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sábado, 20 de noviembre de 2021

ORIGEN DEL SUBFUSIL

 

Por lo general, cuando se habla de subfusiles la imagen más difundida es la de tedescos empuñando sus MP-38 o MP-40, quizás las armas de este tipo más emblemáticas. Su elegante diseño y su proliferación durante todo el conflicto convirtieron estos modelos en un icono que aún perdura

Acabo de darme cuenta de que, tras diez años y medio dando cuenta de todo tipo de armas modernas, aún no se ha hablado para nada de los subfusiles. Hemos dado cuenta de diversos tipos de pistolas, fusiles, cañones, ametralladoras, carros de combate, lanzagranadas, lanzallamas y demás útiles para detener corazones de ciudadanos enemigos, pero nada sobre los subfusiles, esos chismes que actualmente forman parte del arsenal de ejércitos, policías e incluso guerrilleros de esos que siempre están cabreados con la humanidad independientemente de su ideología. En fin, tiempo es de hablar de ellos, que nunca es tarde si la dicha es buena. Pero antes de comenzar a publicar entradas sobre modelos específicos, creo que convendría explicar cómo y por qué surgieron estas armas, así como el desarrollo y evolución que tuvieron posteriormente. Advierto: este artículo está basado obviamente en términos generales para analizar de forma elemental el origen del concepto del subfusil, no es una tesis doctoral. Lo comento para que el cuñado de turno no me salga con las diferencias entre las fluctuaciones evanescentes del reflujo progresivo del fulminato de mercurio de los pistones en el desgaste del estriado de los cañones o cualquier chorrada por el estilo.

Bien, ante de empezar, una pequeña cuestión de tipo semántico. Es muy frecuente que los que no conocen estos temas, e incluso algunos que sí los conocen, denominen a estos artefactos con el odioso palabro "metralleta". De hecho, está reconocido por la RAE, que sabrá mucho de letras pero no sabe un carajo de armas, y se limitaron a incrustarnos un galicismo (Dios maldiga al enano corso): mitraillete. A la derecha pueden ver una captura de pantalla donde aparece tanto el palabro como su etimología. En cuanto a la definición, salta a la vista que es tan ambigua que hasta un cacho tubería cargada con cohetes verbeneros podría acogerse a ella si uno es especialmente diestro en el manejo de tan primitiva arma. Por otro lado, la entrada de la RAE para el término subfusil te redirige a la de metralleta, o sea, lo consideran un sinónimo. Bien, pues va a ser que no, y a la RAE pueden darle 200 higas esdrújulas. El término correcto es subfusil; es el que se emplea en el ejército, donde te corren a collejas como se te ocurra decir metralleta, y es el que emplearemos aquí, y las metralletas para los gabachos y la madre que los parió enhoramala a todos. Aclarado pues este punto, comencemos...

Avanzar a pecho descubierto mientras mogollón de probos homicidas
se dedican a practicar el tiro al blanco con el personal debía ser
una experiencia enormemente inquietante, las cosas como son

Antes de la Gran Guerra, básicamente había dos distancias de combate para las tropas de infantería: media-corta distancia y cuerpo a cuerpo. Los cuadros de sufridos infantes avanzaban hacia los enemigos con jeta de imperturbable frialdad mientras apretaban el culo para no ensuciarse en los calzones viendo caer a sus cuñados alrededor con unos enormes boquetes en el pecho o con un brazo colgando por unos jirones de carne sanguinolenta. Sin poder manifestar que deseaban darse de baja por depresión en aquel momento, seguían avanzando hacia el cuadro enemigo mientras que estos los fusilaban a su sabor hasta que, finalmente, se llegaba al contacto y uno podía hacer constar al enemigo lo cabreado que estaba repartiendo culatazos y hundiendo su bayoneta en sus abominables barrigas. A finales del siglo XIX las cosas no variaron mucho a pesar de la introducción de los fusiles de repetición. La única diferencia respecto a las batallitas que contaba el abuelo era que, en vez de caer 20 fulanos de la compañía antes del contacto, gracias a la precisión y a la mayor cadencia de tiro de las nuevas armas caían 60, pero el resto de la película se desarrollaba más o menos de la misma forma.

Batería británica de obuses de 8 pulgadas. Aunque se suele pensar
que la mayoría de las bajas producidas durante la Gran Guerra fueron
a causa de las ametralladoras, la realidad es que más del 50% de
las mismas las produjo la artillería

El estallido de la Gran Guerra trajo novedades importantes: la artillería se convirtió en la que cortaba el bacalao. Ya no eran piezas emplazadas a unos centenares de metros del frente de batalla, sino a varios kilómetros del mismo, y en vez de disparar granadas que detonaban con una carga de pólvora negra, pues hacían lo mismo pero con una carga de alto explosivo que mataba más y mejor. Y como contrapunto a los terroríficos bombardeos, las ametralladoras se dedicaban a segar miles de vidas en cuanto el personal osaba asomar la nariz por encima del parapeto o avanzar medio metro. En fin, ya sabemos de qué iba la cosa. Ambos bandos se tuvieron que sepultar en vida y así se pasaron cuatro laaaargos años. No obstante, las tácticas de infantería tampoco es que experimentasen unos cambios radicales. De hecho, la realidad es que seguían actuando igual que cien años antes: los oficiales ordenaban avanzar tras una preparación artillera para ablandar a un enemigo perfectamente protegido en sus trincheras y, en cuando empezaban a trotar hacia las posiciones enemigas, el tableteo de las ametralladoras indicaba que la carnicería daba comienzo. Entonces, en vez de caer 60 fulanos para avanzar cien o ciento cincuenta metros, caían compañías e incluso batallones enteros.

Bricolaje de primera línea. Bastaba un palo y un engranaje
viejo o unos clavos de herradura para blandir una maza
capaz de romper un cráneo como si fuera un huevo

Si llegaban al contacto, lo que no era fácil como vemos, el cuerpo a cuerpo no tenía lugar en campo abierto, sino en angostas zanjas en las que sus fusiles armados con largas bayonetas hacían bastante complicado finiquitar a los enemigos, ya fuesen agresores o defensores. Cualquier fusil armado con su bayoneta alcanzaba como poco 170 cm. de longitud, lo mismo que un hombre de estatura media-alta de la época, y manejarlo en una trinchera de metro y medio de ancho no era nada fácil. Ya sabemos, porque lo hemos detallado con pelos y señales, que precisamente por eso hubo un retorno al pasado, cuando los sufridos combatientes tuvieron que recuperar las armas de sus ancestros medievales para masacrarse bonitamente con más comodidad: cuchillos de trinchera, palas de trinchera, mazas de trinchera y muchas granadas de mano para limpiar trincheras y refugios donde podían aguardar varios enemigos esperándolos. En fin, muy desagradable todo, ya saben... Como recordarán, esta nueva forma de guerra obligó a crear un tipo de unidades especializadas en infiltrarse en las trincheras del adversario para dar violentos y fulgurantes golpes de mano con diversos fines: hacer prisioneros, destruir depósitos y repuestos de municiones o víveres o, simplemente, darles un susto de muerte, matar a todos los pardillos que pillaban medio dormidos y largarse a toda velocidad engullidos por las hediondas tinieblas del frente en plena noche, alumbrados solo por la fría y tenebrosa luz del magnesio de las bengalas que, durante unos instantes, dibujaban las siniestras siluetas de un paisaje lunar mezclado con los cadáveres insepultos que se pudrían en la tierra de nadie adoptando las posturas más grotescas. Qué espectáculo, ¿no?

Miembros de una Sturmkompanie con sus características bolsas
de lona en los costados llenas de granadas de mano

Hablamos de las Sturmtruppen tedescas y los arditi italianos, que como sabemos eran probos homicidas especialmente bragados y con sangre de lagarto que no dudaban en perpetrar sus pequeñas matanzas con armas seleccionadas especialmente para combatir en las angostas trincheras: mazas, palas, cuchillos, granadas de mano y, a modo de innovación, los tedescos empleaban pistolas semiautomáticas con más capacidad que las armas cortas reglamentarias por aquella época. Los gabachos seguían usando sus elegantes revólveres Lebel con capacidad para seis cartuchos; los british (Dios maldiga a Nelson) sus masivos Webley-Scott de armazón basculante y también seis cartuchos de capacidad, y los italianos sus Bodeo, también de seis cartuchos pero que aún había que recargar expulsando una a una las vainas servidas e introducir del mismo modo los cartuchos, o bien la pistola Glisenti 1910, con 7 cartuchos de calibre 9 mm. Glisenti, una versión "aligerada" del 9 mm. Parabellum. Los tedescos llegaron a la fiesta con la quintaesencia de la belleza hecha arma: la P-08 con cargadores para 8 cartuchos de 9 mm. Parabellum a las que adaptaron para estos menesteres que nos ocupan culatines similares a los de las Mauser C96 y cargadores de caracol para 32 cartuchos y, ya en las postrimerías del conflicto, los yankees con su fabulosa e incombustible Colt 1911 con un cargador de 7 cartuchos en calibre .45 ACP. En cualquier caso, una cosa sí aprendieron en poco tiempo: un pequeño grupo de hombres que se infiltrasen en una posición enemiga para combatir a muy corta distancia necesitaba, aparte de superávit de testiculina, potencia de fuego. Mucha potencia de fuego.

Los fusiles más representativos. De arriba abajo: Mauser 98, Mosin-
Nagant 1891, Vetterli-Vitali 1870/87, Lebel 1886 y Lee-Enfield
Nº1 Mk III, 5, 5, 6, 8 y 10 cartuchos de capacidad respectivamente

Hablemos un poco del concepto de potencia de fuego para los que no lo tengan claro. Un hombre armado con un fusil de cerrojo con un depósito de munición con capacidad entre 5 (la inmensa mayoría) y 10 cartuchos (el Lee Enfield de los british) podría vaciar su cargador en unos 15 segundos en el primer caso y apuntando a bulto o, como se suele decir, tiro instintivo. La corta distancia permite acertar simplemente dirigiendo el cañón hacia el cuerpo del enemigo. Pero, aunque el fusil usa una munición muy potente, el soldado que lo maneja se encuentra con dos problemas, y gordos: uno, que una vez agotada la munición el tiempo de recarga es eterno en unas circunstancias en las que un segundo equivale a un año, y cinco segundos son la diferencia entre seguir en este mundo o convertirse en un ente eterno pasando a la eternidad por eternizarse el proceso de recarga. Literalmente no tiene tiempo de sacar un peine de la cartuchera, colocarlo en su sitio, introducir la munición en el depósito, retirar del clip, cerrar el cerrojo y abrir fuego, y todo ello bajo una presión bestial. Simplemente, repito, no le da tiempo, y cualquier enemigo le soltará un balazo, le estampará su maza en el cráneo o le hundirá su cuchillo en la boca del estómago. Y dos: la munición del fusil, aunque desarrolla una gran energía cinética, no es tan contundente como pueda parecer. ¿Por qué? No es difícil de entender sin tener que echar mano de un libro sobre balística terminal. La munición de guerra de los fusiles era y es blindada porque las convenciones internacionales así lo determinaron en su día. Una bala blindada de fusil disparada a corta distancia tiene una energía de, como poco, 2.500 julios o más.

Orificios de entrada y salida producidos en una
pantorrilla por una bala Dum-Dum. Si la bala
hubiera sido normal, el orificio de salida sería solo
un poco mayor que el de entrada

Para los que no estén al tanto, la energía cinética se calcula con la siguiente fórmula: masa (peso de la bala) por la velocidad (velocidad inicial) al cuadrado, y todo dividido por dos. Un ejemplo. Un cartucho tedesco de 8x57 con una bala de 150 grains a una V0 de 870 m/seg. tiene una energía cinética de unos 3.800 julios. Ojo, no son nunca términos absolutos porque la temperatura ambiente, del arma, la altitud, la dirección y velocidad del viento y mil factores más intervienen para que haya pequeñas variaciones, pero como referencia general nos vale. Bien, 3.800 julios suponen a algo similar a la coz de una mula en el pecho, pero con una diferencia: la potencia de la coz nos la tragamos enterita, mientras que la energía de la bala no porque nos atraviesa limpiamente de lado a lado, por lo que solo nos cede una parte de la energía que contiene, y el resto la consume mientras prosigue su trayectoria una vez que nos ha salido por la espalda. Y nos atraviesa limpiamente porque, al tener una cubierta de cobre, latón o hierro (full metal jacket, como la peli), no se deforman, ergo ceden una parte de su energía. ¿Recuerdan el artículo sobre la munición Dum-Dum? Pues eso, si la bala es expansiva, entonces su energía es cedida al cuerpo de la víctima, causando grandes destrozos y una muerte casi o totalmente instantánea.

Pero como la munición de guerra expansiva estaba y está prohibida, ¿qué consecuencias tiene esto? Pues, generalmente, salvo que la bala impacte en un órgano vital- léase cabeza, corazón o sistema nervioso central- o interese una arteria que produzca una hemorragia que dé lugar a un shock hipovolémico en cuestión de segundos, el herido no quedará en modo alguno fuera de combate. Podrá sufrir un aturdimiento momentáneo, pero el organismo dispone de medios para recuperarse o resistir a la muerte fabricando adrenalina a toda velocidad, y ese herido, aunque haya sido alcanzado órganos que derivarán en una muerte casi segura en minutos u horas- hígado o pulmones-, aún tendrá capacidad de respuesta para volarnos los sesos o reventarnos la jeta de un palazo. La adrenalina, el miedo y la furia son tres ingredientes capaces de alargar la vida de forma asombrosa, y ciudadanos con heridas que en teoría deberían haberle producido un deceso casi instantáneo se resisten a palmarla hasta que, finalmente, la pérdida de sangre y/o los daños orgánicos le superen y entregue la cuchara. Ya vemos como el probo serbio de la imagen, a pesar de que un balazo le ha arrancado media cara, aún tiene presencia de ánimo para que le saquen una foto para renovar el DNI. A pesar del destrozo y el evidente dolor que padecería, no quedó incapacitado de inmediato para seguir dando guerra.

Potencia de fuego unipersonal ¿Se imaginan ese chisme
barriendo trincheras en la Gran Guerra?

Esta pequeña filípica sobre la potencia de fuego podemos concluirla con solo una máxima: un grupo de hombres armado con fusiles carece de potencia de fuego. Diez hombres pueden agotar su munición efectuando cincuenta disparos en unos 15 segundos con un nivel de fallos importante, mientras que una ametralladora efectúa en el mismo tiempo unos 300 disparos concentrados en un objetivo o, si se desea, abarcando un arco más o menos amplio para alcanzar a más objetivos. Eso es potencia de fuego, pero lo complicado era trasladarla a un grupo de belicosos soldados que, obviamente, no podían ir cargados con una máquina de más de 60 kilos incluyendo el afuste más la munición para corretear por la red de trincheras enemigas. Alguien podrá pensar que una ametralladora ligera como la Lewis o la LMG-08/15 servirían para este caso, pero no. Ambas fueron concebidas como armas de apoyo cercano a la infantería, pero no para la guerra trincheril pura y dura. La primera pesaba 12 kilos, y la segunda 18, y debían ir acompañadas de acarreadores para transportar la munición, y el tiempo necesario para recargar era también inasumible cuando estabas en una zanja lloviéndote tiros y garrotazos por doquier.

P-08 de artillería con funda-culatín y cargador de caracol. A mi
entender, el germen del subfusil

Por todo lo expuesto, una P-08 o una Mauser C96 eran mucho más prácticas a la hora de dar un golpe de mano. La munición que disparaban tenía mucha menos potencia que la de un fusil- ambas, el 9mm. Parabellum y el 7'63x25 Mauser estaban entre los 450 y los 500 julios-, pero precisamente por ser menos potentes era más factible que la bala no atravesara el cuerpo de la víctima, quedándose alojada en su interior. ¿Qué supone esto? Pues que la totalidad de la energía cinética del proyectil era absorbida por su cuerpo, lo que, aunque pueda parecer paradójico, podría neutralizar con más facilidad al enemigo ya que la bala de fusil, como hemos explicado, solo dejaba una parte que, si no impactaba con un hueso que la obligara a ceder más energía, pasaría de lado a lado como si tal cosa de la misma forma que si nos atraviesan con una aguja de hacer punto. Por otro lado, mientras que un probo homicida acciona a toda prisa el cerrojo de su fusil para realizar un segundo disparo, el que va armado con una pistola puede efectuar tres o cuatro sin problemas, y casi con seguridad acertando todos. Como es obvio, cuatro o más impactos de 9 mm. Parabellum tienen más probabilidades de acertar en algún sitio capaz de incapacitar de inmediato al enemigo, mientras que un único disparo de fusil tiene lógicamente menos opciones. Esto se traduce simplemente en que, en un combate en una trinchera, una pistola puede desplegar más potencia de fuego que un fusil, y un grupito de probos homicidas armados con pistolas equipadas con cargadores de 32 cartuchos serían una puñetera plaga bíblica comparados con un número similar de hombres armados con fusiles.

Probo ciudadano recreacionista actuando de sobrino del tío Sam
en la Gran Guerra. Empuña una escopeta Winchester modelo 1897
armada con una bayoneta modelo 1917

Los yankees optaron inicialmente por otro tipo de arma: la escopeta de combate, a la que también dedicamos un artículo en su día. Como recordaremos, los tedescos hasta protestaron enérgicamente por la devastadora eficacia de estas armas que, en la estrechez de las trincheras, tenían unos efectos extremadamente contundentes. Pero la escopeta no era la solución para disponer de esa potencia de fuego capaz de abatir varios enemigos a la vez. ¿Por qué, si un postazo forma un cono de proyectiles a modo de trabuco decimonónico? Veamos... Las escopetas de combate suelen tener el cañón sin choke, uséase, sin el estrangulamiento al final del ánima que hace que los perdigones se abran más o menos en función de la distancia a la que esté el objetivo a batir. Por lo tanto, un cañón cilíndrico implica ser el que abre un cono de mayor diámetro a menor distancia, por lo que, en teoría, si disparamos un cartucho con 9 postas del 00 (9 bolas de 8'38 mm. de calibre), podrían alcanzar a más de un oponente con un solo tiro. Ciertamente, no tienen la potencia de una bala de pistola, pero sí la suficiente como para introducirse en el cuerpo y provocar una herida mortal. 

Orondo ciudadano que muestra los contundentes efectos de un
disparo de postas. A efectos prácticos era lo mismo que recibirlos
de una pistola
Sin embargo, la distancia de combate habitual en las trincheras era demasiado corta como para permitir que el cono se abriera lo suficiente como para alcanzar a más de un hombre y, por otro lado, la estrechez del espacio interior de la trinchera tampoco permitía avanzar a más de uno o dos hombres de frente. Así pues, los efectos de la escopeta eran definitivos, pero contra un solo hombre, que era el que recibía el postazo. De hecho, algunos disparos serían efectuados tan cerca que las postas aún irían entacadas, o sea, sin haber tenido tiempo de empezar a separarse, por lo que en vez de nueve orificios harían un boquete del tamaño de un puño. El fulano quedaba listo de papeles sí o sí, pero ese enemigo había consumido un 20% de la capacidad de un depósito de munición de 5 cartuchos. Y tras gastarlos, el tiempo de recarga era lento como un purgatorio, porque meter uno a uno cinco cartuchos en un depósito tubular es como que bastante desesperante cuando se hace bajo presión. De ahí que muchas escopetas de combate modernas hayan optado por usar cargadores de petaca e incluso de tambor. Resumiendo: la escopeta era un arma muy eficaz, pero a efectos prácticos ofrecía poco más que un fusil, y su recarga era mucho más lenta.

Cargador de tambor de 71 cartuchos de un PPSh-41, la mejor opción
para no verse comprometido en un momento decisivo.

Ya vamos perfilando el tipo de arma necesaria para perpetrar canalladas en las trincheras enemigas, pero aún queda un pequeño detalle por dirimir: el calibre. Pero, ¿cuál sería más conveniente? Obviamente, tenemos que ceñirnos a calibres de pistola, pero hay infinidad de ellos, por lo que los dividiremos en dos grupos: calibres gruesos y calibres medios. Un calibre grueso de más de 10 mm. ideal sería el .45 ACP (11'43x23 mm. según el sistema europeo). En la época que nos ocupa, disparaba una bala estándar de 230 grains a una V0 de 255 m/seg. que nos da una energía de unos 480 julios. Los calibre medios, como el 9 mm. Parabellum, el 9 mm. Bergmann (9 Largo en España) o el 7'62x25 Mauser disparaban una bala más ligera (de 115, 124 y 85 grains respectivamente), pero a mayor velocidad por lo que la energía cinética era similar ya que, según la fórmula mostrada más arriba, compensamos un peso menor con más velocidad. O sea, que un .45 y un 9 Parabellum tienen una potencia similar por lo que, en teoría, cualquiera de ellos sería válido para alimentar un arma que proporcione potencia de fuego. Sin embargo, hay un segundo factor a considerar y que puede ser determinante: en un cargador de una determinada longitud- o diámetro si es de tambor- cabe más munición de 9 mm. que del .45. Ejemplos: el MP40 tedesco usaba cargadores de 32 cartuchos. El PPSh-41 soviético, tambores de 71 cartuchos o cargadores de petaca de 35. El Thompson del ejército yankee no usaba cargadores de tambor, sino de petaca con capacidades de 20 y 30 cartuchos. Sí, alguno dirá que una diferencia de dos o cinco cartuchos es irrelevante, pero dejará de decirlo si alguna vez se ve con el cargador repentinamente vacío y un barbudo ciudadano con turbante muy cabreado apuntándole a la frente con un Kalashnikov mohoso comprado en un zoco de Kabul por 30 dólares incluyendo un Corán de regalo. Conclusión: mejor nos inclinamos por un calibre medio, por si las moscas.

P-08 desmontada. Estaba tan primorosamente fabricada y con un
ajuste tan impecable que bastaba una cagada de mosca para que se
encasquillara debido a la suciedad. Para garantizar el ajuste, en cada
pieza se punzonaban los dos últimos números de serie del arma

Metamos todo lo explicado hasta ahora en una batidora y veamos qué nos da la combinación de estos ingredientes para elaborar el arma ideal: debía ser de un tamaño que la hiciera ligera y manejable para moverse con facilidad en lugares angostos o para reptar como culebras sin que fuese un estorbo. Debía disparar un calibre capaz de incapacitar al enemigo pero, al mismo tiempo, debía ser pequeño para poder usar cargadores donde cupiera el mayor número posible de cartuchos, y además tener la posibilidad de hacer fuego automático para aumentar las posibilidades de acertar al enemigo con varios proyectiles prácticamente al mismo tiempo; otrosí, su diseño debía ser fiable, robusto y apto para soportar las duras condiciones de la guerra de trincheras, requisitos estos que la P-08 no cumplía ni remotamente. Su meticuloso acabado con ajuste manual que la convertían en una maravilla mecánica era absolutamente incompatible con la mugre trincheril, y sus mínimas tolerancias daban lugar a interrupciones en un momento en el que ver el arma encasquillada suponía llevarse el último berrinche de la vida antes de que el gabacho o el british de turno te hundiera su bayoneta en el duodeno. O sea, el concepto de arma corta provista de culatín desmontable y cargador de alta capacidad cumplía los requisitos, pero la P-08 estaba tan asquerosamente bien terminada que no era ni remotamente la mejor candidata y, además de ser un arma muy cara por el elevado número de horas de mecanizado que requería, su ajuste era tan fino que hasta podían producirse interrupciones si se usaban cargadores distintos a los que traía de fábrica. En resumen, una joya para adorarla con veneración, pero la más inapropiada para sumergirla en un charco fangoso y que luego siquiera funcionando.

Ametralladora ligera Fiat 1915. El bípode fue un invento
añadido por el capitán Bassi en 1917 para facilitar su uso
a los arditi en campo abierto

Bien, en este caso, la criatura primigenia no surgió de la cuadriculada mentalidad tedesca, sino de los italianos, y antes de lo que muchos imaginan. En 1914, el coronel Abiel Revelli diseñó un curioso chisme que fue incluso patentado antes de empezar la contienda, concretamente el 8 de abril de aquel mismo año. Hablamos del Villar Perosa, considerado como el primer subfusil de la historia aunque, a mi modo de ver, en realidad era una ametralladora ligera, y como tal fue concebida en base al uso táctico con que se planteó el diseño. Debemos tener en cuenta que el invento de Revelli no había sido concebido como arma de trinchera ya que por aquel entonces aún no se tenía ni idea del infierno en que se convertiría la inminente guerra. El arma, cuya denominación oficial era Fiat modelo 1915, tomó su apodo por el que es más conocida debido a que su fabricante, la Officine Villar Perosa, de Turín, era en su mayor parte propiedad de Giovanni Agnelli, mandamás de la FIAT; el coronel Conso, jefe técnico del Comando Supremo Militare Italiano, la describió como "la mitragliatrice leggera Revelli...", o sea, una ametralladora ligera pasa uso tanto ofensivo como defensivo a distancias cortas. Es decir, cuando Revelli concibió su peculiar arma no estaba pensando en la guerra de trincheras que aún no existía, sino en una pequeña ametralladora multiusos que podía usarse en un aeroplano, sobre el manillar de una bicicleta, un automóvil o, por supuesto, por la infantería, para lo cual bastaba acoplarle un práctico bípode. De hecho, incluso se le podía añadir un escudo que la convertían en una ametralladora estática y protegía a sus servidores contra los disparos o la metralla enemigos, incluso a cortas distancias.

El Villar Perosa instalado sobre su peculiar afuste corporal. Nada
práctico, nada cómodo, nada de nada, vaya...

Los primeros en hacer uso de la Villar Perosa bajo el concepto de subfusil fueron los arditi. En junio de 1917 y bajo la dirección del capitán Giuseppe Bassi, se formó la primera compañía experimental de estos belicosos latinos fuertemente armados, contando cada pelotón con dos "subfusiles" Villar Perosa instalados en un armazón de madera que el tirador portaba colgando del cuello mediante una correa y apoyado en el vientre, formando así una especie de plataforma. Como vemos, el arma era en realidad un dos en uno, dos ametralladoras unidas mediante una abrazadera en el  centro y una empuñadura con dos asas típica de este tipo de armas en el extremo trasero. En la empuñadura había dos pulsadores que podían presionarse al unísono o por separado, y se alimentaba mediante dos cargadores de 25 cartuchos de calibre 9 mm. Glisenti. Obviamente, este chisme no era precisamente manejable ni ligero (su peso descargado era de 7'6 kg. incluyendo el soporte), y tampoco era fácil de manejar en lugares angostos. Sin embargo, su cadencia de tiro era bestial: 1.500 dpm por arma. Si un ardito enfilaba una trinchera apretando los dos pulsadores, en menos de un segundo la barría con 50 proyectiles, por lo que si pillaba a un austriaco despistado le metía 50 tiros antes de darse cuenta de que estaba completamente muerto.

Ardito haciendo juegos malabares con su pequeña ametralladora.
Me pregunto qué pasaría cuando tropezaba o se caía y, por
despiste, no dejaba de apretar los pulsadores enfilando a sus
colegas. Varios goles en propia puerta en dos segundos, ¿no?

Sí, muy guay, pero esa cadencia tan elevada no era precisamente un regalo. Antes al contrario, suponía un enorme gasto de munición y un tirador muy bien entrenado para controlar el arma. Además, tenía que ir acompañado por tres colegas cargados cada uno con dos macutos que contenían 30 cargadores para ir reponiendo munición, lo que suman 4.500 cartuchos. A estos habría que añadir los que llevaba el tirador, por lo que la dotación del arma podía alcanzar los 5.000 cartuchos. Por otro lado, una cadencia de tiro tan elevada producía un recalentamiento muy acusado, que a su vez se traducía en interrupciones llegado el caso. Resumiendo: aunque muchos se empeñan en afirmar que el Villar Perosa fue el primer subfusil de la historia, a mi entender fue la primera ametralladora ligera, que no es lo mismo. De hecho, y según hemos ido analizando, esta peculiar arma solo cumplía dos de los mandamientos del arma de trinchera: disparaba un calibre de pistola y desplegaba una potencia de fuego bestial. Demasiado bestial para que fuese práctica, y más si consideramos que el tirador debía llevar tras de sí tres fulanos arrimando cargadores sin descanso. ¿Qué pasaba si el enemigo se cargaba a uno de ellos? ¿Y si liquidaban a los tres? En fin, aquello no era en realidad el arma de fuego ideal para la guerra de trincheras a pesar de que en octubre de 1917 se diseñó un retardador de cadencia con tres opciones: 1.500, 500 y 300 disparos por minuto, y al año siguiente se le añadió una culata de madera para eliminar el armatoste que se usaba inicialmente, pero lo que estaba claro es que el Villar Perosa tenía menos futuro que un pavo en Navidad.

Hugo Schmeisser (1884-1953) mostrando una de sus creaciones,
en este caso un MP-28

Al final, el que dio con la clave fue, como está mandado, un tedesco, si bien su creación no vio la luz hasta las postrimerías del conflicto de la mano de Hugo Schmeisser, un probo armero que curraba en la Theodor Bergmann Waffenbau Abteilung (carajo con los interminables nombres empresariales tedescos), de Suhl. Schmeisser, por mucho que protesten los defensores de la primacía del Villar Perosa, sí captó en su totalidad el concepto de lo que debía ser un subfusil. Aunque basó los mecanismos de su diseño en los del arma del coronel Revelli y de la Walther modelo 4, el resto era algo completamente novedoso. Aunque ahora no entremos a detallar en profundidad cuestiones mecánicas de las que ya iremos hablando cuando se estudien determinados modelos, el subfusil de Schmeisser funcionaba mediante un sistema de retroceso directo (o inercia de masas, como prefieran) y percusión avanzada. Grosso modo, esto viene a querer decir que el automatismo lo producen los gases de la deflagración de la pólvora, cuya inercia desplaza el cierre hacia atrás y, aprovechando el movimiento, extrae la vaina servida. El muelle recuperador empuja a continuación el cierre hacia adelante, empujando un cartucho desde el cargador hacia el cañón y, cuando finaliza su recorrido, un percutor fijo detona el pistón y se produce el disparo. Es el sistema de repetición no manual más básico que existe y, por ende, el menos proclive a dar problemas. De hecho, se ha usado y se usa en infinidad de armas de este tipo.

Vista de ambos lados de un MP-18-I. Como salta a la vista, su diseño
no tenía nada que ver con el de la Villar Perosa

En cuanto a los demás aspectos del arma, cumplía con las recetas que metimos en la batidora: era manejable, con una longitud de 81'5 cm. contra los 125 cm. del Mauser 98; usaba un calibre de pistola, en este caso el inmortal 9 mm. Parabellum; el cargador del modelo inicial era el Trommelmagazin de 32 cartuchos que usaba la P-08, pero posteriormente se fabricaron cargadores de petaca para 20, 30 y 50 cartuchos y, lo más importante, ofrecía una cadencia de tiro potente, pero sin llegar a la lluvia desenfrenada de plomo del Villar Perosa: 350 disparos por minuto. Aunque el primer modelo carecía de selector de tiro y solo funcionaba en automático, su cadencia moderada permitía a un tirador entrenado efectuar un solo disparo aflojando la presión sobre el gatillo de forma casi instintiva. Por lo demás, era un arma sólida, muy bien fabricada y provista de una culata enteriza que permitía disparar cómodamente en cualquier posición incluyendo cuerpo en tierra ya que la tolva del cargador estaba situada en el costado izquierdo del arma. Su cañón estaba envuelto en una camisa perforada para facilitar la refrigeración sin que el guripa que lo manejaba se achicharrase una mano en un despiste, y en manos de un sturmsoldat bien entrenado podía perpetrar suntuosas escabechinas cuando invadían una trinchera de forma sorpresiva. Era la Maschinenpistole 18/I, MP 18/I para los amigos.

Sturmsoldat con su MP-18 bajo el brazo. La foto
nos permite apreciar el compacto tamaño del arma,
ideal para moverse en trincheras, ruinas o edificios
ocupados por el enemigo

Por desgracia para los tedescos, el MP 18 entró en servicio cuando el ejército imperial estaba ya dando las últimas boqueadas. Las unidades fabricadas fueron inicialmente distribuidas entre los suboficiales de ametralladoras, que antes iban armados solo con una pistola, y las Sturmtruppen creadas por el capitán Rohr, donde pudieron demostrar su eficacia y que, en efecto, el MP 18 era el arma que se adaptaba a la perfección a la guerra de trincheras. Sin embargo, los tedescos estaban ya en las últimas. La Kaiserschlacht consumió sus últimas energías y recursos y, aunque pareció en principio que la ofensiva podría decantar la balanza a su favor, finalmente se quedaron sin fuelle y todo se fue al garete. Sin embargo, en lo tocante al tema que tratamos hoy, fue el pistoletazo de salida para una nueva arma que alcanzó un desarrollo pleno tanto a nivel técnico como táctico en la 2ª Guerra Mundial, donde ya no había tantas trincheras pero sí se habían reducido de forma drástica las distancias de combate. En ese conflicto primaban de forma mayoritaria los enfrentamientos a no más de 100 o 200 metros, cuando no a corta distancia cuando se luchaba casa por casa y no se necesitaba un cartucho de largo alcance, como ocurría en el Frente Occidental de 1914, sino potencia de fuego y armas fiables que no dejaran al personal tirado en el momento clave.

Los subfusiles también llegaron a España, donde a partir
de los años 30 se fabricaron y diseñaron cantidad de
modelos. En la foto vemos a un benemérito con su
Naranjero, una copia del MP-28 alemán
recamarado para nuestro 9 Largo.

En el período de entreguerras el subfusil evolucionó sobre todo en lo referente al abaratamiento de costos, recurriendo a diseños a base de chapa estampada que, además, permitían su fabricación en masa. El arma que en principio estaba destinada a selectas unidades de asalto acabó siendo la herramienta de trabajo de conductores, carristas, enlaces y unidades de élite que precisaban un arma ligera y manejable, como paracaidistas y comandos. Y, por otro lado, distribuyendo varias unidades en cada compañía permitía disponer de potencia de fuego si se veían repentinamente envueltos en una emboscada o un combate casa por casa.

En fin, criaturas, así se gestó el subfusil. Actualmente, es compañero inseparable de las unidades de intervención, tanto militares como policiales, cuando llega el momento de actuar en alguna de sus fulgurantes operaciones para acabar con terroristas, secuestradores o cualquier ciudadano delincuente cuya existencia en este mundo sea, no solo prescindible, sino también bastante nociva. Al día de hoy, el subfusil aún no tiene sustituto. Los modelos en uso ofrecen tamaños muy compactos, una potencia de fuego y una fiabilidad espléndidas y unas colecciones de accesorios en lo tocante a supresores de sonido, sistemas de puntería e iluminación que los asemejan a armas de ciencia ficción. Pero son bastante reales, y sino que se lo pregunten a cualquier terrorista que haya recibido la visita de una unidad de élite, si es que vive para contarlo, naturalmente.

Hale, he dicho


Joven homicida soviético sumamente contentito porque el padrecito Iósif le ha regalado un PPS-43 para que asesine tedescos a porrillo. Los rusos, aunque se apuntaron un poco tarde al club del subfusil, a lo largo de la 2ª Guerra Mundial se doctoraron CVM LAVDE en lo referente a su diseño y empleo táctico, como veremos en breve

miércoles, 4 de agosto de 2021

ARMAMENTO DE FRANCOTIRADORES EN LA GRAN GUERRA. ESTADOS UNIDOS


Probo homicida yankee posando con su Springfield 1903 equipado
con un visor Winchester A5

Durante estas semanas de letargo he aprovechado para repasar algunas etiquetas y, entre otras cosas, veo que se echa en falta una serie dedicada al armamento de los francotiradores. Hemos hablado con pelos y señales de los ardides y apostaderos sutilmente camuflados en el entorno para escabechar más y mejor a los enemigos pasando desapercibidos, hemos hablado del armamento usado por los primeros francotiradores allá por el siglo XIX, pero no hemos dedicado nada a los fusiles y visores que usaron estos probos homicidas con sangre de horchata durante la Gran Guerra donde, como sabemos, tuvieron cuatro largos años para aprender todo lo aprendible y, de ese modo, acumular conocimientos para futuros conflictos. Es más que evidente que eso de que un solo ciudadano-tirador pudiera aplastar contra el suelo a toda una compañía sin que nadie tuviera valor para separar la nariz del suelo y dejarlos en tan incómoda posición durante horas era bastante rentable, y no hablemos de los fastuosos efectos que ejercían sobre la moral de la tropa cuando, en la aparente seguridad de las trincheras, veían caer a un colega literalmente fulminado para, un segundo después, oír el sonido del disparo. El occiso había bajado la guardia durante los tres segundos que se consideraban necesarios para que un francotirador avistase su cabeza, que sobresalía un poco sobre el parapeto, apuntase y apretase el gatillo. Como es evidente, los que habían presenciado tan luctuoso suceso se quedaban bastante mohínos, especialmente los que tenían que quitar los restos de sesera del difunto de la pared de la trinchera y llegaban a la conclusión de que aquella guerra era, como todas, un asco. En fin, vamos al grano y, como es habitual, empezaremos por el final, o sea, por los últimos en sumarse a la fiesta, los yankees (Dios maldiga a Hearst).

Francotirador alemán. Armado con uno de los mejores fusiles del mundo
equipados con una óptica insuperable, tras tres años de guerra habían
desarrollado una técnica que dejó a los yankees un poco inquietos

Los sobrinos del tío Sam no llegaron a Europa sin saber lo que se cocía allí si bien no se esperaban que el Frente Occidental fuera un sitio tan desagradable. Antes de eso, con el único ejército moderno que se habían batido el cobre fue con el español, aprovechando que nuestro otrora inmenso imperio estaba en las últimas, y con la nación totalmente agotada tras décadas de guerras civiles, revoluciones y demás desastres que nos llevaron a la ruina. No obstante, poco les faltó para tener que reembarcar a sus tropas cuando se vieron las caras con los exhaustos soldados hispanos en las Lomas de San Juan, pero eso es otra historia. Lo cierto es que estos WASP llegaron al Viejo Continente para corroborar que los tedescos era más peligrosos que las tribus indias, que tenían cientos de miles de hombres esperando la ocasión de aliñarlos con sus enormes cañones, sus mortíferas ametralladoras y, por supuesto, sus francotiradores que, provistos de fusiles Mauser equipados con visores con la mejor tecnología del momento, llevaban ya más de tres años sembrando de cadáveres las trincheras enemigas. No obstante, los yankees ya habían tomado buena nota de lo útil que eran los francotiradores, como vimos en las entradas dedicadas a los sharpshooters de su guerra civil que los convirtió en realidad en el primer ejército en hacer uso masivo de tiradores selectos. Obviamente, les hacía falta una buena guerra para ponerse al día, porque siendo como eran pioneros en el uso de este tipo de tropas, la verdad es que se habían dormido en los laureles, empezando por el fusil.

Tropas españolas en Cuba armadas con el Mauser 1893. Estos
hombres no eran las tribus con que estaban habituados a luchar,
y cualquier hispano canijo y depauperado le daba cien vueltas
a estos anglosajones que, aún hoy día, para neutralizar a un
tirador enemigo solicitan un ataque aéreo que cuesta millones

En la guerra de Cuba ya pudieron comprobar que el Mauser usado por los españoles le daba cien vueltas al Krag-Jorgensen en calibre 30-40 Krag, cuyas prestaciones- tanto del arma como de la munición- eran claramente inferiores. Así pues, llegaron a la conclusión de que no merecía la pena inventar nada, sino limitarse a seguir los mismos baremos que el fusil enemigo, el Mauser. No deja de ser curioso que un país que ha sido y es el paraíso de las armas de fuego tuviese que pagar a la firma tedesca los royalties correspondientes por fabricar un fusil con un cerrojo, un mecanismo de cierre y una alimentación por peines, y encima cuando tuvieron que enfrentarse a ellos. Así nació el Springfield 1903, declarado como fusil reglamentario el 19 de junio de aquel mismo año. Estaba recamarado para el espléndido 30-06 que, sin duda, es uno de los mejores calibre militares de la historia y actualmente protagonista de la mayoría de lances de caza mayor por sus excelencias, así como por la variedad de tipos de proyectil que carga. No obstante, inicialmente se había pensado en mantener operativo el 30-40 Krag que, sin embargo, mostró unas prestaciones muy pobres en el cañón de 30 pulgadas que armaba el fusil. Se acortó hasta las 24 pulgadas, pero los resultados seguían siendo bastante birriosos, así que se optó por un nuevo cartucho, el 30-03 que, con algunas modificaciones, dio paso finalmente al 30-06 con bala puntiaguda que todos conocemos. El nuevo calibre disparaba una bala de menor peso a más velocidad, lo que daba como resultado una trayectoria más tensa y una energía cinética mayor, o sea, que mataba más. No nos extenderemos más sobre el fusil en cuestión ya que en la red hay información sobrada sobre el mismo, y para no aportar nada reseñable pues mejor nos centramos en otras cuestiones, empezando por la madre del cordero: los visores.

Ambrose Swasey (1846-1937) y Worcester Warner (1846-1929)

Años antes de que empezara el conflicto, los yankees ya se habían preocupado de actualizar el visor para sus tiradores. Como vimos en su momento, la guerra civil dio ocasión para empezar a fabricar los primeros ejemplares de visión directa, o sea, los visores que todos conocemos con varias lentes dentro de un tubo, y a principios del siglo XX la tecnología en cuestiones de óptica había avanzado enormemente, sobre todo en Alemania y Austria (cómo no...). Sin embargo, el país que más uso había dado a estos chismes se encontraba en plena sequía en ese aspecto, y cuando apareció su nuevo y fabuloso fusil no disponían de gran cosa para equipar a sus tiradores selectos. De hecho, cuando aún estaba operativo el Krag-Jorgensen ya habían empezado a tantear posibilidades, pero la cuestión es que, salvo que recurrieran al mercado exterior, no disponían de gran cosa. Para un país dónde la industria armera era un referente mundial sería bastante paradójico tener que contactar con los representantes de las firmas europeas, así que se aviaron con lo que tenían en aquel momento, un visor prismático diseñado por Ambrose Swasey, que junto a Worcester Reed Warner habían fundado en 1880 una empresa dedicada a la fabricación de maquinaria de precisión y de instrumentos astronómicos.

El visor empezó a desarrollarse en 1900, buscando ante todo un modelo compacto, sin nada que ver con aquellos tubos casi tan largos como el cañón del arma que habían usado sus padres en la Guerra de Secesión. Pero para obtener un visor más corto había que renunciar a los modelos de visión directa porque la tecnología en óptica disponible en yankeelandia no daba para muchas virguerías, así que optaron por un diseño de visor prismático, es decir, con lentes que reflejaban la imagen. ¿Qué de qué va eso? Pues es el mismo principio que los gemelos o prismáticos que usan vuecedes en las playas para, disimuladamente y sin que la parienta se percate, atisbar las lozanas y tersas carnes de las consumidoras de gimnasios, hormonas e implantes de silicona para parecer chicas de cómic en vez de chicas humanas si bien, justo es reconocerlo, mientras sigan en el gimnasio, sigan consumiendo porquerías y sigan metiéndose implantes están como un tren, pa qué mentí... Así pues, un visor prismático ofrecía la gran ventaja de ser en efecto muchísimo más compacto que uno de visión directa, pero a cambio de una serie de inconvenientes bastante enojosos que detallaremos más adelante. 

El desarrollo del proyecto se llevó a cabo con los técnicos de la Warner & Swasey Co. y el Arsenal de Frankford hasta dar con el modelo definitivo en 1908 tras ser probados por tiradores expertos y dar cada uno su parecer al respecto. Ciertamente, no despertó un entusiasmo especialmente fervoroso, pero era lo que había y a eso era a lo que debían ceñirse. Como vemos en la foto del párrafo anterior, el visor consistía en una caja de bronce donde se alojaban las lentes y con un corto visor en cada extremo. La montura estaba bien concebida, ya que constaba de una pletina con cola de milano y dos muescas de engarce e iba instalada en el costado izquierdo del arma mediante tres tornillos. El visor se encajaba en la montura mediante un brazo provisto de una pestaña (círculo rojo) que, mediante un resorte, encajaba en una de las muescas de la montura (flechas amarillas), si bien este sistema se mostró poco fiable y en muchas ocasiones se optó por añadirle uno o dos tornillos de cabeza moleteada para lograr un bloqueo más sólido. Cada visor llevaba grabado en la montura el número de serie del arma al que había sido asignado (véase detalle del óvalo blanco), costumbre bastante inteligente para no variar la precisión del visor si pasa de un arma a otra. 

Los fusiles seleccionados para francotirador eran los denominados como "star gauged", o sea, armas cuyo cañón había sido verificado con instrumentos de alta precisión para comprobar la uniformidad del calibre, la rectitud del ánima y el estriado, armas estas que a partir de 1921 se empezaron a marcar con una estrella de seis puntas en la boca del cañón para diferenciarlas del resto (foto de la derecha). Inicialmente se solicitaron a la Springfield Armory mil unidades de ellos con destino a los tiradores selectos con la intención de suministrar dos unidades por compañía de infantería y dos por escuadrón de caballería. Debemos tener en cuenta un detalle no mencionado antes, y es que el acortamiento del cañón de 30 a 24 pulgadas permitió suministrar el mismo fusil a la infantería y la caballería sin necesidad de, como era habitual, fabricar una versión más corta para los segundos, lo que facilitaba enormemente las cuestiones de tipo logístico.

Bien, la criatura resultante fue el Telescopic Musket Sight mod. 1908 (Mira Telescópica para Mosquetón modelo 1908), que salía por cierto por un precio exorbitante: nada menos que 80 dólares, cuatro veces más que el precio del fusil. Veamos su funcionamiento para humillar al cuñado que porque se gastó 6.000 pavos en un Zeiss para no acertarle ni a un mamut a 20 metros se cree que lo sabe todo sobre visores.


En la foto superior podemos ver el visor montado en el arma. Como ventaja principal tenemos dos detalles: uno, que al estar la montura en el costado izquierdo permitía usar las miras del fusil, lo que siempre era un alivio si el visor se estropeaba o el blanco estaba tan cerca que la imagen obtenida era borrosa; y dos, que por la misma razón se podía recargar usando los peines de cinco cartuchos, que era más rápido y cómodo que tener que introducirlos uno a uno, sobre todo cuando los enemigos te han localizado y te están friendo a tiros. Sin embargo, el visor pesaba 1.020 gramos, lo que era un poco bastante molesto debido a que tendía a desestabilizar el arma hacia el lado izquierdo. 

En cuanto a sus prestaciones, tenía 6 aumentos fijos, un foco de 20 mm. y un retículo cruciforme de cabello de ángel que podemos ver a la derecha. Las tres rayas que aparecen en el cuadrante superior izquierdo son un rudimentario telémetro para calcular la distancia del objetivo en base a un hombre de una estatura, según el manual de instrucciones, de 68 pulgadas de alto (172 cm.). La de la izquierda es para 1.000 yardas, la del centro para 1.500 y la de la derecha para 2.000. Pero el sistema de prismas y la prestaciones en general del visor adolecían una serie de problemas que no se manifestaron hasta que llegó la hora de usarlos fuera de los campos de tiro, como suele pasar. Y para comprenderlo mejor, un breve párrafo didáctico sobre este tema que es válido para cualquier visor.

Los visores prismáticos son mucho más delicados que los de visión directa ya que las lentes tienen más facilidad para desajustarse a causa de los golpes y el mal trato habitual en campaña. Por otro lado, un foco de 20 mm. proporciona un campo de visión más amplio- 9'6 metros a 100 yardas (90 metros) en este caso-, pero disminuye la luminosidad de lo que vemos a través del visor, defecto que aumenta notablemente en el caso de los visores prismáticos. Esto se traduce en que para obtener una imagen razonablemente clara es necesario que luzca un sol espléndido, y de no ser así la toma de puntería es complicada, y más si la luz ambiental es escasa. Finalmente, sus 6 aumentos eran excesivos para un aparato especialmente susceptible a acumular mugre, sobre todo la procedente del esmalte negro con que se pintaba el cuerpo de bronce del mismo. Debido a que el retículo estaba grabado en una lente del visor, una simple pelusa se convertía en una especie de jaramago gigante, y una mota de polvo en un pedrusco. En fin, que la calidad de visión que ofrecía era simplemente un churro, y más si consideramos el pastizal que costaba. 

Por otro lado, los dispositivos ópticos prismáticos tienen una distancia visual muy corta, en este caso de solo 3'8 cm. del ojo. A modo de ejemplo, recuerden que cuando usan unos gemelos hay que ponerlos muy cerca de los ojos para evitar la visión de túnel. Esta distancia visual tan corta se traducía en un casi seguro castañazo en el ojo en el momento del disparo a causa del retroceso, por lo que se había provisto al visor de un protector de caucho. Sin embargo, aún contando con el protector a nadie le entusiasma un golpe en un ojo, lo que significaba que el tirador alejaba en muchos casos la cara del visor, empeorando así su ya de por sí deficiente calidad visual. Aclarado este punto, veamos los mecanismos para regular este chisme.



En este caso, las dos ruedas que vemos no actuaban sobre el retículo, que como hemos dicho estaba fijo en una lente, sino sobre el conjunto del visor, de la misma forma de sus abuelos de la guerra civil, o sea, el visor pivotaba sobre la parte delantera, elevándose o descendiendo la parte trasera; para graduar la deriva, pues lo mismo, pero de izquierda a derecha. En la foto principal vemos el ocular de goma, ya bastante perjudicado por los años, el cuerpo de bronce que albergaba las lentes con el esmalte bastante descascarillado, y marcado con la flecha amarilla un tornillo de bloqueo añadido a posteriori para reforzar la unión del visor con la montura. Pasemos al detalle. La rueda grande es para regular el alcance con un máximo de 3.000 yardas. Para girarla se aflojaba la contratuerca (flecha blanca) y se situaba la distancia en la muesca que vemos en el círculo rojo. Luego se bloqueaba volviendo a apretar la contratuerca. La deriva, pues lo mismo, pero sin contratuerca. Bastaba colocar la posición deseada en la flecha del otro círculo rojo. En la parte superior del cuerpo del visor (foto de la derecha) vemos una chapa de latón con una guía de correcciones rápidas para compensar la deriva lateral a izquierda o derecha según el viento, así cómo una corrección del alcance. Como podrán imaginar, los tiradores expertos se fiaban más de su instinto que de las indicaciones del fabricante. De hecho, incluso el ocular de goma era modificado o simplemente eliminado por muchos de ellos, un poco aburridos de verse con el ojo como un tomate cada vez que pegaban un tiro.

Vista superior del arma que nos permite apreciar con toda claridad la posición del visor. Como vemos, la ventana de expulsión y la ranura para el peine de munición están totalmente despejadas, facilitando la recarga. Sin embargo, como ya se ha dicho, el peso del visor desestabilizaba el arma y, además, impedía accionar la aleta del seguro (flecha blanca). La flecha azul señala la anilla de enfoque, que como sabemos hay que regular según quien lo use

Bien, estas son las características y el funcionamiento de este peculiar visor, del que se fabricaron 2.075 unidades entre 1908 y 1912 si bien parece ser que solo 1.550 de ellas llegaron a ser instaladas en sus respectivos fusiles. Pero, como está mandado, no pasó mucho tiempo antes de que los militares sugirieran una serie de cambios a la vista de los inconvenientes que presentaba el modelo inicial. En primer lugar se redujeron levemente los aumentos, que se quedaron en 5'2. Esta reducción de 8 décimas permitió obtener un poco más de luminosidad, que era el talón de Aquiles del Warner & Swasey. Para asegurar el protector de caucho del ocular, que en el modelo inicial entraba a presión, se añadió un casquillo roscado, y el mismo ocular fue notablemente modificado, como podemos ver en la foto inferior. Esta nueva morfología aminoraba el golpe que, inexorablemente, recibía el tirador tras cada disparo, pero el maldito ocular actuaba como una ventosa, y en las primeras pruebas a más de uno casi le saca el ojo del chupetón. No obstante, el problema se subsanó añadiendo un par de orificios para que entrase aire y anulase el efecto ventosa. Finalmente, la contratuerca de la rueda de regulación de altura se cambió por un modelo cruciforme que es claramente visible en la imagen. Por lo demás, el visor seguía siendo básicamente el mismo salvo en un detalle substancial, el precio, que se rebajó hasta los 58 dólares si bien seguía siendo excesivamente costoso. El nuevo modelo recibió la denominación oficial de Telescopic Musket Sight mod. 1913.



Por lo demás, el visor se servía en un estuche de cuero que podía transportarse colgando del cinturón del correaje o bien mediante una correa, colgado del hombro. A la derecha tenemos un ejemplar de cada modelo. La foto A pertenece al de 1908, y como se puede observar lleva en el interior de la solapa un pequeño bolsillo donde se alojaba una herramienta para desmontar el visor. La foto B es la funda del modelo de 1913, y solo se diferencia de la anterior en la ubicación del bolsillo del útil, que podemos ver en la cara exterior. La producción total del modelo 1913 alcanzó las 5.041 unidades, de las que fueron instaladas 4.000 que, en este caso, no recibieron el punzonado con el número de serie del arma al que fueron asignados. En total se vendieron al ejército yankee 7.116 unidades, incluyendo los visores adquiridos en 1906 para pruebas. 

Curiosamente, no solo el ejército yankee hizo uso del 
Warner & Swasey 1913. Alrededor de unas 3.000 unidades fueron adquiridas por la Commonwealth que las 500 se instalaron en su fusil Ross tal como vemos en la foto de la izquierda. El Ross no era lo que se dice un arma robusta, por lo que no dio un resultado aceptable en la asquerosa guerra de trincheras pero, sin embargo, el rendimiento del visor sí les resultó satisfactorio y, de hecho, aún estaban operativos en el siguiente conflicto, en el que entraron en acción instalados en el fusil Pattern 14. En cuanto a los yankees, a la vista de lo visto, optaron por irlos retirando del servicio, siendo definitivamente dados de baja a mediados de los años 20. Los supervivientes fueron vendidos en surplus para usarlos en armas destinadas al tiro deportivo.

Pershing haciendo el gamba en Méjico. De él dijo Villa que
"...vino aquí como un águila y se fue como una gallina mojada".
Vamos, que se cubrió de gloria...
Como curiosidad, debemos añadir que el 
Warner & Swasey no se estrenó en la Gran Guerra, sino unos años antes, concretamente en el violento cambio de impresiones que mantuvieron los yankees con los mejicanos de Pancho Villa entre marzo de 1916 y febrero de 1917 como respuesta a la llamada batalla de Columbus, donde el revolucionario se salió con la suya y liquidó a más WASP's de los que su orgullo de anglosajones podía tolerar. Diez mil hombres al mando del insufrible y arrogante John Pershing entraron en territorio mejicano para dar caza a Villa sin que por cierto lograran atraparlo y, de hecho, fueron derrotados en todos y cada uno de los enfrentamientos que mantuvieron con sus tropas irregulares, así que ya vemos que la preparación del ejército yankee para un conflicto como el que se libraba en Europa no era precisamente el más adecuado. Sin embargo, como decimos, fue durante esa guerra no declarada cuando una unidad, los Lingler's Sharpshooters, hicieron sus pinitos con sus flamantes fusiles Springfield equipados con visor. 

Pero el accesorio más significativo fue el silenciador que, desde 1910, estaban desarrollando, lo cual sí que era toda una novedad para la época ya que estos supresores de sonido son la herramienta más eficaz para impedir que el tirador pueda ser localizado. Inicialmente se probó el modelo fabricado por la Maxim Silent Firearms Co., propiedad del hijo de prolífico creador de ametralladoras. Este supresor, muy avanzado para la época, contenía varias cámaras deflectoras en espiral que retenían los gases de la deflagración, pero que producía un sobrecalentamiento del tubo. Por otro lado, la reducción era de dos tercios del sonido producido por el disparo, lo que se consideró insuficiente.



Primer plano del silenciador Maxim
En la foto superior podemos ver un Springfield 1903 con el visor Warner & Swasey y el silenciador Maxim que, como se puede apreciar, tenía un diseño sumamente práctico ya que una vez instalado quedaba en una posición excéntrica, lo que no anulaba la posibilidad de usar las miras abiertas. La Maxim llevaba ya tiempo comercializando silenciadores para tiradores deportivos interesados en conservar su aparato auditivo en el mejor estado posible- recordemos que aún no se usaban auriculares protectores- especialmente para disparar armas de calibre .22 en el jardín de casa sin que el vecino saliera protestando. Así pues, para no tener que gastar dinero en enviar el arma a un tornero para que le fabricase un paso de rosca, junto al silenciador se servían una serie de piezas con las que podía ser fácilmente acoplado al arma sin tener que realizar ninguna modificación en la misma. En este caso, bastaba desmontar el punto de mira, colocar un manguito por la parte trasera del mismo, dos medios casquillos que al ser apretados con el manguito formaban una cubierta con el extremo roscado, y ahí era donde se colocaba el supresor, tras lo cual el punto de mira se volvía a colocar en su sitio. El precio del mismo era de 8'50 dólares, y hasta preveía la colocación de la bayoneta situando el ojo de la misma en un saliente que podemos ver en la parte inferior del tubo. 
Sin embargo, el ejército no lo consideró adecuado y, aunque durante el año 1912 se probaron modelos de las firmas  Corumboef y Moore, finalmente se desechó la compra de este accesorio que, bien desarrollado, habría resultado una inmejorable herramienta en el campo de batalla. Finalmente, las unidades adquiridas para las pruebas fueron destinadas a los entrenamientos de la Guardia Nacional.

Y mientras el ejército seguía intentando sacar partido al más que cuestionable Warner & Swasey, la Infantería de Marina optó por tomar camino por su cuenta y se dedicó a buscar otro modelo más eficiente y, sobre todo, más robusto. El modelo elegido fue el Winchester A5 (foto de la derecha), un visor comercial de visión directa que había salido al mercado en 1910 destinado al tiro deportivo y que, además, era más barato que el otro modelo, apenas 27 dólares más 3'50 de la funda de transporte. Su aspecto no difería demasiado de aquellos primitivos visores empleados por los sharpshooters. De hecho, tenía una longitud de 40,3 cm. y un diámetro de 20 mm., pero era especialmente sólido ya que el tubo partía de una barra maciza de acero perforada y torneada, por lo que no se habían empleado plegadoras ni soldaduras para darle forma. Sus prestaciones eran las habituales: 5 aumentos, un retículo fijo de cabello de ángel  y, para su centrado, disponía de dos grandes torretas con capacidad para modificar la elevación y la deriva con 1 MOA por clik, o sea, 1 pulgada a 100 yardas. 

Springfield 1903 con el visor Winchester. Como se puede observar, la parte superior del guardamanos tenía que ser rebajada para instalarle la base de la montura


Su campo de visión era similar al modelo prismático ya que tenían el mismo foco, 20 mm., pero al ser de visión directa su luminosidad era manifiestamente mejor. Sin embargo, este visor tenía una serie de peculiaridades que también lo convertían en una RARA AVIS en lo tocante a visores de uso militar. Como vemos en la foto, el tubo era flotante, o sea, como sus abuelos de los sharpshooters en los que el retículo estaba fijo en una lente y lo que se movía era el visor. En la foto de la derecha podemos verlo mejor. Las dos uñas fijadas mediante un tornillo son la referencia donde deben colocarse las muescas de las torretas según la distancia y deriva deseadas. En el lado opuesto de cada torreta habrá un tetón con un muelle en su interior para mantener firme el tubo, que se moverá de un lado a otro conforme manipulemos dichas torretas. En la base delantera hay una anilla con el interior cónico, de forma que el tubo pueda variar de ángulo sin doblarse, y con unos pequeños tetones para impedir que dicho tubo gire, cambiando con ello el punto de impacto.

Como se ve en las fotos, las bases carecen de tornillos de bloqueo. Este sistema de bases, fabricadas por la Mann-Neider, estaba inspirado en el que empleaba la firma tedesca Goerz y, aunque pueda parecer que carecen de la fiabilidad necesaria para un arma militar, la realidad es que proporcionaban un anclaje bastante sólido. Si nos fijamos en la foto de la izquierda, veremos que la cola de milano estaba fresada formando un trapecio con la parte más ancha hacia adelante. Para montar el visor solo había que introducir las bases y empujar a tope, bastando su ajuste para inmovilizar el visor. Pero cada vez que se efectuaba un disparo, la inercia empujaba el visor hacia adelante, aumentando así el bloqueo. Asombrosamente básico, pero bastante eficiente. Para desmontar el visor bastaba empujarlo hacia atrás hasta extraerlo, sin más historias.

Otra particularidad era que, al disparar, el tubo se deslizaba por las anillas hacia adelante. Aunque su campo ocular era un poco mayor que el del Warner & Swasey, apenas alcanzaba los 5 cm., lo que podía dar más de un golpe en la ceja al tirador. Además, su posición en el arma obligaba a usar una carrillera de cuero para ajustar la cara a la culata (ver foto inferior). Así, cuando se producía el disparo, el tubo avanzaba de forma que dejaba más espacio para manipular el cerrojo y, además, permitía activar el seguro a voluntad. Antes de volver a hacer puntería había que tirar para atrás del visor y devolverlo a su posición original. No era precisamente un adelanto tecnológico ya que, caso de tener que repetir el tiro con rapidez, se perdía la oportunidad de escabechar al enemigo, pero eso era lo que había y, además, en este caso la recarga de munición sí había que efectuarla cartucho a cartucho porque el visor estaba justo encima de la ventana de expulsión. Sea como fuere, la cosa es que las ópticas yankees estaban por aquella época a años luz de los fabulosos visores fabricados por tedescos y austriacos, equiparables en calidad a un visor moderno.



Aunque el visor tampoco despertó un entusiasmo desmesurado por las razones expuestas, en plena guerra no había mucho donde elegir, y las prestaciones del Winchester eran en todo caso superiores a las del 
Warner & Swasey del ejército. Así pues, cuando los yankees se sumaron a la fiesta adquirieron 500 visores que no tuvieron apenas tiempo de mostrar sus prestaciones en combate. A titulo orientativo, el estándar de la época requería que el arma fuese capaz de acertar en la cabeza de un hombre a 200 yardas y en el cuerpo a 400, lo que tampoco era para tirar cohetes a la vista de la mortífera precisión de los francotiradores enemigos. En 1928, la Lyman Gun Sight Co. compró los derechos del A5 a la Winchester, siguiendo en producción durante varios años más hasta la 2ª Guerra Mundial. Para terminar, en la foto de la derecha podemos ver la funda de transporte, provista de una correa para llevarla en bandolera. La tapa era deslizable, y en el interior traía impresa de fábrica una lista de correcciones rápidas similar a la del Warner & Swasey.

El mortífero Davis (1888-1828). Palmó durante
una operación para solucionarle un problema
pulmonar derivado de haber respirado gas en
la guerra
En fin, con esto terminamos. Imagino que más de uno se habrá quedado un tanto perplejo ante los modelos de visor presentados, dando por hecho que los yankees dispondrían de material de lo más novedoso, pero ya hemos visto que no fue así. No obstante, su cometido como francotiradores tras pasar por las escuelas de tiro de los british (Dios maldiga a Nelson) les permitió demostrar su capacidad. Recordemos que, al fin y al cabo, los yankees procedían de un país donde se rinde culto a las armas, y muchos de ellos eran gente de campo que aprendían a disparar antes de echar los dientes. De hecho, se dio más de un caso de tiradores que hicieron gala de una precisión asombrosa disparando con las miras abiertas del fusil, como el soldado Herman Davis, perteneciente al 113 Bon. de Infantería y que, sin la ayuda del visor, liquidó a pelo a los cuatro servidores de una ametralladora tedesca a nada menos que 900 metros de distancia. Davis, que tenía ya 30 años cuando se alistó, preguntó a sus colegas por qué no callaban de una puñetera vez a la dichosa máquina, a lo que le respondieron que estaba a 1.000 yardas de distancia, demasiado lejos para acertarles. Davis replicó que "esa es una buena distancia de tiro", encaró su Springfield y escabechó a los cuatro tedescos en un avemaría. El Davis este debía tener la vista de un águila como poco y, naturalmente, le dieron mogollón de medallas, faltaría más.

En fin, vale por ahora. No creo haberme dejado atrás, pero si así ha sido, pues ya lo arreglaré si me acuerdo.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:


Tirador yankee con su Springfield 1903 provisto de un visor Warner & Swasey modelo 1913. Obsérvese la culata pintada de camuflaje, lo que denota que los sobrinos del tío Sam aprendieron pronto que en el Frente Occidental las cosas no estaban para bromas, y que los "huns", como llamaban a los tedescos, tenían más peligro que Toro Sentado y todos sus cuñados juntos