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miércoles, 7 de octubre de 2020

PARTES DEL CASTILLO: TIPOS DE PUERTAS


Puerta del castillo de Carisbrooke, en la isla de Wight, datada hacia 1335. Como
vemos, independientemente de su vetusta apariencia, salta a la vista que
los carpinteros medievales no se preocupaban mucho de dar un toque de distinción
a las puertas de los recintos militares, donde ante todo primaba la solidez
Sí, las puertas. Hemos dedicado varias entradas a los distintos tipos de puertas, pero nunca hemos hablado de las puertas. Nos referimos a las puertas, o sea, esas cosas de madera que se cerraban con dos fines: uno, que no hubiese corrientes de aire, y dos, que no entrara ni saliera nadie del castillo. Ciertamente, no deja de ser un verdadero despiste propio de mi incurable y caótico anti-sistema de trabajo dar pelos y señales de todas las tipologías de accesos a un castillo y no haya dicho una sola palabra de lo principal: las puertas. Bueno, pues nunca es tarde si la dicha es buena, qué carajo...

Ante todo, conviene aclarar un punto importante: quedan muy muy pocas puertas originales en Europa. La carcoma, el meteoro, los años, los expolios y mil razones más han hecho que se conserven solo unas cuantas, tanto las principales como las que cerraban los vanos en el interior del edificio. Rejas y cancelas hay muchísimas más, como vimos en la entrada que dedicamos a esos chismes, pero gracias a que el hierro es más resistente que los materiales lignarios que, carentes de cualquier tipo de protección en forma de aceitados o pinturas y, por supuesto, de un mantenimiento adecuado, pues se han ido desintegrando poco a poco. No obstante, y guiándonos por los pocos ejemplares que han llegado a nuestros días, así como sus sistemas de fijación a los quicios podemos hacernos una idea bastante aproximada, cuando no exacta, de su forma, las técnicas de construcción empleadas para fabricarlas y, por supuesto, los medios para dejarlas bien cerradas y que no se escapara el gato.

Majestuoso roble con más años que el hilo negro. Las cosas como
son: talar esa maravilla para fabricar una puerta es una cabronadita

Bien, antes de nada conviene hablar del material empleado para la fabricación de puertas, la madera. Obviamente no valía cualquiera. Un portón sólido que debía durar años resistiendo tanto la humedad como la carcoma y los embates de las máquinas enemigas no se podía fabricar con una madera debilucha. Como ya podrán suponer, la ideal era el roble, dura como un cuerno y, tanto o más importante, no ardía con facilidad. Cualquiera que tenga una chimenea en casa habrá visto que, por ejemplo, un tronco de pino, saturado de resina, arde una cosa mala, mientras que uno de encina se pone incandescente y arde con una pequeña llama durante horas. No obstante, en caso de no disponer de roble siempre se podía echar mano de maderas como el nogal, la haya o el castaño, que también daban buenos resultados.

Probos sacavirutas mevievales en plena faena. Su pericia era envidiable,
y eran capaces de desarrollar los diseños más primorosos. Con todo,
si se fijan, las herramientas manuales que usaban eran exactamente
iguales que las actuales
Es tal la dureza de esta madera que, a modo de ejemplo, en mi época de fervoroso tirador de avancarga me fabriqué un mazo iniciador con un cacho de rama de encina de la chimenea, usando como mango un cilindro de aluminio que le embutí. Bien, pues tras miles y miles de martillazos en los que, además de la bala de plomo golpeaba la boca del cañón del arma, no tenía ni una sola marca. Nada. Liso con el culito de un neonato, y eso que era una madera con un secado que ni de lejos se acercaba al considerado por los carpinteros como adecuado para alcanzar el nivel óptimo de uso. Para estos menesteres se recurría a árboles con 200 o 300 años de edad ya que si eran más viejos la madera era propensa a agrietarse y a ser atacada por la carcoma. Los troncos, una vez cortados, se almacenaban en primer lugar en dependencias húmedas para que un secado excesivamente rápido no los deformase o agrietase, siendo posteriormente apilados en almacenes secos y volteados regularmente para evitar alabeos, añadiendo de vez en cuando sesiones de ahumado. Este proceso duraba alrededor de seis años y los troncos, a los que una vez eliminada la corteza y la albura se quedaban en un diámetro de entre 70 y 100 cm., eran aserrados longitudinalmente en cuatro partes de las que el carpintero extraía el material que mejor se adaptaran a cada tarea.

Carpintero sacando una viga de un tronco a golpe
de segur. Aunque parezca inreíble tardaban solo un
rato en completar el trabajo, quedando una
pieza perfectamente escuadrada aunque prácticamente
trabajaban a ojo
En lo referente a las técnicas constructivas al uso en la época, en las puertas para los vanos de un castillo primaba ante todo la solidez antes que la estética, que quedaba preservada para los palacios donde la nobleza y el alto clero se podía dar pisto con los invitados. Sin embargo, un castillo lo que necesitaba era un portón bien gordo, y no lleno de altorrelieves y filigranas. El método básico consistía en alternar dos capas: una externa con los tablones colocados en vertical y otra interna con tablones en horizontal para contrarrestar la veta. Era, por así decirlo, como un contrachapado moderno, pero a lo bestia. Sin embargo, este sistema no solo suponía un gasto enorme de madera, que siempre ha sido muy cara, sino un peso añadido notable. Por ello, se ceñían a fabricar tablones para la cara externa, por lo general de no más de 22 cm. de ancho, y en la trasera montantes y travesaños que, sin restar solidez al conjunto, suponían un importante ahorro de material. Por otro lado, siempre que fuera posible se optaba por darles una forma rectangular ya que las piezas curvadas, aparte de un gasto mayor, obligaba a trabajar una parte de la pieza a contrapelo, que creo es de todos sabido que es un engorro. En fin, ya vemos que no se limitaban a unir tablones, llenarlos de clavos y santas pascuas. Por cierto, ya podemos suponer que los herreros eran importante coadyuvadores en la fabricación de puertas ya que de ellos dependían los cientos de clavos necesarios, así como los goznes, gorrones, cerrojos, etc.

En cuando a los sistemas de ensamblaje, se tiene constancia de varios de ellos que ya eran usados desde tiempos remotos. En la figura A tenemos el más básico: una mortaja transversal donde se ensambla un listón. Como se ve en el plano de sección, los clavos atravesaban las piezas y se doblaban por el reverso para impedir su extracción. Era el mismo sistema que se venía usando en la construcción naval desde hacía siglos. En la figura B podemos apreciar un ensamblaje con doble cola de milano que, sin usar un clavo, proporcionaba una unión extremadamente sólida entre los tablones de una hoja. En la figura C aparece un sistema similar al A, pero que tampoco precisa de clavos porque la mortaja y el listón que las une tienen forma de cola de milano. Solo podrían desmontarse sacando el listón transversal. Finalmente, en D vemos un ensamblaje mediante lengüetas introducidas en mortajas que podían asegurarse con un clavo o una clavija de madera. Al parecer, no era raro que estas uniones se asegurasen con pegamentos.

Bueno, con estos datos ya tenemos una idea de los materiales necesarios para fabricar una puerta como San Portón manda. Pero para colocarla hace falta un vano ya que de otro modo una puerta carece de sentido. Veamos la ilustración de la derecha. En los círculos rojos y amarillos aparecen las gorroneras o ranguas, donde giraban los gorrones que hacían de bisagras. El enorme peso de estas puertas requería un sistema que permitiera que su masa descansara preferentemente sobre el suelo para que no se descabalgaran de su sitio. Por otro lado, era quizás el sistema que facilitaba más el montaje de las hojas, como ya se explicó en su momento. Manejar un portón enorme de más de 300 o 400 kilos en un angosto pasadizo a fuerza de brazo y palancas porque no había sitio para meter un polipasto requería un método para colocar cada hoja en su lugar sin tener que desmontar medio castillo. Recordemos además que estas puertas no eran inmortales, y que a lo largo de su vida operativa requerirían reparaciones, cuando no su sustitución por otras nuevas. En verde vemos los huecos para el alamud, la tranca corrediza que bloqueaba la puerta y que, como vemos, no tienen nada que ver con lo que sale en las películas. Sustituir un alamud roto sí era un problema ya que su longitud era mayor que el hueco del vano, por lo que habría que abrir una regola en el paramento exterior para colocar uno nuevo. O sea, había que llamar al seguro para que mandase a los albañiles, y como los seguros siempre se escaquean pues era un problema gordo. Coñas aparte, si la puerta era de dimensiones más grandes de lo habitual se solían usar dos alamudes o bien recurrir a aldabas y/o cerrojos. En cualquier caso, lo que sí es cierto es que estas puertas no usaban cerraduras, que solo se verían en alacenas, despensas y algunos cerrojos, así que eso del castellano que rinde la fortaleza y entrega las llaves del castillo es un tanto irreal. Ni una sola puerta de paso en un castillo tenía cerraduras, y se cerraban siempre por dentro. Ah, por cierto, alamud es, como salta a la vista, un palabro de origen árabe, concretamente el al-ámüd, la barra. Pero no la de bar, sino la otra.

En la foto de la izquierda tenemos un primer plano de una gorronera superior. Las del suelo era iguales, salvo por el hecho de que quedaban enrasadas con el pavimento. Como vemos, eran simples sillares empotrados en cada esquina del vano y en los que se practicaban sendos orificios cilíndricos para acoger el gorrón. Cuando visiten un castillo, miren en la parte superior de la puerta y verán que, por lo general, ahí siguen tras siglos y siglos rezando porque no aparezca un "arquitecto" dispuesto a "poner en valor", eufemismo muy de moda para decir "perpetrar una infamia" y los sustituyan por bisagras de paleta de acero corten. Las del suelo suelen ser poco visibles, pero no porque las hayan robado, sino porque están tapadas por la tierra. Del mismo modo, tanto en puertas de paso interior como en ventanas también verán gorroneras similares si bien de un tamaño acorde a las hojas que debían sustentar.

Obviamente, el punto flaco de las gorroneras era el orificio que, sometido a un constante roce con el gorrón iba agrandándose cada vez más. En algunos castillos se ven algunos por donde cabría un puño, lo que indica que no usaban un accesorio que los buenos constructores no dejaban atrás. Se trataba, como vemos en el gráfico, de un casquillo de hierro provisto de unas aletas para proteger la piedra del roce del gorrón. Las aletas eran para que el casquillo no girase ya de, de lo contrario, haría el mismo efecto abrasivo en el orificio. Es posible que muchos acabaran desapareciendo a consecuencia del óxido a pesar de que les untaban grasa en cantidad para disminuir el roce y, sobre todo, impedir los siniestros chirridos que siempre son indicio de mal agüero en las noches de luna nueva. Luego, la falta de mantenimiento igual hizo que muchos pasaran de reponer los casquillos desintegrados por el orín, pero bueno, aquí nos movemos en el campo de las conjeturas. Lo ideal sería fabricarlos de bronce, un material inoxidable, pero en aquella época la fundición era mucho más cara que la forja y un herrero se encontraba en cualquier parte, pero un fundidor no. En todo caso, ya saben qué método usaban para impedir un desgaste prematuro en la piedra de las gorroneras, especialmente en las inferiores, que eran las que soportaban el peso de la puerta.

Pero este sistema, aunque sea el más extendido por su incuestionable solidez, no era el único. En puertas de menor peso, como las interiores, o bien porque por su forma o la del pasadizo donde se instalaban no era posible el uso de gorroneras se recurría a los goznes, galicismo tomado del francés gond o gonz, proveniente a su vez del latín bajo
GOMPHVS, que se aplicaba a las piezas articuladas. Básicamente había dos tipos que podemos ver en el gráfico de la izquierda. La pieza A estaba formada por un cilindro unido a una garra que se empotraba en el muro, y la B era la que se fijaba en la puerta mediante clavos. Para unirlas se recurría a un simple pasador. Por razones obvias, la pieza A siempre debía quedar situada debajo para soportar el peso de la puerta. En la parte superior del gráfico vemos otro diseño similar pero, en este caso, difiere la pieza C, que no requiere del perno o pasador ya que está incorporado en la pletina que se une al bastidor de la puerta. 

Por último nos restarían por mencionar las bisagras capuchinas, si bien estas se empleaban solo para postiguillos, contraventanas, alacenas y, en fin, cualquier puerta de poco peso. Estas bisagras aún se ven en viejas casonas y cortijos y tienen, al igual que los demás sistemas mencionados, la ventaja de que permiten desmontar la puerta en un periquete. Constan de dos piezas: la A, en cuyo extremo vemos un cono hueco como un cucurucho de helado puesto al revés y de donde toman el nombre por su apariencia de capucha frailuna, y la B, formada por un cono macizo que entraba en el hueco del cucurucho. Una vez encajadas su aspecto lo vemos en la figura inferior. Se fijaban mediante largos clavos de forja (o sea, no eran redondos, sino de sección cuadrangular) que se clavaban profundamente en la madera. Para afianzar el agarre se les retorcía un poco el extremo, actuando como un rudimentario tornillo. Por cierto, en este caso la pieza B era la que se clavaba en la jamba y la A en la hoja de la puerta. Siempre, recordémoslo, queda por encima la pieza que va unida a la puerta.

Bien, ya sabemos cómo se fijaban las puertas a los vanos pero, ¿cuáles eran sus dimensiones? Las puertas principales eran por norma de dos hojas, prevaleciendo la altura sobre la anchura por una sencilla razón: lo angosto es más fácil de defender que lo extenso. La altura es irrelevante en ese sentido, y siempre podría facilitar el acceso de vehículos que, aunque de poca anchura entre ejes, podían acumular sobre ellos bastantes bultos que contenían bastimentos, víveres, etc. Y si el castillo estaba situado en un lugar donde era imposible el acceso de carromatos, pues bastaba con que la puerta tuviera el espacio necesario para el paso de acémilas con angarillas en las que transportaban lo necesario. Aquí ni siquiera importaba la altura ya que los jinetes se agachaban sobre la montura al entrar o incluso se apeaban y santas pascuas. En las fotos tenemos dos ejemplos que muestran ambos casos: a la izquierda vemos la puerta de acceso del castillo de Santa Olalla, en Huelva, construido a finales del siglo XIII. Como vemos, muestra un vano razonablemente amplio ya que hasta él podían acceder carros para suministrar a la guarnición. Este castillo, construido por orden de Sancho IV, era más un centro de control policial de la comarca que un castillo destinado a defender el territorio ya que, de hecho, se edificó para acabar con los malhechores que infestaban la Vía de la Plata. El de la derecha es todo lo opuesto. Pertenece al castillo de Olvera, en Cádiz, y aparte de estar emplazado en un elevado risco que hace imposible subir incluso a acémilas, su angosto acceso hacía mucho más fácil la defensa de una fortificación enclavada durante décadas en una zona extremadamente conflictiva, la Banda Morisca.

El extremo a lo dicho en el párrafo anterior lo tenemos en las puertas de las cercas urbanas y los postigos y puertas de escape, que precisaban de puertas muy distintas. En la foto de la izquierda vemos el postigo del castillo de Cumbres Mayores (Huelva) que, como era habitual, se encuentra muy bien disimulado entre una torre y un muro avanzado. Es una puerta que solo permite el paso de un hombre y, como se comentó en su día, en caso de asedio eran rápidamente tapiadas para impedir que los enemigos la vulnerasen por ser mucho más débil, o bien que un cuñado alevoso la abriera para dar paso a los invasores. Todo lo opuesto eran las puertas de las cercas urbanas como la que vemos a la derecha, perteneciente al Alcázar de la Puerta de Sevilla, en Carmona. Obsérvese que, además de una anchura superior, el vano tiene una altura de varios metros para facilitar el paso de cualquier artefacto o vehículo con una carga muy especial. Como dato curioso, si se fijan en las partes inferiores de las jambas verán que en su día fueron agrandadas para permitir el paso de vehículos modernos al casco antiguo de la ciudad, que tendría muchos problemas con las furgonetas y camiones de reparto.

Finalmente, veamos las puertas interiores. En este caso, y por sistema, hablamos de vanos angostos y de poca altura que, en algunos casos. incluso obligan a agachar la cabeza para pasar. Los motivos para construirlos así ya los sabemos: solo permitían atacar de uno en uno si los asaltantes lograban introducirse en el castillo, y las torres y demás dependencias se convertían en el último reducto defensivo. Eran puertas de una sola hoja con sus correspondientes gorroneras que casi siempre se pueden ver a ambos lados de los vanos, o bien eran montadas con goznes. La de la izquierda se puede ver en una de las puertas en recodo de la cerca urbana de Niebla (Huelva), y daba paso a la cámara superior de la misma, donde los defensores podían hostigar a los asaltantes a través de la buhera que se abre en la bóveda. La otra es una de las puertas de la torre del homenaje del castillo de Las Aguzaderas, en El Coronil. Como vemos, en ambos casos son vanos en los que un hombre medianamente fortachón tiene que entrar un poco de lado, y derribarlas era prácticamente imposible. 

Bueno, con todo lo dicho no creo que queden dudas sobre el cómo y el por qué de las puertas, así que veamos algunos ejemplos prácticos porque, como digo siempre, un dibujito chulo vale por diez filípicas interminables.

A la derecha vemos el que sería el tipo más común. Se trata de una puerta de doble hoja sustentada mediante gorrones. La parte exterior la forma un tablazón en sentido vertical montado sobre un bastidor con travesaños intercalados con largueros, formando un enrejado. Todas las puertas de este tipo de edificios carecían de batientes, o sea, se instalaban directamente sobre el vano de las formas que ya hemos visto. La estructura de la cara interna aumenta de forma notable la solidez del conjunto sin añadir un peso extra excesivo que, de no ser así, podría acercarse e incluso superar la tonelada en una puerta de buen tamaño. En una de las hojas vemos un postigo asegurado mediante dos cerrojos. Estos postigos eran habituales para el tránsito de personas sin necesidad de abrir la puerta. El conjunto lo cierra un alamud, que era lo normal en una puerta de esas dimensiones si bien en caso de asedio se reforzaban con puntales. También podría tener uno o dos cerrojos para reforzar las partes superior e inferior de la unión entre las dos hojas.

Aunque el sistema más habitual y que veremos casi en la totalidad de la fortificaciones que visitemos es el alamud corredizo, hubo alguno que otro más que no gozaron de tanta difusión, bien por lo engorroso de su manejo, bien por resultar una complicación añadida a la fabricación de la puerta. A la izquierda vemos una tranca basculante que, fijada a una de las hojas, giraba hasta quedar encastrada en las mortajas abiertas en los laterales de mampostería o sillería del vano. Este método es citado por Viollet-le-Duc, pero sin mencionar en qué edificio o edificios lo vio por lo que solo podría reconocerse, caso de dar con una puerta así, por las mortajas donde encajaba la tranca. Sea como fuere, lo cierto es que aportaba más problemas que ventajas. En primer lugar, carecía de la resistencia del alamud convencional, que era introducido un buen tramo en los muros y, como afirma Mora-Figueroa, el peso añadido de la tranca hacía susceptible de descabalgar la hoja donde estuviera montada, dificultando la apertura y/o el cierre de la puerta. 

Recordemos que las hojas debían encajar con facilidad porque pretender forzar un portón de varios cientos de kilos no debía ser ni fácil ni recomendable para no provocarse una hernia chunga. En todo caso, ahí queda constancia de este sistema que, por otro lado, sí se puede ver en algunas fortificaciones pirobalísticas, pero fabricados de hierro como el que vemos a la derecha, que se conserva en el fuerte de Gracia, en Portugal. En esta majestuosa fortificación aún perduran las trancas originales del siglo XVIII que, como se aprecia en la foto, eran mucho más livianas que una viga de madera pero, al mismo tiempo, mucho más resistentes. En el extremo izquierdo de la tranca se puede ver que pende una pletina que se encaja en una cerradura para que nadie la abriera por la cara, que siempre ha habido mucho golfo en las guarniciones militares deseando irse de picos pardos.

En esta otra foto podemos ver con más detalle este tipo de cierre, también del mismo fuerte aunque perteneciente a la puerta del reducto central. Se trata de una gruesa y pesada barra de hierro que gira en el centro de la hoja y que, en vez de con una cerradura, se aseguraba mediante un candado. Para conseguir un cierre más sólido, la hoja derecha tiene montada una falleba como las que aún se usan en los balcones de las casas particulares, pero de dimensiones acordes al enorme portón. De ese modo, además de quedar cerrada por los lados, la puerta era asegurada por los extremos verticales. Obviamente, en este tipo de puertas el alamud medieval ya era historia.

El otro sistema de cierre era mediante un alamud fijado en una de las hojas. O sea, no era corredizo. Se conserva uno original en el castillo de Carisbrooke y otro en la Puerta Narbonnaise de Carcassonne, si bien imagino que esta última no es la original, sino procedente de la restauración de Viollet-le-Duc. Con todo, y a la vista del rigor que solía guiar a este probo ciudadano, cabe suponer que se trata de una réplica fiel a la original. Como vemos en la foto, de la hoja izquierda sobresale la viga que, cuando la puerta se abre, queda alojada en una mortaja labrada en el lateral del pasadizo para permitir una apertura total. En este caso, al igual que el que hemos visto de la tranca basculante, añadía un peso extra a la puerta que posiblemente causaría más de un problema. En todo caso, el cierre se efectuaba encastrando el extremo derecho del alamud en una lengüeta, argolla o similar fijada al muro, asegurando la viga mediante un simple pasador de hierro que la dejaría completamente bloqueada.

En este grabado podemos ver la Puerta Narbonnaise antes mencionada, y donde se aprecia con más claridad el sistema de bloqueo. Como vemos, el extremo de la viga tiene una acanaladura que encaja en una de las argollas que se ven en el muro de la derecha. De una de ellas pende un pasador unido a la misma con una cadena, y que se introduciría por la viga y la argolla para bloquearlas. En el paramento izquierdo se ve claramente la mortaja destinada a dar cabida al alamud cuando se abre la puerta y, como algo excepcional, e intuyo que de cosecha propia de Viollet-le-Duc, dos cerrojos verticales, uno en la hoja izquierda hacia arriba y otro en la derecha hacia abajo. Ignoro si se colocaron basándose en pruebas contundentes, porque el tacón de piedra central tenía ante todo la misión de impedir que la puerta se venciera por el peso, y habría que ver de cerca dónde se alojaría el cerrojo superior pero, en fin, le daremos a este hombre el beneficio de la duda aunque no sería raro que dichos cerrojos procedieran de alguna reforma posterior a la Edad Media

En esta otra ilustración mostramos una puerta provista de dos alamudes y un cerrojo que, en este caso, sí podía asegurarse con una cerradura. A la derecha vemos un sistema bastante eficaz para prevenir sorpresas en caso de asedio, el tablacho tapiador. Consistía en una barrera formada por gruesos tablones encajados en dos acanaladuras situadas a ambos lados del pasadizo y a una determinada distancia de la puerta. El espacio libre se llenaba de tierra mezclada con cascotes y se colmataba bien. Esto permitía asegurar la puerta con más rapidez que el tapiado que se llevaba a cabo en los postigos y, del mismo modo, hacía más fácil su eliminación cuando pasase el peligro o hubiese que optar por la rendición tras dos semanas comiendo suelas de botas y bebiendo orines. Además, la masa de tierra amortiguaba los efectos de los arietes, caso de usarlos el enemigo.

Otra forma de lograr una estructura muy sólida sin necesidad de aumentar el peso de la puerta era instalar por la parte trasera una estructura de panal similar a una celosía. La hemos recreado en una puerta ojival para que se aprecie claramente la disposición de los goznes, más habituales en este tipo de puertas porque el arco hacía más complicada la instalación de los gorrones. Ese entramado enteramente claveteado a los tablones de la cara exterior, formaban un conjunto de una robustez de primera clase ya que se contraponía el sentido de la veta en toda su extensión, a lo que habría que añadir el de la parte externa. Por lo demás, al igual que las anteriores le hemos plantado su alamud y, de regalo, un lustroso cerrojo. El postigo, que también tenía su entramado, está unido a la puerta mediante goznes y cerrado con un par de cerrojos. Esta recreación está basada en la puerta del castillo de Carisbrooke, que además está reforzada por varios flejes de hierro.

Pero el mayor peligro para las puertas no eran los arietes, sino el fuego. En muchas ocasiones, la situación de la puerta impedía adosarle máquinas de batir, aparte de que, como se ha hablado en otras ocasiones, al ser una zona muy bien defendida se optaba por abrir una brecha en la muralla. No obstante, una buena andanada de faláricas siempre era una amenaza a tener en cuenta, por lo que muchos optaban por blindar la puerta con chapas de hierro o bronce tal como en la ilustración de la derecha. Como vemos, el blindaje lo conforman tiras metálicas clavadas sobre la cara exterior y que se solapan para impedir que entre el agua y haga estragos tanto en el hierro como en la madera. Obsérvese que en la parte superior del postigo también se ha añadido una pequeña visera con el mismo fin. En España se conserva una puerta de este tipo con su blindaje original en el castillo de La Calahorra, en Granada.

Otra forma de prevenir los efectos del fuego era el encorado, o sea, un revestimiento de cuero que impediría o retardaría la acción de cualquier ingenio incendiario. Una observación: recordemos que muchos castillos disponían de buzones matafuegos para eliminar de inmediato cualquier conato de incendio. Como ya podrán imaginar, no ha llegado a nuestros días ninguna puerta de este tipo, así que hemos echado mano a la imaginación para recrear cómo podría ser una de ellas. En este caso, hemos reforzado el revestimiento con láminas de metal y una abundante clavazón para mantener el cuero bien fijado a la madera ya que el paso del tiempo, la lluvia y el calor lo dilatarían y contraerían constantemente. Este sistema, aunque barato y razonablemente eficaz, no debía ser muy resistente y necesitaría un mantenimiento bastante regular. Es posible incluso que se recurriera a un encorado de circunstancias, como se hacía con las tortugas, bastidas y demás máquinas de aproche. Es decir, ante la perspectiva de recibir visitas non gratas, rápidamente echaban mano de un montón de pieles crudas y la clavaban hasta cubrir la totalidad de la puerta, y cuando las visitas se largaban en buena hora se quitaban y sanseacabó.

Un sistema para evitar que un grupo de héroes les diese por echar mano a un tronco e intentar derribar la puerta es el que vemos a la derecha, donde hemos reconstruido la puerta del castillo de Pedraza, en Segovia. Esa puerta, erizada de petos piramidales de hierro, haría que cada vez que se golpeaba en ella el extremo del tronco se clavaría, teniendo que tirar de él una y otra vez mientras que los golpes lo irían desmenuzándolo poco a poco. Eso sí, si la puerta era golpeada con un ariete provisto de cabeza metálica los petos no servían de nada. Como curiosidad, en la India sí era habitual dotar a las puertas de una hilera de largas puntas formando una franja más o menos ancha en el centro de la misma, pero en esos casos no era para fastidiar arietes, sino la testuz de los elefantes que usaban para empujar las puertas y echarlas abajo aprovechando la descomunal fuerza de esos animalitos. Francamente, siempre he pensado que esta puerta, de la que no hay otra igual en España, estaba concebida para ejercer un efecto disuasorio más que real porque, lo repito una vez más, las puertas eran por lo general el último sitio en el que se concentraban los ataques de los enemigos, más preocupados por echar abajo un tramo de muralla a golpe de ariete o bolaño, cavar una mina o tomarla por asalto. Por cierto, acabo de caer en que ni un solo cuñado del planeta se atrevería a llamar a una puerta así so pena de dejarse los nudillos convertidos en comida para gatos, así que tomen nota de la idea.

Y por añadir una más, en esta otra ilustración recreamos una puerta reforzada con flejes de hierro. Es un sistema que se conserva en algún castillo foráneo y que, como vemos, consistía en revestir ambas hojas con un entramado a base de pletinas de hierro embutidas en la madera. Como es obvio, la solidez del conjunto aumentaría de forma muy notable, pero con el inconveniente de que, en caso de necesitar reponer uno de los tablones, había que desmontarlo, hacerle las mortajas al nuevo y volverlo a clavar. En fotos antiguas de algunas puertas de época se observa que, casi por sistema, se optaba más por parchear de mala manera que por llevar a cabo una reparación decente, y se ven partes con un añadido tras otro encima hasta el extremo de dar la impresión de que dándole dos patadas se desintegraría. Sea como fuere, lo cierto es que cuando los castillos que montaban estas puertas fueron abandonados no tardarían mucho en ser víctimas de expoliadores en busca de materiales caros como las rejas, la madera y todas las guarniciones de hierro que pudieran pillar. 

Bueno, con estos ejemplos ya nos hemos ilustrado de cómo eran las puertas de los castillos que, según vemos, no tienen mucho que ver con las burdas réplicas que se fabrican actualmente para reponer las originales. Veamos para terminar las puertas de una sola hoja válidas para interior o para postigos y demás salidas secretas por si se presentaba la familia política sin avisar.

A la derecha vemos en primer lugar la más habitual, una puerta rectangular aunque el vano tuviese un arco apuntado, de medio punto, quebrado o de cualquier tipo. La bóveda interior, mucho más alta, permitía usar una puerta de ese tipo de forma que ocultaba la totalidad del hueco a cubrir. Para asegurarla la hemos dotado de un pequeño alamud y una aldaba si bien también podría tener cerrojos. También se le ha añadido una pequeña aspillera triangular para, caso de ver la torre invadida por los enemigos, poder hostigarlos y vigilar sus movimientos. La siguiente es una puerta de hoja con arco apuntado. 
Estas puertas solían estar embutidas en un rebaje practicado en el vano de forma que por fuera quedaban enrasadas con el muro. Por ese motivo, el larguero donde se colocaban los gorrones debía sobresalir por su parte superior ya que de lo contrario no podría abrirse la puerta. De hecho, para este tipo era más viable el uso de goznes, como vimos anteriormente ya que facilitaban el montaje y, por su menor peso, podían resistir sin problemas. En cuanto a los cierres, pues los habituales. No había mucho donde elegir, pero lo cierto es que los huecos para los alamudes los he visto hasta en las letrinas, imagino que para usarlas de escondite en caso de ser asaltados porque para preservar la intimidad bastaría un pequeño cerrojo. 

Por cierto que, en algunos casos, los alamudes de estas puertas menores no se corrían de un lado a otro, sino que eran introducidos por unos rebajes practicados en el muro del pasadizo. O sea, no estaban permanentemente embutidos en el muro, sino que se colocaban según la necesidad tal como vemos en la foto de la izquierda. Sombreado en rojo podemos ver los rebajes hechos en la piedra para deslizar los alamudes. En el lado opuesto hay dos huecos de escasos centímetros de profundidad donde se introducían en primer lugar. Luego se encajaban en los rebajes de la foto y se deslizaban hasta su posición correcta. En la ilustración hemos recreado una poterna en la que también se ha marcado de rojo uno de estos rebajes para que podamos verlo con más claridad. Este sistema, aunque menos sólido que el alamud convencional, tenía la ventaja de que, en caso de deterioro, no había que hacer una obra en toda regla para sustituirlo, sino simplemente tirarlo y fabricar uno nuevo ya que cuando la puerta permanecía abierta el alamud era un simple palo cuadrado apoyado contra la pared como una escoba.

Bueno, con esto terminamos por hoy. Cuando visiten un castillo y, como por desgracia es habitual, lo vean despojados de toda su carpintería, al menos podrán cerrar los ojos un instante e imaginar cómo serían las puertas que lo cerraban. Antes de concluir, una aclaración: salvo las recreaciones basadas en ejemplares que aún subsisten a duras penas, las demás están inspiradas en descripciones y en las técnicas al uso en la época. Como ya podrán imaginar, había tantos diseños como castillos, y aquí nos hemos centrado ante todo en tipologías habituales en lo tocante a su solidez y no en los diferentes tipos de tachones, añadidos decorativos o si el alamud era todo de madera o tenía refuerzos de hierro, porque es simplemente imposible de saber cómo eran en cada caso. De hecho, en los ejemplares que se conservan se puede ver claramente la cantidad de modificaciones que han sufrido a lo largo del tiempo, y es frecuente que la datación varíe hasta en un siglo arriba o abajo. 
Para terminar, dejo la cara interior de la puerta del castillo de Durham, un ejemplar en un estado más que aceptable que muestra un montaje sobre goznes y un curioso cerrojo que cierra al revés, o sea, entrando en el lateral del muro. Como podemos comprobar, la creatividad de los que diseñaban y fabricaban estas puertas era notable.

En fin, s'acabó lo que se daba, amén.

Hale, he dicho

Puertas de carros y peatonal del castillo de Vila Viçosa, en Portugal. No son las originales, pero no
me digan que el conjunto no es chulísimo de la muerte. Es una pena que no repongan el puente
de la puerta de carros porque el efecto sería suntuario 

jueves, 31 de enero de 2019

Buzones matafuegos


Reducir a pavesas el grueso portón de un castillo era la mejor forma de acceder al mismo en caso de no disponer de medios
más sofisticados. Sin embargo, los defensores no eran tan memos como para no prever que algo así podía ocurrir

Es de todos sabido que el fuego quema una cosa mala, y a lo largo de las entradas que se han dedicado a las armas incendiarias hemos podido ir viendo las maldades que el hombre ha ideado a lo largo del tiempo para achicharrar a los enemigos. Desde los tiempos más remotos, el fuego ha sido un valioso auxiliar en los asedios en sus formas más diversas: flechas incendiarias, faláricas, fuego griego lanzado en vasijas con fundíbulos o balistas y hasta con cometas o incluso usando bichos como gatos o palomas a los que, muy a su pesar, se les adosaban pequeños recipientes con mixturas para que se colasen dentro de la fortaleza y la convirtiesen en una puñetera tea. No obstante, y a pesar de que esto de los bichos incendiarios suele ser un tema bastante recurrente en los manuales de poliorcética medievales, tampoco hay constancia de que llegaran a emplearse. Sea como fuere, lo cierto es que el empleo de substancias y/o ingenios incendiarios solían ser una tónica habitual en los asedios. 

Acceso al castillo de Bodiam (R.U.) En este caso,
el rastrillo precede a la puerta, por lo que intentar
incendiarla era casi imposible ya que los rastrillos
solían reforzarse además con flejes de hierro
El tema de hoy va precisamente de dispositivos para impedir la propagación del fuego en la parte en sí misma más vulnerable de un castillo: la puerta. Sin embargo, hemos visto que, por lo general, estas no solían ser el objetivo principal a la hora de intentar abrir una brecha en sus defensas, sino usando medios mucho más complejos como el minado de una muralla, con máquinas de aproche o adosando un ariete para derribarla. ¿Por qué entonces no ir directos a por la puñetera puerta? Bueno, la razones serían varias... estaban mejor defendidas, en algunos casos por potentes barbacanas que las convertían en un objetivo cuasi inexpugnable; en otros se trataba de complejos sistemas de puertas en recodo con patios o pasillos interiores provistos de rastrillos y varias puertas consecutivos o, por poner un ejemplo más, porque estaban situadas en lugares donde era imposible hacer llegar un ariete. Solo cuando las murallas eran imposibles de minar, o porque el ejército sitiador no disponía de maquinaria para intentar abrir una brecha o alguna circunstancia similar era cuando se plantearía el intentar invadir el recinto destruyendo la puerta. ¿Con qué medios? Dependiendo de la época se usaron diversos métodos. En esta entrada se detalló como volarlas en pedazos, pero este sistema solo pudo emplearse cuando la pólvora se introdujo en Europa y, por otro lado, siempre y cuando se dispusiera de un maestro artillero con todo lo necesario, porque la pirobalística no era ni remotamente una ciencia al alcance de cualquiera y, obviamente, los conocedores de tal oficio guardaban sus secretos profesionales como un político su poltrona para poder cobrar jugosos estipendios por sus servicios. En circunstancias normales, no quedaba otra opción que meterle fuego a la puerta, porque eso de coger entre una docena de cuñados un tronco y liarse a porrazos contra el portón para intentar derribarlo es una chorrada de películas. Desde las torres que defendían la puerta acribillarían en un periquete a los valerosos arieteros y aquí paz y después gloria.

Tortuga incendiaria diseñada por Von Eyb. La tortuga
avanzaba hasta la puerta, momento en el que sus servidores
empujaban con el tridente la fajina ardiendo contra
la misma y se retiraban a la espera de que surtiese efecto
Así pues, para intentar incendiar las puertas se recurría a determinados ingenios que ya se mencionaron en esta entrada y con los que, con un poco de suerte, lograrían que al cabo de unas horas la maldita puerta se viera reducida a cenizas. Caso de no disponer de este tipo de artificios o de mixturas incendiarias, siempre quedaba como último recurso algo tan básico como apilar leña junto a la puerta debidamente protegidos por manteletes, rociarla con aceite o brea y meterle fuego sin más historias. Si se salían con la suya, eso implicaría poder invadir el recinto siempre y cuando no hubiera tras ella otra puerta o un rastrillo, pero ya vemos que en muchos de los castillos que visitamos no disponían de más medios para impedir la entrada que una única puerta. ¿Qué hacer entonces? Pues intentar apagar el fuego, naturalmente. Es lo que se hace cuando el enemigo quiere incendiarla o cuando a la parienta se le inflama el aceite del perol, se pone de los nervios, lo derrama y sale ardiendo media casa si no se actúa con la debida presteza. Veamos pues de qué medios se valían estos probos defensores para que no les dejaran la puerta chamuscada porque el seguro de hogar no cubría daños en caso de asedios...

Ante todo, en previsión de que a un hipotético sitiador se le pasara por la cabeza incendiar la puerta se la revestía de materiales ignífugos, por lo general chapas de hierro o flejes. Está de más decir que esto costaba un pastizal que no siempre era posible reunir, por lo que quedaba una segunda opción más económica que era la misma que usaban los sitiadores para proteger las tortugas, bastidas y demás máquinas de aproche: encorarla, o sea, cubrirla de pieles crudas. Pero no surte el mismo efecto una flecha incendiaria que una tonelada de leña bien rociada de aceite que en no mucho tiempo reduciría a cenizas las pieles, así que no garantizaba en modo alguno que la puerta resistiera salvo que se lograse apagar el fuego. Por último, y en caso de carecer de todos los medios anteriores, siempre se podía empapar la madera del portón con agua para retrasar su combustión. Pero, con todo, estamos ante el mismo caso de las pieles: si no se lograba contener el fuego con prontitud acabaría ardiendo.


Pinchar la imagen para verla con más detalle
En los gráficos de la derecha podemos ver diversos tipos de protecciones. Están basados en las poquísimas puertas originales que se conservan ya que, como podemos suponer, el tiempo, los expolios y la carcoma fueron dando buena cuenta de ellas en su día. La figura A presenta una puerta forrada con láminas de chapa de hierro reforzada con flejes del mismo material. La figura B está solo forrada por láminas de chapas solapadas y clavadas. La C con un flejado horizontal simple, y la D con flejes formando un enrejado. Los flejes eran obviamente más baratos ya que en aquellos tiempo la chapa solo se podía obtener mediante batido, o sea, con varios herreros golpeando un trozo de hierro hasta obtener una chapa de 1 ó 2 mm. de espesor más o menos uniforme. Cubrir un enorme portón con chapas elaboradas con ese sistema era un proceso largo y, sobre todo, asquerosamente caro. Así pues, el que no disponía de medios para ello se tenía que conformar con el flejado, que al cabo se obtenía de forma similar pero sin cubrir por entero la madera. De ese modo, al menos, se intentaba mantener la estructura de la puerta aunque la madera hubiese prendido mientras que los defensores intentaban apagar el fuego. El fijado de estas piezas se hacía con clavos cuyas puntas eran dobladas por la parte interior para impedir su extracción.


Buhedera del castillo de Cumbres Mayores
(Huelva). Llegado el caso, podía usarse para verter
agua, pero su excesiva altura no facilitaba las cosas
Con todo, estos sistemas no garantizaban ni remotamente que la puerta no acabara incendiándose. Por un lado, en el momento en que las planchas de hierro superaban los 350-400º que es la temperatura de combustión de las maderas duras como el roble o el nogal, aunque no estuviera en contacto directo con las llamas la puerta empezaba a arder. Y por otro, si algún perverso sitiador tenía ciertos conocimientos sobre mixturas sabía que bastaba añadir cal viva para que al intentar apagar el fuego con agua este se volviera aún más virulento. De ahí que, generalmente, se tuvieran provisiones de vinagre porque era lo que podía apagar o aminorar los efectos de este tipo de mixturas incluyendo el fuego griego. Por último, siempre quedaba el recurso de la arena para ahogarlo. Pero, ¿cómo verter cualquiera de estas substancias justo encima del puñetero fuego? Generalmente, las ladroneras eran una opción eficiente, y por norma casi todas las puertas solían estar defendidas por una de ellas. Permitían arrojar verticalmente cualquier cosa, desde brea hirviendo para achicharrar atacantes a una meada despectiva contra el enemigo. Pero las ladroneras eran por lo general de pequeño tamaño, y si lo ocupaban los "bomberos" de circunstancias lo inutilizaban para poder seguir hostigando al enemigo. Otra opción eran los matacanes, pero estos se ubicaban en el coronamiento de murallas y torres, por lo que la altura hacía que la distancia a recorrer por el agua desde que era vertida hasta llegar al suelo, 6, 8 o más metros, podría ser motivo sobrado para que ni siquiera cayese sobre el fuego debido al aire. Así pues, lo más eficaz era crear un dispositivo destinado exclusivamente a verter lo necesario para apagar lo que fuera, colocado justo encima de la puerta y con la anchura y la situación ideales para crear una cortina de líquido que apagase las llamas antes de que sus efectos empezaran a notarse. Hablamos de los buzones matafuegos.


En la foto de la derecha vemos el que quizás sea el más conocido, construido por el alarife mudéjar Alí Caro en el acceso del castillo de Casarrubios del Monte (Toledo), hacia 1496. Curiosamente, estos dispositivos llegaron a España en una época bastante tardía, cuando la artillería ya gozaba de una amplia difusión. En otras zonas de Europa ya estaban en uso en el siglo XIII. En este caso, vemos el vertedero situado en la parte inferior del alfiz que enmarca la puerta. Como vemos, el buzón no permitía otra cosa que arrojar más que líquidos o arena ya que su estrechez no daba para más y su uso ofensivo se limitaría en todo caso a lanzar brea hirviendo o arena calentada al fuego que, como sabemos, era un medio sumamente eficaz para quitarle las ganas al personal de seguir combatiendo al sentir como los granos ardientes se le colaban por todas partes.


Como se ve, los encargados de ejercer de bomberos
permanecían en todo momento a salvo de los proyectiles
enemigos
La ubicación del buzón podía variar en función de la puerta. En caso de que estuviera un poco retranqueada, la abertura se colocaba en el suelo del adarve o de la cámara superior donde se encontrase el vano de la puerta tal como vemos en la figura A. Si por el contrario tenía la posición convencional prácticamente a ras de la muralla, el buzón se abría directamente en la fachada, añadiéndole en un momento dado un rebaje para intentar acercar al máximo posible el chorro de agua a las llamas (Fig. B). Como ya podemos suponer, en caso de que los defensores vieran que el enemigo hacía los preparativos para incendiar la puerta, que no era una operación que se pudiera llevar a cabo sin que nadie se percatara de nada salvo que fuera de noche cerrada y en el más absoluto silencio, debían hacer un gran acopio de agua o arena en el adarve. Cientos de kilos de madera ardiendo con la ayuda de decenas de litros de aceite o brea no se apagaban así como así. 


Un ejemplo muy ilustrativo lo tenemos en el castillo de Coca, en Segovia, construido durante la última mitad del siglo XV por don Alfonso de Fonseca, arzobispo de Sevilla. Este castillo, paradigma de la arquitectura militar estilo mudéjar en España, consta de una muralla exterior cuya puerta principal, que se encuentra situada en el flanco oriental y que  vemos en la foto de la izquierda, estaba perfectamente protegida por dos torres y un matacán corrido que ocupaba toda la fachada. Como vemos, este matacán podía ser usado sin problemas para apagar posibles incendios. Sin embargo, la puerta del recinto principal, situada al norte y que aparece en la foto de la derecha, no contaba con ningún dispositivo de defensa salvo las dos torres que flanquean la muralla donde se abre. Así pues, para prevenir intentos de incendiarla en caso de que el enemigo lograra rebasar el primer perímetro defensivo, se labró un buzón matafuegos que podemos ver en la foto de la derecha y que por su morfología es muy similar al de Casarrubios, incluyendo incluso el rebaje labrado en el vertedero. 

En otros casos se optaba por soluciones más básicas, como el que se puede ver en el protobaluarte del castillo de Trujillo, construido a finales del siglo XV en el contexto de las obras que se llevaron a cabo por orden de los Reyes Católicos, precisamente para adaptar en lo posible la fortaleza al uso de la artillería. Este buzón, que marcamos con una flecha para no confundirlo con un buzón artillero, se abre en una cámara interna del baluarte y, como vemos, era un simple vertedero situado justo encima de la puerta de acceso al recinto. Justo es reconocer que acercarse a esa zona con intenciones aviesas era cuasi suicida porque estaba defendido por las torres y la muralla que aparecen en la imagen pero, en todo caso, tuvieron la previsión de construir un dispositivo hidráulico, lo que tampoco estaba de más considerando los quintales de pólvora que se almacenaban dentro del recinto y que, llegado el caso, podían literalmente volatilizarlo en caso de explotar a causa de un incendio.



Ya fuera de España nos encontramos con buzones más sofisticados, como el del castillo galés de Caerphilly (Reino Unido), construido durante el tercer cuarto del siglo XIII. Este buzón forma parte de un sofisticado sistema defensivo para una puerta que, como vemos en la foto, está totalmente indefensa al carecer de ladroneras o cualquier otro medio para tener a raya a posibles agresores. Se encuentra en una cámara situada sobre la puerta en cuyo interior, además del vertedero, están los mecanismos del rastrillo que hay a continuación de la puerta principal. En el suelo de dicha cámara se abren además cuatro buhederas desde las que se podía hostigar a los enemigos que lograsen franquear la puerta y se vieran bloqueados por el rastrillo, momento que los defensores aprovechaban para verter sobre ellos brea, azufre o vinagre hirviendo y hacerles ver que lo más sensato era largarse de allí echando leches si no querían verse convertidos en momias calcinadas, que se le queda a uno un aspecto de lo más desagradable. 

Bueno, ya no queda más que añadir. Obviamente, la vida operativa de los buzones matafuegos desapareció en el momento en que las fortificaciones de traza italiana empezaron a relevar a los añejos castillos medievales, y en esos casos la amenaza provenía de la artillería enemiga y no de sus intentos por incendiar la puerta, labor por otro lado muy complicada debido a la enorme anchura de los fosos de este tipo de fortalezas. En todo caso, ya tienen una cosilla más para añadir a sus conocimientos castellológicos y darle el día al cuñado fiel seguidor de los pésimos documentales del Canal Historia ese.

Hale, he dicho

Buzón matafuegos del castillo de Zamora, muy similar al de Caerphilly pero en esta ocasión por partida doble. En el
detalle de la izquierda podemos ver el aspecto de los vertederos. El murete, casi desaparecido, era para impedir que
los defensores quedasen expuestos al enemigo mientras arrojaban agua. En el detalle de la derecha tenemos una panorámica
desde abajo de los mismos. Por su anchura, la cortina de agua cubriría prácticamente toda la puerta. Por cierto, obsérvense
las dos poleas de madera que aún perduran en el paramento y que servían, como ya podemos suponer, para las cadenas
del puente levadizo que permitía salvar el foso

Entradas relacionadas:

LADRONERAS

BUHEDERAS

CADALSOS


MATACANES

martes, 26 de abril de 2016

El almete italiano


Hace ya bastante tiempo se dedicó una entrada sobre este tipo de yelmos tan molón que, como se comentó, podríamos decir que era la culminación tecnológica de todos los diseños creados para proteger los aristocráticos cráneos de sus propietarios. Así mismo se estudiaron las dos variantes de los mismos, si bien no en profundidad sino de una forma más generalista. Así pues, creo que no estaría de más profundizar en la que tuvo más difusión durante su larga vida operativa ya que tuvieron bastante aceptación, aparte de en Italia, en España, Francia e Inglaterra. De hecho, los arneses provistos de almetes que se conservan en las diversas armerías de estas naciones son mayormente de manufactura italiana, exceptuando las fastuosas piezas tedescas adquiridas por el césar Carlos que, fiel a sus orígenes germánicos, solía tirar más para su tierra. Por cierto, una aclaración antes de proseguir: el hecho de que un arnés fuese de estilo italiano no quiere decir que necesariamente estuviera fabricado en Italia, ya que en los centros armeros de Europa proliferó este estilo de la misma forma que hoy día se fabrica la ropa siguiendo la misma moda en todas partes. Un ejemplo sería el ejemplar que vemos en la foto superior, manufacturado en Flandes hacia 1500.


A modo de recordatorio echemos un vistazo a a imagen de la derecha, en la que vemos las diferentes partes que constituían uno de estos yelmos. Por norma eran cinco: la calva, con su larga lengüeta trasera donde se apoyaban cada una de las dos yugulares, el casquete frontal que daba forma a la parte superior de la ocularia y, finalmente, el visor. Aparte, lógicamente, estaban las piezas de menudeo como bisagras, aldabillas, tetones, etc., así como su peculiar varaescudo colocado en la nunca y cuya disposición y uso ya se estudiaron detalladamente en la entrada que se dedicó en su momento al sistema de fabricación de estos yelmos y que pueden vuecedes consultar aquí.

La pieza con una datación más antigua que se conserva pertenecía según Ewart Oakeshott a la armería de los Trapp, en el castillo de Churburg para, posteriormente, ser adquirida por un coleccionista particular. Dicho ejemplar, que podemos ver en la foto de la izquierda, está datado según qué autor entre 1410 y 1430, y su manufactura es atribuida al armero milanés Petrolo da Fagnano. Una de sus características más señaladas es la peculiar forma de asegurar el cierre, que hemos recreado sobre la foto original. Esta consistía en una tira de cuero o tela fuerte que circunvalaba el cuello del yelmo para asegurarlo con una corregüela que era anudada en el cogote. De la hilera de orificios de vemos en el borde inferior de la yugular se fijaba un camal de malla destinado a proteger el cuello sin restarle movilidad. O sea, que se podría decir que este almete era en algunos aspectos similar a los bacinetes de pico de gorrión y los klappvisier pero, curiosamente, en este caso está desprovisto de visera ya que no hay rastro de la existencia de goznes o bisagras que lo sustentaran. En definitiva, este curioso almete contenía rasgos propios de diversas tipologías, como si fuese una especie de compendio de lo fabricado hasta aquel momento.


Otro ejemplar también bastante temprano es el que vemos a la derecha y que ya presenta alguno de los rasgos que definen por norma los almetes. Esta pieza, atribuida al milanés Balzarino da Trezzo y datada entre 1420 y 1430, muestra la hilera de tetones perforados para cerrarlo mediante una corregüela que, en este caso, debería además tener su correspondiente camal de malla ya que no se observan perforaciones en el borde inferior del yelmo. Como elementos, digamos, ajenos a esta tipología, tenemos por un lado la peculiar forma de peine del visor, y por otro el cierre delantero efectuado mediante una palometa. Este almete, que actualmente no conserva el visor que hemos añadido para mostrar cómo sería su apariencia original, debía estar concebido para justar o combatir a pie ya que, eliminando dicho visor tal como se hacía con los bacinetes, permitía a su dueño un mayor campo visual sin el inconveniente de dejar el rostro desprotegido.

A lo largo del segundo cuarto del siglo XV se generó el almete tal como lo conocemos, conviviendo con el bacinete de pico de gorrión hasta aproximadamente 1450, cuando esta tipología empezó a caer en desuso ya que los almetes brindaban una protección muy superior en todos los sentidos. En la figura A tenemos el que sería el diseño más primitivo, que se caracterizaba por su carencia de forma en el mentón y por que la abertura para el rostro era más pequeña en comparación a sus sucesores. Por otro lado, el cierre mediante corregüelas desaparece a favor de un sistema de tetones implantado en la parte delantera y por detrás, donde las yugulares se fijaban a la estrecha lengüeta curvaba que descendía desde la calva. La figura B presenta una tipología posterior, en la que ya se empieza a dibujar, si bien aún de forma discreta, una leve curvatura en la zona del mentón que, además, aumenta el ángulo de deflexión de esa zona para desviar con más facilidad los lanzazos, tajos, etc. dirigidos a la cara. Así mismo, la parte del cuello ya no cae recta hacia abajo, sino que presenta un saliente cuya misión era detener o desviar los golpes de espada y demás armas de corte que impactasen en los laterales para que no acabaran en el hombro.

El visor es una pieza que merece un par de observaciones. Según vemos en la foto de la derecha, la parte superior estaba terminada formando un ángulo respecto al conjunto de la pieza para, tal como se muestra en las flechas, desviar hacia arriba cualquier objeto punzante, especialmente flechas o virotes, impidiendo de ese modo que penetren por la ocularia. Lo mismo tenemos en el borde del yelmo, que ofrece un saliente con idéntico cometido. Otro detalle a tener en cuenta es la pequeña argolla que remata el pasador del visor, lo que ha hecho pensar a más de un autor que, tal como se hacía con los bacinetes, estos pasadores podrían ir provistos de una cadenilla para no perderlos cuando se removía el visor a la hora de combatir a pie. No obstante, conviene señalar que nunca ha aparecido ningún bacinete provisto de este tipo de pasador con las cadenillas de marras. Por último, tengamos en cuenta otro detalle prácticamente común en esta tipología, y es el orificio situado en la calva, destinado a alojar un vástago que actuaba de soporte para las cimeras.

Dicho soporte lo podemos ver a la izquierda. El sistema de anclado era asaz ingenioso, y permitía una fijación bastante sólida en el orificio que vemos en la vista superior de la calva de un almete. Básicamente era una barra de hierro cuyo tercio inferior se dividía en tres, actuando las dos partes laterales como resortes. Al final del todo se practicaban unas muescas para el bloqueo de la pieza. A la hora de colocar el vástago se apretaban los resortes antes citados y se introducían por el orificio de forma que coincidiese con la muesca del mismo para, a continuación, girarlo 180º y soltar ambos resortes. La pieza quedaba sujeta al yelmo tal como vemos en la imagen de perfil. La rosca superior era para fijar la cimera. En la imagen superior mostramos un detalle de "La Batalla de San Romano", de Paolo Uccello, en la que se ven varios hombres de armas cada uno con su correspondiente cimera. Lógicamente, la longitud de la barra estaba condicionada por el diseño de la cimera.

Sin embargo, a pesar de su espléndido diseño, el almete italiano tenía un punto flaco, y era la unión entre las yugulares, especialmente por la parte delantera. Un golpe propinado con un arma contundente podría en un momento dado doblar una de ellas y abrir el yelmo, por lo que empezó a generalizarse el uso de barbutas- una combinación de gorguera y gola- como la que vemos en la ilustración de la derecha. Estas piezas de refuerzo tenían su origen en las usadas en los torneos, colocadas delante del yelmo para impedir que un lanzado en plena jeta le hundieran al personal el yelmo y las muelas. Pero las barbutas de torneo protegían solo la parte izquierda del rostro ya que por ahí vendría el golpe del adversario, así que a alguien se le ocurrió fabricar ejemplares de guerra que protegían ambos lados. Como vemos, no solo cubrían la parte inferior del yelmo, sino también el cuello y la parte superior del pecho. Sus launas estaban articuladas y se fijaban mediante una o, más raramente, dos correas que se abrochaban generalmente al lado izquierdo mediante hebillas. Al parecer, el varaescudo de la nuca tenía la misión de proteger esta correa de los tajos propinados por detrás. Si se partía ésta, obviamente la barbuta se iba a hacer puñetas. Para levantar el visor, observemos que tenían en el borde superior derecho una muesca donde encajaba un tetón que permitía subirlo o bajarlo con facilidad. Este detalle delataría a cualquier almete que tuviera previsto el uso de una barbuta.

Caso de no usar barbuta, la defensa del cuello quedaba encomendada a un camal de malla que, tal como se comentó al principio, podía ir fijado a la tira de cuero que cerraba el yelmo o bien, como en el caso de la foto de la derecha, a una lámina de hierro perforada que previamente había sido unida al yelmo mediante remaches. Las flechas marcan los tetones perforados que cerraban este almete mediante un simple cordón o una fina tira de cuero. En este caso se prescindía del varaescudo ya que no tenía mucha utilidad que digamos. Y como todo tiene sus pros y sus contras, mientras que la barbuta impedía mover la cabeza en cualquier dirección que no fuese hacia el frente- recordemos que, al cabo, era un accesorio proveniente de los torneos- el camal de malla dejaba una total libertad de movimientos a la cabeza. Lógicamente, se podían añadir bajo el mismo protecciones adicionales como un manto de obispo que, para los que no lo recuerden, eran unas golas de malla muy tupidas, fabricadas con anillas muy pequeñas y generalmente en una proporción de 6 a 1, lo que las hacía más espesas que la habitual de 4 a 1. En la foto superior derecha se puede ver un soberbio ejemplar conservado en la Colección Wallace de Londres.

La evolución de estos yelmos tampoco supuso cambios notables en su aspecto general. Aparte del antes citado respecto al aumento del perfil en la zona del mentón, se crearon piezas como la que vemos a la izquierda, en las que la articulación del visor quedaba oculta de forma que un tajo no pudiera alcanzarla y lo arrancase. También se aumentó el tamaño del crestón y el brocal del cuello para desviar golpes. Y, por último, el visor se hizo aún más agudo, en forma de pico de gorrión, muy adecuados para escupir hacia los lados cualquier objeto punzante. Como detalle a tener en cuenta, observemos que el ventalle solo está perforado por el lado derecho, norma esta que era habitual para no debilitar el lado opuesto que es por donde provenían los golpes salvo que el enemigo fuese zurdo, cosa que en aquella época debía escasear más que cervecerías en el Sáhara debido a que se corregía al personal desde muy críos, pensando que era una "desviación" impropia de hombres. De hecho, esta absurda costumbre ha perdurado hasta no hace demasiados años.

Por último, comentar otro par de detalles. Por un lado, los orificios que algunos solían tener en los laterales para mejorar la audición. Estos orificios solían estar distribuidos de forma circular, y en muchas ocasiones rodeados de algún grabado geométrico. Recordemos que los almetes eran unos yelmos que se ajustaban mucho a la cabeza, por lo que la posición de estos orificios debía estar perfectamente calculada para que no perdieran su utilidad. El otro detalle radica en la posición del portaplumas que, al carecer de espacio para colocarlo en la nuca, su ubicación habitual en cualquier yelmo, se fijaban en la parte trasera izquierda tal como vemos en la foto. ¿Que por qué en la izquierda? Pues para que el plumerío no estorbase en un momento dado al manejar la espada o la lanza, empuñadas con la derecha como era habitual. 

Un close helmet. O sea, un almete de diseño alemán por
mucho que los british le den otro nombre
En fin, esto es lo que ha dado de sí el tema. Con todo, como ya se comentó en alguna entrada anterior, este emblemático yelmo aún perduró hasta finales del siglo XVI y comienzos del XVII, y ya sin uso bélico hasta tiempos tan tardíos como el siglo XVIII cuando a los monarcas de la época les daba por posar armados de punta en blanco, como en los tiempos de sus bisabuelos. En cuanto a la versión alemana, que es denominada por los ingleses (Dios maldiga a Nelson) como close helmet (yelmo cerrado) cuando en realidad es un almete con un sistema de apertura distinto y algunas diferencias más, ya hablaremos otro día.

Hale, he dicho