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viernes, 16 de octubre de 2020

CALABOZOS Y MAZMORRAS. LA REALIDAD

 

Torre de Dalibor, en el castillo de Praga y llamada así por su primer huésped, Dalibor de Kozojedy. Este probo delincuente fue invitado a un "todo incluido" por acaudillar una revuelta de siervos en 1498. Obviamente, la mazmorra no es lo que vemos, sino lo que está debajo del pequeño brocal que aparece en el centro y desde donde los reos eran descolgados mediante una soga y una polea. Fue usada como prisión hasta el siglo XVIII

Bueno, prosigamos...

En la entrada anterior ya pudimos ver que la Edad Media no era, a nivel jurídico, el páramo lleno de arbitrariedades que la mayoría suele tener en el magín. Había leyes que cumplir, y el personal podía pleitear con los nobles e incluso con la corona sin tener que preocuparse como hoy de que te lapiden en las redes sociales. De hecho, en los archivos de protocolos hay toneladas y toneladas de legajos en los que se dan pelos y señales de los a veces interminables procesos que se mantuvieron en esa época entre gente de todo tipo de pelaje. Obviamente se perpetraron infamias por intereses económicos o políticos como el expolio del Temple de la misma forma que hoy día se fabrican pruebas falsas para acabar con la reputación de alguien molesto para el poder, pero eso ha sido, es y será parte de nuestra existencia y solo acabará cuando el último humano se deje caer junto a un árbol y deje de respirar. Eso es lo que hay, sí o sí, y es tan inexorable como la falta de moral de los políticos.

Cuando salen a relucir las mazmorras medievales esta es la imagen que,
indefectiblemente, aparece en las mentes del personal
Bien, como ya desmontamos el mito, veamos hoy cuál era la realidad, porque no podemos andar diciendo que la Tierra es plana con una foto de la misma tomada desde la luna ya que sería poco creíble, y los cuñados se descojonarían en nuestras jetas por falta de argumentos para sustentar que el mito es más falso que Judas. 
Antes de nada conviene clasificar los distintos tipos de candidatos a ser encerrados. Básicamente podemos distinguir tres clases bien diferenciadas: los presos de guerra, los políticos y los delincuentes comunes. Los primeros no eran criminales, sino gente honorable que por ser derrotados y apresados no merecían recibir maltrato alguno. Por lo tanto, como ya se ha comentado, mientras la familia reunía el rescate se limitaban a mantenerlos a buen recaudo en un castillo donde podía incluso gozar de cierta libertad de movimientos. El preso empeñaba su palabra en que no haría ninguna travesura y esperaba pacientemente la llegada de los dineros alojado en una dependencia razonablemente confortable. No pasaría frío ni hambre, entre otras cosas porque, por un lado, no interesaba devolverlo en mal estado, lo que podría en entredicho la honorabilidad del que lo mantenía preso; por otro lado se tenía en cuenta el QVID PRO QVO, y no era plan de que, al cabo de un tiempo, diera la casualidad de que el antiguo cautivo se convertía en carcelero de su antiguo guardián y, obviamente, le daría un trato similar al recibido.

En cuanto al preso político las cosas variaban porque su cautiverio y posibilidades de liberación no dependían ni de un rescate ni de un código penal, sino de la voluntad del monarca. Ha habido presos políticos de todos los pelajes: reyes destronados, príncipes ansiosos de heredar la corona antes de tiempo, nobles rebeldes ávidos de poder, eclesiásticos celosos con los que cuestionaban su autoridad espiritual y secular y, naturalmente, pelagatos que por cualquier motivo se convertían en héroes del pueblo y que amenazaban la estabilidad del reino. Ser un preso político no garantizaba necesariamente gozar de determinados privilegios durante su encierro, y podían verse linajudos cautivos languideciendo en míseros tugurios si el encono de su carcelero lo relegaba a la condición de sujeto non grato cuyo deceso de forma más o menos natural era muy deseable. Obviamente, un encierro riguroso ayudaría a solventar el problema. No obstante, lo habitual era dar al cautivo unas condiciones de vida conforme a su rango. 
Por ejemplo, a la derecha tenemos la alcoba del palacio de Sintra en la permaneció hasta su muerte Alfonso VI de Portugal tras ser derrocado por su propio hermano, Pedro II. Como vemos, es un alojamiento como el que cualquier rey usaría en circunstancias normales. 

Por citar a otro preso político de postín veamos el lugar de encierro del desmedido César Borgia en el castillo de Chinchilla, donde no fue metido en un hoyo, sino en la planta superior de la torre del homenaje, una sala que, aunque no era un resort de lujo, al menos permitía la entrada de luz natural y disfrutaba de un espacio interior razonablemente amplio. La torre, de 40 metros de altura al nivel de la azotea y unos muros de 4'2 metros de grosor, tenía solo dos cámaras con una superficie de 6 metros de lado. La superior se cerraba con una bóveda de nada menos que 12 metros de altura, el equivalente a una casa de cuatro pisos que no la haría precisamente acogedora (posiblemente estaría partida con uno o dos entresuelos de madera), pero mejor eso que un pozo. Si buscamos a un preso foráneo podemos señalar a Ranulf Flambard, obispo de Durham, que fue el primer huésped de la Torre Blanca, germen de la Torre de Londres. Este personaje, que por lo visto era profundamente detestado por todo el mundo incluyendo a sus cuñados por su arrogancia y despotismo, fue acusado de malversación por Enrique I y enviado a la Torre para quitarlo de en medio si bien su encierro no fue precisamente penoso ya que tenía una asignación diaria para su sustento de dos chelines, que era mucho más de lo que ganaba 
de jornal un currante en aquella época. 

La torre Cradle, construida por Eduardo III en la muralla sur de la Torre
de Londres. En su interior había dos cámaras como la del grabado
que fueron usadas como cárcel si bien su uso primigenio no era tal,
sino más bien una especie de trastero o almacén por lo que se ve
Como ya podrán imaginar, los presos políticos categoría pelagatos lo tenían francamente negro y esos eran los que acababan con sus míseras osamentas en los peores antros del reino para borrarlos de la memoria del personal hasta que, pasado un tiempo razonable, se les echaba cualquier tósigo en la bazofia cotidiana o, simplemente, se les dejaba palmar de hambre. Luego bastaba con meterlos en un hoyo discretamente o, mejor aún, tapiar la cámara y olvidarse para siempre de que allí estuvo Fulano. Aquí, no obstante, nos surge un pequeño escollo porque las prisiones de los personajes de fuste son conocidas, pero las de estos famosetes medievales no han llegado por lo general a nosotros, y menos aún el lugar concreto donde fueron recluidos. Las crónicas no se han molestado en registrar esos datos, así que nos han dejado
IN ALBIS al respecto. 

Cámara subterránea de la Torre Flint, en la esquina SE de la Torre de
Londres, donde pasó una temporada Edward Courtenay por orden de
Enrique VIII. Como vemos, es una simple dependencia multiusos, por
darle un nombre actualizado. La cosa es que no era una mazmorra ad hoc
Al mismo nivel que los pelagatos políticos podríamos situar los suplantadores de príncipes o nobles que, dados por muertos y enterrados, aparecían al cabo del tiempo asegurando que eran los verdaderos personajes contando las historias más variopintas acerca de sus penurias pasadas y de cómo el destino había permitido que pudieran retornar para reclamar lo que, en teoría, les pertenecía, y daban lugar a no pocas asonadas por parte de un pueblo que, por lo general, solía ver con simpatía a estas supuestas víctimas de la implacable arbitrariedad regia. Un buen ejemplo de suplantador ya lo citamos en el artículo sobre los desdichados hijos de Eduardo IV de Inglaterra, recluidos y posteriormente asesinados en la Torre de Londres supuestamente por su archimalvado tío Ricardo de Gloucester. Nos referimos a Perkin Warbeck, un listo que, gracias a su parecido físico con el ya extinto Eduardo, se hizo pasar por Ricardo de Shrewsbury, el segundón de la desdichada pareja de hermanos víctimas de su taimado tío. Este pseudo-príncipe, apoyado por nobles deseosos de trocar su ayuda por favores, incordió lo suyo durante varios años hasta que, finalmente, pudieron echarle el guante y mandarlo a la Torre. Eso sí, en este caso no se preocuparon de crear un mártir ya que el mismo Warbeck acabó reconociendo públicamente, de buen o mal grado, que era un falsario de tomo y lomo, por lo que no hizo falta meterlo en conserva en una mazmorra y lo colgaron en Tyburn para que no incordiara más y, de paso, advertir a posibles pseudo-herederos que era más saludable dedicarse a la cría de champiñones.

Preso a la espera de juicio. Metido en una dependencia del castillo
y aherrojado al muro ni podía escapar ni nadie podía liberarlo

Y finalmente llegamos al que, en cierto modo, es el verdadero protagonista de esta historia: el delincuente común. Estos eran los destinados a los lúgubres calabozos que, según la mitología popular, eran los huéspedes eternos de las mil y una dependencias de cualquier castillo. Entre los camelos del vulgo, las milongas de juglares y contadores de cuentos más los imaginativos autores de novelas del romanticismo se crearon estos ergástulos donde se iban marchitando como una mata de rábanos a pleno sol en agosto. Asesinos, ladrones, falsificadores, violadores, consentidores, proxenetas, pederastas y demás fauna había en todas partes, pero no por ello sus crímenes quedaban impunes, que para eso los alguaciles disponían de medios adecuados para trincarlos y llevarlos en presencia de los corregidores para que les pusieran las peras a cuarto. Y como no había cárceles ni se concebía la construcción ex profeso de edificios para esta finalidad, pues mientras se incoaba el proceso les echaban los hierros y lo metían en cualquier sitio donde no pudiera escapar ni "ser escapado".

Brocal de una supuesta mazmorra en el castillo de La Mota. Se encuentra
en el interior de una torre esquinera en cuyos muros se abren
varios vanos incluyendo cámaras de tiro de troneras para batir el foso. Este
pozo valdría como prisión, pero por su posición en el recinto sería posiblemente
un pañol donde mantener la pólvora seca y a salvo de incendios
Tanto ha llegado a calar esta leyenda en las mentes del personal que prácticamente la totalidad de autores que han estudiado el tema han llegado de forma unánime a la misma conclusión: antes de dar por sentado que una dependencia fue construida como prisión, desde el primer momento hay que considerar una serie de factores que lo dejen claro de forma cuasi inapelable ya que no hay fuentes documentales que así lo certifiquen. Este asunto debía carecer de interés en su época como para dejar constancia de su construcción, así que la única guía es la observación de cada dependencia ya que, por otro lado, tampoco han pasado a la historia las prisiones de los criminales vulgares, sino solo las de personajes de cierta relevancia. De ahí que Prospero Mérimée, que además de escribir novelas chulas fue entre 1833 y 1852 Inspector General de Monumentos Históricos, advirtiese sensatamente en las Instrucciones del Comité Histórico de Arte y Monumentos que "debemos advertir a nuestros lectores que tengan cuidado con las tradiciones locales unidas a las mazmorras subterráneas. 
Con demasiada frecuencia se dan colores atroces a la Edad Media, y la imaginación acepta con demasiada facilidad las escenas de terror que los novelistas sitúan en tales lugares. ¡Cuántos sótanos y almacenes no se han tomado por horribles mazmorras! ¡Cuántos huesos y restos de cocinas no han sido considerados como restos de las víctimas de la tiranía feudal!". Como vemos, ya por aquel entonces se tenía bastante claro que eso de los terribles tugurios infernales eran un camelo.

La afirmación de mesié Mérimée (¿cómo carajo se pueden poner dos acentos en la misma palabra?) era tan acertada que en la misma capital gabacha (Dios maldiga al enano corso) tenían ejemplos como el que vemos a la derecha. Se trata de una cámara situada en el subsuelo de una torre de la Bastilla, habiendo varias de ellas en el recinto. Como vemos, la cámara, a la que se accedía por una angosta escalera de caracol, consta de una bóveda con una aspillera que daba al foso y estaba circunvalada por una acera de apenas un metro de ancho. En el centro, un cono invertido con un desagüe. Si esto había sido concebido como calabozo habría sido sin duda un engendro del más refinado sadismo, porque vivir en un metro de suelo y pensar que si te duermes y caes en el hoyo ya no sales de ahí volvería loco al más pintado en pocas semanas. ¿Qué sentido tendría semejante ocurrencia digna de película de psicópatas de esos que un mal día se levantan oyendo voces? Ninguno. Para acabar con la psique de un preso basta meterlo en un pozo en la más absoluta oscuridad sin necesidad de tanto refinamiento y, por otro lado, ¿qué se ganaba haciendo perder la chaveta a alguien? La explicación nos la dio Viollet-le-Duc: eran neveros, y precisamente el hecho de que hubiera más de uno confirmaría que, de ese modo, se dispondría de hielo para enfriar bebidas, sorbetes o cualquier otra cosa durante todo el año. Obviamente, todo el mundo había pensado que, una vez más, se trataba de la enésima muestra de perversidad medieval.

Una curiosa pseudo-mazmorra, en este caso situada en una pequeña
dependencia a la derecha del altar de la iglesia de San Miguel, en el
castillo de Turégano y que hemos marcado de verde. Aquí estuvo dos
años el architraidor Antonio Pérez y, como salta a la vista, es seguro
que a nadie se le ocurrió construir ahí un calabozo. Simplemente se
usó esa habitación porque era la más adecuada. Pues como este
caso son la mayoría de las mazmorras consideradas como tales
En la década de los 90 del pasado sigo, el profesor de arqueología experimental de la universidad de Nueva York James R. Mathieu ya sentó en cierto modo las bases para llevar a cabo una inspección inicial que permitiera intuir si una determinada dependencia había sido construida
AB INITIO como cárcel o, simplemente, se trataba de una habitación más. Fijó un criterio bastante básico de tres puntos que, al menos, eran una base de partida: debía tener poca o ninguna iluminación, un solo acceso y carecer de chimenea, que podría ser un medio para proporcionar ayuda al recluso en forma de armas o herramientas que le facilitaran la huida. A estos tres puntos se podría añadir un cuarto: la existencia de huecos para uno o más alamudes en la parte exterior de la puerta. Como se explicó en su momento, todas las puertas de un castillo estaban concebidas para ser cerradas desde dentro menos, naturalmente, las destinadas a contener algo o alguien que no debía salir del interior. Pero esto tampoco es determinante por una razón bastante simple: podía ser la cámara de caudales del castillo que, como centro administrativo de un territorio, podría acumular importantes cantidades de dinero procedentes de las alcabalas y tributos que había que mantener a buen recaudo hasta que llegase la hora de enviarlas a las chancillerías. Una combinación bastante viable sería una dependencia superior que sería donde curraban los contables y escribanos y otra al mismo nivel o, mejor aún, subterránea, donde era imposible que entrara cualquier persona ajena al castillo.

De hecho, incluso las dependencias situadas bajo o sobre las puertas de acceso a las fortificaciones, en muchos casos identificadas como calabozos, también han sido desmentidas. Las primeras eran los pozos de los mecanismos de determinados tipos de puentes levadizos que reunían las tres condiciones señaladas por Mathieu: sin luz, con un solo acceso y obviamente sin chimenea (en esta entrada podrán verlo claramente). Las segundas, pues lo mismo: cámaras para mecanismos de puentes y, en este caso, también de rastrillos. Al final, solo habría un elemento que indicaría que una determinada dependencia estaba concebida para un uso carcelario independientemente de que, si no era preciso recurrir a ella como cárcel, se pudiera emplear para cualquier otra cosa como guardar el brandy del bueno durante las visitas de la familia política: las letrinas. Obviamente, en una cámara subterránea más bien de pequeñas dimensiones no pintaba nada una letrina, por lo que estos inodoros medievales eran una prueba que garantizaba de forma más fehaciente un uso carcelario, más que la ausencia de chimeneas o que el cierre quedase por fuera. En el plano de la derecha tenemos un buen ejemplo: la mazmorra de pozo del castillo de Dirleton, en Escocia. Se trata de un tipo de prisión de dos niveles, uno superior para hombres libres o de cierto estatus y otro inferior al que se accedía por una simple abertura en el suelo de la cámara superior, la cual se cerraba mediante una reja o una losa asegurada con una barra de hierro o similar. Este pozo, que como se ve estaba en parte excavado en la roca, disponía de una letrina en el nicho que aparece al fondo y que desaguaría en una fosa séptica, por lo que sus emanaciones llenarían la celda de un hedor muy irritante.

Planta baja de la Gran Torre del castillo de Warkworth, en Northumberland.
En esta cámara se encontraba la contaduría, y la trampilla que vemos en el
suelo daba acceso a un pequeño sótano donde se guardaban los dineros
Bien, estos eran los tipos de huéspedes de los calabozos medievales y el tipo de prisión que por su rango se les solía asignar. Pero conviene también que
 analicemos por qué se relacionan las lúgubres mazmorras con los castillos como si estos edificios fueran los únicos donde se encerraba al personal. El castillo no solo era un recinto militar, sino también el centro administrativo y judicial de una determinada porción de territorio. Además de alojar una guarnición, en el mismo se llevaba a cabo la recaudación de impuestos y la administración de justicia que era llevada a cabo por jueces designados por la corona. Podía tener potestad para juzgar el noble que ostentase la tenencia o el feudo, el alcaide en quien delegaba el noble o corregidores o adelantados nombrados por el rey. Cada país tenía sus normas al respecto. En las ciudades había audiencias con sus jueces, escribanos, guardias y demás personal, aparte de las dependencias donde custodiar a los presuntos. Por ejemplo, en la Sevilla renacentista había una Real Audiencia por donde pasó el mismísimo Cervantes que tenía los calabozos en un recinto separado que, al parecer, comunicaba con las dependencias judiciales mediante un pasadizo subterráneo para impedir que, en un momento dado, los compadres del reo pudieran liberarlo cuando era conducido desde la prisión ante el juez. Sin embargo, en los villorrios y poblados que en aquellos tiempos estaban en mitad de la nada, era el castillo el que debía cumplir ese cometido.

Un juicio en la Edad Media. Los dos compadres de la derecha
tienen pinta de perdedores innatos, no sé por qué...

Como es lógico, a un criminal no era posible mandarlo a una ciudad situada a dos o tres días de camino, así que se le enviaba al castillo a ser juzgado por la persona competente para ello. Como ya vimos, el reo quedaba en custodia si se consideraba adecuado mientras que se incoaba el proceso, y para ello se recurría a cualquier dependencia donde no solo no pudiera escapar, sino también donde sus familiares y colegas no pudieran sacarlo. Sótanos, silos, cisternas, pozos o la cámara de una torre se prestaban para ello, y si el fulano era considerado especialmente peligroso se le aherrojaba y santas pascuas. Una vez juzgado se le aplicaba la pena y ahí terminaba la historia. Igual pasaban meses o años antes de que fuera necesario volver a recurrir a una de estas mazmorras de circunstancias, por lo que construir una dependencia ex-profeso no era necesario salvo que por la densidad de población, que obviamente repercutiría en el índice de delitos, el uso de una o más dependencias para fines carcelarios obligase a disponer de calabozos exclusivamente destinados a este fin. Y no olvidemos un detalle importante: los presos en espera de juicio no podían ser sometidos
SINE DIE al rigor de esos terroríficos calabozos, entre otras cosas porque si no era declarado culpable o, de serlo, era condenado al pago de una simple multa, haberlo tenido semanas o meses en un sitio semejante era contrario a las leyes. Por lo tanto, podríamos incluso dar por hecho que, aunque con un mobiliario espartano y un simple jergón, su permanencia en prisión no sería el infierno en vida que solemos imaginar, sino un breve período que a nosotros se nos antoja espantoso porque no concebimos un trato semejante  a un presunto (bueno, en las cárceles tailandesas o sudamericanas sí) mientras que a ellos solo le suponía una incomodidad de circunstancias.

Mazmorra de la Torre Melusina, en el castillo de Fougères. En su interior, casi
lleno de escombros, aparecieron varias balas de cañón y multitud de huesos que
luego se comprobó eran de animales. No obstante, bastaron para dar pábulo a
las leyendas de turno. Con todo, en algún momento fue usada como cárcel
ya que dispone de una mínima entrada de aire y una letrina
En resumen, con esto ya creo que quedan despejadas las dudas respecto al mito mitológico de las lóbregas mazmorras donde la gente eran simplemente abandonada hasta palmarla debido a la pésima alimentación y las enfermedades derivadas de vivir en un ambiente totalmente insalubre, aparte de los efectos psicológicos producidos por el aislamiento y la oscuridad. Hemos visto cómo las dependencias de un castillo podían ser usadas como calabozos de circunstancias, que eran la inmensa mayoría, por lo que solo nos resta mostrar algunos casos, pocos en comparación con el resto, de prisiones construidas ex-profeso, lo que, insistimos, no significa que las penas de privación de libertad fueran la norma sino, simplemente, se tenían en cuenta para disponer de un lugar seguro para impedir fugas o bien donde alojar a esos presos políticos que, en este caso, sí se veían relegados a largos períodos de internamiento que a veces eran de por vida. Pero, no lo olvidemos, estos eran la excepción, no la regla y, como hemos visto, lo habitual por su rango era alojarlos en cámaras o dependencias medianamente confortables. Por lo tanto, las opciones se reducen a simples ergástulos para la custodia de delincuentes en espera de juicio, y hubo nobles o reyes que prefirieron en algunos casos disponer de dependencias idóneas para ello en vez de conformarse, como hacía la mayoría, con meter al presunto en cualquier parte.

En primer lugar veamos un tribunal capitalino, o sea, una audiencia como podría haberla en cualquier población europea en la que, como hemos dicho, los calabozos tenían exactamente el mismo fin que los actuales en los juzgados: custodiar al preso hasta que sea juzgado. Para ilustrarnos veamos la distribución del tribunal eclesiástico de Sens, donde se juzgaba al clero bajo la jurisdicción del arzobispo de la archidiócesis. Las flechas negras indican la entrada al edificio y, girando a la derecha, el paso a un amplio salón donde se encontraban los calabozos. La flecha roja marca la escalera que conducía a la primera planta, donde estaba la sala del tribunal. En azul tenemos los cuatro calabozos distribuidos de la siguiente forma: el 1 era independiente del resto. Tenía su propia entrada y junto a él vemos una pequeña cámara marcada de verde en la que un guardia podía escuchar lo que hablaba el preso a través de una pequeña abertura fuera de la vista del mismo. Esta estancia tendría posiblemente la misión de servir de apostadero en caso de que el preso recibiera una visita y poder estar al tanto si tramaba algo. Luego están los calabozos 2, 3 y 4, situados sucesivamente. El 2 podría ser más bien una habitación de paso porque en el suelo, pintado de gris, vemos una trampilla que daba a una mazmorra subterránea que disponía de entrada de luz y letrina. No sería raro que estuviese reservada para sujetos especialmente inquietos o que no conviniera mezclar con otros presos que seguramente compartirían los calabozos superiores, lo bastante amplios como para albergar a varios de ellos. Por cierto que las paredes de los calabozos superiores están llenas de las típicas inscripciones carcelarias que se han datado entre los siglos XIII y XV. Sin embargo, en el subterráneo no hay apenas rastros de presencia humana, por lo que es posible que se usara solo en contadas ocasiones. En fin, como vemos, no difieren mucho de cualquier juzgado moderno.

En cuanto a mazmorras que puedan ser identificadas sin ningún género de dudas, me temo que nos tenemos que salir de España, donde ni se tiene noticia de ninguna ni tampoco que hayan existido si bien, por desgracia, hay demasiados castillos en ruinas como para comprobarlo de forma fehaciente. Así pues, toca migrar y mirar a los vecinos del norte, donde podemos encontrar uno de los mejores ejemplos de este tipo de prisión. Se trata del castillo de Pierrefonds, comenzado a construir en 1396 por orden del duque de Orleans, hermano de Carlos VI. Como vemos en el plano, constaba de dos cámaras superpuestas en la planta baja de una torre. La superior disponía de letrina y dos angostas entradas de luz que, como se puede observar, estaban al final de una empinada rampa. La inferior era lo que algunos autores denominan una mazmorra de botella por su evidente similitud con esos recipientes. Tenía un único acceso por el "tapón de la botella" que, una vez cerrado con una losa asegurada con una barra de hierro y un candado, dejaba el antro sumido en la oscuridad más absoluta. Con todo, dejarlo abierto no facilitaría mucho la fuga ya que, como vemos en la escala, tenía unos seis metros de altura imposibles de salvar. Para estancias más prolongadas se había previsto una letrina. Hay más de una prisión de este tipo en el citado castillo, una de ellas con un profundo pozo en el centro lo que hace pensar que, en ese caso, la mazmorra inferior no era usada como cárcel ya que dicho pozo suministraba agua al castillo, agua que podía ser fácilmente contaminada por el preso vaciando vejiga e intestinos a mansalva en el pozo. Por cierto que en la letrina de una de estas torres apareció el esqueleto de una mujer sin que se sepa si acabó ahí motu proprio o se cayó mientras daba de vientre. Chungo, ¿que no? Por cierto, en España podemos encontrar alguna que otra "prisión de botella", como la del castillo de los Sarmiento, en Fuentes de Valpero (Palencia) y, si no recuerdo mal, en el de Montemolín (Badajoz). Pero volvemos al eterno dilema: ¿mazmorras o silos usados eventualmente como mazmorra? Más bien lo segundo. O, en puridad, auténticas y verdaderas mazmorras ya que casi con seguridad su uso original fue el de despensa ya que no solo carecen de luz, sino de letrinas o entradas de aire. Son compartimentos totalmente estancos, ideales para la conservación de alimentos.

Este tipo de prisión doble también se ve en la brumosa Albión, donde las denominan "pit prisons", prisiones de pozo, y la existencia de una planta superior más confortable o, mejor dicho, menos inmunda que la inferior hace suponer que esta estaba destinada a hombres libres, mientras que la inferior, absolutamente desagradable, era para los siervos. Un ejemplo sería el que mostramos en el plano de la derecha que se encuentra en el castillo de Comlongol, en Escocia. La estancia se halla en el interior del grueso muro del salón principal y, como vemos, lo forma una cámara superior sin más entrada de aire o luz que la puerta en recodo y una estrecha dependencia inferior a la que se accede por una trampilla. Como está mandado, las dudas sobre su uso surgen de inmediato porque, ¿no había otro sitio para poner una mazmorra que junto al salón principal? Aparte de su uso eventual como cárcel, ¿no sería más lógico que se tratara de una despensa con su bodega o almacén para salazones y encurtidos? En resumen: cómo no se trate de casos tan evidentes como los de los castillos de 
Pierrefonds o Dirleton siempre habrá decenas de explicaciones sobre la existencia de estos antros antes que su uso carcelario que, insistimos, en caso de serlos debían habitarse durante períodos bastante breves porque nadie resiste mucho metido en un agujero negro como la pez. 

Aunque podamos detallar algún que otro ejemplo más, con lo mostrado ya tenemos una idea bastante clara de cómo eran los escasos ejemplares que perduran de mazmorras indudablemente construidas con la finalidad de encerrar probos criminales. Lo que desconocemos es la duración de su encierro si bien no debemos olvidar que, caso de ser un enemigo del estado, su permanencia podía alargarse más de lo necesario. Por lo tanto, ha llegado el momento de las

CONCLUSIONES

Prisión de Eduardo II de Inglaterra en el castillo de Berkeley, donde
fue asesinado en 1327. Con todo, el alojamiento no tiene nada que ver
con calabozos saturados de humedad y miasmas
Es indudable que en la Edad Media, como en cualquier período de la historia, fue necesario encerrar a los delincuentes. Como hemos visto, la inexistencia de penas de prisión que no aparecieron hasta después del Renacimiento no hacía necesaria la construcción de cárceles, usándose como calabozo de circunstancias cualquier dependencia del consistorio o castillo donde se administraba justicia. Solo en los casos ya detallados de prisioneros de guerra y presos políticos era cuando sí se consideraba la posibilidad de largos encierros si bien muchos de ellos, debido al rango del cautivo, no se practicaban en míseros tabucos sino en cámaras de torres o similares. No hay ningún testimonio de que se encerrase a alguna persona sin más y durante tiempo indefinido en esos pozos negros que acabarían con la vida del huésped en poco tiempo, y si se hizo tendría más que ver con venganzas de tipo personal que por cuestiones legales.

Por otro lado, el binomio castillo-mazmorra siniestra no aparece hasta mucho más tarde, cuando las penas de prisión aparecen en los códigos penales y se hace necesario construir cárceles para una población reclusa cada vez mayor. ¿Y qué mejor sitio para encerrar al personal que un castillo sin uso desde hacía cien o doscientos años y que con poco dinero podía adaptarse para ello? Ya tenemos el primer eslabón que une los castillos con las mazmorras sin que nadie se percate al parecer de que dichas mazmorras fueron construidas o procedían de reformas posteriores a la Edad Media. A la derecha tenemos una mazmorra de la abadía de Mont Saint Michel, concretamente donde estuvo preso durante varios años en el más absoluto aislamiento Armand Barbès, un revolucionario socialista acusado de rebelión y asesinato. ¿Que cómo una abadía sirvió de cárcel al enésimo "salvador del mundo"? Porque Luis XIV la recicló en prisión política y, tras la Revolución francesa, se convirtió en una Bastilla marítima que por su situación era un emplazamiento perfecto para tener al personal non grato bien lejos. En su momento de mayor auge durante las movidas revolucionarias del siglo XIX llegó a albergar a 14.000 reos en condiciones peores que en la Edad Media, y tras ser visitada por personajes como Victor Hugo, tiempo faltó para rematar la formación del citado binomio de castillo = cárcel horrenda.

Castillo de San Jorge, sede del Santo Oficio en Sevilla. Ojo, no nos confundamos.
Este castillo no era una cárcel, sino un centro administrativo donde había
muchas más dependencias de todo tipo que calabozos
¿Qué nos queda entonces del mito? Solo la existencia de presos políticos, entre los que debemos incluir los arrestados por el Santo Oficio. Los herejes eran también enemigos de los estados oficialmente católicos, por lo que era necesario separar las ovejas negras de resto del rebaño. Desde el siniestro Muro de la inquisición de Tolosa al castillo de San Jorge hispalense, estos centros de detención era donde se dirimía mediante persuasivos interrogatorios la ortodoxia del personal que, caso de no ser demostrable, implicarían penas de tipo pecuniario, combinadas a veces con privación de libertad que, en estos casos, no era considerado como un castigo penal en sí, sino como un período de purgación y sacrificio para limpiar el alma de tentaciones heréticas. Los herejes contumaces y los relapsos, como sabemos, eran tenidos por imposibles y entregados a la justicia secular para su eliminación física ya que el Santo Oficio no podía condenar a la pena capital ni ejecutarla. Solo los monarcas tenían autoridad sobre la vida y la muerte de sus súbditos. 

Acceso y plano de planta de la mazmorra de la Torre de César
en el castillo de Warwick
Sin embargo, el mito no muere porque la mayoría de la gente desconoce todo lo explicado en estas dos entradas y porque, para colmo, en los castillos donde existe cualquier tugurio con pinta cochambrosa tardan 0,3 nanosegundos en colocar en la puerta el letrerito de "mazmorra", que eso da mogollón de morbo, y más a los críos que a los padres. Y si añaden algunos instrumentos de tortura burdamente remedados, más aún. Los nenes contemplan ensimismados el pseudo-potro imaginando al profe de matemáticas berreando mientras un verdugo con sobrepeso lo estira al cuadrado, y el padre de los nenes sueña embelesado confundiendo el maniquí del reo con el cuñado que se liquidó de un trago la reserva de Vega-Sicilia que tenía preparada para las Navidades. Incluso se hacen visitas teatralizadas que están tan de moda para darle más "autenticidad" a la cosa con probos ciudadanos recreacionistas interpretando a implacables verdugos mientras otros emulan la pareja de cautivos eternamente colgados de un muro que, con su chispeante ingenio, nos hacía llorar de risa el impagable y inolvidable Forges. Por ejemplo, en el castillo de Warwick, las mazmorras que visita el personal pagando un suplemento de 10 libras sobre el precio de la entrada- hasta te garantizan que el día de la visita lloverá para dar más morbo- ni son mazmorras ni nada que se le parezca. Es un simple teatrillo para críos donde se remeda de forma grotesca por lo que he visto en fotos,- lo malvadísimos que eran los jueces medievales. La verdadera mazmorra se encuentra en la Torre de César, y esta no se visita porque es un simple agujero cerrado con una reja. Pero, por desgracia, como visitar rejas mohosas no da dinero, pues montan la función en otra zona del castillo, donde por 26 libras te prometen pasar un día inolvidable en plan Disneylandia medieval. 

En fin, con esto terminamos. No creo que queden ya dudas al respecto y que desde ahora sepamos distinguir entre el mito y la realidad, así que ya tienen material para irritar sobremanera al cuñado sabihondo que se ha visto tropocientos documentales de Canal Historia donde cuentan lo terribles que eran los calabozos y mazmorras medievales.

Bueno, ahí queda eso.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:


Pseudo-mazmorras del alcázar de Niebla, donde la exposición de varios chismes de tortura ya hacen
creer a los visitantes que los Guzmán no tenían nada mejor que hacer que convertir su hermoso castillo
en una academia donde se daban másteres de verduguez y sadismo. Estas dependencias, situadas bajo la liza, eran almacenes y pañoles de munición que, para facilitar su transporte hacia diversas zonas del
recinto, dispone de esas aberturas que se ven en la bóveda, a través de las cuales se podían distribuir
rápidamente municiones a las piezas emplazadas en el antemuro. El resto no son más que patrañas para
atraer turistas, y si alguna vez se encerró a alguien ahí bastó aherrojarlo en cualquier muro el tiempo
necesario para que el señor conde de Niebla lo despachara


martes, 13 de octubre de 2020

CALABOZOS Y MAZMORRAS. EL MITO

 

Dependencias y almacenes subterráneos del alcázar de Niebla (Huelva). Con el atrezzo adecuado, nadie
dudaría que ese castillo fue sede de una de las más horripilantes cárceles del planeta. Sn embargo, la realidad era mucho más prosaica. Ahí solo se guardaban los víveres y el armamento de la guarnición.

Hace ya casi nueve años (el tiempo inexorable, carajo, etc.) que han pasado a una velocidad tan terrorífica que me he hecho pipí encima tres veces seguidas cuando he visto la fecha, se publicó una entrada acerca de estos pequeños, malolientes, inhóspitos y desagradables habitáculos donde, según el imaginario popular, languidecían probos ciudadanos víctimas de la arbitrariedad de los gobernantes. No deja de ser curioso que se suela identificar a los huéspedes de las mazmorras con inocentes e indefensos villanos y nunca con asesinos, violadores y demás fauna con la sesera podrida pero, en fin, es uno de tantos estereotipos que, por repetidos, ya son tomados como inapelables. Precisamente para desmitificar esa imagen distorsionada se publicó esa entrada que, con el paso del tiempo, conviene actualizar y añadir más datos de interés no sea que algún cuñado se haya ilustrado durante ese tiempo y nos pueda dar algún sobresalto. Veamos pues...

Miniatura de la Crónica de Lucerna que muestra a dos guardias
prendiendo a un sospechoso. Delante va el alguacil con un manojo
de llaves en la mano que serán de las dependencias municipales donde
se encerrará al detenido a la espera de juicio

Ante todo conviene ponernos al tanto de la terminología de la época ya que, de lo contrario, podemos errar a la hora de identificar en qué consistía ser apresado y permanecer prisionero. Hoy día, esos términos significan ser detenido por la autoridad y estar recluido en un establecimiento penitenciario, pero en la época que nos ocupa tenían un significado distinto. Según Covarruvias, una prisión era "los grillos y cadenas que echan al que está preso" si bien ya en las Siete Partidas de Alfonso X los términos cárcel y prisión se señalan como un lugar o encierro de circunstancias ya que las cárceles, tal como las conocemos, simplemente no existían. Según la ley VII del título XXIX de la VII Partida, "guardado debe ser el preso en aquella prisión o en aquel lugar do el judgador mandó que lo guardasen fasta que lo judguen para ajusticiarlo o para quitarlo". O sea, que el preso era retenido en una dependencia del cabildo municipal o donde se considerase más oportuno para mantenerlo a buen recaudo hasta la celebración del juicio. Ojo, solo procedía este arresto provisional si la persona que ejerciese la autoridad consideraba que la fuga era probable ya que "non deben meter en cárcel nin en otra prisión (…) si el preso otorgase delante del judgador que habie fecho el yerro por que fuera recabdado o gelo hobiesen probado", lo que viene a decirnos que si el presunto delincuente reconocía su delito o alguien lo probaba, este quedaría en lo que hoy denominamos "en libertad con cargos". Solo "si aquellos que lo hobiesen en guarda se temiesen que se irie (...) lo pueden meter en fierros, et tenerlo guardado en ellos en aquel lugar en que lo encomendaron, de guisa que puedan ser seguros dél que se non vaya", es decir, que solo si se consideraba que había un elevado riesgo de fuga es cuando se mantenía preso al delincuente. En este sentido, como vemos, no han cambiado mucho las cosas y queda claro que las leyes, al menos en Castilla, eran bastante garantistas, y no tan implacables como se suele pensar.

Prisionero a la espera de juicio. Es Castilla estaba legislado que la demora
no podía superar los dos años, o sea, menos que ahora. Como vemos, los
prejuicios sobre el medioevo dan lugar a errores monumentales

Bien, aclarado este punto, ¿había lo que conocemos como un código penal? La verdad es que desconozco los aspectos legales de otros reinos de Europa si bien colijo que debían proceder de leyes consuetudinarias o descendientes del derecho romano. En Castilla se regularizó con las Siete Partidas antes citadas las cuales detallan de forma prolija y minuciosa qué era delito y qué no, y qué castigos merecían según las circunstancias. De hecho, se tenían en cuenta atenuantes y eximentes que el individuo podía alegar en su defensa, aportando además los testigos que fueran necesarios. Sin embargo, en lo tocante a las penas no se tenía en cuenta la privación de libertad sin más. Como se ha dicho, el encarcelamiento era una situación circunstancial mientras se incoaba el proceso y, al menos por estos lares, solo en caso de riesgo de fuga, pero cuando el juez sentenciaba no había lugar para mandar a un fulano al trullo. Los castigos eran de otro tipo, y ciertamente muy diversos según el delito. Solo tengo noticia de que en la Inglaterra de Enrique II se podía condenar a un año de prisión a los que mintieran en un proceso, pero su lugar de encierro era el mismo que el usado con los presos en espera de juicio.

Reo en un brete al que, para chincharlo más, han añadido un cepo
para inmovilizarle la cabeza. Pasar una semana así debía ser
enormemente molesto, las cosas como son
La pena más severa era, como ya podrán imaginar, la de muerte que, dependiendo del crimen cometido podía ser razonablemente digna o repulsivamente cruenta. Así, el reo podría ser ahorcado, decapitado, o bien quemado vivo- suplicio que se solía aplicar a los traidores y a los sodomitas- enrodado, eviscerado o descuartizado por cuatro pencos o, en el caso de los parricidas, la PŒNA CVLLEI, la pena del saco recogida en el derecho romano que aún perduraba siglos más tarde. A continuación venían castigos mayoritariamente físicos: amputación de manos, orejas o narices, flagelaciones o aplicación de hierros candentes. Los incruentos consistían en destierros, multas, confiscación de bienes o los típicos bretes o jaulas donde el reo era expuesto durante un breve tiempo al escarnio público y a la mala leche supina de la sádica chavalería medieval. Del mismo modo se podían imponer penas consistentes en trabajar las tierras de realengo o en las minas, o sea, trabajos forzados, nada de celda con aire acondicionado, tele por cable y ducha
.

Evisceración con desollamiento previo. Los verdugos medievales
eran verdaderos catedráticos en anatomía, y capaces de mantener vivos
a los reos el máximo tiempo posible. Resulta increíble que, a la vista de
semejante panorama, hubiese sujetos con ganas de delinquir

Para los siervos había un añadido aplicable solo a ellos por su condición social y que consistía en permanecer aherrojados durante la duración de la pena, que podía ser perpetua. Pero no metido entre rejas, sino deslomándose de sol a sol. ¿Que dónde dormían? Pues en cualquier sitio: en una choza, en las dependencias del servicio del cabildo, en las del noble al que servía... cualquier sitio era bueno para desplomarse agotado sobre un jergón infestado de chinches. Como vemos, la privación de libertad como tal ni se tenía en cuenta porque los castigos eran vistos de dos formas: por un lado, una represalia o venganza por el delito cometido. Lo del ojo por ojo se consideraba legítimo y justo. Por otro lado, dichos castigos debían ser ejemplarizantes, o sea, disuasorios para quitar al personal las ganas de delinquir si bien ya sabemos que, desde tiempos de Caín, no hay forma de meter en cintura al personal, y el que es un golfo, un psicópata o un político no conoce el freno a sus bajos instintos por muy chungo que tenga el porvenir si le echan el guante, y eso por desgracia lo vemos a diario. Con todo, al menos antaño las víctimas y/o su familia recibían satisfacción cuando veían al violador, al asesino o al ladrón con medio palmo de lengua fuera y pataleando colgado de una soga, y no como ahora, que matas a 50 personas y no cumples ni un año de cárcel por víctima. 

Este tipo de grilletes con barra pasante lo más que permitían era caminar
como un pingüino con artrosis. Si se fijaban a un muro ni eso

Ahora viene la primera pregunta: ¿Entonces, no había tipos encarcelados en plan conde de Montecristo? Pues no. De hecho ni había cárceles. Los únicos que se veían relegados a un tiempo de confinamiento largo eran los prisioneros de guerra, que eran alojados en cualquier sitio donde no se pudieran escapar y, además, aherrojados para ponérselo más difícil y, ya en el Renacimiento, los condenados a galeras. A los primeros se les podía meter en simples barracones durante la noche ya que no iban a estar sin dar golpe en todo el día, sino que debían currarse la bazofia que les daban de comer. Podían ser enviados a trabajar en obras de fortificación o de cualquier tipo bien escoltados por guardias que no dudaban en molerlos a palos ante el más mínimo atisbo de flaqueza o rebeldía. Los grilletes, cerrados mediante remaches, imposibilitaban salir corriendo sin más y las fugas eran prácticamente imposibles salvo que se comprara la voluntad de algún guardián. Y los segundos surgieron cuando el poder naval español aumentó en el siglo XVI hasta el extremo de no disponer de remeros a sueldo, por lo que no quedó otra que recurrir a reos de toda calaña. Con todo, las penas de galeras no excedían nunca de diez años en los que, con insistencia machacona, los cómitres y sotacómitres informaban al personal por la megafonía de la nave en forma de rebenque que aquello no era un crucero de placer, sino todo lo contrario.

Ruinas del castillo de Dürnstein, donde pasó más de un año el leonino
Ricardo I. En estos casos se destinaba como prisión un aposento decente,
amueblado acorde al rango del cautivo e incluso con la posibilidad de
pasear por el castillo. Los reyes guardaban consideración hacia los de su
mismo rango por respeto hacia la institución monárquica
 

Así pues, solo había un tipo de cautivo que sí podía acabar metido en un calabozo durante años o toda su vida: los presos políticos y los prisioneros de guerra de cierta categoría, que eran bien guardados a la espera de que alguien pagase un rescate por su vida. Su permanencia en el encierro no dependía en este caso del carcelero, sino de la parentela que debía recaudar los dineros para que soltasen al desdichado, lo cual podía demorarse a veces mucho tiempo. Por ejemplo, todo un rey como Ricardo Corazón de León se vio 14 meses bien guardado en el castillo de Dürnstein por el emperador Leopoldo de Austria mientras que su sibilina y taimada madre esquilmaba toda Inglaterra para recaudar los 150.000 marcos de plata exigidos como rescate mientras que su aún más alevoso hermano Juan, que ejercía la regencia y daba pie a inventar las leyendas de Robin Hood y el sheriff de Nottingham, ofrecía al germano 80.000 por no dejarlo volver jamás de los jamases y que tirara la llave de su prisión a un pozo bien hondo.

Los que lo tenían francamente negro eran, obviamente, los presos políticos. No interesaba matarlos para no convertirlos en mártires, así que lo más sensato eran meterlos en las entrañas de cualquier fortaleza y dejarlos allí hasta que dejaran de ser un peligro o, mejor aún, dejaran de respirar y el pueblo y sus partidarios acabaran olvidándolo. Muchos personajes, más o menos conocidos, tuvieron la mala idea de ponerse en plan bravo con los monarcas en una época en que la justicia era el rey, y el rey era el que dictaba las leyes y hacía y deshacía lo que le daba la real gana, y nunca mejor dicho. Obispos, nobles, militares de alto rango e incluso familiares cercanos a las testas coronadas fueron a parar a castillos de donde muchos solo salieron metidos en una caja camino de su destino de reposo final porque, eso sí, las disposiciones de tipo funerario solían respetarse escrupulosamente, por si acaso. 

Maqueta del castillo de Chinchilla, en cuya torre, volada por los gabachos
durante la francesada, fue encerrado el alevoso Borgia
Y por esa razón, muchas fortalezas han tenido como huéspedes a estos ilustres personajes: la Torre de Londres, cuya lista de invitados forzosos es larguísima o la Torre de Belém, en Lisboa, también con un buen número de inquilinos, serían buenos ejemplos de lo dicho. Otras fortificaciones han sido menos sonadas, pero no por ello dejaron de custodiar a celebridades. Tenemos el castillo de Chinchilla, en cuya torre pasó una buena temporada el desmedido César Borgia, o el de La Mota, donde también pasó unos meses antes de fugarse en octubre 1506. Este último también acogió a Hernando Pizarro, a Rodrigo Calderón- el que tuvo más orgullo que nadie en la horca- y a Fernando de Aragón entre otros. En fin, la lista de prisiones de estado es bastante extensa, pero eso no implica que fueran cárceles según nuestro concepto actual, sino lugares donde mantener a buen recaudo a los enemigos de la corona y que, en muchos casos, no eran encarcelados por delitos concretos, sino porque su influencia o su poder podían ser contrarios a los intereses del estado, así que se los metía en una puñetera torre con siete llaves y santas pascuas
.

Torre de Belém, en el estuario del Tajo. La prisión se habilitó en el subsuelo,
donde se encontraban los pañoles. Su primer huésped fue Pedro da Cunha, en 1589 

En este punto llega la segunda pregunta: Entonces, ¿existían o no las tenebrosas mazmorras? Porque tenemos claro que un castillo sin mazmorra es como una tarta de cumpleaños sin velas, y damos por sentado que cualquier castillo decente debía albergar en sus entrañas uno o más pútridos tugurios, y si los tenían era por algo. Pero esa es la cosa: ¿los tenían? Volvemos a confundir churras con merinas debido a que, como vimos con el término prisión, calabozo y mazmorra, no tenían en la Edad Media el significado actual. Volvamos a recurrir a Covarrubias, que nos dice que calabozo es una palabra compuesta del árabe y el castellano. "Cala" provendría de "q'alat", o sea, castillo, y de pozo. Un pozo en un castillo, vaya. Esto vendría a significar un pozo o subterráneo fuerte y seguro, pero no necesariamente para hacer de cárcel, sino para guardar cualquier cosa que se quiera tener a buen recaudo. Podía ser un silo, un almacén, dineros o, naturalmente, un preso. 

A la derecha, en primer término, vemos la puerta de la torre de
Jaime I, en el castillo de Monzón. Fue usada como prisión por los
templarios mientras ostentaron la tenencia del castillo
En cuanto a mazmorra, es un término árabe que proviene de "matmūrah", que viene a significar lo mismo: silo, aljibe seco o subterráneo. Al parecer, los moros tomaron la costumbre de meter a sus esclavos en estos silos durante la noche para que no tomaran las de Villadiego, de donde posiblemente tomó la acepción actual asociándolas con lugares donde encerrar al prójimo
. Así pues, la respuesta es no. Por norma, no se construían dependencias específicas para retener presos en los castillos por dos motivos, a saber: uno, porque los castillos no estaban destinados a servir de prisión salvo casos muy concretos que ya hemos visto; y dos, porque no hacía falta. Bastaba meter al preso en uno de estos silos, almacenes subterráneos o incluso aljibes sin uso descolgándolos con una soga y una garrucha o una escala de mano y de allí no salía salvo que le nacieran alas en la espalda. Otra opción era la cámara de una torre en cuya puerta el herrero colocaba un cerrojo en un periquete o, para más seguridad, empotraban en el muro unas argollas donde asegurar unas cadenas con sus correspondientes grillos. Solo se tiene constancia de casos excepcionales de castillos en los que sí se construyeron prisiones subterráneas y que veremos más adelante, pero lo habitual es que se trate de simples dependencias destinadas a usos en modo alguno relacionados con el tema que nos ocupa.

Este antro del castillo de Loarre, identificado como un almacén
de víveres o una bodega, es lo suficientemente tenebroso como
para desencadenar la imaginación del personal

¿De dónde proviene entonces ese mito? Tras la Edad Media han ido surgiendo muchos relatos en los que salen a relucir estos siniestros tabucos sin que, en realidad, se tuviera constancia de su existencia, pero como el morbo resulta especialmente atractivo al personal, pues los bulos sobre lúgubres calabozos han tenido mucho éxito, sobre todo a la hora de victimizar a alguien medianamente popular que no caía bien a los mandamases. Cuando los castillos dejaron de ser centinelas del territorio para convertirse en vetustos edificios abandonados, en el momento en que aparecía uno de estos subterráneos ya nadie lo dudaba. No era un silo o una cisterna, sino una mazmorra donde algún desgraciado las pasó moradas. La imagen es siempre la misma: suelo pétreo cubierto de paja podrida, ratas, obscuridad absoluta o, a lo sumo un ínfimo ventanuco, imposibilidad de evacuar heces y demás desechos orgánicos y dieta de pan y agua. ¿Cuánto tiempo puede resistir una persona en semejante ambiente, zambullido en bacterias y en la oscuridad más absoluta sin volverse completamente loco y/o contraer cualquier enfermedad de tipo infeccioso, por la humedad, etc.? Eso, más que una cárcel era en realidad una ejecución en cámara lenta. Así pues, ya vemos que muchas terribles prisiones no han sido tales, y que muchos presos de estado no eran confinados por sistema en agujeros sumidos en las tinieblas, sino en dependencias soportables independientemente de que su encierro durase años y años. De hecho, a los alcaides de les asignaba una determinada suma para el mantenimiento de estos presos para que no tuviera que gastar de los dineros de la tenencia y para que su estancia no fuese tan espeluznante como se imagina si bien, como ya podrán suponer, hubo un poco de todo. En cualquier caso, como ya dijimos anteriormente, se darán pelos y señales sobre las prisiones que se conocen o se tienen una certeza probable de que lo fueron en algún momento.

Bueno, criaturas, con todo lo dicho imagino que ya habrán desterrado el mito de los calabozos y mazmorras que tanto morbo dan en el momento en que se ve un agujero en el suelo de cualquier castillo. Y como ya me he extendido y estos de Blogger hacen que esto funcione cada vez peor, hasta el extremo de que por cada imagen que cuelgo se desconfigura el texto, pues ya estoy un poco muy bastante cansado, así que mañana o pasado seguimos.

Hale, he dicho 

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sábado, 3 de octubre de 2020

EL DONJÓN, SÍMBOLO DEL PODER FEUDAL

 

El castillo de Coucy, del que emerge su poderoso donjón. Este castillo, paradigma de la castramentación feudal en Francia,
fue construido por Enguerrand de Boves, III señor de Coucy, entre 1223 y 1230. Su enorme donjón de planta circular y 55 metros de
altura fue uno de los edificios militares más sofisticados y complejos de Europa. Desgraciadamente, hoy día solo queda de
él un montón de escombros. Los tedescos lo volaron en mil pedazos en 1917

Si preguntamos a cualquier cuñado qué es un donjón, seguramente nos responderá que la torre del homenaje de un castillo. Si miramos en San Google del Dato Conciso, probablemente nos dirá lo mismo, y si hacemos lo propio en la tan controvertida Wikipedia también saldrá que es la torre del homenaje si bien cuando pinchamos en el idioma gangoso de los gabachos (Dios maldiga al enano corso), veremos un tanto perplejos que, en realidad, no hablan exactamente de lo mismo. El eximio Mora-Figueroa afirma que  es "la torre más conspicua de una fortificación, sea del homenaje o no", y que se trata de un galicismo introducido en el siglo XIX. Bien, esas respuestas son una verdad a medias ya que el concepto de torre del homenaje que tenían en la Península era totalmente distinto al de los vecinos del norte, así que antes de entrar a fondo en el tema quizás convenga explicar en qué radican sus diferencias.

Mota castral. Como vemos, la torre señorial dominaba la aldea que, a su vez, estaba
protegida por una empalizada. Este era sistema defensivo habitual hasta la llegada
de los normandos

Ante todo, debemos desechar las fortificaciones andalusíes. Los malditos agarenos adoradores del profeta Mahoma no usaban esta torre mayor en sus castillos, y los que vemos actualmente que sí la tienen son añadidos cristianos de cuando cayeron en sus manos ávidas de vísceras de infieles. Como ya se explicó en su día, estas torres tienen su origen en las antiguas fortificaciones de madera de la motas castrales en las que los señores feudales surgidos tras el colapso del imperio carolingio se resguardaban de sus vecinos, siempre deseosos de ampliar sus dominios a costa del personal. La torre era la residencia del señor, el tenente o el alcaide, así como el último reducto defensivo en caso de verse desbordados, pero ahí acaban las similitudes entre una torre del homenaje peninsular y un donjón. El motivo no podemos buscarlo solo en cuestiones puramente militares, ni de diseños más o menos avanzados, sino en la organización social y política de cada reino. Mientras que en la Baja Edad Media peninsular los monarcas y nobles tenían claramente definido quién era el enemigo a batir, independientemente de que algún noble sacara los pies del tiesto de vez en cuando, en Francia no había moros, pero se caían fatal entre ellos y los reyes recurrían a entregar tierras en feudo a cambio de la lealtad de la nobleza. Esta estructura social dio lugar a la mota castral que ya estudiamos en su día y que, como sabemos, se componían de una torre de madera ubicada sobre un empinado montículo, bien natural, bien artificial, rodeado de una empalizada que abarcaba además la población situada al pie de la ladera de dicho montículo. De ese modo, los plebeyos podían dormir razonablemente tranquilos sabiendo que si algún desaprensivo se personaba con la intención de hacer política... estooo, no, quiero decir de robar a mansalva, el DOMINVS del lugar les protegería con los criados y hombres de armas a su servicio.

Bien, así era la tierra de los francos tras el imperio carolingio hasta que a la lista de mangantes profesionales se sumaron los vikingos que, como sabemos, basaban su economía en el pillaje que perpetraban durante sus correrías en las costas de la brumosa Albión (Dios maldiga a Nelson), Francia (Dios maldiga al enano corso) e incluso la Península Ibérica. Y mientras que unos reinos se dedicaban a intentar expulsarlos, otros, como el de los francos, optaron por algo más fácil: darles un cacho de tierra para ponerlos contentitos y, de ese modo, hacer que combatieran por ellos contra sus paisanos para que estos no les robaran el cacho que les habían regalado. Así surgió el ducado de Normandía en 911, cuando Carlos el Simple cedió a Hrolf Ganger, una mosca cojonera rubia y de grandes dimensiones, un territorio en la Neustria tras la firma del tratado de St. Clair-sur-Epte por el que el vikingo juraba defender el reino de posibles agresores. Para reforzar su fidelidad se recurrió, como era habitual, a matrimoniar a este personaje con Giselle, una hija bastarda del monarca francés, para lo cual el nórdico se avino a renunciar tanto él como sus seguidores a su fe pagana y a bautizarse como Dios manda. De ese modo, Francia se aseguró la integridad de su territorio a cambio de ceder una pequeña parte al más peligroso de sus enemigos que, de un plumazo, se convirtió en el conde de Normandía- luego alcanzó la categoría de ducado-, la tierra de los hombres del norte y, por ende, en su más denodado defensor. El tal Carlos sería Simple, pero de tonto no tenía un pelo. En el mapa de la derecha vemos la evolución del ducado hasta mediados del siglo XI, cuando el belicoso Guillermo cruzó el charco para ponerle las peras a cuarto a los anglosajones y ascenderse a rey, que era más que duque y tenía una corona más guay.

Hipotético aspecto del palacio fortificado de Bayeux construido por
el duque Ricardo de Normandía
Este era el contexto histórico en que surgió el donjón que, en realidad, no era más que el sucesor pétreo de las debiluchas torres de madera de las motas castrales que con una simple andanada de faláricas ardían como teas. O sea, que las fortificaciones lignarias dieron paso a las de piedra en el momento en que se les iluminó la mente y llegaron a la conclusión de que era un material más resistente a su tormentaria, al fuego y, tanto o más dañino a medio plazo, los parásitos y el meteoro. El donjón, dongun, doignon o dangon, palabros que por norma se consideran una derivación del latín DOMINIVM o DOMINVM, pudo tener su origen en las primeras construcciones de piedra llevadas a cabo a mediados del siglo X por el duque Ricardo I en el castillo de Ruan, capital del ducado, y posteriormente en el palacio fortificado que mandó construir en Bayeux. Tras la conquista de Inglaterra por Guillermo I, este tipo de construcción también pasó a formar parte de la castramentación isleña que no fue hasta 1586 cuando adoptó el nombre de keep con que se les conoce en Inglaterra. ¿Que cómo se les llamaba antes? Pues donjón, naturalmente. Guillermo hablaba en francés con ramalazos de la lengua nativa de sus ancestros, la corte y las élite militares y políticas también hablaban el mismo idioma ya que, sino todos, la mayoría eran normandos, y solo usaban el sajón para dirigirse a sus nuevos vasallos, lengua esta que consideraban como de segunda categoría. De hecho, en la corte inglesa se estuvo usando el francés como idioma oficial durante siglos.

Donjón de Gisors, cuya muralla poligonal fue construida por Enrique I
en el tercer cuarto del siglo XII
Así pues, las viejas torres de madera fueron sustituidas poco a poco por enormes moles pétreas si bien esta transición supuso no pocos problemas ya que los montículos de las motas castrales no podían por lo general soportar tanto peso, y más cuando eran artificiales, lo que obligó en muchos casos a edificar el donjón sobre terreno firme y luego fabricar el talud rodeando el edificio hasta cubrirlo con varios metros de tierra que era compactada mezclándola con cascotes y derretidos de cal. En la base del montículo se cavaba el correspondiente foso el cual, para ver aseguradas la escarpa y la contraescarpa y evitar derrumbamientos se solía revestir con gruesos tablones o troncos. En otros casos, si los nuevos amos del cotarro decidían que la antigua mota castral que había dado cobijo a una población ya no era defendible, pues se construía una muralla, bien de piedra o de mampostería, y se edificaba un nuevo castillo generalmente adosado a la cerca urbana. En sí, como vemos, conservaba el mismo concepto defensivo de la mota castral, pero adaptado a nuevas técnicas de castramentación que los hacía mucho más resistentes de cara a un asedio.

Murallas de Caen, construidas junto a su castillo por Guillermo I hacia 1060
con vistas a convertir la ciudad en su capital. Inicialmente, la muralla carecía
de torres, que fueron añadidas a finales del siglo XII
En resumen, que los normandos, en cierto modo invitados por obligación en un territorio y en otros, como Inglaterra, Sicilia y el sur de Italia, implantados por la fuerza de las armas, veían que su supervivencia dependía de una buena red de fortificaciones que quitasen las ganas a sus vecinos de echarlos de sus tierras. Sirva de ejemplo el hecho de que en pocos años construyeron 26 castillos entre Caen y Falaise. Pero, además, las normas feudales que aceptaron eran otro problema potencial que debían tener muy en cuenta porque sus vasallos los seguían viendo en muchos casos como invasores, por lo que era muy frecuente que se pusieran de parte de un hipotético agresor si este pertenecía a la nobleza autóctona. Al cabo, preferían servir a un señor francés con pedigrí antes que a unos ex-vikingos que apenas dos generaciones antes se dedicaban a merodear por las costas y a robar, violar y matar a todo bicho viviente. Las leyes feudales, como se ha dicho, obligaban a los señores a defender a los vasallos y a los vasallos a pagar a cambio tributos a los señores y, además, a colaborar con la mesnada del mismo en la defensa de la tierra. Por ese motivo, los nobles normandos en particular sentían sobre ellos la amenaza de la traición, y tenían claro que en caso de asedio todos los defensores que no fueran miembros de su séquito personal- criados, caballeros y hombres de armas a sueldo- podían en cualquier momento rebanarles el pescuezo mientras dormían o, simplemente, abrir las puertas de par en par a los atacantes. Ante semejante perspectiva, el donjón se convertía no solo en el último reducto defensivo en caso de que los enemigos lograran rebasar las murallas del castillo, sino también ante la posibilidad de que sus volubles vasallos chaquetearan y se sumaran a las fuerzas de los sitiadores.

Castillo de La Roche-Guyon. Como vemos, para llegar
al donjón había que cruzar previamente dos murallas con
sus respectivos fosos. Los accesos al reducto donde se erguía
el donjón eran dos angostos postigos marcados de amarillo
fácilmente defendibles. 
En azul aparece el pasadizo
subterráneo de escape
Por esta serie de motivos, el donjón era, como hemos dicho, algo más que una simple torre del homenaje que servía de aposento y despacho al alcaide o el que detentara la autoridad en el castillo. El donjón, ante el temor de una rebelión o incluso de que el amigo de hoy fuera el enemigo de mañana, era un cofre cerrado con siete candados donde solo entraban el
DOMINVS, su familia y sus hombres de absoluta confianza. Más aún, si el castillo disponía de dependencias aceptables para ser usadas como aposentos, incluso permanecía cerrado en tiempos de paz para que nadie pudiera conocer sus entresijos, y si había que recibir invitados o celebrar algo se hacía en dependencias exteriores. Esa era ante todo la principal diferencia con las torres del homenaje convencionales. El donjón estaba diseñado para defenderse de posibles invasores a base de muros de grosores descomunales que alcanzaban incluso los 4 metros precedidos por uno o más cinturones de murallas, profundos fosos y/o camisas. Pero a todo ello había que añadir accesos situados a gran altura, imposibles de vulnerar ya que transcurrían por empinadas y estrechas escaleras que daban a pequeñas puertas defendidas por puentes levadizos o escaleras removibles y defendidos por ladroneras, buhederas o cadalsos. Por todo ello, estos poderosos reductos disponían de postigos en lugares ocultos por donde poder escapar al exterior, postigos estos mejor escondidos que la honra de las hijas del DOMINVS y cuyo emplazamiento solo conocían un reducidísimo grupo de personas.

Pasadizo excavado en la roca que conduce al donjón del castillo de La
Roche-Guyon. Este acceso daba a un escarpe cortado a cuchillo en el lado
sur del recinto, imposible de ver por los sitiadores
Ante semejante perspectiva, a los sitiadores solo les restaba la opción de rendirlos por hambre y/o sed, lo que era bastante difícil porque se preocupaban de tener en todo momento acopio de provisiones y, por supuesto, de una gran cisterna, ambos en las entrañas del donjón, donde nadie podría llegar con facilidad. Pero también se tenía en cuenta una posible traición por parte de los villanos reciclados en defensores. Estos probos campesinos, obligados por las leyes de la época a convertirse en soldados de circunstancias, podrían verse en la disyuntiva de traicionar a su señor, bien
mottu proprio, bien ante la amenaza de ver sus tierras y casas arrasadas. Pero el DOMINVS ya había tenido eso en cuenta cuando se construyó el donjón, convirtiéndolo en un laberinto interior que los villanos jamás habían pisado y de cuya distribución no tenían ni puñetera idea. En una misma planta podía haber varias dependencias, pero no se comunicaban entre sí, sino de forma diabólicamente enrevesada. Un ejemplo: para llegar a la sala contigua había que subir a la planta superior y bajar por una escalera que llegaba al sótano, desde el cual se tomaba otra escalera que finalmente llegaba a dicha sala, que era desde donde se subía a la azotea donde se encontraba el cadalso mientras que en la sala contigua solo se podía acceder a un pasillo con un salto de lobo y al final del mismo otra angosta escalera- siempre eran de caracol y recorriendo el grosor del muro- que daba a una poterna defendida por un rastrillo y una gruesa puerta tras la cual se podía salir al exterior por el lado más escarpado del terreno, fuera del campo visual de los sitiadores. 

La imponente torre del homenaje del castillo de La Mota.
A pesar de sus dimensiones, su interior carece de la
complejidad de un donjón
¿Qué se pretendía con esto? Pues simplemente poder hacerse fuertes en el interior del donjón contra parte de los defensores que hubiesen decidido pasarse al enemigo. Si desconocían su distribución y cruzar una puerta podía ser suicida porque eran tan pequeñas que solo cabía un hombre, poco podían hacer para reducir a los escasos defensores que quedaban, todos ellos profesionales de las armas y conocedores de los entresijos del reducto. Una puerta de roble con una hoja de 15 cm. de grosor reforzada con flejes de hierro y atrancada con un alamud era imposible de derribar como no fuera aporreándola con un pesado ariete, pero dentro del donjón ni había arietes ni tampoco era posible introducirlos debido a la estrechez de los accesos, por lo que se veían en una sala sin saber dónde estaba la salida mientras que el
DOMINVS y sus muchachos igual habían subido a la planta superior, desde donde los asaeteaban a su sabor a través de la buhera que se abría en el entresuelo. Como vemos, los donjones eran un prodigio de arquitectura militar concebido para poder defenderlo con cuatro gatos hasta las últimas consecuencias.

Bueno, así eran grosso modo estas impresionantes fortificaciones que se extendieron por Francia, Inglaterra y las zonas de Italia bajo dominio normando. En otro artículo detallaremos sus métodos constructivos así como su evolución a lo largo del tiempo ya que desde los primeros donjones románicos hasta los edificados en el siglo XIII hay diferencias notables. Con todo, y a pesar de su imponente presencia, el donjón también tenía sus puntos flacos y sus defectos de diseño, que no todo iban a ser ventajas, pero de eso hablaremos más despacio en su momento. En cualquier caso, lo que sí es cierto es que estas peculiares fortificaciones se convirtieron en todo un símbolo del poder de los señores feudales de la época, y su posesión fue motivo de violentos cambios de impresiones entre nobles o bien entre estos y los monarcas que veían en ellos un peligro para la estabilidad del reino.

Hora de yantar. Pírome.

Hale, he dicho

POST SCRIPTVM: Creo que por fin he dado con una forma de poner los textos en las fotos, por lo que agradeceré que si alguien ve algo raro o descuadres me avise. Si sale un churro es por culpa de Blogger, que conste.

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Donjón de Chambois, construido en tiempos del duque Ricardo II. Esta poderosa torre es un ejemplo perfecto del donjón románico que se
extendió por los dominios normandos