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jueves, 1 de diciembre de 2016

Mitos y leyendas: Los carros falcados


Fotograma de la película "Alejandro Magno", dirigida por Oliver Stone en 2004, en la que se recrea la impetuosa carga
de los carros falcados persas contra la falange macedónica durante la batalla de Gaugamela

No nos engañemos. ¿Quién no ha soñado alguna vez con irrumpir  guiando un carro falcado en el bodorrio de un cuñado o en una de esas abominables cenas de empresa que ya se van planificando en estas fechas? ¿Quién no ha sentido espasmos de placer imaginando la jeta de asombro de su jefe o de su pelota más abominable al verse partido en dos por la afilada guadaña de una de sus ruedas? ¿Quién no ha sentido vahídos de éxtasis glorioso al recrear en su magín a un cuñado con las piernas limpiamente seccionadas para, a continuación, ser bonitamente pateado por los caballos? Así es, dilectos lectores. Todos, en algún momento de nuestras aplatanantes existencias, hemos visto en una peli o en algún cómic esos siniestros carros de guerra que, por su aspecto, podrían poner en fuga a la infantería más bragada. Sin embargo, como tantos otros mitos del mundo antiguo, sus efectos teóricos sobrepasaron a los reales y, aunque su apariencia induce a pensar que una hueste provista de esos chismes sería invencible, no era oro todo lo que relucía. Veamos pues de qué iban estos peculiares vehículos de combate.

Guerreros escitas. Como vemos, sus armas e indumentaria son de origen
helenístico
Como ya hemos visto en las entradas que en su día se publicaron sobre los carros de guerra, estos trastos tienen un origen bastante remoto. De hecho, todas las culturas del mundo antiguo los emplearon con mayor o menor acierto si bien la realidad es que el nivel de efectividad de los carros era más psicológico que práctico, y solo cuando se enfrentaban a tropas mal disciplinadas era cuando sembraban el caos y provocaban la huida en desbandada de los enemigos, dominados por el pánico ante el inquietante avance de decenas o cientos de carros envueltos en una nube de polvo y precedidos por un fragor que le encogía en ombligo al más pintado. Puede que la posibilidad de que una infantería bien entrenada frenase en seco a estos costosos artefactos indujese a algún estratega a aumentar su poder ofensivo, así como su agresiva apariencia. No se sabe quién ni cuando se crearon los carros falcados si bien se atribuye el invento a los escitas, un pueblo que ocupaba extensas zonas del sur de Rusia, Ucrania y Asia Central, o sea, aproximadamente lo que actualmente es Kazakstan. De ahí que también se les suela denominar carros escitas, lo que en pureza sería más correcto ya que el término "falcado" procede de los historiadores romanos los cuales, por cierto, denominaban a los escitas como sármatas. Lo comento solo para que alguno que otro no se líe ya que ambos pueblos, escitas y sármatas, eran la misma cosa.

Hipótesis acerca del aspecto que debían tener los
carros escitas de Ciro el Grande
No obstante, historiadores de la antigüedad como Jenofonte atribuían la idea a Ciro el Grande, el cual seguramente la tomó por mero contacto con los pueblos escitas. Recordemos que los dominios persas se extendían al sur de los territorios escitas, por lo que habría un extenso intercambio de todo tipo incluyendo, como no, en lo relacionado con la milicia. Según la Ciropedia, obra escrita entre los años 365 y 380 a.C., el mismo Ciro manifestaba que "...las guadañas se han instalado en los ejes, y que la intención es conducirlos (los carros) hacia las filas enemigas". Obviamente, esto no prueba que Ciro hubiese inventado nada, sino que en su ejército ya se empleaban, así que atribuirle la idea se me antoja excesivamente atrevido. Sea como fuere, gracias a estas crónicas podemos tener claro que los carros escitas ya estaban operativos antes del siglo VI a.C.

Grabado decimonónico alemán que muestra un carro escita arrollando
enemigos. Estas imágenes propias del romanticismo han sido las causantes
en gran parte de la fama de estos artefactos
Al parecer, y siempre según Jenofonte, el empleo táctico que Ciro daba a estos carros era el de simples armas de choque. Contrariamente a la imagen que solemos tener de las tripulaciones de los carros de guerra, formadas por lo general por el conductor y uno o dos combatientes, los carros escitas del monarca persa eran unos tanques tirados por dos o cuatro caballos cubiertos por sendas lorigas de malla y tripulados por un solo hombre, el conductor, también fuertemente protegido. Además, el carro en sí estaba enteramente fabricado con madera lo suficientemente sólida como para proteger a su único tripulante de los proyectiles que le arrojasen, ya fuesen lanzas, dardos o flechas. Según la descripción que da Jenofonte, en cada extremo del eje se colocaba una guadaña de dos codos de largo (el codo persa era de 50 cm. mientras que el griego era de 46, así que por ahí andaba la cosa), y por debajo de estos otra serie de guadañas (no especifica la cantidad) apuntando hacia el suelo y cuyo cometido podemos suponer que era despedazar a los que eran previamente arrollados por los caballos. Su misión era abalanzarse contra la infantería enemiga a fin de romper sus filas y permitir de ese modo que la caballería que marchaba tras los carros se pudiese introducir por las brechas, pudiendo así acuchillar a los enemigos a su sabor y aniquilarlos bonitamente.

Ningún carro, por formidablemente armado que fuese, podía romper un
cuadro de infantería bien disciplinada
Sin embargo, los carros de guerra en general ya habían mostrado hacía tiempo sus limitaciones. De entrada, para desplegar toda su eficacia debían operar en terreno llano y libre de obstáculos, circunstancias estas que solo se encontraban de forma sistemática en Egipto. Bastaría que la batalla se desarrollase en un pedregal para que quedasen totalmente anulados. Por otra parte, una infantería lo suficientemente disciplinada podía detenerlos y rechazarlos, y para eso los griegos lo tenían fácil gracias a sus hoplitas formados en impenetrables falanges erizadas de lanzas, de modo que no servía de gran cosa gastarse un dineral en fabricarlos y dotarlos de caballos para, a la hora de la verdad, verse relegados a la condición de trastos inútiles que solo ejercían cierta presión psicológica contra tropas mal entrenadas. Además, como ocurría con los elefantes, si se revolvían contra sus propias tropas en retirada podían causar más bajas que el mismo enemigo.

Una representación de un carro escita persa avanzando seguido de la
caballería
De hecho, los griegos le tomaron rápidamente la medida a los carros escitas. En la batalla de Cunaxa (septiembre de 401 a.C.), en la que combatió el mismo Jenofonte, los hoplitas griegos a sueldo de Ciro el Joven espantaron a los caballos de los 150 carros escitas que el rey Artajerjes hizo cargar contra ellos. Los griegos se limitaron a dar grandes voces invocando a Ares al tiempo que golpeaban sus pesados escudos con las moharras de sus lanzas, lo que hizo ingobernables a los carros que, finalmente, fueron abandonados por sus conductores. Esto no es óbice para afirmar que cuando el terreno era el adecuado, los carros escitas fueran un arma formidable. Un ejemplo de esto nos lo da también Jenofonte que, en sus Helénicas, narra como 700 hoplitas espartanos fueron sorprendidos por dos carros escitas persas que, rápidamente, se abalanzaron contra ellos seguidos por 400 jinetes. Los carros, que contra una infantería tan diestra como la espartana podrían suponerse inútiles, fueron sin embargo capaces de arrollarlos y desbaratar sus filas debido a que, por un exceso de confianza, marchaban sin formar. Esto permitió a la caballería finiquitar a un centenar de ellos antes de que pudieran retirarse echando leches. 

Escena de la batalla de Gaugamela en la que vemos como los carros escitas
avanzan entre la falange seguidos por elefantes de guerra
Pero aparte de estas escasas e insignificantes victorias, la realidad era que los carros escitas tenían pocas posibilidades de triunfar contra los acérrimos enemigos de los persas, los griegos, cuya infantería estaba perfectamente entrenada para hacer frente a todo tipo de caballería. La última ocasión en que los persas hicieron uso de estos carros fue contra la falange del macedonio Alejandro en Gaugamela el 331 a.C. En esta nefasta jornada para las armas persas, el rey Darío había ordenado preparar un número de carros escitas con la intención de que rompieran las infranqueables líneas de los falangitas macedonios. Como ya hemos comentado, estos vehículos solo eran plenamente eficaces si operaban sobre terreno llano y libre de obstáculos, por lo que hizo preparar tres pistas por las que pudiesen avanzar a toda velocidad seguidos por elefantes de guerra y caballería. Como vemos, no se devanó mucho la cabeza Darío ya que su intención era recurrir a la táctica de siempre: los carros rompen las filas y la caballería penetra entre ellas para rematar la faena. Sin embargo, el caudillo macedonio se olió el plan y ordenó a los comandantes de su ala derecha, la situada ante las pistas fabricadas por los persas, que preparasen a sus tropas para que, a una orden, abriesen sus filas ordenadamente y simplemente dejasen pasar los carros. Luego volverían a cerrarlas para detener a la caballería mientras que los carros serían aniquilados por los jinetes macedonios. 

Los carros persas se introducen entre las filas de falangitas sin causarles
el más mínimo daño
La acción se llevó a cabo de la forma prevista: los carros atacaron con denuedo por las pistas mientras que los falangitas adoptaron una formación oblicua que les permitió abrir sus filas rápidamente. Al mismo tiempo enfilaron sus sarisas contra los carros cuyos conductores se vieron obligados a avanzar por los pasillos formados entre las filas si no querían verse ensartados como acericos y, finalmente, fueron aniquilados por la caballería macedonia y la infantería ligera que les hizo caer encima una lluvia de dardos. Curiosamente, y a pesar de que la eficacia de los carros escitas era más que cuestionable, los mismos griegos no dudaron en adoptar estos vehículos y emplearlos en sus guerras cuando el insigne Alejandro estiró la pata y sus diádocos se dedicaron a masacrarse entre unos y otros para trincar el cacho más grande del imperio creado por su antiguo rey.

Pero de eso ya hablaremos en una próxima entrada, que por hoy ya he escrito bastante.

Hale, he dicho

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lunes, 22 de febrero de 2016

Hachas de bronce


Fundidores de la Edad del Bronce en pleno proceso de fabricación. En el
suelo se ven varios moldes dispuestos a recibir la colada.
No me negarán vuecedes que la idea de alear cobre con un poco de estaño para obtener así un material más resistente debió tener lugar mediante inspiración divina o por asesoramiento de un ciudadano de Raticulín venido desde las estrellas para ayudarnos a evolucionar. Porque, las cosas como son, si a cualquiera de nosotros nos ponen a buscar cobre, obtener el metal y, para colmo, idear la forma de endurecerlo, preferimos echar mano a un pedrusco y buscarnos la vida sin más. Hablamos de hechos acaecidos hace cinco mil años, que conste, y cincuenta siglos son mogollón de siglos, qué carajo. En la Europa, el bronce llegó hacia el segundo milenio antes de los años de Cristo a través de las tierras bañadas por el mar Egeo procedente de Oriente Próximo, y se extendió por todo el continente porque eso de fabricar herramientas y armas que resistieran un trato mucho más duro sin estropearse era toda una novedad. Obviamente, no es este lugar para meternos en las procelosas profundidades de todo lo concerniente a la Edad del Bronce, ni tampoco en los entresijos de su desarrollo en cada lugar de la Europa, por lo que nos limitaremos a detallar el proceso evolutivo de uno de los instrumentos que, independientemente de su función como herramienta, pronto adquirió personalidad propia como arma: el hacha. Ah, una aclaración antes de comenzar: esta entrada pretende reseñar las distintas tipologías de una forma un tanto generalizada debido a que sería imposible entrar a fondo en cada una ya que, de hecho, solo en España hay tipificadas más de sesenta en base a mínimas diferencias en cuanto a detalles de su forma o dimensiones que, en sí, no son determinantes a la hora de diferenciarlas por sus cualidades o su funcionalidad. Advertido esto, al grano pues...


En algún momento de la historia, alguien se debió dar cuenta de que las hachas-herramienta eran quizás demasiado pesadas para su uso bélico, por lo que se diseñaron piezas mucho más pequeñas, algunas de escasos centímetros de longitud y que, aunque no valían ni para afilar un lápiz, eran tremendamente efectivas a la hora de hundir los cráneos enemigos o desgarrar sus míseras carnes y enviarlos así al otro mundo con más eficacia. No obstante, su morfología inicial era básicamente una copia de las viejas hachas de piedra en lo referente a su sistema de fijación al mango. Hablamos de las hachas planas, un diseño extremadamente básico que solo requería para su obtención un molde de una sola valva, generalmente tallado en piedra. A la derecha tenemos algunos ejemplos de hachas de bronce de este tipo comparadas con una fabricada con diorita, una piedra casi tan dura como la jeta de los políticos y que está solo un punto por debajo de la del diamante. La manufactura de estas hachas de diorita pulida debía suponer días y días y más días de trabajo para darle forma y el posterior pulido, un proceso infinitamente más largo que el del bronce el cual, una vez construido el molde, solo era necesario fundir el metal en un crisol para empezar a fabricar hachas en serie.



A la izquierda podemos ver un par de moldes destinados a la elaboración de esta tipología. Al carecer de resaltes o pestañas, no era preciso, como ya se adelantó más arriba, recurrir a moldes bivalvos. Bastaba un seno tallado en un bloque de piedra como el que vemos en la parte inferior y llenarlo de metal fundido. Ese molde, como podemos ver, contiene varios senos, destinados a fabricar hachas de diversas medidas. Arriba a la izquierda tenemos uno fabricado de arcilla y arena que, obviamente, era muchísimo más fácil de construir, si bien era también mucho más frágil. En este caso era preciso fabricar una pieza original para obtener dicho molde, para lo cual podía recurrirse a modelarla con arcilla, tallarla en madera o incluso en piedra. Para completar el hacha se fabricaba un mango de algún tipo de madera especialmente dura y densa, como el roble o el nogal, y se le abría una caja donde era introducida la hoja para, a continuación, fijarla mediante tiras de cuero crudo o de fibras vegetales. Este tipo de hachas ya se fabricaba en Europa allá por el 2000 a.C., y en algunos casos, como una de las que hemos ilustrado, estaban decoradas con motivos geométricos grabados en la misma.




Sin embargo, estas hachas tenían un inconveniente de difícil solución: tras aporrear varios cráneos, el metal se abría paso en la caja practicada en el mango y la hoja iba retrocediendo hasta que solo la parte del filo sobresalía del mismo. Por ello, a algún lumbreras de la época se le ocurrió una forma de poder establecer un tope que fuera cuasi imposible de vencer por muchos cuñados que se apiolasen en un arrebato de furia por la titularidad de las tierras circundantes o el liderazgo de la tribu. Dicha solución fue añadir unas pestañas o salientes en los bordes de la hoja, según vemos en la figura A para, de esa forma, poder acoplarla en un mango en el que previamente se habría abierto una horquilla tal como aparece en la figura B. De ese modo, el talón de la hoja- cuya vista trasera podemos ver junto a la figura A- queda apoyado contra la zona bulbosa del mango, extraído de la bifurcación de una rama tal como vimos en la entrada dedicada a las hachas egipcias, por lo que sería imposible que dicha hoja retrocediera por mucho que se golpease. Una vez acoplada en su sitio se inmovilizaba con las habituales tiras de cuero crudo y el resultado sería un arma tal como aparece en la figura C. En cuanto a su fabricación, habría que recurrir a moldes bivalvos para que las pestañas estuvieran presentes en ambas caras de la hoja. En la figura D podemos ver el aspecto que tendría uno de estos moldes fabricados con arcilla y arena. Los orificios sería para ajustar las dos partes del mismo durante la colada. En cuanto a la datación de esta tipología, se suelen encuadrar hacia el 1800 a.C.




Una variante de esta tipología podemos verla en la lámina de la izquierda. Como se puede apreciar, las pestañas están mucho más desarrolladas, de forma que envuelven en gran parte la horquilla del mango. Cabe pensar que la intencionalidad de esta modificación estaba encaminada a bloquear aún más la hoja ya que las pestañas que hemos visto en el párrafo anterior podrían acabar desgastando la horquilla del mango con el uso. Al ser más envolventes se aminoraba de forma notable la fricción del metal contra la madera, y con ello el desgaste progresivo que quizás obligaba cada cierto tiempo a reponer la envoltura de tiras de cuero o incluso el mango si el desgaste había sido excesivo. 




La evolución de esta tipología condujo al hacha de talón, de la que tenemos varios ejemplos en la lámina de la derecha. Su característica principal radicaba en estaban provistas de un tope de forma que no solo apoyaban en la parte final de la horquilla del mango, sino también al inicio de esta. Era, por así decirlo, como un cubo de enmangue con los laterales abiertos, según se puede ver con claridad en la lámina del párrafo siguiente. Sus dimensiones iban desde pequeñas hojas de solo 8 cm. de largo a ejemplares más grandes, de 20 ó 25 cm. Hay infinidad de variantes de estas hachas, si bien las más representativas son las que vemos en la ilustración: lisas o con una, dos o tres nervaduras más o menos marcadas que contribuían a hacerlas más livianas. 



Esta tipología apareció en Europa durante el Bronce Medio, si bien conviene hacer notar que las dataciones son muy relativas porque la expansión de cada nuevo modelo avanzaba de forma diferente según en qué dirección. Por otro lado, dichas dataciones están basadas en los ejemplares hallados, lo que no significa por ello que tal o cual tipología no hubiese llegado a ese lugar en concreto uno o más siglos antes. En lo referente a la morfología de estas hachas, queda cada vez más patente que su destino era ser usadas en la guerra, ya que ni su tamaño ni la amplitud de su filo la habilitaban para otra cosa que no fuera producir heridas, las cuales podían ser francamente bestiales llegado el caso.



Los problemas de fijación de las hojas debieron persistir ya que el sistema de talón se vio mejorado con la adición de una o dos anillas en los cantos. Cabe pues pensar que el punto flaco de los diseños anteriores consistía en el forzamiento de la hoja hacia arriba y hacia abajo a la hora de golpear, lo que las acababa desajustando o rompiendo la fina horquilla que las sujetaba al mango. Estas anillas, tal como se puede apreciar en la lámina de la derecha, impedían ese cabeceo o, al menos, lo aminoraban en mayor o menor grado. Su fabricación conllevaba una complejidad añadida por las anillas de marras, obligando a fabricar moldes más elaborados como el que vemos en el detalle, construido en bronce. Se puede observar la pestaña y la ranura que bordean respectivamente cada mitad del molde para, una vez encajadas ambas partes, lograr una simetría total en la pieza tras la colada, lo que denota el alto nivel de precisión que alcanzaban las técnicas metalúrgicas de la época.



Hacia el año 1000 a.C. se logró finalmente un sistema de fijación verdaderamente eficaz. Aunque los sumerios ya habían fabricado hacia el 2450 a.C hachas con cubo de enmangue, parece ser que debieron patentarla y el invento no trascendió hasta Occidente porque aquí se adoptó un sistema diferente y, aunque mucho más eficaz que lo visto hasta ahora, no alcanzaba el perfeccionamiento de los orientales que, al cabo, es el mismo que se sigue usando actualmente. Como vemos, se trata de una hoja ahuecada que era enchufada en un apéndice del mango. Dicho apéndice no es la horquilla utilizada hasta aquel momento, sino completamente macizo. Esto no solo aumentaba notoriamente su resistencia, sino que repartía el esfuerzo sin apenas desgaste. Para asegurar la hoja al mango se ayudaban con una o dos anillas ya que, como podemos suponer, su montaje a presión no sería lo suficientemente sólido ante las dilataciones y contracciones de la madera a causa de la temperatura y la humedad.



Naturalmente, este nuevo tipo de hoja presentaba un problema serio en lo referente a la confección de moldes ya que la pieza resultante debía ser hueca en parte. Sin embargo, nuestros sesudos ancestros supieron resolverlo sin problemas. Echemos un vistazo al gráfico de la derecha para verlo con claridad. Ahí tenemos un molde de arcilla- podía ser también de bronce como el que vimos más arriba- formado por dos valvas A y B provistas de orificios para ajustar ambas mitades. Una vez bien unidas las dos partes del molde se introducía el tapón C, el cual tenía dos cometidos: uno, hacer que el metal no llenara la parte que debía ir hueca, y dos, actuar como bebedero a través de los orificios que vemos en el detalle superior. De ese modo, el bronce fundido llenaría todo el molde manteniendo la parte hueca gracias al tapón de marras. Una vez enfriado el metal se extraía, o se rompía si era preciso, tanto el tapón como el molde y ya solo restaba eliminar las rebabas y pulir la pieza. Conviene concretar que los moldes debían calentarse previamente a la realización de la colada ya que, de no hacerlo así, al contactar el metal fundido con una superficie fría daba lugar a una pieza defectuosa, llena de imperfecciones y con burbujas de aire en su interior, lo que obviamente debilitaba la hoja. Por ello, los fundidores acercaban los moldes a los crisoles para que se fueran calentando y obtener de ese modo un producto final adecuado.



Bien, con lo mostrado ya podemos tener una idea más clara de la evolución de estas hachas que, hasta la llegada del hierro, dieron bastante guerra. De hecho, algunos restos encontrados dan fe de que su contundencia era la misma que la de un hacha medieval sobre cuerpos desprovistos de defensas como yelmos o corazas. He extraído de mi colección de cráneos perjudicados algunos ejemplos bastante gráficos como testimonio de que, en efecto recibir un hachazo con cualquiera de los ejemplares mostrados no solo era muy enojoso, sino incluso letal. Los dos de la izquierda corresponden a dos críos que, al parecer, fueron sacrificados para que los dioses no inundaran el asentamiento donde vivían, situado cerca del lago Constanza, cercano a la actual frontera de Alemania con Suiza. El de la izquierda muestra un tremendo tajo en el parietal derecho, mientras que el otro pudo ser asesinado de un hachazo o golpeado con una maza o similar. Ambos formaban parte de una especie de anillo protector colocado alrededor de su aldea, y están datados hacia el primer milenio antes de Cristo. El otro es de un antiguo vasallo de un régulo local que debió acudir a la llamada a las armas de su señor y fue apiolado de la forma tan drástica que se aprecia en la foto. Un hachazo en mitad del cráneo lo finiquitó sin más. Fue hallado en su tumba, cerca de Millau (Francia), y está datado entre el 2500 y el 1800 a.C. Como creo que ha quedado patente, estas armas no eran para tomarlas a broma. 

Bueno, con esto concluyo. Hora de llenar el buche, así que me despido y tal.

Hale, he dicho




sábado, 20 de febrero de 2016

Armamento celta. Escudos



En su día ya se habló largo y tendido sobre el armamento usado por nuestros belicosos y fieros ancestros, los iberos, así que tiempo es de comenzar un pequeño estudio sobre la panoplia utilizada por los otros grandes enemigos de la invicta Roma, los celtas. Estos sujetos se extendieron por casi toda la Europa a raíz de las migraciones que tuvieron lugar hacia el 1200 a.C., avanzando progresivamente hacia el sur hasta la Península Ibérica. En muchos casos se mezclaron con la población autóctona, compartiendo sus genes, cultura e incluso cuñados. No obstante, la cuestión racial es y será tema de arduos debates entre los historiadores ya que, en realidad, el término celta se comenzó a emplear para denominar grupos humanos con una lengua común de origen indo-europeo. En cualquier caso, ese tema no es para detallarlo aquí, y además hay mogollón de bibliografía al respecto en la que, faltaría más, sus autores jamás se ponen de acuerdo. 


Fragmento de una estatua hallada en el oppidum de
Entremont, al este de Francia, que muestra una mano
agarrando una cabeza decapitada
Lo que sí tenían en común era su incuestionable ferocidad en el combate, así como un elevado sentido del honor y del orgullo tribal que les llevaba a preferir la muerte antes que a entregar sus armas al enemigo o a suicidarse si eran capturados o si su caudillo era apiolado en la batalla. Pero, además, tenían algunas inquietantes costumbres que causaban cierto repullo a sus enemigos, y era su afición a coleccionar cabezas de enemigos. Al parecer, este peculiar hábito tenía su origen en la creencia de que el alma de la persona habitaba en su cabeza, de modo que si uno se apoderaba de la misma se adueñaba del espíritu de su enemigo. Según Diodoro Sículo, cuando uno de estos fieros ciudadanos escabechaba a un enemigo le cortaba inmediatamente la cabeza y la colgaba de las bridas de su caballo. Luego, muy contentito por el sangriento botín obtenido, se largaba a su poblado entonando cánticos de victoria y clavaba el despojo junto a su casa, donde lo mostraba a las visitas lleno de orgullo y les aseguraba que había llegado a rechazar cuantiosas sumas de dinero por su preciado recuerdo. Las testas de los enemigos más distinguidos y los cuñados más aborrecidos eran embalsamadas con aceite de cedro para que durasen muchos años y poder así presumir de haber dado muerte al famoso Fulano o al invencible Mengano. 


La conocida fíbula de Bragança. Datada hacia el siglo
III a.C., es un preclaro ejemplo del asombroso nivel de
calidad artística alcanzado por los orfebres celtas
Naturalmente, la cultura de estos pueblos iba mucho más allá de su afición a matar gente y coleccionar cabezas, siendo mucho menos salvajes de lo que el imaginario popular ha propalado desde siempre. Eran gente muy espiritual- recordemos a los guerreros desnudos, de los que ya se habló en su día-, y sus artesanos extremadamente diestros en multitud de oficios incluyendo la orfebrería, de la que nos han llegado testimonios que serían la envidia de cualquier joyero moderno. De hecho, no deja de ser paradójico que se considere a un pueblo como el romano, que disfrutaban como energúmenos contemplando matanzas horripilantes en los anfiteatros, una gente civilizada en grado sumo mientras que otros pueblos contemporáneos sean vistos como fieras abominables solo por luchar con decisión por defender lo suyo. En todo caso, he querido iniciar esta entrada con estos detalles para poner a vuecedes en situación acerca de cómo las gastaban estos aguerridos personajes. Dicho esto, al grano pues...


Ilustración de L. Balák
Para los celtas, las armas eran algo más que meros instrumentos de muerte. Antes que eso, estaban consideradas como los símbolos que identificaban a los hombres libres de los siervos y los esclavos. Porque los celtas siempre fueron guerreros, hombres dispuestos a acudir a la llamada de las armas cuando sus régulos los convocaban, y no como sucedió con los romanos, que acabaron disponiendo de un ejército profesional, acabando de ese modo con el otrora belicoso espíritu que los elevó a la categoría de imperio. De hecho, los pueblos celtas, como ocurría con los iberos, se iban a la tumba acompañados de toda su panoplia aparte de las habituales ofrendas que formaban parte del ajuar funerario. Sus tumbas, que en algunos casos parecían un apartamento de lujo atestado de chismes y vituallas de todo tipo, los guerreros eran depositados con sus armas a los lados y su escudo sobre el cadáver, de una forma similar a la ilustración superior, en la que vemos un joven guerrero con las dos armas esenciales de su panoplia: el escudo y la lanza.


Porque deben saber vuecedes que, contrariamente a lo habitual en otras culturas, las espadas, los yelmos y las lorigas estaban reservadas a los guerreros de más elevado rango y los nobles. Así pues, la panoplia de los guerreros normales se limitaba al escudo y la lanza, por lo que ambos elementos eran para ellos más preciados que sus envolturas carnales e incluso las colecciones de cabezas. Según Diodoro Sículo, los escudos de estos sujetos eran de gran tamaño- algunos alcanzaban los 140 cm. de altura-, y estaban decorados conforme a los gustos personales de su propietario. Eran habituales los diseños a base de volutas, ruedas solares, formas geométricas, círculos concéntricos, losanges y torques. Además, muchos de ellos optaban por adornarlos con su tótem personal o incluso extrañas figuras muy esquemáticas que aún nos son indescifrables. Veamos las diversas tipologías que usaban...



A la izquierda tenemos la tipología más habitual. Se trata de un escudo plano de forma ovalada de una altura de alrededor de 110 cm. por unos 60 de ancho. La razón de que no tuviese la típica curvatura envolvente usada por los romanos obedecía simplemente a que no les era útil por su forma de combatir, en un orden mucho más abierto. El anverso, forrado de cuero, presenta una espina de madera que recorre toda la longitud del escudo. Dicha espina está protegida a su vez por un umbo de hierro. Ambos accesorios estuvieron presentes por norma en todas las tipologías celtas durante siglos, sin que sufrieran ningún tipo de modificación. A la derecha vemos el reverso, que en este caso hemos recreado con un refuerzo longitudinal de bronce y una manija del mismo material. Es habitual en los escudos celtas ver acabados más elaborados que los de los romanos, pero debemos recordar que, en este caso, los dueños debían poseer una pieza conforme a su rango, y no uno fabricado en masa en el que se buscaba la mejor relación calidad-precio. En cuanto a la decoración, en este ejemplo hemos ilustrado unas volutas blancas sobre fondo rojo.



Ahí tenemos otra tipología, en este caso de forma hexagonal. Su sistema de fabricación era el mismo que en el caso anterior, siendo reseñable la larga y aguzada espina, muy característica entre los escudos celtas. En este caso hemos ilustrado un umbo de bronce, y la decoración se basa en parejas entrelazadas de torques, un tipo collar que, al igual que las armas, eran representativos de los guerreros de estatus más elevado. Pero lo más peculiar de este escudo es el repujado que muestra cerca de su contorno. Ignoramos si contaba con algún relleno o simplemente se trataba de un dibujo en el cuero, pero la cuestión es que es un elemento bastante habitual en las representaciones gráficas que han llegado a nuestros días. En cuanto al reverso, vemos la manija de bronce y las puntas vueltas y remachadas de los clavos que sujetan la espina a la superficie del escudo. Aparte de estas dos morfologías, también se fabricaban oblongos, como los que se ven en la foto de cabecera, y con forma de óvalo truncado si bien la espina con su umbo eran elementos permanentes en los mismos.



Veamos ahora un par de ejemplos relacionados con los tótems. A la izquierda tenemos un escudo en óvalo truncado decorado con un tótem en forma de perro y dos crecientes en su parte inferior. La espina está reforzada con un umbo provisto de espolón que aumentaba de forma notable su capacidad ofensiva. Recordemos que el umbo, además de proteger la mano que empuñaba el escudo, era bastante útil para golpear al enemigo, así que provistos de dicho espolón se convertían en un arma temible. A continuación podemos ver un escudo oval cuyo tótem, un caballo en este caso, no está pintado, sino troquelado en una plancha de bronce y clavado a la superficie. Este acabado era habitual en los escudos de los personajes de más rango como elemento diferenciador, que para eso había que dejar claro al personal que uno era un régulo de categoría. El umbo que protege la fina espina de este ejemplar es de bronce, con aletas en forma de hacha, y los cantos superior e inferior están reforzados con sendas cantoneras de bronce. Estos accesorios era muy raros en los escudos celtas, justamente lo opuesto a la costumbre romana de contornear los bordes por sistema según vimos en la monografía dedicada a sus SCVTA. Con todo, dentro de su rareza era más habitual cantonear solo el borde superior, dejando el inferior sin protección extra. Finalmente, a la derecha podemos ver algunos ejemplos más de tótems, en este caso propios de los pictos. Ojo, que estos fieros sujetos que siempre hacen de malos en las pelis de romanos eran uno de los muchos pueblos considerados como celtas.



A continuación vemos una serie de ejemplo de escudos propios de los jinetes. De izquierda a derecha tenemos en primer lugar una rodela desprovista de espina, por lo que la defensa de la mano que empuña está confiada a un umbo de hierro. Su decoración consta de un círculo repujado que contiene cuatro estrellas y una franja de losanges. El agarre se lleva a cabo, según podemos ver en la imagen del reverso, mediante una manija de bronce. En el centro tenemos otro ejemplar cuya espina y umbo están a su vez reforzados con una tira longitudinal que podía ser de bronce, hierro o hierro bañado en plata. El umbo está fijado al escudo mediante dos gruesos clavos cuyas puntas están dobladas por el reverso. Por último, mostramos una rodela provista de una espina y un umbo convencionales. Está decorada con motivos circulares y estrellas. En el reverso podemos ver dos pletinas de hierro de refuerzo y una manija de manera que actúa también como refuerzo de la parte central del escudo. Todas estas piezas eran también planas, sin recurvado o abombado de ningún tipo.



Además de lo mostrado hasta ahora, también se elaboraban escudos con accesorios más peculiares que, con seguridad, estaban reservados a personajes de más categoría. A la izquierda tenemos un umbo de bronce dorado que, como vimos en el ejemplar de caballería anterior, tiene la espina protegida por una larga pletina que la recorre por completo. Esta pieza estaba concebida para aminorar los efectos de la lucha contra dicha espina que, como hemos ido viendo, en el caso de los celtas eran piezas muy finas y de aspecto delicado. En el centro tenemos otro curioso ejemplo en el que la espina ha sido sustituida por un umbo circular y una pletina terminada en volutas. Está fijada mediante pequeñas presillas en los extremos. Por último, tenemos un ejemplar cuya espina carece de umbo, pero a cambio ha sido reforzada con tres pletinas longitudinales: dos a los lados y una central, recorriendo toda la longitud del escudo. Las tres piezas, clavadas al mismo, están rematadas por dos piezas circulares.



Y además de todo lo que hemos visto hasta ahora, merece la pena reparar en determinados ejemplares que, aunque no estaban destinados a combatir, son una buena muestra de la habilidad de los artesanos celtas, así como de su buen gusto estético. Hablamos de escudos que han podido ser usados para ritos o ceremonias de gala en manos de régulos o grandes nobles, o bien de ofrendas votivas. A la izquierda tenemos el escudo Witham, hallado en dicho río en 1826 en Lincolnshire, Inglaterra. Está datado hacia el siglo IV a.C. Con una longitud de 113 cm., está fabricado con listones de madera de 8 mm. de grosor recubiertos por una fina lámina de bronce de 0,2 mm. En la parte superior, aunque no se aprecie en la foto, aparece el tótem de su propietario, un bicho indefinible que los expertos aseguran se trata de un jabalí con unas patas larguísimas. A la derecha aparece el escudo Battersea, extraído del Támesis en 1857 cuando se llevaba a cabo el dragado previo a la construcción del puente de Chelsea. Mide 77 cm. de alto por 35 de ancho, y en su decoración se utilizaron cristales rojos. Este escudo está considerado como una de las más valiosas piezas del arte celta, y está datado entre los años 350 y 50 a.C. ya que hay muchas teorías sobre la época más cercana a su diseño.



Pero no todos los escudos eran magníficas piezas de gran tamaño. También se fabricaban pequeños broqueles para los guerreros que actuaban como infantería ligera en labores de hostigamiento y escaramuceo. El ejemplo más típico es el broquel rectangular que vemos en la parte superior. Eran pequeños escudos de no más de 30 ó 35 cm. de alto, forrados de cuero sin decoración de ningún tipo. La mano quedaba protegida por un umbo que, debido al pequeño tamaño del broquel, ocupaba casi toda su superficie. Debajo tenemos un ejemplar con un acabado mucho más burdo, cubierto por piel de cabra y rebordeado con una tira de cuero. Lo más significativo es que carece de manija, y en cambio lleva dos asas de cuero. Esta peculiaridad se debía a que era usado por arqueros y honderos, de forma que podían embrazarlo manteniendo la mano izquierda libre para poder manejar sus armas sin problemas. Por cierto que los honderos estaban mal vistos entre los celtas por usar un arma que no consideraban propia de guerreros.



Por último, merece la pena reparar en los peculiares broqueles usados por los pictos. Esta tribu, curiosamente, no usaba al parecer los grandes escudos de sus parientes continentales, prefiriendo esta tipología propia de combatientes muy agresivos, que buscan el cuerpo a cuerpo y que no se preocupan mucho de mantener un orden durante la batalla, buscando más el enfrentamiento singular con los enemigos. De izquierda a derecha tenemos el que parece que era el más habitual, un broquel cuadrado de 30 a 50 cm. de lado aproximadamente. Está rebordeado con una gruesa tira de cuero, y la mano está protegida por un umbo cuadrangular. La manija que vemos en la imagen del reverso está colocada en posición vertical, lo que tal vez facilitaba su manejo a la hora de golpear al enemigo con el umbo. En el centro podemos ver el que tal vez sea uno de los más peculiares escudos de la época. Se trata de un curioso broquel en forma de H, con un acabado similar al anterior. Tenemos constancia de su existencia gracias a un bajorrelieve en un sarcófago en el que aparece un guerrero armado con un broquel semejante. En su anverso hemos recreado uno de los extraños y abstractos símbolos usados por los pictos, que igual representaban el número de cuñados enviados al infierno. Por último, a la derecha vemos el típico broquel circular decorado con el tótem de su dueño. Su tamaño era similar al de sus parientes cuadrangulares, y era usado tanto por tropas de a pie como a caballo.



Para concluir, solo nos resta comentar algunos detalles respecto a la construcción de estos escudos. Los celtas no usaban las maderas habituales que ya se han explicado en otras entradas como el sauce o el álamo, sino el roble, un tipo de madera mucho más dura y pesada si bien, llegado el caso, recurrían al tilo. ¿Por qué utilizaban un material más complicado de trabajar en vez de recurrir al sistema de varias capas de los romanos? Pues no lo sabemos. La cuestión es que álamos, sauces o tilos hay en toda Europa, así que si recurrían al roble sería por alguna razón que se nos escapa. ¿Quizás por alguna connotación de tipo espiritual, teniendo en cuenta el matiz sagrado que ese árbol tenía para esta gente? ¿Buscaban tal vez fabricar algo más resistente pero sin tener que recurrir a un proceso tan complejo como el romano? Vete a saber... Sea como fuere, la cuestión es que usaban tablas de roble y las pegaban sin machihembrar, cubriendo posteriormente el escudo con cuero o fieltro que luego era decorado como ya hemos visto. La espina salía de una sola pieza, tal como podemos observar en el gráfico superior, la cual era pintada y clavada al escudo. En cuanto a la manija, ya hemos visto que solían fabricarlas de bronce o madera, y a veces incluso de ambos materiales: la base de madera y un refuerzo metálico a continuación. La cubierta de cuero era recortada para dejar sitio para el orificio de la mano, claveteándola a continuación tal como se aprecia en la figura de la izquierda. Como vemos, el proceso era mucho menos complejo que el romano si bien ello no quiere decir que los escudos celtas fuesen de mala calidad. Antes al contrario, sirvieron sin modificación alguna durante siglos hasta que, finalmente, el imperio romano se colapsó y entramos en la Edad Media.

Bueno, no creo que olvide nada, así que corto ya que me he enrollado una cosa mala hoy.

Hale, he dicho



Entrevista entre celtas y romanos para hacerles saber que estos últimos no eran bienvenidos

martes, 10 de junio de 2014

La panoplia del guerrero hispánico. El puñal bidiscoidal


Bueno, proseguimos con la amplia colección de armamento que nos legaron nuestros belicosos ancestros que, a la vista de lo visto, se pasaban la vida asesinándose bravamente unos a otros y al que osara meterse de por medio. Hace ya bastante tiempo dediqué una entrada a los puñales de frontón, una tipología autóctona de la Hispania que estuvo operativa entre los siglos V y IV a.C., la cual dio paso o, mejor dicho, evolucionó hacia lo que actualmente se conoce como Tipo IV según la clasificación Quesada. A la derecha tenemos un lujoso ejemplar de esta tipología encontrado en la necrópolis de Villanueva de Teba (Burgos). Este puñal consistía en una hibridación entre el puñal de frontón y la nueva tendencia basada en cambiar tanto el sistema de fijación de la hoja, que en este caso pasó a ser mediante una espiga adaptada a la forma de las cachas del arma, y una modificación en la morfología de la empuñadura. Las vainas, curiosamente, permanecieron prácticamente invariables. 

El tipo IV, que perduró hasta el siglo II a.C., coexistió con el que nos ocupa al menos durante un siglo o siglo y medio ya que los bidiscoidales hicieron su aparición entre finales del siglo IV e inicios del III a.C. en la Meseta Oriental, o sea, el territorio ocupado por los celtiberos y que al parecer ha sido la zona más creativa de la Península ya que fue cuna de gran cantidad de armas que, en mayor o menor grado, se propalaron por todo el territorio. Uno de estos casos fue el puñal bidiscoidal (o biglobular), el cual se extendió hacia el sur y hacia levante, habiendo sido hallados ejemplares en la parte del mapa marcada en rojo si bien eso no es óbice para que no gozara de mayor difusión. Simplemente, no han aparecido más... de momento.

El término que le da nombre es debido, en un alarde de ingenio, a la forma de su empuñadura, la cual tiene un pomo discoidal y, en el centro del cuerpo de la misma, otro disco de menor tamaño.  A la derecha tenemos un croquis que nos lo explica con más claridad: en el centro tenemos la hoja la cual, como comentaba más arriba, tiene en su parte central forma discoidal para acoger a la empuñadura. Sobre ella va un disco (D) fabricado de hierro o de material orgánico que dará asiento al pomo. B y C son, por así decirlo, el material de relleno que dará cuerpo a la empuñadura. Son dos láminas, generalmente de material lígneo o algún otro de tipo orgánico como hueso o asta. Sobre estas dos láminas se fijan las cachas A y E, casi siempre de bronce y muy raramente de hierro, las cuales quedan fijadas al conjunto por una serie de remaches. O sea, que tenemos un puñal de hoja prácticamente enteriza con una empuñadura sólidamente unida a la misma mediante varios remaches, lo cual nos da un arma muy robusta y de solidez a toda prueba. 

Ejemplares procedentes de la
necrópolis de Carratiermes, Soria
Este tipo de puñal tenía una serie de detalles que lo convertían en un arma temible en un cuerpo a cuerpo: su hoja, por sistema de doble filo, estaba provista de una única nervadura central, lo que le daba una gran rigidez. Esto significa que estaba ideada para apuñalar y para ser capaz de vulnerar las defensas corporales de los enemigos. Tenía una longitud media de unos 18 cm., lo suficiente para alcanzar cualquier órgano vital sin necesidad de tener que manejar un arma engorrosa, y su doble filo se encargaría de producir cortes en los órganos, vísceras y vasos sanguíneos del personal para aliñarlos rápidamente. Y su empuñadura era perfecta para tal fin: su pomo discoidal permitía un buen apoyo del pulgar para clavar empuñando el arma como un picahielos, y el disco central llenaba el hueco de la mano proporcionando un agarre superior. Su guarda, de un tamaño moderado, era suficiente para impedir que la mano resbalase hacia la hoja.

Cuchillo tipo Monte Bernorio, destinado exclusivamente
a distinguir el rango del que lo portaba. En breve
hablaremos más extensamente de esta tipología
Pero a pesar de sus incuestionables cualidades como arma, algunos sugieren un uso de tipo ceremonial o como distintivo de estatus social. Bueno, en lo que a mi respecta considero esa afirmación como una perogrullada por la sencilla razón de que, desde tiempos inmemoriales, las armas han sido (y aún lo son) un símbolo de poder económico o jerárquico. O sea, que un régulo tribal se preocupaba de lucir mejores armas que sus guerreros, pero eso no quita que dichas armas estuvieran destinadas ante todo para apiolar a los enemigos de otras tribus, a sus vasallos revoltosos o al cuñado alevoso con ganas de ponerse en su lugar. Que había cuchillos puramente ceremoniales o de ceñir, claro que los hubo al igual que hubo espadas medievales solo para pasearlas por los salones de las curias regias, pero el caso que nos ocupa colijo se trata de un arma de guerra pura y dura independientemente de que sus dueños se gastaran el dinero en adornarlos para matar de envidia a sus vecinos, compadres  y cuñados.

Bueno, dicho esto veamos con más detalle esta tipología.

A la derecha tenemos la empuñadura más extendida, datable entre los siglos IV y I a.C., por lo que podemos considerarla la más longeva de todas. Es de hecho la morfología más extendida, constando de dos discos lisos. Como vemos, es una pieza de bronce en este caso decorada con un nielado de plata - el oro era muy raro en estas armas- que sigue un patrón muy habitual: líneas perpendiculares al eje del arma en la guarda y la empuñadura. En cuanto a los remaches, la norma era dejar a la vista uno, dos o tres a lo sumo, mientras que los demás (hasta seis en total) eran rebajados, pulidos y disimulados con la decoración.  La hoja en este caso es de filos paralelos con su inexcusable nervadura central hasta la punta de la misma. Y en cuanto a la vaina, en esta tipología eran similares a las de los puñales de frontón: dos láminas de cuero o madera reforzada mediante cantoneras de bronce en U. Para unirlas dispone de dos abrazaderas también de bronce: la superior actúa como brocal y la inferior para dar resistencia al conjunto. Ambas están provistas de sendos goznes con anillas, uno a cada lado, para la suspensión del arma. La contera está fabricada de hierro, como era la norma y siendo muy raras las de bronce. Esta contera tenía como finalidad unir las dos cantoneras y servir de refuerzo en caso de caerse al suelo. Esta tipología de vaina estuvo operativa durante toda la vida útil de estos puñales.

A continuación tenemos un ejemplar de bidiscoidal de círculos concéntricos, que se caracterizaban precisamente por ese tipo de decoración en sus dos discos.  Estas empuñaduras están datadas entre los siglos IV y II a.C. La hoja en este caso es pistiliforme, quizás la morfología más extendida de todas. En cuanto a la vaina, corresponde a la tipología más antigua, que duró hasta el siglo III a.C. y tiene como característica principal las dos asas que lleva a cada lado para la suspensión del arma. Pero no eran para pasar por ellas el cinturón, sino para sujetar la vaina al mismo mediante dos terminales de bronce o hierro provistos de sendos ganchos. Este sistema permitía portar el arma en ambos costados, si bien prevalecieron las anillas convencionales.

Ahí tenemos otro tipo de empuñadura muy característico, la de aristas. Se denomina así por carecer de la rendondez de sus hermanas tal como salta a la vista. En este caso, la decoración en la guarda es un nielado con hilo de cobre en la guarda en forma de zigzag. Están datadas entre los siglos II y I a.C. La hoja en este caso es de base ensanchada, una variante o especie de híbrido entre las pistiliformes y las de filos paralelos que gozó de gran popularidad. La vaina, con dos anillas, tiene las abrazaderas decoradas con lazos longitudinales a la misma y la contera, como era habitual, es un disco de hierro con un grabado geométrico. Conviene concretar que las abrazaderas eran las únicas piezas de las vainas que se decoraban en el caso de los puñales bidiscoidales.

Otro tipo bastante peculiar, si bien más escaso, es el que vemos a la derecha. Se trata de una empuñadura de pomo globular que estuvo presente en las panoplias celtiberas entre los siglos III y II a.C. Solo han aparecido cuatro ejemplares de esta tipología si bien, como suelo comentar en estos casos, bajo mi punto de vista esto no indica necesariamente que se tratara de una tipología rara, sino que de momento han aparecido pocas. La vaina es similar a la demás salvo en el detalle de las anillas de suspensión, que van en el mismo lado. La vida operativa de este sistema fue corto, ya que solo se mantuvo durante el siglo II a.C. Más abajo veremos el motivo de este tipo de  anillas.

Por último, ahí tenemos otros tres tipos si bien son mucho más escasos hasta el extremo de que, en el caso de la empuñadura calada de la izquierda, solo ha aparecido una de momento. Se trata quizás de una modificación local de la discoidal que vimos en primer lugar, pero es una mera conjetura ya que ese calado tampoco tiene mucho sentido de cara a lo práctico o lo meramente estético. La siguiente es la denominada de pezuña, la cual se difundió por muchas zonas de Europa. La guarda es en este caso en forma de T invertida y su datación es muy tardía, de hacia el siglo I d.C. La última es una empuñadura de pomo cúbico, que consiste en la misma tipología que la bidiscoidal pero con el pomo cuadrado. Es datable hacia la misma época que la anterior. 

Bueno, dilectos lectores, estas son las morfologías de estos puñales y sus vainas. Y ahora, alguno se dirá que ha visto o le suenan otros puñales de este tipo con pomos y vainas diferentes, a lo que le contestaré que no se equivocan ya que hablaríamos del PVGIO romano. De hecho, el puñal bidiscoidal es el padre del puñal militar romano que todos conocemos y del que ya hablaremos otro día. Dicho esto y como colofón, veamos el tema de las posibilidades de suspensión de la vaina:

En primer lugar tenemos una vaina con anillas isolaterales, o sea, ambas en el mismo lado. Como vemos, permitía portar el arma horizontal tanto en el costado como en el vientre. Este sistema, como era habitual en los guerreros peninsulares, era muy válido para un desenfunde rápido sin que la vaina estorbara lo más mínimo a la hora de montar a caballo, correr, etc. A continuación tenemos la vaina de asas que, como ya comenté, se fijaba mediante unos terminales con ganchos. Al tensar el cinturón, el terminal trasero baja y el delantero sube, lo que da a la vaina un acusado ángulo de inclinación. Caso de usar un tahalí, la vaina quedaría longitudinal al cuerpo. En tercer lugar aparece una vaina con anillas en diagonal para suspensión en el costado izquierdo o delante del vientre. El sistema de suspensión sería el mismo que en los anteriores, mediante terminales. No comparto la teoría de algunos estudiosos que afirman que el cinturón pasaba por las anillas tanto en cuanto el diámetro de las mismas no permitiría algo más grueso que un simple cordón de apenas 10 ó 15 mm. de diámetro. Por último vemos una vaina suspendida por un tahalí la cual podría llevarse en ambos costados dependiendo de la posición de las anillas. En este caso, como en los demás, siempre se buscaba dar mucho ángulo a la vaina para facilitar la extracción del arma.

En fin, ya está. Hora de la sacrosanta merienda.

Hale, he dicho...