Mostrando entradas con la etiqueta Dirigibles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dirigibles. Mostrar todas las entradas

sábado, 11 de noviembre de 2017

Bombardeo estratégico. El primer ataque sobre Londres, 2ª parte


Siniestro de cojones, ¿qué no?

Bien, en la entrada anterior dejamos al capitán Linnarz sacando brillo al paragolpes del LZ38, aprestándose para su misión histórica: llevar la guerra al corazón de Londres. Prosigamos pues...

El jefe de policía Charles Hunt sostiene en sus
manos una bomba incendiaria Goldschmidt
recuperada sin estallar del ataque sobre King's
Lynn por el L3 y el L4 
El día elegido fue el viernes, 31 de mayo. En plena primavera el clima no debería ser problema, y tres días antes había habido luna llena, por lo que dispondrían de claridad suficiente para saber por dónde se movían. Hay que tener en cuenta que por aquella época, y a la vista de que la isla ya había sido vulnerada, se habían dictado normas para dar el menor número de facilidades a los tedescos. Por ello, y considerando que los ataques siempre se llevaban a cabo de noche, era obligatorio usar cortinas que no dejasen pasar la luz, y las farolas permanecían apagadas durante la noche. No obstante, y a pesar de que los bombardeos ya habían incluso producido víctimas y daños materiales nada desdeñables, los londinenses seguían en su feliz inopia, pensando quizás que nadie osaría ponerse en la vertical de la ciudad y bombardearlos. Pero sí había osados que estaban deseando dar muestras de su osadía, naturalmente. Además del LZ38 tomaría parte en el ataque el LZ37, un dirigible tipo M al mando del Oberleutnant zur See von der Hägen. Esta nave había efectuado su primer vuelo el 4 de marzo de 1915, apenas un mes antes que el dirigible de Linnarz, y aunque su base estaba establecida en Gontrode, para esta misión despegaría de Namur. Sin embargo, apenas levantó el vuelo se produjeron una serie de daños en la cubierta de la estructura, por lo que tuvo que retornar a su base de partida, dejando al LZ38 la responsabilidad de llevar a cabo la misión él solo.

El dirigible partió durante el ocaso desde su base de Evere, una población del cinturón metropolitano de Bruselas situada a apenas 5 Km. al NE de la misma. La carga bélica, estibada en unos raíles colocados en el exterior de las góndolas, ascendía a unos 1.400 kilos de bombas de dos tipos: de alto explosivo e incendiarias. Estas últimas, denominadas "bombas cónicas", cuyo aspecto podemos ver en la foto, tenían una altura de unos 40 cm. y estaban formadas por un contenedor con 3,5 litros de benzol. En el centro había otro envase lleno de termita, un compuesto a base de aluminio y óxido de hierro que ardía a temperaturas muy elevadas, por lo que con el añadido del benzol convertía uno de esos chismes en una fuente de calor capaz de producir virulentos incendios en las estructuras de madera de las techumbres de la época, así como en el mobiliario y entresuelos de las viviendas. En la foto de la izquierda vemos la bomba con la espoleta en la parte superior, y en la de la derecha lista para su lanzamiento, envuelta en una gruesa cuerda empapada de alquitrán para favorecer la propagación del fuego.  Pesaban alrededor de 10 kilos.

En la foto de la derecha podemos ver la ruta que siguió el LZ38 camino de su objetivo, situado a unos 325 km. de distancia. Tras cruzar el Canal se dirigió hacia Margate, población que sobrevoló a las 21:42 para, a continuación dirigirse a Southend-on-Sea. Allí viró hacia el oeste y puso rumbo a Londres, donde se avisó a la policía de la inminencia de un ataque a las 22:55, dejando al personal un tanto perplejos porque pensaban que el ataque sería, como venía siendo habitual, contra la costa este de la isla. Pero aquella noche les tocaba a ellos.

Ruta seguida por el LZ38. Las explosiones muestran las zonas que fueron bombardeadas

Ortofoto del barrio de Stoke Newington con el nº 16 de Alkham Road
marcado con un círculo blanco. En el detalle vemos el aspecto actual de
la vivienda que, al parecer, es prácticamente el mismo que hace un siglo.
Ahí cayó la primera bomba de la historia sobre Londres
En la ortofoto podemos ver la ruta que siguió el LZ38 durante su mortífero itinerario sembrando muerte y destrucción + IVA sobre los sorprendidos british (Dios maldiga a Nelson), que a aquellas horas estaban ya en sus piltras digiriendo la cena. El dirigible entró por el norte de la ciudad, siendo avistado por un policía sobre la estación del metro de Stoke Newington, momento ese en el que soltó las primeras bombas incendiarias sobre la ciudad. La primera de todas, remarcada en un tono rojo fuerte, cayó en el tejado del número 16 de Alkham Road, que en aquella época era el domicilio de un clérigo llamado Albert Lowell. La bomba atravesó el tejado y prendió en el dormitorio, propagándose el fuego en el entresuelo de madera. 

Folleto distribuido con el diario The Daily News en el que se daban una
serie de consejos en caso de ataque. Se recomendaba sobre todo tener
en las plantas altas cubos con arena y agua ya que en aquella época
había muchas casas sin agua corriente
No obstante, la familia Lowell más dos invitados que tenían en casa pudieron salir medio chamuscados del interior de la misma mientras que el LZ38 seguía soltando su carga letal en dirección sur, hacia la Torre de Londres. En ese barrio descargó alrededor de 35 bombas en un tramo de unos 2 km. En esa fase inicial del ataque fue donde hubo mayor concentración de bombas. Además, fue donde se produjeron las primeras víctimas al ser alcanzada una casa en Cowper Road, a poco más de 1 km. al sur de Alkham Road, donde vivía un matrimonio con cinco críos. El cabeza de familia, Samuel Legatt, saltó de la piltra para poner a salvo a su prole formada por cinco niños, y ayudado por su mujer y el vecindario fue soltando a los críos por una ventana. Pero, por desgracia, pensando que los vecinos se habrían echo cargo de ellos no se percató de que le faltaban dos, Elsie, de apenas 3 años, y su hermana May, de 7, que aparecieron al día siguiente achicharradas bajo la cama en la que se habían ocultado intentando huir del fuego. Un poco más al sur, en el 187 de Balls Pond Road, cayeron dos bombas en un edificio donde aparecieron al día siguiente otras dos víctimas carbonizadas, un tal Henry Good y su mujer Caroline, que estaban ambos como arrodillados junto a la cama, en actitud orante. No les sirvió de mucho, me temo.

Portada del The Daily News del 1 de junio.
Se informa del ataque y de muchos incendios,
pero afirma que no todos estuvieron
relacionados con el ataque. Sería que más de
uno se quedó dormido fumando en la piltra,
no te joroba...
Pero la fiesta solo acababa de empezar. A continuación le tocó el turno a Hoxton, donde cayeron unas 15 bombas en un trayecto de 1,5 km. aproximadamente. A las 23:08 tres de ellas alcanzaron un teatro de variedades, el Shoreditch Empire, donde se estaba representando un musical. Afortunadamente, el público no se dejó llevar por el pánico y abandonaron el local en buen orden, en plan Titanic que se hunde mientras la orquesta ameniza el ahogamiento del personal con valses vieneses. Tras Hoxton le tocó a Whitechapel, donde aún se acordaban de las inquietantes visitas de Jack el Destripador en busca de putas para filetearlas. Allí cayeron otras 15 bombas más. Llegado a ese punto, el LZ38 viró hacia el este, dejando caer en Stepney 4 bombas de alto explosivo y dos bombas incendiarias.  Llegados a este punto, la nave del capitán Linnarz llevaba ya 20 minutos bombardeando impunemente Londres, paseándose tranquilamente mientras soltaba su mortífera carga. Finalmente, se dirigió hacia el nordeste hasta alcanzar Leytonstone, donde lanzó las últimas cinco bombas para, a continuación, virar hacia el este y ponerse camino de la costa para regresar a su base.

La foto muestra los restos del incendio del nº 27 de Neville
Road, en Stoke Newington
Durante el ataque se produjeron multitud de incendios que, si bien muchos pudieron ser sofocados por el vecindario, al menos 41 de ellos requirieron la intervención de los bomberos por ser especialmente virulentos. El balance, aunque ínfimo si lo comparamos con los devastadores bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, dejó al personal chafado con una mezcla de asombro y de ira contenida. De hecho, la turba enfurecida llegó a destrozar algunos comercios de gente que pensaban eran de origen alemán. EL LZ38 dejó tras de sí siete víctimas mortales, cuatro de ellas críos, y 35 heridos. Los daños materiales fueron tasados por el cuerpo de bomberos en 18.596 libras esterlinas. Pero lo peor fue quizás la impunidad con que la nave de Linnarz se paseó por el cielo londinense dejando caer bombas como quien echa migas a las palomas. Se contabilizaron 91 bombas incendiarias, 28 de alto explosivo y dos bombas de mano, que igual las tiraron porque se les acabaron las otras. 

Aspecto de las carcasas de las bombas incendiarias tras haber ardido
Incomprensiblemente, los reflectores no pudieron localizarlo, por lo que la artillería antiaérea ni siquiera abrió fuego. El LZ38 se paseó como un ángel de la muerte tan campante, sin que nada ni nadie le impidiera proseguir con su siniestra ruta. Los aviones del RNAS organizado por Churchill se cubrieron de gloria por que quince aparatos salieron en busca del LZ38, y solo un piloto pudo avistar al dirigible cuando estaba llegando a Southend-on-Sea para, encima, ver como se perdía en las alturas sin que pudiera perseguirlo. En fin, que los tedescos los chulearon a todos bonitamente, amén. Al día siguiente, los alemanes anunciaron a bombo y platillo que habían alcanzado multitud de objetivos situados en la zona portuaria, naturalmente con fines propagandísticos porque la bomba que cayó más cerca del puerto lo hizo a medio kilómetro, en Christian Street, donde también murió otro crío, Samuel Reuben, que volvía a casa del cine. Lógicamente, de cara a su propia gente era preferible decir eso antes que el bombardeo solo había servido para sembrar el terror y matar a varios inocentes. En cuanto a los cabreados british, para evitar que la moral se fuese a hacer gárgaras y que los derrotistas de turno empezasen a dar la murga, el gobierno británico ordenó a la prensa que la única información sobre los ataques aéreos debería ceñirse a los partes oficiales, y ni una palabra más.

Farman F-27. Obsérvese que este aparato tiene el motror detrás, o sea,
la hélice es impulsora, no propulsora
Sin embargo, el bombardeo fue vengado en apenas una semana. El LZ38 había partido la noche del 6 de junio para efectuar un nuevo ataque sobre Londres junto con dos dirigibles más, el Lz37 y el LZ39, pero cuando estaban en camino recibió por radio un mensaje cancelando la misión para que se dirigiera a bombardear un nudo ferroviario en Calais (otras fuentes dicen que tuvo que volver por una avería en un motor). Al parecer, el mensaje fue interceptado por la Sala 40 del Almirantazgo, pasando la información al 1er. Escuadrón del RNAS en Dunquerque para que le dieran caza. 


El LZ38 ante su hangar. Obviamente, si eran localizados
y atacados desde el aire tenían menos posibilidades de
salir indemnes que una botella de Hennessy XO
ante un cuñado ávido de destilados de calidad
Un Farman F-27 tripulado por el teniente John Philip Wilson y el subteniente John Stanley Mills partió en su busca provisto de 3 bombas de 65 libras (29,5 kg.). Según el parte en el que informaban de la operación, despegaron de su base a las 00:40 horas del día 7 de junio armados con las bombas y combustible para 5 horas y 45 minutos de autonomía. La distancia hasta el objetivo era de unos 150 km. aproximadamente. Según el informe, "... la noche estaba clara, pero no había luna" (en realidad la luna nueva fue cinco días más tarde, el 12 de junio), pero les bastó para localizar el LZ38 en su hangar de Evere, donde fue bombardeado y destruido. Los dos british, la mar de contentitos, volvieron a su base a celebrarlo con un chute en vena de güisqui del bueno y a recibir mogollón de palmaditas en el lomo por su meritoria actuación. Sus compatriotas habían sido vengados. Por la hazaña, el día 21 de aquel mismo mes les fue concedida a ambos la Cruz de Servicios Distinguidos.

En fin, así fue el primer bombardeo estratégico sobre Londres. Está de más decir que, aunque el LZ38 tuvo una vida operativa más corta que la de un pavo en Navidad, eso no supuso en modo alguno el fin de los ataques contra la capital. Antes al contrario, siguieron con una frecuencia de lo más irritante, y más tarde se sumaron a los dirigibles los enormes bombarderos Gotha para animar el cotarro, pero de eso ya hablaremos otro día. Por cierto que, tras la destrucción del LZ38, el capitán Linnarz se dio algún paseo más por Londres, llegando al final de la contienda con el grado de comandante.

Bueno, ya'tá. Ahí queda eso.

La tripulación del LZ38. Se dice que tras el ataque apareció en Canvey Island, una población situada en el estuario del
Támesis, un trozo de cartón con una nota escrita a lápiz que decía: "You english! We have come and we will come
again soon. Kill or cure. German", que podríamos traducir como "¡Ingleses! Hemos venido y volveremos pronto. Lo
que no te mata te hace más fuerte. Un alemán". Lo de "kill or cure" es una frase hecha sin sentido en español a la
que solo encuentro semejanza con nuestro dicho de que lo no te mata te hace más fuerte. Si a alguien se le ocurre una
traducción más acertada, sírvase informarnos. Por lo demás, de la autoría y la misma existencia de la nota no hay
pruebas rotundas. Personalmente, me inclinaría a pensar que fue obra de algún cachondo con ganas de dar que hablar


viernes, 10 de noviembre de 2017

Bombardeo estratégico. El primer ataque sobre Londres, 1ª parte


El LZ38 en vuelo. Obsérvese la plataforma para los artilleros situada en la proa de la estructura del dirigible


Postal de propaganda alemana que muestra a
unos monjes acojonados ante el ataque a Lieja
por el LZ21 en la noche del 5 al 6 de agosto
de 1914
Hace unas cuantas semanas dedicamos un par de entradas para narrar como tuvo lugar el primer bombardeo estratégico de la historia, cuando el LZ21 al mando del capitán Kleinschmidt sorprendió a propios y extraños llevando a cabo una accidentada incursión sobre la ciudad de Lieja que, aunque acabó con el dirigible por los suelos, tuvo un impacto psicológico tremendo sobre los aliados. Eso de que un chisme que vuela se líe a soltar bombas con premeditación, nocturnidad y alevosía sobre probos ciudadanos que roncan a pierna suelta dejó bien claro que las guerras razonablemente caballerosas se acababan de ir a hacer puñetas, y la era del todo vale acababa de dar comienzo. Está de más decir que, una vez bombardeada Lieja, ya daba lo mismo hacer lo propio en cualquier otra capital con la finalidad de ablandar la resistencia moral de la población, lo que se traduciría, al menos teóricamente, en una merma en lo referente a la capacidad productiva, un aumento de la presión política en favor de la paz, etc. En fin, de eso se habló largo y tendido en su momento, así que no es plan de repetirlo nuevamente, de modo que pueden vuecedes darle un repaso o, caso de no haberlas leído, hacerlo antes de proseguir pinchando en los enlaces que pongo al final de la entrada.

Churchill en su época de Primer Lord del
Almirantazgo, cargo que desempeñó entre
1911 y 1915
Pero si Lieja tuvo el dudoso honor de inaugurar esta cuestionable táctica, la lista de ciudades candidatas ya estaba confeccionada, y solo algunos remilgos por parte del káiser impedían aún meterle mano a la capital del en aquel entonces poderoso imperio británico, Londres. Al fin y al cabo, Guillermo II y Jorge V de Inglaterra eran primos hermanos, nietos ambos de la prolífica reina Victoria, y tenía ciertos reparos a la hora de permitir un bombardeo estratégico sobre la capital a pesar de las constantes presiones a las que se veía sometido por parte de los gerifaltes del ejército imperial. Sin embargo, curiosamente, fueron los ingleses los que acabaron decidiendo al dubitativo káiser por obra y gracia de la estrategia defensiva establecida por Churchill, que a comienzos del conflicto era el Primer Lord del Almirantazgo, para no solo defender su brumosa isla, sino también atacar las bases de dirigibles a fin de prevenir incursiones aéreas. Churchill, las cosas como son, ya se percató de ese peligro antes incluso del inicio la guerra. En 1913 empezó a gestionar la creación de una fuerza aérea independiente del Royal Naval Air Service (RNAS en adelante), de quien dependía la recién creada arma aérea. Así nació el Royal Flying Corps (RFN en adelante). Así, en julio de 1914 se dividió el trabajo entre ambos cuerpos: la defensa del territorio, especialmente la capital, el Arsenal de Woolwich y los astilleros de Chatham y Portsmouth ya que serían considerados como objetivos preferentes en caso de ataque aéreo, estarían a cargo del RNAS, mientras que el RFN marcharía a Francia con el Cuerpo Expedicionario Británico.

Paul Behncke
Y mientras el káiser dudaba y dudaba si iniciar o no una campaña de bombardeos sobre Londres, los british (Dios maldiga a Nelson) no duraron nada, y los aparatos del RNAS estacionados a lo largo de la costa inglesa llevaron a cabo el 8 de octubre de 1914 un exitoso ataque contra el hangar del Z-IX cerca de Dusselsorf, convirtiéndolo en un torrezno chamuscado. El Jefe Adjunto del Estado Mayor de la Kriegsmarine, el contraalmirante Paul Behncke, volvió a la carga intentando hacer ver al káiser que si no daba su autorización los british podrían ir destruyendo uno a uno sus costosos dirigibles, pero ni por esas. El 21 de noviembre siguiente fueron más allá, bombardeando la Luftschiffbau Zeppelin (la factoría donde los fabricaban) en Friedrichshafen si bien el ataque no fue especialmente efectivo. Por último, el 25 de diciembre, en una operación combinada entre efectivos del RNAS y el RFN se llevó a cabo una nueva incursión sobre la base de la Kriegsmarine en Nordholz, en la Baja Sajonia. Esto fue lo que finamente convenció la timorato káiser para autorizar los ataques contra suelo inglés, si bien inicialmente solo se consideraron como objetivos militares el estuario del Támesis y la costa este de la isla. 

Efectos del bombardeo en una vivienda en St. Peter's Plain, en Yarmouth,
donde fue víctima del ataque la proba súbdita del gracioso de su majestad
Martha Taylor, de 72 años, que salió a la calle al escuchar el ruido del
motor del L3. Junto a Samuel Smith fueron las dos primera víctimas
en suelo inglés de un bombardeo aéreo
El 13 de enero de 1915 dio comienzo la campaña de bombardeos a cargo de cuatro dirigibles de la Kriegsmarine bajo el mando del capitán de fragata Peter Strasser. Sin embargo, el clima invernal echó por tierra el plan. De entrada, la lluvia empapó la cubierta de los dirigibles, aumentando el peso de las naves en varias toneladas. Cuando debido a las gélidas temperaturas este agua se congeló, los trozos de hielo, afilados como cuchillos, podían rasgar dicha cubierta a causa de los fuertes vientos de costado que, para complicar más las cosas, no dejaban de incordiar desviando de su rumbo a los cuatro dirigibles constantemente. En fin, un churro de ataque. Unos días más tarde, en la madrugada del 19 al 20 del mismo mes, se llevó a cabo un nuevo intento, esta vez por parte de dos dirigibles, el L3 y el L4, al mando respectivamente del Kapitänleutnant Hans Fritz y del Kapitänleutnant Magnus, conde von Platen-Hallermund que, por fin, lograron culminar con éxito su misión bombardeando tres poblaciones de la costa de Norfolk: Yarmouth, Snettisham y King's Lynn. Era la primera vez en la historia en que la Gran Bretaña era atacada desde el cielo si descontamos las cagadas de las gaviotas, buitres, cuervos y demás carroñeros y volatería variada. El ataque se saldó con cuatro muertos y dieciséis heridos de diversa consideración.

El L3, el primer dirigible que causó bajas civiles en suelo inglés. Esta
nave pertenecía al tipo M. Efectuó su primer vuelo el 11 de mayo de 1914
El éxito del ataque, más la presión cada vez más férrea de sus generales, hizo que 12 de febrero el káiser autorizase atacar los muelles de Londres, misión que se le encomendó dos semanas más tarde al L8, pero nuevamente el clima fastidió la operación. Estaba visto que los dirigibles de la Kriegsmarine no tendrían el honor de ser los primeros en atacar Londres. Los zeppelines tipo M que se estaban empleado hasta aquel momento no ofrecían las prestaciones adecuadas para acometer de forma exitosa y regular las incursiones a una ciudad cuyo principal aliado era un clima inestable que cambiaba en cuestión de horas, así que hubo que esperar a que estuvieran listos los primeros dirigibles de la serie P, mucho mejor dotados para este fin. Y, mira por donde, el que estaba el primero de la lista para recibirlos era el ejército, no la marina, concretamente el capitán Erich Linnarz.

El LZ38 en su base de Evere, en Bélgica
El tipo P era una versión mejorada en todos los sentidos de su antecesor. De entrada, su capacidad había sido aumentada en 6.900 m³, y se le añadió un cuarto motor. La planta motriz se componía pues de 4 Maybach CX de 6 cilindros de 210 hp cada uno que le permitían ascender a más de 300 metros por minuto. Además, fue la primera versión que salió con las góndolas cerradas, lo que celebraron largamente los sufridos tripulantes de estos chismes, que se veían a merced de todas las inclemencias climáticas habidas y por haber ya que incluso en pleno verano la temperatura descendía a -20º o menos debido a la altitud. La góndola delantera estaba dividida en tres compartimentos. El primero estaba destinado a puente de mando, el segundo era la cabina para el radiotelegrafista, y la tercera una pequeña cámara para el oficial al mando que, además, disponía de una ametralladora a cada lado. Al final del todo había un compartimento para un motor, de donde salía una única hélice. En la góndola trasera iban los otros tres motores en línea provistos de tres hélices, una hacia atrás y una a cada lado. 

MG-14
El armamento de esta góndola consistía en dos ametralladoras, una a cada lado y una tercera en la parte trasera, en un compartimento bajo el timón. Además, en la parte superior del dirigible había una plataforma con otras tres ametralladoras más sobre pedestales. Como vemos, no estaban precisamente indefensos. Las máquinas eran Parabellum MG-14 de calibre 8x57 refrigeradas por aire, similares a las que usaban algunos aviones en el puesto del observador. Esta ametralladora, como vemos en la foto, se alimentaba por cinta, pero para facilitar su manejo con un solo hombre estaba enrollada en un armazón cilíndrico de forma que actuaba como si fuera un tambor, pero con mucha más capacidad ya que las cintas eran de 250 cartuchos. En cuanto sus prestaciones, la velocidad máxima del tipo P era de 93 km/h, mientras que la de crucero alcanzaba los 63 km/h. Su techo de servicio era de 3.500 metros, todo ello dependiendo como siempre de la carga y de las condiciones meteorológicas. La carga bélica podía llegar a los 2.000 kilos de bombas, pero eso siempre y cuando se redujese la cantidad de combustible a bordo. Recordemos que estos trastos tenían una capacidad de carga máxima que no se podía rebasar, de modo que si se ponía de más de una cosa había que restar de otra.

Aspecto del puente de mando del LZ38
El 3 de abril de 1915 salió el primer dirigible de la serie, denominado como LZ38. Tras llevar a cabo los primeros vuelos de prueba y preparación de los tripulantes, el día 29 tuvo su bautismo de fuego efectuando un ataque sobre Ipswich y Bury St. Edmunds que, además, pudo llevar a cabo con total impunidad gracias a la niebla que cubría la zona, que impidió a los aparatos del RNAS despegar para repeler la agresión. El 9 de mayo volvieron a atacar, en esta ocasión la costa de Essex, concretamente la población de Southend-on-Sea. Una semana después, el día 16, atacaron Ramsgate y Dover, en Kent, saliendo a interceptarlo el subteniente Mulock, del RNAS, ayudado con un reflector desde tierra. Sin embargo, se quedó con un palmo de narices cuando vio como el LZ38 lograba elevarse sin que su aparato pudiera alcanzar la misma altitud. Y lo mismo ocurrió el día 26 durante un nuevo ataque, nuevamente contra Southend-on-Sea. En esta ocasión salieron a interceptarlo cinco aparatos que, como ocurrió con el subteniente Mulock, se vieron superados por el mayor techo de vuelo del dirigible. Así pues, en menos de dos meses el LZ38 llevó a cabo cuatro incursiones totalmente exitosas y, lo más importante, sin que los aparatos del RNAS pudieran hacer nada para impedirlo. 

La góndola trasera, con los motores en el centro. En primer término vemos
a uno de los artilleros con su MG-14
A medida que el capitán Linnarz hacía de las suyas, el alto mando no paraba de presionar de forma implacable al káiser, ayudados lógicamente por los buenos resultados que estaba dando el tipo P, al que ni los aviones de caza enemigos podían alcanzar. Finalmente, el 15 de mayo permitió que Londres se convirtiera en objetivo militar pero con un límite: se partió la ciudad en dos partes mediante una línea en dirección norte-sur que pasaba sobre la Torre de Londres, quedando vetada la zona situada al oeste de la misma. ¿Por qué? Fácil. Porque a 4,5 km. al oeste de la Torre de Londres estaba el Palacio de Buckingham, donde su querido primo Georgie jugaba al whist mientras degustaba su Jerez. Naturalmente, eso era lo de menos porque la parte jugosa del objetivo estaba al este, donde se encontraban los muelles y los astilleros del Támesis, fuera aparte del demoledor efecto psicológico que supondría a los londinenses ver lo que en aquel tiempo se podría decir que era la capital del mundo bajo las bombas germanas. Qué morbazo, ¿no?

Bueno, vale por hoy. Mañana veremos si el valeroso capitán Linnarz pudo completar de forma exitosa su misión y chinchar bonitamente a los british, fastidiándoles la digestión de sus asquerosos budines, sus corderos con salsa de menta y sus pastas de té.

Hale, he dicho

Continuación de esta entrada pinchando aquí. Sí, sí, aquí.

Entradas relacionadas:



sábado, 14 de octubre de 2017

Cazadores de globos




L'Entreprenant en plena batallita
En una entrada anterior, dedicada a los albores de la artillería autopropulsada, ya hicimos referencia a los globos cautivos ya que estos cañones automotrices fueron ideados inicialmente para derribar tanto dirigibles como los globos de observación que, desde las alturas, eran capaces de detectar cualquier movimiento incluyendo hasta si algún tontaina se salía de la trinchera a echar una discreta meadita. En dicha entrada, cuya lectura recomiendo para no tener que repetir todo lo referente a la gestación de estos simpáticos chismes flotantes, ya se comentó como L'Entreprenant (El Intrépido), el primer globo de observación destinado a fines bélicos, fue decisivo en la batalla de Fleurus, ganada por los gabachos (Dios maldiga al enano corso por siempre en el más profundo abismo llameante) contra las monarquías europeas aliadas en aquella ocasión para reinstaurar el antiguo régimen y mandar a hacer puñetas a los revolucionarios que habían tenido la osadía de amputar la cabeza del ciudadano Capeto, antes Luis XVI, y de su adorable y pizpireta reina María Antonieta. Sin embargo, y a pesar de que L'Entreprenant mostró sus cualidades, el enano acabó desechando el invento porque, aparte de engorroso, en aquellos tiempos la tecnología disponible para la elaboración del hidrógeno necesario para inflarlos era incapaz de producirlo con la presteza y en la cantidad necesarios, así que se conformó con seguir contemplando el campo de batalla desde una loma, como se llevaba haciendo desde tiempos inmemoriales.

El Intrepid en acción. Lo que no sé es si al decir
intrépido se referían al globo o al insensato que
lo tripulaba, porque ya había que echarle valor...
No obstante, el invento no acabó arrumbado para siempre en los archivos de los estados mayores, sino todo lo contrario. De hecho, en el momento en que la capacidad de fabricar hidrógeno a un ritmo adecuado se hizo posible, inmediatamente desempolvaron todo lo referente a los globos cautivos y los pusieron nuevamente en liza aunque, eso sí, de manos de personal civil porque los militares de la época igual habían olvidado donde habían guardado los expedientes referentes a estos aparatos. En el caso que nos ocupa, fue en la Guerra de Secesión cuando el uso de globos de observación empezó de nuevo a tomar fuerza, en esta ocasión a manos del ejército de la Unión. Concretamente fue Thaddeus C. S. Lowe, un probo autodidacta inventor, meteorólogo y aficionado a los aerostatos, el que puso sus conocimientos al servicio de la causa para hacerle la pascua a base de bien a los rebeldes esclavistas. Tras las gestiones oportunas se acordó llevar a cabo una prueba ante el mismísimo Lincoln el 17 de junio de 1861 en la que se hizo ascender el globo "Intrepide" a unos 150 metros de altura, pudiendo tener contacto con tierra en todo momento mediante un hilo telegráfico. De esa forma, lo que el observador veía desde su globo podía ser re-enviado de forma casi instantánea a la misma Casa Blanca si era preciso, lo que en aquellos tiempos sonaría a ciencia-ficción. Tanto le entusiasmó la idea a Lincoln, que era un sujeto inteligente abierto a toda innovación válida para ganar la guerra, que ordenó la creación de un Balloon Corps, un Cuerpo de Globos que, desgraciadamente, nació con un defecto garrafal: estaba nutrido por civiles bajo el mando de militares que pretendían en todo momento arrogarse los éxitos derivados del empleo de estos artefactos.

Lowe y LaMountain
Para rematar la cosa, a Lowe le salió un competidor, John LaMountain, otro pionero de los aerostatos que ya había hecho sus pinitos antes de la guerra llevando a cabo travesías a bordo de su globo "Atlantic". LaMountain fue contratado directamente por el general Benjamin Butler, y puso en su punto de mira a Lowe para apartarlo y convertirse en el jefe del Balloon Corps. De hecho, desde el primer momento se convirtió en una mosca cojonera, no parando de hostigar a Lowe restándose méritos y vanagloriándose de que su globo fue el primer en entrar en combate de forma efectiva. Al final, tanta disputa solo sirvió para crear tan mal rollo ante los militares que, en agosto de 1863, se decidió finalmente disolver el Cuerpo de Globos a pesar de los buenos resultados obtenidos. 

Y gran parte de esos buenos resultados se debieron a que en aquella época aún no existía ningún tipo de arma antiaérea como no fuesen las enormes escopetas de calibre 8 o 10 para matar patos, las cuales obviamente no servirían de nada en este caso. Incapaces de dar con una solución inmediata, se limitaron a algo tan básico como lo que vemos en el esquema de la derecha: una pequeña zanja para permitir que la cureña quedara por debajo del nivel del suelo, ganando así varios grados de elevación ya que la artillería de la época no contemplaba abrir fuego sobre algo que estuviera a más de 8 o 10 metros de altura, o sea, la muralla de un fuerte o algo por el estilo. Sin embargo, esta no era ni remotamente una solución eficaz ya que lo más que podían conseguir era perforar el globo disparándole un bote de metralla, pero sus efectos se limitaban a que este empezara a desinflarse lentamente, dando tiempo de sobra de bajarlo a tierra para proceder a su reparación. O sea, que dejarlos fuera de combate para siempre jamás era complicadillo.

Tropas de la Unión inflando un globo en Fair Oaks, Virginia, en 1862
Bien, así quedó la cosa a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Los globos de observación habían demostrado claramente su utilidad si bien adolecían de un defecto de diseño que aún se tardó en corregir, y es que su forma esférica o de pera era extremadamente sensible a la acción del viento. A pesar de permanecer en todo momento unidos a tierra, los cambios de dirección o la fuerza del mismo los volvían bastante inestables, girando sobre sí mismos o dando bandazos según soplara el viento en una dirección u otra, lo que se traducía, aparte de en la vomitona del tripulante a causa de tanto meneo, en las grandes dificultades que entrañaba sacar fotos o levantar mapas adecuados. Eso se compensaba, como hemos dicho, con la casi total impunidad con la que operaban ya que, a pesar de los avances que experimentó la artillería hasta la llegada del nuevo siglo, a nadie se le ocurrió diseñar algo capaz de echar por tierra aquellos irritantes artefactos que delataban de inmediato cualquier movimiento en el campo enemigo, fastidiando al glorioso general de turno su taimada estrategia para sorprender al enemigo y derrotarlo bonitamente con un audaz golpe de mano.

Globo de observación británico hacia 1908 que,
como vemos, aún conserva la tradicional
forma esférica
El estallido de la Gran Guerra supuso una gran proliferación de los globos de observación. Habiéndose convertido la artillería en la que cortaba el bacalao en un campo de batalla en el que las tropas eran invisibles desde tierra por estar metidos en sus trincheras, era imprescindible disponer de capacidad de visión a gran altura tanto para localizar las posiciones enemigas como para corregir el tiro de la artillería. De ese modo, los globos pasaron de ser meras moscas cojoneras a tábanos sumamente irritantes porque, desde ellos, un observador podía informar en todo momento de lo que ocurría en el frente, bien mediante un hilo telefónico o, un poco más avanzada la guerra, con aparatos de radio-telegrafía, lo que les liberaba de la posibilidad de que una rotura del cable los dejara incomunicados. Pero, además, tenían una serie de ventajas que eran a veces inasumibles para la incipiente arma aérea, empezando por el hecho de que un globo podía permanecer durante horas y horas estacionado en el aire, mientras que los aviones disponían de una autonomía muy limitada y eran más fáciles de derribar tanto por la artillería antiaérea como por los cazas enemigos. Pero vayamos por partes y no nos adelantemos...

Drachen a punto de ser soltado. Obsérvense la gran cantidad de tirantes
que ayudaban a darle el máximo de estabilidad horizontal
Ante todo, conviene aclarar que el diseño de los globos experimentó un cambio radical a fin de favorecer la estabilidad de la que carecían sus ancestros esféricos. Los primeros en sacar un globo capaz de mantenerse en el aire sin acusar tanto los cambios de dirección del viento fueron, como no, los alemanes, con el modelo Parseval-Sigsfeld. Este aerostato fue diseñado por August von Parseval y Hans Bartsch von Sigsfeld a finales del siglo XIX, obteniendo la licencia para su construcción en 1901. Era un chisme con forma de salchicha al que se le añadieron dos estabilizadores laterales más otro inflable situado en la parte inferior-trasera que daban al globo la apariencia de un miembro reproductor masculino a lo bestia, lo que dio lugar a motes muy inspirados. Para aminorar el posible cabeceo se le añadía llegado el caso una cola como las que usan las cometas, pero en vez de ponerle lacitos les colocaron una especie de estabilizadores en forma de varios conos similares en su aspecto a los de una pantalla de mesa puestas en fila una tras otra.

A nivel oficial se les llamaba Drachen (Dragón) término que, además de resultar más elegante, se debía a su similitud con esas cometas chinas que se parecen a esos animalitos mitológicos. El Drachen se inflaba con hidrógeno excepto el estabilizador con aspecto de escroto, que disponía de una abertura frontal en la parte inferior para que se llenase con el aire que venía de cara, lo que le permitía permanecer casi inmóvil como una veleta salvo que el viento variase de posición, en cuyo caso se limitaba a girar lentamente sin más problemas. Dicha abertura podía abrirse o cerrarse a voluntad por el tripulante del globo, y en caso de que hubiera una pérdida de hidrógeno esta se vería compensada por el aire acumulado en el estabilizador. Para inflarlo, cada globo disponía de un generador de gas de hidrógeno como el que vemos en la parte superior de la foto, capaz de producir 56.634 litros de gas a la hora, mientras que en la foto inferior tenemos en cabrestante accionado por un motor de gasolina que permitía recoger el globo con toda rapidez en caso de peligro. Los belgas adquirieron algunas unidades mucho antes de estallar la guerra, lo que permitió a los aliados copiarlo de cabo a rabo una vez iniciadas las hostilidades ya que, hasta aquel momento, tanto los british como los gabachos (Dios maldiga a Nelson y al enano corso fifty-fifty) aún seguían con los globos esféricos de siempre.

Globo Caquot
La réplica al Drachen llegó en 1915 de manos del capitán Albert Caquot. Se trataba de otro aerostato en forma de salchicha gorda provisto de un timón vertical inspirado en el que usaba el Drachen pero que, sin embargo, solo provocó graves problemas de cabeceo. Unos meses más tarde llevó a cabo otro diseño, en este caso provisto de tres estabilizadores colocados a 120º que si se mostró sumamente eficaz, hasta el extremo de que, a partir de 1917, fue copiado por los tedescos bajo la denominación de Tipo AE y que incluso fue sustituyendo a los Drachen a medida que estos iban siendo derribados o quedaban inútiles para volar. En todo caso, ambos modelos dieron un servicio más que satisfactorio ya que fueron los dos únicos tipo de globos de observación empleados en todo el conflicto, lo que nos hace suponer que sus características se ajustaron desde el primer momento al cometido para el que fueron diseñados.

En cuanto a su principal accesorio, la cesta, básicamente era similar en ambos tipos. Se trata del típico receptáculo fabricado con mimbre para aligerarlo de peso para uno o dos tripulantes. La que vemos en la foto corresponde a un Caquot tripulada por el observador, a la izquierda, y el radio-telegrafista, a la derecha. Las dos bolsas cónicas que penden de la cesta son los paracaídas que, en aquella época, aún no se usaban colgados a la espalda. El tripulante llevaba puesto el arnés, y solo tenía que saltar para que con su propio peso sacase el paracaídas del envoltorio y caer lo más elegantemente posible. Los primeros en hacer uso de estos salvavidas aéreos fueron los tedescos si bien los aliados no tardaron mucho en imitarles. Ya comentamos en una entrada anterior que, absurdamente, los paracaídas estaban vedados a los pilotos de caza o los bombarderos porque se pensaba que la confianza de salir vivos de una situación apurada les restaría agresividad, así que ajo y agua.

Así pues, los que se veían favorecidos por el uso de estos gratificantes moqueros gigantes eran solo los tripulantes de los globos, a los que bastaba ver que las cosas se ponían chungas para salir del cesto echando leches porque si el globo se incendiaba se caía con él. En la foto de la izquierda vemos como un observador british no lo ha dudado ni un instante y se arroja al vacío. En la foto se aprecia perfectamente el atalaje del paracaídas, así como las cuerdas que salen de la parte inferior del saco que lo contiene. Las cosas como son: había que echarle muchos, pero que muchos cojones a eso de saltar a la nada dando por sentado que el paracaídas saldría y se desplegaría sin problemas. Basta ver la altura a la que se encuentra para, encima, tener la sangre fría de mirar hacia el suelo. Da grima, carajo...

Porque la cuestión es que una vez que el globo se inflamaba ardía como una tea a una velocidad increíble, por lo que la cesta y su contenido, o sea, el observador, iniciarían una caída inquietantemente veloz hacia el suelo conforme a la inexorable ley de la gravedad. Eso querría decir que, ya que el paracaídas actuaba por tracción, el tripulante se podría ver en la desagradable situación de caer al mismo tiempo que la cesta, por lo que el invento no funcionaría y seguiría cayendo y cayendo hasta estamparse contra el suelo sin lograr que el maldito paracaídas saliese del envase. Y luego me dicen a mí que por qué me dan tanto susto los aviones... En fin, los fulgurantes efectos de la combustión del hidrógeno podemos verlos en esa curiosa instantánea tomada desde un aeroplano, quizás el mismo que lo derribó. Vemos como el globo prácticamente ha desaparecido, mientras que del tripulante no se ve ni rastro, por lo que podemos deducir que tomó las de Villadiego a tiempo.

Sugestiva foto que recoge el instante en que un piloto aliado
se dispone a ametrallar un globo alemán
Bien, esto sería grosso modo como se desarrolló la evolución de los globos de observación a lo largo del conflicto. Su presencia en los campos de batalla los convirtió en un elemento de vital importancia por motivos diversos. El primero y más importante era dirigir el tiro de la artillería ya que hablamos de una época en que los cañones ya disparaban sin ver al enemigo, situados a varios kilómetros tras la línea del frente. De ahí que fuera imprescindible conocer de primera mano si las andanadas acertaban en el objetivo señalado para llevar a cabo las correcciones necesarias hasta alcanzar una precisión cuasi quirúrgica. Pero, además, detectaban los movimientos previos al inicio de cualquier ofensiva en forma de llegada al frente de tropas de refresco, pertrechos, municiones, etc. Detectaban el inicio de un ataque y la posición de la infantería enemiga durante su avance para que el fuego de barrera los machara impunemente y, en fin, les caían fatal a todo el mundo. Eso los convirtió en objetivo de primera clase, y su destrucción en una necesidad para quitar de en medio a aquellos enojosos testigos de todo lo que pasaba en el frente.

Secuencia en que se ve como un globo empieza a inflamarse tras ser
alcanzado mientras el piloto enemigo se eleva para esquivar el fuego
proveniente de tierra
Llegado a este punto tras este kilométrico introito para ponernos en situación es cuando trataremos cómo se llevaba a cabo el derribo de los globos de observación que, según hemos explicado, eran tan chinchantes. Muchos pensarán que derribar algo tan grande y, encima, estático en el aire era algo así como un pim-pam-púm aerostático, un agradable pasatiempo con el morbillo añadido de convertirlos en una bola de fuego visibles a varios kilómetros de distancia. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. De hecho, los pilotos que derribaban estos globos son los grandes desconocidos de la guerra aérea a pesar de sus hazañas, e incluso para muchos aficionados a estos temas son algo ignoto. Es más, ninguno de los grandes ases de la aviación se enfrentó jamás a un globo cautivo o, a lo más, a alguno que otro y sin saber donde se metían. Por el contrario, los que tenían en su haber el mayor número de derribos de globos, curiosamente, abatieron poquísimos aviones. Parece un sinsentido, ¿no? Pues veamos algunos ejemplos:

Ese sonriente ciudadano belga es el mayor Willy Omer François Jean,
barón de Coppens de Houthulst, Willy Coppens para los amigos. Ahí donde
lo ven fue el máximo as de esta modalidad con 35 globos y 2 aviones.
Como la mayoría de los balloom busters, sus victorias se centraban en los
globos y no en los aparatos enemigos. ¿Sabían vuecedes algo acerca de la
existencia de este sujeto tan valeroso y certero? Seguro que no
Von Richthofen, el máximo as de todo el conflicto con 80 victorias, jamás se enfrentó a un puñetero globo. René Fonck, máximo as francés con 75 victorias, tampoco, y encima diciendo que "no me gusta enfrentarme a ese tipo de enemigos, y prefiero dejarlos para los especialistas en ese tipo de ataques", tócate el níspero con Fonck. William Bishop, as canadiense con 72 victorias, no se acercó a ni uno en toda la guerra. El único que se enfrentó a un globo, que por cierto fue su primera victoria confirmada, fue el máximo as británico, Edward Mannock, con 61 victorias, y tras la experiencia cosechada juró por sus muertos que era la primera y última vez que se dedicaba a atacar un globo de observación. Como vemos, estos artefactos producían severas urticarias entre el personal, hombres que son el paradigma del valor, del arrojo, de la testosterona en dosis masivas. ¿Cómo pues pasaban de llevar a cabo misiones de tanta importancia para sus respectivos ejércitos? 

Ametralladora Maxim Flak 14 de 37 mm. Si un avión fabricado con madera
y tela era alcanzando por ese chisme lo convertía en un puñado de
astillas y jirones de trapos
En primer lugar debemos tener en cuenta que los globos jamás se estacionaban en primera línea. Antes al contrario, su emplazamiento siempre se encontraba varios kilómetros tras la línea del frente, lo que obligaba a los pilotos a cubrir esa distancia expuestos al fuego enemigo. Por otro lado, los globos no solo no carecían de protección sino que estaban fuertemente defendidos por baterías antiaéreas tanto de cañones como de ametralladoras. De hecho, incluso los mismos tripulantes podían estar provistos de una ametralladora ligera tipo Lewis o MG-08/15 con las que podían escabechar al piloto sin más historias. Incluso en un perverso alarde de ingenio, cuando se tenía constancia de que había en el sector un piloto especialmente dotado para derribar globos disponían uno en una determinada situación que lo convertía en una verdadera perita en dulce, un blanco al que ningún piloto podría resistirse a intentar el derribo. Sin embargo, el globo tenía trampa. Consistía en colocar un monigote haciendo las veces de observador, pero al que se le añadía una gran cantidad de explosivos en la cesta. Cuando el piloto se aproximaba para ametrallarlo, lo detonaban desde tierra, alcanzando la onda expansiva al avión enemigo además de la enorme llamarada del hidrógeno almacenado en el globo. Qué malvados, ¿no? 


Cañón antiaéreo de 7,7 cm. sobre plataforma móvil. Esos ya no dejaban
ni rastro del avión enemigo si lo alcanzaban de lleno
Y, por último y por si todo lo detallado no fuese bastante, debían enfrentarse a los cazas enemigos que acudían como un enjambre para defender su globo como los zánganos acuden a proteger a la abeja reina de cualquier agresor. O sea, que solo aproximarse al dichoso globo ya era de por sí un acto heroico. A todo ello debemos añadir que los globos solían estacionarse a una altura por lo general inferior a los 1.000 metros para permanecer en todo momento bajo el alcance de las armas antiaéreas que lo defendían. Además, tenían la ventaja añadida de que, al estar a una altitud exacta y conocida en todo momento por los artilleros, estos ya tenían las espoletas de sus proyectiles calibradas a esa altura, por lo que fallar era cuasi imposible al no tener que estar probando distintas altitudes hasta dar con la correcta aún con la ayuda de telémetros como el de la foto superior.

Secuencia del lanzamiento de una bomba de fósforo sobre un Drachen y
su posterior inflamación
Pero las dificultades no acababan ahí. El hidrógeno era  ciertamente muy inflamable, pero para ello era necesario usar munición adecuada. Por otro lado, no bastaba con penetrar en el globo ya que el hidrógeno no arde si no se mezcla previamente con el oxígeno del aire, así que una bala incendiaria que perforaba la cubierta del globo no servía de nada si no se producía un escape de gas al exterior. Para ello hubo que desarrollar determinados tipos de proyectiles que veremos a continuación pero, en todo caso, lo que queda claro es que echar por tierra un globo de observación era lo más parecido a tener todas las papeletas para acabar chafado contra el suelo convertido en una momia calcinada. ¿Qué era pues lo que empujaba a algunos hombres a embarcarse en semejante reto y que, encima, a que su abnegado heroísmo pasase desapercibido incluso para sus mismos camaradas?

No solo los aliados derribaban globos. El que vemos en
la foto fue el máximo as alemán con 20 victorias más 8
aviones. Se trata del teniente Friedrich, ritter Von Röth
De entrada, eran por norma voluntarios. No se obligaba a nadie a tomar parte en uno de aquellos ataques por la sencilla razón de que eran casi un suicidio cantado. Sin embargo, los que se presentaban ya de por sí eran considerados como unos insensatos, una especia de suicidas en potencia dominados por un ansia irrefrenable de sentir la adrenalina corriendo a raudales por la sangre y con cierta paranoia tendente a la piromanía, tipos a los que eso de convertir en una bola de fuego uno de aquellos artefactos producía espasmos de placer. Balloon busters, quemadores de globos, los llamaban los aliados, y muchos de ellos no llegaron a conocer el fin de la guerra, precisamente porque pagaron muy cara su osadía. Otros, como el teniente Leon Boujarde, máximo as francés con 27 globos derribados más un avión que debió pillarle de camino, decía que se apuntaba a estas movidas para vengarse de las escabechinas que la artillería enemiga llevaba a cabo contra sus camaradas gracias a los puñeteros globos.


Restos del Albatros D.III del teniente Rudolf von Eschwege, derribado por
un globo trampa cargado con 250 kilos de explosivos cuya detonación
lo alcanzó de lleno. Contaba apenas 22 años, y había logrado 17 victorias
sobre aviones y tres globos derribados
Para llevar a cabo sus misiones recurrieron a munición incendiaria con balas de fósforo blanco que se inflamaba al contacto con el aire. Este tipo de proyectil, fabricado por la firma Buckingham al precio de 2 chelines por unidad, tenía en su interior hueco la carga de fósforo sellada con una fina capa de plomo que se fundía al ser disparada, dando lugar a la típica cola fosforescente durante su trayectoria. Para agrandar el orificio que permitiese la salida del hidrógeno para que se produjera la inflamación del mismo, esta munición tenía una punta chata similar a las aborrecidas Dum-Dum, lo que hizo que más de un piloto capturado por los tedescos fuera pasado por las armas ipso-facto si veían que sus ametralladoras estaban cargadas con las Buckingham pensando que eran Dum-Dum, que estaban prohibidas por la Convención de La Haya. En prevención de esas medidas tan expeditivas, los pilotos llevaban encima una especie de certificado expedido por sus superiores en el que se garantizaba que dicha munición estaba destinada exclusivamente a los objetivos marcados, y nunca para ser usadas contra personas. Obviamente, ese alarde de supuesta caballerosidad le daba una higa a los alemanes, y salvo que algún oficial especialmente puntilloso estuviese de por medio, al british lo dejaban seco sin más historias. Los tedescos solían recurrir a otros métodos para producir grandes boquetes en los globos, como combinar los distintos tipos de munición: la ametralladora izquierda la cargaban con una cinta alternando un cartucho normal cada cuatro incendiarios, mientras que la derecha llevaba la misma proporción, pero al revés: un incendiario cada cuatro normales. De esa forma, de una ráfaga de apenas 20 disparos por arma salían 20 balas de fósforo y 20 normales, lo que solía bastar para inflamar un globo.

Pero el que sería el más sofisticado armamento para derribar globos lo desarrolló el capitán de navío Ives Le Prieur, que ideó lo que sería el primer misil aire-aire de la historia. En realidad no eran más que ocho cohetes emplazados en los puntales de un avión Nieuport 16 provistos de un disparador eléctrico que, en teoría, convertirían en una tea cualquier globo sin las complicaciones que conllevaba ametrallarlos. El estreno se llevó a cabo el 22 de mayo de 1916 con ocho voluntarios procedentes de las escuadrillas 23, 31, 57, 65 y 95, todos al mando del capitán Louis Robert de Beauchamp. Como vemos, no debió haber peleas para formar parte de la expedición, consistente en derribar ocho globos localizados al norte del río Mosa. La misión salió razonablemente bien ya que pudieron ser abatidos seis de los ocho globos, si bien el Nieuport del adjutant (un rango equivalente a sargento mayor) Henri Réservat fue obligado a tomar tierra acosado por los aviones tedescos que se le echaron encima. En la foto podemos ver el aparato conservando la mitad de sus proyectiles, lo que delató el mismo día del estreno la existencia del invento.

No obstante, este tipo de cohete no se mostró a la larga satisfactorio. De entrada, la aproximación debía llevarse a cabo por el costado del globo con un ángulo de 45º y a una cota inferior, lo que le exponía aún más al fuego antiaéreo enemigo. El lanzamiento se debía efectuar como mucho a unos 120 metros de distancia por lo que, una vez efectuada la salva, el piloto se encontraba a 100 metros o menos de la enorme masa del globo que, obviamente, debía esquivar sí o sí. Pero lo peor era que, casi siempre, estos cohetes llevaban una trayectoria totalmente errática, siendo lo habitual que no acertase ni uno solo. Eso obligaba al piloto a jugarse el pellejo por partida doble y llevar a cabo una segunda pasada para ametrallar el objetivo, lo cual era, más que un riesgo enorme, un suicidio casi declarado. La foto de la izquierda muestra un Nieuport 16 que acaba de lanzar sus cohetes, cuyas trayectorias no parecen ser muy uniformes que digamos. Al final se acabó imponiendo el ametrallamiento porque los Torpilleurs Le Prieur, como se les designaba oficialmente, no fueron ni remotamente lo eficaces que se esperaba.

Otro artificio fue una especie de bomba cargada con 10 kilos de fósforo blanco que era lanzado sobre el globo, lo cual resultaba infalible en caso de acertar teniendo en cuenta que eran lanzadas a ojo por un piloto que, además de dirigir el aparato, debía intentar evitar el infierno de fuego antiaéreo que se desencadenaba sobre él en aquellos momentos. Con todo, si por un casual no acertaba al menos tenía garantizado hacerle la pascua a base de bien a los enemigos que controlaban el globo desde tierra ya que la carga de fósforo podía destruir todos los pertrechos que acompañaban al mismo. El grabado de la derecha nos muestra precisamente un Drachen alcanzado de lleno por una de esas bombas lanzada por una S.E.5a británico. En fin, ya vemos que el surtido para echar por tierra estos chismes no era especialmente extenso, pero el arrojo de los pilotos acometidos por la fiebre del globo, como llamaban de forma coloquial a esas incomprensibles ansias por destruir estos artefactos, era ya de por sí un arma temible. De hecho, la mayoría de ellos no vieron el fin del conflicto, bien derribados por la artillería antiaérea, bien por los cazas enviados a acabar con ellos. Precisamente, uno de los Nieuport que partieron el día antes de la acción del 22 de mayo a reconocer el terreno para buscar una ruta de ataque más adecuada fue abatido por el gran Oswald Boelcke que, por cierto, apenas vivió cuatro meses para contar la batallita ya que fue abatido con apenas 25 años y 40 victorias en su haber.

Personal de tierra inflando un Drachen. Obsérvense la gran cantidad de
bombonas de hidrógeno necesarias para llevar a cabo la operación
Bien, ya solo nos resta comentar como se llevaban a cabo las operaciones contra estos artefactos. Lo habitual era intentar dar un rodeo esquivando la presencia de armas antiaéreas para atacar desde atrás ya que, obviamente, la atención de los defensores de las baterías solía dirigirse hacia el frente. De ese modo, aprovechando la sorpresa, efectuaban la aproximación al blanco descendiendo hasta la altura precisa y efectuando una única pasada que, si salía bien pues cojonudo, pero si salía mal apaga y vámonos porque dar la vuelta para un segundo intento era tener todas las papeletas para dejarse el pellejo debido a la intensidad del fuego antiaéreo. Así mismo, era habitual llevar a cabo la acción formando dos grupos: uno atacaba directamente a los globos mientras que el otro aguardaba situado a una cota más alta a la espera de que apareciesen los cazas enemigos que debían repeler el ataque, apoyando de ese modo la retirada de sus compañeros. No obstante, a las dificultades anteriormente mencionadas habría que añadir una más, y es que en cuanto los observadores avistaban los aviones enemigos se apresuraban a comunicarlo para que hicieran descender el globo lo antes posible, de forma que la escasa altura hiciese el ataque tan peligroso que los hiciesen desistir. Sea como fuere, si no lograban que el globo se incendiase bastaba con repararlo, volverlo a llenar de hidrógeno y santas pascuas.

Tumba del 2º teniente Frank Luke (1897-1918)
Su vida operativa fue de apenas 18 días en los
que pudo derribar 14 globos y 4 aviones. No
fue derribado, sino que se vio obligado a tomar
tierra tras ser herido. Fue hallado a escasa
distancia de su aparato, muerto por la infantería
alemana
Bueno, espero que esta entrada haya sido del interés de vuecedes, ya que imagino que muchos de los que me leen no conocían la existencia de este tipo de guerra aérea tan arriesgada y, al mismo tiempo, tan desconocida. Fueron decenas de hombres los que pasaron de las glorias que proporcionaba la caza pura al estilo de la que practicaban Richthofen y demás famosos ases, pero su esfuerzo y su anónima valentía permitió salvar miles de vidas cada vez que un globo de cualquiera de los bandos en liza era abatido.

Hale, he dicho