fue enviado al mando de una flota de 12 galeras y varias naos para socorrer a las tropas de Bertrand du Guesclin, que mantenían un férreo cerco a la población. Eduardo III hizo lo propio enviando una flota de 36 naves al mando del conde de Pembroke, que sufrió una derrota aplastante por obra y gracia del ingenio de Bocanegra, que aprovechó la bajamar para hacer encallar los barcos enemigos aprovechando su mayor calado- superior al de las galeras- y cañoneándolos con bombardas emplazadas en la corulla de sus naves. La derrota fue tan antológica que los isleños perdieron la totalidad de la flota, bien hundida, bien apresada, e hicieron cautivos a los que salieron con vida del brete, empezando por el mismo Pembroke.

Bien, este articulillo no tiene como objeto narrar la evolución de la galera, que de hecho ya fue descrito en su día, sino la de su artillería. Así pues, estos hechos fueron los inicios de lo que más tarde se convertiría en la artillería naval. El germen de la misma fueron esas bombardas embarcadas que, en realidad, no pertenecían a la marina de guerra, sino a los tiros de artillería terrestres. Para entendernos: las galeras no contaban con una dotación propia de bocas de fuego, sino que, en caso de necesidad, se embarcaban las piezas necesarias junto al maestro artillero y sus ayudantes, que serían los encargados de manejarlas. Una vez retornados a puerto, las bombardas eran desembarcadas y devueltas a su lugar de origen. 

Hasta finales del siglo XV, la artillería embarcada se limitaba a una única bombarda emplazada en la tamboreta. La tamboreta era en espacio triangular situado entre el espolón y la corulla, un espacio que abarcaba desde los dos últimos bancos de la cámara de boga hasta el yugo de proa. Para que su peso no escorase la nave o la quebrase- solo el cañón, sin el afuste, podía superar las 2'5 Tm), se colocaba en la crujía, el angosto pasillo central que discurría de proa a popa y donde el cómitre y sus sotacómitres estimulaban cariñosamente a la chusma para darle con más ímpetu al remo. Para contener el retroceso, la bombarda se emplazaba entre dos maimones, dos gruesos maderos verticales que emergían de las entrañas de la nave. Por lo demás, por su posicionamiento en la cubierta surgió el término "cañón de crujía" en referencia a la pieza de más calibre de la galera. En la ilustración vemos una bombarda al uso montada sobre un afuste fijo. En el detalle podemos apreciar su posición en la nave.

Vista en sección de una alcuza de bombarda. Como podemos
apreciar, estaba reforzada por unos zunchos de hierro para
soportar la presión. Las argollas eran para colocarla y extraerla
ya que, debido a su tamaño y espesor, eran muy pesadas

Estas bombardas, como se explicó en su momento, estaban fabricadas con tiras de hierro que se iban colocando alrededor de un cilindro de madera a modo de mandril, siendo fijadas entre ellas con zunchos. Una vez completa la caña se retiraba el cilindro y se aseguraba en el afuste mediante sogas y/o tirantes de hierro. Su calibre, que en aquella época no estaban normalizados, oscilaba entre las 20 y las 40 libras (9'2 - 18'4 kilos). Eran armas de retrocarga en las que se introducía la pelota de hierro por la recámara para, a continuación, cerrarla con la alcuza, servidor o mascle, donde iba la carga de pólvora en una proporción que decidiría el maestro artillero en base a la distancia del objetivo a batir. La alcuza se sellaba con un taco de madera dejando en el interior una parte vacía para que hubiese suficiente aire como para facilitar la combustión de la pólvora. Finalmente, se aseguraba la alcuza con una cuña de hierro, se cebaba el oído con polvorilla y se prendía la carga con un botafuego, una vara de hierro o bronce donde se enrollaba una mecha. Olviden esa gilipollez de la antorcha que sale en las pelis. En un barco de madera te veían con una antorcha en la mano y te la apagaban metiéndotela por el ano sin dudarlo para, a continuación, cortarte la mano por cretino y, finalmente, colgarte de una entena para escarmiento de los botarates de la tripulación en particular y la flota en general.

Botafuego

Como salta a la vista, emplazar una boca de fuego fija sin posibilidad de variar siquiera el ángulo vertical no daba para virguerías y, aunque el alcance de unos de estos chismes podía llegar a los 800 metros, a efectos prácticos apenas iban más allá de 300 o 400, y si lo que se pretendía era acertar a otra nave, pues había que disparar cuasi a bocajarro, aprovechando el instante en el que el cabeceo de la galera hiciera coincidir la bombarda con el objetivo. Para paliar este inconveniente, que no era moco de pavo, se sustituyó el afuste fijo por uno provisto de dos pequeñas ruedas que permitía correcciones tanto verticales como horizontales (véase ilustración inferior). Al no haberse inventado aún los muñones con los que el cañón podía oscilar sobre la cureña, la regulación del ángulo vertical se realizaba elevando o bajando la parte trasera de la misma, bloqueándola con el travesaño perpendicular que vemos atravesándola de arriba abajo. Este travesaño, en forma cuña, se inmovilizaba propinando un mazazo en la parte superior. Obviamente, antes de abrir fuego había que asegurar la pieza a la cubierta para que no saliese tomando camino por su cuenta.


Por cierto que, por lo general, el maestro artillero no solía disponer de tiempo para realizar más de un disparo antes de llegar al momento supremo de los combates navales de la época: el abordaje. Si ese disparo lograba dañar o incluso abrir una vía de agua importante en la nave enemiga, pues la mitad o todo el trabajo ya estaba hecho. De lo contrario, habría que culminar la aproximación hasta llegar al contacto y esperar a que la gente de guerra embarcada lograse vencer a la tripulación enemiga y adueñarse de la galera. 

No tardaron mucho tiempo en comprobar que eso de poner artillería en la proa era una idea estupenda. ¿Qué por qué no la emplazaban también en las bandas? Pues porque las galeras de aquel entonces aún carecían de corredores sobre los bancos de boga, que ocupaban prácticamente la totalidad del barco. Así pues, se añadieron a ambos lados de la bombarda sendas culebrinas, sacres, moyanas o falconetes, piezas de un calibre muy inferior pero con una caña más larga, lo que les daba más alcance efectivo. Estas piezas eran denominadas como "de caza", y su cometido era ofender a las naves enemigas a distancia, procurando causarles daños que le dificultaran o impidieran la maniobra, como desarbolarlas, dañar el timón o destruir los remos (o también a los que remaban). Si lo lograban, la galera quedaría a merced de la perseguidora, que rematarían el trabajo cañoneándola con el cañón de crujía y hundirla sin tener que arriesgarse a un abordaje que, por bien que fuera, siempre concluiría con bajas propias. En la ilustración de la izquierda podemos ver una galera del segundo cuarto del siglo XVI en la que podemos observar como se había potenciado la artillería de a bordo. A los lados del cañón de crujía se han emplazado dos culebrinas, y en los maimones cañones de pivote, artillería ligera destinada a ofender a los tripulantes de la nave enemiga. Luego los veremos con más detalle.

Ya a mediados del siglo XV surgieron los cañones de fundición, mucho más resistentes y fiables que los anteriores. Esta nueva técnica no solo facilitaba la construcción de las cañas sino también, hacia mediados del siglo XVI, la adición de muñones que, como comentamos más arriba, permitía hacer correcciones en el ángulo de tiro vertical. Ayudándose con espeques manejados por los ayudantes del maestro artillero, este apuntaba el cañón contra el objetivo, fijándolo con una cuña de madera que se deslizaba bajo la culata del arma. Abajo tenemos un ejemplo que nos permitirá verlo con detalle.



La miniatura nos muestra los dramáticos
efectos de un reventón, que ha dejado bastante
perjudicado a uno de los artilleros
Como salta a la vista, el sistema de retrocarga usado por las bombardas fue eliminado y ya hablamos de artillería de avancarga, que perduró hasta las postrimerías del siglo XIX. Puede que alguno se pregunte por qué se suprimió un sistema de recarga más cómodo y, en teoría, rápido ya que, disponiendo de varias alcuzas, la cadencia de tiro podría ser más elevada que teniendo que cargar metiendo por la boca de fuego una cuchara con la pólvora, atacarla, meter la pelota y añadir otro taco más para sellar la carga. Bueno, el problema de la retrocarga de la época radicaba ante todo en que el ajuste de la alcuza con la recámara era muy deficiente, lo que implicaba una notable pérdida de presión que reducía el alcance del proyectil. A ese defecto habría que añadir el riesgo que se corría cuando, por un pico de presión o un sobrecalentamiento, la alcuza estallaba. El hierro no se deformaba o se agrietaba, sino que saltaba en pedazos de forma similar a las bombas de mortero de la época, matando a todo aquel que pillase cerca empezando por el maestro artillero y su gente. Por otro lado, hacia 1520 se empezaron a fabricar cañones de bronce, un material mucho más adecuado por varios motivos, a saber: ante todo, el bronce, al ser más elástico, no reventaba en pedazos, sino que se herniaba o se rajaba, reduciendo en grado sumo el riesgo para sus servidores. Por otro lado, a igual pieza, la de bronce tenía alrededor de un 10% menos de peso. Esto se traducía en que, por ejemplo, un cañón de crujía de 3.000 kilos vería su peso reducido a 2.700. Si sumamos toda la dotación artillera de la galera, hablamos de mogollón de kilos menos que disminuían el cabeceo de la nave y el riesgo de quebranto de la misma.

Y a toda esta serie de ventajas, una no menos importante: el salitre del mar no ataca al bronce, mientras que las piezas de hierro requerían un mantenimiento constante para no verlas cubiertas de orín a los dos días. No olvidemos que la pólvora negra es muy higroscópica, por lo que si no se mantenían las ánimas perfectamente limpias, sin residuos y bien lubricadas, la costra de óxido que se formaría en pocos días inutilizaría el arma. La fundición en bronce solo tenía una pega: era mucho más cara que la de hierro, por lo que no siempre había disponibilidad de piezas de este material, carencia esta que afectó a la artillería de las naves hispanas hasta prácticamente la desaparición de la artillería naval de avancarga.

Así pues, tenemos que durante la primera mitad del siglo XVI las galeras estaban armadas con su cañón de crujía para batir en proximidad a la nave enemiga, una o dos piezas menores en cada banda para hostigarla durante la aproximación y varias piezas de pivote fijadas en los maimones de la corulla con la misión de producir el mayor número de bajas posible antes del abordaje. Hablamos de falconetes, esmeriles, pedreros y morteretes, si bien debemos tener en cuenta que, hasta la normalización de la artillería en tiempos de Carlos I, tanto denominaciones como calibres formaban un amasijo interminable de tipologías bautizadas a veces la misma con siete nombres. 

Bueno, ya se me ha terminado el fuelle por hoy. Mañana o pasado actualizo el articulillo.

Hale, he dicho


domingo, 26 de septiembre de 2021

ÓRGANOS DE STALIN. EL BM-13

 

Pseudo-apocalipsis a pequeña escala y en formato económico

Ante todo, hay un detalle que debe quedar bien claro: el padrecito Iósif no sabía tocar el órgano. Más aún, durante su estancia en el seminario de Tiflis no solo no aprendió a tocarlo, sino que se convirtió en un marxista irredento. Además, la música sacra ortodoxa no hace uso de ese instrumento, de modo que dudo que alguna vez estuviera cerca de uno de ellos. Para los que lo desconozcan el mote de Stalinorgel lo crearon los tedescos debido a la semejanza de los lanzadores con los tubos de los órganos, así como por el siseante y siniestro silbido que emitían cuando se disparaban. Aclarado este sutil detalle semántico, procedamos:

Ya en su día dedicamos algún que otro artículo a los cohetes Congreve y su uso tanto terrestre como naval a principios del siglo XIX. Por otro lado, ya sabemos que estos chismes eran usados por los chinos hace la torta de años para sus masacres, así que hablamos de un arma con siglos de antigüedad. Solo el perfeccionamiento de la artillería en lo referente al alcance y, sobre todo, a la precisión, envió al baúl de los recuerdos a un arma en apariencia tan prometedora. Sin embargo, y a pesar del atraso endémico en lo tocante a tecnología por aquella época, Rusia introdujo estas armas en su arsenal en 1827, dándoles un extenso uso durante la Guerra Ruso-Turca entre 1828 y 1829, llegando a producir un lanzador remolcable para seis proyectiles. Sin embargo, como hemos dicho, el imparable avance de la artillería convencional  relegó al olvido a los cohetes, que se vieron limitados a su uso como bengalas y permanecieron en estado latente unos añillos hasta que, curiosamente, fueron resucitados por los mismos rusos. 

V. A. Artemiev (1885-1962) y N. K. Tichomírov (1859-1930)

El resucitador fue Vladímir Andréevich Artemiev , que ya en 1908 y con apenas 23 años andaba investigando con cohetes de bengalas en la fortaleza de Brest-Litovsk. Este probo ingeniero fue enviado en 1919 al Laboratorio de Dinámica de Gases (Gazodinamicheskoy laboratorii para el que quiera fardar ante sus cuñados), donde se puso en contacto con otro sesudo cohetero, Nikolái Ivánovich Tichomírov, con la intención de desarrollar cohetes de combustible sólido. La solución vino de la mano del por aquel entonces coronel Ivan Platonovich Grave, que en 1916 había inventado un propelente a base de polvo de piroxilina mezclado con trinitrotolueno, lo que daba como resultado una combustión potente y estable. La patente le fue confirmada en 1924 y consistía en barras compactadas de 70 mm. de diámetro que fueron fabricadas en la Fábrica de Pólvora de Shlisselburg. Hasta aquel momento se había usado como propulsor pólvora negra, pero su rendimiento era obviamente muy inferior al del nuevo compuesto. Este se probó por primera vez el 3 de marzo de 1928 tras haber pasado tropocientas pruebas hasta dar con las proporciones adecuadas, alcanzando el cohete una distancia de 1.300 metros. Este chisme fue la base de partida para la posterior creación de los cohetes disparados por los dichosos órganos.

G. E. Langemák (1898-1938)
Pero encontrar el propulsor adecuado era solo parte del problema porque, en realidad, lo que aún estaba por solucionar era la forma de dar al proyectil la estabilidad y la precisión adecuadas. Recordemos que los cohetes de Congreve usaban una simple varilla como estabilizador, y que no fue hasta 1844 cuando William Hale desarrolló una pieza helicoidal que hacía girar el cohete, pero la precisión obtenida no se consideraba la idónea para un arma moderna. Artemiev se dedicó a ir probando sistemas de guiado, lo que le llevó varios años de investigación porque hasta mediados de 1933 no pudo probar algo con un éxito aceptable. Se experimentó con dos diseños, el RS-82 y el RS-132 (RS = Rakietnyi Snariad, misil cohete, para los que insistan en fardar ante sus cuñados), de 82 y 132 mm. de calibre y provistos de estabilizadores de aletas con los que obtuvo una trayectoria razonablemente precisa a distancias comprendidas entre los cinco y seis mil metros, si bien estaban muy lejos de la precisión de cualquier pieza de artillería. En este diseño participó Geórgi Érijovich Langemák, un ingeniero militar de origen alemán de los más cercanos a Artemiev que, cómo no, acabó sus días víctima de la purga de 1937 con la que el psicótico padrecito Iósif eliminó de un plumazo a la mayoría del personal que tenía más de dos dedos de frente. De hecho, aunque el desarrollo del proyecto inicial era de Artemiev, Langemák es considerado como el padre del órgano staliniano que, en realidad, en Rusia era conocido de forma mayoritaria como Katyusha (Катюша en cirílico, por si aún no se han quedado contentos y quieren seguir chinchando a sus cuñados), aunque del origen del mote ya hablaremos al final del artículo. 

Fuego de saturación producido por una salva de Katyusha. Al
impactar sobre una zona relativamente pequeña, sus efectos eran
demoledores
Bien, en vista de que de momento no era posible obtener una precisión que permitiese que un cohete acertara en el objetivo como el proyectil de un cañón, se optó por la posibilidad de hacer fuego mediante salvas, o sea, disparando al unísono mogollón de cohetes para batir una determinada zona. Es lo que se conoce como fuego de saturación. Para los que nunca hayan oído ese término, el fuego de saturación es un concepto por el que un área relativamente pequeña es sometida a un bombardeo breve, pero de una intensidad devastadora que la artillería convencional no puede alcanzar. Pongamos un ejemplo: los informes del frente nos dicen que en tal zona el enemigo ha concentrado un regimiento entero para iniciar una ofensiva. 

Y estas eran las herramientas para lograr la saturación. Mientras que
un cañón convencional podía disparar un proyectil cada cinco o
diez segundos, un Katyusha disparaba una docena o más-
dependiendo del modelo- en el mismo tiempo
Si abrimos fuego con la artillería disponible, imaginemos que una docena de bocas de fuego con una cadencia de tiro de seis proyectiles por minuto, implicaría que en cinco minutos de bombardeo caerían sobre el enemigo 360 proyectiles. Obviamente, las tropas enemigas no se iban a quedar como pasmarotes esperando a ser machacados, sino que nada más oírse el silbido de la primera andanada saldrían corriendo como conejos en busca de refugio. Esa primera andanada sería lógicamente la más efectiva, mientras que las restantes pillarían a la mayor parte del personal a cubierto, pudiendo salir razonablemente indemnes del susto. Sin embargo, una batería formada por 12 lanzacohetes con capacidad para 24 proyectiles, solo en la primera salva dejaría caer sobre las atribuladas cabezas de los enemigos 288 cohetes de golpe. Y si los lanzadores eran de 48 cohetes, la cifra se elevaría al doble: 576 proyectiles de una tacada y sin que a los pardillos de turno les de tiempo a buscar un hoyo donde meterse. Y no solo produciría gran cantidad de bajas, sino que una parte importante de su material también sería destruido sin posibilidad de ponerlo a salvo. En resumen, es un concepto táctico tan eficaz que hoy día sigue totalmente vigente, y no hay guerra en la que no hagan acto de presencia vehículos provistos de lanzadores que, eso sí, están armados con cohetes mucho más potentes y precisos que los usados por los rusos si bien no son raros de ver en algunos de los interminables conflictos de Oriente Medio lanzadores de la época soviética que aún siguen operativos.

Bien, estos son los antecedentes del Katyusha que, en puridad, fue el cohete en sí ya que el soporte para los lanzadores no fue el mismo a lo largo de su vida operativa. Se recurrió a camiones rusos, así como a americanos obtenidos gracias a la Ley de Préstamo y Arriendo, chasis de carros de combate, trineos, trenes blindados, vehículos sobre orugas e incluso se instalaron en barcos, pero de la amplia variedad de medios sobre los que funcionaron estos chismes hablaremos con detalle en otra ocasión para no alargarnos demasiado. De hecho, incluso se llegaban a disparar cohetes sustentados sobre bastidores colocados directamente sobre el suelo, e incluso simplemente dentro de un armazón colocado dentro de un hoyo que les permitiera orientarlos en dirección a donde en teoría estaba el enemigo. Un alarde de tecnología, vaya... Con todo, su uso masivo- el fuego de saturación, ya saben- los hizo bastante eficaces, y donde caían solo quedaba una extensión de terreno calcinada y los restos achatarrados de los vehículos que hubiese en el mismo aparte de cachos dispersos del personal a los que no dio tiempo de escabullirse.
 En la ilustración de la derecha tenemos un ejemplo del variopinto uso que se podía dar a estos artefactos: dos guripas soviéticos ocultos tras unas ruinas se disponen a lanzar un M-31 de 300 mm. colocado dentro de un armazón (metálico o de madera) sustentado sobre unos ladrillos.

Ferviente hija del padrecito Iosif instalando cohetes RS-82 bajo
las alas de un avión. Obsérvense las peculiares hélices para el
armado de las espoletas
En cuanto a la vida operativa de estos cohetes, curiosamente no comenzó sobre los lanzadores que estamos hartos de ver en fotos, sino instalados en aviones. Su estreno en una acción de guerra tuvo lugar en el río Jaljin Gol, que marcaba los límites de China con la URSS, durante un breve conflicto con los honolables guelelos del mikado entre mayo y septiembre de 1939 por cuestiones fronterizas entre la república soviética de Mongolia y las tropas japonesas que ocupaban Manchuria. En esta ocasión se armaron inicialmente en los Polikarpov I-16 de una escuadrilla de cinco aparatos al mando del capitán Nikolái Ivánovich Zvonarev, agregada al 22º Rgto. de Cazas del mayor  Grigory Panteelevich Kravchenko, instalándose bajo las alas ocho raíles (4 en cada ala) para otros tantos cohetes RS-82. Además, no fueron usaros como armamento aire-tierra, sino para abatir aviones enemigos. 

I-16 armado con ocho cohetes RS-82

N. I. Zvonarev (1911-1986)
El grupo de Zvonarev, que actuó entre los días 19 de agosto y 16 de septiembre, realizó 85 salidas, participando en 14 acciones de combate en las que lograron alcanzar 13 victorias, las cuales se debieron principalmente a que atacaron formaciones cerradas de aparatos nipones, lo que facilitó su derribo ya que la precisión de los RS-82 estaba aún un poco lejos de la de un Sidewinder. Bueno, no nos engaños, el RS-82 estaba en el neolítico cohetero aire-aire, pero al menos tuvieron la primicia. Ojo, ya en la Gran Guerra se habían empleado contra dirigibles y globos de observación, pero obviamente estos artefactos eran un poco más grandes que un caza japonés, el primero de ellos muy lento, y el segundo totalmente estático, así que tampoco había que tener un prodigio de precisión para acertarles. En cualquier caso, el padrecito Iósif, celoso de que la existencia y, sobre todo, los detalles de esta nueva arma cayeran en manos enemigas, ordenó que todo lo concerniente a su manejo y uso fuera llevado con el máximo secreto, hasta el extremo de que los pilotos que tomaron parte en la escuadrilla de Zvonarev eran miembros especialmente seleccionados del NKVD cuya fidelidad al padrecito Iósif y al partido estaba por encima de cualquier comentario. 

G. I. Kravchenko (1912-1943)
Los mentados pilotos fueron, (por si aún desean hundir más en la miseria a sus cuñados) los tenientes I. Mikhailenko, S. Pimenov, V. Fedosov y T. Tkachenko. Más aún, ante el temor que de alguno de los I-16 fuera derribado y cayese en manos enemigas, Kravchenko había recibido la orden, que a su vez transmitió a Zvonarev, de que bajo ningún concepto se involucraran en combates aéreos contra los aparatos de los honolables guelelos del mikado, superiores en velocidad y armamento. Por lo tanto, su misión era localizar al enemigo, abalanzarse contra ellos, dispararles la salva de cohetes a una distancia de entre 1.500/850 metros aproximadamente y salir echando leches antes de que los nipones se recuperasen del susto. Por cierto que el uso de cohetes aire-tierra se propaló de forma increíble durante la 2ª Guerra Mundial. En el caso de los yankees, hicieron gran uso de ellos desde sus cazas Corsair y Mustang principalmente para ataques a tierra, y los tedescos perpetraron fastuosas escabechinas con los R4M que armaban los Me-262, con los que derribaron cantidad de bombarderos B-17. En fin, ya sabemos que el uso de cohetes aire-aire y aire-tierra son actualmente la principal arma de que disponen los aviones modernos para hacer la puñeta al enemigo, ya vaya volando o dándose un paseo por una carretera.

Vista trasera de un ZIS-5 con el lanzador cargado
Con todo, y a pesar de que la escuadrilla de Zvonarev salió de aquella guerrita indemne y con varios derribos en su haber, lo cierto es que fueron necesarios una media de 24 cohetes por derribo, lo que no se puede decir que fuese especialmente rentable cuando se podía lograr lo mismo con un par de docenas de cartuchos de ametralladora que costaban bastante menos dinero, así que estaba claro que el verdadero potencial de estas armas era como cohete tierra-tierra. De forma paralela a su uso como arma aire-aire, en octubre de 1938 y bajo la dirección del Instituto de Innovación para Propulsión a Chorro Nº 3 (Reaktivnyy nauchno-issledovatel'skiy institut, Реактивный научно-исследовательский институт en cirílico y más conocido por sus siglas РНИИ3 y a partir de 1937 НИИ3 (NII3), por si les apetece impulsar a sus cuñados a una autolisis definitiva) se creó un prototipo de lanzador instalado sobre el chasis de un camión ZIS-5, un vehículo de 3 Tm. y dos ejes de diseño moderno ya que su producción había comenzado en 1933. El lanzador consistía en un bastidor colocado de forma transversal, mirando hacia el lado derecho del vehículo para que los chorros de fuego no afectaran la cabina del camión si bien la ventanilla del copiloto estaba provista de una chapa de blindaje. Sobre dicho bastidor iban 24 raíles que permitirían disparar una salva de otros tantos cohetes del modelo M-13 de 132 mm. El M-13 era un modelo derivado del RS-132 con una carga explosiva de 4'9 kilos, y tenía un alcance de unos 8-8'5 km. aproximadamente.

Vista lateral del MU-1 sobre un ZIS-6. En el extremo de la
caja se aprecia el mecanismo para regular el ángulo de tiro,
así como la ventanilla blindada
Sin embargo, este prototipo salió un churro por varios motivos. En primer lugar, los lanzadores eran el mismo modelo usado en los aviones, por lo que la carga de los cohetes se efectuaba por la parte delantera de los mismos, lo que retrasaba enormemente el proceso. Por otro lado, la posición fija del lanzador obligaba a apuntar moviendo el camión hasta situarlo en una posición más o menos aproximada hacia el objetivo y, finalmente, la escasa sustentación que ofrecía daba como resultado un churro de precisión. Además, la elevada temperatura que alcanzaban los chorros de los cohetes, entre los 1.100-1.200º, dañaba al vehículo, especialmente a los neumáticos traseros que recibían la primera llamarada de lleno. En vista del éxito obtenido, cambiaron de vehículo, usando un ZIS-6 de tres ejes con un lanzador de 24 raíles, pero dando unos resultados igual de pésimos porque, en realidad, el problema estaba en la posición del lanzador, no en la plataforma que lo sustentaba. No obstante, a esta versión se le añadió un mecanismo para regular el ángulo de tiro vertical que demás permitía un pequeño giro horizontal lo que, aunque ya suponía un adelanto, no solucionaba el problema. Este prototipo recibió el nombre de MU-1 (МУ-1, механизированная установка, mekhanizirovannaya ustanovka = instalación mecanizada nº 1).

En vista de que el MU-1 resultó un fiasco, estaba claro que había que ver la forma de diseñar un MU-2 que funcionase si no querían acabar todos metidos en un vagón de ganado camino de un gulag en el quinto pino, así que se pusieron las pilas y vieron que solo había que cambiar la posición del lanzador, colocándolo en sentido longitudinal al vehículo. Al disponer de menos espacio a lo ancho hubo que reducir el número de raíles del lanzador a ocho, si bien para compensarlo en cada raíl se podían colocar dos cohetes, uno arriba y otro abajo. El bastidor sobre el que reposaban era una estructura un poco más compleja a base de tubos con una capacidad de giro horizontal de 10º a cada lado (20º en total), y la elevación vertical podía regularse entre los 15º y 45º, lo que permitía un alcance mínimo de 3 km. y un máximo de 9 km. En el gráfico de la derecha vemos el mecanismo de elevación (fig. A) y el horizontal (fig. B) mediante un tornillo sin fin. Además, se acopló en el lado izquierdo del bastidor un visor de artillería convencional, por lo que ya no era preciso estar una hora maniobrando el camión hasta colocarlo más o menos mirando al objetivo. Con estas mejoras solo había que situarlo en dirección al blanco, ajustando la puntería moviendo el lanzador hacia donde fuera preciso.

También se añadieron dos gatos hidráulicos en la parte trasera de la caja para proporcionar una base estable en el momento del disparo que, como veremos a continuación, no se producía mediante una salva simultánea, sino con un intervalo de medio segundo. Así mismo, la puesta en batería se acortaba de forma notable, requiriendo solo entre 5 y 1o minutos, siendo el tiempo de carga de otros 5 minutos más. Para completar la lista de mejoras, como la nueva disposición del lanzador haría que las llamaradas de los cohetes dieran de lleno en la cabina, se instalaron chapas sujetas mediante bisagras para poder bajarlas cuando se entraba en acción. Cuando llegaba la hora de largarse bastaba plegarlas sobre el techo. Ambos accesorios podemos verlos en las fotos de la izquierda.

BM-13 sobre un camión ZIS-6. Obsérvese la posición de los gatos
traseros cuando no estaba en posición de tiro, así como las
perforaciones de los raíles del lanzador para aligerarlos de peso
Tras las pruebas pertinentes y corroborar que, finalmente, el arma funcionaba como Lenin manda, el MU-1 pasó a convertirse en el BM-13 (Boyovaya Maszina 13 = vehículo de combate 13), del que se fabricaron cinco unidades para ir adiestrando a sus futuros servidores. Además se construyó un lanzador extra que fue enviado a Sebastopol para ser instalado en una patrullera y probar su rendimiento como arma embarcada. El Comité de Defensa del Estado quedó sumamente satisfecho con los resultados de las pruebas, por lo que en la primavera de 1941, cuando el ciudadano Adolf ya estaba a punto de dar la orden para iniciar la Operación Barbarroja, se comenzó la producción en serie. Con apenas tiempo para disponer de cantidades aceptables de la nueva arma, cuando los tedescos entraron en la Santa Madre Rusia sin molestarse ni en llamar a la puerta apenas se habían fabricado siete unidades que, junto con 3.000 cohetes M-13 habían sido enviados a Moscú. El mismo día en que dio comienzo la invasión, el 22 de junio de 1941, se comenzaron a fabricar tanto camiones como cohetes en la fábrica Komintern de Voronezh, seguida de los talleres Kompressor de la capital soviética. En octubre, y ante el peligro de verse desbordados, la producción se trasladó a Chelyábinsk, remota población situada en los Urales que quizás recuerden de cuando hablamos de los carros de combate rusos. 

El capitán Flerov (1905-1941). Palmó como los
buenos el 6 de octubre sin llegar a disfrutar de
los laureles de la victoria, durante una refriega
en Bogatyri tras una breve pero muy intensa
vida operativa
Estas siete unidades formaron la primera batería operativa de BM-13 al mando del capitán Ivan Andreevich Flerov, que entró en servicio el 28 de junio, apenas seis días después del comienzo de la invasión. Cada vehículo tenía una dotación de siete hombres: un artillero jefe, un artillero, un encargado de manejar los mandos de regulación del lanzador y cuatro cargadores. Dichas dotaciones fueron seleccionadas entre el personal de la Escuela de Artillería Feliks Dzierzynski, anteponiendo ante todo que fuesen miembros del partido. Al padrecito Iósif no se le quitaba de la cabeza lo de mantener a ultranza el secreto sobre la existencia de la nueva arma, hasta el extremo de que el término "BM-13" no se pudo usar en el papeleo administrativo hasta después de la guerra, cuando hasta el Tato ya sabía de qué iba la cosa. Más aún, poco después del inicio de la guerra se obligaba al personal a firmar una declaración por la que se comprometían a, en caso de peligro, destruir los vehículos para impedir que cayeran en manos enemigas, así como a escapar como fuese para no caer prisioneros y ser obligados a dar información sobre los mismos, llegando si era preciso a suicidarse. Chungo, ¿qué no? Para que no hubiera dudas al respecto, en una orden emitida por el padrecito Iósif el 1 de octubre de 1941 se dejaba bien claro que los BM-13 "...deben ser protegidos como tecnología de alto secreto del Ejército Rojo. Por este motivo, estas máquinas y la munición para ellas no deben caer en ningún caso en manos del enemigo. Este material debe mantenerse bajo una constante y particularmente severa vigilancia en todo momento. La responsabilidad de la preservación de estos secretos recaerá sobre los comandantes de los frentes y los ejércitos." En resumen, que si no te pegabas un tiro ya se encargaría el NKVD de hacerlo por ti, y si los tedescos te echaban el guante toda tu familia se iría de vacaciones a Siberia solo con billete de ida. Incluso se ordenó de forma explícita que, para un mejor aprovechamiento del material, jamás se emplearan los BM-13 contra objetivos pequeños o de poca importancia, debiendo reservarse solo para neutralizar el avance de grandes formaciones de infantería o carros de combate, para romper las líneas enemigas en caso de participar en una ofensiva y sobre concentraciones de tropas. Además, nunca debía hacerse uso de los lanzadores sobre objetivos situados a una distancia relativamente lejana, en la que su escasa precisión restaría eficacia, delegando esos cometidos para la artillería convencional.

BM-13 de la primera serie preparado para abrir fuego en Stáyara
Russa, en septiembre de 1941
El estreno del BM-13 tuvo lugar el 14 de julio, tras ocupar los tedescos la ciudad de Orsha, nudo ferroviario de vital importancia. La batería de Flerov se trasladó al sector y se dispuso para lanzar la primera salva, que tuvo tugar a las 15:15 horas. Hay varias versiones sobre esta acción de guerra, alguna incluso asegurando que, en realidad, no tuvo lugar hasta dos días más tarde debido a que los ingenieros tedescos tenían que adaptar el ancho de las vías para sus trenes (las rusas eran más estrechas) pero, en todo caso, en lo que sí coinciden todos es que el estreno supuso una escabechina fastuosa ya que los cohetes alcanzaron vagones cargados de munición, con las consecuencias que podemos imaginar. El BM-13 se mostró como un arma indudablemente eficaz, y aunque tenía sus ventajas también presentaba una serie de inconvenientes.

Cargando un M-13 en su raíl. Para realizar
esta operación bastaban escasos segundos
Entre las ventajas, la principal era su obvia contundencia. La batería de Flerov, con apenas siete lanzadores, podía dejar caer sobre los enemigos 112 cohetes cargados con casi 5 kilos de alto explosivo en menos de diez segundos, lo que no dejaba prácticamente tiempo para reaccionar. Su recarga era relativamente rápida, y con dotaciones bien entrenadas el tiempo podía reducirse a un par de minutos o poco más. Los raíles, al contrario que las cañas de los cañones, que debían ser sustituidas cada un determinado número de disparos, tenían una vida operativa ilimitada, y cada lanzador era acompañado por dos camiones cargados con más cohetes para que la fiesta no terminase en seguida. En cuanto a los inconvenientes, el principal era, aparte de que la precisión nunca llegó a ser la deseable, la descomunal humareda que producía cada salva, localizable a kilómetros de distancia. Esto obligaba a que, salvo que la batería estuviera en una posición protegida por elevaciones que la ocultaran de la vista del enemigo, nada más realizar los disparos tenían que salir echando leches y cambiar de emplazamiento antes de que la artillería enemiga los machacara con fuego de anti-batería, y esos sí tenían precisión de sobra para acertarles de lleno sin problemas. Con todo, la posibilidad de moverse con rapidez de un sitio a otro llegó a convertirse en una ventaja ya que despistaba totalmente a los observadores tedescos, que se veían incapaces de ubicar en los mapas de dónde habían salido los disparos.

Bien, con todo lo que hemos visto ya conocemos la gestación, el nacimiento y los primeros pasos de estas emblemáticas armas. De sus distintas versiones, los diferentes vehículos que se usaron como plataforma y la variedad de proyectiles que fueron surgiendo durante la guerra ya hablaremos otro día, que en esta ocasión ya me he explayado en demasía. Solo nos resta ver los entresijos del cohete B-13, así como su sistema de disparo y el origen del sobrenombre "Katyusha".

En primer lugar, el cohete. En el gráfico de la derecha tenemos una vista en sección del mismo para ver con detalle la distribución de su interior. Como podemos apreciar, el cohete se dividía en tres partes: la cabeza de guerra, que contenía la espoleta, el detonador y  la carga explosiva que, en este caso, era de 4,9 kilos de trinitrotolueno o de termita si se quería usar como arma incendiaria. También se estudió usarlo como proyectil de guerra química, pero eso lo veremos más adelante. A continuación tenemos el cuerpo que contiene la carga de propelente, formada por siete barras de polvo de piroxilina perforados longitudinalmente por el centro. Su distribución la vemos en la figura F'. El propelente se iniciaba con dos cartuchos piro-eléctricos como el que vemos en la figura E', colocados a ambos lados del tetón de enganche delantero. Estos cartuchos se iniciaban mediante una descarga eléctrica que inflamaba la carga de pólvora que llevaban en su interior y que, a su vez, iniciaba el propelente del cohete. Por último tenemos los escapes por donde salía el gas producido por la combustión del propelente, que se realizaba de adelante hacia atrás. 

El proceso de carga era muy simple. Bastaba deslizar los dos tetones de fijación por la ranura del raíl hasta que quedasen bloqueados en su posición, para lo cual se accionaba hacia la derecha la palanca marcada con la flecha roja. El bloqueo debía asegurarse antes de elevar el lanzador si no querían ver como los 16 cohetes caían uno tras otro al puñetero suelo. En el círculo vemos el terminal eléctrico que llevaba cada raíl en cada costado, y que contenían los bornes que daban la corriente necesaria para iniciar los cartuchos piro-eléctricos. Una vez que se completaba la carga del lanzador, el artillero realizaba los ajustes de altura y deriva y todo el personal se retiraba a una distancia prudencial para no quedarse convertidos en torreznos soviéticos o verse asfixiados por la enorme temperatura que desprendían los cohetes, así como la densa polvareda de humo tóxico que desprendían. A partir de ahí solo había que abrir fuego, de lo cual se encargaba el artillero jefe accionando el cuadro de mandos colocado delante del asiento del copiloto.

A la derecha podemos verlo. Se trataba de una pequeña caja conectada mediante la manguera G a una batería auxiliar situada sobre el chasis, de donde tomaba la corriente. De ahí partían dos cables: uno conectado a la carrocería para hacer masa, y el otro se dividía en ramales que iban a las cajas de cada raíl. En primer lugar, se cerraba el circuito accionando el interruptor de cuchillas F. A continuación se introducía y giraba la llave A en la caja de conexión C para establecer el contacto, tras lo cual se encendía el chivato D para comprobar que todo estaba en orden. A partir de ahí, el arma estaba lista para abrir fuego, para lo que se giraba el disco del disparador a razón de dos vueltas por segundo durante 17 veces. De ese modo no se producía una descarga al unísono, sino escalonada con una escasa diferencia de tiempo. La duración de la andanada dependía del número de cohetes, pero en este caso sería de unos 15 segundos como mucho. La verdad es que presenciar una salva de uno de estos chismes debía ser algo sobrecogedor.

A medida que el artillero giraba a toda pastilla el disco, la corriente eléctrica iba llegando a los raíles, produciéndose una chispa en el contacto entre la superficie del raíl y el tapón del contenedor de los cartuchos piro-eléctricos. En ese momento, se inflamaba el contenido e iniciaba el propelente del cohete, saliendo disparados a una velocidad de unos 350 m/seg., o sea, similar a la de una bala de 9 mm. Parabellum, lo que no es ninguna tontería para semejante trasto. Los cohetes podían armarse con espoletas de impacto o de proximidad, dependiendo del objetivo, y su dispersión al caer sobre el terreno elegido como blanco formaba una densa cadena de explosiones casi simultáneas. Para hacernos una idea, la batería del capitán Flerov, formada por siete lanzadores de 16 cohetes permitía arrojar sobre las atribuladas testas tedescas nada menos que 112 cohetes en un intervalo de diez segundos. Por lógica, para conseguir lo mismo con artillería convencional harían falta 112 cañones. Con todo, algunas versiones posteriores que podían disparar hasta 48 cohetes, si hablamos de una batería convencional formada por cuatro lanzadores hablamos de nada menos que 192 proyectiles, y como ya podrán imaginar una batería no solía actuar en solitario. Podían juntarse varias y, con ello, disparar cientos de cohetes de golpe sobre un enemigo que no sabría dónde leches meterse para escapar del fin del mundo a escala reducida.

Lidiya Ruslanova cantando ante las ruinas del Reichstag de
Berlín el 2 de mayo de 1945
Bueno, con esto no creo que queden dudas acerca del sistema de disparo. En cuanto al mote, hay tropocientas versiones, aparte de más apodos que ya iremos desgranando. En esta ocasión nos quedamos con el más conocido, Katyusha, que era el título de una canción que, como está mandado, narra como una jovencita llamada así echa de menos a su amado que está haciendo el servicio militar. La canción fue compuesta en 1938 con música de Matvéi Blanter y letra de Mijáil Isakovski, e interpretada por primera vez por Lidiya Andreevna Ruslanova, una famosa cantante floclórica de la época. Katyusha es el diminutivo de un diminutivo, o sea, el diminutivo de Katya que, a su vez, lo es de Yekaterina, Catalina. Por lo tanto, Katyusha sería lo mismo que si en español decimos Catalinita. La teoría más aceptada es que, debido al secretismo que impedía denominarlos como BM-13, en la documentación oficial se les asignó la letra K, correspondiente a la fábrica Komintern de Voronezh, donde comenzó la producción del arma, por lo que se recurrió, como es habitual en todos los ejércitos del mundo, a ponerle un mote que coincidiera, en este caso, con la inicial extra-oficial del BM-13. Puede que, cuando la oigan, a más de uno le suene la música. Es la del "Casatschok", una pegadiza canción que puso muy de moda el cantante francés Georgie Dann en 1969, pero cuya letra no tiene nada que ver con la original. De hecho, este fulano se tiró la torta de tiempo forrándose con sus cancioncillas que, año tras año, eran declaradas "la canción del verano" y se escuchaban en todas las verbenas, ferias, tómbolas y hasta en los bailes juveniles de la época. Ahí pueden escucharla.


En fin, espero que les haya resultado interesante. Como ya he dicho, más adelante y con suerte antes de que acabe el año seguiremos con el tema. Mientras tanto, vayan provocando arcadas en sus cuñados y primos lejanos contemplando cualquier documental sobre el tema. 

Hale, he dicho

La batería del capitán Flerov lista para abrir fuego y sembrar muerte y destrucción más IVA sobre los malvados tedescos

sábado, 1 de junio de 2019

TORRES MARTELLO. Tipologías y técnicas constructivas 2


Vista superior de una de las torres típicas de la costa sur
con capacidad para un cañón de 24 libras. La imagen nos
permite apreciar la diferencia de grosor de los muros que
daban al mar y a tierra
Bueno, dilectos lectores, en esta entrada daremos cumplida cuenta de la cosa artillera y todo lo relacionado con ella, así como lo referente a los sufridos british que tuvieron que guarnecer estas torres a pesar de que, cuando fueron puestas en servicio, la amenaza de invasión había pasado ya que en 1810 el enano (Dios lo maldiga cienes y cienes de veces) estaba metido en mogollón de follones por la Europa toda. Más aún, cuando se comenzaron las obras en 1805 vio como Nelson (el siempre maldito) le dio las del tigre en Trafalgar, por lo que en lo tocante a la superioridad naval se le fue todo al traste de la misma forma que al inefable Göring le chingaron la superioridad aérea en 1940 sobre los cielos de la brumosa Albión. No obstante, como ya hemos comentado, el enano seguía siendo asaz peligroso, cosechaba una victoria tras otra y no era plan de descuidarse porque en cualquier momento podía retomar su antiguo plan si lograba que sus enemigos continentales se aviniesen a una paz razonablemente duradera, cosa que afortunadamente no ocurrió. Bien pues, comencemos sin más tardanza...

La foto de la derecha muestra el sótano- recordemos que en realidad sería la planta baja respecto al nivel del terreno- de una torre. La ventana es el nicho donde, según se explicó, se colocaba la linterna o lámpara que permitía iluminar el pañol protegida por un cristal colocado al otro lado del muro para evitar un desastre gordo. Los orificios cuadrangulares del muro son simples respiraderos para mantener ventilada la estancia ya que en la zona que muestra la imagen era donde se almacenaban las provisiones y, llegado el caso, toneles de agua si no disponían de cisterna, lo que ocurría en bastantes casos debido a las filtraciones de agua salina que había en muchas partes por la proximidad del mar. La foto también nos permite apreciar la distribución de las vigas del entresuelo.

La foto de la izquierda muestra el lado opuesto a la anterior, donde se abre la puerta al polvorín. Para reducir el riesgo de incendios el interior de la puerta estaba forrado con una lámina de cobre, y las bisagras eran de bronce en vez de hierro para evitar chispas. En el suelo vemos uno de los sumideros y en el muro otros dos conductos de ventilación. Estos daban directamente al exterior aproximadamente a media altura del muro, lo que tampoco permitiría un nivel de ventilación lo suficientemente alto como para eliminar por completo la humedad del sótano, cuya única salida era, como recordaremos, una trampilla que permanecería cerrada la mayor parte del tiempo.

Y ahí tenemos el pañol, el sancta sanctorum del edificio que, como mostramos en los planos de la entra anterior, solía ocupar aproximadamente un tercio de la superficie de la planta. Para favorecer la ventilación y eliminar al máximo posible la humedad se construía una pared doble en la que se abrían las rendijas de ventilación que vemos sobre los barriles. Por lo generan, cada pañol tenía tres nichos como el que mostramos para el almacenamiento de la pólvora, cuya dotación era de 50 barriles de 100 libras (45'3 kg.) aunque había capacidad para 200. La provisión de municiones para las torres de la costa sur armadas con un solo cañón de 24 libras era de cien pelotas, veinte granadas, veinte botes de metralla y veinte cartuchos de racimos o metralleros. Estos últimos eran como las granadas pero con una diferencia: en la granada convencional se fragmentaba la carcasa al estallar esparciendo cascos de metralla, mientras que los metralleros repartían de forma más controlada entre 84 y 232 bolas que contenían en su interior, pero de eso hablaremos más adelante con más detalle. Además almacenaban 25 kilos de mechas lentas para los botafuegos y, lógicamente, la pólvora y municiones para los mosquetes. Las torres armadas con obuses usaban el mismo tipo de pólvora que estos, la Red nº3 FG, por lo que no había necesidad de almacenar un tercer tipo de pólvora. Para los que desconozcan el tema, cada arma requiere un tipo de pólvora distinto, de quemado más o menos rápido en función del largo del ánima. Una pistola, que tiene un cañón muy corto, necesita una pólvora que arda muy rápido para que se queme toda dentro del ánima mientras que un mosquete necesita una más lenta y progresiva para que vaya ardiendo más despacio y no produzca picos de presión, y lo mismo para un cañón que, obviamente, es muchísimo más largo.

A la izquierda vemos dos de los proyectiles usados contra personal en caso de producirse un desembarco. En primer lugar vemos un bote de metralla, que era, como su nombre indica, un recipiente de hojalata sellado por su parte inferior con un taco de madera. En el interior se metían balas de mosquete, siendo el resultado como un cartucho de perdigones de escopeta moderno, pero a lo bestia. Esos botes contenían decenas o cientos de proyectiles según el calibre del cañón, y sus efectos eran devastadores a distancias entre los 300 y 400 metros aproximadamente. Los metralleros o cartuchos de racimo eran hileras de bolas agrupadas en torno a un vástago central que sobresalía del taco de madera sobre el que se montaba el conjunto, que a su vez se envolvía en una lienzo encerado para impermeabilizarlo. En estas dos entradas, aquí y aquí, se especifican con detalle. 


Espoletas de tiempo para granadas. Las marcas señalan los segundos y sus
fracciones, por lo  que al artillero le bastaba cortar con un cuchillo por
el lugar deseado para que explotara en el momento indicado.
Se encendían solas con la llamarada que se producía durante el disparo
En cuanto a las granadas, eran los típicos proyectiles esféricos huecos provistos de una espoleta que los hacía estallar en el sitio y momento adecuados, bien en el aire o en tierra, esparciendo los fragmentos de metralla alrededor. En cuanto a las pelotas, en un cañón de 24 libras eran eficaces hasta alrededor de 1,5 km. si bien su alcance superaba el doble de esa distancia. Ya vimos en la primera entrada de esta serie que hicieron bien la puñeta a los barcos que mantenían el bloqueo ante la Torre Mortella y, de hecho, aunque había cañones de hasta 42 libras, eran por lo general las piezas embarcadas más potentes al uso. Pero también valían contra tropas terrestres efectuando tiros de rebote que, con una sola pelota, podían llevarse por delante a más de 20 hombres sin problema, y hay constancia de casos en los que liquidaron a 40 de una tacada.

Lógicamente, las torres armadas con obuses de 5,5 pulgadas disponían de munición para los mismos. Estas rechonchas piezas tenían un calibre de 140 mm. y un largo de apenas 84 cm., y originariamente estaban concebidas ara efectuar tiro parabólico contra tropas protegidas por parapetos, trincheras, etc., e incluso se comenzó a usarlos como morteros de pequeño calibre contra fortificaciones. En el caso de las torres fueron destinados a protegerse a sí mismas contra posibles invasores que lograran desembarcar, pero solo en las que por la abrupta orografía de la zona permitiría al enemigo ocultarse y mantenerse a salvo de los disparos del cañón de 24 libras. De ahí que el obús cargado con granadas pudiera ofender a cualquiera que se protegiese tras los accidentes del terreno y acabar de barrerlos del mapa con los botes de metralla o los racimos disparados por el cañón cuando saliesen de sus escondites. En otras torres con capacidad para tres bocas de fuego y que estuvieran ubicadas en lugares despejados se optó por combinar un cañón con dos carronadas de 24 libras como la de la lámina de la derecha que tanto valían para ofender a las naves que se aproximasen como a las tropas que lograran alcanzar la orilla. Como en todas las torres estaban emplazadas sobre cureñas deslizantes. 

En cuanto a las plataformas artilleras tenemos tres tipos. La que vemos en primer lugar corresponde a las torres más pequeñas situadas en la línea sur. Como ya se explicó, se construían de forma excéntrica para permitir un mayor grosor en el muro que daba al mar dándoles un aspecto elíptico que no era real. En amarillo vemos los raíles sobre los que rodaban las ruedas de hierro de las cureñas, permitiéndoles un radio giro de 360º. Los círculos rojos son los tiros de las chimeneas de las dependencias del oficial y la tropa que, por norma, estaban construidas de forma que pudieran derribarse fácilmente en caso de que estorbaran si había que entrar en combate. Las flechas rojas marcan la posición de unos nichos que se usaban como repuestos para munición de uso inmediato. Las azules señalan los canalones de recogida de agua que conducían a la cisterna, y la flecha verde marca la posición de un pequeño urinario para echar la meadita previa a la batalla. En el centro vemos el pivote donde se fijaba la cureña y del que hablaremos más adelante. Y centremos ahora la vista en la salida de la escalera.

Como vemos, dicha salida cortaba la banqueta por la que transcurría el carril de la cureña. Para eliminar esta traba observemos las dos mortajas que hay a ambos lados del hueco, que servían para cubrir el mismo con gruesos tablones tal como vemos en la foto inferior. Esto no suponía ningún problema ya que cuando se entraba en combate se debía cerrar la puerta, aislando la plataforma artillera del interior de la torre. El orificio de la puerta que señala la flecha roja era precisamente para ir pasando más munición a los servidores de las piezas cuando se agotaba la de los repuestos. Todas estas precauciones eran simplemente para evitar que, en caso de que un proyectil enemigo estallara en la azotea, la llamarada producida por la deflagración avanzara hacia el interior del recinto a través de la angosta escalera, incendiando el entresuelo de madera y alanzase incluso el polvorín, lo que volatilizaría la torre. De hecho, incluso se obligaba a que las chimeneas se protegieran con pantallas metálicas por la misma razón. Más aún, hasta estaba prohibido fumar dentro aunque no existieran motivos de alarma, lo que jamás pasó porque ya dijimos que estas torres nunca entraron en acción. Pero la obsesión por los fuegos fortuitos estaba muy arraigada, sobre todo cuando se dormía sobre quintales de pólvora que si explotaban podían reducir el edificio a gravilla.

A continuación podemos ver el aspecto de las torres con capacidad para tres piezas. En este caso la plataforma adoptaba una forma de trébol en la que los pétalos de menor tamaño eran donde se emplazaban los obuses o las carronadas, cada uno de ellos con un repuesto de munición de uso inmediato. El espacio más grande, reservado para la pieza de 24 libras, disponía de cinco repuestos. Los círculos rojos señalan las chimeneas que, como en el caso anterior, podían echarse abajo de dos patadas si estorbaban en el ángulo de tiro de las piezas. En este caso el ángulo de los cañones estaba limitado a 120º si no querían bombardearse entre ellos mismos. Por lo demás, podemos ver que estas torres disponían de dos accesos a la azotea. Una escalera partía desde el alojamiento de tropa, y la otra desde el aposento del oficial, que para eso era el mandamás y tenía una escalera para él solito.

Finalmente veamos la plataforma del tipo de mayor tamaño, situadas en la costa este. En vez de tener la planta redonda habitual eran aovadas, y el espacio disponible mucho más amplio. Como el tipo anterior, también disponía de dos escaleras para acceder a la azotea, y en todo su contorno podemos ver hasta nueve repuestos para munición de uso inmediato y, también como en los casos anteriores, las dos chimeneas que hemos marcado en rojo se podían eliminar en un periquete si se terciaba. Cada pieza de 24 libras requería una dotación de catorce hombres para su manejo que, como ya explicamos anteriormente, se dividían entre los pertenecientes a los batallones de Veteranos y los artilleros inválidos que se dividirían las tareas conforme a sus conocimientos: los Veteranos para acarreo de munición y manejo de la pieza y los artilleros para lo referente a carga y disparo de la misma. 

Veamos ahora los distintos tipos de emplazamiento. Este corresponde a las torres para un solo cañón de 24 libras. Como vemos, la pieza descansa sobre una cureña naval modelo 1791 a la que se han quitado las ruedas. La cureña está a su vez montada sobre otra cureña deslizable formada por dos largueros de 4'9 metros de longitud cuya parte superior estaba recubierta por una chapa de metal para facilitar el deslizamiento de la cureña e impedir su desgaste. Esta cureña deslizable se fijaba a un pivote de hierro embutido en un pequeño pedestal de fábrica donde se fijaban los raíles para las ruedas traseras. A todas las cureñas, fuese cual fuese la pieza montada sobre ellas, se le daba una inclinación hacia adelante de entre 10 y 20º para compensar el retroceso, que era ciertamente muy acusado. A ambos lados de los largueros había unas pequeñas plataformas o estribos para que los servidores de la pieza pudiera cargarla y atacarla sin problemas.

Otro tipo de cureña, en este caso las destinadas a las torres con capacidad para tres cañones, lo podemos ver a la derecha. Como se puede observar, en este caso no está fijada a un pivote, sino a la boca de un cañón. Esta práctica era bastante común, usar cañones fuera de servicio al que se introducía por el ánima una barra de hierro y que era sólidamente empotrado en la azotea. De este modo se lograba un robusto sistema de fijación que, además, les salía gratis. En cuanto a la cureña naval, en este caso sí conserva las ruedas, que están encarriladas sobre los largueros con unas chapas de hierro colocadas por dentro. La pequeña plataforma con escalones que vemos dentro era para los servidores del cañón.

Para girar la pieza, que solo el cañón con su cureña pesaba tres toneladas más el peso de la cureña deslizable, se valían de sogas como las que hemos recreado en esa foto. En el perímetro del parapeto se distribuían argollas embutidas en pequeños sillares de piedra por donde se pasaban las sogas que, a su vez, eran enganchadas en la cureña. Bastaba tirar de una de ellas en la dirección deseada para mover la pieza a un lado u otro echando el bofe solo lo razonable. Por cierto que en esta imagen se aprecia bastante bien el canalón de recogida de agua, así como uno de los sumideros que la conducían hasta la cisterna y que marcamos con una flecha roja.

En cuanto al obús de 5'5 pulgadas, se emplazaba en una cureña similar. Esta pieza, fabricada de hierro, procedía de una anterior fundida en bronce. Su peso era de "solo" 762 más los 450 de la cureña naval, así que ese retaco pesaba poco más de 1.200 kilos a los que había que añadir los de la cureña deslizable. Su sistema de fijación era similar al de sus hermanos mayores, con el cañón inservible haciendo de poste de fijación. La pieza que bloqueaba la cureña y que sobresale de la pata trasera se usaba también cuando se instalaban dos cañones usando el mismo pivote, de forma que podían girar de forma independiente pero sin perder la fijación al centro de la plataforma. Un total de 18 torres fueron armadas con estos obuses, 9 en la línea sur y otras 9 en la este.

Servidores de una pieza dispuestos a abrir fuego. Estarían de maniobras,
porque nunca jamás vieron una vela gabacha en el horizonte
Bien, esto es básicamente lo más relevante del armamento de las torres. En cuanto al personal que las guarnecía, en la entrada anterior ya anticipamos la procedencia de sus efectivos. Sin embargo, el reparto de las mismas en las distintas torres fue al parecer bastante desigual, y más cuando la amenaza empezó a diluirse a medida que el enano se veía obligado a comprometer ingentes cantidades de tropas en empresas que tuvieron un final desastroso, empezando por la invasión de Rusia que acabó con la gloriosa Grande Armée con las gónadas más frías que las de un pingüino además de la interminable pero silenciosa sangría española, donde sin prisa pero sin pausa se escabechaban mogollón de gabachos o se pescaba a los correos que circulaban por los caminos para dejarlos clavados en los portones de los cortijos como señal de aviso, lo que imagino haría que muchos correos se diesen de baja por depresión.

Dependencias de la tropa. Alrededor del pilar central se encuentras dos
armeros con capacidad para 27 mosquetes. A través de la puerta se ve la
barandilla que rodea el hueco para bajar al sótano
Así pues, y aunque como sabemos las torres disponían de espacio suficiente para 25 o 30 hombres, tras la victoria de Trafalgar empezaron a relajarse y, de hecho, cuando se empezaron a terminar las torres hubo algunas que no llegaron siquiera a guarnicionarse. En otras se limitaron a poner a dos o tres fusileros al mando de un sargento para, al menos, mantener la vigilancia y que diera la impresión de que el ejército no bajaba la guardia. En otras la insalubridad del terreno no hacía aconsejable mantener acantonadas tropas durante largos espacios de tiempo debido a que, por la cercanía de ciénagas, la posibilidad de contraer enfermedades palúdicas era muy elevada. Por lo tanto optaron por mantener al personal en acuartelamientos o en barracones cercanos de forma que se establecían turnos diarios de guardia.  

Otra perspectiva del interior de una torre, en este caso desde el aposento
del oficial. Como se ve, las paredes y mamparos pintados de blanco daban una
apariencia razonablemente acogedora al recinto para ser un edificio militar
Con todo, la vida no era en modo alguno mala para los encargados de guardar las torres, y más si la comparamos con la que llevaban sus colegas que combatían en el continente. Las raciones diarias eran más que decentes: una libra de carne, una de pan, ¼ de libra de queso, media pinta (142 cm³) de arroz y otro tanto de guisantes secos. Con eso ciertamente no es que fueran a engordar, pero no pasaban hambre. Además, la cercanía de muchas poblaciones les permitía adquirir por su cuenta algún caprichito, más cantidad de pan, ron o cerveza y, en realidad, ni siquiera merecía la pena almacenar las provisiones ya que traía más cuenta abastecerse de proveedores locales sin correr el riesgo de que se echasen a perder las acumuladas en las torres que, con la humedad, tenían muchas probabilidades de estropearse antes. Además, así el personal consumía alimentos frescos, que siempre era más agradable que las carnes en salazón y la galleta o el bizcocho duros como el granito.

Cuando el enano fue finalmente derrotado en Waterloo y enviado a Santa Elena para salir de allí después de muchos años metido en un féretro de plomo, las torres fueron sufriendo distintas suertes. Como ya comentamos, a partir de 1820 algunas fueron convertidas en torres de señales, otras se destinaron a dependencias de guardacostas u organismos relacionados con la marina mientras que otras se vieron simplemente abandonadas. Otras fueron usadas como bancos de pruebas para estudiar los efectos de las nuevas piezas de artillería surgida a partir de mediados del siglo XIX. En 1860, la Oficina de Guerra usó las torres 49 y 71 para comparar la capacidad destructiva de las piezas convencionales respecto a las de ánima rayada. Contra la 49 se emplearon cañones de 32 y 68 libras de ánima lisa, mientras que contra la 71 se usaron un cañón rayado de 80 libras, otro de 40 y un Armstrong de 100 pulgadas. No obstante, y como muestra de la monolítica solidez de estos edificios, la torre 71 necesitó 47 disparos para abrir una brecha, y otros 158 más para lograr echar abajo el muro trasero que, como sabemos, era el de menos grosor. El mismo número de disparos efectuados con cañones de ánima lisa contra la torre 49 no lograron ni remotamente unos resultados similares. En el grabado de la izquierda podemos ver las distintas fases por las que pasó la torre 71 hasta quedar demolida a medias tras recibir nada menos que 205 cañonazos, que no es ninguna tontería. Posteriormente, otras torres sufrieron el mismo destino. Otras, como ya se anticipó en el caso de la torre 10 de Hythe, fueron voladas sin más historias. Las más correosas fueron las 35 y la 38, a las que a los 90 kilos de algodón pólvora para cada una hubo que añadir otros 363 kilos de pólvora normal por torre para echarlas abajo. En fin, una pena. Al menos sirve de consuelo para ver que no solo en España se cometen felonías con este tipo de edificios que, además, en su día costaron una fortuna fastuosa.

En fin, criaturas, con esto concluimos. Espero que esta breve y concisa monografía haya sido de interés y, sobre todo, les haya servido para conocer una tipología de torres costeras que no son precisamente muy conocidas por estos lares pero que, como hemos visto, hicieron historia y, llegado el caso, habrían sido la primera línea de batalla para contener al enano si llega a invadir la maldita Albión.

Bueno, se acabó lo que se daba, amén.


Y así acabaron otras, convertidas en viviendas de diseño. Esta en concreto es la torre 10, en Hythe, Kent. Fue perpetrada
en 1960, y no se sabe qué es peor, si que la acabaran a cañonazos o la desvirtuaran de forma tan canallesca. Por cierto que
muchos fuertes costeros de Portugal, sobre todo de la zona cercana a Lisboa, han acabado igual. Algunos han sido
convertidos en bares de copas y discotecas. En fin, sin comentarios porque me cabreo en grado sumo.