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viernes, 9 de diciembre de 2022

MÉTODOS DE EJECUCIÓN. EL POSTE AUSTRIACO

 

Ejecución mediante ahorcamiento en poste de Ferenc Szálasi el 12 de marzo de1946 en la cárcel de Budapest. Este pájaro, líder del partido Cruz Flechada y mandamás títere de los nazis en Hungría, fue apiolado junto a Gabor Vajna, Károly Beregfy y József Gera. Muestran el pecho desnudo tras haber sido auscultados por el médico para comprobar que habían pasado definitivamente a la historia

Una gente que se lo pasa divinamente bailando valses y jaleando con una sonrisa de oreja a oreja la Marcha Radetzky tooooooodos los primeros de año como si fueran parvularios contentitos, no pueden estar a favor de la pena de muerte. Y la cosa viene de tiempo atrás, cuando Viena se rendía ante el genio de Mozart y las óperas de Salieri. Ya por aquel entonces y, a pesar de que no era oro todo lo que relucía, eso de ejecutar malvados criminales no estaba bien visto. Ciertamente, las condiciones para aplicar el castigo supremo estaban bastante bien definidas, pero la tónica habitual era conmutar la pena por largas temporadas en la trena salvo para casos en los que el delito fuera especialmente horripilante. Ya en 1781, el emperador José II dictó una norma por la que todas las sentencias de muerte debían pasar por sus manos, y no se podrían aplicar sin su firma. Apenas seis años más tarde, la pena capital fue abolida... de momento. Hasta aquel entonces tampoco se puede decir que el método de ejecución estuviera minuciosamente detallado en las leyes en vigor. No había verdugos oficiales, por lo que la ejecución la llevaba a cabo cualquier ciudadano, bien porque se ofrecía para ello, bien por servir en la casa del noble en cuyos dominios se había perpetrado el crimen y le tocaba pasar el mal trago o incluso por policías. En resumen, la cosa ejecutoria no la tenían especialmente atendida, como sí ocurría en otros países.

Abramos un paréntesis para detallar de forma somera cómo estaba el tema judicial en aquella época. Ante todo, lo más significativo es que, como hemos dicho, no había un método de ejecución reglamentado. Como en muchos países de la época, la forma de acabar con el reo quedaba al arbitrio del juez, que obviamente solía aplicar la pena más cafre o más compasiva según el delito cometido. Así, las opciones eran por lo general el enrodado, la decapitación o la horca. Dichas ejecuciones no se efectuaban en el interior de las ciudades, sino a extramuros y en un lugar elevado- una loma o colina cercana- donde poder dejar al reo colgando para servir de pasto a la volatería carroñera de la comarca y, por supuesto, como escarmiento, que la letra con sangre entra. En otros casos se limitaban a enterrar al difunto allí mismo. Debido a su ubicación, los emplazamientos para las ejecuciones recibían el nombre de Galgenberg, que literalmente significa "monte de la horca", siendo usado el término horca en este caso como sinónimo de patíbulo, o sea, el lugar donde se aliñaba al personal indeseable para la sociedad. En la xilografía de la derecha podemos ver una representación de estos lugares de ejecución hacia el siglo XVI si bien la costumbre perduró bastante tiempo. Como se puede apreciar, en primer término aparece la horca, y detrás una rueda sobre un poste, que era como se exponían tras aplicar la sentencia a los desdichados que habían sufrido tan tremendo castigo. La horca, como vemos, es de suspensión, aún hoy día vigente en países donde los piadosos clérigos mahometanos y demás seres de luz aplican de forma implacable sus leyes medievales. En este caso, el reo era subido por la escalera, donde lo esperaba el verdugo. Tras colocarle el dogal en el cuello se limitaba a empujarlo y ahí te pudras. Luego hablaremos de los efectos del ahorcamiento. Cerramos paréntesis.

"Catálogo" de instrumentos de suplicio y muerte
que se podían ver en un Galgenberg. Entre ellos
vemos la picota

Bien, como decíamos, José II mandó al baúl de los recuerdos la pena capital, pero no se tardó mucho en tener que reinstaurarla porque, al cabo, el miedo al castigo es lo que tiene a raya a los malvados. Los disturbios que se desencadenaron tras la muerte del emperador y la entronización de su hermano y sucesor, Leopoldo, obligó a implantarla nuevamente para castigar los delitos de traición, si bien poco después se amplió a otros crímenes ordinarios. Leopoldo no duró mucho en este mundo, siendo sucedido por su hijo Francisco- segundo de su nombre- en 1792. Este hombre consideró que lo más sensato era mantener la pena capital. Al cabo, siempre convenía tener una herramienta persuasiva para meter las cabras en el corral a los criminales más criminales de todos los criminales. No obstante, los delitos susceptibles de ser castigados con la muerte quedaron relegados a los más execrables y perversos. Por aquella época ya debía practicarse el ahorcamiento en el poste, si bien no hay constancia de cuándo hizo su aparición. Por aportar una teoría de cosecha propia, pudo tener su origen mucho antes en la Pranger (picota) o Gack, donde se aplicaban los castigos físicos y, llegado el caso, se podría colgar a algún reo de uno de sus ganchos. En este caso, se le daba el nombre de schnellgalgen (horca rápida), y ciertamente no debían tardar mucho en poner un dogal en el pescuezo y dejar al reo colgando como una longaniza.

Sea como fuere, la cosa es que en 1870 se estableció el ahorcamiento como forma de pena capital, eliminando los refinados y cruentos métodos que aún perduraban incluyendo la rueda y dejando la decapitación para sus primos tedescos. Así mismo, se designaron cinco prisiones donde llevar a cabo las ejecuciones, que serían efectuadas por verdugos profesionales que cobraban 800 florines anuales más una prima de 25 por trabajo cumplido. Dichos verdugos estarían destinados a las cárceles de Viena, Praga, Budapest, Osijek y Graz. Tras la Gran Guerra, la pena capital fue nuevamente abolida para ser reinstaurada una vez más por el canciller Engelbert Dollfuss el 11 de noviembre de 1933. El primer reo no tardó mucho en ser ejecutado, concretamente el 1 de enero del siguiente año. Se trataba de un tal Peter Strauss, condenado por incendiario y finiquitado por el nuevo verdugo, Johann Lang, sobrino de Josef y seguidor de la saga verduguil de la familia.

El instrumento original era un chisme más básico que la sesera de un político, y con los mismos mecanismos que un chupete. Consistía en un poste de alrededor de 2'20-2'50 metros de alto por unos 30 cm. de ancho y unos 15 de grosor en cuyo extremo había un gancho o un pivote donde enganchar la cuerda y nada más. El reo era colocado dando la espalda al poste y se le subía en un taburete o una pequeña plataforma. A continuación, el verdugo se encaramaba en una escalera de mano o un estrado de dos o tres escalones y se colocaba tras el poste. Colocaba el dogal en el cuello del reo y enganchaba el extremo opuesto en el poste. A su señal, sus ayudantes aupaban al reo y quitaban el taburete, para a continuación soltarlo. La caída era de apenas 15 o 20 cm. Generalmente, su propio peso era suficiente para cerrar el dogal y cortar en seco el riego sanguíneo al cerebro, como ya hemos explicado en otra entrada. Para ello, se usaban cuerdas de escaso diámetro fabricadas de cáñamo hervido, un material muy poco o nada flexible para impedir que amortiguase la caída. Algunos verdugos, como Josef Lang, el titular de la plaza de Viena entre 1900 y 1918, engrasaban y enjabonaban la cuerda para que corriera sin trabas por el nudo y se cerrase contra el cuello rápidamente. Más adelante, y para acelerar la muerte del reo, los ayudantes tiraban de él hacia abajo agarrándolo por los hombros o bien tirando de una soga que, previamente, le había sido anudada a los tobillos y pasada por un perno que vemos en la parte inferior del poste.

Todo esto provocaba la consabida anoxia cerebral que dejaba al reo inconsciente casi al instante, sobreviniendo la muerte al cabo de cuatro o cinco minutos, cuando el cerebro muere definitivamente por falta de oxígeno. Durante ese tiempo el sujeto no se daba cuenta de nada (se supone, porque ninguno volvió para contarlo), y los escasos movimientos que hacía eran espasmos involuntarios. En contadas ocasiones, la constitución física del reo podría alargar un poco más el proceso. Un hombre enjuto y de poca masa corporal podría no quedar inconsciente de momento, así que le tocaba pasar un muy mal rato mientras que las vías respiratorias y los vasos sanguíneos se iban bloqueando. Con todo, según los testimonios de la época, en el peor de los casos no solían tardar más de un minuto en perder el conocimiento. Eso sí, el minuto sería eterno. Una vez que el verdugo constataba que el reo ya había palmado lo indicaba al médico, que era el encargado de certificar oficialmente el deceso. En la foto superior podemos ver el resultado de una ejecución en poste, llevada a cabo en la persona de Fabio Filzi en julio de 1916 a manos de Lang. No debe extrañarnos la presencia de tanto militar ya que la horca se incluyó en el repertorio ejecutor del ejército junto al fusilamiento. Además, Filzi, junto a Cesare Battisti fueron condenados por alta traición por haberse alistado en el ejército italiano cuando, en aquel momento, por su lugar de nacimiento eran austriacos.

En todo caso, el verdugo podía acelerar la muerte del reo rompiéndole el cuello a mano. En la foto vemos dos secuencias de la ejecución de Ferenc Szálasi que nos muestran el momento en que los ayudantes lo aúpan mientras que el verdugo asegura el dogal al poste. Tras soltarlo una vez retirada la plataforma, el verdugo agarra la cabeza de Szálasi para finiquitarlo con prontitud. Por cierto que, como se puede ver, estos probos homicidas no seguían la moda tedesca a base de chisteras y levitas. Van vestidos con ropa de calle corriente y moliente, y nada en su aspecto podía hacer suponer cuál era su siniestro oficio. Finalmente, tras quedar claro que el reo había muerto le sería descubierto el pecho para que el médico lo corroborase. Fin de la historia.

Por lo demás, cuando había que efectuar varias ejecuciones no se usaba el mismo poste para todas, sino que se plantaban tantos como reos. Como vemos en la foto, perteneciente a los preparativos del ajusticiamiento que vemos en la imagen de cabecera, se erigieron cuatro postes para otros tantos reos, los cuales no eran ejecutados de forma simultánea, sino uno tras otro. Tras la desaparición del imperio austro-húngaro, los nuevos países surgidos de su antiguo territorio o área de influencia siguieron usando el poste, pero con variaciones en el proceso de la ejecución. En Serbia, por ejemplo, los reos que esperaban su turno no podían presenciar el ahorcamiento del que les precedía, mientras que en Hungría tenían que contemplar como sus compañeros de suplicio palmaban uno tras otro. Tras certificarse la muerte se les cubría el rostro con una capucha y se les dejaba una hora colgando para evitar resurrecciones inesperadas.

Posteriormente se hicieron diversas modificaciones en el poste para hacerlo más eficaz a la hora de acabar con el reo con la máxima prontitud. Como vemos en la ilustración, el gancho pasó al frontal del poste, mientras que en la parte superior se instaló una polea. Otra similar iba situada en el extremo inferior, embutida en una mortaja practicada en el poste, que también vio aumentada su altura hasta los 3 metros. La posición del verdugo también cambió de lugar, pasando de atrás al lado derecho, hacia donde se había desplazado el gancho. En este modelo, la preparación del reo era un poco más larga, pero sus efectos eran fulminantes y de eso hay testimonios cinematográficos obtenidos de las ejecuciones de diversos mandamases nazis a los que ajustaron las cuentas tras la derrota. El proceso era como sigue: el reo era colocado de espaldas al poste, momento en que se le ataban los tobillos con una soga que era pasada hacia atrás por la polea inferior. A continuación se le ceñía al pecho un ancho cinturón de cuero o lona abrochado con una hebilla situada bajo la axila izquierda; el cinturón estaba a su vez unido a otra soga que se pasaba por la polea superior. Una vez preparado, los ayudantes lo izaban. Veamos la secuencia completa con el temible SS-Obergruppenführer Karl Hermann Frank como protagonista, al que los checos enviaron al puñetero infierno a hacer compañía a su predecesor, el aún más temible Reinhard Heydrich. La ejecución tuvo lugar el 22 de mayo de 1946 en la prisión de Pankrác, donde tantos checos habían padecido la tiranía nazi...


Foto 1: Uno de los ayudantes del verdugo ata los tobillos de Frank y pasa la cuerda hacia atrás.

Foto 2: A continuación se le ciñe el cinturón al pecho, y la cuerda se pasa por la polea superior. Los ayudantes tiran de ella y suben al reo hasta el extremo del poste.


Foto 3: El verdugo, en este caso un policía, pasa el dogal por el cuello del reo y sujeta el extremo al gancho. Como vemos, lleva puestos unos guantes blancos.

Foto 4: Llega el momento decisivo. El verdugo empuja hacia arriba la cabeza de Frank y, en ese instante, sus ayudantes sueltan la soga. El reo cae bruscamente, descendiendo alrededor de medio metro. En la filmación se aprecia claramente el frenazo en seco. Los ayudantes agarran la soga inferior y tiran con fuerza para acelerar la dislocación de las vértebras y la asfixia.

Foto 5: El verdugo no deja de empujar la cabeza hacia arriba. Aunque parezca que, en realidad, le está tapando la boca y la nariz para impedirle respirar, esta maniobra tiene otro cometido: favorecer el dislocamiento de las cervicales. De hecho, en un momento se ve como mueve la cabeza a ambos lados. Frank levanta un poco el brazo izquierdo, pero el tiempo transcurrido desde la caída hasta la inmovilidad absoluta apenas dura 10 segundos, y en ningún momento se aprecian gestos de dolor o espasmos en el reo. La pérdida de conocimiento ha sido prácticamente instantánea.


Foto 6: Frank ha palmado sin decir ni pío. El verdugo suelta el cinturón y lo deja colgando de la soga. 

Foto 7: Vemos como los ayudantes (uno de ellos permanece oculto tras el poste) siguen tirando con fuerza de la soga inferior. El verdugo se quita los guantes, que a continuación arrojará delante del poste.


Foto 8: Por último, el médico comprueba que el reo está más muerto que Carracuca. Primero le ausculta el pecho, y luego le toma el pulso. Frank ha palmado definitivamente,

Foto 9: En esta foto vemos la conclusión del ahorcamiento de otro nazi de postín, el SS-Obergruppenführer Kurt Daluege, liquidado también en Pankrác el 24 de octubre de 1946. El fotograma muestra el momento en que el verdugo arroja los guantes al suelo con cierto aire de desprecio. Los ayudantes siguen tirando de la soga inferior, por si las moscas.

Ejecución de László Endre en Budapest
el 29 de marzo de 1946. La foto muestra
como el verdugo disloca el cuello del reo
mientras que sus ayudantes tiran con fuerza
de la soga. La flecha marca el perno donde
estaba situada
En fin, así funcionaba el poste austriaco. Tras los ajustes de cuentas con los malvados nazis y sus lacayos de Hungría, Checoslovaquia, etc., este método fue recuperado una vez que terminaron los procesos llevados a cabo por los aliados. En Austria, el último reo en pasar por el poste fue Johann Trnka, ajusticiado el 24 de marzo de 1950 en Viena por haberse cargado a dos abuelitas candorosas a las que quería robar. La pena de muerte en Austria fue abolida en febrero de 1968. En Yugoslavia, se siguió empleando junto al fusilamiento hasta 1959. En Checoslovaquia perduró hasta 1954, cuando fue sustituido por una horca más convencional formada por un travesaño entre dos postes. El reo era colocado sobre una trampilla que era accionada desde una habitación contigua a la cámara de ejecución. Donde más tiempo estuvo operativo el poste fue en Hungría. La última ejecución con este método se efectuó el 14 de julio de 1988 en la persona de Ernő Vadász, un mal bicho condenado a muerte por torturar y asesinar a un hombre. También fue el último reo ejecutado en ese país, donde fue abolida la pena capital dos años más tarde.

Y, finalmente, la cuestión acerca de cómo muere un reo por ahorcamiento. Como es evidente, los estudios realizados se basan en hipótesis que, salvo que se invente como resucitar a los difuntos, no podrán ser corroboradas de forma fehaciente. Con todo, las autopsias realizadas en los cadáveres, así como la observación del proceso hasta comprobar la muerte del sujeto, permiten al menos establecer una base bastante sólida para hacernos una idea.

Ante todo, nos ceñiremos al ahorcamiento en suspensión. Los de caída media o larga seguido por los anglosajones no entran en esta cuestión ya que, en esos casos, salvo que ocurra algo raro el deceso se produce por dislocación de las cervicales y rotura de la médula espinal. En el caso que nos ocupa, a pesar de que la caída  es mínima o casi nula, el dogal se cierra como un cepo sobre el cuello debido al mismo peso del reo. Se ha calculado que basta una fracción de segundo (algo tan mínimo como 0'02") para que la cuerda apriete una cosa mala. Se supone que el reo podría sentir un agudo dolor por el estiramiento de las vértebras, así como por la acumulación de sangre en la cabeza, siempre y cuando no se produzca una rotura de la médula espinal. Sin embargo, ese dolor apenas duraría medio segundo antes de que el sujeto perdiera el conocimiento. Y ojo, no debemos confundirnos cuando nos dicen que un ahorcado palma en 5 minutos, pensando que durante ese tiempo permanecería totalmente consciente y sufriendo una indescriptible agonía. El cerebro tarda un tiempo en apagarse, como ya se ha explicado. Durante ese tiempo, algunas funciones vitales seguirán funcionando, y el corazón puede seguir latiendo, pero el proceso es imparable y el reo ni siente ni padece porque su sistema nervioso se ha ido al garete. De hecho, ahí tienen al ciudadano Frank en la mesa de autopsias. Observen su rostro amoratado por la acumulación de sangre venosa en la cabeza. No muestra signos de dolor, sino más bien de un sueño placentero. La profunda marca del dogal nos demuestra que la presión que ejerció sobre el cuello bastó para apiolarlo de inmediato, a lo que colaboró el verdugo dislocándole las vértebras. Resumiendo, la horca es bastante más eficaz y rápida que métodos más modernos como la cámara de gas, la silla eléctrica y, por supuesto, la controvertida inyección que ha dado ya mucho que hablar por el sufrimiento que produce, aparte del interminable proceso de preparación del reo desde que entra en la cámara de ejecución hasta que le inyectan las porquerías esas. Nada que ver con los escasos segundos que Pierrepoint tardaba en colgar a un condenado, o los que se tomaba Reichhart para descabezar a un cuñado enemigo del estado.

Bueno, ya me he enrollado bastante. S'acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

"Mártires de Arad", obra de Thorma János. La escena representa el ahorcamiento del primero de los nueve oficiales del ejército austriaco que fueron condenados por traición y ejecutados el 6 de octubre de 1849. Otros cuatro habían sido fusilados poco rato antes. Como vemos, cada poste espera a su usuario, los cuales aguardan su turno junto a los curas un poco bastante acojonados

lunes, 5 de diciembre de 2022

LA PENA DE MUERTE EN EL III REICH

 

Ganchos de carnicero en la cámara de ejecución de Plötzensee, en Berlín. A pesar de que este método de ahorcamiento no era el más difundido, se ha asentado firmemente en el imaginario popular por mostrar el lado más cruel del sistema judicial del III Reich

Al hilo del articulillo anterior sobre el ciudadano Reichhart, quizás resulte interesante dar un repaso a lo referente a la pena capital en el Reich de los Mil Años que apenas duró doce. Veamos...

Por norma, cuando se habla de la pena de muerte durante el III Reich se piensa antes en el genocidio perpetrado en los campos de exterminio que en las ejecuciones derivadas de un proceso judicial. Por lo tanto, debemos diferenciar las matanzas indiscriminadas que tuvieron lugar en los lager, guetos o poblaciones cribadas por los Einsatzgruppen de las ejecuciones llevadas a cabo según la justicia estatal, si bien es justo reconocer que dicha justicia era bastante injusta, y más si la comparamos con las garantías y procedimientos procesales de nuestros días. Procedimientos procesales en ciertas partes del mundo, naturalmente. En otras se empeñan en no salir del medioevo, como por desgracia vemos con más frecuencia de la deseable. Sí, ya saben, donde habitan los seres del luz de la religión de la pazzz y similares. En todo caso, nos guste o no, lo cierto es que el ciudadano Adolf le dio dos patadas al código penal de la República de Weimar porque estaba legalmente capacitado para ello. El 28 de febrero de 1933, justo un mes después de haber sido nombrado canciller por Hindenburg, se emitía un decreto por el que los principales derechos civiles quedaban abolidos. Y no contento con eso, dos años más tarde se mandó al garete la doctrina de NVLLA PŒNA SINE LEGE (ninguna pena sin ley), es decir, no se podía considerar delito un acto sin que previamente estuviese legislado. Así, se podía perseguir cualquier cosa que, al arbitrio de un juez nazi, "ofendiera el sano sentimiento del pueblo", uséase, hasta mear en un descampado llegado el caso. En resumen, l
e dieron el poder e hizo uso de él como le dio la gana, que es generalmente el primer paso que siguen todos los dictadores que se hacen los amos del cotarro porque la ciudadanía lo permite. Otra cosa es que la ciudadanía se arrepienta a posteriori, pero para entonces ya es tarde. El dictador se ha adueñado de los resortes del poder y ya no lo sacan de ahí ni con agua hirviendo.

ANTECEDENTES

Ejecución con espada acaecida el 20 de mayo de 1820 en la
persona de un tal Karl Ludwig Sand por haberse
cargado a un semejante. El que la hace, la paga
Obviamente, el ciudadano Adolf no introdujo la pena de muerte. Esta permanecía vigente en toda la Europa si bien algunos países eran bastante remisos a la hora de aplicarla o solo se contemplaba en tiempos de guerra. Algo así ocurrió durante la República de Weimar, en la que se optó por conmutar la gran mayoría de las sentencias de muerte por condenas a cadena perpetua, lo que, como vimos en el caso del ciudadano Reichhart, hizo que los verdugos se quedaran a dos velas por falta de trabajo. En Alemania, el sistema habitual era la decapitación con hacha o espada desde la Edad Media, herramientas estas que requerían una gran destreza por parte del verdugo para no acabar perpetrando una escabechina sangrienta. Aunque parezca fácil, acertar en el cuello de un reo no es nada fácil, y los que lo cuestionen que prueben a separar por su sitio el muslo y el contramuslo de un pollo de un machetazo y ya me dirán. 

De ahí que, a principios del siglo XIX, algunos estados se decidieran por la guillotina que tanta popularidad ganó durante la revolución gabacha (Dios maldiga al enano corso) y que tantos ríos de sangre hizo correr. De hecho, la primera máquina que se usó en Alemania era la Schmidt de procedencia francesa, y se empleó por primera vez en Hamburgo el 30 de septiembre de 1812 tras ser expuesta unos días en el mercado como una virguería fruto del ingenio foráneo. Posteriormente, l
os estados que se inclinaron por la adopción de la guillotina recurrieron a un diseño propio basado en el modelo gabacho, pero añadiendo algunos detalles que, según ellos, mejoraban el rendimiento de la máquina. Un ejemplo lo tenemos a la derecha. Se trata de un modelo muy similar al francés, pero provisto de un escudo de madera para ocultar la cuchilla de la vista del reo; también se aprecian dos travesaños para mantener bien alineados los largueros del bastidor, y evitar así que la cuchilla se atascase debido a deformaciones de la madera por la humedad o los cambios de temperatura. Salta a la vista la robusta estructura de la base, y el curioso embudo de tela para recibir la cabeza del reo. Por imágenes anteriores, esta máquina pudo ser la misma que funcionó en la cárcel de Friburgo, y en aquella época disponía de un tablero basculante con reposapiés y dos correas para inmovilizar al reo. Finalmente, en 1854 se introdujo el diseño creado por Johann Mannhardt del que se habló largo y tendido en su momento. 

En cuanto a la espada o Richtschwert, era un diseño que se mantuvo vigente desde la Edad Media. Se trataba de armas pesadas, de dos kilos o más, provistas de una empuñadura de dos manos y una hoja de alrededor de 80-90 cm. de largo por unos 4 o 5 de ancho, de punta redondeada o sin punta y cuyo centro de gravedad estaba desplazado hacia el extremo de la misma para desarrollar más energía cinética. Un verdugo diestro en su uso podía cercenar un cuello de un golpe sin problema, e incluso hay noticia de un tal Franz Schmidt, que logró la dudosa proeza de decapitar a dos reos de un solo golpe en 1601, y otro, aún más chulo, a tres. La hazaña la llevó a cabo Polster, el verdugo de Sajonia, que dejó al público boquiabierto ante semejante alarde de fuerza y destreza verduguil. La que vemos en la foto es un ejemplar datado hacia finales del siglo XVII, y como características más reseñables tenemos sus guarniciones, fabricadas enteramente de bronce, y su hoja, totalmente despuntada y más ancha por el extremo para desplazar el centro de gravedad. Pesa 2,3 kilos, y su longitud total es de 109 cm. de los que 85'7 pertenecen a la hoja.

Y en lo referente al hacha o richtbeil, pues probablemente derrumbe los esquemas a más de uno ver cómo eran en realidad, porque no se asemejaban en nada a las enormes herramientas que aparecen en las pelis, más parecidas a un hacha danesa por la longitud de su empuñadura. Contrariamente a lo que se pueda pensar, cuanto más larga es más impreciso es el golpe, y esas hachas de metro y medio harían muy complicado acertar en el cuello del reo, descabezándolo de un golpe limpio. Como vemos en la imagen, se trataba de herramientas de aspecto rechoncho, con el mango muy corto y una hoja grande, pesada y con el filo recto o levemente curvado. Aunque los verdugos deseosos de ejercer adecuadamente su oficio solían practicar con animales o incluso con los cadáveres de ciudadanos que aparecían abandonados en cualquier parte, no era raro que se vieran obligados a descargar un segundo o un tercer golpe. No obstante, si el primero había caído sobre el cogote, aunque la cabeza no hubiese quedado separada del cuerpo, el reo ya estaba muerto cuando recibía el siguiente tajo ya que el hacha le habría cercenado la médula espinal, produciéndole una muerte instantánea, similar a la de un descabello. Al igual que en el caso de las espadas, el diseño de las hachas permaneció invariable mientras estuvieron operativas porque, total, poco se podían mejorar en ese aspecto.

Como complemento, los verdugos disponían de un tocón como los que vemos en la imagen. Eran tochos gordos y pesados de madera muy dura y densa como el roble, capaz de resistir mogollón de hachazos sin apenas sufrir daños. Tenían una altura que oscilaba entre los 50 y 60 cm. ya que el reo era colocado ante él de rodillas. Las argollas que muestran eran para inmovilizarle las manos, pero parece ser que de ese menester ya se encargaban los ayudantes del verdugo, acortando así el tiempo de preparación del reo. Como se puede ver, en la parte superior llevan un rebaje para alojar la mandíbula inferior, por lo que no había que colocar la cabeza de lado. El de la izquierda presenta además una acanaladura en todo lo alto de forma que el filo del hacha penetrase en la madera, favoreciendo así el corte del cuello. Por lo general, eran fijados al patíbulo mediante unas pletinas atornilladas al mismo en prevención de que cualquier movimiento inesperado del reo fastidiase una ejecución limpia y breve.

Los preparativos no alargaban demasiado la cosa. A la derecha vemos el proceso de una ejecución, concretamente en la prisión de Braunschweig a manos de Friedrich Reindel (X) con su patriarcal barba. Reindel, verdugo de Prusia, estuvo en activo entre 1873 y 1898, alcanzando un total de 213 ejecuciones. Por cierto que este hombre debía mantenerse en forma, porque en la foto tenía ya 60 tacos y aún soltaba hachazos que daba gloria verlo
. En la foto superior, vemos al reo oyendo la sentencia, chorrada que, como he dicho varias veces, no sé qué sentido tenía y tiene porque el reo ya sabía de sobra que acabaría en el tajo. En el patíbulo vemos a Reindel y, a la izquierda, a sus tres ayudantes. Ante ellos se encuentra el tocón y, en este caso, una pequeña mesa donde tumbarán al reo, al que previamente le vendarían los ojos. Esto tenía como principal cometido impedir que el aspirante a difunto, viendo venir el golpe, intentara esquivarlo y hacer errar al verdugo. De todas formas no lo tenía fácil. En la foto inferior, en la que aunque Reindel sale movido es bastante explícita, se ve como dos de los ayudantes sujetan firmemente al reo, mientras que el que aparece de espaldas le sujeta la cabeza por el pelo o las orejas. Ciertamente, debía tener una fe ciega en la destreza de Reindel, porque si a este se le iba la mano se llevaba por delante las suyas. Añadir que, según se aprecia, el verdugo se había despojado de su levita, costumbre habitual al parecer entre los que manejaban el hacha para tener más libertad de movimientos que con una prenda por lo general ajustada al cuerpo. Así mismo, podemos observar como delante del tocón se ha esparcido arena para empapar la sangre.

A la izquierda tenemos una réplica de la mesa que aparece en la foto junto al tocón. Como podemos ver, es una pequeña mesa plegable unida al tocho de madera mediante unas garras. Ciertamente, este accesorio permitiría abreviar bastante el trámite, sobre todo en el caso de reos rebeldes que, dominados por el pánico, no fuera posible arrodillar ante el tocón y mantenerlos inmóviles. Sin embargo, tumbado boca abajo y con dos fornidos ayudantes agarrando al hombre por la espalda y las piernas, más otro sujetando la cabeza, podrían mantenerlo inmóvil el mínimo tiempo necesario para que el verdugo descargase el golpe fatal. 

21 de marzo de 1933. Un ciudadano Adolf aparentemente
sumiso inclina la testuz ante Hindenburg tras ser nombrado
Reichkanzler. Comenzaba el infierno
En cuanto a la horca, en marzo de 1933, tras el incendio del Reichstag, fue instaurada por Hindenburg según el sistema empleado en el imperio austro-húngaro de ahorcamiento en poste. Sin embargo, parece ser que no llegó a hacerse uso de esta forma de ejecución, así que ya hablaremos del mismo en un articulillo aparte.

Bien, así estaban las cosas cuando, en 1933, los nazis se hicieron con el poder. Como hemos visto, la pena capital estaba totalmente vigente aunque su aplicación se había relajado bastante, quedando reservada a los asesinos y los reos de alta traición. No incluimos lógicamente los delitos propios de la milicia, que eran un mundo aparte y que se solventaban llegado el caso, con un piquete de ejecución. Pero en lo tocante a la justicia civil, el número de delitos merecedores de la pena de muerte aumentó de forma ostensible y, además, las autoridades no eran ya nada proclives a conceder indultos. De ese modo, cualquier ciudadano cuyos actos fueran considerados como nocivos para el estado lo tenía crudo. Si no eran enviado a un campo de internamiento a cumplir penas de prisión larguísimas, acababa asistiendo a una breve pero intensa entrevista con alguno de los verdugos del Reich.

Con este personal al frente de los tribunales la imparcialidad
brillaba por su ausencia
Debido a que cada Land tenía su propio sistema de ejecución, los gerifaltes del Ministerio de Justicia iniciaron un largo debate acerca de cuál sería el más adecuado, o si sería conveniente cambiarlo por otro. Y no solo se tuvieron en cuenta la decapitación por los métodos ya existentes, sino también el fusilamiento o incluso el envenenamiento, bien mediante gaseo, bien ingiriendo de forma voluntaria algún tósigo mortal. Y, ojo, aquí no debemos ver en ningún momento un especial interés por hacer el proceso de la ejecución más cruel o un deseo de alargar la agonía del reo, sino más bien lo contrario. Pero no por un sentimiento de compasión, sino por el empeño en que fuese un acto lo más rápido y económico posible. En la mentalidad tedesca primaba ante todo la eficacia, y lo que buscaban era la forma de eliminar el mayor número de reos posible con el mínimo de gasto. Esa misma mentalidad fue la que llevó a la Solución Final tras la Conferencia de Wannsee celebrada en enero de 1942, y por la que el destino de cientos de miles de indeseables- razas consideras inferiores y enemigos del estado en cualquiera de sus infinitas formas- serían gaseados con Zyklon-B, matarratas comercial que permitía matar a cientos de seres humanos al día con un coste ínfimo.

Mannhardt en el patíbulo de la cárcel de Ausgburgo hacia
principios del siglo XX. Obsérvese el montón de serrín
bajo el canalón de vertido
Al final, fue el mismo ciudadano Adolf el que acabó con el debate. El 14 de octubre de 1936 se emitió una orden por la cual se hacía obligatoria la guillotina en todo el Reich, si bien hubo un período de transición para que diera tiempo a actualizar tanto a los verdugos como las instalaciones para ello, aparte de redistribuir la jurisdicción de cada ejecutor. Durante ese período, los verdugos en activo siguieron realizando las ejecuciones según el sistema establecido en cada Land hasta que, a finales de 1938, se enviaron las hachas a paseo y quedaron solo las guillotinas, que inicialmente eran las Mannhardt que ya conocemos. Previamente, el 25 de agosto de 1937, los tres verdugos del Reich fueron distribuidos por territorios de la siguiente forma: Johann Reichhart tenía asignadas las prisiones de Múnich, Dresde, Stuttgart y Weimar; Ernst Reindel- nieto del barbudo Friedrich-, Berlín, Breslau y Königsberg, y Friedrich Hehr, Hannover, Hamburgo, Butzbach y Colonia. Para optar al puesto tuvo que demostrar que era capaz de manejar adecuadamente el hacha ya que en Colonia y Hamburgo seguía vigente ese chisme.

Conocida foto de Reichhart en la prisión de Stadelheim
junto a sus ayudantes, Huber (centro) y Donderer (izqda.).
Sobre la cabeza de Reichhart se puede ver la campana
que se hacía sonar durante la ejecución
Como ya comentamos en el artículo anterior, solo había disponibles tres máquinas que permanecían en la "capital" de cada demarcación: Stadelheim en Múnich, Plötzensee en Berlín y Hannover, por lo que cada vez que había que ejecutar a alguien fuera de dichas prisiones había que desmontar la guillotina y enviarla por ferrocarril, instalarla en destino, volverla a desmontar y retornarla a origen. En resumen, una pérdida de tiempo y dinero, y eso ponía de los nervios a los cuadriculados tedescos. Tras el Anschluss en marzo de 1938 hubo que redistribuir las jurisdicciones de los verdugos, de forma que, en febrero del año siguiente, a Reichhart se le asignaron las prisiones de Viena y Frankfurt, y Weimar, que dependía de él, pasó a manos de Hehr. Por lo demás, los verdugos y sus ayudantes debían mantener en secreto su actividad. Todos tenían trabajos normales en la vida civil para, aparte de ganarse un sobresueldo, pasar desapercibidos ante la gente. Como ya vimos, Reichhart emprendió diversas iniciativas si bien no tuvo demasiado éxito; Hehr fue verdulero, carnicero y peón de albañil, y Reindel, como muchos verdugos, se dedicó bastante tiempo al oficio de Wasenmeister habitual en muchos verdugos. Con todo, cabe suponer que sus actividades debieron verse totalmente desatendidas a medida que se les acumulaba el trabajo.

Fotograma de la cinta "Los últimos días" (2005), que recrea la
ejecución de Sophia Scholl  en la cárcel de Stadelheim a manos
de Reichhart. Como vemos, los dos ayudantes colocan la rea
sobre la mesa y la arrastran hacia adelante hasta colocar su cuello
en el cepo.
En cuanto a la ejecuciones, se llevaban a cabo a primera hora de la mañana. No obstante, a medida que pasó el tiempo hubo que tener más flexibilidad en los horarios debido a la gran cantidad de reos que se acumulaban a la espera de ser liquidados. Antes de la guerra, se anunciaba la inminencia de la ejecución doce horas antes de la misma, pero hubo que recortar el tiempo a seis horas y, finalmente, a apenas dos o tres. De ese modo, un reo que era sentenciado a mediodía podía verle la jeta al verdugo antes de la hora de la merienda. Por lo demás, el ritual era el siguiente: el reo era llevado a la cámara de ejecución, donde le esperaban los del juzgado, varios testigos y el médico. Ante sí tenía una cortina negra que mantenía la guillotina oculta mientras se cumplían con los trámites de rigor y la lectura de la sentencia. Cuando dicho trámite concluía anunciando que la sentencia se llevaría a cabo "en nombre del pueblo alemán" se descorría la cortina. La cámara era mantenida en penumbra para limitar la visión del desdichado. En ese momento, la Armesünderglocke (la campana del pobre pecador) ubicada en la misma estancia empezaba a sonar, y los ayudantes del verdugo agarraban al reo, lo colocaban en el tablero basculante y lo inmovilizaban con las correas. A continuación era tumbado y su cuello colocado en el cepo, que era cerrado por el verdugo. En ese mismo instante accionaba la palanca que liberaba la cuchilla y se acabó lo que se daba.

Caricatura datada hacia 1900 que muestra al verdugo
hacha en mano con su pomposa indumentaria, que más
parece padrino de boda que ejecutor
Como ya comentamos anteriormente, la Mannhardt fue modificada inicialmente por Reichhart para abreviar el trance supremo, dando lugar posteriormente a la guillotina Tegel, mucho más básica que la anterior y desprovista del tablero basculante, lo que permitió reducir a apenas tres o cuatro segundos la ejecución en sí, o sea, el tiempo transcurrido desde que se descorría la cortina negra hasta que la cabeza caía al recipiente. En ese momento, la campana dejaba de sonar y el verdugo anunciaba que la sentencia se había cumplido. El cadáver quedaba un tiempo en la máquina mientras se desangraba. Para ello, solían estar provistas de un canalón que la vertía en un cubo, un montón de arena/serrín o, simplemente, se ubicaba de forma que coincidiese con un husillo. Las cámaras de ejecución siempre disponían de una manguera para eliminar los restos de sangre y demás fluidos corporales ya que, sobre todo en los ahorcamientos, no era infrecuente que los reos se vaciaran al relajarse la musculatura de la vejiga y/o el esfínter. Una vez retirado el cuerpo era enviado a la facultad de medicina, y los ayudantes limpiaban la máquina a la espera de su próximo usuario. En el caso de que hubiera otra ejecución en el mismo día se cambiaba la cuchilla, pero cuando el trabajo se empezó a acumular hasta límites insospechados hubo que prescindir de tanto protocolo y dejar la misma para todos. En cuanto a su indumentaria, recordemos que se mantenía la tradicional levita o frac, sombrero de copa, corbata de pajarita y guantes blancos. Los ayudantes llevaban ropa normal de calle, pero siempre procurando que fuera lo más decorosa posible.

Cámara de ejecución de Pankrác. En primer término vemos una
Tegel, máquina de "última generación" en su momento
En 1942, entre los tribunales ordinarios y los tribunales populares aumentaron de tal forma la demora se alargaba de forma preocupante, por lo que hubo que replantear todo el sistema. De entrada, el ciudadano Adolf ordenó que se incluyera la horca para agilizar las ejecuciones. Obviamente, no se anduvieron con muchas historias y pasaron de métodos más o menos funcionales, obviando patíbulos, trampillas y demás, e incluso el poste austriaco incluido por Hindenburg en 1933. Fueron a lo práctico y lo rápido, y para ello solo había que disponer de un gancho donde sujetar la soga. Inicialmente se instalaron en Plötzensee para, a continuación, distribuirlas por todos los centros de ejecución. En la foto tenemos las horcas de la prisión de Pankrác, en Praga, consistente en una viga metálica suspendida del techo con ocho ganchos móviles. Este sistema permitía efectuar varias ejecuciones simultáneas como es obvio, y bajo los ganchos vemos la pequeña plataforma con dos escalones que usaba el verdugo para enganchar el dogal mientras sus asistentes aupaban al reo. Este sistema de ahorcamiento por suspensión, como ya se comentó en la entrada anterior, produce por lo general una pérdida de consciencia casi instantánea aunque la muerte tarde algunos minutos en sobrevenir. Los dogales se fabricaban con cuerda de piano, cable de acero o una cuerda de entre 6 y 10 mm. de diámetro. Aunque pueda parecer un alarde de refinado sadismo, en realidad favorecían la presión en el cuello del reo, cortando así el riego sanguíneo al cerebro al quedar la carótida cerrada por completo y provocando una anoxia letal de necesidad.

Cámara de ejecuciones de Plötzensee. En primer término vemos
la Tegel reglamentaria, y al fondo la viga que sustenta los ganchos.
Inicialmente se instalaron cinco, pero ante el cúmulo de reos
hubo que aumentarlos hasta ocho. Debía ser dantesco para ellos
ver como los que les precedían colgaban agonizantes mientras
les llegaba el turno
A medida que avanzaba la guerra y estaba cada vez más claro que la fe en la victoria se iba evaporando, los tribunales fueron endureciendo cada vez más las penas. Cualquier ciudadano podía verse procesado y ejecutado si su cuñado iba a la Gestapo jurando por sus muelas que era un derrotista, se dedicaba al pillaje o pertenecía a cualquier grupúsculo de la resistencia anti-nazi, aunque su resistencia se limitase a repartir panfletos poniendo a caldo al ciudadano Adolf. En el mes de septiembre de 1942, el abrumador aumento de condenas a muerte hizo imposible a los tres verdugos en activo el mantener un ritmo de ejecuciones aceptable. El trabajo se acumulaba, y había una "lista de espera" que empezó a poner de los nervios a los meticulosos burócratas a los que eso de demorar media hora una ejecución producía ataques de ansiedad. Así pues, se aumentó la plantilla añadiendo un cuarto verdugo dedicado exclusivamente a las prisiones de Plötzensee y de Görden, en Brandenburgo, que con diferencia eran la que más ejecuciones tenían pendientes. El elegido fue Wilhelm Rottger, que hasta aquel momento había trabajado como asistente principal de Friedrich Hehr.

En el mapa vemos los diez distritos con los centros de ejecución
que contenía cada uno. 
Y por la misma razón se aumentó el número de centros de ejecución hasta una veintena. De ese modo, en vez de tres guillotinas se dispuso de veinte máquinas basadas en la Mannhardt pero con un diseño mucho más simple que fueron construidas por los reclusos de la prisión de Tegel, en el distrito de Reinickendorf, no muy lejos de Berlín. Naturalmente, también hubo que aumentar la plantilla verduguil para poder atenderlos todos adecuadamente, de forma que los reos eran transportados al centro de ejecución más próximo en el que, dependiendo de la "lista de espera", eran guillotinados o ahorcados. La lista de ejecutores estaba compuesta, aparte de los cuatro ya mencionados, por Gottlob Bordt, Karl Henschke, August Köster, Johann Mühl, Alois Weiẞ y Fritz Witzka, a los que hay que añadir a Alfred Roselieb, que se sumó a la lista de verdugos oficiales el 31 de marzo de 1944 tras haber ejercido como ayudante de Hehr y, posteriormente, de Rottger. Por cierto que Roselieb tiene el récord de decapitaciones en un solo día. El 19 de junio de aquel mismo año liquidó a 25 reos en apenas una hora en la prisión de Roter Ochsen, en Halle. Si echamos mano a la calculadora podremos ver no sin perplejidad que se llevó a cabo una ejecución cada dos minutos y medio más o menos.

El pelotón de fusilamiento se retira tras ejecutar a cinco mujeres.
No hace falta comentar la foto, creo...
La guerra proseguía, la derrota se mascaba, pero las ejecuciones no cesaban, y su número aumentaba día tras día. Los fanáticos y enloquecidos jueces condenaban a muerte al personal como quien pone una multa por tirar al suelo una colilla, y los verdugos, que ya no daban literalmente abasto, se veían a veces imposibilitados para cumplir su trabajo porque los bombardeos destruían o inutilizaban temporalmente sus herramientas de matar. Pero eso le daba tres higas jurídicas a los del ministerio, y no paraban de apremiar a los ejecutores para que cumplieran con puntualidad germánica. Si la guillotina estaba sepultada por los escombros, pues se ahorcaba. Si los ganchos hacían compañía a la guillotina, pues se plantaban dos postes con un travesaño en un patio de la cárcel y santas pascuas. Y si hacía falta, pues se echaba mano del ejército y se fusilaba a los reos. Curiosamente, para ese menester tan deshonroso se recurría a la Wehrmacht en vez de a las SS, que seguramente les haría ilusión cargarse a mogollón de enemigos del estado. En cualquier caso, para estos menesteres se trasladaba a los reos a un polígono de tiro del ejército donde se llevaba a cabo la ejecución.

En fin, así se llevó a cabo la pena de muerte durante el III Reich, llevada hasta sus últimos extremos por un sistema expeditivo dispuesto a erradicar, no solo los delitos comunes, sino también cualquier disidencia por mínima que fuera. Tras la guerra, algún que otro verdugo fue reciclado por los aliados para echar una mano, esa vez para ajustarle las cuentas a los mismos que poco antes no habían tenido compasión con nadie. Otros sufrieron el mismo final que sus víctimas, mientras que otros tuvieron más suerte y pudieron pasar desapercibidos y llevar una vida normal. De todos ellos hablaremos un día de estos. Bueno, no quiero mentir, un año de estos. Todo se andará.

Hale, he dicho


Guillotina y ganchos en la cámara de ejecución de Pankrác, tal como se conservan actualmente. Alrededor de 40.000 reos fueron ejecutados en las cárceles alemanas durante el nazismo, incluyendo en la cifra tanto delincuentes comunes como políticos

martes, 29 de noviembre de 2022

JOHANN REICHHART, EL VERDUGO POLIVALENTE

Ciertamente, las ideologías tóxicas manchan todo lo que tocan. Por ejemplo, cuando se habla del ejército alemán de la 2ª Guerra Mundial el cuñado de turno suelta la perla de "el ejército nazi", como si todos sus componentes fueran fervientes seguidores del ciudadano Adolf. Lo mismo ocurre con nuestro probo ejecutor protagonista de este articulillo por lo que, cuando sale a relucir, de inmediato se le considera como un eficiente verdugo nazi. Sin embargo, Reichhart ya ejercía su siniestro oficio cuando el ciudadano Adolf no era más que un ex-combatiente que bicheaba en los tugurios tedescos en busca de elementos subversivos, y el NSDAP no era más que el DAP a secas dirigido por Anton Drexler, e incluso lo siguió ejerciendo cuando el ciudadano Adolf se había convertido en un torrezno carbonizado a medias y su Reich de los Mil Años ya era historia. De hecho, nuestro hombre tenía la mentalidad propia de un funcionario que da por sentado que su oficio es absolutamente necesario para mantener el orden social y culminar los procesos judiciales. No era un sádico que se regodeaba ejecutando reos y, de hecho, durante toda su carrera y tras su jubilación padeció numerosas depresiones precisamente porque la conciencia le pesaría más que un elefante bien criado. Reichhart, al igual que sus colegas foráneos Pierrepoint o Deibler, no se veía a sí mismo como un homicida a secas, sino como el último eslabón de la justicia, que era la que había puesto al reo en sus manos. Él no lo mataba por placer ni porque le diera la gana, sino porque un juez así lo había decidido. Por lo tanto, no se consideraba responsable de la muerte del condenado, sino un mero brazo ejecutor del estado. Otra cosa es el motivo que lleve a alguien a sacar la carrera verduguil, y más de uno dirá que, como nadie les obligó a ejercer semejante oficio, pues eran unos malvados intrínsecos. Lo que no piensan a la hora de juzgarlos es el contexto social, familiar o económico que les tocó vivir y, como es habitual hoy día, lo ven todo bajo el prisma de nuestra época y no de hace 100 años, cuando estos hombres decidieron convertirse en "ejecutores de sentencias", como se intitulaba nuestro verdugo patrio Bernardo Sánchez Bascuñana, verdugo de la Audiencia de Sevilla desde 1949 hasta que palmó en 1972.

Guillotina Mannhardt modificada que se usó en
la prisión de Stadelheim, en Múnich. Como se
puede ver, carece de tablero basculante. La chapa
del bastidor se añadió para ocultar la cuchilla de
la vista del reo
Por lo tanto, debemos despojarnos de nuestros prejuicios y de la moralina que muchos sacan a relucir cuando se tratan estos temas y, antes de tachar a Reichhart como un nazi sanguinario, detenerse a indagar un poco sobre su trayectoria laboral y vital. Así, más de uno puede que se sorprenda cuando le diga que se preocupó de modificar su herramienta de trabajo para abreviar al máximo el momento supremo, de forma que el reo apenas tuviese tiempo de enterarse de nada. Para ello, suprimió la tabla basculante en la que se inmovilizaba al reo (véase el artículo sobre la Fallbeil), lo que conllevaba un tiempo que hacía la espera absolutamente terrorífica. Para agilizar el trance, en cuanto se descorría la cortina negra que ocultaba la máquina mientras se leía la sentencia y demás chorradas protocolarias, los dos ayudantes cogían en volandas al reo, lo tumbaban boca abajo y cerraba el cepo que le aprisionaba el cuello. En ese instante, Reichhart liberaba la cuchilla y se acabó lo que se daba. Cuando, con voz solemne, anunciaba que "la sentencia se ha cumplido", no habían transcurrido ni cinco segundos. Del mismo modo, incluso llegó a proponer la implantación de la horca anglosajona, lo que fue rechazado porque a los picatostes del ministerio de Justicia, que esos sí que eran nazis diplomados o lo disimulaban muy bien, les parecía un sistema menos humillante y compasivo para el reo. Por lo tanto, prefirieron mantener el método aparentemente brutal de colgarlo de un gancho como si se tratara de una res en el matadero. Para los que desconozcan esta forma de ejecución, quizás convenga abrir un paréntesis y detallarla.

Fotograma de la cinta "13 minutos para matar a Hitler" (2015), donde
nos muestran con crudo realismo la ejecución del ex SS-Gruppenführer
Arthur Nebe en la cárcel de Plötzensee el 21 de marzo de 1945 por su
implicación en el atentado contra el ciudadano Adolf el 20 de julio
del año anterior 
Los ahorcamientos llevados a cabo en las cárceles tedescas eran burdos, primitivos, aún más siniestros que los que se realizaban en la isla mohosa de Albión (Dios maldiga a Nelson), en sus antiguas colonias de ultramar o cualquier otro país donde se tuviera la horca como sistema penal. De hecho, ni siquiera se usaba un patíbulo, y la ejecución tenía lugar en una sala vacía en la que se habían dispuesto uno o varios ganchos similares a los de los mataderos. El reo era llevado a dicha sala y, sin más historias, era aupado por el ayudante del verdugo, en estos casos seleccionados entre homicidas especialmente forzudos. Entonces, el verdugo, que esperaba en una pequeña escalera, ponía en el cuello del sujeto un dogal hecho con una cuerda de piano o un cable de acero, tras lo cual el forzudo soltaba al reo. En teoría, al no haber caída y, por ende, dislocamiento de cervicales, el sujeto palmaba a causa de un estrangulamiento que se prolongaría lo suficiente como para causar una muerte terriblemente agónica. 

Secuencia de la película anterior en el que vemos al médico
comprobando que Nebe ya ha causado baja definitiva
Pero, en realidad, la tremenda presión ejercida en el cuello por el dogal cortaba de inmediato la circulación sanguínea al cerebro, haciendo que el reo quedase inconsciente casi al instante y muriendo por anoxia en tres o cuatro minutos en los que, obviamente, no se daría cuenta de nada. Así pues, la "horca nazi" no era más cruel en sí misma, sino más humillante. El reo quedaba colgado como una longaniza mientras los asistentes esperaban un tiempo prudencial hasta que el médico presente certificaba que el músculo cardíaco del desdichado se había gripado definitivamente. A continuación era descolgado y enviado a la facultad de medicina para ser objeto de estudio. Sí, en la Alemania del ciudadano Adolf los reos de muerte eran por ley enviados para satisfacer la demanda de cuerpos con los que los estudiantes de medicina aprendían los entresijos del organismo, y solo si la familia lo solicitaba se les entregaba el cuerpo. Los reos de traición y los enemigos del estado solo podían ser retirados previa autorización de la Gestapo.

Bien, creo que tras este introito habrá quedado claro que Reichhart no tenía más vinculación con el nazismo que el hecho de haberse afiliado al partido en 1937, como hicieron mogollón de funcionarios por la cuenta que les traía. Al cabo, y nos guste o no, el ciudadano Adolf era el canciller legalmente establecido, y todo aquel que currase para el estado tenía que ceñirse a lo que el estado disponía porque no era plan de verse puesto en entredicho en una época y un país donde eso podía costarle a uno serios disgustos. Y dicho esto, vamos al grano...

Hasta la introducción de la guillotina, los útiles para decapitar en
los estados germanos eran el hacha y, sobre todo, la espada. Como
vemos en el grabado, el reo se iba de este mundo cómodamente
Johann Baptist Reichhart aterrizó en este atribulado mundo el 29 de abril de 1893 en Wichenbach, una pequeña aldea situada entre Wörth an der Donau y Tiefenthal, en Baviera, a orillas del Danubio. Sí, uno de esos parajes que te dejan embobado y que tanto salen en las edulcoradas pelis de Sissi. Desde el siglo XVIII, su familia venía ejerciendo de Scharfrichter, que en cristiano significa verdugo. Como complemento a su oficio, ya que cobraban por ejecución consumada e igual ganaban un pastizal al año que no veían un duro, compaginaban dicho oficio con el de Wasenmeister (literalmente, maestro de los prados), un trabajo cuyo cometido era eliminar las reses muertas en las granjas, así como los bichos que aparecían en los caminos y ciudades para impedir la propagación de enfermedades. El Wasenmeister se los llevaba para enterrarlos o incinerarlos ya que su carne no se consideraba apta para el consumo humano, pero no sin antes aprovechar todo lo aprovechable del animal, desde la piel a la grasa para fabricar jabón o el pelo para fabricar fieltro. Al ser ambos unos oficios tenidos por degradantes, los verdugos y su complemento laboral solían ser trabajos muy endogámicos que pasaban de padres a hijos, e incluso se matrimoniaban entre personas con cierto parentesco porque el personal no quería relacionarse con esta gente tan siniestrilla.

El tío Franz (a la izquierda) cuando eran ayudante del verdugo
oficial de Baviera, Joseph Kisslinger, en la cárcel de Würzburg
Cuando Johann nació, su tío Franz Xaber ya ejercía como Nachrichtergehilfe (ayudante del verdugo) del Reino de Baviera. Era un personaje curioso el tío Franz... Con jeta de tedesco bonachón y orondo, era un ciudadano sumamente piadoso y con una profunda fe hasta el extremo de que, cuando palmó en 1934, legó todo su patrimonio a la Iglesia y costeó la construcción de la pequeña capilla ubicada en un paraje llamado Monte de los Olivos, en Falkenstein. Más aún, era tan pío que, después de una ejecución, encendía una vela por el difunto y pagaba de su bolsillo una misa para que el infierno le fuera razonablemente soportable. El tío Franz, que ejerció como verdugo entre 1894 y 1924, con 73 tacos a cuestas y 58 cabezas cortadas decidió que era hora de dar de mano y retirarse, no sin antes ofrecerle el puesto a su sobrino Michael, el hermano mayor de Johann. Pero a Michael no le iba eso de descabezar ciudadanos por muy malas personas que fuesen, así que la oferta recayó en el joven Johann que, con 31 años, estaba ansioso por alcanzar una estabilidad familiar y económica. Tras haber servido como soldado raso durante la Gran Guerra y haber vuelto a casa entero e ileso, se buscó la vida como hostelero, vendedor ambulante de libros e incluso como profesor de baile. Sin embargo, la crítica situación en que había quedado Alemania tras la guerra no le permitió tener éxito en ninguno de los proyectos emprendidos, por lo que prefería asegurarse el futuro con un trabajo fijo.

Reichhart en sus inicios, vistiendo la indumentaria exigida a los
verdugos: chistera, levita y corbata de pajarita. Un ejecutor debía
vestir acorde a la tenebrosa solemnidad del momento
Así pues, por recomendación del tío Franz, nuestro hombre firmó su contrato verduguil con el 1er. fiscal del Tribunal Regional de Múnich I el 27 de marzo de 1924, no sin antes aprender todo lo aprendible acerca de su nuevo trabajo, practicando incluso con cadáveres. Apenas cuatro meses más tarde, el 24 de julio siguiente, Reichhart se estrenó como verdugo en la cárcel del distrito de Landshut descabezando a Rupert Fischer, un malvado parricida que se había cargado a la parienta en un avenate, seguido de Andreas Hutterer, su cómplice. En aquella época, los verdugos aún no tenían un salario fijo, sino solo un estipendio por ejecución que ascendía a 150 marcos más otros 10 al día en concepto de dietas más el transporte. Por otro lado, en toda Baviera había una sola máquina, la misma Mannhardt empleada por el tío Franz y que permanecía en la cárcel muniquesa de Stadelheim, por lo que cuando sus servicios eran requeridos en otra ciudad había que transportarla desmontada en ferrocarril. 

Guillotina Mannhardt. Obsérvese la
fijación de la cuchilla a la máquina
La máquina, cuidadosamente embalada en sólidas cajas de madera, era inspeccionada a fondo antes de partir, y se comprobaba que no faltase ni un tornillo. Junto a las piezas viajaba un juego de cuchillas que eran seleccionadas por el verdugo cuando veía la constitución del reo. Al parecer, Reichhart era especialmente intuitivo en ese aspecto, y siempre supo elegir la cuchilla más adecuada, la cual había que cambiar en caso de tener que ejecutar a más de un reo en el mismo día si bien esta operación no era nada complicada ya que la Mannhardt solo necesitaba aflojar cuatro tuercas para remover la cuchilla. Una vez en destino, se montaba la máquina y se comprobaba que funcionaba a la perfección. El debut de nuestro hombre salió a pedir de boca. No titubeó, no se acojonó, y sus ayudantes funcionaron como una máquina bien engrasada junto a la Mannhardt. Cuando la cabeza de Fischer cayó al recipiente, anunció que "la sentencia se ha cumplido" y todos contentos. El fiscal le dio varias palmaditas en el lomo y le auguró un gran porvenir. Y, ciertamente, parecía que por fin llegaba la seguridad económica y laboral que tanto anhelaba nuestro hombre, que veía cómo su país no salía del hoyo en el que había caído como consecuencia de la guerra y del nefasto Tratado de Versalles que los había empujado a la miseria más miserable.

Reichhart (a la derecha) en sus comienzos junto a sus
ayudantes y la Mannhardt de la prisión de Stadelheim.
Obsérvese al fondo la cortina negra que ocultaba la
máquina al reo hasta que llegaba el momento supremo
Los comienzos eran de lo más prometedores ya que en 1924 realizó siete ejecuciones, y nueve en 1925, pero a partir de ese año comenzaron a disminuir hasta el extremo de que en 1928 solo tuvo lugar una decapitación. El gobierno de la República de Weimar había decidido adoptar una política de benevolencia, supongo que para aliviar la enorme tensión social que se respiraba en Alemania. Obviamente, Reichhart vio sus ingresos reducidos prácticamente a cero, por lo que solicitó de las autoridades una remuneración que le permitiera al menos calentar el puchero. La última ejecución había tenido lugar el 20 de enero de aquel año, y para su sustento y el de su familia- su mujer y tres hijos- necesitaba un mínimo de entre 50 y 70 marcos semanales. El ministerio de Justicia comprendió el estado de penuria del verdugo estatal, así que le concedieron un pago especial de 500 marcos más la autorización para tener un oficio secundario que le permitiera ganarse la vida con un mínimo de dignidad. Así pues, decidió largarse a La Haya, en Holanda, donde montó una verdulería que comenzó a funcionar bastante bien, compaginando su vertiente comercial con viajes a su jurisdicción cada vez que era requerido para descabezar algún reo. Sin embargo, y a pesar de que mantenía su verdadero oficio en el más absoluto secreto, alguien se fue de la lengua y se supo quién era y a qué se dedicaba. Está de más decir que comprar hortalizas y frutas a un tendero que ejecutaba gente y, para colmo, era alemán, se hizo muy cuesta arriba a sus clientes. Reichhart pensaría que lo había mirado un tuerto, porque por mucho interés que ponía no había forma de lograr una posición estable. Así pues, a principios de 1933 decidió volver a Múnich para reiniciar por enésima vez su vida. No debía tenerlo fácil ya que tenía que alimentar cuatro bocas: la de la parienta y su prole, dos varones y una hembra llamados Heribert, Marianne y Hans, nacidos en 1922, 1925 y 1927 respectivamente.

Sin embargo, la mudanza coincidió con el ascenso al poder del ciudadano Adolf, y las cosas cambiaron radicalmente cuando, en junio de aquel mismo año, el estado le aseguraba unos ingresos anuales de 3.000 marcos, aparte del estipendio correspondiente por cada ejecución  consumada. Además, aunque nunca pudo alcanzar la condición de funcionario estatal, dejó de depender del estado bávaro para pasar a formar parte del personal del Ministerio de Justicia del Reich, que parecía dispuesto a aumentar de forma substanciosa los todeskandidaten que deberían pasar por las manos de nuestro hombre. El cambio de patrón le supuso además un aumento de 720 marcos a su salario, y su ámbito de trabajo se extendió a Sajonia.

Recreación de la cámara de ejecuciones de Stadelheim hacia 1943.
En este reino particular de Reichhart vemos la guillotina que permanecía
oculta tras la cortina negra de la imagen inferior. Una vez leída la
sentencia y cumplidos los trámites protocolarios, se descorría y el
reo era entregado al verdugo. Una vez consumada la ejecución, el
cuerpo era sacado por la puerta del fondo
Por otro lado, el perfeccionismo innato de Reichhardt y su escrupuloso sentido del deber causó muy buena impresión en sus nuevos jefes, que vieron en él un elemento de primera clase para desarrollar su política de represión contra los nuevos enemigos del estado. Esto hizo que, posteriormente, Reichhart fuera visto como un furibundo nazi cuando, en realidad, solo era un cumplidor obsesivo de su trabajo que no se preguntaba los motivos por los que cada reo había sido condenado, y le daban dos higas germánicas que fuera por asesinato, violación o, simplemente, por poner a caldo al ciudadano Adolf en plena calle. Él se consideraba un ejecutor de la justicia, y en aquel momento la justicia era la que dictaban los nazis. De hecho, sus antecedentes no eran precisamente los de un nacionalsocialista de primera generación ya que, durante la guerra, se sumó a la Liga Espartaquista, un movimiento revolucionario de ideología marxista que estuvo operativo entre 1914 y 1919. Así pues, nuestro hombre era en realidad un instrumento fiel y obediente que, de la misma forma que se puso al servicio de la República de Weimar, pues cuando cambiaron las tornas hizo lo propio con los nazis. En resumen, aunque no era un funcionario tenía la mentalidad de un funcionario que, para dar muestras de su entusiasmo y fidelidad, no dudó en apuntarse al NSDAP en mayo de 1937, posiblemente sin tener ni puñetera idea de qué iba la cosa. Reichhart solo tenía claro que los nazis le daban por fin trabajo en cantidad, y para él era lo único importante.

Tribunal Popular presidido por Freisler (en el centro). Este mismo
pájaro fue el que mandó a las horcas de Plötsensee a los implicados
en la Operación Walkiria, y a la guillotina de Stadelheim a los hermanos
Scholl y a Christoph Probst, ejecutados por Reichhart en febrero de 1943
El índice de condenas a muerte fue aumentando de forma notable por obra y gracia del Volksgerichtshof, el Tribunal Popular instaurado en 1934 que, además de juzgar delitos comunes, se hizo cargo de todo lo referente al derrotismo, subversión o para combatir a cualquier ideología que pudiera suponer un peligro para el estado nazi, especialmente los movimientos de izquierdas. Su más conocido miembro fue el furibundo Roland Freisler, que no dudaba en mandar a la muerte a jóvenes que apenas habían sobrepasado la mayoría de edad o, si hacía falta, a adolescentes. Un mal bicho era Freisler, ciertamente. En cuanto a Reichhart, el panorama se presentaba por fin de lo más alentador. El 25 de agosto de 1937, el Ministerio de Justicia del Reich reorganizó tanto el cuerpo de verdugos como su jurisdicción, creándose tres plazas de ejecutores y otros tantos territorios. Además, para facilitarles el trabajo se instalaron guillotinas en cada centro de ejecución, por lo que nuestro hombre pudo prescindir del Opel Blitz que, en un primer momento, le habían facilitado para que pudiera transportar su máquina de un lado a otro con más comodidad.

Ejecución en una Mannhardt. El proceso de inmovilización del reo
a la tabla basculante era tan angustioso para todos que, como ya se
ha dicho, Reichhart lo eliminó hacia 1939, colocando al sujeto
directamente sobre el banco
Así pues, el cuerpo de verdugos de Reich quedó constituido de la siguiente forma: Reichhart siguió ejerciendo en Baviera, con su "sede central" en Múnich, en la prisión de Stadelheim, además de las de Dresde y Weimar. A Ernst Reidel se le asignaron Plötzensee, Breslau y Königsberg, y a Friedrich Hehr, Hamburgo, Hannover, Colonia y Butzbach. Tras el Anschluss se agregaron Frankfurt y Viena a Reichhart. La prima por decapitación era de 40 marcos para los verdugos y de 30 para los ayudantes. En caso de tener que realizar varias ejecuciones en el mismo día se añadía un plus de 30 marcos por cabeza amputada y, caso de que tuvieran que desplazarse a más de 300 km. de su domicilio se añadían 60 marcos más. Está de más decir que se forraron por obra y gracia del afán decapitador del régimen, que hizo que Reichhart ganara solo en 1942 su salario anual más la friolera de 35.790 marcos extras por las 764 ejecuciones que llevó a cabo. Al año siguiente, esta cifra aumentó hasta los 41.748 marcos. Una... pasta... gansa.

Ejecución del SS-Haupstrumführer Heinrich
Jöckel por ahorcamiento de caída corta. Fue
liquidado en la prisión de Litomerice por los
"méritos" acumulados tras su desempeño como
comandante del campo de Theresienstadt
El período comprendido entre 1940 y 1945 fue fastuoso para nuestro hombre, que no daba abasto. En ese tiempo liquidó nada menos que a 2.805 reos que, ojo al dato, no fueron todos condenados por cuestiones políticas. Por la cámara de ejecuciones pasaban tipos de todos los pelajes incluyendo, además de enemigos del régimen, asesinos, contrabandistas, violadores, falsificadores, etc. Además, nuestro hombre tocaba todos los palos ya que, cuando el trabajo llegó a desbordarles, se recurrió a la horca para agilizar el ritmo de ejecuciones ya que los meticulosos funcionarios del Ministerio de Justicia sufrían episodios de ansiedad ante la perspectiva de que se acumulasen los cumplimientos de sentencias o que se demorasen. Así pues, nuestro hombre tuvo que ejercer de ahorcador cuando hizo falta, superando los 50 reos eliminados por este sistema. De ahí surgió, como comentamos anteriormente, el interés de Reichhart por establecer la horca de caída larga británica, que fue desechada por ser excesivamente humanitaria. Y, para completar sus habilidades, cuando se le sumaron las prisiones austríacas a sus dominios tuvo que efectuar las ejecuciones con el sistema propio del país, el ahorcamiento de caída corta en poste propio de Austria y países del antiguo imperio. A lo largo de su vida operativa, Reichhart acabó con la vida de 3.165 reos, de los cuales 2.805 lo fueron entre 1940 y 1945. Por cierto, en otro articulillo hablaremos con más detalle de todos los procesos seguidos en las ejecuciones, así como de los homicidas dedicados a estos menesteres.

Prisión de Plötzensee, en Berlín, sin duda, la cárcel que más se
identifica con el terror implantado por los nazis
Apenas faltaban días para que la guerra terminase y con los hijos del padrecito Iósif aporreando la puerta cuando las ejecuciones se seguían efectuando con implacable meticulosidad germánica. Un condenado debía sufrir su castigo sí o sí, de modo que nuestro hombre se vio prácticamente hasta el final dándole al manubrio de su máquina. De hecho, se tiene constancia de que el 16 de abril de 1945 aún se seguían practicando ejecuciones en la prisión de Plötzensee, donde Wilhelm Rottger, otro ejecutor sumado a la nómina del ministerio en 1940, se había convertido en una máquina de matar por mérito propio. Ya hablaremos de este prenda, descuiden...

Cámara de ejecución de Stadelheim cuando estaba a pleno
rendimiento. Por ahí pasaron más de 1.200 personas
El 30 de abril de 1945, los yankees ocuparon Múnich, y al Reich de los Mil Años se le terminaron las pilas de golpe. Reichhart optó por largarse a su casa en Gleiẞental, muy cerca de la capital, donde decidió quedarse quietecito a la espera de acontecimientos. Nuestro hombre tenía claro que, en sí, no había cometido ningún crimen ya que él se había limitado a cumplir su trabajo, pero ya sabemos que los aliados estaban muy irritados con los alemanes en general y los relacionados de alguna forma con su maquinaria política en particular. Y él, mal que le pesase, había formado parte de esa maquinaria. No andaba muy equivocado, porque unos días más tarde se presentó en su casa un piquete para arrestarlo y llevárselo a la prisión de Stadelheim que había sido su feudo durante tantos años. Sin embargo, su estancia en la misma apenas duró una semana. Su pecado, como el de millones de alemanes, se limitaba a haber pertenecido al NSADP, pero no encontraron nada para meterle un paquete, así que lo dejaron ir.

Patíbulos de Lansdberg
Sin embargo, la carrera verduguil de Reichhart aún no había concluido. Los yankees, a la vista de su expediente, consideraron que les vendría de perlas para echar una mano y colaborar con la extensa lista de criminales de guerra que, con seguridad, acabarían condenados a muerte en los procesos que se estaban cociendo. Así pues, se lo llevaron a la prisión de Landsberg, donde se habían construido dos patíbulos en los que, alternativamente, se iban ejecutando hornadas de nazis de segundo orden, mayoritariamente médicos de los campos de exterminio, así como comandantes y guardianes especialmente malvados de los mismos. En Landsberg, nuestro hombre compartió cartel con el sargento mayor Woods, y parece ser que fue el que instruyó al yankee en el arte del ahorcamiento porque, como ya narramos en su día, Woods inició su andadura como verdugo sin tener ni puñetera idea de qué iba la cosa. 

Reichhart deteniendo el balanceo de la soga que sujeta al reo
que acaba de caer por la trampilla
Y no crean que le faltó el trabajo a nuestro hombre, porque ejecutó a nada menos que 165 reos de todos los pelajes, mayoritariamente los SS que habían servido en los campos. No creo que Reichhart tuviera algún tipo de reparo a la hora de enviar al otro mundo a hombres que era pública y notoria su mala leche, y parece ser que incluso se llegaron a plantear designarlo para ejecutar a los mandamases condenados en Nuremberg. Sin embargo, el "honor" fue cedido a Woods, supongo que porque preferirían que fuera uno de los suyos el que acabara con la vida de los más elevados jerarcas del nazismo. Sea como fuere, la cuestión es que esta colaboración permitió a nuestro hombre subsistir en un momento en que a sus paisanos se les hacía muy cuesta arriba llevarse un mendrugo a la boca. Los yankees le pagaban sus servicios generalmente con comida enlatada, tabaco y bebidas alcohólicas, que en aquel momento eran artículos con más valor que los billetes de banco.

Un avejentado Reichhart durante el proceso. En esa foto
apenas tenía 51 años
Pero parecía que Reichhart no iba a poder disfrutar de un retiro apacible con los jugosos beneficios obtenidos durante su prolija carrera bajo el nazismo. En mayo de 1947 fue nuevamente arrestado por los yankees, siendo enviado al campo de Moosburg an der Isar, donde tenían a buen recaudo a personajes de segundo orden y a algunas de las parientas de los gerifaltes nazis por si aún conservaban algún tipo de nostalgia por el extinto ciudadano Adolf. El 13 de diciembre del año siguiente fue procesado en Múnich por su desempeño como verdugo, lo cual no dejó de causarle bastante perplejidad tanto en cuanto, como hemos dicho, él se consideró siempre un engranaje más de la maquinaria estatal cuyo cometido era culminar la actuación judicial. En su alegato afirmó rotundamente que "he ejecutado sentencias de muerte en la firme convicción de que sirvo al estado con mi trabajo y que cumplo con las leyes legítimas. [...] En el futuro, que los jueces ejecuten ellos mismos las sentencias de muerte". Y tenía más razón que un santo, qué carajo...

Reichhart durante el juicio. Lo cierto es que se le ve bastante
desmejorado, ¿no?
El 29 de noviembre de 1949 concluyó la vista y, sin embargo, sus razones no fueron suficientes para que el tribunal lo exonerase, así que le endilgaron dos años de trabajos forzados y la confiscación del 50% de sus bienes. La apelación de rigor dejó la cosa en un año y medio y la confiscación del 30% de sus bienes, así que lo soltaron porque la condena ya la había cumplido mientras permaneció arrestado. Y, por si fuera poco, le cayó una inhabilitación para ejercer cualquier cargo público, derecho al sufragio y hasta le prohibieron tener permiso de conducir y un vehículo propio, y como guinda del pastel tuvo que pagar los 26.000 marcos de las costas procesales. Total, lo dejaron tieso. Y por si el hombre no tenía bastante con quedarse en la ruina, su mujer lo mandó a paseo y su hijo menor Hans se suicidó en 1950, con apenas 23 años, bastante deprimido por haberse visto señalado durante toda su vida como el hijo del cortacabezas y por el siniestro oficio desempeñado por su padre durante tantos años.

Reichhart al final de sus días con uno
de sus chuchos
A partir de ahí, ya pueden imaginar que la vida de Reichhart no fue precisamente grata. Solo le quedó una modesta pensión de 220 marcos al mes como veterano de la Gran Guerra. Se instaló en Disendorf, cerca de Múnich, donde montó un criadero de Schnauzers. Llevó una vida solitaria y aislado de todos porque, como era habitual, nadie quería trabar amistad con un verdugo, y menos con uno que había trabajado para los nazis aunque, como ya sabemos, su carrera empezó antes de la llegada de los nazis al poder y concluyó precisamente ahorcando nazis. A sus miserias habría que añadir alguna que otra estancia en centros psiquiátricos a causa de las depresiones que venía arrastrando desde hacía años. Solo salió brevemente de su letargo en 1963 a raíz de la creación de la "Verein zur Wiederein einführung der Todesstrafe", una asociación a favor de la reintroducción de la pena de muerte en Alemania Occidental, donde había sido abolida en 1951, como consecuencia de una oleada de asesinatos que cabrearon bastante la gente. Sin embargo, su membresía en dicha asociación fue meramente testimonial y, probablemente, impulsada por algunos aprovechando su fama de eficiente verdugo. Pero, aparte de esta momentánea aparición, el resto de su vida transcurrió en un anonimato casi absoluto, rechazado por la sociedad a la que había servido.

En fin, criaturas, esta fue la vida de Johann Reichhart, tachado aún hoy día como un sanguinario y sádico nazi por los becarios que se dedican a elaborar artículos sensacionalistas que solo buscan lecturas en la prensa en línea. Sin embargo, como hemos ido viendo a lo largo del relato, nuestro hombre se limitó en todo momento a cumplir el trabajo encomendado, y hasta buscó la forma de reducir en lo posible la angustia de los reos para que afrontasen sus últimos instantes de la forma más rápida posible. Reichhart palmó el 26 de abril de 1972, cuando apenas le faltaban tres días para cumplir los 78 años. Murió en una modesta residencia para ancianos en Dorfen, siendo incinerado el 5 de mayo siguiente en el cementerio de Ostfriedhof, en Múnich. Sus cenizas fueron depositadas en el panteón familiar que vemos a la izquierda, donde también reposan los restos del tío Franz y los de sus tres hijos.

Bueno, aquí termina la historia. Espero que les resulte amena y, sobre todo, letal para sus cuñados.

Hale, he dicho

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Reichhart al comienzo de su andadura como verdugo junto a sus ayudantes y su herramienta de trabajo en un patio de la prisión de Stadelheim, donde llevó a cabo la mayoría de sus ejecuciones. Obsérvese la pulcra indumentaria de los tres hombres, especialmente la del verdugo jefe