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domingo, 15 de noviembre de 2020

CARCANO 1891/38, EL ARMA QUE MATÓ A KENNEDY

 

¿Quién no conoce esta icónica imagen? Fue tomada junto a otra más por Marina Oswald en el patio de su casa en la calle Neely, en Dallas, con una cámara réflex Imperial a petición del controvertido Lee Harvey Oswald, que según la mentalidad yankee fue el más despiadado asesino del mundo superado solo por Caín y el más villano del planeta solo por debajo de Judas Iscariote. En la foto aparece empuñando el fusil Carcano con que escabecharía al amado y odiado JFK el 22 de noviembre de 1963 desde el sexto piso del almacén de libros escolares de Dallas donde curraba el asesino. En la cadera derecha se atisba el revólver Smith&Wesson modelo Victory en calibre .38 Special con el que liquidó al probo agente Tippit apenas 45 minutos después de perpetrar el atentado más famoso del siglo XX. No creo que haya habido un crimen que haya hecho correr más tinta y haya dado lugar a más documentales y películas, para no hablar de las mil y una teorías sobre supuestas conspiraciones que empezaron a tenerse en consideración cuando el fiscal de distrito de Nueva Orleans Jim Garrison, que fue llevado a la pantalla grande por Kevin Costner en la peli de Oliver Stone "JFK", procesó a Clay Laverne Shaw, un renombrado empresario y al parecer miembro de la CIA que, según sus indagaciones, podría estar implicado en un tremebundo complot y cuyo proceso acabó en agua de borrajas. Se han hecho tropocientas simulaciones de la secuencia de los tres disparos, cienes y cienes de pruebas balísticas, se ha calculado la posición de Júpiter en el momento del crimen por si podía haber ejercido alguna influencia chunga en Oswald e incluso se ha estudiado cuántos gorriones había en el momento del atentado sobre la plaza Dealey por si alguna cagadita volátil pudo afectar la trayectoria de la famosa "bala mágica" y, tras atravesar el cuello de Kennedy, producir tres heridas al gobernador de Tejas. Pero, a pesar de ello, al día de hoy la verdad oficial la sigue ostentando el tocho con las conclusiones de la archifamosa comisión presidida por el entonces presidente del Tribunal Supremo Earl Warren, así que nos ceñiremos a dichas conclusiones y que cada cual piense lo que le de la real gana. Pero antes de llegar al crimen habrá que empezar por el origen del arma asesina, digo yo... ¿o no?

Salvatore Carcano (1827-1903)
Lo último que podía imaginar Salvatore Carcano cuando correteaba por las calles de su Bobbiate natal era que su apellido quedaría eternamente unido a uno de los magnicidios más famosos de todos los tiempos. Carcano, que con apenas diez años se había quedado sin padre y tuvo que dejar de ir a la escuela para ponerse a currar, pasó una farragosa juventud a raíz de los conflictos que acabaron derivando en la unificación de Italia. Con 21 años se alistó en la Artillería Lombarda y, aunque carente de estudios, nuestro hombre debía tener un talento natural para la cosa mecánica porque solo unos meses más tarde, en enero de 1849, se unió al ejército del Piamonte como técnico en reparaciones de artillería. Ciertamente, era uno de esos hombres con una inteligencia innata que les permite desmontar un carro de combate con una llave del 10-11 y volverlo a montar sin mirar siquiera las instrucciones, porque en sus ratos libres se dedicó a inventar los chismes más variopintos, desde trampas para ratones a extintores de incendios automáticos o sistemas de iluminación por gas o electricidad, lo que le valió tras concluir su periplo militar tres años más tarde para entrar en la Regia Manifattura d'Armi di Torino (Real Fábrica de Armas de Turín), donde no tardó en alcanzar el grado de maestro de primera clase. Pronto demostró que su inventiva iba mucho más allá de diseñar ratoneras, porque desarrolló maquinaria para fabricar cañones de fusil, bayonetas e incluso sistemas de retrocarga para armas ligeras.

.577/.450 Martini-Henry comparado con un .303 British.
El de la izquierda, con un proyectil de 480 grains y carga de
pólvora negra, da una energía de 2.630 julios. El de la 
derecha, con un proyectil de 150 grains y carga de cordita,
3.463 julios. Conclusión: el gordo acojona más
pero mata menos que el canijo
Recordemos que a partir del tercer cuarto del siglo XIX tuvo lugar una verdadera explosión de creatividad que permitió dejar atrás las vetustas armas de avancarga por las de retrocarga, que mataban más y mejor, así como la reducción de sus calibres gracias a la invención de la pólvora sin humo. Si alguien no capta qué tiene que ver eso de los calibres pequeños con el tipo de pólvora, se resuelve con una facilísima ecuación: pólvora negra de combustión lenta +  proyectil pesado = energía cinética suficiente para matar. Pólvora sin humo de combustión rápida + proyectil ligero = energía cinética suficiente para matar. Si la energía cinética se obtiene de la masa por la velocidad al cuadrado dividido por dos, o sea, Ec = 0,5 x (m x v²), pues tenemos que si el propelente imprime al proyectil poca velocidad, este tendrá que ser pesado para obtener una energía cinética adecuada. Si por el contrario el propelente arde tan rápido como para impulsar el proyectil a gran velocidad, pues no hace falta que sea pesado porque la velocidad compensa su falta de masa. ¿Qué tenía de interesante eso de usar calibres más pequeños? Principalmente, que el soldado podría portar una dotación de cartuchos tres o cuatro veces mayor y, no menos importante, los cañones no se ensuciarían tanto ni precisarían de una limpieza constante del ánima para mantenerlos en buen estado, aparte de obtener una precisión y un alcance mayores. Pero bueno, no quiero enrollarme con esto más que lo justo para que los que desconozcan estos detalles se pongan al día, así que volvamos a la  vida y milagros del probo italiano.

Salvatore Carcano en su vejez
La carrera de Carcano fue tranquila pero en constante ascenso, siendo promocionado cada vez a puestos de mayor responsabilidad. En 1854, el conde de Cavour, uno de los principales artífices de la unificación, le encargó la fabricación de 50.000 cañones estriados para fusil a fin de que el reino de Cerdeña (Italia aún no existía) pudiera participar en la Guerra de Crimea en igualdad de condiciones que sus aliados: Francia (Dios maldiga al enano corso), Inglaterra (también a Nelson, naturalmente) y Turquía (y a los malditos agarenos también, qué carajo). Pero era evidente que el camino a seguir no estaba en reciclar armas obsoletas, y menos cuando los enemigos naturales de Italia eran los prusianos y, sobre todo, los austriacos. Al cabo, algunos territorios del país que iba surgiendo de la unificación formaron parte del Sacro Imperio y, posteriormente, el nordeste de la nueva nación- el Véneto- estaba bajo el dominio del imperio Austro-Húngaro. Y el problema era que los prusianos ya habían adoptado el nuevo sistema de aguja con su flamante Dreyse, y la eficacia de las nuevas armas quedó demostrada cuando los belicosos prusianos les dieron las del tigre a sus primos austriacos en la batalla de Sadowa, librada el 3 de julio de 1866 en el contexto de la guerra de las Siete Semanas, un breve pero intenso debate que sirvió para dejar clara la hegemonía prusiana de cara a la reunificación de Alemania. 

Fusil de aguja mod. 1860-67 obtenido de la unión del fusil de avancarga
modelo 1860 y el cerrojo patentado por Carcano en 1867
En dicha batalla se llevaron la palma con un porcentaje de bajas de cuatro a uno a favor de los tedescos, despejando por completo las dudas acerca de la eficacia del sistema de aguja cargándose a 40.000 austriacos de una tacada. Por otro lado, los gabachos también habían adoptado el Chassepot aquel mismo año, así que no  les quedaba más remedio que mandar a paseo a su vetusto armamento si no querían ser barridos del mapa en la primera batallita decente que se organizase. 
Apenas un mes más tarde de la sonada escabechina de Sadowa se formó la comisión de turno, como no podía ser menos, para ir buscando el relevo a su desfasado arsenal, si bien la idea era optar por una solución de circunstancias ya que las arcas del nuevo país contenían más aire que oro. O sea, en vez de diseñar y fabricar un arma nueva, reciclar las que ya tenían, concretamente el fusil de avancarga modelo 1860. Obviamente, la culata, guarniciones y el cañón podían ser aprovechados, así que solo habría que idear un sistema para adaptarles un mecanismo de retrocarga de aguja, todo ello sin que el costo de la modificación superase las diez liras. 

Aspecto del cerrojo cerrado y abierto. En la foto inferior se aprecia la
fina aguja que percutía el pistón del cartucho. La aleta situada en la
parte trasera era el sistema de seguro, bastante eficiente por cierto.
En el guardamontes, delante del gatillo, vemos el pulsador que
permitía extraer la cabeza del cerrojo. La parte trasera se sacaba
presionando el gatillo
El cerrojo elegido fue el Doersch-Baumgarten alemán que montaba el fusil 1861, pero el método seguido para unirlo al fusil italiano resultó bastante deficiente, sobre todo debido a las fugas de gases que se producían por un mal ajuste al arma receptora del nuevo cerrojo, así como por las grandes cantidades de residuos del pólvora que se acumulaban en los mecanismos. 
Y aquí intervino de nuevo el ingenio de Carcano, que llevó a cabo una serie de modificaciones en el cerrojo que eliminaron los problemas iniciales y permitiendo la puesta en servicio del que sería el Fucile di Fanteria modello 1860/67, del que se fabricarían inicialmente 18.000 unidades. El arma en cuestión disparaba un cartucho que contenía una bala de nada menos que 17 mm. con un peso de 555 grains impulsada por una carga de 69,5 grains de pólvora negra con la que obtenía una Vo de 316 m/seg. que, a su vez, proporcionaba una energía de 1.797 julios. Como vemos, estos calibres con aspecto de abatir a la primera a un elefante picado de tábanos no eran tan contundentes como su aspecto podría sugerir. Por lo demás, este nuevo cerrojo, patentado aquel mismo año, se conoció ya con el nombre de su creador, y sirvió de base para el futuro fusil 1891. Por lo demás, el invento no solo le proporcionó una gratificación bastante generosa, sino también el ascenso a inspector jefe de 1ª clase de su amada fábrica de Turín, donde desarrolló toda su carrera.

El Remington pontificio. En los detalles podemos ver el cartuchos que
disparaba, así como el punzonado con el emblema del Vaticano
Sin embargo, y como ya sabemos, la vida operativa del sistema de aguja fue bastante breve. Los cartuchos de papel eran muy sensibles a la humedad, las agujas se rompían una cosa mala y la obturación de los cerrojos no era todo lo estanca que debía. Por otro lado, las vainas de latón eran las que claramente tomaban ventaja al permitir fabricar una munición que podía lloverle, ensuciarse con barro, vísceras o sudor sin que se viese afectada. Bastaba limpiarla o secarla antes de introducirla en el arma para que funcionasen, así que no pasó mucho tiempo para que los Dreyse, Chassepot, Carcano y demás inventos revolucionarios de anteayer cayeran en la obsolescencia. En el caso de los italianos, lo tuvieron claro en 1870, apenas tres años después de la entrada en servicio del nuevo fusil, cuando el V Cuerpo de Ejército al mando del general Raffaele Cadorna entró en Roma y se enfrentaron con las tropas pontificias, armadas con el Remington Rolling Block de calibre 12,7
x45R Pontificio (la coletilla era de una obviedad palmaria), el mismo modelo que tan brillantes servicios prestó en el ejército español y que dejó un poco preocupado a los italianos porque el armamento papal le daba veinte vueltas a sus Carcanos de aguja.

En la foto superior vemos el Vetterli-Bartoldo, y en la inferior el
Vetterli-Vitali, un arma mucho más conocida por todos
Nueva comisión al canto que, finalmente, se decidió por el fusil suizo Vetterli modelo 1870, un arma de cerrojo monotiro de calibre 10,35
x47R.  Con todo, nada más adoptar el arma ya se planteó modificarla para obtener de ella un fusil de repetición como Dios manda, así que el capitán de ingenieros Giovanni Bertoldo y el capitán de artillería Giuseppe Vitali empezaron a buscar una solución aceptable al problema. Tras diseñar ocho versiones diferentes, el resultado final fue el modelo 1870/82, una carabina provista de un cargador tubular para nueve cartuchos diseñado por Bartoldo  que solo fue adoptada por la Regia Marina. Vitali, por el contrario, optó por un cargador de petaca para cuatro cartuchos que fue adoptado por el ejército y que fue denominado como Vetterli-Vitali 1870/87.

Paul Vieille (1854-1939). El primer cartucho que usó su nueva
pólvora fue el 8x50R para el fusil Lebel modelo 1886
Pero en esta ocasión Italia también llegó un poco tarde, porque en 1884 el gabacho
Paul Marie Eugène Vieille inventó la pólvora de base nitrocelulósica que permitió olvidarse de los calibres elefantiásicos para dar paso a municiones mucho más ligeras pero, como hemos visto, mucho más letales. Pero en esta ocasión, antes de diseñar una nueva arma decidieron buscar en primer lugar qué calibre sería el más adecuado. Tedescos y austriacos se habían decantado por el 8 mm., así que prefirieron uno inferior que permitiría a las tropas aumentar la dotación de cartuchos. Las opciones iniciales eran de 6 y 6,5 mm. La decisión final la tendría la Comisión de Armas Ligeras dirigida por el general de artillería Gustavo Parravicino y convocada en la Escuela de Tiradores de Parma. En la fábrica de Brescia se prepararon dos cañones de ambos calibres cuya munición, inicialmente con reborde, usaba balistita como propelente, pero los resultados no pudieron ser peores debido a la erosión que producía en los cañones, así como su inestabilidad ante los cambios bruscos de temperatura. Así pues, se desechó y se cambió por solenita, un propelente tubular hueco similar a la cordita usada por los british. Finalmente, en abril de 1889 se acabaron decidiendo por el calibre 6,5 con una bala de plomo con camisa de una aleación de cupro-níquel al 15%. Para no alargarnos más en este aspecto, comentar solo que tuvieron infinidad de problemas debido a que no daban con un paso de estrías adecuado, lo que producía un desgaste excesivo en el último tramo del ánima, así como desprendimiento de la camisa. Una vez solucionado, más o menos, toda esta serie de problemas, era la hora de buscar el fusil.

El Arsenal de Turín actualmente
El 31 de diciembre de 1891 se realizó una convocatoria para seleccionar la nueva arma. De todas las fábricas estatales solo se presentaron las de Turín, Terni y Torre Annunziata. Turín presentó un millar de unidades designadas por la comisión como Tipo nº 1; Terni y Torre Annunziata, otro millar entre ambas que fueron designadas como Tipo nº 2, siendo todo el material enviado a seis regimientos para someterlos a pruebas, durante las cuales se decidió sustituir la vaina con pestaña por una sin reborde sugerida por Luigi Scotti, de la Fábrica de Municiones de Bolonia, lo que obligó a modificar los cerrojos para la nueva vaina. Tras efectuar las pruebas oportunas con el nuevo cartucho, cuya denominación final fue de 6,5
x52 mm., el 5 de marzo de 1892 la comisión aprobó definitivamente el modelo presentado por la fábrica de Turín, o sea, el diseñado por Carcano, que fue oficialmente aceptado en el Acta Ministerial Nº 59 de fecha 29 de marzo. Por fin, tras un larguísimo embarazo, había nacido el germen del arma que acabaría con la vida del trigésimo quinto presidente de los Estados Juntitos. En cuanto a nuestro hombre, recibió una jugosa gratificación por sus méritos y en 1896 se retiró con el rango de jefe técnico principal de 1ª clase. Palmó en Turín en 1903.

No obstante, aún hubo que hacer un pequeño cambio porque Carcano había diseñado un sistema de carga basado en el de Mauser, que salía excesivamente caro de fabricar. Por ello, se prefirió adoptar el sistema de Mannlicher, al que se le pagó la suntuosa cifra de 300.000 liras como royalty, el equivalente aproximado a 1.300.000 dólares de nuestros días. El sistema Mannlicher era en realidad más cómodo y eficiente que el de Mauser. El primero funcionaba mediante clips se seis cartuchos que solo había que introducir en el cargador, mientras que el de Mauser era a base de peines de cinco cartuchos que había que colocar en una ranura del cajón de mecanismos, empujar la munición hacia el cargador, retirar clip del peine y, finalmente, acerrojar el arma. Veamos con detalle el sistema Mannlicher para comprobar que, en efecto, era más eficiente aparte de permitir un cartucho más. Antes de nada, una observación: 
los clips se fabricaron tanto de latón como de acero estampado y no se podían recargar a mano porque se doblaba la chapa. En teoría eran desechables, pero los que se podían recoger eran enviados a las fábricas de municiones para reutilizarlos en munición de fogueo o de entrenamiento. Para distinguirlos de los nuevos se les troquelaba una cruz. Aclarado esto, prosigamos. 

Figura A: Vemos el clip introducido en el cargador. Queda sujeto por el retén (flecha blanca) cuya uña se introduce en cualquiera de las muescas que vemos en la parte trasera (foto del detalle superior), por lo que no tenían derecho ni revés. Este retén se usaba solo cuando se quería extraer un clip sin gastar, ya que si se agotaba la munición caían por una ventana de expulsión situada bajo el cargador (foto de la derecha). Al introducirlo se comprime la teja elevadora (flecha roja), y a continuación se acerroja el arma, introduciéndose el primer cartucho en la recámara.

Figura B: Ya hemos gastado tres cartuchos. La teja elevadora va ascendiendo, empujando la munición por la acción del resorte marcado con la flecha verde.

Figura C: Los seis cartuchos se han disparado. Al introducir el último en la recámara, el clip sale por la ventana de expulsión y cae solo. Una vez disparado ese último cartucho se abre el cerrojo, se introduce un clip lleno, se acerroja y el arma queda lista de nuevo para abrir fuego. Como creo que es evidente, es un sistema más rápido que el de Mauser.

Fusil Carcano modelo 1891, el padre de la saga
Bien, esta fue la génesis del Carcano que, por cierto, es frecuente verlo nombrado erróneamente como Mannlicher-Carcano por el sistema de carga, o incluso como Carcano-Parravicino por el general que, como vimos antes, presidió la comisión para elegir el cartucho, pero que no tuvo nada que ver con el diseño del fusil. Su nombre es Carcano a secas, con el añadido del año y del tipo de arma, fusil o carabina, pero nada más. A lo largo del tiempo fueron surgiendo diversas variantes para artillería y caballería y una versión para truppi speciali, abreviado como TS que, en realidad, no se refería a unidades de élite, sino a las que por su cometido no precisaban del fusil largo normal, sino de uno más corto. Igualmente, se fabricaron en calibre 7,35
x51 y hasta en 8x57 mm. Mauser, pero hoy no toca hablar de la historia de los Carcano, sino del que se usó para escabechar a Kennedy. Así pues, el que nos ocupa y que veremos a continuación fue el Fucile Corto modello 1891/38, variante que ha dado pie a muchas confusiones por parte de los cuñados ahítos de documentales pero que no se aclaran porque afirman que el arma homicida fue el muy parecido Moschetto TS modello 38

¿En qué se diferencian? Veámoslo. En la foto de la derecha tenemos tres modelos, cada uno de ellos con su identificación. El de abajo es el que usó Oswald y que se conserva en los Archivos Nacionales yankees. El de arriba es el Moschetto 38 TS, que es el que se suele prestar a más confusión, y el del centro es el modelo 91/24, una variante creada para aprovechar los cañones con el estriado desgastado por el final del ánima, por lo que se recortaban y se convertían en mosquetones. Bien, no hace falta ser un Sherlock Holmes para captar las diferencias, pero por si alguno no las ve las he señalado: las alzas y los engarces de las bayonetas son distintos, por lo que no hay lugar a dudas. Además, el cañón de los erróneos tienen una longitud de 455 mm. en el TS y de 452 mm. en el 91/24, mientras que el del 91/38 es de 536 mm. Finalmente, observemos las bayonetas. La A era para el 91/24, la B para el TS, y la C para el 91/38, un curioso modelo de daga-bayoneta plegable que podía llevarse siempre engarzada en el cañón. Así pues, y para que ningún cansino nos suelte el rollo de turno, la respuesta es más que evidente: el arma que usó Oswald fue un Fucile Corto modello 1891/38 y punto.

Este fusil surgió a raíz de la necesidad de armas largas surgida en Italia cuanto entró en guerra en 1940. Sus mecanismos son exactamente iguales a los del viejo modelo 91, y por señalar solo las diferencias y así acabamos antes, aparte de tener un cañón más corto la palanca del cerrojo se dobló en codo como las carabinas fabricadas anteriormente, y lo más peculiar era su alza fija a 300 metros (foto de la izquierda). Aunque parezca un atraso, en realidad tenía bastante lógica. Esas miras de fusil graduadas hasta dos kilómetros carecían de sentido en una guerra moderna, donde se combatía a distancias mucho más cortas. Considerando la trayectoria tensa del 6,5
x52, si apuntamos a un objetivo situado a solo 50 metros la bala impactará como mucho unos 5 cm. por encima del punto señalado, y si lo hacemos contra un objetivo a 400 metros impactará a menos de 15 cm. por debajo. Es decir, que en cualquier caso el fulano que recibe el balazo queda listo de papeles, y en este fusil en concreto no hablamos de un arma superguay para aliñar enemigos a kilómetro y medio, sino para producir bajas a distancias por lo general de no más de 100 o 150 metros.

Pinchar para verlo a tamaño real
Bien, así fue como se gestó el arma asesina. El modelo 91/38 en cuestión se fabricó durante los años 1940 y 1941 en las fábricas de Terni (514.800 unidades) y Gardone Val Trompia (66.000 unidades), y únicamente a lo largo de 1940 en la Beretta (40.000 unidades) y en Brescia (40.000 
unidades), por lo que se alcanzaron un total de 660.800 ejemplares que, tras la guerra, tuvieron los destinos más dispares, entre ellos ir a parar a las empresas dedicadas a la adquisición de surplus militares. En este caso, una partida de Carcanos de al menos dos modelos fueron a parar a la Crescent Firearms Co. de Nueva York, que a su vez vendió un lote a la firma Klein's Sporting Goods Co., de Chicago. Fue un anuncio de esta última publicado en el número de febrero de 1963 de la revista "American Rifleman" el que marcaría el comienzo de la gestación del atentado. Como se puede ver, ofrecían una "carabina italiana de 6,5" sin especificar el modelo por el módico precio de 12,88 dólares con la opción de servirlo con un visor de 4x18 por solo 7,07 dólares, lo que subiría el precio total a 19,95 dólares. Además, ofrecían 108 cartuchos con sus correspondientes clips por solo 7,50 dólares y poder así pegar unos tiritos con los colegas. A todo ello habría que añadir 1,50 dólares por gastos de envío.

Pero, si se fijan, el arma que aparece en el anuncio no era el Fucile Corto Modello 1891/38 (foto B), sino el Moschetto Modello 1891/24 (foto A) que hemos mencionado antes. ¿Por qué lo cambiaron? No se sabe. Posiblemente se agotaría el que aparece en el anuncio y empezaron a servir el otro. Total, ambos eran una "carabina italiana", y por menos de 13 dólares tampoco se quejarían muchos. Si vemos el Garand M1 que aparece encima, cuesta 89,95 pavos, así que el Carcano lo ofrecían a un precio irrisorio. De hecho, era un arma que había cosechado muy mala fama cuando, en realidad, sus estándares de producción eran más que aceptables para ser un arma militar. Parece ser que el origen de la leyenda de arma poco fiable e imprecisa se debió a lotes de munición con cargas y proyectiles diferentes, lo que impedía hacerse con un control adecuado del arma. Sea como fuere, lo cierto es que no gozaba de prestigio. Sin embargo, fue la elegida por Oswald. ¿Por qué, si un poco más arriba aparece un magnífico Springfield 1903 del 30-06, un calibre mucho más potente, por 36,38 dólares?

Las razones pudieron ser muchas, desde algo tan simple como que Oswald estuviera tieso en aquel momento o, tal vez, porque el Carcano se ajustaba más a sus planes. Era un arma pequeña, de solo 102 cm. de largo, lo que permitía ocultarla o llevarla encima sin llamar la atención. De hecho, cuando transportó el arma el día del atentado la envolvió en papel diciendo que eran barras de cortina. Su calibre era suficiente para dejar seco a cualquiera y su visor, aunque bastante cutrecillo, de esos de marca blanca bajo la firma "Optics Ordnance Inc." de Hollywood y fabricado en Japón, tenía unas características que lo hacían perfecto para disparar sobre un blanco móvil a menos de 100 metros. Sus cuatro aumentos permitían una rápida toma de miras tras cada disparo, y sus 18 mm. de foco le daban un campo de visión muy amplio, lo que facilitaba la adquisición de un objetivo en movimiento. De hecho, los visores más adecuados para montería, aparte de los pijos que prefieren lucir un Zeiss de 3.000 pavos con un foco de 40 mm., son los de 22 mm. ya que son los más idóneos para enfilar a un bicho que galopa entre la maleza abarcando un amplio campo visual, que en los visores se reduce a medida que aumenta el diámetro del foco. 
Así pues, el 13 de marzo de 1963, la Klein's recibió el cupón de la revista (foto de la derecha) con un pedido a nombre de un tal A. Hidell-uno de los muchos alias que usó Oswald-, de 28 años de edad, y como dirección de envío el apartado de correos 2915 de Dallas. Junto al cupón iba un comprobante del giro postal efectuado el día anterior por un importe de 21,45, o sea, el precio del arma con visor más los gastos de envío. El día 20, la Klein's envió por correo el Carcano 91/38 con número de serie C2766 que permitiría al malvado entre los malvados perpetrar la más vil fechoría desde que Adán mordió la manzana.

El archicanalla espera que el vehículo presidencial tome la curva
de la calle Elm para enfilar la calle Houston, momento en que
abrirá fuego. Son las 12:30 horas
No vamos a redundar en el atentado en sí porque creo que, salvo las tribus amazónicas, todo el mundo se sabe de memoria cómo se llevó a cabo. Solo señalar que la Comisión Warren, así como otros muchos investigadores independientes, realizaron mil y una pruebas para corroborar si Oswald habría sido capaz de efectuar tres disparos en un tiempo que se calcula entre 4,8 y 7,1 segundos (tomando como válido un tiempo de 3 segundos para repetir cada uno y considerando que para el primero ya tenía el arma cargada) y que, encima, uno de ellos fuese casi perfecto ya que acertó en la base posterior del cuello, por lo que es obvio que apuntaba a la cabeza, mientras que otro fue un disparo profesional. Acertar en la cabeza a un blanco en movimiento- según la medición de la velocidad de la película Zapruder, el coche iba a 18 km/h en el momento fatal-, situado a unos 80 metros de distancia y desde una cota superior no era cosa de novatos (la diferencia de altura cambia el punto de impacto, lo que el tirador debe tener en cuenta para corregir la puntería). No se sabe qué fue del tercer disparo que falló, ni en qué orden salió del arma si bien el gobernador Connally afirmó haber oído un disparo sin que ocurriese nada, y fue el segundo el que lo hirió. En todo caso, lo cierto es que los testimonios de los testigos fueron absolutamente dispares, cada cual escuchó uno, dos, tres y hasta seis disparos, y ni siquiera se pusieron de acuerdo en el orden de los mismos respecto a las heridas.

Así debió ser lo que Oswald vio por su visor japonés de 7 dólares cuando
acertó a Kennedy en el cuello y, de paso, producir tres heridas a Connally
Otra de las muchas controversias surgidas tras el atentado para alimentar las teorías conspiranoicas fue precisamente la supuesta incapacidad de Oswald para realizar dos disparos muy buenos con un solo fallo, una hazaña propia de un francotirador. Se ha repetido la escena por los mejores tiradores yankees tanto del ejército como de la Asociación Americana del Rifle y, en realidad, es imposible probar algo tan relativo. Durante su periplo militar, Oswald fue debidamente adiestrado en tiro por instructores cualificados, y sus puntuaciones, sin ser excepcionales, estaban en el límite inferior de la que se exigía a los francotiradores. Esto, traducido a un paisano, significaría que era un tirador excelente. Por otro lado, se sabe que tras abandonar el ejército siguió practicando el tiro con armas de calibre .22, y cuando un tirador conoce el comportamiento de su arma suele ser infalible a una distancia tan escasa. El testimonio del mayor Anderson, uno de los expertos citados por la Comisión Warren, creo que no deja lugar a dudas cuando afirmó qu
e "...en comparación con otros Marines que recibieron el mismo tipo de entrenamiento, Oswald fue un buen tirador, algo mejor o igual que el promedio. En comparación con un civil que no había recibido este entrenamiento intensivo, sería considerado un tirador de bueno a excelente". Dicho testimonio se vio corroborado por otro experto, el sargento Zahm, que aseguró que "con el equipo que tenía y con su habilidad lo considero un tiro muy fácil (el del cuello)". En resumen, no era ni remotamente el pésimo tirador que pelis como la de Oliver Stone pretendieron hacernos ver.

Tres minutos después del atentado, Oswald abandonó el arma y se largó del depósito de libros. Hacia las 13:00 horas, el ayudante del sheriff Luke Mooney reparó en una pila de cajas de cartón delante de la ventana de donde habían partido los disparos, aunque en aquel momento aún se desconocía la posición del tirador. Unos 10 minutos después encontró tres vainas, lo que se comunicó al capitán Fritz, jefe del departamento de homicidios de la policía de Dallas. Fritz ordenó que nadie tocase nada hasta que se presentaran los técnicos del laboratorio de criminalística para la recogida de pruebas y tal. El fusil apareció a las 13:22 entre dos filas de cajas cerca de la escalera del sexto piso (foto de la izquierda). El teniente Day, experto en dactiloscopia, comprobó que en el arma no había huellas, entre otras cosas por la textura áspera de la madera, así que lo que habría sido la prueba rotunda se acababa de esfumar. 

Cartucho que se recuperó del arma homicida
A continuación, el capitán Fritz procedió a abrir el cerrojo, siendo expulsado un cartucho sin disparar. Nuevo dilema: si los clips venían de fábrica con seis cartuchos, ¿dónde estaban los dos que faltaban? Uno pudo ser, aunque no quedó claro, el que se empleó para atentar el anterior 10 de abril contra el mayor general Edwin Walker cuando estaba en su casa a las 21:00 horas del aquel día. Se recuperó una bala que pasó muy cerca de su cabeza cuando estaba en su despacho, pero la bala en sí no aportaba nada hasta que, meses más tarde, se relacionó con el arma de Oswald. No obstante, el proyectil no pudo ser identificado de forma irrefutable, y la Comisión Warren basó la supuesta intervención de Oswald en testimonios de su mujer, cogidos con alfileres, y notas de su marido supuestamente a modo de despedida por si lo detenían dando detalles sobre el estado de las finanzas domésticas, pero que en realidad podían interpretarse de muchas formas. O sea, que le colgaron el marrón.

Instante en que Ruby dispara contra Oswald. Curiosamente, el único que
parece sorprendido es el agente Leavelle. El resto, o aún no se han dado
cuenta de nada o parece como si esperasen que algo así iba a ocurrir
En fin, así se perpetró el magnicidio. Como podrán imaginar, hemos tenido que hacer un esfuerzo notable para sintetizar los cientos de páginas del informe de la Comisión Warren para entresacar lo más relevante y, obviamente, omitiremos los pormenores del asesinato de Tippit ya que este se realizó con otra arma. Todos sabemos cómo acabó Oswald, tiroteado cuando iba a ser trasladado desde la cárcel de Dallas. Al salir de la misma iba escoltado por los agentes Leavelle a su derecha, Graves a su izquierda y Montgomery detrás, mientras que el capitán Fritz se había adelantado al vehículo que los conduciría a la cárcel del condado. En aquel momento y aprovechando la avalancha de periodistas que aguardaban la salida de Oswald, surgió de entre la multitud el misterioso Jack Ruby, que le pegó un único pero definitivo tiro con un revolver calibre .38 Special que lo liquidó al cabo de hora y media, falleciendo a las 13:07. El crimen dio mucho que hablar tanto en cuanto había nada menos que 70 policías presentes y nadie lo vio entrar ni nadie fue capaz de impedir el asesinato
 si bien, como es lógico, ¿quién reacciona con la rapidez de un rayo ante una acción semejante? Oswald, herido mortalmente en el abdomen, fue trasladado al hospital Parckland donde dos días antes habían conducido el cadáver de Kennedy, que con el boquete que tenía en la cabeza aún pretendieron reanimarlo, y al gobernador  Connally.

En fin, el que quiera profundizar en este tema puede consultar el informe de la Comisión Warren, que se puede leer de cabo a rabo en la red y llegar a las conclusiones que prefiera. ¿Mató Oswald a Kennedy? La única persona que lo sabía, el mismo Oswald, se llevó el secreto a la fosa y, a pesar de las desclasificaciones de documentos y tal cuando pasen 75 años de los hechos me temo que, si verdaderamente hubo una conspiración, los testimonios que impliquen a la CIA, a la NSA, la mafia o al lechero se los habrán comido los ratones. Aún no se sabe ni se sabrá donde nació Colón, ni tampoco dónde fue a parar el cadáver de Jimmy Hoffa, así que no creo que lo de Kennedy se sepa jamás si es que verdaderamente hay algo que saber. En lo que a mí respecta, solo hay algo que no me cuadra: los fotogramas 312 al 315 de la película Zapruder. 

Fotograma 312: Kennedy se lleva las manos al cuello mientras que Connally da muestras de haber sido alcanzado.

Fotograma 313: La nube rosa. En teoría, el impacto abre un tremendo orificio de salida, esparciendo fragmentos de cerebro y hueso, pero la cabeza de Kennedy no sale despedida hacia adelante sino hacia atrás. He visto ese fotograma cienes de veces y no tengo dudas. La energía del disparo lo lanzó contra el asiento.

Fotograma 314: La parte trasera de la cabeza aparece aparentemente intacta. Mientras tanto, el cuerpo del presidente resbala hacia su izquierda.

Fotograma 315: Aún sigue saliendo restos de la cavidad craneana por la herida sin que en la nuca de Kennedy se vea nada raro. Su cuerpo sigue resbalando sobre el de su mujer.

Por lo tanto, la frente debería presentar un boquete del tamaño de una manzana, pero si vemos las fotos de la autopsia lo que aparece es esto otro: la frente aparece intacta salvo un desgarro en la parte superior de la sien derecha. Sin embargo, la parte trasera está completamente destrozada. De hecho, para hacer las fotos que muestran el supuesto orificio de salida tuvieron que coger el colgajo de cráneo y cuero cabelludo y sujetarlo con la mano, porque todo el parietal derecho estaba hecho literalmente puré. ¿Cómo es posible? ¿Otra..."bala mágica" que producía efectos contrarios a lo habitual? En fin, tras casi 60 años, cientos de libros sobre el tema y miles de informes y páginas cada cual da una opinión, por lo que saber la verdad se me antoja imposible. Así pues, como decíamos al principio, mientras no aparezca una prueba definitiva que no aparecerá nunca, el asesino de Kennedy fue Lee Harvey Oswald.

Hale, he dicho


Fotograma de la película Zapruder en la que se ve al agente del Servicio Secreto Clinton Hill
encaramarse en la trasera del coche presidencial mientras que el conductor William Greer, que inicialmente confundió los disparos con el petardeo de una moto, acelera. Jacqueline Kennedy, que parece querer ayudar al agente, en realidad estaba recogiendo los trozos de sesos y cráneo de su marido, pero al ver a Hill hizo intento de ayudarlo a subir. Y digo yo: ¿cómo había restos de la cabeza de Kennedy precisamente por donde había recibido el disparo, cuando lo lógico es que hubiesen salpicado a Connally y a su mujer, que iban justo delante? Misterio misterioso...

martes, 8 de septiembre de 2020

ASESINATOS: ISOROKU YAMAMOTO 2ª parte


El G4M donde viaja Ugaki es atacado por el teniente Holmes mientras que los artilleros de a bordo intentan
desesperadamente zafarse de la lluvia de fuego que les lanza el P-38

Prosigamos.

En la entrada anterior dejamos a los yankees sumamente contentitos, relamiéndose de gusto al pensar que el odiado ciudadano Yamamoto sería dado de baja permanente absoluta en breve. Pero planificar una operación semejante era de todo menos fácil. ¿Por qué? Muy sencillo. Los sobrinos del tío Sam conocían los puntos de partida y de destino, pero no la ruta. Veamos el mapa de abajo...




El aeródromo del Campo Henderson
Sombreado de rojo aparece el radio de acción de la aviación japonesa en la zona, que abarcaba Papúa Nueva Guinea y parte de las islas Salomón. Al sudeste vemos el punto más avanzado de los yankees en el área, la isla de Guadalcanal con su base de partida en el Campo Henderson, construido inicialmente por los honolables guelelos del mikado y conocido con el nombre en clave de RXI. Al norte de la isla de Nueva Bretaña tenemos Rabaul, desde donde Yamamoto partiría a su inspección en las islas de Bougainville, Shortand y Ballale, que hemos marcado con un círculo blanco y vemos mejor en el detalle superior. Bien, desde el punto más cercano, del Campo Henderson hasta Ballale, hay unos 530 km. que se alargaban unos 120 más si añadimos Bougainville, por lo que la distancia ida y vuelta superaría los 1.000 km., pero la realidad es que el recorrido tendría que ser mucho mayor para rodear las zonas de peligro y adentrarse en territorio enemigo por el oeste, volando sobre el mar para no ser avistados o detectados por radar. Por otro lado, no sabían por qué parte de la isla de Bougainville se dirigirían a Shortland, y a todo ello había que suponer qué avión usaría Yamamoto, porque eso no figuraba en el detallado itinerario marcado por Watanabe. Obviamente, dependiendo del aparato la velocidad podría variar, ergo el punto de interceptación también. En resumen, hacer coincidir el grupo atacante con el de Yamamoto era poco menos que lanzar un dardo de espaldas a la diana y acertar en el centro, y encima sin una segunda oportunidad. Chungo, ¿que no?


William Frederick Halsey (1882-1959)
Bien, antes de sumergirnos en la vorágine de los preparativos y la misión en sí, una cuestión: ¿quién dio la orden de matar a Yamamoto? Porque no hablamos de un pelagatos cualquiera y, como se comentó en su momento, su asesinato podría tener repercusiones de tipo político e incluso moral. Hay quien admite que fue el mismo Roosevelt quien, mediante su Secretario de Estado de Marina William Franklin Konx, envió un comunicado al 339º Escuadrón de Caza que decía que "...deben alcanzarlo y destruirlo a toda costa. El presidente da una importancia extrema a esta operación". Pero en aquel momento aún no se sabía qué unidad sería la encargada de llevar a cabo la misión y, además, en investigaciones posteriores se comprobó que Knox no había tenido contacto con el presidente ya que su último registro oficial de consultas estaba fechado el día 9 de abril. Roosevelt se largaría el día 13 a un viaje de inspección, por lo que no hubo más mensajes hasta el día 18, en el que se informaba que "...unos P-38 habían derribado a tres (sic) bombarderos el día anterior". En un segundo mensaje del día 19 se especificaba que en uno de los bombarderos podría haberse encontrado Yamamoto, por lo que actualmente se asegura que todo se coció sin que Roosevelt, y menos Knox, se enterasen de nada. La orden partió de Nimitz, que era el mandamás en aquel sector y el que encargó a Halsey que diera buena cuenta de su archienemigo. Además, el tiempo apremiaba y no convenía que hubiera dilaciones. Ya sabemos que cuando los políticos se meten por medio todo se alarga hasta el infinito y más allá y la oportunidad que acabar con Yamamoto posiblemente no se repetiría, así que se dejó de historias y dio sin más la orden para liquidarlo.


Marc Andrew Mitscher (1887-1947)
El 16 de abril Halsey le pasó el encargo al vicealmirante Marc Andrew Mitscher, que desde hacía apenas dos semanas estaba al mando del Comando Aéreo de las Islas Salomón. Este se puso rápidamente manos a la obra y convocó a todo el personal de su estado mayor para planificar el ataque y, tras devanarse la sesera como buenos compañeros, llegaron a la conclusión de que la ruta aproximada que deberían seguir los cazas destinados a matar al ciudadano Yamamoto carecían de la autonomía necesaria. Los aparatos disponibles en la armada eran el Vought F4U Corsair y el Grumman F4F Wildcat, y ninguno de los dos podría realizar el viaje de ida y vuelta sin acabar zambulléndose en el Pacífico. No les quedaba otra que recurrir al ejército, que disponía de los P-38  que, provistos de depósitos desechables, eran capaces de ir y volver si bien no podían dormirse en los laureles y apurar demasiado el combustible so pena de irse también al garete. Mitscher se puso en contacto con el general Henry Viccellio, comandante de la 13ª Fuerza Aérea de Cazas acantonada en el Campo Henderson, en Guadalcanal. Muy a su pesar, porque como está mandado los marinos querían toda la gloria para sí, tuvieron que aceptar la cruda realidad y recurrir a sus colegas del ejército si querían ver partir de este mundo al ciudadano Yamamoto.


Viccellio tuvo claro quién era el hombre ideal para planificar y ejecutar la misión, el mayor John William Mitchell, comandante del 339º Escuadrón de Cazas. Tras el cónclave de rigor con oficiales de la Armada en el Opium Den (fumadero de opio, nombre que daban al refugio donde se planificaban las misiones)  y tras un nuevo devanamiento cerebral considerando la ruta más viable, el pronóstico del tiempo y que la isla de Bougainville estaba atiborrada de cazas enemigos y artillería antiaérea a masalva, se calculó que el punto ideal para la interceptación del grupo de Yamamoto sería la bahía de la Emperatriz Augusta. En el mapa vemos la puñetera isla en cuya superficie se alineaban seis aeródromos en sentido NO-SE, siendo el de Kahili, en el extremo sur, el más cercano a Buin, la última parada del almirante antes de volver a Rabaul. Visto lo visto, lo más sensato sería aproximarte por el oeste, manteniéndose lo más alejados posible de los radares y los puntos de observación desde donde podrían avistar a los P-38. Como ya anticipamos, la misión no era para tomarla a broma y podían salir mal tal cantidad de cosas que el mismo Mitchell afirmó posteriormente que había calculado que "...las probabilidades de realizar una interceptación exitosa a aquella distancia eran de mil a uno. Hoy, años después de pensarlo, disminuiría el porcentaje a uno entre un millón". Y todo ello sin tener en cuenta que, por el motivo más insospechado, el viaje podía demorarse, modificarse o simplemente suspenderse. Solo un oficial mantuvo firmemente que Yamamoto acudiría a la cita, el capitán Morrison, de la inteligencia del ejército. Conocía al almirante y sabía que, como la gran mayoría de los japoneses, era un obseso de la puntualidad.


John William Mitchell (1914-1995)
Inicialmente, el itinerario lo trazó el mayor John Pomeroy Condon, del cuerpo de Infantería de Marina. Pero Condon no tenía puñetera idea de cómo calcular los tiempos, el consumo de combustible y las velocidades en un avión, que se veían afectados por muchos factores como la altitud, la dirección y velocidad del viento, etc., basando sus cálculos en términos náuticos. Tras repasar la ruta, Mitchell no pudo por menos que mostrarse totalmente disconforme con ella, asegurando que los cálculos no eran correctos y que en base a los mismos aparecerían a unas 50 millas del punto de interceptación. Mitscher decidió finalmente que, ya que serían aviadores los que llevarían a cabo el ataque, lo lógico es que fuesen ellos los que lo planificasen, por lo que el mayor Mitchell se puso de inmediato manos a la obra. Solo pidió que le entregasen una bitácora naval, mucho más precisa que la brújula que equipaba el P-38 ya que todo el trayecto se realizaría sin la más mínima referencia, volando a apenas 50 pies (15 metros) de altitud para permanecer fuera del radar enemigo. Y ojo, volar tan bajo implicaba un 25% más de gasto de combustible.


John Pomeroy Condon (1911-1996)
Los cálculos de Mitchell eran, aparte de un prodigio de exactitud, un prodigio de intuición porque, recordémoslo, no sabían en qué tipo de avión iba a viajar Yamamoto ni qué ruta seguirían. Basándose solo en la supuesta exactitud de los horarios señalados por Watanabe, supuso que volarían en línea recta desde Rabaul hasta su primer punto de destino, la isla de Ballale, y que el aparato elegido sería un Mitsubishi G4M que volaría a una velocidad de 180 millas por hora (290 km/h). En base a ese dato, trazó el itinerario de los P-38 considerando la velocidad de crucero que debía alcanzar tras ser informado de que tendrían viento de costado por la proa de entre 5 y 10 nudos (9-18 km/h) durante la primera etapa. Si a eso añadía la baja altitud calculó que debían volar a 197 m/h (317 km/h) para llegar al punto de interceptación al mismo tiempo que el grupo de Yamamoto, y para lograrlo solo disponía de una bitácora, un cronómetro y sin perder de vista el indicador de velocidad. Algo así como pretender que dos moscas choquen en el espacio, vaya...



Mitchell dividió el itinerario en cuatro etapas que podemos ver en el mapa superior, considerando de antemano que en todo momento debían permanecer a una distancia mínima de 50 millas de la costa. En cuanto al punto de interceptación y en base al horario de llegada al primer destino, el avistamiento debía producirse a las 09:35 horas (07:35 hora japonesa), cuando el avión de Yamamoto hubiese comenzado el descenso de aproximación. Haciendo el recorrido a la inversa, calculó que la hora de salida serían las 07:20, que sumándole 15 minutos para reagruparse los 18 aparatos suponía que la hora de partida hacia destino serían las 07:35, hora de Guadalcanal. Veamos el itinerario:

Etapa 1: Rumbo 265º. Recorrido de 183 millas en 55 minutos incluyendo los 15 minutos de espera para el reagrupamiento
Etapa 2: Rumbo 290º. Recorrido de 88 millas en 27 minutos
Etapa 3. Rumbo 305º. Recorrido de 125 millas en 38 minutos
Etapa 4. Rumbo 020º. Recorrido de 16 millas en 5 minutos más 16 para ascender.

Como vemos, los cálculos eran de una precisión de neurocirujano rebuscando la mononeurona de la inteligencia en la sesera de un político y las probabilidades de que saliera bien eran ínfimas pero, si Mitchell acertaba, era para atiborrarle la pechera de medallas y regalarle una calculadora chula de las buenas. Además, el vuelo se realizaría manteniendo un silencio de radio absoluto, pudiendo solo comunicarse a través de señales visuales entre los pilotos. Dicho silencio de radio solo se rompería cuando se iniciase el ataque.

Thomas George Lanphier (1915-1987)
En cuanto a la elección de los pilotos, también fue encomendada a Mitchell. Para tripular los 18 P-38 disponibles seleccionó a 17 hombres procedentes de los escuadrones 339,  70 y 12, integrándolos en el 347º Grupo de Cazas al mando de Viccellio. El escuadrón se dividiría en dos grupos: uno de 12 aparatos al mando de Mitchell cuya misión era, una vez avistado el objetivo, elevarse y permanecer vigilantes para repeler los posibles cazas que les salieran al encuentro procedentes de cualquiera de los aeródromos situados en Bougainville, sobre todo de Kahili. Cuatro aviones formarían el "flight killer", el grupo asesino, con la evidente misión de convertir en un colador el avión donde viajaba el almirante. Dicho grupo estaría al mando del capitán Thomas George Lanphier, acompañado de los tenientes Rex Theodore Barber, Thomas MacLanahan y Joseph Moore. Finalmente, se nombraron a dos pilotos y sus respectivos aparatos como suplentes porque, como está mandado, a última hora siempre surge algún problema. Para ello se eligió a los tenientes Besby Frank Holmes y Raymond K. Hine. Estos ocuparían el puesto de cualquier piloto que tuviera que abandonar la misión, ya fuese en el grupo de cobertura o el grupo asesino. De lo contrario, permanecerían en el grupo de cobertura.


Maqueta que muestra al Miss Virginia con la configuración de depósitos
desechables empleados en esta misión
Mientras tanto, el general Viccellio dio orden de aprestar los 18 aparatos disponibles. Como la autonomía con los 306 galones (1.158 litros) de los depósitos internos no daban ni remotamente para completar la misión, dio orden de equiparlos con los dos depósitos desechables que admitía el P-38 en soportes sub-alares. Los que había disponibles en Henderson eran de 165 galones (624 litros), pero no era suficiente cantidad. Era preciso colocar al menos uno de 310 galones (1.173 litros) para disponer de autonomía suficiente, pero lo más cerca donde había depósitos de esta capacidad era en la base de la 5ª Fuerza Aérea, en el Pacífico sudoeste, por lo que Viccellio contactó con su comandante, el general Kenney, para que le enviase 18 unidades sin demora, llegando la noche del día 17 a bordo de varios bombarderos B-24 del 90º Grupo de Bombardeo con base en Port Moresby, en Nueva Guinea. Los aviones consumirían en primer lugar el combustible de los depósitos desechables que, si los cálculos de Mitchell no fallaban, llegarían agotados al punto de interceptación, momento en que se soltarían para disponer de mayor maniobrabilidad y menor peso. A partir de ahí los P-38 solo disponían de los 306 galones de gasofa de los depósitos internos para volver, teniendo en cuenta que no sabían cuánto combustible podrían consumir en la ejecución en sí de la misión más el retorno, quizás perseguidos por los Zero procedentes de Kahili, donde disponían de 75 o 100 aparatos. En todo caso, la orden era que una vez cumplida la misión nadie debía comprometerse en combates con aviones enemigos. Tenían el combustible justo para volver y la única opción para no quedarse en el camino era salir echando leches en dirección a Guadalcanal.


En cuanto al armamento, los P-38 estaban equipados con cuatro ametralladoras Browning de calibre 12'70 mm. y un cañón Hispano de 20 mm. que, para la ocasión, se cargarían de la siguiente forma: el Hispano con munición de alto explosivo incendiaria capaz de machacar el motor de un avión enemigo, y las Browning con una combinación de trazadoras, perforantes incendiarias y munición blindada convencional. Como vemos, una potencia de fuego de lo más contundente que suponía que en una ráfaga de tres segundos dispararía contra el enemigo 144 proyectiles de 12'70 y 30 de 20 mm. O sea, 10,4 kilos de metal ardiente penetrando por la fina chapa de aluminio del Betty donde viajaría el ciudadano Yamamoto, que a esas horas no podría imaginar que le quedaba menos vida que a un pavo en Navidad. Pero lo más significativo no era el poderoso armamento del P-38, sino su ubicación en el mismo. Lo habitual era verlo en las alas, o combinando un par de armas en el morro y el resto en las alas. En este caso no era así. Todo estaba situado en el morro, por lo que la concentración de fuego era bestial. Por buscarle una comparación facilona, era como un trabucazo de posta lobera aérea cuyos efectos eran demoledores. En la foto podemos ver su distribución, así como las tolvas y las ventanas de expulsión de las vainas servidas.


Yamamoto saluda a los pilotos de Rabaul. Al parecer, es la última foto que
se tomó antes de partir en su vuelo sin retorno
¿Y qué pasaba mientras tanto en Rabaul? Pues que todo el personal menos Yamamoto estaba con la mosca detrás de la oreja. Los mandamases se habían enterado del prolijo mensaje radiado por Watanabe y no paraban de insistir en que cancelase el viaje o, al menos, que fuera escoltado por un número mayor de cazas. Pero el almirante no escuchaba a nadie. Ni quería más aviones ni mucho menos dejaría de efectuar su viaje. No obstante, y por seguridad, solo después de las 21:00 horas del 17 fue cuando el capitán Yukie Konishi, del 705 kokutai, informó a los pilotos de los bombarderos quiénes serían sus pasajeros y cuál era el destino de los mismos. El bombardero 323, asignado a Yamamoto, iría pilotado por el suboficial mayor de vuelo Takeo Kotani, y el 326 donde viajaría Ugaki, por el suboficial de vuelo de 2ª clase Hiroshi Hayashi. Además de los siete tripulantes de cada bombardero, en el 323 viajarían  junto a Yamamoto el contraalmirante Rokuro Takada, cirujano jefe de la flota, y los comodoros Noburu Fukusaki, ayudante de Yamamoto, y Kurio Toibana, del estado mayor. En el 326 acompañarían a Ugaki el capitán Motoharu Kitamura y los comodoros Rinji Tomoro, Suteji Muroi y Kaoni Imananka. Todos debieron alegar un severo ataque de almorranas o algo por el estilo y quedarse en Rabaul, pero el deber es el deber, qué carajo.


Varios Zero procedentes del portaaviones Zuikaku y destinados a Buin
en enero de 1943 para reforzar la zona. En el caso que nos ocupa no
sirvieron de gran cosa 
Y por fin llegamos al día 18 de abril. Puntual como un cuñado al ágape de un bodorrio, a las 06:00 horas los dos Betty despegan con rumbo a Ballale. Ya en vuelo se les unen los seis Zero de escolta pertenecientes al 204º Kaigun Kokutai. Estos se dividen en dos grupos de tres cazas en formación en V flanqueando los bombarderos, que se elevaron hasta una altura de crucero de 6.500 pies (1.981 metros), mientras que los Zero ascienden hasta los 8.200 (2.500 metros) y vuelan una milla más atrás. Aunque la superioridad aérea japonesa en la zona no hacía presagiar ningún sobresalto, lo cierto es que las medidas de seguridad que se tomaron fueron un birria. De entrada, los cazas de la escolta fueron despojados de los equipos de radios para aligerarlos de peso y aumentar la autonomía, por lo que volaban incomunicados con su base y con los bombarderos. Por otro lado, el 326 había sido armado con solo una cinta de munición por arma, también para no sobrecargarlo, mientras que el 323 de Yamamoto había sido enteramente desarmado. En resumen, estaban literalmente vendidos. A las 06:05 horas el comandante de la base de Rabaul envió un mensaje a Ballale dando cuenta de la partida del almirante y su séquito, y que llegarían en el horario previsto. Empezaba la cacería.


Instalando una alfombra Marston. Ese sistema de planchas troqueladas
permitía fabricar una pista de 200 metros de ancho y 1.500 de largo
en solo dos días. Aún hay mogollón de zonas en Asia donde perduran
en viviendas particulares para construir vallas, corrales, etc.
Y en el Campo Henderson tenía lugar una escena similar. Los P-38 del 347º Escuadrón se ponen en marcha para darle al ciudadano Yamamoto el último gran susto de su vida, pero a la gente de Mitchell las cosas le empezaron con mal fario. Cuando carreteaba para ponerse en posición de despegue, el "Lady Luck" del teniente McLanahan tuvo muy mala luck porque un borde afilado de la alfombra Marston con que estaba fabricada la pista reventó una rueda, por lo que tuvo que quedarse en tierra. Una vez todos en el aire, el teniente Moore conectó los depósitos desechables conforme a la instrucciones recibidas, pero un fallo en la bomba de combustible hizo que el avión se calara y tuviera que volver a conectar los depósitos internos, así que también tuvo que dar media vuelta y volver a la base. Ambos formaban parte del cuarteto asesino, por lo que los dos suplentes, Holmes y Hine, tuvieron que ocupar sus puestos. Así pues, el grupo de cobertura se quedaba con 14 cazas que, no obstante, se consideraban válidos para rechazar o, al menos contener, un posible ataque japonés. A la hora prevista ya estaba todo el escuadrón reunido y rumbo a Bougainville.

El trayecto se llevó a cabo sin novedad. Aburridos como galápagos, agobiados por el calor y dando collejas a las gaviotas, Mitchell marcaba con la precisión de un cronómetro suizo la ruta a seguir sin perder de vista la bitácora naval y el reloj que le marcaría el momento exacto para cambiar de rumbo. Y, como no podía ser menos, a las 09:34, un minuto antes de la hora prevista, el 347º Escuadrón llegó a destino en el preciso instante en que los sobrevolaban los bombarderos japoneses. Qué emocionante, ¿no? El primero en avistar al enemigo fue el teniente Douglas Strickland Canning, dando la voz de alarma y rompiendo el silencio de radio:


Rematando al 323 de Yamamoto
Bogeys! ¡A las once en punto!- exclamó. "Bogey" es un término que usan los pilotos anglosajones para designar aviones enemigos.

Roger, los tengo!- respondió Mitchell en cuanto vio, además de los bombarderos, los seis Zero de escolta.

En ese momento dio orden de soltar los depósitos, pero los de Holmes, el suplente del grupo asesino, se atascaron. Avisó por radio a Lanphier, pero este estaría emocionado pensando en anotarse la victoria sobre el ciudadano Yamamoto. Cabreado, giró y aceleró inclinando el morro para intentar desprender los puñeteros depósitos ayudado por la fuerza del viento. Hine lo siguió para no dejar a su compañero tirado, por lo que la operación que tan bien iba parecía que iba a torcerse en el momento decisivo. Mitchell y el grupo de cobertura se elevaron según el plan previsto, por lo que en aquel momento solo disponía de dos P-38 para derribar a sendos bombarderos sin saber en cuál volaba el almirante y, además, para enfrentarse a los cazas de escolta porque daba por hecho que, en breve, mogollón de Zero procedentes de Kahili harían acto de presencia para proteger a su amado comandante en jefe. A partir de ahí los testimonios sobre cómo se desarrolló la interceptación son bastante confusos. Veamos el mapa inferior...





Vista del morro del Miss Virginia que pilotó Barber en esta misión
Los pilotos de los Zero, que volaban a una cota superior y por detrás de los bombarderos, solo se dan cuenta de que estos son atacados cuando los P-38 están prácticamente encima. Al estar ya cercanos a su destino iban más pendientes de la maniobra de aproximación que de repeler un ataque que ni podían imaginar. Los dos bombarderos inician una maniobra de evasión. El 323 gira hacia el este mientras que el 326 hace lo mismo en sentido opuesto. Lanphier se abalanza contra los tres Zero que escoltan a Yamamoto, los dispersa y vuelve al ataque. Mientras tanto, Barber ya ha abierto fuego contra él a pesar de que tiene a sus seis en punto a los otros tres cazas. A Ukagi, que le den morcillas, que a quien hay que proteger es al jefazo. Lanphier se une a Barber y también abre fuego. El 323, con un motor en bandera y otro echando humo, pierde altura mientras gira lentamente hacia su izquierda.


Rex Theodor Barber (1917-2001)
Mientras esto ocurre, Holmes logra por fin deshacerse de los depósitos y, seguido por Hine, atacan al 326. Barber, que ya ha visto caer al 323, se une a sus compañeros y acribillan al avión de Ukagi, que como no tenía bastante con el dengue se le añadió un ataque de plomitis galopante. Como el 326 va armado, los artilleros intentan defenderse de los tres P-38 que los acosan sin piedad, pero uno tras otro la implacable artillería yankee los va acallando. Una de las ráfagas destroza los alerones del 326 que, finalmente, cae al agua a unos 100 metros de la Punta Moila. Según el sufrido Ukagi, "...todo se volvió negro. Sentí la fuerza aplastante del agua salada vertiéndose en el fuselaje y casi de inmediato estuvimos debajo de la superficie". Hiroshi Hayashi, el piloto, solo quedó atontado unos instantes por el impacto y pudo salir del avión junto con Ugaki y el capitán Kitamura y, agarrados a un cacho de avión, lograron alcanzar la orilla. Hayashi solo tenía magulladuras y moretones, pero Ugaki se vio con una fractura abierta en el brazo derecho y la arteria radial rota. Hayashi había sido herido en el cuello, mostrando un siniestro boquete. Al cabo de poco tiempo fueron rescatados por una lancha motora y puestos a salvo.


Los tres supervivientes del grupo asesino. De izquierda a derecha vemos
a Lanphier, Holmes y Barber ante uno de los P-38 del escuadrón
Con los dos bombarderos abatidos, Mitchell da la misión por concluida y da orden de largarse de allí a toda pastilla. Todos los P-38 se dispersan e inician el viaje de retorno con los Zero de la escolta tras ellos aunque era inútil porque la velocidad de ascenso de los cazas yankees era muy superior a la de los nipones, así que se tuvieron que chinchar y dar media vuelta. No obstante, faltaba un caza, el de Hine. Tampoco estuvo claro qué fue lo que ocurrió con él porque ninguno de los tres miembros restantes del grupo asesino estaba en otra cosa que no fuera disparar con saña bíblica a los bombarderos. Alguno de los del grupo de cobertura dijo que pudo ser alcanzado por un Zero y lo vio alejarse en dirección este. El suboficial de vuelo Kenji Yaganiya, que pilotaba uno de los Zero de escolta, declaró que abrió fuego contra un P-38 del que salió, no supo distinguirlo bien, vapor o gasolina, pero que no lo siguió para rematarlo, sino que se dirigió a Kahili. Sea como fuere, lo cierto es que el teniente Hine fue el único que no volvió de la misión. Era la primera vez que pilotaba un P-38.


El teniente Raymond Hine
En fin, así acabó el almirante Isoroku Yamamoto. El destino es así de malvado, porque si hubiese viajado en el 326, o si su piloto hubiese tomado el rumbo de este, quizás habría salvado el pellejo como lo salvó Ugaki. Pero estaba escrito que el ciudadano Yamamoto pasaría a la historia el 18 de abril de 1943. Pero, ¿quién lo derribó? No se sabe ni a estas alturas se sabrá jamás. Lanphier, en un acto de chulería imprudente, cuando daban el RECON obligatorio a medida que se aproximaban a la base dando su número de aparato, etc., queriéndose atribuir el derribo antes que nadie le faltó tiempo para graznar:

-¡Tengo a Yamamoto! ¡Tengo al hijo de puta! ¡Ya no dictará condiciones a la Casa Blanca!- berreó por el micro.





El teniente Canning, el primero que avistó los aviones japoneses
Aquello fue una estupidez por varios motivos: ante todo, al afirmar que había derribado a Yamamoto estaba informando a los japoneses, que podrían estar escuchando, que el escuadrón yankee sabía dónde iba y a quién buscaban, por lo que estaba claro que sus códigos había sido rotos. Pero es que, además, era absurdo atribuirse el derribo porque en aquel momento nadie sabía en qué avión viajaba el almirante. Sí, los dos bombarderos había sido abatidos, pero podría haber supervivientes como de hecho los hubo. Está de más decir que Barber también se arrogó la victoria, y no hubo forma de dirimir quién fue el que consiguió acabar con el 323. Aunque algunos autores han aceptado que fue Barber el que logró la hazaña, la Armada nunca admitió de forma irrefutable los testimonios de ambos pilotos, así que optaron por la solución habitual cuando dos o más se atribuye una victoria: compartirla a medias. Así pues, al día de hoy Yamamoto fue derribado por el capitán Lanphier y el teniente Barber, y así seguirá para siempre porque ambos llevan la torta de años criando malvas y ya nadie va a cambiar eso salvo que la phantasma de Yamamoto se aparezca en el Pentágono y cuente la verdad, cosa que se me antoja un poco complicada.

19 de abril, el día después


Así debió quedar el 326 de Ugaki hasta que se terminó de hundir. Se
intentó recuperar, pero no fue posible
Mientras que los yankees celebraban la victoria y Lanphier y Barber seguían discutiendo quién había mandado al garete al ciudadano Yamamoto, Watanabe había salido muy temprano hacia Bougainville junto al capitán médico Okubo. Antes de nada visitó a Ugaki, que le exhortó a que buscara sin demora el paradero del 323. Al cabo, si él había sobrevivido el almirante también podría haber salido vivo del brete. Así pues, Watanabe se hizo con un hidroavión de reconocimiento y se puso a dar vueltas por la zona en busca del avión derribado, lo que no era fácil porque la jungla era espesa como la pelambre de un oso polar. A la búsqueda se unieron dos grupos por tierra, uno al mando del teniente Furukawa y otro con el teniente Hamasuna, que a duras penas se iban internando en una espesura donde apenas se veía a pocos metros. Por la tarde aún no habían dado con los restos del 323 hasta que un soldado del grupo de Hamasuna, que debía tener un olfato prodigioso, notó el penetrante olor de la gasofa del avión. Siguiendo a su napia como un bretón pistea a una perdiz, llegaron a un claro producido por la combustión de la gasolina que quedaba en los depósitos. En realidad no estaba lejos, a apenas 4 km. de la única carretera de la isla que unía Buin con Buka, al noroeste, y lo primero que vio fue el timón de cola del 323 donde, además, aparecía claramente pintado el número para que no hubiera dudas.


Cola del 323 tal como la encontró el teniente Hamasuna
El avión se había partido en dos, quedando la parte delantera del fuselaje a varias decenas de metros de distancia de la cola. Las alas se habían medio desintegrado con el impacto. Tras una rápida inspección quedó claro que allí no quedaba nadie vivo. La mayor parte de los cadáveres estaban carbonizados, salvo uno que vestía un uniforme blanco y que estaba tumbado entre los dos fragmentos del aparato. A poca distancia había otro que permanecía sentado con el cinturón de seguridad abrochado. Parecía dormido, con la mano derecha apoyada en la pierna y la izquierda agarrando firmemente su espada. La cabeza estaba inclinada hacia adelante, y estaba llena de sangre. Hamasuna se acercó y vio en las hombreras las tres flores de cerezo que anunciaban que era el almirante, lo que se vio corroborado por el guante blanco que aún calzaba en la mano izquierda y que tenía cosidos los dedos que le faltaban para que no se viera feo cuando gesticulaba o agarraba algo. Era Yamamoto, y estaba más muerto que Carracuca.


Traslado de las cenizas del almirante al acorazado Mushashi
Como ya era prácticamente de noche, Hamasuna ordenó construir un vivac para que los once cadáveres de los tripulantes del 323 no permanecieran a la intemperie. Tras dejarlos decorosamente protegidos se largaron para informar del hallazgo y volver al día siguiente con medios para evacuar los cadáveres. El día 20, los hombres de los grupos de Furukawa y Hamasuna rescataron los cuerpos y se los llevaron en camillas hacia Ako. El cadáver de Yamamoto, junto a lo restos de los demás tripulantes, fue enviado a un dragaminas para hacerle una autopsia preliminar que dejó a la vista dos heridas. Según el capitán Okumo, Yamamoto mostraba un orificio del diámetro de un dedo meñique que penetró en sentido ascendente por el omóplato izquierdo sin orificio de salida. Presentaba otro similar en la mandíbula izquierda con orificio de salida en la sien derecha, justo encima del ojo y que obviamente era el que lo había matado en el acto. Tras llegar a tierra los cadáveres fueron metidos en ataúdes y enviados en camión a Kahili, donde se le practicó una segunda autopsia, esta vez por el comandante Gisaburo Tabuchi que confirmó la anterior si bien quedó claro que al almirante no lo habían matado balas, sino fragmentos de estas ya que, de haber sido alcanzado por un proyectil de cualquier arma de un P-38, la herida de la espalda le habría reventado la caja torácica, y la de la mandíbula se habría llevado por delante toda la cabeza. De hecho, se observó que había un impacto en la estructura metálica del asiento donde viajaba, lo que produjo la fragmentación de un proyectil cuyos trozos salieron despedidos hacia arriba y que, además de la herida del omóplato, también pudo ser el causante de la herida fatal en la cabeza.


Funerales de estado en honor del almirante celebrados en Tokio el 5 de junio
siguiente. Antes que a él solo se había concedido ese honor a once plebeyos
Tras la autopsia se cavaron diez pozos para incinerar los restos, más uno un poco apartado del resto para el almirante. Se procedió a la cremación y se dejó una guardia toda la noche mientras las piras se consumían poco a poco. A primera hora de la tarde del día siguiente se pudieron recoger las cenizas, que a falta de otra cosa se depositaron en cajas de madera y se envolvieron con una tela blanca. Una etiqueta permitía reconocer quién era el que habitaba dentro de cada caja en forma de pavesas. En los pozos se plantaron árboles según era costumbre en estos plobos guelelos del mikado, y en el de Yamamoto se plantó una papaya, fruta por la que al parecer sentía especial deleite. En la tarde del día 22, Watanabe llegó a Rabaul con las once cajas- los cuerpos de los tripulantes muertos en el 326 no se pudieron rescatar-, desde donde fueron enviadas a Truk, el cuartel general de la Armada Imperial, y de allí embarcados en el acorazado Musashi para devolverlo a la tierra del Sol Naciente.

Los restos del 323 aún permanecen donde cayó, si bien durante todos estos años la gente que ha visitado el lugar se ha llevado el cacho de recuerdo, como está mandado. Por lo visto, actualmente el dueño del terreno permite el paso pero no el expolio. Aparte de eso, un ala del avión fue llevada a Japón donde se expone en el Museo de la Familia de Isoroku Yamamoto, en Nagaoka. Ah, por cierto, los honolables guelelos del mikado, a pesar de tener clarísimo que sus enemigos habían roto sus códigos, ni señalaron a Watanabe como el causante del desastre ni los cambiaron. Así les lució el pelo, manda cojones.

Para terminar, este es el texto que Roosevelt envió a la viuda de Yamamoto, lo que denota el despreciable carácter y la absoluta falta de moralidad de los anglosajones ya que Yamamoto era un militar honorable que cumplió lo que le ordenaron, atacar la flota en Pearl Harbor. Por cierto, el tullido este parece que había olvidado cómo nos atacaron alevosamente en Cuba y cómo fueron capaces de hundir un barco de su flota con tal de tener una excusa para invadir territorio español:


El tiempo es un gran nivelador y de alguna manera nunca esperé ver al viejo muchacho en la Casa Blanca. Siento no poder asistir al funeral porque lo apruebo. Esperando que esté donde sabemos que no está, muy sinceramente suyo, Franklin Delano Roosevelt "


Lo dicho, ¿qué se puede esperar de un anglosajón?

Bueno, ya'tá. No creo que haya cuñado que se les resista con este relato, así que me los ametrallen sin piedad.

Hale, he dicho

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