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miércoles, 12 de agosto de 2020

Monstruos artilleros: 80 cm. Kanone (E) DORA


El Dora en su posición de tiro durante el asedio a Sebastopol
entre el 30 de octubre de 1941 y el 4 de julio de 1942
Los tedescos deben tener uno de esos complejos freudianos en los que la gente se gasta un pastizal en psico-analistas, esos probos oidores de miserias humanas que cobran a tanto la hora por escucharte con jeta impasible mientras balbuceas entre sollozos reprimidos que tu parienta te la pega con el butanero, que tus hijos te odian, tu jefe te aborrece y que tu cuñado ha salido del armario y te ha dicho que te ama con pasión desmedida. Pero estos germanos van por otros derroteros. Tienen sueños húmedos, cuando no copiosas poluciones nocturnas, con los cañones, y cuanto más gordos mejor. En fin, tras no haber dejado una cabeza intacta en los tres últimos artículos, aprovecho para retomar el septuagésimo quinto aniversario del fin de la 2ª Extinción Mundial y, de paso, pues añadimos algo más a la serie de cañones monstruosos diseñados por estos cuadriculados homínidos, que cuando aún no se había secado la tinta del Tratado de Versalles ya estaban tramando como tomarse cumplida venganza para liarla gorda una vez más.

El ciudadano Adolf estrecha efusivamente la mano
a Gustav Krupp, al que la política de rearme del Führer
le permitió pasar de multimillonario a
muchísimomillonario. Riquísimo no, lo siguiente.
Pero antes de empezar, una aclaración en lo referente al nombre del cañón. Según qué fuentes, todas por cierto de autores de renombre- Hogg y Zaloga entre otros-, de las dos unidades fabricadas la primera fue bautizada como Gustav-Gerät (Dispositivo Gustav), en honor al patriarca del clan, Gustav Krupp von Bohlen, pero el personal de la fábrica pasó del tema y le dio de forma oficiosa el nombre de la mujer de su diseñador, Erich Müller, Dora. A la segunda pieza, ya que le habían privado al viejo Gustav de los honores, le pusieron Schwerer Gustav 2 (Gustav Pesado 2). Otros afirman lo contrario: el primer ejemplar fue bautizado del tirón como Dora, y el segundo como Schwerer Gustav o Gustav a secas. Bien, la cuestión es que la única acción de guerra en la que intervino este cañón fue el asedio a Sebastopol, en Crimea, y mientras unos dicen que el protagonista fue el Dora, otros juran por sus barbas que fue el Gustav-Gerät, así que no hay unanimidad. No obstante, lo cierto es que el nombre más conocido o ha llegado a nosotros con más frecuencia es el de Dora, y al parecer aparecía con esa denominación en documentación oficial del Heereswaffenamt (Departamento de Armas del Ejército). Bueno, en realidad no hemos aclarado nada, sino más bien planteado una cuestión que aún nadie ha sabido resolver y a estas alturas dudo mucho que se sepa algún día, pero no quería dejar de mencionarlo porque es un tema que se presta a confusión y más de uno puede que no esté al tanto de este pequeño embrollo nominal. En cualquier caso, lo llamaremos por su nombre más famoso: Dora.

Famosa imagen de un K12 (E) de 21 cm. Con un alcance
teórico de 120 km. sería el sustituto del Cañón de París
Bien, al grano. Aunque lo habitual es que se marque el inicio de la andadura de este monstruoso cañón a mediados de los años 30, en puridad la cosa venía de antes. No como el Dora en sí, sino el concepto de cañón gordísimo transportado por ferrocarril. Ya vimos que en la Gran Guerra los tedescos se llevaron la palma con el Cañón de París que, aunque sus efectos fueron más psicológicos que reales, dejaron claro al planeta que la tecnología alemana superaba con creces a la del resto de los mortales. Poner en batería un artefacto descomunal con un alcance de más de 100 km. en aquella época era algo más que ciencia ficción, y si tenían la tecnología en 1917, quince años más tarde la habían mejorado aún más y, sobre todo, tenían los conceptos más claros. El Tratado de Versalles los dejó con las existencias bajo mínimos: apenas 24 unidades de artillería ferroviaria para defensa costera, concretamente cuatro SKL/40 de 21 cm., 12 de 24 cm. y 8 de 28 cm. Aparte de estas piezas, los tedescos recurrieron a hábiles subterfugios, cuando no descarados embustes, para ocultar piecerío que, en teoría, tendría que haber sido destruido en cumplimiento de las clausulas del dichoso tratado, pero supieron ponerlas a buen recaudo a la espera de tiempos mejores. Y los tiempos mejores llegaron.

El ciudadano Adolf con von Papen y el mariscal
von Blomberg, por aquella época Ministro
de Guerra. Aunque los militares consideraban a
Adolf un advenedizo y un mindundi, pronto
tuvieron claro que lo mejor era ponerse de su parte
si querían recuperar la influencia perdida
En 1933, con el ascenso al poder del ciudadano Adolf, los militares se pusieron muy contentitos. El nuevo canciller se desgañitaba en las cervecerías clamando venganza, jurando por Wotan que los british y los gabachos (Dios maldiga a Nelson y al enano corso a dúo) iban a enterarse de lo que vale un peine, y que los judíos, los culpables de la "puñalada por la espalda", pagarían con creces su insidia y su alevosía. Y para poner el país en marcha y acabar con el paro, nada mejor que empezar a fabricar armamento en cantidad, usar de papel higiénico el Tratado de Versalles y hacer gala en todo momento de una política exterior muy agresiva destinada ante todo a recuperar los territorios que, y en esto tenían razón, a cada cual lo suyo, les habían arrebatado por la cara para repartírselos entre gabachos y polacos principalmente. Los aliados, acojonados ante la perspectiva de otra guerra como la anterior, prefirieron mirar a otro lado y ceder bajo cuerda a las exigencias del desmedido Führer, pensando los muy ilusos que una política de apaciguamiento impediría un nuevo desastre. Pero ni el ciudadano Adolf ni los tedescos habían olvidado ni mucho menos perdonado la humillación sufrida, así que la cosa se iba caldeando a pasos agigantados. En el punto de mira estaban el Anschluss- la unión con Austria como parte de la nación germánica-, los Sudetes, en manos de Checoslovaquia pero con un elevado porcentaje racial y de lengua alemana y, por supuesto, los territorios en manos de los polacos, que se encontraron con el momio de trincar partes de Prusia y de Silesia.

Plataforma Vögele. Como vemos, la vía cruzaba por la misma. Solo había
que emplazar los vagones del cañón sobre la plataforma y, a
 partir de ahí, la pieza giraría por sus propios medios
Así pues, dentro del extenso programa de rearme para actualizar el birrioso ejército que los aliados les habían permitido mantener, se desarrolló el Sofort-Programm (Programa de Emergencia), destinado a remozar la artillería ferroviaria que tan buenos resultados les había dado y con la que esperaban poner en liza piezas más modernas y, sobre todo, más poderosas. El programa constaba de tres fases: modernizar las 24 unidades que se mantenían operativas, fabricar otras ocho con los componentes que tenían  a buen recaudo, casi todos procedentes de artillería naval, y desarrollar una nueva generación de cañones más gordos y más guays. Uno de los más completos fue el 28 cm. K5 (E), acrónimo de 28 cm. Kanone 5 (Eisebahnlafette), que en cristiano significa cañón ferroviario de 280 mm. con alcance de 50 km. (5 = 50 según el nuevo código para estas piezas). Por otro lado, lo más significativo de la artillería ferroviaria alemana era que se dividía en dos tipos en función del emplazamiento. El destinado a piezas menos potentes (es un decir), más ligeras y que tenían cierta capacidad de giro horizontal, disponía de estabilizadores hidráulicos como los que vemos en las grúas para asentar la pieza antes de efectuar el disparo. Los más potentes, por lo general de más de 20 cm. de calibre, usaban la Vögele Drehscheibe (Plataforma Giratoria Vögele), un sistema desarrollado a finales de los años 20 similar al usado por el Cañón de París: la pieza era situada en dicha plataforma, que giraba para alinearla con el azimut, o sea, la deriva horizontal. Los más pesados precisaban de una vía auxiliar curva para poder graduar el ángulo de tiro de la pieza. Así, avanzando o retrocediendo el arma apuntaría más hacia la derecha o la izquierda, dependiendo de la orientación de la vía.

El "Kurze Bruno" de 28 cm. sobre la plataforma giratoria. Como vemos, una
vagoneta aprovechaba la vía para acercar la munición a la grúa que la
colocaría en la plataforma de carga
Bien, así estaba el patio a principios de los años 30. Para agilizar al máximo la movilización de la artillería pesada ante un hipotético conflicto incluso habían preparado una red de plataformas Vögele enlazadas con las vías de ferrocarril mediante ramales, por lo que en caso de guerra bastaba enganchar los vagones donde iban los cañones y ponerlos en ruta hacia las plataformas indicadas. Mientras tanto, los gabachos prefirieron enterrar millones de francos oro en la Línea Maginot que, como ya vimos en su día, no era más que un gigante embarrado hasta las cejas que no sirvió más que para hacer ricos a los fabricantes de cemento y de corrugados. Y fue precisamente la Línea Maginot, que según el manual era más infranqueable que la bodega de un cuñado, lo que indujo al personal del Waffenamt a plantearle a la Krupp si sería posible construir un cañón capaz de perforar las casamatas más poderosas. No fue una petición oficial, sino un comentario dejado caer sin más pretensiones, porque en aquel momento- estamos en 1934/35- tanto la Krupp como el ejército estaban volcados en el Sofort-Programm, y había cuestiones más importantes plantearse que cómo liquidar la Maginot.


Erich Müller (1892-1963), el padre de la criatura. En
la solapa lleva el emblema del NSDAP, y por sus
cargos políticos acabó sentenciado a 12 años en
Nuremberg si bien solo cumplió cuatro
Con todo, el jefe del departamento de diseño de la Krupp, Erich Müller, se tomó la molestia de efectuar los cálculos para piezas de 70, 80, 85 y 100 cm. de calibre, quedando la cuestión en uno más de los tropocientos proyectos que no pasaban del papel... hasta que el ciudadano Adolf se metió por medio. En 1936, el Führer enviado por Dios para salvar a la Gran Alemania y blablabla hizo una visita a la factoría Krupp de Essen, y no se sabe si ya lo tenía in mente o se le ocurrió motu proprio allí mismo, pero la cosa es que le planteó a Müller la misma historia que habían hecho los del Waffenamt dos años antes. Müller, que lógicamente conservaba el proyecto, le mostró las distintas opciones en las que incluso había considerado la posibilidad de que el arma pudiera desplazarse, al menos a nivel de aproximación, con un sistema autopropulsado de orugas que, sin embargo, tuvo que desechar debido al descomunal peso del arma. El probo ingeniero le explicó al ciudadano Adolf que, según sus cálculos, un proyectil de 7.000 kilos que cayese con una trayectoria casi vertical podría traspasar sin problemas hasta 8 metros de hormigón armado, grosor que ni de lejos tenía ninguna fortificación de la Maginot. Al amado Führer le importaron cien higas hebreas que el cañón para disparar aquel proyectil pesaría más de un millón de kilos de nada, y que costaría un pastizal tremendo. Quería su Cañón de París, y ya sabía de dónde sacarlo. En menos de un año, el proyecto presentado por Müller fue aceptado, acordando la construcción de tres unidades en los siguientes plazos: la primera debía ser entregada a principios de 1940, la segundo en 1941, y la tercera en 1944. Sin más demora, la producción comenzó durante el verano de 1937.


Aspecto de uno de los trenes que transportan el Dora camino de Sebastopol
Obviamente, solo planificar como mover semejante bicharraco ya era todo un reto. Las dimensiones del Dora hacían imposible poder trasladarlo de un sitio a otro como no fuera desmontado ya que su longitud total era de 42,9 metros, 7 de ancho y 11,6 de alto. Por lo tanto, lo primero era "despiezar" el conjunto del arma de forma que pudiera ser transportado en vagones plataforma teniendo en cuenta el galibo ferroviario, o sea, la altura y la anchura de los túneles y de las trincheras por donde transcurrían los trazados en determinados tramos. Ojo, el problema no era baladí porque, además, las piezas resultantes tampoco cabían en los vagones normales, por lo que hubo que diseñar unos especiales que eran cuatro veces más largos. El segundo reto estaba en su peso. El Dora alcanzaba las 1.350 Tm., nada menos que un millón trecientos cincuenta mil kilos (lo pongo así, con letra, que acojona más), por lo que tampoco valía el recurso habitual para un cañón pesado y que ya mencionamos antes: colocar una vía curvada para calcular el azimut. 


Pero una sola vía era demasiado estrecha, y la presión específica de semejante mole la hundiría como si tal cosa así que la única opción era montar la pieza en dos vías paralelas con una curvatura de 15º, lo que le permitía abarcar todo el frente que tenía que batir. Con todo, no hablamos de vías normales, sino con mayor densidad de traviesas para repartir el peso. Además, según se ve en las fotos de las mismas, tenían una longitud tal que permitían unir ambos carriles de forma que descansaran sobre la misma traviesa. Imagino que con esta medida se pretendía evitar que un carril cediera más que el otro y la pieza se desnivelase porque, además del peso en sí, cada disparo suponía un añadido de 64 Tm. debido al retroceso, lo que comprimía la plataforma de tiro entre 3 y 5 cm. Brutal, ¿qué no? De hecho, hubo incluso que colocar unos refuerzos entre los raíles para impedir que el retroceso los dañase. En la foto de la izquierda se pueden apreciar perfectamente, así como las traviesas formando literalmente una plataforma de madera para sustentar la pieza.


El cañón en sí, provisto de 96 estrías en sentido dextrórsum, tenía una longitud de 32'48 metros (40'6 calibres), un ángulo de elevación de entre +10 y +65 grados, un peso de 400 Tm. y estaba formado por dos mitades. Para montarlo, ante todo había que colocar el cierre y un tramo de camisa para alojar la recámara. La caña se introducía por detrás, y a continuación se unía a la otra mitad. Para compensar el retroceso tenía cuatro amortiguadores más una serie de estabilizadores situados en la parte inferior de la pieza. En la foto de la derecha podemos ver el descomunal tamaño del cierre del cañón. Esta pieza, junto a la camisa exterior y la recámara alcanzaban las 100 Tm. Indudablemente, manejar semejantes moles hasta completar el cañón parece obra de titanes, pero para ello bastaban 250 tedescos (según las fuentes, 350 e incluso 500) con un oficial detrás echando broncas a tiempo completo. Por cierto que la dotación no se limitaba a apretar tornillos ya que una veintena de ingenieros de la Krupp eran los que dirigían el montaje, indicando en todo momento la forma de operar y el orden a seguir, porque completar el Dora era un complejo "Mecano" de muchas toneladas que, además, había que mover milímetro a milímetro para conseguir el encaje entre cada pieza. Pero para hacernos una idea clara de lo que suponía emplazar el monstruo y ponerlo a tiro lo mejor es esperar un poco y explicar el proceso seguido en Sebastopol. Mientras tanto, continuamos con el desarrollo del proyecto.


Las dos máquinas D311 maniobrando el Dora, que aparece al fondo. Los
vagones son para suministrar munición a la pieza
A medida que pasaban las semanas, cada vez estaba más claro que la primera entrega no podría realizarse dentro del plazo establecido. Las complicaciones eran mucho mayores de lo que parecía sobre el papel e incluso la Krupp tuvo que construir plantas de fabricación ex-profeso para el Dora ya que los talleres disponibles no tenían capacidad para el mismo, y además estaban ocupados en la fabricación de otras piezas menores. Más aún, hasta hubo que diseñar dos máquinas especiales con motor diésel-eléctrico destinadas a mover el cañón una vez emplazado. Este modelo, denominado D311, tenía un motor diésel MAN que desarrollaba 940 CV y, además, alimentaba el generador eléctrico cuya potencia era transmitida a los bogies sobre los que se emplazaba el cañón. O sea, que para apuntar el cañón una vez cargado, cada máquina se colocaba tras la pieza en su vía correspondiente y avanzaban centímetro a centímetro hasta alcanzar el grado de azimut requerido. Aunque los motores estaban diseñados para avanzar muy despacio, no deja de ser un alarde de destreza por parte del personal de las máquinas hacerlo al unísono. Con todo, las máquinas tampoco estarían a tiempo ya que no pudieron ser entregadas hasta finales del otoño de 1941.


Pésima foto del Dora tomada posiblemente
durante las pruebas en Rügenwalden
En fin, el ciudadano Müller debió pensar más de una vez que tendría que haberse mordido la lengua antes de admitir que crear semejante mamotreto era posible, pero como los tedescos son tan dados a meterse en camisa de once varas pues le tocó la fibra sensible al amado Führer enviado por Dios a pesar de que era ateo y se vio metido hasta las cejas en aquel maremagno de acero y tuercas. Cuando el Dora fue terminado a finales de 1940 la Línea Maginot que debía haber contribuido a aniquilar ya era historia, lo que hizo pensar a más de uno que aquel proyecto no había sido más que una pérdida de tiempo y, sobre todo, de dinero, especialmente para el ciudadano Gustav que, según las normas de la empresa, regalaba el primer cañón de cada modelo al estado como apoyo al esfuerzo de guerra. Lo malo era que el Dora costó la friolera de siete millones de marcos, más o menos lo que costaban 25 carros Tiger que habrían sido mucho más útiles, más el dinero gastado en las nuevas plantas y en la maquinaria adquirida ex-profeso para la fabricación de la criatura. Pero todo se daba por bien empleado si el ciudadano Adolf estaba contentito, y mientras más durase la guerra más millones ganarían. Así pues, nada más terminarse su construcción se montó en un banco de pruebas en el polígono de tiro de Hillersleben para ver si todo ajustaba como es debido y realizar cuatro disparos de prueba. Como objetivo se construyó en una pequeña loma una batería de blancos formada por una plataforma de hormigón armado de 3,5 metros de espesor, una plancha de acero de 60 cm. de gruesa y otra de 80 cm. que los proyectiles perforantes del Dora traspasaron como si fuera manteca. Posteriormente, entre agosto y septiembre de 1941, se realizaron más pruebas de fuego en el campo de Rügenwalden disparando ocho proyectiles para obtener datos con los que crear las tablas de tiro. 


La carga del Dora. A la derecha vemos la vaina con la carga principal, y
a continuación las dos cargas secundarias. En total tenía más de cuatro
metros de longitud. La vaina-contenedor se reutilizaba tras cada disparo
El Dora disponía de dos tipos de proyectiles con carga separada, o sea, el proyectil no estaba unido a una vaina, sino que la carga era introducida aparte. El más "ligero" era el 80cm. Sprpr. fuze Hbgr Z40 K, galimatías puramente germánico que quería decir 80 cm. Sprenggranate fuze Haubengranate Z40 K, uséase: Granada de alto explosivo  de 80 cm. con capa balística y espoleta Z40 K, la cual iba montada en la base del proyectil. El peso nominal era de 4.800 kilos (4.730 reales). Estaba provisto de tres bandas de forzamiento de hierro sinterizado y un anillo de sellado al final del proyectil. El sinterizado es un proceso mediante el cual se moldea polvo de metal comprimiéndolo, y a continuación se le somete a un proceso térmico que da a la pieza un acabado similar al torneado, pero mucho más económico y rápido. La carga explosiva era de 400 kilos. En cuanto a la carga de proyección, la principal se introducía en una vaina que, en realidad, actuaba como mero contenedor para lograr una obturación adecuada. En esta vaina iba la carga principal consistente en 1.050 kilos de gludol RP contenida en una bolsa de tela. Luego se añadían cargas secundarias de 535 y 655 kilos en base al alcance deseado. Para distinguir las bolsas de un proyectil u otro, en este caso estaban marcadas como "Sprgr". El alcance máximo era de 48 km., y el propelente empleado diglycolpulver, al que se añadían in situ determinadas cantidades de nitroguianidina para disminuir la temperatura de combustión de la pólvora sin perder por ello presión, así como la llamarada que producía la deflagración del propelente. Esto último estaba encaminado a reducir en lo posible el fogonazo que por la noche podría ser localizado a gran distancia.


El otro proyectil era el 80 cm. Gr Be fuze Bd ZC/38, traducido: Granada anti-hormigón de 80 cm. con espoleta Bd ZC/38. En este caso, la carga explosiva era de 200 kilos, y su peso de 7.100 kilos nominales (6.990 reales), lo que le permitía atravesar hasta 7 metros de hormigón armado o 30 metros de tierra. La carga de proyección principal era también de 1.050 kilos, mientras que las secundarias eran de 465 y 585 kilos, con las bolsas marcadas con las siglas "Gr Be", lo que le permitía un alcance de 38 km. Así pues, los pesos totales de las cargas eran tan escalofriantes como el arma que las disparaba. La del proyectil de alto explosivo alcanzaba los 2.240 kilos, y la del perforante 2.100 kilos, suficiente como para reducir a escombros un edificio grandecito. En cuanto al disparo en sí, se realizaba con un disparador eléctrico que actuaba sobre un cebador de percusión C/12 nA. Y como una imagen vale más que tropocientos discursos, para hacernos una clara idea de las dimensiones de la munición del monstruo nada mejor que la foto de la derecha, donde vemos a varios british con su jeta de insufrible prepotencia isleña posando ante un proyectil y una vaina contenedor con capacidad para más de mil litros de té.


El proceso de carga tampoco era para tomarlo a broma, como todo en este chisme. Como complemento a las máquinas D311, la Krupp construyó media docena de vagones blindados y climatizados para mantener el propelente y la munición a una temperatura constante. A la hora de cargar el Dora, se sacaba el proyectil y la carga de los vagones, y eran colocados en los elevadores eléctricos situados en la parte trasera del arma, tal como vemos en la foto de la izquierda. Cada elevador tenía su vagoneta para colocar cada cosa en la plataforma de carga, situando en primer lugar el proyectil, que era introducido mediante un empujador hidráulico en la recámara. A continuación se introducía la carga y se cerraba el cañón. Como ya podrán imaginar, previamente se habían tenido en cuenta todos los datos necesarios: temperatura ambiente, del propelente, dirección y fuerza del viento, etc., y una vez hechos los cálculos se daba al cañón la elevación adecuada. Finalmente, las D311 empujaban muuuuyyy leeentameeeenteee el Dora hasta llegar al punto idóneo para obtener el azimut, todo el mundo se bajaba del cañón y se alejaban un poco para no freírse sin más y, por último, el artillero accionaba el disparador eléctrico. El pepinazo debía ser algo antológico porque hablamos de más de dos toneladas de propelente que impulsaban a más de 7 Tm. a 720 m/seg., más del doble de la velocidad en boca de una bala de 9 mm. Parabellum que apenas pesa 8 gramos.


El Dora a punto de abrir fuego. Las máquinas se han retirado,
y solo queda esconderse y apretar el botón
Aunque la cadencia de tiro teórica era de un disparo cada 15/20 minutos, semejante ritmo no se podía mantener demasiado tiempo porque, aparte de evitar un sobrecalentamiento del cañón, había que controlar el desgaste del estriado. Recordemos como en el Cañón de París había que medir la profundidad de las estrías tiro a tiro para modificar el valor de introducción de la carga. Por otro lado, se calculaba que la vida útil de una caña era de cien disparos, tras los cuales había que desmontar el cañón y enviarlo a Essen para renovarla. Y aparte de las cuestiones derivadas del uso, cada cuatro o cinco disparos había que comprobar si habían impactado en la zona señalada, para lo cual se valían de un avión de reconocimiento que informaba de las correcciones que había que realizar y volver a calcular todo lo calculable antes de continuar con el bombardeo. En resumen, solo unos cerebros diseñados genéticamente a través de miles de generaciones podía llevar a cabo estas abrumadoras tareas sin cocerse en su propio jugo aunque luego no fueran capaces de abrocharse la bragueta de una forma distinta a como les habían enseñado.


Secuencia siguiente a la del párrafo anterior. Todo el mundo se ha quitado
de en medio y el Dora abre fuego. Teniendo en cuenta la longitud del
cañón, el rebufo debía superar los 50 metros de altura
Bien, con esto ya nos hacemos una idea de lo draconiano que fue construir y manipular este chisme. Pero, como ya hemos visto, cuando por fin pudo ser entregado el motivo por el que se creó ya no existía. Sin Línea Maginot el Dora ya solo era un trasto carísimo, así que el ciudadano Adolf decidió enviarlo a Gibraltar como apoyo a la Operación Félix para darles a los llanitos el susto de su vida y hacer que sus macacos se arrojasen al estrecho y echasen a nadar a toda velocidad camino de Ceuta. Pero Franco se negó en redondo a permitir el paso de tropas tedescas, y menos aún a meterse de lleno en la guerra. Le envió la División Azul a Rusia para chinchar al padrecito Iósif, pero de ahí no pasó. Así pues, qué mejor lugar para estrenar el Dora que el asedio a la base naval de Sebastopol, en la península de Crimea, cuyo valor estratégico era de primera clase ya que era la base de la flota rusa del Mar Negro y, además, dotada de unas fortificaciones dignas de ser ofendidas por el mayor cañón jamás construido. Pero menos mal que el asedio fue largo porque, de lo contrario, también habría acabado antes de haber podido poner en batería al Dora, que necesitaba más preparativos que una novia.


Se formó el Schweren Artillerie Abteilung (E) 672 (Sección de artillería pesada ferroviaria 672) al mando del coronel Robert Böhm y los mandaron a paso ligero a Bakhchysarai, en las afueras de Simferopol, a 16 km. al norte de Sebastopol. Pero ir "a paso ligero" no implicaba liar el petate y largarse, sino que era un poco más complejo. Previamente tuvieron que adaptar el ancho de vía ruso al tedesco, y a partir de ahí construir un ramal que salía de la vía principal en dirección al lugar elegido como emplazamiento. En mayo de 1942, 1.500 obreros rusos reclutados entre los que odiaban al padrecito Iósif y un millar de currantes tedescos pertenecientes a la Organización Todt dirigidos por 60 ingenieros de ferrocarriles y especialistas de la Krupp se encargaron de allanar el terreno, tender las vías y, con la tierra removida, fabricar una trinchera donde el Dora pudiera permanecer seguro mientras no disparaba, que era el único momento en que se asomaba, pegaba el cañonazo y se escondía. Encima del talud se dispusieron alambradas y redes de camuflaje para ocultarlo de la aviación enemiga que, además, podía dar su posición a la artillería costera de Sebastopol. El trabajo supuso tres semanas de entretenimiento para prepararlo todo antes de recibir al invitado especial. En el gráfico podemos ver la distribución de las vías. Ojo, el plano está fuera de escala, pero nos vale para hacernos una idea bastante clara de cómo se preparaba. Como vemos, el ramal de desvío- de dos km. de largo- se dividía en dos partes: una vía para el tren que transportaba las piezas, y dos paralelas donde se montaba el cañón. A ellas se añadían otros dos raíles más para las dos grúas de pórtico que acompañaban al Dora para su montaje. En el área de ensamblaje iban colocándose los vagones en un orden establecido según la pieza que llevasen, la cogían las grúas y el vagón era retirado hasta que le tocaba el turno al siguiente. Cuando finalmente se concluía el montaje, el cañón era desplazado hacia el área de tiro que discurría dentro de la trinchera antes mencionada. Entre ambas áreas sumaban una longitud total de 1.200 metros de vías requiriendo, como se ha dicho, unas tres semanas de trabajo preparar el emplazamiento mientras que el montaje del cañón precisaba unas 54 horas aproximadamente, que añadiendo las horas de nocturnidad en las que no se trabajaba se iban a tres días.


Pero ese tiempo relativamente corto escondía un trabajo abrumador. El cañón era transportado en un convoy de cinco trenes con un total  de 25 vagones, a los que había que sumar los del personal, municiones, bastimentos, etc. Cuando llegaron a destino, lo primero fue montar las grúas de pórtico, sin las cuales no podían hacer nada. A continuación se montaron los cuatro bogies de las plataformas, cada uno con cinco ruedas. Al ser cuatro plataformas, el Dora era sustentado en total por 40 ejes y 80 ruedas de acero. Una vez que las plataformas estaban terminadas se colocaban la cureña, divida en dos mitades, las muñoneras, los elevadores y accesorios y, finalmente, el cañón tal como ya explicamos antes. En la foto de la izquierda podemos ver una muestra de como se desarrollaba el trabajo. La instantánea muestra el momento en que se está colocando una muñonera sobre la plataforma superior donde, por cierto, se ve a un ciudadano de paisano que, obviamente, es uno de los ingenieros de la Krupp dirigiendo la maniobra. En la parte inferior de la plataforma se aprecian también los estabilizadores hidráulicos que se bajaban cuando llegaba la hora de abrir fuego.


Foto aérea del emplazamiento del Dora en Bakhchysarai. En el círculo
blanco se divisan las grúas de pórtico, situadas en el área de ensamblaje, y
sombreado en rojo las alambradas con las redes de camuflaje. En
primer término, a la derecha, se ve el montículo que oculta al cañón
Y aparte de la dotación del cañón, el coronel Böhm llevaba consigo todo un regimiento formado por 1.420 hombres que incluían: una plana mayor, un cuartel general de la batería, una unidad de inteligencia, una de reconocimiento aéreo proporcionada por la Luftwaffe, una sección para el control de tiro, dos destacamentos de artillería anti-aérea para defender el gigante de las moscas, una de Nebelferwer (lanza-nieblas) para ocultar a la criatura si era necesario, dos compañías del ejército rumano que se había sumado al tedesco durante el asedio y que actuaban en labores de vigilancia junto a una unidad de la Feldgendarmerie con chuchos malvados, y a todo ese contingente sumarle el personal civil enviado por la Krupp. En fin, tras mucho sudar y muchas crisis de ansiedad, el 5 de junio de 1942, cuando el asedio llevaba ya ocho largos meses en plena efervescencia, el Dora entró en fuego. Ese día efectuó quince disparos contra un acuartelamiento, la Batería 30 del fuerte Gorky y el fuerte Stalin. Sin embargo, parece ser que la precisión del gigante dejó mucho que desear, y los informes de los observadores indicaban que solo un disparo podría haber acertado de lleno. Obviamente, la enorme carga explosiva que disparaba el Dora se hacía notar, produciendo un cráter de unos 10 metros de diámetro pero, en realidad, la dispersión medía había sido de unos 300 metros, y mientras que apenas diez proyectiles acertaron a menos de 60, uno falló por nada menos que 740 metros.


Varios tedecos contemplando los efectos de un proyectil de 600 mm. del
mortero Karl enviado a Sebastopol. En este caso acertó de lleno sobre la
torreta 2 de la Batería 30 que también fue atacada por el Dora
En resumen: si el proyectil acertaba, no había casamata ni fortificación que se le resistiera. De hecho, hicieron una serie de disparos contra un polvorín situado bajo el lecho marino en la zona de Inkerman que, tras sumergirse unos 30 metros, atravesaron sin problema el techo de hormigón y destruyeron la instalación. Pero la cuestión era acertar y, por lo que se vio, acertaban poco. Sea como fuere, el 4 de julio siguiente los hijos del padrecito Iósif decidieron que ya se habían justificado bastante y se rindieron. Durante el tiempo que el Dora permaneció en Sebastopol efectuó 48 disparos contra siete objetivos que, comparados con los casi 563.000 realizados en total por la artillería tedesca, fue más bien una contribución paupérrima, y más si se tiene en cuenta que la mayoría de los proyectiles solo sirvieron para dejar vistosos cráteres, pero la realidad es que las piezas de menor calibre fueron mucho más eficaces en todos los sentidos. Tras la rendición, el Dora fue desmontado, cargado en sus trenes y enviado  a la Krupp para reponerle la caña, que entre los disparos de pruebas y los del asedio ya necesitaba una puesta a punto.


V-2 en Peenemünde. Ahí estaba el futuro, o sea, el presente
A partir de ese momento surgió, como no podía ser menos, la polémica de rigor: ¿de qué leches servía aquel trasto enorme, caro y engorroso que, además, tenía menos precisión que un reloj made in Taiwan? Los detractores del Dora se lanzaron a degüello, apoyando además el desarrollo de la V-2 que, por menos dinero, acojonaba más, llegaba más lejos y, aunque tampoco acertara de lleno, sus posibilidades estaban aún por explotar, mientras que la artillería de grueso calibre había tocado techo. Pero el ciudadano Adolf estaba encariñado con aquel monstruo, y se negó a cerrar el programa y dejar sin acabar el segundo ejemplar que no sería entregado hasta febrero de 1943. De hecho, incluso se siguió adelante con el tercer cañón, una variante de menor calibre que se llamaría Langer Gustav (Gustav Largo). Este tendría un calibre de 52 cm. y el cañón se alargaría hasta los 48 metros para disparar un proyectil de 1.450 kilos a 110 km., o munición sabot subcalibrada de 52/38 cm. a 150 km. o incluso un proyectil similar asistido por cohete que alcanzaría teóricamente los 190 km. Pero la V-2 podía, y de hecho pudo, alcanzar Londres como si tal cosa con el mazazo psicológico que ello suponía, y su carga de guerra era de 1 Tm. Su precisión era un churro, pero una tonelada de explosivos en plena ciudad hacían mucho daño sí o sí. En todo caso, el Langer Gustav no llegó a término porque un bombardeo sobre la fábrica de Essen impidió concluir el proyecto.


El ciudadano Adolf babeando ante el majestuoso Dora. A la derecha,
vestido de color pardo, su querido Speer, con cuyos faraónicos proyectos
soñaba en convertir Berlín en la meca cultural del planeta tras la victoria.
Pero no hubo ni vitoria, ni meca, ni leches
El 19 de marzo de 1943, el ciudadano Adolf acudió al polígono de Rügenwalde a presenciar una prueba del Dora con su nueva caña. Se efectuaron dos disparos, el amado Führer suspiró contemplando la tecnología germánica y se largó. Nadie sabía qué hacer con los dos cañones que, a pesar de todo, seguían estando plenamente operativos. Se han sugerido algunas teorías sobre su uso, como que el Dora fue enviado a Stalingrado tras su intervención en Sebastopol y llegó a ser puesto a tiro, pero no llegó a disparar ni una sola vez. También hay quien sugiere que pudo haber sido enviado a reprimir la rebelión de Varsovia entre agosto y octubre de 1944, pero no hay pruebas de ello. Incluso parece ser que se planteó enviar ambas piezas a Calais para formar parte de las defensas de la Muralla del Atlántico, pero estarían demasiado expuestas a los ataques aéreos que caerían sobre ellos nada más conocerse su presencia por aquellos lares. Para proteger las piezas ferroviarias de la zona se había recurrido a los Dombunker (búnker catedral) unos simples túneles ojivales donde se ocultaban los cañones cuando no disparaban, o sea, constantemente ya que, como el Dora en su trinchera de Sebastopol, solo asomaba la nariz para abrir fuego y replegarse. Pero ni había fortificaciones con capacidad para el Dora ni merecía la pena gastar más en ellos. En resumen, su vida útil, breve y bastante sosita, había terminado.


Yankee con una girlfriend dentro de los restos del Dora.
Al final, tanto gasto para esto...
El 19 de abril y ante el arrollador avance yankee, el Dora fue trasladado de Rügenwalde a Grafenwöhr, donde fue diseminado por la zona y destruido con cargas de demolición, dejando el área sembrada de restos. A principios de junio aparecieron también los restos del Schwerer Gustav en las cercanías de Chemnitz, en Sajonia, una zona que quedó bajo el control soviético. No se sabe qué hicieron con los cachos del cañón. Los que quedaron en el lado yankee sirvieron para que se hicieran mogollón de fotos, y se supone que fueron enviados a las fundiciones como chatarra, que mucho acero le haría falta a Alemania para ser reconstruida. Y así fue la vida del mayor cañón construido jamás. Ciertamente, solo por el esfuerzo y el gasto habría merecido algo más glorioso, pero su vida operativa fue breve y sus resultados magros. Si los millones de marcos invertidos en el proyecto hubieran sido destinados a fabricar un buen bombardero pesado, aparato que incomprensiblemente Alemania nunca potenció, seguramente habría sido muchísimo más rentable que pasearse por Crimea con un cañón de 1.350 Tm. 

Bueno, se acabó lo que se daba. Ya'tá.

Hale, he dicho

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Monstruos artilleros: el mortero Karl


El Dora casi terminado de montar, a falta solo de instalarle la caña. Al fondo se ven las grúas pórtico que, como no,
también estaban fabricadas por Krupp

sábado, 5 de enero de 2019

El Cañón de París


Cañón de París montado en el campo de tiro de la marina de Altenwalde. Su excesivo alcance impidió que las pruebas
se llevaran a cabo en el polígono de la Krupp en Meppen porque se quedaba corto para este monstruo

Dilectos lectores, el 2018 se fue al carajo. Pero lo horripilante es que parece que empezó ayer, así que miedo me da pensar cómo pasará de rápido el 2019 para, en un año más, empezar con la tercera década del siglo XXI. Bueno, ya sabemos que el tiempo es el enemigo inexorable del hombre y tal, así que ajo y agua. Me da la impresión de que ya he dicho algo parecido anteriormente, pero bueno, da lo mismo. Dicho esto, comencemos.

Terminando de montar un cañón al que aún no se le han colocado los tirantes
que lo mantienen alineado
Como anticipé antes de que el año que se acaba de ir al carajo se fuese al carajo, este 2019 lo iniciaríamos con la precuela del famoso Wilhelm-Geschütz que tanto dio que hablar en su día por sus increíbles prestaciones en lo referente a alcance, porque en lo tocante a poder destructivo obtuvo unos resultados un tanto birriosos pero, eso sí, acojonar acojonó enormemente al personal. En los comentarios derivados de la entrada anterior, varios lectores hicieron especial hincapié en la cuestionable utilidad de invertir el pastizal que debió costar sacar adelante este chisme para unos resultados tan magros pero, como iremos viendo, aparte de mostrar al mundo la superioridad tecnológica de los tedescos colijo que este descomunal cañón fue en realidad un primer paso que acabó en costalada debido al final de la contienda con la derrota alemana. Es más que posible que, de haber dispuesto de más tiempo, su creador, el profesor Rausenberger, habría podido desarrollar el proyecto obteniendo prestaciones cada vez más asombrosas y, posiblemente, un poder destructivo mucho más contundente que el inicial. 

Bertha Krupp, heredera del imperio metalúrgico, y su
marido, Gustav von Bohlen und Halbach, verdadero
artífice del encumbramiento de la empresa y principal
fautor del rearme alemán tras la guerra. Por concesión
especial del káiser se le permitió usar el ilustre apellido
de su cónyuge anteponiéndolo al suyo propio.
El Cañón de París no surgió de un repentino avenate neuronal de Rausenberger. Como ya podemos suponer, fue el resultado de un proceso iniciado mucho antes de su puesta en servicio. Concretamente, fue en 1914, cuando el imparable avance del ejército imperial permitió a sus mandamases acariciar la esperanza de alcanzar la costa gabacha (Dios maldiga al enano corso) y, desde allí, bombardear Dover, distante 34 km. de Calais, en la costa normanda. En los albores del conflicto, la artillería terrestre estaba basada en artillería de campaña y en artillería de sito, esta última compuesta por obuses de gran calibre y un alcance relativamente corto, de alrededor de los 15 km. y cuyo paradigma fue el mostruoso Gamma Gërat de 42 cm., un arma de solo 12 calibres de largo concebida inicialmente como pieza de artillería costera y, posteriormente, como obús de asedio para machacar literalmente los poderosos cinturones de fortificaciones que defendían la frontera enemiga. Pero para alcanzar distancias superiores era necesario disponer de una artillería de largo alcance que, en aquel momento, solo estaba en servicio en la marina a bordo de los poderosos acorazados y cruceros de la Kriegsmarine. Así pues, surgió la idea de emular a los nipones que, durante la Guerra Ruso-Japonesa, emplearon a fondo artillería naval contra las fortificaciones rusas en Port Arthur. 

38 cm. SK/L 45, más conocido como Langer Max, emplazado en una
posición que combina el trazado ferroviario con la Bettungsschiessgerüst,
una plataforma giratoria que también empleó el cañón de París
Y, como no, fue la omnipresente Krupp la que recibió el encargo de la Junta Naval de desarrollar un cañón capaz de dar un susto de muerte a los british (Dios maldiga a Nelson), acometiendo la empresa con eficiencia germánica para ofrecer en poco tiempo unos resultados bastante alentadores con un cañón naval de 380 mm. y 45 calibres de largo que disparaba un proyectil de 1.050 kg. con el que se obtuvieron distancias de hasta 43 km., superando los requerimientos de la marina para alcanzar Dover. Sin embargo, el ejército imperial no fue capaz de alcanzar la costa de Calais, por lo que se tuvieron que conformar con bombardear Dunkerque, Yprés, Nancy y Verdún. Pero mientras que este monstruo primigenio era emplazado en afustes fijos, se desarrolló un proyecto para adaptar otro cañón naval, en este caso de 355 mm. y 53 calibres de largo, como pieza de artillería ferroviaria, logrando colocar un proyectil de 325 kilos a 57 km. de distancia. Fue durante las pruebas con este tipo de cañones cuando descubrieron, como siempre de forma casual en casos así que, contrariamente a la teoría de que el alcance máximo se obtenía con un ángulo de elevación de 45º, se lograban alcances notablemente superiores entre los 50 y los 55º. El motivo lo descubrieron en seguida: al lograr ascender a una altura mucho mayor, alcanzando prácticamente la estratosfera donde el proyectil volaba en casi en el vacío o con una densidad del aire mínima, la fricción cuasi inexistente permitía llegar mucho más lejos. ¿Que por qué no se dieron cuenta antes, ya que estas piezas llevaban tiempo en servicio? Pues porque cuando estaban montadas en las casamatas de acero de los barcos de guerra su máxima elevación oscilaba entre los 20 y lo 3o grados. Evidentemente, el alcance era muy inferior, pero como un barco enemigo era un objetivo muy pequeño y los instrumentos de puntería y visión tampoco daban para distancias mayores, pues nadie cayó en la cuenta de que, en realidad, estos enormes cañones estaban siendo desaprovechados, bastándoles el hecho de que pudieran perforar las planchas de acero del casco o la cubierta de las naves enemigas llegado el caso.

Proyectil flecha moderno en el momento en que el sabot se desprende del
mismo. La Vo que alcanzan es escalofriante, y a pesar de su ínfimo calibre
traspasan la coraza frontal de un carro de combate como si fuera mantequilla
Y mientras el ejército imperial seguía arrollando todo lo que encontraba a su paso, París empezó a estar a una distancia cada vez más corta del frente de batalla, lo que hizo que, ya que no pudieron bombardear la costa británica, al menos pudieran arrasar un poco la capital del enemigo. Pero para ello haría falta disponer de una pieza capaz de ir aún más allá de los casi 60 km. alcanzados con el cañón naval de 355 mm., así que el profesor Rausenberger, el jefe del departamento de artillería de la Krupp, metió la sesera en la exprimidora para asacar un artefacto capaz de alcanzar una distancia mucho mayor. Aquí se presentó una disyuntiva entre las teorías de Rausenberger y las de su asistente y director técnico de su departamento, el profesor Otto von Eberhard. Este último estaba estudiando la posibilidad de usar el cañón L/52 de 355 mm. para disparar proyectiles sub-calibrados de 210 mm. envueltos en un sabot, o sea, una carcasa que contenía el proyectil para ajustarlo al calibre real del arma y que se desprendía nada más abandonar el cañón. El sabot permitía aumentar notablemente la carga de pólvora ya que el peso del proyectil era muy inferior, lo que se traducía en unas presiones en recámara mucho más bajas con un alcance mayor. Y como colijo que a más de uno esto le sonará a chino, abriremos un paréntesis para explicarlo.

Una de las plataformas giratorias en pleno montaje. Se instalaban sobre
una gruesa cama de hormigón para resistir el enorme peso de la pieza
Hay una serie de reglas fijas en balística. Una de ellas es que si un proyectil pesa X kilos, con una carga de X1 kilos logrará un alcance A con una presión en recámara P. Si aumentamos la carga, aumenta la presión, lo que puede llevar a picos insoportables para la resistencia del arma y hacerla explotar. Por lo tanto para aumentar la carga sin subir la presión solo queda una opción: reducir el peso del proyectil o emplear una pólvora de quemado más lento, pero esta última posibilidad no es válida para las piezas de artillería porque usan un tipo de pólvora diferente al de las armas portátiles. En resumen: para hacer que un cañón de calibre 355 mm. que dispara un proyectil de 325 kilos con un alcance de 57 km. duplique ese alcance solo cabe una posibilidad, reducir el calibre y, por ende, el peso, pudiendo así aumentar la carga de proyección obteniendo una presión en recámara similar. ¿Me he explicado? ¿No? Pues la jodimos, porque no sé como exponerlo de forma más básica. En todo caso, igual alguno de sus cuñados sabe algo del tema, aunque lo dudo. Sea como fuere, lo cierto es que los sabot ideados por von Eberhard son hoy de uso común en la artillería moderna, especialmente en la munición flecha que disparan los carros de combate armados con cañones de 120 mm.

A la izquierda vemos el SMS "Prinz Eitel Friedrich", hermano también
inacabado del "Ersatz Freya", junto al acorazado clase Bayern "Württenberg"
en el puerto de Hamburgo en 1920. Obsérvense los cuatro alojamientos
para las casamatas de la artillería principal prevista para las naves
Pero Rausenberger no acababa de ver claro lo de los proyectiles sub-calibrados, entre otras cosas porque eran algo tan novedoso que sus resultados estaban aún por ver. Así pues, se inclinó por aplicar su teoría, más conservadora por cierto, que consistía en aprovechar cañones de 355 mm. y recalibrarlos con cañas de 210 mm., disparando un proyectil de alrededor de 100 kilos con el que aseguraba podría alcanzar sin problemas los 100 km. Para ello, requirió a la Kriegsmarine que le fueran entregados los nueve cañones SK/L45 de 35 cm. que estaban destinados al Ersatz Freya, un crucero de batalla de la clase Mackensen que no se llegó a construir. Rausenberger presentó el proyecto al coronel Max Bauer, con el que tenía buena amistad y, además, era el jefe de la sección de artillería del estado mayor, el cual a su vez lo pasó al mariscal Hindenbrug y al general Ludendorff para su aprobación, la cual dependía en realidad del Reichmarineamt, ya que la marina era la dueña de los cañones. Finalmente se aprobó la cesión de los cañones con la condición de que fuesen servidos por personal de la armada. Recordaremos como en la entrada anterior se especificó que las tres unidades emplazadas en Mont-de-Joie fueron manejadas por un batallón de artillería naval al mando de un contralmirante. Así pues, con las bendiciones y parabienes de los mandamases, nació el Wilhelmmunternehmen, o sea, el Proyecto Wilhelm con el que se bautizó la empresa en honor al káiser y que acabaría generando el Wilhelm-Geschütz.

La criatura en pleno parto en los talleres de la Krupp
de Essen
Apenas iniciado el proyecto, en febrero de 1917 el general Ludendorff ordenó que el alcance del cañón debía ser de 120 km. en lugar de los 100 previstos inicialmente. La orden se basaba en que el ejército imperial llevaría a cabo una retirada hacia el nordeste de París, alejando el objetivo esos 20 km. de diferencia. Esta medida supuso tener que rehacer mogollón de cálculos, especialmente en lo tocante a la Vo del proyectil, que debía ser al menos de 1.600 m/seg. cuando en aquel momento se estaban moviendo en cifras que oscilaban entre los 940 y los 1.000 m/seg. Por otro lado, el diseño original se basaba en introducir en los cañones de 35 cm. una caña calibrada a 21 cm. de 21 metros de longitud. Para alargar el tiro 20 km. más era necesario aumentar la longitud hasta los 24 metros como mínimo para aprovechar al máximo los gases de la deflagración de la pólvora, pero las máquinas de estriar de la Krupp alcanzaban solo los 18 metros. La solución que dio Rausenberger fue añadir un tramo final de ánima lisa que sería unido al cañón de ánima rayada mediante una brida. Al parecer, se fabricaron extensiones de tres longitudes diferentes, 3, 6 y 12 metros, que podían intercambiarse para modificar el alcance. El resultado final fue un cañón de 34 metros de longitud compuesto por las siguientes partes: un metro del cierre, una recámara de 3 metros, un tramo estriado de 18 metros y una extensión de ánima lisa de 12 metros. 12+18+3+1=34, ¿no?

El cañón ya montado en un afuste naval listo para abrir fuego en el campo de
Altenwalde. Este tipo de afuste permitía girar, pero pivotando la parte
delantera mientras que la trasera rodaba por un raíl. Obsérvense los enormes
contrapesos de hierro colocados sobre la recámara para compensar la
enorme longitud del cañón, así como la estructura que lo sustenta
Pero los problemas técnicos no acababan ahí. Los cálculos hechos sobre la carga se fueron al garete y hubo que rehacerlos, aumentando la carga básica de 120 kilos hasta los 200 de carga máxima, lo que generaría un aumento de 1.000 atmósferas en recámara, 4.000 contra las 3.000 probadas hasta el momento. Y como guinda del pastel, mantener totalmente recto un tubo muy fino en relación a su longitud y que, encima, pesaba más que un mulo ahogado. Resultado: una caída de 90 mm. que se solventó con el característico armazón y los tirantes que sujetaban el cañón en toda su longitud. Para hacer las correcciones pertinentes se colocaba un instrumento óptico en la recámara y un cristal esmerilado en la boca del cañón. En dicho cristal aparecía un retículo en forma de cruz que debía coincidir en el instrumento trasero, lo que se conseguía tensando los tirantes de la estructura del cañón. Una vez que se lograba alinear ambas piezas se bloqueaban los tirantes. Cabe suponer que esta medición se llevaría a cabo con cierta frecuencia debido a las distorsiones surgidas a raíz del calentamiento de la pieza, pero no hay datos al respecto.

Y a toda esta serie de interminables problemas se sumaba uno más: la munición, cuyo diseño fue un verdadero alarde de ingenio, y más tras las primeras pruebas de tiro real en Altenwalde que resultaron un verdadero churro. Estas se llevaron a cabo entre el 23 y el 24 de julio de 1917, disparando en dirección suroeste en dirección a la isla de Borkum, una lugar de poco más de 30 km² en el archipiélago de las Frisias Orientales a una distancia aproximada de 130 km. del campo de tiro. Supongo que no apuntarían a la isla, porque estaba habitada por pescadores y, además, contaba con algunas instalaciones militares. Para empezar, el disparo inicial, efectuado con un proyectil inerte por si acaso, se llevó por delante la extensión de ánima lisa, que tuvo que ser sustituida porque la enorme presión la arrancó de cuajo. Una vez solventado el problema se realizaron dos disparos más que nunca se supo dónde leches fueron a parar. Un tercero, que tras recalcular carga y ángulo de tiro pensaban que alcanzaría los 76 km. se quedó en menos de 56. Los dos siguientes se volatilizaron, cayendo sus cachos a menos de 2 km. de distancia, y tras el magnífico estreno se comprobó que el desgaste del ánima había sido muy superior a lo esperado, aunque del tema del desgaste hablaremos más tarde. Como nadie sabía a qué podrían deberse tantos fallos decidieron enviar el cañón a la Krupp, en cuyo campo de tiro de Meppen, provisto de terraplenes de recuperación, podrían ver el estado de los proyectiles para investigar los errores.

Una vez que se recuperaron los cachos de los proyectiles disparados se vio claramente donde estaba el problema. Como vemos en el gráfico de la izquierda, era un modelo diseñado por Rausenberger provisto de una aguzadísima ojiva hueca ideada para mejorar de forma notable su aerodinamismo, ofreciendo una mínima resistencia al aire. Esta ojiva estaba atornillada a un cuerpo central que, a su vez, actuaba como tapón del cuerpo principal, donde iba la carga explosiva de TNT y la espoleta. Como vemos en el gráfico, las paredes de este cuerpo principal eran especialmente gruesas, de unos 5 cm., para que resistiera la enorme fricción que sufriría al recorrer el cañón, y de ahí el poco espacio disponible para los apenas 7,7 kilos de explosivo que almacenaba. Pero el problema estaba en que, como si se tratara de un proyectil convencional, solo estaba provisto de dos bandas de forzamiento de bronce que, como recordaremos, son unos anillos (lo habitual es que lleven solo uno) destinados a tomar las estrías que lo hacen girar y, al mismo tiempo, sellan dichas estrías para impedir que los gases de la deflagración de la pólvora adelanten al proyectil, creando una turbulencia al salir por la boca del cañón que influye notablemente en la trayectoria y, por ende, en la precisión. Y la cuestión es que, debido a las altas presiones, la enorme temperatura y la elevada velocidad que alcanzaba el proyectil a lo largo de su recorrido por la parte estriada del ánima, las bandas de forzamiento simplemente se fundían, o sea, que el resultado era una trayectoria errática incapaz de acertar a un mamut con sobrepeso a medio kilómetro de distancia.

Pero al problema de las bandas de forzamiento inservibles había que añadir otro, y era la transición del ánima rayada a la lisa, en cuyo momento, con las bandas de forzamiento prácticamente fundidas, los gases adelantaban al proyectil y creaban tales turbulencias que era imposible predecir su trayectoria. En resumidas cuentas, había que rediseñar totalmente el puñetero proyectil. Como era evidente que el bronce no valía, Rausenberger optó por mecanizar las estrías en dos resaltes de la misma carcasa, de forma que al introducir el proyectil en el cañón se alojasen directamente en el estriado del mismo. Al ser de acero, en teoría debían resistir todo el estrés consecuencia del disparo. Para sellarlo, ya que este material no era dúctil como el bronce, se empleó una banda de una aleación de asbestos y estaño. El modelo resultante lo tenemos en la figura A, donde apreciamos las dos bandas estriadas. El resultado fue otro fiasco porque el sellado era totalmente defectuoso, y aunque las estrías de las bandas de forzamiento resistían el roce las turbulencias que adelantaban al proyectil le producían la misma trayectoria errática del anterior. Una vez suprimido el asbestos se colocó tras la segunda banda estriada una banda de forzamiento de bronce cuya misión sería únicamente sellar las estrías, pero sin resultados satisfactorios porque se seguía fundiendo y con los gases colándose a través de las bandas estriadas de acero, sobre todo en el momento en que el proyectil pasaba del ánima rayada a la lisa. Esto tenía un efecto añadido, que era una notable pérdida de presión que repercutía negativamente en el alcance del arma.

En noviembre de 1917 y tras tropocientos cañonazos fallidos dieron por fin con la fórmula correcta. El problema de la toma de estrías quedaba solucionado con las dos bandas mecanizadas directamente en la carcasa, pero el paso del ánima rayada a la lisa fue, las cosas como son, un alarde de ingenio. En el instante en que el proyectil entraba en el extensor, el espacio vacío que quedaba tanto en las estrías de acero como en las bandas de forzamiento de bronce permitían el paso de los gases con las consabidas consecuencias: turbulencias, pérdida de presión y disminución de la velocidad, lo que se traducía en trayectoria errática y disminución del alcance. Había que idear pues la forma de que al pasar a la extensión de ánima lisa el sellado no se perdiera. Y para ello se diseñó el proyectil que vemos a la izquierda. ¿Qué es igual a los anteriores pero con una banda de forzamiento más? Sí, pero con truco. En este caso, las dos bandas de bronce estaban montadas sobre una hilera de muescas mecanizadas en sentido longitudinal, de forma que el interior de dichas bandas quedaba encajado en ellas. Al ser los senos donde se alojaban estas muescas de un tamaño mayor, esto les permitía un leve giro de forma que al pasar de una sección del cañón a la siguiente, las de bronce girarían lo justo para mantener el sellado cerrando el paso a los gases a través de las estrías de las bandas de acero. Veamos la secuencia del disparo para entenderlo mejor:

En el gráfico inferior podemos ver el proyectil a punto de pasar a la extensión de ánima lisa. Se aprecia la brida que une las dos partes del cañón, la rayada y la lisa, y la masa de gas incandescente empujando al proyectil. Las bandas de forzamiento de bronce mantienen selladas las estrías para que los gases no adelanten al proyectil. Observemos que las estrías de las bandas de bronce y las de acero están alineadas. No olvidemos este detalle porque es importante. Por último, la línea de puntos señala la "frontera" entre las dos secciones del cañón.


En el siguiente gráfico, las bandas delanteras acaban de pasar al extensor de ánima lisa. Es el momento clave que permite que el proyectil permanezca sellado. Apenas 50 mm. después de pasar al lado liso, la banda de bronce sufre un efecto de contragiro que, en realidad, significa que al tener cierta capacidad de movimiento se detiene por una fracción de segundo mientras que el proyectil sigue girando en el sentido horario. Observemos, tal como señala la flecha, que gira unos milímetros a la izquierda, interponiéndose delante del fondo de las estrías de la banda de acero. Al mismo tiempo, la banda trasera, que aún permanece alineada, permite el paso de gases hacia el centro del cuerpo principal del proyectil, pero sin dejarlos pasar de ahí ya que las bandas delanteras han sellado por completo el cañón.


Y, finalmente, las bandas traseras pasan al lado liso, teniendo lugar en la banda de bronce un efecto idéntico a la que le precede: ha girado en sentido contrario al reloj, sellando la parte trasera del proyectil. Solo queda un remanente de gas entre ambas bandas que no supone nada en términos de efectividad. El proyectil proseguirá su avance por los 12 metros de ánima lisa sin que ninguna turbulencia ni pérdida de presión afecte para nada su velocidad ni su trayectoria. Como vemos, un derroche de tecnología que pocos habrían sido capaces de solucionar.


Esta vez, los resultados fueron enteramente satisfactorios. Los primeros disparos alcanzaron sin problemas los 100 km. de distancia, llegando a los 126 con un aumento de la carga sin que se produjeran picos de presión. Según los ingenieros presentes en la prueba, ese día las condiciones atmosféricas no habían sido todo lo buenas que hubieran deseado porque, de ser así, afirmaban que podrían haber llegado incluso a los 130 km. 

Proyectil, carga suplementaria, carga principal y vaina
contenedora de un cañón de 21 cm. Obsérvese que la vaina
mide nada menos que 125 cm. de altura
Ya solo quedaba solventar el tema del enorme desgaste que sufría el ánima debido a las altísimas presiones y a la fricción. Recordemos que al cuarto disparo de la batería nº 1 de Mont-de-Joie ya se había comido casi 7 cm. de material, y que un oficial de balística debía ir midiendo el desgaste tras cada disparo. De hecho, el desgaste se traducía en dos efectos: uno, un aumento progresivo del calibre del cañón a medida que las estrías se iban desgastando, y otro, un desgaste en el comienzo de la recámara que, según detallamos en la entrada anterior, hacía que el valor de introducción del proyectil fuese aumentando de forma paulatina. Para hacernos una idea del desgaste tan bestial que sufrían estas armas basta compararlo con el de un cañón naval de 35 cm. en condiciones normales: mientras que este último tenía una vida operativa de unos 800 disparos- lo que ninguno llegaba a efectuar en toda una guerra y les daba prácticamente para toda la vida operativa del buque donde servían- el Cañón de París debía reemplazar la caña a los 60-70 disparos, momento en que debían ser enviados a la Krupp para sustituir las cañas desgastadas por otras nuevas. Pero, para no perder prestaciones mientras llegaba ese momento, el equipo de Rausenberger había creado un ingenioso sistema para ir compensando el progresivo desgaste del ánima que, no lo olvidemos, se dejaba sentir a partir de los 4 o 6 disparos. Para ello, la munición de cada cañón se producía en serie de 20 unidades secuenciales, y cada proyectil con un calibre determinado en función del nivel de desgaste que medía el oficial de balística tras cada disparo. Estos proyectiles iban debidamente numerados para saber en qué orden debían usarse, y en las tablas que vimos en la entrada anterior figuraba la carga que debía llevar cada uno junto a los demás datos de presión, temperatura, etc. que había que tener en cuenta por cada cañonazo que se daba. Todo estaba meticulosamente calculado, hasta el extremo de que los polvorines situados cerca de los emplazamientos en el frente se mantenían a una temperatura constante de 15º para que no se viese afectada la cantidad de pólvora necesaria para cada nuevo disparo.

Aspecto actual de uno de los emplazamientos, que a este paso aún durará
posiblemente varios siglos antes de que el tiempo y la vegetación lo destruya
A partir de aquí hay que retomar la entrada anterior, cuando en el verano de 1917 se envió a un grupo de observadores del Oberste Heeresleitung en busca del lugar más adecuado para emplazar los tres primeros cañones, que empezaron a batir la capital gabacha el 23 de marzo del año siguiente. Rausenberger afirmaba que podría haber reconvertido varios cañones más para mantener París bajo fuego artillero durante un año entero, e incluso se estaba proyectando una extensión de ánima lisa de 15 metros que habrían permitido alargar el tiro hasta los 142 km., con lo que podrían haber bombardeado Londres desde las costas de Calais llegado el caso. Por otro lado, también se estaba estudiando un nuevo proyectil que sustituyera el de 210 mm., cuyos efectos eran poco más que psicológicos, por uno de 305 mm. de 300 kilos y un alcance de 170 km. Pero, como ya sabemos, el término de la guerra puso fin a toda esta serie de proyectos. 

El cañón en su posición más elevada
Los cañones en servicio fueron rápidamente enviados a Alemania, donde fueron fundidos para no dejar ni rastro de ellos. Las cañas de repuesto disponibles también fueron reducidas a virutas, y con ellas toda la documentación habida y por haber para que nada pudiera llegar a manos de los aliados, que por cierto ofrecían jugosas recompensas a los que facilitaran información sobre el Cañón de París. Incluso se prohibió por parte del gobierno alemán la publicación de las memorias de Rausenberger cuando este palmó en 1926, si bien hubo personal del equipo técnico que pasó cantidad de información al coronel yankee Henry Miller, que en 1930 publicó en Londres el único libro sobre esta peculiar arma. Los tedescos que se fueron de la lengua fueron procesados por un tribunal de Leipzig y les metieron un paquete de aúpa por boquiflojos, pero colijo que el tal Miller debió untarles a base de bien para que soltaran información. No fue hasta 1988 cuando el ingeniero canadiense Gerald Bull pudo hacerse con las memorias inéditas de Rausenberger y publicar otro libro al respecto. Por cierto que este personaje, que al parecer colaboró con el extinto Sadam Hussein, fue liquidado por el Mosad por ser amiguito del siniestro dictador iraquí. Las amistades peligrosas, ya se sabe...

Cañón ya montado en la posición de Mont-de-Joie. Obsérvese el cuidadoso
camuflaje a base de vegetación al que se añadían redes llegado el caso
Bien, así se gestó el controvertido Cañón de París, cuya vida operativa fue de apenas unos meses, desde finales de marzo de 1918 hasta el Armisticio, disparando un total de 393 proyectiles, todos sobre París. Y como ya me he enrollado bastante por hoy, dejaremos para otro día las acciones en las que intervino y una serie de conclusiones finales acerca de su dudosa relación costo/eficacia. Sea como fuere, lo cierto es que fue un reto que en la época en que tuvo lugar dejó claro a todo el mundo que la capacidad tecnológica de los tedescos estaba muy por encima de la que disponían los Aliados. Hoy sabemos que la aviación resultaba mucho más eficaz en todos los sentidos, pero desconocemos hasta dónde podrían haber llegado disparando cañones que igual podrían poner un proyectil de varios cientos de kilos a 200 km. por detrás de las líneas enemigas, que no es moco de pavo.

Bueno, con esto concluimos. El 2019 queda oficialmente inaugurado, amén de los amenes.

Hale, he dicho

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Espléndida foto que nos permite apreciar con todo detalle el cañón montado sobre una plataforma giratoria.